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Dinero

¿Has visto las tortugas, de esas que venden para cuidar en casa, que crecen conforme aumenta el recipiente que las mantiene?
Las tortugas son seres inadaptados. El tortugario siempre les viene pequeño.
Igualmente, le doy vueltas, el capital nunca llega. El hombre se adapta al dinero que posee para llegar a la conclusión de que siempre es poco. Las necesidades del ser humano siempre superan a las posibilidades de conseguirlas.
Desde luego es más fácil adaptarse a nuevos ingresos que a la disminución de recursos. Quien ha tenido, su carencia puede ser mortal (suicidante). Quien no ha tenido, el éxito se le puede subir a la cabeza (derrochante).
Dinero y felicidad. ¿Dicotomía? ¿Antagonismo? ¿Compenetración?
Aristóteles, filosofó de mal carácter pero con ideas económicas, declara que no puede confundirse la moneda con la riqueza, porque, si bien el dinero es riqueza, no toda la riqueza es dinero.
El dinero no da la felicidad, pero ayuda mucho.
Quien tiene dinero -digo dinero- lo puede relegar a un segundo plano. Su búsqueda y oportunidad ya no es económica. Piensa en poder, en honor, en amores, en reconocimiento social, en prestigio.
La salud es importante. Quizá lo más importante. ("La salud y la libertad", que dirían los flamencos.) Pero el dinero ayuda mucho. La sanidad pública está bien. La gratuidad de la S.S. (Seguridad Social y no el corpúsculo tudesco del miedo). Pero, cuando hay dinero, "qué descansada vida".
Ahora, con la crisis, el dinero es un fetiche que brilla por su ausencia.
Cuando la miseria entra por la puerta, el amor, la salud, la libertad y la vida, saltan por la ventana.
El dinero sustituyó al trueque. Y, ahora, el único trueque posible es la bolsa o la vida, el dinero o la dignidad, el amor o la miseria.
Repito las palabras de Mario Moreno: "Yo no estoy en contra de que haya ricos, yo estoy en contra de que haya pobres".
Ayer, hoy y siempre, poderoso caballero...
La manita en la cara

No puedo más. Es necesario que me pronuncie. Hay una degeneración entre los articulistas, columnistas y demás colaboradores en revistas y periódicos que les inclina a retratarse con la manita en la cara. Se sujetan el mentón, se la acercan a la nariz, se amasan la oreja o se tocan la mejilla.
Reconozco que a algunos les da una dimensión interesantísima y otros, los menos, aparecen con una naturalidad pasmosa, como si fuesen El Pensador de Rodin. Los primeros que aparecieron con la manita en la cara daban cierta envidia, como si estuvieran por encima de todo, como si en la sobremesa sólo hablaran de metafísica.
Pero uno se cansa y los intelectuales que veía en un principio, ahora sólo veo intelectualoides, pamplinas que esconden su cortedad en una foto con aspiraciones.
No soy gran lector de periódicos, lo reconozco, pero sí de artículos y columnas de opinión. Tengo mis favoritos y mis odiados, como todo el que lee. También me gusta descubrir nuevos opinadores en periódicos inhabituales o en revistas de consultorio o navegando por la red.
Pero no soporto que el personaje tenga la manita en la cara, que adquiera la típica (tópica) pose de "dueño de la verdad absoluta", de "fiaros de lo que digo porque le he dado muchas vueltas y, además, tengo gracia".
No. A mí no me engañan. Cuando veo a alguien con la manita en la cara, paso la página y ya encontraré a otro con la frente más despejada.
Gripe A

Mucho se escribe sobre la gripe A. Mucho se oye sobre la gripe A. Mucho se sospecha sobre la gripe A. Como en todo, hay algunos entendidos, pero muchos enterados.
¿Quién tiene la culpa? ¿La culpa primera o la culpa última? ¿Las culpas intermedias o las culpas colaterales?
Es una locura. Sobre todo la alarma social. Debemos aprender a convivir con todas las enfermedades, con el avance de la vida sea malo o bueno. Conozco a quien no sale sola de su casa cuando oscurece porque la atracaron en los años ochenta.
Entre mis papeles, encuentro un pequeño apunte de cuando apareció el sida:
"Tras la última copa en el último bar, donde intimaron hasta lo indecible, la chica cogió al chico de la mano y lo metió en el lavabo con ella.
Se subió la falda y bajó su braga humedecida.
Él quería tanto como ella, pero antes de desabrocharse los jeans, se vio obligado a decir que estaba limpio. La época requería esas confesiones.
-Muy bien -respondió ella con premura.
-Quiero decir que no soy portador ni tengo hongos ni gonorrea ni nada de eso -continuó aclarando.
-Me da igual -respondió ella con indiferencia.
-¿No te da miedo el sida? -disparó él a bocajarro.
-No -zanjó la chica-. Me da miedo el miedo."
El síndrome de Cenicienta

Con la emoción, el príncipe (azul, para más señas) había cenado poco. Algunas cervezas y dos copas le dieron el ánimo suficiente para abordar sin tanta ligereza a la joven que tenía al lado. Era de una belleza extraordinaria y, aunque su cuna fuera incierta, para una aventura veraniega no estaba mal. En el próximo baile la besaría y le haría proposiciones (la honestidad de esas proposiciones tendría que ponerla ella) o, en un apartado, entre las enredaderas del jardín, le metería mano directamente por debajo de su miriñaque.
Dos vueltas llevaban cuando la campana del reloj, siempre cruel, de palacio, le dio por vomitar sus doce enteras. La excusa fue de lo más peregrina. Que si no sé qué de una calabaza y unos ratones, que si un hada madrina, que si su vestido hecho añicos... No sé qué se metería que corrió como alma que lleva el diablo hasta el fondo de la escalera y con el príncipe ligeramente excitado.
En su carrera perdió un zapato de la talla treinta y cinco, con tacón de aguja y cuerpo de cristal...
Ni todos somos príncipes ni todas somos Cenicienta, pero sus síndromes atacan a diario.
Siempre hay algún/alguna Cenicienta que pierde un tacón cuando las campanadas advierten su fin. Ya sea por cansancio, por responsabilidades inmediatas, por obligaciones tempranas o por formalidad trasnochada, alguien agua la fiesta: la suya, la de su pareja, la de los demás.
¿Dónde dejamos el carpe diem horaciano? ¿Dónde la sublimidad baudelariana?
¿La crisis aumenta o relaja este síndrome?
¡Líbranos, Señor, de fuguillas Cenicientas y dulcifica la presencia de sus hermanastras que, ni siquiera, se enteran de que el reloj existe!
El metro de Granada

En Granada nunca se deberían haber quitado los tranvías. Los de mi quinta y mayores nos acordamos cómo recorrían las calles de la ciudad con su destello amarillo y su traqueteo eléctrico. Con el tranvía nos subíamos a Cájar o a Huétor Vega, donde mi abuelo jugaba cartas y bebía chatos, o a Guéjar Sierra, al Charcón, donde comenzábamos nuestro paseo campestre o nuestro baño en las gélidas aguas del San Juan.
En Granada nunca se deberían haber quitado los tranvías. Como no se deberían haber embovedado los ríos. Como no se deberían haber removido las tierras de la laguna de las Yeguas. Como no se debería haber atentado contra nuestro patrimonio, contra nuestros artistas y nuestros pensadores.
Ahora nos prometen el metro y lo que obtenemos, por ahora son socavones, cortes en las calles, embotellamientos continuos.
El metro llegará, sin embargo, como ha llegado a Sevilla (¿después de 40 años?). Tan sólo espero que haya merecido la pena el levantamiento obrero por su futuro paso; espero que haya merecido la pena nuestra paciencia; espero que haya merecido la pena el presupuesto millonario que se ha invertido (y lo que queda); espero que haya merecido la pena el triunfo perentorio y medallístico que ya se está colgando más de uno.
A vuelapluma, le pediría al metropolitano de Granada que sea asequible a todos, que su precio sea competitivo con otros medios de transporte; que pase con asiduidad y no desfallezcamos en sus paradas; que sea rápido y no desfallezcamos en su interior, que no sea más efectivo coger el bus o ir andando; que tenga paradas estratégicamente útiles; que no entorpezca la dinámica de la ciudad, en su caso, tanto peatonal como automovilístico; que abra un importante cupo de contratación; que sea cómodo; que sirva para embellecer la ciudad; que se expanda por otras zonas (si funciona todo lo anterior)...
Reclamos discotequeros

Durante mi mocedad hasta bien entrada mi edad madura, si acaso la he alcanzado (aunque la paternidad obliga, en todo caso), las mujeres entraban gratis a la discoteca. Era algo tan natural como lógico. Donde cae la hembra, el varón va de cabeza.
Era un reclamo obvio, sin retorcidas pretensiones, aparte de la aludida. A veces, se facilitaba el pase, según la época si venías en pijama, enrollado en una sábana, a manera de toga, o en bikini. Era divertido y picante, a veces. Pero nunca escandaloso.
Que me perdonen legalistas, liberales, feministas y demás etiquetados para declarar guerra santa. Lo que ocurre hoy (y ocurrirá mañana, esperemos) es lo mismo. El morbo, lo obsceno, la humillación, está en gran medida en quien lo evalúa. (Más sufre el que ve que el que enseña.)
En Granada se subastan chicas en una discoteca. El fin no lo sabemos claramente. Unos días atrás se subastaban chicos y no pasó nada. Quien quiera entrar en el juego, ser subastado o pujar, es libre. Como si en la fiesta del bikini vas vestido de buzo o con cualquier otro burka.
En Almería, se lleva una copa gratis la que vaya en minifalda, y en Málaga, la que vaya vestida de colegiala. No deja de ser un juego, un reclamo que se merece unas risas. Hay quien se viste de estudiante o usa mini sin proponérselo.
También recuerdo, en mi atolondrada juventud, que había un bar que si tomabas siete, ocho o nueve cervezas (el número no lo tengo muy claro) te regalaban la siguiente (con sus respectivas tapas). Todos los amigos, sin necesidad de mostrar carnéts de identidades, rellenábamos el cupo y a veces lo doblábamos. Eso sí era punible proselitismo alcohólico.
Hay muchas cosas por qué preocuparse. Cosas para escandalizarse y caernos del asombro. Hay mucho qué denunciar y mucho por lo que luchar.
Dejemos en paz a la juventud y al juego de las apuestas. Porque desde que el mundo es mundo tiran más dos tetas que dos carretas (sin ánimo de macho, aunque sea cabrío).
Condones

Las mayores atrocidades de la historia se han cometido en nombre de Dios, cualquier dios, o de un hombre endiosado, que no es lo mismo, pero es igual.
En la reciente campaña móvil de los ateos se negaba la existencia de dios. Pero, el mensaje quiso ser tan respetuoso que ese ateismo nietszcheniano terminó siendo un descafeinado agnosticismo. ("Probablemente, dios no existe".)
La respuesta de la Iglesia fue inmediata y radical. Entre líneas, no sólo afirmaba la existencia de dios sino que anatemizaba a los negacionistas.
Ahora, toman ellos la iniciativa respecto al aborto, queriéndonos convencer de que se protegen más los linces que la vida humana. Viéndolo como lo muestran, es una barbaridad. Un niño, por infinitas razones, vale más que un animal. Pero no es eso.
Un proyecto de hijo "no querido" (se me ocurren mil razones) sería comparable a un animal no nacido, que se le impide su paso a la vida por riesgos varios. Así podríamos apreciarlo. La falacia de la publicidad es ancha como Castilla.
El Papa visita el continente africano con la castidad por bandera. Hay 22 millones de afectados por el sida en el continente negro. La mayoría mueren antes de cumplir 30 años. Pero no usen condón, que es antinatura.
Lo que es antinatura es la represión, la castidad, una Iglesia anquilosada que habla en nombre de un Dios medieval y cruel.
Hay, sin embargo, miles de cristianos, miles de creyentes, auténticos, respetuosos y respetables, que firmarían hoy por lo que la Iglesia puede arrepentirse mañana.
Las siete vidas de un gato

