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La risa

Dice Thomas Mann que Cam, hijo de Noe y padre del mago Zoroastro, fue el único hombre que se rió al nacer, y añade, cosa que por otra parte sólo pudo ocurrir con la ayuda del diablo.
Repasando De civitate Dei de San Agustín, por recomendación de no sé quién, corrijo que no fue Cam, sino su hijo. El santo dice: Sólo Zoroastro, rey de los Bactrianos, dicen que nació riendo, aunque tampoco aquella risa, por no ser natural, sino monstruosa, le anunció felicidad alguna.
La trama de El nombre de la Rosa, el móvil de los crímenes, parece ser un antiguo tratado sobre la licitud de la risa, que escribiera Aristóteles, supuestamente desaparecido, pero algún ejemplar se encontraba en la biblioteca de la abadía benedictina.
Hace tiempo, no recuerdo la fecha, pero puede ser muy bien hace treinta años, fuimos al Arco de Elvira para ver un espectáculo de luz y sonido de Els Comediants, donde se lió una buena. No recuerdo su título, sí el mensaje. Bajo la Puerta estaba el infierno, colorado, fogoso y divertido. Sobre ella discurrían los cielos, celestiales, recatados, represivos.
Mientras en el erebo había una marcha de percusión tremebunda, en el firmamento se respiraba paz, violines y, por qué no decirlo, aburrimiento. El mensaje estaba claro.
Los beatos entonaban himnos, que se perdían cundo el infierno hablaba; y los derechones, que antes eran de Fuerza Nueva y de Falange, estaban indignados y se hicieron notar con palos y cadenas. Era habitual, en la Granada intransigente de aquellos años, el enfrentamiento entre azules y rojos o azules y rojinegros o azules y verdes.
(También recuerdo cuando se proyectó, en la Facultad de Ciencias, la película Dios te salve, María.)
Nosotros, mi padre y dos o tres hermanos, creo, estábamos a buen refugio, algo alejados, encima de una tapia.
Yo era joven, pero tenía muy claro para qué lado inclinarme. Quizá no supiera muy bien lo que quería, pero era consciente de lo que no quería, de ninguna manera.
Respecto a la obra de Elvira, creo que llegué a pensar como Pirandello, cuando decía que viendo a todos los que van a ir al cielo, era preferible la condena a un infierno climatizado.
* Els Comediants, Dimonis, 1981. (© Cuadernos El Publico, nº 27).
El depósito

A pesar de haber estudiado Biblioteconomía, a pesar de ser un lector permanente, a pesar de dedicarme al mundo de las letras, nunca he sido socio de una biblioteca (sin contar la universitaria).
Los libros suelo adquirirlos. Cuando puedo más y cuando no menos. Como poco, aumento mis existencias (en toda la extensión de la palabra) en un volumen mensual.
Así, unos dos mil libros -tal vez más- se empolvan en mis estantes, de los cuales, habré leído o releído la mitad -tal vez más. Con lo cual, aún me quedan varios cientos de libros para escoger.
Ayer mismo, esperando a que mi hijo saliera de judo (dos veces por semana tengo que recogerlo a las cinco de inglés y brujulear durante una hora hasta que se quita el kimono).
Como estamos pegando al río y la biblioteca del Salón queda tan cerca, he decidido invertir mi tiempo entre libros, sentado bajo techo.
Ayer, como digo, me dieron el carné ("que vale para todas las bibliotecas de Andalucía", se apresuró a decir orgullosa la chica). Y, cuando yo le pregunté (muy profesional) si podía retirar algún ejemplar a modo de préstamo, se dispuso a atender mi súplica de memoria.
Entonces, solicité un título que me rondaba por la cabeza. Le dije: "Un hombre que se parecía a Orestes" de Álvaro Cunqueiro. Confundida en su ego de bibliotecaria, se puso delante del ordenador para que le repitiera el nombre y casi le deletreara el autor.
"Sí, aquí está (qué me creía). Tengo que bajar al depósito", me dijo.
En España se escribe mucho y se edita mucho más que se lee. Siempre hay superávits o restos de serie o series casi enteras, que van a parar a los mercados de ocasión, a los depósitos o a la hoguera (La hoguera, la hoguera).
Cuando aparece con el libro, me lo da para que se lo pase a la auxiliar y que tome nota. Con extrañeza, la ayudante rellena la ficha (Estantería 7. Tabla 10. Número 23), le pone un sello con la fecha detrás y advierto que el dígito anterior corresponde al 15 de febrero de 1977 (es una edición de 1969). No me lo puedo creer, en treinta años nadie se había interesado por ese libro.
Ahora me lo leo con doble interés.
Filologías

Ya sé cómo ladra un perro enfermo en icolodógico, el idioma de mi niño. Si mi grafía es la correcta, cosa que dudo, un perro enfermo en icolodógico ladraría algo así: ¡zapf, zapf, zapf!
La cosa fue de esta manera. Volvíamos Juan y yo del colegio hablando de mil cosas, con las que aprendo continuamente, cuando me recuerda su idioma (ya hace bastante meses que se inventa palabras y expresiones bajo el nominativo icolodógico). Suelta alguna palabra esporádica o se pone a contar: uno, dos y tres (que no recuerdo cómo pronuncia).
En esto, pasamos por casas que apresan, entre rejas, a canes envalentonados de diferente aspecto, tamaño y color. Él le pregunta su nombre en inglés (Which is your name?), (las actividades extraescolares están dando sus frutos), (ya mismo les hace una llave de judo, que también aprende, de cinco a seis).
Le digo que los perros no entienden idiomas. Acto seguido, para cambiar o seguir con el mismo tema, le pregunto cómo ladra un perro en icolodógico.
Zapf, me dice sin pensar, como si lo tuviera estudiado o fuera una traslación simultánea.
¿Zapf?, interrogo extrañado.
Pero me saca de dudas diciendo que así ladra un ’perro enfermo en icolodógico’. Ignoro cómo ladrán los sanos. (Tampoco se lo pregunté, para evitar el ruido informativo.)
Juan empezó con el icolodógico sin saber leer ni escribir. De aquí a Navidad sabrá leer perfectamente y escribir medio en condiciones (me seguirá sorprendiendo, nos seguirá sorprendiendo). Para entonces, puede que su idioma sufra un retroceso o un principio de olvido, por imposición de la lengua natal.
No importa. Los días son así. Nada se pierde, todo se trasforma, se sustituye o evoluciona.
Empero, adelantándome a un futuro, que llega con botas de siete leguas, grabo algunas de sus cosas. Además, quiero hacerle una entrevista sobre su idioma. Que me hable, que me diga, que improvise.
De momento, apunto algunas palabras en un archivo específico para tener alguna referencia dentro de los años. Por ejemplo, Muzi galagari significa ’muchas gracias’; saraca baratatá, ’libros bonitos’; o subiraca, ’cataratas del oeste’.
¡Casi nada! Es bonito y sonoro, aunque mañana, esas mismas frases, se digan de otra forma.
Miedo al miedo

Hace poco publiqué un pequeño diálogo, en un post, llamado "Gripe A", que venía a decir que el miedo nos corta las alas. El miedo al miedo, me refiero. O sea, el miedo al por si acaso.
Refería la anécdota de una amiga que no salía sola porque le robaron en la calle. Entre líneas leemos que pasó miedo, quizá durante años, y no desea volver a pasarlo.
Mi madre decía que el dolor más grande es el que le afecta a uno. Podían hablarte de los oídos, de las muelas o del estómago. Pero si a ella le dolía una uña, el dolor más grande del mundo es la uña que le dolía a ella.
No sé dónde leí, con referencia a las tribus urbanas y a la supervivencia callejera, que el "uniforme" en lo que consistía es en hacerte fiero. Como los animales que se erizan o elevan sus plumas para aparentar, los sectarios pretenden dar más miedo que el contrario, mostrarse más feroz y matón para intimidar al contrario.
El "disfraz" nos da seguridad, además de identidad dentro de un grupo. Nos sentimos seguros con nuestras prendas callejeras, que, a veces, no es nada más que un peinado, unas gafas de sol o una camiseta. Nos da confianza en nosotros mismos y en los que caminan como nosotros. Evitamos el miedo.
Hacemos las cosas casi siempre, no por convicción, por creencia o porque entra en nuestro código ético, en nuestra escala de valores, sino por miedo. No faltamos a clase para que no se lo digan a nuestros padres, no cometemos infracciones para que no nos quiten puntos, no delinquimos para que no nos apresen, no...
Otoño

El otoño ha llegado precipitado y con fuerza. Convenciéndonos desde un principio que es otoño. Es una estación solapada y gris, que, sin embargo, sirve de preámbulo a todo un curso. Es la verdadera puerta del año y no enero, si es que de convenciones se trata.
El otoño está lleno de melancolía, de nostalgia y de lágrimas a punto, que rivalizan con la lluvia. El otoño es frío por dentro y por fuera, pero qué agustito al sol. El astro rey se aprecia más que en verano, digo yo, que pica, nos molesta, nos quema y reseca nuestra piel.
El otoño es la primavera de los solos. Y por eso me gusta. Tengo vocación de solitario, pero por suerte no estoy solo.
Solo en la medida que san Agustín decía: "el pájaro solitario siempre se posa en la rama más alta". Nunca el solitario en el desierto y, mucho menos, en la vorágine de la multitud. Nunca el solitario que resulta tras el picado ascendente en una película, cuando el protagonista se hace pequeño en la inmensidad.
Pero todos tenemos nuestro apego al valle de lágrimas. Todos tenemos nuestro otoño particular. Y por eso también me gusta. Por ese punto de masoquista que nos ocupa, por ese corazón borrascoso, por esa amplitud de miras en nuestra jaula de siempre, por todo el pasado vivido, por el futuro incierto, por los que se han ido, por los que llegan y lo que les espera, por lo que hemos visto, por lo que nunca veremos, por lo que nos cuentan y por lo que contamos.
Hoy me vestiré de otoño, informal pero con manguita, e iré a ver a mi madre, en permanente otoño desde que la memoria se le fue a descansar. E iré con mi padre, en permanente otoño desde que recuerda por los dos.
Retazos de verano

El verano, como la Navidad, seguramente, es para los niños. Cuando somos niños lo sabemos, aunque no seamos del todo coscientes de ello. Poco a poco se nos va olvidando, hasta que tenemos niños, que más que recordárnoslo, se nos impone como una realidad innegable.
Como los cinco veranos que ya llevo con Juan, estoy supeditado a él, cada vez más, cada vez menos. Ahora soy su extensión o su sombra, o él la mía. Pienso, algunas veces, que tengo un niño faldero.
Todo está enfocado a Juan y los demás nos adaptamos. Un veraneo intermitente ha llenado sus días. Mucha piscina, algunas playas, una aventura científica en el Parque de las Ciencias, donde, entre mucho, dibujaron como los primitivos (véase ilustración), cursillo cultural en el Museo de CajaGranada, visitas a la Alhambra, guiadas e inventadas, trasnoches flamencos con su padre (ya canta y hace compás)...
Lo cual ha hecho que madurara bastante, por si no teníamos bastante. Ha aprendido a nadar y ha refinado sus razonamientos y sus preguntas.
El otro día me dijo: "Papá, ¿cuántos pájaros crees que hay en España?". Le dije que al menos tres, para dulcificar la estadística.
La finura de esta pregunta, sin embargo queda superada por esta otra: "Papá, ¿cuántos maridos andaluces crees que darían la vida por sus mujeres?"
Debido a la complejidad interrogativa y, sobre todo, a lo comprometido de la posible respuesta, le pregunté acto seguido: "¿Dónde te has sacado esa pregunta?"
"De mi cabeza", respondió sin titubeos. Y, ante el asombro y la carcajada de su padre, decidió facilitarme algunas respuestas alternativas: "Treinta mil, cuarenta mil o el ochenta y tres por ciento".
Adaptaciones en la bañera

A los tres meses llevamos a Juan a aprender a nadar y lo que aprendió fue a evitar el agua. Hasta el año pasado, hasta los cuatro años, no se acercaba a ninguna piscina, orilla, embalse o charca que le cubriera por encima de las rodillas, y ésta debía estar a una temperatura idónea, más bien cálida, sin llegar a ser un caldo de gallina (sin alusiones directas a su miedo).
Este verano, gloria de los cinco años y, sobre todo, por estímulos escolares, no sólo se aventura en cualquier piélago, sino que sin pensar salta del bordillo y, con su padre dentro (aunque sea de secano), se quita los manguitos e intenta nadar al frente, aunque por ahora nada más para abajo. Se mantiene, no obstante.
El otro día, mientras le enjabonaba la cabeza, en la bañera encontró un pelo (a todas luces suyo) y propuso pasarle la redecilla a la bañera, igual que lo hacemos en la piscina para sacar hojas e insectos, algunos vivos todavía, lo que nos da pie a celebrar su resurrección.
También quiere saltar y hacerse ahogaíllos. Yo le he prometido un trampolín y, por las quejas de la madre, que le tocó limpiar el baño, podríamos pasarle también el limpiafondos.
Poesía popular

Lo mejor que le puede pasar a un poema es que deje de pertenecerte.
A raíz de la publicación de un fandango en este mismo blog, Juan, Raúl, Enrique, me advirtieron: "ése ya mismo te lo roban y empiezan a cantarlo por ahí". Yo respondí que ojalá. No hay nada mejor que encontrar tus versos en una grabación o un cancionero bajo el epígrafe de ’popular’. No de ’anónimo’, que tiene un regusto intelectualoide un tanto casposo, sino de ’popular’, ese calificativo liberal con que la derecha española, sin mucha enjundia, ha apellidado a su partido.
Creo que ya he contado alguna vez que, estando en la presentación del disco de Juan Pinilla, sentado con Juan de Loxa, después de escuchar unas alegrías, que rezaban: "pan y trabajo, pan y trabajo, siempre se escapa el tiro pa los de abajo", me dijo "mira que gracioso, esa letrilla es mía".
Y, sin darle mayor importancia, me recitó cómo seguía: "Qué mala pata, qué mala pata, no se escapara el tiro por la culata".
Muchos versos, muchas letrillas, las conocemos, las conoce el pueblo sin conocer su autoría. El flamenco está lleno de poesía popular. De pensamientos, que son pura filosofía vital, que son la esencia de la vida. Como alguien canta su pena, su dolor y su amor, a veces, no hay poeta que lo iguale.
Son historias, de una fuerza incomparable, en un puñado de versos.
Por cantiñas se puede escuchar: "Pregúntale al platero que cuánto vale, grabar en tus zarcillos mis iniciales".
O, por soleá (nos lo recordaba hace unos años Félix Grande en La Platería): "En la torre está el reloj, el mochuelo en el olivo y en mi corazón la pena; cada cosa está en su sitio".
Edénico

Hace algún tiempo trabajé para un periódico dedicado a los constructores. Mi tarea consistía en recoger noticias tanto de agencia como de otros medios y adaptarlas para dicha publicación. Pasaba las horas hablando de ladrillos, de asfalto y de estructuras.
Era divertido cuando tenía que reconstruir una encuesta a través de un puñado de datos. Yo no tenía acceso a entrevistar a un señor ocupadísimo, pero sí tenía el permiso de inventar una serie de preguntas y respuestas a partir de un guión que, a veces, supervisaba el jefe de redacción o el protagonista en persona.
Así, del dossier de la inauguración de una autovía, donde tenía las fechas, los kilómetros, los materiales, las técnicas, los túneles y los viaductos, apuntaba, por ejemplo, cuánto habían tardado en construir ese tramo que uniera esas dos poblaciones. E, inventaba la contestación a partir de la hoja de respuestas.
A veces me tomaba la licencia de poner en boca del entrevistado cualquier chispa que, además de darle credibilidad, me servía de esparcimiento y diversión. Ponía por ejemplo, me alegra que me hagas esa pregunta o cómo tenéis ese dato o remitirme a una entrevista pasada, dado el caso, diciéndome: ya te comenté en otra ocasión que tal y tal...
En cierta ocasión en la que tuve que hablar de las bondades de un nuevo grupo de viviendas, se me ocurrió darles el título de "edénicas". Me llamaron la atención diciendo que qué era esa palabra, que este periódico era para gente normal, que no fuera tan rebuscado. Yo les aclaré que edénico/a venía de Edén, que era sinónimo de paradisíaco. Pues pon paradisíaco, concluyeron sin estar todavía muy seguros.
"El infinito en la palma de la mano" es el libro que estoy leyendo ahora mismo. Gioconda Belli, autora Nicaragüense, en esta novela recrea, poéticamente y algo feminista, el mito cristiano de Adán y Eva, basado en algunos textos apócrifos [1].
La pérdida del Jardín les ha sumido en una profunda tristeza. Ahora son mortales y necesitan comer para vivir. Tienen frío y tienen miedo. Existe el invierno y existe la noche. Pero han encontrado una afilada felicidad que antes, por definición, era imposible. Han descubierto el bien y el mal, el cromatismo de los sentidos. La vergüenza, pero también el deseo y el amor.
En palabras de Eva: Si no hubiésemos comido la fruta yo jamás habría probado un higo; o una ostra. No habría visto el Fénix resurgir de sus cenizas. No habría conocido la noche. No reconocería que me siento sola cuando te vas, ni habría sentido cómo mi cuerpo tan frío aún en medio del incendio se llenó de calos apenas sentí que me llamabas. Seguiría viéndote desnudo sin que me turbaras. Nunca habría sabido cuánto me gusta cuando te deslizas como pez dentro de mí para inventar el mar.
Ya lo dijo no sé quién (alguno de los lectores que sea más memorioso que yo, podría aportar este dato): Nuestros primeros padres, ante la oferta del Paraíso, tuvieron la delicadeza de decir: no, gracias.
[1] El Libro de Enoch, El Apocalipsis de Baruk, El libro perdido de Noe, Los Evangelios de Nicodemo y Los libros de Adán y Eva.
Necedades en la orilla

Soy más bien de secano. El agua es funcional. Cuando tengo sed bebo (siempre medio vasito), cuando tengo calor me baño y la ducha diaria, imprescindible.
Más bien soy de secano, pero me encanta la playa. A pesar de tener la tensión baja (tengo normalmente menosfiebre), con la inclinación al aplatanado que la costa me produce, la brisa marina, el ritmo playero, el yodo del agua, la paz estanca... me sientan la mar de bien.
En la playa también, aunque sin quererlo, se puede hacer un estudio sociológico con poca ropa. Lo que el trapo y el maquillaje esconden en el invierno, en verano pasan a ser máscaras de lo que somos realmente. En la playa no hay más leña que la que arde, para lo bueno y para lo malo (a veces para la aberración y para lo extraordinario).
Toda la fuerza que nos da el vestido, nos la quita su ausencia. Nadie es más sincero que en traje de baño (y, ortiagamente, sus circunstancias).
Es extraordinario el comportamiento de cientos de blanquitos (y morenos) vecinos anónimos. Pero lo que realmente sobresale en una jornada en la arena es la estupidez, la necedad y el figurantismo.
Así, este fin de semana, sin ir más lejos, en las orillas granadinas pude ver a alguien en el rompeolas bebiendo una lata de cerveza; pude ver a gente bajo el sol hablando con el móvil a su apartamento, unos metros más arriba; pude ver a dos jugando a las palas entre cientos de personas a las que molestaban y las que se lo impedían; pude ver a la chica del top less tapando sus pechos y mirando desconfiada a todos lados... Son sólo algunos ejemplos. Hay muchas más necedades que todos hemos visto, vemos y veremos. El debate está apuntado.
Supongo que, como en todas las concentraciones humanas, la playa es un buen lugar para ver desnudos (más de alma que de cuerpo) a nuestros coetáneos.
Optimistas

Es de todos conocida la frase de Paulo Coelho, llena de buena voluntad y una luminosidad casposa: Cuando quieres algo, todo el universo conspira para que realices tu deseo.
Calentito quedó el hombre tras este orgasmo mental. Y es que Paulo es un iluminado, como puede ser Sánchez Dragó o Jorge Bukay (salvando todos los escollos y las posibles distancias).
A quien le sonríe la vida, o el que sonríe a la vida (nunca lo he tenido demasiado claro), es optimista. Estos días leo, sin embargo (o abundando) que el optimismo es hereditario, como la infidelidad.
Por pura asociación, pienso que el pesimismo también es congénito, aunque no tengo precedentes. Sin embargo, sí encuentro paralelismo en la anchura de la fidelidad entre consanguíneos.
Acabo de terminar El Palacio de la Luna de Paul Auster, una novela inquietante, aunque no de mis preferidas del autor estadounidense. Como siempre, llena de coincidencias y esfericidades en los espacios y en el tiempo.
Narrada en primera persona, el protagonista cuenta, marcando la contra al brasileño: Si lograba mantener el adecuado equilibrio entre deseo e indiferencia, me parecía que de alguna manera podía conseguir por medio de la voluntad que el universo me respondiera (…) A medida que pasaba el tiempo, empecé a notar que las cosas buenas me sucedían sólo cuando dejaba de desearlas. Si eso era cierto, entonces también lo era lo contrario: desear demasiado las cosas impedía que sucedieran.
Primeras impresiones de Estambul

Con el grito de "¡Estambul te da alas!" viajamos hacia una de las cunas de la historia.
Han sido ocho días de sensaciones y descubrimiento.
Mi hijo andaba junto a mi mano y con mis sentimientos. En cada momento le contaba historias. Sobre todo mitología.
Viajamos por el Bósforo junto a Jasón. Descubrimos los celos de Hera contra la ninfa Io. Miramos, con prejuicios, a la cara de Medusa. Contemplamos la incursión de los jenízaros por las murallas constantinas. Perdimos la vista en Marmara adivinando las murallas de Troya. Buscamos a los mirmidones de Aquiles en los peces espada del Mar Negro. Sentimos a Alejandro corriendo desnudo por las costas de Asia mientras desayunábamos. Pensamos en la caída de Ícaro, con las alas fundidas, en aguas del Egeo...
Visitamos bastantes monumentos, mezquitas, palacios, bazares... Pero lo que más me enriqueció es saber que estaba donde estaba y el día a día de las gentes y la dinámica diaria y el olor de algunas calles y la comida y el color turquesa de las orillas cuando el Bósforo se abandona en el Mar Negro.
Mi padre y los maquis

Me faltan datos. He interrogado a mi padre, pero no recuerda gran cosa.
Hacía el servicio militar. Tenía 17 ó 18 años (nació en el 1929, así que corría el año 46 ó 47). La posguerra aún estaba vigente.
Guerrillas antifranquistas, conocidos por maquis, se echaban al monte a malvivir. Aunque, quién no malvivía en aquella época.
La mili de mi padre (Pepe) fue más o menos placentera.
Sin mucho empeño, Pepe siempre ha caído de pie, ha sabido buscarse su hueco. No era un hombre con demasiados estudios, los básicos, pero sabía escribir a máquina. Asi que frecuentaba a menudo las oficinas, librándose de alguna instrucción. No era enfermero, pero sabía poner inyecciones. Vacunaba a sus compañeros y él se abstenía del pinchazo y de alguna que otra guardia.
Sin saber música, tañía la guitarra. Sin saber ninguna canción (nunca ha llegado a aprenderse una letra completa), cantaba sin vergüenza (estuvo en un coro en su juventud y en la tuna y no sé qué más...).
Pepe era deportista. Por practicar, practicaba desde las carreras de vallas hasta el frontón, pasando por el lanzamiento de peso.
También era un gran tirador (tenía medallas y alguna copa, recuerdo, de tiro al blanco). Con alguno más de los reclutas, era siempre de los primeros en su regimiento.
Sus superiores, conociendo su habilidad con la mirilla lo llamaron un día. Junto a él, dos más.
(En aquel tiempo, los soldados se llevaban el fusil a casa porque los maquis robaban en el cuartel y se los quitaban. Ignoro si los cocineros se pasearan también los huevos y las legumbres hasta sus viviendas. Más tarde, los mreclutas, tan sólo se llevaban el percutor a la anochecida. Pesaba menos y no era tan peligroso.)
Los superiores, el sargento, creo (nunca he sabido de graduaciones ni de estrellas pectorales), les dijo que tenían que coger sus armas y bastante munición, subir al paraje conocido como Las Conejeras, en los altos de Huétor Vega, dónde se escondía una cuadrilla de maquis, aposentarse en algún lugar estratégico y, cuando vieran salir a uno de estos guerrilleros, disparar a matar (después, si acaso, preguntar).
El color blanco hizo presencia en la cara de estos tres jóvenes, quienes, con justeza y buen juicio, dijeron "no, gracias", que ellos no estaban allí para matar a nadie, que, si quería cazar a cualquier rojo, naranja o rosado, que se lo ordenara a los soldados profesionales.
Imagínate tú, me cuenta mi padre, tres chavalillos con 17 ó 18 años, disparando contra la gente, por muy enemigos que sean. Nosotros estábamos allí de paso y ni si quiera esa guerra nos pertenecía, parece que pensaba.
Imagínate, repitió, que, durante toda la vida, hubiéramos tenido sobre nuestras conciencias la muerte de dos o tres de estos maquis.
Pepe mira hacia arriba, mira hacia abajo y mira hacia adentro. Traga saliva y simula el conato de un escalofrío.
* Fotografia d’un graffiti sobre maquis que vaig fer a Sallent, Barcelona (extraída de la Wikipedia).
Gormiti

Si tienen niños pequeños, sabrán de qué hablo. Los Gormiti son unos muñecos de plástico que, creados en Italia, se están extendiendo por el mundo.
Componen toda una cosmogonía de señores de la naturaleza y de héroes con superpoderes. Tenemos el pueblo del aire y el de la tierra y el del volcán y algunos más. Constituyen un micromundo que, con algunos aditamentos (que no son baratos), como la Isla de los Gormiti, el Pico del Águila o el Monte Volcano, los niños dan rienda suelta a un mundo de fantasía teledirigida.
Semejan el mundo natural. Son hibridos de animales, aves o plantas. En general son feos.
A Juan, sin embargo, le encantan y los colecciona (ya ha salido la serie tres). A mí me gustan sus colores fuertes y planos, su colorido en general cuando están juntos, y sobre todo su estabilidad. Gran parte de los muñecos que tiene pierden el equilibrio fácilmente y es complicado mantenerlos en pie.
Se pueden comprar de muchas formas. O en paquetes de cuatro (10 €), siendo uno de ellos sorpresa, o en sobre cerrado, con un solo Gormiti (2,50 €), que no se sabe el que saldrá. Así, es normal enconttrarse con repetidos.
Mi niño los cuenta, los recuenta, los divide por "pueblos", se baña con ellos (algunos cambian de color con el agua), juega con su Isla y sobre todo lucha y los lanza probando (o comprobando) quizá su dureza.
Algunos repetidos, en cambio, los aparta como parias. Pero la mañana del domingo lo sorprendo jugando con ellos.
No dices que los repetidos no los quieres, le digo.
No son repetidos, papá, razona, son clones.
* Empleo Gormiti, usado como plural, sin "s", porque su origen italiano así lo dicta. Es como grafiti, que es el plural de grafito (pintura o pintada en la pared). (Perdonen por este detalle de roedor de biblioteca).
El niño que fue Jueves

Cuando mi niño me anunció que ya no se llamaba Juan, que lo llamásemos Jueves, sin remedio, lo primero que me vino a la cabeza fue esa novela surrealista y enigmática, de sectas secretas, misterios y astronomía, de Chesterton llamada "El hombre que fue jueves", de donde me apoderé de la cita de que la aventura puede ser loca, el aventurero no.
También pensé en el indígena, amigo sin remedio de Robinson Crusoe, al cual lo llamó Viernes, pues llegó ese día, para romper su soledad.
Siempre que pienso en el Robinson de Defoe, pienso también en la versión erótica de Michel Gall, "La vida sexual de Robinson Crusoe", donde, cuando llegó Viernes, el protagonista vio el cielo abierto (amen de otras partes más ocultas), cansado de tanto desfogar con plantas y frutas y sodomizar animales caseros.
Eran otros tiempos, otras lecturas, otros intereses...
También recordé la novela de Almudena Grandes, "Te llamaré Viernes", de la cual no puedo hacer ningún comentario, pues no he leído aún (no ha entrado en mis preferencias).
Al preguntarle a mi niño por qué Jueves, me dijo que empezaba por jota, como su nombre, y que el jueves era el día del equipo verde, su grupo en el colegio. Seguidamente agregó dos apellidos: "me llamo Jueves Domingo Sábado". Me reí. Luego pensé en Domingo Sabio, pero no quise liar más la cosa.
Al día siguiente lo llamé Jueves, pero dijo que no, que cada día se llamaba igual que el día de la semana. Así que fue Viernes por un día, cerrando así nuevamente el círculo de mis pensamientos.
* Robinson Crusoe and his man Friday Giclee print by John Charles Dollman.
San Jorge

- Hoy es mi día.
- ¿Te llamas libro?
* Ocurrencia antigua que me viene a la cabeza todos los abriles 23.
** PINTURA: San Jorge y el dragón de Rafael Sanzio (1504).
Juan y el dinero

No hace falta que asegure lo bien que me lo paso con mi hijo, de sus ocurrencias, de su discurrir. Temo, sin embargo, cuando dentro de unos años pierda la inocencia, la naturalidad y esa perspectiva tan coherente de lo que nos rodea.
Este domingo asistimos a la comunión de su prima de nueve años, que parece una princesa.
Lo baño antes de prepararme yo. Mientras, se queda viendo los inteminables dibujos en sesión contínua que ponen en el canal Clan, casi todos japoneses.
Al bajar, ya acicalado (¡porque yo lo valgo!); vestido con traje gris perla, camisa a rayas (verticales, of course) y corbata de seda marrón; recién afeitado y ligeramente perfumado; Juan me dice tan convencido: "Pareces un presidente". (Ni elegante ni nada, un presidente.)
Esta Semana Santa, en Torremolinos (él dice Remolinos), unos músicos tocaban en el paseo. Juan dijo a su madre algo sobre los indios, ella dijo que eran sudamericanos. La expontanea asociación de ideas llevo al niño a indagar: "¿Porque sudan mucho?".
Pero lo que me conmueve realmente es su relación con el dinero. Piensa que lo compramos en el banco. No le he preguntado con qué se compra. Pero, cuando le digo que no tengo dinero, me dice que vaya al banco o a un cajero y compre dinerillo.
Él siempre quiere invitar. Con el dinero de otro. Pero él siempre invita.
El otro día, muy serio, nos dijo que iba a abrirse una cuenta naranja (¿?). Vamos a ver si le va bien y nos echa una mano.
* Zampoña andina en la foto.
Luna

Tengo noticias de una chica que se llama Luna. La luna siempre es sugerente, bella, inspiradora, caprichosa. Es primitivo, espermático, pagano, llamar a un niño Sol o a una niña Luna u otro elemento o fenómeno natural.
He conocido a Lluvia, Nogal y a Selva. Más común son los nombres de Aurora, Coral, Estrella, Luz o Nieves (más las chicas que los chicos) (¿Será por algo?). Y los apellidos, no digamos: desde Pino hasta Camino, pasando por Campos, Montes o Valle.
Tienen un sabor auténtico. Entran en otra dimensión, que trasciende el calendario tradicional para abandonarse en el pasar de los días, de las estaciones, de las fases lunares. Los equinoccios y los solsticios tienen mucho que ver; y la lluvia y el viento y el renacer de la primavera y el frio de invierno y la soledad del otoño y la lentitud de los días con sol.
Los pueblos, las civilizaciones más naturales y ricas en sueños, como los celtas o indios americanos tenían clara esta comunión con los elementos.
Ahora encuentro una Luna, que, sin conocerla, controla mis mareas.
Cleopatra Séptima llamó a sus hijos Cleopatra Selene, es decir, Luna; y Alejandro Helios, es decir, Sol.
Conozco también a una chica de marruecos que se llama Kamar, que significa Luna. Pero no cualquier luna, sino un cuarto. No sé si menguante o creciente. Se lo volveré a preguntar.
Una tarea para los días de asueto sería descubrir los paises que tienen en su bandera el sol o la luna y averiguar su origen.
* En el año 97 está fechada esta luna que pinté con tinta y agua.
Lo que hay que hacer

I Encuentro Fútbol Narradores-Poetas de Granada

Para el sábado 28 de este mes, se está organizando un partido de fútbol sala entre los narradores y poetas de Granada. En principio, son escritores de un determinado círculo e incluso generación, pero está abierto a todo aque que cuente entre sus vicios la capacidad de narrar o de entretejer endecasílabos.
Los poetas irán con camiseta rosa, los narradores aún por decidir (se les ha propuesto el amarillo, a falta de dramaturgos). (Los periodistas querían hacer otro equipillo.)
Habrá fotógrafo oficial, entrenadores, animadoras y público (uno), que soy yo (y mi vástago) (por ahora).
Para saber más del tema y, lo que es más interesante, para conocer de primera mano el intelectual calentamiento previo de todos los participantes, os dirijo al blog de Ginés, jugador de los narradores: http://nakednoise.net/blog/
La noche

De golpe, la noche se perfila infinita (Vila-Matas)
Al igual que algunas personas no les gusta comer, que comen por necesidad, e incluso les incomoda esta inclinación, a mí no me gusta dormir. Necesito dormir, recuperarme, pero me parece una pérdida de tiempo descansar más de lo necesario.
Rechazo la cama unitaria, rechazo los brazos de Morfeo cuando empieza a clarear.
Duermo poco. Necesito dormir poco (mi hijo creo que ha heredado esta característica). Y, si "aguanto" en la cama, muchas veces es por frío y, dado el caso, por la compañía. O me obligo a descansar un poco más, sabiendo el día largo que se empieza a derramar bajo mis pies. O me obligo a leer en la cama. O, ya no recuerdo, si alguna vez he estado enfermo, malo de acostarme.
Adoro el día. Me gusta del verano que los días son más largos. Soy diámbulo.
Pero la noche es mágica. La noche no tiene edad. Es como la enredadera, como la selva en las películas de ficción, que crece constantemente, al segundo, implacable.
La noche es otra dimensión, donde el reloj no existe y los amigos son eternos y la ciudad es un parque de atracciones o un safari o un cuento sin fin.
La noche te hace descubrir otros lugares (o los mismos con otra cara), otros vecinos (o los mismos con otra cara), que te sorprende por lo inesperado, por la sustancia maleable que te lleva como un río que, a su vez, arrastra a todos los noctámbulos, a todas las brujas a todos los vampiros y a todas las luciérnagas que se aletargan durante el día.
La noche tiene alcohol y humo y luces y ruido y miedo. La noche tiene sus manos frías y el corazón cálido, que puede latir a mil por hora.
Las lágrimas de la noche no nos dejan ver las estrellas ni las farolas, que ya no enciende ningún farolero, ni las puertas, que ya no abre ningún sereno. Y, si hay suerte, tampoco se escucha ninguna sirena que, por la noche, abre una herida que cauteriza rápidamente.
La noche es cómplice y mentirosa. Puede ser cobarde y lúgubre. La luna no tiene nada que ver, aunque lo vea todo. Lo lleva viendo desde el principio de los tiempos. Y rige las mareas, las cosechas, nuestras mentes y la pulsión sanguínea.
La noche es una buena excusa para abrir nuestros poros y nuestro corazón. A la noche le falta el día siguiente y le sobra el amor que vas dejando en cada vaso, en cada esquina y en cada uno que te mira pensando que viene la aurora.
* El Albaicín de noche, Granada.
Icolodógico

Ahora resulta que mi niño se ha inventado un idioma. Creo que fue el viernes a última hora. Empezó a enhebrar palabras sin sentido entonando una canción. Como siempre me intereso por sus cosas le pregunté en qué idioma estaba cantando. Como siempre se interesa por mis cosas, me miró a la cara interrogativamente, como diciendo ¿adivínalo?
Le sugerí inglés, francés, alemán, checoslovaco antiguo, valenciano de prisa... A todo me respondía que no. Cuando se me acababan las propuestas, él dijo impasible: es icodológico.
—¿Qué?, pregunté ignorante. ¿Icodo...?
—No. Icolodógico, aclaró orgulloso de enseñarle algo nuevo a su padre, que se la da de listo. —Estaba cantando La Tarara en icodológico, concluye.
Y que no se le olvida la palabreja.
El sábado siguió interrogándome: —¿Sabes como se dice tal (lo que sea) en icolodógico?
—(¿?).
Y me lo dice. Y lo repite para reafirmarse en su nueva palabra inventada. Pero después le preguntas y cambia el término.
—¿Qué pasa?
—Nada, responde con toda naturalidad. En icolodógico cada vez se dice de una forma.
—¿Ah? Voy a escribirlo, para que no se me olvide, le digo.
En el periódico, donde compongo el crucigrama, me dispongo a anotar el nombrecito del idioma. Pero él me quita el boli diciendo que en icolodógico se escribe así (véase foto superior).
Incluso icolodógico en icolodógico se dice de otra forma que aún no he aprendido.
Harry Conejo Angstrom

