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volandovengo

Poesía/Cuento/Teatro

Aquel día tuve los ojos azules

Aquel día tuve los ojos azules y el corazón claro.
Aquel día fui vino añejo y tú me sonreías.
Aquel día todas mis vocales tenían acento.
Aquel día, recuerdo, fui ángel para una diosa.

* Pequeños poemas para salir de casa, dentro de la iniciativa "Cuaversos de bitácora".

Como no me conoces

Como no me conoces,
como no te conozco,
quisiera pedirte un momento,
que compartamos un café
y que nos miremos de cerca.
Pasear entre flores y árboles,
acaso.
Sentir el sol de la mañana
o la brisa fresca en la cara,
la lluvia en un paraguas compartido.
Caminar en silencio
y no querer saber
cuál es tu nombre.
Y contarte este sueño
donde encuentro a una desconocida.

* Pequeños poemas para salir de casa, dentro de la iniciativa "Cuaversos de bitácora".

El mañana se aleja si descalzo madrugas

El mañana se aleja si descalzo madrugas.
Lo que nos viene fresco más tarde habrá pasado.
Me gustaría viajar ligero de equipaje,
caminaré tan sólo mirando hacia adelante
nunca amaré demasiado el lastre de las cosas,
que mi sombra me siga con los sueños de ayer.

* Pequeños poemas para salir de casa, dentro de la iniciativa "Cuaversos de bitácora".

Hay quien no sabe sonreír

Hay quien no sabe sonreír,
como quien no llora con lágrimas,
como quien no quiere mirar.
Hay quien sólo te ofrece
media sonrisa,
como la brumosa mañana,
como los libros por entregas.
Hay quien no sabe
mantener la mirada
como la hoguera que fallece,
como la sombra de una duda.

* Pequeños poemas para salir de casa, dentro de la iniciativa "Cuaversos de bitácora": miércoles poesía.

Ando inseguro

Ando inseguro,
como aquel lazarillo
perdido en tierra extraña,
que conduce en voz alta
a su invidente compañero,
evidenciando
que el que no ve es el otro.

* Pequeños poemas para salir de casa, dentro de la iniciativa "Cuaversos de bitácora": miércoles poesía.

Cuaversos de Bitácora

Desde algunos blogs cercanos me animan a dedicar un día a la poesía, en concreto los miércoles, dando forma a una iniciativa global llamada "Cuaversos de Bitácora".

Me parece buena iniciativa, para exponer los versos propios y ajenos y llenar el ciberespacio de sensibilidad. Lo que pasa, me excuso, es que yo publico poesía de vez en cuando y mis días y este blog están un poco condicionados por el flamenco.

Pero la carne es débil y el arsenal de poemas esbozados es mucho. Así, que creo que lo voy a intentar.

Tengo una serie de versos que hago y rehago continuamente, amplío y modifico sin ningún rigor, con sólo pasión. Son la mayoría antiguos y apenas han visto la luz. Son cortos y sencillos. Intitulados "Pequeños poemas para salir de casa".

A veces me sorprendo
hablando solo;
no creo que sea locura
ni juvenil demencia.
Pienso en voz alta,
como el sordo que grita,
como el mudo que escucha,
como un barco sin rumbo,
leva áncoras,
a la deriva.

Alea iacta est.

Género negro-criminal

La Asociación Cultural NOVELPOL, hace unos días, lanzó al cyberespacio una convocatoria literaria que consiste en escribir un microrrelato negro y criminal de 200 palabras, ni más ni menos.
Dichos cuentos se publicarán en http://blognovepol.blogia.com. Además, serán leídos en el programa radiofónico de Carlos Salem.
Aunque no sea mi tema, ni por asomo, me he subido al carro y he escrito este cuentecillo: Una ligera confusión que podéis leer aquí.

La tonta

La tonta

La tonta sonríe, se encuentra hermosa.
Se ha coronado en el espejo
con una diadema de flores
que ella mismo ha confeccionado.
Ha enrollado una sábana
alrededor de su cuerpo desnudo
dejando un brazo fuera
como las diosas en las fotos.
Nadie perturbe un mundo
que sin duda le pertenece.

