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Noche de comunión

Noche de comunión

Trasnoches en la Feria del Libro

Sabemos que mayo es el mes de las comuniones. Dejadme que yo escoja las mías. Antes de ver al niño marinerito y a la niña de princesa, prefiero que comulguen las artes, como se impone en este año de la horizontalidad. El flamenco sin duda es un arte, el acompañamiento de piano requiere horas de estudio, la poesía es de las manifestaciones artísticas más antiguas que se conocen.

Alguien dijo, refiriéndose a unos versos, que eran de tal belleza que se podrían cantar por bulerías. Aunque hay quien es capaz de cantar por bulerías lo que se tercie, como Chano Lobato o Tomasito, que metía a compás el anuncio de Mister Proper. No fueron bulerías ni tangos ni rumbas, que se hacen más pegadizos a cualquier letra lo que se oyó en el patio del Corral del Carbón anteayer, sino soleares, seguiriyas y granaínas, donde el esfuerzo es manifiesto.

Ángeles Mora fue la poeta, el aedo de sí misma y de sus sentimientos, el pregonero del amor y el desamor (que es otra manifestación del amor) y de sus derivados, como son la soledad, la tristeza, el sentido de la vida, la amargura… Cosas que tienen mucho que ver con el flamenco. Antonio Campos fue la voz, esa voz modulada y flamenca, dolorida y bondadosa, que encajó como de antiguo los versos de la poeta. Pablo Suárez fue el piano, el pianista que equilibraba la voz, que sustentaba el poema, que mantenía el aire, la emoción en movimiento.

Ángeles leyó poemas de antes, de siempre y de ahora. Rescató para amar “La canción del olvido” y para olvidar “La dama errante”. Fue feminista y comprometida con los “Gastos fijos” y fue pasión de ausencia en “Elegía y postal” y pasión de vida con “Las hojas muertas” o “Buenas noches, tristeza”. Después recitó dos poemas para ser cantados y después otro más, ya mecidos con los acordes del piano. Luego entró Antonio campos a coger el relevo. Comenzó templándose con una farruca un poco fría, en la que el público se mostró indiferente. A continuación, como anunció Mora, retomó sus poemas y cantó “Tu nombre” por soleá y “Noche de río” por seguiriyas. Primero encorsetado por la poca costumbre de la capela con fondo de piano y por los versos ajenos. Después más caldeado, horneado, hasta parecer estremecido. Cayeron bien los dos cantes que comenzaban, quizá por seguridad, con una letrilla del pueblo.

Para terminar, Ángeles leyó “Una lágrima” y el pianista barcelonés no descansó hasta que Campos cantara esa misma letra por granaínas. Una letra que, sin querer o por esas coincidencias de las artes, calzaba a la perfección con ese fandango chaconiano que regaló a la ciudad de Granada.

* FOTO: Patio del Corral del Carbón.

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