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La verticalidad de Adrián Sánchez

La verticalidad de Adrián Sánchez

Un paseo flamenco

La falta de promoción o la multiplicación de eventos, impiden que se llenen los teatros. Llevamos varias jornadas en las que se acumulan al menos tres o cuatro ofertas de flamenco. Aunque podamos estar agradecidos por el público, numeroso y dispar, la afición no puede desdoblarse. Así, el viernes pasado, nos pudimos ver, en el teatro José Tamayo de La Chana, poco más de un centenar de personas viendo un espectáculo tan rico como novedoso.

Adrián Sánchez, bailaor granadino afincado en Madrid, quiso mostrar un íntimo “paseo flamenco” en la ciudad donde dos veces por semana acude a impartir clases en su academia. Al tocar multitud de palos, alguna de sus propuestas quedó escasa. Lo peor fue el sonido. En un espectáculo de baile, lo que hay que potenciar es el suelo, aparte del arropamiento musical. Ni lo uno ni lo otro. Adrián parecía bailar con zapatillas de andar por casa y los músicos sufrieron desagradables acoples, silencios inoportunos y desentendimiento general. Con todo y con eso, un cuadro avezado, está por encima de los contratiempos, y, el aparato musical, diseñado por el guitarrista Rubén Campos, se regenera por peso específico. A su lado, César Cubero, como segunda guitarra, ofrece una dimensión flamenca agradecida. Aplaudamos también las voces de Sergio ‘El Colorao’ e Irene Molina, con bastantes protagonismos. Eloy Heredia, con la travesera, y Miguel ‘El Cheyene’, en la caja, completan una escena redonda.

Desde la rondeña (un solo de guitarra de Rubén) podemos comprobar en Adrián un bailaor completo de pies, brazos, cuerpo y expresión. En el que destacan su verticalidad y equilibrio, su técnica y compás. Logrando, con estas cualidades, una discreta elegancia y un buen hacer tan descansado como el paseo que nos propone. La rondeña pronto se convierte en tientos, en la voz gitana de Irene, donde el bailaor expone su fuerza. Las bulerías son un paso a dos con su artista invitada, Cristina Gracia. Es una danza cerrada, breve y de salón. Muy llevadera. En el primer “paseo flamenco”, Adrián se muestra como pez en el agua, tocando todas las piezas y, como en un menú de degustación, ofrece lo mejor de cada plato. Así se hilvanan, de forma natural, granaínas, abandolaos y farrucas, una caña acelerada y un remate por peteneras. En estos cambios rápidos, sobre todo, es donde percibimos la falta de atención de los técnicos.

Unos tangos sin baile alguno sirven de ecuador a un programa sin descanso. “Aire” es una pieza, compuesta de romera y fandangos de Graná, que aborda Cristina con bata de cola y Manila. Su falta de sal y la pesadez en sus movimientos, unido a una cierta cojera en su pie izquierdo, restan varios enteros al resultado final. Un final que enmienda la plana con su segundo “paseo flamenco”. Adrián, vestido de blanco, con desparpajo y soltura, a veces improvisada, vuelve a entretejer tarantos y soleares, tangos y alegrías, para rematar, generoso y cautivo, por fiesta.

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