Bien sabe Erato que de la poesía me estoy quitando, como anteriormente me quité del dibujo, por puro complejo. Pero, a veces, a las situaciones, imágenes, sueños, que se cruzan ante nosotros, no hay más que dedicarle unos versos.

Así, con todo el respeto y lleno de una extraña admiración, escrbí este poema.

* No grites, tonta. Aguafuerte de Francisco de Goya (Los Caprichos, 1799).

Los almendros del abuelo Juan

Los almendros del abuelo Juan

El abuelo Juan había muerto hacía dos años, pero un día sí y otro no, cuando subía por las tardes la cuesta hasta los almendrales, cojeaba en silencio a mi lado.

Era un terreno casi baldío que, a mediados del pasado siglo, el abuelo compró por cuatro gordas y hoy se ha revalorizado con cifras indecentes, pues el monte se encuentra en la dirección justa donde el pueblo ha decidido crecer y aparecen por birlibirloque nuevas urbanizaciones de esas con cocheras individuales y antenas colectivas, pero el abuelo dice que no, o sea, nosotros, la familia, ahora decimos que no, que no se puede vender un terruño que encierra la memoria y los caprichos de mi abuela María, y también el empeño y el amor del abuelo Juan, que siempre me acompaña cuando emprendo la vereda.

Nuestra abuela María no era nuestra abuela María. El abuelo se casó con la abuela, que se llamaba Consuelo, pero el amor de toda su vida fue María, un amor tan callado como imposible. Amigos desde la niñez, Juan y María compartieron todo menos el matrimonio. El abuelo no quiso comprometer su amistad y nunca le declaró su amor incondicional. Los tiempos de estúpida represión y recato le impidieron a ella forzar el destino y deslizar sus ganas entre los labios de mi abuelo.

Al tiempo, sin remedio, ella se casó con el farmacéutico del pueblo, un inmejorable partido, que le proporcionó estabilidad. Aunque nada más que seguridad. No le pudo dar un solo hijo, que culminara sus sueños, ni la pudo hacer realmente feliz. Sus problemas de esterilidad hicieron del boticario un hombre sombrío y de trato difícil. Se pasaba largas horas en la apoteca después del trabajo por no enfrentarse a un encuentro, que él creía comprometido, con una mujer comprensiva, que él confundía por compasiva, lo que hería su orgullo de primogénito de familia numerosa.

Juan se alegró por ella, es decir, por su boda y por las perspectivas tan halagüeñas que se le abrían, de descansado porvenir. De hecho vivirían en la casa más costeada de las que rodean la iglesia. Juan, con el tiempo, también se casó con la abuela Consuelo, como ya dije, a la que dio muchos hijos y estos muchos nietos, entre los cuales me encuentro.

Con el tiempo, imposible de evitar, el destino es así, Juan y María, los inseparables amigos de la niñez, se hicieron amantes. El farmacéutico los descubrió una anochecida durmiendo juntos en el granero. No dijo nada. Era prudente. Se dio la vuelta y se encerró entre sus pócimas y elixires. Ella lo llamó inútilmente. Se disculpó, se lamentó, quiso explicarle...

Lo de la operación en la pierna y su consecuente cojera no fue porque él le golpeara, como insinuaban algunos vecinos con malicia. Fue ella misma la que resbaló y cayo cuando quiso encaramarse al tejado para entrar por la buhardilla abierta. A María la hospitalizaron en seguida y a él lo sacaron con los pies por delante de su refugio entre drogas y jeringas. Nunca hubo superado su impotencia. Siempre se había sentido un “medio hombre” fracasado.

María, con su incipiente cojera, volvió a casa y la encontró más grande. Lloró bastantes días la muerte de un hombre al que a pesar de todo había aprendido a querer. Nunca abandonó su vestido negro. Lo quiso a su modo, distinto de su otro amor. Juan y Consuelo también lloraron la muerte del marido de María, aunque dudaban, a pesar de la explicación de la viuda. Era difícil no pensar, que fue esposo quien la arrojo desde el tejado, por despecho, y que después se quitó la vida con sus píldoras.

