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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2015.

Escritos antiguos

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Hace unos años abrí una carpeta en mi escritorio a la que llamé Escritos antiguos en la que ir agregando todas las notas, poemas y relatos que aparecen entre las carpetas y papeles que conservo. Llevo unos días alimentando este archivo y fechando lo más acertadamente posible estos textos que, en la mayoría de las veces, aparecen como una frase suelta, un aforismo o una idea.

Ayer añadí al título del recopilatorio la coletilla: “para mi vergüenza”. Hay escritos, la mayoría, que dejan mucho que desear (a veces todos). No hay por dónde cogerlos, están plagados de tachones, faltas de ortografía, incongruencias y carencias de estilo. A veces creo que mi hijo, de once años, lo haría mejor (salvando las distancias). Pero, pienso, que esos eran mis comienzos, hay cosas rescatables, como si fuera una gran base de datos de mi pasado.

Son cuadernos, en general, grapados e ilustrados (antes dibujaba), llenos de erratas y limitaciones, como digo, que abarcan desde los diecisiete o dieciocho años hasta los veinticinco más o menos.

No me arrepiento, pero no creo que trasciendan. Descansaran en la sentina de mi ordenador y haré uso de ellos conforme los necesite.

Gozan, sin embargo, de una frescura y flexibilidad, que quizá ya no tenga, de una agudeza y de un compromiso que la vida me ha hecho olvidar.

Valga como ejemplo esta pequeña muestra, fechada es 1982, cuando tenía diecinueve años. La titulé: No sólo la guerra y leva el subtítulo de: Luchando conmigo. Dice así:

No, no por mucho luchar vamos a vencer, aunque ganemos la batalla. Pensemos por un momento en los otros, en el otro bando, los contrarios, el enemigo. Ellos, como nosotros, sacrifican luchadores, que pierden o ganan, añorando, queriendo, rogando la victoria. Pero no basta…

A menudo nos preguntamos: quiénes somos y quiénes son ellos. A menudo nos preguntamos e interrogamos a nuestro entendimiento: ¿quiénes son los buenos y quiénes los malos? ¿Ellos o nosotros? ¿Nosotros o ellos?…

¿Y si todos hiciéramos el bien, o, por el contrario, todos fuéramos aliados del mal? Unos huyen primero y otros después. A veces nos persiguen y otras tantas perseguimos.

Ahora, cuando la batalla está en ‘auge’ (seguramente por el elevado número de miseria, muerte y dolor), miramos en nuestro interior y nos encogemos de hombros ante nuestro inmaduro corazón y, sin esperar respuesta alguna, le preguntamos si luchamos por y para nosotros o por y para otros, o para nada, para intereses ajenos. ¿La guerra es nuestra o no nos pertenece?

No, no sabemos quién lleva más razón y quién menos. No adivinamos quién tiene más derecho a ganar y quién menos. No nos explicamos por qué estamos nosotros aquí y ellos allí…

Preguntamos y volvemos a preguntar, y ¿quién responde?

Yo lo sé, nadie responde.

¡Si en la pelea no sabemos cuál es nuestro bando es inútil luchar!

Me encuentro un compañero herido. ¿Qué hago? Me tropiezo con un enemigo herido. ¿Qué hago? Hiero a alguien. ¿Qué hago? Me hieren. ¿Qué hago?

Y, en mi interior, mi corazón, Jorge y yo nos lamentamos y gritamos: ¿por qué?

Domingo, 01 de Marzo de 2015 12:59 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Nueva reseña de Septimio de Iliberis

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Reseña de Antonio Altrán en el Heraldo de Henares (28-02-15)

Al final del epílogo de este Septimio de Iliberis, justo bajo el « Vale» —si, en efecto, ese «vale» con que se despachaban los libros antiguamente—, consta un lugar y una fecha: «En Granada, corriendo el día 19 de marzo de 2013». En las páginas de crédito consta el año de edición: «octubre de 2014», es decir, más de un año después.

Ignoro las circunstancias exactas en que se produjo la edición de esta novela, pero no me cuesta mucho imaginar al autor recibiendo la negativa continua de las editoriales a las que enviase el manuscrito a lo largo de este periodo.

«Raro para una novela histórica» quizás fuese la palabra más usada a la hora de que se lo devolviesen; «no se lee de un tirón», que al parecer, esto del tirón, es el valor literario más usado hoy en día. Al final, el libro ha visto la luz en una editorial pequeña —y quizás a expensas, en todo o en parte, del autor.

Eso que se pierden las editoriales por las que pasara el manuscrito.

Porque Septimio de Iliberis no se lee de un tirón, en efecto, pero no porque la prosa sea densa y enmarañada, sino porque invita a detenerse innumerables veces; no es la prosa funcional a la que nos tienen acostumbradas las novelas históricas sino que es un estilo con legítimas, y no engoladas, aspiraciones de convertirse en sutil y de calidad, en un objeto precioso.

Pero no solo por su prosa —diferente e inusitada— es esta novela, lo dictamino ya, un libro más que recomendable, es sobre todo por la sorprendente imaginación que llena sus páginas, la desbordante alegría de sus fabulaciones, de sus invenciones, de sus golpes de efecto.   

Aquí va el principio, por ejemplo: estamos en la Baja Edad Media y el protagonista despierta un día sin su cabeza encima de los hombros —literalmente—; lo más seguro es que haya perdido su preciado apéndice (si es que apéndice no es el resto del cuerpo, pero esto ya excede al objeto de esta reseña), lo haya perdido, decía, al soñar con una bella dama.   

Sea como fuere, el caso es que a partir de ese momento se lanza a los caminos en busca de remedio… y por los caminos se encuentra con todo tipo de seres extraños, de aventuras prodigiosas, cuando no le cuentan leyendas extraordinarias.

Evidentemente, las primeras páginas en que el libro parece ser una novela histórica al uso ambientada en los primeros años de la España visigótica —recién convertido Recaredo e instaurado el catolicismo en nuestro país—, son solo un pórtico para introducirnos en un mundo irreal y maravilloso, donde todo es posible dentro de una época indeterminada en que corrían y se mezclaban los saberes clásicos con las supercherías cristianas, las primeras mitologías caballerescas y las noticias de la lejana Bizancio.