José Abad, crítico literario y cinéfilo donde los haya, y un servidor quedamos en el café Fútbol un domingo para tomar café. Él, aprovechaba uno de sus últimos viajes desde Italia para instalarse aquí definitivamente con su familia. Yo acudía a su llamada.
Con el antebrazo cargado de periódicos, nos sentamos en una mesita del interior y, entre sorbos de café, fuimos poniendo al día nuestras cuitas y devenires. Cosas en común: aparte de que estábamos los dos casados y que éramos padres recientes, nuestra aficción literaria.
Así, un libro nos llevó a otro. Hablamos de géneros, de estilos, de países, de títulos, de autores. Recuerdo que nos estancamos en el realismo contemporáneo norteamericano y, después de reconocer las divinidades de Faulkner, comenzamos a extendernos cada cual en uno de sus novelistas preferidos.
Llevábamos un rato hablando. Yo de John Updike, como suena; él de un tal "Apdaik", que se parecían bastante. Hasta que, al término de la tostada, nos dimos cuenta de que estábamos hablando del mismo. Lo único que José lo pronunciaba en exacto inglés y yo, para mi vergüenza, literalmente como sonaba: "yon-up-di-que".
Hace hoy una semana que Jonh Updike ha muerto de un cáncer de pulmón. Tenía nada más que 76 años (joven, para lo que se estila), en los que le dio tiempo a escribir 27 novelas y 45 colecciones de relatos, ensayos, poesías y críticas literarias.
Era irónico y realista, simpaticón. Gozaba de esa habilidad de hacer que sus novelas se leyeran en una sentada y que después perduraran en la memoria durante mucho tiempo, quizás toda la vida.
Fue el espejo de la sociedad media americana. Reflejó como pocos (en eso me recuerda a Carver, Raymond) el sueño del sueño americano. Es decir, las miserias, la doble moral y la mediocridad yankee. Dibujó un hombre en calzoncillos, recién levantado, saliendo de la fábrica, jugando a baloncesto en la calle, emborrachándose en un bar... Elevó el adulterio y los problemas de pareja al grado de alta literatura. Fue tachado de misógino y racista, y algo de verdad tiene esta acusación, lo que es habitual, por otro lado, entre la burguesía blanca estadounidense.
Su saga sobre Conejo (Harry Conejo Angstrom), consistente en cuatro novelas: Corre, Conejo (1960), El regreso de Conejo (1971), Conejo es rico (1981) y Conejo en paz (1991), más un libro de relatos, Conejo en el recuerdo y otras historias (2000), son las que me engancharon y me decidieron a colocarlo en el panteón particular de mis autores de culto.
Tras la trágica noticia, pasé a rebuscar en mi librería, y media docena de sus libros gravitan en mi mesa para volver a ser deglutidos.
Las ocurrencias de Baltasar

Tengo algunas ideas que no prosperan. Por lo irrealizables, por lo surrealistas, por ambas cosas. Como cuando planteé pintar un local con catapulta. Todos se negaron menos, como cantaba Krahe, algún poetastro que alabó la de alabastro o el pelma de don Simón que de un vuelo fue al pilón.
Otra propuesta fue en la víspera de mi casamiento. Le dije a mi contraria (así llama mi padre a nuestras compañeras) que las despedidas, si acaso, las deberíamos realizar ella con sus amigos y yo con mis amigas, que es en realidad de quienes tendríamos que despedir de la añorada soltería. La lógica y la cara de diablillo que se me debió poner disuadieron a mi futura esposa de tal extravagancia.
Hace cinco años, con motivo del primer aniversario de mi hijo, quise quitar del cartelón en su fiesta la "s" de FELIZ CUMPLEAÑOS, puesto que cumplía uno solo. Sería la única vez en su vida que viera (digo, es un decir): FELIZ CUMPLEAÑO. Por descontado se interpretó como otro de mis desvaríos y no se me hizo ni caso.
Porque la unidad es importante y hay que reivindicarla cuando podamos. El pájaro solitario siempre se posa en la rama más alta (San Agustín). Uno de los grandes inventos cotidianos de la modernidad es el grifo monomando. Etc (o ect, como le escribía Salvador Dalí a Pepín Bello).
Antes de antes había una sola tele, un solo canal, y todos veíamos lo mismo o no veíamos la tele. Así, a la pregunta: ¿Viste ayer la tele? Sólo cabe una respuesta: Sí o no.
Lo mismo pasa con los regalos de Reyes. Un solo regalo solía aparecer la mañana del seis de enero, y si acaso caramelos en los zapatos.
Mi hijo recibe tantos regalos, que todavía está desenvolviendo, como quien dice. No es eso exactamente. Sino que empezamos a disfrutar de ellos durante estos días en que está luchando contra los virus.
Uno de estos juguetes, que procede del saco de Baltasar, es una caja de juegos (al estilo de los "Juegos reunidos"), que atesora varias horas de diversión compartida. Hemos jugado a las damas, a los dados, a la escalera, a la oca, a los palillos chinos.
Yo, le enseño lo que recuerdo. También miramos las instrucciones, ricas en idiomas, pobres en comprensión. Mi hijo dice a qué jugamos, mueve sus fichas y mueve las mías, pone las reglas y dicta razones. Pero no siempre gana. Sabe perder y nos reímos.
Lo más importante del juego, lo más importante en la vida, es el azar, el devenir de las cosas, la ambigüedad del destino, el triunfo y la derrota... y la sonrisa permanente.
Ataque vírico

Vivo unos días virulentos, o sea, cargados de virus, que me impiden dedicarle el tiempo a este blog con la misma regularidad de siempre.
Mi niño (a veces lo presento como mi grande, y me preguntan si tengo más y yo les digo que no, que sólo es éste: mi grande, mi chico y el mediano) lleva una semana aquejado de la garganta, los oídos, la barriga, los mocos... Estoy con él día y noche. Un virus nos lleva a otro y, cuando creemos que se recupera, un nuevo virus se hace fuerte en su recién organismo.
Cuando raspo minutos y corro al ordenador, también tengo que protegerlo, pues los otros virus amenazan con bloquear circuitos y memorias.
Por si acaso, he hecho algunas copias de seguridad (del ordenador, no del niño).
La cuchara de palo

Todo cocinero sabe que no hay nada mejor para un guiso que removerlo con una cuchara de palo.
Uno de los regalos que me llegó esta Navidad fue una modesta cuchara de madera. Ideal para los tiempos de crisis. Aunque los que estamos permanentemente en crisis, no la notamos especialmente. (Un amigo norteño me comentaba que él estaba acostumbrado a disfrutar de unas Navidades blancas. Yo, le respondía, estoy acostumbrado a padecer unas Navidades sin blanca.)
Agradecí la cuchara puesto que me gusta la cocina. Quizá no sea un buen cocinero, pero sí tengo buena mano.
En realidad la cuchara es de bambú que, según el cartoncito donde venía plastificada, tiene un especial interés ecológico. Cito textualmente:
"El bambú es una planta de la familia de las gramíneas, con tallo leñoso que viene a medir más de 20 m de altura y de cuyos nudos superiores nacen ramitos cargados de hojas grandes de color verde claro y con flores en panojas ramosas y extendidas.
Las cañas, aunque ligeras, son muy resistentes y tienen muy diversos usos.
La caña de bambú es gruesa, con un tall0o largo, que crece rápidamente, unos 15 mm al día.
Su uso no supone la tala de bosques. No necesita ser replantado después de su corte debido a su naturaleza de crecimiento rápido. Por esto, produce 4 veces más oxígeno que la mayoría de las plantas y árboles.
El bambú está considerado como un recurso renovable y sostenible, por lo que puede ser un sustituto apropiado de la madera".
Esto sin contar con la belleza de la planta y del bosque de bambú, hábitat del oso panda.
Un consejo de cocinicas para terminar. La cuchara de palo, después de fregada, no colocarla en un cajón, sino que seque al aire libre, para que no conserve olores ni sabores de anteriores usos.
El museo de Orce

Lo que más llama la atención en el museo de Orce es el esqueleto de un gran felino rampante, que te recibe a la puerta, con la boca abierta y los dientes de sable, de unos 15 cm, sin sarro alguno.
Sin embargo, la joya de la corona es el fragmento, de apenas unos 5 cm del cráneo de un homínido de hace 1,8 millones de años: "El Hombre de Orce". El más antiguo de Europa. Prueba evidente de que la humanidad entró a nuestro continente por el sur de España, donde habían venido probablemente a pasar el verano.
De todas formas, la historia no es una ciencia exacta, y mucho menos la prehistoria. Pueden aparecer nuevos hallazgos más antiguos en otro lado y hacernos más insignificantes en nuestra acomodada dimensión.
El altiplano granadino fue un lugar de gran actividad "social" hace unos dos millones de años, con mamuts, rinocerontes y jirafas, junto con ese antepasado cuasi antropomorfo.
Hace tiempo hubo una polémica con cierto espíritu demoledor. Se decía con mofa que el fragmento de hueso de este homo no era sino el hueso de un equino. Esta suposición quedó descartada en 2002, creo. Su autenticidad ya es irrefutable. Tenemos en casa, como quien dice, al primer europeo.
Yo me quedo, no obstante, con dos piezas, del tamaño de un puño, que se encerraban en una vitrina, a la derecha del rayado. Estos eran dos coprolitos. Dicho en cristiano, eran dos cacas fosilizadas de algún depredador. O sea, los excrementos más antiguos del continente.
Me recordó en seguida al término refoscachita, que leí alguna vez y logré aprenderlo. Con refoscachita (palabra a todas luces apócrifa) se designa al semen de dinosaurio en estado fósil.
Todo sobre mi niño

Mi hijo Juan nació el 25 de diciembre de 2003, en plena Navidad. Fue un regalo esperado, aunque Marili no sabía de la buena esperanza. Tanto es así, que le mandé un mensaje al móvil diciendo que había nacido. Ella, creyendo que era una broma navideña, contestó: "Lo sé. Se llama Jesús. Fun-fun-fun". Al tiempo la contrarié, diciendo que se llamaba Juan, como Obi-Juan Kenobi o el lagarto Juancho, y heredaría mis desvaríos.
Esta Navidad, como Cristo, como Morente, Juan ha cumplido años y lo ha celebrado varias veces. Con la excusa de que su cumple es un día universalmente festivo, lo celebramos con el colegio unos días antes. Pero también sopló velas el mismo 25, con Papa Noel de invitado (¡Jo, jo, joooo!).
He comentado alguna vez dos curiosidades del aniversario de mi hijo, que las repetiré. Juan divide el año en dos partes iguales. Los solsticios le sirven de guía (aproximadamente). Su cumpleaños coincide con el de invierno y su santo coincide con la noche más corta.
La segunda curiosidad es que tras la noche de las uvas en adelante, Juan seguirá teniendo cinco años pero habrá conocido siete. O sea, el 3, que vino al mundo, el 4, el 5, el 6, el 7, el 8 y el 9 que está por llegar.
Nunca me he planteado tener un hijo. Es más, si lo pensaba bien pensado, prefería no tenerlo. El mundo tiene más malo que bueno y no hay necesidad de traer más sufridores. Esos pensamientos tenían también, por qué negarlo, un trasfondo de egoísmo.
Sin embargo, me gustan los niños en pequeñas dosis. Siempre me han gustado y he tenido mano con ellos. He sido cómplice de niños, adolescentes y jóvenes durante bastante tiempo. He aprendido con ellos y ellos conmigo.
Pero he preferido verlos de lejos, desde la barrera. Los niños mejor de los demás.
A veces, más de un niño me ha cautivado y he dicho: "Un niño así no me importaría tener".
Ahora veo a mi hijo, cómo crece, cómo habla, cómo piensa... y digo: "Este es el niño que siempre he querido tener".
Palabras inventadas

Hace algunos domingos, tomando el té con Juan de Loxa en su casa, y después de intercambiar algún material y bastantes anécdotas, el poeta empezó a leer uno de mis cuentos.
No lo leas ahora, le dije, no hace falta. Sigamos hablando y después, con tranquilidad lo abordas.
Es un vistazo por encima, repuso, sólo para tomarle el pulso al relato. Después lo leeré tranquilamente.
Así que, sin hacerme caso, continuó paseando la mirada por el texto, bisbiseando y haciendo algún comentario y algunos halagos del todo desmedidos (quizá por mi presencia).
En un momento me recalcó el adverbio “legañosamente”. Esa palabra no existe, dijo con su musical característica, entre interrogando y afirmando.
No, respondí con precavido orgullo, es un a licencia de narrador. Un poco más adelante empleo el verbo “pentagramar” y tengo un poema que habla de “despetalar margaritas”.
Es lícito, exclamó. Y nos acordamos de Matías, ese personaje de La Colmena (de la película de Camus, no de la novela de Cela) que inventaba palabras y enunciaba su definición.
Recordé entonces ese verso de Enrique Ortiz, que impera “Señora, almohádeme el alma”. También vino a mi mente un poeta, que casi he olvidado (creo que se llamaba Ángel, Ángel no sé qué), que, aparte de omitir las conjunciones, adverbializaba los sustantivos a voluntad. Así decía, sin ningún prejuicio, nochemente o nubemente.
Cuando viene justificada,
qué bien queda la palabra inventada.
¿Tiene usted frío?

¿Tiene usted frío? Para qué, no tengo abrigo. Contaba Gila en un chiste que en realidad era una cruel anécdota de la pobreza.
Ahora que hace mucho frío, muchísimo frío, nos acordamos de las rendijas de las puertas, de esa ventana que no cierra bien, de ese edredón que no llegamos a comprar, de la caldera que no hemos revisado con tiempo, de las goteras de nuestros tejados.
El calor no es barato. La calefacción, el gas, el gasoil, el butano, el convector, las bombas de aire, los calentadores, las estufas, acrecientan de modo casi inexplicable los gastos del mes. Y no es cuestión de quedarse helado.
La mesa de camilla es mi aliada. Uso y abuso del brasero o de la chimenea. Para colmo, los problemas de circulación mantienen siempre mis manos ateridas (mi niño teme que le cambie de ropa, que le duche, hasta que no tibie mis dedos).
La climatización, el fresco en verano y, sobre todo, el calor en invierno, son productos de primera necesidad (deberían serlo). Si no se subvencionan, deberían abaratarse (aunque también sube el pan, la leche...).
Se podría crear una comisión que revisara las casas, las instituciones y los aparatos, para que se perdiera el menos calor posible, que se ahorrara energía. Una energía ecológica, alternativa, incluso (eólica, solar, hidráulica).
Cuántos resfriados, cuántos sabañones me ahorraría si tuviera el secreto de la calidez, si pudiéramos dominar el microclima como presumimos.
Y todo esto para comentar que me cuesta trabajo mantener la casa a una temperatura agradable, que los radiadores no calientan lo bastante, que la caldera no funciona bien, que pagamos demasiado, que hemos cambiado al niño a una habitación interior, más pequeña y más caldeada, que me parece de ciencia ficción haber pasado tanto calor en verano e incomprensibles los aparatos de aire acondicionado.
Abecedario

Tiene mi hijo Juan algo de oriental.
La puerta del frigorífico está cargada de imanes. Su último regalo fue un abecedario, de letras de colores, para pegarlas en esta improvisada pizarra.
El juego ha llegado en un buen momento. Al filo de los cinco años, mi niño escribe su nombre y el de sus amigos de clase, e intenta escribir cualquier otra cosa si la deletreas.
Como es un niño faldero, allá donde esté, Juan viene conmigo. Mientras recojo la cocina, Juan juega con sus imanes. Pone algunos nombres, hasta que se decide a poner el suyo (con apellido y todo).
El apellido se lo voy deletreando. Efe, e, ere, ene, a... Como le faltan letras (sólo es un abecedario), el va alternando las mayúsculas y minúsculas y haciendo letras con otras parecidas, con mucha imaginación. Para otra "a" le da la vuelta a la "v", para la "n" coge la "ñ" y la "e" la hace girando la "m".
Cuando lo miro, a medio escribir ("JUAN FERN"), lo está haciendo de derecha a izquierda. Se lo digo y me responde que pensaba que se podía escribir en los dos sentidos. Recordé esa técnica, llamada bustrofedón, que usaban los persas, que escribían de izquierda a derecha y, cuando se acababa la línea, lo hacían de derecha a izquierda.
Se lo cuento. Le parece bien, pero corrige su trabajo. Cuando lo vuelvo a mirar, ha escrito su nombre entero, pero como no le ha cabido en una línea (pues choca con otros imanes, el coche y el lagarto) se ha pasado a otra línea, quedando "JUAN FERNAN" y después "DEZ", pero en la línea de arriba y no en la siguiente.
Hasta diecinueve

El diecinueve, o sea, el número que va detrás del dieciocho y precede al veinte, el dígito uno seguido del dígito nueve (19), es un número convencional, hasta que no se demuestre lo contrario. Puede ser un número tan neutral como mítico, o al menos, especial, según el valor que se le dé.
Si hablamos de los años, los diecinueve es la mayoría de edad, pero con cierta experiencia, son los dieciocho con la veteranía de haber votado ya, por ejemplo.
Con diecinueve años, Alejandro Magno, corrió desnudo por las playas de Ilión en honor a su antepasado Aquiles; y Julio César celebró su onomástica en una taberna de Gades tomando pescaíto frito mientras veía bailar a una lúbrica puellae gaditanae.
Eurípides tiene diecinueve tragedias conocidas. O sea, que llegaran completas hasta nuestros días.
El diecinueve es el número más alto que sabe contar mi niño. Siempre le doy cinco minutos de margen para levantarse, para salir del baño, para apagar la tele... y él me pide diecinueve. A veces, cuenta por lo bajini para recordar el número.
Yo siempre le dejo cinco, seis, siete u ocho, y le digo que han pasado diecinueve.
Algunas veces, no obstante, sobrepasa este numeral y, contando, contando, del diecinueve pasa al diecicero (literal).
El otro día, no sé si preocuparme, en el coche estuvo contando seguido (saltándose algún que otro número) hasta el sesenta y nueve. ¿Querrá decir algo?
Catorce en un seíllas

Evidencias

Ya hablé en este mismo foro de un buzón, que no tiene otra finalidad que la de ser buzón, donde se echan y se recogen las cartas, que, sin embargo, pone bajo su evidente abertura la palabra "Buzón", así, con todas las letras, para que no haya error o para ocultar un vacío tan diáfano.
En una cancela, yendo por el campo, un cartel reza: "Cuidado con el perro", aunque no hace falta la advertencia, pues un enorme can de presa te saluda con cara de hambre detrás de sus colmillos y te ladra si te acercas demasiado y, si te fijas, tiene los ojos rojos y el rabo cortado.
María la Coneja, presentando en un festival a Luis Mariano, que iba con ella de guitarrista, dijo que la había acompañado por todos sitios, "en el extranjero y fuera del extranjero".
Ayer, en el trabajo, un cliente comentó que su negocio estaba abierto las veinticuatro horas y, añadió, para aclarar o darle mayor importancia: "de día y de noche".
En mi tierra se emplea sin ningún pudor la redundancia de bajar para abajo o subir para arriba. Al igual que se exclama: "veremos a ver".
¡Ay, que me pica!

¡Ay, que me pica! Dicho así puede tener una carga erótica que, en este momento, no pretendo.
La picazón se alivia con la rascadura. No hay mayor fatalidad que no poder hacerle frente a un picor. Picaduras, puede haber muchas; picores, sin venir a cuento la mayoría de ellos, hay muchos más.
Que te pique el pie cuando calzas una gruesa bota, que te pique la espalda justo donde no llegas, que te pique un brazo cuando está escayolado, que te pique la nariz o la cabeza o un ojo cuando tienes las dos manos ocupadas, que te piquen los genitales cuando estás hablando con tu suegra...
Un martirio, ya lo he dicho. Enunciamos así una de las leyes fundamentales del oso: "La intensidad del picor es directamente proporcional a la imposibilidad de rascarse".
Comer y rascar, todo es empezar, reza un dicho muy español. Se trata de dos placeres de cualquer ser animado (pueden ser dos placeres) (que se lo pregunten a un perro) (o a las pulgas).
Mi niño se tumba en mis haldas y, levantándose la camiseta, dice: "hazme cosquillitas". Porque sabe que, si rascar es un placer, que te rasquen es un placer doble.
Tres momentos

El intermedio

Así, en singular, el intermedio es como lo recuerdo yo. El espectador se lo merecía. El capitalismo no era tan crudo. Eran tiempos en blanco y negro (y los primeros a color)
Llevo varias películas incompletas. En general los filmes me resultan demasiado largos, y con intermedios no digamos.
Hubo un tiempo, en algunas cadenas, ofertaban películas sin cortes publicitarios. Era un maratón de hora y media o dos horas fijas delante del televisor. Tampoco es eso.
Las películas en casa gusta que tengan algún descanso, para comer algo, para ir al baño, para arropar al niño, etc. Pero una cosa es un paréntesis de diez o quince minutos, y otra son cuatro o cinco cortes de un cuarto de hora, mínimo.
Volvamos a la película en dos partes. Reivindiquemos el intermedio.
Tengo una llamada perdida

Catálogo de mosquitos

Un nutrido grupo de mosquitos pululan por mi casa. Supongo que es la época (la época puede que sea cuando abundan). Los tengo clasificados. Están los gordos, llenos de patas, los pequeños y los más pequeños, que son los de la fruta.
A los grandes se les caza con un manotazo en la pared, después de unos momentos de acecho. Los pequeños, que son los trompeteros, se me antojan los más fastidiosos, me despiertan con su vuelo rasante y son difíciles de atrapar. Los de la fruta, los más pequeños, son inofensivos. Raramente se aventuran más allá de la cocina, aunque enrarecen el ambiente y muestran dudosa su conquista.
A mí no me suelen picar los mosquitos. Sobre todo si hay alguien que le piquen. Por eso, los trompeteros son los que me fastidian. Aunque tampoco aguanto a los gordos que le pican a mi niño y a mi contraria y, cuando los aplasto inmisericorde, están llenos de su sangre los muy puñeteros. Y Juan se queda con un agujerito y una roncha que no para de rascar hasta que le echo crema (para él, cremita).
A lo mejor me pican y no me entero. Pienso, sin embargo, que mi sangre no es dulce, que mi piel es dura o que mi olor los disuade. Puede que me falte sex appeal, pues, como sabemos, los que pican son las hembras. Los machos, como en muchas otras especies (¿la nuestra?), se limitan a incordiar.
Alguna vez me han picado las avispas, y quién sabe si no las abejas. Quizá algún arácnido (todas las arañas pican). Pero nunca ha sido grave ni prolongado. Un poco de barro, de tierra y vinagre, ha sido el mejor antídoto.
Una vez en Cabo de Gata, íbamos doce al menos, una plaga de puntos negros nos atacaba sin previo aviso y sin atender a la bandera blanca que ondeamos a su primera incursión. Era una guerra de guerrillas pero a cielo abierto. Su número y sobre todo su diminuto tamaño era una ventaja indudable. Nos acribillaban (menos a mí, confieso con cierta vergüenza). Todos estaban marcados, untados con insecticidas líquidos o en polvo, cubiertos hasta las orejas, a pesar del calor. Raúl, aquejado de una alergia común, parecía un ecce homo.
En esa ruta por el Parque Natural cogimos erizos y comprobamos, siguiendo los consejos de Lampedusa, la sensualidad extrema de este equinodermo al partirlo en dos mitades. Si le añades limón, más o menos continuaba el Duque de Palma di Montechiaro, se retuercen como rozando el sumo placer. No llegamos a probarlos.
Más sobre los vientos

Si nunca llueve a gusto de todos, mucho menos sopla a gusto de todos. Si no que se lo pregunten a los marineros, a expensas de una vela, o a los molineros, esperando que se agiten las aspas. Si no que se lo pregunten a los habitantes de lugares donde el viento no descansa, en las cimas, en las costas, en las aristas. El viento hace perder la cabeza. El mayor número de suicidios está en Tarifa o Almería, morada permanente.
Los vientos preceden a la Rosa y a la brújula. Su denominación alude de donde proceden, no donde se dirigen o donde duermen. Así, para los griegos, el Siroco, viento del sureste, proviene de Siria (conocido también como Xaloc o Jaloque); y el Lebeche, viento del suroeste, de Libia. Del norte viene el violento Boreas y la Tramontana (tras los montes); el Gregal o Greco del noreste; del este el Levante (dicen que Chano Lobato es capaz de meter por bulerías este viento); el viento Sur es la suave brisa del Céfiro; el Lebeche sopla del suroeste; el Poniente del oeste; y el Mistral o Maestro del noroeste.
En China existen (o existían) «escuelas de viento» para la gracia del andar. Su filosofía persigue poder caminar como se inclina de la tercera caña del bambú. Cuando sopla el viento, la primera caña de bambú se inclina en exceso. La segunda, algo protegida por la primera, se inclina menos. La tercera se inclina poco y se mece con gracia. Este es el movimiento verdaderamente elegante, que deben imitar las mujeres hermosas, las danzarinas y las muchachas cuando van a conocer por vez primera a su futuro marido.
* Fotografía tomada del blog "Lo que ven mis ojos".
Buenos aires

Ya me gustaría conocer la ciudad bonaerense para escribir de ella. Ya me gustaría visitar la capital Argentina para opinar humedecido por sus recuerdos en primera persona. (En mis primeros estudios, este país se llamaba "La Argentina", con ese pedazo de artículo femenino delante, haciéndola como más familiar.)
Los buenos aires (o los buenos vientos) de los que quiero hablar tienen que ver con el tiempo meteorológico, con los soplos del cielo, con ventiladores astronómicos.
Y es este tiempo que enamora, finalizando el verano y anunciando un otoño que en Granada llega tan angosto como agosto extenso, que da gusto pasear, sentir la brisa, compartir la cuchara y el colchón.
Porque el otoño (su transformación, se entiende, la fina línea entre el calor y el frío) es una primavera más sepia. La primavera de los sueños y la remembranzas, la primavera de los solos.
El viento tiene casa en Turios, Grecia. Sus habitantes, agradecidos al viento del Norte, Bóreas fecundador de yeguas, por haber diseminado la flota extranjera que acosaba su ciudad, le pusieron al dicho viento casa y tierras de labor en su provincia.
Los viquingos sabían apaciguar los vientos cantándoles canciones que tenían mucho que ver con el píar de las aves. Los bizantinos los calmaban llamándolos por su nombre o mentando a sus padres. Y los príncipes de Bagdad dominaban a dichos vientos (algunos dicen que en calidad de esclavos, otros que a cambio de oro) para que les fueran propicios y adversos a sus oponentes.
Los árabes del desierto también han sido amigos de los vientos. Pero, sobre todo, la antigua China. Cuentan que el sabio Hsia Yuming llegó a establecer la familia real de los vientos del Noroeste, que soplaban sobre la montaña de las Dos Fuentes, reuniendo un total de cuarenta y dos vientos (más un muerto, un fantasma de viento nebuloso que acudía dos veces al año). Yuming amaba, entre todos, al viento dieciséis, que era lento y pacífico soplaba en abril, cuando las violetas.
Otra vez el siete

El siete, número espiritual y mágico, afecta tanto al cielo como al infierno. A las tinieblas y a lo divino. Aunque, me temo, como todo, que sobre todo atañe a lo humano. Recordemos que Jethro Tull en Aqualung (1971) cantaban que el hombre creó a Dios a su imagen y semejanza, basada en la polémica frase de Fauerbach que aparece en la cubierta del disco: En el comienzo, el hombre creó a Dios, y le dio poder sobre todas las cosas.
Ya sabemos que los egipcios dividían el cielo en siete partes y que Allah, según la doctrina musulmana, no está en ninguno de ellos, sino sobre los siete. Cuando estamos en la gloria, en un momento de sumo placer, solemos decir que estamos en el séptimo cielo.
Ayer oigo en una película, casi de refilón: Siete piedras necesitas para detener al diablo. Busco alguna información al respecto. No encuentro nada definido. Quizá, en alquimia, para defenderse de las tentaciones del demonio se necesitan, entre otras cosas, un puñado de piedras de azufre o que al diablo se le vence con piedras, a semejanza de David contra Goliat. Nada concreto.
Para terminar, apunto otra verdad espeluznante, que entresaco del Doktor Faustus de Thomas Mann y que tiene más que ver con la imaginación retorcida de los hombres que a las supuestas malas artes del maligno.
Una mujer que ha tenido trato íntimo con un íncubo durante siete años, incluso junto a su marido, mientras éste duerme, y de preferencia en los días santos, está ligada al demonio por la promesa de pertenecerle en cuerpo y alma. En otros tiempos sería detenida, procesada y quemada en la hoguera.
El banquete

Los griegos, como deja de manifiesto Platón, llamaban banquete a lo que nosotros entendemos por sobremesa. A veces la comida era un trámite, una excusa para el momento final, después de los postres. Es esa coletilla más o menos extensa que daba categoría real al almuerzo. Aquí se habla, se discute, se expone, se cambia y se intercambia, se canta, se ríe, se besa, se observa...
En el banquete platoniano, el tema es el Amor (argumento eterno). Son interesantes las aportaciones de un siempre acertado Sócrates; pero, sobre todo, las de Aristófanes, que distingue tres tipos de sexos; incluso las de Alcibíades, que se incorpora a la conversación bastante ebrio.
Los romanos, pensando seguramente en esta sobremesa más que en el "¿Quién quiere más sopa?" o "Me pasas la mantequilla", decían que la mesa ideal la componía un mínimo de tres comensales como las Gracias y no más de nueve como las Musas.
La mesa, para el Imperio normalmente era algo más que el simple consumo de viandas y la feliz consecución de un estómago satisfecho. El banquete o el simposio, tanto para el griego como para el romano, como para los árabes, era una excusa para el diálogo, para la discusión y la fraternidad.
Ya lo dejó dicho Plutarco en esta sentencia: La mesa no es para comer, sino para comer juntos.
He aquí la explicación a la "necesidad" de salir de copas o quedar para comer o la hora del café, con lo barato que sería quedarse en casa, y ¡con la crisis que está cayendo!
También la Dama de Hierro

Tengo una camiseta con una berenjena dibujada en su pecho, de colores fuertes, planos, algo naif, que hace juego con la toalla que utilizo para la playa, para la piscina, que me regalo mi madre, tan exclusiva, tan elegante ella, hace ya bastante tiempo. Pero no creo que se acuerde. En realidad, no se acuerda de nada. Se ha olvidado del mundo. Y, lo peor, el mundo se ha olvidado de ella.
Repiten que el alzheimer ataca a mentes dormidas, a memorias en desuso, a cerebros inactivos. Pero Adolfo Suárez, Pasqual Maragall, Margaret Thatcher...
Es una forma de no-vida, o sea, de no-muerte. Es una manera de estar sin ocupar sitio, sin discutir con el destino, sin esperar nada a cambio. Es el descanso del guerrero, la bondad del vacío, la pureza del blanco.
Dicen que en Estados Unidos se están probando medicamentos con buenos resultados. Medicando a un enfermo de artrosis, controlaron sin querer la demencia. Los grandes descubrimientos se producen sin querer. Ahora están experimentando.
Cuando llegué aquí será tarde. Pero nunca es tarde para las buenas noticias. Nunca es tarde para las esperanzas.
Yo, como Miguel Hernández, digo: que tenemos que hablar de muchas cosas. Mientras tanto, una camiseta con una gran berenjena en su pecho me recordará a quien debo parecerme.
Exceso de madurez

Qué sería del mundo si la última palabra fuera: madurez
(Doktor Faustus, Thomas Mann)
Cuando Torrente Ballester escribió su Don Juan, confiesa en su prologo, lo hizo por un "empacho de realismo". Así, le da una visión gallega, es decir, fantasiosa, al mito del sempiterno seductor y de su inseparable Leporello, que Gonzalo no duda, según la imagen de su tierra en convertirlo en un ser poseído felizmente por un diablo.
De igual manera yo denuncio la excesiva madurez de la gente a mi alrededor, la continua circunspección, el rostro alargado y la mueca de palo. Denuncio a quien levanta por encima de todo una cruz, una bandera, un ideal.
Nunca me ha conmovido el redoble de tambor ni el paso de la oca ni el canto triunfal.
Siempre he perseguido la sonrisa y he apagado el llanto. He preferido el desequilibrio a la seguridad, el desorden al cosmos, el bostezo a la razón.
La vida son cuatro días y si tres estamos de luto y uno en vísperas ya me diréis. Perdonemos por encima de todo, arrojemos flores a las bombas (como en la Revolución de los Claveles portuguesa), besemos la mirada aviesa, propongamos juegos al destino que viene gris, saltemos cuando todos caminan seriamente...
Cuando el mundo vaya en serio con nosotros, nosotros podremos ir en serio por el mundo. Si nos vamos a morir de todos modos (parece una paradoja, pero la muerte es lo único cierto en la vida), por qué nos empeñamos en matarnos.
Cuando el cambio de siglo era inminente, quise elaborar un cartel de propuestas para este milenio. Nunca lo confeccioné ni nunca, como es natural, vio la luz. Pero una de sus propuestas era la de subirse a la mesa de un café y desnudos de cuerpo y alma gritar a los cuatro vientos que queremos a todo el mundo. "Os quiero a todos", "Te quiero a ti y a ti y a ti". Así hasta llegar a todos los parroquianos.
(No es exactamente lo que quería decir, pero así lo he contado y así lo doy por válido, quien quiera que se una a mi huelga de comicidad.)
Chico

Ahora le ha dado a mi hijo por llamarme chico. Lo habrá visto en algunos dibujos o algo así. La cuestión es que me llama chico, y no hace falta notario para demostrar que yo soy mayor que él, como mi abuelo me superaba en años.
Normalmente me llama papá, como todo hijo de vecino, pero también papi, como su prima llama a su tío, o sea, su padre, o papito, según las películas sudamericanas; también me llama Jorge, como ve que me llaman los demás; y me llama padre, como llamo yo a su abuelo, es decir, a mi padre, o incluso señor padre.
Cuando me llama padre, yo lo llamo vástago (como suena); pero cuando me llama chico no lo voy a llamar Harpo.
No me parece mal que me llame como quiera (con tal de que me llame) (tengo un niño faldero). Pero chico me descoloca, me confunde como la noche.
Hola tú

Mi padre suele saludar diciendo "¡Hola tú!". No sabemos si es guasa, resultado de la amnesia o ganas de ningunearnos. Pero es una buena solución contra esa mala costumbre que me aqueja de no quedarme con ningún nombre de la gente que me presentan.
Tardo en aprenderlo y soy veloz en olvidarlo. La cnemotecnia hace mucho. Asociar un rostro, unos caracteres, a un nominal, por descontado ayuda.
¿Pero si a Almudena no le pega llamarse Almudena (según Paca a nadie le pega llamarse Almudena), a Rubén le pegaría llamarse Manolo, Macareno se llama en realidad Ignacio y Anselmo no sé cómo se llama?
Cabrera Infante me consolaba en este diálogo de Tres tristes tigres:
—¿Cómo me dijo que se llamaba? No oí su nombre.
—Eso pasa siempre.
—Sí, las presentaciones son como los pésames, murmullos sociales.
Así a Paco lo saludé el otro día diciéndole "adiós Alfredo" y a Juan Manuel (o José Manuel) llevo años llamándole Antonio (ya no lo llamo, me acerco y le sonrío estrechándole la diestra).
A este respecto, también es impagable este fragmento de La Orestiada de Esquilo, del cual se hace eco Álvaro Cunqueiro en uno de sus libros:
—Ha llegado un hombre que se parece a Orestes.
—A Orestes sólo se parece Orestes.
—Luego, ha llegado Orestes.
Intento controlarlo. El tiempo y el contacto son mis mejores recursos. Mientras tanto que nadie me guarde rencor si lo llamo con otro nombre, no lo llamo o le digo: "¡Adiós tú!".
* Sarcófago de mármol con figuras en relieve que representan escenas de La Orestíada. Escultura romana de mediados del siglo II d.C.
La duración de los besos

Por orden alfabético: Ana, Beatriz, Belén, Blanca, Carmen, Charo, Cristina, Elena, Eva, Fuensanta, Gloria, Inma, Isabel, Lola, Marías (varias, sola o compuesta), otra que no me acuerdo, Patricia, Pilar, Susana. A todas les pedí un último beso, el último casto beso (que dios me liebre) para que me dure.
El beso es instantáneo, como el descafeinado, que suele durar la extensión de un sueño. Depende, siempre depende. Depende de la intensidad, no tanta de quien lo da, sino de quien lo recibe.
A veces es un beso sin pensar, un beso de compromiso, de amistad o de saludo. A veces van al aire (escribí un cuento con ese argumento: "El coleccionista de besos perdidos"). Quien lo recibe, en cambio, se quema o, por el contrario, como decía Neruda, palia el fuego del amor (¿No es verdad que el amor quema y se para / no es verdad que se apaga con un beso?).
El imprescindible poeta libanés Gibrán Khalil Gibrán, en su libro "El Loco" escribió un precioso texto llamado "Sobre las gradas del templo": Ayer tarde, en la escalinata de mármol del templo vi a una mujer sentada entre dos hombres. Una de sus mejillas estaba pálida, y la otra, sonrojada.
A veces quien besa es pura pasión y quien es besado lo ve con indiferencia. El beso así dura en el recuerdo, en la mejilla, en los labios, el tiempo que su imagen permanece.
Cuando hay comunión, cuando el deseo es del agente y del paciente. O, mejor aún, los dos son agentes, besar en tus mismos besos o como cantaba Silvio: "Tu boca pequeña dentro de mi beso", puede rozar la perfección.
Pero la duración física de un beso no implica su duración emocional. Ni la cantidad de besos tienen por qué dejar constancia en el recuerdo.
¡Cómo memorizamos el primer beso! También el último o el que nos costó caro o el robado o el inesperado.
Con Jesús, en Liberia, quisimos hacer un poema expontáneo, con una chica que allí había. Era el tiempo de las Colaboraciones (preguntadle a Alfonso). Así, sin querrer, como si fuera una entrevista extraña, ella nos aportaba algún verso:
¡Ay los besos!
¿Qué decir?
Preámbulo
de un todo.
Pero qué falso todo,
todo negro,
indescriptible.
Aunque dónde...
en el vientre.
Desgarro la luz
de los domingos,
vértebras y más vértebras,
como la jaqueca
del día que no apetece
o el vómito que
amarga cuellos
y te besa.
Los besos, ay,
los imprescindibles besos.
* Eros y Psique (© Cánovas), un beso eterno.
Último y penúltimo

A los mandos de la nave, nuestra dueña lo corrige. El niño aprende rápido, demasiado rápido. Pero él cree, con una extraña lógica, que penúltimo va después de último. Quizá sea porque es palabra más larga.
Así, parece que se pitorrea, o que es un cínico, cuando has hecho con él veintiocho veces la campana, por ejemplo, y le dices "Juan, ya está bien" y él contesta "la penúltima, por favor".
Es posible que sin pensarlo tenga la misma filosofía de Faemino y Cansado cuando defienden que subcampeón es más que campeón.
No es mi costumbre pero os dejo con este magnífico vídeo: Subcampeón.
* Quería poner una foto reciente de Juan (© Carmen Díaz).
Las rimas de Juan

