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La Lupi, de vuelta

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XVI Muestra de Flamenco. Los Veranos del Corral – RETORno

La madurez artística de Susana Lupiañez, ‘la Lupi’, es innegable. Es una bailaora malagueña autodidacta, a la que le sobra sangre. Lleva años en escena y, aunque siempre ha sido corredora de fondo, ahora es cuando empieza a “deslumbrar” (deslumbrar entre comillas, pues quienes la conocen, los que la han seguido, siempre han reconocido su arte). Es quizá, a una llamada reciente para acompañar a Miguel Poveda, que el retumbar de su nombre se ha hecho campana.

Últimamente rueda una obra que se llama Retorno, en la que echa un mirada hacia atrás y se fija en las bailaoras de siempre, en esas que, como ella, no han aprendido de nadie, de lo que han visto, de lo que han experimentado. El viaje de ida ha sido realizado, ahora La Lupi está de vuelta.

Cargada de comicidad, hace un recorrido por la forma de bailar en los diferentes centros neurálgicos de Andalucía, exagerando las formas, los tópicos, haciendo parodia de cada esquinita, pero con el respeto que le otorga el trabajo que hay detrás, el conocimiento y la entrega. De esta manera, la bailaora hace un sobreesfuerzo; expone la seriedad de un trabajo repensado y, al mismo tiempo, el guiño grotesco a las constantes de cada forma de bailar. A la larga sin embargo resulta cansino.

Como acompañantes, Antonio Campos y Antonio Núñez ‘el Pulga’, dos grandes del cante de atrás que, sin embargo, no estuvieron al cien por cien; Curro de María, a la guitarra, es el alma, junto a la protagonista de esta historia; David Galiano, respetuoso con el cajón; y Nelson Doblas, con memorables quejíos de violín.

Comienza en Granada. La voz en off de una vieja gitana habla de años pasados y se detiene en la palabra “máscaras”, como definiendo el mundo. La Lupi aborda unos tangos del Camino. Es desorbitada, graciosa y provocativa, casi vulgar, con esa apertura de piernas, con esas miradas, con ese continúo subirse la falda y enseñar los pololos.

Un par de letras por malagueñas (quizá la mejor entrega de los cantaores) deriva en los verdiales acompañados tan sólo con palmas, violín y los palillos de la bailaora, que sigue en su tónica de arañar la tradición.

Para un nuevo intermedio, Antonio Campos y Curro de María, se van alternando la guitarra para hacer apuntes, sacromontanos, de los Habichuela y de Marote, el uno; de Niño Ricardo y Diego del Gastor, el otro; antes de darle paso a El Pulga para cantar unas bulerías de Cádiz, que pronto pasan a ser alegrías que reciben a la bailaora vestida de mar. Con vestido de cola blanco y azul va sembrando la sal de la Bahía en las tablas del Carbón.

Un solo de guitarra muy versificado precede la caña con la que La Lupi se asoma a Córdoba. De campera, con vestido negro, chaquetilla corta y sombrero cordobés, va desgranando marcialmente los ayes de esta pieza. Hay que reconocer también un juego de voces imbricadas interesantes.

Termina la noche dándole juego a un mantón mientras Antonio Núñez interpreta una zambra caracolera, con letra de difícil digestión, “después de tus besos, morir por España” (sic).

La sonrisa de la bailaora no se desprende de sus labios; sus escobillas y sus desplantes, como digo, tienen doble mérito, aunque el repetido abuso de la mofa desvanece toda intención. Su vista está centrada en el pasado y el porvenir, en lo importante y en lo superfluo, cuando vuelve a oírse la misma voz en off del comienzo, insistiendo en la idea final: “máscaras, máscaras, máscaras”. Quizá eso sea todo.

* Foto de Joss Rodríguez©.

Miércoles, 06 de Agosto de 2014 10:07 volandovengo #. Flamenco

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