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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Poesía/Cuento/Teatro.

En el funcionariado

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Como no tenía nada que hacer esa mañana, me levanté temprano, me puse la barba postiza de tres días y el sombrero de copa de vino y me dispuse a salir de casa para entrar en la calle sin un rumbo ni concierto. Un sol tímido, apenas desdibujado, se adivinaba entre unas nubes empeñadas en apelmazarse y empezar a llorar con lágrima viva. El aguacero no fue tan tormentoso como prometía, sin embargo, sino un calabobos insistente que amenazaba mi chaqueta de los domingos estrenada ese jueves que no tenía nada que hacer y me dispuse a perder el tiempo. Una tienda de todo a cien me guiñaba desde la otra acera mientras a mis pies se disolvía una tertulia de gorriones a causa de la llovizna. No venía nadie, la calle estaba desierta como aquella playa de la canción. Crucé sin mirar y subí los dos escalones que alzaban el baratillo en el mismo momento que un cuatro por cuatro racheaba rechinando en el charco número ocho y por poco acaba con mis sueños de ese día. El tendero, de alguna nacionalidad lejana, me preguntó con voz cantarina qué quería. Cogiendo un paraguas que hacía juego con mi estado de ánimo pregunté su mecanismo, pues no hallé manera de extenderlo. Poniéndose los impertinentes y examinando el artilugio, el hombre me dijo que no se podía abrir, que era un ejemplar único de paraguas unamunionamente cerrado. Cuando fui a pagarlo, al tiempo que lo envolvía, pues decidí no llevármelo puesto, me preguntó sobre el partido de anoche. Lo siento, le dije, no entiendo de fútbol. Pero él sí controlaba los equipos y las alineaciones, los campos y los partidos, los linieres y los guardametas. Con una parsimonia semanasantera me fue explicando que un equipo de segunda be había ganado a uno de primera que bajaría a no sé dónde, y otro de tercera regional subía a segunda efe, y otro de cuarta estaba a las puertas de subir a primera. Con una idea confusa del mundo de los ascensores egresé al asfalto. Había escampado y alguien había pasado papel secante por las calles donde ya no había ni rastro de agua y los pájaros reanudaban su algarabía. El paraguas se lo ofrecí a unos niños que alcanzaran algún objeto que se le había colado en una alcantarilla y me dirigí al funcionariado. El calor era mayúsculo en su interior, aunque todos andaban con suéter de pico sobre la camisa pastel o a rayas o bicolor y camiseta debajo. Unos andaban —los menos— llevando papeles de un lado a otro que después devolvían de nuevo en un correveidile a su lugar original. La mayoría de los que estaban sentados llevaban gafas y tenían forma —dependiendo de su opacidad— de bombilla o de pera. Pedí número y me senté a esperar. Un hombre de color que había antes de mí tamborileaba sobre la mesa con la yema de los dedos y una señora a su lado, con un cigarro apagado entre los dedos, marcaba el ritmo con sus tacones. Cuando tocó mi turno, el funcionario de la mesa cinco me preguntó de dónde venía. De la sala de espera, le dije. Con buenos modales me mandó al piso de arriba, a la mesa catorce, donde me darían una instancia para llegar como dios manda. Tuve que aguantar una breve cola, donde un niño lloraba en la sostenido en brazos de su madre, antes de llegar al nuevo control. La chica que me atendió, con el pelo largo, muy rubio, olía a frutas y tenía los labios pintados por encima de los labios. Me dio un visado que por suerte me valdría para cualquier mesa, de la uno a la nueve, menos la cuatro que estaba vacía. Bajé de nuevo a la mesa cinco. Esta vez sólo aguardé de doce a quince minutos. El hombre-bombilla, con barbita perfectamente rasurada y pelito de punta, me dijo que ahora sí, que todo estaba correcto y me mandó a la ventanilla tres be. El secretario de dicho apartamento un era joven y sin gafas que me dio un impreso con papel autocopiativo para rellenar con letras de molde y me indicó un rincón habilitado para tal efecto. Un bolígrafo con muelle gravitaba en la única mesa que quedaba libre en el recinto aludido. Al lado un hombre con mono de trabajo escribía con la lengua fuera, como si la boca tuviera un papel importante en el proceso de hilvanar letras. Más allá una chica repetía en voz alta conforme leía las preguntas —nombre, domicilio, estadocivil, correoelectrónico…— y se alegraba de saber las respuestas, como si fuera un examen de reválida. Con el impreso relleno regresé a la mesa cinco donde lo sellaron y me dieron cita para la semana siguiente, alrededor de esa misma hora. Así, con el convencimiento de que había aprovechado la mañana, volví a casa.

Jueves, 16 de Enero de 2014 12:05 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Quieres venir conmigo

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Hace unos años, Lorenzo Lunar, autor cubano de novela negra, nos propuso a unos amigos que le expusiéramos un caso verídico, un encuentro personal con las fuerzas del orden o con los fuera de la ley, con objeto de hacer una compilación de sucesos reales o una recreación fantástica con lo que recordáramos.

Sin venir a cuento, o por causas por mí desconocidas, este proyecto se frustró. Además, perdí el contacto con Lorenzo o él conmigo. El asunto es que los dos mutuamente nos dejamos. Sin embargo, esos días escribí algo que ahora retomo.

Aconteció poco después de casarme, a poco de estrenar mi nuevo estado civil. La madre de mi hijo, entre otros enseres de mayor o menor importancia, enriqueció la sociedad, que comenzaba a caminar (con contrato eclesiástico), un Renault 11, un buen coche, aunque añoso y con un gran motor. Lástima que la tapa del delco (cosa que nunca he sabido lo qué es) nos gastara tan malas pasadas.

Dimos trote a ese carro hasta el extremo y se lo vendimos a unos sudamericanos dedicados a la venta ambulante, que seguramente acabaron con su trabajada vida de metálico ronroneo.

Cierto día, después del trabajo, fuimos a comprar algunos comestibles para el abastecimiento semanal de una casa apenas habitada (la mayoría de los días comíamos fuera, por razones ajenas a esta historia).

Como siempre, dimos varias vueltas alrededor del supermercado para encontrar un hueco donde estacionar el coche. Cuando encontramos un aparcamiento que había quedado libre, de un auto más pequeño que el nuestro, sin duda, baje para dirigir la maniobra.

Al momento apareció un personaje, rubio y bien vestido, en una moto que indicó que fuera con él. Me alarmé y le pregunté para qué. Lo repitió con la voz algo elevada. Le dije tímidamente que no era mi intención seguirlo a ninguna parte. ¡Estaría bueno! (A esas alturas, había pensado que era un invertido que pretendía sacar algún provecho de mi deslustrada persona.) Así que comencé a hablar con mi pareja para que viera que no estaba solo.

De pronto se asomó él también por la ventanilla y preguntó con tono imperativo si me conocía de algo. Ella dijo que veníamos juntos, que era su marido y, quizás dijera, que me había bajado del coche para ayudarla a aparcar. Él dijo bien. Simplemente bien. Ni que lo sentía ni que disculpara ni nada de nada. Cogió su moto y se marchó con un compañero que lo esperaba más abajo.

En ese momento comprendí que era un policía de paisano y que me había confundido con un aparcacoches.

Agradecí —bromeamos— que ella no hubiera dicho que no me conocía de nada. Aunque, en ese caso, le hubiera requerido un par de euros por la maniobra.

Lunes, 13 de Enero de 2014 11:37 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.


Problemas de cálculo

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La casa estaba fría en la crudeza de aquel invierno por lo que decidieron abrirse un hueco para dormir junto a los animales en el establo justo la noche en que ella rompió aguas y el infante rosado se desprendió sobre la paja donde su madre lo aseó con mimo y lo amamantó en el pesebre mientras un lucero errante se posaba en el ventanal y cien pastores de buena voluntad se juntaron en la puerta para ver lo que pasaba a los que se les unieron tres reyes venidos de oriente con profusión de ropajes y martas que descendieron de sus camellos para ofrecer al nacido onerosos presentes pero al día siguiente la estrella se mudó unas cuadras más abajo pues había errado su descenso obligando a todos a darse la vuelta y a recobrar los reyes sus presentes entregándoselos a ese otro niño el día seis de enero del año uno rompiendo los sueños de grandeza de los primeros padres que no quisieron llamar al niño Jesús por puro coraje.

Viernes, 27 de Diciembre de 2013 14:15 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Caminantes

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Camina pesadamente. Con paso quedo. Ligeramente vencido hacia la izquierda, como si un brazo le pesara más que el otro. Si hubiese sido más largo arrastraría por el suelo como la flácida probóscide de un elefante cansado.

Aquel, fino y espigado, va dando saltitos cual si caminara en cama elástica o ingrávido en un astro cercano. Muellemente traspasa a los que en su misma dirección avanzan y con regateo etiquetero esquiva a los que se le topan de frente.

Ella repiensa su caminar. Cual tentempié despreocupado, marca el sofoco balanceo de preñada primeriza. Arreboles sonrosados fatigan su cara cuando sonrisas sorpresivas saltan a las chispas de sus ojos. La abundancia de sus nuevos pechos y sus palmas regordetas contribuyen su inestabilidad.

Con punto de apoyo robledo arrastra encorvado su cojera añosa. Inclinado sobre el piso difícilmente visualiza la dirección de la perezosa marcha. Las piernas vienen pesando como plomizas hace ya. Barre el piso sauróctono a cada rumiada huella.

Va y viene. Sus pasos son redondos y cargados de nervios, rebosante de aristas. Esféricos sus ojos en un bosque de piernas. De cuando en vez agarra una mano suave, faro de madre que impone seguridad en la noche de sus pocos años.

Son largas y elásticas sus canillas lampiñas. Deportivo camina remolinando los brazos al compás de su respiro. Impone su juventud la prisa decidida y una mirada fuera de este mundo que antagoniza con los fatigados transeúntes de las esquinas.

Con un pie detrás de otro, guarda una misma línea de equilibrio. Trote cochinero impone su falda estrecha, como si en la calle se sintiera fuera del agua. La precede el rouge estridente de sus labios carnosos y el torso abultado de talla justa o casi y los ojos sombreados de holgadas pestañas que sueñan ante el neón del inmediato escaparate.

Si fuera un animal de hiénido se trataría. Encorvado sobre sí mismo más que alzar los pies los arrastra como la oruga de un carro de hierro. El cuello hundido en unos hombros que preguntan si no camina solo. Si pudiera intentaría menores en las farolas. Su sonrisa lo delata.

Más presta atención a su auricular que a su marcha. Como si fuera un gepeese lo mantiene delante de sus narices y de a ratos se para a contestar con media sonrisa, como quien tiene la mano llena de hormigas, el vértigo de la conversación. Es ajeno a la calle, es ajeno a sí mismo, sólo un cruce, un traspié o el ruido inesperado lo vuelve a esta dimensión.

Copetona camina recién lacada con aires de venado orgulloso. Visones en el cuello tal vez o seda con pedigrí desborda el halo del perfume que precede sus pasos. Es plomiza y apretada aun sin carne apenas. En las mientes le asalta la tarea huera de cada día que le impele su continuo pastilleo.

Sin venir a cuento canta su alegato. Está ofendido con el mundo. No importa si lo escuchan. Camina paralelo a la marea, hacia un lado o hacia otro, le es indiferente, que mira sin cesar. Ya se para y cuenta su leyenda cuando un chaval le huye y otro lo aguijonea. Se agacha para recoger una pava apenas sin fumar.

Con los libros apretados al pecho incipiente recorre soñadora el camino de diario. Los recuerdos de un pasado inmediato la llenan de suspiros. Con sus trenzas amarillas, quizá helénicas, tiene todo el horizonte por delante.

Arrastrado por su can tropieza de esquina a farola, de alcorque a pared con su correa extensible que escolla a los demás trashumantes. Quién pasea a quién, se preguntan estas gentes. Con una prisa que no le asalta, quizá lleva bolsas en las manos o un periódico en la axila.

Torpe, pasea sin rumbo como mosca de otoño. No tiene prisa. Con su cámara al hombro sorprende cada instantánea. Lleva calcetines bajo las sandalias, y pantalón corto aún con la brisa. Sonríe a las aves y a los perros y a los gatos y aun a los cocodrilos.

Con su cara roja y su carne derramada, que se empeña en apretar, jadea a cada instante con el ronroneo abisal de los cetáceos. Las columnas flácidas de sus piernas apenas sostienen su balanceo inestable. Lentamente avanza como si fueran dos y agradece la luz roja frente la calzada que permite un obligado estanco.

Él no camina que espera. Junto a la pared entre las lunas de dos escaparates es todo cuello. Se asoma nervioso hacia los dos flancos como una mangosta en su agujero. Mira el reloj de continuo y arregla sus ropas sobre el arreglo anterior.

Con tacones de vértigo inseguro, más que andar, salta como los pájaros que no están hechos para abandonar el vuelo. La melena corta de moreno inflado marca el compás de sus movimientos. Es elegante en su delgadez, acostumbrada a atesorar miradas. No obstante los demás se apartan de su halo.

Camino caminando el caminar de los caminadores para a vuelapluma esbozar esta minuta de siempre truncada.

* Caminantes de la ciudad©, de Manuel Molano.

Martes, 17 de Diciembre de 2013 10:14 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Cuando estuve contigo

Cuando estuve contigo
te quise aprender de memoria.
Te advertí en cada gesto,
en cada mueca,
en cada una de tus palabras.
Fatigué tu sonrisa y tu mirada.
Catalogué tus luces
y también supe de tus sombras.
Recorrí cada poro de tu piel
como si fuera el plano de mi vida.
Me ancoré en tus rincones,
me sumergí en tus oquedades.
Quise repetir este viaje
como siempre las olas vienen
como siempre las olas van.

Jueves, 28 de Noviembre de 2013 00:14 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 7 comentarios.

Un último adiós

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Tras episodio tan doloroso todo me da igual, cuando, conocido como Joseph Brown, quise llamarme Herr Braun en el ejército alemán donde me alisté cumpliendo una delicada misión como espía británico, lo que se dice un topo, al servicio de su majestad Isabel II, junto a mi compañera Catherine Parquer, alias Frau Pathauer, que, con el tiempo, el 7 de abril de 1940, ingresamos en la Gestapo como el señor y la señora Braun, para caminar al unísono, con una leyenda sin fisuras, que nos llevó hasta engendrar al pequeño Friedrich Braun al año de ascender a oficiales, un niño sonrosado y muy rubio, extremadamente ario, al que bautizaron los altos mandatarios del régimen, y que, desde hacía tres años, llevábamos mandando información fidedigna y, en cierto sentido, vital al Foreing Office, hasta que un chivatazo, nos atrapó en una montaña austriaca, al filo de un acantilado, donde, disfrazada de cabaña vacacional, teníamos una pequeña emisora desde la que, en clave cifrada, enviábamos los detalles más comprometidos de nuestras observaciones, truncadas más pronto que tarde por dicha denuncia, alertando a la SS que no tardó en llegar con gran aparato armamentístico, dispuesta a detenernos, si no llegaban a cosernos con un peine de ametralladora allí mismo, aunque ya nos hubiéramos desecho del material comprometido, quemado los documentos y desmenuzada la radio hasta aparecer sólo como un rimero de tornillos, muelles y bombillas en la tabla ante el amplio ventanal asomado al blanco abismo que suponía nuestra posible única salida, una escapatoria suicida por otra parte, a no ser que usáramos un viejo paracaídas que constaba en nuestro arsenal, aunque con el peso de los dos no podría librarnos de una muerte segura, así que decidí, sin objeción ninguna, que lo usara ella por el bien de nuestro hijo y mi descanso postrero, pues la quería demasiado, y, al abrazarla, con un apasionado beso y lágrimas en los ojos, Catherine saltó, justo cuando los sabuesos del Führer entraban en la estancia y mi dolor fue creciendo porque ahora en la prisión, a punto de ser fusilado, me entero que todo era una farsa, que quien se hacía pasar por mi mujer era una espía doble que fue a aprovecharse al principio de mi mente y después de mi corazón.

Jueves, 07 de Noviembre de 2013 09:40 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

A una sirena desconocida

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Hay un premio en vigencia sobre microrrelatos en tarjeta postal, donde se valora la interacción entre el texto y la forma, al que he decidido presentarme con este trabajo.

Al no ser un concurso secreto (es más, existe una especie de votación popular), expongo sin pudor el fruto de mi magín.

Aún  está abierto el plazo para presentarse, ver las obras de los demás concursantes u opinar sobre ellas.

Domingo, 20 de Octubre de 2013 19:22 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

El hijo del alfarero

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Después de seis días de trabajo minucioso creando móviles y algunas otras sutilezas hilvanadas entre sí, a las que su hijo les insuflaba movimiento con la simple ventolera de sus labios silbantes y sus mofletes henchidos, el alfarero contempló su obra pensando que todo era bueno y que el día siguiente lo dedicaría íntegro a descansar.

Mientras se enjuagaba las manos embarradas y las secaba en el mandilón, el niño se entretenía con un pegote de barro dándole forma tal la imagen y semejanza de su padre antes de quedarse completamente dormido en la cantonera amable, adyacente al bondadoso horno de cocción.

El incipiente aprendiz raudo principió a soñar que su figurita conquistaba el fuego y la rueda y la imprenta y que tenía una compañera con la que se multiplicaba sin freno; que conocía el odio y recreaba el amor; que aprendía a sufrir y hacer sufrir; que construía castillos y catedrales y que conquistó el espacio; que se hizo temeroso, temerario y temido; que fue salvaje y civilizado; creó sociedades y otros vínculos y subió a las estrellas; que fue solidario y fomentó desigualdades; que dominó la tierra toda y la sometió hasta dilapidar su esencia.

Y, en esas estaba, cuando sonó de urgencia una sirena cercana o una voz ambulante o un ladrido en la niebla y despertó de repente. Unos momentos antes de aflorar en la ventana para averiguar la resonancia, al tiempo que la vigilia desterraba las telarañas de recién amanecido, y aún, visto lo visto y soñado lo soñado, sopló con toda intención a la marioneta que se alzaba inanimada en el piso.

*El despertar, escultura de Jesús Montoya© (entre 2008 y 2010).

Jueves, 17 de Octubre de 2013 01:10 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Y los sueños, sueños son…

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Una de las fases más enigmáticas de esa vigilia del sueño, es que acontecimientos que parecen abarcar meses o años, ocurren en minutos o instantes                        (El Sueño, O.Henry)

La noche del durmiente, aunque no sea bello, está llena de sueños. Una concatenación de imágenes felices o angustiosas, celestes o diabólicas, amenizan la noche pensando sin querer pensar. Entre niebla y fantasía sucede el ensueño profundo, donde el tiempo no existe ni el espacio, ni lo real ni lo fantástico. Unos sueños que se prestan al olvido en cuanto suceden pero su estela tinta el primer despertar que, si no se hace un forzado ejercicio de retención, sus hilvanes desaparecen definitiva e irremediablemente para visitarnos con similar aspecto si acaso durante otra adormecida.

Hay quien es consciente de sus sueños y se esfuerza por conservarlos, analizarlos e interpretar sus designios. Se ha escrito mucho sobre su origen y significado. Pero su mundo paralelo, dimensionado, está generalmente vedado.

El otro día sin embargo, en el umbral de desadormecer, algunos retazos de sueño se me hicieron evidentes. Incluso borgianamente en el mismo sueño tomaba estas notas que ahora escribo.

O sea que, sin pensarlo dos veces, me siento ante el teclado y, librando de telarañas el film de mi mente, confío en registrar lo esencial que peca más de orate que de cordura.

En una clase mixta donde esperábamos al docente, una chica con los labios muy definidos, de granate, casi violeta, era la única que atendía desde el vano de la entrada. El profesor llegó con su cartera en la derecha (puede que tuviera gafas) y besó a esa dama que le sonreía.

En ese instante o al momento (el tiempo no existe, recuerdan) dio a luz a un bebé, a todas vistas prematuro si no fuera porque comenzó a hablar diciendo algo así como:

“Todas las mañanas me alegra decirle a mi madre cuánto la quiero”. En ese momento, en el mismo sueño pensé escribir el episodio por su grandeza, por su imposibilidad. ¿Cómo un niño recién nacido, que no ha vivido ninguna mañana, ningún despertar aparte de su alumbramiento, puede referir el amor de su madre en cada amanecida?

Soñando aún, buscando dónde apuntar mientras intento retener la anécdota, despierto y busco dónde apuntar e intento retener la anécdota.

Miércoles, 09 de Octubre de 2013 12:19 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 6 comentarios.

El poema de la costurera

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Cuanto más grande es un imperio, más crecen sus fronteras. Aumentan sus aliados (muchos por conveniencia o amenazas), pero también se multiplican los enemigos que no tuercen el brazo ni agachan la cabeza para morir de pie un día y no vivir el resto arrodillados.

Entre las notas del segundo volumen de Sueño en el Pabellón Rojo, de Cao Xueqin y Gao E (siglo XVII) recojo una anécdota, que recreo para los pacientes lectores de este blog.

Según la Crónica de la Poesía de la dinastía Tang (610-907), las damas del Palacio Imperial enguataban con algodón las ropas para los soldados que defendían la frontera. Uno de los defensores del helado norte, donde la Gran Muralla se salpicaba de calvas rompiendo o incidiendo en la idea borgiana de la infinitud, encontró entre los pliegues de su ropa un poema que decía:

Amigo que combates en el campo de batalla; 
amigo al que penalidades y frío impiden dormir.
Un uniforme guerrero te estoy cosiendo, 
¿quién serás tú, que lo ha de usar?
Muchos hilos utilizo; 
por cariño, con mucho algodón lo enguato.
Ya no es posible en esta vida: 
nos uniremos en la siguiente.

El soldado mostró el poema al mariscal de campo, hombre cejudo y entregado, quien viendo en tal misiva una falta grave en época de guerra, se lo ofreció por medio de un fiel correo al emperador —posiblemente Li Shi Min (599-649)—, quien, exhibiéndolo a su vez ante las damas de palacio, doncellas y servidoras al fin y al cabo, prometió que no castigaría a la autora.

Una dama con espíritu resuelto aunque con gran recelo, con voz temblorosa confesó que el poema era obra suya. El emperador la felicitó por su bravura y sensibilidad y decidió casarla con el soldado a cuyas manos había ido a parar el poema.

Un soldado era un ciudadano libre, con su paga estable y la posibilidad de ascender. Ella abandonó su estatus de criada y se posicionó en la sociedad donde presumiblemente no dejó de componer versos, pero ninguno tan eficaz y trascendente como el que metió entre algodones en la casaca de un soldado.

* El emperador Li Shimin en la imagen.

Lunes, 30 de Septiembre de 2013 12:11 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Una pequeña historia de amor

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A veces el amor y el odio van de la mano. Éramos una pareja perfecta. Yo la quería de manera enfermiza. Ella me odiaba con todas sus fuerzas.

Miércoles, 28 de Agosto de 2013 20:24 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 5 comentarios.

Causa y efecto

Soy continente y contenido;
causa y efecto;
polvo, alma y raspadura.
Las flores del almendro;
las nieves que acumulan;
el sol que las derrite.

Martes, 20 de Agosto de 2013 11:19 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 1 comentario.

Atrapado en el laberinto de Rayuela

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Llevo años leyendo la novela más conocida del genio argentino Julio Cortázar. El autor propone en Rayuela dos formas de lectura. A saber, se puede abordar convencionalmente, como un libro cualquiera, en orden el correlativo que disponen sus páginas, o de forma discontinua siguiendo una suerte de damero propuesto al comienzo de la obra, donde se van alternando los distintos capítulos de la obra.

Yo, aventurero de principios, me incliné por la segunda opción. De modo que, desde el sector 73, con que comienza la trama, pasa al corte 1, y después al 2, para saltar nuevamente al 116 y así sucesivamente hasta acabar en una especie de espiral, quizá malintencionada, donde del capítulo 131, nos manda al 58, y de éste otra vez al 131, con la lógica misma vuelta en periódico puro que lo hace interminable.

Las secciones son cortas o meridianamente alargadas. Siempre densas y experimentales, lingüísticamente hablando.

No sé cuándo, hará meses que me extravié en su contenido, como la bella dama Egeira, soñada por Perucho, perdida entre las páginas de un códice medieval mientras bordaba en un bastidor de marfil. Señalé una página en un descanso. Intermedié un punto de lectura entre dos hojas, izquierda y derecha, par impar, donde, en ambos lados, daban comienzo sendos capítulos. El episodio de la izquierda comenzaba y concluía en tal página; el título diestro, a saber dónde terminaba.

Al retomar Rayuela, un error, un despiste o la influencia de hados invisibles, inclinaron mi decisión a proseguir la lectura en la parte equivocada y continuar la guía de Cortázar.

Al rato de ir leyendo, reconocí algún pasaje. Dando por seguro que el mundo onírico de esta guisa cojeaba y que los tintes surrealistas que tachonan la obra vuelven como las olas en la orilla, continué saltando a la pata coja y venda en los ojos.

Cuando una frase se me hizo tan nítida y evidente que era imposible su doblez, quise rebobinar el hilo de Ariadna hasta el origen de la confusión que, al no hallarlo fácilmente, los palos de ciego se sucedían a mansalva. De forma que una sección me lleva a otra. Esta la conozco, la otra no. Vuelvo y retomo al azar otro numerito y salto al siguiente. Me voy de nuevo al principio y de nuevo caigo en la duplicidad, en el dilema o en el camino que se bifurca, emparentando así a dos paisanos, coetáneos, contemporáneos.

La palabra fin no existe. Rayuela es una obra sempiterna y yo seguiré perdido en su laberinto.

Lunes, 12 de Agosto de 2013 12:00 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 1 comentario.

Alegraos por mí

Alegraos por mí:
he perdido mi gran amor;
ya no tengo cadenas.

* A la manera de Aretino.

Jueves, 25 de Julio de 2013 01:05 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 3 comentarios.

Una de fantasmas

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Sandra Martínez de la Torre, la de zapaterías Martínez, dijo que iba a subir al desván a buscar un cordel para anudar este fardo.

—¿Un fardo de qué?

—No sé. Un paquete. Algunos productos de la granja que le mandaría a su novio.

—¿No me digas que tiene novio?

—Pues sí, de antiguo. Andresito, Andrés, el de la taberna, que se ha ido de guardiacivil a Bilbao.

—Pobrecito.

—No se crea. Cobra un plus por servir en el norte.

—Incluso así.

 

Sandra era una chica espigada, que todas las faldas le venían cortas. Tuvo problemas con don Anselmo Avellaneda, que venía de Extremadura, y quería que a las mujeres no enseñasen las rodillas en la parroquia. Ahora para la boda…

—¿Es que se casa?

—Con Andresito. ¿No te digo? Ya tienen fecha y todo. Será para san Juan.

—La noche más corta.

—Andresito siempre fue precoz.

—Hasta en eso.

 

Yo le dije que la acompañaba. No sólo para verle las piernas, populares aún, antes de que se apareara definitivo, sino porque la noche anterior habíamos intercambiado algunas noticias de miedo, no vaya a ser que se tropezara en lo oscuro con algún aparecido.

—Buena estrategia.

—No sé si es buena, pero así me evadía un rato de la cocina.

—Ya. El fastidio de los cacharros y de la comida.

—No; más bien para dejar solos a Luis, que ponía inyecciones, y a Luisa, que en lo íntimo empiezan a hablarse.

—¡Dios los cría…!

 

Los padres de Luis tienen una carnicería con fama en productos manufacturados, donde amasan las hamburguesas con tres tipos de carne. Ella entró a cubrir una baja por embarazo. La chica de antes, la que sufría de reuma, estuvo mucho intentándolo y por fin… Luisa, de tanto visitar al practicante, terminó el practicante visitándola a ella.

—Lo que suele pasar.

—Pues eso.

 

Luis se fijó en Luisa nada más verla. Luisa, me consta, tardó algún tiempo más en fijarse en Luis. El caso es que se entienden y entre hamburguesa y hamburguesa…

—¡Un perrito!

—Pero qué bestia es usted.

—Usted perdone, me lo ha dado hecho.

—Bueno, continúo.

 

La noche anterior, la de las brujas, los novios habían discutido. Y hoy eran todo caras mohínas e indirectas de esas que pican.

—Las conozco. Pero hacen más daño al que las lanza que al que las recibe.

—¡Cómo lo sabe!

 

Había que dejarlos solos que se sincerasen y lo que fuere fuera siendo. Así que subí detrás de las piernas de Sandra y de camino buscaría yo también algo.

—¿Algo como qué?

—Qué se yo. Un trapo, un libro, alguna antigüedad…

—Sí, algo indefinido.

—Eso le digo.

 

Ella encontró la cuerda rápidamente y dijo de bajar enseguida. Le dije que esperase, que yo también quería coger algo y que así le dábamos tiempo a los luises a que hicieran las paces. Quise hacerla cómplice.

—Es lo mejor en estos casos.

—Así lo pensé.

 

En el fondo encontré algo que podía serme de utilidad o servir para distraerme durante algún tiempo. Interesante de cualquier forma. Un atadijo de vetustas postales se esquinaba al lado de la gran luna enmarcada. Fui a agacharme para asirlas y en el espejo vi reflejada la imagen de un ser grotesco que me sonreía.

—¿Un fantasma?

—Eso pienso. Pero no me interrumpa más que no acabamos.

—Usted perdone.

 

Era grandote y medio calvo. La chaqueta de cuadros, abrochada nada más que de una botonadura, le quedaba estrechísima y los pantalones, de un amarillo pálido, dejaban ver sus calcetines verdosos alzados como con agujetas y sus zapatones de payaso. Di un salto y corrí hacia Sandra Martínez que me esperaba en la boca de la escalera arrollando su cordón ya desanudado.

—Qué susto, oye.

—Ni que lo digas.

 

Yo, el valiente, que no creía en apariciones ni en cuestiones extracorporales, de pronto veo a un clon que se ríe reflejado en una lámina. Al otro lado nada.

—Espeluznante.

—Calla, que sigo.

 

Y, cuando me vuelvo con el corazón encogido para alcanzar a la bella y el calvero de luz que me volviera el aliento, en vez de Sandra veo al caricato del azogue con flores ajadas en la mano en vez de la cuerda recogida.

—¿Y qué hiciste?

—Me quedé helado.

—Normal.

 

Miré otra vez atrás y después otra vez a Sandra, que esta vez sí era la Sandra Martínez de la Torre que todos conocemos, que me preguntó que qué me pasaba, aunque yo no podía articular palabra. Después me quiso dar la mano para bajar al menos el primer tramo de peldaños, hasta el descansillo, y se la rechacé con las ganas que tenía yo de un contacto físico con la casadera desde que llegamos a la granja.

—¿Y su novio?

—Está muy lejos. Además, aún no están casados.

—Hasta san Juan.

—Hasta san Juan.

Lunes, 22 de Julio de 2013 12:07 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Corriendo por el puente a mi presencia

Corriendo por el puente a mi presencia
bajo el sol de la tarde y tu sonrisa
te veo en el pretil de la inocencia,
tu pelo alborotado con la brisa.

Destaca sobre todo tu figura,
la esbeltez, la elegancia, tu sonrisa,
preguntando en mi afán si no es locura
lo que por ti siento; no tengo prisa.

Adelanto a llegar hasta la altura
de tu cuerpo ceñido cual violeta,
mi pecado de amor no tiene cura

ni la quiero y me alegra la saeta
que Cupido clavara en mi espesura
haciéndome volar como cometa.

Viernes, 05 de Julio de 2013 17:34 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

El frío en Granada

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Desde las bondadosas tierras de Badajoz, el poeta Ben Sara, originario de la ciudad portuguesa de Santarén, perteneciente a la taifa aftasí, arribó un día de febrero a la ciudad de Granada.

Tal día era soleado y, a orillas del Dauro, sentado en una peña lisa, no se estaba mal contemplando la impresionante alcazaba que se elevaba orgullosa en su frente. Sobraba incluso el fez sobre su corona.

Era un remanso de paz dable de ser cantado con los inspirados yambos que el ambiente le dictara. Así, el joven portugués, empalmó péndola y extendió papiro presto a dejarse impregnar por los cantos cambiantes de un río, que hasta hacía poco arrastrara oro, por los gorriones que libaban en sus aguas y por los pececitos acarminados y argentinos que los abundosos gatos de la ribera no tardarían en atrapar.

Pero cuando llegó la anochecida y la chilaba de merino no le cubría lo suficiente para combatir el frío crecido de la Sierra Nevada, Ben Sara trocó sus bucólicos versos en otros en los que pedía que se permitiera el consumo de vino en esta ciudad para entrar en calor; y terminó el poema con un deseo: Si mi Señor me arroja al infierno, en un día como hoy, me parecerá delicioso.

Corría el año 516 de la Hégira, 1123 del calendario gregoriano, en la ciudad de la Alhambra.

Cuento también presentado, sin pena ni gloria (quizá más de lo primero si acaso), al Primer Concurso de Microrrelatos de la enoteca Di Vino, sobre el vino y Granada (abril de 2013).

Jueves, 27 de Junio de 2013 18:09 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 7 comentarios.

La duda

Permitidme que dude.
Nada existe si no más se evidencia.
El futuro es otra falacia.
El camino aparece al caminar.
Estoy tan solo.
El mundo me es también extraño. 
Sus gentes son figuras,
marionetas de escaparate.
Ocupo mi lugar
entre el hueco de una sonrisa,
cuando me acogen unos brazos,
cuando comparto un beso.
Ahora poco creo.
Sigo buscando, y busco, y busco, y busco...

Viernes, 21 de Junio de 2013 23:25 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 3 comentarios.

La soledad

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José Expósito despierta de su cogorza habitual y continúa bebiendo para aligerar la resaca. Después del ataque de filoxera en 1890, el cortijo del Portuguillo, el de la cuba de las mil arrobas, en la Alpujarra granadina, había quedado desierto. Tan sólo él y su soledad habitaban lo que en su tiempo fue una algarabía de actividad sin conocer apenas el freno. La noche es desapacible. El mosto sin embargo engaña la inestabilidad y las tinieblas. Del relámpago al trueno apenas pasan unos segundos, lo que indica que la tormenta está encima. Un ruido en el exterior hace levantarse al bodeguero. Nada grave. Posiblemente se había soltado la puerta de la empalizada. Habría que volver ajustarla no fuera a ser que se escapara la acémila o entraran cimarrones. José coge un farol y, dando trompicones, se aventura en la noche lluviosa. La oscuridad y la capelina para evitar el aguacero desvían su camino. Cerca de la barranquera pierde el pie y se precipita sobre una gran losa que estalla el fanal y abre su cabeza. Cuando vuelve en sí, más sereno que nunca, con labios de sangre en la nuca, el silencio parece inmenso, casi tan grande como su soledad. Se incorpora lentamente, camina con pies de barro hasta la sala de las mil arrobas y, sobre una viga, advierte su propio cuerpo sin vida balanceándose. Hay soledades que sereno no pueden soportarse.

Cuento ganador del Primer Concurso de Microrrelatos de la enoteca Di Vino, sobre el vino y Granada (abril de 2013).

Miércoles, 19 de Junio de 2013 23:33 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 7 comentarios.

Ulah (finales de 235.002 a.C.)

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Cayó la noche tal como puede precipitarse el atardecer del invierno en cualquier ciudad conocida, con la diferencia de que aquí no existían farolas ni tubos de neón que engañasen las tinieblas.

El viento, sin obstáculo apenas, esteparia y libremente recorría el crepúsculo y arrastraba la breve llovizna que caía persistente.

De esta manera sucedía cuando el mundo aún estaba deformado. ¿O se desfiguró después de aquello?

El barro alcanzaba las vencidas ramas de los gruesos árboles, que se cernían lúgubres, alimentando los misterios.

Desvirgando la oscuridad callada, empero, se imponía un punto de luz en la entrada de una cueva, allá entre las rocas. Era la hoguera que calentaba las pesadas y amarillentas manos de las dos hembras de Ulah.

Él terminaría de pulir una punta de flecha con una lasca de sílex para la caza del día siguiente. Seguramente, velando a su vez el sueño de sus robustos congéneres.

Cada vez le costaba menos encender el hogar, el fuego sagrado, casi tanto como la fertilidad de la tierra, de los animales y de las mujeres, que mantienen la especie.

Aprenderían la técnica del pedernal posiblemente por un grupo de nómadas cazadores (quizá con menos pelo), que emigraran tras algún rebaño al más próspero sur.

Los demás cogerían leña, antes de entornar los párpados y dejarse morir un poco por ese día. Los carachata revueltos en su osera, como nido de culebras, entrelazaban feroces sus ronquidos. Sus olores, tácitamente, mantenían la unidad.

La caverna de la roca era sin duda pequeña para tanto homínido, pero revueltos se protegen del crudo temporal que acompañaba esas noches interglaciares.

Ulah se estremece. El hombre sin frente pronto huele a sexo. Se incorpora trabajosamente sin dejar de olfatear el reclamo de su compañera. La más joven, viéndolo avanzar, adopta una postura perruna y sacude el bajo vientre. El macho, sin preámbulos, la cubre (si no es fecunda la arrojará de su lado). Sin palabras, copulan en el lodo, mientras la más vieja, ajena, arranca con uñas curvas y alguna raedera los restos de carne adheridos a un pellejo de venado.

El sol, la luna, marca la jornada.

Al día siguiente se levantará Ulah, que se ha retirado cuando fueron a sustituirlo en la guardia junto al fuego, e irá de caza con el resto de la pequeña horda humana. Quizá les lleve todo el día. Puede que no traigan nada y, con suerte, sólo coman los huevos de algún saurio, raíces y bayas.

Por lo general, cuando el albur les sonríe, dan muerte a las crías perdidas de una manada o al animal viejo o inválido que quedó rezagado o abandonado por su grupo al comprenderlo un estorbo a la hora de cazar o de huir de sus perseguidores. Aunque normalmente acuden a las riberas del río, que se ha encargado, como cómplice callado, de atrapar animales sedientos en el barro de sus flancos.

Si sonríe el albur, como digo, y el animal es grande, su carne puede durar varias lunas, empleándolas más relajadamente en pulir bifaces, hacer punzones y confeccionar vestidos.

Ulah es cazador y es presa a la vez. Uno de los días de su corta existencia será devorado (¿se encomendará a algo?).

Las mujeres también secundaran en la caza de esa mañana y cogerán plantas, gramí­neas y frutas que combinan en su dieta.

Ulah es feo, peludo y chaparro. Tiene las piernas cortas y parece más viejo de lo que es. Ulah sabe que es de noche, pero nunca sabrá que donde encendió su hoguera hoy se alza una fábrica de persianas en Düsserdorf, creo.

* Cuento fechado en junio de 1990.

Martes, 11 de Junio de 2013 11:06 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Soleares

Para un encuentro que tuvo lugar en el Palacio de la Quinta Alegre de Granada entre flamencos y poetas con motivo del FEX (Festival Extensión de Música y Danza), el 27 de junio de 2012, con Josele de la Rosa a la guitarra, cantó Alicia Morales estas letrillas por soleares que le escribí:

Cien caminos llevo andaos
para encontrarme contigo
y ahora que te encontrao
ya no quieres ser mi amigo.

Te digo mi tormento:
siempre estoy riendo,
lloro sólo por dentro.

Parece que estoy llorando
cuando te vas de mi vera,
tan sólo de vez en cuando
no lloro como quisiera.

Para las cuentas que me echas
contigo me encuentro sola;
no sé que quieres de mí
si muero por tu persona.

Ha hecho la Encarna
una cazuela
con doce gambas.

Martes, 04 de Junio de 2013 21:26 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Devaneos en otoño

El miércoles envejecí;
lo noté en mi ánimo.
Un amasijo negro de sudores, 
se enrosca en la caja de cambios.
Soy uno de esos 
que mira cuando pasas.
Soy el que muere día a día 
colgado en tu abanico.
El tranvía ha pasado 
sin si quiera mirar atrás.
Un señor lleva 
tu corazón doblado 
junto a la billetera.
El trabajo se sufre
por los trabajadores.
También su ausencia.
El mundo no es redondo por capricho.
Calígula era un dios;
yo no lo niego.
El miércoles envejecí. 
Yo era ella. Y yo era Dios.
No quiero adelantar suspiros.
Derribaré aquellos albatros 
que andan descontrolados 
en los surcos de mi almohada; 
augures negros del silencio
chirriante, en las fronteras del espejo.

* Reviso este poema, que puede tener veinticinco años.

Lunes, 27 de Mayo de 2013 10:06 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Necesito que pasen miles de años

Necesito que pasen miles de años,
que nuestros nombres sean sólo espuma,
quisiera, amor, borrarte de mi mente.
Mi tiempo ha terminado por entero.
Soy polvo antes que nada, muerto en vida;
soy dolor y me apiado de mí mismo.
Mi condena, sufrir por lo que sufro,
llorar por lo que lloro, sentir este
desconsuelo febril que me posee.
Busco no despertar esta mañana,
quisiera no sentir, como una ameba,
o sin pasión, transido de budismo.
Admito el desamor, incluso el odio,
pero no comprendo la indiferencia.

Lo sé, me está vetado ser feliz.

Inevitablemente paso y pasa
el verano, el otoño y el invierno,
cuando mueren de pena las cigarras.

Domingo, 12 de Mayo de 2013 22:45 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 8 comentarios.

Llovido del cielo

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El queso del pobre no se descorteza, se raspa                                                                                                     (Seguir de pobres, Ignacio Aldecoa).

Faltaba aún bastante para que llegara la primavera y, aunque podía calentar el sol del mediodía en esa ciudad sureña, hacia los extremos del día el frío imponía su hierro. Sin todavía haber bebido nada de alcohol, fuera el que fuera, ni haber quemado petardo alguno, Lucas se desprendió del sobretodo, descubriendo su delgadez, más acentuada por su altura, y se remangó por encima de los codos, sabiendo de antemano que las mangas, por su holgura, retornarían pronto a las muñecas. Con gesto despectivo arrojó la pelliza aborregada al suelo en el mismo lugar donde se encontraba y dejó escapar una exclamación de hartura, más salida del alma que de los labios, denunciando un calor subjetivo, incomprensible a aquellas horas mañaneras.

Ya, sin abrigo y con las mangas resbalosas, cruzó la avenida junto con su acompañante. Cualquiera hubiera pensado que su representación fue un acto de bravuconería, dedicado a impresionar al joven neófito que remedaba sus pasos, pero para sí no era más que un impulso momentáneo, una necesidad visceral sin importancia, un tácito sentimiento bohemio: nada tengo, nada quiero. A Lucas, como buen hijo de la calle, nunca le preocupó tener. Nada poseía; tampoco él pertenecía a nadie ni estaba supeditado a nada. Cuanto menos poseía, menos se arriesgaba a perder. Era libre. Se sentía libre.

En el mismo instante que los protagonistas de este pequeño suceso doblaron la esquina entre aspavientos y quejas postreras, el ajado pedigüeño de la esquina, desinflado por pura hambre, se levantó sin prisas, con la colilla del cigarro apagada en la comisura, miró a ambos lados con ojos entornados y parsimonioso caminó hacia el abrigo forrado de vellón, se lo puso y volvió a la esquina abandonada, extendió la mano por instinto y sonrió satisfecho de su regalo divino.

* De En un pozo chico.