El cielo

Cortar la manga

Entre las esporádicas lecturas de este fin de semana una volvió a llamar mi atención. En verdad no era una lectura de primera mano, sino la relectura de un libro de contenido antropólogo, que me sirvió de base para una charla sobre erotismo que dimos en Ronda hará unos diez años, cuando llevábamos la revista de literatura erótica El erizo abierto (Alfonso tiene que acordarse).
El libro Guerreros, chamanes y travestis, de Alberto Cardín, se editó por Tusquets en su colección exclusiva, siempre interesante, Cuadernos ínfimos.
Muchas costumbres sexuales vuelvo a recordar. Muchas costumbres sexuales vuelven a asombrarme.
Por lo delicado y emocionante, reproduzco un pequeño texto sobre la homosexualidad en la China clásica, tomada del original de Robert van Gulik, La vie sexuelle dans la Chine Ancienne, de 1561.
"El último de los emperadores Han, Ai-ti (siglo I a.C.), tuvo toda una serie de jóvenes amantes, de los que el más conocido fue un tal Tong Hsien. Un día en que el emperador compartía el lecho con Tong Hsien, éste se durmió apoyado en su manga. Cuando el soberano fue avisado para conceder una audiencia, tomó su espada y se cortó la manga, para no despertar a su amado. De ahí el término toan-hsieo, ’cortar la manga’, para designar literalmente la homosexualidad masculina."
Después de leerla recordé otra historia, antagónica en cierta manera. Es sobre el origen de la palabra sibarita. Un rey de la antigua ciudad de Sybaris, una de las más importantes colonias griegas en la Magna Grecia, se hacía confeccionar cada día un lecho de pétalos de rosa para descansar. La leyenda cuenta que detectaba cuando uno de estos aterciopelados labios floridos estaba doblado y mandaba rehacer nuevamente aquel delicado jergón caduco.
De ahí ha trascendido el término ’sibarita’, que designa a la persona en extremo refinada, amante de la buena mesa y de la buena vida en general. Dicho de una persona: Que se trata con mucho regalo y refinamiento, apunta el Diccionario de la Real Academia.
La hiena

Isotérmico

Murciélagas

Entre el canto de los grillos y una uña de luna blanca apenas esbozada en el cielo, que, conforme oscurecía, iba imponiendo su majestad, cenamos en el chalet con los abuelos. Alguien advirtió entonces un bichito de luz. ¡Una luciérnaga!, exclamó dirigiéndose directamente a mi niño. Juan, siempre cómplice, me cogió de la mano y me guió al trozo de jardín donde brillaba el gusano y, como si lo conociera de toda la vida, me dice: "Mira, papá, una murciélaga".
Por tres veces insistí en que se llamaba luciérnaga. Por tres veces él repitió convencido murciélaga. Así que lo dejé estar. Pero no era una, sino dos, tres, cuatro, que fosforecían verdes o amarillas en la noche.
Las luciérnagas hembras son las que se iluminan, para atraer a los machos, más desarrollados, que vuelan por encima.
Su prima Lucía, unos meses más pequeña que Juan, pero más alta y más rubia, dijo: "Yo he visto tres, dos verdes y una rosa". Esta especie rosada, aunque agudicé la mirada, no la vi. La buscaré la próxima noche y, en caso de que reluzca para mí también, haré sin tardanza algunas fotografías para la posterior rueda de prensa y su publicación en "Naturaleza viva" o en "Ciencia popular", por ejemplo.
El calor

El camino del trabajo a mi casa es más largo pero me asombra, es decir, tiene más sombras donde refugiarse. Atajo (quiero decir, alargo) el camino como un lagarto antagónico. Y voy más despacio. Eso sí, muy despacio, aletargado, como un oso en invierno ("Descubrimiento de la lentitud", recuerdan). Procurando colaborar lo menos con el sol implacable. Voy al sol que menos calienta, alejo el ascua de mi sardina.
Jesús Quintero, en uno de sus programas, decía, que su padre a su vez decía, que lo mejor para el calor era no moverse.
Los animales, los bichos, saben mucho de esto y descansan en la sombra cuando el calor aprieta (que, a veces, ahoga) (no como Dios). Y reducen su respiración al mínimo, que es el secreto de una larga vida.
El calor (o la calor, que suena más grande, como la mar frente al mar). El calor, repito, en Granada llega a bocajarro. Viene a quemarropa. Es una bofetada, un disparo, una celada. No hay intermedio apenas. De los 20º pasamos a los 40º. El entretiempo es ficticio. Del abrigo pasamos a la camiseta.
Menos mal que aquí por la noche refresca. Es un respiro. Sobre todo esta noche pasada, que tuve que cubrirme con la sábana.
El escarabajo

Mi hijo Juan distingue entre catalejo y catacerca, para mirar desde el horizonte hasta lo más inmediato, respectivamente. Lo comprobamos en los prismáticos, que, mirando por los cristales pequeños, todo se nos acerca, pero que usándolos al contrario, por los lentes grandes, alejamos lo más próximo. Es como cuando en la selva de Gila, los cocodrilos se comieron a alguien por usar los biniculares al revés y creer que eran lagartijas.
Un amigo, hace tiempo, cogió un escarabajo del suelo y lo puso con las patas por alto, como Gregorio Samsa en "La metamorfosis", y dijo (mi amigo, no Gregorio Samsa), mira un escararriba.
Hoy, por primera vez en mi camino, he visto un escarabajo triste. Los escarabajos son tristes y solitarios. Son como esas personas que siempre están afligidas o que siempre tienen calor. El rinoceronte es a los mamíferos lo que el escarabajo es a los insectos.
El escarabajo caminaba sin rumbo entre la zona de los caracoles (ya invisibles) y las afanadas hormigas, que limpiaban el piso de restos orgánicos (o no tan orgánicos).
Me caen bien los escarabajos, siempre a lo suyo, con la pesada urgencia de quien dice ¡uff!
Siempre recuerdo a sus congéneres egipcios y su buen rollo o a los peloteros, felices entre heces, o a la antigua tradición afrodisíaca de ingerir escarabajos, previamente secados y machacados, conocidos curiosamente como "mosca española" o "Cantharida" (Fernando el Católico los tomaba para superar la impotencia).
McCartney

Yo he sido siempre más de Paul McCartney que de Lennon, como siempre he sido más de los Beatles que de los Rolling. Aunque ahora, no sé desde cuándo, escucho con más agrado a John y, siempre en la cabecera, a Sus Magestades Satánicas.
McCartney cumplió ayer, 18 de junio, 66 años (felicidades). Nació en mismo día que quien suscribe. Sólo que con 20 años de antelación.
Intrusos

Hace un par de domingos estuvimos en la sierra de la Alfagüara con Juan. Concretamente en el paraje conocido como Puerto Lobo. Fuimos con la intención de visitar el parque cinegético para enseñarle al niño algunas rapaces en cautividad y, con suerte, las cabras montesas que allí, cercadas, a veces visitan a los visitantes.
Al llegar, había desaparecido el hospital de aves y el inmenso cercado en el que se protegían los venados. Dimos algunas vueltas, disfrutando del paisaje, de cualquier modo. Hasta que vimos a una guardesa, o algo parecido, que, ante nuestra pregunta, aclaró que con la gripe aviar de hace unos años habían tenido que desmantelar las jaulas, y que, las cabras, ya totalmente adaptadas y recuperadas, corrían libres por el monte.
Nos alegramos, creo.
Antes de irnos cogimos unas piñas, para adornar las macetas del patio y evitar que los gatos las cojan como arenal para sus deposiciones, las guardamos en el maletero y nos fuimos a comer (estupendamente) a un merendero cercano.
Al volver al coche, las hormigas corrían por los asientos y la guantera. Las piñas traían intrusos.
No tan grave como esa pareja que trajo un tronco del Brasil y, en la bola de su base, se ocultaba un nido de tarántulas. O cuando Mari Carmen se tragó una culebrina de casi un metro bebiendo agua en un manantial de la costa. O esa familia que adoptó un perro bien feo en el Sahara y a su vuelta lo llevaron para determinar su raza y el veterinario, tan aséptico como profesional, dijo impertérrito que no se trataba de can sino de roedor. Una rata del desierto, para ser exactos.
O cuando Rafa estuvo en las selvas americanas (Perú y Bolivia) y, por las noches, ya de vuelta, escuchaba ruiditos en su cabeza. En el hospital, le extrajeron dos larvas del coco.
Por medio de algunas lecturas y documentales de televisión conocía este extraño comportamiento de parasitismo animal. En algunos reportajes he visto como algunos insectos dejan sus huevos en cadáveres de otros animales o incluso en seres vivos para que sus larvas queden amparadas durante el crecimiento, asegurándoles así la subsistencia hasta que llega el momento de escapar, como gusanos o entes alados.
Siempre me ha parecido un poco repugnante. Pero así es la vida: sufrir, morir, para que otros puedan vivir. Entre los seres humanos, estas escenas se dan continuamente, pero lo de los huevos es metafórico (¿o no?).
Las pulgas, que pululan en algunos lugares exóticos, esperan al hombre descalzo y se introducen entre las uñas de los pies y depositan allí sus huevos para reproducirse. Dicen que el dolor es insoportable. Es como el continuo encender de una llama, el latigazo constante de un fósforo en una parte sensible y desprotegida de la piel.
El gusano de Guinea, aunque nadie muere por ello, va creciendo aferrado a su víctima alimentándose de ella hasta alcanzar aproximadamente un metro de largo. Los pies se resienten ─cuenta Graham Greene ─; pero, si se meten en agua, puede verse cómo las larvas se desprenden. Es preciso encontrar el extremo del gusano, que se parece a un hilo de algodón, y enrollarlo alrededor de una cerrilla. Luego, hay que separarlo cuidadosamente de la pierna, sin que llegue a romperse. A veces, se prolonga casi hasta la rodilla.
En el medievo para extraer la tenia se impedía al paciente beber agua durante varios días, al cabo de los cuales se le ataba bocabajo a medio metro del suelo. Bajo su cabeza, en el piso, un cubo lleno de agua esperaba a que la tenia sedienta saliera por la boca del enfermo y se arrojara al recipiente acuoso. Desagradable pero bastante eficaz y no muy doloroso.
Estando en el campo, al cuidado de la cocina para varios acampados, descubrí, bien avanzada la quincena, que el bacon que extraje para laminar y freír aquella noche estaba plagado que milimétricos gusanos blancos que se estaban dando un banquete envidiable. Eran los descendientes de unas grandes moscas que se resistían a abandonarnos. Tiré la carne al fuego, celebrando un holocausto particular, no se lo comenté a nadie y comimos salchichas con tomate.
Yo, por mi parte, ayuné un par de días y me prometí comprar la panceta, desde ese momento, en lonchas y envasada al vacío.
*En la foto he puesto una imagen del Amazonas, porque el retrato de cualquier parásito se me antojaba harto desagradable y, desde luego, posiblemente prescindible.
Zapatero

Aunque no me faltan ganas, no voy a hablar de un presidente con actitudes impermeables y cejas circunflejas, ni del remendón que me ha reparado dos veces sin éxito el mismo zapato de suela deslenguada, ni siquiera del espiritual guerrillero mexicano encapuchado y su modelo bigotudo. Me refiero a los bichitos rojos, planos, con pintas negras que en estos tiempos abundan en nuestros campos (no confundir con las mariquitas).
El camino a mi trabajo se ha convertido en un pequeño cosmos de vida animal. Y, curiosamente, como en las ciudades medievales se separan por gremios. En las callejas del centro comercial se hallaban los especieros y los curtidores, las atarazanas y los plateros, los sastres y los barberos. Caminando a mi jornal diario, encuentro los pacientes caracoles, las caravanas de hormigas y las confiadas palomas, las mariquitas, las inquietas lagartijas y los zapateros.
Cada día, uno de estos micromundos adquiere protagonismo. Después de las lluvias, sin duda, son los caracoles. Y con el sol de plano, las lagartijas retozan.
El jueves y el viernes de esta semana pasada, la actividad desapareció por completo. Pero los primeros días, los zapateros tomaron la calle. Iban de dos en dos, la mayoría. Pegados por sus partes traseras. Era la eclosión primaveral. Se apareaban ajenos a la gente que pasaba, ignorantes de sus pisadas.
El miércoles quedaban tan sólo algunas parejas rezagadas (o lúbricas, que entre los insectos también debe haber buenos amantes) y bastantes fallecidos, caídos en la batalla del amor. (En el mundo animal, reflexiono, hay especies que se la juegan cuando deciden echar un polvo).
No sé si es una buena muerte, no sé si será determinante esta pérdida entre los cientos de insectos que salen bien parados. Lo que sí pienso es en la paradoja de que algunos arrojados zapateros fallecen bajo los zapatos de individuos anónimos.
Parafraseando

Ando leyendo estos días a Cabrera Infante, Tres tristes tigres, que siempre, en tratándose de literatura, tengo asignaturas pendientes. Y, entre col y col, un Tip.
En el centro superior de las hojas pares (las de la izquierda), el titulito reza G. Cabrera Infante. Mi desmemoria enfermiza se acerca al abismo y pasé casi trescientas páginas intentando recordar a qué nombre correspondía ese "G punto" (que no punto G, aunque podría), sintiéndome seguro de que conocía de sobra este nominativo. Sin embargo, las lagunas se extienden en mi cerebro, y no lograba averiguar... (Quienes de mis lectores lo tengan claro, considerarán medio estúpido este olvido y dirán desde un comienzo: Guillermo, Guillermo).
Varios días, sin embargo, por lo que digo, estuve barajando Gabriel (como su paisano continental García Márquez) o Gonzalo (como tantos) y hasta Gualberto (como el padre y hijo de Guillermo Tell), hasta que el Guillermo se me impuso con total evidencia. Cosas del olvido que, a propósito, Cabrera Infante, lo hermana con el carajo. O sea, cuando alguien desaparece y comienza a irse al olvido es como irse al carajo (lo dice con dolor).
Pues bien, Guillermo me demuestra lo que ya sabía, que es un erotómano delicado y crudo a la vez, que es una eminencia hablando de cine, que juega con el lenguaje como pocos. Pero lo que he descubierto con gran gozo es que realiza malabares con las palabras, que sus juegos de palabras en tres o cuatro idiomas son una obra de arte.
En un pasaje de su libro, cuando juega con los refranes, me recordó a mis comienzos. A principios de los 80, yo hilvanaba: "Dime en qué escaparates te paras y te diré quien eres" o "Tanto va el cántaro a la fuente que al final se conoce el camino" o "A quien buen árbol se arrima se llena de resina".
Cabrera Infante propone A ruidos sordos ganancias de pecadores, A oídos revueltos cuñas de palabras necias, Cría cuervos y te sacarán las astillas, A quien madruga Dios castiga sin palo ni piedra... o el maravilloso Hay quien ve la paja en el ojo del culo ajeno y no ve la verga en el propio.
Carpaccio

Quien maneja mi barca, se pidió para cenar carpaccio. El sábado, celebrando que era sábado, salimos a cenar fuera. Comimos lo que quisimos a un precio más que razonable (dejamos propina y todo), en un lugar donde no se fuma (doble satisfacción).
Siempre que pedimos carpaccio (esa preparación con nombre italiano y presencia noruega, que consiste en extender sobre el plato finas láminas de ternera cruda —o salmón o atún o avestruz o gamba o potro—, maceradas con aceite de oliva y algunas gotas de limón, y decorado con virutas de parmigiano Reggiano u algún queso añejo), recuerdo una simpática anécdota.
Me dirigía con mi hermano a Motril. Llegaríamos a la hora de comer (la hora de comer siempre es buena hora). Entre los comentarios obligados, relativos al manyar, comenté que me apetecía un carpaccio. Y lo dejamos estar.
En el merendero, en donde desembocamos, aprovechando que fui al baño, mi hermano decidió darme una sorpresa.
Cuando volví a su lado, no pudo resistir y me confesó: "De primero he pedido gazpacho". "Si el gazpacho me sienta mal", me quejé. "¿No era gazpacho lo que te apetecía?", se extrañó. "No", dije entre risas. "Carpaccio, carpaccio" y le aclaré en qué consistía. (¡Qué locos están estos romanos!, parece que pensó).
A tiempo estuvimos, sin embargo, de anular el pedido y sustituirlo por una ensalada de la tierra.
Carpe diem (el origen)

Al poeta latino Horacio (s. I aC) le debemos el término de carpe diem, ’aprovecha el día de hoy’, una invitación a vivir el momento.
La encontramos en sus Odas I, 11, que en sus versos 7 y 8 dice:
... dum loquimur, fugerit invida / aetas: carpe diem, quam minimum credula postero
que se traduce
... mientras hablamos, huye el envidioso tiempo. Goza este día, y cuenta lo menos que puedas con el día de mañana.
Esta misma idea la encontramos en uno de los epigramas de Catulo:
Vivamus, mea Lesbia, atque amemus,
rumoresque senum severiorum
omnes unius aestimemus assis.
soles occidere et redire possunt:
nobis, cum semel occidit brevis lux,
nox est perpetua una dormienda.
Que se traduce:
Vivamos, querida Lesbia, y amémonos,
y las habladurías de los viejos puritanos
nos importen todas un bledo.
Los soles pueden salir y ponerse;
nosotros, tan pronto acabe nuestra efímera luz,
tendremos que dormir una noche eterna.
Los locos y los niños

Dicen de los mayores, ante las primeras televisiones, que se adecentaban para ver los noticiarios. Se vestían y guardaban la compostura lógica de quien tiene invitados en casa.
No recuerdo a mi abuelo llegar a tal extremo, pero sí respondía cuando el locutor saludaba.
Ahora veo que mi hijo habla con la tele. Los personajes de Disney, en tres dimensiones, preguntan a los niños en sus historietas, esperan un tiempo y responden Sí, has acertado, o algo parecido, atine o no el chaval.
También juega en alta voz, con sus muñecos, con sus piratas, con sus coches o con sus piezas de armar.
Un profesor de pintura, que era mayor, hablaba solo. Me decía que los que no hablan con nadie son los locos y los niños. ¿Quizá los viejos y los niños? ¿Es que los viejos están locos? ¿O los mayores son niños, cerrando así el círculo de la vida?
Además, se habla de los niños como "esos locos bajitos". O sea, los niños son viejos. No sé.
Después de meditar, Juan dijo ayer: "Abracadabra, que desaparezca mi padre para siempre". Yo, lo oí por el rabillo del ojo y le dije que siempre es mucho tiempo. ¿Cuánto?, preguntó. Todo el tiempo, respondí. Entonces, volviendo a recuperar sus poderes, formuló de nuevo su encantamiento: "Abracadabra, que desaparezca mi padre un día".
Eso es más razonable, alegué, pero estaría bien que me concedieras al menos un par de semanas.
Pequeña fauna silvestre

Al igual que su padre llevó al coronel Aureliano Buendía a conocer el hielo a las afueras de Macondo, el otro día, en un descanso de la necesaria lluvia, llevé a mi niño a ver los caracoles, cerca de casa.
Emprendimos el camino, que es el mismo que yo recorro todas las mañanas para ir a mi trabajo, y, en un descampado, antes de llegar a la plaza de las palomas, nos detuvimos a contemplar a los parsimoniosos. Eran pequeños. El caparazón de algunos tenía el tamaño de una lenteja. Había muchos encima de la acera, decenas. Sin querer, pisamos alguno y lo lamentamos, aunque iban directos a la carretera con su lenta cadencia, donde los coches no perdonan, dejando un rastro de baba a su paso. Cogimos uno de los más grandes para mirarlo de cerca, después lo devolvimos a su camino.
Unos días antes, por casualidad, descubrimos un inmenso hormiguero lleno de actividad. Observamos las hormigas negras, de diferente tamaño, que salían de vacío de aquel formicario y volvían cargadas con algo que les duplicaba o triplicaba en tamaño y, posiblemente en peso.
Juan preguntó de dónde venían, que para qué querían todo eso. Para comer, supongo. Y empezamos a seguir la caravana que se alejaba bastantes metros de su casa. Era tremenda la actividad. Era inexplicable el tácito orden que seguían. Fuimos lentamente siguiendo este serpeteante rastro en movimiento hasta ver que se perdían precisamente en el campo de los caracoles.
Posiblemente, la vida social de estos pequeños insectos, le ha interesado más que los moluscos gasterópodos, pues repitió su análisis ese mismo día.
Más adelante en el camino, se encuentra un grupo de lagartijas, unas verdes y otras marrones, que salen a tomar el sol con gran nerviosismo. Pero su investigación la reservamos para otro momento.
Ayer descubrí una mariquita de siete puntos en el patio...
Las margaritas

Al fondo de mi calle hay un jardín que nadie cuida. Es una jardinera elevada donde crecen plantas que alguien plantó. Predominan las palmas, las plantas de agua, silvestres... Plantas meditarráneas, bastante resistentes.
Entre ellas hay un hermoso ramo de margaritas que en bastantes ocasiones luce sus flores blancas. Estas margaritas son cimarronas. Pero, como todo ser vivo, necesitan agua. Cuando el inevitable calor se bebe el campo, agrietea la tierra, estas alegres flores se agostan como pasas. La más mínima humedad la agradecen tensando su tallo (parecen hombres).
La abundante lluvia de estos días las revitalizan, es un soplo de vida para este jardincillo. Pero, con el inevitable sol del estío venidero, que amenaza crudo, con ese astro que usa gafas contra sí mismo, el vegetativo micromundo se marchitará lentamente. Aunque, no sé por qué todos los años resucita como el fénix, como el Dalai Lama.
Estoy por llevar un buchito de agua para espolvorear a diario estas margaritas o una botellita o decirle al vecino más próximo que el agua de cocer las verduras la arroje por la ventana, encima de este parterre, y no la vierta inútil en el fregadero.
Peces

Ayer, justo el día en que cené boquerones, se presentó mi hijo con dos pececitos. Se los había dado mi hermano, al desmontar un escaparate del Día de la Cruz, que nadaban tristemente en un pilarillo artificial. Juan los ha llevado esta mañana a la pecera que tienen en su clase. Ellos los limpian, les cambian el agua y les dan de comer.
Uno de los peces es el tradicional naranjita (aunque el niño dice que es amarillo), parecido a un salmonete. El otro es negro, una carpa, parece que se llama (mi ignorancia en seres acuáticos que no se comen es supina) (incluso en los comestibles). La carpa (llamemosle así) tiene los ojos saltones, como Luis Buñuel o como si su antigua morada hubiera contenido ginebra en vez de agua.
Para los orientales, tener una pecera en casa es un signo de bienvenida, de hospitalidad, de buena suerte. Llegan hasta a sacar la pecera a la calle o se la llevan de paseo como quien le da una vuelta al perro. Pero a mí no me dicen nada. Siempre mirando y mascuyando algo que nadie entiende.
Me pone nervioso su silencio y su constante ir y venir que se altera cuando te acercas. ¡Oye, amarillo, pedorro, que no os voy a hacer nada!
Pero no me entiende. Como yo no los entiendo a ellos.
De salvapantallas, un tiempo, tuve una pecera, con tiburones y todo. Eso sí que era simpático. No pedían pan y si les cambiabas el agua, el ordenador hacía agua, como un tres plalos bombardeado bajo la línea de flotación.
Crédulos

Mi dueña opina que nuestro vástago no debe ver Los Picapiedra porque va a creer que en los tiempos primitivos tenían troncomóvil e iban a la bolera. Sin embargo, no está vetado un oso con corbata y sombrero que habla en verso.
Cada vez es más fácil vendernos lo improbable. Los adelantos tienden a entorpecer la razón.
Mi hijo desea volar como Supermán, lanzar telas de araña y bolas de fuego; quiere ser invisible y que los reyes le traigan una varita mágica y una alfombra voladora. Le gustaría tener un perro de tres cabezas y subir a una nave espacial. Todas las noches busca la estrella de los deseos y quiere encontrar un tesoro escondido en la arena de la playa. Para comer prefiere los filetes de ballena y para dormir las nubes blandas.
La fantasía roza la mentira. ¿Hasta qué punto la inocencia es candidez?
¿Y si los equivocados somos los demás? En el manicomio piensan que los locos están fuera.
Todos, en nuestro estadio, somos crédulos, cándidos, incautos (más cercanos a la estupidez que a la sabiduría). Einstein decía que todos somos ignorantes pero no todos ignoramos lo mismo.
Por muy listos que nos sintamos, todavía creemos que el hombre subió a la luna, que la belleza se lleva por dentro y que el mundo es redondo.
San Jorge

Hace tiempo, demasiado tiempo, leí que San Jorge nació en Capadocia (Turquía), en el 303 (no he vuelto a encontrar estas minucias). Unos datos demasiado precisos para un personaje legendario.
Porque todos sabemos que venció a un dragón, o sea, al mal, al pecado, las tinieblas. Y liberó a una princesa, como dictan los cánones de la hagiografía. La dama era la virtud, la luz, la pureza. Pero se nos escapan el resto de sus vivencias.
En otro acercamiento a la figura de San Jorge, se apuntaba la idea de que todo estaba escrito, que el héroe estaba predestinado. Era el único que tenía espada y loriga, yelmo y cabalgadura. Era el único caballero, que en esos tiempos, buscaba aventuras por los alrededores de Antioquía.
Ignoramos si el premio a su incondicional arrojo conllevaba algún tipo de recompensa, como el habitual disfrute de la doncella en cuestión y la heredad del reino. Creo que no. Si acaso su austera renuncia por mor a su vida de segundón errabundo.
Hace unos años, la Iglesia, quiso expurgar el santoral de estos varones inexistentes, que rozan el paganismo antes que la beatitud deseada. No sé si alguno fue eliminado completamente. Me imagino que sí, tratándose de una institución tan aficionada tradicionalmente a la hoguera. Pero, en tratándose de San Jorge, no tuvieron más remedio que restablecer su nombre en el calendario, pues chocaron con la alarma popular. ¿Cómo eliminar a un santo que es el patrón de Inglaterra, de Dinamarca, de Cataluña, de Aragón, de la marina, de la Caballería, del libro y de los Scouts?
Hasta ahí podíamos llegar. Era necesario dar un paso atrás, donde digo digo digo Diego, y restablecer a este santo caballero a la casilla "23 de abril" y así remendar el entuerto, el vacío que se creaba, el caos (los griegos decían bostezo).
* Dibujo elaborado por Rafael en 1505 para el San Jorge del Louvre.
Insomnio

— Papá, cuéntame un cuento.
— Siete te voy a contar.
— Siete no, uno solo.
— No que ya es muy tarde. Llevas acostado más de una hora y aún no te has dormido. Me voy a acostar contigo y a dormir. Apago la luz. Una...
— ... dos y tres.
— Papá, quiero agua.
— Vaya.
— La botella está en la mesita.
— Toma. Incorpórate para beber.
— Vale.
— Y ahora a dormir. Una...
— ... dos y tres.
— Papá, quién gana, el Zorro o Tarzán.
— Cállate ya.
— Snif, Snif.
— ¿Qué te pasa? ¿No puedes respirar?
— Ni siquiera puedo respirar.
— A ver, levanta la cabeza que te suba la almohada. ¿Mejor así?
— Sí. Pero tengo la barriga seca.
— ¿?
— Papá, cómo se hacen las lámparas.
— Grrrzzzz... (me hice el dormido y, tras dos insistentes llamadas más, se dio por vencido y se durmió, hasta las seis y cuarto que pidió pipí, pero después siguió durmiendo, no como su padre que esperó a que se deperezara el despertador).
Una respuesta ambigua

Un niño, desde los dos años y medio más o menos hasta no sé cuándo, se convierte en un perrillo faldero.
El otro día fui al baño en la tienda de mis padres. Y mi hijo entró conmigo. Mientras operaba, nos fijamos en el suelo, que tenía huellas evidentes de haber sufrido recientemente una inundación.
Mi hijo me lo aclaró: "El otro día se llenó de agua", y, acto seguido, preguntó: "sabes por qué".
Esperando una respuesta seudo científica y medianamente aclaratoria, interrogué a mi vez.
"Porque me lo han dicho", dijo Juan y se quedó tan a gusto.
Palomas

Viejos colombófilos se empeñan en acudir a las plazas, solos o con sus nietos, y esparcir migas de pan o grano para alimentar a las palomas, sin atender que su masificación perjudica la urbe.
Las palomas son gregarias y sociables. Viven en las plazas de nuestras ciudades antiguas, en los parques, entre sus estatuas, en los tejados y los aleros. Se han adaptado como pocos al contacto humano. Son bellas, aunque Enrique dice que son 'ratas voladoras'. Son sucias, aunque simbolizan la paz desde que Noe envió una, después del cuervo (que se quedó limpiando el mundo de cadáveres anónimos) para que trajera la buena nueva en forma de ramita de olivo de que las aguas iban remitiendo.
Alegran los lugares donde se establecen, pero, como sabemos, sus excrementos corroen las piedras (no tanto como los estorninos).
Existen ciudades que han decretado su eliminación selectiva. Hay países que las cazan para enriquecer sus cocinas. De antiguo son usadas desde oriente como mensajeras. En la Primera Cruzada, fueron un factor estratégicamente importante de los sarracenos, ante la ignorancia de su uso entre los soldados de cristo.
Jules Renard, en sus Historias Naturales, dice de ellas "... Durante toda su vida son un poco cerriles. Se obstinan en creer que los niños se hacen con el pico. Y, a la larga, esa manía hereditaria de tener siempre en la garganta algo que no acaban de tragar, se vuelve insoportable".
Cerca de mi casa ha nacido una plaza. O sea, toda la zona es de nueva construcción y, entre tanta casa unifamiliar, pareada o adosada (yo digo adobada), se ha creado un gran espacio ajardinado, con árboles, paseos, bancos, pérgolas y columpios (el domingo llevé a mi niño con la bici).
La plaza se llama "Newton" y se ha llenado de palomas en pocos meses. Me alegra verlas, aunque a la larga corrompan las construcciones humanas (también me gustan las bandadas de estorninos jugando entre el viento y los árboles).
Carpe diem (un apunte)

Resulta que el famoso Gaudeamos igitur que "en todas las universidades de Occidente, alumnos y profesores juntos, suelen cantar desde mitad del siglo XVIII para coronar un acto académico solemne" (nos recordaba hace poco Manuel Vicent, junto con su traducción) es un canto epicúreo y nihilista, un himno propio para entonarlo en los tiempos de Carnestolendas o en la Corte de los Milagros de Víctor Hugo que en la sesuda institución de la sabiduría.
La letra, sin desperdicio, de esta declaración de intenciones, está extraída del tratado Sobre la brevedad de la vida, de Séneca. Y dice así:
"Alegrémonos pues, mientras somos jóvenes, puesto que después de la alegre juventud y de la incómoda vejez nos recibirá el seno de la tierra. ¿Dónde están los que antes de nosotros pasaron por este mundo? Nuestra vida es corta, en breve se acaba, viene la muerte velozmente y no respeta a nadie. Vivan todas las vírgenes fáciles y hermosas, vivan las mujeres tiernas, amables, buenas y laboriosas".
No me queda más que añadir.
Dos años

A mediados de este mes de marzo esta bitácora cumplió dos años.
Como todos saben, volandovengo nació por la necesidad de difundir con mayor profusión los artículos del flamenco que iba publicando periódicamente en el diario Granada Hoy de esta ciudad. Sin embargo, desde un comienzo fui consciente de que estas críticas no daban para alimentar un blog con necesidades imperiosas de crecer.
Y, así empecé. Todos los días me sentaba en frente del ordenador y, a vuelapluma, vertía lo que me rondara por la cabeza en ese momento, creando, aparte del flamenco, algunos otros temas de los más variados (siempre desde mi perspectiva y según mis intereses), evitando, eso sí, entrar en polémicas políticas, sexuales o espinosas, por no considerar estas páginas el foro adecuado.
Pronto fui descansando los fines de semana y fiestas varias, simplemente por la poca audiencia que tenía (la mayoría de mis visitantes eran festeros).
He tenido crisis. Algunas más graves que otras. Como el cambio de ordenador o la ausencia de internet, que al final del año pasado duró casi un mes. También cambié de diseño, con lo cual perdí alguna que otra utilidad.
He ido publicando también escritos antiguos de mis graneros que, por su brevedad e interés, han ido enriqueciendo este diario.
He tenido bastantes visitas (en la actualidad llego a veces a las doscientas al día). Aunque he sido pobre en comentarios. La interactividad que se pretende en un blog, brilla por su ausencia. De ahí la emoción que para mí supone encontrar opiniones conocidas o anónimas. De todas formas tengo gente fiel que me lee a diario y me contesta espontáneamente.
Las grandes sorpresas han venido, en definitiva, cuando he escrito sobre alguien, el cual se ha manifestado. Por ejemplo, cuando publiqué una crítica de Belén Maya y la misma bailaora me contestó o cuando publiqué una foto sin conocer su autoría, y el mismo fotógrafo, Toni Blanco, se puso en contacto conmigo para brindarme su colaboración o, recientemente, cuando hice una reseña a El Bestiario de Ferrer Lerín, que el autor aludido se puso en contacto conmigo y aproveché para enlazar su blog con el mío.
Para acabar esta nota, que se está extendiendo más de lo pretendido, me gustaría anunciar mi post estrella, que va por 27 comentarios a lo largo de algún tiempo, que sigue vigente. Me refiero a Un día histórico, donde hablo de Juan Habichuela, nieto, y de Enrique Morente, hijo. Pues han cogido esta plataforma un grupo de chicas, como si se tratara de un chat abierto en el que se expresan a sus anchas. Me encanta.
He cumplido dos años y espero llegar a tres y a cuatro y... ya lo veremos.
Nieve de primavera

Hace unos días vi por televisión un paisaje de cerezos en flor en no sé dónde, creo que en nuestro levante, pero no podría precisar. El caso es que recordé un libro de Yukio Mishima, Nieve de primavera, que siempre pongo como ejemplo para expresar la delicadeza en la escritura. (Describir en varios párrafos cómo un pañuelo de seda cae al suelo es un ejemplo de ese preciocismo.)
Siempre asocio con ese libro la distribución espacial de la calidad de las aguas para calentar el té. Los orientales clasifican el agua en tres estadios según su pureza, en tres niveles diferentes. Contemplan el agua de la tierra, el de los hombres y el de los dioses.
Las primeras aguas son las de los ríos y la de los lagos, las que se arrastran por el piso. Las aguas de los hombres están a media altura. Son las de los manantiales y las fuentes. Las más puras, evidentemente, son las que caen del cielo, que son las de los dioses.
Estas divinas aguas evidentemente llegan con la lluvia y, rozando la perfección, con la nieve. El té por excelencia es el que se hace con la primera nieve de primavera que cae sobre las hojas del cerezo.
Después está la ceremoni del té, que viene a ser una de las exquisiteces que impuso el zen para dulcificar el budismo, junto con la poesía, el teatro no, el ikebana o la composición de los jardines.
No insistiré en esta ceremonia. Lo que sí es relevante es su dimensión social. Y, como curiosidad, se sirve la infusión pegando la boquilla de la tetera a la taza para trasmitir el calor de una porcelana a otra, frente al té árabe que se suele verter desde lo alto para producir espuma, a la vez que oxigenamos la mezcla.
La delgada línea de la razón

Por razones que no vienen al caso, me vi ingresado en el hospital militar donde calibraron mi aptitud para emprender el servicio militar, obligatorio en aquel entonces, con resultado positivo. O sea, me declararon inhábil, excluido total, inútil, en definitiva (nunca una limitación me fue tan provechosa).
Por razones que tampoco vienen al caso, estuve encamado en la sección de los desvíos cerebrales (por llamarlo de alguna forma). (Todos juntos íbamos en fila a cenar y, cuando nos preguntaban, decíamos que éramos los chalaos.)
Yo, sin ir más lejos, compartía habitación con alguien que sufría ataques epilépticos. Mi mente lo relacionó rápidamente con famosos epilépticos como Hércules, el semidiós, Julio César, Napoleón, Flaubert, Dostoevsky o Pío IX (inspirador del pionono de Santa Fe). Mientras estuvo allí no sufrió ninguna crisis.
En nuestro grupo había uno que estuvo destinado en la feroz intendencia de la cocina de un cuartel. No lo pudo soportar. Cuando entrechocaban platos, vasos, marmitas, cubiertos y demás cacharrería, el individuo se tapaba los oídos y se ponía a gritar. Lo ingresaron rápidamente. Era un tipo peligroso.
Un conocido mío, estudiando una carrera, supuestamente superior a su capacidad (o superior a su sensibilidad), acabó subido a una silla en medio de la habitación con todos los apuntes, rellenos de colorines, para facilitar el eidetismo, alfombrando el piso. Decía aprendérselos mejor así. Supongo que de esta manera tenía una visión de conjunto. Experimentaba, como si dijéramos, un aprendizaje panorámico.
Conocí a aquel que tiraba monedas desde el balcón de su casa a la calle, argumentando la alegría de quienes se las encontraran. Al menos, él, cuando se hallaba dinero en la calle, se ponía contento.
Supe del que dejó su trabajo para pasear simplemente. Había llegado la primavera. Se buscó un bastón de caña y un sombrero de ala ancha, típico de colono o habanero, para repartir sonrisas a quien se encontrara.
Supe de quien dilapidó una herencia en las tiendas de veinte duros y otros saldos similares.
He tenido relación con varios suicidados, que no es necesario enumerar ni mentar sus nombres, porque el mundo en un momento de sus vidas le venía grande o, todo lo contrario, les faltaba aire en un mundo tan angosto.
La carne es débil, pero mas frágil es la razón, el entendimiento. Depresión, neurastenia, esquizofrenia, alzheimer...
En nuestro cerebro se representa una circunferencia, más o menos perfecta, que coincide con nuestro grado de raciocinio. Cada estadio de sensatez o cordura va avanzando por esta línea hipotética. De forma que la genialidad más extrema cerrará el supuesto círculo coincidiendo irremediablemente con la locura más radical. El sabio y el orate se dan la mano.
Qué fácil es dar el salto final. Qué fácil es cerrar la mente. Qué delgada es la línea de la razón.
Hormigas