Un escenario que parece propicio para que vuele la imaginación, para que ocurran sucesos inexplicables —ahora que los concilios no han aposentado el mundo—, para que reine la fabulosa transgresión.

De esto trata Septimio de Iliberis: una deliciosa arboleda, relato de relatos, por la que pasearse, lentamente —olvídate, lector, de la lectura rápida hacia una pronta conclusión—, degustando los prodigios diversos, las invenciones, las quimeras, las «fantasmas», muchas de ellas de tal calidad que no desmerecen en absoluto de un Perucho o un Cunqueiro, esos magníficos escritores que, de haber nacido en otro país con más gusto literario que el nuestro, hoy serían de lectura en los institutos.

Por ello mismo, el que este Septimio de Iliberis haya tardado año y pico en ver la luz y al fin haya salido —me temo— de cualquier forma, solo demuestra que, hoy por hoy, existe un problema con las editoriales, que no pueden, o no quieren, o —sería horrible— no les conviene publicar literatura buena y de verdad para lectores con gusto.

Lunes, 02 de Marzo de 2015 19:05 volandovengo #. Septimio de Ilíberis Hay 2 comentarios.


¡Arza, Tomaza!

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Flamenco Viene del Sur. Así canta Jerez

Con toda la gracia, los palmeros de Tomasa Guerrero, La Macanita, (El Chicharro y El Macano),  no dejaban de jalear, como parte inherente a la fiesta. Con su acento gaditano, arropaban a una jerezana que fue creciendo con la noche. Puede que sea la primera vez que la viera tan segura y tan a gusto ajena a su tierra que, como pájaro enjaulado, no cantara como cantase.

Empezó con algo de timidez (si se puede tildar con este adjetivo a quien lleva más de cuarenta años alzándose a un escenario). Su cante es previsible y numerado, el ambiente y su estado de ánimo es lo que cambia. Los palmeros, como digo, y sobre todo la guitarra limpia y sin fisuras de Manuel Valencia, en vez de los habituales Morao o Parrilla, dieron la confianza suficiente para sentirse hogareña.

Los tientos-tangos son de su dominio y gloria. Su poderosa presencia, el aguardiente en su voz, el evidente sentido del compás y la galanura de su potente garganta hicieron el resto. Porque La Macanita es lo que es, lo que vemos, lo que esperamos. Es de esas gitanas imprescindibles que hacen del flamenco que sea como lo entendemos.

Un remanso de paz y de quejío es la soleá. Esa soleá que se canta en Jerez, llena de pellizco y de intrínsecos oles que no descansan, pues la cantaora liga los tercios como en un corrido. Es su manera.

“Y ahora tengo flores en la ventana y una nueva vida que me llama, tengo brillo en la mirada”, es el estribillo de unas bulerías emocionadas (Volver a verte), que le escribiera Fernando Terremoto, con las que comienza el disco Sólo por eso (2009).

Los palmeros se ausentan brevemente cuando se recrea en la malagueña de Manuel Torre, con una generosa aportación de la sonanta, pues tornan rápidamente al compás de las alegrías que van presagiando el final del concierto.

De pie, como mandan los cánones, suenan las bulerías, que son generosas, preñadas de cuplé, abandonos puntuales del micrófono, que no desmerecen, y graciosas incursiones en la danza, a modo de Paquera o de Lola. La bulería es ‘patrimonio’ de su tierra y con ella nos quedamos y proseguimos con un fin de fiestas donde sus tres acompañantes por orden se dan una pataílla.

* Fotografía: deflamenco.com©.

Miércoles, 04 de Marzo de 2015 09:22 volandovengo #. Flamenco Hay 3 comentarios.

Nueva reseña

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Reseña de Miguel Baquero para Literaturas

Espero no equivocarme, pero creo que fue el gran escritor barcelonés Juan Perucho, con su caballero bizantino Kosmas, que aparece citado en esta novela, el primer autor moderno en merodear literariamente por la Baja Edad Media. Por esos tiempos de concilios ecuménicos y cortes merovingias, años de palomas mensajeras, de alquimistas en sótanos, de mercados tablajeros, y, por qué no, de asombrosos artilugios mecánicos, como los que, con excepcional inventiva, Perucho introduce en sus narraciones.

Es en estos años —recién derrumbado el Imperio Romano, arrianos y católicos en conflicto, Bizancio al fondo del paisaje— que se desarrolla la primer novela de Jorge Fernández Bustos (Granada, 1962). Un texto donde, con la excusa del viaje del protagonista, Septimio —así llamado por ser el séptimo hijo de su padre— de Ilíberis a Toletum, se nos hace recorrer ese espacio entre dos mundos en que aún perviven los mitos y las leyendas romanas, así como los ecos de su antigua sabiduría, mezclados con la superstición bastante rudimentaria, esa que veía el diablo en todas partes, de la primitiva cristiandad, y con los primeros indicios de una estética caballeresca de princesas encantadas y dragones fabulosos. Un mundo donde la imaginación parece haberse desbordado, fluir en diversas maneas a la espera de alguien que la catalogue y la embotelle en su respectivo recipiente…pero entretanto, Septimio realiza su viaje escuchando —y viviendo— diversas aventuras increíbles, como, sin ir más lejos, levantarse un día de —quizás nunca mejor dicho— echar una cabezadita y hallarse sin ella, la cabeza, encima de los hombros, sino al lado, autónoma e independiente, y tener que cargar a partir de ese momento con su testa bajo el brazo, con la consiguiente incomodidad y embarazo de movimientos que ello supone…

A lo largo de su camino, irá viendo —y le irán contando— otras historias prodigiosas, pero con todos los visos de ser ciertas… y de las que el protagonista no duda, una vez tiene  ya su cabeza bajo el brazo. Prodigios tomados, ya se ha dicho, unas veces de la lejanísima, pero todavía palpitante, Antigüedad —autorizados por los latines de escritores célebres—, otras veces del imaginario popular —que avalan los santos recientes y otros padres de la Iglesia—, y a veces de la lejana Bizancio, o de la corte merovingia, de donde vienen con lujos orientales o con el creciente sabor de caballeros de la Mesa Redonda.

