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Segundo manifiesto

Hace días publiqué un manifiesto de la "Nueva vanguardia" que, tácitamente, uno de sus postulados requería manifestarse de continuo. Algo así como el revolucionario que no para de revolucionar. Cuando la Revolución ha triunfado se anquilosa como el régimen anterior y se impone otra revolución (contrarevolución, incluso) y así continuamente hasta el fin de nuestros días verdes (digo, rebeldes) (contrarebeldes, quiero decir) (¡Qué verdes eran mis días!) (Rebelde sin causa) (Verde que te quiero verde)...

Aquí os dejo un manifiesto más reciente que el anterior, de principios del año 1993. O sea, de finales del siglo pasado:

MANIFIESTO PERSONAL

Me pides un manifiesto, y yo sigo pensando que la mejor manifestación es quedarse sentado, pensando inamovible lo que piensas.

Es necesario ser único. Bueno o malo, pero único, íntegro, sin interferencias ni incongruencias. No venderse. Vivir de pie y a lo que venga. No dejarte sobornar, si no quieres. No dar tu brazo a torcer ante la moda, los estilos, los grupos, las estéticas.

¡Alejémonos de las banderas y de los uniformes, de los himnos y los rezos, de las cruces, las imágenes y las medallas! ¡Desertemos de las armas y las batallas, de las políticas de ficción y de los amigos con intereses! Y cantémonos a nosotros mismos, como Whitman, y a los nuestros y a la vida que nos rodea. Cantemos al hombre, que es un ser estupendo por naturaleza hasta que lo sabe.

¡Huyamos de toda tentación de encasillar la poesía! Midamos si se nos antoja, rimemos si nos sale del entendimiento, pero no sucumbamos ante los grilletes de un deber ficticio.

No intentemos hacer lo que queramos, sino queramos lo que hacemos. Amemos nuestros versos, adoremos nuestra prosa y vivamos al día. Soltemos el pájaro de nuestras manos por los cien que están volando. Abandonémoslo todo. Ser sublime sin interrupción, ¿recuerdas? Carpe diem. Sólo vivir. Vivir como dioses, que mañana está muy lejos. Vivir y observar, aprender y crear, recrear y seguir creando. Pero sobre todo amar. Sin amor llegamos a la muerte asqueados de nuestra vida, con ese regusto bilioso del egoísta admirador de su ombligo.

Reconozcamos la belleza que, aunque efímera, despierta nuestros instintos, la confianza en el mundo y el arte en su esencia. Rechacemos la cama unitaria.

El poeta no es nada más que el instrumento de la poesía. Es la pluma del arte puro que se manifiesta por medio del ser humano. Por eso somos contingentes, y a veces inconscientes e ignorantes de este arte.

No te he dicho todo lo necesario, pero todo lo que te he dicho es necesario.

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