Blogia
volandovengo

Poesía/Cuento/Teatro

La bruja Edelvira

No era la primera vez que Edelvira torcía senderos y enturbiaba la fraternidad vecinal. Hacía pocos años en que la vino a consultar la viuda de un boyero por un asunto delicado. Su prima de ella, también de origen bastetano, cuando dormía fantaseaba con su marido, fallecido de una mala digestión, al que Edelvira conocía bien. Lo supo a su vez por un sueño que ella tuvo en el que yacían juntos y se ayuntaban sin pudor en cualquier cruce de caminos, y unidos de la mano, sin ropa alguna, con los puros cueros, se reían de ella. Musitaban los secretos maritales del boyero en vida y de su legítima y hacían chanzas de ello y, sin vergüenza, volvían a mofarse.

A cambio de un buey joven, buen trabajador, con la nariz anillada de hierro pulido, a ver si alguna justicia de hechicería pudiera ordenar las cosas en su sitio. Que no quiero mal a ella, decía la boyera, y mucho menos a mi marido, que en paz descanse. Que quiero sólo una advertencia, una señal breve pero rotunda para que mi prima, por temor o reflexión, reniegue del difunto.

Edelvira decidió, tras aceptar la mansedumbre del cornudo, que una reprimenda indolora, que una llamada de atención puntual, podría ser el aojamiento de sus gallinas, pues la prima se dedicaba a la venta de huevos frescos que recogía a diario de dos docenas de ponedoras que cacareaban comiendo gusanos en su montaña de estiércol.

Firmado con guiño y palmada, y unas cuantas plumas de las susodichas aves para realizar el embrujo, la curandera no tardó en proferir humeante sortilegio por un tiempo definido de siete amaneceres.

Al día siguiente, la prima de la mujer del boyero, acudió a la vieja quejándose de que sus gallinas habían dejado de poner. Que sospechaba de su prima y de un mal encantamiento hacia su persona, a través de las aves de corral, pues siempre le había tenido celos. El boyero, su marido de ella, a quien la bruja atendió en sus últimos suspiros, aunque un poco giboso por unos flujos de aire interno que le llegaron al corazón, era hombre muy macho que la deseaba, sin que ella empeñara su virtud. Pero las miradas lascivas, el acoso constante y los descuidos en soledad, dieron pie a pensar en que había trato carnal entre ellos sin ninguna duda, porque, cuando el río suena, agua lleva, y piedras, incluso.

Por más que ella renegara de él delante de su prima, por más que jurara su inocencia, la obtusa condena estaba dictada. Para la mujer del boyero, ella era la hetaira que no dejaba en paz a su marido, que se subía la saya en su presencia, aleteándole la entrepierna, y se le ofrecía como quien tiende plato jamonero a su invitado. El boyero, como hombre, carne débil de la creación, no se podía resistir a tan floreciente manjar. Ella, su prima se veía encornada y verde de achares, que hasta después de muerto, seguía sospechando de ella, quien por fin había respirado con la muerte, no porque hubiera fallecido, pobre hombre tan hombre, sino porque ella quedaba libre de la persecución del jorobado y de la brutal pelusa de una prima insegura, que si no le hubiera negado beso y cama cuando él volvía solícito de arrear a los bueyes por esos caminos, esos surcos y esas eras, otro gallo le hubiera cantado, porque él no tendría que ir persiguiendo a ninguna hembra para cometer el pecado del mundo.

La vieja herbolaría oía esto sin llegar a comprender el entuerto y lo que hubo o no con el hombre tan hombre que arreaba bueyes por las cañadas y que se murió de un empacho sin saber que después de muerto se iban a tirar de los pelos su mujer y la prima de ésta por cuestiones de celos en vida y devaneos necrófilos una vez enterrado, que ni morirse lo pudo hacer en paz. Que en paz descanse en el otro mundo, porque, lo que es en éste, continúa en guerra.

Edelvira, primero sin querer y luego conscientemente, decidió sacar partido de esta historia. A la prima de la mujer del boyero le comentó que ella, la hechicera con sus hechicerías, podía hacer que sus gallinas volvieran a poner en seis días, que era el plazo que le quedaba para que pasara el aojamiento, si a cambio recibía dos ejemplares lustrosos de su corraliza y un gallo de buena simiente y exacto en su madrugar, que encrestados se conocían que cacareaban antes de amanecer o cuando el sol ya andaba subido.

La prima de la mujer del boyero se apresuró a decir que añadiría un par de palomos si ella, la vieja Edelvira, además aojaba a una vaca que su prima mantenía en un establo que ordeñaba dos veces al día. La bruja aseguró los dos pichones con una visita de cortesía a la mujer del boyero en la que en un descuido miró mal a la becerra para que se le agriase la leche una temporada.

