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Dos no se pelean si uno no quiere

Dos no se pelean si uno no quiere

Dos no se pelean si uno no quiere. ¿Dos no se pelean si uno no quiere? La Historia, los últimos acontecimientos apuntan lo contrario. Con tal de que uno lo desee, dos o más se pelean. Cuando alguien se levanta contra su vecino, sobran las palabras. El conflicto armado esta servido. Uno provoca, el otro responde, aunque sólo se defienda, ya está peleando. El gandhismo es una utopía.

Enuncio, sin embargo, el juicio contrario: dos no se aman si uno no quiere. Sentencia que se me antoja más acertada. Siempre habrá un amante, siempre habrá un amado, pero esto no tiene por qué ser recíproco. ¿Qué regla de tres obliga al amante ser amado a su vez y al objeto de amor amar a quien lo ama? No la pelea puede partir de uno e implicar al otro (los otros), pero el amor puede ser unilateral, platónico, no correspondido.

Conocí a alguien, un solitario empedernido, que me asaltaba en cualquier lugar con una sonrisa en los labios y los ojos encendidos, asegurándome por fin que se había enamorado, que tenía novia, pero que ella no lo sabía. ¿Un poco triste? Quizás. Pero sostiene de alguna manera ese amor con sólo billete de ida, carta sin certificar, piedra en el estanque.

Cierto día me propuse escribir un cuento de paz, sobre la Paloma de la Paz para ser exactos. Un cuento con moraleja, como tácitamente pretende este cometido. Un cuento redondo, con buen comienzo y un final imprevisto, ambiguo, abierto, desconcertante. Piensen, por un momento, en que la Paloma de la Paz se sintiera ya vieja y cansada, que ese símbolo blanco de la hermandad entre los pueblos comenzara a pensar en su jubilación, que, seguramente, no sería anticipada. Pues su cometido (sin “Nobel” ni nada) no era fácil y la vejez y los achaques de una vida intensa causaban mengua en su labor, por desgracia, de todos los días, que consiste simplemente en amistar a los vecinos que mal se miran. Este cansancio, el dolor de huesos y el permanente estado febril en que se encuentra, hace mella en sus atributos. Por eso hoy (¿y cuándo no?) estallan tantas guerras, tantas penurias, tanto, tanto odio entre hermanos y vecinos. Pero la Paloma de la Paz tiene una esperanza. Pensad que tuviera un hijo, un único hijo, un pichón que, por el poder conferido al fabulador, nos podemos sacar de la manga.

Considerad, sin embargo, como puede ser dable, que el joven palomo, tras escuchar todos los argumentos de su padre, al comprender el auténtico cometido de la Paloma de la Paz, confesara a su progenitor con evidente naturalidad que él no quiere ser paloma, ni de paz ni de guerra, que él quisiera ser mariposa.
De aquí podríamos deducir la inevitable moraleja de que la Paz no precisa emisarios que la representen. La Paz reside en el corazón de los hombres de buena fe.

Y a hombres de buena fe nos referimos. Cuando en la Fundación Al Andalus convocamos un concurso para la Paz éramos conscientes de que hacíamos un llamado a la utopía. Quien escribe puede hacerlo sobre muchos aspectos, infinitos, pero quien escribe sobre algo tan concreto como es la paz, cohellamente está influyendo en que todo el universo se confabule para que ese deseo se consiga.

* Texto con el que prologué el librito compilatorio de los textos ganadores en el “I Concurso Internacional de Cuentos por la Paz”, organizado por la Fundación Al Andalus en 2002.

** Pintura del artista paranaense Mariano Rodríguez (1912-1990).

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