Lunes, 06 de Mayo de 2013 12:35 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Un oscuro presentimiento

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En el momento de llegar, los pájaros grises y amarillos sobre los hilos callaron su algarabía. Al unísono, la lentitud general se iba imponiendo. Las gentes gesticulaban más despacio. Parecía que los coches y las motos habían reducido drásticamente su velocidad a las treinta y tres revoluciones de los tocadiscos de antes.

Nunca quise creer en el más allá, en los poderes paranormales o en las visiones de futuro. Pero mi vida traspasaba un momento incierto, innecesario por otra parte de ser contado.

Guillermo me habló de un tarotista de cierta fama y gran acierto (o viceversa). Comulgaba a pies juntillas con cada una de sus palabras desde que adivinó la dolencia y la cura de una hermana suya que se mantenía soltera a pesar de su agraciada sonrisa.

Encima del dintel de la casa a la que acudimos gravitaba el número trece; un gato negro escapaba lentamente de un peligro invisible ante nuestros ojos. ¡Mal empezamos! No obstante la puerta se abrió sin necesidad de haberla golpeado. Parecía que estuviera esperándonos.

El adivino nos saludó. Miró al fondo de mis ojos viendo algo que le hizo apartar la vista de repente. Mi alarma iba creciendo.

Nos sentamos y respondí algunas preguntas genéricas sobre mi vida, mis actividades, mi círculo de amigos…, mientras él iba mezclando una colorida baraja de grandes proporciones, ajada por el uso.

Me hizo cortar con la mano izquierda antes de dibujar una especie de estrella con los naipes boca arriba sobre el tablero.

Guillermo, emocionado, me daba pequeños empellones para que no perdiera detalle. Yo observaba con curiosidad todos los movimientos del mago y el preciosismo que las cartas reproducían en sus dibujos sin necesidad que mi amigo me aguijara.

La supuesta estrella se iba completando lentamente bajo el foco de luz que nítida nos envolvía. La claridad llamaba mi atención, pues creía habitualmente esos lugares bañados en la penumbra y el misterio.

Con el dibujo en la mesa, el augur me hizo sacar una carta del montoncito que le quedaba entre las manos para soltarlo en su centro. La mala fortuna y mi suerte adversa, que quizá sean lo mismo, hicieron que en el tarot figurara un esqueleto con una guadaña que desde una lápida me sonreía.

El vidente miró compungido, me cogió las manos y, con voz lastimera, dijo:

—Veo una muerte cercana; una muerte próxima.

Miré a mi amigo con cara de qué broma es esta. Guillermo casi se cae de la silla. Levantándose preguntó atropelladamente:

—¿Quién es? ¿Cuándo? ¿Se trata de…? —preguntó abrazándome.

—No, no es usted, descuide —me tranquilizó el brujo—. Pero siento que alguien muy cercano morirá. Tenía que decírselo. De aquí a diez días —añadió gratuitamente.

Nos fuimos compungidos, condenando la maldita sabiduría que nos hacía conjeturar. Maldiciendo el momento en que decidimos visitar a un hechicero.

Durante varios días, repasamos la lista de toda la familia, de los amigos cercanos, de los vecinos más allegados. Podía ser cualquiera.

A la semana justa nos enteramos que el adivino había muerto.

Domingo, 28 de Abril de 2013 22:03 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

La trascendencia del haiku

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Una de las características del haiku es su intrascendencia. El haiku es una estrella fugaz, el paso de una mariposa, una campana lejana. El haiku es objetivo, es una imagen, una instantánea, ausente de pasión. No pretende ir más allá de lo que dictan las palabras que le pertenecen. Carece de pensamiento abstracto.

Ahora bien, puesto que convenimos que el haiku está concatenado directamente con el budismo zen y con sus enseñanzas, con la mente del poeta y con su necesidad de contar agradando, no hay más remedio que hallar un punto de relevancia en el poema.

La poesía oriental no es tan evidente para nosotros. Es simbólica, aunque no por ello vamos a restarle profundidad. El simple hecho de concentrar un chispazo visual en diecisiete sílabas; el simple hecho de tratar la naturaleza en un plano intenso nos lo demuestra. Para Blyth, estudioso de la poesía japonesa en el Reino Unido, cuando se toma una cosa todas las cosas se toman con ella. “Una flor es la primavera; una flor que cae contiene la totalidad del otoño…”.

Así, esta característica de profunda trascendencia, la podemos encontrar en versos clásicos de los primeros haikuístas, en traducción de Antonio Cabezas:

Que ya es verano 
no le digas, tormenta, 
a los cerezos.

(Sogi, 1420-1502)

Aunque haga frío 
no te arrimes al fuego.
Buda de nieve.

(Sokan, 1465-1553)

No tiene nada 
mi choza en primavera.
Lo tiene todo.

(Sodo, 1641-1716)

El occidental, en cambio, necesita dotar el haiku, como toda la poesía de nuestra latitud, de un carácter trascendente y filosófico, de un guiño o un doble sentido, proponiendo más de lo que se dice, diciendo más de lo que se propone, entroncado sutil o manifiestamente con la filosofía, ideología o sentimientos del poeta:

Los que caminan
sobre ríos de vino
a veces flotan

(Rincón de haikús, Mario Benedetti)

Dos tazas vacías
en la mesa de fondo
guardarán el secreto.

(Nicole Lafourcade)

Patera y balsa.
De Marruecos a Cuba,
la vela es parca.

(Villarino de los Aires, 1944, José-Miguel Ullán)

Siguiendo estas tradiciones, me atrevo a insertar:

Indiferente;
se desprenden las hojas
sin hacer ruido.

* Benedetti en la foto.

Lunes, 15 de Abril de 2013 13:30 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Si te vistes de blanco y de rocío

Si te vistes de blanco y de rocío
en el amanecer de nuestro tiempo
y provocas en mi alma sentimiento
de ilusión por haberte conocido;

si te dejas llevar en mi anarquía,
ordenado desorden que me embarga,
asociaré tu cuerpo a mi desgracia
que antes de ti constituyó mi vida.

Entretanto no me planteo nada,
porque el amor es ciego y la justicia
escasa. Tanto afán que me adelgaza;

loco, muy loco, estoy por tu caricia
ya olvidado e inútil me desplaza
castigado de amor y de presbicia.

Domingo, 31 de Marzo de 2013 19:13 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 5 comentarios.

Yahvé

yahvé puso el disco de prohibido al manzano tal vez

fuera el único frutal de esta especie y posiblemente

tuviera sólo esa manzana el fruto es más tentador por

estar vedado ese edén no era tal paraíso dios y la

serpiente montaron la escena yahvé fue el sádico ella

quiso un imposible a él le faltaba una costilla por la

tierra pasaba un río y al torrente le faltaba un poco de

barro y el amo perdió un soplido fue la negación de

la negación eva antojada de caín cansada de yerbas y

raíces amó la manzana pero estaba muy alta satanás

quiso aparecer en el mundo y nació caín con su estigma

la señal de la minoría la huella del superhombre símbolo

del poder del señor de las tinieblas el primogénito venció

a abel sufrió al hacerlo pero su ejecución era imprescindible

era parte del juego no tenía opción era su sino estaría

profetizado con su estigma que era el de eva belcebú y dios

y sería el de calígula y judas y amén pudo ser un juego

donde el que gana pierde y el que pierde arrostra su suerte

y alguien lo escribió sobre las gradas del templo ella

inmaculada pisará la cabeza de la sierpe pero el ángel

caído siempre está cayendo y el poderoso sigue condenando

árboles y sombras el cieno y el barro auparán otra costilla

sedienta de un nuevo estigma y el juego se repite

baja a la tierra la segunda persona engendrada y no creada

hija del padre que pasó cuarenta días desérticos y sus

gélidas noches y empuñó un látigo levantó a lázaro de los

brazos de su amada y no yació con la magdalena

murió por costillas y por limo soplos y estigmas prosiguió

su lúdico devenir por la calzada de emahú la semana

siguiente fue peregrino y salvó a sus amigos judas no quiso

entregarlo pero así dictaba el juego luego ahorco a su

estampa no lo fotografiaron y tomás que era joven

no se lo creía tocó el pecho de su hermano y se llenó

de llaga y el séptimo día descansó partió pan que era él

sirvió vino que fue su sangre y lo dio a los demás

yahvé vio que todo lo que había hecho era bueno

* Quizá tuviera 20 años cuando escribí este poema libre donde los haya (a Enrique Molina le gustaba).

Lunes, 25 de Marzo de 2013 10:14 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Bámbola

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Me lo contó como algo trascendental mientras paseábamos. Del cuerpo habíamos pasado a la razón y, después de manifestar su futilidad, habíamos aterrizado en el alma. En un bar de carretera, acudió al aseo para enjuagar unas uvas que había comprado por el camino y en ese momento le apetecían los granos tintos en vez de tomar cualquier otro aperitivo. Sus amigos se quedaron en la barra apurando sus consumiciones. Frente al lavabo, cuando el espejo reflejaba inconscientemente su imagen y el agua corría libremente entre las frutillas granate, le pareció percibir algo, quizá un reflejo, puede que su propia imagen. Estaba cansada y volvería a dormirse en el coche cuando emprendieran el camino. En el mismo instante de cerrar la puerta con el pie, a dos centímetros de su cara, encontró otro rostro, exuberante, de dientes dorados y exceso de maquillaje, que, saliendo del aseo de señoras, a la derecha, según reflejaba el azogue, con una voz gruesa le dijo: “Cómo estás, preciosa”. Ella, emocionada por la situación, deseosa de no se sabe qué y con algo de miedo, se vio a sí misma en la sombra de esa prostituta drogada buscando sexo a granel. “Cómo te llamas”, continuó la aparición. Ella, casi intimidada, le dijo su nombre, preguntando a su vez el nombre de su asaltante que dijo llamarse Bámbola, como el título de una película. Era grande y elegante. Se tambaleaba rosa y carmín. Las manos se le iban de las piernas a los pechos. La chica de las uvas, con un miedo inexplicable, para ocultar su nerviosismo, elevó el racimo entre las dos y le ofreció unos granos mientras ella se comía otros para rellenar esa inestabilidad. La buscona le dio las gracias y, arrancando tres uvas, propuso darle un beso. Un no titubeante culminó el encuentro. La joven, que ya había advertido que era un travestido, salió del baño con ideas encontradas, advirtiendo que algo suyo, presente o porvenir, quedaba en aquel lavabo.

Viernes, 22 de Marzo de 2013 10:08 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

El principio de contraste en el haiku

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Ya he hablado de sutiles elementos en la conformación del haiku que muchos practican por la belleza imaginativa que destilan.

Para ilustrar este contraste, quizá antagónico al principio de comparación interna que ya vimos, he seleccionado un poema de Bashoo, traducido por Rodríguez-Izquierdo: El cuervo, tan horrible / de ordinario, ¡también / sobre la nieve, esta mañana!

Aparte de la intensidad que hallamos al imaginar un punto negro sobre el inmenso blanco, aquí encontramos otra nota del haiku, o sea, la búsqueda en determinados momentos del llamado feísmo. Elementos poco poéticos pueden cobrar un valor de hermosura, como en este caso el cuervo. Pero también se le ha cantado al sapo, al estiércol o a la asonada de nariz.

Francisco Monterde, presidente de la Academia Mexicana de Letras, en un viaje a Japón, escribió un haiku (publicado en 1962) rescatando la misma imagen del maestro y, por ende, este contraste: ¡Qué nota blanca! / En la verde llanura / plumón de garza.

Quiero hacer notar aquí el empeño rítmico y rimado de los haikuístas tanto en lengua española, como francesa e inglesa, mientras el poemita japonés raramente concede atención a esos extremos.

También, podíamos encontrar cierta analogía entre los dos poemas citados y este del poeta español, de la Generación del 27, José Juan Domenchina: Pájaro muerto: / ¡Qué agonía de plumas / en el silencio!

Aquí, sin embargo, el contraste del haiku es menos material, más intuitivo y alegórico.

Hace tiempo, con estos mismos cánones, elaboré mi haiku de contraste (también rimado, raro en mí, siguiendo la tradición occidental):

Grises de invierno,

donde estalla violeta

algún almendro.

Jueves, 07 de Marzo de 2013 09:59 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 4 comentarios.

Más sobre el haiku

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Otro apartado me gustaría poner en evidencia sobre el haiku, que tiene que ver con su estructura y su contenido filosófico, incluso sobre su sentimiento religioso, según Bashoo (primer gran maestro del haiku).

Me refiero al principio de comparación interna. Existe un paralelismo entre los dos primeros versos y el tercero o entre el primero y los dos últimos que le aporta al haiku un doble significado.

Reproduzco unos versos de Buson encontrados casi al azar: La corta noche; / sobre la peluda oruga, / gotas de rocío.

El poeta hace un paralelismo entre el breve rocío que se forma entre los pelos de la oruga y la efímera noche de verano; su paso irremediable.

Nuevamente recojo el haiku de Bashoo que puse en la entrada anterior, que me dará pie para hablar de otra de las teorías intrínsecas: Un viejo estanque; / al zambullirse una rana, / ruido de agua.

Octavio Paz expone que en el haiku existe un planteamiento de tesis-antítesis-síntesis materializado formalmente en sus tres versos. Así, uno de sus enunciados expresará el silencio, la pasividad, la neutralidad, la ausencia; otro, al contrario, será vida y alarma, grito y estridencia; para desembocar en un tercero cuyo resultado es la incidencia de los dos anteriores, uno sobre otro, su efecto.

De esta manera, volviendo al dictado de Bashoo, diremos que el estanque es el elemento pacientre y el salto de la rana es la parte dinámica. El resultado del segundo verso sobre el primero desemboca en el tercero, o sea, en las ondas que ha producido en el agua serena.

Humildemente, apunto a continuación un haiku de mi cosecha donde se puede ver claramente esta fórmula:

Blancas ardillas

hacen del tronco herido

su madriguera.

* Ilustración: retrato de Matsuo Bashoo.

Lunes, 04 de Marzo de 2013 10:29 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 5 comentarios.

Los caminos del haiku

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Llevo cultivando el haiku —mis íntimos lo pueden constatar— desde hace posiblemente más de treinta años, cuando quizá no estaba aún tan de moda, conociendo la imposibilidad de causar un tigre, como diría Borges. Me llegó de la mano de Octavio Paz y su pequeño ensayo Tres momentos de la literatura japonesa, inserto en Las peras del olmo. Allá en México ya tenían tradición, con Juan Tablada y Efrén Rebolledo, de componer haiku, llegado indirectamente de tradiciones francesas e inglesas en las primeras décadas del siglo pasado.

Es difícil traducir poesía de otra lengua, pero, cuando la grafía se muestra distinta, se multiplica ese esfuerzo. Ya lo decía Virginia Wolf en el prologo de su traducción de la Odisea: “Es inútil leer el griego en traducciones; el traductor apenas puede ofrecernos una vaga equivalencia”.

El rizo se riza cuando el idioma se escribe con ideogramas, como es el caso del japonés que nos ocupa, conformando al poema en una suerte de expresión plástica. Así, el haiku es pura imagen. No sólo por la impresión del chispazo lírico que muestra su contenido o la elección de las palabras, sino también por la belleza formal de su construcción material que entronca con el caligrama. (Es compatible, más de lo que podemos pensar, que el haiku acompañe a una aguada o algunos toques de acuarela, llamados haiga, o viceversa).

El haiku es un poemita breve de origen japonés que, como he dicho, está muy relacionado con la idea zen de la iluminación o satori. Según Fernando Rodríguez-Izquierdo, en El haiku japonés, es una “miniatura literaria”.

Su contenido puede ser muy variado, pero tiene unos rasgos fijos que, si no se respetan, evidentemente estaríamos creando otro producto. Sin embargo, a lo largo del tiempo, todas estas normas han sido transgredidas de alguna u otra manera por los grandes haikuístas del país del Sol Naciente, sobre todo a principios del siglo XX con la revolución de los ísmos en Europa y su repercusión en Oriente. Hoy día también la manga es ancha y a veces no se respeta ni la medida identitaria.

De este modo diré que las características del haiku pueden ser volubles si el espíritu es auténtico. Tanto los grandes poetas japoneses (Bashoo, Issa, Buson, Shiki) como los occidentales (Jules Renard, Ezra Pound, Tablada o Machado) que han practicado esta versificación se han saltado las reglas en algún momento.

Las dos características principales del haiku son: en primer lugar, su aspecto formal que consta de 17 sílabas dispuestas en tres versos de 5, 7 y 5; y segundo, su contenido, que debe dar una idea de estación (kigo) en alguno de sus versos. Son cinco momentos a tener en cuenta: primavera, verano, otoño, invierno y año nuevo, aunque no siempre son necesarias estas palabras en concreto. Por ejemplo la libélula simboliza el verano y las flores del cerezo la primavera (hay verdaderos diccionarios de kigo en Japón); no hace caso de la rima ni del ritmo; no tiene título; tampoco debe tener más de dos focos de atención.

Aparte de estos dos puntos esenciales suelen tenerse en cuenta otros aspectos: el haiku está emparentado con la naturaleza y la observación; es objetivo e intrascendente, ausente de pasión, carece de pensamiento abstracto; en general emplea sustantivos, ni adverbios ni adjetivos ni verbos que no sean infinitivos o gerundios; tampoco utiliza signos de puntuación (aunque sí algunas palabras de cesura, kireji, que incide en la intención y los estados de ánimo del poeta).

Llevo cultivando el haiku desde hace posiblemente más de treinta años, aunque no tengo mucho más de un centenar de poemitas que participen de sus esquemas (este blog está salpicado de ellos); y confieso que, como haikuista iniciado, quebranto de vez en vez algunas de sus normas, aunque no su intención. 

* Haiku clásico del maestro Bashoo, que viene a sonar: "Furuike ya / kawazu tobikomu / mizu no oto", que se traduce, según Rodríguez- Izquierdo: "Un viejo estanque; / al zambullirse una rana, / ruido de agua".

Lunes, 25 de Febrero de 2013 13:18 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

El hombre más viejo

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En la primera parte (Los hombres) de En un pozo chico, aparece un cuento brevísimo que sólo apunta la cortedad de la vida.

―El hombre más viejo, más viejo de la tierra, tan sólo llegó hasta los ciento veintidós años. Se apagó definitivamente en la canícula de un verano de vil sequía. Se llegó a agostar con los primeros calores, hasta secarse del todo antes que asomaran las primeras lluvias ―le contaba la joven tortuga a su hermana pequeña en su trescientos quince cumpleaños.

* Cuento 25 de En un pozo chico. Para descargárselo en TransBooks (iTunes o Amazon).

Martes, 19 de Febrero de 2013 09:56 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

14 de febrero

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También tuve tiempo en la compilación de cuentos de En un pozo chico de dedicarle un texto a este día malhadado:

El viejo Walt llamó con tiempo al restaurante para encontrar mesa. Menos mal, porque ya estaba casi todo reservado para la noche de ese día tan señalado y, aún más, después de una oferta tan suculenta del establecimiento. A saber, un menú de lujo, con “vino a elegir y/o una botellita de champagne, un regalo sorpresa, música en vivo y baile final”, a un precio más que razonable. Con el aliciente de que la pareja acompañante pagaba nada más que el cincuenta por ciento.

No se podía resistir. Era una oferta suculenta. Cómo dejarla pasar en este día de san Valentín.

Los enamorados más despiertos llamaron en cuanto se comenzó a difundir la noticia en la radio y en la prensa locales. A los dos días de la oferta, en el restaurante se colgó el cartel de completo, no hay plazas, el año que viene tendrán una nueva oportunidad, póngase las pilas, váyanse a otro sitio.

Llegado el día, Walt no se demoró en el trabajo ni se entretuvo en la taberna de la esquina, como siempre. Con los compañeros se invitó al mediodía, para, después no entretenerse si alguien sugería una frecuencia líquida.

Tampoco ese día fue al gimnasio, al que acudía martes y jueves para mantenerse en forma, para quitarse el estrés de toda la semana, para ampliar su círculo de amistades.

Al llegar a casa, se dio una ducha bien larga, recibiendo el agua caliente sobre la cabeza, en reposo. Era un placer. Se perfumó la gran barba, que ya caneaba, y se la llenó de margaritas. De esas margaritas blancas, muy pequeñitas. La ocasión lo merecía.

Se lavó los dientes y se vistió con traje nuevo, aunque informal, crudo, con el ojal preparado para engarzar una flor, no sé, un ramito de pensamientos.

Se roció moderadamente con agua fresca de Adolfo Domínguez (o alguna parecida) y se peinó a su manera, como que parecía que no. O sea, quedó perfectamente despeinado, como acostumbraba, impelido por su pelo rebelde. Hizo un guiño al espejo y salió de casa con la sonrisa puesta. Bajo su sombrero, sus ojos claros también sonreían.

Andaba despacio. Tenía tiempo. Llegó al restaurante con veinte minutos de antelación.

Buenas tardes, se presentó, una mesa reservada a mi nombre, a las nueve treinta. Era el principio de su noche gloriosa.

Sí, ahora mismo, contestó el mesero a quien le quedaba pequeño el traje negro y grande la corbata. Lo guió a un rinconcito no muy privilegiado, pero con cierto sabor íntimo y se ausentó mientras el comensal se acomodaba y cogía la carta.

Volvió.

Voy sirviendo los entrantes o esperamos a la señora, preguntó mecánicamente el camarero.

Empiece a servir, decidió Walt, no  espero a nadie.

¿No espera a nadie?

Ya me ha oído.

¡Pero ha cogido una de nuestras ofertas para enamorados!

Sí, ¿algún problema?

Ninguno, señor Whitman*.

* Estoy enamorado de mí, hay tantas cosas en mí que son tan deliciosas (poema 24 de Hojas de Hierba de Walt Whitman).

Jueves, 14 de Febrero de 2013 21:13 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 3 comentarios.

Último haiku

No lo concibo,

me ha hecho desgraciado

quien feliz me hizo.

Miércoles, 13 de Febrero de 2013 10:47 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 6 comentarios.

Lo que nos preocupa

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Otro cuento brevísimo de la segunda parte de En un pozo chico es también un tanto surrealista. Su comicidad entronca otra vez con la idea de la muerte y su ausencia de yerro.

No nos preocupa que el abuelo Francisco, con el tiempo, haya decidido salir todas las tardes en contra de sus hábitos. No nos preocupa que se tome una copa de aguardiente en un café del centro mientras compone poemas como un adolescente. No nos preocupa que una vez por semana, el día del espectador, se asome a la pantalla de un cine tras guardar una cola indecorosa. Lo que nos preocupa es que el abuelo Francisco es abstemio y lleva dos años enterrado.

Se puede descargar el libro a través de la página de TransBooks.

Sábado, 09 de Febrero de 2013 10:48 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 6 comentarios.

Un banco en el paseo

Un banco en el paseo

me recuerda mi suerte:

en verano se encuentra

bajo un completo sol;

en invierno recibe 

la sombra que proyectan

unas viejas coníferas.

Miércoles, 06 de Febrero de 2013 10:24 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Una sonrisa en el infierno

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Uno de los cuentos de la segunda parte de En un pozo chico es este microrrelato, al que le tengo un cariño especial por su sencillez trama y por el absurdo final que redunda en la insatisfacción y el conformismo a que nos tiene acostumbrado el mundo.

Condenado a muerte. Emplazado a formular su último deseo. Sin titubear, como aprendido de antemano y ensayado hasta la saciedad ante el espejo ajado de su celda en el corredor de la muerte, pronunció un contundente solomillo de ternera a la pimienta poco hecho con guarnición de patatas y, añadió a continuación, cual partícula indivisible, y lavarme los dientes a su término.

El juez que lo interrogaba, más legalista que su nombre, denunció ante el ajusticiado que su petición no correspondía con un solo anhelo, que, seguramente apremiado por la golosina de la gracia postrera, se había recreado en la súplica del doble antojo de una sustanciosa comida y el posterior cepillado de la boca.

Al cabo de unos minutos, el reo recibió la inyección letal con el estómago vacío, pero con los dientes limpios.

Viernes, 01 de Febrero de 2013 17:21 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Un par de fandangos

El fandango es una verdad que arroja el cantaor ante el que escucha.


No se va de la memoria,

que por momentos yo me hundo,

lo penoso de esta historia:

que el infierno es más profundo

cuando he vivido en la gloria.

 

Tengo que cambiar de rumbo,

parece una tontería:

ahora yo te confundo,

pero antes tú me querías;

me está maltratando el mundo.

Jueves, 31 de Enero de 2013 13:19 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Galatea y Pigmalión

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En un pozo chico comienza con una cita de Savater que dice: “Demasiado cuento para que me salgan las cuentas”.

Está dividido en dos partes casi arbitrarias: “Los hombres” y “El pozo”. Dos segmentos convencionales, que participan el uno del otro; si bien “Los hombres” tienen, lo que podíamos llamar, un nombre propio; “El pozo” por su parte reúne cuentos algo más existencialistas y sin protagonismo definido.

El porqué del título es una buena pregunta. Surgió del zorongo gitano recogido por García Lorca, que define la luna como un pozo chico.

Quise introducirme en esa sima tan familiar como distante, ofreciendo cuentos de muy corta extensión pero con vocación de profundidad y pensamiento.

Sigo exponiendo en este blog, quizá repetidos, alguno de sus textos, como esta revisión tan soñada como tangible del mito de Galatea y Pigmalión:

Pigmalión jugaba al fútbol en un modesto equipo de provincias. Galatea acudía al estadio para verlo entrenar. No adivinaba hasta qué punto estaba enamorada. En realidad no sabía a ciencia cierta qué era el amor. ¿Un continuo goteo que va llenando una vasija interminable? Pero ella no conocía estos versos ni cualquier otra aproximación a la teoría del sentimiento. Cuando más le gustaba era después del entrenamiento, cuando se aproximaba a ella, se despojaba de la camiseta y, con el torso bañado en plata, la besaba suave. Pidió al cielo que ese momento fuera eterno. Rogó a la diosa que congelara el instante sublime de aquel beso. Ahora Pigmalión es una bella figura de mármol blanco que se asoma a la alberca del jardín donde Galatea eterna sueña el amor.

Miércoles, 30 de Enero de 2013 12:11 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 3 comentarios.

No desprecies a la culebra por no tener piernas

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En un pozo chico es una compilación de cincuenta y cinco cuentos breves en apenas ciento cincuenta páginas. Algunos de ellos son muy antiguos, de hace más de veinte años, hechos y rehechos hasta el momento, pero la mayoría son contemporáneos.

Los que ocupan menos espacio, y no todos, los iré publicando en está página a modo de escaparate. Puede que suenen algunos textos, y es que ya, un día u otro, los he ido presentando en volandovengo.

No obstante, no está de mal recordarlos. No obstante, con espíritu heraclitiano, resurjan como novedosos.

Quién lo ha visto y quién lo ve. Era, como si dijéramos, el tonto del barrio. Un día llegó con la mandíbula abierta y la lengua gorda que se derramaba fuera de la boca, ofreciéndonos monedas y comiéndose los papeles de los anuncios publicitarios arrancados de paredes leprosas. Era grandote y grueso, torpe y sin entendederas. Bien lo echábamos de nuestro lado, bien lo llamábamos para reírnos al punto de sus desvaríos. Si no llevaba la baba colgando, se le caían los mocos, que mal limpiaba con el mismo pañuelo sucio con que se enjugaba la boca. Lo mandábamos a comprar tabaco, a tocar el culo de las niñas u otro sinfín de pruebas a superar para entrar en un supuesto club al que nunca tendría acceso. Detrás de las cristaleras de su portal, se asomaba sobándose los genitales al paso de alguna chica. La Rosa, fresca y hermosa, se preguntaba por qué el pene más grande pertenecía siempre a necios y tarados. Divulgó, como si fuese una broma, que era su novio y, de esta manera, se lo llevó a la cama. A lo primero reconoció que era tonto sin remedio, que no se quitaba la gorra ni para follar; pero después no pudo pasar de unos encantos tan inocentes como descomunales. Llegó el día que su fama corrió y lo tuvieron por montura todas las mozas del barrio y las de los alrededores, ennoviadas o no. Un buen día, los chicos casaderos del lugar le dieron una paliza que casi lo revientan de celos y pura envidia. A raíz de esto, sus padres se lo llevaron lejos. Bastante tiempo después regresó convertido en un notario de prestigio, con el coche más lujoso que hubiéramos visto y una elegante morena por mujer. Cuentan que fue idiota por un golpe de pequeño o por un letargo voluntario al contemplar la violación de su madre. Un desajuste en el cerebro que se reajustó, probablemente, después de la magna paliza de sus cornudos vecinos.

Martes, 29 de Enero de 2013 10:54 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 4 comentarios.

De nuevo

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A los seis meses justos de haber cerrado "definitivamente" este blog y después de muchas peticiones y ruegos de los usuarios para que se volviera a abrir (sin dar mi brazo a torcer), los últimos acontecimientos me impulsan a su reapertura, en un principio tan sólo para dar a conocer un libro de cuentos que he publicado recientemente en modo digital (En un pozo chico), en la editorial TransBooks; pero, ya puesto, no cabe duda que se me desprenderán otros artículos, más si esta página tiene su sentido en torno al flamenco.

En principio, como he dicho, aquí está el link de este librito de cuentos, que le debe bastante al blog volandovengo y a sus lectores, donde se puede descargar para tabletas y esas nuevas maneras de acercarse a la literatura, bajo las plataformas iTunes y Amazon: http://transversales.es/transversal/TransBooks/TransBooks/Publicaciones/Entradas/2012/12/26_En_un_pozo_chico.html

Y, aunque un resumen del prologo de Alfonso Salazar, presenta este enlace, no está de más que vuelva a reproducirlo:

«En los cuentos de “En un pozo chico” sobrevuela el sinsentido de la vida, la mueca ridícula del suicidio frustrado, la fina tela de araña que es la vida, donde el mínimo aleteo de la mariposa ocasiona la debacle de la muerte. Y los engaños amorosos, la fracasada vida de la apariencia, el giro inesperado, el error que traído por la casualidad deviene en el fin de las cosas dispuestas. Sin embargo, esta descripción cirujana de la condición humana, desenfocada a veces por el convencimiento de los personajes, no hace sangre donde comienza la ruina: tras la muerte queda una sonrisa, y ésta triunfa en la narración de la dureza, de la podredumbre, del fatal destino. 

»Entre apariciones de muertos y personajes que ya estaban muertos en vida, Jorge desbroza la muerte como último acto de la vida, y como necesario sentido explicativo de todo lo anterior. El fin justifica el pasado. Pero no lo hace con crudezas innecesarias, no existe la vocación de una pluma herida, una escritura que supure la tristeza y desengaño del propio escritor a modo de terapia casi gratuita. Las narraciones de Jorge juegan a la sorpresa, a la sorpresa misma de la vida, con una cadencia que contiene la ironía, el chiste exquisito -ni corto ni largo-, que busca distanciamientos y sobre todo, la complicidad: esa sonrisa necesaria para sobrellevar a veces los días y las noches en compañía de la voz del autor, en el íntimo acto de la lectura, que es donde Jorge se coloca a la hora de escribir.»

Post scriptum.- Lamento la ausencia, pero debía reencontrarme a mí mismo o perderme del todo antes de continuar mis andanzas. Sé que he perdido muchos lectores y que me costará recuperarlos, pero nunca he buscado la gloria ni deseo hacer crecer ningún tipo de estadística ("a la minoría siempre", ¿recuerdan?).

Lunes, 28 de Enero de 2013 11:13 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 4 comentarios.

Una letrilla por soleares

No soy débil ni soy fuerte,

te lo tengo que decir,

tan sólo es la mala suerte

que se apodera de mí.

Martes, 03 de Julio de 2012 16:01 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

La señora de Ibáñez

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La señora de Ibáñez esperaba a que su marido, el señor Ibáñez, se fuera a trabajar para, ella, sacarse un sobresueldo ejerciendo de cantonera en una calle próxima a su casa, pues el señor Ibáñez tenía un empleo fijo en el que echaba las horas que echaba, o sea, el señor Ibáñez era conductor en las líneas de autobuses urbanos que, a pesar de no tener un recorrido muy tedioso, que se limitaba a transitar por las calles céntricas de la ciudad y no por los barrios conflictivos, como alguno de sus compañeros, estaba asaz fatigado de coche, de ciudad y de gente, pues bien mirado ser conductor de autobús urbano es un trabajo cansino y, aunque le gustara el volante, eso en realidad no era conducir, cada quinientos metros o así había una parada, gente arriba, gente abajo, preguntas, protestas, incomprensiones… un martirio, por eso, antes de incorporarse al trabajo, visitaba alguna de las pajilleras que se apostaban al otro lado de la ciudad, donde la empresa tenía los hangares que resguardaban la flota de autobuses y religiosamente todas las mañanas aliviaba su libido acumulada en la entrepierna durante una noche abnegada, a resultas que con su mujer, la señora de Ibáñez, hacía tiempo que no practicaba el amor como al principio, porque al principio sí, varias veces al día incluso, cuando el tiempo lo permitía, se entiende, pero al cabo de unos años, que el señor Ibáñez no sabría precisar, se acabaron las relaciones maritales y aún todo contacto físico, pues por más de tres años estuvieron intentando los señores de Ibáñez tener descendencia, pero nunca les favoreció la fortuna, pues a la mala suerte y no a otras causas achacaban su esterilidad compartida, hasta que un buen día se dieron por vencidos, tiraron la toalla como quien dice, y no sólo no yacían para procrear sino que no entremezclaban sus cuerpos ni para aliviarse un poquito, como si se tuvieran un ancestral rencor solapado, que suponía la única tirantez, porque por lo demás se llevaban bien, era, lo que se puede decir, un matrimonio bien avenido, menos en el sexo, como estamos comentando, lo que erosionaba el comportamiento de ambos conyugues, ella, como ya se ha dicho, hacía la calle cerca de su casa, para incluso atraer a los clientes a su mismo tálamo, él, como también sabemos, buscaba la compañía y el calor puntual de las putas urbanas, pero ninguno de los dos conocía esta secreta actividad del compañero, puesto que la señora de Ibáñez lo creía subido al autobús en una jornada aburrida e interminable, dando vueltas y más vueltas por la ciudad, recogiendo y entregando a gente anónima en sus respectivas paradas y aguantando, según él le dijo, a usuarios caprichosos o amargados, con ganas de complicarle la vida a los demás, mientras él la pensaba en su hogar, como buen ama de casa, realizando sus labores propias o viendo algún serial televisivo o saliendo a desayunar con sus amigas, y las compras que hacía y los caprichos que se daba los achacaba a lo buena administradora que era, a su ahorro de hormiguita y a su manera de estirar el dinero viendo la oferta allá donde saltara y aprovechando la ganga como si la hubieran propuesto para ella, creando así entre los dos de la ignorancia un grado extremo de la felicidad, hasta que un día que se hizo tarde por trasnochar la noche anterior, por ejemplo, o porque el despertador no sonó a su hora, vete tú a saber, aunque no tiene importancia ninguna en esta historia, el señor Ibáñez decidió visitar a las rameras próximas a su casa para llegar al trabajo con la tarea hecha, de modo que se despidió de su mujer y despacio fue recorriendo la avenida como un sabueso, mientras la señora de Ibáñez, a la que también se le hizo tarde para ocupar su puesto, se vistió rápidamente como solía, o se desvistió lo habitual, para correr por un atajo en busca del primer cliente que cubriera un supuesto cupo diario que se habría fijado, aunque llegara más acalorada que de costumbre o un poco más alterada, que no era su costumbre, y pararse en la esquina para insinuarse al paseante que precisamente venía buscándola a ella o a otra parecida haciéndose como la encontradiza pero que en realidad ella era la buscona, aunque esperara más o menos rato al final llegaría, y llegó, pero quien llegó fue el señor Ibáñez que se sorprendió de verla en ese lugar y en ese estado, al igual que ella, la señora de Ibáñez, se asombró de verlo a él en ese lugar y en ese estado y cómo los dos andaban buscando con un hambre inusual que ninguno supo disimular, ella componiéndose se mordió el labio, como cuando estaba nerviosa, hablando de rebajas y él, mirando al suelo como avergonzado, que lo habían llamado para que se incorporara al trabajo una hora más tarde, sabiendo los dos que estaban mintiéndose y que su oficio y rutina eran los que sospechaban y se dejaba ver a primera vista que, entre tartamudeos e incomodidades, se propusieron tomar un café, pero, pensándolo mejor, fueron a casa para hacer lo que hubieran hecho si no se hubiesen encontrado, con un resultado más que satisfactorio y con deseos de continuidad, hasta que ya se puede decir que la relación de los señores de Ibáñez es perfecta, sobre todo en lo referente al sexo.

Miércoles, 27 de Junio de 2012 01:20 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 3 comentarios.

Llovido del cielo

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El queso del pobre no se descorteza, se raspa (Seguir de pobres, Ignacio Aldecoa)

Faltaba aún bastante para que llegara la primavera y, aunque podía calentar el sol del mediodía en esa ciudad sureña, hacia los extremos del día el frío imponía su hierro. Sin todavía haber bebido nada de alcohol, fuera el que fuera, ni haber quemado petardo alguno, Lucas se desprendió del sobretodo, descubriendo su delgadez, más acentuada por su gran altura, y se remangó por encima de los codos, sabiendo de antemano que las mangas, por su holgura, retornarían pronto a las muñecas. Con gesto despectivo arrojó la pelliza aborregada al suelo en el mismo lugar donde se encontraba y dejó escapar una exclamación de hartura, más salida del alma que de los labios, denunciando un calor subjetivo, incomprensible a aquellas horas mañaneras.

Ya, sin abrigo y con las mangas resbalosas, cruzó la avenida junto con su acompañante. Cualquiera hubiera pensado que su representación fue un acto de bravuconería, dedicado a impresionar al joven neófito que remedaba sus pasos, pero para sí no era más que un impulso momentáneo, una necesidad visceral sin importancia, un tácito sentimiento bohemio: nada tengo, nada quiero. A Lucas, como buen hijo de la calle, nunca le preocupó tener. Nada poseía; tampoco él pertenecía a nadie ni estaba supeditado a nada. Cuanto menos poseía, menos se arriesgaba a perder. Era libre. Se sentía libre.

En el mismo instante que los protagonistas de este pequeño suceso doblaron la esquina entre aspavientos y quejas postreras, el ajado pedigüeño de la esquina, desinflado de pura hambre, se levantó sin prisas, con la colilla del cigarro apagada en la comisura, miró a ambos lados con ojos entornados y parsimonioso caminó hacia el abrigo forrado de vellón, se lo puso y volvió a la esquina abandonada, extendió la mano por instinto y sonrió satisfecho de su regalo divino.

Martes, 22 de Mayo de 2012 11:32 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Algunas letras comprometidas

Mis composiciones flamencas tienen más que ver con el amor, y el desamor (como extensión del mismo), que con otras cuestiones. Pero, de cuando en vez, se me derraman de las mientes algunas letrillas de contenido social:

Ando sembrando, sembrando,
con la espalda doloría;
la cosecha para cuándo.

Nunca me alzó la bandera
que levantara una espada
siempre he tenido de enseña
la bandera blanca.

Salta a la calle,
yo soy testigo,
levanta el puño
como te digo.

Siempre sufren los de abajo
o por mucho trabajar
o porque están sin trabajo.

Y, para terminar, un fandanguito dedicado a la patria chica:

Granada, aunque yo le cante
es una tierra de envidia,
cuando levantas el guante
te lo cortan con insidia
para ponerse delante.

Miércoles, 16 de Mayo de 2012 13:20 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 4 comentarios.

El dragón y la princesa

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Era el príncipe más bello del mundo conocido y, si me apuran, también del desconocido. Sus grandes ojos azul cielo hacían que la luna se ruborizarse y los blondos tirabuzones de su cabellera no tenían nada que envidiar los dedos dorados del astro rey. El dragón de este cuento, pues no lo he dicho pero esto es un cuento, exigía con ahínco, por la fuerza si fuese necesario, el pago de la doncella más hermosa que conociera el tiempo de uno a otro confín. Nuestro príncipe arrojado no lo dudó ni un momento y, vistiendo de dama, con alheña y colorete en las mejillas, se presentó voluntario para dar satisfacción a los anhelos estomacales, y quién sabe si también libidinosos, del enorme reptil, puede que alado. Y, ¡vive Dios!, que resultó ser la joven más exquisita y deseable de aquellos lugares y de los demás por añadido. Su mismo padre incluso se prendó de ella sin adivinar que era él, o sea, el fruto de su semilla. Y si su padre no dudaba en rozar pecado incestuoso, no digamos el escamado que deshollinó sus fauces para llegada la ocasión expulsar alegre llamarada con límpida fumarola a su fin, aromada de jazmín o hierbabuena al uso. El príncipe que pasaba por princesa se acercó al acicalado dragón con daga en la liga, con cacofonía y todo. Pero no alcanzó a sacarla pues el bicho la envolvió con su cola escamada no más sentir su presencia y la encerró en alta torre sin puerta ni acceso, tan sólo una balconada en su cresta para observar a la beldad llorando mientras hacía primores o para acercarle alimento que no comía más que un pajarito enjaulado para cantar. Llegaría su oportunidad, pensaba el bello príncipe, de usar la daga contra su captor al tiempo que, con un golpe de efecto inesperado, desembarazarse de su disfraz de sumisa damisela que el dragón custodiaba. Pero no tardó sin embargo que un apuesto y joven príncipe de blanca montura y lanza en ristre, mirada triste y plateada armadura, con rima y todo, se presentase ante el avieso animal que, al verlo tan dispuesto, quiso darle el pasaporte con todo el honor al que un caballero puede aspirar de sentirse un sanjorge. El monstruo sin embargo no las tenía todas consigo, pues la primera bocanada incandescente que lanzó con gran tino, todo hay que decirlo, le fue devuelta al chocar con el escudo espejado del paladín causándole en plenas fauces un desperfecto irreparable, al menos de momento. Abierta la boca de asombro del monstruo, le fue atravesada por la pica larga del caballero hasta la empuñadura con blanco corcel a la carrera, con que fue derribada la bestia justo en el apoyo de la misma torre, sirviendo de escala improvisa del joven que se izó al ventanuco donde la falsa doncella pedía auxilio con la boca chica. Cuando las manos de la prisionera terminaron de aupar al valiente salvador confesándole a los postres que era varón embozado, el guerrero despojándose de la celada y dándole libertad plena a sus luengas trenzas firmó armisticio perdurable juntando sus labios con los de él pues en un juego de suplantaciones andaban envueltos. Y, colorado colorín… las perdices y todo eso.

Viernes, 11 de Mayo de 2012 00:53 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Fábula del mundo alargado

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Hace mucho tiempo, demasiado tiempo, antes del ordenador, cuando yo escribía cuadernos personales, que encuaderné una serie de textos, de pensamientos, bajo el nombre genérico de ¡S.O.S.! (1983).

Entre sus páginas se hallaba esta Fábula del mundo alargado (que creo que ya lo publiqué en otra ocasión):

¿Quién no ha visto un perro con el rabo entre las patas; o a un gato encogido, con el pelo erizado y las uñas afiladas y amenazadoras, desenfundadas hasta el límite?

¿Quién no sabe que el avestruz oculta su cabeza bajo tierra cuando tiene miedo; o que el mandril camina detrás de la manada de elefantes para protegerse de los leones?