Prodigios como hombres-lobo, palabras que se convierten en piedras, personas que antes fueron marionetas, cabras que de un lado del río son blancos, del otro negras, y al pasar de una orilla a otra cambian de color, hermosas reinas visigóticas de casi dos metros de altura… Todo en este libro es un delicioso ejercicio de libérrima imaginación, un viaje maravilloso por un tiempo incierto en el que sentimos el aliento de las grandísimas fabulaciones del maestro Perucho, ya citado, y de eso otro escritor, no menos grandioso, que es Álvaro Cunqueiro. Casi nada. Los dos jugaron a novelar tiempos pretéritos con libertinaje, por qué no, con una imaginación fecundísima, hipnótica, bastante de la cual hay en esta novela de Fernández Bustos, muy digno seguidor. Incluso, como el gallego, echa mano de anacronismos sorpresivos, si bien en el caso del Fdez. Bustos estos anacronismos no se producen en el mundo novelesco, sino que los va espaciando por el texto el narrador, situado éste en una época indeterminada, lo cual quizás les reste algo de viveza. Como los escritores citados, incluye también al final una lista de personajes del libro donde, en ocasiones, aguarda la última pincelada.

Hay menciones asimismo a Borges, y su concepción literaria del universo, y uno entiende enseguida la cita, entre varias, de Teilhard de Chardin con que se abre el libro: «Sólo lo fantástico tiene probabilidad de ser verdadero».

Novela escrita con un estilo propio, inusual, extraño a veces pero de la belleza de una flor extraña; novela impregnada de humor, por supuesto, también de conocimiento del mundo antiguo; novela de apabullante imaginación que parece retomar la senda —que yo al menos creía perdida, más por dejadez de los escritores actuales que porque no ofrezcan buen camino— de los excelsos Perucho y Cunqueiro, y un tiempo en que se hacía novelas obras-de-arte literarias, Septimio de Iíberis es un libro que, sencillamente, me ha dejado admirado.

Jueves, 05 de Marzo de 2015 10:30 volandovengo #. Septimio de Ilíberis No hay comentarios. Comentar.

El crimen más atroz

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Dice un proverbio masai, al que me suelo referir con abundancia, que la tierra no es un regalo de nuestros padres, sino un préstamo de nuestros hijos. Esta puede ser de las sentencias más animistas y comprometidas, ecológicamente hablando, que conozco. Extendería, sin embargo, el dicho keniata, no sólo a los bosques y a los ríos, a los montes y a los animales, sino también a los logros de la humanidad, a su huella en la fabricación y el invento, muestras evolutivas de la climatización del ser humano con respecto al medio.

Dentro de esos logros, se encuentran por descontado las manifestaciones artísticas. El arte es la bella interpretación que realizan los hombres en un lugar y una época determinados. El arte es útil en sí mismo. El arte es lo que perdura. Todo lo demás es humo.

Ahora, para nuestra indignación y la ofensa de todas las generaciones futuras hasta el fin de los tiempos, asistimos atónitos a la destrucción de unas obras que se han conservado, las más antiguas, tres mil años. La televisión y las redes nos acercan los actos vandálicos acaecidos en el museo de Bagdad y en la ciudad asiria de Nimrod, a 30 kilómetros al sureste de Mosul, o la destrucción de los budas de Bamiyan, en Afganistán, en 2001.

En todas las épocas se ha querido acabar con el arte como escarmiento al pasado, a la otredad o los contrarios ideales. La destrucción de estatuas y símbolos de regímenes anteriores es casi habitual y ‘comprensible’, la quema de libros no es nada extraña en nuestra historia, una historia que manipulan los vencedores, un pasado que no es sino el que nos venden, un presente de clausura, un futuro domado.

En nombre de un dios, cualquiera que sea su nombre, se justifica cualquier aberración. En nuestra memoria occidental, o en nuestro olvido genérico, se acumulan las atrocidades de las Cruzadas o de la Inquisición, de la quema de brujas o del holocausto judío. Pero nos revienta lo que está pasando ahora, las imágenes con las que desayunamos todos los días, como nos afectó sobremanera la guerra de Yugoslavia, porque la teníamos al lado, porque se parecían a nosotros, porque era incomprensible.

Tremendamente atroz son todas las guerras, las declaradas y las solapadas, en las que se emplean armas y las más sofisticadas de palabra, vacío, enfermedad u olvido. La religión, como digo, tiene su parte humana y su parte cruel. Una religión que no siempre la preside un dios, sino intereses capitalistas o de poder.

Los radicales islámicos aplastan toda representación figurativa o anterior a la llegada del profeta. El crimen está consumado y es irreparable, como el incendio de la biblioteca de Alejandría. Nuestras generaciones venideras sólo verán fotografías e imágenes de lo que hubo y pudo ser.

Pero el arte no da votos. Las mentes estrechas de nuestros dirigentes dicen, en un comunicado reciente, que el tiempo que le dedicamos a la música o a la plástica, por ejemplo, nos resta lugar para aprender asignaturas más ‘realistas’.

Todas las religiones son extremas. Su interpretación metódica roza el fanatismo. Las creencias radicales pueden ser destructivas, se fagocitan a sí mismas. Se autofragelan.

Los demonólogos cristianos de nuestro reciente pasado afirman que a los espíritus satánicos se les debe hablar en latín. En cambio el árabe es el idioma que usa Dios para dirigir a los ángeles, según nos recuerda Borges en La busca de Averroes, un cuento de El Aleph. El bien y el mal están en todas partes.

* En 1993 el 90% de la colección de la Librería Nacional de Sarajevo, la cual albergaba la historia de la cultura bosnia, fue completamente destruida durante el sitio de Sarajevo.

Sábado, 07 de Marzo de 2015 11:06 volandovengo #. Denuncia No hay comentarios. Comentar.

Un paso decisivo

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El joven cantaor paduleño, Tomás García, que el viernes pasado debutó en el teatro Isabel la Católica, ha dado un paso decisivo en su carrera, un salto sin retorno. A sus diecisiete años se viste de largo y actúa en solitario ante doscientos espectadores, tal vez más. Desde este momento, el cuidado de su persona y el uso o abuso de su voz, entran en una nueva dimensión.

