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Toque de queda en La Platería

Toque de queda en La Platería

El Festival de Otoño tuvo sus efectos colaterales. El primer problema de estos Encuentros Flamencos es que ha perdido el norte. De una conciencia universalista hemos aterrizado en el localismo más casposo. De un germen vanguardista, se tiende al anquilosamiento y el conservadurismo. De una mirada a la cúspide, nos quedamos en el subsuelo. De una apuesta de intercambio, se impone la divisa de "yo me lo guiso y yo me lo como".

Problemas de presupuesto aluden y yo digo problemas de previsión, problemas de iniciativa, desconocimiento, cortedad de miras, planitud, amiguismo, especulación cultural, patrioterismo (que es como el chovinismo, pero más castizo).

Una idea primigenia del Festival era el encuentro. De ahí el subtítulo. Se encontraban flamencos de todos los rincones del país, se encontraban viejos y jóvenes, sabiduría con inocencia, mujeres con hombres, gitanos con payos, artistas y público, o sea, la gran familia flamenca. Para potenciar este espíritu surgieron los trasnoches, generalmente en La Platería (la decana de las peñas flamencas).

¡Mira, qué interesante! Este año hay trasnoches. Parecen, sin embargo, una actividad aparte, pues nadie de los participantes del Festival (ni del escenario ni del patio de butacas) acudió a este ofrecimiento. Se supone que era una extensión distendida y, sin ninguna duda, interesante de dichos Encuentros, donde se cambiaban impresiones y, a veces, surgía el duende.

Un servidor, atraído por la afición, la curiosidad y el esparcimiento, sí quiso "saborear" esos trasnoches prometidos. El viernes, que cantaba Sara Heredia con Antonio El Chonico, no pude subir. El sábado arrastré a los padres de Patricia Guerrero, a los responsables del Carmen de las Cuevas y a otra pareja de amigos. Cantaba Aroa Palomo.

El domingo subí con Paula, gran aficionada y conocedora. En La Platería encontramos a Jaime Heredia y otros plateros (parecía una novela: "Plateros y yo"). Estuvimos hablando, con el Niño de las Almendras de fondo, de que la peña no era una peña. La gente venía a ver el espectáculo y se iba. El bar manda en la peña. Eso ya es un negocio. No hay nadie. Dónde están los flamencos...

El Parrón apuntaba que debería oler a flamenco. Que antes se reunían a cantar y tocar y reír y escuchar y discutir y beber y opinar y criticar (o referir, si es fuerte la palabra). Ahora no se arranca nadie. Ya no huele a flamenco.

Cuando volvimos de escuchar al ínclito almendrado, Jaime estaba cantando. Sus palabras habían calado en sí mismo y, con un tocaor tranquilo y agradable (que no sé su nombre), entonaba una soleá por derecho, a media voz, entre risas ahogadas y miradas cómplices. Hacía tiempo que no apreciaba el paladar de El Parrón. Entre actuaciones profesionales, megafonías y otras obligaciones, este veterano perdía el sabor.

¡Ole! Poco a poco se creó un corrillo. Esto empieza a parecerse a una peña. Pronto se unirían a nosotros el Niño de las Almendras y Carlos Zárate que habían acabado su recital. Y Paula, según me confeso después, se echaría un bailecito y algún fandango.

Pero salió la dueña del bar en el mejor momento. Señores, dijo arrastrando la ese, vayan abonando sus consumiciones que vamos a cerrar. No me lo podía creer. Eran las doce y media o una menos algo. Llevamos tres noches de trasnoches y estamos muy cansados, añadió a modo de justificación. Nadie reaccionó. Si alguien no sabe explicar la expresión de "echar un jarro de agua fría", este es un buen ejemplo.

Qué podíamos hacer, pagar e irnos. Ante el toque de queda, nosotros tocata y fuga, porque en realidad fue tocata de entrepierna.

Jaime juró no volver a pisar la peña. Paula le pidió perdón a unos visitantes que también se iban con el rabo entre las piernas y la cara a cuadros. Que ella era la primera socia de La Platería, que estaba avergonzada, que eso no era lo habitual, que el flamenco... etc., etc.

Mi indignación y vergüenza ajena también es supina. La gente viene a La Platería como si fuera un templo, el máximo exponente del flamenco. Los artistas vienen a la peña con miedo, con mucho respeto.

La Platería no sólo debe tener actividades, actuaciones y cursos. El nombre de La Platería conlleva la obligación de mantener un espíritu y unas maneras. Desde el presidente hasta el último socio tienen que hacer de la peña su casa y abrirla a los de dentro y a los de afuera e intentar que todos se sientan a gusto y que respiren flamenco y que huelan a flamenco nada más comenzar a subir la cuesta de Toqueros.

Ser platero es una responsabilidad.

* Peña de La Platería (© Nono Guirado).

5 comentarios

volandovengo -

Seguramente son los socios parte del problema. La peña cuenta con trescientos socios que pagan sus cuotas. Muchos de ellos mantienen el número y poco más. De entre los socios eficaces, seguro que se puede hacer algo. A ellos les corresponde decidir qué peña quieren.
Algunos tienen en la peña su cortijo o su club (como dice este último comentario), privatizando esta peña más, si cabe. Son los nuevos señoritos que pagan a los flamencos (no creo, sin embargo, que los crean "payasos").
La frase ácrata de Groucho está estupenda, aunque no es válida para solucionar este problema.

a mi me parece que -

hay algunos socios que tratan la peña como un ´club de golf´.

Hablan de artistas como son payasos que cantan y bailan.

Hay que reafirmar los objetivos.

Como dijo groucho...

"Jamás aceptaría pertenecer a un club que me admitiera como socio"




no platero -

Parece que lleváis razón pero un poco exagerados. La Peña es lo que han querido los socios, ni más ni menos.
Lo peor de todo es creerse importantes y creerse más importantes que nadie.

volandovengo -

Sergio, creo que es hora de empezar a denunciarlo.
Hay que lograr que la peña sea lo que se merecen los socios, lo que se
merece Granada y lo que se merece el flamenco.

Sergio -

¡Qué razón llevas, Jorge!

Hace tiempo que los socios no son aficionados, que Clavero no es Gallegos y que el bar no es el Bar de Pepe: hace tiempo que la peña no es La Platería. Se fueron Pepe y Gallegos y con ellos nos fuimos muchos plateros.

Sólo nos queda esperar que no esté herida de muerte.

Un abrazo.

Sergio.