Ayer oí en las noticias que en ciertas partes de china se siguen comiendo los gatos. Incluso los roban para venderlos con esta finalidad. Los dueños lloran desconsolados. Los usuarios del restaurante saborean un delicioso gato casero con salsa agridulce.
¿Y si les diésemos liebre por gato?
Entre apuntes antiguos encuentro este texto desgarrador del lunes, 16 de julio de 2007. Desgarrador por la impotencia, la indiferencia y el recuerdo estremecido de gato troceado.
Hoy he visto como atropellaban a un gato pequeño en la autovía. El conductor no pudo evitarlo, el pequeño felino se metió debajo de las ruedas. No creo que el del volante se diera cuenta, sólo lo vimos los de atrás. No hizo nada, ni girar ligeramente ni hacer amago de frenar. Observamos como al gato se le iban yendo una a una las siete vidas que poseía. Dio un salto por cada vida hasta que quedó tumbado inconsciente en la línea discontinua. Pasamos de largo, como todos. Llegábamos tarde al trabajo.
Creacionistas y negacionistas

Hay dos debates milenarios hoy de actualidad. Dos opiniones que sorprenden por lo incomprensible e intolerante, incluso. Dos teorías que nos sumergen en los tiempos oscuros del medioevo.
Con motivo del 200 aniversario del nacimiento de Darwin, todavía hay quien niega la evidencia del proceso evolutivo. No vale la ciencia ni sus descubrimientos, no valen las demostraciones y la lógica. Para algunos el hombre fue creado tal y como es, pero con menos ropa.
Sea del barro, del soplido y de una costilla. Hombre y mujer surgen a imagen y semejanza del Creador para ser centro del universo, para aplastar la cabeza de la sierpe, para ser la imagen de Dios en la tierra.
También, destaca en los últimos titulares, a raíz del levantamiento papal de algunas excomuniones a obispos que fueron ordenados por el polémico Lefrebvre, la negación de las cámaras de gas en la Alemania nazi.
No bastan los testimonios y las imágenes gráficas, no bastan los campos de concentración que aún siguen en pie para vergüenza de la humanidad. No valen los miles y miles de judíos muertos, la mayoría gaseados (en las "duchas", como decían ellos).
Entre creacionistas y negacionistas, empezarán a salir quienes reivindiquen a la cigüeña que trae a los niños de París o los que conciban el mundo plano y no quieran ir más allá de Finisterre o los que teman que se les ponga el ombligo azul a fuerza de homenajear a Onán.
Zimbabue. Aniversario y denuncia

Debajo de las multiplicaciones
hay una gota de sangre de pato.
Debajo de las divisiones
hay siete millones de zimbabuenses
muriéndose de hambre.
Debajo de las sumas, un brote de cólera;
el mayor de su historia.
Existen las montañas, lo sé.
Y la Organización de las Naciones Unidas,
lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
He venido para saber de las tres mil personas
muertas por la epidemia,
para saber de los sesenta mil infectados,
según la Organización Mundial de la Salud.
En el ochenta y cinco cumpleaños de Robert Mugabe,
dictador de Zimbabue,
se sirvieron cuatro mil porciones de caviar,
tres mil patos para el gusto de la aristocracia,
dieciséis mil huevos,
tres mil tartas de chocolate,
champán francés
y ocho mil cajas de bombones Ferrero Rocher,
los favoritos de “su excelencia”.
Más vale sollozar afilando la navaja
o interrogar a los miles de invitados
que contribuyeron en los gastos.
Más vale escudriñar al banco,
que sólo admite dólares estadounidenses.
Los patos y el caviar
y los huevos y el champán
ponen sus gotas de sangre
debajo de los rostros de los hambrientos;
y los coléricos alaridos de las madres estrujadas
llenan de dolor el mundo
donde el África negra estalla por sus venas.
* (con el permiso de FGL).
Temporal

Estamos tan acostumbrados a ciertas expresiones, que damos por válido lo que significa exactamente lo contrario de lo que nos quieren decir.
Sólo hace falta aplicar cierta lógica.
Hace poco, tras el temporal que azota el oeste europeo, la enviada a Londres de una cadena televisiva, con bastante emoción, comentaba, frente a una imagen blanca, que era "la peor nevada" caída en esta capital en dieciocho años.
No lo tuve que pensar mucho para interrogar a la pantalla: ¿Será más bien "la mejor nevada"?
Oscuridades. Cierre del Planta Baja

Érase una vez una ciudad en la que todos querían vivir. Y no sólo por su fisonomía, belleza y contrastes, sino, sobre todo, por su efervescencia. Un tejido cultural, macerado durante muchos años, amortiguaba con creces el vacío que pueden crear la falta de oportunidades, la carencia industrial y el escaso patrimonio de las personas.
Esa retícula no oficial, la mayoría de las veces, atraía como un imán a los hambrientos de hacer cosas, alternativas. Igual que en un zoco árabe que la actividad se reparte por barrios, en Granada saltaban creadores por cualquier rincón. Dabas una patada y brillaban los poetas, mirabas al otro lado y saltaban los músicos, te agachabas y se levantaban los pintores o los flamencos o los filósofos o los bailarines.
Pero fuerzas oscuras niegan el trabajo anónimo, la creación extraoficial, la cultura independiente. Y si un libro no tiene el sello oficial, no ve la luz. Y si un artista no firma los papeles, se queda sin cantar. Y si un local incomoda por el motivo más nimio que se pueda imaginar, se clausura. Se cierra sin más, aunque siempre haya sido respetuoso, aunque procure cumplir con la legalidad, aunque tenga buena voluntad, aunque haya que sonreír ante un funcionario (porque nuestros políticos son poco más que funcionarios) o bajarse los pantalones (por exigencias del guión).
Ahora se clausura la programación en directo del Planta Baja, tras 20 años al pie del cañón, luchando por la cultura granadina, la no oficial y la oficial, la alternativa, la clandestina, la veterana y la principiante. Salas como ésta (como Eshavira, cerrada por razones parecidas) hacen de Granada un lugar único y rico. La ciudad no es la Alhambra o Federico (que también), no es Sierra Nevada, el flamenco y el sol (que también). Nuestra ciudad son sus gentes y sus sueños. Nuestro mundo es ahora. Nuestra tierra está viva.
Pero para que Granada siga latiendo, para que siga siendo un referente cultural (en el más amplio y escandaloso sentido del término) hay que reivindicar el Planta Baja y, con él, la suma de todas las iniciativas individualidades, de la cultura endógena, que día a día iluminan la ciudad.
¡Basta de oscuridades!
El Carmen de las Cuevas en tela de juicio

Me recuerda a ese viejo chiste en que una señora denunció a su vecino por pasearse desnudo por su piso. Cuando la policía fue a constatar el hecho, se asomó a la ventana y advirtió a la señora que, pasease o no sin ropa alguna, desde donde estaban era imposible verlo. La mujer, con toda naturalidad, le dice al investigador: "súbase al armario, verá cómo va desnudo".
La libertad de un individuo termina donde empieza la de los demás. También está la educación y el respeto.
Cuando a alguien, con cierto sentido cívico, acusan de alguna anormalidad que perturbe al prójimo, lo primero que debe hacer es comprobar el daño, sopesar las irregularidades y, en su caso, erradicar ese desperfecto.
En el Albaicín hay una escuela de baile, que comenzó como una academia de idiomas. Su transformación fue progresiva y natural. Situado en un lugar emblemático, el Carmen de las Cuevas, hoy por hoy, es un lugar señero dentro del flamenco en nuestra ciudad. Tenemos que estar orgullosos que existan lugares como éste, que acojan a estudiantes de todas las nacionalidades y que lleven a su país, no sólo el idioma, las costumbres y el flamenco aprendidos, sino también el ambiente y la imagen edénica que se puede contemplar en su estancia en este lugar.
Son muchos los que acuden a Granada para ver, para vivir, para escuchar. Para escuchar ese silencio sacromontano que sólo mancillan los pájaros. Para escuchar el sonido del agua, verdadero tesoro y herencia nazarí. Para escuchar el lamento de una guitarra, las fiestas de los gitanos, el soniquete profundo de un zapateado.
Desde 2006, sin embargo, una vecina de dicho Carmen, en la Cuesta de los Chinos, se viene quejando por el ruido en la casa de al lado. Su pataleo es totalmente legítimo: el derecho a la tranquilidad debe ser inquebrantable.
Las inspecciones y los controles inmediatos que se realizan, por su parte, clasifican dicho "ruido" por debajo de los niveles permitidos y en horarios diurnos. Y, aunque encuentran deficiencias en el aire acondicionado y ven ilegales las máquinas expendedoras de refrescos, sus actividades pueden seguir desarrollándolas como hasta la fecha.
La vecina sigue enchufando el fonendo a las paredes, continúa con su denuncia y pone un contencioso. El juez le da la razón (¿?), pues no se hicieron debidamente las mediciones acústicas en su momento.
En diciembre de 2008 el Ayuntamiento decide acatar la sentencia de la juez y clausura el local para hacer las mediciones pertinentes. La vecina, en cambio, no permite medir en su vivienda (porque no se lo han notificado por escrito), que su abogado irá al Ayuntamiento y aclarará todo.
Pero este supuesto abogado no da señales de vida.
Finalmente, el Ayuntamiento decide reabrir porque piensa que los estudios están bien insonorizados, que los daños a la academia son mayores que el pataleo vecinal.
Hasta aquí está todo aclarado. Sin embargo, el carácter empecinado y centroeuropeo de nuestra fiel enemiga no descansa y seguirá agudizando su oído para no oí un tacón más alto que otro. Desde aquí nos solidarizamos con el Carmen de las Cuevas. Recogeremos adhesiones. Y, a este paso, nos vemos manifestándonos en Ámsterdam ante el Tribunal de La Haya.
El hombre es un lobo para el hombre

Cuando yo estudiaba Historia, había un seminario permanente, una especie de postgrado, que se llamaba La paz y los conflictos. Se trataba de analizar la historia de la humanidad por medio de los enfrentamientos y las amistades.
Nunca coincidí con dicho seminario, pero las referencias a él, en otras asignaturas eran frecuentes. Sin embargo, me preguntaba, y aún me pregunto, si la paz era real o era una ausencia de guerra declarada.
¡En la guerra todo vale!, es repugnante.
El hombre, y el día a día así nos lo recuerda, es violento y cruel. Nadie se libra. Por muy pacíficos, tolerantes y fraternales que seamos, tenemos que tener un instinto asesino exagerado para nuestros congéneres.
Ya lo dijo Hobbes (s. XVII), "homo hominis lupus", el hombre es un lobo para el hombre. En el “estado de naturaleza” el hombre vive una guerra de todos contra todos.
Es tremendo, pero qué si no son los acontecimientos que vivimos. Abro el periódico y tiemblo, oigo las noticias y me indigno, veo los diarios televisados y me pongo a llorar.
Temo que algunos conflictos están de "moda" (entiéndase: tienen más repercusión mediática) y nos volcamos más con su causa, nos sensibilizamos más. Pero hay otros muchos que duelen por lo anónimos e indefensos.
No sólo Gaza, sino también Irak, Afganistán y gran parte del Próximo Oriente. También Egipto y Guinea y prácticamente toda África. Y el continente suramericano. Y Centroamérica. Y la violencia en Estados Unidos y las desapariciones en México y la inseguridad, la inmigración, la desigualdad, la corrupción, la doble moral... en muchos países europeos. Eso sin hablar de la violencia de género, el terrorismo, el desempleo, los atentados contra la naturaleza, etc.
No podemos renunciar a nuestra condición de ser humano. Hay organizaciones, individualidades que luchan contra todo eso, pero es insuficiente.
¿Será esta violencia atroz el verdadero estigma de Caín que todos hemos heredado?
* Uno de los cientos de hombres en Gaza con el cadáver de su hijo en los brazos (debe tener más o menos la edad del mío).
** (Intento restarle dramatismo quitándole el color para poder seguir abriendo este blog sin problemas y no deshacerme por las costuras).
Anuncios