La apuesta solapada en general hablaba de inmadurez y apremio. Los dedos estaban cruzados tras los primeros compases de Luis Mariano, a la guitarra, animando la malagueña, que Tomás aborda con seguridad y prestancia. Se sabe la lección y un momento no es mejor ni peor que otro. Comienza por la Torre de la Vela, haciendo honor a su tierra, y termina por Los peces de Gayarrito, que popularizó Bernardo. Se abandola por jaberas y rondeñas.

Ya, templado, borda seguidamente la soleá de Cobitos, en la que demuestra haber sido fiel ganador del ‘V Certamen Andaluz de Jóvenes Flamencos’ en la última edición del concurso del Instituto Andaluz de la Juventud. Puede que sea su entrega más flamenca. Se siente bien arropado entre la enorme guitarra de su veterano partenaire y la percusión considerada de Chema del Estad.

Para los tientos-tangos, para las alegrías y para los fandangos de Huelva requiere la presencia de dos jóvenes cantaoras, Nazaret Marcos y Aroa Palomo, que vigorosas le escoltan con las palmas y a los efectivos coros. Hay que destacar en estos temas festeros el guiño simpático de elegir letras tomadas de palos distintos de los que habitualmente se cantan; por otra parte, en momentos, aparecen coplas gruesas para cantaor tan joven.

Hay que decir en este punto que, quizá con el jaleo y la velocidad de las palmas, la percusión y una guitarra habituada sobre todo al baile, la voz del protagonista de la noche osciló brevemente, aunque bien supo colocarla en su sitio con asaz profesionalidad.

De nuevo a solas. Luis Mariano introduce con generosidad los preliminares de la zambra de El gitanillo errante, de Luis Mejías, que interpreta Estrella Morente en su trabajo Mujeres (2006), que da pie a una breve zambra caracolera con temática de Semana Santa.

La pareja prosigue musicando, con aires de bulerías, la conocida canción Lucía de Joan Manuel Serrat, grabada por primera vez en su disco Mediterráneo, en 1971, rompiendo una vez más la ortodoxia y demostrando la versatilidad y la firmeza de mirar hacia delante sin olvidar las raíces.

La noche acaba por bulerías, dando puntual protagonismo al resto de sus acompañantes. Los bises, como no podían ser menos, son un par de fandangos naturales.

Una velada, al fin y al cabo, sorprendente y prometedora, donde destacan además la puesta en escena, la ordenación de los cantes y el planteamiento genérico del recital.

Lunes, 09 de Marzo de 2015 18:04 volandovengo #. Flamenco Hay 2 comentarios.

Haciendo canastas

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Flamenco Viene del Sur. ¡Pastora baila!

Pastora llegó este lunes con ganas de bailar. Quiso darlo todo para un público que la busca, que vibra con ella. Porque Pastora es muy canastera, con un baile gracioso, lleno de pellizcos y fantasía.

Trajeada con vestido negro, de vez en vez maculado con chaquetilla corta, pañuelo o mantón, no abandonó en ningún momento el escenario, como si estuviera en una fiesta, una divertida fiesta entre amigos, y ella fuera la anfitriona.

Su danza es tradicional, gitana y olística, aunque participa puntualmente del toque rompedor que impuso su hermano, Israel Galván, sobre todo en algunas posturas, en alguna instantánea o cuando en los tangos volcó la silla en la que descansaba en sus silencios, haciéndola rodar y sonar a voluntad.

Ramón Amador, a la guitarra, goza de ese clasicismo, de esa fuerza, sobre todo en el rasgueo, y de esa disciplina necesaria parea un baile hilvanado prácticamente de principio a fin, lleno de cortes y de efectismo.

La noche comienza por pregones. Los dos cantaores, Cristián Guerrero y Jesús Corbacho, se suceden en la copla e interactúan con la sevillana entrando y saliendo del escenario. Ella muestra sus cartas y termina voceando el último pregón, que pronto se convierte en seguiriya, donde se muestra más introspectiva y más enraizada.

La mariana termina por corraleras tildándolas con un punto simpático, antes de abordar las malagueñas, que son territorio de Corbacho. La eficacia de este cantaor se tambalea con un babeo incomprensible.

Cristián toma el testigo y propone unos fandangos, que acercan el final en forma de soleá por bulerías, donde se supera a sí misma. Sus manos son palomas y no abusa del tacón punta. Es una pieza generosa y rebosante de sal. Sin duda la mejor entrega de la noche.

La fiesta continúa por tientos-tangos, trianeros pero también extremeños y de la tierra, que, con mantón arrollado al cuerpo, vuelve a seducir con su roneo, su controlada bastedad y sus caídas.

En un fin de fiestas por bulerías, Jesús Corbacho se convierte en partener de la bailaora que así despiden la noche granadina.

* Foto de Manuel Montaño©.

Miércoles, 11 de Marzo de 2015 10:09 volandovengo #. Flamenco No hay comentarios. Comentar.

Palabras devaluadas

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Si rebusco en mi memoria quizá halle bastantes palabras y expresiones que, por un frecuente uso específico, han adquirido en determinados ámbitos o latitudes connotaciones diferentes a su desnudo significado.

Existen agrupaciones de todo tipo que adoptan un término y lo monopolizan, a conciencia o sin querer, como identidad corporativa.

Ejemplos meridianamente claros los tenemos en la política, empezando por los colores, como el azul, el rojo y aún el negro. Por no hablar de conceptos como ‘patria’, ‘populismo’ y ahora ‘ciudadanos’.

Sin querer abundar más, se me ocurre también el nombre de Ariel, que asocio impepinablemente a un conocido detergente, siendo originalmente un bello ángel caído de la teología judeocristiana, que en hebreo significa león de dios. (Uno de los miembros del grupo de rock argentino Tequila y después de Los Rodríguez se llamaba Ariel.)

Jueves, 12 de Marzo de 2015 09:09 volandovengo #. Denuncia No hay comentarios. Comentar.

