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Con una sonrisa

Con una sonrisa

Cualquier destino, por largo y complicado que sea,
consta en realidad de un solo momento.
El aleph, Borges

El barrizal impedía que avanzara con ligereza y la lluvia rasante le cegaba la vista varios palmos hacia delante. Las cortinas de agua oscurecían la noche borrascosa, más si cabe. Cuando detenía sus pasos, acuciado por la inclemencia, alguien le empujaba con desgana manifiesta. No anduvieron mucho, sin embargo. El tapial, seguramente blanco, se elevaba en su presencia. La luz mortecina de una bombilla pelada evidenciaba la penumbra.

Se detuvieron a un metro escaso de la pared encalada. Un pañuelo húmedo cegó definitivamente al cautivo, mientras el piquete se preparaba para formar una hilera varios pasos a su frente. Sus ropas pesaban, empapadas por el aguacero. Sus oídos escuchaban solamente llover sobre los charcos y algún trueno lejano que retumbaba acercándose. Sus botas eran puro barro, como si ya perteneciera a una tierra que pronto lo habría de contener. Fumar era inútil.

Recordó en esos momentos que las tribus nativas de Norteamérica, cuando iban a enfrentarse en un mal día, como el que estaba aconteciendo, se concedían unos a otros la sentencia de que no era tiempo para morir, y los dos grupos se retiraban a sus poblados para emprender de nuevo la lucha cuando el tiempo fuera más benigno.

Los soldados alineados esperaban la orden del sargento que, con el sable desnudo, musitaba entre dientes maldito día o algo parecido, como si la suerte adversa fuera la suya y no la del condenado.

Alzó la espada sin más preámbulos, había que acabar pronto, regresar al cuartel para secarse y entrar en calor esperando que pasara la tormenta. Los relámpagos empezaban a caer demasiado cerca y los soldados estaban bien nerviosos, con chorreones de agua que resbalaban desde el chacó de fieltro hasta la entrepierna. Los pies chapoteaban enmohecidos dentro del calzado. La oscuridad era pesada y creciente.

―¡Preparados! ―cantó el oficial con el brazo derecho en alto, mirando a los soldados tensos.

El pelotón de fusilamiento empalmó sus armas sobre el hombro y apuntó lo mejor posible a una sombra que se difuminaba en las sombras.

―¡Listos! ―bramó de nuevo el sargento, mirando al reo de forma aséptica.

En ese momento, un rayo quebró la inmensa rama de un árbol cercano que con las mismas abatió a toda la hilera de verdeoscurro y al sargento con ellos.

El cautivo, cansado de esperar la palabra postrera que lo mandara al otro mundo, se alzó levemente el pañuelo de los ojos atendiendo al desastre que para él suponía un vuelco de la fortuna, un segundo nacimiento, la oportunidad inexcusable de comenzar una nueva vida, enmendando en lo posible los entuertos causados en su mundo egocéntrico.

Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia el río pensando en visitar a sus padres y rogarles perdón, que habían insistido en que no se alistara, que la guerra no era suya, que quedara en la hacienda manteniendo una existencia modesta pero digna. Él no les hizo caso y corrió en la primera ocasión para engrosar las milicias libertarias, abandonándolo todo, dejando a sus progenitores ahogados en llanto.

Se agarró a unos maderos, a modo de balsa, y se dejó arrastrar por el río hasta las posiciones de sus camaradas. Mecido por la corriente, antes que le venciera el sueño, aún pensó en su querida María, que abandonó con un niño de pecho llorando en las haldas.

Despertó en las filas amigas que le comunicaron que la contienda había terminado con la rendición de los contrarios. Que la mayoría habían huido, fusilando a sus prisioneros, robando lo que hubiera que robar y destruyendo todo a su paso.

A los dos días, el salvado del paredón, se adivinaba junto a su mujer y su hijo, después de haber llorado su regreso junto a los padres. A la promesa de que no se separaría de ellos el resto de su vida, le secundo una noche lenta y gozosa de amor que le imprimió una sonrisa permanente durante el sueño postrero.

Un relámpago lo despertó al momento de oír la voz del sargento que rotundamente gritaba ¡fuego!, al momento que ocho descargas desgarraron su pecho y su vida. Su cuerpo inerte cayó al barro y sin embargo sonreía con el perdón de los suyos.

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