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Estrella de sólo cuatro puntas

Estrella de sólo cuatro puntas

Impresionante. Pero no emocionó. Estrella Morente una de las hijas más queridas de su tierra, que pronto emprendería el vuelo, dio un concierto ajustado para vencer pero no para convencer. Ella sabe que el público granadino es agradecido, pero también debe saber que es exigente. La ilusión y la entrega, quizá fueran los deseados, pero en conjunto la actuación tenía fisuras.

En primer lugar, la comunión del espectáculo “Pastora 1922” y del disco “Mujeres”, más que un acierto y una continuación lógica en su trabajo, sonó a pastiche que dejó a medias tanto una idea como la otra. También, podíamos plantearnos, la difusión del protagonismo con sus acompañantes, cuando a ella, la máxima estrella (léase Estrella), se la pretendía permanente. Para concluir, para terminar de satisfacer a un auditorio indeciso, podría haber concluido con un fin de fiestas personal, un bis, o un par de temas, siendo generosa, para abrochar la noche con sobresaliente y, por ende, toda la gira que en Granada ha terminado.

Con todo y con eso, Estrella Morente es una gran artista, que reúne los valores de su padre, o sea, un registro absoluto de los altibajos y los medios tonos, una riqueza melismática fuera de lo común y una cabeza muy bien amueblada, además de una voz dulce, privilegiada, una belleza natural y un dominio innato de la escena. Artistas tan completas como ella se dan una entre mil. Quizá demasiado histriónica, quizá bastante premeditada.

Enrique, como promotor y alma mater del proyecto, presta su voz, que lee la misma “Arquitectura del cante jondo” que leyó Federico en aquel Concurso de 1922, para ilustrar un vídeo sobre la época y sus intelectuales, sobre aquel acontecimiento y la tragedia, en forma de Guerra Civil, que se nos vino encima. La música de fondo pertenecía al “Amor brujo” de Falla, cerrando así el espíritu de la noche en los Aljibes.

Quitando la pantalla de proyección, aparecen al completo el Cuadro Gitano del Sacromonte y el Grupo de Laúdes y Bandurria del Albaicín, junto a los cantaores y a los guitarristas, lo más granado de la tierra, haciendo los mismos tangos que suenan incansablemente en las cuevas, cantados y bailados por los mismos flamencos que bailan y cantan en el Camino del Monte. Mi primer aplauso va para ellos, el rescate de estos artistas condenados a la sombra de la divisa extranjera es impagable. Su espontaneidad, gracia y esmero es necesario conservarlos como patrimonio del flamenco granadino.

Mi segundo aplauso sincero va para las púas mayores de las bandurrias y los laúdes por el acierto de su inclusión en el flamenco actual, como reivindicando una de las señas de identidad de la zambra, con la que empieza el recital la protagonista de la noche. Un comienzo exclusivamente granadino. A la zambra, incluida en su disco “Mujeres”, le siguen unos fandangos de Frasquito, una granaína, arropada por un preciso Miguel Ochando a la guitarra, y culmina con tangos de Granada, en los que se acuerda de La Gazpacho, La Repompa y la Tía Concha. No sabemos si es por la emoción, por las ganas de impresionar o porque tenía la voz tomada, su comienzo estuvo algo rayado. Traspiés que a veces enturbiaban demasiado. Sin embargo, la frescura y redondez de Estrella Morente en directo, no la tiene su último disco. Era cuestión de tiempo. Había que madurar y limar aristas.

Para una tácita segunda parte, como único tocaor, salió al escenario un indiscutible Pepe Habichuela que acompaña a la artista en sus temas menos ortodoxos. Con “Vuelvo al sur”, escrita para Rocío Jurado, comienza su particular homenaje de arte y sentimiento hacia la mujer. Estrella es luz. Estrella es profunda y es etérea. Continúa la diva con “Nostalgia'” de Enrique Cadicamo, tema que borda sin discusión, en que Habichuela hace una deliciosa incursión en la bossa nova. Seguidamente requiere compás y una segunda guitarra para la bulería que, acompaña con un bailecito, con la que da paso a su partenaire, Juan Andrés Maya, que baila la “Canción de los pastores” por soleares, de manera muy efectista y teatral, en el que seduce a Estrella, en el que seduce al respetable.

Acaba Estrella con unas bulerías ilustradas por el baile visceral de Iván Vargas y Jara Heredia. Después aparece con su vestido blanco de cola, como de novia, bailando como lo hizo en la Alhambra en 2004, aunque menos impresionante que entonces, para dejar a su equipo rematar la faena por tangos. Ni una triste despedida de la artista, ni un ligero bis que endulzara la salida. Es la mejor forma de alejar a los incondicionales.

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