A la larga, como a todos nos llega nuestra hora, murió también Consuelo, más resignada que ignorante, y los dos amantes, pasado un tiempo prudencial, que en los pueblos nunca es bastante, se fueron a vivir juntos los días más felices de su vida. Cuando nacimos la mayoría de los nietos, la pareja convivía como un matrimonio. Con los años nos fuimos enterando poco a poco de la historia, aunque nunca sabremos fielmente la verdad.

Juan, el abuelo Juan, le regaló a ella un monte, que sembró de almendros, que era el árbol que más le gustaba, aunque lo mantuvo en secreto hasta que ya fueron grandes y estuvieran floridos. También había estado allanando un camino que recorría toda la plantación, empeñado en que los constantes paseos afectaran lo menos posible a su renqueante compañera.

De tanto subir al monte, de tanto andar uno al lado del otro, cogidos del brazo, el abuelo comenzó a torcer sus pasos, adquirió una cojera por osmosis, por simpatía, por puro amor a quien padecía a su lado.

Cuando murió María, de unas malas fiebres invernales, el abuelo Juan, continuó dando sus paseos, ocupándose del escaso riego que demandan los almendros y confeccionando ramitos rosados en febrero, con su dolor inconsolable, con su pierna falsamente atrofiada.

Hace dos años, en noviembre, el abuelo falleció en cama por voluntad propia. El día anterior se despidió de todos, de toda su familia, de todos sus amigos y de todos los almendros que poblaban el bosque de sus recuerdos. Se fue a la cama, después de un vaso de leche, y decidió morir a los dos años justos de que María lo hubiera abandonado. No lo lloramos demasiado. Conocíamos su voluntad y envidiamos la suerte de quien puede decidir su destino.

Ahora, sin embargo, siempre me espera en el camino de los almendros y vigila conmigo la limpieza del monte y la recogida de los frutos. Al principio, el miedo me robó el habla, lo confieso. Era un poco espeluznante que después de muerto decidiera no abandonar su paseo. Ya me he acostumbrado a su presencia y, aunque no habla, lo saludo y le cuento algunos chismes que se cuentan en el pueblo y otras cosas de la familia. Él sonríe y sigue hacia adelante contemplando con satisfacción los frutales, mientras yo empiezo a notar una leve dolencia al andar.

Nada nuevo bajo el sol

Nada nuevo bajo el sol

No sé si ya le he dado salida a este cuentecito que tiene que ver con algo muy similar a lo contrario del amor propio:

Fue el primer día, después de muchos, que había dormido de un tirón. Había tenido un sueño bonito que se alegraba en no recordar. Abrió la ventana y un agradable sol de primavera inundó la habitación. Se atrevió a canturrear un poco, incluso, acompañándose con unos pasitos de improvisado baile que, en otras circunstancias le habrían avergonzado.

Entró en el baño dando ridículos saltitos mientras se acariciaba el sexo incontinente prometiéndole una pronta evacuación. Con la sonrisa que le atravesaba los ojos, se miró al espejo. Al pronto, tornó el rostro y se lamentó en su reflejo: ¡otra vez tú!

· Autorretrato en espejo esférico de M.C. Escher, 1935.

La noche de San Juan

La noche de San Juan

Para la Noche de San Juan de no sé cuándo nos pidieron escribir un poema efímero, que sirviera tan sólo una vez, como los paracaidistas en el pueblo de Gila, que los estaban tirando sin paracaidas (para ahorrar).

Dicho poema debía ser escrito una vez, para ser quemqado en una hoguera anónima después de haber sido leído. Las pavesas se llevarían el texto escrito como el viento normalmente se lleva las palabras.

Yo hice trampa. No sé si fui el único, pero yo quería, a pesar de todo, conservar mis versos para otra ocasión. Mal o bien, ahora reproduzco esas estrofas sanjuaneras salvadas (¿injustamente?) de las llamas.

No siempre tengo la oportunidad
de quemar un poema,
pero en esta noche de San Juan
en que brillan las hogueras
buscaré palabras inflamables
que espero que prendan.

Quemaré la palabra amor
y la inventaré otro día,
quemaré las emociones,
la melancolía,
el compañerismo
y, ahora que esta de moda,
quemaré la ecología.

