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Los almendros del abuelo Juan

Los almendros del abuelo Juan

El abuelo Juan había muerto hacía dos años, pero un día sí y otro no, cuando subía por las tardes la cuesta hasta los almendrales, cojeaba en silencio a mi lado.

Era un terreno casi baldío que, a mediados del pasado siglo, el abuelo compró por cuatro gordas y hoy se ha revalorizado con cifras indecentes, pues el monte se encuentra en la dirección justa donde el pueblo ha decidido crecer y aparecen por birlibirloque nuevas urbanizaciones de esas con cocheras individuales y antenas colectivas, pero el abuelo dice que no, o sea, nosotros, la familia, ahora decimos que no, que no se puede vender un terruño que encierra la memoria y los caprichos de mi abuela María, y también el empeño y el amor del abuelo Juan, que siempre me acompaña cuando emprendo la vereda.

Nuestra abuela María no era nuestra abuela María. El abuelo se casó con la abuela, que se llamaba Consuelo, pero el amor de toda su vida fue María, un amor tan callado como imposible. Amigos desde la niñez, Juan y María compartieron todo menos el matrimonio. El abuelo no quiso comprometer su amistad y nunca le declaró su amor incondicional. Los tiempos de estúpida represión y recato le impidieron a ella forzar el destino y deslizar sus ganas entre los labios de mi abuelo.

Al tiempo, sin remedio, ella se casó con el farmacéutico del pueblo, un inmejorable partido, que le proporcionó estabilidad. Aunque nada más que seguridad. No le pudo dar un solo hijo, que culminara sus sueños, ni la pudo hacer realmente feliz. Sus problemas de esterilidad hicieron del boticario un hombre sombrío y de trato difícil. Se pasaba largas horas en la apoteca después del trabajo por no enfrentarse a un encuentro, que él creía comprometido, con una mujer comprensiva, que él confundía por compasiva, lo que hería su orgullo de primogénito de familia numerosa.

Juan se alegró por ella, es decir, por su boda y por las perspectivas tan halagüeñas que se le abrían, de descansado porvenir. De hecho vivirían en la casa más costeada de las que rodean la iglesia. Juan, con el tiempo, también se casó con la abuela Consuelo, como ya dije, a la que dio muchos hijos y estos muchos nietos, entre los cuales me encuentro.

Con el tiempo, imposible de evitar, el destino es así, Juan y María, los inseparables amigos de la niñez, se hicieron amantes. El farmacéutico los descubrió una anochecida durmiendo juntos en el granero. No dijo nada. Era prudente. Se dio la vuelta y se encerró entre sus pócimas y elixires. Ella lo llamó inútilmente. Se disculpó, se lamentó, quiso explicarle...

Lo de la operación en la pierna y su consecuente cojera no fue porque él le golpeara, como insinuaban algunos vecinos con malicia. Fue ella misma la que resbaló y cayo cuando quiso encaramarse al tejado para entrar por la buhardilla abierta. A María la hospitalizaron en seguida y a él lo sacaron con los pies por delante de su refugio entre drogas y jeringas. Nunca hubo superado su impotencia. Siempre se había sentido un “medio hombre” fracasado.

María, con su incipiente cojera, volvió a casa y la encontró más grande. Lloró bastantes días la muerte de un hombre al que a pesar de todo había aprendido a querer. Nunca abandonó su vestido negro. Lo quiso a su modo, distinto de su otro amor. Juan y Consuelo también lloraron la muerte del marido de María, aunque dudaban, a pesar de la explicación de la viuda. Era difícil no pensar, que fue esposo quien la arrojo desde el tejado, por despecho, y que después se quitó la vida con sus píldoras.

A la larga, como a todos nos llega nuestra hora, murió también Consuelo, más resignada que ignorante, y los dos amantes, pasado un tiempo prudencial, que en los pueblos nunca es bastante, se fueron a vivir juntos los días más felices de su vida. Cuando nacimos la mayoría de los nietos, la pareja convivía como un matrimonio. Con los años nos fuimos enterando poco a poco de la historia, aunque nunca sabremos fielmente la verdad.

Juan, el abuelo Juan, le regaló a ella un monte, que sembró de almendros, que era el árbol que más le gustaba, aunque lo mantuvo en secreto hasta que ya fueron grandes y estuvieran floridos. También había estado allanando un camino que recorría toda la plantación, empeñado en que los constantes paseos afectaran lo menos posible a su renqueante compañera.

De tanto subir al monte, de tanto andar uno al lado del otro, cogidos del brazo, el abuelo comenzó a torcer sus pasos, adquirió una cojera por osmosis, por simpatía, por puro amor a quien padecía a su lado.

Cuando murió María, de unas malas fiebres invernales, el abuelo Juan, continuó dando sus paseos, ocupándose del escaso riego que demandan los almendros y confeccionando ramitos rosados en febrero, con su dolor inconsolable, con su pierna falsamente atrofiada.

Hace dos años, en noviembre, el abuelo falleció en cama por voluntad propia. El día anterior se despidió de todos, de toda su familia, de todos sus amigos y de todos los almendros que poblaban el bosque de sus recuerdos. Se fue a la cama, después de un vaso de leche, y decidió morir a los dos años justos de que María lo hubiera abandonado. No lo lloramos demasiado. Conocíamos su voluntad y envidiamos la suerte de quien puede decidir su destino.

Ahora, sin embargo, siempre me espera en el camino de los almendros y vigila conmigo la limpieza del monte y la recogida de los frutos. Al principio, el miedo me robó el habla, lo confieso. Era un poco espeluznante que después de muerto decidiera no abandonar su paseo. Ya me he acostumbrado a su presencia y, aunque no habla, lo saludo y le cuento algunos chismes que se cuentan en el pueblo y otras cosas de la familia. Él sonríe y sigue hacia adelante contemplando con satisfacción los frutales, mientras yo empiezo a notar una leve dolencia al andar.

2 comentarios

volandovengo -

Gracias, Buzo incorregible, por tus palabras de sentido aliento. He de decirte, no obstante, que este cuento es pura ficción -como casi todos los cuentos-, y que ni mi abuelo se llama Juan ni camina a mi lada después de muerto. No existe monte ni almendros ni abuelas ni amantes. Mi hijo si es real y que "ilumina" este blog es más cierto que mi respuesta.

El buzo incorregible -

No sé si escribir que me emocioné al leerlo. Esta es la literatura que me gusta: memoria, sencillez, sugerencias, la verdad de las cosas, el dolor de vivir, la piedad con los otros, la defensa de un propósito. Ahora entiendo que haya un niño que se llame Juan, un niño entrañable que ilumina un blog que ya tiene luz propia. Enhorabuena, Jorge. Por el cuento, por tu abuelo, por tu hijo...