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La elegancia

La elegancia

En la corte de Luis XVI, un aristócrata, que pasaba por ser uno de los hombres más elegantes de París, si no el más elegante de Francia, que venía a decir que era el más elegante del mundo, se presentó en una recepción de su rey o en una fiesta social de madame Pompadour, de esas que se escuchaba poesía y se admiraba a las castas jovencitas casaderas tocar el piano.

Cuando inmediato pasó de anunciarse su presencia al obligatorio besamanos, la marquesa alabó su porte diciendole que venía muy elegante. Turbado él preguntó si se notaba mucho y, acto seguido, montó en su calesa y fue a casa a cambiarse, pues la elegancia debe ser discreta.

Jules Barbey D’Aurevilly lo expresaba así en un cuento de Las diabólicas (1874): La simplicidad del arte supremo consiste sobre todo en pasar desapercibido.

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