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Un clavel bajo la lluvia

Un clavel bajo la lluvia

XIX Festival Flamenco de Huétor Vega

Si no llega ser por el prodigio de Mozart, Antonio Salieri hubiera sido un músico más que sobresaliente en la Europa de finales del siglo XVIII; y si no llega a ser por el torrente de José Menese, Diego Clavel, nacidos los dos en la Puebla de Cazalla (Sevilla) en los años 40, no habría crecido en la sombra.

Diego Andrade Martagón es uno de los últimos maestros que nos quedan. Cantaor enciclopedista e incombustible que domina a la perfección el amplio abanico de los cantes. Se entrega con pasión y duende, con esa voz melismática y llena de flamencura.

Terminando sus tientos-tangos en el escenario al aire libre de Huerta Cercada de Huétor Vega comenzó a llover, a la guitarra Ramón del Paso, se miraron y decidieron seguir adelante. Era un calabobos más molesto que alarmante pero podía haber crecido en forma de diluvio. Con el aguacero y todo, Diego Clavel, hizo una consulta a un público que inquieto se refugiaba bajo los árboles y las cornisas (los más siguieron estoicamente sentados en sus asientos) y, sin esperar respuesta, acabó su actuación por seguiriyas.

El maestro de Cazalla comenzó con la caña, que encierra entre dos soleares, y siguió con una bella serrana, que la empezó con livianas y la terminó con seguiriyas. Intérpretes como él quedan pocos, nos tenemos que remontar al recientemente desaparecido Chocolate o a su paisano Menese.

El festival lo abrió el baile galán de Silvia Lozano que, con traje corto, abordó una soleá por bulerías. Silvia es una bailaora de oficio que se crece en el escenario. Trasmite y seduce. Lástima que el tablao no fuera el adecuado. En general, el tablao, su sonoridad, es lo que menos se cuida en un festival y, para la participación del baile, supone casi el cincuenta por ciento de su efectividad.

Para abrir la segunda parte, volvería la bailaora de Huétor Tájar interpretando sus deliciosas alegrías, que cada vez domina con más soltura. Quizás influyera en su incondicionalidad que su maestro Mario Maya estaba bien atento entre el público.

Juan Pinilla abre la noche, después del baile, con unas malagueñas y abandolaos que remata con fandangos de Granada, para marcharse a levante y dejarnos las mineras con las que ganó el concurso de La Unión. A la guitarra un perfeccionista Luis Mariano, todo sensibilidad y buen gusto, que se adapta a la perfección a los devaneos de Pinilla. Muestra de su buena simbiosis fue la farruca que logró por primera vez el silencio absoluto en el alboroto del ambigú. El joven cantaor, acogido a la tradición, acabo su recital con fandangos naturales.

Desde Almonte llega Manuela Laíno para deleitarnos con un pase poco convencional. Con buen timbre y eco marismeño, Manuela nos ofrece guajiras, peteneras y milongas, para terminar con tonás y martinetes e improvisar, a petición de los presentes, unos fandangos de su tierra, en los que se acordó de Paco Toronjo.

La sorpresa de la noche vino de la mano María José Pérez desde Almería, que llenó los jardines de desgarro y frescura. Comienza regalándonos una granaína y media granaína que, con Luis Mariano a la guitarra, fueron un dulce. Continúa sintiendo las tarantas de su tierra, e irse al otro extremo de Andalucía haciendo alegrías de Cádiz y fandangos de Huelva, que cantó en su final sin micrófono, llenando el recinto de sabor y verdad.

2 comentarios

volandovengo -

Escribo asiduo, pero no es necesario leerme a diario.

Bahú Bamba Lelë -

Lo siento pero no sabía que ibas escribiendo tan asiduamente!!! vamos a ver si te voy siguiendo!