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Poesía/Cuento/Teatro

Poemas para cantar en el agua (1)

Poemas para cantar en el agua (1)

Lo vi muy claro. Era yo joven y estudiaba Geografía e Historia. Era en segundo curso, lo recuerdo. ¿Puede ser el año 1995?, en eso dudo, aunque se puede comprobar. Subía a la facultad con mis libros fotocopiados y mi libreta de apuntes. En medio de la cuesta que separa la ciudad del templo del saber, me asaltaron unas imágenes, un simbiosis entre el inabarcable amor y el mar infinito y con él toda el agua, toda la espuma, toda la sal.

Arriba, en clase de Medieval, mientras el profesor contaba no sé qué batallas e intrigas de los visigodos, yo comencé a elucubrar unos poemas (más bien imágenes poéticas) que asentaban mis ensoñaciones del momento.

Dos horas duró la clase. Dos horas que tardé en hilvanar una docena de poemas (o arrebatos líricos) que di en llamar Poemas para cantar en el agua y se los dedique con gran sentimiento a la que ahora es mi mujer.

Más tarde, ese mismo trabajo me lo tradujeron al francés (Des poèmes à chanter dans l'eau). Nunca averigüé si con mayor o menor acierto, pues la vecina lengua que tanto admiro la desconozco y la versión gala nunca salió de mis archivos.

Sería cansino reflejar aquí los doce poemas de un golpe. Pero me apetece hacer entrega de ellos y sus traducciones para que dejen ser un poco míos y pasen a ser algo más del viento (del ciberespacio) que nos facilita esta ventana de internet.

Así, en varias entregas, lanzo mis palabras de amor y agua, para mis lectores potenciales.

Comienzo por la dedicatoria y el poema introductorio, alternando los dos idiomas:

Estas olas,
que acaricien
o rompan
en los arrecifes
de Ana.

Ces vagues,
qu'elles caressent
ou elles se brisent
contre les récifs
d'Ana.


No sólo la lluvia que cae te moja,
aguantar bajo el temporal sin nubes
te empapa y te tirita,
pero no de frío ni de miedo,
sino de ese vértigo
que te mece en el vacío
sin el barandal o el seguro beso
que te evita el golpe final.

Non seulement la pluie qui tombe te mouille,
tenir sous la tempête sans nuages
te trempe et te fait frémir,
non pas de froid ni de peur,
mais de ce vertige
qui te berce dans le vide
sans un appui ou sans le baiser sûr
qui évite la chute ultime.

* Portada que hice para la ocasión (cuando yo pintaba algo)

** Los poemas los tradujo Karmele, una chica del norte. 

Noticias del inframundo

Noticias del inframundo

Después de treinta años guardado en un cajón y rechazado por no pocos editores, este catálogo de animales, demonios y de seres extraordinarios del barcelonés Francisco Ferrer Lerin (1942), ve la luz para goce y esparcimiento de los amantes de esas añejas creencias populares.

Este Bestiario, inquietante por donde se mire, surgió a través de un proyecto de tesis del autor sobre los ornitónimos del Diccionario de Autoridades (el autor es filólogo, poeta y ornitólogo).

La muerte por arma blanca del director de dicha tesis por un subalterno fue una señal definitiva para abandonar el proyecto. Ferrer entonces retoma la idea antigua de elaborar un bestiario, que el mismo vaciado del Diccionario de Autoridades le ayuda a madurar.
El resultado es un pequeño diccionario de raras especies animales, seres antropomórficos, un amplio surtido de demonios y otras especies. Las entradas están ordenadas por familias. En un total de trece categorías taxonómicas en donde podemos encontrar una fantástica interpretación de la realidad y su interacción con las ciencias naturales. Constituyendo así un verdadero animalario de bondades y perversiones que se han fraguado en torno a estos seres.

Cada uno de estos capítulos, a su vez, va precedido de una pequeña introducción en la que combina ciencia y realidad con hagiografia filosófica, con un amplio margen de comicidad.

Algunas de estas referencias son encontradas en diccionarios (como el “Diccionario de Autoridades”, el de Covarrubias, el “Ideológico” de Julio Casares y el “Diccionario Infernal” de Collin de Plancy), guías de campo e historias naturales (como la “Historia Natural, General y Particular” del Conde de Buffon o “La Edad Media fantástica” de Jurgis Baltrusaitis) y otros papeles extraordinarios (como las “Inmensas maravillas contadas por un ciego nocturno”)...

