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Oyendo a los clásicos

Oyendo a los clásicos

La Guitarra en Otoño

Atiendan primeramente a esta pequeña relación dictada a vuelapluma: Dani Casares, Madrid, 1980; Antonio Rey, Madrid, 1981; Dani Méndez, Sevilla, 1981; Juan Antonio Silva Campallo, Sevilla, 1984; David Carmona, Granada, 1985; Javier Conde, Cáceres, 1988; Juan Habichuela Nieto, Granada, 1990. Estos, y algunos más que se me olvidan, tienen algo en común. Son todos guitarristas excepcionales. Son todos muy jóvenes, algunos excesivamente jóvenes y bastantes con galardones muy importantes, como el Bordón Minero. Son tocaores virtuosos, veloces, sensibles y con una técnica muy depurada. La mayoría de ellos considerados “niños prodigio”, pues llevan arrancando acordes a las seis cuerdas desde muy pequeños.

Javier Conde, que es el tocaor que nos ocupa, grabó con doce años su primer álbum en solitario, que era un homenaje a los “Grandes de la Guitarra”. En él, como es natural, toma prestado las composiciones de los míticos tocaores de flamenco, vivos o ya desaparecidos, y los imita a la perfección. Desde ese trabajo, el joven extremeño continúa remedando la discografía de los grandes y, como si fuera un espejo, calca sin fisuras su propio lenguaje. Así, sin necesidad de cambiar de vinilo, escuchamos, como si fueran ellos, a los clásicos de la guitarra.

Concierto impecable, si no fuera por la frialdad del tocaor en el escenario, debido seguramente a su juventud; y por algún extraño rondón que nos acompañó en los últimos temas, justo cuando se incorporó su padre, José Antonio Conde, como segunda guitarra. A pesar de la limpieza y exactitud, un servidor echó de menos el calor y el soniquete de las guitarras granadinas. Fue un recital reconocible, fue un programa agradecido, donde escuchamos desde una soleá o una danza de Sabicas, un garrotín de Riqueni o fandangos de Huelva del Niño Miguel hasta una rondeña de Paco Lucía, unas alegrías y un zapateado de Serranito o unas granaínas de Gerardo Núñez. También pudimos escuchar las composiciones menos familiares de Andrés Batista, maestro de su padre, unas guajiras y Los cuatro muleros por bulerías.

Más arriesgadas fueron las rumbas de composición propia, con clara influencia sudamericana. Se despidió, alejándose de las lecturas flamencas, interpretando la popular polka paraguaya Pájaro campana y, como propina, interpretó Recuerdos de la Alhambra de Tárrega, tal como lo interpretaba Narciso Yepes, pero con menos cuerdas.

* FOTO: © DeFlamenco.com

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