Hubo un tiempo (creo que coincidió con principio de siglo) (podría ser el efecto 2000, si no fuera tal efecto el haberme casado ese año), hubo un tiempo -repito- que los anuncios ("los comerciales" dicen en sudamérica) eran de una originalidad extraordinaria. Daban ganas de apagar la tele o levantarte del sillón cuando terminaba el intermedio y volver de nuevo cuando la película o el programa hacía un receso. Daba gloria.
Este esplendor se ha repetido en diferentes ocasiones. Creatividad, eficacia, humor, inteligencia, sorpresa, realización, montaje, música, ambientación... ¡Todo lo que se puede contar en 20 segundos de media! Hay concursos que premian esta calidad imaginativa.
No es fácil. (Hace tiempo escribí anuncios y algún publireportaje para una productora con resultados mediocres.)
Llevamos un tiempo, sin embargo en que la mayoría de los anuncios lo que provocan es angustia, por lo casposos, repetidos y esaboríos (’sosos’ en el más profundo andaluz). La palabrería cuasipoética que impera en la gran mayoría de estos espacios publicitarios, con la intención de conmover, son insufribles, y sólo logran el efecto contrario.
Llevo unas semanas sin televisión (como viene siendo costumbre en mi casa) y no vemos ni lo bueno ni lo malo. Respiro. Comer con la radio es toda una experiencia, que no te obliga a levantar la vista ni a voltearte si la tele te pilla de través o a las espaldas.
Pero a menudo y la echo en falta en muchos momentos. Por ejemplo, para tomarle el pulso al nivel de estos anuncios.
La calle herida

Como quien busca la vena propicia para extraer sangre, como si siempre dieran con el mismo vaso venéreo, junto a mi casa, por el camino que me lleva y me trae del trabajo, una misma calle siempre se abre en canal para meter no sé qué tubos, no sé qué cables, que ya van cuatro incisiones en el mismo carril en poco menos de tres meses.
Es una calle reciente, como todas las que me rodean, que no ha mucho era un descampado. Una calle más ancha que las demás. Se diría una vía principal dentro de la limitada periferia.
Aristóteles es su nombre, e ignoro si la han inaugurado oficialmente. Lo que sí sé es que las casas unifamiliares, adosadas (¿adobadas?), que la orillan ya están habitadas y ella, la calle, perfectamente asfaltada, arcenada y acerada, con sus peraltes, sus líneas continuas y discontinuas y sus pasos de peatones, donde rodaban felices y despreocupados vehículos de todas las clases ajenos a las prospecciones venideras.
El caso es que, una vez sellada y en pleno funcionamiento, se abrió de nuevo. Desviaron el tráfico y los peatones con flechas, señales y vallas. A los días se volvió a cerrar, dejando en evidencia sus cicatrices, parches en el asfalto, badenes involuntarios. Para volverla a abrir y después otra vez cerrar. Y otra más. Y ahora que ha sido levantada esta semana, para el metro, creo.
No esta mal que se mejoren las infraestructuras. Pero dentro de un orden. ¿Es que no se puede meter la luz, el agua, el teléfono, la fibra óptica, el alcantarillado, las minas antipersona y las toperas en una misma acometida? Es como quien se acuesta y se levanta para miccionar y se acuesta de nuevo y se levanta para lavarse las manos y se acuesta y se levanta para comer algo y se acuesta y se levanta para lavarse los dientes...
No sé quién ni dónde proponía hacer unos pasadizos debajo de las calles, una especie de cloaca máxima que, en forma reticular, recorriera la ciudad entera. Unos pasillos, no muy grandes, a manera de catacumbas, con puertas estratégicas que permitieran su entrada, para evitar los trastornos de las obras.
Bien señalizados, con planos, iluminación y ventilación, estos corredores facilitarían toda clase de incursiones en el subsuelo sin tener que intervenir, sin necesidad de horadar, sin las molestias de circulación, medioambientales y estéticas que suponen estas actuaciones. Sin contar el derroche de dinero que presiento que pagaremos todos los contribuyentes (aunque si es por dar cuartelillo a los obreros en estos tiempos de crisis, tendríamos que repensarlo).
Un abrazo a García Montero

La hija de mi jefe 2

Al igual que los Emperadores y otros próceres de Roma, que, en el desfile de la victoria por la populosa ciudad después de una exitosa expedición bélica con conquista incluida (la pax romana, ya saben), se hacía acompañar de un esclavo que le susurraba continuamente al oído: "recuerda que eres mortal", para que no se le subieran los humos y se quisiera semejar a un dios (destino muy común en estos dictadores), yo tengo a la hija de mi jefe que, cada dos por tres, emplea su lengua tan viperina como ignorante para recordarme eso mismo, que es la hija del jefe, que cuando él no está tiene que imponer su autoridad objetando cualquier "problemón sin solución"
Aunque se ha suavizado la cosa (pues no le ha costado mucho averiguar que soy inofensivo), la hija de mi jefe sigue siendo la hija de mi jefe. Así, como es la hija de mi jefe y habrá hecho el bachillerato, siempre que puede me dice algo, asumiendo la altura del capataz (el típico show de a ver quién la tiene más larga, pero en versión chica).
Ayer, a la una en punto (a mi hora), me levanté, me despedí y me fui. Antes de franquear la puerta, la hija de mi jefe casi gritó, ¡qué puntual! Sin volverme, respondí simplemente, que también soy puntual para entrar. Aunque por mi mente pasaron muchas cosas. Primero, el convenio que tácitamente firmamos para trabajar exactamente lo que me pagaran (aunque si hay que apurar el tiempo, echo horas sin problemas). Segundo, ella siempre que puede sale 10 minutos antes.
Hoy me he retrasado, sin embargo, cinco minutos. También me lo ha echado en cara. Que si me meto en internet, que si me he dejado la estufa encendida, que si hay que cerrar la tapa del váter...
Aunque ya sé que se parece a su padre. La hija de mi jefe se parece a mi jefe. Estoy cansado de cabezas de ratón, de perdonavidas, de iluminados, de figurantes, de rastacueros, de tanta guerra santa que declaramos por un absurdo dios llamado poder o dinero.
Pero, como todos los trabajadores, como todos los subalternos, tengo que tragar.
Recuerdo una letrilla flamenca ad hoc: "Pan y trabajo / siempre se escapa el tiro pa’ los de abajo".
* Montaje propio: "Set Barbie con corona, piruleta y cepillo" (corre, corre que cepillo).
No llevo la cuenta

Ya no llevo la cuenta. No creo que se reduzca a una cuestión estadística. Es una aberración. La violencia entre parejas, entre padres e hijos, es el castigo más grande de nuestra época.
¿No pueden tirar cada uno por su lado y en paz? ¿No se puede borrar el pasado e inventar un futuro? ¿No podrían los hijos decidir?
Un juez en Galicia, creo, ha dictado una sentencia modélica. La casa es de los hijos. Los padres, cada seis meses, irán a convivir con unos retoños que no cambian de ambiente, ni de cama, ni de cepillo de dientes.
¿Tan difícil se hace el entendimiento? ¿Tan grande es el odio entre quienes se quisieron tanto?
Hasta que la muerte nos separe no puede ser esto.
Ahora leo en un libro antiguo (de 1968), de los que tengo de cabecera, unas notas que aclaran algunas cosas. Juan Perucho, entreviendo los naturales avances sociales de la mujer en los sesenta, escribía:
Hay algo que al hombre le desazona. El impulso secreto del sexo parece como si hubiese quedado alterado, y no es la igualdad, el nivel cultural, la libertad de la mujer lo que le conturba y alarma, sino un cierto desplazamiento de la iniciativa en un muy determinado, tradicional y particular aspecto.
Y es que, lo que nos duele a los hombres es comparable a la dolencia de los blancos tras la esclavitud. Lo que no soportamos es peder el poder ancestral de ser el sexo fuerte, el sexo privilegiado, el hombre sobre la mujer, el blanco sobre el negro, los arios sobre los judíos, el dinero sobre la miseria, el primer mundo sobre el tercero, la arrogancia sobre la humildad, los violentos sobre los débiles...
Contenedores llenos

Todos somos culpables de la finitud de la tierra. Desde antiguo se sabe que la tierra no es eterna. Que llegará el día que desaparezca, y con ella nuestras hipotecas. Pero tendrán que pasar miles de años, para que suceda. Tan sólo estamos precipitando la caída, el punto y final de nuestro Planeta Azul.
La tierra, como tal, desaparecerá. El hombre seguramente no. Bicho malo nunca muere, podíamos pensar. ¿El futuro del hombre estará en las estrellas? ¿Estaremos destinados a vivir con escafandra, como si todos fuéramos motoristas?
Más de una vez me habéis oído ese proverbio masai que dice: La tierra no es un regalo de nuestros padres, sino un préstamo de nuestros hijos. Ahora leo en las Églogas de Virgilio: Que tus nietos disfruten de los frutos de tus árboles o Cárpeant tua poma nepotes, en latín, que es como más enigmático.
Y qué hacemos nosotros. Poco. La mayoría nada. ¿Cómo vamos a cuidar la tierra, si hay cosas más importantes que hacer, como sobrevivir lo mejor posible cada día? ¿Cómo no vamos a contaminar si la limpieza acarrea demasiadas pérdidas? ¿Cómo vamos a cuidar un medio ambiente que agoniza irremediablemente, pero que su fin no lo veremos, ni nuestros hijos, ni los hijos de nuestros hijos? ¿Cómo preocuparnos de la bomba que cayó, cantaba Silvio, a mil kilómetros del ropero y del refrigerador?
Mi casa acumula desperdicios (un extraño síndrome de Diógenes), hasta que hacemos limpieza. Las bolsas de papel, las de vidrio, las de envases, el cajón de las pilas gastadas, la botella con aceite usado... se amontonan en la cochera hasta que las llevo con mi niño al punto de reciclaje más cercano (a unos 60 o 70 metros). Juan, más contento que una pandereta, les va diciendo a todos los vecinos que él lleva el cristal, por ejemplo, que le gusta estrellarlo por el agujero de la bombona verde.
Pero una vez más los contenedores están llenos y la basura se esparce a su alrededor y en su cubierta (cuando el reciclado no está en su continente es sencillamente basura). Así que nos deshacemos de lo que podemos y el resto lo devolvemos a casa. A ver si la próxima vez tenemos suerte. ¿O quizás es que en verano no hace falta reciclar?
* He introducido, a la derecha de este blog, un juguetillo de Google, que es capaz de leernos el texto que le pidamos. Probadlo, es divertido.
La grandeza del fútbol

Tras haber comido (poco y mal), después de esperar mucho (incluso, reconociendo su culpa, nos invitaron a las cervezas, a los cafés y al helado del niño), volvimos a una playa que se iba quedando desierta.
A las siete o siete y media de la tarde ya no quedaba nadie. Tres, cuatro sombrillas, además de la nuestra, se desperdigaban por la arena.
Cuando recogimos, el único coche del aparcamiento apiñado de la mañana era el nuestro. Parecía más blanco, más coche, en esa soledad increíble. Nos sentíamos protagonistas de una película de ciencia ficción (ciencia afición, decía alguien).
Al pasar por las hileras de casas de la costa de Nerja, banderas rojigualdas pendían en los balcones como si de un nuevo alzamiento nacional se tratara.
Esto va a ser el fútbol, dije a mi dueña que conducía.
La vuelta fue fluida (nos cruzamos con algunos coches) (aún hay vida).
Cuando arribo a casa, todavía seguía el partido. La transmisión televisiva y los gritos de los aficionados se filtraban por todas las rendijas.
Ganamos. Y yo me alegro. Pero me habría alegrado más la noticia de que el gobierno se había retractado de esas medidas contra la inmigración que, comunitariamente, ha tomado. Por ejemplo.
¿Antipatriota? ¿Porque no me gusta el fútbol? ¿Porque me suena al pan y circo de siempre? ¿Porque me parece enfermizo e indecente el dinero que mueve a fondo perdido, la exaltación social que promueve, la ceguera incoantrolable de los hinchas?
Somos los primeros de Europa, y me siento orgulloso. Pero también podíamos ser los primeros en igualdad, solidaridad, oportunidades, seguridad ciudadana, menor índice de paro, mayor bienestar, etc.
Me cuentan de otro raro que se metió en el cine y era el único de la sala?
Graciosos

