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Bienvenido a la cuarentena, su Majestad

Bienvenido a la cuarentena, su Majestad

Ayer, 30 de enero, cumplió el príncipe Felipe, futuro Rey de España, cuarenta años.

La cuarentena es una década especial, en la que has aprendido a fuerza de cachiporrazos. Entras en ese conformismo feliz de los altibajos, en el que piensas que todo es como es, las cosas están bien o están mal, pero están ahí, rodeándote, quieras o no quieras. Es un momento gozoso en que has encontrado tu sitio o lo que has hallado es que tu sitio no se encuentra.

A los cuarenta te resignas a que los sueños, sueños son, aunque la vida no sea un sueño, como preconizaba Calderón, como mucho el sueño que sueña el hombre borgiano que a su vez es soñado.

A los cuarenta eres previsor, coges un paraguas cuando llueve y caminas bajo las marquesinas cuando el sol calienta. A los cuarenta eres mortal, como cualquier hombre que camina detrás de sus narices (Shaquespeare), pegado a sus narices (Quevedo).

Entre los griegos no se alcanzaba la edad madura, llamada el acme, hasta cumplir los cuarenta años.

A los cuarenta tienes una visión práctica de la vida. Tu cabeza se asienta. Podrás llamarte hijo de Kipling. O puede que no se asiente nunca. ¿Un bala perdida? ¿Complejo de Peter Pan?

Con suerte, atraviesas la mitad de tu vida, la mitad de tu esperanza de vida, que es mucho decir. Quiere decir nada menos que te queda todo lo que has vivido para volver a vivirlo. Distinto, claro. Pero cuarenta años son muchos.

No tienes tanta energía, pero sabes más (o no tienes remedio). No tienes más ganas, pero sí más posibles (o no tienes remedio). No te enamoras varias veces al día, pero has encontrado un equilibrio emocional (o no tienes remedio).

Quien llega a los cuarenta se pone triste. Mira hacia atrás y se pone triste. Se mira al espejo y se pone triste. Se mira los michelines y se pone triste. Se mira el bolsillo y se pone triste...

Hasta los príncipes cumplen años. "Los ricos también lloran".

Ahora que don Felipe sufre la cuarentena (dicho así parece el aislamiento obligado por sospecha de epidemia), no tengo nada más que apenarme por él:

A los cuarenta y no sabe lo que es pasar la revisión del paro, no conoce un trabajo precario, y el desempleo mucho menos. No sabe, ni sabrá nunca, lo que es apretarse el cinturón, no llegar a fin de mes. No conocerá la sumisión a un superior déspota, a un jefe abusador al que, encima, hay que reírle las gracias. Nunca sabrá lo que es echar horas extra o quedarse sin vacaciones.

No sabrá lo que es un pago a plazos o una hipoteca o pedir un préstamo. Nunca vivirá ahogado.

Felipe no se habrá comido una hamburguesa o un trozo de pizza, o habrá invitado a Letizia a comer en un chino porque no se puede permitir entrar en un restaurante. Y, en los cacharritos, su hija no se habrá quedado con las ganas, pues hay dinero tan sólo para columpiarse dos vueltas.

Y nunca se planteó el hijo único o la vasectomía por la precariedad de la vida, pues sus descendientes vendrán con un pan debajo del brazo y un apellido real, un puesto en la sucesión, una gran herencia. Tendrán una vida regalada sin agujeros en los bolsillos.

Bienvenido a la cuarentena, su Majestad, porque mía no lo es.

2 comentarios

volandovengo -

Un poco enrevesado tu argumento, joven llanos, para reivindicar la autenticidad y huir del figurantismo. Pero está bien traído.

joven llanos -

La verdadera vida del hombre consiste en la forma en que él aleja todas las mentiras impuestas por otros sobre él. Despojado, desnudo, natural, él es lo que es. Es un asunto de ser, no de llegar a ser. La mentira no puede convertirse en verdad, la personalidad no puede convertirse en tu alma. No hay forma de hacer que lo no esencial se convierta en lo esencial. Lo no esencial sigue siendo no esencial y lo esencial continúa siendo esencial: no son intercambiables. Y esforzarse por alcanzar la verdad no hace más que crear mayor confusión. La verdad no se tiene que alcanzar. No puede ser alcanzada, ya está ahí. Solamente se tiene que abandonar la mentira. Todos los propósitos, fines, ideales y metas, ideologías, religiones y sistemas para mejorar y perfeccionarse, son mentiras. Cuídate de ellas. Reconoce el hecho de que, tal como eres, eres una mentira. Estás manipulado y cultivado por otros. Esforzarse por conseguir la verdad es una distracción y un aplazamiento. Es la forma en que se oculta la mentira. Mira la mentira, observa profundamente la mentira de tu personalidad, porque ver la mentira es dejar de mentir. Y dejar de mentir quiere decir no buscar más ninguna verdad; no es necesario. En el momento en que desaparece la mentira, queda la verdad con toda su belleza y brillo. Al contemplar la mentira, ésta desaparece y lo que queda es la verdad.

saludos volando vengo