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El latido del flamenco

El latido del flamenco

Más que una expresión artística, el flamenco es un estilo de vida, es un sentimiento difícil de explicar. Como igualmente es difícil de definir el ‘pellizco’ o el ‘duende’.

Federico García Lorca, en su conferencia Teoría y juego del duende, cuenta que Manuel Torre (“el hombre de mayor cultura en la sangre que he conocido”), escuchando Nocturno del Generalife de Manuel de Falla, dijo: “Todo lo que tiene soníos negros tiene duende”.

Y de ‘sonidos negros’ se trata. Pero sin ninguna connotación racial o externa, sino de esa amargura vital que hace que la garganta tenga pellejos de aguardiente. Felix Grande escribe que “el flamenco es una de las músicas más desconsoladas del mundo”. El flamenco nació de la pena y del dolor, de la marginalidad y de la explotación, de la persecución y del hambre. El flamenco es un grito desgarrado; es la vindicación de la existencia, como puede ser el blues; es un perpetuo caminar por la sombra, como puede ser el tango.

En 1425 llegaron los gitanos a España, procedentes de la India, después de un largo éxodo por los países europeos. En la península Ibérica, con su arte del engaño, con su nomadismo y con su vida de fortuna, pudieron convivir en paz cosa de medio siglo. Después, como en el resto de Europa, fueron perseguidos por las aberrantes pragmáticas de los reyes, de mayor o menor dureza, que les prohibían explícitamente vivir como gitanos.

De esa represión surgió la queja. Y esa queja desembocó en el cante. A finales del siglo XVIII ya se entonaban tonás y sus derivados (siempre sin acompañamiento instrumental, como hoy en día): martinetes, deblas, livianas, carceleras. (Se ha dicho de la carcelera que “si la desgracia tuviera un himno, ese himno sería la carcelera”)

Como es natural, con estos sones a capela, se hicieron también cantes de labor (trilleras o temporeras), pregones o saetas. Seguidamente surgió la seguiriya, la seguiriya gitana, el cante dramático por antonomasia.

El primer cantaor conocido de la historia, gran seguiriyero, fue Tío Luis de la Juliana, que era aguador en Jerez de la frontera. A él le siguieron el Ciego de la Peña, el Planeta, Manuel Cagancho, Merced la Serneta, el Fillo… Todos de origen gitano.

Pero no nos engañemos. El flamenco es el choque del gitano con el poso musical de Andalucía. Los romances o corridos (castellanos, moriscos o fronterizos), los cantos mozárabes (jarchas, casidas), las tonadas, las seguidillas, los fandangos, los cantos sinagogales… sirvieron de cimientos para edificar el grueso andamio del flamenco.

No es hasta mitad del siglo XIX, sin embargo, cuando empiezan a destacar nombres de cantaores no gitanos. Silverio Franconetti, de padre italiano y madre andaluza, con su “grito terrible”, según Lorca, que “abría el azogue de los espejos”, partió en dos la historia del flamenco (como hoy día ha podido hacerlo Paco de Lucía y Camarón de la isla).

Ya en tiempos de Franconetti existían un puñado de cantes: los básicos (tonás, seguiriyas, soleares y fandangos) y sus derivados (tangos, bulerías, cantiñas o los cantes de levante).

Los primeros cafés-cantantes surgieron, a partir de 1842, en toda Andalucía, levante, Madrid, Barcelona (Silverio regentó uno en Sevilla). De la intimidad y el ‘cuartito’, el flamenco se vistió de largo y se hizo profesional. De un sentimiento familiar, se convirtió en una manifestación popular. Es la llamada edad de oro del flamenco.

En estos cafés, donde se ofrecían comidas y espectáculos, se casan definitivamente el cante, la guitarra y el baile. El café cantante es una escuela donde se forja y se desafían los artistas; donde beben unos de otros, donde se aprende y se crece.

Le preguntaron a Manolito de María, un gitano de Alcalá de Guadaira, que por qué cantaba. Él sencillamente dijo: “porque me acuerdo de lo que he vivido”. (Caballero Bonald hace poco manifestó que “el cantaor no inventa: recuerda”.)