Otro camino, la misma posada

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Flamenco Viene del Sur. Por qué cantamos

Rocío Márquez presentó su espectáculo, Por qué cantamos, en el teatro Alhambra, en el ecuador del ciclo Flamenco Viene del Sur. Ella misma se responde en el programa de mano: “Cantamos desde el respeto a la tradición y desde la necesidad de hacerla nuestra. Desde la poesía y para sus autores; desde sus autores para la poesía. Cantamos por y para Mario Benedetti, William Shakespeare, Jorge Manrique, Daniel Olmos, Teresa de Jesús y Juan Ramón Jiménez. Cantamos por y para todas estas razones. Porque es nuestra manera de comunicarnos con el mundo; para que este no se nos escape”. Esas inquietudes nos las quiso traspasar el lunes a todos sus fieles y a los no tan fieles.

Rocío tiene un destino que es la búsqueda. Rocío ha cogido el camino nada fácil de los creadores en el flamenco, de los que miran más allá desde el respeto a la tradición. Rocío es vanguardista sin abandonar ese poso de conocimiento y ortodoxia que ya dejó sentado en sus primeros trabajos discográficos, en sus cientos de recitales y en esa Lámpara Minera que le alumbra desde 2008.

La primera lanza que rompe es a favor de las letras. ¡Hay tanto escrito de belleza sin par! Rebusca en los libros y los autores que de una forma u otra llegan a su cabecera e impregna con ellos su música, que tampoco es convencional. Dándole una vuelta de tuerca a las formas clásicas, experimenta algo nuevo. Es morentiana en su apuesta.

El recital comienza con una granaína invertida con textos de Benedetti. Se trata de una granaína donde la voz hace las veces de la guitarra y viceversa. Pieza interesante, que pronto se convierte en la Jotilla de Aroche y en una suerte de fandangos, que llama de infancia, donde hace un recorrido por los pueblos de su tierra onubense.

Para los tangos se acuerda de Morente y adapta letras de Shakespeare, santa Teresa de Jesús y otros. Su voz es dulce y laína, con una potencia lírica muy agradecida. A su lado, un gran cuadro la arropa. El granadino Miguel Ángel Cortés, a la guitarra, es un derroche de efectividad e inventiva; Agustín Diassera, necesario en una percusión que recoge el latido de la noche; y ‘Los Mellis’ a los coros y palmas, no sólo dimensionan el conjunto sino que lo espolvorean de calidez.

Uno de los momentos que me entusiasmó fue cuando interpretaron Otra Rosa, hermana pequeña de las alegrías, con letra de Juan Ramón Jiménez y un glorioso estribillo coreado.

Trajo a García Lora con la milonga y a Daniel Olmos, un poeta amigo, con Chocolate con pan, antes de embarcarse en las creaciones de Pepe Marchena. El Romance a Córdoba es un decir de mucha dificultad, donde el recitado y la copla se dan la mano en un continuo esfuerzo de habla y canturreo. Rocío sale triunfante de este reto, aunque, quien se acuerda de Marchena, puede poner alguna objeción. Mi ole vaya por delante.

Acercándonos al final, el versátil Niño de Elche sube al escenario, planteándonos con la artista una Performance polifónica a capela de bastantes quilates, siendo lo más extremista e incomprendido de la noche, en el que recita, sobre efectos sonoros repetidos, grabados en directo, el Salmo 21 del poeta nicaragüense Ernesto Cardenal.

La seguiriya ¿Por qué cantamos?, con textos de Benedetti cierra la noche y un círculo cuanto menos interesante que empezó a trazar al comienzo de la velada.

Un par de fandangos naturales, como bis, rubrican otra entrega sobresaliente del flamenco sureño.

Miércoles, 18 de Marzo de 2015 18:16 volandovengo #. Flamenco No hay comentarios. Comentar.

El autor y su obra

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La intuición la tuve hace tiempo. ¿Cuál es el momento sublime en que un artista confiere a su obra, ya sea el lienzo, la piedra, el escenario o el papel y la pluma, el marchamo de obra de arte? ¿No es el arte en sí un solo cosmos y el artista su brazo ejecutor? ¿Existe una obra de arte genérica y todas las demás son interpretaciones o participaciones de ese todo, entroncando directamente con las enseñanzas platónicas?

Cuando se comete una supuesta injusticia sobre alguien y, actualmente, el grito manifiesto de los que hacen causa moral, es clamar que todos somos ese alguien que ha sufrido tal abominable atentado. Es una idea. Es un deseo empático con el sufrimiento de la víctima. Un Fuenteovejuna contra la opresión.

No sé quien escribió, quizá Bioy Casares, que cuando un hombre copula son todos los hombres que están copulando. Al igual que cuando dos hombres rezan, Dios está en medio de ellos. O, cuando uno muere, todo ha muerto.

Whitman escribió tan sólo una obra en su vida, Hojas de hierba. Un poemario que alimentaba sin césar. El Canto a mí mismo que compuso un día y no le abandonó hasta la noche. Más cercano es el poeta Juan de Loxa, cuando emprende el libreto de coplas flamencas …Y lo que quea por cantar, en el que manifiesta (en su prólogo de 1981): “a medida que vayan saliendo otras coplas, se irán añadiendo a sucesivas ediciones, si las hubiere, siempre bajo el mismo título”.

Más de un escritor ha reconocido que en el Quijote está todo, que, después de la obra de Cervantes, no se ha escrito nada nuevo. Yo diría incluso, remedando a algunos pensadores contemporáneos, que todo lo que se ha escrito tras el Quijote es continuación de este, o está de alguna manera endeudado con el Libro de los libros.

Borges nos recuerda en Otras Inquisiciones (1952) que Paul Valéry, hacia 1938, escribió: “La historia de la literatura no debería ser la historia de los autores y de los accidentes de su carrera o de la carrera de sus obras sino la Historia del Espíritu como productor o consumidor de literatura. Esta historia podría llevarse a término sin mencionar un solo escritor”. Emerson, continua el argentino, en 1844, en el pueblo de Concord, anotó: “Diríase que una sola persona ha redactado cuantos libros hay en el mundo; tal unidad central hay en ellos que es innegable que son obra de un solo caballero omnisciente”. “Veinte años antes, Shelley dictaminó que todos los poemas del pasado, del presente y del porvenir, son episodios o fragmentos de un solo poema infinito, erigido por todos los poetas del orbe” (A Defense of Poetry, 1821).

