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Cuando el diablo tira la toalla

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A lo largo de los siglos se ha concebido el mundo como un ‘valle de lágrimas’ (me acojo a la conciencia judeocristiana, pero bien podía referirme a cualquier creencia, ciega en esencia). Desde que nacemos, caminamos irremediablemente hacia la muerte, sorteando mil y una adversidades, que convierten nuestra estadía en la tierra en un infierno pasajero, si no, en el verdaderamente eterno.

Que el hombre es un lobo para el hombre, ya lo sabemos; que el infierno, son los demás, ya nos lo contaron; que los verdaderos demonios están en este mundo, lo comprobamos fehacientemente cada vez que abrimos un periódico o atendemos a las noticias.

Somos, no nos engañemos, lo mejor y lo peor de este mundo. Decía Mae West: «Como buena, soy muy buena; como mala, soy mejor». Toda la historia está llena de atrocidades. Kark Kraus escribió: «El diablo es optimista si cree que puede hacer peores a los hombres».

Porque, visto lo visto, es difícil concebir a un ser más maligno que los conocidos a lo largo de los tiempos o en nuestra historia inmediata (según Shakespeare, «El infierno está vacío, todos los demonio están aquí»). El infierno supera posiblemente a determinados lugares de la tierra, a determinados extremos, tan sólo por su carácter perenne. Lo bueno y lo malo de esta vida es finito, acaba con la muerte.

«Un gran novelista de nuestro tiempo se preguntó alguna vez si la tierra no será el infierno de otros planetas», escribió García Márquez, en El cataclismo de Damocles.

El diablo, nos contaron, tiene cuerno, patas y rabo de macho cabrío. Nos tienta en las encrucijadas para que hagamos el mal y le vendamos nuestras almas, a veces, a cambio de baratijas. El mal existe y su personalización es el demonio, exista o no exista, esté o no esté, sea o no sea. Ya nos encargaremos nosotros de buscarlo, de conferirle identidad.

Cioran, en Breviario de podredumbre, escribe: «Porque rebosa vida, el Diablo no tienen ningún altar: el hombre se reconoce demasiado en él para adorarle; le detesta a sabiendas; se repudia y cultiva los atributos indigentes de Dios. Pero el Diablo no se queja y no aspira a fundar una religión: ¿no estamos nosotros aquí para precaverle de la inanición y el olvido?».

En El nombre de la rosa, Umberto Eco explica: «El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda. El diablo es sombrío porque sabe adonde va, y siempre va hacia el sitio del que procede».

«Hitler era lector voraz, cuenta Fernando Báez en El bibliocausto nazi, un bibliófilo preocupado por las ediciones antiguas, por Arthur Schopenhauer, y una devoción entera por Magie: Geschichte, Theorie, Praxis (1923) de Ernst Schertel, obra en la que todavía se puede encontrar subrayado de su puño y letra la frase: “Quien no lleva dentro de sí las semillas de lo demoníaco nunca dará nacimiento a un nuevo mundo”».

Viernes, 01 de Mayo de 2015 11:52 volandovengo #. Algunas cosas y demás verdades

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gravatar.comAutor: erizo y 1/4

Un artículo magníficamente escrito. si bien demasiado nihilista para mí. Tú lo decías en una cita: Somos lo peor pero también lo mejor, todo tiene doble cara, como venía a decir Laotsé. Yo procuro encontrar siempre que puedo esa otra cara luminosa del ser humano, que existe, sólo que no deja tanta huella porque no hiere.
Saludos.

Fecha: 01/05/2015 12:34.


gravatar.comAutor: volandovengo

Tienes razón, Jesús. Abarcamos los dos extremos. El mal, sin embargo, es lo que denuncia este artículo.

Fecha: 02/05/2015 17:23.


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