Realidades, leyendas y mitos locales tan dispares como el origen portugués de la palabra almeja, la muerte de Esquilo, el dragón de Santa Margarita o los remedios médicos para la picadura del alacrán, que se entretejen con toda clase de insectos, aves, cuadrúpedos, solípedos o monstruos.

El autor, en el Introito, nos dice que este libro es un bestiario construido sobre la realidad de otros libros. Es una recopilación, como digo. Es un minucioso estudio filológoco, etimológico, zoológico y sociológico. Es poético, en cierto sentido, y realmente mágico.
"Esta obra ha sido calificada, según Raquel de Larua, prologuista de la misma, con adjetivos como extrema, fronteriza, rompedora, radical, iconoclasta, apocalíptica, resulta tan difícil de definir como vibrante en cuanto a la libertad y aguda ironía que emana".
La presente edición, de tamaño bolsillo, está encuadernada en tela, con tapa dura e incluye en su interior una interesante serie de ilustraciones de animales fantásticos y otros curiosos grabados.

* Ferrer Lerin, Francisco. El Bestiario de Ferrer Lerin. Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg, Madrid, 2007

** Reseña publicada en el número 20 de la revista Letra Clara.

Hay rincones

Hay rincones

Hay rincones en mi casa donde las plantas no crecen; hay rincones en mi calle donde sólo caben charcos; hay rincones en Granada donde no funcionan los comercios; hay rincones en el mundo donde abandonar mi cuerpo; hay rincones en mi corazón donde saltan las arañas; hay rincones en mi mente donde tú retozas.

*FOTO: "Encina, reflejo y estrella" (fragmento), © Maurizio Lanzillotta

La puta

La puta

Por los avatares del destino, un amigo bieloruso de la ciudad de Minks, se empeñó en publicarme algunos escritos en el periódico donde trabajaba, que creo que, traducido, venía a denominarse "Juventud". Corría el año 92, y le envié sobre todo poemas de un librito, inédito por aquel entonces (aún sigue virgen), intitulado "Entrega urgente de amores inconfesados".

También le hice llegar un puñado, cuatro o cinco, de cuentos breves, que jugaran con el formato de un diario y fueran fáciles de traducir.

(Después, cuando me vinieron en su idioma, realicé la operación inversa: invité a una chica, recién conocida (muy hermosa, por cierto), de Bielorusia, a que me tradujese al español aquellas páginas de periódico. El resultado fue espectacular, pues los versos se parecían más o menos, pero, por lo general, habían ganado en belleza. De todo ello, escribí unas notas, que di en llamar "Palabras de ida y vuelta", que, si siguen insistiendo en mi memoria, puede que pronto vean la luz.)

Uno de los textos rápidos que le propuse, crudamente lo encabezaba el título de "La puta", sin ninguna morbosidad, que, con alguna actualización, reproduzco segidamente:

"Le preguntó, por fin, cuánto le daría por acostarse con ella. Inocentemente, él interrogó, "¿eres una puta?".

No, dijo ella, sólo que me hace falta dinero y no me cogen en ningún sitio.

Yo nunca he conocido a una puta, continuó él emocionado, y, no sé por qué, me hubiera gustado que fueras una de las de verdad.

Ante la impaciencia y, más bien, intuyendo el cabreo de ella por la gratuita charla que la retenía algunos minutos más de los deseados, escapándosele posibles clientes efectivos, él asintió en pagarle una noche de amor en su apartamento.

La noche, en verdad, no fue muy aprovechada (nunca la primera noche es lúcida). Pero sí las continuas tardes y madrugadas que se sucedieron en la misma cama de ese duplex donde se acostaron por primera vez. Una relación casi criminal: duró seis meses y un día.

A los tres años de haberlo dejado, se encontraron cerca de lo que fuera su nidito de amor (ahora era un estudio de pintores y rotulistas jóvenes). Él le preguntó que cómo le iba. Ella dijo que bien, que trabajaba como dependienta en "Cortefiel" y que no salía con nadie. También él estaba solo y la invitó a tomar un café con leche (con dos azucarillos, como siempre). Y allí, en aquel café, se prometieron.

Ahora él trabaja haciendo fotocopias y sale con una chica a la que le lleva trece años y ella hace la calle cerca de El Corte Inglés".