¿Quién no se ha enterado de que el delfín y la ballena (y quién sabe si también las anchoas del Cantábrico) optan por suicidarse antes que morir lentamente en unas aguas contaminadas o en las redes de pescadores egoístas que, por otra parte, exterminan su hábitat y su alimento; o que el panda devora a sus crías para evitarles pasar hambre y necesidades en una selva cada vez más mermada, en un mundo que amenaza con borrar de la faz de la tierra su corta existencia?

¿Quién no ha sentido el temor de una madre por la ventura de sus hijos adivinando un futuro incierto; o la rabia de un niño que soporta las risotadas de otros niños por diferencias étnicas, físicas o intelectuales; o la impotencia de un hombre encadenado, un hombre privado de sus actos, de su palabra, de su pensamiento, determinado por una sociedad cruel, por “jefes” abusadores o por unas leyes incomprensibles, que ni él ha dictado ni está de acuerdo con ellas?

¿Quién no ha sentido alguna vez la impotencia de que decidan por él, de que le “aconsejen”, de que le "comprendan”?

¿Quién no ha dicho varias veces al día: “esto va de mal en peor”, "esto no tiene ni pies ni cabeza”?

¿Y nos hemos preguntado que tiene pies y cabeza?

Veamos: el mundo. La Tierra no tiene ni pies ni cabeza, ni siquiera es redonda. Es una naranja. Es una chata pelota ajada.

Pero no siempre fue así. Hablando un poco en fábula, en fantasía, se podría concebir el mundo era como un isópodo, vulgarmente llamado marranica, cochinilla o bichito bola, que es un bichito negro alargado, pequeño (0.5 a 500mm), con caparazón, que se enrosca para protegerse y que tiene pies (varios) y cabeza.

El mundo, puede ser, que al principio fuera como este crustáceo. Nuestro planeta gozaba de una esbeltez elegante y fructífera. Estaba hecho a la medida de su contenido, estaba maleado como debía.

La felicidad, empero, duró tan sólo unos cuantos millones de años. En cuando apareció el hombre, la especie “elegida”, y más cuando estos seres comenzaron a unirse en manadas y sociedades, para crecer, para multiplicarse, para dominar la tierra y someterla, hasta el extremo de estrujar la naturaleza hasta la última gota de su sabia; la marranica feliz que era el mundo, tuvo miedo y se cerró, se enroscó en sí misma escondiendo su cabeza y sus pies, por siempre jamás.

Desde ese momento todo fue miedo y sumisión; todo fue una inmensa mentira con fecha de caducidad.

Jueves, 03 de Mayo de 2012 12:25 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 3 comentarios.

21

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21. La chica morena del autobús llevaba en su camiseta el número veintiuno. Su camiseta era de esas sin mangas ni tirantes que se sujetan dificultosamente sobre el pecho, incluso si se carece de él. Tal era el caso de la chica morena del autobús que me miró al entrar. Su pelo oscuro le caía sobre los hombros, todo lo ordenado que puede caer un pelo suelto. Al subir en el vehiculo público, la chica me miró un momento, quizá segundos o menos. Es la mirada de inercia ante lo que pensamos puede ser una novedad, y que cargamos de indiferencia cuando deducimos que su interés resulta nulo. Fijó sus ojos en mí durante un instante fugaz y los retiró antes de decir amén. Sin embargo, yo sí me fijé en ella, en su pelo moreno perfectamente desordenado sobre los hombros desnudos, en su camiseta negra sin mangas ni tirantes con el número veintiuno impreso en su pecho. La chica a la que miré no era especialmente guapa, aunque sí joven, sin pecho apenas. No me llamó la atención su inocente juventud, ni sus hombros descubiertos, ni su pelo descuidado, sino el número veintiuno que ocupaba gran parte del frontal de su cuerpo. Pensé que por qué ese número y no otro, creo que llegué a pensar por qué ese número y no otro, pues siempre me han llamado la atención esas arbitrariedades. Aunque es posible que no fuera puesto al azar, sino que fuera premeditado, elegido expresamente. Lo digo, porque el veintiuno era el número favorito de un antiguo amor. Desconozco por qué razón había escogido este número o esta cifra (cuando un número es compuesto se podrá llamar cifra, no sé) entre la infinidad de combinaciones numéricas que existen. Quizá sea el número 21 como tal o puede que sea la combinación del dos y el uno, y en ese orden, o la suma de ambos, aunque si es así podría ser simplemente un tres. A ver, el 21 es múltiplo de siete, es decir, tres veces siete, y el siete es un número mágico: los días de la semana, los signos zodiacales... Nunca lo he sabido y nunca se lo pregunté. Así que cuando cumplí veintiuno, me sentí algo privilegiado, especialmente admirado, querido. Pero cuando yo cumplí veintiuno, ella estaba con alguien de dieciocho.

Lunes, 20 de Febrero de 2012 10:42 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Yo sé que el fondo llama a la caída

Yo sé que el fondo llama a la caída
y que la pierna floja
lleva a un tropiezo tras otro
haciéndome más débil cada paso,
aunque me levante del barro
una vez y otra,
aunque luche con todo el ánimo
para seguir hacia adelante.
Yo sé que el vértigo
es la necesidad de andar seguro,
que la inseguridad
aboca al desconcierto
y que el espejo siempre me devuelve
la mirada más turbia.

Domingo, 12 de Febrero de 2012 10:34 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

A la Luna y a las dos

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Viajes Valtí falló hace poco el Premio de relatos de viajes Pasapágina. Me presenté con un viaje de ficción, el cual se quedó tiritando entre las estrellas (ni una mención). Lo reproduzco a continuación:

Como siempre llegué tarde a la salida del trasbordador. Como siempre todos me estaban esperando para ese nuevo viaje a la Luna. ¿Cómo no me iban a esperar si yo fui uno de los lunáticos (obsérvese el doble sentido del término) que pagó 74 millones de euros por tal aventura?
La agencia de viajes estaba encantada, pues con tres de estos periplos orbitales tenía salvado económicamente un año entero, sin necesidad de inventarse ofertas gancho para atraer a los clientes, ni siquiera en Navidad.
Era mi quinto viaje interespacial con el mismo destino. ¿Qué tendrá la Luna que nos atrae tanto? Poetas de todos los tiempos le han cantado a la reina de la noche. Luciano de Samosata, Cyrano de Bergerac o Julio Verne ya idearon un viaje fantástico a la Luna en sus escritos, donde describían con detalle a los selenitas, y, posteriormente, ha sido motivo o excusa de multitud de filmes. Por otra parte, influye en la fecundación/reproducción, en las cosechas y en las mareas. Etcétera.
Para mí, constituye mi vida. Desde que fui por primera vez, en la primavera de 2021, he necesitado volver, volver, volver, como en la canción. La Tierra se ve como una bola azul, como un astro que tirita en paz, que se pone y se oculta, como normalmente hace el satélite desde casa. Nunca he visto un eclipse de Tierra.
Antes de cada uno de estos desplazamientos es necesario pasar unos meses de entrenamiento tanto físico como psicológico. Te prueban el traje para que te habitúes a él y almuerzas comida concentrada en forma de pastillas. Es asombroso, tragar una píldora es como haberse comido un pollo en salsa, deshuesado y sin piel, masticar una galleta supone ingerir no sé cuántas calorías de fruta y verdura.
Otras veces entras en una cabina, que es como un tío vivo extraordinario, que alcanza una velocidad de vértigo, como la máquina de fisión nuclear, que las primeras veces echas todas las pastillas y galletas con sus colores y sabores correspondientes y, cuando se te pasa el mareo, tienes gana de comerte una sopita bien caliente o un bocadillo de atún encebollado en su defecto.
Pero lo más alucinante es la descompresión. Entras en la sala con todo el equipo, respirando por un tubo, y empiezan a sacar el aire, como si fuera un castigo de la mafia, y cada vez sientes que pesas menos, sin necesidad de dietas milagro, hasta que flotas en el aire. Es lo más parecido a volar que conozco.
Después está la falta de gravedad, que es mejor si cabe, pues levitas igualmente pero sin necesidad de escafandra ni de respiración artificial.
A la hora de partir, sin embargo, siempre llego tarde, como digo. Posiblemente a caso hecho, pero involuntario a decir verdad, aunque parezca una contradicción. La cuenta atrás debe empezar por un número bastante elevado para darme tiempo a llegar, prepararme y tomar asiento. “Perdón, señores”, les digo, “Señor capitán, señorita Luisa”, que es la azafata, que alegra el viaje sólo con su presencia y el uniforme que se le pega al cuerpo revelando sus pecados.
Todos me miran con caras largas, aunque nadie se atreve a decir nada. El dinero, el poder y la fama valen para eso. Para callar bocas y crear servidumbre.
“Siéntese y abróchese el cinturón, que vamos a despegar”. “Gracias Luisa, eres un encanto”, le digo mientras me acompaña a mi escaño y me ayuda con los arneses sin abandonar la ensayada sonrisa. Ella sabe que, después del viaje, recibirá una sabrosa propina en forma de sobre cerrado con billetes de alto colorido y una invitación a cenar. Aunque después del primer viaje no me hace el caso deseado.
Luisa trabajaba en una de mis empresas, una inmobiliaria de lujo, que tuve que traspasar cuando la tercera crisis global, allá por el 2016. Ya intimábamos en aquel tiempo sin plantearnos nada en serio. Cuando perdió su empleo, como tantos otros, por reubicación del personal, le propuse formar parte de una tripulación para vuelos espaciales, o especiales, si quieren. Las ausencias eran largas, pero los viajes eran pocos. Cobraría bien y se le daría de alta en la SS, o sea, en la seguridad social (extraña coincidencia). Y, quién sabe, pasado el tiempo quizá formalizáramos nuestra relación.
El anuncio no se hizo esperar y en el primer viaje a la Luna, en el que iba como único pasajero, le declaré las intenciones de casarme con ella. Después de un casto beso, tras la mirada del capitán y el copiloto, sacó del bolso un anillo heredado y custodiado con cariño por si llegaba este momento.
Me emocioné. Vive Dios que me emocioné, aunque me quedara un poco holgado. Juré que nunca me lo quitaría hasta el día de nuestra boda, cuando ella me lo volviera a poner en el corazón de la mano izquierda. Pero fue alunizar, mi primer alunizaje, y el consiguiente paseo espacial que se me cayó el anillo, además en la cara oculta.
Al volver a tierra, Luisa me preguntó por él, que no se casaría hasta que no lo encontrara. Ahora soy yo el cazador cazado, que me veo obligado a embarcarme en todas las expediciones a la Luna, con mi detector de metales, marca X-Terra 5400, para ver si encuentro el dichoso aro dorado que haga realidad mis sueños.

* el premió lo ganó una joven granadina, Mónica Sánchez Moreno, con el cuento Parar el tráfico en Madrid. Lo leeremos con atención.

** imagen de una viñeta de Tintín.

Jueves, 02 de Febrero de 2012 11:15 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 4 comentarios.

Horror vacui

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No es un mito. No es la primera vez que le pasa. El hombre tiene un papel en blanco frente a sí y una pluma enristrada a la derecha. Un vacío que llega a doler. Un horror vacui que se trasmite desde el folio a la mente o viceversa. Nunca son tan lentos los minutos. El tiempo pesa como si tuviera volumen, la masa de los segundos. El oído del hombre se agudiza. El tráfico en la calle, alguna sirena lejana, conversaciones anónimas, una mosca que aletea insistente en el cristal, un aparato eléctrico en la cocina, tal vez el frigorífico, el goteo continuo aunque pausado de algún grifo, hasta el estallido de sus propios pensamientos resuenan como en sala vacía.

De pronto una idea original comienza a deletrear palabras, a hilvanar frases amontonando párrafos. Y el papel que era blanco acaba por crear un escritor.

Viernes, 20 de Enero de 2012 19:43 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Las tentaciones de san Antonio

Hoy, 17 de enero, día de san Antón, recuerdo que no hace mucho acabé un poemario, que necesita algunas revisiones, pues ha viajado a la bandeja de algún poeta amigo y no ha obtenido respuesta. Va sobre la vida de san Antonio Abad, patrón de los animales, centrándome en sus tentaciones desérticas. De esta parte extraigo uno de los poemas que, como todos, es simple, fácil y directo.

Os hablaré del miedo.

La soledad callada,
el silencio escogido,
el desierto sin fondo,
la fiebre ingrata,
son participaciones
de un sólo amor.

El miedo está en el hombre,
el verdadero miedo
es la voluntad que se acaba,
el espíritu que traiciona;
es la vanidad que decrece,
los sueños de grandeza;

es la flaqueza de la mente,
el corazón rendido
y el alma que se muere.

Nuestro miedo es de bronce.

Os hablaré del miedo.

 

La soledad callada,

el silencio escogido,

el desierto sin fondo,

la fiebre ingrata,

son participaciones

de un sólo amor.

 

El miedo está en el hombre,

el verdadero miedo

es la voluntad que se acaba,

el espíritu que traiciona;

es la vanidad que decrece

los sueños de grandeza;

 

es la flaqueza de la mente,

el corazón rendido

y el alma que se muere.

 

Nuestro miedo es de bronce.

Martes, 17 de Enero de 2012 20:56 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 1 comentario.

Como si no hubiera pasado nada

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Alicia Altozano, sin pretensión alguna, había asistido al concierto de Alexandro Estévez invitada por el mismo pianista que martes y jueves le daba clases de canto. La exquisita actuación donde se imbricaban magistralmente los “Nocturnos” de Mozart, Chopin y Malher no tuvo nada que ver con la presencia de ella en el patio de butacas. Entre flores y varios minutos de respetuosos aplausos con el respetable en pie, Alicia Altozano se sintió orgullosa en su fuero interno de contar con la estima con un concertista de esa categoría que, aunque pequeño y desaliñado en conjunto, en el escenario se crecía con una elegancia y una personalidad inusitadas. A los camerinos no acudió sin embargo. No deseaba incrementar el número de admiradores que se acercaban a participarle sus felicidades y beneplácitos. Más tarde, quizá más tarde, lo vería en la cafetería adyacente al teatro donde, ya relajado y con el frac enfundado sobre el hombro, acudiría a tomarse algunas copas.

Alicia Altozano tuvo que esperar más de una hora a que apareciera el pianista acompañado de dos de sus allegados y su representante. Ella estaba con el amigo que, con manifiesta complicidad, la quiso acompañar al concierto. Iban por la segunda copa y ajenos hablaban de cuestiones mundanas sin trascendencia cuando entraron el pianista y los suyos. Ella, que platicaba frente a la puerta, los vio llegar, pero no dijo nada de momento, prefirió que en su caso Alexandro Estévez se le acercara.

No tardó mucho el pianista en reparar en ella y se le iluminaron los ojos mientras se le aproximaba con un whisky en las manos, con vaso ancho y dos hielos. El acompañante de ella lo saludó en primer término, dándole la enhorabuena, aunque rápidamente se excusó para ir al excusado. (Parece que hubiera estado esperando este momento para satisfacer sus deseos más perentorios.)

Después del aséptico saludo, la chica alabó la sensibilidad y precisión de la manera de tocar del artista, de su hermosa presencia sobre el escenario y de la divina atmósfera que había sabido trasmitir en toda la sala. ¿De verdad te ha gustado?, preguntó retóricamente el concertista necesitado que le regalaran la oreja, sobre todo una joven tan bella como la que tenía delante, en la que había estado pensando toda la noche. Ha sido una gozada, hasta he llorado en algunos momentos, dijo ella, y se te veía tan a gusto. Sí, admitió él, me olvidé de dónde estaba y toqué para mí y, si me creyeras, toqué también para ti. ¡Anda ya!, exclamó ella. De verdad, le confesó, sabía que estabas en el centro de la sexta fila, no advertiste mi mirada continua. Si tenías los ojos cerrados, repuso ella. No siempre, respondió, además tenía que mirar también la partitura. ¿De verdad te fijabas en mí?, preguntó ella halagada. Te tengo en la cabeza desde el día en que nos conocimos, se lanzó al vacío sin libreto alguno. Eres un sol, comentó ella inclinándose para darle un beso en los labios en el momento que el acompañante de ella tornaba del baño.

El pianista hizo el amago de asirle la mano a ella pero, cuando el grupo de dos se convirtió en multitud de tres, desistió de la idea y se alejó momentáneamente ante el reclamo de sus amigos que le proponían volver a llenar las bebidas.

No pasó mucho tiempo cuando Alexandro Estévez volvió al lado de Alicia Altozano declarándole en un aparte su amor desmedido. Ella, satisfecha por conquista tan prestigiosa, dijo que lo quería como amigo, que lo admiraba como artista y que lo respetaba como maestro. Él, confundido, preguntó por qué entonces le había dado un beso en la boca. Ha sido un beso de pura emoción, respondió Alicia Altozano, un beso de amistad y reconocimiento. Ante la mirada baja del compositor añadió que un beso en la cara le hubiera parecido vulgar, escaso, repetido, que su impulso le llevó a manifestar lo especial del momento.

Pero yo te quiero más que a una simple amiga, siguió confiando mientras intentaba repetir el beso y sellar así lo que podía redondear la noche definitivamente. Alicia Altozano retiró los labios y dejó que la besara en la mejilla. Herido en su amor propio, Alexandro Estévez se dio la vuelta y, cogiendo la funda de su traje, se fue sin despedirse de nadie.

Camino de su casa sólo pensaba en el contraste que sentía entre el éxito tan rotundo en su faceta como artista ante el piano y su fracaso tan escandaloso con la mujer de su vida, a la que el jueves por la tarde volvería a dar clases de solfeo como si no hubiera pasado nada.

Sábado, 07 de Enero de 2012 11:27 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

La ausencia de paz

La ausencia de paz, dicen,
es tan sólo la guerra.
Una fiera que salta
desde cualquier rincón
a las sensibles venas
de la moral del hombre.
Pienso que nadie puede
otorgarse el derecho
de atentar contra el mundo.
Nadie, repito, nadie
puede finalizar
un futuro prestado,
que no nos pertenece.
¡Que mueran tantos niños
a diario en este mundo
mientras negros gorriones
engordan en las plazas!

* De El que come en medio pasa la sal.

Lunes, 26 de Diciembre de 2011 11:19 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

La Mariposa de la Paz

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Este cuento puede tener perfectamente 28 o 30 años:

Erase una vez en un mundo que muy bien podría ser el nuestro, en un globo muy rugoso y un poco achatado por sus polos, una paloma vieja y cansina, una avecilla blanca y bella pero triste.
   Era una paloma de la paz, era la enseña del amor, el estandarte de la fraternidad entre todos los humanos, entre los niños y mayores, ricos y pobres, blancos y negros.
   Por encima de esos sentimientos el mundo está cada vez más en conflicto, el enfado de los hombres se acrecenta, las columnas que sujetan el universo amenazan con desmoronarse... Ese globo se va desequilibrando dentro de su sistema solar por tantas guerras, tantos misiles de corto, medio y largo alcance (la destrucción es igual), por tanto odio entre hermanos.
   Los jefes del mundo luchan entre sí y tiembla el planeta. Los enfrentamientos cada vez duran más y lloran las estrellas.
   Junto al fuego del hogar, cuenta el abuelo Simón a los nietos de los nietos de sus nietos que la Paloma de la Paz es ya muy mayor, que ya trabajaba cuando vino Jesús al mundo, que surcaba los viento que se ciernen sobre la tierra de punta a punta tornándolos en aires más suaves y agradables.
   Simón, quizás el anciano más viejo de este mundo, mayor incluso que algunas de las montañas que adornan los mapas, recuerda que la Paloma no es ya como antes, con sus alas semidesplumadas difícilmente puede elevar su enmohecido cuerpo, el reuma le impide volar demasiado, el cansancio le hace retardar su misión de amistar a los enemigos, de alegrar a los tristes, de reconciliar a los desenamorados. Ahora cada cuatro o cinco nubes la vieja paloma debe pararse a tomar aliento. Cuando cambia el tiempo lo nota en sus heridas, en los porrazos de antiguos aterrizajes forzosos para imponer la paz y sólo un poco de sentido común entre familias. El abuelo Simón relata que la Paloma de la Paz nació tras el primer odio. Surgió de la sangre inocente del hermano Abel que recibió muerte de manos de la envidia de Caín. Y desde entonces ha evitado muchas muertes y muchas catástrofes, ha aplacado grandes guerras, ha extinguido plagas y ha dado solución para encontrar vacunas contra las epidemias que han aterrorizado a países enteros.
   La Paloma de la Paz llegó a su mayoría de edad en tiempos de Noe. Hizo su debut calmando la ferocidad del trueno y de la lluvia en el Diluvio Universal. Contuvo el aguacero, quitó el tapón de desagüe del mundo para que se tragara la gran turbulencia, lo escurrió y lo tendió un poquito más cerca del sol para que se secase. Llevó al Arca una ramita de olivo diciendo que la paz había triunfado y perdonó al cuervo por ser tan despistado y quedarse a comer aceitunas y carroña en vez de arrancar un brote de olivo e intentar encontrar la cadena del desagüe.
   El invierno pasado casi desfallece de frío, a no ser por la bufanda de cuadros azules y rojos que le regaló Santa Claus.
   Sin embargo, continúa el abuelo Simón, el mundo luce una capa verdecina, el oscuro miedo que ataca a las gentes se tiñe con el tono de la esperanza, porque la Paloma de la Paz tiene un hijo, que ya es casi paloma tan blanca y hermosa como lo fue su padre. Joven y vigoroso, símbolo del amor que no morirá, de la paz que no caerá en el olvido.
   Papa Paloma lo hubo pensado: “algún día estaré viejo y no podré cumplir mi misión en los rincones más alejados. Necesitare un sustituto”.  
 Nuestra Paloma sólo tuvo un hijo pues su tarea es harto complicada y no deja tiempo ni para poner huevos y mucho menos para incubarlos y criar los polluelos.
  El pequeño Palomo, como hemos dicho, creció blanco y hermoso en el tranquilo país de las ramitas de olivo, donde vivió feliz aprendiendo a volar, a planear oteando la vida desde una perspectiva más libre, y, sobre todo, admirando a su padre, al que presentía ya caduco.
   En primavera, creo, domingo, día de descanso hasta para la Paloma de la paz, se encontraban en un pequeño nido los dos pacíficos pájaros. El pequeño escrutaba amapolas, margaritas y otras flores silvestres, después de haber probado unos vuelos rasantes, unos rizos, tirabuzones y no sé cuantas cabriolas más imitando a los feriantes aviones de peripecias. Cuando Papá Paloma se quitó las gafas de mirar de cerca, dejo a un lado el último ejemplar de Colombofolia y vida y mirando a su vástago le dijo: “mira, hijo mío, yo ya soy viejo y estoy cansado. El odio del mundo aumenta día a día y yo no me encuentro con fuerzas para apaciguarlo”.
   “Mis días como trasmisor de la paz están apagándose. Pero esta importante misión es imprescindible que no se pierda. Y he pensado que ya es hora de dejarlo y que me sustituya una paloma joven y fuerte. He pensado que mi predecesor seas tú que eres mi hijo y tienes mis ideales, que eres un ave buena y noble, vuelas como el mejor y distingues el bien y el mal  por encima de todo, como yo te he enseñado. Para eso te has criado”.
   “Pero papá, contesto el Pequeño Paloma, yo no quiero ser paloma, yo quiero ser mariposa”.
   En ese momento una lágrima perdida recorrió la mejilla de la paloma mayor y cayó a las pajitas que entretejen el nido desde su tembloroso pico.
   “Pero si es tu deseo, continuó la joven paloma, y ese es mi destino, seré Paloma de la Paz y lo asumiré con responsabilidad y amor, aunque siempre he admirado los bellos colores de las mariposas simétricamente dispuestos sobre sus delicadas alas y su misión de transmitir delicadamente La Primavera en forma de móviles florecillas que aletean alegría de un lugar a otro”. “Me da pena que tú no seas mi sustituto, alegó la Paloma de la Paz, pero reconozco y admiro tu noble elección, que, como hijo de la paz y la libertad, has pronunciado. No seré yo quien me oponga a tus deseos. Así que piénsalo bien y tus anhelos serán cumplidos”.
   “Ya lo he pensado, padre, pronunció rápidamente el pequeño, y mi decisión desde, que contemplé por primera vez ese alegre revoloteo de color, fue la de ser mariposa”.
   En ese momento en torno al hijo de la Paloma de la Paz apareció una tenue nubecilla que, como niebla instantánea o humito de mago ambulante, lo envolvió por entero y ese pájaro sintióse más ligero y feliz, con un fresco manantial de color y movimiento. Y, al desaparecer esa neblina azul, resplandeció con todos los colores del iris una linda crisálida.
   Feliz con su iridiscente pulular, voló entre varias y selectas flores que, como esperando esa vivaracha metamorfosis, se inclinaban para recibir el beso suave del nuevo ser.
   Al rato regresó junto a su adorado padre, que seguía derramando lágrimas, pero ya no de dolor y resignación, sino gotas de dulce rocío de satisfacción al haber hecho lo debido, y le habló así: “gracias padre por haber accedido a mi deseo. Por lo que he ido observando y tú me has enseñado desde que rompí el cascarón, realmente la Paloma de la Paz y el verdadero sentir de amor fluye dentro de los corazones de todos los hombres y no es necesario un símbolo externo para recordarlo, pues si algo no se pierde a través del tiempo y la distancia es un alma deseosa de paz”.
   “Dices bien hijo, finalizó la Paloma de la Paz, no buscaré a nadie que ocupe mi puesto. no moriré jamás, pues volaré más rápido que el viento y como invisible lengua de fuego apareceré en cada riña entre hermanos y quemaré cualquier estallido de odio, daré un suave empellón al alma de cada persona con ansia de pelea y me instalaré en su estómago y con suave voz le trasmitiré una de las palabras más pequeñas y más grandes del mundo, en silencio le diré: paz”.

Domingo, 25 de Diciembre de 2011 13:08 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

En gerundio

De Alfonso Salazar, que parece, sólo parece, que se lo ha escrito al propietario de este blog:

Siendo, estando, meriendo,
como, duermo, pretendo,
miro, muero, pariendo,
amo, estanco, me siento.

Calzo, fumando, espero,
beso, me duele, extiendo,
tentando, bebo, niego,
curando, canto, riego.

Midiendo, republico,
atajo, me entretengo,
andando, reivindico.

Amanezco, blasfemo,
vuelo y volando vengo,
anochezco y me encuentro. 

* Tomado del blog de Alfonso.
Viernes, 23 de Diciembre de 2011 16:17 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 1 comentario.

Te conozco

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—Yo te conozco. Tú eres de los típicos que se oponen a todo por costumbre.

No, yo no soy de esos.

Ves lo que te digo.

Lunes, 19 de Diciembre de 2011 17:14 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 3 comentarios.

Soleá (a Morente)

Donde se encuentre mi norte
no tengo quien me lo indique
pues vivo siempre en la noche
desde que se murió Enrique.

Jueves, 15 de Diciembre de 2011 12:37 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Miedos estacionales

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Tras la última copa en el último bar, donde intimaron hasta lo indecible, la chica cogió al chico de la mano y lo metió en el lavabo con ella.

Se subió la falda y bajó su braga humedecida.

Él quería tanto como ella, pero antes de desabrocharse los jeans, se vio obligado a decir que estaba limpio. La época requiere esas confesiones.

―Muy bien ―respondió ella con premura.

―Quiero decir que no soy portador ni tengo hongos ni gonorrea ni nada de eso ―continuó aclarando.

―Me da igual ―respondió ella con indiferencia.

―¿No te da miedo el sida? ―disparó él a bocajarro.

―No ―zanjó la chica―, me da miedo el miedo.

Domingo, 11 de Diciembre de 2011 21:20 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Estabas solo

Pongamos que estás harto
de continuar viviendo;
pongamos que la vida
no te ha tratado
todo lo bien que deseabas.
Pongamos que pretendes
acabar de una vez.
Te asomas al abismo
o te acercas al tren
o preparas la soga
o disuelves cicuta.
Pongamos que decides
no morir solo,
compartir esta suerte.
Pongamos entonces que estallas
en un supermercado;
pongamos que matas a veinte
con ideales, con familia.
Pongamos que revuelves
la tumba que te encierra
y que el descanso no es eterno
y que te piden cuentas
y que alegas que estabas solo.

* Del trabajo inédito (e inacabado): El que come en medio pasa la sal.

Martes, 06 de Diciembre de 2011 23:36 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

El caballo de Dios

Por Cunqueiro aprendí,
entre todas las cosas,
que a los fantasmas
se les debe hablar en latín,
que en el cruce de los caminos
se reúnen las brujas,
que a Dios se le conoce
porque monta un caballo
que tiene los ojos cerrados.

Domingo, 27 de Noviembre de 2011 11:30 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Malagueña

Usa distinto jarabe,
aunque de ti digan mal,
tú no digas mal de nadie,
procura no ser igual
que después todo se sabe.

Lunes, 14 de Noviembre de 2011 12:29 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

El portero kafkiano

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Para la Feria del Libro pasado en mi ciudad de Granada, con motivo de un partido de futbito que organizamos la Asociación del Diente de Oro entre poetas y narradores, editamos un librito plural en forma de cartón y papel reciclado, como venimos acostumbrando, con el título Letras a Panenka para la ocasión.

En dicho cuaderno aparecían los textos y poemas de algunos miembros de la Asociación, algunos jugadores en dichos equipos. Casi todo el contenido son poemas relativos al mundo del fútbol y algunos cuentos breves. Yo, aporté el mío, que repensé con ayuda de mi hijo ("porque tú no tienes mucha idea de fútbol, papá"), que ahora les cuento:

Entre los cuatro metros que separan los postes de la portería de aquel estadio, atento se halla el guardameta del equipo visitante. En pleno centro y concentrado, se enmarca el individuo con la red de fondo. Sus rodillas flexionadas y los guantes de mayor. Con su pantalón corto y su camiseta remangada controla con siete ojos el posible avance de los delanteros del conjunto adverso o la llegada del cuero pentagonal.

Han pasado muchos minutos sin presencia de balón o de alharaca alguna. Pero, cómo moverse de su puesto cuando el descuido es la ocasión más peregrina para soportar un golazo. Cómo decir en la noche que se apaguen las luces que lo ofuscan si la penumbra deseada también ocultará al esférico que rueda presto al cuadrilátero.

De esta forma el cancerbero vigila la puerta de un infierno que puede estar vacante por ausencia de jugadores ajenos.

Lunes, 07 de Noviembre de 2011 11:56 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

A veces pienso

A veces pienso
que tú piensas en mí
como yo pienso
que en mí tu piensas.

Miércoles, 02 de Noviembre de 2011 01:12 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Malagueña

Usa distinto jarabe,
aunque de ti digan mal,
tú no digas mal de nadie,
procura no ser igual
que después todo se sabe.

Domingo, 16 de Octubre de 2011 19:39 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Con una sonrisa

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Cualquier destino, por largo y complicado que sea,
consta en realidad de un solo momento.
El aleph, Borges

El barrizal impedía que avanzara con ligereza y la lluvia rasante le cegaba la vista varios palmos hacia delante. Las cortinas de agua oscurecían la noche borrascosa, más si cabe. Cuando detenía sus pasos, acuciado por la inclemencia, alguien le empujaba con desgana manifiesta. No anduvieron mucho, sin embargo. El tapial, seguramente blanco, se elevaba en su presencia. La luz mortecina de una bombilla pelada evidenciaba la penumbra.

Se detuvieron a un metro escaso de la pared encalada. Un pañuelo húmedo cegó definitivamente al cautivo, mientras el piquete se preparaba para formar una hilera varios pasos a su frente. Sus ropas pesaban, empapadas por el aguacero. Sus oídos escuchaban solamente llover sobre los charcos y algún trueno lejano que retumbaba acercándose. Sus botas eran puro barro, como si ya perteneciera a una tierra que pronto lo habría de contener. Fumar era inútil.

Recordó en esos momentos que las tribus nativas de Norteamérica, cuando iban a enfrentarse en un mal día, como el que estaba aconteciendo, se concedían unos a otros la sentencia de que no era tiempo para morir, y los dos grupos se retiraban a sus poblados para emprender de nuevo la lucha cuando el tiempo fuera más benigno.

Los soldados alineados esperaban la orden del sargento que, con el sable desnudo, musitaba entre dientes maldito día o algo parecido, como si la suerte adversa fuera la suya y no la del condenado.

Alzó la espada sin más preámbulos, había que acabar pronto, regresar al cuartel para secarse y entrar en calor esperando que pasara la tormenta. Los relámpagos empezaban a caer demasiado cerca y los soldados estaban bien nerviosos, con chorreones de agua que resbalaban desde el chacó de fieltro hasta la entrepierna. Los pies chapoteaban enmohecidos dentro del calzado. La oscuridad era pesada y creciente.

―¡Preparados! ―cantó el oficial con el brazo derecho en alto, mirando a los soldados tensos.

El pelotón de fusilamiento empalmó sus armas sobre el hombro y apuntó lo mejor posible a una sombra que se difuminaba en las sombras.

―¡Listos! ―bramó de nuevo el sargento, mirando al reo de forma aséptica.

En ese momento, un rayo quebró la inmensa rama de un árbol cercano que con las mismas abatió a toda la hilera de verdeoscurro y al sargento con ellos.

El cautivo, cansado de esperar la palabra postrera que lo mandara al otro mundo, se alzó levemente el pañuelo de los ojos atendiendo al desastre que para él suponía un vuelco de la fortuna, un segundo nacimiento, la oportunidad inexcusable de comenzar una nueva vida, enmendando en lo posible los entuertos causados en su mundo egocéntrico.

Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia el río pensando en visitar a sus padres y rogarles perdón, que habían insistido en que no se alistara, que la guerra no era suya, que quedara en la hacienda manteniendo una existencia modesta pero digna. Él no les hizo caso y corrió en la primera ocasión para engrosar las milicias libertarias, abandonándolo todo, dejando a sus progenitores ahogados en llanto.

Se agarró a unos maderos, a modo de balsa, y se dejó arrastrar por el río hasta las posiciones de sus camaradas. Mecido por la corriente, antes que le venciera el sueño, aún pensó en su querida María, que abandonó con un niño de pecho llorando en las haldas.

Despertó en las filas amigas que le comunicaron que la contienda había terminado con la rendición de los contrarios. Que la mayoría habían huido, fusilando a sus prisioneros, robando lo que hubiera que robar y destruyendo todo a su paso.

A los dos días, el salvado del paredón, se adivinaba junto a su mujer y su hijo, después de haber llorado su regreso junto a los padres. A la promesa de que no se separaría de ellos el resto de su vida, le secundo una noche lenta y gozosa de amor que le imprimió una sonrisa permanente durante el sueño postrero.

Un relámpago lo despertó al momento de oír la voz del sargento que rotundamente gritaba ¡fuego!, al momento que ocho descargas desgarraron su pecho y su vida. Su cuerpo inerte cayó al barro y sin embargo sonreía con el perdón de los suyos.

Jueves, 13 de Octubre de 2011 11:50 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Vosotros, superficiales

Vosotros, superficiales,
que no veis lo de delante,
y parecéis colegiales
presumiendo del aguante
en vuestro mundo de eriales.

Sólo a ratón aspiráis,
del león ni se os ocurre
y su cola despreciáis,
puesto que fuera os aburre
del ombligo en que habitáis.

Vuestro saber provinciano
se hace de Dios la Palabra
ante quien no tiene a mano
acaso un abracadabra
de saberos chabacanos.

Jueves, 06 de Octubre de 2011 11:09 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 4 comentarios.

Alzheimer

Lleva muchos años mi madre
olvidando el olvido;
ya no le queda nada qué olvidar.
Es cruel.
Es la más cruel enfermedad que conozco.
Se habrá muerto dos veces cuando muera.
Morirá desgastada
y nuestro corazón erosionado
por su primera muerte.

Viernes, 30 de Septiembre de 2011 11:10 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 4 comentarios.

Poema ambiguo

Estaba solo
o estaba contigo a mi lado
aquella noche en que brillaba el sol;
tú llorando me sonreías,
la soledad en el tumulto;
yo calladamente gritaba
y te decía sin palabras:
esto no es un poema,
por eso, casi no te quiero.

Martes, 20 de Septiembre de 2011 10:01 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 4 comentarios.

Vicente de Santamaría Crisol

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Para un escrito banal de ocurrencia veraniega quise introducir la figura mitológica de un grifo, que viene a ser un híbrido hagiográfico de varios animales que, según las fuentes, se compone de forma sensiblemente distinta, aunque básicamente suele tener cabeza de águila y cuerpo de león. Algunos le añaden la cola de serpiente y las alas de buitre, lo que hace al Deuteronomio catalogarlo dentro del género de las aves. Es grande animal que puede recordar por su estructura invertebrada a la quimera y por su aspecto formal al fénix asiático.

Para redondear estos datos, evoqué un cuentecito de Joan Perucho, olvidado hacía tiempo, aunque con título pegadizo por extraordinario. Nicéforas y el grifo recuerdo que se recogía en un libro de cuentos, llamado precisamente Cuentos, publicado en Alianza Editorial, en su colección de bolsillo, número 1.148, aparecido en el año 1986. Cuando consulté el índice de esta obra, sin embargo, el relato antedicho no se encontraba en tal compilación. Me vi obligado entonces a revisar otras colecciones de escritos del autor recordado habidos en mi librería por si mi memoria, flaca sin lugar a dudas (porosa, diría Borges), lo habría desplazado a través de los años.

Nicéforas y el grifo tampoco se encontraba en Rosas, diablos y sonrisas ni en La sonrisa de Eros ni en Galería de espejos sin fondo ni siquiera en Minuta de monstruos. Incomprensiblemente comencé a dudar de mis devocionarios e incluso a cuestionarme la autoría de Nicéforas.

Tiré la toalla días después, por agotamiento y por el revés inesperado, hasta que, por casualidad, abrí al azar el primer libro de Cuentos seleccionado, el de Alianza, y me encontré al viejo Nicéforas con su fantástico grifo en la página 46, entre Carcasona, Simón de Monfort y la bella Josette y la Noticia de Madame Eduarda y de un desconocido escritor, lo cual me alegró sobremanera, aunque, al leerlo, no pude sacar nada válido para el texto agosteño referido, que fue lo de menos.

El problema, como se puede deducir, es que tal relato, por una u otra razón, no se hubo incluido en el índice de esa edición, fue omitido, involuntariamente, supongo. Curiosidad simpática, ausente de importancia por otro lado, aunque digna de recordar.

Estos días, a raíz del veinticinco aniversario de la muerte de Borges, decido leer algunos de sus escritos comenzando por Ficciones, colección de cuentos, publicada en 1944, del cual tomo algunas notas que me seducen para su próximo estudio o empleo. Para facilitarme la labor y fidelidad, recurro al documento en pedeefe, con el cual sólo tengo que copiar y pegar (bondades de la técnica). El texto deseado se encuentra en Las ruinas circulares, que es el cuarto relato de dicha recopilación. Resulta, sin embargo, que en la versión electrónica que poseo ocupa el quinto lugar después de una ficción intitulada Vicente de Santamaría Crisol, que antecede al de Las ruinas… y se encuentra justo detrás de Pierre Menard, autor del Quijote. Alarmado analizo la edición de papel que tengo entre manos y alguna otra versión olvidada en los anaqueles. Ningún rastro de dicho cuento postizo. Otras versiones electrónicas tampoco lo reflejan. Busco biografías y referencias, en Internet y en bibliotecas, pregunto a conocidos y entendidos, que a veces coinciden, sin resultado alguno. El texto es un intruso. Vicente de Santamaría es un impostor, aunque, después de leerlo, puede que contuviera un definido elemento borgiano entre sus líneas.

Vicente de Santamaría Crisol, escribe supuestamente Borges, nació en Metapa, hoy Ciudad Darío, en honor a su hijo universal, el modernista Rubén, en la provincia nicaragüense de Matagalpa, en 1862. En el ocaso de su corta vida (murió en diciembre de 1892, dicen que después de un punto de melancolía que se le enquistó en el estómago) llegó a conocer al poeta universal, el cual le dedicó encendidos elogios en un anexo, descatalogado o apócrifo, de su colección de semblanzas Los raros, que vio la luz en el año 1896.

Vicente, con una sola obra (y algunos cuentos de menor calado), se abrió paso entre los autores de su tiempo, quizá la única voz dramática hispanoamericana, que llegó a desvanecerse por el peso prosístico de fines del diecinueve y subsiguientes.

Dicha obra, llamada curiosamente tal como su autor, contaba tan sólo con el acto tercero, pues las dos primeras partes, no se sabe muy bien por qué, fueron suprimidas o jamás existieron, quizá por una clara innecesidad o tal vez un creciente desinterés.

El señor De Santamaría, en unas notas al margen, en la segunda edición, realza su decisión de empezar (y acabar) por el final, puesto que las dos primeras partes mostrábanse exentas (sic) al drama que deseaba proponer.

Tal era, según advertimos en este tercer acto, que un autor teatral, llamado Vicente de Santamaría Crisol, llega a la conclusión de ahorrase las dos primeras partes de su obra y posterior representación, para exponer tan sólo el resultado, o sea, la síntesis de su pensamiento. Así, prescinde de la presentación y del nudo, exponiendo el desenlace como si fuera un todo. Cómo llega a esa conclusión no lo sabemos, ni lo sabremos nunca, pues nos faltan los preámbulos y los argumentos.

El caso es que nos encontramos en el the end de un drama donde un autor de teatro, llamado igual que su creador, escribe un solo acto, el tercero y último, donde alguien de su mismo nombre propone comenzar la pieza por el tejado, desechando el planteamiento inicial y la exposición del problema. Aunque no conocemos el porqué, no más porque nos faltan los dos actos pretéritos.

En esas se encuentra la situación cuando el último de los Vicentes tiene que ausentarse de forma inexcusable a una cita pendiente, que quizá se expusiera, si hubieran sido escritos, en los dos primeros actos, quizá el segundo.

El Vicente que se ocupa del último Vicente siente un vacío incomprensible por dejar a éste en un inexplicable suspenso. El primer Vicente entonces, el autor amigo de Rubén, siente cerrarse sobre su cuerpo las tapas de de un libro mayor, mientras alguien, que quizá se llame también Vicente de Santamaría Crisol, sin miramiento, deja inacabada una obra teatral. Soplaba una tarde fría de invierno de 1892.

* Grifo miniado aparecido en el Bestiario medieval de Siruela. Edición a cargo de Ignacio Malaxecheverría, Madrid, 2002.

Viernes, 09 de Septiembre de 2011 11:05 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

El haber no existe

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Nunca había creído en nada que no fuera el hombre. Ni siquiera en el azar, aunque la mala suerte, aseguraba, era una evidencia. La vida desde el principio se le había mostrado adversa. Con el pie derecho más corto que su contrario, arrastraba una cojera de nacimiento que le hacía ser arisco y cortante, con esa susceptibilidad de los tullidos que siempre están en guardia ante cualquier conato lastimero. Y, aunque en los negocios no le hubo ido del todo mal, con las mujeres no tenía ningún éxito. Hecho que abundaba en su timidez y aislamiento.

El final de su vida era tan triste y desafortunado como el resto de sus días pasados. Al fin, en su lecho de muerte, el viejo Gaspar Palacios me preguntó:

―¿Habrá cielo, amigo? ―siempre me llamaba “amigo” en los momentos trascendentales. Aunque, a decir verdad, era al único que podía llamar así.