Posiblemente los insectos que mejor me caen son las hormigas (en tratándose de insectos siempre hay que hablar en plural) (ya se dirigía Machado a las moscas como las familiares). Son gregarias, ordenadas, trabajadoras y constantes. Y, sobre todo, millonarias.
Jules Renard, en su hermoso librito "Historias naturales", ilustrado por Toulouse-Lautrec y musicado por Maurice Ravel (en alguno de sus textos), dice que cada una de ellas se parece al número 3.
O'Henry sostiene que la hormiga es el más sabio de los insectos.
Están por todas partes. Son tranquilas y amables. Pequeñas y grandes. Negras, rojas y traslúcidas. Cuando encuentran un rastro lo siguen y avisan rápidamente a todo el formicario. Pronto se forman verdaderas caravanas de hormigas de ida y vuelta. No descansan en ningún caravasar (palabra bonita donde las haya), sino que van directamente al hormiguero, sin entretenerse, cumpliendo fielmente su destino metódico.
En la cocina pueden ser temibles, una verdadera plaga. Pero son un buen sustituto de la sal. Además le dan color al huevo.
A la ida van de vacío. A la vuelta, igual de ligeras, arrastran objetos presumiblemente comestibles que suponen, en peso y espacio, cinco o diez veces su propio cuerpo. Caminan en linea recta, saltando los obstáculos a su paso, nada de franquearlos como el resto de los mortales. A veces trepando sobre ellas mismas para salvar abismos. A veces colaboran entre dos o tres para portar una hoja excesivamente grande. A veces una lleva a otra compañera en volandas que se ha empeñado en ayudarla...
Siempre trabajando. Siempre atareadas. Constantes. En verano, en invierno. Mientras la cigarra canta o se muere de pena. Aunque es sólo un cuento, pues tanto la cigarra como la hormiga hibernan, o sea, en los meses fríos están aletargadas.
La hormiga madruga. Es responsable. Va a lo suyo y no se mete con nadie. No como las moscas que se aprietan (acaban por mosquear) o como el mosquito trompetero, que además amenaza (aunque, dicen, pican nada más que las hembras) (en eso se parecen en parte a los humanos) (sin intención de ofender).
Bueno, también está el hormigón, que suele ir armado, como también está el cigarrón, que eso sí es una cigarra grande, sin nicotina, apenas.
¡Qué bien me caen las hormigas!
* Portada del libro de Jules Renard, "Historias naturales" (Círculo de Lectores, 2007).
Avistamiento de sirenas

Plinio el Viejo cuenta, con toda seguridad, que en tiempos de Augusto se encontraron en una playa de las Galias los cadáveres de varias sirenas allí arrojadas por un temporal.
Jorge Luis Borges, en El Libro de los Seres Imaginarios, cuenta que "En el siglo VI, una sirena fue capturada y bautizada en el Norte de Gales, y figuró como una santa en ciertos almanaques antiguos bajo el nombre de Murgen. Otra, en 1403, pasó por una brecha en un dique. y habitó en Haarlem hasta el día de su muerte. Nadie la comprendía, pero le enseñaron a hilar y veneraba como por instinto la cruz. Un cronista del siglo XVI razonó que no era pescado porque sabia hilar, y que no era una mujer porque podía vivir en el agua".
En el Diario de Cristóbal Colón (9 de enero de 1493), puede leerse: "El día pasado, cuando el almirante iva al Río del oro, dixo que vido tres sirenas que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara; dix que otra vezes vido algunas en Guinea en la Costa Mengueta".
Carlos Fuentes, en su libro En esto creo, relata que por esa misma época "Gil González, explorador del istmo panameño, se topa allí, en una anchura de mar oscuro, con peces que cantaban con armonía, como cuentan de las sirenas, y que adormecen del mismo modo. Y Diego de Rosales ve una bestia que, descollándose sobre el agua, mostraba por la parte anterior cabeza, rostro y pechos de mujer, bien agestada, con cabellos y crines largas, rubias y sueltas. Traía en los brazos a un niño: Y al tiempo de zambullir notaron que tenía cola y espaldas de pescado...".
El jesuita P. Henriques (1569) afirma haber visto en el Índico, a unas doscientas leguas de Goa, varios tritones y sirenas, mientras que el gran anatomista Paré confirmaba que podían hallarse en gran cantidad en las costas de la India y de Brasil. Un navegante portugués, por las mismas fechas, afirmaba haber visto en las Molucas una sirena de gran tamaño, cuyos dientes poseían propiedades curativas contra una enfermedad tan terrible, a la sazón, como la disentería.
El capitán Henry Hudson, famoso explorador y descubridor inglés, relata también en su diario, el encuentro con una sirena el 13 de junio de 1608: "... la mitad superior del cuerpo, era el de una mujer, incluyendo los senos... Era alta de estatura, de piel muy blanca, y con largos cabellos que le cubrían la espalda... Al zambullirse, los hombres observaron que tenía una, cola como la de un delfín".
Cela, en Madera de boj, afirma que "en la Sisarga Grande todavía se ven sirenas enloqueciendo con sus cantos a los marineros"; que "entre las dos últimas laxes (roca de grandes dimensiones con superficie plana) del norte se suelen bañar las sirenas cuando hace buen tiempo, Vicent dice haberlas visto en más de una ocasión, las sirenas se dejan mirar por los chepas incluso con naturalidad, se conoce que les inspiran confianza"; y que "en la playa de Cala Figuera apareció una vez el cuerpo incorrupto de una sirena jovencita y bellísima que dicen que se llamaba Mafalda, tenía los ojos y los labios pintados y sonreía con un encanto especial, el patrón Camilo de Androve la puso sobre el chinero de su comedor y allí la tuvo hasta que empezó a apolillarse, el patrón quemó el cadáver en la lareira (fogón en la cocina) porque no sabía si enterrarlo o devolverlo a la mar, en el aire y convertida en humo la sirena quedaba más cerca de Nuestro Señor el Apóstol Santiago".
Por último, en 1961, la Oficina de Turismo de una pequeña localidad costera de Gran Bretaña, ofreció un premio a quien consiguiera traerse del mar una sirena.
* "Sirena" (© Montserrat Faura).
El dinosaurio de mi niño

No es que mi niño sea un dinosaurio (aunque tenga cosas pleistocénicas), es que tiene un dinosaurio. Bueno, tiene varios. Pero hay uno especialmente feo y aparatoso, made in China, que ruge y cierra la boca cuando le accionas una palanca. Es el que prefiere, quizá por su envergadura (nada que ver con una verga dura) (perdón), quizá por sus colores chillones, estridentes, irreales.
Cuando jugamos, me encasqueta a mí cualquier otro saurio y él me come, siempre me come (me apalea, me empuja, me voltea por el suelo, me lanza objetos...) (más que su compañero de juego, soy su juguete).
Ayer me vino con el tiranosaurio, lo puso de puntillas (sobre unas largas uñas negras y afiladas que tiene en sus patas posteriores) y me interrogó diciendo si sabía por qué el dinosaurio iba así. Vi tan absurdo que un monstruo prehistórico caminara de esa guisa, que no tuve más que reírme y decir que no tenía ni idea.
Me aclaró entonces, con su lógica aplastante de cuatro años, que andaba así para coger pajarillos.
Pero su creación iba a más. De pronto puso el lagarto sobre una pata y volvió a preguntarme si sabía cuándo el dinosaurio se ponía así. Ante mi nuevo encogimiento de hombros, Juan, pensando seguramente que no me enteraba de nada (que su madre tenía razón), razonó que: "así se pone cuando quiere hacer equilibrio".
* FOTO: Juan, disfrazado de león en tiempos de carnestolendas.
Despreocupado

Sin discusión, el pecado capital de los españoles es la envidia, como el orgullo es el de los italianos (o por lo menos de los de Sicilia). Deseamos ser como el otro, anhelamos tener lo de los demás.
Yo, como descendiente directo de mujer embarazada en España, sin ser demasiado original, aparte de la gula, mi pecado por antonomasia es la envidia (en cambio, me gustaría que fuera la lujuria) (qué le vamos a hacer). Tengo celos del éxito, del poder, de la riqueza ajenas; y últimamente envidio a mi ordenador. Su exactitud, sus memorias, su capacidad de olvido...
Pero sobre todo envidio la capacidad de deshacer, el eficaz arrepentimiento, el paso atrás, la retroalimentación. Ciertamente me gustaría, cada vez que meto la pata, cada vez que tropiezo, cada vez que desvarío, combinar el control zeta o pulsar la tecla Deshacer, para volver justo al punto anterior al resbalón. Incluso se puede deshacer varias veces. Es la manera mejor de enmendar los entuertos. (Bien mirado es un paso adelante en el dominio del tiempo) (nuestra asignatura pendiente).
Dios aprieta pero no existe

Primero
Alberto cogió el camino del río y allí, entre los árboles, aquel día soleado en que los pájaros piaban sin ninguna intención, volvió a pensar para sí: "Dios no juega a los dados" (que es como decir que Dios no pierde el tiempo, que no es de ningún partido definido) (su hijo sí, que es de izquierdas) (y la paloma, de Los Verdes, creo).
Segundo
Se asomó a la ventana. Era un día gris. Olía a pescado. Una sirena sonó al fondo, a tres manzanas de allí, un hombre se había arrojado desde la azotea. Limpiándose los lentes, Federico volvió a pensar: "Dios ha muerto" (que es como decir soy ateo por la gracia de Dios).
Tercero
Después de tomar aliento, miró a su alrededor y vio a muchas gentes que en torno a él estaban reunidas. Se subió a una piedra y, después de otras cinco frases inspiradas, Jesús dijo: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios" (que es como decir que las buenas personas mueren en paz).
Cuarto
Debatiendo entre el bien y el mal, la vida y la muerte, el cielo y el infierno, Ángel le dijo a sus íntimos: "Vosotros decís que sois ateos, pero no tenéis mérito, yo lo he visto tres veces y no creo en él" (que es como decir que hay mucho lobo con piel de cordero).
Quinto
Baltasar, después de tomar un sorbo de café, escuchó por enésima vez que era un desalmado por negar a Dios siempre que tenía oportunidad, sin dejar la taza sobre el plato, les aclaró: "Yo sólo digo que no creo en Dios, no que no exista" (que es como decir que Dios tiene sus cosas).
El agua en la cocina andalusí

El agua o las aguas eran, y son, indispensables para la vida, para calmar la sed y para elaborar las más variadas comidas de olla y cazuela. Es la esencia de los cultivos, con sus sistemas de irrigación, de norias y acequias. Y, si recordamos, fue de los señuelos que indujo a los árabes a atravesar el Estrecho.
Ibn-Bassal, en su Libro de Agricultura (siglo XI), estudia las diferentes clases o naturalezas de las aguas y la influencia que ejercen en las plantas.
Bassal distingue el agua de lluvia, la de los ríos y la de las fuentes y pozos (división que nos acerca a concepciones orientales a la hora de elaborar el té). "La más beneficiosa para las plantas es la de lluvia, por no dejar residuo salino alguno y por ser de complexión templada y húmeda. La de los ríos tiene una complexión más seca y áspera. Por último, la de las fuentes y pozos es pesada y terrana".
En al-Andalus, y concretamente en Granada, siempre ha habido buena agua fresca venida directamente de Sierra Nevada. La Acequia Gorda o la de Aynadamar y muchas otras canalizaciones y cursos de agua, que abastecen actualmente a la ciudad y su provincia, datan de aquellos tiempos. Así, cualquier participación de este elemento en la cocina, aseguraba su éxito.
El agua para beber era elemental, tan apreciada como la leche. La tomaban sola o perfumada con hojas de naranjo o rosa. Servía para amasar el pan, para rebajar la limonada y el vino y era imprescindible para preparar el té, elemento indispensable de la hospitalidad musulmana.
* Del libro "Herencia de la cocina andalusí", publicado por la Fundación Al Andalus en 2001 y escrito con el cocinero José Luis Vázquez, que 20 recetas originales de inspiración andalusí.
** FOTO: noria árabe en Cabo de Gata
Señora soledad

Hace tiempo, en septiembre de 2001, me pedía Jesús un texto sobre la soledad para no sé qué presentación. Así que, a vuelapluma, cogí el papel e imaginé una pequeña escena que aquí reproduzco.
Un hombre se sienta en la cafetería un domingo a media mañana, mira el periódico y pide un café solo. Conoce el precio y paga por adelantado. Cuando termina, se asoma al abismo de la taza, donde unos granos de azúcar, que han quedado sin disolver, difícilmente se abren hueco entre los posos amargos de Colombia.
Dobla el diario, que nadie más leerá, y se lo coloca bajo el brazo. Sin volver la cabeza, abandona la cafetería. Entra en la calle, que está repleta luz, y comienza a caminar.
El bullicio de gente que pasa frente a él, en una soleada mañana de domingo, lo desconcierta. Cierra los ojos. Los vuelve a abrir. Mira, pero no ve a nadie. El hombre está solo. [Rodeado de gente, pero solo.]
El camino recuerda que de su brazo anduvo alguien. El hombre rememora quien le besaba los labios. Sus ojos recuerdan que vieron colores. Sus manos buscan en vano el filo de la nostalgia.
La soledad camina descalza. Se acuesta con los pies fríos. Tiene sed. La soledad nunca está satisfecha.
La soledad empieza por una ese siseante y termina por una esbelta de. Se agarra a la garganta, te anuda el pecho, te desgrana el corazón, te acorrala lentamente, hace añicos tu voluntad. El corazón es muy grande, más si está vacío, si tiene eco.
Hay soledades, sin embargo, que son elegidas, desiertos de luz, bellos silencios. "Los pájaros solitarios, como decía san Agustín, siempre se posan en la rama más alta".
* Texto remitido por correo ordinario a Jesús Herrera el 14 de septiembre de 2001.
Bienvenido a la cuarentena, su Majestad

Ayer, 30 de enero, cumplió el príncipe Felipe, futuro Rey de España, cuarenta años.
La cuarentena es una década especial, en la que has aprendido a fuerza de cachiporrazos. Entras en ese conformismo feliz de los altibajos, en el que piensas que todo es como es, las cosas están bien o están mal, pero están ahí, rodeándote, quieras o no quieras. Es un momento gozoso en que has encontrado tu sitio o lo que has hallado es que tu sitio no se encuentra.
A los cuarenta te resignas a que los sueños, sueños son, aunque la vida no sea un sueño, como preconizaba Calderón, como mucho el sueño que sueña el hombre borgiano que a su vez es soñado.
A los cuarenta eres previsor, coges un paraguas cuando llueve y caminas bajo las marquesinas cuando el sol calienta. A los cuarenta eres mortal, como cualquier hombre que camina detrás de sus narices (Shaquespeare), pegado a sus narices (Quevedo).
Entre los griegos no se alcanzaba la edad madura, llamada el acme, hasta cumplir los cuarenta años.
A los cuarenta tienes una visión práctica de la vida. Tu cabeza se asienta. Podrás llamarte hijo de Kipling. O puede que no se asiente nunca. ¿Un bala perdida? ¿Complejo de Peter Pan?
Con suerte, atraviesas la mitad de tu vida, la mitad de tu esperanza de vida, que es mucho decir. Quiere decir nada menos que te queda todo lo que has vivido para volver a vivirlo. Distinto, claro. Pero cuarenta años son muchos.
No tienes tanta energía, pero sabes más (o no tienes remedio). No tienes más ganas, pero sí más posibles (o no tienes remedio). No te enamoras varias veces al día, pero has encontrado un equilibrio emocional (o no tienes remedio).
Quien llega a los cuarenta se pone triste. Mira hacia atrás y se pone triste. Se mira al espejo y se pone triste. Se mira los michelines y se pone triste. Se mira el bolsillo y se pone triste...
Hasta los príncipes cumplen años. "Los ricos también lloran".
Ahora que don Felipe sufre la cuarentena (dicho así parece el aislamiento obligado por sospecha de epidemia), no tengo nada más que apenarme por él:
A los cuarenta y no sabe lo que es pasar la revisión del paro, no conoce un trabajo precario, y el desempleo mucho menos. No sabe, ni sabrá nunca, lo que es apretarse el cinturón, no llegar a fin de mes. No conocerá la sumisión a un superior déspota, a un jefe abusador al que, encima, hay que reírle las gracias. Nunca sabrá lo que es echar horas extra o quedarse sin vacaciones.
No sabrá lo que es un pago a plazos o una hipoteca o pedir un préstamo. Nunca vivirá ahogado.
Felipe no se habrá comido una hamburguesa o un trozo de pizza, o habrá invitado a Letizia a comer en un chino porque no se puede permitir entrar en un restaurante. Y, en los cacharritos, su hija no se habrá quedado con las ganas, pues hay dinero tan sólo para columpiarse dos vueltas.
Y nunca se planteó el hijo único o la vasectomía por la precariedad de la vida, pues sus descendientes vendrán con un pan debajo del brazo y un apellido real, un puesto en la sucesión, una gran herencia. Tendrán una vida regalada sin agujeros en los bolsillos.
Bienvenido a la cuarentena, su Majestad, porque mía no lo es.
El ombligo de las sirenas

No encuentro documentación alguna de si las sirenas se reproducen (quiero decir si paren, si son madres, si tienen hijas -sirenitas- o ¿hijos?) y, si fuera así, cómo nacen y van medrando hasta convertirse en el más deseable de los antropomorfos.
Conocemos, sin darle mucho margen a la duda, que las sirenas tienen descendencia, pero no sabemos su manera de engendrar. Sin embargo, la sirena tiene siempre el mismo aspecto de doncella. Ya puedan tener doscientos años o más (Andersen, entre otros, aseguraba que la sirena podía vivir trescientos años), su apariencia física es siempre la misma, a saber, una joven sumamente bella con el pelo largo, de color dorado, azul o turquesa, que nos dispensa una larga sonrisa.
El cantar de Roldán cuenta que éste preñó a una sirena del mar de confusa procedencia, pues la obra no especifica dónde la conoció. Como tampoco nos dice cómo se aparearon ni como el señor de la marca de Bretaña, amigo de Carlomagno, se las ingenió para tal menester.
El caso es que a los nueve meses, la sirena, en una playa de Arosa, parió a un hijo llamado 'Palatinus', por ser su padre el paladín Roldán, según declaraciones de la misma sirena.
Recogido el niño, nos cuenta Cunqueiro, por corrupción de Palatinus, se dijo en lengua de Galicia Paadin [o Padin], y de él, por matrimonio con un infante del país, desciende todos los que llevan ese apellido en Galicia, y además los Mariño de Lobeira y los Goyanes.
De esta manera, en el extremo noroccidental de la península se encuentran bastantes descendientes de sirena. El mismo Cunqueiro es desciende de los Mariño de Lobeira por parte de padre y, por ende, de sirena.
Recapacitando, podemos atribuirle a la sirena la condición de mamífero, en cuanto tiene mamas, lo cual es taxativo, y se mantiene embarazada, según el 'Cantar', el mismo periodo de tiempo que corresponde a nuestra especie.
Me atrevo a afirmar, según lo comentado, que la fantástica creación participa más de su condición humana que de su mitad de pez. Quizá sus órganos más elementales: toda la cabeza, presumimos, que con cerebro incluido; los brazos y los hombros; los pechos y el ombligo, suponiendo que lo tenga; el corazón y los pulmones; el vientre, los riñones y las vísceras; y la columna, si no es una raspa.
Las dudas, así pues, continúan. Por fuera son doncellas, pero por dentro no sabemos. Parece que no tienen agallas, pero sí escamas en la cola y quizá más arriba. Y una gran aleta, como la fantasía sea capaz de crear.
Es hembra, de eso no hay duda. Aunque hay quien habla de sirenos o sirénidos y de tritones, amen de otros dioses marinos.
Si admitimos, como todo pretende demostrar, que las sirenas se reproducen, que nacen, crecen y mueren, al igual que cualquier ser vivo, es necesario encontrar su pareja, con quien se aparean normalmente, a no ser que broten sin ayuda del elemento espermático masculino a imagen de la espuma y la venera de Afrodita.
O que la sirena, como varias especies en el reino marino (el pez globo, por ejemplo), cambien de sexo en algún momento de su vida o, retorciendo algo más mi elucubración, que sean seres andróginos y autosuficientes para concebir.
En algunos cuentos galeses, escoceses o de la Isla de Man, aparecen sirenas que tienen trato carnal con los hombres en la tierra o simplemente los seducen y se los llevan al fondo del mar.
El padre Freijóo no creía en sirenas, nunca existieron, asegura, aunque sí tritones. En Ruán, Normandía, al contrario, se creía tanto en ellas que los canónigos quisieron cobrarles impuestos para contemplar el espectáculo de la quema pública de las brujas.
Cunqueiro, quien opina que las sirenas tienen cola de salmón, que es la más perfecta que existe, se pregunta si las sirenas tienen ombligo y él mismo trata de darse una respuesta aunque únicamente vale para aumentar la duda: “...la sirena carece de ombligo, y cómo engendra de humano y pare es un misterio”.
Análisis

Hay quien va al médico para que le saque algo (alguna enfermedad, digo, que dolencia ya se encargará él mismo de ponerla), son los hipocondríacos. Hay quien no va al médico a ver si le saca algo, son los temerosos. Hay quien va al médico porque no tiene otra cosa qué hacer, son los temerarios. Hay quien va al médico en horario laboral, para saltarse horas en el trabajo justificadamente, son los buscavidas. Hay quien va al médico porque no tiene más remedio, son los más jodidos. Hay quien va al médico por si acaso, son los jugadores, los precavidos. Hay quien, ya que está en el médico, que le miren todo lo posible, son los ahorradores.
Quien maneja mi barca me dijo: "ya que vas al médico, que te hagan unos análisis".
Al término de las Navidades, aquejado de fuertes dolores de estómago y malestar general, tuve que acudir al Centro de salud, por lo que yo achacaba a una empachera supina.
Resultó ser un virus (los médicos llaman virus a cualquier cosa de origen incierto). Un protector de estómago y unas Buscapinas me solucionaron el problema en una semana.
Una semana que estuve pensando en los resultados de los análisis (de sangre y de orina) que me tuve que hacer, of course. Qué me dirían. Que debo beber más agua y menos alcohol, que debo comer menos, nada de fritos, nada de grasa, que no me den morcilla, que fuera el tabaco, si yo no fumo, doctor, pues déjelo de todos modos.
Ayer me dieron los resultados, y casi me ofenden los buenos resultados. No tengo nada. Cómo que nada. Que está usted sano. Nada de nada. Vamos, doctor. Que si quiere siga con el protector gástrico, pero ya está. Bueno, hasta la Navidad que viene.
Rosemarinus officinalis

Resulta que los estores de los ventanales de la cocina de mi casa, haciendo juego con el mantelito de la mesa del desayuno, están estampados con dibujos de plantas aromáticas y medicinales. Resulta que algunas de esas plantas tienen su nombre en latín en su base. Y resulta que siempre me fijo en ellos (cómo no mirarlos entre sorbo y sorbo de café). Pero, como son latines muy rebuscados y forman parte de la tela, no les hago mucho caso, como quien mira la espetera de útiles que apenas se utilizan (acaso para limpiarlos de vez en vez).
Pues llevo un tiempo fijándome con más detalle por si alguna de estas muestras de la floresta campestre soy capaz de identificarla. Y, efectivamente, algunas plantas me son familiares, por ejemplo el romero. Miro su nombre científico: rosemarinus officinalis. Lo vuelvo a mirar. Lo intento memorizar. Empleo algún método pnemotécnico (rosa-marino-oficina...). Hasta que me lo aprendo.
Ahora qué. Otro dato, probablemente inútil, que ocupa mi mente. Hasta que se me olvide.
Ya sé. Escribiré un post con ese título (aquí lo tenéis).
Diré no obstante algo más. Mi curiosidad va más allá. Miro el "Dioscórides renovado", que para eso lo tengo, un extraordinario tratado de botánica, y advierto:
1º Que conservo intacta una hermosa hoja de cannabis sativa (marihuana) precisamente entre las páginas que hablan de ella.
2º Que el nombre correcto del romero es rosmarinus officinalis.
3º Que el nombre se cree formado por ros (rocío) y marinus (marino), porque siendo el romero una planta mediterránea, que no suele alejarse mucho de las costas, su nombre, rosmarinus, venía a expresar esa característica.
4º Pero actualmente, los entendidos se inclinan a favor de otra explicación: ros, viene del griego 'rhops' y significa arbusto, y marinus, de 'myrinus', es decir, aroma.
5º Que es estimulante, antiespasmódico y ligeramente diurético. Los herbolarios levantinos lo recomiendan para "rebajar la sangre". Al exterior se emplea para combatir los dolores articulares, así como para tonificar el cuerpo fatigado por trabajos violentos o por haber andado mucho.
Así que ¡a tomar infusiones de romero!
Propaganda otoñal

Una de las imágenes definitorias de la soledad, el desamparo y el abandono en el antiguo Oeste son esas grandes bolas vegetales rodando, por el polvo que las acompaña, a merced del viento y los postigos de las ventanas descontroladas golpeando sobre sus marcos desencajados.
La calle en la que se ubica mi casa (número 13) se parece a esos paisajes desérticos de las películas cuando el viento sopla.
El otoño ha acabado. Los árboles no tienen hojas ya con qué alfombrar el piso. Pero los folletos de propaganda (sin cosido de ningún tipo) siguen cayendo por fuera de los buzones, en las escaleras o en el puro suelo.
Basta un poquito de brisa, un empujoncito fresco, para que se liberen y corran libremente, asemejándose a esas plantas rodantes (tumbleweed), a esas bolas de paja que tanto tienen que ver con el descuido.
Toda la calle se empapela multicolor. Su limpieza es un poco inútil, porque al día siguiente vuelve a llover propaganda, ofertas imprescindibles (no sé cómo hemos estado media vida prescindiendo de ese aparato que, además de asequible, se puede pagar a plazos, para empezar su desembolso dentro de dos meses).
Ahora, cuando llueve, mi barrio es peor. Recuerda el taller de papel maché después de un largo día de infructuoso trabajo.
Silencio

Después de este largo silencio obligado, y antes de configurar totalmente mi nuevo equipo, he decidido introducir un pequeño post de bienvenida (de mi bienvenida, porque vosotros habréis estado al pie del cañón en todo este tiempo).
Quiero desearos, con el lógico retraso de quien vuelve al mundo, un inmejorable año nuevo. Al menos mejor que el que dejamos (aunque eso no es difícil).
Mi blog ha cambiado de aspecto un poquito, con la intención de comenzar a renovarme.
Por mi parte sigo con mis historias: mi niño, mi casa, el flamenco, el mundo que me rodea, el único que existe, el que me ha tocado vivir.
Y sigo con mi idea del slow. Saborear lentamente el mundo, los momentos. No intentar vivir cada minuto, sino que cada minuto que vivamos sea auténtico. Hoy comenzamos a contemplar la vida y mañana ya veremos.
Vindico la lentitud a la rapidez, la discreción a la estridencia, la quietud al movimiento, el silencio al ruido.
Shakespeare decía: prefiero ser rey de mis silencios que no esclavo de mis palabras.
Un proverbio árabe reza: si lo que vas a decir es más bello que el silencio, dilo.
IMAGEN: Leonarda (© Nono Guirado)
Paro informático
Hoy, viernes lluvioso, y sin que sirva de precedente, robo unos minutos al trabajo para anunciar que, por problemas informáticos, me veo obligado a echar la persiana a este blog durante unos días.
Son unas vacaciones obligadas, un paro informático, que, en contra del paro biológico, nada se retroalimenta, nada se recupera. Al contrario, dejaré varias ideas que mueran en mi olvido inmediato.
Quedan más cosas en el tintero que palabras vertidas.
Invertiré en esta Navidad en un nuevo equipo (aunque la pereza de ponerlo a punto es grande), esperando que para fin de año pueda aportar algunos deseos y buenas proposiciones para los nuevos días que comienzan.
Para gozar tu luz

Anoche estuve en La Tertulia, uno de los rincones culturales de Granada. Hacía años que no iba. En los 80 y los 90 era asiduo. Además, alguno de mis mejores amigos trabajó allí.
Siempre encontrabas a alguien. La noche en La Tertulia podía ser mágica.
Allí se han fraguado las obras de muchos de los poetas, de los artistas en general que hay en mi tierra.
Aprecio a su dueño Tato a pesar de todo. Me aprecia él a mí a pesar de todo. Nos respetamos y nos alegra encontrarnos.
Pero no quiero hablar de La Tertulia y su paisanaje (del cual escribí una fábula en su tiempo que puede que la refleje en este blog en algún momento). Tan sólo me voy a referir a su servicio, su aseo, su excusado...
Alguien (no sé yo quién es ni nadie lo sabe) escribió en la puerta del wc de la derecha un impresionante poema que ha superado con buena salud el paso de los años y las reformas del local.
Estas puertas se saneaban y se pintaban completamente menos el recuadrito que contenía el poema.
Ahora, con desilusión, comprobé que estas puertas se ha forrado íntegramente de corcho, ocultando uno de los callados distintivos de este local.
Sobre el corcho se ha reproducido el poema que ya está algo deteriorado. Mi desilusión fue grande. Sólo me consuela saber que debajo de la cubierta de alcornoque deben mantenerse impolutos los versos originales de puño y letra de ese autor anónimo, que en futuras y sabias reformas volverán a ver la luz.
Generaciones de usuarios tertulianos, no sólo habrán leído esa poesía, sino como yo se la sabrán de memoria.
Para gozar tu luz he dado muerte a la luz de mis ojos,
he parido aguijones como toros ansiosos,
he descendido al pozo de la oscura luna,
para gozar tu luz.
No tengo prisa

Quien me conoce sabe que soy lento. Soy tardo en todo menos en mi pensar, que no siempre lo alcanzo. Sé que todo llega (o no): Es decir, todo lo que tiene que llegar llegará, todo lo que tiene que ser será.
No es abandonarse a un destino predefinido, sino ajustarse al devenir de la vida, dejar que la historia marque los surcos, dejar que el viento, el sol y el agua, embellezcan las arrugas. Saborear los momentos. Sorber cada rayo de sol, cada gota de lluvia, cada mota de noche.
No hay mayor tontería que morirse pronto por haber aprovechado la vida.
Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar... escribía el poeta. No forcemos la máquina. Que cada paso justifique el anterior y apoye al siguiente. Seamos más felices con nuestras huellas que ya se han grabado en la arena que al vislumbrar la meta que nos espera.
Sabemos desde hace tiempo que el norte no es un punto sino una dirección. Avancemos pues sin anteojeras y tumbémonos en la hierba de vez en cuando, al pie de un sicomoro. Vindiquemos la vida contemplativa. Se contaba de un vago que madrugaba para estar más tiempo sin hacer nada.
Hay suficiente metafísica en no pensar en nada, decía Caeiro.
No digo que perdamos el tiempo (que puede rozar el pecado), sino saborear el tiempo que es nuestro; parar la maquinaria; hacer huelga de brazos caídos; y contemplar las formas de las olas y las nubes. No hablar, no ver la tele, por supuesto, ni siquiera leer, sólo mirar por la ventanilla al paisaje que pasa y, cuando lleguemos a la última estación, comprar el billete de vuelta. Es como ponerse un día a fruta.
Un error común son las necesidades ficticias. La pirámide de Maslow se ensancha en nuestro primer mundo y sigue engordando a medida que cumplimos años, a medida que nuestro poder adquisitivo aumenta. Ya no trabajamos para vivir, vivimos para trabajar. Porque una cosa es nivel de vida y otra calidad de vida y otra intensidad de vida y otra autenticidad de vida.
Contar hasta diez

La propuesta que voy a hacer es como poco una aventura. Es un atrevimiento porque, convencido de su buena energía, no sé si yo mismo seré capaz de emprender ese camino. Además, hacerlo extensivo a un limitado número de internautas que me visitan (muchos de ellos por error), se me presenta inane y sin fuerza alguna.
De todos modos, voy a ello. Alejo Carpentier dijo en El siglo de las luces: "la revolución no se piensa, se hace". Así voy a lanzar un reto que puede parecer un paso atrás, la eyaculación interrumpida que siempre nos deja un sabor agridulce. No pretendo convencer, tal vez, quizá unicamente, ordenar algunas ideas, una intuición sauróctona que tengo desde siempre.
Todo se reduce simplemente a frenar la vida. Ser consciente de los días, con sus horas y sus minutos. Ralentizar nuestros pasos, nuestros movimientos y aun nuestros latidos. Quizá los reptiles vivan tanto por su parsimonioso respirar.
Una de las más bellas baladas del rock español es La noche en que la luna salió tarde, de 0'91. Comienza diciendo: "Me tumbé en el suelo sólo para oír crecer la hierba". Es un pensamiento budista. Puro zen. Es donde quiero ir a parar. Lü Yen decía a sus seguidores: "Si piensas en el pasado, tu yo antiguo no morirá. Si piensas en el futuro, el camino parece largo y difícil de recorrer".
Mi primo, Enrique Ortiz, publicó un libro de poesía intitulado Descubrimiento de la lentitud. Siempre me ha gustado, siempre lo he hecho mío.
Ahora, por lo visto, hay un movimiento social, nacido en Estados Unidos, que predican el "slow" (lento). Pararse, pasear, no hacer nada, huir de la prisa, del estrés, de la ansiedad, el infarto.
María, acostumbrada al ritmo de Madrid, me decía que Granada era una ciudad lenta. Puede que sí. Estamos más cerca del trópico. Estamos al lado de África. Allí el concepto del tiempo es distinto, relativo, se dilata hasta límites insoportables. Kapuscinski, imprescindible viajero, comentaba en Ébano que se pasó un día subido en un autobús en Etiopía, creo recordar, sin que éste arrancara, cuando le preguntó al conductor que cuándo partiría, le dijo sin ningún complejo que cuando estuviera lleno.
Es difícil en nuestra época. Es difícil con el ritmo de las ciudades, con el costo de la vida, con las ofertas continuas, con los trenes que pasan... Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente, se dice por estas tierras. Habría que preguntarse si no es mejor dejarse arrastrar, contar hasta diez, darle más protagonismo al azar, tirar los dados, ya que Dios no juega.
Durmiendo con su enemigo

Fernando Pessoa escribía a principios de siglo (¿1912?): Senhor, protegeme e amparame. Dáme que eu me sinta teu. Senhor, livrame de mim.
Tengo una amiga que duerme con una máscara de cuero porque se agrede mientras duerme. Amanecía con arañazos y marcas de uñas de su propia mano. Tuvo que hacerse con una máscara de cuero, tipo Hannibal Lecter, por recomendación psiquiátrica, me imagino.
Sin llegar a esos extremos, muchas veces somos nosotros mismos los que menos nos queremos. No nos cuidamos como deberíamos. Nos infravaloramos sin razón.
Una de las particularidades del éxito es estar en paz consigo mismo, ser consciente de nuestras posibilidades, estar orgullosos de nuestra persona.
Walt Whitman escribía en su eterno Hojas de hierba: "Estoy enamorado de mí, hay tantas cosas en mí que son tan deliciosas". Y Baudelaire sentenciaba: "Hay que ser sublime sin interrupción".
Es difícil, no obstante, querernos después de un revés, tras un fracaso, en la caída. Sobre todo si contemplamos la felicidad a nuestro alrededor, el éxito ajeno, la sonrisa permanente, participaciones de la perfección.
Pero, pensemos, quién nos va a querer si nosotros no nos queremos, quién será nuestro amigo si nosotros mismos somos nuestro enemigo.
Hay razones para la tristeza. Hay razones para la felicidad. Pero, nos guste o no, lo único cierto es que vamos a seguir conviviendo con nosotros el resto de nuestra vida.
(También está la cirugía estética).
(¿Y si probamos la cirugía espiritual y nos ahorramos el quirófano y una pasta importante para darnos un homenaje estas fiestas?).
Lo que cuenta el siete (y 5)

Siete años, desde 1756 hasta 1763, duró el conflicto que enfrentó a Gran Bretaña y Francia por el dominio de los mares, las colonias norteamericanas no españolas y la India (la Guerra de los Siete Años).
El archipiélago canario está compuesto por siete islas principales: El Hierro, La Gomera, La Palma, Tenerife, Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote (más seis islotes, pertenecientes todos ellos a la provincia de Las Palmas, aunque esto no entra en esta historia).
En otro tiempo, cuando un hombre moría, era preciso velar su alma cuarenta y nueve días en siete periodos de siete días cada uno.
Cuando se sueña, según los tratados oníricos, este número vaticina victoria, éxito, verdad y justicia. Sin embargo, tradicionalmente, los países que manejaban el mundo eran Estados Unidos, Japón, Canadá, Reino Unido, Francia, Alemania e Italia (conocidos como el Grupo de los Siete -G7-), los más ricos, los más desarrollados, los más poderosos. A los que se les ha añadido un octavo, rompiendo esta cifra mística, como a los enanitos se les unió la nívea hijastra o a las Maravillas del Mundo se le suma una más.
Según cuenta Gao Xingjian en La Montaña del Alma Siete es un día fausto para los espíritus.
Matasiete es sinónimo de fanfarrón.
Cuando se guarda algo material o cualquier secreto bajo siete llaves, es que está bien guardado. Es prácticamente inexpugnable.
Dañar el espejo, por último (o para terminar de empezar), es hacer lo mismo con el alma, por eso, la superstición popular dicta, que la rotura de un espejo trae mala suerte durante siete años.
Por lo demás, el siete es un número convencional, un número de orden que sucede al seis y precede al ocho. El siete es arbitrario, aunque importante cuando siete es lo que te cuento.
Apostillas

Apostilla a la pobreza
El pobre es más pobre cuando a su alrededor todo es opulencia. El rico es menos rico cuando su poder adquisitivo no alcanza sus deseos.
Apostilla a la memoria
Olvido para beber.
Apostilla al amor
Sentirse querido embellece a las personas.
Apostilla al carpe diem
Hay que cuidar del presente para justificar el pasado en un futuro.
Apostilla metereólogica
A buena cara, malos tiempos.
Apostilla al vino
Decidí no dejar la bebida cuando fui consciente de que las mayores locuras las hacía estando cuerdo.
Apostilla a la soledad
Es mejor la soledad sin remedio que la compañía impuesta.
Apostilla a la muerte
Muchas veces el descanse en paz habría que dedicárselo al sobreviviente y no al difunto.
Apostilla a la felicidad
La felicidad no es una meta. Ni siquiera el camino, como sugiere Cavafis. La felicidad se encuentra en la manera de caminar.
La vida es una prostituta a la que pagas más de lo que te ofrece.
Dos respuestas

Hace tiempo que nos estamos tragando el tufo de la Navidad por los televisores, en los supermercados y grandes almacenes, por las calles y en algunas casas, que ya se comen mantecados y se cantan villancicos al pie de la vídeo consola, me confiesan.
El año se jalona por acontecimientos comerciales: Halloween, Navidad, Reyes, Día de los enamorados, Día del padre... El materialismo ha sustituido al calendario espiritual, generalmente religioso: Día de los Difuntos, el Pilar, la Inmaculada, Pascua, Carnestolendas, Cuaresma...
Cuando llegue la Navidad, ya estamos hartos. "Vuelve a casa por Navidad", que dura tres meses.
Ayer pusieron, sin ir más lejos (ni más cerca), una película "tierna" de corte navideño. Las primeras escenas las vio mi hijo, terminando de cenar, antes de irse a la cama. En ella salían árboles luminosos y adornos en todas las casas. En una de ellas, nos recibía la silueta de un angelito.
Juan, entendido ya en seres extraordinarios, preguntó al vuelo: ¿Por qué los ángeles tienen alas? Su madre, rápidamente, tomó el testigo y dijo: Para subir volando al cielo. Por esta vez el niño se quedó convencido y, como las escenas se seguían sucediendo, no le dio mayor importancia.
En ese momento recordé que esa misma pregunta me la hizo a mí no hace mucho, cuando hojeábamos un cuento. ¿Por qué los ángeles tienen alas? Yo, más surrealista, ambiguo o ácido que su madre, respondí: Porque algo tienen que tener. El niño se quedó algo extrañado, pero no le dio mayor importancia. Y continuamos leyendo el libro.
Qué importa el número

Hubo un tiempo que me divertía comparar las predicciones meteorológicas de las distintas cadenas televisivas, pues no siempre coincidían. En Canal Sur siempre llovía más que en Antena 3, en la Cinco siempre había claros y nubes y en la uno, también chubascos, cuando en la 3 escampaba.
Mucho menos anecdótico, por la seriedad del tema, es el número de víctimas por violencia machista.
Ayer me enteré del último asesinato en las islas. Lo oí en Canal Sur, la primera cadena que veo al mediodía. Dijeron que el número de víctimas en nuestro país ascendía a 64 (el número es más evidente que la palabra, en esta ocasión). A continuación, en las noticias de la primera cadena estatal (¿estatal?) decían que, con esa muerte, eran 68 los asesinatos cometidos.
En el Telediario de la noche, de esa misma cadena, volvieron a referir el atentado mortal, comentando que ya eran 69 mujeres muertas por sus hombres vivos.
La verdad, da igual el número. Sesenta y cuatro, setenta o una sola. Es una aberración. Es un acto de cobardía de quien no soporta que su compañera tenga voz propia, que tenga alas, que no sea esclava, que no sólo sueñe (como antes).
Una pregunta se me viene a la cabeza y me da miedo su respuesta, me da vértigo nada más pensar en ella. ¿Qué sentirá el próximo asesino potencial cada vez que vea esta macabra estadística?
La esclavitud se abolió hace mucho. Huyamos del posesivo.
Cada vez que una mujer es asesinada todos somos un poco asesinados, nuestros más altos principios de libertad, de igualdad, de tolerancia... quedan mermados.
¿Las sirenas se comen?