La belleza a la hoguera
y también los sentimientos,
que ardan las buenas intenciones
con la mecha del recuerdo,
que quemen a los poetas
y comencemos de nuevo.

Cambiemos la piel de serpiente
y gritemos al mundo entero
"nos quemamos a lo bonzo,
los poetas los primeros,
aunque vayamos al infierno
y renunciemos a este cielo".

Y para terminar,
permitidme que repita
las palabras de un cantor,
unos versos de Krahe,
la muerte de su elección:

Pero dejadme
¡ay!
que yo prefiera
la hoguera,
la hoguera, la hoguera.
La hoguera tiene, qué sé yo,
que sólo lo tiene la hoguera.

* La foto pertenece a un blog llamado "Certeza de mi" (sic).

Un hombre bueno

Un hombre bueno
Noli me tangere


Inconmensurablemente bueno era aquel hombre. Bondadoso hasta lo impensable. Quizás el hombre más bueno sobre la tierra.

Un verano, cuando las moscas revolotean y se pegan como pequeñas limaduras de hierro a los grandes imanes humanos, se dio cuenta que si espantaba los insectos que impepinablemente se posaban en su cuerpo, podían llegar a molestar a otros compañeros, haciéndolos justamente enfurecer. Así, que estoicamente decidió soportar aquellos puntitos negros alados.

Pasó el tiempo y el hombre reconoció que su pasividad no era suficiente: las golosas hijas del diablo seguían molestando a sus vecinos. De esta forma, aquel hombre bueno (en el sentido machadiano de la palabra), untó miel por todo su cuerpo, para, no sólo soportar a las familiares que ciertamente le correspondían por derecho porculizador, sino también atraer a todas sus golosas congéneres que pululaban por los alrededores, liberando, de este modo, a las personas que le hacían compañía en aquel momento.

Al  tiempo, aquel hombre inconmensurablemente bueno, murió mosqueado, creo.

* Éste es un cuentecito que escribí a principio de los 80.

Un haiku

Un haiku

Algunos estudiosos de la poesía japonesa, y mi amigo Eduardo, sostienen que en Occidente no sabemos escribir haiku porque empleamos verbos. Los tres versos del poema no requieren acción y el uso del verbo implica ese hacer que no está permitido.

Yo, por más que intento razonar sobre el diferente planteamiento intelectual y espiritual del oriental, no tengo nada que hacer contra esta convicción. Le explico que todos los haihuístas que conozco emplean verbos. Es más, las traducciones de los versos japoneses son frases completas, con uno, dos e incluso tres verbos.

Posiblemente, la escritura japonesa no necesite esta necesaria partícula. Aunque, seguramente, la lleve implícita.

Siguiendo, no obstante, este dictado, el otro día compuse el siguiente haiku:

        En el café,
        desesperadamente,
        tu rostro inútil.

Detrás

Detrás

Hace poco una antigua amiga me recordó un poema de juventud.

Decir que tiene veinticinco años es quedarme tal vez corto.

Es uno de los textos comprometidos de aquel entonces.

(No creo que sea un buen poema, pero era serio y verdadero.)

Se lo dediqué a la madre de una amiga que, además de madre, esposa y ama de casa, era algo más.

Detrás de cada hombre que triunfa
hay una persona, o dos, o cien que se esconden;
cien compañeros que trabajan bajo tierra,
en el lodo.

Una mujer que día a día, con sucias y callosas manos,
oculta su cuerpo tras un mandil o un barrigón;
una mujer que limpia el camino para que "él" pase,
que limpia su nariz y espolvorea sus mejillas para su jactancia;
una mujer "anuncio comercial";
hombres y mujeres con las caras manchadas
que se conforman con una sonrisa o con un beso;
mujeres y hombres que se tragan sus lágrimas,
que se comen las migas,
que sufren la indiferencia más atroz;
una mujer asomada al abismo de un fregadero
con el horizonte borrascoso y... cantando.

Detrás de cada número uno
existe el dos y está el tres y un ciento
que le dan validez al primero.
Si no hubiera dos y tres y más,
el uno no sería el "uno", sería el único.