―Algo tiene qué haber ―respondí esperanzado de su duda postrera.

―El haber no existe ―sentenció mientras expiraba.

Durante mucho tiempo tuve esa enigmática frase en mi cabeza, intentándome explicar su sentido, desmigando el verbo para comprender el último testimonio de Gaspar. Una sentencia íntima. Un epitafio singular.

El haber no existe, que es como si dijera que no existe nada o que nada ocurre al azar. O quizá, rizando el rizo, se podría pensar que todo es deber, como acto antagónico al haber; es decir, que estamos en deuda permanente; un débito ancestral que pagamos desde el día en que nacemos, quizá por el mismo hecho de haber nacido.

Conforme con mis deducciones, que, por otra parte, encajaban a la perfección con el pensamiento de mi amigo permanentemente resentido, continué mi común existencia de olvidos y recuerdos, no sin antes encargar que grabaran esa frase sobre su lápida, en vez de la cruz, en la que no creía, sin duda.

Tiempo pasó sin volver sobre el tema, hasta que un día de difuntos, aprovechando la visita al camposanto para mostrar mis respetos a algún familiar desaparecido recién, quise pasar por el nicho de Gaspar y abrazar nuevamente su memoria.

Bastante rato estuve sobre la tumba imaginando su cojera y la continua queja que le llevó a exclamar, como testamento inmaterial, que el haber no existe.

Volví a pensar en aquella oscura sentencia mirando el grabado del mármol hasta que las palabras me llenaron por dentro, crecieron y se juntaron. De pronto comprendí que, al igual que creía en la mala suerte y no en la buena, mi viejo amigo Palacios, en contraposición al cielo, no dijo el haber no existe, sino el averno existe.

Lunes, 05 de Septiembre de 2011 00:43 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Ayer se cayó una torre

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No somos sino el sueño de una sombra.
Píndaro

El sembradío se coloreaba en cuadros de hierba seca o en áridos terruños de piedra oscura, que parecían trazados con tiralíneas. Un joven, semejante a cualquier otro, caminaba embutido en saya parda, espadón al cinto y rodela embrazada a la izquierda.

A ambos lados del caminante, de cuando en vez, se veían otros reclutas huyendo desesperadamente de ejércitos y caballos supuestamente ofensivos. Era una contienda ordenada, sin embargo.

Animado por sus iguales, el joven también comenzó a correr protegido por su escudo, sin dejar de mirar hacia atrás. Saltó de cuadro a su antagónico apenas sin detenerse y sin pensar en las zancadas (alguien pensaría por él).

En plena ceguera entonces, sin advertirlo siquiera, se dio de bruces con torre albina en puesto avanzado, que incomprensiblemente derribó al punto.

No le dio lugar a recapacitar empero, porque un corcel blanco, que rampante saltaba en ele, se le echó encima y se lo comió.

Desde alturas insospechadas, una voz algo nasal, rasgó los cielos diciendo, entre eufórica y decidida, jaque mate.

Martes, 30 de Agosto de 2011 20:05 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 5 comentarios.

La despedida

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El sol se retiraba perezoso y tempranero en ese atardecer otoñal barruntando si había cumplido mínimamente su misión. La nieve comenzada a modificarse, en esa metamorfosis que sólo ella sabe hacer, fileteando las orillas del camino con el hielo de sus encajes. Un jinete compuesto de sombra y vaho se me acercaba al paso en dirección opuesta. Al pronto inversamente recorrería mis propios pasos al lugar de donde yo había partido, si alguna de las pocas encrucijadas que jalonaban el camino no lo invitaban a desviarse a un destino inseguro, pues el único lugar habitable en muchas leguas a la redonda era el poblacho, al comienzo del sendero, y la casa solitaria adonde me dirigía. No obstante, ya no eran horas…

El consejo extremo del doctor, me había impulsado a enfundarme en la pelliza borreguera y enalbardar la yegua cana, para visitar a un primo cercano, en la cabaña antedicha, que más abundaba de amigo que de pariente. La sangre, en este caso, es una mera casualidad.

El jinete ya se acercaba rellenando su silueta de color e identidad, con su montura extremadamente negra, su jubón alzado y su sombrero de alas hasta las orejas.

Antes de conocer la nariz picuda y el bigote desordenado del moribundo a quien iba a visitar, entre vaharadas, me saludó halando las riendas de su animal.

―Hola, Bernardo ―pronunció con sequedad familiar.

―Hola, Anselmo ―respondí―. ¿No estabas en cama?

―Sí ―monasilabeó simplemente.

―¿Por qué te has levantado? ―volví a preguntar―. ¿Te encuentras mejor? El doctor Sánchez dijo que era muy grave.

―Y tanto ―me dio la razón.

―¿Y dónde se supone que vas en esta noche de perros? ―dije arrebujándome un poco más en mi sobretodo.

―Quería verte antes de que fuera demasiado tarde ―reconoció ante mi asombro.

―¡Volvamos a casa! ―imperé entonces.

―Aún tengo qué hacer ―respondió mirando en dirección al pueblo e intentando calmar al caballo que caracoleaba nerviosamente―. ¡Ve tú! ¡Allí nos veremos!

Y, dándose la vuelta se alejó como había venido, haciéndose sombra en la noche cortante. Yo, alarmado, continué mi camino.

La luna era apenas una línea curvada en un horizonte donde las estrellas seguían tiritando nerudamente. Cuando llegué a casa del despedido y bajé de mi trotona clara, me recibieron los sollozos y la cara desencajada de ojeras superpuestas de mi tía. Que pasara, me dijo, para un último adiós. Preocupado pregunté por Anselmo.

―Se nos fue a media tarde ―dijo su señora madre entre lágrimas.

―No puede ser ―respondí―. Lo he visto hace apenas media hora camino del pueblo. Que me adelantara a esperarlo, me dijo. Que tenía que seguir visitando con su potro azabache.

―Anselmo no tiene ningún caballo negro ―recordó la mujer.

Después de algunos pésames y recuerdos, llamaron a la puerta. Era mi pariente amigo, con su gorro de alas y su mostacho desordenado. Me abrazó como nunca, es decir, como siempre, diciendo que por qué, gritando calladamente en su agonía y en su pesar.

―¿No nos volveremos a ver? ―pregunté casi con banalidad.

―No ―negó el aparecido con la pesadumbre escondida en sus ojos. Y se hizo invisible en su cuarto.

Al día siguiente, Anselmo lloraba mientras unos operarios disciplinados y circunspectos tapiaban el nicho que me habría de contener por muchos años.

Domingo, 21 de Agosto de 2011 12:19 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 7 comentarios.

César

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Desde que conocimos a César, con su porte de emperador, lo empezamos a saludar elevando el brazo con la mano extendida, a la manera germánica, y gritando AVE. Al principio alteró la visión de sus nuevos amigos, o sea, nosotros, llegando a molestarle cada vez que nos encontrábamos y casi evitando la confluencia; pero, a la larga, no sólo no le importó, sino que llegó a identificarse con aquel saludo, exigiéndolo él mismo; y, cuando lo escuchaba, también elevaba la palma devolviéndonos el AVE o diciendo “descansen”.

¡AVE, César!, era su carta de presentación. ¡AVE, César!, fue el regalo iniciático que le prodigamos desde un primer momento. Incluso empezó a leer la vida de los césares y a aficionarse a las películas de romanos. Quiso ser romano con los romanos y romano con los judíos también.

Su nariz era aguileña, su altura considerable y su seriedad extrema. El único asomo de comicidad que llegó a adquirir fue la aceptación y la respuesta del AVE que le caracterizaba en cualquier reunión, ya fuera en lugares públicos, como en privado, ya fuera en plena calle o en su lugar de trabajo como empleado en una oficina del INEM (a los únicos que la crisis les multiplica el trabajo).

Para alimentar este mimetismo, la semejanza romana, se escaló el pelo, como viera que lo llevaban los jóvenes latinos en las películas de época y adquirió un andar estirado y, en cierta manera, ocarino. También se instituyó como una verdadera eminencia en historia antigua, centralizado en la Roma imperial y en sus dignatarios. Era su tema de conversación. Los autores latinos, Suetonio, Virgilio, Horacio…, pasaron a constituir sus lecturas de cabecera. España, sin discusión, pasó a ser Hispania. SPQR.

Un buen día, nuestro amigo César, empezó a salir con una chica, de belleza clásica y mirada helénica, como una Venus de Milo pero con brazos, que respondía al nombre de Eva.

Desde que conocimos a Eva con César, esa pareja imperial, los empezamos a saludar elevando el brazo, como antes, como siempre, y gritándoles con cierta fruición: ¡EVA, César!

Sábado, 06 de Agosto de 2011 10:08 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Cuando una mujer te pregunta la edad

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Cuando una mujer te pregunta la edad está claro que se considera más joven de lo que aparenta, que espera que, en tu balance, te quedes por debajo (a veces muy por debajo) de la edad que tiene en realidad.

Cuando una mujer te pregunta la edad es un ejercicio como poco delicado. En ese momento miras hacia todos lados (de forma ficticia, pues cualquier desvarío, puede considerarse una falta de atención) y, como quien te pregunta por una dirección complicada bajo un sol cuarentón, te dices: “con toda la gente que hay alrededor, me ha tenido que preguntar a mí”.

Cuando una mujer te pregunta la edad se encienden las luces rojas de peligro en tu interior y suenan las sirenas de seacabó, pues no puedes titubear ni unos segundos ni entornar los ojos, como buen cubero, ni balancear la mano con evidente signo de aproximación.

Cuando una mujer te pregunta la edad debes responder de inmediato, restando unos cinco años a lo primero que te viene a la cabeza. Y, cuando sueltes la cifra, simulando total convencimiento, y ella te da el número exacto (que a veces no es exacto) del número de años vividos hasta el momento, fingir inusitado asombro y proferir alguna exclamación halagadora, tipo: “¡si pareces una niña!”, “¡pues aparentas…!”, “¡yo juraría que tienes…!”.

Cuando una mujer te pregunta la edad es porque ese día se siente joven y quiere que aplaudan lo que antes ha reconocido el espejo. Cuando una mujer te pregunta la edad, a veces, es porque está baja de moral y necesita una inyección de autoestima que sólo consiguen el chocolate, salir de compras o sentirse joven.

Ayer, una chica (no tan chica) me preguntó la edad. Sabiendo todo lo antedicho no dudé en acercarla a la treintena por debajo, apreciando realmente que a los que se acercaba era a los cuarenta. Francamente agasajada, sólo me sonrió, sin decirme exactamente el tiempo que había vivido desde su nacimiento (como si fuera una nueva estrategia que tendré que estudiar más adelante).

Sin embargo, el resultado fue positivo, pues pasó conmigo gran parte de la velada, contándome historias descabezadas de su juventud en Inglaterra, terminando por descabezar a un servidor.

Conforme hablaba, los años se le iban acumulando en las comisuras y alrededor de los ojos. Hasta que llegué a pensar si no hubiera sido mejor la estrategia de la duda metódica, si no fuera mejor haber dicho: “cua… treinta y algo”.

Domingo, 17 de Julio de 2011 12:20 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

El feliz Descubrimiento

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Revisando archivos, como siempre que tengo un hueco, encuentro unos textos dramatizados sin fechar, pero leyendo entre líneas se deduce que son del año 91 o principios del 92. Creo que la obra fue representada, o al menos leída públicamente, coincidiendo con la Expo de Sevilla.

Copio y pego a continuación:

Hace muchos muchos años, unos cinco siglos, que un aventurero, descubridor y navegante, servidor de la corona castellana, se hizo a la mar, para abrir un nuevo camino, una ruta hacia las Indias por el Oeste. Se aventuró por el Atlántico, mar tenebroso y flamígero en sus profundidades. Un océano inmenso y desconocido, que volvía negro a quien se atreviera a internarse en él más de la cuenta.
    Cristóbal Colón fue el arrojado navegante que desmitificó este mar; fue quien dio los primeros pasos para demostrar prácticamente la esfericidad terrestre; fue quien, por error, descubrió al Viejo Continente una nueva tierra, un lugar que crecería a pasos agigantados hasta dominar casi todo el planeta; tropezó, en su camino hacia Oriente, con un gran obstáculo llamado América.
    Estamos seguros, por otra parte, que si Colón, don Cristóbal, hubiera tenido visión de futuro y le hubiese visto la cara de cerca al señor presidente de Estados Unidos, y a su pandilla de fabricantes de miedo, se habría cuidado mucho de aquel tropiezo y, seguramente, habría hecho lo imposible por volver, si no negro, sí algo moreno.
    Aquí les dejamos con una parodia del feliz descubrimiento. ¡Cualquier similitud con la realidad, seguro que será pura coincidencia!
    ***
En las Indias ya se podía leer en todos los periódicos y en las revistas especializadas en descubrimientos y otros antojos que llegaría un hombre, quizás un superhombre de allende los mares, que descubriría esas tierras y que, misteriosamente pondría un huevo de pie.
    Los indios, llenos de dicha, no caben ya en sus taparrabos. La noticia les conmueve. Esperan impacientes al dios blanco antropomórfico en su cascarón flotante.
    Entre las cenas familiares de los indígenas, las asociaciones juveniles de los hijos de los nativos, los clubes de aviación de los pilotos americanos; en las salas de fiesta, en los comercios, en los bingos... en cualquier parte, no se hablaba de otra cosa: "un español o portugués (no se aclaraban aún) llamado Cristóbal, y conocido porque siempre se está colocando delante en la cola del metro, en el cine, en todas las ventanillas, nos descubrirá"

UN INDIO: Un portugués o un español, no sé bien, vendrá por mar y nos descubrirá, después de haber puesto un huevo de pie.
OTRO INDIO: ¡Síí! -exclama sin salir de su asombro, más por la heroicidad del huevo que por el hecho tan cotidiano de descubrir.
INDIO 1: Como lo oyes. Y se llevará nuestros tesoros a cambio de inútiles baratijas, sin que nosotros podamos hacer nada.
INDIO 3: También, dicen, nos engañará con el viejo truco del eclipse.
INDIO 2: ¡No somos nada!

La noticia no se hizo esperar. Tan sólo siete largos años para que la reina Isabel de Castilla se brindara a aceptar el proyecto de Colón. ¿Pero qué eran siete añitos en el siglo XV? (Pues siete años. No te fastidia). Y fueron siete años porque la reina Isabel estaba empeñada en demostrarle a los moros de Granada quién tenía más pantalones.
    Para la reina quizá no fuera mucho, pero para un navegante eran siete largos años de impaciente espera, obligado a mantenerse en barbecho y en secano. Siete años que no eran siete, pues antes había probado fortuna con los reyes de Portugal, de Francia y de Inglaterra. Siete años haciéndose un arsenal de espejitos, objetos de aluminio, torres Eiffel y torres de Pisa en miniatura, cubos de Rubik, linternas con alarma, fichas de coches de choque y de teléfono, jarroncitos de barro y un sinfín de cosas verdaderamente inservibles que servían para alimentar las delicias de cualquier analfabeto.

ISABEL (Cogida al teléfono): ¡Oiga, oiga! ¿Con quien hablo?
CRISTOBALITO (Al otro lado): Con Cristobalito... -dice casi cantando.
ISABEL: ¡Anda nene, dile a tu padre que se ponga!
CRISTOBALITO (Con la mano intentando tapar el auricular): ¡Papaaa! -Berrea- Que te pongas. Una señoraaa.
COLON: ¡Diga!
ISABEL: Soy Isabel.
COLON: ¡Mi madre!
ISABEL: No. Tu madre no, la Reina, Isabel II.
COLON: ¡Caray! (a buena hora, ya había deshecho el equipaje). Dime, dime, Isa... que diga, Su Majestad.
ISABEL: Que estamos a dos de agosto del 92.
COLON: ¿Y son las Olimpiadas de Barcelona?
ISABEL: No, de 1492, imbécil. Y, según las crónicas, tienes que partir mañana hacia nuevas tierras para la posteridad.
COLON: No adelante acontecimientos, mi Reina, pues yo sólo voy a intentar una nueva ruta por el oeste hacia las Indias, el país de las especias.
ISABEL: ¡Siempre tan simple, siempre tan simple!

Dicho y hecho, Cristóbal Colón hace de nuevo su equipaje y zarpa el 3 de agosto de 1492 del puerto de Palos, ya sin moros en la costa y con rumbo desconocido (más o menos). Embarca en La Santa María y le siguen dos carabelas, La Pinta y La Niña, gobernadas por los hermanos Pinzones (hay quien afirma que eran así llamados porque eran hermanos por parte de padre y madre, de eso no hay duda, y, menos creíble, por impulsar las pinzas de la ropa, que se conocían poco).
    Dos meses y pico duró la travesía, no sin antes pasar por las Canarias y consumir algunos plátanos y hacer de vientre. Sin embargo, Cristobalito (conocido más tarde por su verdadero nombre, Hernando Colón), que los acompañaba, deseaba llegar pronto a las américas y comprar algunas Coca-colas.
    En mitad del trayecto, después de ver en el video de a bordo la última de Woody Allen, Colón tubo algunos antojillos. A saber: se le antojaron unas hamburguesas tipo Mc’gregor y, ¡asombroso!, poner un huevo de pie.
    Y lo consiguió. Vaya que si lo consiguió. Después de reventar casi todos los huevos preparados para la cena de esa noche, logró colocar uno en equilibrio dando una serie de botes de alegría (algunos de ellos, hay que reconocer, con verdadera maestría) que casi hace naufragar el barco antes de tiempo.
    Ante tal capricho no es de dudar que los hermanos Pinzones creyeran que estaba embarazado y se pasaron gran parte de la travesía cortando pañales y haciendo patucos de punto.
    A los dos meses y pico -como dije-, exactamente el 12 de octubre de 1492, arriba Colón con 90 hombres y una cruz a las primeras tierras americanas descubiertas.

COLON: En nombre de España, de sus Reyes Católicos y en el mío propio, yo os descubro (ante el asombro de 89 hombres -el 90 se estremecía por nada- se planta de hinojos y besa el suelo).
UNO DE LOS PINZONES: Se parece al Papa (comentario que pasó totalmente desapercibido. Ni siquiera yo lo iba a mencionar).
TODOS LOS INDIOS QUE POR ALLÍ HABÍA: ¡Nos han descubierto! ¡Nos han descubierto!
COLON: Decidme nativos, ¿Cómo se llama esta isla?
INDIO 1: Guanahaní, del archipiélago de las Bahamas.

Una chica que también desembarcó, ligera de ropa y con gafas muy grandes, se precipitó a decir: "Respuesta acertada; a cincuenta pesetas cada una...", pero le taparon la boca rápido.

COLON: Pues desde hoy se llamará El Salvador.
INDIO 1: ¿Por qué?
COLON: Porque soy Colón y os he descubierto.
TODOS LOS INDIOS QUE POR ALLÍ HABÍA (que eran más que antes): ¡Nos han descubierto! (bis).

TELÓN

Lunes, 11 de Julio de 2011 11:53 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Poema ubicuo

Me asomé a la ventana
donde estaba yo mismo
mirándome hacia arriba.

Domingo, 10 de Julio de 2011 09:50 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Voyelles

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A noir, E blanc, I rouge, U vert, O bleu: voyelles,
Je dirai quelque jour vos naissances latentes:
A, noir corset velu des mouches éclatantes
Qui bombinent autour des puanteurs cruelles,

Golfes d’ombre; E, candeur des vapeurs et des tentes,
Lances des glaciers fiers, rois blancs, frissons d’ombelles;
I, pourpres, sang craché, rire des lèvres belles
Dans la colère ou les ivresses pénitentes;

U, cycles, vibrements divins des mers virides,
Paix des pâtis semés d’animaux, paix des rides
Que l’alchimie imprime aux grands fronts studieux;

O, suprême Clairon plein des strideurs étranges,
Silence traversés des Mondes et des Anges:
–O l’Oméga, rayon violet de Ses Yeux!–

Ayer encontré a Alicia. A propósito de su nombre le comenté que Cunqueiro, en su Balada de las damas del tiempo pasado, interpretando un bello poema de Rimbaud sobre las vocales, en francés Voyelles (que precede a este texto), comenta que la i es necesaria; todo nombre de mujer ha de tener una i; es una nota de rojo… y pone de ejemplos a Dulcinea, Julieta, Ofelia, Beatriz y, más adelante, Ana Libia Plurabella (nombre inventado por Joyce).

Con acierto, Alicia me hace notar que su nombre tiene doble i, al igual que Bibiana, Cecilia, Agripina o Iris, con lo cual insiste en su hermosura, es una doble nota, un trino carmesí.

Me he tomado la libertad de interpretar el soneto del eternamente joven poeta, tomando como modelo otras traducciones, quizá desmoronando la estructura del soneto, quizá, ¡ay!, castigando la sublime rima francesa.

A negro, E blanco, I rojo, U verde, O azul: vocales,
descubriré algún día su origen misterioso:
A, chaqueta de terciopelo negro, de brillantes moscas
que vuelan entorno a crueles olores,

A golfos de sombra; E, blancura de los vapores y tiendas de campaña,
lanzas de glaciares orgullosos, reyes blancos, umbelas ateridas;
I, púrpura, escupitajo sangrante, risa de bellos labios
penitentes de ira o de borrachera;

U, ciclos, vibraciones divinas de los mares,
paz de hierba salpicada de animales, paz de aspereza
que la alquimia imprime en la frente del estudioso;

O, trompeta sublime de extrañas estridencias,
silencio atravesado por Mundos y por Ángeles:
–¡O la Omega, ese rayo violeta de Sus Ojos!–

Viernes, 24 de Junio de 2011 20:38 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 6 comentarios.

Romero Capilla

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Romero Capilla se llamaba en realidad Liberto Capilla, pues sus padres eran hijos del 68 y decidieron paliar la contundencia de su apellido con algún nombre antagónico fiel a los tiempos y a sus convicciones, pasajeras, por otra parte, si he de decir. Pero Liberto, nunca muy de acuerdo con nombre tan idílico, fue conocido desde temprana edad como Romero pues era el único mozo del pueblo que fuera en peregrinación a Santiago.

Romero Capilla era natural de Almendralejo, provincia de Badajoz, pero muy de niño, tal vez antes de la visita a los Santos Lugares, siguiendo a sus padres, que se dedicaban a la cría y engorde de los gusanos de seda, marchó a Coria del Río, en Sevilla, a orillas del Guadalquivir, donde las moreras abundaban frondosas. A pesar de tener un brazo más corto que el otro, comenzó a trabajar como modelo en una firma de ropa de sport masculina pues, al correr de los años, pasó por ser joven hermoso y recio cual héroe antiguo.

Felipe, el contratista de la marca coriana, que era ligeramente estrábico del ojo derecho, lo descubrió trabajando en el Corte Inglés de Mairena del Aljarafe en la sección de electrodomésticos, trataba de explicarle a una señora de pelo azul y más bajita que la media el funcionamiento de un revolucionario robot de cocina. Fue nada más verlo, con su mirada cruzada, cuando Felipe, que supuestamente entendía de hombres, sin necesidad de ramalazo alguno, le propuso que trabajara paseando ropa sobre pasarela de feria y escaparate al uso.

Romero Capilla, harto de electrodomésticos y de señoras y de explicaciones, como antes lo estuvo de gusanos y capullos, aceptó al punto la primera oferta del modisto dejando a la buena mujer, bajita, pechuda y entrada en carnes además, con el libro de instrucciones en inglés, alemán y japonés, para que se las compusiera ella sola o que interceptara a otro uniformado con más o menos paciencia.

Algunos años destacó Romero como buena percha de andares seductores y la misma mirada soñadora que acostumbraba en los santos lugares. Cualquier puesta embellecía con su delineado palmito, a excepción, lo guardaba como secreto, de la prenda de seda, que se negaba a portar pues le recordaban agusanados tiempos pretéritos, que se debatían entre la nostalgia y el deseo de olvidar.

Más pronto que tarde, como no cabía esperar de otra manera, Romero quiso entrar en el mundo de los top, deseoso de enfrentarse en sana competición a otras beldades masculinas, salir victorioso sin duda (tal era la confianza en sí mismo), medrar en los concursos de belleza, pasar por televisión y… quién sabe (si no fuera por el tradicional cuento de la lechera nadie habría dado un paso en su propio porvenir o en el de los suyos).

Pasó a Sevilla sin dificultad y de nuevo trocó su nombre de Romero a Romeo, soñando con el joven Montesco, paradigma del amor y sobre todo más consecuente con su nuevo destino en las ondas y los altos vuelos.

Así, Romeo Capilla fue avanzando entre pasarela y pasarela, entre concurso y concurso, hasta ser medianamente conocido; primero en la capital andaluza y después en toda la región.

Llegado el momento de representar a su tierra como Mister Andalucía en el concurso nacional, a celebrar en Zaragoza, y convencido de su persona y de su condición de latin lover, vino a visitarlo la conocida señora X, que casualmente formaba parte del jurado en la competición y era un personaje distinguido e influyente donde los hubiera.

La señora X, que ocultamos su nombre para no poner en tela de juicio su honorabilidad, sin irse por las ramas, le propuso mantener relaciones nefandas, mientras jugaban a los “perritos”, dijo literalmente, si quería comerse una rosca en dicha pasarela, si quería continuar en el mercado, si deseaba labrarse definitivamente un nombre…

La señora X, aunque entrada en años (bien entrada en años) aún estaba de buen ver, si no fuera por los estiramientos del rostro, que le hacían parecer como si estuviera continuamente ahogando un bostezo.

Romeo accedió. La carne, por llamarlo de alguna manera, es débil. Era muy tentador ver la puerta abierta delante de las narices y no traspasarla. La fama corría detrás.

Para la señora X, con un rosario de favores a sus espaldas no le era difícil entreabrir esa puerta y dejar los hachones encendidos y alisar la alfombra para su conquista del momento, para su capricho ocasional.

Romeo, cuando se vio en dobles cueros, es decir desnudo y medio cubierto con ropajes sadomaso, a horcajadas sobre la “perrita” babosa, con el pelo recogido en doble fuente, y con una fusta en la mano, restregándole palabras obscenas, se le vino al pronto el apellido eclesial y en un santiamén pasó de Romeo a Romero, y de Romero a Liberto. Y recordó a sus padres, a su pueblo y a los gusanos de seda.

El nuevo, o antiguo, según se mire, Liberto Capilla, de un salto, se puso los pantalones y de un portazo marchó a casa de sus mayores ante los gritos de la madame, pensando que más vale cuidar gusanos que ser uno de ellos por el resto de su vida.

Lunes, 20 de Junio de 2011 11:37 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Pienso en mujeres

Pienso en mujeres
que no deben usar nunca gafas de sol.
Sueño mujeres
que no deben perder para nada la risa.
Siento mujeres
que eligen siempre al hombre equivocado.
Cuento mujeres
que derraman su sangre
en la almohada
de su verdugo.

Lunes, 13 de Junio de 2011 00:47 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Algunos me hacen daño

(Rescato un poema de hace más de treinta años.)

Algunos me hacen daño
y él también me lastima;
vosotros me dañáis
y hasta tú me incomodas;
quizá nosotros mismos
hagamos daño a Jorge;
pero yo sobre todo
me mortifico de continuo.

Yo con mi orgullo
y mi egoísmo,
yo con mi envidia
y mi ambición,
con mi torpeza.

Con mis descuidos
y mi exigencia.
Con mis caprichos
y mis enfados.

Solo. Conmigo.

Miércoles, 01 de Junio de 2011 11:53 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Alonso de Collanes

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Alonso de Collanes era un joven imberbe que gastaba sus horas y porvenir como ayudante en una apoteca. Era hombre asaz delicado, enjuto de huesos, de dedos largos y finos, que en realidad sentía la hembra que latía en su interior. O, mejor mirado, era mujer pizpireta, con bozo involuntario, encerrada en cuerpo de hombre.

La hija rubita del farmacéutico, entrada en carnes, bajita y muy graciosa, que se llamaba Alicia, andaba tras el mozo requiriéndole manifiestamente de amores. Pero a Collanes quien realmente le levantaba la libido hasta hervirle el seso era el boticario, recién viudo de mujer enfermiza desde primeros tiempos que, sin embargo, superó la cincuentena con desmesurada palidez y que al final un punto frío que se le puso en el hígado se la llevó sin perder la sonrisa.

El licenciado, como no es de extrañar, no le hacía ni caso al joven discípulo, si bien tan sólo para ordenarle sus deberes de subalterno en el despacho de medicinas. Alonso sufría por tal indiferencia y por las descaradas insinuaciones de la hija de su enamorado.

Entre hierbas y píldoras, jarabes y emplastos, el hombre se iba dando cuenta de las intenciones de su retoño hacia su fiel asistente y sin más decidió prestarle más atención y deferencia. Hasta que un día, tras algunas invitaciones y encerronas, se le declaró. O sea, pidió su mano en nombre de Alicia, la única hija que le pudo dar una mujer más muerta que viva.

Al joven Alonso, que no era tonto, pero que no lo pudo ver venir, por eso de que el amor es corto de vista, se le cayó el alma a los pies, esperando una satisfacción a sus deseos, que, por el contrario, fue un jarro frío de puro inesperado y contratiempo.

No obstante, como son las cosas, o como eran en algún entonces, el adjunto Collanes casó, después de algunos meses, con el fruto alegre del dueño de su corazón.

A pesar del revés inesperado y de la voluntad doblegada, Alonso aprendió a ser un buen marido, atento y cumplidor que, antes del año, ya le había dado un sonrosado nieto a su jefe, el cual le estaba doblemente agradecido por la felicidad de su hija y por los rasgos inconfundibles del bebé, en el que se reflejaba claramente.

Efectivamente, el pequeño, llamado Ángel, tenía, aparte de los pies enormes, un parecido asombroso con la familia de su mujer por parte de padre.

Pasaron los años inexcusablemente, uno detrás de otro, y el aprendiz terminó propietario. Y el farmacólogo titular se retiró, ya algo mayor, a disfrutar de su nieto, que le había comprado una bicicleta, un tren eléctrico, una pelota de reglamento y un balancín con cascabeles que había colocado en el patio y se llenaba de mariposas cuando el niño se columpiaba.

Alonso comenzó a dejarse el pelo largo, amanerar sus movimientos y frecuentar en la noche lugares prohibidos de compraventa de amor entre iguales. Se hizo con un ayudante que terminó sacándole un sobresueldo por pecado nefando. Y, antes de que naciera su segundo hijo, con las maletas repletas de ropas de ella, abandonó a su familia, su trabajo y su condición de hombre.

Hay quien dice que se fue a México, con el nombre de Aldonza Collanes; otros que se afincó en un pueblo de Galicia como mujer completa, dedicada al bovino. Nunca abandonó su apellido ni una foto con su hijo, su mujer, Alicia, y con el padre de ésta que desde otro mundo le sonreía.

* farmacia-antigua-barrio-del-once-buenos-aires.

Jueves, 05 de Mayo de 2011 13:05 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 4 comentarios.

Bustos

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A mi madre le debo ese nervio sensible que recorre la espina y estremece mi cuerpo ante la obra exclusiva; esa vena que impulsa crear sin pretensiones; y el placer de lo bello (aunque más de clausura sea la savia que populosa).

Le debo, sin poder evitarlo, esa bondad rayana en la tontuna de “vale más quedarse en el camino que pasarte de listillo”, de que en el mundo impera la buena voluntad y los agravios son sin intención. Hacer bien sin mirar a quién. Confiar, aunque la faca le brille entre los dientes y hurgue nuestros bolsillos.

Le debo un estilo evidente, la elegancia siempre discreta, el callado paseo, la contemplación del ala del aire.

También heredo, me debo confesar, la física torpeza del que tiene altas miras; el escollo siempre encontrado, alma en el juicio del misterio; el roto a borbotones; la risa de uno mismo.

Agradezco el ingenio fácil, que más que en hacedores nos devuelve instrumento. Esa intuición sin juicio que cortar, hermanada con la verdad o muy próxima a ella.

La voluntad firme y un fiel empeño. La palabra por encima de todo aún sin testimonio. El cumplido preciso y el reconocimiento permanente. El sentimiento abierto y elevado de la amistad en contra de la sangre noble.

La trascendencia de lo breve en un mundo que todo es cosmos. El infinito en un botón. La eternidad en un momento. Vivir en el ahora. El pasado pasó y el futuro no existe.

La grandeza de saberse invisible. El lathe biòsas (vive oculto), que aconseja Epicuro, aunque no conociera al maestro de Samos. La búsqueda sublime sin dilación, llegando a Baudelaire. Y la belleza de los clásicos.

Habitar, incluso a sabiendas que no se sabe. Ser admitido por necesidad y recorrer todos los álbumes. Sembrar sin conocer si la cosecha llegará.

Mi madre me enseñó un vivir machadianamente bueno.

* “La habitación” [vacía] de Van Gogh.

Domingo, 01 de Mayo de 2011 20:04 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 5 comentarios.

Para cantar por alegrías

Tie’ el baile por alegrías
una cosita especial
un puñadito de sal
y el aire de la Bahía.

Que yo no te quiero,
que quiero otra cosa,
no me llames prima
que me llamo Rosa.

Tie’ el baile por alegrías

una cosita especial

un puñadito de sal

y el aire de la Bahía.

 

Que yo no te quiero,

que quiero otra cosa,

no me llames prima

que me llamo Rosa.

Domingo, 24 de Abril de 2011 11:44 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Si es que yo pienso

Si es que yo pienso,
yo sólo pienso.
Cuando muchos pensamos,
pienso compuesto,
que es lo que comen los marranos.

Martes, 12 de Abril de 2011 01:11 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Un haiku de ayer

Grises de invierno,
donde estalla violeta
algún almendro.

Miércoles, 30 de Marzo de 2011 12:39 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 1 comentario.

Esas flores azules

Han salido de nuevo
esas flores azules
que alegran mi camino.
He sentido tus manos
escribiendo esta carta,
la última que recibo.
Me dices que te deje
que el amor terminó,
que el otoño ha pasado,
que olvide como tú.
He pisado de nuevo
esas flores azules
que alegran mi camino.

Jueves, 17 de Febrero de 2011 00:31 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

El soñador del hammam de Granada

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Cuando cierro los ojos con fuerza me sumerjo en el siglo quince. No se lo he contado a nadie y no creo que lo haga. Me tomarían por desequilibrado o bebedor. Pero, desde la primera vez que entré en los baños, sentí esa llamada.

Nunca quise participar de la afición de mi amigo Juan a las aguas salutíferas. Todos los domingos solemos ir a la montaña, para respirar aire puro, hacer ejercicio, descubrir sitios nuevos, disfrutar del paisaje. Es una inyección de vitalidad. Es como recargar unas pilas que se van desgastando durante el resto de la semana. El campo es vida. La naturaleza es el mejor estímulo para continuar avanzando.

Cuando regresamos de la excursión, a eso de media tarde, nos despedimos. Mientras yo me voy a casa a descansar, relajarme y prepararme mentalmente para el fatigoso lunes, Juan se va a los baños árabes para hacer lo mismo. Siempre insiste en que lo acompañe. Yo le digo que no, que no me atrae, que dudo que me relaje tanto como mi casa, mi ducha y mi tele.

No obstante, un día de verano, cuando la luz es duradera y el sol se rezaga para que la luna pueda descansar un poco más, decidí acompañarlo con poca convicción. Me invitaba a entrar y atendería mi súplica cuando deseara marcharme.

Nos desnudamos. Nos dieron un masaje. Juan prefería que fuera un hombre quien amasara su espalda. Gustaba de su fuerza. Recibir una amigable paliza. A mí me tocó una chica que fue un valor añadido. No me preguntéis cómo era porque no me fijé. Sólo puedo decir que tenía unas manos de oro, que entre friegas y olores pude visitar el séptimo cielo.

De cualquier forma prefería haber ido a casa. Bueno, por una vez no iba a protestar. Además, no estaba obligado a repetirlo. Le daría las gracias diciendo que estuvo bien pero eso no era para mí.

Entramos al agua fría con satisfacción, pero seguía pensando en mi ducha y en mi sillón. No duramos mucho. Rápidamente me llevó a otra piscina sensiblemente mayor aunque menos profunda.

El agua estaba caldeada y la sensación de relax se hacia evidente. Tumbado, cerré los ojos hasta quedar ligeramente traspuesto. En mi mente se dibujó la imagen difusa de una dama que pedía socorro.

Desperté acalorado. Tuve que orillarme un rato antes de volver a entrar en el baño. Juan, feliz y ajeno, sonreía. Con los ojos cerrados, volví a contemplar la chica de tez oscura, envuelta en velo blanco. Alzaba las manos hacía mí diciendo que la salvara y repitiendo mi nombre: Jaime, Jaime, Jaime…

Jaime, me zarandeó mi amigo, debemos irnos, dijo. Algo trastornado me vestí, salimos a la calle y nos despedimos. No volví a pensar en ella ni entreverla en mis sueños. Es más, al día siguiente era tan sólo humo.

El próximo domingo, aunque me lo pidió, no quise repetir la aventura. Mi casa es mi casa, por muchos paraísos externos que existan. Hogar dulce hogar. Pero tras la siguiente excursión fue más la insistencia que la resistencia. Así que repetimos masaje, baño y, por mi parte, sueño. Nada más cerrar los ojos descubrí a la cautiva.

Los pocos mechones que se escapaban bajo el pañuelo de su cabeza eran azules de tan negros, los ojos grandes y almendrados, verdosos, con un mirar ligeramente estrábico que reforzaba su profundidad e interés, la nariz helénica y redondeada, los labios carnosos, y en su mano un anillo con una hermosa piedra de jade. Cuanto más fuerte cerraba los párpados más nítida la veía.

Juan me despertó. Era un misterio surrealista. Por muy claro que lo viera no dejaba de ser un sueño que se asomaba a mi subconsciente en aquellos baños y sólo allí.

Tuve que volver el siguiente fin de semana para concretar esta historia, este reflejo de mi mente producido sin ninguna duda por el ambiente donde estaba. No se lo quise contar a Juan ni a nadie. Era una paranoia mía y como tal yo debería encontrar solución.

Mi compañero simplemente pensaba que me estaba aficionando a los baños árabes, que ya sabía que… Lo que no llegaba a entender, sin embargo, es cómo aguantaba tanto en el agua caliente, que a veces me saltaba hasta el masaje.

Es posible que a esas alturas ya se hubiera convertido en una obsesión, en un capricho de soñador. Y la verdad es que cada vez entreveía un poco más. La vaharada de un principio se estaba esfumando y ya veía desde sus manos suplicantes hasta sus pies pequeños.

No sólo me hice fijo los domingos, sino que empecé también a ir los sábados. Y después tres veces por semana. Hasta que al final asistía a diario. Como era un cliente fijo empecé a gozar de algunos privilegios, como el de prolongar la estancia bastantes minutos más.

Juan no llegaba a comprender esta dependencia. Alguien reacio a todo lo que no fuera su poltrona, era imposible que cambiara de parecer de la noche a la mañana. Llegó a pensar que me gustaba alguna chica de entre las masajistas o la recepcionista. Pero éstas iban cambiando de día en día y yo iba a diario. ¿Sería alguna clienta?

Se fijaba cuando iba pero observaba que yo no le hacía caso a nadie y, sin embargo, andaba acertado. O sea, su amigo Jaime se estaba enamorando. Pero no de una trabajadora o de una usuaria de los baños, sino de un sueño, de una fantasma que pedía auxilio encerrada entre cuatro paredes, a quien yo llamaba Ada.

En una de mis inmersiones, con su voz fina y elegante, dijo llamarse Abda, pero me fue más fácil bautizarla como Ada. Un nombre bello para una mujer bella, aunque triste.

Al saber su nombre consulté a un conocido llegado de Tetuán. Me dijo que Abda significaba esclava en árabe. Que lo escogen los padres para sus hijas con el orgullo de que hagan honor a su nombre y que sea humilde y sumisa, la sierva de sus mayores, de su marido y de sus hijos. Me pareció un cruel destino.

La escena se repetía a diario. Ada, sin moverse del sitio, lanzaba sus brazos hacia delante pidiendo socorro, rogándome que la ayudase. Yo le preguntaba cómo, qué podía hacer… Pero ella no respondía. Miraba hacia todos lados y bajaba la cabeza repitiendo mi nombre. Jaime, Jaime, Jaime… Y Jaime sufría de impotencia por no poder hacer nada.

Pasaron bastantes días y su jaula se mostraba más precisa. Curiosamente se parecía enormemente al lugar donde yo me encontraba en ese momento. Yo diría que eran los mismos baños pero con una decoración diferente. Paredes y suelos estaban llenos de tapices y hachones encendidos en las paredes sustituían los focos que nos alumbraban.

Una de las sesiones de baño, predispuesto a la mayor concentración para dilucidar algo más, para aprender a volver a mi enamorada mortal o hacerme yo etéreo y soñarme en mis mismos sueños, observé a un hombre alto entrar en la estancia y cerrar la puerta tras de sí con una gran llave. Venía ricamente vestido con túnica, joyas y turbante. Gastaba perilla picuda y ojos aviesos. Se sentó en un puf de cuero e hizo que la bella se desnudara intimidándola con una fusta. En ese momento abrí los ojos para no ver. Pero de inmediato volví a cerrarlos para sancionar las intenciones del malvado.

Ada, con su piel canela, de pie en el centro de la pileta se lavaba lentamente con las manos abiertas. Su anillo de jade como única vestimenta. El amo, con los ojos encendidos, animaba a la beldad. El agua que ella vertía sobre su cabeza arrastraba sus lágrimas.

Terminado el baño, secó su cuerpo con lienzo blanco de algodón y volvió a cubrirse con sus vestidos gaseosos. Con un cepillo de púas largas atusó su largo cabello durante mucho tiempo ante la mirada atenta de su guardián y del soñador. Cuando llegó el momento de irme estaba llorando y no supe explicar el porqué.

Durante varios días Ada seguía peinándose entre callado llanto. No quiso hablar, aunque estuviera nuevamente sola. Su raptor había desaparecido.

Entre el sueño y la vigilia comencé a gritar Ada, Ada, Ada… Pero Ada no contestaba. Estaría molesta por mi pasividad, por no liberarla, por no hallar el secreto que la encerraba entre los muros de su celda, entre las telas de mis sueños.

Perdí la cuenta de tantos días teniéndola sin tenerla. Descuidé mi vida real para impregnarme del mundo onírico que me seducía a diario. No podía olvidarla. No podía dejar de pensar en ese cuerpo canela, en esos ojos aceituna que me miraban tiernos y glaucos. En esa boca que volvió a repetir con ansiada esperanza: Jaime, Jaime, Jaime…

No sólo apretar los ojos definía a mi amada, sino la duración del tiempo sumergido evidenciaba su figura y su estancia y su voz y su aroma incluso. Así, aguantando bajo agua, estoy seguro que roce sus prendas, que asió mi mano, que muelle escapó.

Emocionado con la experiencia, volví a repetirla un día detrás de otro. El contacto físico cada vez era más real. Mi permanencia debajo del agua se prolongaba hasta límites peligrosos.