Así siguieron prima y prima maldiciéndose la una a la otra por mediación de Edelvira, que iba aumentando sus beneficios en esta lucha sin sentido. Hasta que una tercera prima, carbonera por parte de padre, para más señas, enterada en confidencias de los tejemanejes de la vieja adivina, decidió reunir a sus parientes, la prima de los huevos y la mujer del boyero, y contar abiertamente, apoyada por el asentimiento de cada una de ellas, el engaño que sufrían y el provecho que a su costa beneficiaba a la oscura mujer.

Las infelices, rojas de rabia, decidieron denunciar a la malvada y sus oscuras inclinaciones ante las autoridades de la ciudad para que la condenaran después de escarmentarla con los refinados suplicios de la justicia.

Edelvira, a través de un gato negro, o de ella misma transformada en pardo felino, adivinó las aviesas intenciones de sus víctimas, voluntarias por otra parte, y, adelantándose a sus propósitos, un encantamiento les salió al encuentro.

Poco después de atravesar el puente de doble ojo, las dos primas tuvieron que tomar asiento al borde del camino, en el mismo suelo, aquejadas de grandes pesares. A la mujer del boyero se le comenzaron a inflamar los pechos, hiviéndoles de dolor. A su prima, un apretón en el vientre la revolcaba por el suelo. Ésta puso dos huevos, de los que salieron sendas serpientes, que empezaron a succionar de los pezones desabotonados de aquella.

Enseguida, con las lágrimas saltadas, fueron concientes de la responsable de estos tormentos e, intimamente, pidieron perdón y se arrepintieron de haber pensado si quiera en la denuncia. Al momento, los reptiles desaparecieron y las penas cesaron y allí, como estaban, medio desnudas y tendidas en el suelo, entre aulagas, confesaron mutuamente sus sospechas y envidias, al igual que la participación de la bruja entre ellas. Lloraron, se consolaron y prometieron reanudar su confianza y olvidar sus injustificados celos.

Nada dijeron a nadie y menos a Edelvira, que prendió velas con olor a romero, pues había conseguido que las dos primas se hermanaran, como le prometió en el lecho de muerte al difunto boyero.

* de Septimio, el descabezado de Iliberis.

Cuando el roce continuo

Cuando el roce continuo
se produce entre dos,
la bondad dulcifica
las violentas aristas
que la naturaleza
se olvidó de ocultar.

* de Pequeños poemas para salir de casa.

Una letrilla por tangos

Navegando en internet.

Mi vida se va secando,

que me falta tu querer.

Nunca he sabido

Nunca he sabido
el nombre exacto de los árboles,
nunca el vuelo ensayado
de algunos pájaros.
Nunca he sentido
tus lágrimas en mi pañuelo.
Nunca volvimos
por el mismo camino.

* de Pequeños poemas para salir de casa.

Ligero de equipaje

Ligero de equipaje

Baúl de Prodigios de Miguel Ángel Zapata

Escribir un microrrelato notable no es tarea fácil. Llegar a la docena o a las dos docenas con un mínimo de calidad e interés ya es un prodigio. Pero publicar ciento treinta minicuentos, algunos de sólo dos líneas, de excelentes resultados, está en manos de unos pocos. Miguel Ángel Zapata (1974) ha conseguido eso, y algo más, en su libro Baúl de prodigios. Como digo, esta obra no sólo reúne una gran compilación de textos, algunos de ellos sobresalientes, sino que todos y cada uno de ellos participa de un todo, se hilvanan dentro del libro como si de escenas de una misma novela se tratara. Así, el baúl de Miguel Ángel, se convierte en un baúl de sastre donde todo entra, pero con un cierto orden, con un camino claro que nos conduce a un mundo íntimo y extraordinario, una brújula loca que nos guía al universo de su autor. Nos seduce, nos deslumbra, nos sorprende.

Dividido en cinco partes: Manual de seres impares, Dialéctica de lo inerte, Frutos celestiales, Necronología y Sueños de un loco dormido dentro de un baúl, Zapata nos va desgranando esa cosmogonía personal, alterándonos a cada instante con posibles prodigios asombrosos o con la cotidianidad más absurda, colocándose en la esfera del barcelonés Joan Perucho. Limpiando, como éste, su prosa de adjetivos superfluos y eligiendo palabras en un lenguaje culto, que le da valor por sí sólo al texto.

Cada cuento tiene diversas lecturas, diferentes interpretaciones, logrando así una interminable historia de múltiples visiones, donde se dan cita lo cruel y lo tierno, el amor y el desprecio, la vida y, sobre todo, la muerte, que siempre está presente, como una obsesión o la meta inexcusable a la que todos llegan.