Detrás de cada protagonista hay unas gentes,
quizá no tan blancas, quizá no tan grandes,
que son las que lo admiran,
las que lo aplauden, las que lo ayudan.
Él existe porque ellas existen, él es porque ellas son;
él es grande porque ellas son pequeñas, o se agachan
para no ocultar el fulgor de las estrellas.

Detrás de cada hombre, detrás de una mujer,
de cada niño, del mayor, del jefe, del héroe,
hay una madre que muere mil veces
acuchillada por su hijo;
una madre que llora sangre a cambio de amor,
unos pechos que dieron color a la vida
en su celda de espantapájaros;
una madre que al fin y al cabo es sólo una madre.

Pero por eso y por mucho más
el topo sale de su mina de invierno,
los ríos se desbordan;
por eso se unen las manos de todos los niños
de nariz húmeda y con las manos largas
y con el buche vacío;
por eso todos los ciegos abren sus ojos
y los mil ángeles que tejen el cielo
elevan su puño y vitorean el trabajo anónimo,
el trabajo y los años de esa mujer inclinada,
cargada de niños y de inanes ilusiones anticuadas.

Por respuesta,
ella en sus trapos, seca sus mejillas.

Sesión de cama

Sesión de cama

—Estoy desecho. Soy un fracasado.

—¿Un fracasado usted? Si es toda una eminencia. Le llaman para inaugurar museos, para leer conferencias, para dar pregones... Y hasta ha escrito seis libros.

—Siete.

—Pues eso.

—Me refiero a que soy un fracaso en mis relaciones sexuales.

—¿Quiere decir que no le van bien las relaciones sexuales?

—Como lo oyes. Por más empeño que pongo, no logro alcanzar el cenit.

—¿Con tu mujer?

—No, eso es aparte. Con mi mujer no me quejo. Nos entendemos perfectamente. A ver, después de doce años de casados y otros tantos de noviazgo, ya culminamos casi sin querer. Incluso a la carta: hoy queremos hacerlo rápido, pues lo hacemos; mañana intermitente, pasado del revés, el otro día de fantasía... No hay más que proponérselo. El problema es con las demás personas.

—Pero, no lo entiendo, si se emboban con su elocuencia, con su retórica. Si con su sabiduría las atonta. Es capaz de confundirlas hasta dejarlas rendidas a sus deseos más primitivos.

—Pienso que sé hablar mejor que hacer el amor. Creo que la chica que se acuesta conmigo espera eso, oírme disertar sobre algún tema. Lo mismo da tratar de cuestiones teologales que de la dieta básica de las pirañas en agua revuelta. El caso es la novedad del discurso. Es como quien entra al circo atraído por "lo nunca visto". Quizá cobre la entrada algún día o reciba a más de una persona, y más que un menage a trois, será un espectáculo múltiple. ¡Pasen y vean! ¡La impotencia de un erudito! Mujeres, hombres, niños mocosos, abuelos, travestis... se meterán en mi cama y algún que otro soldado de infantería para oírme hablar.

—Bueno, ya me voy. ¿Qué le debo?

—Son quince euros. Dígale al próximo que entre.

* Teatrillo en un acto compuesto en enero de 1993 (traspapelado ente los archivos de mi ordenador).

Poemas para cantar en el agua (y 5)

X
Navegábamos en las mismas sábanas
con las velas henchidas del amor,
llegábamos a bahías inexploradas
en las que sólo cantaban las aves blancas.
Me descubriste, te descubrí,
y entonamos salmos con las gaviotas.

X
Nous naviguions dans les mêmes draps,
les voiles de l'amour gonflées,
nous abordions des baies inexplorées
où ne chantaient que les oiseaux
blancs.
Tu m'as découvert, je t'ai découverte,
et nous avons entonné des psaumes avec les mouettes.

XI
Ya era tarde para empezar de nuevo,
demasiado evidente para olvidarlo,
muchas aristas que ocultar...
Entonces soltaste algunas lágrimas
para poner agua en el poema.

XI
Il était déjà tard pour recommencer,
trop évident pour l'oublier,
beaucoup de griefs à cacher...
Alors tu as versé quelques larmes
pour ajouter de l'eau sur le poème.

XII
Cansado de estímulos sin respuesta,
me ahogué sin querer.
Y en mi agonía encontré un buzo de desagüe
que me enseño que todo gira y vuelve.
Y, a los tres días, en tu pecho
comencé a vivir de nuevo.