Un día tomé aliento, decidido a no emerger hasta abrazar a mi querida Ada, hasta besarle los ojos tantas veces como lágrimas había soltado esperándome, con mi nombre desprendiéndose de sus labios. Cerré los ojos y hundí mi cuerpo. Cuando empecé a notar cierta ingravidez e inconsciencia, egresé y ya no estaba donde creía. Las paredes del hammam estaban cubiertas de tapices y el suelo de alfombra. Las llamas de las antorchas alumbraban la estancia. Ada entró en el baño donde yo me encontraba y cogió mi mano y haló de mí y me llevó junto a su señor que nos miraba callado levantándose de su escaño.

Llevamos mucho tiempo esperándote, me dijo. Ada no me soltaba del brazo mientras el moro hablaba. Falta poco para que rindamos la ciudad, continuó. Nuestro cuerpo desaparecerá pero no nuestro espíritu. Estaremos en el alma de quien nos sueñe…

Desperté al bode del ahogamiento. Estuvieron un rato haciéndome la respiración artificial.

Al tiempo, ya recuperado, volví a los baños pero no volví a contemplar a mi diosa y su captor. Cada vez más en consecuencia pienso que sólo fue un bonito sueño.

Otras veces me asomo a las aguas calientes del antiguo hammam, cierro los ojos con fuerza, me sumerjo infinito, pero no vuelvo a pensar en fantasmas que, por otra parte, nunca he creído. Aunque siempre conservaré un anillo de jade que apareció en mi puño el día que iba a perecer ahogado.

* Presentado, sin ningún éxito, al Primer Premio de Cuentos del Hammam.

** Fijándose bien, se me puede ver sumergido en el el baño, tomando las aguas calientes.

Jueves, 10 de Febrero de 2011 11:46 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Alejandrinos para una reina

Cuando Bada amanece sugiere alejandrinos.
Es la reina ejemplar con que sueñan los cuentos.
De destacada altura, en época temprana,
sin llamar la atención por tal característica;
mejor proporcionada, en cambio, su figura;
suaves ojos etruscos; fina ceja elevada,
de melada impresión a fresco mentolado;
largos rizos azules de tanto en tanto negros,
que lucía sin presa, inherente a las damas
de grandeza su cuna y libre condición.

La reina se mostraba tan pura y transparente,
que el Sol palidecía ante el rostro encendido.
Largo velo sedoso, hilvanado con oro,
cae sobre sus hombros, al modo bizantino,
que se impone en la corte, mas no sobre la cara,
como era la costumbre de las damas hispánicas.
En su mano brillaba de oro verde anillo
con dos rubíes pálidos y turbios incrustados.
Su cuello, terso y níveo, expone un medallón
como pavo real y cola desplegada
que rellena su esfera, emblema de princesas.

La señora lucía bajo capa de martas,
corpiño de cendal escotado en redondo
que mece olor sabeo de nardo entre sus pechos.
Los tres o cuatro pasos, que grácil la acercaban
al preso en la palestra, como de terciopelo,
mostraban elegancia sobre sus borceguíes
de colorido hortensia de ojal abotonados
y tacones dorados de trágica estatura
que alientan su esbeltez de por sí generosa.
En la mano portaba un espejito atento
de terciopelo púrpura con torneado puño,
adornado con plumas de reales pavones.

Todo en ella vencía cualquier sueño ideal.
Todo en ella rozaba la sublime elegancia.
Su imagen abrumaba de tanta perfección,
llegando a fulminar a los simples mortales
si acaso desprendía una amable sonrisa
de su rostro nevado de vivos ojos verdes.
Cada una de sus risas se transformaba en flor
en los blancos rosales de sus luengos jardines,
donde tiemblan tal vez cientos de mariposas.

* Del libro inconcluso "Septimio, el descabezado de Ilíberis".

** Bada es la esposa del rey godo Recaredo que reinó a finales del siglo VI hasta principios del VII.

Miércoles, 02 de Febrero de 2011 10:19 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 3 comentarios.

Querida amiga

Querida amiga,
ya sé lo que es la soledad.
Guardo tu teléfono
en la flor de mis labios
desde hace demasiado tiempo.
Te llamé varias veces,
pero sólo fueron excusas
las que respondieron a mis anhelos,
fueron tus negativas
las que clausuraron mis ganas.
Pero ahora me encuentro solo
con tu recuerdo
ocupando toda mi mente.
Pero ahora estoy solo
con este amor inviable
que se descuelga
de entre las yemas de mis dedos
cada vez que siento tu imagen.
Mi soledad alcanza
todo el dolor que encierran
los nueve dígitos de tu contacto.

Miércoles, 29 de Diciembre de 2010 11:20 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Navidades de ahora

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En la Navidad del año 1991 (ya ha llovido) nos reunimos cuatro amigos (Alfonso Salazar, Jesús Herrera, Santi Rodríguez y un servidor) para felicitar las fiestas de forma poco convencional.

Decidimos hacer, editar y enviar a nuestras amistades unas "Hojas de Navidad" con escritos comunitarios, bien poemas, sentencias, cuentos o lo que se nos ocurriera. Todo esto meridianamente ilustrado.

Las copias se hacían en papel de color (un folio por ambas caras) y puede que enviásemos de diez a veinte cartas cada uno de nosotros, a diferentes puntos del país.

Editamos cuatro de estas hojas. Recuerdo que la última la enviamos bien pasado el Día de Reyes. Aunque aún tuviéramos reservas para una quinta entrega que no vio la luz.

Generalmente, al ser colaboraciones, no iban firmadas, hasta el punto de no saber a ciencia cierta la autoría de cada una de las letras.

De la quinta de las Hojas, esa que no se llegó a publicar, conservo no obstante el contenido. Ya publiqué hace tiempo "Navidad del 91" y más tarde "Cuento a tres voces". Hoy deseo rememorar ese tiempo con lo que he dado en llamar "Navidad de ahora" que reconozco como mío, pero no podría asegurarlo:

Los niños ya no piden caballos de madera,
tragan pilas alcalinas recargables,
máquinas de matar y muñecas que hacen pis.
Los dulces alimentan la gula de señoras
que hacen regímenes eternos entre sus fajas.
Los reyes, caducos, huelen a gobierno
sobre sus motos, camellos no jorobados.
¡Aleluya! Decían los ángeles sin sexo,
que ahora hermafroditas se ponen en huelga.
Y Jesús en el pesebre bebe algún refresco
enlatado alumbrado por estrellas de neón.

Viernes, 24 de Diciembre de 2010 11:09 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 4 comentarios.

Han derribado la casa

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El hombre es un animal de costumbres. No tanto por el hábito como por su percepción. El hombre, por ejemplo, está familiarizado, más que por frecuentar siempre el mismo camino para llegar al lugar de siempre, porque este camino siga donde está y que sea el mismo sendero de siempre, con las mismas piedras, los mismos árboles, las mismas farolas y las mismas curvas. Que el paisaje a su alrededor sea exactamente el que siempre ha estado allí. De igual forma, pretendemos que el lugar al que vamos sea reconocible. Vamos a ver exactamente lo que pretendemos ver, lo que anhelamos encontrar. Estamos habituados a que la lluvia que caiga nos moje (sin atender a Berkeley), tengamos la costumbre de llevar paraguas o no.

Siempre salgo de mi casa y entro en la calle a la misma hora para subir al mismo autobús de todos los días, menos sábados, domingos y festivos, y que me arroje en la misma parada para caminar los mismos pasos que todos los días para que me lleven al mismo trabajo hasta que me despidan o lo pierda por cualquier otro acontecer, que viene a ser lo mismo. De lunes a viernes esa es mi rutina. Claro que hay excepciones, que se me enreden las sábanas, que me rezague en la mañana por otro motivo, que el autobús retrase su llegada por culpa de un tráfico que aumenta por la lluvia (llevemos paraguas o no), que haya retenciones o desvíos por obras y me vea obligado a apearme en la parada anterior (y no la siguiente, pues mi paradero coincide con el final del trayecto), que vaya al banco, por ejemplo, y no tenga más remedio que ladear mi camino. (Aunque siempre que voy al banco, es a la misma sucursal y consulto el mismo cajero y contemplo un poco mi aspecto, mi entrada, en la misma televisión de circuito cerrado que siempre me vigila y me devuelve insoportablemente en mi misma posición, acostumbrado a que el espejo me refleje simétrico.) O sea, que mi rutina será la habitual, pero no siempre la misma. La realidad, en cambio, lo que me rodea, lo que percibo y, en cierta manera, afirma mis costumbres, hábitos, rutinas (a veces manías), es la misma.

Después de andar unos doscientos metros de casa (vivo en las afueras), llego a la marquesina cubierta, con anuncios cambiantes, que indica que justo allí se detiene el autobús que me llevará a mi destino, a la parada de siempre, y generalmente con los mismos usuarios.

Salgo del número trece de la calle Maimónides, que es la mía (no la calle, sino la casa que se identifica con el número trece) (dicen que el trece es el número de la mala suerte, pero yo no creo en el azar, sólo en el destino, aunque sea un mal destino), y llego a la calle París, donde hay casas bajitas con un poco de terreno que siempre están de reformas y en una de ellas, cuentan, hay fantasmas (está en venta, no sé si a pesar de los espíritus o gracias a ellos). Se fueron (o huyeron) sus inquilinos de la noche a la mañana llevándose a su perro chiquito y mal encarado que me la tenía sentenciada, siempre me ladraba, me hacía cara, acompañaba mis pasos con su bocaza llena de dientes. A veces saltaba agazapado detrás de un coche y llegaba a asustarme, aunque lo esperaba por la costumbre, con un guijarro en el bolsillo o un grito en la garganta, por si acaso.

Tomo la carretera de Armilla a la izquierda, en dirección al pueblo, y, pasado el hotel Los Galanes, a unos veinte metros, me encuentro en la parada mencionada, la marquesina  de siempre, con anuncios rotativos. Allí aprovecho, si no viene el coche de inmediato, un autobús amarillo pálido que llaman tranvía y va a los pueblos, a repasar mentalmente qué ropa llevo, cómo voy vestido (casi siempre inadecuado para la estación, sobre todo si llueve, lleve o no paraguas, o para el día que se avecina), lo que llevo en la cartera, que siempre se me olvida algo, lo que tengo que hacer, que nunca me dará tiempo... Hasta que el autobús llega y me engulle con sus borborigmos y eructos.

Subo los tres escalones que me separan del conductor, saludo y pago con el dinero que ya tengo fraccionado de antemano en la mano (curiosa relación), casi siempre exacto, no soporto las vueltas, la excesiva calderilla que estos trabajadores se empeñan en colocarte. Quizá lo hagan adrede para que la próxima vez pagues el importe exacto. Por eso lo hago, por eso siempre me empeño en conseguir el importe exacto, para que el conductor del autobús no me castigue con lastre en exceso.

Por mi parada pasan hasta tres autobuses válidos, o sea, tres autobuses que paran allí y me llevan a mi destino. Son los de los pueblos cercanos: Armilla, Churriana y Las Gabias, que tienen que atravesar esa carretera de atascos míticos, de retenciones alarmantes.

Pero mi intención, la finalidad de este relato, no es continuar viaje, sino quedarme en la marquesina de propaganda móvil comentando la novedad, como quien espera al número equivocado, como quien ha perdido el tren, como quien llora en el mar.

A escasos metros de la zona de nadie, habilitada como parada del autobús, con un banco utilitario, una cubierta traslúcida y un mapa en la espalda, se encuentra una casa, mejor dicho, había una casa. Una casa cuadrada y grande que, sin llegar a ser caserón, se asomaba a la carretera y tapaba toda la visibilidad, tanto del conductor que llega como del usuario que espera al otro lado. Dicen que era fea. Por eso la han derribado. No porque fuera fea, sino porque quitaba toda perspectiva. Quizá porque estaba muy salida al asfalto.

Su muro era un extraño arcén elevado. Era la única edificación que sobresalía en una calzada con su poquito de acera.

Quizá, lo más seguro, su derribo fuera para ensanchar el pavimento. Quién sabe. El tiempo lo dirá. Si todo fuera tan simple como eso.

Antes, recuerdo, había árboles en esa carretera. Árboles enormes, de copa redonda. Nunca he sabido el nombre de los árboles pero son fáciles de distinguir, al menos su forma. De lo que sí estoy seguro es que eran grandes y de que había bastantes, por toda la carretera, a unos veinte o treinta metros, posiblemente cincuenta, unos de otros, las mediciones nunca han sido mi fuerte. En otoño se doraban y en invierno se desnudaban. Sus troncos, gruesos, serios, contundentes, presentaban una franja blanca a media altura que servía para señalizar el camino, para reflejar el faro de los coches por la noche. Ya no queda casi ninguno, los fueron arrancando todos, desaparecieron como la casa cuadrada que han derribado, como la casa blanca y grande que sería de la misma época y pisaba la calzada.

La curiosidad de esa casa, por lo que me llamaba la atención, por lo que canto su ausencia, es porque tenía un palomar casi derruido en su azotea, un palomar vacío que no contenía aves ni contendría pues estaba abierto. Pobre prisión sin muros ni cadenas.

Las palomas habrían volado hace tiempo. Ahora era el refugio o la vivienda o el aliviadero de un perro negro de raza confusa, pero joven y más grande que pequeño, que todas las mañanas se asomaba para aullar. Sustituía al quiquiriquí del gallo, pero una hora más tarde y sin cresta.

Todas las mañanas, entre mi rutina, buscaba con la mirada al perro negro que aullaba a los coches o a la luna que se fue. Era parte de mi mañana. Sobre las ocho, sin falta, un perro cantaba en la azotea de la casa grande.

Han derribado la casa y ya no hay perro. Han derribado la casa y mis mañanas están más solas. El camino ha cambiado. Las sensaciones son diferentes. Puede que hoy llueva y no me moje.

Sábado, 27 de Noviembre de 2010 13:27 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 3 comentarios.

Soleá del alzheimer

Qué lastimica mi madre
que no conoce a mi padre,
se le perdió en las estrellas.

Qué lastimica mi padre,
el sufrimiento indomable,
que sí la conoce a ella.

Miércoles, 24 de Noviembre de 2010 17:27 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Que dejen de ser gitanos

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Este cuento fue presentado al concurso "Sacudiendo letras", que el incansable bloguero Jesús Lens promueve mensualmente en su variada página.

La resolución de dicho premio ha sido abierta, se ha votado por aclamación popular. Por desgracia mi propuesta no ha cubiertos las espectativas.

Os dejo con él para que no se pierda demasiado:

Es como guerra civil, dijo Miguel de Cervantes (Félix Grande)

Desorejados los galeotes halaban en las naves de la armada pensando que algún día fueron libres como las gaviotas.

Los Reyes Católicos, llevados por un celo unificador, negaron a los moriscos ser moriscos, a los judíos ser judíos y a los gitanos ser gitanos.

Expulsados los musulmanes y los hebreos (y los jesuitas, pero esa es otra historia), a los gitanos sólo se les vetaba el ejercicio de la vida errante, de sus costumbres y de su modo de vestir. Sólo se les toleraba, apartados de la sociedad, si tenían un oficio digno y serio y prolongado. Y si juraban obediencia y adaptaban su manera de pensar y de vivir.

Nacido Bennasar, para evitar el exilio, quiso conocerse Montoya y, con un grupo de morenos islámicos, se trasladó a Jerez donde se confundió con el calé, igual de retinto.

Pero la ley se agudiza y las tuercas se constriñen. La norma, en principio permisiva, pasa por la esclavitud y, pasado el tiempo, por el genocidio. Así, las Cortes de Castilla de 1594 emitieron un mandato tendente a separar a los “gitanos de las gitanas, a fin de obtener la extinción de la raza”.

Pero esto Bennasar/Montoya no llegó a saberlo. Al abrazar al gitano, le cortaron las orejas y lo condenaron al remo perpetuo, donde dejó la vida y los sueños en la batalla de Lepanto, al mando del capitán Diego de Urbina, del tercio de Miguel de Moncada, después de haberle contado a un tal Miguel la historia de una dama noble que pasó por gitanilla.

Vale.

Martes, 16 de Noviembre de 2010 13:28 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 6 comentarios.

Un extraño temblor por encima de la rodilla parecido a las aguas rizadas de un embalse por breve viento silbante

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No sé si vino antes el móvil o este temblor involuntario y pasajero. Es inevitable. Mi pierna derecha experimenta una sacudida inexplicable periódicamente. Esta periodicidad es irregular y difícil de predecir. En el momento menos esperado la pierna se pone a vibrar. El teléfono también vibra en mi bolsillo cuando me llaman. La cuestión es que cuando tiembla la pierna cojo el móvil y cuando el teléfono suena, instintivamente me rasco el muslo.

Viernes, 05 de Noviembre de 2010 01:08 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Fandango

No quieras que esté sereno,
que la vida son dos días,
la muerte viene el tercero,
pero a mí me bastaría
estar contigo el primero.

Miércoles, 03 de Noviembre de 2010 11:13 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 4 comentarios.

Soy un perro

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El otro día me desperté con cara de pájaro. Hace mucho tiempo escuché a alguien decir que las personas tenemos cara de pájaro o de perro. Cada persona que veía (y que sigo viendo) así me lo confirmaba. De manera que esta verdad se ha instalado en mi subconsciente como la de que todos los ombligos son redondos o, para seguir con los animales, que todos los dueños se terminan pareciendo a sus canes o que a los cuarenta tenemos la cara que nos merecemos…

Yo siempre había considerado mis rasgos de perro, si acaso. Por eso me sorprendió tanto la primera mirada al espejo mañanero para desaparecer con agua fría las pesadas señales del sueño.

Soy mamífero. Las volátiles siempre se han escapado de mi entendimiento. Quizá controle las aves alimenticias, como si fuera gallego. El agradecido pollo, el festejado pavo, el exótico pato, el sofisticado faisán…

Ave que vuela va a la cazuela. Recuerdan. Pero que no me saquen de media docena de conocidos pajarillos. Los gorriones que engordan en nuestras plazas, las gaviotas de todos los mares, las sucias palomas (a no ser que sean de Picasso), y poco más.

De esta manera, cuando levanté la cara frente al lavabo con el cuenco de agua fría en las manos cóncavas, sentí poco menos que alarma al verme convertido en ave. Los ojillos más juntos y redondos, la nariz de pico, la boca discreta…

Me asemejaba, no a un alado común, sino a un ave nocturna y rapaz, a una lechuza, un mochuelo, un búho, un autillo.

No tengo mucho que pensar para ofrecerme una explicación por tal metamorfosis. Llevo tiempo viviendo la noche, días, semanas, años, apurando las sombras y los locales de alcohol y humos ajenos. Llevo tiempo revoloteando a escondidas, camuflado en la pardeza de los gatos y las luces que más que dilucidar confunden.

El pelo-pluma enmarcaba una cara de presa cuando volví a sumergirme en lo oscuro, aleteando de un sitio a otro con una copa en la mano y el depósito lleno. El ambiente bronco de música saturada incide en el anonimato o reafirma la soledad. El pasado no existe, el futuro no importa y el presente se pincha en vena.

Tan visceral es la llegada como la vuelta. Un leve recuerdo del transcurso de la vida termina por vaciar tus bolsillos y atusar tu pelo-pluma instintivamente, llegándote a ser consciente de tu nueva imagen pajaril.

Vuelves a casa dando saltitos como un abanto, como el pájaro que no está acostumbrado a posarse en el suelo. La realidad empieza a caerte encima como una losa fría, dura, inerte. El cansancio se acumula en tus ojos y una sensación agridulce acelera tus pasos.

La noche es un arma de doble filo, llena de mentiras o de medias verdades o de certezas tan crudas y rotundas que llegan a doler y a desnudarte públicamente y, subido en un estrado, subastarte. Una venta que, en la mayoría de los casos, no admite comprador. Nadie puja por un ser defectuoso, por un pájaro desplumado, por la pindárica sombra de un sueño.

Y al llegar a casa, con las llaves preparadas en la mano y pensando en meterte en el sobre cuanto antes o en asaltar el frigorífico y pensar en mañana, abrir la puerta y medio desnudarte por el pasillo intentando hacer el menos ruido posible porque todos duermen. Y respirar por fin. Hogar dulce hogar. Ya saben.

Pero, cuando entro en mi cuarto sigiloso y avieso, como un ave nocturna, me encuentro en mi cama a mí mismo, dormido apaciblemente con cara de perro pachón.

Viernes, 29 de Octubre de 2010 12:25 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 6 comentarios.

Soleá

A mí me duelen tus besos
pues sin ningún fundamento
yo te acercaba la cara,
tú los tirabas al viento.

Miércoles, 27 de Octubre de 2010 00:47 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Acaso tiemblo

Acaso tiemblo
varias veces a la semana
temiendo lo peor.
Creo que todos somos víctimas.
Puede que un cabeza rapada
o un vil encapuchado
trunque mi vida
en una calle
que ni siquiera
sabré su nombre.

* De El que come en medio pasa la sal.

Miércoles, 20 de Octubre de 2010 09:52 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Queda poco cielo que mirar

Queda poco cielo que mirar.
Las nubes han cubierto la luz.
Me desapareció el mediodía.

Miércoles, 13 de Octubre de 2010 13:47 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Fandango

Mi cabeza no descansa
hasta que estoy moraíto,
es que te echo tanto en falta
que por ti me precipito
en un pozo de ignorancia.

Miércoles, 06 de Octubre de 2010 10:33 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 3 comentarios.

Final de los cincuenta

A veces te imagino,
siempre te sueño.
Te veo en los atardeceres
despetalando margaritas,
con tu vestido blanco,
por debajo de las rodillas,
y la sonrisa puesta,
esperando a tu amado
en cualquier plaza,
y él regresaba
con el trabajo colgado en las yemas,
y los números y los bancos
encima de los ojos.
En cambio, la tinta y la pluma
se diluyen sin condiciones,
al primer beso de tacón alzado.
Y entrelazáis los flancos
para acudir al cine acaso,
donde estar más juntos si cabe,
para aspirar su aliento
en el silencio oscuro de la sala
y sonreír en blanco y negro
con manos volanderas.
De regreso, el frío os sigue apretando
hasta la puerta, que,
con un beso en la comisura,
bajo el paraguas,
si llueve, se despide
para la bendita rutina
del mañana postrero
en el que llegaré a existir.

Miércoles, 29 de Septiembre de 2010 10:50 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Diálogo entre el descabezado y un cojo

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—¿Dónde vas tan ufano y sin cabeza? —increpó el que cojeaba.

—Acabo de perder la que tú tomas a broma, creo que por un desengaño —contestó indignado el descabezado—. Camino hacia Spali o más lejos aún para comprender esta falta y hallar su compostura.

—No te enfades ­—dijo el de la muleta.

—Bastante mal tengo con mis hombros descubiertos para que ahora me venga un paticojo mofándose en mis narices.

—Nada más lejos de mi intención —se disculpó el lisiado poniéndose a su altura y obligando a disminuir su andar—. Además —prosiguió—, bien mirado, es mejor perder la cabeza que tener una pierna que mengua con el frío.

Ante la mirada incrédula del descabezado, el espontáneo compañero de ruta comenzó a relatar.

—Me llaman Ramiro, nombre visigodo donde los haya. Soy de Ocellum Duri, tierra de queso y garbanzo, donde los inviernos son recios y la noche implacable. Por una tiritera al parir vine al mundo con pierna telescópica, que se encoge y dilata según frescura. Desde pequeño aprendí a apoyarme en esta pértiga de nogal que iguala la longitud del apéndice atrofiado que en mañanas álgidas alcanza la rodilla de la pierna completa. Ergo me veo imposibilitado de llevar alzas o zancos pues tendría que ir trocándolos según capricho natura.

»Me instalé en la ciudad de Cástulo —prosiguió el tarado— cerca de donde se venera a la Gran Madre en una cueva húmeda, cuando llegó el tiempo de abandonar la tierra de mis padres. Allí está la Sierra de la Plata, rica en minas de mineral argentino. Allí nace el ancho Betis que veremos crecido en la ciudad capital.

»Sin cabeza puedes avanzar a voluntad, saltar ríos y correr llegado el momento —argumentó renqueando—. Yo, sin pierna, no soy libre. Nunca he podido perseguir, nunca he podido escapar, ni trepar a un árbol ni bajar a un pozo. Daría este perro que me acompaña, capaz de dar la vida por su patrono, por tener la cabeza en las manos en vez de este bastón que me castiga por entero.

»La cabeza en su sitio es un convencionalismo —continuó el norteño con su discurso—. Además, ¿quién dijo que ese fuera su sitio? Los antípodas llevan la cabeza en los pies y los blemmyes tienen la cara en el pecho: los ojos cerca de los hombros y la boca en el ombligo. Incluso el que tiene la bola en su puesto puede ser acéfalo funcional por el poco seso que gasta. A ti sin embargo te veo suelto y despabilado con tus entendederas bajo la manga. ¿Qué más da si piensas unos centímetros más abajo o más arriba si con prudencia razonas? A veces las taras y los impedimentos se alojan tan sólo en nuestros escrúpulos. Hay que mirar más allá del aspecto exterior. A un individuo no lo conforman sus ropas o su sombrero o su voz o su mirada; no lo determina su altura ni el peso que evidencia. El hábito no hace al monje como el trigo quemado no determina la cosecha. La cabeza en el brazo sin duda es más ventajosa que la dificultad para andar. Ahora recién puede que no lo veas así, pero pronto será rutina y hallarás incluso ventaja.

»Imagina sin embargo que tu pierna ha desaparecido o su tamaño alterado. Es como empezar de cero. Hay que aprender a andar como niño que aún gatea, pasar nuevamente de bípedo a cuadrúpedo o a trípedo sin llegar a senil. Peor es haber perdido un brazo, el habla o la razón. Que una cabeza cambie de postura o sea de quita y pon no tiene mayor impedimento que el que cambia de saya a diario.

»El mal que aquejas —concluyó— no es mal por tres razones. Primo, porque aún respiras con la cabeza en la mano. Segundo, porque dentro de las taras es castigo menor. Y tercero, porque solución no la hay.

* Blemmyes. Illustrations from the Nuremberg Chronicle, by Hartmann Schedel (1440-1514).

Jueves, 23 de Septiembre de 2010 10:02 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Guarda silencio

Guarda silencio,
duelen más las palabras
que tu vacío.

Miércoles, 22 de Septiembre de 2010 07:34 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 7 comentarios.

Y los sueños, sueños son…

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La noche del durmiente, aunque no sea bello, está llena de sueños. Una concatenación de imágenes felices o angustiosas, angélicas o incúbicas, amenizan la noche pensando sin querer pensar. Entre niebla y fantasía sucede el ensueño profundo, donde el tiempo no existe ni el espacio, ni lo real ni lo fantástico. Unos sueños que se prestan al olvido en cuanto suceden pero su estela tinta el primer despertar que, si no se hace un forzado ejercicio de retención, sus hilvanes desaparecen definitiva e irremediablemente para visitarnos con similar aspecto si acaso durante otra adormecida.

Hay quien es consciente de sus sueños y se esfuerza por conservarlos, analizarlos e interpretar sus designios. Se ha escrito mucho sobre su origen y significado. Pero su mundo paralelo, dimensional, al menos para mí, está vedado.

El otro día sin embargo, en el umbral de desadormecer, algunos retazos de sueño se me hicieron evidentes. Incluso borgianamente en el mismo sueño tomaba estas notas que ahora escribo.

O sea que, sin pensármelo dos veces, me siento ante el teclado y, liberando de telarañas el film de mi mente, confío en registrar lo esencial que peca más de orate que de cordura.

En un aula mixto donde esperábamos al docente, una chica con los labios muy definidos de naranja, casi butano, era la única que atendía el vano de la entrada. El profesor llegó con su cartera en la derecha (puede que tuviera gafas) y besó a esa dama que le sonreía.

En ese instante o al momento (el tiempo no existe, recuerdan) dio a luz a un bebé, a todas vistas prematuro si no fuera porque comenzó a hablar diciendo algo así como:

Todas las mañanas me gusta decirle a mi madre cuánto la quiero.

En ese momento, en el mismo sueño pensé escribir el episodio por su grandeza, por su imposibilidad. ¿Cómo un recién nacido, que no ha vivido ninguna mañana, ningún despertar aparte de su alumbramiento, puede referir el amor de su madre cada amanecida?

Soñando, busco dónde apuntar mientras intento retener la anécdota. Despierto, busco dónde apuntar e intento retener la anécdota

Martes, 14 de Septiembre de 2010 17:39 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 4 comentarios.

Nuestra vida es un libro nunca escrito

Nuestra vida es un libro nunca escrito
que tiene páginas para olvidar.
Pero algunos renglones, sin embargo,
habría que grabarlos con palabras de molde
para recordarlos continuamente,
que incidan en nuestra sana existencia.
Pero en cambio se diluyen, acaso,
como el humo que conforma los sueños.

Miércoles, 08 de Septiembre de 2010 00:54 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

El fuerte protege al débil

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El honor del caballero descansaba en su divisa. Su voto no era más que proteger al débil contra la opresión, contra el acoso, contra la violencia desmedida. Un niño, la dama desamparada, el pobre campesino… Su fin y su objeto estaban claros. Pertenecería al bando perdedor, reforzaría la flaqueza con la fuerza de su brazo, con el ánimo de su espíritu.

Cierto día, en batalla desigual, apostó por la facción desfallecida con tal ardor que pronto los vencidos pasaron a ir venciendo.

El caballero, vislumbrando esta ventaja, cambió de bando cual veleta se deja arrastrar por el capricho de vientos adversos. Su lanza sin remedio, pues era poderosa, volvió a voltear la suerte, e inmediatamente regresó a su grupo original haciéndoles cobrar nueva preeminencia.

Después de un buen rato inclinándose por la pobreza desvalida en que cambiaba la gloria a la par que mudaba su color y su enseña, quedó solo como contrincante de ambos ejércitos y como único laureado.

Una lógica extrema le impulso a desabrochar su armadura, a desprenderse de su yelmo y de su cota de malla. Apoyó su empuñadura acerada en el suelo y se abrazó a ella quitándose la vida culminando así la justicia definida.

Lunes, 06 de Septiembre de 2010 13:37 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 6 comentarios.

Fugacidad

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El poeta, preocupado por la fugacidad de su poesía, por el chispazo que se volatiza, por la genialidad que se limita a un momento, a la crueldad de varios segundos brillantes, concibió, camino del descanso, un eneasílabo que hacía alusión a esta desmemoria crónica.

Midiendo sus pasos en la acera llegó a recitar en voz alta: Tengo la memoria de un pez.

De regreso a su casa había olvidado el verso por completo.

Sábado, 04 de Septiembre de 2010 11:51 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 6 comentarios.

Soleá

Como carbón del negro

mi corazón se está poniendo

al salir de tu entierro.

Como carbón del negro

mi corazón se está poniendo

al salir de tu entierro.

Lunes, 30 de Agosto de 2010 12:15 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 1 comentario.

Una mañana

Una mañana
quise contar la arena
por no rezar.

* Un haiku. He retomado "Las tentaciones de san Antonio".

Miércoles, 11 de Agosto de 2010 16:48 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 3 comentarios.

La bolsa o la vida

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Hacía círculos concéntricos y excéntricos con el vaso de cerveza sobre el aluminio antiguo del mostrador de aquel café-bar cerca de donde nos habíamos encontrado. Fue casi fortuito. Digo casi, porque en realidad buscaba a alguien con quien ahogar las penas (el dolor cuando es compartido se hace más llevadero), (la soledad desacostumbrada es más grande si cabe). Había salido de una visita al abogado, para ver si por fin se aclaraba el régimen de visitas del pequeño. Pero las cosas de palacio... Mi ex me había puesto varias denuncias y el leguleyo que contraté parece que no hace todo lo que debe (o no debe todo lo que hace, que no es lo mismo pero es igual). A veces pienso que está a su favor. Son tres contra uno, si contamos al querubín armado como ofensiva involuntaria. ¿Le habrá pagado mi mujer más que yo para que desfile bajo su bandera acusadora?

Bueno, a lo que iba. Estaba yo algo cabizbajo, alicaído, errático, como holandés o judío al uso, sin saber muy bien qué hacer o dónde ir. O sea, sin querer hacer nada en particular, queriendo que algo ocurriese, topar con alguien para desahogarme, como ya he dicho unas líneas más arriba. Y pasó. El cielo a veces escucha mis solapadas súplicas y casi me di de bruces con Félix, que gastaba un aspecto desastroso, como si hubiera sido el único superviviente de la Guerra de los Cien Años. Qué casualidad. Tienes prisa, me dijo, pareciendo que quisiera también contarme algo. Miré el reloj, por costumbre o para disimular mi ansia, y entramos en el bar de la esquina (en las esquinas siempre hay bares).

Mi historia se diluyó en seguida. Mi pataleo duró tan sólo una cerveza. Las tres o cuatro subsiguientes fue él quien monopolizó nuestro encuentro, acaparando mi atención, contándome su altercado en la boda de Fali. Me lo temía. Siempre pasa. Voy buscando un pañuelo y termino en cambio siendo muro-de-las-lamentaciones.

Fali, o sea, Rafael, era un amigo común de los últimos años de instituto. Hace ya… Éramos inseparables. Los tres mosqueteros, nos decían. Todos para uno… Al final yo no pude ir a la boda. El problema de siempre, mi hijo, su madre, la madre de su madre, el abogado de su madre, la madre que los parió.

Bueno, la boda, como todas, aclaró Félix. Al final se casaron. Hubo empate. A veces el cura debería preguntar: ¿contra quién te casas? La verdad que una vez que has visto una boda, has visto el resto. Lo único excepcional es que yo estaba jodido, se lamentaba, bien jodido. Sin Clara, la vida es una mierda. Estoy desesperado, terminó confesando con la desazón tendida en los balcones de sus ojos.

Clara es una chica, mayor que él, divorciada de mala manera, que tuvo problemas de agresión. Malas compañías, drogas, alcohol, qué sé yo. Menos mal que no había hijos. Su ex marido, al escuchar que se quería separar, tan sólo se reía y le increpaba diciéndole “tú eres tonta, dónde vas a ir si no tienes a nadie, si no tienes trabajo, si nadie te quiere…” y cosas por el estilo. Eso fue al principio, después vinieron las machadas y los empujones, las patadas y los puñetazos. Un infierno de ojos amoratados y feos cardenales constelando todo el cuerpo que duró otros tres años. Era mayor el pánico a dejarlo que el miedo de quedarse a su lado (como siempre). Hasta que en un vídeo club conoció a mi amigo.

Asieron los dos la misma película y se enamoraron a simple vista. Así lo contó con la cerveza en la mano. Nos enamoramos como atravesados por la flecha de Cupido, al primer vistazo (empalagoso, muy empalagoso).

La cinta de vídeo se la llevó ella con la condición de que se la devolviera al día siguiente mientras tomaban café. No sé si puedo, se excusó. Estaré en la cafetería de la esquina a las cinco en punto, ultimó él. A las cinco menos diez se vieron en la puerta.

Mientras Félix tomaba un café (solo, con dos azucarillos) y ella una infusión (cortada con leche), relatando episodios inanes de sus vidas, Clara, con valentía y confianza, comenzó a referir sus problemas. Su marido, su verdugo, su martirio. Félix le prestó hombro y casa y la animó a denunciar al 016.

Ahora, el bruto, tiene orden de alejamiento y Clara se instaló definitivamente con Félix. Hasta que este mismo desequilibrio emocional hizo que también lo abandonara al poco y regresara con sus padres.

 

Yo estaba fatal, cuenta Félix. Todavía lo estoy. Pero en la boda, todo lleno de parejas, que se aman más que nunca. Arrastrado por los acontecimientos, la ausencia del ser querido duele hasta morir. Por eso no quise bailar después de la cena. Con lo bailón que yo soy. Pues no di ni un paso. No me moví. Tan sólo para ir a la barra y pedirme una copa tras otra de jotabé. Bebía para olvidar. La he querido como nunca podré amar a nadie.

Al terminar la ceremonia, todos salieron a la puerta para repartir el tradicional arroz, mientras los recién casados firmaban y se hacían las fotos pertinentes frente al altar. Pero, ante la iglesia, advirtieron que nadie había traído arroz. ¡Pepa es la que se encargaba de traerlo!, se alzaron algunas voces. Pero, como siempre, Pepa llegó tarde y sin arroz. Cuando se le censuró, pero al final hubo que pedirle disculpas. Que si la peluquera lloraba porque su compañera de piso se había ido con otra, que si el vestido no le abrochaba, que si el coche no arrancaba, que el cabrón del taxista… Total, que los demás quedaron como desagradecidos por no comprender las razones que puede haber por encima del olvido de un puñado de puñados de arroz.

No pasa nada, dijo alguien, viniendo he visto una tenducha, abierta las veinticuatro horas, donde se podrá comprar arroz o lo que sea. Dicho y hecho. Al rato, regresó el voluntario, pero no con arroz, que no había, sino con tres paquetes de macarrones. Qué vamos a hacerle. ¡Preparaos, que ya salen!, gritó una de rosa. Todos llenaron sus puños de pasta y hasta sus bolsillos, para no dejar de llover sobre la pareja. No fue el habitual arroz cayendo entre risas violentas, pero tuvo su gracia. Fue una anécdota para recordar.

 

Me gustó, dijo Félix. Hasta me olvidé por un momento de mi soledad. Tenía macarrones por todos lados. Yo fui de los primeros en felicitar a los novios y me llovieron canutillos de pasta casi tanto como a los recién casados. Pero la alegría duró poco. Subí hasta el restaurante, donde se iba a celebrar el banquete en un coche donde ya había cuatro. Dos parejas y yo. Fíjate el panorama. Ellos tan contentos, tan guapos y amorosos, y yo más solo que la una. Porque la soledad es más grande cuando alguien debiera estar a tu lado, cuando la separación es reciente, cuando te han abandonado. Además, todos sin excepción preguntaban por Clara. Por qué no había venido. ¡Ay, pobre! Encima se compadecían de mí. No lo podía aguantar.

En la cena me pusieron en la mesa con otros solteros y solteras por convicción o sin remedio. Fue lo peor. Yo no soy soltero, por ninguna de las dos circunstancias, soy abandonado. Mi estado ideal es la pareja. Soy media naranja por naturaleza.

De todas formas, no estuvo mal. Mucha comida. Tú sabes que yo soy de comer, así que por otro momento olvidé mi cruz. Pero bebí. Bebí como siempre. Bebí como nunca.

 

Cuando acabó la fiesta. O cuando Félix decidió que se marchaba (el fin del mundo comienza con el fin de uno mismo, continúe la vida o no), no quiso que nadie le acompañase. Que se iría solo, dando un paseo. Que le venía muy bien tomar el aire y despejarse un poco antes de llegar a casa. Así que buscó su chaqueta, se malmetió la camisa y, sin despedirse, apenas con los que chocaba camino a la puerta, emprendió el camino a casa.

Caminando por la calle, se dio cuenta que estaba más borracho de lo que pensaba. Cuando la realidad cae de golpe los excesos vindican su existencia. Al rato, se puso a orinar entre los coches (cosas de borracho) y se mojó los zapatos y el bajo de los pantalones, un poco más adelante vomitó con ganas y se le saltaron las lágrimas. Un sabor acre, de comida revuelta le produjo escalofríos, pero ya estaba mejor. La cabeza seguía en su sitio aunque le dolía como una prensa. Se abotonó la chaqueta, se subió el cuello y aligeró el paso abrazado a su costado.

De pronto, ya cerca de su casa, con las llaves en la mano, salieron dos hombres de lo oscuro. No podría reconocerlos, lo único que advirtió es que eran grandes y malencarados (de noche todos los gatos son pardos). No te sabría decir. Uno de ellos, con una navaja en la mano izquierda, amenazó diciendo, danos la pasta que lleves. Félix buscó en sus bolsillos e instintivamente, sin más, con una sonrisa estúpida, les ofreció los macarrones que le quedaban del casamiento. No pensó en las consecuencias. No era responsable de sus actos. Me reí sin remedio mientras lo contaba entre sorbos de cerveza.

Sin mediar palabra, el matón le asestó un navajazo en el vientre y, ya en el suelo, le registraron rápido. Le quitaron el móvil y el reloj y le dieron varias patadas de propina, quizá por la broma, por la risa, por no tener dinero o simplemente por descubrir su miedo.

 

El reloj atrasaba desde hace tiempo, se excusaba quitándole importancia, y el móvil no tenía batería ni saldo. Ya lo he dado de baja. Fue lo primero que hice desde el hospital. Eso y llamar al cerrajero, porque las llaves las había perdido. Las llevaba en la mano y salieron despedidas con el pinchazo o las patadas o quién sabe.

Cuando regresé a casa, estuve buscándolas por toda la calle pero no las encontré. Lo único que había, como testigo de la agresión, era una mancha de sangre diluida que se extendía intermitentemente unos metros en dirección a mi portal, que por suerte estaba abierto aquella noche. No cierra bien desde hace algún tiempo que intentaron forzarlo. Un cartel recomienda que nos aseguremos de que la puerta no se quede abierta. El olvido del último vecino probablemente me salvó la vida. ¡Benditos inconvenientes!

Subí al tercero y caí sobre mi puerta, ya sin fuerzas. Clara, soltando más lágrimas que yo sangre, me llevó al hospital. Pidió ayuda al vecino de al lado que, al oír su llanto, salió al pasillo. Fue quien me vendó y prestó su coche para llevarme a urgencias. Tuve mucha suerte de que el tajo no afectara a ningún órgano vital. Tuve mucha suerte de que Clara decidiera ese mismo día volver a mi lado.

Lunes, 02 de Agosto de 2010 10:47 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

No quiero el cielo despejado

No quiero el cielo despejado,
ni la mar sosegada.
 
Borrad la luna entera
que hermosea lo eterno,
y las puestas de sol
cómplices del silencio.
 
No quiero pájaros
revoloteando a lo lejos
ni flores irisadas
en los jardines y los templos.
 
No miraré la llama
que danza y adormece
ni escucharé los cantos,
la lluvia que enaltece,
el silencio y mi suerte.
 
No oleré la tierra mojada
ni el llanto de la rosa
ni la piel de un niño encarnada.
 
Quiero romper todas las cartas,
tus llamadas y tu recuerdo.
No compondré poemas
ni siquiera el que estás leyendo.
 
Rechazo la belleza.
Me tenderé en el lodo
y golpearé mi cabeza
hasta la sangre, hasta el olvido.
 
Y renegaré de mí mismo,
por hoy que tampoco has venido.

Lunes, 26 de Julio de 2010 21:24 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Podría ser noche aquella mañana

Podría ser noche aquella mañana,
se apagaron voces en la almohada,
el agua silvestre va desbocada,
callan los gritos, suena tu alma.

Voces de tierra, de tierra mojada,
inútiles ecos por la mañana,
la sangre caliente moja tu espalda,
caminan mis manos desesperadas.

La aurora resbala por tus entrañas,
campanas de gloria no dicen nada,
un niño gime en la baranda

muerto de frío, temblando se abraza.
Caminos de luto que se acercaban
puñales de olvido, blancas tus alas.

Martes, 13 de Julio de 2010 11:21 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Andando por la calle

A veces
andando por la calle
los pies no me obedecen.

Miércoles, 07 de Julio de 2010 13:04 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

El niño de niño sueña

El niño de niño sueña
su acontecer de mañana,
pero la vida prepara
un equipaje distinto.
El niño de grande sueña
cómo es su sueño de niño
y contempla su equipaje
poniendo cinco sentidos.
El hombre siente el momento
que desaparece el niño
pero si sueña despierto
ahora vuelve a sentirlo.