Está claro, las sirenas son seres antropomórficos, mitad mujer, mitad animal: ave o, más amablemente, pez. Y si viven en el mar y nadan como un pez ¿cuánto tienen de pescado?
Cunqueiro, uno de los autores gallegos más interesantes, descendiente de sirenas por parte de padre, para más señas, y estudioso de éstas, en un arrebato de curiosidad, le preguntó un día al profesor Fernando Pires de Lima, autor también de un memorable libro sobre las sirenas, si la sirena era comestible.
El profesor respondió: “En primer lugar, la parte de la cola, la parte pez, comerla no sería antropofagia. En segundo lugar, sería más una cuestión de imaginación que de apetito. E isto fica fora da cozinha*.”
Cela, por otro lugar, en su gran novela Madera de boj, escribe algo sobre la edad de las sirenas: "las mejores sirenas son las que tienen cola de pescada, a las de cola de pixota (merluza) les falta madurar y las de cola de carioca (pescadilla pequeña) son demasiado pequeñas", y más adelante añade con crueldad: "las sirenas con cola de carioca no valen más que para echarlas en la sartén mordiéndose la cola, dan pena pero los estudiantes de derecho y de magisterio también tienen que comer".
* Y esto está fuera de la cocina.
** IMAGEN: sirena del parque de la Magdalena, en Santander, Cantabria.
El avión está triste

(A falta de una ilustración a propósito para este artículo, he encontrado un chiste del insuperable Forges, que poco acompaña al texto que prosigue, pero tiene gracia.)
El otro día cuando fui a bañar a mi niño, se llevó un par de juguetes al cuarto de baño. A saber: un avión y un camión de bomberos. No sé si los escogió por puro azar o siguiendo un preciso método que escapa a mi conocimiento (la lógica de los niños es a veces más inescrutables que los caminos del señor).
Mientras lo desvestía, cuando la estufa caldeaba la habitación y la bañera se llenaba a su temperatura, dijo, sin dirigirse a mí directamente: "El avión está triste".
Mire al avioncito de color rojo. Imitaba a uno de esos a reacción con la trompa baja y los cristales oblicuos plateados. Quizá fuera un caza o cualquier otro aparato de guerra (mi ignorancia en este apartado es supina).
Le pregunté por qué estaba triste y me dijo que tiene los ojos tristes. "Y el camión le pregunta -continuó monologando él sólo-, apuntando con el cañón (la escalera de incendios): ¿por qué estás triste? Porque estoy solito".
No tuve más que reírme de las ideas, pero también empecé a meditar que nunca se me habría ocurrido a mí (o a otro adulto) referir el estado de ánimo de un avión, y mucho menos deducirlo por su cara.
Los pecados capitales. La envidia

Por aquellos increíbles golpes del destino, por medio de una lámpara y su genio, un hada y su varita o una estampita escondida en el vientre de una galleta, tienes la oportunidad de pedir un deseo. El que sea; material o espiritual; constante y sonante o especial y delicado, etéreo.
Es la suerte que llama a tu puerta, es la oportunidad vestida de fiesta para ti. La única condición, casi como una extensión a esa dádiva, es que tu vecino también será favorecido. Lo que pidas, tu ardiente deseo, le será entregado a tu vecino multiplicado por dos. Lo que a ti se te conceda, al de enfrente se le otorgará doble.
Después de mucho pensar, pues quieres sacar el mejor partido a esta escalera de color y, al mismo tiempo, no deseas favorecer a ese prójimo que ni te va ni te viene, y que quizá, incluso, sea tu enemigo, manifiestas en alta voz el don que pretendes. Y enuncias sin vacilar: "¡Que me saquen un ojo!".
Lo que cuenta el siete (4)

El siete es número extenso, como dije en un principio, eterno y más infinito con la consecución de sietes. Así, observamos la admonición de Jesús: Perdonarás a tu hermano setenta veces siete, es decir, siempre, por toda la eternidad.
Los hebreos encienden siete velas en su candelabro o Menorah, recordando las siete lámparas del Tabernáculo bíblico erigido por Moisés durante la travesía israelita por el desierto (Éxodo 37:23).
El Templo de Salomón fue construido en siete años (1 Reyes 6:38).
San Juan nos habla en sus visiones, en el Apocalipsis, de siete iglesias (Efeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea), de siete espíritus ante el trono de Dios, de siete sellos, de siete trompetas y de siete copas de oro.
La Bestia escarlata apocalíptica, llena de nombres de blasfemia, tenía siete cabezas, que son los siete montes donde se sentará la Mujer al fin de los tiempos (Apocalipsis 17:9). Estos siete montes nos recuerdan a Roma, también conocida como la Ciudad de las Siete Colinas (Palatino, Capitolino, Quirinal, Viminal, Esquilino, Celio y Aventino).
Por esta razón algunos críticos anticlericales han visto en esta Bestia a la propia Iglesia Romana, la ramera, porque con ella fornicaron los reyes de la tierra.
En Apocalipsis 12, el dragón es representado con siete cabezas y diez cuernos. También el dragón es identificado como Satanás y como Roma (como ya he dicho).
En los inicios de Roma se cuentan siete reyes que son Rómulo, Numa, Tulo Hostilio, Anco Marcio, Tarquino el Antiguo, Servio Tulo y Tarquino el Soberbio.
Siete son los sabios de Grecia, también conocidos como ‘los siete sensatos’. Eruditos griegos que vivieron entre los siglos VII y VI a.C. y que se interesaron por la ciencia, la filosofía y la política. Estos eran: Tales De Mileto, Pítaco de Mitilene, Bías de Priene, Solón de Atenas, Cleobulo de Lindos, Misón de Quenea y Quilón de Lacedemonia.
El Libro del Fuero de las Leyes de Alfonso X el Sabio, rey de Castilla y León (1252-1284), se conoce como Código de las Siete Partidas, pues de él proviene la división del Derecho en siete partes fundamentales (de la Iglesia; político, del reino y de la guerra; sobre las cosas, procesal y organización judicial; de familia y relaciones de vasallaje; de obligaciones; de sucesión y penal).
Siete son los velos de la Danza Sagrada con que Salomé intentara seducir al Bautista.
* EN LA FOTO : Danza de los Siete Velos por Mata Hari (1876 - 1917)
Dicen del alzheimer

Dicen del alzheimer que le afecta o lo desarrollan personas que no han cultivado el intelecto, que no han comido rabillos de pasas, que se abandonan a un mundo subtitulado con brocha gorda.
Hace poco tiempo, Pascual Maragall, ex alcalde de Barcelona y ex president de la Generalitat de Catalunya, declaró públicamente que le habían diagnosticado síntomas de alzheimer. Incluso bromeó sobre su futuro diciendo, en una carta enviada a El País, que al ser una persona tan conocida, difícilmente olvidaría su identidad de tantos que lo saludarían en la calle por su nombre.
El inculto Maragall muestra una entereza envidiable.
Adolfo Suárez, ex presidente de Gobierno, hace años que padece alzheimer. Ya no recuerda a los suyos, pero sabe que son suyos.
Nunca tuvo memoria uno de los padres de la transición española.
Hace unos años murió de alzheimer Fernanda de Utrera y con ella murió la soleá. Todos los flamencos estamos en deuda con ella.
La inactiva Fernanda dejó su voz y sus maneras para toda la eternidad.
Pensando en todo esto. El lunes en el Anaïs, un rincón poético de mi ciudad, leí un haiku. Fue, como dije, un homenaje callado. Homenaje, porque siempre estaré en deuda con mi madre. Callado, porque ella no sabrá nunca que se lo he escrito.
No me conoces.
Borraste los recuerdos
sin tú saberlo.
Empatía

Recuerdo que Jesús contaba un chiste en el que dos camellos hablaban. En realidad no sé qué decía la historieta en cuestión, incluso creo que como tal no tenía ninguna gracia. Pero es igual.
El lado cómico consistía en que él rumiaba las palabras y quien lo veía sin más remedio hacía movimientos involuntarios con su boca, imitando, sin poderlo evitar a Jesús -repito- imitando a su vez a los posibles camellos.
La empatía es la facultad de identificarse mental y afectivamente con el estado de ánimo de otro, con sus circunstancias, con sus razonamientos, con sus actos.
La empatía es el sentimiento más solidario que existe. Ponerse en lugar del prójimo es la mejor manera de comprenderlo.
Los actores para llorar en escena recuerdan algún momento doloroso de su vida. Nunca entendí tanto a mi padre hasta que tuve un hijo.
Cuando le doy de comer a Juan, abro y cierro la boca junto a él, mastico con él.
No digo que esto sea empatía, pero puede que lo sea en parte (como con los camellos de Jesús) ponerse en lugar del otro, con una nueva vuelta de tuerca: es involuntario, es reflejo, se hace sin pensar.
Así serían más llevaderas las relaciones humanas. La justicia sería más humana.
Más sobre las sirenas

Ahora, cuando manifiesto mi fe sobre la existencia de las sirenas, se me plantea el problema de su evolución, más que física o morfológica, simbólica e ideológica.
La raíz del conflicto estriba en aunar o diversificar a la sirena. Pues no es lo mismo la sirena de Ulises que la de Kafka, la de Orfeo que la de Cela, la de Apolodoro que la de Borges; sin hablar de la de Disney o la de Hollywood.
Según la mitología griega, las sirenas son las hijas de la ninfa Melpómene (o Calíope) y del río Aqueloo (o del dios marino Forcis). Ese presente de indicativo, puede dar a entender que son sempiternas, o sea que nacieron, pero que aún viven. Aunque tenemos testimonio que también fallecen.
Quedan varadas en la playa, como ballenas suicidas, enredadas en las mallas de los pescadores, devoradas por el apetito ciego de algún escualo o metamorfoseadas en otro animal más o menos racional. Así que estos seres maravillosos tienen principio y también tienen fin.
Atendiendo a lo comentado, su forma está más o menos clara: se trata de una mujer, siempre desnuda, con los cabellos rubios o bermejos o castaños, largos, muy largos; pero que, desde la cintura, desaparece su forma humana y comienza una gran cola de pez.
Siendo la sirena, según estas indicaciones, mitad pez mitad mujer desnuda, ¿respirará por branquias o por pulmones?, ¿será mamífero o será anfibio como los batracios?
Pero no fueron peces en un principio. En la Antigüedad clásica, estas ninfas marinas, fueron transformadas en aves por Ceres. Así fueron representadas, con cuerpo y alas de pájaro, con cabeza y senos de mujer y tocando la lira o la flauta (así aparecen en numerosos vasos griegos), lo que resultarían más cercanas a las odiosas arpías que a las sensuales cantoras.
Su aspecto romántico es de tradición nórdica. En las orillas mediterráneas surgió en época muy posterior, cuando los artistas y soñadores del románico (en todas las épocas se sueña) decidieron representarlas de la manera que las conocemos popularmente (posiblemente por inspiración bárbara). Y su propuesta cuajó como se impuso el palitroque en los caramelos para darle vida al chupachup.
Las sirenas que atormentaron al Ulises homérico atado al mástil de su embarcación eran seres alados que seducían con su canto y no hermosas doncellas que despertaban la libido con su encanto (ya se encargó Circe de ese cometido).
Como aves, las sirenas, habitaban en lugares escarpados desde donde atraían a los caminantes para devorarlos. Ulteriormente aparecieron las sirenas de cola de pez, como hemos dicho, habitantes de las islas rocosas y de los arrecifes, las cuales se comportaban igual que sus hermanas del elemento aire.
Puede que en realidad su cambio no sea una metamorfosis o fruto de la evolución, sino puede que convivan las sirenas-pez y las sirenas-ave. Ricardo de Fotirnivel, hacia 1250, explica en su Bestiario del Amor: “... Pues hay tres guisas de Sirenas, dos de las cuales son medio mujeres y medio peces y la tercera, medio mujer y medio ave...”.
* "Una sirena" de John William Waterhouse, 1901, Royal Academy of Arts, London
Sirenas

Al hombre se le desbordó la imaginación y concibió la Sirena. Si admitimos con Borges que el Centauro es la criatura más armoniosa de la zoología fantástica, convendréis conmigo en que la Sirena es como poco la creación más sensual y misteriosa del panorama de invenciones míticas.
La sirena puede ser una utopía o de una realidad tan feroz que puede doler. Engendra tanto el mal como la inocencia, a semejanza de ese ser entre angelical y demoníaco a quien Nabokov denominó nínfula y le dio el nombre de 'Lolita' por los siglos de los siglos.
Quién no ha estado enamorado de 'Lolita'. Quién no ha albergado en su cabeza el sueño de las sirenas. Quién no ha sentido en el corazón el pálpito de su húmedo amor.
Mi encuentro con sirenas siempre ha sido fortuito (en una lectura, en un sueño, ancoradas en las rocas o amando mar adentro), nunca he decidido ir en su busca ni ellas se me han aparecido a conciencia.
Desde pequeño, antes de tener razón de uso, me han fascinado esos seres mitad pez mitad mujer desnuda (la desnudez es un apelativo inseparable de la sirena). Hasta la cintura es una bella mujer, de rostro verdoso, según la leyenda de San Brandao (o Brandán), y de cintura hacia abajo es un pez (aunque Rene Magritte, en 1934, la concibiera al contrario: un pez con piernas y sexo femeninos).
Con el tiempo, las sirenas se sobreponen a la imaginación y trascienden al plano de lo real y de lo palpable (es un decir). Aunque su presencia, si acaso, está asociada a otras sales, a costas abruptas, a países lejanos, a mares por descubrir.
Las sirenas pueden entrar en el mismo saco (¿invisible?) que las brujas, que el caballo alado o que el noctámbulo vampiro. Al crecer, cuando se logra la estúpida sensated de la edad madura, estos seres se esfuman de nuestra conciencia lógica y caen de lleno, sin poderlo remediar, en un plano hagiográfico, donde permanen por mucho tiempo, quizás toda la vida.
Ahora, sin embargo, estoy convencido de su existencia. Si en el globo se mueven seres como el ornitorrinco, el pez espada o el oso homiguero, por qué no va a existir la sirena.
* EN LA FOTO: sirena en el puerto de Copenague
¿Se lo envuelvo o se lo lleva puesto?

Cuando yo era pequeño (y ahora también), en determinadas tiendas, sobre todo de ropa y zapaterías, cuando comprabas algo, era muy habitual la pregunta: ¿Se lo envuelvo o se lo lleva puesto?
Muchas veces esa pregunta respondía a la precariedad de la vida, comprabas unos zapatos cuando los otros (los únicos) estaban destrozados (tuve conocimiento de una familia en México con varios niños que acudían al colegio cada día uno de ellos porque en la familia sólo tenían un par de zapatos).
Adquirías un abrigo cuando el otro (el único) se había quedado pequeño (lo había heredado tu hermano) o estaba ajado o simplemente no existía. (Gila contaba lo que podría ser un chiste: "¿No tiene usted frío? Y, contestaba el otro: Para qué, no tengo abrigo)".
Entonces, ante la preguntita de la dependienta o del dependiente, era normal tener la respuesta adecuada según la situación del comprador o su destino (muchas veces se renovaban estas prendas justamente para acudir a algún acontecimiento: ir al médico, a una comunión, etc.).
(Mi madre decía que llevarse las cosas puestas de la tienda era de catetos.)
Este fin de semana hemos estado en el pueblo de mis padres y, sabiendo que mi tío tiene una pequeña bodega personal (lo que da la tierra), le pedimos algo de vino para consumo propio.
Él, como esos viejos dependientes, nos dijo: "Os podéis llevar lo que queráis, pero os lo tenéis que llevar puesto".
Lo que cuenta el siete (3)

Siete eran las artes liberales, que desde la época medieval, han llegado hasta nosotros, discutidas por Marco Terencio Varrón en el siglo I o durante los siglos V al VII, en especial por los trabajos del escritor latino Mariano Capell, el historiador romano Flavio Magno Aurelio Casiodoro y el estudioso español san Isidoro de Sevilla. Estas artes eran gramática, lógica, retórica, geometría, aritmética, astronomía y música. Ahora se conoce al cine como “séptimo arte”.
Por cierto, que los romanos estuvieron en la Península siete siglos.
Siete son las Maravillas del Mundo Antiguo (las Pirámides de Egipto, los jardines colgantes de Babilonia, la estatua de Zeus en Olimpia, el Artemision de Éfeso, el Mausoleo de Halicarnaso, el Coloso de Rodas y el Faro de Alejandría), obras que aún, en la actualidad, nada las ha superado, aunque a lo largo de los tiempos –recuerda el historiador Federico Lara Peinado– se han difundido listados, tanto en época latina como en el Renacimiento o el Barroco, eliminando algunas de estas maravillas canónicas o intentando añadir una octava a esta relación, como es el Coliseo de Roma, Santa Sofía de Constantinopla, la Gran Muralla china o El Escorial.
En el organismo existen siete plexos vitales (sacro, prostático, solar, cardíaco, laríngeo, cavernoso y coronario), que corresponden a su vez a siete órganos o glándulas (coxis, próstata, región del ombligo, corazón, tiroides, pituitaria y pineal) y que deben cultivarse buscando la perfección espiritual, ya que hay siete virtudes contra las cuales se enfrentan siete vicios o pecados capitales (avaricia, lujuria, ira, gula, soberbia, pereza y envidia).
Siete son los países que se hermanan en la tradición y el espíritu celtas: Irlanda, Escocia, la Isla de Man, el País de Gales, Cornuailles, la Bretaña francesa y Galicia.
Siete son los sacramentos de la Iglesia (Bautismo, Confirmación, Penitencia, Comunión, Extremaunción, Orden Sacerdotal y Matrimonio). Siete son las Virtudes, divididas en tres teologales (Fe, Esperanza y Caridad) y cuatro cardinales (Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza). Los dones del Espíritu Santo, que Él mismo se digna infundir en nuestras almas cuando penetra en ellas por gracia vivificante (Misal Breve y Devocionario, 1949), son: sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, fortaleza, piedad y temor de Dios.
Siete son los cabritillos del cuento, cada cual más grande y más fuerte, que acabaron con la gula del lobo. Siete los enanitos que hicieron realidad las fantasías de Blancanieves. El gato tiene siete vidas. Y las botas del cuento avanzan siete leguas.
A las siete horas del recién nacido, se sabe si el niño vivirá o no, y a los siete días se le cae el cordón umbilical.
Lo que cuenta el siete (2)

Los antiguos identificaban en el cielo los siete planetas mayores a los que alcanza la vista en un día despejado o los rudimentarios artilugios de observación, que se identificaban con los siete dioses principales (Saturno, Júpiter, Neptuno, Platón, Venus, Marte y Mercurio). Planetas que, indiscutiblemente, influyen sobre la Tierra y todos los seres que la habitan. Corresponde igualmente a las siete direcciones del espacio (las seis existentes más el centro).
Los egipcios dividían la faz del cielo en siete partes. El cielo primitivo era, pues, séptuple. Gerald Massey decía que la primera forma del siete místico se veía figurada en el cielo por las siete estrellas de la Osa Mayor, la constelación asignada por los egipcios a la Madre del Tiempo y de los siete poderes elementales. La doctrina hermética, surgida en Egipto y difundida en la actualidad a través del libro “El Kybalión” se refiere a los siete principios del Universo (mentalismo, correspondencia, vibración, polaridad, ritmo, causa-efecto, y generación).
Allah, según la doctrina musulmana, a diferencia de otras religiones, no está en todas partes, sino en el cielo, sobre los siete cielos. En el Libro. “La inspiración del Glorioso” de Abdurrahman Ali Sheij, podemos leer, referido a Allah: Su esencia divina se encuentra sobre los siete cielos establecido sobre Su trono.
Quizá, por eso la expresión "estar el séptimo cielo", que es como estar en la Gloria, en el Paraíso, junto al Supremo.
Los herederos del saber de Hermes Trimegisto fueron los alquimistas del Medievo, que escondían sus conocimientos usando alegorías y símbolos, entre ellos los siete planetas místicos, que correspondían a siete metales (oro, plata, hierro, mercurio, cobre, plomo y estaño), que aparecen representados en el interior de la tierra, en la que se engendran, pero en el cielo están asociados al Sol, la Luna, Marte, Mercurio, Venus, Saturno y Júpiter, respectivamente.
Igualmente, los perfumes planetarios son siete, y corresponden a estos siete planetas que dirigen los días de la semana. Así, el perfume del Sol se quema en Domingo; el de la Luna, en lunes; el de Marte, en martes; el de Mercurio, en miércoles; el de Júpiter, el jueves; el de Venus, el viernes; y el de Saturno, en sábado. Afirmaban también que todo proviene del éter y sus siete naturalezas.
El musulmán Mirza Murad Ali Ber afirmaba que en el verdadero hombre hay realmente siete hombres. En la mayoría de las tradiciones esotéricas post-blavatskianas encontramos a este hombre septenario.
En oriente existen Siete Dioses de la Buena Suerte (en japonés, Shichi-fuku-jin), grupo de deidades niponas consideradas, en la tradición, como portadoras de buena fortuna, salud y larga vida. Su culto se popularizó a partir del siglo XV y proceden del mismo Japón, de China o de la India.
Estos dioses son: Ebisu, dios sinto de la pesca y del comercio, que siempre lleva el besugo de la buena suerte; Daikoku, dios budista-sintoísta de la salud y de la agricultura, que suele portar una bolsa de arroz y una vara mágica que concede los deseos; Bishamon, deidad guardiana budista y dios de la buena suerte, por lo general protegido con armadura; Benzaiten (o Benten), diosa budista del agua, la música y la salud, que toca el laúd; Hotei, monje chino Zen y tripudo que otorga la buena suerte; Fukurokuju, divinidad china de gran cabeza y que concede la longevidad, y Jurojin, sabio chino y, como el anterior, dios de la larga vida, al que con frecuencia acompaña un ciervo.
Los posentos

No busquéis la palabra en el diccionario que no existe. Simplemente es la palabra que emplea mi niño para definir los útiles de guerrear y defenderse, los juguetes bélicos, por llamarlos de alguna forma.
Como todo padre comprometido, desde un principio, quise alejarlo de esos juguetes, de esos juegos, de los pensamientos violentos. Pero es inútil. Quien sea padre, madre o educador, verá la imposibilidad de impedir que su hijo, su pupilo o educando, se vea completamente alejado de esos objetos.
No, viviendo donde vivimos. El mundo es así. La televisión, el cine, los dibujos, los cuentos, los amigos, el cole, la calle... todo está lleno de violencia y, no sólo es inútil evitarlo, sino que también creo que es contraproducente darle la espalda.
El niño juega a lo que ve. Imita a sus mayores y remeda a sus héroes de papel y de celuloide. Y, estos modelos, sin más, pelean, luchan y gritan.
Lo que intentamos es que no le dé más importancia que a los coches, a los cuentos, a los columpios, a la bici, al paseo, a las visitas, a los primos, a los abuelos...
Comentarle lo bueno y lo malo de cada juguete, de cada situación, de cada personaje... es imprescindible.
Y cuando le pregunto, Juan qué son los posentos. Muy serio él me responde: posentos nisifica (sic) las espadas, los cuchillos, los escudos, las pistolas... Y se queda tan ancho por haber explicado algo que papá no sabía.
Noticias desde mi patio

Aprovechando estos pasados días de fiesta le he dado un repaso al patio. Lo he barrido y lo he fregado, he podado los rosales, he trasplantado algunas macetas, he quitado hojas secas y he arrancado malas hierbas.
Estuve ocupado gran parte de la mañana del viernes y un rato por la tarde (con la colaboración inestimable de mi hijo que hacía todo menos lo que debía de hacer, hasta que lo puse a pintar con agua y una brocha pequeña los peldaños de la escalera).
En mi patio hay flora, es de Perogrullo, pero también fauna. Los pajarillos, ya lo he comentado alguna vez, nos visitan muy a menudo (no sólo porque sigo sacudiendo las migajas del mantel sino porque es el patio con más vegetación de los alrededores). También hay salamanquesas. El otro día regando vi una pequeña. ¿Dónde está tu madre?, le dije. Pero salió corriendo. En la otra esquina saltó una enorme que me miraba guardando las distancias, como los buenos conductores.
Los rosales tenían orugas que, creo, ya las he erradicado, con la poda y un liquidillo que le pulvericé que se ve que no les gusta. También hay hormigas. Ahora pocas, porque están hibernando (sí, como los osos). Alguna mariquita tan pequeña que no sé si es de cinco o siete puntos. Y bastantes insectos, que van y vienen pululando de flor en flor, completan la escena.
Hay quien habla con las plantas. Hay hasta quien le canta. Yo las miro, sólo las miro y las riego y las cuido como puedo.
Las margaritas van a salir ya mismo; los patos se han recuperado y puede que echen flores este otoño (como la foto de hace unos años); el laurel parece que está enfermo; no hay quien haga carrera con la hierbabuena...
Algunas se secan, otras vuelven a brotar; unas cambian otras piden sol o agua, más o menos... Pero lo que más pena me ha dado es la muerte de la encina. La tenemos desde que era un breve esqueje en un plantón, un saquito de tierra (que era como los paquetes de pipas de a duro de antes de antes). Era un inmaduro que vino con su hermano gemelo que no duró la cuarentena.
Pero este llevaba alzándose, muy lentamente, como hacen los quercus, desde hace seis o siete años. Ahora que tenía una bellota (proyecto de bellota) no ha resistido más los rigores del verano y el posible descuido involuntario.
Sin embargo es bello. Así, inerte y sepia, despide una dignidad antediluviana. Parece que dice: mi familia constituye el bosque mediterráneo por antonomasia. Y a mí se me cae una lágrima.
El otro día, día de gloria, por su base vuelve a brotar. Es fuerte como la encina que es. Y yo ya había tirado la toalla y lo veía bañado de purpurina plata, adornando la entrada de la casa esta Navidad, con fruto incipiente y todo.
Galletas

Antes de antes, recordamos los que tenemos cierta edad, o quizá más, que las galletas eran unas, y raramente las había en casa. Las galletas eran redondas y sabían a galleta, siempre igual, era lo que esperábamos.
En momentos extraordinarios, ya avanzado el tiempo, atendíamos a alguna variedad, llámese campurrianas o napolitanas (de gran formato y con azuquillar por encima). A veces, las menos, nos llegaban algunas galletas más sofisticadas de allende los Pirineos. Ah, y se me olvidaban las "Chiquilín", otro lujo postrero.
Ahora, mi niño sólo quiere galletas de coche, o sea, en las que viene grabado un coche loco en su anverso. Aunque también las hay de aviones, de monstruos o de dinosaurios (recortando la forma del animal cuaternario).
Hay muy distintos formatos de galletas, también hay galletas rellenas (de chocolate, de nata, de fruta), hay galletas con sabores, hay galletas integrales, con fibra, que no se deshacen al mojarlas en leche (a veces, lo que queremos es precisamente que se deshagan en la leche).
Yo, sin embargo, en el caso de que coma galletas, sigo prefiriendo las redondas, las de toda la vida.
Un paseo

Acabo de leer en el blog de Enrique Ortiz el agobio diario que se padece para ir y volver del trabajo. Él vive en las afueras de Madrid y su trabajo coincide en que está también en las afueras de Madrid, pero en el otro extremo. Con lo que se ve obligado a coger todos los días el coche y aguantar atascos, prisas, conductores intolerantes, enfebrecidos, estresados, esquizofrénicos, amargados, belicosos...
Es, sin embargo, un problema que no le afecta sólo a mi primo. La inmensa mayoría, por no decir todos, de los trabajadores que conozco necesitan el coche, o el trasporte urbano, para desplazarse hasta su puesto laboral. Todos, o casi todos, apuran hasta última hora. Los coches van vacíos, con uno o incluso con ningún ocupante, parece. Los autobuses van a rebosar.
El trabajo es el mismo, el horario es el mismo, el camino es el mismo, el atasco es el mismo, el agobio es el mismo, el sufrimiento es el mismo...
Somos suicidas en potencia.
Cada vez me alegro más de haber cogido este trabajo por la mañana. Aparte de todas las bondades que tiene una ocupación que te gusta (Baudelaire decía que, bien mirado, trabajar es menos aburrido que divertirse), está tan sólo a diez minutos de mi casa andando. ¡Diez minutos! Un paseo para ir, otro para volver. Es un valor añadido.
A veces compro el pan, el otro día caminé en dirección al arco iris que había salido (sólo un pedacito, sólo algunas dovelas), esta mañana he visto como un gato amagaba para cazar un gorrión y como se frustraba su desayuno...
Lo que cuenta el siete (1)

En el año 2003 escribí una introducción a un cuaderno de poesía llamado "Siete Samurais". En dicho preliminar no hablé ni de la poesía ni de los poetas convocados. Tampoco traté de la elección del título ni del guerrero samurai (lo cual guardé para la presentación de este librito). A sugerencia de Alfonso, divagué extensamente sobre el número siete.
He recordado este número (pues los números siempre nos persiguen), he aumentado ese texto y he llegado a la conclusión de que el siete no es lo que parece. Aunque, formalmente, el siete sigue siendo el siete, un dígito que sucede al seis y precede al ocho. La suma del cuatro y el tres o del dos y el cinco. Indivisible, solamente por sí mismo...
Simbólicamente, empero, el siete es un número indefinido, que se puede referir a un buen puñado incalculable, que muy bien puede rozar el infinito, lo que matemáticamente se llama la letra ene. O sea, en determinados momentos, decir siete es decir ene. Siete o setenta veces es como hablar de la enésima vez.
Debido a su extensión, publicaré el escrito al que me refiero en varias partes. He aquí la primera:
El siete es con mucho el número más extenso que existe. Bueno, además está el tres, el trío, la Trinidad, el triángulo, el trípode, el menage... y el cinco, la quintaesencia, el lustro, el pentagrama, el Pentateuco, los sentidos, los dedos de la mano... Siempre impares. Aunque también está el dos, el eco, la pareja, el dúo, la simetría, el reflejo, el conflicto, la obligada capicúa... Pero igualmente el doce, la docena, los meses, el zodiaco...
Déjenme, sin embargo abogar por el siete: número místico y simbólico como ninguno desde el principio de los tiempos, en todas las civilizaciones, en las diversas religiones y escuelas espirituales de Oriente y Occidente. (Por contra, en la Masonería y en algunas tradiciones rosacruces predomina el número tres antes que el siete. Sin embargo, una logia masónica es llamada “perfecta” cuando está formada por siete miembros, aunque con cinco se puede abrir una.) Existe, en otro ámbito, una tribu africana que con toda sensatez adopta el siete como primer dígito contable, pues los seis primeros están sobrentendidos, es decir, se controlan con un simple golpe de vista. Verbi gratia, si en un prado hay seis vacas, no hace falta contarlas para saber que seis rumiantes están pastando.
Según el concepto teosófico –basado en las tradiciones orientales– el número siete es el número del universo pues todos los ciclos cósmicos están regidos por él. La cábala nos dice que el siete representa la “Ley divina que rige el Universo”. No en vano, Dios creó el mundo en siete días, de un tirón y a vuelapluma, aunque el domingo, según las Escrituras, sólo lo empleó para descansar, para echarse en la cama y sólo pensar que todo lo que había hecho era bueno. Esto estipuló los siete días de la semana, seis de trabajo y el séptimo de asueto (¡como Dios!).
De esta forma el mundo es creado, haciéndose el hombre dueño y señor de la Tierra, hasta que Jehová decide castigarlo por su iniquidad (por otra parte, también creada por Dios entre los dones otorgados al hombre). Elige entonces a Noé para preservar las especies animales en un arca, encomendándole una misión: De todo animal limpio tomarás siete parejas, macho y hembra (...) también de las aves de los cielos, siete parejas (...) para conservar viva la especie sobre la faz de la Tierra. Porque pasados aún siete días, yo haré llover (...) y raeré de la faz de la Tierra a todo ser viviente que hice (Génesis 7:2-4). Es el artista disconforme (o sobrepasado) por su obra que se ve obligado a destruirla o a reutilizarla, creando en su interior deliciosos palimpsestos, que el futuro descubrirá.
El servidor de Dios obedece y el diluvio universal se cierne sobre el planeta al séptimo día del último aviso divino (Génesis 7:10). El arca navegó un tiempo hasta que reposó el mes séptimo (Génesis 8:4) y Noé envió a una paloma para divisar tierra firme, esperando siete días, y volviendo a enviarla fuera del arca siete días después. (Génesis 8:10).
“Mi arco he puesto en las nubes”, le dice entonces Dios a un Noé, obligado naviero, después del chaparrón (Génesis, 9: 13). Un arco que pretendía ser la señal del pacto de paz entre el cielo y la tierra. Era el arco iris, de siete colores (rojo, amarillo, naranja, verde, azul, añil y violeta). (En la mitología griega y romana, Iris era la enviada de Hera.) Así, siete es la gama esencial de los colores y también de los sonidos, las notas del pentagrama –cinco líneas, siete notas y la clave de sol presidiendo– (do, re, mi, fa, sol, la, si). Consta de siete puntas la estrella que representa la conexión del cuadrado y el triángulo, por superposición de éste, la conexión del cielo con la tierra.
Adivinos

Un viejo chiste dice que, llegando a la puerta del adivino, tocó el timbre, y, como oyera del interior una voz que preguntaba quién es, se dio la vuelta exclamando -con perdón- ¡qué mierda de adivino!
Benedetti, en un libro de sus cuentos completos (supuestamente completos hasta el momento en que se publicó dicho libro), que me desapareció del maletero de un coche junto con otras pertenencias (sería un ladrón instruido), pude leer la historia de un adivino que, estando con sus amigos, tuvo el presentimiento de que su casa se quemaba. Así que cogieron el coche y se dirigieron a su vivienda presenciando cómo se la tragaban las llamas.
Él vidente, lejos de toda preocupación se enorgullecía por la exactitud de su mente, mientras sus amigos lo felicitaban.
Ahora leo en el padre Feijoo (s. XVIII), en Teatro crítico universal, su mala opinión ante estos augures y almanaqueros. A pie de página se puede conocer, por ejemplo, la historia de un tal Jerónimo Cardano: médico, filósofo y matemático italiano (1501-1576) que, aficionado a la Astrología, calculó su último día y quiso hacerlo correcto dejándose morir de hambre.
Paralelo a esa misma idea de fatal desenlace adivinatorio escribí hace tiempo la siguiente historia:
«Recorrimos tres veces la feria de punta a cabo. A cada vuelta repetimos algunas atracciones. Eran los coches de choque, las perdigonadas a los palillos con escopetas de cañones retorcidos para llevarse un horrible oso de trapo o una botella de un dudoso licor y la tómbola de papeletas de colores, con un comentarista estridente y monótono, en donde yo alimentaba mi fama de adivinador y visionario. Siempre, sin duda alguna, acertaba lo qué nos tocaría, siempre apostaba por el mejor regalo, siempre nos sonreía la fortuna.
En el último paseo, al bajar de la noria y tras haber vislumbrado con meridiana claridad el accidente en la barcaza sin heridos por suerte, advertimos por vez primera un cajón metálico sobre unos caballetes de madera. En uno de sus lados estaba pintada la cara de un payaso con la boca descomunalmente abierta, en la que había practicado un orificio al interior oscuro de la caja. Sobre el payaso de pelo amarillo ensortijado y ojos saltones, en una banda azul, roja y blanca, un rótulo rezaba: “El hueco del destino”, sin más explicación. Nada más hallarnos frente al extraño artilugio, lo percibí con toda nitidez, y así se lo participé a mis compañeros: “Cuando metas la mano ahí, una especie de guillotina te la corta”.
Mis amigos dispusieron que me había excedido en mis predicciones, que aquello que había aventurado no tenía ningún sentido, que no debería ser tan extremo y nefasto, que en un lugar de esparcimiento y diversión para toda la familia, donde la mayoría de los usuarios son niños, era ilógico que hubiera una máquina tan infernal…
Dolido en mi amor propio por haber puesto en duda el inequívoco don de la profecía que me caracterizaba. Sobre todo, por ser cuestionado por los compañeros a los que había demostrado una y mil veces los rigores de mis predicciones. Metí en un arrebato la mano por la cavidad hueca de la boca de aquel nefasto payaso y un resorte accionó la cuchilla que me cortó la mano derecha a la altura de la muñeca.
Todos sonreímos, mientras me tapaba el muñón sangrante con el peluche de la tómbola y me llovían las palmadas de complicidad, las felicitaciones por haber acertado nuevamente y los perdones por su incredulidad sin sentido.»
¿Cuánto dura el amor?

