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volandovengo

Poesía/Cuento/Teatro

La estrella, esa que buscas

La estrella, esa que buscas,
se oculta apenas en la niebla.
Un intenso suspiro al menos,
una mirada para adentro,
tan sólo un roce de tu piel
para adivinar su blancura.

Deja que los muertos entierren
sus muertos.
Deja que el sol renazca
cada mañana.
Deja tu alma vagar eterna
entre la niebla.

Pues hay más cielo que el que vemos.
Cada vez que miramos hacia atrás
castigamos el porvenir,
impedimos al incierto mañana
seguir construyendo el futuro.

* Poema revisado del cuaderno inédito Entrega urgente de amores inconfesados, fechado en 1989.

Por qué maté a mi marido

Por qué maté a mi marido

Me cuenta María que estaba harta de un marido tan perfecto. No es que ella fuera boba, retrasada o algo por el estilo. Él podía pasar por un superhombre. No era excesivamente guapo, pero tenía ese irresistible atractivo que atraía a todos los que estuvieran a su alrededor. Era elegante y educado, simpático y gracioso, cuando lo requería el momento. Su humor era fino y discreto, oportuno y con gusto. Sonreía con los ojos y con una perfecta caja de dientes que parecía brillar, sino resplandeciera por entero. No era buen atleta, pero sí deportista. Salía al campo todos los domingos y recorría no sé cuántos kilómetros. Después volvía como nuevo. Las mujeres lo adoraban y los hombres le tenían una solapada envidia que, sin remedio, se convertía en una amistad incondicional. Tenía amigos. Eso sí. Si algo le sobraba eran amigos. No paraba de saludar por la calle, de ver a gente y dialogar con ellos. Sabía hablar a las personas. Sabía lo que decirle a cada uno, en cada momento. Por eso lo buscaban. Por eso también lo buscaban, mejor dicho. Tenía don de gentes.

Y me quería. Podías pensar que el problema es que no me quería. Que tenía una amante, una doble vida o celos compulsivos o razonables. Pero no. Yo no tenía queja de él ni él de mí. Era atento y fiel. Recordaba todas las fechas y advertía mis cambios de peinado. Sus detalles no se limitaban a días señalados, a veces me sorprendía con flores o una cena.

Nunca le pude dar hijos. Al principio, él se echó la culpa. Puso todo lo que estaba en su mano. Consultó a médicos, a psicólogos y se estuvo tomando fármacos. Cuando estuvo claro que la estéril era yo, lloró conmigo y me consoló; le quitó importancia y posibilitó la adopción. Pero yo no quise. Nos acomodamos a la soledad de la pareja. Colaboramos con un grupo socioeducativo para niños y jóvenes y teníamos suficiente. Más tarde nos hicimos con un perro. Le dieron un perro. Un setter irlandés que se llamaba Floro y que lo quería a él más que a mí, aunque fuera yo quien le preparaba la comida y lo sacaba entre semana. Él se lo llevaba de excursión los fines de semana y jugaba con él a la vuelta de su trabajo. Poquito, porque llegaba bien tarde. Lo teníamos en la terraza y ladraba a la calle. Un día perdió el equilibrio y se calló sobre un coche blanco. No le pasó nada, pero al del coche le tuvimos que pagar el taller para que le arreglaran la chapa del techo.

Con mi familia bien. A mi padre le ayudaba con el huerto y con sus manualidades. Lo llamaba muy a menudo con cualquier problema y él acudía raudo. Mi madre presumía de yerno y preparaba la comida pensando en él, cuando íbamos a comer. A ella también le llevaba flores, aunque no la llevara al cine. Mi hermana tenía más confianza con él que conmigo.

En la cama, casi me da vergüenza contártelo, me gusta hacerme la niña (a veces hasta me vestía de colegiala) y que él fuera mi profesor. Me porto mal, le digo. Me he portado mal. Y él me levantaba la falda y me azotaba suavemente y me hacía el amor, mientras yo gritaba como si me hiciera daño. No siempre era así, sin embargo. La mayoría de las veces era un misionero o yo lo cabalgaba hasta quedar exhaustos. Ya nos conocemos. Teníamos nuestro ritmo. Conseguimos alcanzar un punto y mantener el goce durante bastantes momentos antes de estallar. Después hablábamos. No fumamos. No somos fumadores. Sólo hablábamos a media voz, con la luz apagada. Nos quedábamos dormidos en mitad de una frase. Ni siquiera roncaba. Normalmente no ronca. Aunque si bebe o está resfriado… pide perdón y por la mañana nos prepara un zumo de vitamina ce.