Martes, 29 de Junio de 2010 21:30 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 5 comentarios.

Escala evolutiva

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Os expondré mi teoría, dijo el conferenciante una vez que los micrófonos dejaron de hacer ruiditos. Os expondré mi teoría, repitió como si fuera su mismo eco empujado por lo desacostumbrado de su voz amplificada. Carraspeó para aclarar la voz y se acomodó en el asiento encajándose los lentes para lejos. Después de echar un rápido vistazo a sus notas, alzó la voz diciendo, más bien advirtiendo, que no pensaba hablar de la evolución como tal ni defender ninguna de las teorías impuestas y largamente aceptadas o discutidas sobre el origen de las especies, sus transformaciones y su adaptabilidad al medio. Mi intención, continuó después de algunas toses del respetable, es comentar el alejamiento impuesto siglo tras siglo entre el hombre y la mujer. Siendo de una misma especie, estamos alejados más de lo que se podría llegar a pensar. Si el hombre como especie genérica proviene del mono, no cabe duda de que en toda la familia simiesca, si se me permite el término, existe una gradación evidente. Hablaremos tan sólo de las familias más cercanas a los homínidos: orangután, gorila y chimpancé, para finalmente desembocar en el hombre. No cabe duda que todos estamos emparentados. Después de largas transformaciones, de largas mutaciones que parten de los lemures, los primates se dividieron en monos con cola y sin ella, de los que provienen los tres simios referidos y evidentemente el hombre. Mientras el orangután sigue siendo un ser primitivo, hermanado con los macacos inferiores, en proporción, a años luz del gorila que, aunque igualmente primitivo, se acerca al chimpancé y éste al hombre, la distancia existente entre el gorila y el chimpancé es más larga que la del chimpancé al hombre. No quiero detenerme en datos concretos ni en detalles que tan sólo enturbiarían el objeto de esta disertación. Sólo quiero que se queden con ese dato. En este momento el conferenciante instintivamente tomó un sorbo de agua pidiendo perdón y continuó con su argumento. Así el hombre se encuentra evolutivamente más cercano al chimpancé que éste al gorila. Pues allá, sin más circunloquios, expondré directamente lo que vengo a decir. Mientras en otras especies el macho y la hembra están totalmente relacionados como si fueran uno, evolutivamente hablando, en la especie humana existe una diferencia sutil, que puede llegar a ser abismal. Podría decir, sin temor a equivocarme, que el hombre está más cercano al chimpancé que a la mujer. Otro incómodo murmullo se extendió por la sala. Era inaudito que un señor bajo con bigote y pelo tieso, que no se había dignado a quitarse el sombrero, arremetiera de ese modo contra sus congéneres. Dónde vamos a llegar. El mundo está lleno de esquiroles. Si somos los hombres los que atacamos a los hombres mejor que rompamos la baraja. Esto es el fin. Es indignante, decían. El ponente guardaba silencio, sin inmutarse. Esperaba a que el murmullo cesase. No tenía prisa. Observaba impasible como algunos hombres se levantaban de sus asientos y abandonaban la sala elevando las manos indignados. Cuando el silencio volvió a reinar y la sala, algo más vacía, retornaba a prestarle atención, retomó la palabra. La mujer está un punto por encima en la escala evolutiva que el hombre. Por educación, continuó el del sombrero, desde que el ser humano hizo acto de presencia en la tierra, el hombre se ha anquilosado, se ha acomodado en una vida “regalada”. Como ser dominante, como macho alfa, se ha impuesto tradicionalmente desde el principio de los tiempos a la hembra, a la que ha relegado a un estado de semiesclavitud, a una servidumbre incondicional. Y lo que tiene más gracia... ¡por gracia divina! Nuevamente algunas palabras de indignación se elevaron en el habitáculo junto a algunas risas solapadas. El conferenciante seguía esperando el silencio, impasible, sin alterarse, sin apenas moverse de su escaño. La mujer se ha visto obligada a defenderse, a luchar por fuera y por dentro para protegerse. Se ha visto obligada a desarrollar unos mecanismos de defensa a todas luces fuera de la condición humana. Con esto quiero decir que el hombre no ha tenido necesidad de “defenderse” contra el otro sexo, que como todos sabemos siempre ha figurado por debajo, en un segundo plano, discriminado y ampliamente abusado. La mujer como tal, en el día de hoy, en que las cosas teóricamente están más fáciles, en que se supone que la igualdad real es más nítida, aunque todos sabemos la verdad respecto a todo esto, tiene muchas más posibilidades de adaptación al medio, de superación de escollos. Mientras el hombre, acostumbrado a la sopa boba y a las zapatillas bajo la butaca mientras lee el periódico o ve el televisor, se relaja en su status, la mujer se ha hecho a una vida de lucha continúa y de adaptación al varón que por suerte o por desgracia le ha tocado a su lado, aunque posiblemente no seamos conscientes de tal desajuste. La hembra humana conlleva en sus genes una capacidad de adaptabilidad muy superior al macho de su especie. A veces, no nos engañemos, no ha sido siempre así; el varón ha sido compañero real y la pareja ha caminado al unísono. Casos ha habido, pero son los menos. Lo que almacenamos todos en nuestras cabezas son ejemplos de abusos, de compra-venta de mujeres casaderas o de niñas sin madurar, de discriminación, de desamparo... Poco a poco la sala se iba quedando más vacía, algunas mujeres seguían con expectación el resultado de aquella conferencia, que para muchos hombres era solamente un ataque directo a su condición masculina. Desde luego algunas mujeres también se había marchado por su cuenta (sabemos que el machismo más radical se encuentra en la cabeza de algunas hembras) y otras, sin más remedio, habían abandonado intimidadas por sus maridos o acompañantes. El ponente prosiguió, tenía que acabar su alegato, aunque fuera la última conferencia que dictara en aquel círculo varonil, en aquel club al que invitaron como antropólogo y sociólogo progresista, pero sobre todo por ser un hombre íntegro con ideas claras sobre la posición de cada género. Los organizadores esperaban que hablara de la evolución de las especies, de las nuevas corrientes darwinistas, que tan de moda se estaban poniendo, en las que el doctor invitado era una completa eminencia y en las que intervenía con tanta determinación el factor suerte. Pero trasponer la conferencia a un problema de género estaba de más. Este señor no sólo dejaría de hablar en aquel recinto sino que probablemente se le sancionaría, quizá se le abriera un expediente. Ésa es la razón de tanta violencia, de tanto desencuentro, de tanta inoperancia, prosiguió como si nada. El hombre tradicionalmente depende de una mujer, ya sea su madre, su mujer o su hija. El hombre, que se cree autosuficiente, el centro del universo, en realidad está desprotegido, desnudo ante el devenir de los días. “No es bueno que el hombre esté solo”, comentan. Porque no puede, porque no sabe, porque se pierde. La mujer es distinta. El hombre necesita compañía. Pero una compañía sumisa, una compañera completa y total, que le saque las castañas del fuego, que se las pele, sin preguntar si se quema los dedos, e incluso que se las mastique. Hay sociedades donde esta violencia no es tan evidente, simplemente porque la mujer continúa observando el rol primitivo. La mujer pertenece al varón. Camina unos pasos por detrás u oculta su rostro y su cuerpo hacia otras miradas. Es mía y como tal dispongo de ti, de tu vida y de tu tiempo. Soy el elegido, el favorito de Dios. Tú sólo eres mi costilla, mi camarera, mi enfermera y mi puta. Hasta los organizadores habían abandonado el salón. Hablarían con él. Digo que si hablarían. Le leerían las cuarenta. Eso pasa por traer a un conferenciante desconocido. Eso ocurre por fiarse de las referencias. En diez minutos tendría que acabar no obstante. Pedirían perdón públicamente. Era intolerable. El problema actual no es de la mujer, dijo elevando sensiblemente la voz, sino del hombre que no ha sabido adaptarse a la nueva realidad. La mujer empieza a ser independiente, asume un papel preponderante, siempre reservado al género masculino, lo que el hombre no llega a encajar de ninguna las maneras, no lo entiende, no lo traga. Ya no está en un segundo plano sino que comparte (o arrebata) el primero, con todos los derechos. Ella tiene su vida, su mundo, su trabajo. Piensa por ella misma, sin filtros ni clichés. Tiene sus argumentos, su manera de ver el paso de los años. Se siente responsable, protagonista de su vida, de su historia y del mundo que le rodea. El hombre lo único que mantiene es su fuerza bruta, su alma concupiscente, su instinto atávico y una educación hegemónica. Una mujer a su lado que piense por sí misma, que reivindique sus derechos, que se sienta igual, aún sabiéndose superior, es algo que escapa a sus entendederas (a algunos no les cabe entre cuerno y cuerno). El varón llega a cegarse, a cerrar el puño contra ella, a llegar incluso a la sangre de la que fue su compañera, madre de sus hijos e incondicional enamorada. Alguna chica en la tercera fila estaba a punto de aplaudir cuando el conferenciante se puso en pie, se quitó la chaqueta y el sombrero, dobló sus gafas encima del cartapacio y se desprendió del bigote, desenfundó su cabeza y se soltó el pelo, un pelo rojizo y ondulado que le caía ambos lados de los hombros y se detenía en los pechos alzados. El, ella. Quien hablaba era mujer. No se sabe de dónde salió, si era profesora o no, socióloga, antropóloga o entendida en la materia. Lo que sí era cierto es que dio una lección tan temida como necesaria. Hundió tanto el dedo en la llaga de muchos varones que llegó a escocer. La chica de la tercera fila, con aspecto perfectamente desaliñado, fue la primera que se levantó y comenzó a aplaudir. Pronto le hicieron eco algunas más y también algunos hombres, más de los que cabría esperar. La ponente cogió sus papeles, dio las gracias a los presentes y esperó tranquilamente la segura sanción de los organizadores que, como convencidos varones, andaban más cerca del animal.

Viernes, 25 de Junio de 2010 21:44 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Hoy he llorado

Hoy he llorado,
y cómo quisiera decir
que me he hartado de llorar,
pero yo nunca lloro.

Envidio a quienes pueden
liberar una pena
mostrando ríos de amargura
y no inundarse
con enjambres de abejas
en la garganta,
que mueren causando dolor.

No me conozco.
Pero salto al vacío,
cruzo el umbral
que puede ser el último.

Puedes pensar
que tiro la toalla.
Quieres sentir que volveré.

El tiempo juzgará,
mientras yo lucho
con este corazón
que muere y se devora.

Pienso estar en silencio.
No creo que sonría por ahora,
pero mis ojos
sentirán tu mirada
y yo caminaré
los senderos que nos conocen.

Miércoles, 23 de Junio de 2010 10:59 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 4 comentarios.

Los desnarigados

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Estábamos de enhorabuena. Esa noche llegarían para cenar a casa los miembros de una de las familias más influyentes en nuestro módulo, incluso en toda el área occidental. Eran de los pocos autorizados a llevar lanzaderas y recorrer los kilómetros a voluntad, atravesando cientos de túneles e incluso las autopistas exteriores. La mayoría de los habitantes de este planeta, nos veíamos obligados a teletransportarnos sin más, de un punto a otro, sin posibilidad alguna de entrever el recorrido, a no ser a través de nuestros monitores espacio-temporales. Hace tiempo, según me cuentan, las autoridades se vieron obligadas a reducir el tráfico rodado, pero sobre todo el volandero, por las continuas disputas, atascos y colisiones que se producían. Tan sólo algunos gremios, como el de los moteros que os comento, consiguieron la licencia para viajar de la forma primitiva.

Los moteros, como digo, fueron unos de estos afortunados comekilómetros. Por suerte (y envidia de algunos vecinos) una de estas familias venía a vernos y a cenar con nosotros la noche a que me refiero. El motivo era que uno de sus hijos iba a unirse con mi hermana y a proyectar descendencia seguramente, que nunca se sabe la conclusión del ayuntamiento. No era normal que un viajante se mezclara con otro grupo, en este caso el nuestro, que nos dedicábamos a la imagen y no teníamos nariz.

Salvador Dalí, un artista de tiempos de Maricastaña, escribió en cierta ocasión que la mujer elegante no tenía nariz. Pero su intención no era literal. Él se refería a las narices menudas, respingonas, casi inexistentes, de las chicas de los años 20 y 30 del siglo XX, y no a la completa ausencia de apéndice nasal, que es lo que orgullosamente caracteriza a nuestra familia. Esas chicas de charlestón carecían de nariz, pero también de pechos y de caderas. Esas chicas además gozaban de una delgadez y una androginia severas, que las vi en el museo holográfico.

Que por qué no tenemos nariz. Esa pregunta se la hice yo también a mi padre hace tiempo y él a mi abuelo y éste a su padre y así durante muchas y muchas generaciones de desnarigados. La respuesta se halla en el primer desnarigado, nacido en el siglo XX, como Dalí, el pintor al que me referí antes.

Este primer antepasado tenía una nariz normal, como cualquier persona de otro gremio. Quizá un poco casi más larga y puntiaguda. Era fotógrafo. Su profesión era la fotografía y usaba gafas, lo que supo trasmitir a todos sus descendientes. O sea, nos legó su inclinación a la imagen, no lo de las gafas. Somos el gremio de los imagineros, aunque también, por razones evidentes, nos llaman los desnarigados.

Entre la montura de las gafas y la distancia que imponían las lentes entre el ojo y la mirilla de la cámara de fotos, en otra persona naturalmente llevadero, para un fotógrafo significaba un engorro, un escollo a vencer. Necesitaba acercar la cámara a su ojo hasta hacer masa, hasta que máquina y mirador fueran uno, hasta que la pupila y la lente fueran uno. La cámara era un apéndice más del fotógrafo, que se empalmaba en su rostro cuan largo y grueso fuera el objetivo que usara.

Un día tomó la resolución de usar lentillas. Era una fase a la que tenía que llegar impepinablemente. Al principio cuesta, pero cuando te haces a ellas, se adaptan con tanta naturalidad como una crema facial o un bigotito, quien lo llevara. Poco tiempo después el problema estaba resuelto, el escollo superado.

Pasó el tiempo sin contratiempo.

Pero, en cierta ocasión caminando por la calle para cumplir su cometido de eficaz imaginero, encontró una amiga de antaño y se saludaron como si fuera ayer. No has cambiado, se mintieron uno al otro, estás igual.

Él comentó sin embargo que algo nuevo se imponía en su rostro, pensando calladamente a la ausencia de quevedos. Ella, mira que te mira, no acertaba a adivinar qué podía ser aquel cambio del que se sentía tan orgulloso.

¡Ya lo sé! Tienes la nariz más larga que antes, disparó a bocajarro, y más torcida hacia la derecha, terminó de clavar la puntilla. Él cargaba hacia la izquierda, pero era otra cosa, y eso en ese momento no tenía nada que ver. Con gran pesadumbre, con ganas de enmendar el entuerto, le dijo que se había quitado las gafas, que ahora usaba lentillas, que era mejor para disparar con la réflex.

Se despidieron emplazándose ambiguamente para un próximo encuentro, besándose ambas mejillas con cuidado de no chocar las narices, sin conseguirlo, como cuando no quieres morderte donde antes te has mordido.

El primer desnarigado, que aún no lo era, llegó a su casa con la moral a rastras, como si formara parte de su sombra. Entró en la sala oscura y comenzó a revelar el carrete de esa jornada. Ninguna instantánea merecía la pena. Todas estaban movidas, borrosas o perceptiblemente ladeadas.

No se trataba de un mal día. Durante varias mañanas de trabajo la merma era evidente. Las fotos ya no eran buenas como antes.

Se miró al espejo. Miró sus mismos ojos que le miraban a través de las lentillas. Miró su nariz. Vio su gran nariz de pisa, inclinada a la derecha, aunque él cargara a la izquierda (instintivamente, sus ojos se desplazaron a la bragueta, mientras se abría levemente de piernas).

Estaba claro, su nariz, su napia, su hocico, su enorme trompa, le impedía hacer buenas fotografías. Le estorbaba como antes le sobraban sus gafas. Lo primero era lo primero. Había que amputar o dejar el mundo de la imagen.

La fotografía, sin embargo, no era sólo su profesión, su medio de vida, sino su pasión, una manera de vivir y de enfrentarse al mundo. La cámara, el objetivo, era una extensión de su propio ser, era un vínculo con algo más que la realidad. Las dos dimensiones de una fotografía se convertían en cuatro, en seis, en cien. Una foto era un mundo. La fotografía era una vida, una filosofía, una ventana al infinito.

¿Prefería perder la nariz o el mundo? No había vuelta de hoja. Perder la fotografía significaba hundirse, vaciarse, inutilizarse. Más tarado quedaría si perdía la cámara que si perdía la torre entre los ojos. Al fin y al cabo el apéndice nasal tan sólo cumplía una función estética. Hay quien pierde el pelo o un brazo, la vista o el oído... Él perdería la nariz pero no el olfato.

Al principio se vería raro. Le costaría mirarse al espejo y reconocerse. Pero lo mismo le pasó al quitarse las gafas definitivamente, cuando se puso las lentillas. Después se acostumbró, como se acostumbraron todos los demás.

Decidido de esta forma, acudió a los doctores y a un gabinete de ética. Estuvo un tiempo en espera. Un tiempo mortal. Un tiempo que se contaba con cientos de retratos fallidos, con miles de instantáneas retorcidas, con fracaso tras fracaso, que se traducía en pérdida de encargos, en ausencia de trabajo, en Titanic sin solución.

El comité de expertos, asesorado por grandes psicólogos, finalmente le dio el visto bueno, accedieron a una petición que tenía tanto que ver con la vida y la muerte, o sea, con la muerte en vida, que es más muerte que la muerte misma si cabe.

El cirujano hizo un trabajo impecable, que vio la luz en una publicación especializada de alcance internacional. No fue tan terrible. Su rostro desfigurado a la larga resultaba amable. Era como mirar a esas personas chatas, con la nariz hacia arriba y las fosas nasales a la vista, pero exagerado. Era como contemplar a esos graciosos marcianos que nos legó la industria del celuloide.

El desnarigado comenzó a retomar su confianza al fin. Su fotografía se fue enderezando. Como una amazona que se amputa el seno derecho para disparar el arco, para poder tensar bien la cuerda sin que ningún obstáculo le estorbe, él prescinde de una nariz que le impide mantener derecha su arma e igualmente abatir su presa.

Y, con la confianza, el enfoque y la exactitud, volvieron los contratos y los aplausos, los premios y los reconocimientos, el amor hacia sí mismo y hacia los demás. El éxito…

Incluso tuvo un hijo que, cuando llegó a la edad de merecer, también se amputó el miembro, aunque no cargara ni a derecha ni a izquierda.

Dos, tres, cuatro generaciones tuvieron que acudir a la cirugía, pero la quinta o la sexta o alguna camada posterior vino al mundo ya sin nariz haciendo un guiño darwinista al destino.

Los desnarigados crecieron y se expandieron, y hasta fueron bellos con sus caras chatas y sus cámaras en ristre. Quien no se dedicaba directamente a la fotografía, por osmosis genética, también nacía sin nariz, aunque con muy buen olfato.

Rápidamente monopolizaron el mundo de la fotografía. No había nadie que pudiera competir con ellos. Era todo un gremio cerrado y endogámico. El gremio de los imagineros. Nuestro gremio. Nuestra familia.

Y ahora, por primera vez en mucho tiempo, nos íbamos a mezclar. Íbamos a compartir nuestros genes desnarigados con quienes caminaban detrás de sus narices, con normales trompeteros. Pues, como ya he dicho, venía a cenar una de las familias del prestigioso gremio de los moteros.

Al descender de sus monoplazas, se les veía no muy altos, pero sí estilizados y elegantes, enfundados en unos trajes de goma antiadherente, para evitar el rozamiento. Unos cascos aerodinámicos cubrían sus cabezas. Aplastados hasta lo indecible. Unos cascos que parecían de puro viento, afilados por detrás en forma de dientes de sierra descendente.

Los moteros se acercaron y nos saludaron dándonos la mano. Ya en la casa, se quitaron los cascos. Debajo de los cuales no tenían orejas.

Lunes, 14 de Junio de 2010 21:59 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Tangos de Graná

Cantando en la cueva solo
unos tangos de graná
con este dejillo moro.

Yo no salgo de mi casa
que estamos en primavera
y la sangre no descansa.

No te asomes la ventana
sin sombrero ni paraguas
vaya a darte la solana.

La botella está vacía
encimita de la mesa,
ya no queda ni una gota,
puedo cumplir mi promesa.

Vengo de ver a la Jara;
vengo de ver a Marina;
que vengo del albaycín;
no quiero pasar fatigas.

Miércoles, 09 de Junio de 2010 22:02 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 7 comentarios.

Persigo huellas de antaño

Persigo huellas de antaño
desesperadamente,
hasta encontrar
los momentos felices,
desmenuzarlos parte a parte,
preguntar cómo fueron,
si en realidad son recuerdos
si de verdad me pertenecen.

Jueves, 03 de Junio de 2010 13:18 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

El poeta que escribió un sólo verso

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“Yo aprendí a amar con un cielo de borreguitos”, escribió sin más y se tumbó a la sombra de un cerezo en primavera. Reflexionó sobre lo anotado y entrevió el alcance de este verso, el acierto de su significado, la redondez del sentimiento; una declaración de principios, una manifestación de sentimientos tan íntimos que se ruborizan en alguna esquina del corazón. Representaba toda una época. Exponía un ideal. Era su primer amor, amor de juventud, amor inocente, donde un beso es el mejor regalo, donde una brizna de hierba, un ocaso, un río... dejan de ser simplemente pasto verde, final de un día o agua corriente, y cobran su valor romántico, que no es otra cosa que una identidad propia, una razón de ser, de existir en un momento único, irrepetible, feliz.

Se arrellanó algo más bajo el frutal y, en silencio, mirando hacia arriba, repitió: “Yo aprendí a amar con un cielo de borreguitos”. Verso que dejaba constancia también de la primavera de su amor. Es Amor quien asalta en esa época, quien lanza su saeta emponzoñada de cariño. Es inútil la resistencia. Como mucho, se aprieta el corazón para que no salte, para que sus latidos no delaten la jalea.

¡Hacer el amor por primera vez bajo un cielo aborregado! Ya está todo, para qué más explicaciones. Pensó, la verdad, en continuar, pero cómo alcanzar la sublimidad de ese primer verso en los postreros. No quería que su obra fuera como la de otros muchos que se dicen poetas (sobre todo aquí, en provincias); no deseaba tener un gran verso que justificara un poema, que a su vez le diera sentido a un libro, que elevara una obra por encima de la mediocridad y, por ende, que consagrara a un poeta. No, su verso quedaría huérfano, sería único en un poema; él sólo conformaría un pequeño libro de poesías, es decir, un poeta con un solo libro, un libro con un solo verso. Así, todo en singular, lo breve si bueno... La parquedad, lo necesario, y no lo superfluo, el relleno y lo marginal, lo contingente.

Hasta, posiblemente, tendría el mismo título. El mismo verso ilustraría la portada y la portadilla como anticipo íntegro del contenido de la obra, como adelanto fidedigno de lo que el lector de poesía (generalmente, el mismo escribidor de poesía) se va a encontrar dentro, sin ningún misterio ni información falaz o ausente del contenido del libelo.

Pasó un gorrión y con él, por unos segundos, volaron sus ensoñaciones, digamos que simplemente se evadieron un instante. Tuvo, lo que se suele llamar, un lapsus. Pero una pequeña piedra sobre la hierba, una guijarro debajo suya, al pie del cerezo, le hizo regresar a su obra cumbre. Se podría retirar como Juan Rulfo, que fue y será grande con una novelita y un librito de cuentos en su haber. Aunque éste fuera narrador, en esencia eran semejantes, él escribió, él dijo a través de su pluma lo que quería decir, ni más ni menos. Sí, murió joven, pero tuvo tiempo de regalar al mundo algo más de su magia, y, sin embargo, no lo hizo. No quiso hacerlo porque no hacía falta. No paría literatura como las conejas crían conejitos. No jugaba, como otros provincianos, al oportunismo, a vivir de las rentas, a dar gato por liebre.

Escribir es una necesidad vital, es un quemar las naves, que, una vez calcinadas, ya no queda nada que incinerar. Tienes una espina y la sacas y les dices a todos: ésta era mi espina, y punto. Y nada más. Si con el tiempo se te clava otra púa, es dable que, al igual que la anterior, la extraigas de tu cuerpo y digas era así de grande o así de pequeña, pero basta de regodearte en la herida. Dicen algunos: tenía clavado un pincho, ahora tengo una herida, más tarde tendré una cicatriz o el recuerdo de ese dolor punzante. Es decir: espina, herida, cicatriz. Ya son tres excusas para decir lo mismo. Es el perro que cambia de collar, supone llover sobre mojado, o rizando el rizo, llover sobre la lluvia.

Él no. Él daría solamente lo imprescindible, lo evidente. Más o menos reconocible, le daba igual. Eso era superfluo. Él ofrecía todo lo que tenía en ese momento, que era un verso, que era una declaración. Él simplemente diría, afirmaría, gritaría: “Yo aprendí a amar con un cielo de borreguitos”. Es, salvando distancias, como decir “La noche está estrellada y tiritan azules los astros a lo lejos”. Aunque Pablo no se quedó sólo en esos dos versos, continuó el poema, que hacía el número veinte de una gran obra. Aunque se podía haber quedado ahí, con eso era suficiente, pero el poeta chileno tendría más necesidad de contar, de escribir, de confesar, su espina sería grande.

Lo firmaría. Eso sí, pondría su nombre bajo el verso. Se confesaría autor de haber escrito una sola obra de un sólo verso. Le diría a los lectores, a los estudiosos: yo fui quien aprendió a amar con un cielo de algodón. ¿Y? Y nada más. Es todo lo que quería decir y así lo dije.

La noche iba tendiendo sus redes sobre el cerezo, sobre el poeta de un sólo verso, sobre la hierba que lo soportaba. La noche caía al igual que sus párpados. La noche oscurecía su visión lo mismo que su vista ocultaba el cielo. La noche y el poeta soñaban. La noche soñó estrellas, el poeta soñó un verso, soñó un universo, una gran biblioteca monotemática, la biblioteca de Babel que anunciara Borges con un sólo volumen, con un sólo autor, con un sólo verso. Todo un mundo que dijera simplemente: “Yo aprendí a amar con un cielo de borreguitos”.

* Este cuento está fechado en junio de 1994.

Domingo, 02 de Mayo de 2010 11:24 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Atrás quedó

Atrás quedó
—como una polución nocturna—
el tiempo en que me puse en venta.
Añadía a la singular oferta
el reclamo de seminuevo
para animar al comprador.
Que devolviera su dinero
si no estaba conforme
con esta adquisición.
Me quedaría como estaba,
en cambio,
con una triste mano atrás
y delante el cartel
de poco usado
para cubrir mis vergüenzas.

Miércoles, 28 de Abril de 2010 19:10 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Canción del desencuentro

Qué nos está pasando,
que me miras de otra manera
Lo nuestro se te está olvidando.
Yo sigo en primavera.

Te quise como a nadie.
Pero eres mi enemigo.
No pegues esas voces,
que está mirando el niño.

Yo te quiero. Te quiero
como aquel primer día
Ahora lloro y temo
que me arranques la vida.

Los besos que me dabas,
ahora tan sólo amenazas.
Me encuentro desplazada,
escoria de mi propia casa.

* Llevamos 22 asesinadas por violencia de género en lo que va de año.

Miércoles, 14 de Abril de 2010 17:44 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Zorongo

La luna esta calabaza

estoy tan enamorado

que cuando más me rechazas

yo más te quiero a mi lado.

 

No me arrojes de tu vera

que no he venido a buscarte,

me basto sólo con verte

todos los lunes y martes.

 

Miércoles, 07 de Abril de 2010 12:20 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Nubes calladas

Nubes calladas
en el silencio herido
de noche adormecida.
Es tiempo solapado;
deseos en barbecho.

Jueves, 01 de Abril de 2010 11:44 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

El adivino

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(Reality show)

Recorrimos tres veces la feria de punta a cabo. A cada vuelta repetimos algunas atracciones. Eran los coches de choque, las perdigonadas a los palillos con escopetas de cañones retorcidos para llevarse un horrible oso de trapo o una botella de un dudoso licor y la tómbola de papeletas de colores, con un comentarista estridente y monótono, en donde yo alimentaba mi fama de adivinador y visionario. Siempre, sin duda alguna, acertaba lo qué nos tocaría, siempre apostaba por el mejor regalo, siempre nos sonreía la fortuna.

En el último paseo, al bajar de la noria y tras haber vislumbrado con meridiana claridad el accidente en la barcaza sin heridos por suerte, advertimos por vez primera un cajón metálico sobre unos caballetes de madera. En uno de sus lados estaba pintada la cara de un payaso con la boca descomunalmente abierta, en la que había practicado un orificio al interior oscuro de la caja. Sobre el payaso de pelo amarillo ensortijado y ojos saltones, en una banda azul, roja y blanca, un rótulo rezaba: “El hueco del destino”, sin más explicación. Nada más hallarnos frente al extraño artilugio, lo percibí con toda nitidez, y así se lo participé a mis compañeros: “Cuando metas la mano ahí, una especie de guillotina te la corta”.

Mis amigos dispusieron que me había excedido en las predicciones, que aquello que había aventurado no tenía ningún sentido, que no debería ser tan extremo y nefasto, que en un lugar de esparcimiento y diversión para toda la familia, donde la mayoría de los usuarios son niños, era ilógico que hubiera una máquina tan infernal…

Dolido en mi amor propio por haber puesto en duda el inequívoco don de la profecía que me caracterizaba, sobre todo por ser cuestionado por los compañeros a los que había demostrado una y mil veces los rigores de mis predicciones, metí en un arrebato el brazo por la cavidad hueca de la boca de aquel nefasto payaso y un resorte accionó la cuchilla que me cortó la mano derecha a la altura de la muñeca.

Todos sonreímos, mientras me tapaba el muñón sangrante con el peluche de la tómbola y me llovían las palmadas de complicidad, las felicitaciones por haber acertado nuevamente y los perdones por su incredulidad sin sentido.

Lunes, 29 de Marzo de 2010 00:50 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Otra vez la soledad

"Soledad... Yo no creo como ellos creen, no vivo como ellos viven, no amo como ellos aman... Moriré como ellos mueren".

Marguerite Yourcenar

Fechada el 14 de septiembre de 2001, encuentro una carta que le escribí a Jesús de Almería (ahora estoy en su casa), en la que me pedía un breve texto sobre la soledad.

Fue escrito a vuelapluma, impelido por la premura de tiempo con el que me lo pedía.

Llegó a utilizarlo, pero no recuerdo para qué.

La soledad

Un hombre se sienta en la cafetería un domingo a media mañana, mira el periódico y pide un café solo. Conoce el precio y paga por adelantado. Cuando termina, se asoma al abismo de la taza, donde unos granos de azúcar, que han quedado sin disolver, difícilmente se abren hueco entre los posos amargos de Colombia. Dobla el diario, que nadie más leerá, y se lo coloca bajo el brazo. Sin volver la cabeza, abandona la cafetería.

Entra en la calle, que está soleada, y comienza a andar. El bullicio de gente que pasa frente a él, en esta asolada mañana de domingo, lo desconcierta. Cierra los ojos. Los vuelve a abrir. Mira, pero no ve a nadie. El hombre está solo.

El camino recuerda que de su brazo anduvo alguien. El hombre recuerda quien le besaba en los labios. Sus ojos recuerdan que vieron en colores. Sus manos buscan en vano el filo de estos recuerdos.

La soledad camina descalza. Se acuesta, y siempre tiene los pies fríos. La soledad nunca está satisfecha. Empieza por una siseante “ese” y termina por una esbelta “de”. Se agarra a la garganta, anuda el pecho, desgrana el corazón, acorrala lentamente, hace añicos la voluntad.

El corazón es muy grande, pero el de algunos tiene eco.

Hay soledades, sin embargo, que son elegidas, desiertos de luz, bellos silencios. Los pájaros solitarios, como decía san Agustín, siempre se posan en la rama más alta.

Miércoles, 24 de Marzo de 2010 00:45 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Fandango de arte mayor

Pa' que tu padre no lo sepa
voy apedreando farolas.
Ahora que l’an arreglao
esto nuestro va ha traer cola.
¡Vaya arreglo tan apañao!

Viernes, 19 de Marzo de 2010 18:40 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

No sostendré la mirada

No, no sostendré la mirada.
No estoy dispuesto
a echarle un pulso a la violencia.

Sólo me tumbaré desnudo,
el cuerpo pintado de blanco,
de inocente esperanza.

Inerme esperaré que lluevan
golpes de cadenas y cueros,
hasta que no puedan golpear más
y, entre jadeos,
me supliquen que escape.

Viernes, 05 de Marzo de 2010 11:13 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Autorretrato

Yo era un tonto del bote
se rompió el bote
y quedó el tonto.

* (a la manera de Alberti).

Miércoles, 17 de Febrero de 2010 13:01 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Quien piensa pierde

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Habría o hubiera en cierta ocasión un pueblo alejado de toda influencia, feliz en su auto exilio, orgulloso en su burbuja, en el que sus habitantes, por mandato, sólo comerían patatas fritas y huevos. Los domingos y festivos, las patatas podían ser a lo pobre o los huevos en tortilla, escalfados, duros o pasados por agua. No conocían alternativa. El imperativo, de antiguo, se había hecho tradición, exclusiva costumbre. Y, eran felices en su dieta. Y, eran felices en sus vidas.

Llegó un momento, como es habitual en ciertos ámbitos de exclusiva represión, que un corpúsculo de radicales subversivos comenzaron a traficar con libros de cocina. Tímidamente, los locales que accedían a dichos recetarios, tras un solapado e importante desembolso, que los podría endeudar durante algunos lustros, se animaban, en la más estricta intimidad, a añadirle pimientos a la sartenada de los domingos.

Las fuerzas del orden, alarmadas por un chivatazo y una posterior y delicada operación de infiltrar un topo incorruptible en el mafioso círculo gastronómico, persiguieron con ahínco y tesón estos desmanes y la inclinación popular al libertinaje que, quién podría evitarlo, el día menos pensado se comería carne, pescado o vete tú a saber que otro manjar tantos años y con tanto esfuerzo extirpado.

Las condenas se sucedieron y el castigo último fue evidente. Los rebeldes habían sido apartados de la sociedad, clausurados, eliminados.

De esta forma volvieron a ser felices con su cortedad, en su dieta y en sus vidas, hasta un nuevo conato de creatividad, rebeldía y diferencia, que, de una u otra forma, sería censurado inmediatamente por las eficaces fuerzas del orden, siempre atentas.

* Cuento sin ninguna intención, pero con mil alusiones.

Viernes, 12 de Febrero de 2010 11:02 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

El olor a pan recién horneado

El olor a pan recién horneado
anuncia la mañana
que los gallos de siempre
ya no aletean.

Dicen que nunca llueve
a gusto de cualquiera.
Qué quieres que te cuente
si no tengo paraguas.

Miércoles, 03 de Febrero de 2010 18:08 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 4 comentarios.

Tenía que haberle pedido el vídeo al japonés

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Tres alicientes tenía esa playa perdida a la que sólo se podía llegar en barco. Un pequeño bote a motor acercaba a los pasajeros, a través del canal, hasta el último puerto de aguas turquesas. Todos viajábamos con nuestros mapas, guías de mano y mochilas con algo de comida y sobre todo con agua.

Hasta el día siguiente no emprenderíamos la vuelta en el mismo trasporte. Así que la mayoría, si no queríamos que la aventura nos fagocitase de alguna forma, habíamos asegurado la pensión en aquella remota cala.

Los tres objetivos que nos atraían a todos eran la recogida visita a la ermita de la patrona del lugar, a la que se llegaba en media hora o tres cuartos caminando hacia el este; la subida al lugar más elevado de la península, donde se hallaba semiderruida una torre vigía de tiempos medievales y en la que se había levantado un mirador desde donde se oteaba, en días despejados, los rompientes en la otra orilla; por último, en el mismo centro de la población, se elevaba una mansión señorial, de estilo renacentista, preciosamente conservada. En el palacio había que pagar, aunque su entrada normalmente era adquirida a la vez que el pasaje y la estancia.

Lo aconsejable era subir en primer lugar a la montaña y deleitarse con las vistas antes de que el sol impusiera su dictadura. Así, aprovechando el frescor de la mañana, junto con otros peregrinos, que viajaban en grupo o en solitario, como yo, me encaminé al monte de la torreta, que al final resulto ser todo una fortaleza, en la que difícilmente seguían en pie un par de torres muy deterioradas y un pasador almenado entre éstas. Las vistas hacían que hubiera merecido la pena la ascensión.

Mientras intentaba vislumbrar el otro lado del estrecho, una iguana me miraba sin interés.

Al retornar al valle, donde se asentaba la aldea, una chica me mostró un papelito que, por un precio módico, me resolvería de un plumazo la cena y el divertimento de esa noche. El paquete consistía, como he dicho, en un ligero menú, mientras contemplábamos la actuación de una agrupación local y el derecho a una copa. Tenía buena pinta. Lo rechace, no obstante, y me encaminé a la ermita.

Era pequeña y cuadrada, de piedra, rodeada de flores mustias y una imagen descolorida de la virgen, presidiéndolo todo allá en lo alto. En la guía podíamos leer que la santa se le apareció a unos pescadores que habían perdido el rumbo en mitad de una tormenta y que, sanos y salvos, aunque maltrechos y con la barca destrozada, habían naufragado en aquella orilla. El patrón, con ayuda de las familias marineras de toda la zona, erigió el templo.

A la vuelta, con un calor imperativo, busqué un bar donde tomar una cerveza y picar algo antes de sacar el bocadillo de jamón con tomate que me había preparado esa mañana con pan blando del día,

Mientras saboreaba la pinta, a través de la ventana abierta para renovar el aire cargado del local, volví a ver a la chica de las octavillas. Era muy morena de piel, con el pelo castaño recogido en dos trenzas por detrás de las orejas y una raya derechísima en el centro de la cabeza. Se le veía cansada y, al parecer no había vendido muchas o ninguna de las ofertas que proclamaba, pues sujetaba en las manos el mismo fajo de papeles que tenía en un principio.

En la plaza me senté bajo un roble que dispensaba frescor y penumbra. Sin dejar de observar a la vendedora de actividades nocturnas, di buena cuenta de mi almuerzo. Un pequeño descanso, con cabezada incluida, y un café amargo, me pusieron las pilas para emprender la visita al palacio.

Atravesé la plaza hasta la calle principal y la chica de ojos almendrados seguía allí, ofreciendo lo que nadie quería.

¿Para qué se harían las puertas tan grandes? ¿Esperarían a un gigante? Todos los edificios señoriales están cortados por el mismo patrón. No basta con ser poderoso, hay que aparentarlo. La ostentación de unos pocos repercute directamente en la sensación de miseria del resto.

Cuando volví sobre mis pasos, con idea de pegarme un baño en el hostal y leer hasta la cena, busqué instintivamente a la joven morena. Allí estaba, plantada, con su baraja de papeles de color en el regazo, intentando vender su propuesta a una pareja. Me acerqué a ellos. El hombre había seguido caminando, la mujer negaba con la cabeza.

Cuándo ésta alcanzó a su pareja, la chica dijo mierda y se le saltaron las lágrimas. Comenzó a sollozar en silencio. Agachándome un poco la miré a los ojos y le pedí que me contara nuevamente en qué consistía aquella cena. Sin palabras, me mostró un folleto, que no leí. Le pregunté, cogiéndole el brazo si había vendido muchas. Sorbiendo los mocos, se repuso y me dijo que sólo cinco. ¡Vaya! Que con diez que hubiera vendido, añadió, le hubiera sido rentable el trabajo de ese día. Pues dame cinco, pedí. ¿Con quién irás, si estás solo?, repuso ella, que evidentemente también se había fijado en mí. No creo ni que vaya yo, confesé. En ese momento se alzó y, estampándome un beso en la boca, corrió, sin venderme nada, hacia un joven alto y fuerte, que la cogió de la mano y se la llevó consigo.

Con las yemas en los labios, intentando retener su beso, los vi irse y empequeñecerse calle arriba.

Un japonés, en el que no había reparado, estaba rodando con su digital, quizá desde el principio. Cuando reaccioné ya era tarde. El improvisado cámara y testigo de ese instante fugaz se había perdido entre el gentío.

* Una iguana me miraba sin interés.

Viernes, 29 de Enero de 2010 14:16 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Fandangos del 'Albisín'

Lo pongo en la enciclopedia,

no tengo más horizonte

que escuchar Marina Heredia

cantando en el Sacromonte.

Miércoles, 16 de Diciembre de 2009 11:10 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 7 comentarios.

Somos

Somos hasta que dejamos de ser
todo está bien o no está bien
mientras nos saludemos.
Porque cada día es una victoria.
Vivir, convivir, es un juego
y morir es tan fácil.

Miércoles, 09 de Diciembre de 2009 10:25 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

La gente que me mira

La gente que me mira y yo en silencio

por la calle camino desosiego

de mi alma, desalmado, desatento,

pues la taso a buen ojo de cubero.

 

Yo me siento en un valle de amargura

y la piedra que aprieta se desangra,

pasto en llamas, dolor, no tiene cura,

perdidos corazones en la manga.

 

Un camino a lo lejos bien distante

que recorro con venda entre mis sienes,

porque el fuego, mi amor, está vacante,


se me agota la fuerza de mis bienes.

Una vida tranquila me es bastante,

el campo florecido que tú tienes.

Martes, 01 de Diciembre de 2009 09:49 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Fandango

Por si acaso me das paso,

suelo pasar a tu lado,

y ahora que me haces caso

yo me hago el disimulado;

en eso está mi fracaso.

Miércoles, 25 de Noviembre de 2009 09:16 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Nunca tuve prisa

No, nunca tuve prisa.
Quise esperarte
entre los pliegues de mi otoño.
Que si la belleza es efímera,
a mí me gustan
las estrellas fugaces.

Miércoles, 11 de Noviembre de 2009 09:03 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 4 comentarios.

Los siete cabritillos

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Mi niño Juan me pide de vez en vez algún cuento que ya conoce para afianzar sus datos, para enriquecer sus imágenes o para tirarme de la lengua y que le comente lo que se escribe entre líneas.

Muchas veces, lo que pretende es que recree los cuentos, que les de otra vuelta de tuerca o que incluya en mi relato circunstancias colaterales, inapreciables a símple vista.

Con el cuento de Los siete cabritillos tiene un seguimiento especial, pues, desde muy pequeño (él, no yo, por supuesto), le estoy contando las aventuras de esta familia de rumiantes desobedientes de dos formas diferentes.

Hace unos días, me pidió que le contara una versión diferente de Los siete cabritillos (yo me lo he buscado).

Así queda:

El lobo feroz se escondía detrás de un árbol, vigilando el camino, por el que pasó inocente un pequeño cabritillo. La fiera le saltó al encuentro, con la boca hecha agua, y gritó, con las zarpas levantadas: "Hoy me comería un cabritillo". El animalito, sin inmutarse, le respondió: "Pues te vas a quedar con las ganas, que yo soy una gallina. Co-co-co-co...". Y así, cacareando siguió su camino. Si acaso, advirtió al lobo, detrás suya sí que venía un cabritillo.