No diré más, pues de brevedad trato. Sí deseo dejar un cuentecito cogido al azar que puede resumir lo que de este libro cuento. (O todo lo contrario.)

Su título: Precaución. Y el relato dice así: “Siempre llevo mi cadáver dentro del maletero del coche. Nunca se sabe cuándo te puede sorprender la muerte”.

* Miguel Ángel Zapata. Baúl de prodigios. Granada. Traspiés, 2007

** Publicado en el nº 21 de Letra Clara, abril 2008

Alegrías de tierra adentro

En mi casa a mí me llaman

marino de tierra adentro;

siempre que voy a la playa

sólo me mojo por dentro.

 

Con la cerveza en la mano

me siento en el chiringuito

con el pelo humedecido

comiéndome un pescaíto.

 

Como no tengo mar

nunca me baño;

que un poquito de sal

me va sobrando.

Otro haiku

Amaina el viento.

Palabras en la cara,

ahora son besos.

Haiku

Blancas ardillas

hacen del tronco herido

su madriguera.

 

Haiku

Todo el mar cabe

en la esquina salobre

de aquella lágrima.

 

Hay mujeres que son maltratadas

Hay mujeres que son maltratadas,

y que no denuncian.

Pero al final mueren.

Hay mujeres que son maltratadas,

y denuncian.

Pero al final mueren.

Hay mujeres que son maltratadas,

denuncian, aunque perdonan.

Pero al final también mueren.

Porque si el hombre es el único animal

que tropieza

doblemente con la misma piedra,

la mujer es el único ser

que tropieza dos veces con el mismo hombre.

* Nos acercamos a la trreintena de mujeres asesinadas este año por violencia del hombre.

La cansada infiel

Estando de borrachera,
quise llevármela al río,
aunque no fuera soltera.
Fue la noche de Santiago,
que compramos unos litros,
se apagaron las farolas,
se escucharon unos gritos.
Bebimos en las esquinas,
toqué sus pechos dormidos,
y abrimos otra botella
de sabores amarillos.

* Con mis respetos a Federico y a su poema "La casada infiel" (como la Torre).

El beso robado (y 4)

El beso robado (y 4)

Mario

Vaya noche más completa. Salía yo con un mosqueo de mi casa. Había vuelto a suspender todo. O sea, todo lo que tenía entre manos. La Estadística, que me presentaba ya a la tercera convocatoria, y no hay forma de sacarla. Si es que no la entiendo. Por más vueltas que le doy, es imposible. El carnet de conducir tampoco lo he aprobado. El teórico, porque cuando me examine del práctico, no voy a tener ningún problema, llevo cogiendo el coche de mi padre desde los dieciséis años. Y, para colmo, suspendí también con una chica. Una cita a ciegas que nos organizaron los compañeros. Mira que les dije que no iba a funcionar. Quedamos para tomar café. No estaba mal. Sus ojos eran sobresalientes. Pero empezamos a hablar y no encajamos. No teníamos casi nada en común. Intercambiamos los teléfonos. Que nos llamaríamos en otra ocasión. Yo sabía que no me llamaría nunca más. Yo, tampoco la llamaré. Cuando coincidamos, le propondré empezar del principio, como si no nos conociéramos de antes. Que, en el café, yo no era yo. Bueno, sí que era yo, pero no me comportaba como yo habitualmente. También sé que ella quiso impresionarme. Se maquilló más de la cuenta para mi gusto, y se puso un vestido palabra de honor, creo que le dicen, con los hombros fuera, que parecía sacada de una película de adolescentes norteamericanos el día de su graduación. No creo ni que fuera cómoda con él. ¡Lo que hacen las mujeres! No pegábamos ni con cola. Además, en vez de hablar de todo un poco, y, sobre todo de ella, que es lo que les gusta, comencé a largarle todos mis problemas y mis fracasos recientes. Se agobió. Y yo me agobié por su agobio y por mi estupidez. Quise arreglarlo comprándole una rosa de esas que venden por los bares. Que a mí no me compres eso, me dijo, delante del indio y todo. Que yo estoy en contra de la explotación y la doble moral de los gobiernos. Que no entendemos el problema real de la inmigración. Que si tal, que si cual. ¡Qué espectáculo! Vestida de merengue y con ese discurso. No sabía qué era mejor, si comprarle la flor o no, si comprarle todo el ramo o salir corriendo. ¡Pies, para qué os quiero! Además, no tenía nada que ver con ella. Esa estampa no me pertenecía. Lo mejor fue despedirnos en la puerta de la cafetería sin ponernos excusas si quiera. Los dos estábamos deseando que se acabase todo. Me fui destrozado. Por todo y por lo absurdo de la vida, de las cosas que pasan. Debería ser tan sencillo en cambio. Busqué a algún amigo y no encontré ninguno. Después de más de una hora de dar vueltas entré en un bar y me tomé dos cervezas para recuperarme. Después visité a un amigo en su garito. Allí siempre me tomo dos más y él me invita a otras tantas. Con el pico caliente, seguí cerveceando un rato más, hasta que cogí mi bolsa y decidí retirarme. En ese momento todo me parecía anecdótico, todo había tenido su gracia. Lo del suspenso de Empresariales, lo del carnet y hasta lo de la cita a ciegas con el merengue comprometido. Al pasar por una esquina camino a casa, veo a dos discutiendo y a otra más allá. Tenían una cara de cabreo que me daba risa. Que sí, que no. Que no, que sí. Y, cuando llego a su altura, ella dice que le daría un beso al primero que pasara. Miré hacia el lado, hacia atrás y yo, no sólo era el primero en pasar, sino que era el único. Sin pensarlo dos veces (después del día que llevaba no me iba a poner a pensar en las consecuencias), solté mi bolsa, cogí a la chica por la cintura y junté mis labios con los suyos. Ella también me devolvió el beso. Me cogió la cabeza y su beso me supo a gloria. Acto seguido, la mano recia del chico se estrelló en mi cara con tal contundencia que me tiró al suelo. Sin embargo, no perdí la sonrisa.