* Traducido al bielorruso, publicado en Minks, el 16 de febrero de 92.

Nada nuevo bajo el sol

Nada nuevo bajo el sol

Fue el primer día, después de muchos, que había dormido de un tirón. Había tenido un sueño bonito que se alegraba en no recordar. Abrió la ventana y un agradable sol de primavera inundó la habitación. Se atrevió a canturrear un poco, incluso, acompañándose con unos pasitos de improvisado baile que, en otras circunstancias le habrían avergonzado.

Entró en el baño dando ridículos saltitos mientras se acariciaba el sexo incontinente prometiéndole una pronta evacuación. Con la sonrisa que le atravesaba los ojos, se miró al espejo. Al pronto, tornó el rostro y se lamentó en su reflejo: ¡otra vez tú!

* ILUSTRACIÓN: Rene Magritte ©

Caer

Caer

El vértigo es la insoportable necesidad de seguir cayendo
Milan Kundera

Ya no estoy seguro de nada. No sé si lo que voy a relatar sucedió como lo cuento o difiere mucho de lo que aconteció. Aun no sé si ocurrió realmente. No comprendo siquiera si estoy escribiendo o se trata del último sueño de un moribundo aferrado a la vida, las fantasías de un reciente cadáver, de un fallecido asomado al alféizar de la vida, a la que le une el filamento de una conciencia poco tranquila e insatisfecha.

Creo que todo ocurrió esta misma mañana. Como todas las madrugadas desde que recuerdo, me levanté a estudiar con más inercia que vocación. Como si fuera un ritual, abandono el cálido abrazo de la cama y, sin llegar a vestirla de nuevo hasta más tarde, me dispongo a desayunar (¿o es al revés, salgo del ayuno nocturno y de camino compongo la cama?), me lavo un poco para enfriar el sueño y preparo los apuntes. Estudio toda la mañana e imagino cosas. Mis pensamientos se evaden de los folios garrapateados, resaltados de multicolores. Escucho la radio y pienso cómo sería mi vida en otras circunstancias, con un trabajo estable, con otros estudios; si fuera un virtuoso del violín, o si me dedicara a vagabundear pidiendo un par de euros a todo el que se cruzara en mi camino...

Pues bien, no llegué a sentarme a desayunar esa mañana, cuando oigo un jaleo en la calle, bajo mi ventana abierta que el calor precisa. Y comienzan a acercarse sirenas indefinidas (nunca he distinguido el sonido exacto de los coches de emergencia). Me asomo al exterior, perdiendo el interés del examen inmediato. Los vanos de mi alrededor están del mismo modo llenos de observadores que miran alternativamente a la calle y hacia donde yo oteo. ¿Estaré mal vestido, me habré puesto el saco del revés o no me he puesto ropa alguna?, pienso.

A mi ventana llega mi madre y mi hermano, algo menor que yo, que la abraza fuerte, que la agarra (no parecen verme). ¡Hola madre! (ni escucharme). Parece que alguien se había arrojado de madrugada. Ella llora y repite: “¿por qué lo has hecho?”. Llaman a la puerta, es la policía y un señor con bata blanca y un bombero y una comitiva de mil vecinos, que dicen si podemos bajar a identificar a la víctima. Mi madre parece una Magdalena y mi hermano llora también, golpea las paredes y traga saliva. Yo bajo tras ellos.

En la calle, bajo la ventana de mi habitación, el de la bata blanca levanta la sábana que oculta un bulto amorfo. El hombro de mi hermano se ha convertido en pañuelo, papel secante, muro de las lamentaciones, confesionario de mi madre que se está cayendo.

Yo me alzo en las puntas para ver el cadáver. Me asomo y descubro con asombro que el suicidado soy yo.

* Otro cuentecito existencialista de juventud, fechado en junio de 1990.

Un hombre bueno

Un hombre bueno
Noli me tangere

Inconmensurablemente bueno era aquel hombre. Bondadoso hasta lo impensable. Quizás el hombre más bueno sobre la tierra.

Un verano, cuando los bichos revolotean y se pegan como pequeñas limaduras de hierro a los grandes imanes humanos, se dio cuenta que si espantaba las moscas que impepinablemente se posaban en su cuerpo, podían llegar a molestar a otros compañeros, haciéndolos justamente enfurecer. Así, que estoicamente decidió soportar aquellos puntitos negros alados.