Todo tiene su momento. No hay nada más patético que alguien que tenga que demostrar en todo momento quién es o su condición.
Al igual que un médico no lleva siempre el fonendo y va diagnosticando a todo el mundo ni un campeón de metros lisos que vaya a todos lados corriendo, el humorista no tiene que hacer reír a toda costa al que se encuentre, ser gracioso allí donde vaya. A veces, le pagan para ello; a veces, parece forzado. Pero, otras veces, hay que guardar la compostura y el chistoso no sabe.
Chiste: © paisdelocos.com
El sexo débil

El sexo débil es un concepto prehistórico que designa a la mujer, y viene desde que Eva accedió a comer la manzana de la tentación divina que el diablo le ofrecía.
Han pasado muchas lunas y ya nadie se cree eso de que haya un sexo débil, si acaso el sexo es débil en general, como la carne y sus apetitos.
Incluso, podemos pensar que, en el caso que hubiera un género especialmente fuerte sería el femenino. El sexo que ha soportado más carga a lo largo de su historia es el que pintamos de rosa.
En cambio, el hombre tradicional, rencoroso, primitivo, inseguro, temeroso, no quiere perder su estatus de supuesta superioridad. Y no encaja que lo que él considera sexo débil sea fuerte, independiente, carismático, autosuficiente, libre al fin y al cabo.
El hombre tiene miedo de esta revelación tan natural y tan digna como necesaria. Y el hombre en su simpleza se disfraza de rey de la jungla, de orangután descerebrado, y la emprende a golpes, que es la única manera ancestral y cobarde de imponerse, de levantar la cabeza y deglutir la superioridad de la hembra, de su compañera.
Es como cuando en algunos estados de norteamérica no entendían (todavía hay quien no comprende) la abolición de la esclavitud.
No estoy de acuerdo con ningún tipo de violencia, ni siquiera en defensa propia. Prefiero la huida a la lucha. Soy de los que proponen una huelga de brazos caídos ante la batalla. Cruzarme de brazos y que un tanque me pase por encima. Imaginar que haya una guerra y que no vaya nadie.
Pero ante la violencia de género quizás sea necesaria alguna suerte de castigo físico. ¿Qué tal la castración, aunque sea química, como proponen en Cataluña?
Van diecinueve o veinte mujeres asesinadas por hombres (parejas, ex parejas o perseguidores) y, casi peor, algunas niñas y niños desaparecidos, violados y también asesinados cobardemente.
No somos dioses para disponer de las vidas ajenas. No somos perros* para que nos maten impunemente.
* Quien maltrate a un animal tampoco debería tener perdón.
Mileurista

También tenemos la hipoteca,
la luz, el agua y el teléfono
(incluido el acceso a internet).
Pagamos los impuestos,
el colegio del niño,
los seguros de vida,
alguna suscripción
y algunos otros extras.
Ojala fuera mileurista,
del que todos se compadecen.
Todavía somos monos

Cuando vimos "El Planeta de los Simios" no reparamos en qué clase de monos eran los susodichos simios, ni falta que nos hacía para disfrutar con este clásico de la ciencia ficción (hay quien dice "ciencia afición"). Aunque, si lo pensamos, eran más bien gorilas o, como mucho, un híbrido entre chimpancé y gorila (amenazando algunas leyes de la evolución).
De hecho, se saltan una escala completa. O sea, el chimpancé esta mucho más evolucionado que el gorila. En realidad está más alejado de su primo peludo que del hombre (y no digamos que de la mujer).
Así, entre monos queda el juego. Monos son los babuinos y el tití, el orangután y el gorila, el chimpancé y el hombre.
Los monos sorprenden por su "inteligencia", por su memoria, por su capacidad de aprendizaje, por sus inclinaciones humanas.
Los hombres sorprenden, en cambio, por su bestialidad, por su salvajismo despiadado y gratuito, superando a los mismos animales.
El hombre desciende varios peldaños en la escala evolutiva cuando piensa con las tripas (o con algunos otros órganos lindantes con el vientre).
El mono es hombre cuando emplea instrumentos, cuando piensa lo que hace, cuando aprende y adivina usando la razón, que no es otra cosa que la consecución de la prueba y el error.
El hombre es simio, además de cuando come frutos secos, cuando emplea la violencia, cuando hace lo que piensa, cuando sigue el orate instinto de la sangre.
Es una pérdida de valores, de una ética social, es un relajo total que ha desembocado en el egoísmo más atroz.
Individualmente somos el centro del mundo, somos ombligo, aparte de nuestro bienestar personal, pocas cosas existen.
Todavía somos monos, demasiado monos.
Los noticiarios están llenos de actos violentos contra nuestros vecinos, contra nuestras familias, contra nuestra compañera, contra nuestros hijos.
Pan para hoy y hambre para mañana.
Por favor, digamos sí a la comunidad, a la globalidad, a la tolerancia, al mestizaje, a los demás, a los otros, a la diferencia.
La hija de mi jefe

Las pequeñas y medianas empresas son pequeños feudos y, si son familiares, se constituyen en verdaderos reinos de taifas donde señorean los empresarios y están a la orden del día la explotación, el chantaje, la ley del embudo, los trabajos forzados y el trato de favor.
Si en estas tierras campea por sus fueros la hija del jefe, ésta se erige en favorita del sultán. Un ser desmedido y caprichoso que gira donde sople el viento de su abanico y obtiene dádivas y beneplácitos con tan sólo una sonrisa, como si dijéramos por su bella cara.
(Aunque generalizo, estoy muy lejos de pensar que esta es la tónica entre todas las princesas. A veces éstas son poco agraciadas en el trato y soportan más que nadie el peso y las iras de su progenitor.)
Mi jefe se ha tomado unas pequeñas vacaciones y ha dejado oficiosamente al frente del negocio a su hija que, genéricamente, funciona de administrativa por haber optado como única candidata al puesto que graciosamente le tendía su padre.
Mi madre decía que lo peor eran los nuevos ricos. El rico de toda la vida es natural, diría que básico, pues está acostumbrado a tener dinero.
La hija de mi jefe, esa aspirante a rastacuero que a lo más que llegará es a mirarle los bigotes al ratón de cola, me recrimina a diario por una u otra razón. Me apremia en un trabajo que llevo metódicamente al día, por ejemplo.
Lo último fue que me dijo que me había despedido diez minutos antes de mi hora habitual de salida. No pude demostrar lo contrario ni anteponiendo mi escrupuloso sentido de la puntualidad. No pude comentarle que siempre entro antes de las nueve para que mi hora me encuentre ya sentado en el ordenador. No pude convencerla de que no salgo a desayunar (lo que sí hace ella y gran parte de la plantilla), pues llego ya comido de casa. No pude insinuarle que, cuando el trabajo necesita un poco más de tiempo, no me miro la muñeca y la sirena me traspasa.
A partir de ese día, aguanto diez o quince minutos al fin de mi jornada y, cuando cojo el abrigo para irme, le pregunto la hora a "la hija del jefe" que me la dice a regañadientes.
Me venden

Me imagino que es como todo. El primero que tuvo una ocurrencia, que es original, puede que sea un genio. Los demás que repiten esa propuesta, pueden ir desde los respetables admiradores hasta los burdos imitadores o directamente los cretinos.
El otro día vi por la calle tres o cuatro coches con el cartelito "Me venden". Es gracioso al principio. Pero después de tenerlo visto, puede ser un agobio. Como el ejemplo que he sacado de internet del coche de la fotografía. Su texto dice: "¡Me venden! Soy un Volkswagen Beetle 1303 Cabriolet (familiarmente conocido como «escarabajo descapotable» o «bug») del año 1976. Llegué desde Alemania a España en 1992, cuando me matricularon. Color blanco...".
Quizá en este ejemplo no se vea demasiada clara mi denuncia, pero ¿qué os parece que cuando digamos que queremos un café solo, el graciosillo de turno nos diga "pues nos vamos todos"? o ¿cuando digamos que vendemos una moto, por ejemplo, este mismo graciosillo salte con eso de "y yo para qué quiero una moto vendada"?
Intimidaciones
No sé qué hacer. Por tercera vez (las tres en esta misma temporada) me llega una advertencia (amenaza suena demasiado fuerte) por mi labor como periodista y crítico de flamenco.
La primera fue en diciembre pasado, cuando uno de los encargados me negó el acceso al teatro, pues mi periódico no era bien recibido en su festival otoñal de flamenco.
La segunda fue recientemente en el FEX, cuando Juan Andrés hizo gala de su furia Maya sobre mí por no haber ido a verlo y sacado en los papeles.
La tercera, ha sido esta misma mañana. Recibo un mensaje anónimo en el móvil de tal guisa:
"Me ha llamado la chica que cantó el viernes [Esther Crisol] llorando que habías hablado mal en el periódico. Tampoco lo hizo tan mal para ser una que empieza. Tú haz caso a lo que te dice la gente como el Isidoro ese y demás que yo sé y no seas objetivo y lograrás que se te pierda el respeto." (los acentos son míos).
Como digo, no sé cómo tomármelo. A Esther es la segunda vez que la veo y no le he hecho tan mala crítica (leer el post anterior ). Tan sólo no me llegó, no me sorprendió tan gratamente como cuando la escuché por primera vez. Hay días y días (para ella) (para mí).
Llevo cuatro años haciendo crítica de flamenco y si de algo puedo presumir es de mi imparcialidad y objetividad. No me caso con nadie. A los de mi alrededor les presto la atención precisa, pero nunca dejo que me influyan. Me alegra no obstante contrastar mis apreciaciones.
Cuando me llega un artista lo alabo. Cuando no me dice gran cosa lo paso un poco por alto y destaco lo bueno (que siempre lo hay) (si no no estarían donde están). Pero todos merecen mi respeto y aplauso. Admiro su decisión y su empeño. Nadie puede decir que le he faltado, que no le haya encontrado un brillo, que busque otra oportunidad...
El mundo flamenco es pequeño y como todos hay envidias y zancadillas. Supongo que en cuatro años tres traperas no son tanto. Seguiré, como siempre digo, ejerciendo mi trabajo de la mejor forma que pueda, aun sabiendo que alguien me mira mal, aun sabiendo que puedo tener problemas, aun sabiendo que quien sufre con esas cosas soy yo.
Después me dicen en la redacción que los flamencos no leen los periódicos.
La historia interminable

Aún no hemos mediado el año y ya se cuentan en nuestro país treinta y cinco (35) mujeres asesinadas por sus parejas o ex parejas. Algunos tenían denuncias, otros orden de alejamiento, otros nada.
Una infidelidad, un abandono, un ninguneo, una contrariedad, una desobediencia, una discusión, una mirada atravesada, una palabra mal dicha (o bien dicha), un palo al agua, la comida fría, el niño que llora, la vecina que llama al timbre, el teléfono que no para de sonar, el mando a distancia, que no hay cerveza, maldito gato, otra vez tu madre, por qué llama el cartero dos veces...
Cualquier excusa es buena para el uso y el abuso (o el uso del abuso).
Dónde dice que somos dueños de las personas, de nuestra pareja, de nuestros hijos. La esclavitud en nuestro siglo, en nuestra geografía, está erradicada. El servilismo tampoco tiene razón de ser. El servicio es voluntario. El servicio remunerado, sea cual sea la paga, no es servicio, que es comercio.
Quién nos autoriza a disponer de la vida de los demás. Somos lobos hambrientos, somos aves de rapiña, somos sanguijuelas para con nuestros semejantes (¿semejantes?).
Por mucho que lo denunciemos sigue sucediendo. Por mucho que nos avergoncemos lo tenemos muy cerca: detrás de la esquina, en el piso de al lado, en nuestra casa.
¿Qué podemos hacer? ¿Qué defensa tenemos? ¿Qué solución hay? ¿Qué ejemplo? ¿Qué castigo? Yo no sé. Quizá la educación, la igualdad real (no el sistema de cuotas), la tolerancia, la unión de todos...
Os dejo un poema de César Vallejo que acabo de recordar:
MASA
Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: «No mueras, te amo tanto!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Se le acercaron dos y repitiéronle:
«No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando: «Tanto amor, y no poder nada contra la muerte!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: «¡Quédate hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Entonces, todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar .
El día del aguacero