XII
Las de te stimuler en vain,
je me suis noyé sans le vouloir.
Et dans mon agonie j'ai trouvé un plongeur
dans la tuyauterie
qui m'a appris que tout tourne et revient.
Et, trois jours après, sur ton sein
j'ai recommencé à vivre.

* De Poemas para cantar en el agua, febrero de 1991.

* Traducteur: Karmele Alberdi Urkizu, diciembre de 1993.

 

Poemas para cantar en el agua (4)

VII
Los hipocampos chapotean
en los charcos secos del fondo del mar,
el océano se maquilla de pecas
bajo la lluvia de un cielo pesado,
los barcos de periódico de otros días
no dejan sus puertos,
nosotros muy juntos en la chimenea
con el impermeable puesto todavía.

VII
Les hippocampes pataugent
dans les flaques sèches du fond de la mer.
l'océan se farde de rousseur
sous la pluie d'un ciel lourd,
les petits bateaux en papier d'hier
ne quittent pas le port,
nous deux, blottis au coin du feu
portant toujours l'imperméable.

VIII
Me acercaba a tu pecho
y llovías en tu interior,
mojabas tu alma y sacudías tu corazón.
Espero que no se resfríen tus sentimientos.

VIII
Je m'approchais de ton sein
et tu pleuvais à l'intérieur,
tu mouillais ton âme et secouais ton coeur.
J'espère bien qu'ils ne se refroidiront pas
tes sentiments.

IX
Empapado estaba aquel día que no era feliz,
chorreando de amor bajo los árboles,
jurando el otoño entre los pliegues
de la almohada.
Saliste Sol y solté el paraguas.

IX
Trempé, ce jour qui n'était pas
heureux,
ruisselant d'amour sous les arbres,
jurant l'automne parmi les plis
de l'oreiller.
Tu es sorti, Soleil, et j'ai lâché mon parapluie.

* De Poemas para cantar en el agua, febrero de 1991.

* Traducteur: Karmele Alberdi Urkizu, diciembre de 1993.

Poemas para cantar en el agua (3)

IV
¡Atención, marea en la bañera!
Enjabono tu espalda sin rumbo
y echo el ancla en tu vientre
cuando por fin veo el faro de tus ojos.

IV
Attention, tempête dans la baignoire!
je savonne ton dos au hasard
et mouille l'ancre dans ton corps
lorsque je vois enfin le phare de tes yeux.

V
No sé de dónde salieron tantos barcos
buscando todos buen puerto
entre los corales de tu cintura
bajo el aguacero del grifo caliente
que sal-pica todo el mar.
No sé a qué tantos marineros
en tus mejillas de nácar
chocando con los diques de mi amor.

V
Je ne sais pas d'où viennent tant de bateaux
cherchant tous bon port
parmi les corails de ta taille
sous l'averse du robinet chaud
qui éclat-bousse toute la mer.
A quoi bon tant de marins
sur tes joues de nacre
heurtant les digues de mon amour.

VI
¿Has visto los rápidos
que torpemente se precipitan en cataratas
formando un gran escándalo
de blanco y espuma,
de agua y luz,
de violencia estancada en kilómetros de río,
para calmarse y dejarse morir un poco
en la tranquilidad
siempre inmensa de un lago?


VI
As-tu vu les rapides
qui, maladroits, se précipitent en cascades
dans un grand fracas
de blanc et d'écume,
d'eau et de lumière,
de violence stagnante sur des kilomètres de
rivière,
pour s'assoupir et se laisser mourir un peu
dans la tranquillité
toujours immense d'un lac?

* De Poemas para cantar en el agua, febrero de 1991.

* Traducteur: Karmele Alberdi Urkizu, diciembre de 1993.

14 de febrero

14 de febrero

El viejo Walt llamó con tiempo al restaurante para encontrar mesa. Menos mal, porque ya estaba casi todo reservado para la noche de ese día tan señalado y después de una oferta tan suculenta del establecimiento. A saber, un menú de lujo, con "vino a elegir y/o una botellita de champagne, un regalo sorpresa, música en vivo y baile final", a un precio más que razonable. Con el aliciente de que la pareja acompañante pagaba nada más que el cincuenta por ciento.