Pasó el tiempo y el hombre reconoció que su pasividad no era suficiente: las golosas hijas del diablo seguían molestando a sus amigos. De esta forma, aquel hombre bueno (en el sentido machadiano de la palabra), untó miel por todo su cuerpo, para, no sólo soportar a las familiares que ciertamente le correspondían por derecho porculizador, sino también atraer a todas sus golosas congéneres que pululaban por los alrededores, liberando, de este modo, a las personas que le hacían compañía en aquel momento.
Aquel hombre, inconmensurablemente bueno, al tiempo murió mosqueado, creo.

* Más de veinte años tiene este cuentecito.

Cuéntame un cuento

Cuéntame un cuento

Puede que la actividad preferida de mi hijo sean los cuentos. Cuando digo de contarle un cuento, es capaz de abandonar cualquier otra actividad por muy "importante" que sea. En su mente infantil, la fantasía ocupa su mayor parte.

Juan está familiarizado con los cuentos tradicionales, los relatos de películas y un gran grupo de inclasificables que yo mismo me invento. Con estos últimos él colabora. Colabora en el recuerdo, cuando a una mente cansada como la mía le invade la niebla.

Entre los cuentos tradicionales también se encuentran las escenas mitológicas y los héroes de papel. Así, mi chico, está familiarizado con Ali Babá, con el rey Arturo, con los viajes de Ulises o con Cyrano de Bergerag.

Un cuentecito de tradición irlandesa que últimamente recordamos, se resume de esta manera:

"Algunos marineros del condado de Galway decidieron embarcarse en un tres palos en busca de la legendaria Vinland, una tierra próspera, a muchas millas al oeste donde corren ríos de vino y de miel.

Llevaban tres días y tres noches navegando cuando se desató una gran tormenta de olas que levantaban peligrosamente el barco.

Una bruja del mar los seguía con su cabello azul, su piel sedosa y sus ojos melancólicos; en busca de un hombre para, con la boca llena de algas, llevárselo al fondo del mar.

Los marineros, asustados, decidieron jugarse a los dados la suerte de uno de ellos, que se entregara a la bruja voluntariamente y así dejaría en paz al resto.

El destino apuntó a Tahgd (creo que así se escribe), el marinero más querido, el más valiente y necesario. Éste, sin pensarlo, quiso arrojarse por la borda, pero sus compañeros se lo impidieron.

La suerte le volvió a tocar a él una segunda vez. Y después una tercera. Estaba predestinado. La bruja lo había elegido a él.

Pero antes de saltar al embravecido océano, propuso a la bruja cantar una canción que decía:

Si me dijeras

cuántos ojos de peces hay en el mar,

me casaría contigo.

Si me dijeras

de qué color es el mar cuando se enamora,

me casaría contigo.

Con el arrullo de esta dulce melodía irlandesa y el vaivén de las olas, la bruja se quedó dormida y, con ella, amaino la tormenta.

Los marineros pudieron continuar su camino. Pero, se cuenta, que es la primera y la última vez que se duerme una bruja del mar."

* EN LA FOTO: La nave británica "Alcinous" de casco de hierro con aparejo de fragata de tres palos, construido en el año 1882.

Un bicho de Connecticut

Un bicho de Connecticut

Estoy leyendo Cuentos completos de Truman Capote (la última entrega de Círculo de Lectores) y, aunque no tenga nada que ver, su alusión a algunos de los Estados de los Estados Empalmados (que es otra forma de decir Unidos), me ha traído a la memoria una de las comedias en un acto que escribí en mi juventud (1991).

Os dejo con ella:

Un bicho de Connecticut

Señora - ¡Aaaaah!
Camarero - ¿Qué le ocurre, madame?
La señora que grita - ¡He encontrado un bicho en mi sopa!
Camarero - ¡No puede ser!
Ella - ¡Como lo oye!
Asombrado, el camarero - ¿Qué clase de bicho?
Agitada - Un bicho de Connecticut.
Él - ¿No me diga usted que conoce a los famosos bichos de Connecticut?
Interesada - Pues claro. ¿Quién no conoce los bichos de ese Estado?
Sentándose a la mesa - Son los más pequeños y negros que he visto.
Asqueada - ¡Repugnante!
Se levanta de un salto - ¡Señora!
Ella (entre disculpa y mofa) - Usted no, el bicho.
El camarero, que se pasa la servilleta de la señora por la frente - ¡Uf, creía! ¿Le cambio la sopa?
Señora - No sé... Le he tomado cariño.
Camarero - ...Al bicho.
Señora - No, a usted. Y no quiero que se marche.
Él - ¡Pero tengo que trabajar!
Amorosa - ¿A qué hora acaba?
Camarero - A las 10 p.m. Pero no creo que pueda ir a su piso a tomar una copa y a lo que salga.
Ofendida - Yo no he querido decir eso.
El hombre - ¿Qué ha querido decir entonces?
La dama - Que podíamos ir a su piso y tomar una copa y... ya usted sabe.
Anonadado - ¡Señora, que estoy casado!
Ella - Yo también. Mi marido es camarero.
Camarero - ¡Qué coincidencia!
Sin creérselo - ¿Tiene usted también un marido camarero?
Sin explicárselo - No. ¡Yo soy camarero!
Sin pensárselo - Y mi marido también.
Exasperado - Señora, me voy. La dejo. No aguanto más.
Histérica - ¿Cómo se atreve? Daré parte. ¿Su nombre?
Cabizbajo y flojito - Luisss
Dispuesta a comerse el mundo - Luis, ¿qué más?
Con un nudo en la garganta - Luis Heredia Martínez.
Dejando caer el lápiz y la agenda - ¡No puede ser! ¡Mi marido! (y abre la boca y no sé si se le cae la baba).
Con lágrimas en los ojos - ¡María Luisa! ¿Eres tú? No te había conocido. ¡María Luisa!, ¡María Luisa! (etc.).
María Luisa (con lágrimas en los ojos, pero otras), alternando con las exclamaciones del marido - ¡Luis! ¡Luis!... ¿Luis?
Luis - ¿Qué haces tú aquí?

TELÓN

* Foto: Truman Capote en 1947 (© Washington Post Magazine)

Si

Si

Ayer encontré a mi amigo, el cantautor granadino Juan Trova, de clara influencia cubana (en concreto de Silvio Rodríguez). Me comentó que se había reabierto El Harem de Arquímedes, más que un bar de copas, un centro neuralgico de la cultura alternativa de la ciudad, como en la actalidad el Anäis. Ya hablaré del Harem en otro momento.

Recordamos, entre otras cosas, que en una de sus mil y una noches, Juan dio un recital musicando los versos de los poetas habituales del local. Poemas que, por lo general, no han sido muy difundidos, ni siquiera grabados.

De los míos elegimos uno que tenía cierta asonancia y bondad para ser cantado, de contenido claramente erótico, llamado simplemente "Si" (condicional), que, como digo, nunca llegó a grabar.

El poema, que prometió enviármelo en mp3 cuando pudiera, dice:

Si yo fuera ella
y soñara conmigo,
que en un arrebato
me quitara el vestido;
y me desnudara con calma
de pies a cabeza;
y me tendiera en la cama;
y me cubriera de besos,
y quisiera comerme
y perdiera los sesos.

Si yo, que soy ella,
sin rubor me dejara
acariciar unos senos
que despuntan al alba,
suplicando mordiscos,
jadeando plegarias,
y la ropa que queda
con furia me arranca.

Si bajaras a mi pubis
y hundieras tu cara,
yo dejaría mil gritos
escapar de mi alma.
Me comería tus labios
y pellizcaría su espalda,
te arrancaría los pelos
y te arañaría la cara.

Si gozaras conmigo
como adoro tu estampa
y camino sediento
por esta morada
de insatisfecho deseo,
de amor verdadero,
de insufrible jalea
que busca tu cuerpo,
yaciendo desnudo,
soñando despierto,
si yo fuera ella
que anhela mis besos.

* ILUSTRACIÓN: Símbolo japonés que significa 'armonía'.