No parabamos. Ahora, parece mentira. Hace un mes escaso, la prenda habitual para salir a la calle era el chubasquero y el paraguas. Y es que cuando dice de llover... Abril, aguas mil, ya se sabe. Y hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo. O sea, todavía puede haber sorpreses.
Es como si hubieran dicho: os fastidio todos los puentes, el Día del Trabajo, el Día de la Cruz, y ya veremos si el Corpus, pero os relleno los pantanos (que ya están a más del 60% de su capacidad).
Pues un martes, el primer día de los últimos aguaceros, del diluvio pasado, me quedé sin cobertura. En el teléfono, me refiero (otras carencias de cobertura me son habituales). Estuve todo el día fuera de servicio (lo que es depender de un aparatito cancerígeno).
Mi primera explicación fue aquel cielo marengo que se nos venía encima. Llamé al "número de atención al cliente" que atentamente te cobran la llamada y allí me dieron otro "número de atención al cliente" para casos como el mío, o sea, doble llamada, doble coste.
Me dijeron que, les constaba, no debía tener ningún problema. Yo les aseguré que sí que los tenía. Que me buscara la vida, fue el veredicto que pude colegir entre líneas.
Al final del día acudí a un establecimiento de Vodafon (o Vodafone, según se lea) con la persiana a media asta y entré haciendo una involuntaria reverencia. La chica me recibió con el impermeable puesto y la luz apagada (¿sería una señal?). Le comenté mi problema y me pregunto: ¿Es de tarjeta o de contrato?
La pregunta era fácil, así que pude responder: "De contrato". Entonces contestó a bocajarro: "Pues no habrás pagado". "Oiga que lo tengo domiciliado", exclamé sin perder los papeles. "Pues no tendrás dinero en el banco", continuó impertinentemente mientras desarmaba el móvil y lo volvía a rehacer.
"Dime el pin", seguía machacando. Se lo di, lo marcó en el teclado del móvil y el teléfono recuperó todas sus lucecita rojas. Ya está. Qué le pasaba. Que se había movido la tarjeta. Bueno, gracias. Ummm.
Ni una disculpa ni un buenas noches ni un de nada ni nada de nada. No sólo los jueces son arrogantes con los humildes y humildes con los arrogantes.
Ladrones de tiempo

Denuncio públicamente a las instituciones granadinas y en concreto al Ayuntamiento de Granada por jugar con nuestro tiempo, por malversar los minutos de sus ciudadanos.
Digo que el bien más preciado que poseemos es el tiempo. Un valor que a medida que pasa vamos apreciando más y más. El tiempo pasado es eso y sólo eso: tiempo pasado, tiempo que no vuelve, que se fue por el desagüe de nuestras vidas para honra o vergüenza nuestra.
Es un atentado la política vial de nuestra ciudad y, me costa, de otras muchas. Es un crimen sufrir un permanente atasco. Es excesivo el número de vehículos que transitan por nuestras angostas calles.
No me cansaré de alzar el grito y denunciar a los que delinquen, a los hombres grises que, como en el libro "Momo" de Michael Ende consumen el tiempo de sus vecinos.
Necesitamos una concejalía de horas, de minutos, de segundos. Necesitamos un ministerio para el tiempo. Una entidad que luche por el respeto, el buen uso y la protección del latir ciudadano.
El tiempo se aprovecha o no, pero es privado. Cada uno con su tiempo puede hacer lo que quiera: aprovecharlo, invertirlo, prestarlo o perderlo. Pero es su dueño quien decide.
Las esperas deberían estar sancionadas, los atascos subvencionados. A quien guarde una cola más de un tiempo prudencial se le debería indemnizar.
Ayer comencé a esperar el autobús cerca de las catorce horas en la puerta del hotel Saray (que en hebreo significa "mi princesa"). A la media hora me puse delante del coche número siete, que era el único que me llevaría a mi destino, increpándole al conductor: "llevo esperando media hora, dos sietes que han venido, de tan llenos, no han querido abrir la puerta, así que hasta que no nos deje subir no me quitaré de en medio".
¿Locura, heroicidad, desesperación? Es lo mismo. El caso es que se levantó el chófer y obligó a la gente a avanzar, a juntarse un poco más. Así que los tres que estábamos en la parada, pudimos llegar a nuestro destino.
Los dos autobuses anteriores descargaron a gente, pero no dejaron subir. Un señor cogió un taxi, una chica y después una señora decidieron empezar a caminar.
La solución no es coger el coche particular o comprarse una moto o ir en bici o caminar siempre o montar en taxi. La solución radica en poner un servicio público de trasportes eficaz, rápido y económico (gratuito a ser posible), de forma que miles de razones nos impulsen hacia ese medio de locomoción antes de atestar las calles con nuestro "monoplaza".
El peor taxista del mundo

El peor taxista del mundo no es ese que no sabe muy bien dónde está, que no conoce las calles, las plazas o los barrios, que no sabe bien dónde se encuentra. El peor taxista del mundo no es ese temeroso que conduce con exagerada precaución. El peor taxista del mundo no es ese ávido conductor, temerario y arriesgado, dueño de la ciudad que tiene la mano floja y presiona el claxón a todos los que no son como él (que son la mayoría). El peor taxista del mundo no es ese que tiene su coche como un altar (no religioso) con pegatinas y olor a sándalo y con una inclinación al proselitismo. El peor taxista del mundo no es ese mal hablado o que fuma en su trayecto o que escucha Radio Olé o que tiene el fútbol a todo volumen o que es un descamisado y huele a sudor o a perfume barato...
El peor taxista del mundo es ese que abusa económicamente de sus viajeros. Aquel caradura que saca tajada de los extranjeros y de los niños, de los cándidos y de los despistados. Aquel que raspa unos céntimos en cada carrera, que redondea al alza, que se rezaga en los semáforos sin necesidad, que pasa por las calles más transitadas para participar en los atascos...
Ayer, a media tarde, llevé a mi niño al Albaycín que tenía que resolver unos asuntos. Era un engorro, pues tendría que cargar con él (muchas veces en brazos) para llegar hasta allí y regresar al hogar, pero él deseaba venir conmigo para ver "el flamenco". Yo había quedado con unas bailaoras en el Carmen de las Cuevas y él quería verlas. Así que, a pesar del leve aguacero, lo llevé conmigo.
Debíamos coger dos autobuses para llegar y tres para volver a casa, recorriendo media Granada. Llegamos al Carmen, sin novedad. Además coincidimos con algunas clases de baile y con Juan Habichuela, nieto, que estaba haciendo dedos con la guitarra.
Resueltos mis asuntos, nos fuimos por bulerías. En el segundo autobús de vuelta, sus tres añitos se rindieron, y Juan se durmió. Al llegar a la parada, razonablemente, paré un taxi que me llevara lo más rápidamente a casa, antes de montarme con el niño a cuestas en oto autobús.
El taxista iba fumando, con las ventanillas abiertas, a pesar del frío del atardecer. Antes de llegar al "límite de la tarifa urbana", el hombre multiplicó por tres el precio del trayecto. Y, al llegar, cantó a boleo el precio que quiso. Dijo: cinco euros. Cuando protesté porque el marcador marcaba cuatro con treinta y algo. Graciosamente dijo que me lo dejaba en cuatro y medio.
Debería haberlo denunciado o pedido factura, para denunciarlo, pero era más inminente acostar al niño que seguir discutiendo. No es mucho, pero indigna la forma y el abuso. Este es de los "profesionales" que dan mala fama al conjunto de colegas taxistas. En todas las profesiones hay manzanas podridas, sanguijuelas, que echan por tierra la buena voluntad del resto de sus compañeros.
* Artículo del 24 de febrero, que despareció por manipulación indebida
El botellón

¡Dále limosna, mujer, porque no hay en la vida nada
que el gozo de ponerse ciego en Granada!
Idea de negocio

Diciembre es el mes más consumista del año. Cada año consumimos más que el anterior. Nuestra lista de necesidades ha aumentado en proporciones desorbitadas. La pirámide ensancha su cúspide. Nunca hemos estado tan enfermos, tan anhelantes. Lo queremos todo. Es más quien más tiene. Los valores están en desuso. Los dos verbos que mueven nuestro "primer mundo" son comprar y vender.
Tenemos una lista de enfermedades que hace unos años eran impensables, estúpidas, sin sentido. El primer mundo debería darle la vuelta al marcador y ponerse por debajo del tercero. Como en las escuelas, el día del maestro, se trata de que el profe hace de alumno y un chaval se alza en la palestra como gobernador de la clase, algún país pobre podría dominar el mundo por un tiempo (¿deliro?).
Estres, depresión, obesidad (tb infantil), anorexia, bulimia, compra convulsiva, ludopatía... Enfermedades civilizadas, insatisfacciones de quien 'todo' lo posee.
Tengo varias ideas al día para luchar contra estos achaques. Permitidme que os cuente una invención de negocio para luchar contra el consumo, contra la compra convulsiva, contra las absurda necesidad de tener.
Símplemente se trata de un túnel de compra. Una tienda tremendamente larga. Una línea de metro sería ideal. En su comienzo todos los productos (puede ser un súper o un centro específico de ropa, calzado, gafas de sol, etc.). Después la caja para pagar. Desde allí hasta el final, más tienda para ver y comparar; y más cajas para seguir comprando o devolver lo comprado. Más tienda, más probadores, más cajas... Al final, después de varias horas caminando, comprando y devolviendo, la caja definitiva donde puedes pagar o devolver definitivamente lo que llevas o darte la vuelta y empezar de nuevo. Incluso esta tienda puede ser circular, un laberinto, con lugares para comer y descansar, cenar y tomar una copa. La compra ininterrumpida. La historia interminable.
* En el post anterior he reducido la foto pues un dictador tan grande enturbia la visión y mancilla la página, aunque tenga pinta de orate, como todos los de su especie.
Pinochet ha muerto