Era un buen confidente. Un buen pañuelo para llorar y consolarse. No sólo mío. La gente lo llamaba y lo buscaba, como te digo. Sobre todo las mujeres. Si hubiera puesto un consultorio en vez de una clínica le habrían ido mejor las cosas. No es que le fuera mal la consulta, a ver si me entiendes, es que le absorbía demasiado. Le llevaba mucho tiempo. Hacía más de lo que debía. Además tenía su grupo. Sí, ese al que no le cobra. Los llamaba sus “huerfanitos”. Estaba compuesto por inmigrantes, pedigüeños y personas sin techo. Decía que era su pequeño grano de arena. Unas horas al día, al final del día, lo dedicaba a eso. Todos tienen derecho, me decía. Pues que se ocupe el gobierno, las instituciones públicas. Pero él, que no. Que hay gente sin papeles, que quiere decir sin derechos. O tienen problemas inconfesables. O hay quien necesita otro tipo de atención… Por eso a veces llegaba tan tarde. Yo me enfado, pero en realidad me parecía bien lo que hace. Es una buena labor. Admirable.

No le costaba madrugar. Esa es otra. Nada más oír el despertador, a veces antes, saltaba a la ducha. Se vestía y preparaba el desayuno para los dos. Cogía su bata y su cartera y se iba de casa dándome un amoroso beso mañanero que me duraba algunas horas. Yo me asomaba a la ventana para verlo subir al coche, arrancar e irse. Siempre tan puntual. Siempre tan perfectamente formal.

Yo me asomaba a la ventana para ver si ese día el coche no arrancaba o tenía algún problema con el vecino que siempre tapa la entrada del parking o le habían roto el cristal para llevarse la radio o cualquier otra cosa extraordinaria que mancillara su exactitud, que ensombreciera su puntual rutina.

Porque no aguanto, no aguantaba, tanta perfección, que me relegaba a mí a un segundo plano, aunque ficticio. En mi familia lo prefieren. Nuestro perro, Floro, lo prefiere. Nuestros amigos son suyos. Yo sólo soy consorte. “Con suerte”, pensarás. Yo también lo pensaba. La vida me sonríe. Tenía al marido diez, una casa a medida, una vida de ensueño. Todas mis ilusiones se hicieron realidad. Mis sueños se han cumplido. Mis amigas me felicitan y envidian mi suerte. Pero yo me veo a rastras. Sabes lo que te digo. Por muy buena que sea, siempre seré la mujer de Alfredo. Siempre creceré a su sombra.

Lo denuncié. A eso que protegen a las mujeres, le puse una denuncia. No me había agredido ni me pegaría en la vida, pero llorando dije que me acosaba, que tenía miedo.

Estuvo alejado de mí mucho tiempo. Por ley no podía acercarse a más de doscientos metros. Me mandaba mensajes por amigos comunes, por mi familia. Hasta me escribió una carta. Que no lo entendía, que qué había hecho. Qué había pasado para tener que abandonar su casa, su perro y a su mujer. Yo no le hacía caso. Aunque lo quería con todas mis fuerzas, no le hacía caso. Y seguía empeñada en mis denuncias. Me acosaba su perfección sin fisuras, su sonrisa sincera, su don de gentes, su éxito en la vida… Incluso me molestaba que estuviera enamorado de mí y yo de él. Ni una mancha en su expediente. Ni una cana al aire, como quien dice. Y yo, la chica más popular del instituto, la superrubia de las animadoras, que podía haberme ido con cualquiera, acabé con él. Para mí el mejor. Pero esta sumisión sin condiciones, esta adoración… Llegó a dolerme quererle tanto. Sus besos me quemaban de puro amor. Había veces que no dormía, viéndolo dormir a mi lado.

