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La duda divina

La duda divina

Hay un proverbio español que dice: “De las cosas más seguras, la más segura es dudar” y sobre todo tratándose de cuestiones intangibles. Cuando una percepción se nos escapa de los sentidos, la fe, la intuición si queremos, es la que manda, la que nos ofrece su ‘corazonada’ con un marchamo inexistente de credibilidad.

Porque creer supone un sobreesfuerzo. Creer en el mundo de las ideas, que diría Platón, se supone. Porque es fácil firmar sobre una casa, por ejemplo, si esa casa la estamos viendo y tocando y viviendo. Es más fácil abrazar lo humano que lo divino.

Chesterton, en El hombre que fue jueves, decía que "el budismo no es una religión, sino una duda". Y quizá sea lo más acertado, la búsqueda continua, la duda cartesiana.

"El escepticismo es el principio de la fe", dice Oscar Wilde en El retrato de Dorian Gray, y Unamuno, en Mi religión, explica: "Porque escéptico no quiere decir el que duda, sino el que investiga o rebusca, por oposición al que afirma y cree haber hallado".

Además, según Cunqueiro (Un hombre que se parecía a Orestes): "Un hombre que duda es un hombre libre, y el dudoso llega a ser poético soñador, por la necesidad espiritual de certezas".

Como contrapartida, sin embargo, en las Memorias de un loco de Flaubert, se nos dictará que "la duda es la muerte para las almas; es una lepra que afecta a las razas desgastadas, una enfermedad que proviene de la ciencia y conduce a la locura. La locura es la duda de la razón; ¿quizá sea la razón misma?".

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