No le quedó más remedio que regresar al acecho, tras el árbol. Por el camino, se acercaba entonces el hermano inmediatamente mayor. El lobo se le puso delante y, relamiéndose, le comunicó: "Hoy me comería un cabritillo". El segundo de los cabritillos se quedó pensando y, como el anterior, exclamó: "Pues te vas a quedar con las ganas, que yo soy una gallina. Co-co-co-co... Detrás mía viene un cabritillo hermoso".

Volvió feroz el lobo a su escondite, cuando vio llegar distraído a un cabritillo más grande que el anterior. Le salió al encuentro entonces y, con un rugido tremebundo, le dijo: "Hoy me comería un cabritillo". El cabrito, acariciando sus cuernos, que ya despuntaban, le comunicó al hambriento: "Pues te vas a quedar con las ganas, que yo soy una gallina. Co-co-co-co...". Y, cacareando, cacareando, gritó mientras se iba que un cabritillo de gran tamaño le seguía los pasos.

Al resignado lobo se le iban acumulando tanto las ganas como las contrariedades. Con el cuarto, el quinto y el sexto cabritillo se repitió la misma operación. Sus dientes, su estómago y su pensamiento, estaban decididos a comer cabritillo, pero sus ojos le engañaban. Así que se lavó la cara y limpió sus anteojos para que no se le escapara nada.

El séptimo cabritillo era casi adulto, de cuerno grueso y afilado y barbita descuidada. El lobo, antes de que algo sucediera, le dijo a su posible víctima: "No me digas nada. Tú eres una gallina". El animal le aclaró, empezando a correr tras el hambriento: "No. Yo soy un cabritillo y te voy a aplastar".

Mientras iba huyendo del cabritillo feroz, el lobo se lamentaba: "Si lo sé, se me habría antojado una gallina".

Juan se ríe mucho y yo lo apunto para que no se me olvide, como las otras versiones.

Lunes, 09 de Noviembre de 2009 13:36 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 4 comentarios.

Más vale pájaro en mano

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Cuando, en torno a la mesa, alguien aludió a la belleza intemporal de Judith Mascó, todos los presentes estuvimos de acuerdo con el aserto, si bien, las preferencias entre las top models y las estrellas del celuloide fueron variando. Había quien dejaría todo por Eva Herzigova, quien mataría por Claudia Schiffer, quien se inclinaba por el exotismo de Naomi Campbell, quien no tenía ojos más que para Angelina Jolie, quien, ya puestos, se quedaba con la belleza hispana de Penélope Cruz y quien, para eso, corría al país vecino para gozar con Laetitia Casta o con los encantos aristocráticos de Carla Bruni. Yo, en silencio hasta ahora, dije que, ante todas ellas, prefería la hermosura de la Alberta, de cuerpo presente. La Alberta era una chica de carnes prietas, coleta neutra y deliciosamente estrábica, que, desde algún tiempo salía con nuestro grupo. Me miró entonces, apenas sonrojada, y ahogó una exclamación, antes de que el novio, también callado desde un principio, la cogiera de la mano, vindicando su posesión, ahora más cara, desde mi declarado interés. Yo sólo pensaba, pensé, cuando Degas expresó la idea de que “Las reinas están hechas de distancia y cosmética”. Pero, ante las miradas varias de mis amigos, no dije nada. Cogí la cerveza y pegué un largo trago, antes de abandonarme al partido de la Eurocopa que ya empezaba en un televisor elevado.

Miércoles, 04 de Noviembre de 2009 11:12 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 4 comentarios.

Las entretelas de Ferrer Lerín

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Hace tiempo, mucho tiempo, casi recién salido, leí este libro, que su autor me envió gentilmente desde su tierra aragonesa.

Casi inmediatamente lo anoté e hice una pequeña reseña con intención de publicarla en alguna plataforma al uso.

La oportunidad, en contra, me fue adversa y, como tantos escritos, quedaron amontonados en mi archivo virtual.

El libro, llamado Papur, de Ferrer Lerín, queda solapado por una nueva obra poética de este mismo autor, Fámulo.

Antes de que caduque totalmente, quiero participar mis impresiones en esta página.

Sumergirse en las páginas de Papur es como abrir un cajoncito en la memoria de su autor. Es como levantar la tapa de esa caja que tienen los coleccionistas indefinidos particionada en pequeños habitáculos que con mimo conservan algunos de sus hallazgos y recuerdos más queridos. De esta manera, Ferrer Lerín nos muestra destacados de sus lecturas, apuntes sobre sus vivencias u otros aconteceres apócrifos en primera persona, en los que él bien podría ser el protagonista, cuestiones filológicas, pequeños cuentos documentales y retazos de ese apasionante mundo de ornitología, que bien conoce. Son breves entradas donde se dan cita el conocimiento, la erudición, la poesía, la investigación… Viene dividido en cuatro apartados, donde se imbrican estos pensamientos compartidos: Bibliofilias, Facsímiles, Series y Varios. Adjunto la primera entrada que tiene mucho de imaginativo biográfico, llamado Bibliofilia 1:
«Ambos fallecieron el día de San Ignacio y a la misma hora de la madrugada. Mi abuela paterna en la casa familiar de Ix en 1959 y mi padre Francisco, veintisiete años después, en su vivienda-consultorio de la ciudad de Barcelona. Como primogénito me cupo el honor de entrar primero, una semana después de su muerte, en la secreta biblioteca contigua a su despacho. Los libros del armario central, todos encuadernados por Brugalla, se disponían por tamaños.
»Extraje uno, el que quedaba exactamente a la altura de mi brazo, un ejemplar en octavo -el tomo V de las Obras Escogidas de Metastasio, impreso en Aviñón en 1808- y, al abrirlo, cayó planeando hasta el suelo una hojita de papel casi transparente escrita a mano con una elegante letra en tinta ahora rosada y que decía así: "Se que en el mes de agosto del año de 1986 alguien leerá por fin esta breve nota y que en esos días una dolorosa pérdida anegará su alma.»

Si dividimos el libro en tres, la tercera parte, hacia el final del libro, pertenece a otra pequeña obra llamada Die rabe y dos breves guiones. La tintada de las páginas varía, incidiendo un poco más en la elegancia formal de un libro bellamente editado. De un papel ligeramente ahuesado, éste se argentina, para internarse en el mundo cinematográfico con tres tipos de guión. El primero de estos filmes, Die rabe, nos sumerge completamente en un mundo onírico donde se dan cita tres constantes obsesivas que se han venido desarrollando a manera de apunte en Papur, o sea, en la obra principal. Estas son: la imagen del padre (que a veces se confunde con la del hijo y su obra) que actúa como alter ego del mismo Ferrer Lerín. El segundo lugar lo ocupa, con toda legitimidad, las aportaciones ornitológicas y faunísticas en general, con abundante presencia de animales y sobre todo de aves, que se acompañan con su nombre científico (golondrinas –hirundo rustica-, sapos corredores –bufo calamita-, jilguero –carduelis carduelis-, alondra –alauda arvensis-…). No en vano, el autor, como ya he apuntado, es un afamado ornitólogo. Por último, una idea macabra, como un sueño obsesivo, se verifica en varios momentos de este texto, hasta que al final se impone como la razón de ser de la historia. El posible recurso, accidental o provocado, de alimentar a los córvidos y otros carroñeros con carne humana, aunque sea la propia.

El segundo de estos textos es el esbozo de un guión para una película de serie b, incompleto e interrumpido por el propio autor advirtiendo el tópico de su planteamiento y posible desarrollo. Ferrer Lerín, de todas formas, habrá visto algo en él, que nosotros descubriremos, para incluirlo en este compendio y no mandarlo directamente a la papelera.

Por último, en Se describe una extraña historia, rescata un relato publicado en La hora oval (1971) y en Ciudad prohibida. Poesía autorizada (2006) y lo hace guión, donde, remedando a Thomas de Quincey, considera el asesinato como una de las bellas artes.

* Ferrer Lerín, Francisco: Papur. Zaragoza: Eclipsados, 2008.

Martes, 03 de Noviembre de 2009 09:21 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Nunca dejamos que se nos notase

Nunca dejamos que se nos notase.
Nuestros caminos iban paralelos,
las sombras se alejaban, sin embargo.
Paso firme sin siquiera mirarnos,
unidos en el fondo y en la forma,
con las manos metidas en el saco.
Renegamos tres veces uno de otro;
olvidamos a fuerza de no ser.

Miércoles, 28 de Octubre de 2009 12:37 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 1 comentario.

Nuevo haiku

Me dan la vida,
cuando tropiezo y caigo,
tus cinco otoños.

Jueves, 22 de Octubre de 2009 14:39 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

La bruja Edelvira

No era la primera vez que Edelvira torcía senderos y enturbiaba la fraternidad vecinal. Hacía pocos años en que la vino a consultar la viuda de un boyero por un asunto delicado. Su prima de ella, también de origen bastetano, cuando dormía fantaseaba con su marido, fallecido de una mala digestión, al que Edelvira conocía bien. Lo supo a su vez por un sueño que ella tuvo en el que yacían juntos y se ayuntaban sin pudor en cualquier cruce de caminos, y unidos de la mano, sin ropa alguna, con los puros cueros, se reían de ella. Musitaban los secretos maritales del boyero en vida y de su legítima y hacían chanzas de ello y, sin vergüenza, volvían a mofarse.

A cambio de un buey joven, buen trabajador, con la nariz anillada de hierro pulido, a ver si alguna justicia de hechicería pudiera ordenar las cosas en su sitio. Que no quiero mal a ella, decía la boyera, y mucho menos a mi marido, que en paz descanse. Que quiero sólo una advertencia, una señal breve pero rotunda para que mi prima, por temor o reflexión, reniegue del difunto.

Edelvira decidió, tras aceptar la mansedumbre del cornudo, que una reprimenda indolora, que una llamada de atención puntual, podría ser el aojamiento de sus gallinas, pues la prima se dedicaba a la venta de huevos frescos que recogía a diario de dos docenas de ponedoras que cacareaban comiendo gusanos en su montaña de estiércol.

Firmado con guiño y palmada, y unas cuantas plumas de las susodichas aves para realizar el embrujo, la curandera no tardó en proferir humeante sortilegio por un tiempo definido de siete amaneceres.

Al día siguiente, la prima de la mujer del boyero, acudió a la vieja quejándose de que sus gallinas habían dejado de poner. Que sospechaba de su prima y de un mal encantamiento hacia su persona, a través de las aves de corral, pues siempre le había tenido celos. El boyero, su marido de ella, a quien la bruja atendió en sus últimos suspiros, aunque un poco giboso por unos flujos de aire interno que le llegaron al corazón, era hombre muy macho que la deseaba, sin que ella empeñara su virtud. Pero las miradas lascivas, el acoso constante y los descuidos en soledad, dieron pie a pensar en que había trato carnal entre ellos sin ninguna duda, porque, cuando el río suena, agua lleva, y piedras, incluso.

Por más que ella renegara de él delante de su prima, por más que jurara su inocencia, la obtusa condena estaba dictada. Para la mujer del boyero, ella era la hetaira que no dejaba en paz a su marido, que se subía la saya en su presencia, aleteándole la entrepierna, y se le ofrecía como quien tiende plato jamonero a su invitado. El boyero, como hombre, carne débil de la creación, no se podía resistir a tan floreciente manjar. Ella, su prima se veía encornada y verde de achares, que hasta después de muerto, seguía sospechando de ella, quien por fin había respirado con la muerte, no porque hubiera fallecido, pobre hombre tan hombre, sino porque ella quedaba libre de la persecución del jorobado y de la brutal pelusa de una prima insegura, que si no le hubiera negado beso y cama cuando él volvía solícito de arrear a los bueyes por esos caminos, esos surcos y esas eras, otro gallo le hubiera cantado, porque él no tendría que ir persiguiendo a ninguna hembra para cometer el pecado del mundo.

La vieja herbolaría oía esto sin llegar a comprender el entuerto y lo que hubo o no con el hombre tan hombre que arreaba bueyes por las cañadas y que se murió de un empacho sin saber que después de muerto se iban a tirar de los pelos su mujer y la prima de ésta por cuestiones de celos en vida y devaneos necrófilos una vez enterrado, que ni morirse lo pudo hacer en paz. Que en paz descanse en el otro mundo, porque, lo que es en éste, continúa en guerra.

Edelvira, primero sin querer y luego conscientemente, decidió sacar partido de esta historia. A la prima de la mujer del boyero le comentó que ella, la hechicera con sus hechicerías, podía hacer que sus gallinas volvieran a poner en seis días, que era el plazo que le quedaba para que pasara el aojamiento, si a cambio recibía dos ejemplares lustrosos de su corraliza y un gallo de buena simiente y exacto en su madrugar, que encrestados se conocían que cacareaban antes de amanecer o cuando el sol ya andaba subido.

La prima de la mujer del boyero se apresuró a decir que añadiría un par de palomos si ella, la vieja Edelvira, además aojaba a una vaca que su prima mantenía en un establo que ordeñaba dos veces al día. La bruja aseguró los dos pichones con una visita de cortesía a la mujer del boyero en la que en un descuido miró mal a la becerra para que se le agriase la leche una temporada.

Así siguieron prima y prima maldiciéndose la una a la otra por mediación de Edelvira, que iba aumentando sus beneficios en esta lucha sin sentido. Hasta que una tercera prima, carbonera por parte de padre, para más señas, enterada en confidencias de los tejemanejes de la vieja adivina, decidió reunir a sus parientes, la prima de los huevos y la mujer del boyero, y contar abiertamente, apoyada por el asentimiento de cada una de ellas, el engaño que sufrían y el provecho que a su costa beneficiaba a la oscura mujer.

Las infelices, rojas de rabia, decidieron denunciar a la malvada y sus oscuras inclinaciones ante las autoridades de la ciudad para que la condenaran después de escarmentarla con los refinados suplicios de la justicia.

Edelvira, a través de un gato negro, o de ella misma transformada en pardo felino, adivinó las aviesas intenciones de sus víctimas, voluntarias por otra parte, y, adelantándose a sus propósitos, un encantamiento les salió al encuentro.

Poco después de atravesar el puente de doble ojo, las dos primas tuvieron que tomar asiento al borde del camino, en el mismo suelo, aquejadas de grandes pesares. A la mujer del boyero se le comenzaron a inflamar los pechos, hiviéndoles de dolor. A su prima, un apretón en el vientre la revolcaba por el suelo. Ésta puso dos huevos, de los que salieron sendas serpientes, que empezaron a succionar de los pezones desabotonados de aquella.

Enseguida, con las lágrimas saltadas, fueron concientes de la responsable de estos tormentos e, intimamente, pidieron perdón y se arrepintieron de haber pensado si quiera en la denuncia. Al momento, los reptiles desaparecieron y las penas cesaron y allí, como estaban, medio desnudas y tendidas en el suelo, entre aulagas, confesaron mutuamente sus sospechas y envidias, al igual que la participación de la bruja entre ellas. Lloraron, se consolaron y prometieron reanudar su confianza y olvidar sus injustificados celos.

Nada dijeron a nadie y menos a Edelvira, que prendió velas con olor a romero, pues había conseguido que las dos primas se hermanaran, como le prometió en el lecho de muerte al difunto boyero.

* de Septimio, el descabezado de Iliberis.

Viernes, 09 de Octubre de 2009 09:12 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Cuando el roce continuo

Cuando el roce continuo
se produce entre dos,
la bondad dulcifica
las violentas aristas
que la naturaleza
se olvidó de ocultar.

* de Pequeños poemas para salir de casa.

Miércoles, 07 de Octubre de 2009 09:20 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 1 comentario.

Una letrilla por tangos

Navegando en internet.

Mi vida se va secando,

que me falta tu querer.

Miércoles, 30 de Septiembre de 2009 09:29 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Nunca he sabido

Nunca he sabido
el nombre exacto de los árboles,
nunca el vuelo ensayado
de algunos pájaros.
Nunca he sentido
tus lágrimas en mi pañuelo.
Nunca volvimos
por el mismo camino.

* de Pequeños poemas para salir de casa.

Miércoles, 23 de Septiembre de 2009 09:37 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 4 comentarios.

Ligero de equipaje

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Baúl de Prodigios de Miguel Ángel Zapata

Escribir un microrrelato notable no es tarea fácil. Llegar a la docena o a las dos docenas con un mínimo de calidad e interés ya es un prodigio. Pero publicar ciento treinta minicuentos, algunos de sólo dos líneas, de excelentes resultados, está en manos de unos pocos. Miguel Ángel Zapata (1974) ha conseguido eso, y algo más, en su libro Baúl de prodigios. Como digo, esta obra no sólo reúne una gran compilación de textos, algunos de ellos sobresalientes, sino que todos y cada uno de ellos participa de un todo, se hilvanan dentro del libro como si de escenas de una misma novela se tratara. Así, el baúl de Miguel Ángel, se convierte en un baúl de sastre donde todo entra, pero con un cierto orden, con un camino claro que nos conduce a un mundo íntimo y extraordinario, una brújula loca que nos guía al universo de su autor. Nos seduce, nos deslumbra, nos sorprende.

Dividido en cinco partes: Manual de seres impares, Dialéctica de lo inerte, Frutos celestiales, Necronología y Sueños de un loco dormido dentro de un baúl, Zapata nos va desgranando esa cosmogonía personal, alterándonos a cada instante con posibles prodigios asombrosos o con la cotidianidad más absurda, colocándose en la esfera del barcelonés Joan Perucho. Limpiando, como éste, su prosa de adjetivos superfluos y eligiendo palabras en un lenguaje culto, que le da valor por sí sólo al texto.

Cada cuento tiene diversas lecturas, diferentes interpretaciones, logrando así una interminable historia de múltiples visiones, donde se dan cita lo cruel y lo tierno, el amor y el desprecio, la vida y, sobre todo, la muerte, que siempre está presente, como una obsesión o la meta inexcusable a la que todos llegan.

No diré más, pues de brevedad trato. Sí deseo dejar un cuentecito cogido al azar que puede resumir lo que de este libro cuento. (O todo lo contrario.)

Su título: Precaución. Y el relato dice así: “Siempre llevo mi cadáver dentro del maletero del coche. Nunca se sabe cuándo te puede sorprender la muerte”.

* Miguel Ángel Zapata. Baúl de prodigios. Granada. Traspiés, 2007

** Publicado en el nº 21 de Letra Clara, abril 2008

Martes, 22 de Septiembre de 2009 09:24 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 8 comentarios.

Alegrías de tierra adentro

En mi casa a mí me llaman

marino de tierra adentro;

siempre que voy a la playa

sólo me mojo por dentro.

 

Con la cerveza en la mano

me siento en el chiringuito

con el pelo humedecido

comiéndome un pescaíto.

 

Como no tengo mar

nunca me baño;

que un poquito de sal

me va sobrando.

Miércoles, 16 de Septiembre de 2009 10:34 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Otro haiku

Amaina el viento.

Palabras en la cara,

ahora son besos.

Miércoles, 29 de Julio de 2009 10:29 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Haiku

Blancas ardillas

hacen del tronco herido

su madriguera.

 

Miércoles, 15 de Julio de 2009 10:54 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Haiku

Todo el mar cabe

en la esquina salobre

de aquella lágrima.

 

Miércoles, 01 de Julio de 2009 11:49 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 5 comentarios.

Hay mujeres que son maltratadas

Hay mujeres que son maltratadas,

y que no denuncian.

Pero al final mueren.

Hay mujeres que son maltratadas,

y denuncian.

Pero al final mueren.

Hay mujeres que son maltratadas,

denuncian, aunque perdonan.

Pero al final también mueren.

Porque si el hombre es el único animal

que tropieza

doblemente con la misma piedra,

la mujer es el único ser

que tropieza dos veces con el mismo hombre.

* Nos acercamos a la trreintena de mujeres asesinadas este año por violencia del hombre.

Miércoles, 24 de Junio de 2009 11:43 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

La cansada infiel

Estando de borrachera,
quise llevármela al río,
aunque no fuera soltera.
Fue la noche de Santiago,
que compramos unos litros,
se apagaron las farolas,
se escucharon unos gritos.
Bebimos en las esquinas,
toqué sus pechos dormidos,
y abrimos otra botella
de sabores amarillos.

* Con mis respetos a Federico y a su poema "La casada infiel" (como la Torre).

Jueves, 18 de Junio de 2009 09:52 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

El beso robado (y 4)

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Mario

Vaya noche más completa. Salía yo con un mosqueo de mi casa. Había vuelto a suspender todo. O sea, todo lo que tenía entre manos. La Estadística, que me presentaba ya a la tercera convocatoria, y no hay forma de sacarla. Si es que no la entiendo. Por más vueltas que le doy, es imposible. El carnet de conducir tampoco lo he aprobado. El teórico, porque cuando me examine del práctico, no voy a tener ningún problema, llevo cogiendo el coche de mi padre desde los dieciséis años. Y, para colmo, suspendí también con una chica. Una cita a ciegas que nos organizaron los compañeros. Mira que les dije que no iba a funcionar. Quedamos para tomar café. No estaba mal. Sus ojos eran sobresalientes. Pero empezamos a hablar y no encajamos. No teníamos casi nada en común. Intercambiamos los teléfonos. Que nos llamaríamos en otra ocasión. Yo sabía que no me llamaría nunca más. Yo, tampoco la llamaré. Cuando coincidamos, le propondré empezar del principio, como si no nos conociéramos de antes. Que, en el café, yo no era yo. Bueno, sí que era yo, pero no me comportaba como yo habitualmente. También sé que ella quiso impresionarme. Se maquilló más de la cuenta para mi gusto, y se puso un vestido palabra de honor, creo que le dicen, con los hombros fuera, que parecía sacada de una película de adolescentes norteamericanos el día de su graduación. No creo ni que fuera cómoda con él. ¡Lo que hacen las mujeres! No pegábamos ni con cola. Además, en vez de hablar de todo un poco, y, sobre todo de ella, que es lo que les gusta, comencé a largarle todos mis problemas y mis fracasos recientes. Se agobió. Y yo me agobié por su agobio y por mi estupidez. Quise arreglarlo comprándole una rosa de esas que venden por los bares. Que a mí no me compres eso, me dijo, delante del indio y todo. Que yo estoy en contra de la explotación y la doble moral de los gobiernos. Que no entendemos el problema real de la inmigración. Que si tal, que si cual. ¡Qué espectáculo! Vestida de merengue y con ese discurso. No sabía qué era mejor, si comprarle la flor o no, si comprarle todo el ramo o salir corriendo. ¡Pies, para qué os quiero! Además, no tenía nada que ver con ella. Esa estampa no me pertenecía. Lo mejor fue despedirnos en la puerta de la cafetería sin ponernos excusas si quiera. Los dos estábamos deseando que se acabase todo. Me fui destrozado. Por todo y por lo absurdo de la vida, de las cosas que pasan. Debería ser tan sencillo en cambio. Busqué a algún amigo y no encontré ninguno. Después de más de una hora de dar vueltas entré en un bar y me tomé dos cervezas para recuperarme. Después visité a un amigo en su garito. Allí siempre me tomo dos más y él me invita a otras tantas. Con el pico caliente, seguí cerveceando un rato más, hasta que cogí mi bolsa y decidí retirarme. En ese momento todo me parecía anecdótico, todo había tenido su gracia. Lo del suspenso de Empresariales, lo del carnet y hasta lo de la cita a ciegas con el merengue comprometido. Al pasar por una esquina camino a casa, veo a dos discutiendo y a otra más allá. Tenían una cara de cabreo que me daba risa. Que sí, que no. Que no, que sí. Y, cuando llego a su altura, ella dice que le daría un beso al primero que pasara. Miré hacia el lado, hacia atrás y yo, no sólo era el primero en pasar, sino que era el único. Sin pensarlo dos veces (después del día que llevaba no me iba a poner a pensar en las consecuencias), solté mi bolsa, cogí a la chica por la cintura y junté mis labios con los suyos. Ella también me devolvió el beso. Me cogió la cabeza y su beso me supo a gloria. Acto seguido, la mano recia del chico se estrelló en mi cara con tal contundencia que me tiró al suelo. Sin embargo, no perdí la sonrisa.

 

Jueves, 04 de Junio de 2009 19:08 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 6 comentarios.

Soleá

Tengo una pena muy mala

me río durante el día

y lloro solo en mi cama.


Pretendes mi dinero;

mira que las tuercas se aflojan,

quiéreme a mí primero.

* Sin querer profundizar mucho más en el flamenco, apunto este par de soleares.

Miércoles, 03 de Junio de 2009 12:45 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

El beso robado (3)

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Lidia

Joder, qué lío tengo. La otra noche me planteó Ángel ir al cine. No es mi plan favorito de una tarde de sábado, pero, como no teníamos otros planes, me pareció bien. Entonces se lo dije a Mónica, que me la encontré en la escalera. Ella, al principio no quería venir para no interferir en nuestra relación. Que conoce a Ángel, me dijo. Si ella tuviera pareja sería otra cosa. Yo podía haberle tomado la palabra y que no viniera. Pero me dio cierta pena en parte. Y también por mí. No voy a renunciar a mis amigas porque tenga novio. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Fuimos a una de esas películas que le gustan a Ángel. De esas del espacio y de cohetes. Yo me puse en medio, como es lógico. Así que me tocó aguantar el paquete de rosetas. Yo, la verdad, como pocas o no como. ¡Me dan una tos, que no puedo! Los dos cogían alternativamente, creo. Pero, casi al final de la película, se me ocurre mirar para abajo y Ángel da un respingo. Estaban cogidos de la mano. Así, tan campantes. Delante de mis narices. Es que soy tonta. Encima que la invito, me ponen los cuernos. Mi vecina, mi amiga. Mi intención era levantarme e irme, pero, cómo los voy a dejar a los dos solos. Para colmo la noche continuó en una pizzería y después en un bar del centro. Cuando Mónica fue al baño, le pregunté a Ángel qué había entre ellos. Y, el cara dura, me dice que nada, que no lo ha habido ni lo habrá. Y que lo del cine fue un malentendido, un accidente. Así se llama ahora: accidente. Que te pongan los cuernos delante de tus narices es un accidente. Mi cabreo crecía por momentos. Ángel también se enfadó o hizo como si se enfadara. Cuando volvió Mónica, que se había pintado un poco, él le hizo una mueca. ¡Lo que faltaba! Encima sonrisitas. No lo podía aguantar. ¡Tendrá cara dura! Encima, propuso tomarnos un cubata allí, donde la conocen. Eso ya es un golpe bajo. Ángel, para disimular, dijo que él no iba. Hubiera sido un buen momento para pedirle explicaciones a esa putilla de tres al cuarto. Pero no. Al final fuimos los tres a ese sitio cutre, cutre, cutre. Me tomé un zumo que me sentó hasta mal. Ángel dijo que nos acompañaba. ¡Qué pesadilla! No podía haberse ido ya a tomar por el culo. No, tenía que acompañarnos hasta la mismísima puerta. Intentó cogerme de la mano. Intentó hablarme. Me dijo que me quería con las lágrimas asomando. Pero yo ni caso. Aunque, al llegar a casa me ablandé y él se puso otra vez rígido. Que me besara, si quería, al final le dije. Que subiera al piso. Que podíamos darnos otra oportunidad. Como no reaccionaba, el beso se lo intenté dar yo. Y entonces me quitó la cara. El muy cerdo me despreció. Así que, en un arrebato, dije que necesitaba un beso y se lo daría al primero que pasara. Lo dije en broma, claro está. Pero un chico alto, con pelo largo, buenísimo, que me había oído, me tomó la palabra. ¡Qué bien me sentó ese beso! Ángel, se volvió entonces, y le dio una hostia que lo tumbó antes de irse. Se llama Mario.

* Fragmento del beso de Rodín.

Martes, 02 de Junio de 2009 10:11 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

El beso robado (2)

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Ángel

No sé cómo empezar. Me gusta Lidia. La quiero. Pero a veces me pone las cosas muy difíciles. La otra tarde quería que estuviéramos solos como una pareja normal. Que fuéramos al cine, tomar algo y todo eso. Y hablar. O no hablar. Simplemente estar juntos, mirarnos, cogernos de las manos, darnos un beso (o cien) y, quizá, fuese la noche apropiada para que me invitase a subir a su casa… Pero no. Se tuvo que presentar con Mónica. Siempre Mónica. Parece su sombra. Estoy harto. Con ella no podemos hacer nada. Ir como amigos, como a los diecisiete años. Y no es que me caiga mal. Mónica es divertida. Y, bien mirado, está hasta buena. Que tiene un culo… No me importaría en un momento dado quedar con ella. Pero hay días y días. Y ese día era especial. Se podía haber quedado en su casa o salir con María del Mar y Daniel, que hacen un buen trío. Daniel dice, sin embargo, que tengo suerte. Que por el precio de una tengo dos. Que me aproveche. Que no sea tonto. Cómo si fuera tan fácil… Lo dicho, estábamos en el cine. Un peliculón de los que me gustan. Futurista. Aunque a las niñas no les gustó mucho. Yo creo que no se enteraron ni de la mitad. Están en Babia. ¡Así son ellas! Mientras no haya amores y lágrimas, las películas no son buenas. Lidia tenía las palomitas sobre su falda. Yo me demoraba en coger, así estaba más cerca de sus piernas. Su mano libre agarraba la mía y yo, la suelta, la llevaba del paquete a la boca. En un momento, Mónica me cogió de la mano. No sé por qué. El corazón se me aceleró pensando si fue adrede o sin querer. Lidia se dio cuenta de todo menos de mi sonrojo, por la oscuridad del cine. Menos mal que estaba oscuro. Por instinto retiré la mano rápidamente. Cuando salimos fuimos a una pizzería a comer alguna cosa. Lo propuso Mónica. A mí me pareció bien. Siempre tengo hambre. Además, necesitaba tiempo para reflexionar, para aclarar que yo no tenía nada que ver con esa provocación, con ese manoseo. Después de comernos un par de pizzas entre los tres (no quisieron ensalada ni ninguna otra entrada), Mónica se fue al baño y Lidia aprovechó para echarme en cara lo de las “manitas” que hicimos delante de sus narices. Que se nos vio el plumero, dijo ella. Fue una casualidad, dije yo. Metimos las manos al mismo tiempo y se rozaron sin querer, proseguí. Parece que cada cosa que decía empeoraba la situación. Esto es como lo de los abogados: cualquier cosa que digas puede ser utilizada en contra tuya. Además, le dije ya ofendido, si no te fías de tu amiga no haberla traído, que nos ha jodido la noche encima. Ella dijo que era un cabrón y dejó de hablarme. Cuando se enfada sin razón me pone atacado. Se calla y que yo le adivine el pensamiento. Quien tenía que estar enfadado era yo. Así que también le hice el vacío. Me quedé como un muerto. Cuando llegó Mónica intenté sonreír pero no me salía. Propuso ir a tomarnos una copa. Yo dije que mejor me iba. Lidia apoyó mi decisión. Así que, al final, no me fui. Y Lidia tampoco. No hablamos nada en aquel pub incómodo y caro que le gusta a Mónica. Ella sí habló. Tonterías. Cosas de mujeres. Cuando acabamos, dije de acompañarlas, aunque sin ganas. ¡Maldita suerte! Las guié hasta la puerta de su casa y les dije adiós. Mi paciencia había acabado. Lidia me pidió un beso. Después de la noche que me dio va y me pide un beso. No, que va. Volví la cara y no le hice caso. Yo también quería besarla, pero no podía. Sería el estúpido orgullo que me lo impidió. Era necesario detenernos un poco y recapacitar. Necesitaba tiempo. Entonces me amenazó. ¡Eso sí que no! Así si que no se consigue nada. Dijo que necesitaba un beso, que si no era el mío sería el de cualquiera. Me volví con cara de quien dice “eres patética”. Y, en ese momento, un peluo soltó su mochila y le endiñó un beso en los morros a mi Lidia, que me dio un asco. Que me volví y, con el impulso y la rabia, le di un puñetazo con la mano abierta en toda la cara que se cayó al suelo, con su sonrisa de estúpido todavía puesta. Miré a Lidia con desprecio. Como con ganas de llamarla puta, de no sabes lo que haces. Me di la vuelta y me fui rápido.

* Ilustración de Nuria Quevedo para el libro "Casandra" de Christa Wolf, Círculo de Lectores, 1987.

Lunes, 01 de Junio de 2009 09:59 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

El beso robado (1)

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Mónica

Qué fuerte lo que le pasó a Lidia el otro día. Bueno, a Lidia y a su novio. Iba yo con ellos. No es que me guste. Pero siendo una de las mejores amigas de Lidia, me suele llamar para salir con ella. A mí no me gusta salir con parejas. Prefiero cuando salimos las chicas solas. No sólo es más divertido, sino que cada una va a su bola. Hacemos lo que queremos sin ningún novio o marido al lado que te corte el rollo. Como cuando nos metimos en el bar gay. Todos creían que éramos lesbianas. Nos besamos y todo para seguir con el rollo. Fue superdivertido. Pero con parejas es distinto. Además, llega un momento de la noche que se enrollan, aguándote la fiesta. Y yo qué. A mirar para arriba, a limarme las uñas hasta que acaben, a hacer cola en el lavabo… Aunque hay otras parejas peores. Manolo y Susi, que no se sueltan de la mano ni a la de tres, y se llaman ratoncito. Qué cursi. Es superempalagoso. Así no dan ganas ni de tener novio. Aunque si lo tengo, puede que hagamos lo mismo. Otra vez, el novio de María del Mar no hacía nada más que tirarme los tejos. ¡Qué fuerte! Y yo, qué me dejes. Hazle caso a tú novia. Yo, la verdad, aspiro a otra cosa. Se lo tuve que decir, aunque no me importaría tener un rollito con Daniel. Pero eso a una amiga no se le hace. Sería supercutre. Me fui a mi casa y ellos cabreados. Daniel le tira los tejos a cualquiera. Si no está a gusto con María del Mar que la deje y punto. Ahora parece que se van a casar. Se han comprado un piso. Yo creo que no van a durar mucho tiempo. Lo malo es si tienen niños… Esto es un lío. Bueno, lo que estaba diciendo. Como insistió tanto Lidia, le tuve que decir que sí, que me iba al cine con ellos. Después de la película, de esas de marcianos, que no se las cree ni dios, nos fuimos a la pizzería. Algo había que comer. En el cine se portaron. Creo que no se dieron ni un beso. Se limitaron a estar cogidos de la mano y comentarse cosas al oído mientras compartían un paquete de palomitas. Bueno, mientras compartíamos un paquete de palomitas. Lo sostenía Lidia, y yo a la izquierda y Ángel a la derecha, cogíamos indistintamente de la bolsa. Nuestras manos, las de Ángel y las mías, se juntaron en una ocasión. Yo di un brinco y me puse roja, creo. ¡Superfuerte, oye! Seguro que me puse roja. Por eso casi no comí más palomitas. Que estaba un poco harta, le dije a Lidia. Abrí mi lata de cola y me la bebí en silencio. La película tampoco me gustaba mucho. La eligió Ángel. Qué vamos a hacer. En la pizzería también compartimos pizza. Bueno, pero allí con más orden, había luz y no estabas pendiente de la pantalla. Además, a cada uno correspondían dos trozos de pizza. Así que sin problemas. Pedimos dos, pues cuatro trozos para cada uno. Pedimos postre y todo. Yo fui al baño. Deje mi parte y me fui al baño. Dos latas, tengo que soltarlas como sea. Cuando volví, no se qué había pasado. Tenían caras largas. Se habían enfadado por algo. ¡Joder qué rollo! De todas formas, propuse tomarnos una copa al pub de siempre, ése de madera vista. Para ver si se animaban, para ver si Lidia me contaba algo. Estuvimos solas un tiempo, mientras Ángel iba a pedir, pero Lidia no dijo ni mu. Al rato, con los ánimos por los suelos, decidimos retirarnos. ¡Vaya sábado! Ya en casa le sonsacaría algo, porque, además, somos vecinas. Ángel nos acompañó hasta la puerta del portal y Lidia le pidió de subir. Él, que no. Que estaba muy cansado, que trabajaba al día siguiente. Lidia vio que era inútil seguir insistiendo, así que le dio las buenas noches y, cuando inclinó la cara para besarlo, Ángel se apartó como si le hubieran puesto un cubito de hielo en la espalda. “¿No quieres besarme?”, preguntó Lidia ante la evidencia. Él dijo que mejor dejarlo así, que mañana hablarían. Ella dijo que sólo un beso. “Por favor”, parece que añadió. Anda que yo voy a pedir un beso por favor. Es superhumillante. Ángel con la boca apretada y gesto de desafío, como de quien tiene la sartén por el mango, pronunció un rotundo adiós y se dio la vuelta. Lidia casi le gritó que si no era con él, sería con el primero que pasara por la calle. En ese momento pasaba un chico por nuestra acera, moreno y alto, que oyó el comentario y, sin pensarlo dos veces, dejó la mochila en el suelo y le dio un beso a Lidia en toda la boca. No me lo podía creer. Y Lidia se lo devolvió. Vaya que si se lo devolvió. Le cogió la cabeza y todo. Fue un segundo, pero parecieron horas. ¡Qué fuerte! Un segundo fue lo que tardó Ángel en darse la vuelta y soltarle un tortazo al chico de la mochila y tirarlo al suelo. Y, sin decir nada más, se fue a su casa.

* El beso robado es un cuento en cuatro partes.

** Con un fragmento del beso de Klimt.

Jueves, 28 de Mayo de 2009 11:06 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 1 comentario.

Fandango

Al no tener yo fortuna

no me quedé ni con doce,

ahora tengo la luna,

todo el mundo me conoce,

y ya no les paso ni una.

* Con mucho respeto, he ensayado escribir algunas letrillas de flamenco.

Miércoles, 27 de Mayo de 2009 10:18 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Seminuevo

Atrás quedó
—como una polución nocturna—
el tiempo en que me puse en venta
y añadía a la singular oferta
el reclamo de seminuevo
para animar al comprador.
Que devolviera su dinero,
acaso,
si no era conforme su adquisición.
Que me quedara como estaba,
al fin,
con una triste mano atrás
y delante un cartel
para cubrir mi vergüenza.

Jueves, 21 de Mayo de 2009 09:29 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Poética

By this, and this only, we have existed

T.S. Eliot

 

Escribe y calla.
Mancha el ambiente.
Mécete cuerno a cuerno de la luna.
Haz que tu estómago haga gárgaras
con todo el semen de tu hastío.
Enjuga el paso de la vida
con la
luenga esponja del verso.

* A modo de Jesús Munarriz, en el año 86, escribí esta poética, que reviso breve para publicarla en este blog.

Jueves, 14 de Mayo de 2009 11:33 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 3 comentarios.

El descabezado

Cortaron mi cabeza,

y el corazón quiso gritar

tu nombre con amor

pero le faltaba la voz,

y mi boca quiso cantar

tu nombre con amor

pero faltaba corazón.

*Poema que introduce el cuento El descabezado (de un servidor), publicado en el bestiario colectivo "¡Qué bestias!". (Granada, junio de 1999).

Jueves, 07 de Mayo de 2009 09:29 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 1 comentario.

La estrella, esa que buscas

La estrella, esa que buscas,
se oculta apenas en la niebla.
Un intenso suspiro al menos,
una mirada para adentro,
tan sólo un roce de tu piel
para adivinar su blancura.

Deja que los muertos entierren
sus muertos.
Deja que el sol renazca
cada mañana.
Deja tu alma vagar eterna
entre la niebla.

Pues hay más cielo que el que vemos.
Cada vez que miramos hacia atrás
castigamos el porvenir,
impedimos al incierto mañana
seguir construyendo el futuro.

* Poema revisado del cuaderno inédito Entrega urgente de amores inconfesados, fechado en 1989.

Miércoles, 29 de Abril de 2009 10:14 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Por qué maté a mi marido

20090424131047-setter.jpg

Me cuenta María que estaba harta de un marido tan perfecto. No es que ella fuera boba, retrasada o algo por el estilo. Él podía pasar por un superhombre. No era excesivamente guapo, pero tenía ese irresistible atractivo que atraía a todos los que estuvieran a su alrededor. Era elegante y educado, simpático y gracioso, cuando lo requería el momento. Su humor era fino y discreto, oportuno y con gusto. Sonreía con los ojos y con una perfecta caja de dientes que parecía brillar, sino resplandeciera por entero. No era buen atleta, pero sí deportista. Salía al campo todos los domingos y recorría no sé cuántos kilómetros. Después volvía como nuevo. Las mujeres lo adoraban y los hombres le tenían una solapada envidia que, sin remedio, se convertía en una amistad incondicional. Tenía amigos. Eso sí. Si algo le sobraba eran amigos. No paraba de saludar por la calle, de ver a gente y dialogar con ellos. Sabía hablar a las personas. Sabía lo que decirle a cada uno, en cada momento. Por eso lo buscaban. Por eso también lo buscaban, mejor dicho. Tenía don de gentes.

Y me quería. Podías pensar que el problema es que no me quería. Que tenía una amante, una doble vida o celos compulsivos o razonables. Pero no. Yo no tenía queja de él ni él de mí. Era atento y fiel. Recordaba todas las fechas y advertía mis cambios de peinado. Sus detalles no se limitaban a días señalados, a veces me sorprendía con flores o una cena.

Nunca le pude dar hijos. Al principio, él se echó la culpa. Puso todo lo que estaba en su mano. Consultó a médicos, a psicólogos y se estuvo tomando fármacos. Cuando estuvo claro que la estéril era yo, lloró conmigo y me consoló; le quitó importancia y posibilitó la adopción. Pero yo no quise. Nos acomodamos a la soledad de la pareja. Colaboramos con un grupo socioeducativo para niños y jóvenes y teníamos suficiente. Más tarde nos hicimos con un perro. Le dieron un perro. Un setter irlandés que se llamaba Floro y que lo quería a él más que a mí, aunque fuera yo quien le preparaba la comida y lo sacaba entre semana. Él se lo llevaba de excursión los fines de semana y jugaba con él a la vuelta de su trabajo. Poquito, porque llegaba bien tarde. Lo teníamos en la terraza y ladraba a la calle. Un día perdió el equilibrio y se calló sobre un coche blanco. No le pasó nada, pero al del coche le tuvimos que pagar el taller para que le arreglaran la chapa del techo.

Con mi familia bien. A mi padre le ayudaba con el huerto y con sus manualidades. Lo llamaba muy a menudo con cualquier problema y él acudía raudo. Mi madre presumía de yerno y preparaba la comida pensando en él, cuando íbamos a comer. A ella también le llevaba flores, aunque no la llevara al cine. Mi hermana tenía más confianza con él que conmigo.

En la cama, casi me da vergüenza contártelo, me gusta hacerme la niña (a veces hasta me vestía de colegiala) y que él fuera mi profesor. Me porto mal, le digo. Me he portado mal. Y él me levantaba la falda y me azotaba suavemente y me hacía el amor, mientras yo gritaba como si me hiciera daño. No siempre era así, sin embargo. La mayoría de las veces era un misionero o yo lo cabalgaba hasta quedar exhaustos. Ya nos conocemos. Teníamos nuestro ritmo. Conseguimos alcanzar un punto y mantener el goce durante bastantes momentos antes de estallar. Después hablábamos. No fumamos. No somos fumadores. Sólo hablábamos a media voz, con la luz apagada. Nos quedábamos dormidos en mitad de una frase. Ni siquiera roncaba. Normalmente no ronca. Aunque si bebe o está resfriado… pide perdón y por la mañana nos prepara un zumo de vitamina ce.