* Portada de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de 1605.

Jueves, 19 de Marzo de 2015 09:49 volandovengo #. Algunas cosas y demás verdades No hay comentarios. Comentar.

El latido del mundo

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XX Aniversario Amigos OCG

Lo primero fue la percusión. Cuando Dios, al séptimo día, vio que todo lo que había hecho era bueno, oyó tambores.

No es difícil concebir a nuestros ‘primeros padres’, ya sea la edénica pareja hagiográfica o el resultado evolutivo celular, entrechocando las palmas o dos piedras o dos palos entre sí, marcando alguna constante rítmica, remedando el sonido del agua de lluvia que se filtraba por los entresijos de una cueva, la resaca de las olas del mar bravío, el bramido solapado de los animales en época de apareamiento, el trino de las diferentes aves o el mismo tan tan de sus corazones.

Los primeros instrumentos musicales —pues a estos compases ya se les puede llamar música—, aparte de la voz, son las partes percusivas de nuestro propio cuerpo, las manos y los muslos, el pecho y los pies. Aunque también se experimentan otros sonidos con el tronco hueco de un árbol o con los huesos pelados de algún rumiante.

El martes pasado, en el Teatro Alhambra, pudimos ver al dúo Mintaka, compuesto por Noelia Arco y Jaime Esteve, para celebrar el XX Aniversario de los Amigos de la Orquesta Ciudad de Granada, con su obra Orígenes.

Según programa, “Orígenes parte de la sencilla desnudez de las manos para hacer un recorrido trascendental, que se va sofisticando en el uso de maderas, pieles, semillas y metales”.

No es mi especialidad hablar de música clásica contemporánea, pero sí hablar de sensaciones, calidad y espectáculo. Y, en este caso, me alucinó la propuesta de elegancia, coordinación y muestra efectiva en cada una de sus propuestas.

En la primera entrega, los dos protagonistas actuaron sobre sendas mesas de madera amplificadas, de un metro cuadrado, más o menos —que, al preguntar, parece que se llama ‘cajón’—, donde percutían, al unísono o imbricadamente, logrando una suerte de mística hipnótica muy especial. La puesta en escena, sus movimientos lentos, sincrónicos, y sobre todo el juego de sombras sobre la tapa fue espectacular.

De ahí pasaron al sonido más convencional de los xilófonos, vibráfonos y marimbas, ya en conjunto ya individualmente.

Aunque, para mí, el momento más fascinante fue el solo de maracas que, a la manera brasileña, interpretó Noelia, con su poquito de coreografía, y sacándole un partido al par de semilleros francamente ilimitado.

Termina la noche con otra muestra en conjunto, donde ella maneja un juego de gong y él un conjunto de tambores, como si fuera una enorme batería en la que los metales están a un lado y las cajas al otro, al compás de una bengala.

Todo esto ilustrado con una escena cuidada, con velitas en el suelo, creando un arbitrario camino al más allá; con imágenes proyectadas en el fondo; y con “sonidos electrónicos que se adentran en el rito antropológico para acabar en una reflexión sobre el fuego, la tierra y la teoría del caos. Y una vez más volver a los Orígenes”.

Viernes, 20 de Marzo de 2015 09:36 volandovengo #. Día a día No hay comentarios. Comentar.

Con el alma en las manos

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Presentación del disco Sentimiento de Miguel Soler

Hay quien se desnuda en público sin ser un exhibicionista. Hay quien cuenta sus verdades con el alma en las manos. El tiempo, entonces, no sigue siendo como hasta ahora; cuenta con un nuevo desgarro que quizá nos identifica y, en todo caso, nos remueve el corazón.

Sentimiento, el disco que presentó Miguel Soler el viernes, en el teatro de Isidoro Maíquez, no esconde nada; es, como anuncia, puro sentimiento; representa un puñado de amor sincero que desborda su voz y se expanden desde su piano a través de las yemas de sus dedos.

María Martín Romero, Coordinadora Provincial del Área de la Mujer de Izquierda Unida, fue la encargada de abrir la noche, presentando al artista y leyendo unas palabras que, para la ocasión, compuso la poeta Mercedes Elorza, haciendo alusión a la ‘verdad’ del cantor (el grito herido si herida estalla / y el vuelo ensimismado de su canto) y la reciprocidad con quien lo escucha.

Ocho temas propios, interpretados a piano y voz, abren el disco e inauguran la noche. Ocho verdades tan sencillas como la luna, tan profundas como la luna. Sólo los títulos de este racimo de cantes, Abrázame, Seguramente Samantha, Llora la aurora, Sin nada a cambio, Cambio, Sinceramente, Las musas del verso, La luz de Nuria y La fuente del corazón, manifiestan la intimidad del trabajo.

Lo demás es gozo. Gozo de ver a un hombre sensible trasmitiendo su anhelo, gozo de escuchar un piano acertado que vibra con sus manos, gozo de melodías intemporales, gozo de una voz potente y dulce, franca y flamenca en los quejíos, en los silencios y en el espíritu que trasciende.

La segunda parte está dedicada a canciones prestadas. Al igual que dona sus palabras, se apodera de los decires de otros autores, que son también sentimiento y los hace suyos, alargando los tercios, ralentizando el tempo, recreándose en la coda final repetida hasta las lágrimas; acompañadas por las guitarras precisas y eminentemente flamencas de Miguel Ángel Corral y de su hermano Rafael Soler, que fueron en sí mismas otro espectáculo, otra pasión.

A capela comenzó este tiempo con El breve espacio en que no estás, de Pablo Milanés, que inauguró una nueva vuelta de tuerca en la velada.

Para el Romance de Curro El Palmo, de J. Manuel Serrat, requiere la compañía de Juan Trova, su primer invitado. ¡Estremecedora!

Siguen Las simples cosas, de Armando Tejada y César Isella, y Contigo aprendí, de Armando Manzanero, con Ángela Muro, su segunda invitada, que interviene también en el disco, con un feeling especial.

Con Veinte años, de Guillermina Armburu y algunas composiciones de trabajos anteriores, se anuncia el final, que llega de la mano de Federico García Lorca y El pequeño vals vienés, musicado por Leonard Cohen y aflamencado por Enrique Morente.