Y es así, se canta la vida, la pena y el sudor, pero también, a veces con ironía, se canta al amor, a la alegría y la fiesta. El pueblo andaluz se ríe de su suerte, de sus duquelas. Sabe sobreponerse al dolor y a veces prefiere los laureles de un día de festejo, que el pan seguro de cada día.

En 1922, otro hito volvió a dar un impulso al flamenco. Este arte andaba denostado por las autoridades y por el pueblo fino. Fue en Granada que se juntaron Manuel de Falla, Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Zuloaga y otros cuantos intelectuales para organizar el primer Concurso de cante jondo de la historia y luchar contra este incomprendido antiflamenquismo.

Tres baluartes tildaron este concurso no profesional. En primer lugar, formaba parte del jurado el vastísimo don Antonio Chacón, que tiene en su haber la creación (granaínas, caracoles) o recreación (malagueña) de la mayoría de los cantes como ahora los conocemos. En segundo lugar, cantó fuera de concurso el tremendo Manuel Torre, uno de los nombres imprescindibles del cante. Y, por último, consiguió un premio un chiquillo de trece años llamado Manolo Caracol, una de las dos grandes influencias, junto con Antonio Mairena, de los cantaores y aficionados del cante flamenco de la segunda mitad del siglo veinte.

(Las cuevas del Sacromonte granadino funcionaban a pleno pulmón en aquella época. Una asistente al concurso de cante, conocida como la Argentina, posiblemente la mejor bailaora de España, visitó las cuevas en compañía de Chacón y Ramón Montoya (gran guitarrista, creador de la rondeña que ha marcado la base para las creaciones posteriores). Después de bordar una soleá de Enrique ‘el Mellizo’, de un rincón se levantó una viejecita desarrapada y enteca, que le dijo a los artistas que siguieran por ‘ahí’, que quiere decir que continuarán con el compás por soleares. Todos se quedaron cómicamente extrañados, pero le hicieron caso a la anciana y se arrancaron por Ramón ‘el de Triana’. Fue salir al centro y levantar los brazos esa mujer que, cuenta la crónica, todos se quedaron helados. A su fin, la Argentina se preguntó: “¿y yo bailo? Si trasmitiera al público la mitad de la emoción que siento ahora viendo a esta bailaora...”. Era María Gracia Cortés ‘La Golondrina’. Tenía 79 años)

Un periodo de nublos, gobernado por la Guerra Civil y la dictadura, oscurecieron el flamenco. La ópera flamenca era la única manifestación posible. Muchos cantes pasaron al olvido. Tan sólo los sones aflamencados, la copla y los fandangos estaban de moda. Puede que estos espectáculos hicieran daño al flamenco, pero también fueron el salvavidas que lo mantuvo a flote hasta mejores tiempos.

Fue en 1956 que Córdoba tomó el relevo del 22 organizando el Concurso nacional de arte flamenco (que sigue vigente en nuestros días). A éste le siguieron otros premios en el resto de Andalucía y se prodigaron los tablaos (sucesores de los cafés cantantes) y los festivales flamencos. Festivales que este verano pueden cumplir más de 50 años.

El flamenco se prodiga como nunca. Empieza a haber recitales por toda la Península y entra en las aulas universitarias (Morente, Menese, Gerena); se extiende por todo el mundo hasta que el 11 febrero de 2011, fue considerado por la UNESCO Patrimonio Oral de la Humanidad.

Hogaño son centenares los intérpretes de flamenco en cada una de las tres disciplinas: cante, toque y baile y otros instrumentistas (piano, percusión, flauta, violín). No sólo en España, sino también en el resto del mundo. El flamenco se expande y sigue creciendo como un animal vivo. El flamenco tiene las ventanas abiertas. Desde que nació es mestizo, como decía Manolo Sanlucar. Pero el flamenco nunca olvida su pasado, su origen y su cuna. En cada quejío del cantaor se advierten las palabras que, en la primera mitad del siglo XX, dijera Tía Anica la Piriñaca: “cuando canto a gusto me sabe la boca a sangre”.

* Jorge Fernández Bustos, ponencia dictada en Lorica (Calabria) el 25 de agosto de 2013 (traducido al italiano por Gilda Rogato)

** Ilustración: Cante flamenco en el patio, dibujo de Enrique Simonet (1900)

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