Era un buen confidente. Un buen pañuelo para llorar y consolarse. No sólo mío. La gente lo llamaba y lo buscaba, como te digo. Sobre todo las mujeres. Si hubiera puesto un consultorio en vez de una clínica le habrían ido mejor las cosas. No es que le fuera mal la consulta, a ver si me entiendes, es que le absorbía demasiado. Le llevaba mucho tiempo. Hacía más de lo que debía. Además tenía su grupo. Sí, ese al que no le cobra. Los llamaba sus “huerfanitos”. Estaba compuesto por inmigrantes, pedigüeños y personas sin techo. Decía que era su pequeño grano de arena. Unas horas al día, al final del día, lo dedicaba a eso. Todos tienen derecho, me decía. Pues que se ocupe el gobierno, las instituciones públicas. Pero él, que no. Que hay gente sin papeles, que quiere decir sin derechos. O tienen problemas inconfesables. O hay quien necesita otro tipo de atención… Por eso a veces llegaba tan tarde. Yo me enfado, pero en realidad me parecía bien lo que hace. Es una buena labor. Admirable.

No le costaba madrugar. Esa es otra. Nada más oír el despertador, a veces antes, saltaba a la ducha. Se vestía y preparaba el desayuno para los dos. Cogía su bata y su cartera y se iba de casa dándome un amoroso beso mañanero que me duraba algunas horas. Yo me asomaba a la ventana para verlo subir al coche, arrancar e irse. Siempre tan puntual. Siempre tan perfectamente formal.

Yo me asomaba a la ventana para ver si ese día el coche no arrancaba o tenía algún problema con el vecino que siempre tapa la entrada del parking o le habían roto el cristal para llevarse la radio o cualquier otra cosa extraordinaria que mancillara su exactitud, que ensombreciera su puntual rutina.

Porque no aguanto, no aguantaba, tanta perfección, que me relegaba a mí a un segundo plano, aunque ficticio. En mi familia lo prefieren. Nuestro perro, Floro, lo prefiere. Nuestros amigos son suyos. Yo sólo soy consorte. “Con suerte”, pensarás. Yo también lo pensaba. La vida me sonríe. Tenía al marido diez, una casa a medida, una vida de ensueño. Todas mis ilusiones se hicieron realidad. Mis sueños se han cumplido. Mis amigas me felicitan y envidian mi suerte. Pero yo me veo a rastras. Sabes lo que te digo. Por muy buena que sea, siempre seré la mujer de Alfredo. Siempre creceré a su sombra.

Lo denuncié. A eso que protegen a las mujeres, le puse una denuncia. No me había agredido ni me pegaría en la vida, pero llorando dije que me acosaba, que tenía miedo.

Estuvo alejado de mí mucho tiempo. Por ley no podía acercarse a más de doscientos metros. Me mandaba mensajes por amigos comunes, por mi familia. Hasta me escribió una carta. Que no lo entendía, que qué había hecho. Qué había pasado para tener que abandonar su casa, su perro y a su mujer. Yo no le hacía caso. Aunque lo quería con todas mis fuerzas, no le hacía caso. Y seguía empeñada en mis denuncias. Me acosaba su perfección sin fisuras, su sonrisa sincera, su don de gentes, su éxito en la vida… Incluso me molestaba que estuviera enamorado de mí y yo de él. Ni una mancha en su expediente. Ni una cana al aire, como quien dice. Y yo, la chica más popular del instituto, la superrubia de las animadoras, que podía haberme ido con cualquiera, acabé con él. Para mí el mejor. Pero esta sumisión sin condiciones, esta adoración… Llegó a dolerme quererle tanto. Sus besos me quemaban de puro amor. Había veces que no dormía, viéndolo dormir a mi lado.

Un día me abordó por la calle y lo detuvieron con lágrimas en los ojos. ¿Por qué me querría tanto? Su vida también era perfecta sin mí. Podía rehacer sus pasos cuando quisiera. Podía estar con cualquiera. Sólo tenía que desearlo. Se había alquilado un apartamento cerca de la clínica y se le ensombreció la cara. Me gustaba. Su dolor era para mí una liberación. El resquicio de aire fresco en un lugar poco ventilado.

Me interesé por su vida. Preguntaba a sus pacientes y vecinos. No era el de antes. Cojeaba. Le faltaba algo, que simplemente era yo. Estaba ganando la partida. Mi venganza se estaba cumpliendo.

En el bolso guardé un cuchillo de cocina. No muy grande, pero sí ancho y puntiagudo por si se acercaba otro día. No quería matarlo al principio, pero un arma blanca afianzaba mi condición de mujer acosada. El miedo hizo lo demás. La inseguridad se tornó en tragedia. Tuve miedo de que todo volviera a su sitio, de mi debilidad, de volver a ser la mujer de Alfredo, la que viene con Alfredo, la que va después de Alfredo, del hombre perfecto. Estaba insegura. Era débil. Una palabra suya bastaría para que cayera a sus pies arrepentida, que le pidiera perdón llorando.

Se me acercó y cerré los ojos. Me cogió de los hombros y abrí el bolso. Me dijo te quiero y le clavé el cuchillo en el pecho.

* El viernes escribí este cuento.

Sábado, 25 de Abril de 2009 13:16 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Llovía sin querer

Llovía sin querer.
Poquito, casi nada.
Abrimos el paraguas
para justificar
al menos nuestro abrazo.

Me hablaste de él,
de su sabor,
de tu querer...

Comenzó el aguacero.
Te fuiste descubierta.


* Poema revisado del cuaderno inédito Entrega urgente de amores inconfesados, fechado en 1989.

Miércoles, 22 de Abril de 2009 10:41 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Poco me importa

Poco me importa, ¿qué? No sé: Poco me importa.

Alberto Caeiro


* En contra del uso, publico algo ajeno. A raíz del poema de la pasada semana, encuentro este otro alejandrino del más empírico de los heterónimos de Pessoa.

Martes, 14 de Abril de 2009 19:41 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Poema visual

Al final de este verso no pondré ningún punto

 

* Este alejandrino conforma una de los poemas álgidos de mi producción creativa. Es toda una declaración. Fue publicado en el sobre "Albúm de poesía visual", adjunto en el número 7 de Letra Clara (revista de la Facultad de Filosofía y Letras de Granada), fechado en mayo de 1999.

Miércoles, 08 de Abril de 2009 17:46 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 4 comentarios.

Si

Si yo fuera ella
y soñara conmigo,
que en un arrebato
me quitara el vestido;
y me desnudara con calma
de pies a cabeza;
y me tendiera en la cama;
y me cubriera de besos,
y quisiera comerme
y perdiera los sesos.

Si yo, que soy ella,
sin rubor me dejara
acariciar unos senos
que despuntan al alba,
suplicando mordiscos,
jadeando plegarias,
y la ropa que queda
con furia me arranca.

Si bajaras a mi pubis
y hundieras tu cara,
yo dejaría mil gritos
escapar de mi alma.
Me comería tus labios
y pellizcaría su espalda,
te arrancaría los pelos
y te arañaría la cara.

Si gozaras conmigo
como adoro tu estampa
y camino sediento
por esta morada
de insatisfecho deseo,
de amor verdadero,
de insufrible jalea
que busca tu cuerpo,
yaciendo desnudo,
soñando despierto,
si yo fuera ella
que anhela mis besos.

* Si fuel el número 13 de Escritos de la mala lengua de Ediciones del Vértigo, publicado en febrero de 1996.

Jueves, 02 de Abril de 2009 11:13 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Noviembre

Pero no quiero mundo ni sueño, voz divina,
quiero mi libertad, mi amor humano
en el rincon más oscuro de la brisa que nadie quiera.
¡Mi amor humano!

F.García Lorca

El amor de noviembre
se ha impuesto en mi anhelo
como una campana que vence
el silencio de la tarde plomiza
de pálidas nubes eléctricas
y un vendaval de sentidos que afloran.

Extiende sus alas y se incorpora,
rompe los deseos del viento,
malea el horizonte como un haiku,
yergue las espinas ocultas
bajo el ventanal de gotas podridas.

Suavemente llega y desploma
el eco que entorna los libros.
Las bocas separan con ansia
el momento escapado
que cómplice retiene
lo que ahora es ayer.

* Poema revisado, perteneciente a Tus mismos ojos. Plaquete publicada en Escritos de la mala lengua, Granada, diciembre de 1995.

Jueves, 26 de Marzo de 2009 11:05 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Nocturno en re mayor

Hoy te he sentido junto a mí.
Te he saludado al pasar por tu puerta.
Tú me respondes, me interrogas.
Aclaro que estaba soñando en ti.
Será pensando, me corriges.

El soñar es involuntario,
sin apenas quererlo.
Es etéreo y es platónico.

Si alguna vez quise a alguien,
si alguna vez he amado
siempre, siempre, ha sido contigo.

* Poema revisado, perteneciente a Tus mismos ojos. Plaquete publicada en Escritos de la mala lengua, Granada, diciembre de 1995.

Viernes, 20 de Marzo de 2009 10:38 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Quisiera morir para ser de nuevo

Quisiera morir para ser de nuevo,
volver a mirarme en tus mismos ojos,
y saltar en la arena
o flotar en la espuma
que entrelazas cada mañana,
cuando amanezco.

Sé que el sol despierta con tu mirada,
los pájaros entonan con tu risa
y yo, que no soy sol ni canto, espero
una palabra tuya
que bastará para salvarme.

* Poema revisado, perteneciente a Tus mismos ojos. Plaquete publicada en Escritos de la mala lengua, Granada, diciembre de 1995.

Jueves, 12 de Marzo de 2009 19:48 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Iahve

iahve puso el disco de prohibido al manzano tal vez
fuera el único frutal de esta especie y posiblemente
tuviera sólo esa manzana el fruto es más tentador por
estar vedado ese edén no era tal paraíso dios y la
serpiente montaron la escena iahve fue el sádico ella
quiso un imposible a él le faltaba una costilla por la
tierra pasaba un río y al torrente le faltaba un poco de
barro y el amo perdió un soplido fue la negación de
la negación eva antojada de caín cansada de yerbas y
raíces amó la manzana pero estaba muy alta satanás
quiso aparecer en el mundo y nació caín con su estigma
la señal de la minoría la huella del superhombre símbolo
del poder del señor de las tinieblas el primogénito venció
a abel sufrió al hacerlo pero su ejecución era imprescindible
era parte del juego no tenía opción era su sino estaría
profetizado con su estigma que era el de eva belcebú y dios
y sería el de calígula y judas y amén pudo ser un juego
donde el que gana pierde y el que pierde arrostra su suerte
y alguien lo escribió sobre las gradas del templo ella
inmaculada pisará la cabeza de la sierpe pero el ángel
caído siempre está cayendo y el poderoso sigue condenando
árboles y sombras el cieno y el barro auparán otra costilla
sedienta de un nuevo estigma y el juego se repite
baja a la tierra la segunda persona engendrada y no creada
hija del padre que pasó cuarenta días desérticos y sus
gélidas noches y empuñó un látigo levantó a lázaro de los
brazos de su amada y no yació con la magdalena
murió por costillas y por limo soplos y estigmas prosiguió
su lúdico devenir por la calzada de emahú la semana
siguiente fue peregrino y salvó a sus amigos judas no quiso
entregarlo pero así dictaba el juego luego ahorco a su
estampa no lo fotografiaron y tomás que era joven
no se lo creía tocó el pecho de su hermano y se llenó
de llaga y el séptimo día descansó partió pan que era él
sirvió vino que fue su sangre y lo dio a los demás
iahve vio que todo lo que había hecho era bueno

* Poema muy muy antiguo de una recopilación que di en llamar "Autorretrato sin vértigo".

Viernes, 27 de Febrero de 2009 09:30 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

El filo de la navaja

Bien mirado, sabemos,
que la felicidad
depende de muy poco
y es ese poco
lo que siempre, siempre, nos falta.

* De "El que come en medio pasa la sal"

Miércoles, 18 de Febrero de 2009 12:38 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Cosas que tenía que hacer

Cosas que tenía que hacer
las dejé en el semáforo
aquel día en que no llovía.
Ese martes de asueto
se me impusieron unos jeans
pintando una silueta,
denunciando unas curvas.
No vi su pelo oscuro
ni su camisa blanca,
sólo su desnudez
a través de sus pliegues
y el sensual movimiento
que le impuso la luna.

* De "El que come en medio pasa la sal"

Miércoles, 11 de Febrero de 2009 10:22 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Son demasiados

Hitler, Francisco Franco,
Mussolini, Eddine Bokassa,
Honeker, Fidel Castro,
Amín, Jorge Videla,
Bush, Hassan, Pinochet,
Duvalier, Milosevic, Marcos,
Stroessner, Ceausescu...
Sólo una cosa es cierta,
son demasiados.

* De "El que come en medio pasa la sal"

Jueves, 05 de Febrero de 2009 09:58 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Se ofrece secretaria

Se ofrece secretaria
de tarde y de mañana;
conocimiento de informática,
contrastada experiencia,
eficaz relaciones.
Contestará el teléfono,
es hábil con el fax,
domina tres idiomas.
Tiene buena presencia,
y un récord con la máquina:
quinientas pulsaciones
por minuto que pase
sin encontrar trabajo,
mientras le estalla el alma.

* De "El que come en medio pasa la sal"

Miércoles, 28 de Enero de 2009 10:15 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

A la democracia

Bebí en la boca abierta
de tus proposiciones,
sin atender siquiera
a cubrirme la espalda.
Cerré entonces los ojos
y me confié sumiso
aunque sin conocerte
sólo de aquella noche
o de una solapada
lectura en el deseo.
Caminé sin pensarlo
a través de tu sombra alegre
anhelando con esperanza
las luces del mañana.
Acaso, pienso, y creo,
que, sin embargo, ahora
no eres más cierta
que aquella inquieta pesadilla.

* De "El que come en medio pasa la sal"

Miércoles, 21 de Enero de 2009 12:51 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Acontecen mañanas

Acontecen mañanas,
cuando acaso amanece,
que no sirve de nada
que retires las sábanas.
Más te vale volver
al sueño inacabado,
a la almohada cómplice,
a la callada lágrima,
porque todos han muerto,
porque todo desaparece
con sólo un parpadeo
y el invierno es tan largo.

* De "El que come en medio pasa la sal"

Miércoles, 14 de Enero de 2009 18:53 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Déjale que crezca

Se ha quebrado el espejo
donde pones tus manos
sucias de regaliz,
donde aplastas la cara
sin bozo alguno,

donde ensayas tu nombre
en el aliento de tus besos.

Se han perdido las brujas,
bucaneros y duendes
que desbordan las páginas
de cuentos ilustrados
con que dormías cada noche.

Ya no pinchas tu dedo
en la rueca durmiente,
en la rueca que espera
el beso azul,
príncipe enamorado.

El caballito de madera,
ese de brida roja,
mira con amargura
su reflejo en tu espalda,
cuando en la bamba olvidas
que tienes un padre violento.

Y en el aire secas tus lágrimas.
Y en el viento borras tu infancia.

* Escrito en 2006 con motivo de la exposición sobre los Derechos del Niño (revisado).

Miércoles, 07 de Enero de 2009 18:13 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Cuento a tres voces

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Hace unos días hice referencia a las Hojas de Navidad. En una de ellas, motivado por los acontecimientos recientes e influido por el hablar de los Martes y 13, publiqué este cuentecito.

Quizá todos sepan, excepto los pocos románticos que quedamos en el mundo (un sudamericano, otro que se ha muerto y yo), que los Reyes Magos trabajan tan sólo una vez al año y se hacen un viajazo de envidia. Es francamente (suizamente) difícil comentar todas las vicisitudes de estos soberanos, que aparecieron en la historia junto con la Era. Así que contaremos sólo los episodios que todos conocemos (por eso los contamos, si no los conociéramos no los podríamos contar).
    Pues bien, nuestro relato comienza precisamente en ese primer año (1 d.C.), en el cual nuestros tres personajes se tuvieron que esmerar de verdad como para sentar un precedente que durará toda la vida.
    Ellos, oportunistas como reyes y con visión de futuro (*) como magos, se dirigieron a ayudar al parto a María, madre del Rey de los Judíos, de nombre Jesús y de apellido Herrera, aunque más tarde fue carpintero (obligado por su padre, pues con los milagros y todo eso no daba ni chapa). En aquel entonces siguieron a una estrelia de la suerte que los llevó a su destino (algunos dicen que fue un cometa y que, de camino inventaron el pararrayios unos siglos antes que Franklin), actualmente se guían por un conejilio del Play-boy montado en un misil tierra-aire. Y se dirigieron a Belén (**) montados en unos camelios de segunda mano que les vendieron en un taller de chapa y pintura.
    Los Reyes, en un Santi-amen, improvisaron unos regalilios en el mercado negro. Entraron con lintennas y buscaron el puesto más cercano. Al bajarse de los camelios tuvieron que adquirir unos pañulilios de papel que les vendió un chiquilio moreno. De presente llevaron al portal, como todos sabéis, oro, incienso, petróleo y mirra (***). El portal estaba cerrado y el portero automático no funcionaba y le metían todos los goles. Así que aprovecharon para echar una meadilia mientras Balta-sal gorda vigilaba.
    Rápido y veloces, como magos que eran, convirtieron a unos pastores que por allí había en laúdes, flautilias, zambombas y panderetilias y al perro en un bocadillo de escabeche porque Melchós tenía hambre (¡contra, Melchós, ya tendrás tiempo de comer!). Y más rápidos y más veloces, como reyes que eran, se los dieron a los pajecilios para que improvisaran una rondalia. Cantaron aquello de: "Asómate, asómate al balcón..." Se asomó José y dijo que cantaran más flojilio que su mujer estaba de parto. ¿Departo de quién? Se aventuró a preguntar Gaspal (****). ¿De parto de quién va a ser, no querrás que sea de una paloma?, ¡no te fastidia! [risas ahogadas]
    Pidieron permiso para entrar, le abrieron la puerta, entregaron los regalilios y se abrieron, no sin antes haberse tomado un vaso de pura leche de vaquilia (aunque algunos historiadores dicen que era un buey). Bueyno, aquí acaba la historilia. Así que, fueron felices y comieron cormoranes y persicolas en el Golfo Pérsico, que se los dio Sadam. Y lo que sa-dam no se quita porque sale una Pepita Rodríguez y eso ya es otra historia.

(*)    Es de saber popular que todos los magos usan abrigos de visión.
(**)    Recomendamos con ahínco que se recuerden las encantadoras campanilias de Belén.
(***)   Saboreen la famosa cancioncilia del aquel entonces: "Mirra que erres linda...".
(****)  Este rey, inventaría años más tarde un explosivo con gas napalm (¡GASPAL, mata suave! De venta en farmacias).

Lunes, 05 de Enero de 2009 14:08 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Navidad del 91

Siempre me gustaron los juegos de palabras, la complicidad y la sorpresa. Lunes en verso, jueves poéticos, recital de los martes... Infinidad de días poblaron mi juventud soñadora, cuando unía palabras a los versos de otro y jugábamos a hacer trascendente el encuentro.

En la Navidad del año 91, un lazo ataba los sentimientos de cuatro amigos. Alfonso Salazar (poeta), Jesús Herrera (actor), Santi Rodríguez (humorista) y un servidor, nos reuníamos para elaborar unas "Hojas de Navidad", que venían a ser unas cartas, editadas en casa, de carácter cómico para felicitar las fiestas, de modo original a nuestras amistades.

Cuatro de estas Hojas vieron la luz y una quinta se quedó tan sólo en el intento, más por la final despreocupación de una Navidad ya consumida, que por falta de material.

Acabo de repasar impresionado esa documentación, de la cual rescato un poema compuesto a alimón (o sea, un verso tú y otro yo), el cual paso a transcribir.

Llega la Navidad con su olor a pavo destrozado.
Pues no es agradable el papel de cerillera.
Para diciembre te escribo, para este diciembre
en que Belén va, como todos los años,
ignorando que el frío sacude a los que no tienen pan,
aún llevando mitones de oro
en el azul de invierno, para esta ciudad nuestra.
Pobre ronzal, pobre burra.
Reyes cartón-piedra adoran un niño ya incierto,
cobijados con el solitario calor
que vamos recorriendo. Para un diciembre escribo,
desgarrado, viejo y sin sentido
de panderos a granel sacudiendo las penas de todo un año
de hogueras alimentadas con ébano.
Un poema y seis versos que serán un silencio:
rin, rin, remendado.
Doce uvas y el reloj engañan al pasado,
este final de años, tantos años juntos,
recordándome que no todos tienen una estrella
que indique dónde nacer a tu lado.
Todos olvidan su camino si se resume en diciembre,
pero el mundo brinda en traje de fiesta sabiéndose acabado.

* "Cuaversos de Bitácora" de los miércoles.

Martes, 23 de Diciembre de 2008 09:53 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 1 comentario.

Se esconde en mi mente

Se esconde en mi mente
un sueño de ayer.
Me encuentro en un barco
en aguas dormidas
buscando a mi dama,
rogando a las nubes,
soñando sirenas
que tienten mi errar.

* Pequeños poemas para salir de casa, dentro de la iniciativa "Cuaversos de bitácora".

Miércoles, 17 de Diciembre de 2008 18:28 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 4 comentarios.

Aquel día tuve los ojos azules

Aquel día tuve los ojos azules y el corazón claro.
Aquel día fui vino añejo y tú me sonreías.
Aquel día todas mis vocales tenían acento.
Aquel día, recuerdo, fui ángel para una diosa.

* Pequeños poemas para salir de casa, dentro de la iniciativa "Cuaversos de bitácora".

Miércoles, 10 de Diciembre de 2008 13:32 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 4 comentarios.

Como no me conoces

Como no me conoces,
como no te conozco,
quisiera pedirte un momento,
que compartamos un café
y que nos miremos de cerca.
Pasear entre flores y árboles,
acaso.
Sentir el sol de la mañana
o la brisa fresca en la cara,
la lluvia en un paraguas compartido.
Caminar en silencio
y no querer saber
cuál es tu nombre.
Y contarte este sueño
donde encuentro a una desconocida.

* Pequeños poemas para salir de casa, dentro de la iniciativa "Cuaversos de bitácora".

Miércoles, 03 de Diciembre de 2008 13:49 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 4 comentarios.

El mañana se aleja si descalzo madrugas

El mañana se aleja si descalzo madrugas.
Lo que nos viene fresco más tarde habrá pasado.
Me gustaría viajar ligero de equipaje,
caminaré tan sólo mirando hacia adelante
nunca amaré demasiado el lastre de las cosas,
que mi sombra me siga con los sueños de ayer.

* Pequeños poemas para salir de casa, dentro de la iniciativa "Cuaversos de bitácora".

Miércoles, 26 de Noviembre de 2008 10:54 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Hay quien no sabe sonreír

Hay quien no sabe sonreír,
como quien no llora con lágrimas,
como quien no quiere mirar.
Hay quien sólo te ofrece
media sonrisa,
como la brumosa mañana,
como los libros por entregas.
Hay quien no sabe
mantener la mirada
como la hoguera que fallece,
como la sombra de una duda.

* Pequeños poemas para salir de casa, dentro de la iniciativa "Cuaversos de bitácora": miércoles poesía.

Miércoles, 19 de Noviembre de 2008 17:58 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 6 comentarios.

Ando inseguro

Ando inseguro,
como aquel lazarillo
perdido en tierra extraña,
que conduce en voz alta
a su invidente compañero,
evidenciando
que el que no ve es el otro.

* Pequeños poemas para salir de casa, dentro de la iniciativa "Cuaversos de bitácora": miércoles poesía.

Miércoles, 12 de Noviembre de 2008 09:15 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 4 comentarios.

Cuaversos de Bitácora

Desde algunos blogs cercanos me animan a dedicar un día a la poesía, en concreto los miércoles, dando forma a una iniciativa global llamada "Cuaversos de Bitácora".

Me parece buena iniciativa, para exponer los versos propios y ajenos y llenar el ciberespacio de sensibilidad. Lo que pasa, me excuso, es que yo publico poesía de vez en cuando y mis días y este blog están un poco condicionados por el flamenco.

Pero la carne es débil y el arsenal de poemas esbozados es mucho. Así, que creo que lo voy a intentar.

Tengo una serie de versos que hago y rehago continuamente, amplío y modifico sin ningún rigor, con sólo pasión. Son la mayoría antiguos y apenas han visto la luz. Son cortos y sencillos. Intitulados "Pequeños poemas para salir de casa".

A veces me sorprendo
hablando solo;
no creo que sea locura
ni juvenil demencia.
Pienso en voz alta,
como el sordo que grita,
como el mudo que escucha,
como un barco sin rumbo,
leva áncoras,
a la deriva.

Alea iacta est.

Miércoles, 05 de Noviembre de 2008 13:52 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 10 comentarios.

Género negro-criminal

La Asociación Cultural NOVELPOL, hace unos días, lanzó al cyberespacio una convocatoria literaria que consiste en escribir un microrrelato negro y criminal de 200 palabras, ni más ni menos.
Dichos cuentos se publicarán en http://blognovepol.blogia.com. Además, serán leídos en el programa radiofónico de Carlos Salem.
Aunque no sea mi tema, ni por asomo, me he subido al carro y he escrito este cuentecillo: Una ligera confusión que podéis leer aquí.

Viernes, 31 de Octubre de 2008 21:43 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 1 comentario.

La tonta

20081001174623-no-grites-tonta.jpg

La tonta sonríe, se encuentra hermosa.
Se ha coronado en el espejo
con una diadema de flores
que ella mismo ha confeccionado.
Ha enrollado una sábana
alrededor de su cuerpo desnudo
dejando un brazo fuera
como las diosas en las fotos.
Nadie perturbe un mundo
que sin duda le pertenece.

Bien sabe Erato que de la poesía me estoy quitando, como anteriormente me quité del dibujo, por puro complejo. Pero, a veces, a las situaciones, imágenes, sueños, que se cruzan ante nosotros, no hay más que dedicarle unos versos.

Así, con todo el respeto y lleno de una extraña admiración, escrbí este poema.

* No grites, tonta. Aguafuerte de Francisco de Goya (Los Caprichos, 1799).

Miércoles, 01 de Octubre de 2008 17:41 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 3 comentarios.

Los almendros del abuelo Juan

20080722192012-almendros-en-flor.jpg

El abuelo Juan había muerto hacía dos años, pero un día sí y otro no, cuando subía por las tardes la cuesta hasta los almendrales, cojeaba en silencio a mi lado.

Era un terreno casi baldío que, a mediados del pasado siglo, el abuelo compró por cuatro gordas y hoy se ha revalorizado con cifras indecentes, pues el monte se encuentra en la dirección justa donde el pueblo ha decidido crecer y aparecen por birlibirloque nuevas urbanizaciones de esas con cocheras individuales y antenas colectivas, pero el abuelo dice que no, o sea, nosotros, la familia, ahora decimos que no, que no se puede vender un terruño que encierra la memoria y los caprichos de mi abuela María, y también el empeño y el amor del abuelo Juan, que siempre me acompaña cuando emprendo la vereda.

Nuestra abuela María no era nuestra abuela María. El abuelo se casó con la abuela, que se llamaba Consuelo, pero el amor de toda su vida fue María, un amor tan callado como imposible. Amigos desde la niñez, Juan y María compartieron todo menos el matrimonio. El abuelo no quiso comprometer su amistad y nunca le declaró su amor incondicional. Los tiempos de estúpida represión y recato le impidieron a ella forzar el destino y deslizar sus ganas entre los labios de mi abuelo.

Al tiempo, sin remedio, ella se casó con el farmacéutico del pueblo, un inmejorable partido, que le proporcionó estabilidad. Aunque nada más que seguridad. No le pudo dar un solo hijo, que culminara sus sueños, ni la pudo hacer realmente feliz. Sus problemas de esterilidad hicieron del boticario un hombre sombrío y de trato difícil. Se pasaba largas horas en la apoteca después del trabajo por no enfrentarse a un encuentro, que él creía comprometido, con una mujer comprensiva, que él confundía por compasiva, lo que hería su orgullo de primogénito de familia numerosa.

Juan se alegró por ella, es decir, por su boda y por las perspectivas tan halagüeñas que se le abrían, de descansado porvenir. De hecho vivirían en la casa más costeada de las que rodean la iglesia. Juan, con el tiempo, también se casó con la abuela Consuelo, como ya dije, a la que dio muchos hijos y estos muchos nietos, entre los cuales me encuentro.

Con el tiempo, imposible de evitar, el destino es así, Juan y María, los inseparables amigos de la niñez, se hicieron amantes. El farmacéutico los descubrió una anochecida durmiendo juntos en el granero. No dijo nada. Era prudente. Se dio la vuelta y se encerró entre sus pócimas y elixires. Ella lo llamó inútilmente. Se disculpó, se lamentó, quiso explicarle...

Lo de la operación en la pierna y su consecuente cojera no fue porque él le golpeara, como insinuaban algunos vecinos con malicia. Fue ella misma la que resbaló y cayo cuando quiso encaramarse al tejado para entrar por la buhardilla abierta. A María la hospitalizaron en seguida y a él lo sacaron con los pies por delante de su refugio entre drogas y jeringas. Nunca hubo superado su impotencia. Siempre se había sentido un “medio hombre” fracasado.

María, con su incipiente cojera, volvió a casa y la encontró más grande. Lloró bastantes días la muerte de un hombre al que a pesar de todo había aprendido a querer. Nunca abandonó su vestido negro. Lo quiso a su modo, distinto de su otro amor. Juan y Consuelo también lloraron la muerte del marido de María, aunque dudaban, a pesar de la explicación de la viuda. Era difícil no pensar, que fue esposo quien la arrojo desde el tejado, por despecho, y que después se quitó la vida con sus píldoras.

A la larga, como a todos nos llega nuestra hora, murió también Consuelo, más resignada que ignorante, y los dos amantes, pasado un tiempo prudencial, que en los pueblos nunca es bastante, se fueron a vivir juntos los días más felices de su vida. Cuando nacimos la mayoría de los nietos, la pareja convivía como un matrimonio. Con los años nos fuimos enterando poco a poco de la historia, aunque nunca sabremos fielmente la verdad.

Juan, el abuelo Juan, le regaló a ella un monte, que sembró de almendros, que era el árbol que más le gustaba, aunque lo mantuvo en secreto hasta que ya fueron grandes y estuvieran floridos. También había estado allanando un camino que recorría toda la plantación, empeñado en que los constantes paseos afectaran lo menos posible a su renqueante compañera.

De tanto subir al monte, de tanto andar uno al lado del otro, cogidos del brazo, el abuelo comenzó a torcer sus pasos, adquirió una cojera por osmosis, por simpatía, por puro amor a quien padecía a su lado.

Cuando murió María, de unas malas fiebres invernales, el abuelo Juan, continuó dando sus paseos, ocupándose del escaso riego que demandan los almendros y confeccionando ramitos rosados en febrero, con su dolor inconsolable, con su pierna falsamente atrofiada.

Hace dos años, en noviembre, el abuelo falleció en cama por voluntad propia. El día anterior se despidió de todos, de toda su familia, de todos sus amigos y de todos los almendros que poblaban el bosque de sus recuerdos. Se fue a la cama, después de un vaso de leche, y decidió morir a los dos años justos de que María lo hubiera abandonado. No lo lloramos demasiado. Conocíamos su voluntad y envidiamos la suerte de quien puede decidir su destino.

Ahora, sin embargo, siempre me espera en el camino de los almendros y vigila conmigo la limpieza del monte y la recogida de los frutos. Al principio, el miedo me robó el habla, lo confieso. Era un poco espeluznante que después de muerto decidiera no abandonar su paseo. Ya me he acostumbrado a su presencia y, aunque no habla, lo saludo y le cuento algunos chismes que se cuentan en el pueblo y otras cosas de la familia. Él sonríe y sigue hacia adelante contemplando con satisfacción los frutales, mientras yo empiezo a notar una leve dolencia al andar.

Sábado, 16 de Agosto de 2008 21:40 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Nada nuevo bajo el sol

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No sé si ya le he dado salida a este cuentecito que tiene que ver con algo muy similar a lo contrario del amor propio:

Fue el primer día, después de muchos, que había dormido de un tirón. Había tenido un sueño bonito que se alegraba en no recordar. Abrió la ventana y un agradable sol de primavera inundó la habitación. Se atrevió a canturrear un poco, incluso, acompañándose con unos pasitos de improvisado baile que, en otras circunstancias le habrían avergonzado.

Entró en el baño dando ridículos saltitos mientras se acariciaba el sexo incontinente prometiéndole una pronta evacuación. Con la sonrisa que le atravesaba los ojos, se miró al espejo. Al pronto, tornó el rostro y se lamentó en su reflejo: ¡otra vez tú!

· Autorretrato en espejo esférico de M.C. Escher, 1935.

Martes, 05 de Agosto de 2008 16:40 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 3 comentarios.

La noche de San Juan

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Para la Noche de San Juan de no sé cuándo nos pidieron escribir un poema efímero, que sirviera tan sólo una vez, como los paracaidistas en el pueblo de Gila, que los estaban tirando sin paracaidas (para ahorrar).

Dicho poema debía ser escrito una vez, para ser quemqado en una hoguera anónima después de haber sido leído. Las pavesas se llevarían el texto escrito como el viento normalmente se lleva las palabras.

Yo hice trampa. No sé si fui el único, pero yo quería, a pesar de todo, conservar mis versos para otra ocasión. Mal o bien, ahora reproduzco esas estrofas sanjuaneras salvadas (¿injustamente?) de las llamas.

No siempre tengo la oportunidad
de quemar un poema,
pero en esta noche de San Juan
en que brillan las hogueras
buscaré palabras inflamables
que espero que prendan.

Quemaré la palabra amor
y la inventaré otro día,
quemaré las emociones,
la melancolía,
el compañerismo
y, ahora que esta de moda,
quemaré la ecología.

La belleza a la hoguera
y también los sentimientos,
que ardan las buenas intenciones
con la mecha del recuerdo,
que quemen a los poetas
y comencemos de nuevo.

Cambiemos la piel de serpiente
y gritemos al mundo entero
"nos quemamos a lo bonzo,
los poetas los primeros,
aunque vayamos al infierno
y renunciemos a este cielo".

Y para terminar,
permitidme que repita
las palabras de un cantor,
unos versos de Krahe,
la muerte de su elección:

Pero dejadme
¡ay!
que yo prefiera
la hoguera,
la hoguera, la hoguera.
La hoguera tiene, qué sé yo,
que sólo lo tiene la hoguera.

* La foto pertenece a un blog llamado "Certeza de mi" (sic).

Lunes, 23 de Junio de 2008 10:38 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Un hombre bueno

20080322200331-moscas2.jpg
Noli me tangere


Inconmensurablemente bueno era aquel hombre. Bondadoso hasta lo impensable. Quizás el hombre más bueno sobre la tierra.

Un verano, cuando las moscas revolotean y se pegan como pequeñas limaduras de hierro a los grandes imanes humanos, se dio cuenta que si espantaba los insectos que impepinablemente se posaban en su cuerpo, podían llegar a molestar a otros compañeros, haciéndolos justamente enfurecer. Así, que estoicamente decidió soportar aquellos puntitos negros alados.

Pasó el tiempo y el hombre reconoció que su pasividad no era suficiente: las golosas hijas del diablo seguían molestando a sus vecinos. De esta forma, aquel hombre bueno (en el sentido machadiano de la palabra), untó miel por todo su cuerpo, para, no sólo soportar a las familiares que ciertamente le correspondían por derecho porculizador, sino también atraer a todas sus golosas congéneres que pululaban por los alrededores, liberando, de este modo, a las personas que le hacían compañía en aquel momento.

Al  tiempo, aquel hombre inconmensurablemente bueno, murió mosqueado, creo.

* Éste es un cuentecito que escribí a principio de los 80.

Viernes, 30 de Mayo de 2008 09:49 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 2 comentarios.

Un haiku

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Algunos estudiosos de la poesía japonesa, y mi amigo Eduardo, sostienen que en Occidente no sabemos escribir haiku porque empleamos verbos. Los tres versos del poema no requieren acción y el uso del verbo implica ese hacer que no está permitido.

Yo, por más que intento razonar sobre el diferente planteamiento intelectual y espiritual del oriental, no tengo nada que hacer contra esta convicción. Le explico que todos los haihuístas que conozco emplean verbos. Es más, las traducciones de los versos japoneses son frases completas, con uno, dos e incluso tres verbos.

Posiblemente, la escritura japonesa no necesite esta necesaria partícula. Aunque, seguramente, la lleve implícita.

Siguiendo, no obstante, este dictado, el otro día compuse el siguiente haiku:

        En el café,
        desesperadamente,
        tu rostro inútil.

Martes, 20 de Mayo de 2008 13:41 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro No hay comentarios. Comentar.

Detrás

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Hace poco una antigua amiga me recordó un poema de juventud.

Decir que tiene veinticinco años es quedarme tal vez corto.

Es uno de los textos comprometidos de aquel entonces.

(No creo que sea un buen poema, pero era serio y verdadero.)

Se lo dediqué a la madre de una amiga que, además de madre, esposa y ama de casa, era algo más.

Detrás de cada hombre que triunfa
hay una persona, o dos, o cien que se esconden;
cien compañeros que trabajan bajo tierra,
en el lodo.

Una mujer que día a día, con
sucias y callosas manos,
oculta su cuerpo tras un mandil o un barrigón;
una mujer que limpia el camino para que "él" pase,
que limpia su nariz y espolvorea sus mejillas para su jactancia;
una mujer "anuncio comercial";
hombres y mujeres con las caras manchadas
que se conforman con una sonrisa o con un beso;
mujeres y hombres que se tragan sus lágrimas,
que se comen las migas,
que sufren la indiferencia más atroz;
una mujer asomada al abismo de un fregadero
con el horizonte borrascoso y... cantando.

Detrás de cada número uno
existe el dos y está el tres y un ciento
que le dan validez al primero.
Si no hubiera dos y tres y más,
el uno no sería el "uno", sería el único.

Detrás de cada protagonista hay unas gentes,
quizá no tan blancas, quizá no tan grandes,
que son las que lo admiran,
las que lo aplauden, las que lo ayudan.
Él existe porque ellas existen, él es porque ellas son;
él es grande porque ellas son pequeñas, o se agachan
para no ocultar el fulgor de las estrellas.

Detrás de cada hombre, detrás de una mujer,
de cada niño, del mayor, del jefe, del héroe,
hay una madre que muere mil veces
acuchillada por su hijo;
una madre que llora sangre a cambio de amor,
unos pechos que dieron color a la vida
en su celda de espantapájaros;
una madre que al fin y al cabo es sólo una madre.

Pero por eso y por mucho más
el topo sale de su mina de invierno,
los ríos se desbordan;
por eso se unen las manos de todos los niños
de nariz húmeda y con las manos largas
y con el buche vacío;
por eso todos los ciegos abren sus ojos
y los mil ángeles que tejen el cielo
elevan su puño y vitorean el trabajo anónimo,
el trabajo y los años de esa mujer inclinada,
cargada de niños y de inanes ilusiones anticuadas.

Por respuesta,
ella en sus trapos, seca sus mejillas.

Jueves, 03 de Abril de 2008 19:48 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 6 comentarios.

Sesión de cama

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—Estoy desecho. Soy un fracasado.

—¿Un fracasado usted? Si es toda una eminencia. Le llaman para inaugurar museos, para leer conferencias, para dar pregones... Y hasta ha escrito seis libros.

—Siete.

—Pues eso.

—Me refiero a que soy un fracaso en mis relaciones sexuales.

—¿Quiere decir que no le van bien las relaciones sexuales?

—Como lo oyes. Por más empeño que pongo, no logro alcanzar el cenit.

—¿Con tu mujer?

—No, eso es aparte. Con mi mujer no me quejo. Nos entendemos perfectamente. A ver, después de doce años de casados y otros tantos de noviazgo, ya culminamos casi sin querer. Incluso a la carta: hoy queremos hacerlo rápido, pues lo hacemos; mañana intermitente, pasado del revés, el otro día de fantasía... No hay más que proponérselo. El problema es con las demás personas.

—Pero, no lo entiendo, si se emboban con su elocuencia, con su retórica. Si con su sabiduría las atonta. Es capaz de confundirlas hasta dejarlas rendidas a sus deseos más primitivos.

—Pienso que sé hablar mejor que hacer el amor. Creo que la chica que se acuesta conmigo espera eso, oírme disertar sobre algún tema. Lo mismo da tratar de cuestiones teologales que de la dieta básica de las pirañas en agua revuelta. El caso es la novedad del discurso. Es como quien entra al circo atraído por "lo nunca visto". Quizá cobre la entrada algún día o reciba a más de una persona, y más que un menage a trois, será un espectáculo múltiple. ¡Pasen y vean! ¡La impotencia de un erudito! Mujeres, hombres, niños mocosos, abuelos, travestis... se meterán en mi cama y algún que otro soldado de infantería para oírme hablar.

—Bueno, ya me voy. ¿Qué le debo?

—Son quince euros. Dígale al próximo que entre.

* Teatrillo en un acto compuesto en enero de 1993 (traspapelado ente los archivos de mi ordenador).

Miércoles, 26 de Marzo de 2008 14:48 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 5 comentarios.

Poemas para cantar en el agua (y 5)

X
Navegábamos en las mismas sábanas
con las velas henchidas del amor,
llegábamos a bahías inexploradas
en las que sólo cantaban las aves blancas.
Me descubriste, te descubrí,
y entonamos salmos con las gaviotas.

X
Nous naviguions dans les mêmes draps,
les voiles de l'amour gonflées,
nous abordions des baies inexplorées
où ne chantaient que les oiseaux
blancs.
Tu m'as découvert, je t'ai découverte,
et nous avons entonné des psaumes avec les mouettes.

XI
Ya era tarde para empezar de nuevo,
demasiado evidente para olvidarlo,
muchas aristas que ocultar...
Entonces soltaste algunas lágrimas
para poner agua en el poema.

XI
Il était déjà tard pour recommencer,
trop évident pour l'oublier,
beaucoup de griefs à cacher...
Alors tu as versé quelques larmes
pour ajouter de l'eau sur le poème.

XII
Cansado de estímulos sin respuesta,
me ahogué sin querer.
Y en mi agonía encontré un buzo de desagüe
que me enseño que todo gira y vuelve.
Y, a los tres días, en tu pecho
comencé a vivir de nuevo.

XII
Las de te stimuler en vain,
je me suis noyé sans le vouloir.
Et dans mon agonie j'ai trouvé un plongeur
dans la tuyauterie
qui m'a appris que tout tourne et revient.
Et, trois jours après, sur ton sein
j'ai recommencé à vivre.

* De Poemas para cantar en el agua, febrero de 1991.

* Traducteur: Karmele Alberdi Urkizu, diciembre de 1993.

 

Martes, 25 de Marzo de 2008 10:30 volandovengo #. Poesía/Cuento/Teatro Hay 3 comentarios.


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