Unos cuantos fandangos de Huelva, de libre interpretación, y otro de sus temas tradicionales, sirvieron de bises para cerrar una noche cargada de sensaciones.

Sábado, 21 de Marzo de 2015 11:39 volandovengo #. Flamenco Hay 2 comentarios.

La ausencia de ombligo

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La existencia de ombligo es propia de animales placentarios. Todos los ombligos son redondos, escribía Álvaro de Laiglesia en los años setenta del pasado siglo. Aunque anulares, ningún ombligo es igual a otro. Si no se hubiera centrado la ciencia en la yema de los dedos, habría centrado sus esfuerzos para identificar a una persona en el centro y centro del vientre, aunque sugerente, sería harto más complicado.

El ombligo es el botón de nuestra sexualidad. Existen dos rayas en nuestro cuerpo irresistibles: la una que pasa por los muslos, una cuarta por encima de la rodilla; y la otra que recorre el abdomen recogiendo en su medio el ombligo. (Hay quien carece de ombligo, pero por cirugía o controversias al nacer, aunque la marca siempre queda.)

Las sirenas no tienen ombligo, denuncian frecuentemente naturalistas y mitógrafos. Al ser paridas demediadas en pez, como sus congéneres, carecen de cordón umbilical y por ende de venter ipsum, es decir, de ombligo, que no es más que la marca o cicatriz que deja dicho apéndice al ser retirado.

El modo de formarse esta cicatriz dio lugar en otros tiempos a tremendas controversias para saber si era racional representar con ombligo a Adán y Eva, puesto que nacieron del barro y la costilla respectivamente y no a través del parto.

Joyce lo dice claramente en el primer capítulo del Ulises (1922): “Heva, Eva desnu­da. Ella no tenía ombligo. Mirad. Vientre sin mácula, bien abombado, broquel de tensa vitela, no, grano blanquiamon­tonado naciente e inmortal, que existe desde siempre y por siempre. Entrañas de pecado”.

En 1642, sir Thomas Browne escribe en Religio medid: El hombre sin ombligo perdura en mí (The man without a Navel yet lives in me), para significar, nos aclara Borges, en Otras inquisiciones (1952), que fue concebido en pecado, por descender de Adán.

* Vientre de la modelo checa Karolina Kurkova carente de ombligo.

Lunes, 23 de Marzo de 2015 13:09 volandovengo #. Algunas cosas y demás verdades Hay 2 comentarios.

Al principio fue la luz

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Flamenco Viene del Sur. P’atrás

La historia del flamenco es ancha, más por sus lagunas que por sus certezas. Las hipótesis se suceden y las luces siempre están veladas. Sin embargo, reconocemos pilares inamovibles, señas de identidad generalmente admitidas. Existe un origen remoto que, como el norte, no es un punto, sino una dirección. Y a esa dirección apuntan los estudiosos y amantes de este arte.

Los flamencos a veces, cada vez más, no son meros intérpretes. Bucean en la historia del flamenco, en los cantes y grabaciones antiguas, en los nombres y sus logros, en los orígenes y en los rincones.

Conociendo estos andamios, no se canta mejor, no se toca mejor, no se baila mejor; pero se canta, se toca y se baila con más fundamento, con la seguridad de un terreno firme y la dignidad de quien camina en dirección a ese norte.

Ana Calí, bailaora granadina, curtida por los años y el oficio, consciente de está búsqueda, nos propone en esta nueva entrega de Flamenco Viene del Sur P’atrás, una mirada, retrotrayéndose desde mitad del siglo pasado hasta el más remoto pre-flamenco, yendo un poco más allá del mero espectáculo. (La primera función en este ciclo fue hace un par de años con De cobre y lunares, donde desgranaba el más añejo baile granadino.)

En 1942, cuando empieza nuestro periplo, Ana y los suyos se trasladan a Nueva York, donde Carmen Amaya les brinda unos cantes de levante. ¿Puede que la granadina, en esta primera pieza, estuviera algo nerviosa? No así su cuadro, rotundo y seguro, donde una guitarra (Alfredo Mesa) se impone como imprevisible partenaire de limpieza y precisión, y unos cantaores (Sergio Gómez ‘El Colorao’ y Alfredo Tejada), posiblemente de lo mejorcito de esta tierra, le infunden conocimiento y seguridad.

De la Gran Manzana descienden, en 1898, al Puerto de la Havana (sic), en Cuba, en donde interpretan unas guajiras, mientras dan el salto a la Península para proponernos unos Juguetillos por cantiñas en las costas de Cádiz (El Puerto y Sanlúcar). Reconocemos ya a una bailaora segura e integral, en la que destacan su limpieza de pies, su juego de cintura y su apego a la tradición.

Los acordes en off de la soleá de Matías Jorge de Rubio, de 1860 (quizás la soleá más antigua grabada), estrenada por el almeriense Julián Arcas en 1867, reciben a Alfredo Mesa en el centro del escenario para interpretarla, en un solo de guitarra memorable, aunque sea un remedo de la misma pieza grabada po Javier Conde hace unos años.

Madrid-Cádiz- Granada es un viaje obligado a principios del siglo XIX, donde el Polo Tobalo toma protagonismo en las voces exactas de los dos cantaores haciendo los ayes al unísono, antes de participarnos, hacia 1835, unas Playeras, o plañideras, que son la puerta de entrada de las seguiriyas.

La Zarabanda, el Romance y la Arbolá son sólo bellas pinceladas al baile de esencia que nos preparan para el final, La Gitanilla, basada en la obra cervantina de 1605, que llega con el pregón de Macandé y el romance del Negro del Puerto.

Una gran obra que irá creciendo con el tiempo; una buena propuesta la de Ana y los suyos, que nos aparta un poco más ese velo ancestral con que cubrimos el flamenco y nos muestra que al principio fue la luz.

Jueves, 26 de Marzo de 2015 09:22 volandovengo #. Flamenco Hay 12 comentarios.

