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Cuando una mujer te pregunta la edad

Cuando una mujer te pregunta la edad

Cuando una mujer te pregunta la edad está claro que se considera más joven de lo que aparenta, que espera que, en tu balance, te quedes por debajo (a veces muy por debajo) de la edad que tiene en realidad.

Cuando una mujer te pregunta la edad es un ejercicio como poco delicado. En ese momento miras hacia todos lados (de forma ficticia, pues cualquier desvarío, puede considerarse una falta de atención) y, como quien te pregunta por una dirección complicada bajo un sol cuarentón, te dices: “con toda la gente que hay alrededor, me ha tenido que preguntar a mí”.

Cuando una mujer te pregunta la edad se encienden las luces rojas de peligro en tu interior y suenan las sirenas de seacabó, pues no puedes titubear ni unos segundos ni entornar los ojos, como buen cubero, ni balancear la mano con evidente signo de aproximación.

Cuando una mujer te pregunta la edad debes responder de inmediato, restando unos cinco años a lo primero que te viene a la cabeza. Y, cuando sueltes la cifra, simulando total convencimiento, y ella te da el número exacto (que a veces no es exacto) del número de años vividos hasta el momento, fingir inusitado asombro y proferir alguna exclamación halagadora, tipo: “¡si pareces una niña!”, “¡pues aparentas…!”, “¡yo juraría que tienes…!”.

Cuando una mujer te pregunta la edad es porque ese día se siente joven y quiere que aplaudan lo que antes ha reconocido el espejo. Cuando una mujer te pregunta la edad, a veces, es porque está baja de moral y necesita una inyección de autoestima que sólo consiguen el chocolate, salir de compras o sentirse joven.

Ayer, una chica (no tan chica) me preguntó la edad. Sabiendo todo lo antedicho no dudé en acercarla a la treintena por debajo, apreciando realmente que a los que se acercaba era a los cuarenta. Francamente agasajada, sólo me sonrió, sin decirme exactamente el tiempo que había vivido desde su nacimiento (como si fuera una nueva estrategia que tendré que estudiar más adelante).

Sin embargo, el resultado fue positivo, pues pasó conmigo gran parte de la velada, contándome historias descabezadas de su juventud en Inglaterra, terminando por descabezar a un servidor.

Conforme hablaba, los años se le iban acumulando en las comisuras y alrededor de los ojos. Hasta que llegué a pensar si no hubiera sido mejor la estrategia de la duda metódica, si no fuera mejor haber dicho: “cua… treinta y algo”.

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