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No desprecies a la culebra por no tener piernas

No desprecies a la culebra por no tener piernas

En un pozo chico es una compilación de cincuenta y cinco cuentos breves en apenas ciento cincuenta páginas. Algunos de ellos son muy antiguos, de hace más de veinte años, hechos y rehechos hasta el momento, pero la mayoría son contemporáneos.

Los que ocupan menos espacio, y no todos, los iré publicando en está página a modo de escaparate. Puede que suenen algunos textos, y es que ya, un día u otro, los he ido presentando en volandovengo.

No obstante, no está de mal recordarlos. No obstante, con espíritu heraclitiano, resurjan como novedosos.

Quién lo ha visto y quién lo ve. Era, como si dijéramos, el tonto del barrio. Un día llegó con la mandíbula abierta y la lengua gorda que se derramaba fuera de la boca, ofreciéndonos monedas y comiéndose los papeles de los anuncios publicitarios arrancados de paredes leprosas. Era grandote y grueso, torpe y sin entendederas. Bien lo echábamos de nuestro lado, bien lo llamábamos para reírnos al punto de sus desvaríos. Si no llevaba la baba colgando, se le caían los mocos, que mal limpiaba con el mismo pañuelo sucio con que se enjugaba la boca. Lo mandábamos a comprar tabaco, a tocar el culo de las niñas u otro sinfín de pruebas a superar para entrar en un supuesto club al que nunca tendría acceso. Detrás de las cristaleras de su portal, se asomaba sobándose los genitales al paso de alguna chica. La Rosa, fresca y hermosa, se preguntaba por qué el pene más grande pertenecía siempre a necios y tarados. Divulgó, como si fuese una broma, que era su novio y, de esta manera, se lo llevó a la cama. A lo primero reconoció que era tonto sin remedio, que no se quitaba la gorra ni para follar; pero después no pudo pasar de unos encantos tan inocentes como descomunales. Llegó el día que su fama corrió y lo tuvieron por montura todas las mozas del barrio y las de los alrededores, ennoviadas o no. Un buen día, los chicos casaderos del lugar le dieron una paliza que casi lo revientan de celos y pura envidia. A raíz de esto, sus padres se lo llevaron lejos. Bastante tiempo después regresó convertido en un notario de prestigio, con el coche más lujoso que hubiéramos visto y una elegante morena por mujer. Cuentan que fue idiota por un golpe de pequeño o por un letargo voluntario al contemplar la violación de su madre. Un desajuste en el cerebro que se reajustó, probablemente, después de la magna paliza de sus cornudos vecinos.

4 comentarios

volandovengo -

Ahí le has dado, más vale el juego que la apariencia transgénica.

Carmen K. -

¿Caballo grande, ande o no ande? Verdaderamente el caballo grande da mucho juego, es muy apetecible, no nos engañemos. Pero que ande, por Dios, que ande.

volandovengo -

Pues eso, Raúl, que a veces lo que importa es lo menos importante.

Raul -

Con buena polla, bien se folla