Ha pasado un ángel

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El milagro es levantarse cada día en un canto perdido en el desierto. Andaba de explorador. Coincidí en un sueño con una chica de pelo rojo y rostro velado. Sin apenas hablar, nos adentramos en la floresta sobre el bamboleo de un paquidermo cansado. Los sonidos de la selva agudizaban el silencio, la soledad. No supe cómo, después de fatigar intrincados caminos que aparecían a nuestro paso, como quien escarba en gelatina, nuestro elefante se trocó en dromedario que alimentaba la fila interminable de una caravana de beduinos. El sol caía generosamente relajado en ese infinito de arena. El lomo de la bestia precedente identificaba nuestro camino.

Ya, por la noche, con un descenso abismal de la temperatura, en una carpa de índigos velos nos hablaron del ángel. Cayó de puños en una alquería, cuyo nombre se perdió en la tiniebla de los tiempos. Su destino era alimentar las huestes calcinantes del erebo, pero se topó con la herida de este mundo y, hecho carne, habitó entre nosotros, condenados a vagar en la rutina de un desierto sin sentido. Borges interpretó que el mejor laberinto no contaba con paredes ni galerías. El simple vacío, el silencio intemporal, monótono, era el dédalo más profundo.

Quizá fuera la condena del ángel, quizá fuera su bendición postrera poner fin a las brasas y a la arena infinita alentando el último paso con un hálito de sombra, con una gota de agua, con verdor entre las dunas. Más que alígero era palmera, era pozo, era el oasis milagroso.

Quien nos hablaba parecía no tener cuerpo, como tampoco tenía rostro mi compañera. Era sólo un turbante azul arrollando un hueco negro que consumía el espacio, empero con ojos de fuego, fijos en nuestra imagen.

Era premonitorio el anuncio del ángel. Si queríamos abandonar ese desierto —si queríamos despertar—, había que encontrar al ser alado. Sentí anhelante a mi amiga, que quizás me tomara de la mano. ¿Sería yo un ser sin facciones, como ella era para mí?

Cuando abandonamos la tienda, la nada reinaba afuera. El viento había borrado todo signo de vida. Ni gentes ni animales ni objetos. Ni rastro de la caravana que habitamos.

Un rumiante echado en tierra, tal vez el nuestro, con los ojos ocultos y la cabeza gacha, superaba las batidas del viento. Montamos a horcajadas, uno detrás de otro, y nos adentramos en la noche fría, sin huella ni destino. Las túnicas y pañuelos, que servían tanto para la sombra como para la luz, se sucedían con pasmosa velocidad. Atravesamos dunas sin fin hacia un horizonte que jamás alcanzamos.

Una fortuita tormenta de arena nos avanzó hasta un caravasar donde unos chiquillos pizmientos jugaban en una poza. Mi compañera desapareció, aunque dejó el recuerdo evanescente de su pelo rojo a juego con sus labios.

Algunas cabañas de adobe y palma se arracimaban al lado del hontanar, bajo las datileras altas. Más alejadas, unas ruinas denunciaban viviendas de tiempos mejores. Columnas truncadas y arcos sin fundamento, de piedra y poro, salpicaban un suelo comido por la arena. Mis pasos buscaron la sombra de un dintel. No más sacarme las botas de caña advertí a un anciano a mi costado que reposaba sus años. Se llevó la derecha al pecho en señal de saludo y volvió a recostarse bajo las dovelas leprosas. Me acerqué. No tenía edad. Su cara era como un tubérculo seco enmarcado por una barba cana. Le interrogué de inmediato por el ángel.

—Ya no vive —dijo sin apenas mover los labios.

Creía que era un rumor, pensaba mientras me acuclillaba a su lado enjugándome el sudor con un pañuelo blanco. Si lo conocía, pregunté. Si lo había visto. Si era verdad lo que contaban, que podía purificar las ánimas y liberarnos de este sueño de arena, seguí anhelando.

—Eso dicen —respondió.

Era parco. Tendría que desmenuzar mi interrogatorio. Pero, antes de volver a abrir la boca, el anciano, mascando la nada, retomó nuevamente la palabra.

—Vivió en esta alquería —dijo incorporándose breve—. El desierto comenzó a acabar con su presencia. El verde y el agua se extendieron. Era la esperanza. El hombre del laberinto hallaba la salida. Crecieron los palacios y los templos, las plazas y los barrios y con ellos los artesanos, los comerciantes y los reyes con sus riquezas y sus ejércitos. El primero de los reyes logró capturar al espíritu celeste y encadenarlo a su lado. Se erigió en dador de vida y de muerte. Hasta que el ángel no quiso ser ángel, abandonó su luz y su condición, se fracturó las alas. Fue condenado a grilletes de por vida. La desaparición de su esencia, empero, conllevó el reino aniquilado. Se retiraron las aguas y la arena engulló la piedra y el vegetal.

¿Y el ángel?, fue pregunta obligada que se atoró en mi garganta, cuando el hombre, incorporado fatigosamente, se adentró en las ruinas donde una mano de sombra envolvió su cuerpo. Dos protuberancias blancas, sangrantes, se dibujaban en las rasgaduras de su espalda.

* Ruinas cristianas en el oasis de El-Kharga

Viernes, 27 de Marzo de 2015 09:28 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Zapatero a tus zapatos

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Según cuentan Plinio el Viejo y Valerio Máximo, Apeles, pintor de la corte de Filipo de Macedonia y de su hijo Alejandro Magno (s. IV), exponía sus cuadros públicamente en el foro para ser admirados.

Cierto día en que el pintor había sacado a la plaza el retrato de una persona principal que acababa de concluir, un zapatero que por allí pasaba, se fijó en el cuadro y apuntó un desperfecto en las sandalias de dicho personaje.

Apeles, consciente de la autoridad del zapatero, llevó la pintura a su casa y la devolvió a examen popular habiendo atendido las objeciones del remendón.

El zapatero volvió a observar la obra expuesta una vez corregida y, envanecido por su poder, se atrevió a opinar sobre otros detalles de la tabla.

El pintor entonces, entreviendo la ligereza del solador, le amonestó con dicha frase proverbial: ‘Zapatero a tus zapatos’.

Plinio el Viejo dice en su crónica que “el zapatero no debe juzgar más arriba de las sandalias”.

Sábado, 28 de Marzo de 2015 09:11 volandovengo #. Algunas cosas y demás verdades Hay 2 comentarios.


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