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volandovengo
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Cambio de registro

Cambio de registro

Estoy convencido de quien es aficionado a la lectura vive más. Quizá matemáticamente su vida sea la misma tanto si lee como si no. Pero interiormente esa vida se amplifica y se desdobla, enriqueciéndose con los libros que pasan por nuestros ojos, que es como decir por nuestros sentidos, por nuestra mente, por nuestro corazón.

Como un espía de vida intensa que se crea una leyenda haciéndose pasar por quien no es, cuando estamos enfrascados en una historia escrita, en cierto modo tomamos partido, nos inmiscuimos en otro mundo y, por algunos momentos, vivimos otra identidad, otras realidades tanto en el espacio como en el tiempo.

Una vez estuve en Grecia con un programa cerrado durante una semana. Cada uno de los siete días, mi compañera fue encontrando bajo su almohada una carta que antecedía lo que íbamos a visitar, con numerosos detalles sobre los lugares, la historia y la mitología helénicas.

No hace falta explicar que esas letras las escribí antes de salir de viaje, con ayuda de mis lecturas, pues nunca había visitado esas tierras.

Hasta principios del siglo XX era muy normal encontrar autores que escribían de otros países o de viajes exóticos sin haber abandonado su casa y su estudio.

Aunque hay quien se engancha a un tipo de literatura y no cambia en toda su vida (conocí a uno que había leído un solo libro, eso sí, once veces), lo normal es que los gustos cambien y nos hagamos más "exigentes".

Ya no nos interesa sólo lo que cuenta una obra, sino cómo lo cuenta. Nos fijamos en el autor y sus circunstancias, el contenido y el continente. Incluso, las opiniones externas y el prólogo y epílogo. Todo enriquece nuestra lectura.

Es imposible leerlo todo. Es imposible estar totalmente al día. Hay libros que tenemos pendientes, hay clásicos imprescindibles, hay lecturas que nos pasan desapercibidas, hay autores que no nos dicen nada.

Y, entre tanta lectura, recomiendo el placer de releer, de redescubrir lo que ya has hallado, de bañarte en el mismo mar de todos los veranos. Volver a un libro determinado y determinante es un doble placer, aunque su lectura nos quite el tiempo necesario para gozar con algo nuevo.

Mis lecturas son viscerales. Nunca la moda, la crítica o la obligación han guiado mis ganas. Digamos que una lectura me ha llevado a otra, un autor a sus contemporáneos o a sus admirados o a sí mismo, un tema al mismo tema.

Soy lector atípico. Huyo de los best seller como de las recomendaciones apasionadas. Soy mitómano en autores y doy varias oportunidades a los intragables. No me gustan los "iluminados" ni los libros de autoayuda ni el ensayo popular.

A principios de este año pasado (2010), la demonología, como fantasía plausible, se instaló entre mis libros de cabecera. Algunos ejemplares vinieron seguidos, otros algo más distanciados. Hace pocos días terminé el deliciosa Retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde y recordé esas lecturas, con el diablo como figura estelar, entre los que se contaban Margarita y los viejos de Bugákov, Merlín y familia de Cunqueiro, Don Juan de Torrente Ballester, Fausto de Goethe o Doktor Faustus de Thomas Mann.

Antes de que acabara el invierno, sin embargo, busqué un libro radicalmente distinto, necesitaba cambiar de registro.

2 comentarios

volandovengo -

Como digo y como sabemos, querido Jesús, hay muchos. Entre los ingleses encuentro la mayoría de ellos. Ahora me viene a la cabeza el premio Nóbel William Golding que escribía sobre otros países y nunca abandonó su ciudad.

Jesús Lens -

Como Salgari, que con Atlas y libros de historia se inventóa Sandokán y toda su estirpe.