El amor, al no ser una ciencia exacta, no se puede medir. Por lo menos su duración en el tiempo, porque en intensidad es posible que vaya desde fuerte hasta a irresistible. El amor puede ser eterno en diez minutos, sostenía entre otros Antonio Gala (lo que incide también en su intensidad).
El amor puede llegar hasta a doler. Alguna otra vez he referido el caso del hermano Kamarazov que se quitó la vida porque no podía soportar tanto amor. Duele el amor, pero más duele su carencia.
El amor es uno de nuestros más fuertes sentimientos. Cuando surge, nuestra intención es que crezca, que dure siempre, siempre. Su duración eterna es la conditio sine qua non que todo amor requiere en su comienzo.
Pero la realidad es muy distinta. El amor, por suerte o por desgracia tiene fecha de caducidad. En el mejor de los casos, cuando acaba, se convierte en costumbre, en realidad acomodaticia, en la que es menos grave lo malo conocido... que la incertidumbre por venir.
En mi niñez y juventud existía una medalla del amor (muchos la recordarán) que era toda una declaración de tal intención. Ésta decía: "Hoy te quiero más que ayer, pero menos que mañana". Desde un primer momento recrudecí esta sentencia, proponiendo una nueva máxima: "Hoy te quiero más que ayer y mañana ya veremos".
El matrimonio es la conformidad de ese amor, es el compromiso de futuro, es un voluntario encierro en pronombres posesivos...
Nietzsche preguntaba en uno de sus escritos: "Pero, ¿tú estás loco?" y seguidamente se respondía: "No, casado solamente". Para Henry James la pareja era una crueldad. Gila contaba que el matrimonio era como el metro, "quien está fuera quiere entrar y quien está dentro quiere salir".
Ahora, y a esto voy, propone una diputada alemana que el matrimonio dure siete años. Al cabo de los cuales, si ambos cónyuges están de acuerdo, se renovaría o se extinguiría. Consciente de la volubilidad del amor, piensa que poniéndole un límite institucional se ahorrarían, entre otras cosas, los engorros del divorcio.
Lo que no ha pensado la señora ésta es la multiplicación de las propósiciones de matrimonio por tan endeble futuro. Y, lo más importante, los hijos tenidos en esos años, que, si la pareja es constante y fructífera, pueden llegar a ser siete u ocho (sin contar los partos múltiples).
Aproximación a una teoría del beso

Me vienen a las mientes unos versos de Pablo Neruda, escritos quizá en su única obra dramática: Fulgor y muerte de Joaquín Murieta, escrita en spanglish (otra exclusividad), también llamado este uso de palabras inglesas como parte del idioma español, ingañol, espanglish, espanglés, espangleis o espanglis. Musicado en los años 70, para más señas, por Olga Manzano y Manuel Picón.
En ellos poetiza de esta guisa: No es verdad que el amor quema y se para/ no es verdad que se apaga con un beso.
Basten los nerudianos versos para introducir esta Aproximación a una teoría del beso que, a la manera de Soren Kierkegaard, escribí como prolegómeno para ilustrar un cuento que publiqué hace unos años, formando parte de una antología de cuentistas granadinos o relacionados con la ciudad, en total 75, entre los que estaban Saramago, Muñoz Molina o Justo Navarro*.
Un beso. El acto de besar necesita muy poca energía para ser efectivo pero puede desprender un gran contenido emocional. Un simple acercamiento cutáneo, una imperceptible mueca bilabial, un posible guiño de ambos párpados, una involuntaria muestra sonora y ya está: el beso ha sido realizado. Después, quizás, un estremecimiento, una sonrisa, un deseo de continuidad o, por el contrario, la indiferencia más atroz.
El beso siempre es dulce. Aunque puede ser asaz amargo, como el beso de Judas o el beso del adiós. Puede ser largo, sonoro, suspirado, pegadizo, cálido, intenso, húmedo, desnudo, involuntario o travieso. El beso puede ser el primero, con toda su carga emotiva, o pueden venir después, que serán los sucesivos, los demás, que serán más expertos o más rutinarios o más acostumbrados o más sentidos, pero nunca serán el primero (ni siquiera en el reino de los cielos).
* "El coleccionista de besos perdidos" en Granada en cuento. Granada: Dauro, 2002
** EN LA IMAGEN: "El beso", escultura de Antonio Canova, Roma, 1793. Conservada en el Museo del Louvre.
La edad

Hace tiempo salía en televisión un anuncio de algún alimento dietético en el que se veía a una persona mayor haciendo ejercicio con una amplia sonrisa y con la impresión de que no le costaba trabajo alguno aquel sube-baja (en el buen sentido de la expresión), mientras el narrador decía contundente: "no pesan los años, pesan los kilos".
La edad es relativa. La edad es una convención, como lo es el tiempo. No como el tiempo en sí, su existencia o su entendimiento, sino la manera tan humana de medirlo (a los animales le resbalan los cumpleaños). La escritura nació por esa manía contable que tiene el ser humano. O sea, antes de las letras fueron los números (menos el cero, concepto altamente metafísico que inventaron los árabes).
¿Y qué cosa hay mejor para medir que no sea el tiempo, que es eterno, infinito, dimensional?
Todas las civilizaciones se han ocupado de temporizar, de crear relojes y calendarios, desde oriente a sudáfrica, desde los esquimales a los fueguinos. Todos los grandes hombres, Julio César, Octavio Augusto, el papa Gregorio..., se han ocupado de reformar el calendario.
Estamos , desde el principio de los tiempos (nunca mejor dicho), supeditados al factor tiempo (menos Zenón que negaba su existencia).
(Hay un pueblo africano que cuenta a partir del seis, puesto que la media docena es evidente. Si en un prado se ven seis vacas, no hacen falta contarlas para evidenciar su número).
La edad se lleva por dentro, dice el viejo tópico. Cuanto más viejo seas, sin embargo, más comulgas con él. La edad es un lastre que nos estorba para seguir subiendo. El tiempo pasa; el tren se nos escapa.
La edad es relativa, como digo. Según los años que que dura una vida, los 25 pueden ser el ocaso o el comienzo.
"El tiempo es una invención humana, la definición de algo irreversible e impenetrable" (Torrente Ballester).
Hay gente sin edad como Cortázar, hay eternos adolescentes (complejo de Peter Pan), hay viejos desde la infancia, hay quien se quita años, hay quien se pone años o se deja bigote... Hay quien vive de recuerdos, hay quien espera un futuro que nunca viene, hay quien se le escapa el presente pensando en el mañana.
Nunca llueve a gusto de todos

El otoño ha llegado con rotundidad (al menos en mi tierra). Ha sido como el pataleo de los dioses que, después de mucho aguantar, han estallado y han vaciado sobre la tierra todo el agua que han acumulado en el cielo después de un verano alterno. Me gusta la lluvia. Me gusta el otoño. Es época de renovación. El mundo se desnuda para volver a vestirse en la empalagosa primavera.
¡Que levante el dedo quien prefiere los colores del otoño a los de la primavera!
Es como el coyote y el correcaminos. Se supone que el pajarraco es el bueno, pero todos nos identificamos con las desgracias del chucho. ¡Si alguna vez lo hubiera cogido! ¡Si alguna vez le hubiera retorcido ese pescuezo de manguera ambulante!
La lluvia debe ser moderada para que sea beneficiosa. Con todo y con eso, siempre viene bien el llanto de los dioses. Aunque este tiempo es más bien una plaga que una bendición. Riadas/evacuados, granizo/pérdidas.
Nunca llueve a gusto de todos y ahora menos, en este mundo inconformista. Antes se sacaban a los santos para que lloviera. Ahora cuando llueve se mete al santo bajo cubierto y el penitente se harta de llorar.
El otoño (la primavera de los solos) siempre inspira. Las hojas, el aguacero, el viento, la bufanda, los primeros fríos, los primeros coleccionables en los kioscos, la vuelta al cole, los nuevos amigos, los viejos rockeros...
Permitidme acabar con un pequeño poema que escribí hace unos años, que, además, lo pintaré de rojo otoñal.
Me gusta pisar el otoño
cuando el suelo se tiñe de árbol,
cuando los charcos atrapan el cielo,
arreboles rojos en tu cara
y regueros de viento
donde la hojarasca deja paso
a las lágrimas del sueño.
P.S. - Estimados blogueros, visitadores de este blog apasionado, os habréis dado cuenta que las entradas ya no son diarias, que los post son más espaciados, y es que tengo menos tiempo, más trabajo y más niño (el niño es el mismo, lo que pasa es que se queda casi todas las tardes conmigo en casa). Así que os ruego paciencia hasta que pueda volver a retomar el ritmo. No abandonéis.
*EN LA IMAGEN: "Puddle" ('Charco'), Maurits Cornelius Escher, 1952
El Destino

Escribía Torrente Ballester que "El Destino es como un río de muchos afluentes, como la red de tus venas, caminos que se recorren por aquí y por allá, se puede retroceder y avanzar, elegir éste o aquel otro, y todos llevan al mar, que es el morir", argumento que entronca con el jardín borgiano.
Posiblemente el Destino esté escrito, pero posiblemente sea como esas novelas que proponen varios finales, como Rayuela, podemos jugar nuestras cartas.
La suerte y nuestras circunstancias determinan este final que debemos ayudar a terminar de escribirlo.
Los budistas creen en la lógica consecución de los acontecimientos, no sólo de una vida, sino de todas las vidas. Todos los seres humanos estamos irremediablemente unidos a la Rueda de la Vida (Samsara) y pasamos continuamente por los mismos cielos y los mismos infiernos hasta nuestro fin relativo, hasta la transmigración de nuestra alma.
Abandonamos esta Rueda (la bestia del uso, que diría José Miguel Ullán), momentánea o definitivamente, cuando alcanzamos el nirvana.
El Destino es el futuro previsible. Es ese fin que puede ser cantado en una saga. Es el renglón torcido de Dios. Alimento para los futurólogos, adivinos, pitonisas, videntes, augures.
El Oráculo de Delfos, todos los oráculos de la antigüedad, eran ambiguos como es Destino, decían algo y todo su contrario, auguraban la felicidad y el más cruento final en una misma sentencia. Siempre, desde luego, tenían razón.
El Destino es cruel o caprichoso, que es otra forma de crueldad. El Destino es como Dios, que aprieta pero no existe.
*Rueda de la Vida
Deporte y cultura

"Tres cosas hay en la vida, salud, dinero y amor", decía el viejo bolero. El que tenga esas tres cosas se puede dar con un canto en los dientes.
El amor es lo que más nos interesa en nuestra juventud (que se lo pregunten a Nono que decía vivir del humo y del amor, en indistinto orden), es el leitmotiv de nuestros días, es el sentimiento que guía nuestros pasos (Dmitri Karamazov se quitó la vida por exceso de amor). El dinero es una enfermedad, necesaria, imprescindible a medida que se va madurando (¿madurando?). (¿No es la madurez ese sentimiento de que la vida se nos va limitando?)
La salud se aprecia cuando no se tiene, cuando la vamos perdiendo, cuando nos abandona. Es propia de la vejez, incluso de la vejez de la juventud). Así, cronológicamente diremos: amor, dinero y salud, en la mañana de nuestra vida; para continuar con el dinero hacia el mediodía, siempre el dinero, poderoso caballero; para terminar con la salud al anochecer, en el ocaso.
Los cementerios están llenos de ricos. El rico no lo tiene todo. El hombre feliz, en cambio, no tenía camisa. Hay quien muere enamorado (como el Dmitri de Dostoyevski o el joven Werther de Goethe). Hay quien muere pobre pero con una salud envidiable. Y también, los más, quien desaparecen con mil achaques, con dinero o sin dinero (hago siempre lo que quiero), con amor o sin amor.
Aunque salud, dinero y amor (o amor, salud y dinero o el dinero en primer término) son tres patas de una misma mesa. Quizá, como decía Aristóteles, en el término medio esté la virtud. Las tres cosas pero sin exceso, con moderación. Tener dinero sin estar podrido. Tener algunos achaques. Y querer con sus aristas. Todo esto para hablar del deporte y de la cultura.
Llevo al menos dos discusiones recientes sobre el mayor beneficio. Dicotomía que no debe estar enfrentada, sino ser complementaria. Son dos aspectos de la salud. La salud corporal y la salud mental, espiritual.¿El deporte es cultura? En sí no, a no ser que se suban y se bajen veinte veces las gradas del Coliseo recitando la lista de los reyes godos. ¿La cultura es deporte? En sí no a no ser que veamos el canal Historia pedaleando en una bicicleta estática.Aunque todo participa. La cultura, el deporte (el amor es también saludable).
No es lo mismo, sin embargo, como en todo, ser protagonista que observador. No es lo mismo practicar deporte que desgañitarnos delante del televisor. No es lo mismo hacer cultura, estar inmerso en sus múltiples tentáculos, que apoltronarse con el chubasquero puesto, como el que espera que llueva café en el campo.
Lo que ven

Hay un anuncio que se emite últimamente de un puñado de adultos (algunos realmente bordes) comportándose de forma radical en determinados momentos (fumando, gritando, maltratando...).
Yo tengo un ejemplo positivo:
El otro día fue mi niño al cine con sus primos para ver "Ratatouille", la última propuesta de Disney para pequeños consumidores. Juan salió de casa con una libreta y un bolígrafo para tomar buena nota de la función. Arriba se pueden ver sus apuntes.
A pesar de ser el más pequeño de todo el grupo, estuvo atento como ninguno, no perdía detalle y, de vez en cuando, apuntaba algo en su cuaderno.
Él ve a su padre que acude al flamenco con papel y lápiz para anotar las impresiones del concierto y poder así escribir su crítica para el diario.
El niño (de tres años, no hace falta que lo recuerde) aún escribió algo cuando, después del cine, nos fuimos a tomar unos helados.
Cuando le preguntabas qué estaba haciendo, obviamente respondía que escribía su artículo para "mañana para el periódico".
Una anécdota sobre la sopa

De un libro que publiqué por encargo hace algunos años: "Herencia de la cocina andalusí" (2001), recreo "Una anécdota sobre la sopa", que a su vez la refirió Amin Maalouf en su gran León el Africano.
El sultán de Granada, el depravado Abu-l-Hasan (Granada, 1214-Túnez, 1286), reunió una mañana a los más fieles entre su séquito en el patio de los Arrayanes de la Alhambra para que asistieran al baño de Soraya, Isabel de Solis, a quien eligió de entre sus esclavas cristianas a cambio de su esposa Fátima, que pasó a un segundo plano en el harén.
Una vez acabado el baño, bajo la mirada atenta de los nobles seleccionados, el príncipe invitó a cada uno a beber un pequeño tazón del agua purificada de la que acababa de salir su amada.
Todos comenzaron a extasiarse y a encumbrar, en prosa y en verso, el maravilloso sabor, el gusto tan exquisito que había adquirido el líquido que albergó las abluciones de la hembra divina.
¿Todos? Todos no. El visir Abu-l-Kasem Venegas (de los Venegas de Granada), lejos de inclinarse sobre la piscina, permaneció hierático, digna y silenciosamente en su sitio sin mover un ápice. La mano en la barbilla y el pie derecho ligeramente adelantado.
Tal actitud no escapó al sultán que, manifiestamente amoscado, le preguntó la razón al desvergonzado.
El visir Abu-lKasen dijo sin que ni siquiera le temblara el bozo: “Majestad, temo que al probar la salsa me apetezca de pronto la perdiz”.
Umbral

Hace pocos días que murió Paco Umbral. Nunca ha sido para mí el autor de culto o de cabecera que ha podido ser, por ejemplo, parra mi amigo Juan Pinilla (se emocionaba hablando de él, leyendo y aprendiendo de su palabra). De hecho, tan sólo -que recuerde- me he leído un libro suyo. "Las ninfas" (1975) lo abordé en mi juventud, en una época en que buscaba un camino (aún lo sigo buscando).
Sin embargo, como articulista, como columnista, siempre que he tenido oportunidad lo he leído. Era la sección que más me interesaba del diario "El Mundo". Y, me consta, que a muchos lectores les pasaba eso mismo. De hecho, me temo, que dicho periódico bajará sus ventas drásticamente (no es una suposición emotiva, pues cuando hace poco estuvo enfermo y el diario sin su columna, muchos de sus seguidores hicieron también un descanso).
Lo leí en "El Mundo", cuando caía en mis manos, pero también lo conocí en "Interviú" y en "El País".
Siempre me impresionaba su cultura, el dominio de la lengua y su gracia incisiva. Y el respeto que sentía por sus contemporáneos, llámense Cela o Delibes, que trataba como a maestros.
También era considerable su mal humor y esa guerra amarga particular que siempre le precedía, un permanente mosqueo decimonónico, de otro mundo, que acentuaba detrás de unas gafas de pasta, una bufanda blanca, su gato y su voz de ultratumba.
Ha muerto el mismo día que un jugador de fútbol activo en el Sevilla, en plena juventud (22 años), en plenas facultades, padre inminente (su joven esposa embarazada de siete meses). No entiendo, por muy dolorosa, impensable y cruel, que haya sido esta última pérdida, cómo se le puede dar mayor cobertura mediática que a la muerte del escritor (ya no hay quien se acuerde del 98).
A Redondo, el deportista, que me perdonen, yo no lo conocía hasta ayer. Umbral convive con mi memoria desde que empecé a tener razón de uso.
!Va por usted, maestro!
Para combatir el calor

Hay pequeñas enfermedades, a veces inconfesables de tan nimias, que vienen a ser como las almorranas, para sufrir en silencio. Una pequeña artrosis que se manifiesta en los cambios de tiempo, ardor de estómago que retuerce cuando la comida no se asimila como se debe, el esperma vago que entra dentro de los secretos de alcoba, la alitosis que se aplaca con caramelos de menta, la caída del cabello, sin ser tiempos de berenjena, que duele como el oído, los michelines, las cartucheras, esa grasa que se pega como un perrillo faldero al que no podemos dejar en casa...
El calor que remite en un verano atípico, de altibajos como nunca, es pues como una pequeña enfermedad personal, intransferible, solapada, que se manifiesta a través de los poros y las bajadas de tensión. Los vestidos empapados, el olor de pies y el de los alerones, el cansancio supino, la imposibilidad de pensar, el agua en la nevera, el botellín en el bolso, los bellos quitasoles, las sombras abarrotadas, las calles desiertas, el abuso del aire acondicionado, las heladerías, las terrazas de verano, la poca ropa y las piernas largas.
La mejor forma de combatir el calor es impepinablemente estando de vacaciones. La playita o la piscina, la sombrilla, el chiringuito, el tinto de verano o la cervecita fresca (perdón por el epíteto) (aunque algunos pueblos bárbaros se la toman caliente) (los celtas la trajeron a España).
Hay muchas normas que funcionan más o menos. No hay reglas. Cada uno emplea lo que le sea más efectivo. Cada uno tiene sus armas. De cualquier manera, aunque se combata, el calor se traga (o nos traga).
Fernando no entendía a los extranjeros que se quejaban del calor que hace en Sevilla. Él decía, "pues que vayan por la sombra". El extranjero salmonete (no todos los foráneos) suelen salir a la hora en que las lagartijas llevan cantimplora y no advierten que bajo la marquesina se reducen los grados y no afecta al riego.
Mi sistema consiste en moverme lo menos posible, caminar despacio y por la sombra, aunque el camino sea más largo ("El descubrimiento de la lentitud" que poetizaba Enrique Ortiz), beber buchitos de agua cuando se puede (no suelo beber mucha agua) (soy un poco camello) (el agua abundante, no me sienta bien). La cervecita que no falte o el agua fría o el vinito blanco, que entra de bien... La ducha (o las duchas) diaria.
Y siempre los amigos, la conversación calma (no acalorada), las manos bajo la mesa y los ojos encendidos.
* ILUSTRACIÓN: "El quitasol", 1777, Museo del Prado (© Goya)
Casualidades

Esta vez no pienso teorizar sobre las casualidades. Hacer un pequeño tratado de las coincidencias fortuitas o programadas por no sé qué juguetillos del destino y mucho menos de sus consecuencias y efectos.
Tan sólo quiero referir una pequeña anécdota, un apunte curioso que me aconteció en el super (mercado) el otro día.
Llegué a la caja a pagar. Era poco, algo de verdura y fruta, una bandeja de pechugas de pollo, pizza y algo más. ¿Tiene Tarjeta Día?, pregunta la cajera. No, respondo de inmediato, pues la pregunta no encierra dificultad alguna. ¿Tiene puntos acumulados?, prosigue. No, vuelvo a responder con igual soltura. ¿Quiere usted una bolsa (cinco céntimos)?, termina el interrogatorio. Sí, digo dispuesto, pues todo no me cabe en los bolsillos. Muy bien señor, exclama la chica a los postres, son doce con dieciocho. Saco veinte y me devuelve el resto. Me lo guardo íntegro en el pantalón, pues en los super (mercados) no es habitual dejar propina.
Cuando estoy acomodando mi compra en la bolsa que gentilmente me han cobrado (cinco céntimos), oigo que, después de las preguntas de rigor al cliente que me seguía los pasos (sin ser un espía ni nada parecido), le dice la chica: son doce euros con dieciocho. O sea, lo mismo que a mí. Qué coincidencia. ¿O le cobrará a todos lo mismo? ¿Será el día de los Santos Inocentes que se ha desplazado al verano?
Miro la compra del nuevo cliente por si había comprado lo mismo que yo, pero no tiene nada que ver. Miro mi cuenta a ver si hay algún error. La operación no es difícil y está correcta. Me demoro todavía para comprobar si a un tercer cliente le cobran lo mismo, pero la cifra es mucho más alta. Su carrito viene lleno.
Solamente fue una casualidad. Uff.
La soledad

Mientras desayunábamos, preguntó Inma a bocajarro: "¿qué opináis de la soledad?".
Que qué opinamos de la soledad. La soledad cuando es voluntaria, escogida, puede ser una delicia; cuando es impuesta, obligatoria, es una condena. Si buscas la soledad y la encuentras has triunfado; cuando la soledad te busca y te encuentra estás hundido.
El eremita es un sabio que renuncia a las bondades del mundo. La persona ladeada, sin amigos ni esperanzas es un desgraciado. La soledad es más cruel en medio del tumulto, del ruido, la estridencia.
Los demás son el color. El uno es siempre gris. La primavera es del conjunto, el otoño es la primavera de los solos. El drama de la soledad es un sentimiento muy flamenco (soleá). El quejío, el dolor, el desgarro.
San Agustín (354-430) decía "El pájaro solitario siempre se posa en la rama más alta". La soledad es imprescindible para la consecución del proceso creativo. El artista es solitario (como el Llanero) aunque después se relacione. Las musas son muy celosas y se le aparecen al creador en soledad.
O, como diría fray Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764): "Siempre alcanzará más un discreto solo que una gran turba de necios; como verá mejor el sol un águila sola que un ejército de lechuzas".
Cuando el mundo comenzó a rodar regularmente, apareció un único dios, el hacedor. Con su abracadabra creó todas las cosas, aunque fue el hombre, según Bob Dylan, quien le puso nombre a los animales (in the beginning). Si Dios no juega a los dados es porque está solo. Si Dios es vengador es porque está solo. Si Dios es maniqueo (premia a los buenos y castiga a los malos) es porque está solo. Después vino la justicia divina pero tiene una venda en los ojos que no se puede quitar porque tiene una espada en una mano y una romana en la otra.
Pirómanos

Desgraciadamente es el tema de moda, los párrafos más calientes (perdón por la broma) de los articulistas van sobre fuegos fortuitos o provocados. Que si todas las letras que escribimos fueran chorros de agua, contribuiríamos algo en su extinción. Ahora mismo, en el mejor de los casos, tan sólo removemos conciencias.
El incendio fortuito es una desgracia. Ya sea la negligencia culposa de tirar una colilla encendida, que estalle algún artefacto militar o que el cristal de una botella "olvidada" actúe como lupa.
Sin embargo el fuego provocado es imperdonable. No sólo debería recibir el máximo castigo por malhechor, sino también, como apuntaba Jesús Lens hace poco en las páginas de Ideal, por estupidez. Es como quien escupe para arriba.
En el pueblecito de Beas en Granada, relato de memoria, todos los jueves ardía el monte por varios focos, claramente provocados. Al coger al pirómano con las manos en la masa, confesó que era el amante de la mujer de uno de los trabajadores, quizá el responsable, del retén de incendios. Y, cuando estos estaban ocupados en el sofoco de la fumarola, él, con menos sofoco, se beneficiaba a la susodicha.
Conozco, como proverbio masai, aquel que dice "la tierra no es un regalo de nuestros padres, sino un préstamo de nuestros hijos".
El más fuerte

Mi padre añadía un nuevo verso al recitado de las bienaventuranzas. Decía: "Bienaventurado el que cree en los pasos de cebra porque pronto verá a dios". El coche lleva las de ganar, es el más grande, es el más fuerte, es el que te puede mandar al otro barrio y no tú a él, que como mucho le bollas el capó, que como mucho le amargas el día, que como poco pierde los seis puntos.
Imaginémonos que fuera al revés, que el peatón quedara ileso y el coche se destrozara. Como el sueño que, sobre los insectos, concibiera Verrill: "Sería terrible que las libélulas del riachuelo tuvieran la envergadura de las águilas, que mantis grandes como lobos infectaran los jardines, que feroces avispas asesinas, corpulentas como osos merodearan por las ciudades, o que las moscas de los cadáveres, con alas de más de dos metros, aguardaran revoloteando la hora del fatal desenlace para abalanzarse sobre nuestros cuerpos aún calientes y depositar sus huevos".
Seguro que todos paraban ante los peatones. Seguro que se respetaba un paso de cebra sin necesidad de semáforos. (Aunque, desde luego, se pide el respeto al conductor, pero también debe respetar el viandante) (a buen entendedor...).
Hoy, viniendo a casa, en un paso difícil para cruzar, para parar... Alertado de tal dificultad, aguardé el momento más propicio para atravesar la calzada. De pronto un coche, un gran coche oscuro (no entiendo de marcas ni cilindradas ni motores...) frenó en seco y me dejó paso.
Entonces comprendí quien era el más fuerte. El más fuerte no es el que arrasa como un abanto. El más fuerte es el que, consciente de su fuerza, protege al más débil. La grandeza va unida irremediablemente a la humildad. La sabiduría es discreta, como la elegancia (la ignorancia es atrevida).
Me recuerda a una de las enseñanzas de Lao Tse (o Laozi, según la nueva grafía) en su Tao Te Ching (o Dao De Jing), cuando advierte: Quien vence a los demás es fuerte, quien se vence a sí mismo es la fuerza (o es poderoso, en otras traducciones).
* EN LA IMAGEN: Ideograma del Tao (Dao)
Alzheimer

El Alzheimer es la enfermedad del olvido. Es un pozo, cada vez más angosto, iluminado por miles de bombillas que se van apagando poco a poco. El que cae en él no es consciente de que las luces languidecen, y no es que se acostumbre a la penumbra progresiva, sino que no recuerda que las paredes estuvieron un día iluminadas.
El enfermo de alzheimer primero olvida las llaves y las calles y los nombres. Después se olvida de la gente y del mundo. Se olvida de sí mismo. Se olvida amar. Se olvida de comer y de las funciones más vitales. Hasta que se olvida respirar y se le olvida vivir.
El alzheimer es una muerte blanca, feliz, como quien muere de frío. Sin embargo, es la enfermedad más cruel que conozco. Ya no para el enfermo, sino para los seres más cercanos. Los que lo quieren. Los que lo cuidan.
El enfermo sufre los posibles momentos de lucidez que experimenta (más evidentes en sus inicios que a medida que progresa la enfermedad). Esos momentos de racionalidad son tremendos antes de volver a las tinieblas de la mente, al caos de la vida. Saber que algo ocurre, pero no saber qué. Es durísimo. Es una condena sin fin por un crimen que no has cometido.
Una persona empieza a involucionar. Es un niño cada vez más pequeño que necesita cada vez más atención, más cuidados, más amor desinteresado.
Murió el otro día el padre de una amiga. Es un dolor difícil de encajar. Contradictorio. La muerte por alzheimer es una doble muerte. La muerte física llega a los años de una muerte cerebral, de una ausencia, de un vacío.
El dolor se convierte en pregunta, por qué tiene que pasar esto, por qué no vivimos bien hasta que nos toca desaparecer, por qué la vida se reduce a polvo, por qué termina en aplastante decadencia, por qué se pierde el norte... Y más importante, ¿qué nos queda?, ¿vacío?, ¿soledad?, ¿descanso?, ¿impotencia?, ¿rabia?...
Ahora sólo queda pensar en que quizá haya sido lo mejor, que por fin le llega la paz a todos, que el amor perdura y el dolor se apacigua, que recordaremos al desaparecido como fue antes de antes y no en su desvarío.
Debe haber un cielo especial para los que mueren de alzheimer donde recobren sus facultades. Que dure tanto que les dé tiempo a recordar todo todo lo que han olvidado.
Si me necesitas silba

Hubo una época, a veces nos parece casposo, que un gran número de canciones iban acompañadas por silbidos. Cada vez se oye menos (a excepción del relativamente reciente "Don't Worry, Be Happy " de Boby McFerrin). En el fútbol, sí que se oyen pitadas, y en los conciertos, tanto de aprobación (silbidos y aplausos) como de desaprobación (silbidos y abucheos). Poco más.
Las niñas no silban, decían antes. Silbar era de hombres. Aunque había chicas que silbaban la mar de bien, y que decían tacos bien dichos y que fumaban (a la primera mujer, la hermana mayor de un amigo, que le oí decir coño, me harté de reír, aparte de parecerme una chica especial, libre y sin complejos).
Si me necesitas silba. Cuando estamos en peligro, siguiendo la tradición, silbamos para que nos oigan, si es que el miedo nos permite silbar, a veces ni hablar. En la película de Pinocho (obligatoria en mi papel de padre), Pepito Grillo, haciendo de conciencia, le canta al muñeco de madera, por si lo necesita, "Dame un silbidito".
También silbaba el arpista Harpo Marx, el hermano mudo de Groucho, con su característica peluca naranja y su gabardina con los bolsillos siempre llenos.
Los marineros dicen que silbar al viento atrae las tormentas.
Pero donde el silbido ha alcanzado cotas increibles es en las islas Canarias, donde aparece como un lenguaje empleado por los pastores para comunicarse entre ellos (hay estudios al respecto). Los silbadores de la Isla de la Gomera utilizan diferentes modulaciones del silbido para significar distintas palabras en idioma español.
Se silva también a veces cuando se ronca. Sobre todo si se tiene una llave, de las de antes, de canutillo, en la boca (releer el Lazarillo de Tormes). Sobre todo entre quienes tienen alma.
También los delfines utilizan los silbidos (los gruñidos y chasquidos con la garganta) para comunicarse entre ellos y compartir sus zonas de pesca.
*Escena del Lazarillo de Tormes.
Los perros no saben leer

Antes de aprender: "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor..." y bastante antes de conocer: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo...", mi joven memoria recordaba este otro comienzo de novela: "Como «Buck» no leía los periódicos, estaba lejos de sospechar la nube amenazadora que se cernía sobre él...". Es el comienzo de La llamada de lo salvaje (o de la naturaleza) de Jack London.
Como sabéis, «Buck» era un pastor alemán que atraparon en su regalado hogar de Santa Clara (California) para que tirara de un trineo en las norteñas tierras de Alaska cuando estaba en efervescencia la febril borrachera del oro.
¿Cómo «Buck» va ha leer el diario y cuidarse de los desaprensivos buscadores de recios animales para venderlos en el inmenso blanco? ¿Cómo un animal va ha conocer lo que el hombre escribe, comenta o piensa de él?
Así cuando leemos: "Cuidado con el perro", habría que preguntarse si el perro lo sabe, si está de acuerdo en ser agresivo y defender la frontera objeto de su destino y de dicho letrero. O en el zoo, cuando contemplamos el cartel: "No le echen de comer a los monos", por ejemplo. ¿Los macacos sabrán eso? ¿Estarán de acuerdo? ¿Se plantearán regímenes los animales? ¿O harán huelga de hambre?
Un día, creo que ya lo he contado, fui a visitar a un amigo que vivaqueaba al pie de la sierra. Al llegar me saludó una suculenta careta de cerdo que se braseaba en la lumbre y los ladridos de su perra canela que estaba atada al parachoques de su coche rojo (es lo más que entiendo de automóviles). No te preocupes, ante mi alarma al ver los colmillos del can mi amigo decía, que perro ladrador, poco mordedor. ¿Pero él lo sabe?, preguntaba yo sin bajar la guardia.
Dijo que ya lo comprobaría yo mismo. Así que soltó al can. Éste se abalanzó sobre mí. Y, ese día, que yo recuerde, batí mi record de velocidad campo a través y entre los árboles. Y de noche, para más inri. Y detrás nuestra el dueño diciendo: "Párate".¿A quien se lo dices, al perro o a mí?, respondía yo sin ninguna intención de comprobar las buenas intenciones.
Agarró por fin al guardián del erebo, y entre jadeos, le rogué que mientras yo estuviera allí se abstuviera de experimentar tales dichos con esa fiera.
Esto viene a cuento porque estuve en San Fernando (Cádiz) en un viaje relámpago este fin de semana siguiendo las difuminadas huellas de Camarón. Dormí, mejor dicho, pasé la noche en casa de buenos amigos. Una granja de pollos próxima se colaba por la ventana, que estaba abierta para recaudar un poco de brisa. Los gallos cantaron la madrugada, como es debido, pero sin parar desde media tarde hasta media mañana.
O sea que el ki-ki-ri-ki que nos despierta de amanecida era continuo. Los gallos, por mucha tradición que haya, no saben que deben cantar sólo a la salida del sol y hacerlo unas pocas de veces (mínimo tres, según la oreja de San Pedro, que se adelantó algunos cientos de años a la de Van Gogh). Pues según una teoría harto científica "el canto del gallo esta sometido a un ritmo circadiano, es decir, un ciclo diario de 24 horas".
¿Habrá que enseñarle a los animales las normas más elementales de su comportamiento? ¿O tendremos que cambiar nuestro refranero? (Aunque mi refranero personal rece: "el gallo lejano es menos peligroso que un perro desconocido") (por muy amigo tuyo que sea su dueño) (añado).
Muerte de Esquilo