No se podía resistir. Era una oferta suculenta. Cómo dejarla pasar en este día tan señalado.

Los enamorados más avispados llamaron en cuanto oyeron la noticia. A los dos días de la oferta, se colgó el cartel de completo, no hay plazas, el año que viene tendrán una nueva oportunidad, póngase las pilas, vaya a otro sitio.

Llegado el día, Walt no se entretuvo en el trabajo ni en la taberna de la esquina, como siempre. Con los compañeros se invitó al mediodía, para, después no entretenerse si alguien sugería una frecuencia líquida.

Tampoco ese día fue al gimnasio, al que acudía martes y jueves para mantenerse, para quitarse el estrés, para ampliar su círculo de amistades.

Al llegar a su casa, se pegó una ducha bien larga, recibiendo el agua caliente sobre la cabeza, en reposo. Era un placer. Se afeitó alrededor de la gran barba, que ya caneaba, y se la llenó de margaritas. De esas margaritas blancas, muy pequeñitas. La ocasión lo merecía.

Se lavó los dientes. Se vistió con un traje nuevo, aunque informal, crudo, con el ojal preparado para engarzar una flor, no sé, un ramito de violetas.

Se perfumó moderadamente con agua fresca de Adolfo Domínguez y se peinó a su manera, como que parecía que no. O sea, quedó perfectamente despeinado, como acostumbraba, impelido por su pelo rebelde. Hizo un guiño al espejo y salió de casa con la sonrisa puesta. Bajo su sombrero, sus ojos claros también sonreían.

Andaba despacio, pues tenía tiempo. Llegó al restaurante con veinte minutos de antelación.

Buenas tardes, se presentó, una mesa reservada a mi nombre, a las nueve treinta. Era el principio de su noche gloriosa.

Sí, ahora mismo, contestó un camarero a quien le quedaba pequeño el traje negro y grande la corbata. Lo guió a una mesa en un rinconcito no muy privilegiado, pero con cierto sabor íntimo y se ausentó mientras se acomodaba y cogía la carta.

Volvió.

Voy sirviendo los entrantes o esperamos a la señora, preguntó mecánicamente el mesero.

No, empiece a servir, decidió Walt, no  espero a nadie.

¿No espera a nadie?

No.

¿Y ha cogido una de nuestras ofertas para enamorados?

Sí, ¿que problema hay?

Ninguno, señor Whitman*.

* Estoy enamorado de mí, hay tantas cosas en mí que son tan deliciosas (Walt Whitman).

Poemas para cantar en el agua (2)

I
Temía ofrecer amor
por amor a que me quedase menos que ofrecer.
Pero el amor se alimenta a sí mismo,
como el saber de su misma ansia.
No te di la estrella que me pediste
para no desequilibrar el mar,
te ofrecí un caballito
para saborear el calor de las olas
en tu bañera.

I
J'avais peur d'offrir de l'amour
par amour d'avoir moins
à offrir.
Mais l'amour se nourrit de lui-même
comme le savoir de sa propre faim.
Je ne t'ai pas donné l'étoile que tu demandais
pour ne pas agiter la mer,
je t'ai offert un petit cheval
pour savourer la douceur des vagues
dans ta baignoire.

II
Paraguas en el cuarto de baño, para qué.
Te bronceas para ir al lavabo
y no olvidas las gafas de sol.
Un libro banal nunca falta
en tus pequeñas vacaciones de cada día.
Y, después de la ducha,
una ducha para quitar la sal.

II
Des parapluies dans la salle de bains, pour quoi faire.
Tu bronzes pour aller aux toilettes
et tu n'oublies pas tes lunettes de soleil.
Un livre quelconque ne manque jamais
dans tes petites vacances de tous les jours.
Et, après la douche,
une douche pour enlever le sel.


III

El cuarto de baño no tenía techo
y te duchabas con la lluvia,
te secabas con la brisa
y esperabas la luna para cantar


III
La salle de bains n'avait pas de plafond
et tu te douchais sous la pluie,
te séchais sous la brise
et attendais la lune pour chanter.