Esta es la historia, señores,
aunque parezca mentira
de un hombre que nacio hombre
y se convirtió en gorila.
Cantaban los hermanos Gambino (argentinos de origen accitano) allá por los años 70, refiriéndose a Pinochet (of course). Aparte de Franco, el dictador más proximo que hemos tenido, se llamaba Augusto Pinochet, que murió anteayer a los 91 años (el domingo descansó) (o descansaron miles de víctimas). Una de las características de estos autócratas es su longevidad. Característica matusalénica que va unida a su inmunidad (de ellos sacaron el dicho de que "bicho malo nunca muere") (aunque a la larga...) (pero qué largo se ha hecho) (y qué puñeteros han sido).
Creo que fue Sciascia quien dijo que "en el dictador se acumula la estupidez de todos sus seguidores". A veces, el cabeza del absoluto poder es sólo eso: una cabeza. Son hombres de paja cegados por la poltrona, que llega un momento en que se hacen de hierro y piedra, con sólidos cimientos, difícil de derrocar, imposible de saciar su sed de "sangre".
Antes del flamenco, antes del rock, antes de cualquier otra música, siempre me he identificado con la canción de autor, lo que, bajo los regímenes dictaroriales, se llamaba "canción protesta". Esas canciones que, al tiempo, más pronto que tarde, dejaban de pertenecer a su autor para entrar a formar parte del acervo común liberador, convirtiéndose así en verdaderos himnos de masas entonados antes, durante y despues de ser perseguidos por las fuerzas de orden público, lo que antes se llamaba "fuerzas represoras".
En los 70, en los 80, escuchaba a Víctor Jara y a Violeta Parra, a Silvio Rodríguez y a Pablo Milanés, a Mercedes Sosa y a Nacha Guevara, a Lluis Llach o a Paco Ibáñez..., cantautores de España y latinoamérica. (Actualmente todavía sigo enganchado.) Pero con la historia de Chile, con el golpe de estado del 73 y con la tiranía impuesta he sido especialmente sensible. ¿Será por la irrupción en La Moneda?, ¿será por el asesinato de Allende?, ¿será por las calles de Santiago ensangrentada?, ¿será por el canto truncado de Víctor Jara?, ¿será por la muerte indirecta de Pablo Neruda?, ¿será por el fustrado Canto general de Mikis Theodorakis?, ¿será por los miles de persecuciones y desaparecidos?, ¿será por la violación continua de los derechos humanos?, ¿será por la inmunidad de los tiranos?...
Con la mafia me he topado
No hace mucho tiempo Jesús Lens denunciaba en su blog que había recibido la amenaza de un latin king por un artículo (objetivo, me consta) sobre estas bandas de descerebrados, que había vertido días atrás en su bitácora. Todos nos extrañamos de que este individuo supiera leer y, a duras penas, escribir para lanzar esta arenga cargada de odio y de faltas de ortografía. Pero lo que más nos sorprendió es que ocurran estas cosas en un país civilizado (¿?) y democrático (¿?), donde se supone que prevalece el estado de derecho y la libre expresión (artículo 20 de la Constitución Española).
Ahora, a mi amigo Hueso, le doy un nuevo apunte para profundizar en el mundo sin ley en el que parece que vivimos, en la novela negra que nos encontramos al voltear cada esquina.
Sin ir más lejos, ayer entré en el teatro Isabel la Católica para asistir al quinto día del VII Festival Flamenco de Otoño de Granada (como vengo haciendo desde que comenzaron estos Encuentros y hacer mi crítica para el diario). En la puerta me interceptó su organizador, Manuel José Villegas (del grupo Totalísimo) (flamenkito punto com, para entendernos), y me preguntó si yo era del periódico Granada Hoy, sin pensarlo dije sí (pues la pregunta era fácil de responder) y acompañé mi afirmación con una sonrisa de merecimiento (ya pensaba que iba a felicitarme por mi puntual entrega y profesionalidad).
Pues te agradecería que desde mañana y, si puede ser desde hoy mismo, no vuelvas por el festival, puesto que aquí no eres bien recibido, me lanzó a bocajarro y sin anestesia previa.
Mi sonrisa de satisfacción se fue idiotizando por momentos hasta rozar la impotente indignidad.
Así que me di la vuelta y me fui con el teléfono en mano para denunciar el hecho o por lo menos aclarar el porqué de este acto facistoide y anticonstitucional (artículo 20, repito). Era un atentado contra mi persona, contra el deber de informar del periódico, sobre el derecho a ser informados de los usuarios y de la necesidad de los actuantes, de una manera u otra, a ser evaluados, a que se hable de ellos.
Llamé al diario que, como es lógico, le resultó intolerante y comenzó a mover cimientos (hasta tambalear la estructura). Se lo comenté a mi colega, Juan Pinilla, del diario La Opinión que iba a cubrir el espectáculo como yo. Él denuncia también la machada en su periódico.
Esta mañana, con las aguas relativamente en calma, me llamó personalmente el concejal de Cultura del Ayuntamiento de Granada, Juan García Montero (hermano de nuestro ínclito poeta), para pedirme esxcusas (que yo puedo entrar al tearo cuando quiera y, es preciso, sentarme en su palco, "a ver si tienen huevos de echarte"); me llamó mi periódico para infundirme ánimo, que todos están conmigo, que haga mi trabajo sin preocuparme por nada, que el sábado tengo una columna para resarcirme, etc.; y me llamó el tal Villegas para excusarse igualmente, pero por imperativo legal (se notaba en su voz) (que si por él fuera mis piernas peligraban).
Lo que pasa es lo de siempre: hace más daño la palabra que la espada. ¿Qué es lo primero que ocurre cuando alguien usurpa el poder en un país tras un golpe de estado, una revolución, una invasión, unas elecciones poco limpias, etcétera? Muy fácil: quemar los libros, fiscalizar los focos de información e, incluso, eliminar a los escritores y pensadores, poetas y periodistas.
Lo mejor para dominar a todo un país es pensar por ellos. Pan y circo. Iglesia y fútbol. Tele basura y política ficción. ¿Os suena?
61 víctimas

No sé si sirve de mucho volver a hablar del tema. Seguramente no está en nuestra mano y lo único que podemos hacer es denunciarlo, tomar partido y dar ejempo.
Son ya sesenta y una (61) las víctimas a manos de sus compañeros (hasta el sábado 25), (tan sólo en España), (que no es el país más extremo). Ya no se habla de violencia de género y mucho menos de violencia doméstica. Ya se le empieza a llamar por su verdadero nombre: 'violencia machista'. Yo redundaría de manera concreta, incluso. ¿Qué tal 'bárbaros desequilibrados' o 'asesinos varones'?
Que la mujer también es violenta, puede (sobre todo psíquicamente), (soy un hombre casado), pero mujeres asesinas, las menos (es preocupante, pero no patológico).
El varón asesino-de-su-compañera es una lacra social europea, mundial, una epidemia. Por más medidas que se tomen, son pocas.
El mayor enemigo por fuerza ha debido ser nuestro mayor amigo, un odio tan ciego ha debido de nacer de un fuerte amor. Un amor bilateral que, en la mayoría de los casos, se ha convertido en unilateral. Quizá esta sea la razón. Se me ocurren dos argumentos igual de peregrinos, los únicos motivos de un asesino: "ella le quiere, él la odia" o bien "él la quiere, ella simplemente ya no".
¿Me avergüenzo de ser hombre? No. No todos los hombres son iguales (como no hay un terrorista en potencia en cada musulmán). Por suerte los asesinos son los menos, pero qué ruido hacen.
Una pupa

Insisto, Granada es una herida abierta. Hoy, martes 21 de noviembre, tenemos más ciudad en obras que ciudad construida. Dan ganas de hacer las maletas y no volver aquí hasta 2010. Pero, me temo, que seguirán abriendo zanjas y lo peor es que antes de que cicatricen estos labios de cemento y polvo, volverán a zaherir el casco granadino por las mismas costuras, quizá porque en su día se olvidarón de meter no sé qué cable.
El universo está en expansión, como las obras de Granada. El universo es infinito, como las obras de Granada. El universo es un enigma, como las obras de Granada.
Es incomprensible cómo los turistas acuden en manadas. Es alarmante que se venda Granada como una ciudad de ensueño. Son inútiles las mejoras cuando la vida corre más que las infraestructuras y, cuando se inaugura la obra terminada, ya está obsoleta y, cuando una carretera, por ejemplo, se adapta para soportar mil coches a la hora, en el momento de estar terminada, recibe tres mil.
¿Estará la solución en dar un gran paso hacia atrás y abandonar el cemento y enterrar los coches y desbovedar el río y ralentizar los relojes y escribir a mano y conversar en las plazas y amarnos en los atardeceres?
Si no empezamos a soñar estamos condenados a soportar una pupa incurable que crece sin cesar.
¿De qué tenemos miedo?

Sartre advertía de que el infierno son los demás. Para Amenábar los otros son los muertos o, mejor dicho, para los muertos los vivos. Mi discurso de hoy, sin embargo, es más mundano, es algo que se ve todos los días, cada vez más, al menos a mi alrededor. Y es algo que, sin ser observador o sociólogo apreciamos al subir al autobús (mi tema favorito, donde el entramado de mis días se desvanece y no hay dios que recoja el ovillo mientras se deshace esta madeja). Me refiero a que preferimos sentarnos solos que a compartir asiento con algún otro usuario.
Cuando nos montamos en el autobús y podemos elegir (qué poquitas veces), buscamos el asiento individual y no el doble. Si no queda más remedio, cogemos uno doble en la fila del pasillo para, el que venga a continuación, opte por compartir el asiento con alguien que no tenga que levantar o pasar por encima (a veces literalmente).
Lo que pasa, es que los demás peatones que se deciden por el transporte público, piensan como yo y no quieren compartir asiento. A veces nos quedamos de pie para evitar a un compañero de viaje.
Anne Tyler en El turista accidental (mejor la película que el libro) propone un magnífico decálogo para el viajero. En uno de sus puntos recomienda no olvidar un gran libro (de tamaño, no de bueno), leámoslo o no, para aislarnos de este vecino, generalmente molesto.
¿De qué tenemos miedo? Quizá no deseamos que nadie intente hablarnos en este devenir de autistas funcionales; quizá tememos a un posible siames obeso o que huela mal o que tenga caspa y se bata el cabello formando una repentina nevada de descamaciones y otros ácaros o que se meta el dedo en la nariz y dispare verdes píldoras de parabólico vuelo de difícil seguimiento o que se desprenda de algún pequeño trueno ventral y las miradas del respetable recaigan en ti que, sin comerlo ni beberlo, se te han sonrojado las mejillas por un justificado pudor ajeno o...
O puede que todo lo contrario, que seamos nosotros los charlatanes, los grasientos, los casposos, a los que se nos escapan los vientos o los que nos cantan los alerones. O tememos a la chica o al chico que comparta poltrona y piense que nosotros pensamos que él o ella piense que nosotros estamos pensando lo impensable. O tememos al señor o a la señora que nos mira de arriba abajo pensando lo pensable.
A veces nos levantamos, cedemos nuestro asiento, no por condescendencia sino por "librarnos" de nuestro partener. A veces disimulamos con el móvil o con el libro del protagonista de Tyler o pegando las narices al cristal para ver el caótico desarrollo de las obras municipales. Y, lo que es peor, a veces disimulamos cuando entra al autobús alguien conocido que tampoco quiere vernos y, quejándonos de nuestra mala suerte, hacemos por no habernos dado cuenta, hasta que nuestras miradas coinciden por algún leve error y no tenemos más narices (que también se miran) que, con una estúpida sonrisa, balbucear un saludo que siempre va a sonar hipócrita, que siempre parece lo que símplemente es.
Y tú ¿de qué tienes miedo?
Decadencia

Canta un fandango Enrique Morente, para cerrar el disco Sacromonte, que dice: "To el mundo me da de lao / porque me ve en decadencia, / pero yo me he echao la cuenta / que el mundo no se ha acabao, / puede dar otra vuelta". Yo soy menos optimsta y pienso en la situación inversa, pienso en quien empieza a descender, en quien cae de la cresta de la ola, palacios de marfil que se derrumban.
Cuanto más subamos, más alto puede ser el batacazo. Es necesario acolchar nuestra caída con un buen colchón (los mejores almohadones que conozco son los buenos amigos, los amigos de verdad, los que te miran (léase, quieren) igual estés a la altura que estés), (eso sí, no los defraudes).
Podemos ascender, la vida es una carrera de logros y batallas que podemos ganar, pero que también podemos perder y entonces caemos y no nos podemos hacer una idea lo profundo que está el fondo (nunca tocamos fondo hasta sentir el cañón de un calibre 22 entre los dientes).
Es inútil comentar la foto que precede este artículo. Es innecesario recrear un antes y un después. Es demagógico advertir sobre los estragos de la droga. Es imposible que no te conmueva tanto deterioro en una persona que lo tenía todo, que lo era todo.
Ayer escuché por casualidad el tema principal de la película "El guardaespaldas", de Whitney Houston y recordé estas fotos, esta comparativa. Aunque dicen que se ha recuperado, la visita al infierno no se la quita nadie y lo peor es que guarda billete de vuelta en primera clase guardado en la manga (aunque no lo sepa).
Bullying

