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El sauce y la espada

El sauce y la espada

Los Veranos del Corral

Algunas sorpresas nos depara el Corral del Carbón este año, algunas luces que brillan sin previo aviso. Como fue la actuación de Saori, que aparece como “actuación extraordinaria”, fuera del programa oficial.

Ya sabemos la querencia de la nación japonesa por nuestro flamenco. Multitud de cantaores, tocaores y sobre todo bailaores de buen nivel se concentran en el país del Sol Naciente. Son un pueblo disciplinado y sensible, metódico en sus convicciones y francamente respetuoso. No es de extrañar que el flamenco constituya un rito, como sagrado es el arreglo floral (ikebana), la ceremonia del té o el teatro No y el kabuki.

Así, Saori, quiso empezar su actuación con un acto solemne, donde, vestida de samurai, realizaba movimientos lentos y esquemáticos, ofreciéndole sumo protagonismo a una catana, símbolo tácito de su país y de su intención, mientras los cantaores, Manuel Tañé y Rubio de Pruna, ofrecían toná y carcelera respectivamente (la carcelera con esa letra tan desgarradora de Diego Corrientes, bandolero del siglo XVIII, que dice: Veinticinco calabozos / tiene la cárcel de Utrera, / veinticuatro llevo andaos, el más oscuro me queda). Tras el cante, Emilio Maya, arpegia algunas notas sentidas de Madama Butterfly.

Unas bulerías sirven de interludio para la nueva aparición de la bailaora por levante, rematado en tangos. Su baile es clásico y muy medido. Quizás, para esta primera pieza, esté algo inquieta. No es fácil el estreno, sobre todo teniendo en cuenta todas las bailaoras que la han precedido. Destaca su flexible juego de manos y la expresión del rostro (más de una bailaora desearía poseer esa alegría y ese control facial). Los tangos, no obstante, son más agradecidos.

Emilio se queda solo en el escenario y nos ofrece una bella granaína, en la que se acuerda de Manuel Cano. Siendo el primer guitarra, es la única vez que se ve mandando. Antonio Santiago ’El Ñoño’ se impone más de lo deseado y, en vez de almohadillar el camino, lo dificulta. Su confusa guitarra se impone y desdibuja el brillo canoro de la del granadino.

El mejor corte de la noche, sin embargo fueron las guajiras, que acaban con colombianas festeras. A Saori, con vestido rojo y complementos crema, le sientan muy bien este tipo de bailes tan sugerentes y seductores. El abanico extiende su cuerpo y su gracia sin par. Es una pieza redonda, que empieza y acaba sentada en una silla.

Otro poquito (más bien extenso) por bulerías precede el último baile de la velada. ’El Ñoño’, en solitario, acompaña a los cantaores, siguiendo su tónica excesiva, que le hace, por ejemplo, meter falseta después de cada una de las letras.

Por seguiriyas termina la función. La correcta danza, quizá con falta del dramatismo que este cante necesita, está paliada con la belleza somática de una flamenca ataviada con vestido violeta y pañuelo, zarcillos y peina verdes.

Acaba la noche ceremoniosa como empezó, con catana y Emilio remedando a Madama Butterfly, pero la bailaora sigue flamenca y no vuelve al traje de samurai, como diciendo que nuestros mundos en realidad no están tan alejados.

* Foto de Antonio Conde©.

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