Un día me abordó por la calle y lo detuvieron con lágrimas en los ojos. ¿Por qué me querría tanto? Su vida también era perfecta sin mí. Podía rehacer sus pasos cuando quisiera. Podía estar con cualquiera. Sólo tenía que desearlo. Se había alquilado un apartamento cerca de la clínica y se le ensombreció la cara. Me gustaba. Su dolor era para mí una liberación. El resquicio de aire fresco en un lugar poco ventilado.

Me interesé por su vida. Preguntaba a sus pacientes y vecinos. No era el de antes. Cojeaba. Le faltaba algo, que simplemente era yo. Estaba ganando la partida. Mi venganza se estaba cumpliendo.

En el bolso guardé un cuchillo de cocina. No muy grande, pero sí ancho y puntiagudo por si se acercaba otro día. No quería matarlo al principio, pero un arma blanca afianzaba mi condición de mujer acosada. El miedo hizo lo demás. La inseguridad se tornó en tragedia. Tuve miedo de que todo volviera a su sitio, de mi debilidad, de volver a ser la mujer de Alfredo, la que viene con Alfredo, la que va después de Alfredo, del hombre perfecto. Estaba insegura. Era débil. Una palabra suya bastaría para que cayera a sus pies arrepentida, que le pidiera perdón llorando.

Se me acercó y cerré los ojos. Me cogió de los hombros y abrí el bolso. Me dijo te quiero y le clavé el cuchillo en el pecho.

* El viernes escribí este cuento.

Llovía sin querer

Llovía sin querer.
Poquito, casi nada.
Abrimos el paraguas
para justificar
al menos nuestro abrazo.

Me hablaste de él,
de su sabor,
de tu querer...

Comenzó el aguacero.
Te fuiste descubierta.


* Poema revisado del cuaderno inédito Entrega urgente de amores inconfesados, fechado en 1989.

Poco me importa

Poco me importa, ¿qué? No sé: Poco me importa.

Alberto Caeiro


* En contra del uso, publico algo ajeno. A raíz del poema de la pasada semana, encuentro este otro alejandrino del más empírico de los heterónimos de Pessoa.

Poema visual

Al final de este verso no pondré ningún punto

 

* Este alejandrino conforma una de los poemas álgidos de mi producción creativa. Es toda una declaración. Fue publicado en el sobre "Albúm de poesía visual", adjunto en el número 7 de Letra Clara (revista de la Facultad de Filosofía y Letras de Granada), fechado en mayo de 1999.

Si

Si yo fuera ella
y soñara conmigo,
que en un arrebato
me quitara el vestido;
y me desnudara con calma
de pies a cabeza;
y me tendiera en la cama;
y me cubriera de besos,
y quisiera comerme
y perdiera los sesos.

Si yo, que soy ella,
sin rubor me dejara
acariciar unos senos
que despuntan al alba,
suplicando mordiscos,
jadeando plegarias,
y la ropa que queda
con furia me arranca.

Si bajaras a mi pubis
y hundieras tu cara,
yo dejaría mil gritos
escapar de mi alma.
Me comería tus labios
y pellizcaría su espalda,
te arrancaría los pelos
y te arañaría la cara.

Si gozaras conmigo
como adoro tu estampa
y camino sediento
por esta morada
de insatisfecho deseo,
de amor verdadero,
de insufrible jalea
que busca tu cuerpo,
yaciendo desnudo,
soñando despierto,
si yo fuera ella
que anhela mis besos.

* Si fuel el número 13 de Escritos de la mala lengua de Ediciones del Vértigo, publicado en febrero de 1996.

Noviembre

Pero no quiero mundo ni sueño, voz divina,
quiero mi libertad, mi amor humano
en el rincon más oscuro de la brisa que nadie quiera.
¡Mi amor humano!

F.García Lorca

El amor de noviembre
se ha impuesto en mi anhelo
como una campana que vence
el silencio de la tarde plomiza
de pálidas nubes eléctricas
y un vendaval de sentidos que afloran.

Extiende sus alas y se incorpora,
rompe los deseos del viento,
malea el horizonte como un haiku,
yergue las espinas ocultas
bajo el ventanal de gotas podridas.

Suavemente llega y desploma
el eco que entorna los libros.
Las bocas separan con ansia
el momento escapado
que cómplice retiene
lo que ahora es ayer.