No desprecies a la culebra por no tener piernas

No desprecies a la culebra por no tener piernas

Quién lo ha visto y quién lo ve. Era, como si dijéramos, el tonto del barrio. Un día llegó con la mandíbula abierta y la lengua gorda que se derramaba fuera de la boca, ofreciéndonos pesetas y comiéndose los papeles de los anuncios publicitarios que arrancábamos de paredes leprosas. Era grandote y grueso, torpe y sin entendederas. Bien lo echábamos de nuestro lado bien lo llamábamos para reírnos al punto de sus desvaríos. Si no llevaba la baba colgando, se le caían los mocos, que mal limpiaba con el mismo pañuelo sucio con que enjugaba su boca. Lo mandábamos a comprar tabaco, a tocar el culo de las niñas u otro sinfín de pruebas a superar para entrar en un supuesto club al que nunca tendría acceso. Detrás de las cristaleras de su portal, se asomaba sobándose los genitales al paso de alguna chica. La Rosa, fresca y hermosa, se preguntaba por qué el pene más grande pertenecía siempre a necios y a tarados. Divulgó, como si fuese una broma, que era su novio y, de esta manera, se lo llevó a la cama. A lo primero reconoció que era tonto sin remedio, que no se quitaba la gorra ni para follar; pero después no pudo pasar de unos encantos tan inocentes como descomunales. Llegó el día que su fama corrió y lo tuvieron por montura todas las mozas del barrio y de los alrededores. Los chicos casaderos del lugar, un buen día, le dieron una paliza que casi lo revientan de pura envidia. A raíz de esto, sus padres se lo llevaron lejos. Al tiempo volvió hecho un notario de prestigio, con el coche más lujoso que hayamos visto y una elegante morena por mujer. Cuentan que fue idiota por un golpe de pequeño o por un letargo voluntario al contemplar la violación de su madre. Un desajuste en el cerebro que se reajustó, probablemente, después de la magna paliza de sus cornudos vecinos.

* Un cuentecillo de juventud 

Haiku

Haiku * Foto de Nono Guirado

Los tres deseos

Los tres deseos

Subió al desván, cumpliendo por fin su más ferviente deseo. Al igual que Eva anhelaba la manzana inalcanzable en el Paraíso, él soñaba con escrudiñar el piso alto, cuyo acceso su padre siempre había vetado. Ahora, muerto ya su progenitor, podría, sin ningún impedimento físico ni prohibición patriarcal, ascender los veinticuatro peldaños de escalera que lo separaban de Eldorado.

Antes de abrir la ansiada puerta, e igualmente emocionado, deseó con idéntica vehemencia que la estancia estuviera llena de cacharros y objetos antiguos de incalculable valor, vestidos de época y libros raros, de hojas amarillentas y cubiertos de polvo, postales de antaño y cartas de países lejanos, reliquias del pasado, secretos inconfesables.

Tras la puerta se desveló efectivamente lo esperado, y aun más. Su imaginación había quedado asaz estrecha. Era increíble. Tan sólo faltaba una lámpara con genio en su interior, como las de cuento.

Nada más pensarlo, la lámpara apareció ante sus ojos. Era un panzudo candil de cobre, con boca para la llama y asa para aprehenderlo. Tenía tapa dorada y algunas telarañas lo hilaban a una pared casi blanca.

Corrió en su busca y la aferró con una mano, mientras la frotaba con la manga del brazo opuesto. De su oquedad, por la boquilla, no tardó en salir un genio traslúcido y gaseoso, ataviado como personaje de Las mil y una noches. Quien se apresuró a informar a su nuevo dueño que los tres deseos que pretendía formular ya se habían cumplido. A saber: entrar al desván, que estuviera repleto de apasionantes tesoros y encontrar entre estos una lámpara maravillosa con genio en su vientre. “Así que déjame descansar otros quinientos años”, concluyó la aparición, antes de regresar aspirado dentro de su cobrizo habitáculo.

* ILUSTRACIÓN: Joan Miró, La lampara de aceite, 1924. Dibujo

El Otoño

El Otoño
Resulta que hoy, domingo 24, según el calendario Zaragozano, el Otoño, que es la Primavera de los solos, ha llegado (con algunos días de retraso si atendemos a las convenciones). En Granada es bastante breve (no astronómica sino atmosféricamente). Aunque tradicionalmente se piensa en gris, en vejez, caducidad... es la estación que prefiero. Será porque se acaba el infernal verano (literalmente), será porque empieza el curso, el año en realidad, será porque llueve, por los paragúas y los impermeables (palabras más bellas que lo que representan), será por el estímulo creativo, que aumenta conforme decrecen los días...

Como reconocimiento a estos tres meses nebulosos que nos aguardan, rescato del barbecho un par de poemas cortos e inocentes como el sabor del sueño otoñal.