Debía ser por esta fecha, cuando todo se paraliza, cuando no ocurre nada o todo acontece, cuando las noticias parecen bromas o de una realidad, de una veracidad, aplastante, tanto que nos desborda por lo cruel, por lo absurdo, porque sí o porque no.
A Esquilo, gran dramaturgo de la escena griega, junto con Sófocles y Eurípides, del siglo quinto antes de nuestra era (el Siglo de Pericles, para situarnos), le anunciaron los dioses que moriría aplastado al caérsele la casa encima.
El poeta heleno, negándose a su destino, lo deja todo y se abandona errático a vagar por el campo, al puro raso, donde no hubiera construcción alguna que pudiese caerle.
Entonces un águila, un quebrantahuesos según otras versiones (en realidad un Guyapetus barbatus, 'buitre/águila barbuda'), buscando firme roca para romper el caparazón de una tortuga que había asido con sus garras, vio clara y lisa la redonda calva de Esquilo y, creyéndola la piedra idónea, le lanzó con tal puntería la preciada carga que el vagabundo cayó muerto ipso facto.
El azar y la fuerza de gravedad, la casualidad al fin y al cabo de que en el momento en que el autor de Los Persas paseara justo por donde un ave de presa estaba cazando y, por muy aguda que tuviera la vista, confundiera el brillo de la testa con una roca pulida, hicieron que se cumplieran los designios de los dioses, la profecia, el destino.
Dice Ferrer Lerín en su impagable Bestiario "que aunque alimentada normalmente de huesos aprovecharía en aquellos tiempos -en los que los quebrantahuesos y tortugas frecuentaban el arco mediterráneo- otras fuentes alimenticias a las que trataría de igual manera: lanzándolas desde el aire hasta las rocas para quebrantarlas y devorar su interior, aquí no tuétano sino tortoise soup".
Un recuerdo

Mi familia es bien corta. La familia directa. lo que se viene en llamar consanguinidad de primer y de segundo grado.
No sólo corta, sino también distante. Por la distancia, la palabra lo dice. También por el espacio (por el espacio eterno) (aunque suele morboso).
Son familiares que a veces se cruzan en tu mente y te dejan una estela de dulzura o ansiedad o las dos cosas.
Ayer, con mi padre, recordamos una anécdota de mi tío Nico. El hermano mayor de mi predecesor. Grande en todos los aspectos. Ancho de hombros y de casi dos metros de envergadura, con un gran bigote, en mis recuerdos infantiles, un gigante bueno.
Resulta que en un tiempo fue picador. En Motril se organizó una corrida en la que él participaba, con tan mala fortuna, que le metió la pica al toro por el ojo. O sea, que desgració al toro y por ende la corrida y parte del festejo local.
No hay que explicar la reacción del público. Lo iban a linchar. Así que el apoderado, de tapadillo, le puso la capa del torero sobre los hombros, como única vestimenta por encima del traje de luces, y le aconsejó que tomara un taxi y que abandonara el pueblo lo más rápidamente posible, que los motrileños cuando se les provoca... (y cuando no, pensaría mi tío).
Así que, antes de decir amén, cogió ese taxi y salió por patas del olor de la plaza.
Pero, resulta, que ese mismo día, por los mismos motivos patronales, el arzobispo visitaba la ciudad costera.
Al ver a mi tío dentro del taxi con la estola roja y el sombrero dorado en la cabeza, los lugareños empezaron a aplaudirlo y a ovacionarlo como si fuese el prelado.
Mi tío Nico, no pudo más que adoptar el papel y sonreír mientras saludaba quedamente al gentío, hasta que el taxi desapareció del pueblo, dejando a sus habitantes, como poco, algo desconcertados.
Al finalizar nuestro recuerdo, mi padre me dijo que no me lo creyera, que el tío Nico, como los viejos flamencos, era muy mentiroso. Para mí, sin embargo, mi tío fue picador y desgració un toro en la plaza de Motril y lo confundieron con el arzobispo.
Veo, veo

Mi hijo me sorprendió hace unos días jugando al veo, veo. Lo aprendería en el colegio, supongo. Pero en vez de recitar la cantinela tradicional, entona la versión que Teresa Rabal popularizó para la infancia.
Así no ve una cosa, sino una cosita. Y yo le tengo que preguntar, con el mismo soniquete, ... y qué cosita es. Pero el juego es igual. Aunque algo surrealista con un chiquillo de tres años.
Todas sus palabras empiezan por "u". Y la respuesta es: "una pelota" o "un coche" o "una lámpara".
Luna azul

“Blue moon of Kentucky keep on shining shine on the one that's gone and left me blue…”. Recuerdo oír esta balada country, un clásico de Hank Locklin, en un disco doble (“Sesión de banyo de París”) que compré a principios de los 80. (Versionada por famosos cantantes como Billie Holiday, Frank Sinatra, Ella Fitzgerald, Louis Armstrong, Bob Dylan, Elvis…).
Nunca me he preocupado demasiado de las letras de las canciones (el flamenco es otra cosa), y menos cuando no son en español.
Hasta que una traducción, en forma de poema, llegaba a mis manos. Hasta que una sentencia poderosa saltaba a mi cara. Hasta que su espíritu me conmovía y me llamaba como un extraño paralelismo, como si lo que oyera en realidad lo estuviera pensando, como si cada una de las frases, de los sentimientos fuesen míos.
Hoy, es decir ayer o anteayer, descubrí las lunas azules, gracias a la noticia de una revista de divulgación.
Resulta que una Luna Azul es la segunda luna llena que aparece durante un mes. Normalmente los meses tienen solamente una luna llena, cada 29 días (la mayoría de los meses, salvo febrero, tienen 30 ó 31 días de duración), pero ocasionalmente se cuela una segunda. Así, es posible contemplar dos lunas llenas en un mismo mes. Esto sucede, en promedio, cada dos años y medio.
El sábado, 30 de junio, fue la segunda luna llena del mes. O sea, una luna azul. No es que sea azul literalmente, de hecho muestra un color gris perla, como siempre. Sólo que se conoce de esa manera.
Es lo popularmente admitido. Aunque, más exactamente, es la décimo tercera luna en un año. Me explico, el calendario lunar (que influye en las mareas, en el cuerpo y en las emociones, por ejemplo) es el que determina la ubicación de las fiestas en el calendario católico, así que una luna llena adicional desencajaba estas cuentas.
Cuando la luna aparecía llena trece veces en un año, se consideraba una circunstancia muy desafortunada, en especial por parte de los monjes que tenían a su cargo la elaboración del calendario (de hecho, la luna azul está asociada a algunos fenómenos y acontecimientos extraordinarios).
De esta forma, era necesario la creación de un calendario de trece meses para el año de sendas lunas, y eso distorsionaba la disposición habitual de las fiestas religiosas. Por esta razón el trece pasó a ser considerado un número de mala suerte.
* Kostian Iftica obtuvo una luna azul utilizando un filtro de este color.
Himno nacional (entrega urgente)

Una espina que siempre hemos tenido en España es que nuestro himno carece de letra para poderse corear a voz en grito como La Marsellesa, verbi gratia. Aunque algunos sesudos (a los que generalmente les carga a la derecha) nos intenten ilustrar con algún cartapacio caduco de honrosas (u horrorosas) aproximaciones.
También recordamos la mofa popular del Generalísimo, cuando entre risas entonamos: Franco, Franco / tiene el culo blanco / porque su mujer / lo lava con Ariel...
Ahora me tropiezo con una bella versión, compuesta por Gomaespuma, que no tiene desperdicio. Ideal para salir al extranjero donde la letra no se entiende o no importa. ¿O alguien sabe lo que dice Dios bendiga a África, el himno del continente negro (exquisito, por otro lado)?
Pinchad en el enlace (o copiadlo en vuestro navegador): http://www.youtube.com/watch?v=3mSCOYyoq_g (espero que podáis acceder).
* El humorcito gráfico es de Idígoras y Pachi a raíz del aumento de las tasas de la SGAE por los derechos para escuchar música.
Por mi complejo de sacapuntas

Ayer noche, aún lo recuerdo, en la Peña de la Platería, saboreando un delicioso baile por alegrías de Lidia Pousa, se acercó por mi mesa la chica que dispensa las bebidas y le pregunté escorzadamente, pues se dirigía a otros parroquianos: ¿me podrías traer un Rioja?
Me dijo que sí y se me quedó mirando. Yo le dije, por amor al absurdo: pues tráeme una cerveza.
Así que tuve que tomar zumo de cebada en vez de degustar mi vinito correspondiente.
Recordé entonces otra anécdota que me pasó en un local de Almería estando con un amigo.
Después de la comida y el café, nos dispusimos a tomar una copa. Fui el primero en pedir: me pone un Torres 10 (conocido brandy catalán algo denso y oscuro como la melaza). No, dijo el camarero, tenemos Torres 5 (el mismo brandy catalán pero, como su nombre indica, con menos años reservado).
Entonces, por amor al absurdo anterior, dije: pues me pone dos. Y va el barman y me los pone, a bocajarro y sin anestesia. Menos mal que mi amigo, un poco más lento en decidirse, se tomó el segundo.
De la misma manera, pienso que cuando nos acodamos a una barra y me pregunta quien me acompaña qué quiero y le canta al camarero que se acerca: me pone dos cañas, y yo digo, absurdamente: y a mí otras dos, temo que algún día me las ponga.
Manchas

Me acabo de manchar el pantalón desayunando. Una mancha de nada, una gota de café. Lo suficiente para ir manchado. Le he puesto quitamanchas. Ya veremos.
La cuestión es que llevo una semana... Cinco camisetas en tres días. Y es que, cuando digo de mancharme, soy único. Siempre estoy en medio. Siempre salpica o me arrimo o me empujan o se me cae.
Uno se mancha por torpeza, por descuido o por ansia. Yo, modestamente, participo de las tres condiciones en indistinto orden. El manchado, muchas veces, coincide con el bribón. O con el que no se calla, que suele comer para afuera. Y, por su puesto, con Murphy, con la persona torpe de por sí, a esa que le faltan manos y le sobran dedos.
Por otra parte, una mancha es representativa. En España -todos sabemos- hay una región llamada La Mancha (ahora Comunidad compartida con León), de donde era nuestro ilustre hidalgo Don Quijote (aunque esa no es realmente una mancha al uso, un manchurrón, como quien dice).
Cruelmente -recuerdo-, en nuestra juventud, que a un compañero que salía con una chica obesa, lo llamábamos "don Quijote de la más ancha" (pero ésa es otra historia).
Es famosa la mancha de huevo (con la que te dan con el índice en la nariz). También, es auténtico, el borrón y cuenta nueva del paso de los años o las tachaduras que uno se impone cuando decide cambiar de vida, generalmente para mejorar algunas costumbres.
Caín, dicen, tenía una mancha en la frente. Un estigma definitorio que dominaba su conducta. Era malvado por condición. Por la misma razón, algunos lo absuelven. Sobre ese rasgo, sobre ese estigma han hablado Hermann Hesse en su Demian o Manuel Vicent en La balada de Caín (recomendables).
Es la mancha de los elegidos, es el estigma de los dirigentes. Una mancha igual en la frente la tiene Gorbachov.
Carmen Linares canta por bulerías estos versos: Que con la mancha que llevo en la frente / murmura la gente que yo soy pecadora / mientras yo me metía en mi pecho / mientras que en mi pecho / la traición me llora...
Los animales están orgullosos de sus manchas. Los colores manchados enriquecen la gama. La leche me la tomo manchada con el café con que me he manchado los pantalones.
* FOTO: la mancha de Gorbachov.
Una enfermedad hereditaria

Hoy ya me he enterado definitivamente. El Madrid le ganó al Barcelona en la tarde de ayer. Una noticia trascendente. Lo único capaz de movilizar (o inmovilizar) a la población de un país medianamente civilizado.
Ayer, anoche, se oían berridos por las ventanas. Muchos vecinos se habían reunido con sus amistades, familiares, camaradas, para ver el encuentro definitivo. Los hombres más poderosos de la nación se arrostraban con calzones cortos.
Y, al final, los vencedores (que por mi barrio eran bastantes) se tiran a la calle a festejar lo que han hecho sus ídolos. En mi puerta sonaban petardos, voces de victoria e improperios al contrario. Eran voces infantiles (también en calzón corto).
Yo, a pesar del calor, dormí con la ventana cerrada, pensando que el tinglado futbolero era una enfermedad, como tantas otras (siempre lo he creído así), y que traspasa de padres a hijos, como la soriasis.
Que sueñes con los angelitos

Que sueñes con los angelitos viene a ser una frase hecha que significa 'que tengas dulces sueños', 'que duermas bien', en definitiva.
Anoche, cuando arropé a mi hijo y, después de un beso, le deseé buenas noches, de esta manera: Que sueñes con los angelitos, el niño me respondió: Sí, papá, como si fuera una orden, un ruego o un consejo; imperativo, en todo caso. O, lo más desconcertante, como si el pequeño tuviera voluntad sobre sus sueños.
Después de mucho, parece de birlibirloque, ésta es una de las mejores noches que le he conocido: ha dormido de un tirón y ha tenido un buen despertar a las 7'30 de la mañana que lo he llamado para ir al cole.
FOTO: ninguno es hijo mío, que yo sepa, la foto la saqué de internet (© Cristina García Rodero)
Sobre la Alhambra

Lo confieso, yo no he votado a favor de la Alhambra como séptima maravilla del mundo. Puedo ser tachado de esquirol y antipatriota. Incluso habrá quién me retire el saludo. Pero no pienso caer en ese juego mediático.
La Alhambra es una maravilla por sí sola. Y no porque lo digan los entendidos o una supuesta votación universal. Sino porque yo la he visto, he paseado por ella, me da sombra cuando subo por el Paseo de los Tristes, me mira cuando camino por el Albaicín o recorro el Sacromonte.
Es una maravilla tan mía como yo de ella. De todos los granadinos, de todos los españoles, de todos los habitantes de la tierra.
Que ahora hay que votar. Por qué. ¿Porque lo diga un millonario inglés? ¿Porque lo respalden nuestras autoridades? ¿Porque es el pan y circo del momento?
Y porque vamos a votar por ella, ¿acaso conocemos a sus competidoras?, ¿acaso entran en el ranking todas las maravillas existentes en el planeta construidas por el hombre?
Y maravilla para quién. ¿Para quien ha votado?, ¿para quien emita más votos?, ¿para quien mejor se promocione?...
Las siete Maravillas del Mundo Antiguo eran las Pirámides de Egipto, los jardines colgantes de Babilonia, la estatua de Zeus en Olimpia, el Artemision de Éfeso, el Mausoleo de Halicarnaso, el Coloso de Rodas y el Faro de Alejandría. De ellas sólo quedan en pie las pirámides, que se pueden considerar lo que eran, Maravillas del Mundo Antiguo. Pero nadie las votó. No hubo ninguna reunión. Ninguna decisión de hombres sesudos (u oportunistas).
Fue fruto de los años. Las siete se impusieron por derecho. Los viajeros, todos los viajeros, de la antigüedad así lo atestiguaban. No había duda. No hay duda que las siete maravillas eran esas y punto.
Con estas nuevas siete maravillas quién se beneficia ¿la ciudad?, ¿el monumento?, ¿el notas que ha tenido la idea?, ¿las compañías de teléfonos?, ¿la política social?, ¿las casas de apuestas?, ¿el orgullo patrio?, ¿el ego de cada votante?, ¿los dispersores de la historia?...
Está bien colgarle medallas a nuestro monumento. Está bien que cuidemos nuestro patrimonio. Está bien que mimemos el turismo, querámoslo o no, primera industria granadina. Pero no así. Que no cuenten conmigo.
Corrientes subterráneas

El sábado estuvimos en el cortijo de Juan Pérez, celebrando la mayoría de edad de Isabel Maynés, su familia, sus amigos y nuestros hijos. Un día agradable que se prolongo hasta el anochecer. Comimos, bebimos, reímos y disfrutamos (huelga decirlo).
Pero, quienes mejor saborean esos acontecimientos, para mí que son los niños. El niño se olvida de la realidad y entra en el paréntesis de una fantasía, en el sueño irreal de ser lo que se imagina. Mi hijo, con una espada o un pedazo de palo, vigilaba un castillo que se alzaba a sus espaldas donde todos no vemos nada más que aire (los demás niños también, de una forma u otra, palpaban las torres y las almenas).
La vuelta a casa fue dura. La realidad siempre duele. Con el niño en brazos, puro churrete medio dormido, lo aseé en el lavabo, pues un baño no aguantaría. Comió poco y se quedó dormido.
Y, como a mí me pasa, cuando está muy cansado no descansa bien. Así que a media noche, lo rescaté de sus incubos y lo acosté en mi cama, con su madre. Yo me tendí en la suya, que es donde mejor se duerme de la casa.
Nos lo dijo un brujo, un hombre de campo, un zahorí, que hace unos seis o siete años nos cobró diez mil pesetas, a instancias de mi dueña, por pasearse por toda la casa con unas varillas, comentando algo sobre los “muros geodésicos” y las “corrientes subterráneas”, que la casa, en plena vega, padecía.
Su conclusión fue tajante: la casa estaba mal orientada, debíamos mudarnos. Si acabamos de llegar, nos quejamos. Sólo era un consejo.
Mi mujer se quedó preocupada. Yo era una pizca más feliz antes de saber todo eso.
También nos dijo las zonas de la casa donde la energía era más positiva. Y una de ellas es donde duerme ahora mismo Juan Fernández.
* FOTO: Juan Fernández en el cortijo de Juan Pérez el año pasado (© Manuel Mateo)
Proporción de la pena

Algunos presos que están en la cárcel son inocentes. Mucha gente que pasea por la calle es culpable, sinvergüenzas, delincuentes. No desvelo nada. El ladrón de guante blanco queda impune, en muchas ocasiones. El ladrón a mano desnuda siempre paga.
¿La condena está proporcionada con la culpa? Se supone que sí, se espera que sí. Salvo excepciones, quien la hace la paga en proporción.
Pero, lamentablemente no es así. A mis oídos llegan las noticias de presos que delinquieron en su juventud, por su mala cabeza, por sus malas compañías, y siguen pagando una pena de varios años, que se agravan tontamente. Y el preso ya es maduro y se ha rehabilitado y se ha casado y tiene un hijo y debe seguir pagando...
Un estafador, con dinero y padrinos, ve la cárcel sólo para la foto y poco más. Hay excepciones, como digo, y desconozco el mundo presidiario.
Una de las funciones de la justicia a lo largo de los siglos ha sido buscar esa proporción delito-pena. Al principio de los tiempos era tremendo (a veces, es tremendo en nuestros días). Si robas te cortan la mano, si miras mal te sacan los ojos.
Después llegó Hammurabi con su código: la Ley del Talión, el ojo por ojo y diente por diente. Hoy día una salvajada. En su momento, una exquisitez. Si me empujan, yo empujo, y no le parto las piernas.
Todo esto viene a cuento de que, alternado con Capote, entre otros, estoy leyendo a Voltaire, ese genio de la Ilustración en Francia. En un cuento largo llamado "El hombre de los cuarenta escudos", de alto contenido social, habla de esto mismo: de la proporción de la pena.
Voltaire pone multitud de ejemplos dando por conclusión que en su época (principios del XVIII) los castigos no se acomodaban al delito cometido. Deplora y condena, en su condición de librepensador, estas prácticas. Con multitud de ejemplos nos va demostrando las excelencias de una sentencia justa.
Cuenta este pensador de un prior que ahorca a dos de sus jornaleros por robar un puñado de trigo; o de molinero, que resultó ser inocente, al que le impusieron el tormento "ordinario y extraordinario". La tortura ordinaria de la rueda trataba de ser roto en vivo por un sistema de poleas que tiraban de los cuatro miembros; el tormento extraordinario consistía en ingerir gran cantidad de agua a través de un embudo.
Imaginaros al inocente molinero, Jean Calas (ha trascendido hasta su nombre). Y a su mujer, que lo contemplaba y a sus hijas y a sus amigos...
Voltaire relata "la espantosa aventura de una virtuosa madre encarcelada (que también fue presa), unas hijas desconsoladas y fugitivas, su casa entregada al pillaje, un respetable padre de familia quebrantado por la tortura, agonizando en la rueda y expirando e medio de las llamas" (porque después quemaron sus despojos).
Es preferible que cien culpables salgan impunes a que un solo inocente pague.
Luigi Pirandello decía: "Si el errar es propio de humanos, ¿no es la justicia una crueldad".
Ayer tomé un vino

Adán, nuestro padre primigenio, espermático, cuya supuesta tumba está en Hebrón, por si le interesa a alguien además del que suscribe, ya conocía el vino. Pero se encontraba sobrio, completamente sereno, cuando tuvo la delicadeza de rechazar esa oferta sin precedentes, de paraíso terrenal más vida eterna, que un dios de estreno en su oficio (llevaba tan sólo unos días trabajando) le ofreció libremente, a pesar de conocer la respuesta.
Se vieron desnudos por primera vez. Sintieron vergüenza de su cuerpo. Nació el erotismo, la atracción, la belleza del cuerpo (hasta ahora sólo era bella una puesta de sol, una mariposa, un manzano, que terminó por complicarles la vida). Y, con su negativa, Adán y Eva firmaron su sentencia de muerte, pero también sembraron el amor a la vida (sólo se ama lo que se puede perder o lo que se ha perdido) y esparcieron una esperanza.
Eva y Adán dijeron "no, gracias", renunciando al azúcar de la fácil salvación, pero abrazando la sal del pecado, de las desviaciones, de los vicios... No a la rosa sin más. Sí a la rosa con espinas. Por un momento simpatizaron con la tentación en forma de sierpe. En un instante, darían casi sin saberlo, cuartel a los cientos de miles de personas que viven de la industria del vestir.
Y, como me estoy desviando de lo que quería contar, retomo el hilo espirituoso y lanzo una pequeña denuncia.
Soy vinícola. Buen bebedor de vino. De ninguna manera un experto. Suelo beber vino con todas las comidas. Una bebida sana, buena para el corazón y no sé qué más cosas, sin abusar, se entiende (todo abuso es malo). Se me antoja que es nuestra bebida, el licor del sur, el caldo mediterráneo, más refinado, más elegante; frente al sabor bárbaro de la cerveza, propia de pueblos del norte, con pieles y con cuernos, que, además, te suelta la vejiga.
Mi amiga Búha, que sí que sabe de vinos, dice que un vino es bueno cuando te tomas una copa y después otra y después otra y después la botella y no pasa nada, no te pega el castañazo, el subidón. Quizá maree, pero al día siguiente la resaca es sólo el buen recuerdo.
Para beber hay que comer. La cultura de la tapa es imprescindible para ingerir estas maceraciones. Incluso, hay determinados caldos que se saborean mejor con algún picoteo, llámese queso, ahumados o frutos secos.
Lo malo (o lo bueno) del vino es que te acostumbras (a veces, hasta crea dependencia). Digo, te acostumbras a su sabor, su olor, su color, su textura, su densidad... Y ya no tomas otra cosa normalmente. Y esperas calidad o al menos decencia.
Aunque no en todos los lados se pueden tomar este néctar. Puede estar pasado, picado, astringente, caliente, frío, manoláctico...
Ayer, mientras esperaba a mi dueña con el niño dormido en su carrito, me senté en una terracita y me pedí un vino. Al primer sorbo advertí el doble dolor de estómago que sacaría de ese momento relajado. A saber, el vino no estaba muy en condiciones y me cobrarían para pagar la botella, casi.
* ILUSTRACIÓN: El vino a las 3 (© Germán Caporale)
Aproximación a la teoría de los contrarios

Lo más fácil para introducirnos en esta teoría es, con perdón, pensar en las mal llamadas desviaciones sexuales (mejor conocerlas como erotomanías) (grandes erotómanos conozco) (mujeres y hombres muy respetables).
Atendamos pues algunas inclinaciones como el boyeurismo (el mirón, en un español más castizo) o el sadismo. Sus contrarios serían, el exhibicionista y el masoquista, respectivamente. En sí "aberraciones" todas ellas, si las víctimas, o sea, el observado y el apaleado son inconscientes. Pero si comulgan con su contrario, estos pecados se trasforman en actos la mar de saludables e incluso virtuosos.
Ahora, menos extremo, pienso que hay gente que le gusta leer el periódico de los demás, visualizarlo por encima del hombro. Prefieren ojear el diario de la mañana y no hojearlo. Ver y no pasar sus hojas. Hay quien le molesta y se cubre con el brazo, con el hombro, como en los exámenes de la escuela o se dan la vuelta o cierran el periódico directamente, si se enteran.
Por mi parte, no me importa en modo alguno hacer de atril, compartir mi lectura, marcar el ritmo con mi hojeo, con el interés que le presto a cada noticia. El ojeador o mirón o voyeur en definitiva, va apañado si lo que desea otear son los deportes.
En casa, salvando las distancias, más que contrarios debe haber complementarios. Si te gusta (o te disgusta menos la plancha) a mí me gusta la cocina. Y si yo riego las macetas, tú limpias la jaula del búho (es un decir, pues no tenemos búho ni jaula que limpiar ni ganas de mascota que pida pan) (¿quizá un caniche de gomaespuma o un patito de goma azul que habla?) (¿o todo lo contrario?).
Lobos

Es un tema del que se podría seguir hablando a lo largo de los años. Los lobos dan mucho de sí.
El lobo, ese salvaje superviviente de los carnívoros europeos, tiene una merecida fama de malo, malo. Es el más malo de los cuentos y fábulas de toda nuestra tradición continental. Y sigue siendo el malo en películas, relatos y dibujos animados. Sin embargo, es un ser admirado, elegante y gremial.
Blancanieves, Los tres cerditos, Los siete cabritillos... todos tienen (temen) al lobo como enemigo 'feroz' que, no obstante, siempre sale mal parado, escaldado, engañado y sin comer otra cosa que no sean piedras.
Aunque, a decir verdad, el niño (y más cuando ve la imagen inofensiva de una ilustración) siente una llamada interior que lo hermana con el lobo. Por el lobo se puede exclamar "ánimalito", lo que nunca diríamos de los cerdos o de las cabras.
Prueba de ello, aunque el lobo fuera un coyote, la tenemos en los dibujos del Correcaminos. La mayoría de los niños-adultos con los que he hablado simpatizaban con el cánido y, por decirlo de algún modo, les hastiaba la perfecta agudeza del pajarraco.
Paco Ibañez cantaba en su mundo alrevés a un lobito bueno, reconociendo que el epíteto lobuno es todo lo contrario. El lobo símplemente sigue su instinto de supervivencia y se acerca a los rebaños, como nos acercamos nosotros al frigorífico, y acaba con una o varias ovejas vivitas y que balan (no confundir con una marca deportiva).
También han atacado al hombre, al pastor, al niño que camina solo, a esa niña con un tarro de miel en la cestita y a su abuela. Era un asesino sin más. Un ser sin escrúpulos que podría muy bien comer lechuga y dejar a los corderos en su silencio. Hobbes decía: Homo lupus homine, que quiere decir que 'el hombre es un lobo para el hombre'. (Sartre, retomando la idea, afirmaba, en su obra A puerta cerrada, que el infierno del hombre son los demás hombres.)
Boris Vian, remedando toda la tradición fantástica europea, concibió al lobo-hombre. Un lobo normal y corriente que, en las noches de plenilunio, se convertía en hombre (una metamorfosis más angustiosa que la de Gregorio Samsa). Más tarde, un grupo español de los 80, llamado La Unión, reprodujo esta historia cantando un lobo-hombre en París (su nombre Denís).
A decir verdad, todos tenemos algo de lobo, nuestro comportamiento social es de manada aulladora (aunque preferiríamos ser familia de elefantes, más civilizada). De hecho, los italos y, por ende, los romanos y todos los europeos descendemos de una loba, de la leche de la Loba Capitolina.
Algunos autores, agudizan la historia, diciendo que en realidad era una zorra. Me explico, era una loba, versus zorra, porque cobraba por sus servicios. En la Roma arcaica, a las meretrices se las denominaba lobas, o sea, lupus, de ahí el término de 'lupanar'.
¿Quizá nuestra atracción por la luna llena tenga reminiscencias de lobo?, ¿o de hombre-lobo?, ¿o de lobo-hombre? Y una última pregunta: ¿por qué a ciertos ejecutivos se les conoce como lobis?
* Foto extraída de la Revista Litoral: texto de Rafael Alberti, escrito en Roma: Peligro para caminantes, en Obras completas. Tomo III. Poesía 1964-1988, Madrid, Aguilar, 1988. Su traducción sería: La vieja loba madre / Ha sido derrotada por los gatos. / Rómulo y Remo bajan por la noche / Para mamar la leche de las gatas / Y jugar con los gatos por los Foros.
Por qué se me ocurriría traducir al pato de goma azul

Entre los juguetes de mi niño, para hacerle agradable la hora del baño, se cuentan dos patitos (y una ballena y un pingüino y una rana y dos barcos...). Uno verde y el otro azul. Al verde, se le tira de un cordel y mueve las patitas hasta que la cuerda se acaba. En teoría hace unos largos como del comandante Cousteau, pero el perímetro de la bañera no le permite explayarse.
El azul, me complica la vida. Al contacto con el agua se pone a graznar (no confundir con las declaraciones de Gosé M.ª Aznar). El primer día que hizo "cua-cua, cua-cua-cua, cua-cua", se me ocurrió traducirlo para mi desgracia.
Digo "para mi desgracia" porque ahora estoy obligado a interpretar todas las sandeces que se le ocurren al plumífero, que si está buena el agua, que tienes que ser valiente y dejar que te echen agua por la cabeza, que ya es hora de salir, que el agua se está enfriando, que peinaté, que tienes el pelo de punta, que cua-cua, cua-cua-cua, cua-cua...
No siempre lo entiendo. Es decir, no siempre tengo cosas que decir, no se me ocurre sencillamente algo coherente, instructivo, gracioso, convincente, etc., y mi niño, Juan Fernández, me acribilla con la misma pregunta repetitiva: "¿Qué ha dicho el pato?", "¿Qué ha dicho el pato?", "¿Qué ha dicho el pato?"...
Y, si por suerte se calla, que a veces sucede por falta de movimiento, ruido, atención o no sé qué, la pregunta es: "¿Por qué no dice nada el pato?", "¿Por qué no dice nada el pato?", "¿Por qué no dice nada el pato?"...
Temo que, si escondo el pato, como he llegado a pensar, en el momento menos oportuno delate su escondite: cua-cua, cua-cua-cua, cua-cua... y volveré a estar perdido.
Alergías

Quien esté libre de alergías que tire el primer kleenex.
En estos momentos, cuando el mundo es un nido de agresiones, es difícil escapar de sus consecuencias.
Efectos del maltrato a la tierra hay muchos: escased de agua, efecto invernadero, lluvia ácida, desertización, contaminación atmosferica y acuífera, exceso de basura, comida artificial... Por no hablar de la pérdida de valores, indiferencia y nihilismo, intolerancia, aumento de la violencia, desigualdades...
Uno de los resultados, quizá leves, pero generalizados y preocupantes, de esta evolución (¿involución?) es el crecimiento, desarrollo y mutación de los brotes alérgicos en las personas. Al igual que el nacimiento de intolerancias nuevas, antes casi impensables.
Todos somos alérgicos. En un grado u otro, todos padecemos intolerancias.
Nacen, sin embargo, tratamientos de choque alternativos, medicinas y comidas más "naturales" (o antinaturales), que llenan el mundo de ecepciones, llegando a considerar la normalidad como lo extraño, como lo raro, lo anormal.
Por estas fechas es normal (¿normal?) cruzarse con gente con mascarilla por la calle, esnifando y pegándose chupinazos con aerosoles. Tenemos alergia a las gramíneas, al olivo, al ciprés, al plátano de sombra... pero también al gluten, a la lactosa, a la albúmina (que se encuentra en la clara del huevo), al anisaquis (para fastidiar a los japoneses)...
Mi cuñada es alérgica al Látex y yo le preguntaba ambíguamente, con cierto matiz picante en mi sonrisa: ¿y cómo lo hacéis?. Ella, cogiendo elegantemente el testigo, para crearme una sombra de vergüenza y envidia, contestó: "existen otros métodos".
Yo, sin lugar a dudas, a lo que soy alérgico, y cada vez más, es al abuso y la violencia, verbi gratia.
Pintadas 3

Como prometí, hace más tiempo del deseado, hago relación de las pintadas que recibí en su día, debido a un llamamiento que hice a la sazón, con un eco limitado pero de una calidad encomiable. Efectivamente, en un artículo publicado el 19 de abril, llamado “Pintadas”, algunos de los asiduos a este blog me respondieron con algunas pintadas que ellos recordaban.
Esto me dio la idea. Al día siguiente hice un llamamiento a toda persona interesada para que “a vuelapluma apuntaran sus mensajes favoritos vistos en alguna pared”.
Como digo, el resultado, aunque no muy numeroso, fue de lo más sugerente. A continuación paso a relacionarlas:
La foto que antecede estas líneas es de mi amigo Manuel Mateo (elojodemateo ), que es parte de una décima y confiesa que es “una joya, la más bella pintada que jamás vi... lastima que tengan que ensuciar las paredes”. La encontró en la calle de la Colcha, hará como unos tres años o así.
La segunda foto es de Pablo Peregrín. La encontró “sobre un muro de uno de los almacenes del apeadero de tren que hay entre Charches y La Calahorra, y al parecer, toda la estación era un decorado de las peliculas de espagueti western que rodaba Sergio Leone entre Almeria y Granada”.
Mi compañero Bucanero (octubra ) apunta, porque le gusta, esa de “Nietzsche ha muerto. Firmado Dios”. Al día siguiente, este mismo comentarista, deja caer una utopía que encuentra en en una fachada de Pinos Genil: “Sé realista... pide lo imposible”.
Miguel Ángel González, por su parte, comenta: «En la calle San Juan de los Reyes, a poca distancia de la cuestecilla que asciende hasta Placeta de Toqueros, la jamba de una puerta inquietantemente nos interroga con esta memorable pintada: “¿Existe vida antes de la muerte?”».
Una amiga del ciberespacio llamada Marsu comenta: «Yo tengo una de mi pueblo, que me encanta: “Procura que el presente que vives se parezca al futuro que sueñas”».
Con patines, se apuntó también a la rueda y nos manda nada menos una frase que vio en Huesca y según parece le recordaba a mí: “Estos Japonudos son Cojoneses”. Y continúa con “una muy bonita en Barcelona y en castellano”: “Quise ahogar mis penas, pero las muy Jodidas flotaban”. Para terminar, por si no era suficiente, Con patines nos apunta la que su compañero tiene como fondo de pantalla en la oficina: “Campaña de Protección de nidos: no me toques los huevos”.
Mi querida B, lanza esta humorada que encontró en la fachada de una iglesia de Cuenca: “Cerrada por defunción del hijo del dueño” y completa con esta aclaración: “Sólo duró una noche...”. En otro comentario, sigue echando leña al fuego: “Dejemos el pesimismo para tiempos mejores”.
Al día siguiente y excusándose por su tardanza, la señora Cuti recuerda una frase que no recuerda dónde estaba: “La primavera está hasta los cojones del Corte Inglés”.
Como ven, no hay desperdicio. Seguro que hay más pintadas que recordamos y seguro que ahora nos fijaremos más en las que siempre nos han acompañado por las calles por donde pasamos.
Gracias a los que han colaborado. Gracias a los que me leen.
Hormigas

Un par de libros de supervivencia que manejaba en una juventud de explorador solitario y viajero serrano, con más senderos a mis espaldas de los que recuerdo, coincidían en una curiosidad culinaria. Esto es, que las hormigas son un buen sustituto de la sal.
Nunca llegué a probarlo a conciencia, sencillamente porque no me apetecía sazonar la ensalada con bichitos o salar el huevo con algo que enturbiara sus colores papales.
Reconozco, sin embargo, que en la vida de fortuna de cientos de aventuras y acampadas, comiendo a veces con mucha suerte: con frío, sin luz, a ras del suelo... habré compartido mesa (es un decir) con hormigas, mosquitos y otros bichos. Quiero decir que los habré ingerido sin más.
Contaban que los legionarios comían lagartijas y crudas (se podían comer el rabo y como les sale de nuevo, tener comida para una buena temporada) (que no es rabo de toro, pero ante una necesidad...)
No he comido hormigas porque no tengo por qué comer hormigas. Además, me dan cierta pena. Las hormigas tan afanosas, tan ordenadas, siempre en caravana (pero sin atascos), tan cabezonas, tan fuertes y disciplinadas. Pobre hormigas si en vez de sustituir a la sal sustituyeran a la pimienta (que el color es más apropiado) o al azafrán (con lo caro que está) o al tabaco negro, o rubio (también hay hormigas rojas).
Ahora en mi casa hay hormigas. Qué digo hormigas, son hormiguitas de tan pequeñas, negritas, casi transparentes, que, en el suelo del baño, que es amarillo, se ven perfectamente.
Mi mujer se pone de los nervios, que si una plaga, que todos los años por esta fecha, que hay que eliminarlas, que mira por donde van, que mira donde se han subido... Y a mí me da cierta pena su inocencia, su vulnerabilidad, su inocuidad.
No sé si juntarlas y conducirlas como en Hamelín con azúcar a lugares menos alarmantes, llámense la calle, el patio, la casa de un vecino más tolerante, o meterlas en un salero para momentos de escasez.
Remanso de paz

El otro día, el miércoles pasado sin ir más lejos (ni más cerca) experimenté un viaje cósmico, una estancia en un agujero negro, sin tiempo, sin espacio, otra dimensión.
Estuve, para vuestro conocimiento y probable envidia, en un convento de clausura. En concreto pasé un par de horas en el convento de las Tomasas en pleno Albaicín.
Un familiar mío, una tía de mi madre, vive allí retirada y, por razones diversas, requiere de vez en cuando mi presencia.
En principio fui para sólo un momento. Pero el tiempo se ralentizó, el reloj se fundió en mi muñeca y la realidad se convirtió de inmediato en la nebulosa de un agradable sueño.
Separados por rejas, como Dios manda, tratamos nuestros asuntos (también los terrenales), mientras saboreaba una infusión de manzanilla de su huerto con un poco de salvia.
Al tiempo, ya relajados, me hizieron pasar al convento, haciendo la vista gorda (Dios perdonará), pues debía solucionarle algún problema informático.
En las Tomasas conviven siete hermanas, tres de ellas muy mayores y enfermas, y el convento es enorme. Cuando visité uno de los patios floridos y cariñosamente cuidados comenté bromeando (y sabiendo la respuesta) si admitían huéspedes. Confesé que me hacía falta un retiro espiritual o un espiritual retiro. Nos reimos. Yo abiertamente, con cierto regusto de envidia. Ellas de forma muy discreta, clausurada, pensando, en el mejor de los casos, que eso era imposible.
Salí del claustro y entré en la ciudad y, puede parecer broma, pero me encontraba más feliz y relajado y sonriente y en paz. Amén.
* FOTO: nucleo urbano del Albaicín.
Gracias