* Poema revisado, perteneciente a Tus mismos ojos. Plaquete publicada en Escritos de la mala lengua, Granada, diciembre de 1995.

Nocturno en re mayor

Hoy te he sentido junto a mí.
Te he saludado al pasar por tu puerta.
Tú me respondes, me interrogas.
Aclaro que estaba soñando en ti.
Será pensando, me corriges.

El soñar es involuntario,
sin apenas quererlo.
Es etéreo y es platónico.

Si alguna vez quise a alguien,
si alguna vez he amado
siempre, siempre, ha sido contigo.

* Poema revisado, perteneciente a Tus mismos ojos. Plaquete publicada en Escritos de la mala lengua, Granada, diciembre de 1995.

Quisiera morir para ser de nuevo

Quisiera morir para ser de nuevo,
volver a mirarme en tus mismos ojos,
y saltar en la arena
o flotar en la espuma
que entrelazas cada mañana,
cuando amanezco.

Sé que el sol despierta con tu mirada,
los pájaros entonan con tu risa
y yo, que no soy sol ni canto, espero
una palabra tuya
que bastará para salvarme.

* Poema revisado, perteneciente a Tus mismos ojos. Plaquete publicada en Escritos de la mala lengua, Granada, diciembre de 1995.

Iahve

iahve puso el disco de prohibido al manzano tal vez
fuera el único frutal de esta especie y posiblemente
tuviera sólo esa manzana el fruto es más tentador por
estar vedado ese edén no era tal paraíso dios y la
serpiente montaron la escena iahve fue el sádico ella
quiso un imposible a él le faltaba una costilla por la
tierra pasaba un río y al torrente le faltaba un poco de
barro y el amo perdió un soplido fue la negación de
la negación eva antojada de caín cansada de yerbas y
raíces amó la manzana pero estaba muy alta satanás
quiso aparecer en el mundo y nació caín con su estigma
la señal de la minoría la huella del superhombre símbolo
del poder del señor de las tinieblas el primogénito venció
a abel sufrió al hacerlo pero su ejecución era imprescindible
era parte del juego no tenía opción era su sino estaría
profetizado con su estigma que era el de eva belcebú y dios
y sería el de calígula y judas y amén pudo ser un juego
donde el que gana pierde y el que pierde arrostra su suerte
y alguien lo escribió sobre las gradas del templo ella
inmaculada pisará la cabeza de la sierpe pero el ángel
caído siempre está cayendo y el poderoso sigue condenando
árboles y sombras el cieno y el barro auparán otra costilla
sedienta de un nuevo estigma y el juego se repite
baja a la tierra la segunda persona engendrada y no creada
hija del padre que pasó cuarenta días desérticos y sus
gélidas noches y empuñó un látigo levantó a lázaro de los
brazos de su amada y no yació con la magdalena
murió por costillas y por limo soplos y estigmas prosiguió
su lúdico devenir por la calzada de emahú la semana
siguiente fue peregrino y salvó a sus amigos judas no quiso
entregarlo pero así dictaba el juego luego ahorco a su
estampa no lo fotografiaron y tomás que era joven
no se lo creía tocó el pecho de su hermano y se llenó
de llaga y el séptimo día descansó partió pan que era él
sirvió vino que fue su sangre y lo dio a los demás
iahve vio que todo lo que había hecho era bueno

* Poema muy muy antiguo de una recopilación que di en llamar "Autorretrato sin vértigo".

El filo de la navaja

Bien mirado, sabemos,
que la felicidad
depende de muy poco
y es ese poco
lo que siempre, siempre, nos falta.

* De "El que come en medio pasa la sal"

Cosas que tenía que hacer

Cosas que tenía que hacer
las dejé en el semáforo
aquel día en que no llovía.
Ese martes de asueto
se me impusieron unos jeans
pintando una silueta,
denunciando unas curvas.
No vi su pelo oscuro
ni su camisa blanca,
sólo su desnudez
a través de sus pliegues
y el sensual movimiento
que le impuso la luna.

* De "El que come en medio pasa la sal"

Son demasiados

Hitler, Francisco Franco,
Mussolini, Eddine Bokassa,
Honeker, Fidel Castro,
Amín, Jorge Videla,
Bush, Hassan, Pinochet,
Duvalier, Milosevic, Marcos,
Stroessner, Ceausescu...
Sólo una cosa es cierta,
son demasiados.