Leo con verdadera preocupación un artículo en El País de ayer domingo sobre un caso de asoso escolar, lo que se viene denominando bullying (palabra que lamentablemente se nos está haciendo familiar). Se trata de Andrea, una niña de 13 años de un instituto de Ponferrada (León), que lleva varios días en la cama con la pierna fracturada por la agresión de unas compañeras de estudios.
No es la primera noticia que tenemos. La violencia en las escuelas está a la orden del día. Dicen que el 62 por ciento de la responsabilidad de este comportamiento es de los padres. También influye la televisión, internet, los amigos, la calle...
El problema no es sólo entre adolescentes (¡que viva el botellón!) sino entre niños de todas las edades. Hace algún tiempo salió a la luz el acoso sufrido por un niño de seis años (¡seis años!). En un artículo que leí habla de que el sentimiento de agresividad en el hombre se genera desde los tres años (antes, el hombre es hombre -quiero decir niño-, a partir de los tres años tiene la posibilidad de convertirse en animal, en energúmeno).
Pero no sólo este animalismo se da entre niños o niñas (que en eso sí que hay igualdad), sino entre alumnos y profesores (Jesús Palomo comentaba la mala suerte que tenía de vivir esta época, pues cuando él era chiquillo, los profesores pegaban impunemente, ahora, que es profesor, quienes pegan son los alumnos); o entre padres y profesores (hace poco una madre agredió con una barra de pan a la maestra de su hijo); o entre niños y padres (hay padres que denuncian a sus hijos por violentos, les tienen miedo), (hay hijos que matan a sus padres), (tengo unos recortes, de los que hablaré algún día, sobre padres acosados (léase 'acojonados') por sus hijos).
Y encima lo graban en el móvil. Y encima se lo pasan de uno a otro. Y encima lo cuelgan en internet. Y encima se lo quieren vender a la prensa... Tal es su hazaña. Son cazadores y siempre hay presas desvalidas. Ya no hacen falta 'juegos de roll' ni 'idas de pelota'. Se está muy cuerdo cuando se agrede. El imbécil, el loco, el ébrio, es quien rueda por el suelo, el que se estrella contra la pared, el que soporta la navaja en el pecho.
Siempre, por lo que sé, por lo que he vivido, han existido los discriminados, las "víctimas" en las escuelas, a manos de otros chicos, pero antes, por decirlo así, existían límites, había una ética generalmente aceptada, planeaba una especie de miedo por las cabezas de los jóvenes que impedía dar el paso funesto, que evitaba quemar las naves... Quizá no fuera lo mejor. Pero ¿qué futuro nos espera si nuestros hijos son acosados o acosadores desde su más tierna infancia? Si tres amigas preadolescentes son capaces de romperle la pierna a una compañera, ¿qué harán con 20 ó 25 años?, ¿o 50 y sean dueñas de una empresa o jerifaltes de un país?
Yo, como padre, siento escalofríos con noticias como ésta. En su caso, creo que preferiría que mi hijo fuera acosado que no acosador, que fuera víctima y no verdugo, que las lágrimas nos hicieran surcos en las mejillas y no hacerle muescas a la culata de nuestro revolver.
Violencia de género

Un niño le pregunta a su madre: "Mamá, ¿papá esta en la Gloria?". La madre lo corrige: "No, papá está en el Cielo, en la Gloria estoy yo".
Puede que antes el único recurso que tuviera una mujer de librarse de un hombre, de salir del infierno, fuera esperar a que se muriese, a que desapareciera de su vida (la lenta venganza árabe).
Las cosas, por suerte han cambiado (¿no para todas/os?) y tienen que seguir cambiando (¿no para todas/os?). Pero el avance hasta la igualdad, la "liberación" de la mujer, no la hemos asimilado. Una mujer, que antiguamente formaba posesión del hombre en el mismo plano que su montura o sus armas (o ligeramente por debajo), es difícil mirarla ahora directamente a los ojos, es inconcebible que quiera dejarnos, es impensable que sea independiente y no sea una puta.
Esta bien que las mujeres tengan alma (no hace tanto que la iglesia así lo consideró), esta bien que las mujeres trabajen (con el paro que nos corroe), está bien que las mujeres conduzcan (con el parque móvil tan desmesurado que embotetella nuestras ciudades), esta bien que las mujeres voten (un logro relativamente reciente), (y no en todos los países y no en todas las sociedades y no en todas las casas), pero que las mujeres se divorcien sin nuestro permiso, que a "nuestra" chica le guste otro hombre (o una mujer) o que tenga un amante o que sea promiscua... eso ya es pasarse.
El hombre, en su infantilismo permanente, en su primitivismo irremediable, ejerce la Ley de la Selva (que a veces es la única que conoce y respeta) y decide cortar por lo sano, acabar con el problema de raíz y en su lógica salvaje se impone: "si no es mía no es de nadie" o "la maté porque era mía" o "ella se lo ha buscado" o "lo hago por su bien"...
Convirtiéndose así, en vez de en violencia de género, en violencia de número. Pues, si no me equivoco, van más de cincuenta asesinadas en manos de sus supuestas parejas en este año, al que le quedan aún dos meses y medio para que termine (¿y empezamos otra cuenta?). Una debacle. Es Guerra Civil, como dijo Miguel de Cervantes ante la persecución de los gitanos y que les cortaran las orejas y que los condenaran a galeras.
Algunos deciden quitarse de enmedio, a veces lamentablemente sin éxito, despues de haber acabado con su enamorada (¿?). Antiguamente se conocía como crimen pasional y, si no estaba bien visto, era al menos romántico. Hoy da náuseas.
Violencia doméstica la llaman, aunque de doméstico nada tiene. Son asesinatos puros y duros de gente desequilibrada, de mediohombres que no entienden que su libertad acaba donde comienza la de los demás, la de su compañera.
* ILUSTRACIÓN: Fragmento del cartel "La guardia civil del medio rural ante el maltrato a las mujeres". Dirección General de la Mujer (Consejería de Familia e Igualdad de Oportunidades). Junta de Castilla y León, 2004.
La Pena de Muerte

Ayer, 10 de octubre, fue el día mundial en contra de la pena de muerte (esa institución bárbara que se emplea cuando faltan argumentos). O sea, es como el día de la bicicleta o el día sin humo, nadie coge el coche y se procura fumar menos. Hoy no se mata. Me temo que quien mata seguirá su calendario de ejecuciones y quien no mata quizá se manifieste en contra de esta aberración contranatura (y dejemos la sodomía en paz).
Este año, la abolición contra la pena capital (y, de paso, la tortura) se centra en el continente africano. Aunque no todos matan. De 53 estados que hay en el continente, han abolido la pena capital, unos 13 (incluyendo a Liberia, que se apeó del tranvía de la muerte el año pasado, y Senegal, que dejó de matar en 2004). De los 40 que nos quedan, unos 20 recogen la pena de muerte en sus leyes, pero no la practican (es como el cristiano que no va a misa).
Pero, por desgracia, no sólo África. La muerte no tiene color. En Estados Unidos (no todos los Estados) desde 1976 llevan mil asesinatos políticamente correctos; en China, que junto con Irán y Vietnam superan en muertes oficiales al imperio americano, el terrorismo de estado está a la orden del día, y se ejecuta con un tiro a la cabeza; Singapur, que presume de ser el país más limpio del mundo (hasta está prohibido el chicle), tiene las manos manchadas de sangre...
Lo peor es quien se plantea reforzar esta pena, como nuestro querido Perú. O quien se plantea establecerla, como Polonia. Sí, en la Europa de euribor, hay países cangrejo que empiezan a recordar que la letra con sangre entra y que el enemigo bueno es el enemigo muerto y que muerto el perro se acabó la rabia...
No nos colguemos medallas, sin embargo, por lo buenos que somos. No matamos pero hacemos la puñeta. Miguel Gila contaba de aquel país tan pobre que no tenía ejército, no tenía carros de combate; utiliza un Fiat 600 con un enano dentro, que en vez de disparar insulta, que no mata pero desmoraliza. Los "crímenes" de estado, las presiones, el desequilibro social, el paro... son otro tipo de penas últimas y, a veces, sin solución (¿porque no interesa?).
Es la muerte en vida. El muero porque no muero de Santa Teresa. Los cuentos de mi hijo están plagados de brujas que envenenan a princesas que caen en un sueño eterno hasta que el príncipe azul le da un beso de amor en la mejilla. (Menos algunos que el beso se lo da una princesa a una rana para que se convierta en buen mozo, hijo de rey casadero (el hijo, no el rey), (Serrat proponía lo contrario, que si la bella besaba al príncipe, éste se trocaba en batracio).
¿Dónde estará nuestro príncipe azul? ¿Donde nuestro elefante rosa?
* Tenía un primer plano de ejecución asiática con disparo en la nuca, pero me ha parecido muy fuerte para verla cada vez que abro el blog.
Amanecer

Primeros en reventar

En unas jornadas, que en Australia reunió nada menos que dos mil quinientos expertos de todas dimensiones corporales y adiposas, advirtieron que "en el mundo hay más obesos que personas con hambre". Yo pensaba que estábamos locos, pero después de esta noticia creo que no tenemos remedio. O sea que el primer mundo (que englobaría a todos los que se pueden comprar un bollicao al día) está tocando límites catastróficos por los abusos de grasa, de azúcares y de edulcorantes adulterados, por sobrealimentación y hormonas irregulares...
En un diarío apócrifo, Lope de Aguirre, conquistador de El Dorado" cuenta que en sudamérica, en la selva amazónica, le sorprendieron unos mosquitos, chupadores de sangre que eran insaciables (como una amiga mía, pero eso no viene a cuento), que empezaban a succionar sin compasión a hombres y bestias, hasta adquirir un color sanguinolento y engordar y engordar hasta caer por su propio peso y explotar reventados en el piso.
* Ilustración: "Esclavo gordo" de un tal Matthius
Guardacostas
Cuando yo era joven, durante los meses de verano en la ciudad, acudía con algunos amigos (muchos) a una piscina privada. Era la piscina de Los Mondragones, un club social para oficiales del ejército. Entre el grupo de amigos, había varios hijos de militares que, gracias a ellos, pasábamos todos por hijos de condecorados. (A veces, ninguno de los que íbamos a aquellos jardines era del gremio, pero a fuerza de vernos, entrábamos como usuarios legalmente reconocidos.)
Había allí en la piscina algunos vigilantes que nos pedían de vez en cuando el carnet o nos llamaban la atención o nos echaban directamente cuando nuestros juegos no eran del agrado de los hijos más inmediatos de la patria o cuando cantábamos canciones subidas de tono. A esos vigilantes los llamamos 'guardacostas' en plan irónico, pues parecían guardias del litoral. Y, el cachondeo se armaba cuando alguien avistaba la gorra oscura y gritaba: "que viene el guardacostas".
A raíz de aquello, llamo 'guardacostas' a cualquier encargado, vigilante o portero que se cree con un poder superior, cabeza de ratón por unas horas. Gente (como los jueces) arrogante con los humildes y humilde con los arrogantes.
Anoche, por tercer año consecutivo, estuve, como periodista, en el XXVII Festival Flamenco de Los Oíjares (mañana sacaré la crítica) y por tercer año consecutivo tuve problemas para entrar a pesar de identificarme. Un grupo de guardacostas se pasaban mi carnet de prensa de uno a otro escrutándolo y mirándome de soslayo me preguntaban si no tenía algo más (yo pensaba que si tuviera entrada no me haría falta 'pelear' en la de esa forma y pasaría de todos aquellos liliputienses). Al final siempre me dejan pasar pero me vigilan de cerca. Parece que me hacen un gran favor dejándome que le dé cobertura y publicidad gratuita a su pueblo y a su festival. Me encuentro con Juan Pinilla, crítico de otro periódico (La Opinión), que le pasó un tanto de lo mismo.
El mundo está lamentablemente lleno de guardacostas, de catetos y de bodoques. También de rastacueros, pero eso es otra historia.
Atención, pregunta