Ayer, al bajarme del autobús por la puerta delantera (ventajas del trasporte periférico), inmediatamente detrás mío, se apeó un sudamericano indefinido (se lo noté por el tono de la voz y quizá por la piel aceituna), que, volviendo la cara, exclamó en el último peldaño: "¡Gracias!".
Yo me pregunté gracias por qué. ¿Porque le han llevado de un sitio a otro?, ¿porque el precio ha sido módico?, ¿porque se ha conducido correctamente sin infringir ninguna norma?, ¿porque no hemos chocado ni atropellado a nadie por el camino?, ¿porque ningún pasajero loco ha sacado un arma o se ha inmolado entre los asientos del fondo?, ¿porque no nos hemos quedado sin gasolina en mitad del trayecto?...
Gracias, por qué. Si has pagado religiosamente tu billete y el autobús ha hecho su servicio...
Sin embargo, gracias, por qué no. Si no nos cuesta nada. Si deberíamos ser agradecidos cada minuto del día tan sólo porque respiramos o porque luce el sol o porque está lloviendo o porque hay flores o porque ríe un niño o porque muchos se aman y se besan o porque alguien cumple con su deber.
Lo que más me llamó la atención, empero, es que el conductor respondió con toda naturalidad: de nada.
Limpieza

La limpieza siempre es peligrosa. No me refiero a la limpieza en sí, en su acepción higiénica, sino al expurgo de nuestras posesiones, casi siempre, cuando el desorden oprime. O sea, lo que se dice hacer limpieza, despejar nuestros recuerdos tangibles de lo que creemos que ya no nos sirve o no nos es útil.
Basta con deshacernos de algo que guardábamos por si acaso durante años, para que a la vuelta de la esquina lo necesitemos.
Son pérdidas relativas, en realidad. Cuando tiramos algo lo hacemos con dolor quizá, pero a conciencia. Muchas veces, sin embargo, nos da alegría de deshacernos de algunas pertenencias, algunos recuerdos que no hacen sino anclarnos al pasado, a momentos que ya no volverán, sean buenos o malos.
Lo peor sin embargo es "prestar" algo porque no lo utilizamos de momento y cuando nos hace falta no lo tenemos o no sabemos dónde está o no recordamos quien lo tiene, que, voluntaria o involuntariamente se ha vuelto olvidadizo o amigo de lo ajeno o símplemente se ha apropiado de lo que está en su poder durante tanto tiempo ignorando quizá su pertenencia (el olvido afecta a todos).
Dicen que hay dos clases de tontos, los que prestan libros y los que los devuelven, y yo, amigos, soy de las dos clases.
Tapaderas

Además de un primer significado ('pieza que se ajusta a la boca de alguna cavidad para cubrirla, como en los pucheros, tinajas, pozos, etc.'), la Real Academia apunta en su diccionario la acepción de 'persona o cosa que sirve para encubrir o disimular algo'.
Es normal en la novela negra y en las películas de policías, de la mafia, de espionaje... la tapadera, el negocio limpio que oculta otro sucio.
En Granada hay algunas tiendas de muebles sin movimiento alguno, sin luz apenas, sin apertura regular... que seguro son tapaderas para blanquear dinero probablemente. (Fantaseo). (No me tomen en serio.) (Es un ligero parecer.) (Vaya a ser que me meta en algún lío.)
Les Luthiers referían en una de sus grabaciones una especie de contra tapadera, en la que definían un local de juegos clandestinos y apuestas ilegales pero que en su fondo funcionaba un almacén.
Tapaderas son las que usan algunos señores y señoras que tienen una doble vida. Era común, cuando la homosexualidad era pecado nefando, ocultarla bajo un matrimonio de conveniencia, generalmente consumado con algunos inocentes retoños (hoy día inexplicablemente sigue pasando).
Lanzarote dicen que es una tapadera, una isla flotante, como Delos, en el Egeo, lugar de nacimiento de Apolo y Artemisa.
* ILUSTRACIÓN: Isla de Lanzarote, una tapadera.
Pintadas 2

Como decíamos ayer (frase reconociblemente unamuniana pero de empleo nada simbólico, sino vulgarmente real) la pintada es un grito en la pared, la exaltación de un sentimiento o de una queja.
A raíz de "Pintadas" recibí dos comentarios al respecto, apuntando sendas pintadas que han dejado huella en dichos usuarios. Una la trae a la palestra Bukanero, que expresa a la sazón: "Nietzsche ha muerto. Firmado Dios". La otra la expone con magisterio Miguel Ángel González y dice: "¿Existe vida antes de la muerte?".
Esto me ha sugerido la idea de hacer un llamamiento a los lectores de este blog para que me dejen alguna de las pintadas que recuerden o le hayan impresionado (que viene a ser lo mismo) en el apartado COMENTARIOS.
Con todas las frases (que espero que sean bastantes) elaboraré una próxima entrega de "Pintadas".
A voz de pronto, se me viene a la cabeza una declaración que encontré en un muro por el barrio del Realejo, entrando en la plaza de Santo Domingo, que rezaba de esta guisa: "Dios es mariquita". Es tremenda. No se sabe si es algún tipo de menosprecio hacia el hacedor (quiero pensar que no) o, por el contrario, la vindicación del ser supremo hacia el tercer sexo, con todo lo que conlleva.
Echadme una mano. Es un juego divertido, además de ilustrado. Pueden salir notas más que interesantes, además de probar la interacción de esta bitácora. O sea, el poder de convocatoria de un servidor.
Pintadas

Ayer, en una calle marginal en las afueras de la ciudad, hacia el norte, encontré una pintada en una pared (dónde si no) en la que nos convocaba a una huelga para dentro de unos días. Al no estar fechada, puede ser la cita para este año o, más probable, para años anteriores.
Las pintadas, los grafitos (grafitis en plural) constituyen una tradición social desde el principio de los tiempos. Expresarse, manifestarse, en los muros, en las piedras... nace con el hombre mucho antes que la escritura.
Las primeras manifestaciones artísticas de la humanidad se encuentran en las paredes de las cuevas. Son interesantísimos los petroglifos en las calles de Pompeya. Gran número de ellos de corte erótico (algún día haré una selección).
Es como un grito. Es una expresión desesperada, un manifiesto pasional.
La escatología está bien presente en los retretes públicos (hay varios estudios al respecto). Seguramente, el número más elevado de pintadas son políticas, de todos los colores, generalmente firmadas.
Pero, si tengo que elegir, me quedo con las declaraciones amorosas, los arrebatos, a veces desesperados, las inclinaciones de nuestro corazón: tal quiere a tal o me muero por tus huesos.
Rosa Montero se preguntaba, ante una de estas viscerales expresiones, qué le llevaba a un enamorado a grabar su nombre junto con el de su amada, o viceversa, a la vista de todos, quizá con un corazón, quizá atravesado por una flecha.
También los hay anónimos, que son como códigos secretos. "Te quiero nena", se puede leer subiendo por el río. Ellos sabrán.
Hay mucho de que hablar. Pero, para concluir, os dejo con una pintada de hace años en el metro de Madrid que decía "Se suspende el futuro por falta de participantes".
Elegancia

Conozco la anécdota por habersela leído al perfumista francés Eugene Rimmel (1820-1887). No recuerdo los detalles, sin embargo. Aconteció, posiblemente, en la corte de Luis XVI de Francia, un rey tan exquisito que concibió la forma de la copa baja de champán haciéndole un molde al seno de su amada. O, puede que fuera, con menos probabilidad, en tiempos de su abuelo Luis XIV, ese monarca excesivo. Pantagruélico en el comer, Príapo en el amor, tonante en gobernar.
Un personaje de la corte. Un marqués o un conde acudió a una fiesta galante, una lujosa llamada real o de alguno de los satélites de la corona. Al llegar este indivíduo, le tendió la mano anillada la anfitriona del convite para que se la besara, comentando llanamente: qué elegante viene usted.
Él caballero, con una leve sombra de indignación, preguntó a su vez: ¿se me nota?
"Sí", respondió fielmente la dama principal, adornando su aseveración con las flores más hermosas de un buen cumplido.
Se dio la vuelta entonces nuestro personaje y marchó a su casa para cambiarse, queriendo decir que la elegancia es discreta, cuanto es tremendamente manifiesta pasa por cursilería, artificio o pastiche.
La elegancia debe ser natural, ni forzada ni extridente. El mejor perfume deja de ser eficaz cuando de él se abusa. La excesiva finura en el trato te hace parecer sospechoso. Saber comer quiere decir comportarse con moderación, ser educado, respetuoso y natural en el uso de los utensilios. Nada más ridículo que utilizar instrumentos sin saber. Nada más patético que alzar el dedo cuando se bebe, mojar sopas con el tenedor, partir el huevo con cuchillo.
Te diré quien eres

Dice el dicho (valga la redundancia): "Dime con quien andas y te diré quien eres", achacándole a tus compañías la imagen de tu persona. Las buenas gentes se juntan entre ellas y la bondad se comparte, se expande, se contagia (A quien buen árbol se arrima, buena sombra le cobija). De igual manera, quien se junta con malas compañías, algo se le pegará, si no es él quien (también) influye en los demás.
Esto es de cajón. Y, muy lejos de mis intereses es dar una tópica lección moral. Lo que deseo es abarcar un poco más. "Con quien andas", describiría nuestras inclinaciones y preferencias, nuestros gustos y nuestras acciones, nuestro entorno y nuestros anhelos, eso que Ortega y Gaset (¡vaya dos!) llamaba nuestras circunstancias ("yo soy yo..." ya saben). (Otro pensador dijo "soy el que soy"). (Y otro, ratificó "ergo sum"). (Ballester, sin embargo, novelizó "Yo no soy yo, evidentemente).
Jugando con el concepto, escribí en cierta ocasión: "Dime en que escaparates te paras y te diré quien eres". O sea, lo que te define es hacia lo que se dirigen tus narices, tus intereses, tus ganas. O sea, tú, además de tú, eres lo que deseas ser.
Ahora me encuentro, en un libro llamado "Viajes con Herodoto", del polaco impronunciable Ryszard Kapuscinski, muerto recientemente, Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2003 y modelo de periodista exterior y viajero impenitente: "Dime cómo te vistes, cómo te comportas, qué costumbres tienes, a qué dioses adoras y te diré quien eres".
* IMAGEN ideal de Herodoto, pues nadie sabía cómo en realidad era.
Bostezo

Los griegos llamaban bostezo al vacío, a la ausencia, al caos, a la nada. Bostezo es lo que existía (o sea, lo que no existía) antes del Océano y de la Noche, antes de la Madre Tierra y de padre de los dioses, incluso antes que el Huevo Universal.
Cuando bostezamos, mientras dura el bostezo, pasamos de ser a no ser, se anulan nuestros sentidos más elementales. Cerramos los ojos. Se apaga también una luz en nuestro interior. Clausuramos nuestro entendimiento. El bostezo es hermano de la amnea.
Todos bostezan, desde el más rico al más pobre, desde el rey al último plebeyo, desde el más féliz al más desgraciado. Ya no hay diferencia entre hombres y bestias. Los animales bostezan igual que los humanos y el vacío es el mismo, la nulidad es semejante.
Es algo primitivo. Bostezábamos en tiempos de dinosáurios y bostezaremos teletrasportándonos (si llega el caso) (que llegará) o en la máquina del tiempo que, si existiera algún día, ya existe, porque el tiempo no tiene fronteras, no tiene límites y, en este caso, no tiene tiempo.
No sólo se bosteza de sueño. También bostezamos de cansancio, de aburrimiento o por hambre. Se bosteza igualmente al cambiar de actividad. Y los bostezos suelen ser empecinados. Ahoguemos un bostezo y pugnará por manifestarse más pronto que tarde. Y disimulemos la boca abierta que el bostezo nos vencerá.
Casi siempre aparece doble o múltiple en sus dictados. Y vienen acompañados de lágrimas que no son de dolor ni de alegría, sino involuntarias de ausencia de deseo.
Cuando bostezamos bajamos la guardia. Somos vulnerables. Somos animales indefensos, formamos parte de la nada, del universo caótico sin agua y sin luz (y no porque la haya cortado el ayuntamiento).
El asiento doble

En los autobuses urbanos de Granada, y supongo que de algunos otros lugares, han puesto algunos asientos individuales un poco más anchos que los demás, pensando en las personas de más envergadura o simplemente para aprovechar el espacio sobrante. Muchas veces me veo obligado a ocupar esos asientos y me da cierta fatiga porque no lo lleno ni a la mitad. Cuando voy cargado con alguna bolsa o equipaje lo agradezco, pero cuando voy pelado, ligero, los recorro como un garbanzo en una lata con los vaivenes del conducir.
Me da alegría en cambio cuando un señor o una señora los rellena. Pasajeros que se les queda pequeño el asiento convencional, usuarios que sin querer ocupan dos plazas y desplazan al compañero de asiento o lo arrollan casi literalmente. Pero más alegría me da cuando ese butacón lo comparten un chico y una chica, una pareja que a veces, de tan juntos, les sobra espacio.
Marzo

Cuando marzo está dando sus últimos suspiros recuerdo que iba a escribir sobre los meses. Así que lo agarro por los pelos y os cuento.
Lo primero que se me ocurre de marzo es que este fue el mes en que asesinaron a Julio César, el primer emperador romano. El tiranicidio tuvo lugar en los idus de marzo, que viene a ser como a mediados de mes, el día 15.
En marzo empieza la primavera, el 21, que este año, como escribía Henry Miller (no recuerdo en qué libro), llegó como una liebre congelada. Nos esperan días alternos. Frío, sol, lluvias, viento y playa. Aunque ya se sabe, hasta el 40 de mayo...
La primavera es la renovación de la vida. La primavera la sangre altera. Marzo, los almendros en flor y los mozos en amor.
Aunque volverá el frío y la lluvia. Ya lo dice el refrán: marzo y septiembre, el tiempo revuelven; o marzo varía siete veces al día; o marzo marcero, tan pronto sol como aguacero; o marzo marceador, de noche llueve y de día hace sol; o marzo, trenta y un día tiene y trescientos pareceres; o marzo ventoso y abril lluvioso, hacen del año florido y hermoso...
Para terminar, un consejo: quien en marzo no poda la viña, pierde la vendimia (no sólo referido al mundo de las uvas.
Encantado de reconocerte

Hay un amigo que siempre me presenta a su mujer cuando nos vemos. Incluso pregunta si nos conocemos. Sí, afirmamos casi al unísono (nos faltan todavía un par de encuentros). Él, como si no oyera nada o le diera totalmente igual si nos hemos visto o no antes de hoy, nos vuelve a presentar. Nosotros, su mujer y yo (sin ninguna premeditación), nos besamos en ambas mejillas mientras sonriemos.
Yo, sinceramente, agradezco tal honor, porque un rostro es difícil que se me olvide, pero un nombre... Así, en nuestro encuentro, él dice: esta es X, mi señora. Y yo: encantado, señora X. Y él: éste es Jorge y tal y tal (coletilla definitoria de mi ser que más le pueda interesar o impresionar a su mujer). (Hay quien presenta diciendo lo que tienes y no lo que eres.)
Este amigo no es el único que me "representa". Gentes de diferentes círculos caen en la misma repetición, en la misma repetición, en la misma repetición. No me refiero a quien te presenta a alguien por primera vez, ignorando que ya os conocéis, sino a ese que en cada encuentro te hace entrechocar la mano de su acompañante. Dan ganas de decir: "encantado de reconocerte" o "estoy harto de que nos presenten" o "ya va siendo hora de que se enteren de que nos conocemos".
También hay un reconocimiento, quizá más peliagudo. Y es cuando conoces a alguien que ya lo conocías y se te ha traspapelado en la memoria, bien porque hace una infinidad de años que no os veis, bien porque ha cambiado radicalmente de aspecto. No sé, se ha hecho punk o mormón o hermana ursulina; se ha teñido el pelo o se le ha caído del todo; se ha tatuado y se ha puesto piercings hasta en el cielo de la boca...
A veces él te conoce y tú no a él o tú lo conoces y él a ti no (puedes quedar como un marmolillo, de cualquier manera). O puede que os conozcáis y no sabéis de dónde o preferís olvidar o desearíais no haberos conocido.
Con todo y con eso, hay una agradable comicidad en el reconocimiento. Puede que sea la segunda oportunidad a un mal encuentro. Quizá sea la forma más auténtica de programar un inesperado encuentro. Es lo contrario a una cita a ciegas.
Contraseñas

He optado por poner la misma contraseña a todo lo que lo requiera, siempre que se me pida. Al igual, las claves de acceso, intento unificarlas, pues en más de una ocasión las he olvidado.
En cierta ocasión no pude sacar dinero del cajero de la caja de ahorros porque no recordaba los números mágicos. El móvil se me bloqueó, hará un par de años, porque no acertaba a componer el código pin (y no digo nada cuando lo que te piden es el código pun) (que yo creo que por eso salieron los muñequitos pin y pon, para familiarizar a los niños).
Antes tenías bastante con recordar algunas fechas, media docena de números der teléfono, tu peso y tu estatura, algunos números de calle y letras de pisos... Pero ahora todo tiene un abracadabra.
Para colmo, para los de memoria cansada o cerebro rebosante, se nos impone una regla mnemotécnica para recordar la sucesión de números o la palabrita que te da acceso a lo que se supone que es de tú propiedad, donde teóricamente tú puedes entrar, sobre todo tú, exclusivamente tú.
Se ha demostrado, he leído últimamente, que, más que el paso de los años, interfiere en la memoria (o sea, en el olvido) los nervios. Ahora me entero de que debo ser muy nervioso, pues soy muy olvidadizo, muy desmemoriado.
Dicen que dios les dio piernas a quien no le dio cabeza, es decir que si se te olvidaron las llaves por tu mala cabeza, por ejemplo, ya puedes estar corriendo a buscarlas (porque en la calle no nos vamos a quedar) (seguimos con el ejemplo aunque no lo parezca).
Propongo (seguro que ya está previsto) que cada uno tengamos un código de barras en el bolsillo, tatuado en la frente o en la palma de la mano que, como al Super Agente 86, nos abra todas las puertas. (Y de camino algunos corazones.)
Pesadillas

En un apunte de juventud, cuando mi espíritu tendía impepinablemente al existencialismo, expresaba que "si mis sueños fuera mi vida y mi vida fueran mis sueños, sólo tendría pesadillas".
Algo extremo y poco real, pues las pesadillas se suelen caracterizar por la nebulosa surreal de lo incompleto. Por muy formado y bien armado que esté nuestro sueño, lagunas inmensas, lapsos de tiempo y situaciones borrosas las pueblan. Es como la pesadilla que se muerde la cola.
Una pesadilla constante es un sinvivir. Cuando pequeño, recuerdo, temía volverme a dormir pues sólo con cerrar los ojos volvían a aparecer las mismas imágenes que hacían revolverme en un insomnio obligado. A veces dormía por puro agotamiento.
Sabiendo que era una ensoñación que se diluiría con la vigilia, no se podía evitar el sudor, el temblor, las lágrimas. Es como el vértigo, que, como expresaba Milan Kundera, es la insoportable necesidad de seguir cayendo.
Es inevitable. Es intrínseco a nuestro ser de hombre que sueña mientras duerme. Que sueñes con los angelitos, me decían. Pero con los angelitos ya estaban soñando mis hermanos, que roncaban como benditos (bendito quien duerme a pierna suelta).
Mi niño se despertó el otro día sudando frío, llorando con ansiedad y gritando ¡Papito, papito! (cuando me llama papito, fruto de unas animaciones de doblaje sdamericano, me muero de amor). Acudo veloz a su lado y lo cojo diciéndole que no pasa nada, que ya estoy aquí, que ha sido un mal sueño, que ya ha pasado. Entre hipíos me explica que un hombre malo quería llevárselo. Ya ha pasado, repito con calma y me acuesto con él hasta que la sombra de la pesadilla veo que se aleja.
*ILUSTRACIÓN: El sueño de la razón produce monstruos (Goya, 1797-1799)
Mis siete yoes (y 7)

Soy Jorge y nací varón. También soy mujer y animal. Tengo participaciones sauróctonas en mi ser y vegeto como un cáctus. A veces me quedo de piedra, inerte como un mineral.
Soy Jorge y soy divino. Con toda la humildad, reconozco en mi devenir facetas de hacedor, participaciones de otro mundo. Sueño con los ángeles y me concibo inmaculado, sobresaliente, etéreo, tonante (aunque la propiedad que más venero es la omnipotencia).
Como Whitman, como dios, siento que estoy enamorado de mí, hay tantas cosas en mí que son tan deliciosas.
Tan divino como humano. Tan humano como diablo. El ángel caído que quiso ser dios. Un dios que quiso ser hombre. Un hombre que quiso... ¡Pobre diablo!
También aprendí a ser azul, que es la forma que tiene dios de ser mar*.
Creo sin temor a equivocarme que Nietzsche ha muerto. Y también Calígula y Saladino y Luis IVX y Napoleón y Mussolini... De lo único que estoy seguro es de la muerte. De la muerte y del olvido.
Cojo un papel vacío y lo mancho con mis manos, con mi entendimiento. Agarro un puñado de barro y le doy un soplo y le arranco una costilla y piso la cabeza de la sierpe que se enrolla sobre mí mismo. Soy un creador que sufre, un profeta impenitente puesto a prueba durante cuarenta días con sus cuarenta noches, incluso.
No le temo al fuego, no le temo a las tinieblas, no le temo a la muerte callada (enamorada, diría Miguel Hernández), sólo tiemblo ante el espejo que me grita las verdades. Caigo y me levanto. Pongo la otra mejilla y perdono a quien me hiere, a los pecadores. Levántate y anda. Y al séptimo día descansé.
Soy un icono, un fetiche con siete brazos. Soy una duda, soy una incógnita, nací al principio de los tiempos (de mi tiempo). Soy eterno, sempiterno, infinito, finito, mutable, inmutable. Soy una pulga, una milésima de segundo. Estoy vacío como un bostezo. Soy Pan. Soy todo y no soy nada. Desaparezco por el foro. No juego a los dados.
Tengo noventa y nueve nombres. Mi ojo es un triángulo que desde arriba otea. Mi esencia es mi existencia. Me siento sobre una duna, me acomodo en una nube. A mi derecha la bondad, a mi izquierda la templanza. Por ti vuelo.
Cuando dos hablan de mí, quisiera estar entre ellos. Quiero y me quieren. Odio y me odian. Soy un río que redondea las cantos, que canta a su paso, que riega tu huerta, que muere en el mar, infinito, eterno, oscuro, misterioso.
Si soy Jorge y nací varón. Si soy mujer y sobre todo animal. Si soy reptil y planta y piedra.
¿Soy divino?
Sólo yo lo sabe.
* Trastocando una frase de Manuel Vicent, en la que dice "También está el már, que es la forma que tiene dios de ser azul".
Un año de volandovengo

El 15 de marzo de 2006 comencé esta aventura, empecé este blog de volandovengo, con la pura intención de publicar los artículos de flamenco (críticas de los espectáculos, sobre todo) que envío regularmente al diario Granada Hoy para su publicación. Constatando que estas colaboraciones aparecen sesgadas o levemente manipuladas o simplemente no llegan a ver la luz, decidí reproducirlas íntegras en esta bitácora.
Una extensa base de datos de amigos y conocidos, recibieron mis primeros titubeos con el título "Incipiente primavera", con la advertencia de que si no querían recibirlo, lo denunciara y al momento les daba de baja.
Como el flamenco es limitado. Me explico, como flamenco no hay todos los días o todos los días no escribo de flamenco, empecé a escribir de otros asuntos más personales bajo los temas de:
- Denuncia
- Día a día
- Poesía/Cuento
- Algunas cosas y demás verdades
- ochentayochopuntoocho
- Pintura/fotografía
- Vindicación del plagio
Comencé escribiendo a diario sin ningún motivo, sólo por el placer de decir cosas (como he hecho el bachillerato). Después dejé los fines de semana sin comentarios, entre otras cosas, porque los fines de semana recibo menos visitas (tengo un contador), prueba más que evidente de que cuando se leen los blogs es en el trabajo.
Así que, el día que más visitas he tenido han sido 124, el 29 de enero de este año, cuando comencé las entregas de Mis siete yoes (1). Hasta la fecha, he recibido más de 11.500 visitas (lo cual no es real del todo porque hay que descontar mis entradas, que no son pocas, y las repeticiones de un mismo usuario).
Comentarios tengo pocos, poquísimos (suerte si paso de cinco). Aunque a veces me sorprende una nota a un artículo antiguo, ya pasado, que me satisface. Suelo responder a estos comentarios, aunque no sé si son leídos.
Una de las satisfacciones más grandes es cuando el aludido se hace presente. Me vuelvo a explicar, cuando hice una crítica de Belén Maya (Belén Maya se sabe la lección), una de las mejores bailaoras del panorama nacional, ella me lo agradeció con un comentario (y otro de su director artístico), cuando escribí sobre la muerte de Pinochet (Pinochet ha muerto), dos o tres chilenos se pronunciaron en mi página, cuando lamenté la muerte de una amiga (Adiós), su hijo lloró conmigo es la bitácora...
Un tiempo de Navidad, durante un par de semanas dejé de escribir por enfermedad (un enfriamiento traicionero) y, un poco más tarde, a finales de enero, se cayó uno de los servidores de blogia, afectándome de lleno. Perdí algunos artículos, otros rehice y los fui publicando y muchos se quedaron sin siquiera ser pensados. Las consecuencias seguimos pagándolas aún.
Por último, para acabar de alguna forma, diré que quien más accede a volandovengo son los nacionales, pero recibo visitas de bastantes países. Por orden de mayor a menor, refiero los principales: México, Argentina, Estados Unidos, Italia, Chile, Francia, Perú y Colombia.
El marranillo de San Antón

Hace tiempo, el 17 de enero para ser exactos (día de su onomástica), escribí en este blog sobre san Antonio Abad, sus cuitas y sus tentaciones. Lo que no comenté fue su mano con los animales.
Según sus biógrafos, San Antonio Abad (o San Antón), en medio de la vida austera que llevó pudo descubrir la sabiduría y el amor divinos a través de observar a la naturaleza. Todos los 17 de enero, se llevan a los animales domésticos o de granja para que san Antonio los bendiga, como es la tradición.
Las cabras dan más leche, las gallinas ponen más huevos, los gatos no son tan promiscuos, el burro no es tan burro y el perro va al cielo de los perros.
Asociado a San Antón está el marranillo, o marranico, en torno al cual se celebran bastantes fiestas populares (casi todas alrededor del ceremonial de la matanza), (la famosa olla de san Antón). Estas fiestas, la mayoría, consisten en soltar a un marrano, que se ha cebado bien, y, antes de su sacrificio, torearlo, correrlo, intentar agarrarlo, etc. No es que esté a favor de estas prácticas, Tan sólo es un dato ilustrativo. El animal, si ha de servir de alimento, cuanto menos sufra, mejor.
Pero, en mi tierra, marranillo de san Antón, se le dice al que se come las sobras, los restos, el que come en demasía, el que no tiene fondo. Marranillo de san Antón suele ser el miembro de la familia que le toca apurar por ejemplo la fruta que se va a echar a perder, el pegotillo de comida que ha quedado en la fuente, el resto que se ha dejado el niño, ¡no lo vamos a tirar!
Este marranillo suele ser por voluntad propia, a veces a quien le cuesta la comida o sufre su desperdicio. Al final, somos los padres los que apuramos los productos al límite de su caducidad (o fuera ya de fecha).
Cómo comprendo ahora a mi padre y su manía por aprovechar la manzana quitándole el caprichoso recorrido del gusano.
La selección

No voy a hablar de fútbol, como sugiere el título, ni siquiera mal. No me refiero a unos jugadores seleccionados, entre los mejores (primus inter pares), para formar parte de un equipo, con el fin de jugar con otra alineación (que no alienación) de seleccionados de su correspondiente país o cualquier otra área geográfica.
De lo que quiero tratar, en cambio es de la "Selección Natural", de esa lucha por la vida y la supervivencia de los más aptos. Darwin ya nos lo explicó en aquel Origen de las especies por selección natural. Él afirmaba que el órgano crea la función, en contra de la teoría de Lamarck, el padre de la Biología, que decía lo contrario, que la función crea el órgano. Con un ejemplo esto se ve más claro: para Lamarck la jirafa tiene el cuello largo del sobreesfuerzo para alcanzar los brotes más altos y tiernos; para Charles, en cambio, ya que apareció una jirafa cuellilargo (gracias a una mutación), comenzó a comer los brotes más altos y tiernos.
O sea, el alimento no le falta a la jirafa pues donde ésta alcanza nadie llega. Es la más apta (o adaptada). También es apto quien más corre para cazar o para huir; el que mejor nada; el que mejor se camufla; el que tiene mayor descendencia; etc. Después aparecieron los neodarwinistas que daban igual o mayor importancia al factor suerte. Un cazador que le cae la presa sin buscarla, la peor víctima (quiero decir, la mejor víctima) no echada en cuenta, el gato que no siempre cae de pie...
Pero hay otra selección natural que me preocupa, y es el de las amistades. Los amigos vienen y se van, pero los enemigos se acumulan (algún día hablaré de la fidelidad de los enemigos).
Alfonso dice que entre sus amigos no encuentra a nadie de derechas. Alfonso selecciona a sus amigos. Los de derechas no seleccionan a Alfonso.
Los amigos fluctúan como la bolsa. A veces depende de lo que tengas para ofrecer (o puedas ofrecer): una buena conversación, una vida interesante, una posición destacada, un gran poder adquisitivo, diversión asegurada, un buen confidente (un buen pañuelo)... o problemas para compartir, pequeños sablazos, petición de favores, simplezas...
Cuando algo cambia, cuando bajas de tu pedestal, cuando en vez de ofrecer pides, cuando necesitas de alguien... se ven las amistades reales, los verdaderos compañeros. Se va alineando tu selección. Lástima que esos seleccionados los puedas contar con los dedos, con los dedos de una mano.
De cualquier manera, si gozo de alguna riqueza es la de ser rico en amigos. Confucio decía, en boca de Les Luthiers, "Si tu mejor amigo te apuñala por la espalda debes desconfiar de su amistad".
El tiempo pone cada cosa en su sitio, dicen. Yo digo que con el tiempo nos aguantamos más, somos más conformistas, somos más tolerantes y permisivos.
Bustitos

No hay duda de que el fruto máximo de la evolución tecnológica es el mundo de las comunicaciones y más en concreto la retícula de internet, que comienza a ser infinita (quizá sempiterna). Nosotros, los de mi generación y las inminentemente posteriores, hemos pillado este tren por los pelos, quizás una esquina en el vagón de cola, con polvo de carbonilla en los ojos.
Los jóvenes y niños de ahora han nacido y crecido en este universo informático como nosotros vivimos las primeras televisiones en color. Para ellos es natural el ordenador en casa y todas sus entrañas. La pantalla se ha convertido en una ventana al exterior, un gran angular para ver el mundo (el submundo y el inframundo); es una fuente inagotable de información y comunicación; es una posibilidad de descubrir, de viajar, de conocer...
Hace unos años (pocos) irrumpieron en todo el mundo el fenómeno de los blogs (o bitácoras, castellanizando y poetizando el término). Internet ya no es sólo una ventana por la que mirar, como dije antes, sino también por donde gritar, por donde asomarse para ver y para que nos vean (es el sofisticado tontódromo de algunas ciudades). El globo se estrecha y se reciben decenas de comentarios, cientos de visitas.
Puede que este mercado interactivo sea la solución a la intolerancia, el primer paso hacia la aldea global que muchos pretendemos.
Pues bien, todo este preámbulo, sirve para comentar que mi sobrino Álvaro, de ocho años (8), tiene un blog desde el 13 de octubre pasado (fecha en que data su primer post o entrada), en el que hablaba de "Mis muñecos". El blog se llama bustitos y es tan simple como delicado, interesante, aleccionador y adictivo, del cual, como se ha podido comprobar, dejo el enlace, que incorporo a mis links, y tomo buena nota.
Desde aquí os animo a que lo visitéis.
Mis siete yoes (6)

Soy Jorge y nací varón, también soy hembra y animal y vegetal. Ahora no me muevo. Me quedo de piedra. Mineral inerte que ni siente ni padece. Soy ligero como la piedra pómez y duro como el pedernal, negro como la obsidiana, amable como la serpentina, suave como el talco, noble como el mármol, falso como alabastro, brillante como la pirita. Peso como el plomo y valgo como el oro o como el barro. Soy líquido mercurio que inquieto baila en el piso.
Soy frío como una losa y sugerente como una pared (soy muro de las lamentaciones, grafiti en las paredes, tapia que protege o que evita, valla quitamiedos, mirador de piedra). Soy un canto rodado (rolling stones, ¿les suena?). Soy piedra de pecera, cristalina en la playa, guijarro en la estacada.
Me resbala la lluvia y me calienta el sol. Soy un banco de piedra en el que te puedes sentar para leer, para comer, para descansar, para amar.
Tengo mil años. Soy un fósil que participa de todos mis yoes. Llevo enterrado desde tiempo inmemorial. Me retuerzo como amonita y serpenteo como la luz. Soy lava que colea montaña abajo, roja y caliente como el Dios de la Guerra. Cuando me enfrío, negro y caprichoso como Eros.
Conservo tu huella; tus pasos de ayer. Quemo como cal viva que blanquea las calles. Piedra sobre piedra. Buen camino. Soy una estátua. El adorno más bello es la piedra virgen. Sus aristas, sus redondeces, su frialdad, su calor adocenado, su inmutabilidad, su testimonio, su tesón, su impermeabilidad, su espíritu inmarcesible.
Soy Jorge y nací varón. También soy mujer y animal y reptil y planta. Soy una piedra.
* ILUSTRACIÓN: "Contrapunto" (un hombre-piedra), de Victoria Boffil
** Para publicar esta sexta entrega de "Mis siete yoes" he tenido que rescatar los dos artículos anteriores (4 y 5) perdidos en la estratosfera de internet
Mis siete yoes (5)

Soy Jorge y nací varón. Tengo mi lado femenino y mi espíritu animal. También soy reptil y, a veces, vegeto. Soy una planta que necesita ser regada. Abonan mis raíces y me plantan más veces de las que deseo.
Adoro la vida contemplativa. Soy un anacoreta, ermitaño, eremita. Soy un santo sin cartera ni corona. Mis uñas crecen y no piden pan; mi cabello crece y no pide pan. Sólo aire, sólo luz, solo tierra, sólo agua, solo vida.
No me muevo. Me balanceo con la brisa, deprisa, que pasa. Soy veleta. Esparzo mis semillas con un golpe de viento. Necesito la luz y el calor. Soy diámbulo. Por la noche me cierro, descanso, vegeto. También soporto mi envoltura. También soportas mis espinas.
Soy estacionario. Florezco en primavera, sea cuando sea. Amarillo en el estío. Me desnudo en otoño, despetalándome. Soy perenne en invierno.
Ofrezco mi tronco, ofrezco mis ramas, ofrezco mi fruta. Soy carne de cañón, el árbol que oculta el bosque, el arbusto anónimo escondido en la floresta. Quisiera ser, sin embargo, todo follaje. Inmarcesible.
Fotosíntesis. Verde que me quiero verde. Doy oxígeno a quien me quiere. También carbónico.
Resina. Me quedo pegado. Soy una lapa. Beso y mancho. Chorreo. La sabia corre por mis venas y polinizo con los insectos. Me marchito al fin, incluso.
Soy Jorge. Hombre y mujer, animal y saurio. También vegetal.
* Texto rescatado: publicado el jueves, 08 de febrero de 2007
Mis siete yoes (4)

Soy Jorge y nací varón. También soy mujer y soy animal, sobre todo animal. En mí vive un reptil. Soy saurio en mi frialdad. La imagen se congela bajo el sol que apenas calienta. Pienso con el cerebelo. Tengo la sangre azul, como de príncipe, y calculo mi jugada. Me anticipo a cada movimiento y soy exacto en la medida. Te siento con la lengua.
Paro en seco y vislumbro mi objetivo. Me arrastro sin piernas y enrosco mi cuerpo de loriga y escamas. Me mantengo alejado de la belleza del grito y de la suave caricia de mi cuerpo viscoso. Mudo la piel.
Mi lengua bífida mira de soslayo. Es un arma de doble filo que a veces se revuelve con quien la esgrime. Soy todo ojos que cubren el espacio, despacio. También puedo lucir cornamenta, colmillos, metal, cresta y veneno.
Soy todo oídos que filtran los colores. Soy todo muecas y poses y barro y esperma; pasado y futuro. Y tengo doble párpado que cierro de abajo arriba y de arriba abajo. Puedo desprenderme de alguno de mis miembros a voluntad, para volver a recobrarlos más tarde.
Tengo mil años. Soy un fósil viviente que tan sólo ha dictado un par de testamentos (a espaldas de notario). Puedo ser venenoso y, sin querer, pongo huevos de blanda membrana. Incubo a un basilisco.
Soy Jorge y nací varón. También soy mujer y animal y a veces sauróctono.
* Texto rescatado: publicado el lunes, 06 de febrero de 2007
The End

Ya he confesado en más de una ocasión que no soy cinéfilo. No tengo gran tradición peliculera. Siempre, cuando había películas en mi casa, en casa de mis padres, yo estaba en la calle o en el campo. Antes del cine había otras muchas cosas que hacer. Así que mi cultura fílmica está muy limitada.
Es una laguna, desde luego es una laguna, pero hoy por hoy prefiero desecar otras.