* De "El que come en medio pasa la sal"

Se ofrece secretaria

Se ofrece secretaria
de tarde y de mañana;
conocimiento de informática,
contrastada experiencia,
eficaz relaciones.
Contestará el teléfono,
es hábil con el fax,
domina tres idiomas.
Tiene buena presencia,
y un récord con la máquina:
quinientas pulsaciones
por minuto que pase
sin encontrar trabajo,
mientras le estalla el alma.

* De "El que come en medio pasa la sal"

A la democracia

Bebí en la boca abierta
de tus proposiciones,
sin atender siquiera
a cubrirme la espalda.
Cerré entonces los ojos
y me confié sumiso
aunque sin conocerte
sólo de aquella noche
o de una solapada
lectura en el deseo.
Caminé sin pensarlo
a través de tu sombra alegre
anhelando con esperanza
las luces del mañana.
Acaso, pienso, y creo,
que, sin embargo, ahora
no eres más cierta
que aquella inquieta pesadilla.

* De "El que come en medio pasa la sal"

Acontecen mañanas

Acontecen mañanas,
cuando acaso amanece,
que no sirve de nada
que retires las sábanas.
Más te vale volver
al sueño inacabado,
a la almohada cómplice,
a la callada lágrima,
porque todos han muerto,
porque todo desaparece
con sólo un parpadeo
y el invierno es tan largo.

* De "El que come en medio pasa la sal"

Déjale que crezca

Se ha quebrado el espejo
donde pones tus manos
sucias de regaliz,
donde aplastas la cara
sin bozo alguno,

donde ensayas tu nombre
en el aliento de tus besos.

Se han perdido las brujas,
bucaneros y duendes
que desbordan las páginas
de cuentos ilustrados
con que dormías cada noche.

Ya no pinchas tu dedo
en la rueca durmiente,
en la rueca que espera
el beso azul,
príncipe enamorado.

El caballito de madera,
ese de brida roja,
mira con amargura
su reflejo en tu espalda,
cuando en la bamba olvidas
que tienes un padre violento.

Y en el aire secas tus lágrimas.
Y en el viento borras tu infancia.

* Escrito en 2006 con motivo de la exposición sobre los Derechos del Niño (revisado).

Cuento a tres voces

Cuento a tres voces

Hace unos días hice referencia a las Hojas de Navidad. En una de ellas, motivado por los acontecimientos recientes e influido por el hablar de los Martes y 13, publiqué este cuentecito.

Quizá todos sepan, excepto los pocos románticos que quedamos en el mundo (un sudamericano, otro que se ha muerto y yo), que los Reyes Magos trabajan tan sólo una vez al año y se hacen un viajazo de envidia. Es francamente (suizamente) difícil comentar todas las vicisitudes de estos soberanos, que aparecieron en la historia junto con la Era. Así que contaremos sólo los episodios que todos conocemos (por eso los contamos, si no los conociéramos no los podríamos contar).
    Pues bien, nuestro relato comienza precisamente en ese primer año (1 d.C.), en el cual nuestros tres personajes se tuvieron que esmerar de verdad como para sentar un precedente que durará toda la vida.
    Ellos, oportunistas como reyes y con visión de futuro (*) como magos, se dirigieron a ayudar al parto a María, madre del Rey de los Judíos, de nombre Jesús y de apellido Herrera, aunque más tarde fue carpintero (obligado por su padre, pues con los milagros y todo eso no daba ni chapa). En aquel entonces siguieron a una estrelia de la suerte que los llevó a su destino (algunos dicen que fue un cometa y que, de camino inventaron el pararrayios unos siglos antes que Franklin), actualmente se guían por un conejilio del Play-boy montado en un misil tierra-aire. Y se dirigieron a Belén (**) montados en unos camelios de segunda mano que les vendieron en un taller de chapa y pintura.
    Los Reyes, en un Santi-amen, improvisaron unos regalilios en el mercado negro. Entraron con lintennas y buscaron el puesto más cercano. Al bajarse de los camelios tuvieron que adquirir unos pañulilios de papel que les vendió un chiquilio moreno. De presente llevaron al portal, como todos sabéis, oro, incienso, petróleo y mirra (***). El portal estaba cerrado y el portero automático no funcionaba y le metían todos los goles. Así que aprovecharon para echar una meadilia mientras Balta-sal gorda vigilaba.
    Rápido y veloces, como magos que eran, convirtieron a unos pastores que por allí había en laúdes, flautilias, zambombas y panderetilias y al perro en un bocadillo de escabeche porque Melchós tenía hambre (¡contra, Melchós, ya tendrás tiempo de comer!). Y más rápidos y más veloces, como reyes que eran, se los dieron a los pajecilios para que improvisaran una rondalia. Cantaron aquello de: "Asómate, asómate al balcón..." Se asomó José y dijo que cantaran más flojilio que su mujer estaba de parto. ¿Departo de quién? Se aventuró a preguntar Gaspal (****). ¿De parto de quién va a ser, no querrás que sea de una paloma?, ¡no te fastidia! [risas ahogadas]
    Pidieron permiso para entrar, le abrieron la puerta, entregaron los regalilios y se abrieron, no sin antes haberse tomado un vaso de pura leche de vaquilia (aunque algunos historiadores dicen que era un buey). Bueyno, aquí acaba la historilia. Así que, fueron felices y comieron cormoranes y persicolas en el Golfo Pérsico, que se los dio Sadam. Y lo que sa-dam no se quita porque sale una Pepita Rodríguez y eso ya es otra historia.