Uno

Me gusta pisar el otoño
cuando el suelo se tiñe de árbol,
cuando los charcos atrapan el cielo,
arreboles rojos en tu cara
y regueros de viento
donde la hojarasca deja paso
a las lágrimas del sueño.

Y dos

Me gusta cuando llueve
para poder gozar
la dulce confusión
que ofrece la capucha.
Aunque prefiero el sol
con los ojos cerrados
y la brisa temprana
que tu pelo alborota.

Feliz otoño.

Huellas de amor eterno

Huellas de amor eterno

Ayer, como ya anuncié, estuve en la presentación del cuaderno de "Movilidad y ecología ciudadana". Un acto entrañable lleno de lecturas, música y cine, dando a entender que la ecología debe partir de la cultura. Me recuerda a Mao Zedong (ese exterminador tan visionario como orate) cuando entendía como mérito en la defensa nacional en que sus oficiales fueran músicos, bailarines, artistas circenses... pues decía: "Un ejército sin cultura es un ejército estúpido y un ejército estúpido no puede ganar guerras".

En este cuaderno, incluyo un cuentecito ecológico (of course) que, con el título de "Huellas de amor eterno" reproduzco a continuación:

 

Un joven abeto y una bella encina pasean por la Gran Vía en hora punta cogiditos muy juntos de las ramas. Huelga decir que están rematadamente enamorados.
Al tiempo, con un calor intermedio, se tumban bajo la tersa pierna de una chica de pelo alborotado.
El joven e impulsivo abeto, en un arrebato de salvaje amor, extrae de las oquedades de su corteza una navaja suiza, enviada directamente desde los Alpes por sus frondosos paisanos, y deja constancia de su inmutable amor en la pantorrilla anónima del insensible bosque humano.

Me estoy quitando de la poesía

La vida da muchas vueltas. Lo malo es que siempre las realiza sobre el mismo eje (quien tiene suerte, como la tierra, goza, además de la vulgar rotación, movimiento de traslación).Mi inclinación, para q uien me conoce desde antiguo, era el dibujo. Más tarde fue la poesía y después el cuento. El humor (o el amor), como ingrediente indispensable para no deshacerme por las costuras, lo salpicaba todo. Pero siempre he tenido prisa para terminar perdiendo todos los trenes. Y allí me veo, en el andén, con un puñado más de rezagados, que se ofrecen el hombro y piden en la oficina el libro de quejas (mal de muchos, ya se sabe). Mis escritos siempre han sido breves.

Allá por los 80, leí a Octavio (primero más Paz que Octavio, después tan sólo Octavio) y descubrí, gracias a él, la poesía japonesa, el arte de decir todo en una imagen, toda una filosofía en tres línes, diecisiete versos de intensidad, el yin y el yang frente al espejo. Descubrí entonces mi vocación orientalista, mi participación en el zen y en el tao. Adapté el universo a mis maneras y comencé una carrera de fondo donde el silencio, la quietud, la soledad, eran la bandera.

Ahora, como siempre, escribo escaso. De la pintura me he borrado y la poesía se me está quitando. Aunque, a veces, alguna idea, algún verso, me salta al cuello. Uno de mis poemas, el último, es granadino y marinero, enigmático y clarividente. Dice así:

Las velas recogidas

se tienden a la mar,

más allá San Antón.

Ahora todo el mundo se ha montado al carro del haiku, y parece como si hubieran descubierto la pólvora o se hayan aventurado por la ruta de la seda (que Kitaro dulcificó enormemente). En respuesta, escribo directamente estos versos:

Desconcertado,

el haiku es la moda;

Basho ha muerto.

Galatea y Pigmalión

Pigmalión jugaba al fútbol en un modesto equipo de provincias. Galatea acudía al estadio para verlo entrenar. Ésta no sabía hasta qué punto estaba enamorada de él. En realidad no sabía a ciencia cierta qué era el amor.
Cuando más le gustaba su Pigmalión era después del ejercicio, cuando se acercaba a ella, se despojaba de la camiseta y, con el torso bañado en plata, la besaba suave.
Pidió al cielo que ese momento fuera eterno. Rogó a la diosa que congelara el instante sublime de aquel beso.
Ahora Pigmalión es una bella figura de mármol blanco que se asoma a la alberca del jardín donde Galatea eterna sueña el amor.