¿Si hasta julio de este año han ardido en España 35.000 hectáreas, una tercera parte de lo quemado en 2005, no será porque cada año hay menos que quemar?
* FOTO: El incendio de Zuera de final de julio arrasó 40 hectáreas (el Heraldo de Aragón)
trasbordos
Un hombre pobre es quien no se puede ir de vacaciones. Un pobre hombre es quien puede irse de vacaciones pero no se va. Yo, posiblemente, reuna los dos calificativos (o participe de ellos, que no es lo mismo pero es igual). Y, por lo que veo, Granada está llena de pobres hombres pobres, pues el tráfico sigue como al principio y el aparcamiento es un milagro (menos para mi amigo Jesús Herrera, que parece que siempre hay un conductor esperándolo para, cuando él llegue, cederle su sitio).
Los que no vacacionamos, sentimos cierta envidia del que disfruta de su descanso estival y no comprendemos los servicios mínimos. Como si quienes nos quedamos en casa tengamos menos derechos que quien se va. Hay menos autobuses y los periódicos tienen menos páginas.
Además, parece que nuestros poderes fácticos, ordenan trabajar con más ahínco en la reforma de nuestra ciudad. Es decir, como si pensasen: "como la mayoría de nuestros ciudadanos se ausetan, al menos nosotros, vamos a dejar lo más fuerte de las obras para julio y agosto". O sea, un caos.
Y en ese caos me encuentro cuando salgo a la calle y subo al autobús y voy de parada en parada, como se fuese el Monopoly (aunque sin pasar por la salida y sin cobrar las veintemilpesetas). Lo bueno es que tengo bonobús (varios), que tienen trasbordo gratuito (hasta ahora que se paga aunque sale más barato). Lo malo es que el trasbordo no sirve después de transcurridos cuarenta y cinco minutos, que son los que pasas en el autobús en un atasco 'a mano armada' por culpa de las obras que al Ayuntamiento le ha dado por intensificar en verano porque cree que la mayoría estamos de vacaciones. (Lo mismo me voy unos diítas a la playa.)
Granaínos
Mejor "granaínos" que "granadinos" que suena a refresco o a gominola.
Siempre me han reventado las generalizaciones. Los ingleses son puntuales, los españoles tienen la nariz y las ojejas muy grandes, los indios caminan en fila... Habrá ingleses tardones, españoles sin orejas (Dalí decía que "la mujer elegante no tiene nariz") e indios que no guarden la fila ni para cobrar la pensión. Me fastidian sobre todo las generalidades de los hombres y de las mujeres. Cada cual es como es; de su padre y de su madre; y, gracias al cielo, irrepetible. (Algún día hablaré del cielo y del infierno.)
Nada hay tan falso como la pretención del dicho de que todos somos iguales. Y una eme así de gorda; todos somos diferentes, distintos y por suerte bien distintos. Quien quiera ser como éste o cómo aquél es un papanatas. Ya nos invadirán los clones cuando se levante la veda.
Los granaínos, dicen, decimos, tienen mala follá. Hay tantos mala follá como granaínos, como españoles, como humanos... Aunque su manifestación, nuestra manifestación, es evidente. ¿Lo dará el clima, el ambiente, la herencia? A uno de los camareros del bar Aliatar en el Albaycín, famoso por sus tapas de moluscos testáceos, un turista, después de pedir una ración, le pregunta cuántos caracoles entran en el plato. Detrás de la barra, sin inmutarse ni para bien ni para mal, el camarero responde simplemente: "no los he contado". ¿Es eso mala follá? ¿Es gracioso? ¿Es ofensivo? ¿Todos los granaínos son así?
Tierra del chavico, también dicen. Agarrados y peseteros (dentro de poco no se entenderá esta palabra). El otro día comí fuera. En un local conocido, del que he sido asiduo parroquiano. El restaurador se alegra de verme, me palmea la espalda y me recomienda lo qué comer. Buena comida, buen servicio, buen precio. Pero, tras el café, al pedir la cuenta, graciosamete le pido a mi amigo un chupito de orujo. ¡Al momento, caballero! Pero la copa y la cuenta me la trae una empleada. Cuarenta euros justos más uno setenta y cinco del digestivo. Es decir, que pagué para no volver hasta que se me olvide. ¿Es eso mala follá? ¿Lo suyo o lo mío? ¿Somos iguales? ¿No debería haberme cobrado el vasito? ¿Debo apencar por no haber esperado que él me lo ofreciera? (Se me ocurren cien preguntas más pero lo voy a dejar así.)
Trabas urbanas

Una de las carencias de los años es la falta de sinceridad en determinados asuntos. Cuando se llega a cierta edad ya no somos tan flexibles como para confesar nuestros dolores y debilidades abiertamente. Cuando uno es joven, los deslices suelen ser por la mala suerte, por la mala cabeza o por el abuso de nuestras facultades, que al fin y al cabo es lo mismo. Cuando se es mayor, cuando se pasa de los treinta y cinco, de los cuarenta, estos desequilibrios se llaman directamente achaques. Y cuesta reconocerlos y mucho menos publicarlos.
Sin ir más lejos, a un servidor, desde hace algún tiempo, dos años y cuatro meses para ser exactos, algo le impide caminar con normalidad. Me armo de valor y, en este foro abierto, confieso que el trascurso del tiempo ha hecho mella en mi estado físico y la simple capacidad de desplazarme. No es una tara física —no se alarmen mis amigos y no se alegren mis enemigos (¿o viceversa?)—, no es una enfermedad (ni siquiera venerea), no es una desviación psíquica (lo siento, tengo que poner la 'p'), un capricho pasajero o una neurona rebelde. Aunque se suaviza con el tiempo y os aseguro que se me pasará.
Simplemente, desde que nació mi hijo, empujo un carrito. Desde hace más de dos años he emprendido una carrera de obstáculos que me preocupa. Me alarma por todos los que epujan los capazos de sus retoños. Lo siento por si tienen que llevar mellizos o trillizos. Pero sobre todo lo lamento por los disminuidos físicos que deben caminar con muletas o desplazar su silla de ruedas de por vida. Me duelen esos ancianos que ambulan con bastón o cualquier otro lazarillo. Me apenan los ciegos aprendiendo y reaprendiendo los caminos, las esquinas, las vaguadas, porque se han abierto nuevas zanjas, porque aparcamos el coche o la moto, donde nos viene en gana, porque el Ayuntamiento ha puesto chirimbolos, mobiliario unbano, que nos cierra el paso, porque las aceras son pequeñas, porque los alcorques son grandes y no hay árboles, porque las farolas se plantan en medio de nuesto paseo, porque las baldosas estan levantadas, porque allá donde el camino está expedito hay una caca de perro o dos o veinte o una vomitura del derecho a la botellona o tres tirados en la acera o esa señal de circulación que se cayó y nadie ha levantado, por la falta de accesos, por los embotellamientos, por la ausencia de rampas, por la carencia de autoridad o por la existencia de esos mismos policías, que en Granada no se sabe si hay guardias porque hay atasco o hay atasco porque hay guardias.
Granada la bella...
Aunque esto ocurre en todos lados. Madrid, desde Carlos III, está contínuamente en obras. Alguien importante (?), no recuerdo, llegó a la capital de España, y en su traslado del aeropuerto a la recepción oficial, le pidió a Gallardón que cuando encontraran el tesoro que se lo hicieran saber.
Regalos
Acaba de venir mi cuñada de Egipto y me ha traído dos pares de calcetines y un paquete de calzoncillos, argumentando que allí es muy bueno el algodón (sic). ¿Y si va a China me traerá una ristra de ajos? Es de buen vecino ser agradecido y a caballo regalado... Pero, para esos detalles, mejor que no se hubiera molestado y que me hubiera contado a qué huele el templo de Karnak o qué se siente ante la esfinge de Gizeh o si sigue vivo el sueño de Alejandría. Pero no, un poco de ropa interior cien por cien algodón y, ya se sabe, el algodón no engaña. No digo yo que me hubiera traido un gato embalsamado de la reina Nefertari ni los planos de las pirámides que trazara Imhotep ni un pedacito de la esfinge de Kefrén, pero unas instantáneas del Valle de los Reyes, una figurita de oxidiana (o imitación escayolada), un botecito con arena del Desierto de Nubia, un falso papiro parco y elegante...
Los regalos deben cautivar tanto o más a quien los hace que a quien los recibe. El regalo no necesita escusas. Olvidemos santos, cumpleaños, reyes, viajes, visitas, aniversarios, amigos invisibles, dias (del padre, de los enamorados, del libro, de los inocentes, del orgullo gay), y regalemos cuando tengamos algo qué regalar, algo por qué regalar... El regalo te salta a los ojos. El regalo, como el amor, no se busca, se encuentra.
No hay nada más odioso que el regalo por compromiso, regalar por regalar. No hay nada más aberrante que las tiendas de regalo y el sucedáneo cutre de los "todo a cién".
Quien porta un regalo inútil, le debería quemar en las manos. A quien se le agasaja con una chorrada, no debería elegantemente tragárselo, sino devolverlo al dadivoso en cuestión y decirle "no gracias". Cuántos regalos que no queremos, cuántos regalos que tiramos, escondemos y sacamos a la luz cuando vienen los que con ellos nos obsequiaron. Cuántos regalos indecentemente volvemos a regalar. Cuántos regalos se han roto "sin querer".
Manifestémonos contra el regalo. El convencionalismo de regalar a determinada gente y determinados días es como poco una crueldad obscena. Yo no quiero que nadie me regale nada que no le salga del corazón (siento haber sido algo cursi en esta última frase) y dejenmé con el placer de dar que es mucho más intenso que el de recibir.
Reciclaje

La televisión en mi infancia y adolescencia, por suerte, era limitada por voluntad propia, pues nunca llegó a sustituir lo que realmente tenía interés para mí, que eran los libros, los lápices de colores, los amigos y la montaña (no necesariamente en ese orden). La tele era la alternativa para el vacío extremo. De todas formas hubo, hay y habrá dentro de su programación ofertas que copan mis cinco sentidos hasta lo indecible, hasta el punto de enrarecer mi carácter si no televidencio (permítaseme el reflexivo) el programa elegido.
En aquellos años (70) en que teníamos una única televisión en blanco y negro que ni siquiera cubría todas las horas del día (podíamos ver la genial "carta de ajuste", con música clásica de fondo, antes de que se empezara a emitir), un programa de variedades para toda la familia ocupaba una de las noches de la semana (normalmente el viernes o el sábado). No sé si fue en "El hotel de las mil y una estrellas" o fue en "Sumarísimo" donde vi una actuación de Fernando Esteso (espeso, diríamos a la larga).
Esteso era uno de nuestros graciosos, junto con Pajares o los veteranos Tip y Coll, como hoy pueden ser Los Morancos o Cruz y Raya. En su actuación (algunos se acordarán) hacía de pregonero castizo de un pueblo que, con una corneta, iba enunciando los puntos de su pregón. Una de esas cláusulas ("cápsulas" decía él), y es a lo que me vengo a referir, literalmente advertía:
"Por orden del señor alcalde, se hace saber, que se va a poner un buzón nuevo en la plaza del pueblo, pues el que había ya está lleno".
Lo mismo podríamos decir —al menos por mi zona— de los contenedores de reciclaje. El cubo del papel rebosa. Cuando nos acercamos, después de haber recogido durante semanas dos paquetes enormes de celulosa, después de haberlos cargado como acémilas, después de haber recorrido la distancia que nos separa de nuestro destino cívico, resulta que o nos tenemos que volver a casa con nuestra prensa caducada o apiñarla como podemos encima de los montones de papel y cartón que han dejado encima del contenedor. Optamos normalmente por la segunda opción —nuestra voluntad ecológica tiene un límite— y rogamos porque no llueva y que recojan pronto el abarrotado cajón y los daños colaterales que minan su alrededor. Rogamos también, para que a un graciosillo, un desaprensivo, (un genízaro, diría yo) no se le ocurra prenderle graciosamente fuego a la pira que se destina, muy en el fondo, a salvar nuestros árboles.
Lo mismo pasa con la ropa, con el plástico, con el vídrio... ¿Alguién ha visto receptores de aceite doméstico usado?
Es para pensarse si aguantar como hasta ahora lo hemos hecho, si esperar al camión recogedor y darle nuestros desperdicios acumulados, si denunciar el caso o tirar la toalla y abandonar definitivamente nuestro síndrome de Diógenes.
Cabrones
Los conductores de autobús son unos cabrones, los empresarios son unos cabrones, los profesores universitarios son unos cabrones, los abogados son unos cabrones, los comerciantes son unos cabrones, los vigitantes jurado son unos cabrones, los médicos de la Seguridad Social son unos cabrones, los empleados del INEM son unos cabrones, los críticos son unos cabrones, los cazadores furtivos son unos cabrones, los porteros de colegio son unos cabrones, los funcionarios de la Junta son unos cabrones, los regidores de los teatros son unos cabrones, los encargados de lupanar son unos cabrones, los dueños de editoriales son unos cabrones, los taxistas son unos cabrones, los empleados de banca son unos cabrones, los dueños de hipermercados son unos cabrones...
Todos somos unos cabrones, y dejamos de serlo los domingos (entiéndase domingo como momento de inactividad, asueto en nuestra función). Pues se me antoja una posible definición de cabrones, así en plural ca-bro-nes, como las personas que abusan de su poder, sea cual sea la parcela o la extensión de ese poder.
De esta manera manifiesto que los mayores cabrones son los que abusan de su fuerza ante los más débiles, ya sea un niño (¿su hijo?), una mujer (¿su mujer?), un prisionero (¿su víctima?), un novato (¿su compañero?)...
Saltan cada día ejemplos de éstos en los noticiarios (una niña hospitalizada, una mujer muerta, prisioneros torturados fuera de toda convención) y a nosotros se nos saltan las lágrimas de impotencia.