(*)    Es de saber popular que todos los magos usan abrigos de visión.
(**)    Recomendamos con ahínco que se recuerden las encantadoras campanilias de Belén.
(***)   Saboreen la famosa cancioncilia del aquel entonces: "Mirra que erres linda...".
(****)  Este rey, inventaría años más tarde un explosivo con gas napalm (¡GASPAL, mata suave! De venta en farmacias).

Navidad del 91

Siempre me gustaron los juegos de palabras, la complicidad y la sorpresa. Lunes en verso, jueves poéticos, recital de los martes... Infinidad de días poblaron mi juventud soñadora, cuando unía palabras a los versos de otro y jugábamos a hacer trascendente el encuentro.

En la Navidad del año 91, un lazo ataba los sentimientos de cuatro amigos. Alfonso Salazar (poeta), Jesús Herrera (actor), Santi Rodríguez (humorista) y un servidor, nos reuníamos para elaborar unas "Hojas de Navidad", que venían a ser unas cartas, editadas en casa, de carácter cómico para felicitar las fiestas, de modo original a nuestras amistades.

Cuatro de estas Hojas vieron la luz y una quinta se quedó tan sólo en el intento, más por la final despreocupación de una Navidad ya consumida, que por falta de material.

Acabo de repasar impresionado esa documentación, de la cual rescato un poema compuesto a alimón (o sea, un verso tú y otro yo), el cual paso a transcribir.

Llega la Navidad con su olor a pavo destrozado.
Pues no es agradable el papel de cerillera.
Para diciembre te escribo, para este diciembre
en que Belén va, como todos los años,
ignorando que el frío sacude a los que no tienen pan,
aún llevando mitones de oro
en el azul de invierno, para esta ciudad nuestra.
Pobre ronzal, pobre burra.
Reyes cartón-piedra adoran un niño ya incierto,
cobijados con el solitario calor
que vamos recorriendo. Para un diciembre escribo,
desgarrado, viejo y sin sentido
de panderos a granel sacudiendo las penas de todo un año
de hogueras alimentadas con ébano.
Un poema y seis versos que serán un silencio:
rin, rin, remendado.
Doce uvas y el reloj engañan al pasado,
este final de años, tantos años juntos,
recordándome que no todos tienen una estrella
que indique dónde nacer a tu lado.
Todos olvidan su camino si se resume en diciembre,
pero el mundo brinda en traje de fiesta sabiéndose acabado.

* "Cuaversos de Bitácora" de los miércoles.

Se esconde en mi mente

Se esconde en mi mente
un sueño de ayer.
Me encuentro en un barco
en aguas dormidas
buscando a mi dama,
rogando a las nubes,
soñando sirenas
que tienten mi errar.

* Pequeños poemas para salir de casa, dentro de la iniciativa "Cuaversos de bitácora".