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Y ahora el concepto

Y ahora el concepto

XVI Bienal de Flamenco de Sevilla

Primero fue la sangre. La sangre y la fuerza y la cueva y el fuego en los ojos. Después vino el vuelo y la técnica y el silencio y la razón. A continuación el espejo y el desinterés y la ventana abierta y una vena contemporánea que le da paso al infinito. Ahora llega el concepto.

El baile se sintetiza y dice más de lo que se ve. El interior sale por la boca y, como en un jardín borgiano, la bailaora se pronuncia, salta al vacío, y hace coincidir el flamenco con la vida y la vida con el baile.

En la parrilla del teatro Lope de Vega de Sevilla, para la XVI Bienal de Flamenco, La Moneta rasca en su ordenado cerebro y rasca en su corazón, enorme de pura verdad, y sale al escenario para jugárselo todo a una carta.

Se arriesga planteando una Duda al empezar. Una introducción vanguardista difícil de digerir para el público hispalense. El zapateado Claro oscuro rápidamente palia con gracia cualquier desajuste en la mente ortodoxa.

Los dos cantaores, Miguel Lavi y David Sánchez ‘El Galli’, se lucen con toda el alma en las tonás, sólo superadas en la soleá con la que cierran.

A estas alturas se evidencia una dimensión coreográfica en la bailaora granadina sensata y eficaz. Por momentos recuerda a Mario Maya, a Eva tal vez. Dos grandes aciertos sobresalen en este concepto grupal. El primero es la convencida ruptura de la simetría, de un cuerpo unísono y monótono, a favor del equilibrio y la apuesta individual o el alterno paso a dos. El segundo radica en la imbricación de un tema con el final del anterior y el comienzo del siguiente ofreciendo un estimulante dinamismo.

Estos puntos se evidencian con toda claridad en las Intenciones por peteneras, uno de los preciosismos de la obra, que Fuensanta baila con palillos y manga bolera y se solapa con los Aires a ritmo de Raimundo, apuntando el final de esta pieza. Benítez es un bailaor con clase e ideas que tiene bastante que decir. El público reconoció su entrega.

Totanera es un taranto, donde destaca el guitarrista Miguel Iglesias, que adquiere evidencia cuando se convierte en tango. Correcta la bailaora con vestido de cuadros y mandil, que se desmelena dominando como pocos en los guiños del camino. Ronea es sus pasos y estremece con las caídas.

La sorpresa de la noche llega frente al piano. Es Diego Amador que remata los tangos e improvisa por fiesta para aliviar la próxima entrada de La Moneta. Quizá un poco larga su intervención, quizá necesaria para enriquecer el momento. Como es habitual, el inspirado juego de las teclas, Diego lo colorea rascando el piano por dentro, en su empeño de demostrar que también es un instrumento de cuerda.

La pieza se va serenando hasta trocarse en zambra caracolera que canta el mismo pianista con su voz desgarrada y su aura gitana. La Moneta baila con un atrevido vestido de cola leopardiano que la convierte en mujer fatal entre sus partenaires.

Otro compás de espera se encuentra en los fandangos. Puede que lo más flojo de la noche por su inconsecuencia, que pasan sin embargo al apoteósico desenlace final por soleá y su remate.

Una reflexión antes de acabar. Por muy clara que tengamos la obra y por muy atados que veamos los cabos, un director de escena es necesario para poner a cada uno en su lugar y lo mismo que para el sonido y las luces se cuenta con dos grandes profesionales, el aspecto teatral debe ser supervisado.

Los cantaores cantan, si no serían actores o bailaores. El pedir de ellos que ocupen puestos avanzados e interpreten es un juego nada ventajoso.

Alma mía es la soleá donde Fuensanta La Moneta en verdad reivindica su espacio y su poderío, donde convence con la fuerza de su cuerpo e hipnotiza con su mirada. Es la conclusión lógica y trascendental de casi dos horas de espectáculo (demasiado largo). Soleá que se prolonga con aires de fiesta y termina con toda la fuerza y el poder de su arte, en un crescendo arrebatado por bulerías.

* ...que Fuensanta baila con palillos y manga bolera... (Luis Castilla© para deflamenco.com).

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