 

Soleá

Tengo una pena muy mala

me río durante el día

y lloro solo en mi cama.


Pretendes mi dinero;

mira que las tuercas se aflojan,

quiéreme a mí primero.

* Sin querer profundizar mucho más en el flamenco, apunto este par de soleares.

El beso robado (3)

El beso robado (3)

Lidia

Joder, qué lío tengo. La otra noche me planteó Ángel ir al cine. No es mi plan favorito de una tarde de sábado, pero, como no teníamos otros planes, me pareció bien. Entonces se lo dije a Mónica, que me la encontré en la escalera. Ella, al principio no quería venir para no interferir en nuestra relación. Que conoce a Ángel, me dijo. Si ella tuviera pareja sería otra cosa. Yo podía haberle tomado la palabra y que no viniera. Pero me dio cierta pena en parte. Y también por mí. No voy a renunciar a mis amigas porque tenga novio. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Fuimos a una de esas películas que le gustan a Ángel. De esas del espacio y de cohetes. Yo me puse en medio, como es lógico. Así que me tocó aguantar el paquete de rosetas. Yo, la verdad, como pocas o no como. ¡Me dan una tos, que no puedo! Los dos cogían alternativamente, creo. Pero, casi al final de la película, se me ocurre mirar para abajo y Ángel da un respingo. Estaban cogidos de la mano. Así, tan campantes. Delante de mis narices. Es que soy tonta. Encima que la invito, me ponen los cuernos. Mi vecina, mi amiga. Mi intención era levantarme e irme, pero, cómo los voy a dejar a los dos solos. Para colmo la noche continuó en una pizzería y después en un bar del centro. Cuando Mónica fue al baño, le pregunté a Ángel qué había entre ellos. Y, el cara dura, me dice que nada, que no lo ha habido ni lo habrá. Y que lo del cine fue un malentendido, un accidente. Así se llama ahora: accidente. Que te pongan los cuernos delante de tus narices es un accidente. Mi cabreo crecía por momentos. Ángel también se enfadó o hizo como si se enfadara. Cuando volvió Mónica, que se había pintado un poco, él le hizo una mueca. ¡Lo que faltaba! Encima sonrisitas. No lo podía aguantar. ¡Tendrá cara dura! Encima, propuso tomarnos un cubata allí, donde la conocen. Eso ya es un golpe bajo. Ángel, para disimular, dijo que él no iba. Hubiera sido un buen momento para pedirle explicaciones a esa putilla de tres al cuarto. Pero no. Al final fuimos los tres a ese sitio cutre, cutre, cutre. Me tomé un zumo que me sentó hasta mal. Ángel dijo que nos acompañaba. ¡Qué pesadilla! No podía haberse ido ya a tomar por el culo. No, tenía que acompañarnos hasta la mismísima puerta. Intentó cogerme de la mano. Intentó hablarme. Me dijo que me quería con las lágrimas asomando. Pero yo ni caso. Aunque, al llegar a casa me ablandé y él se puso otra vez rígido. Que me besara, si quería, al final le dije. Que subiera al piso. Que podíamos darnos otra oportunidad. Como no reaccionaba, el beso se lo intenté dar yo. Y entonces me quitó la cara. El muy cerdo me despreció. Así que, en un arrebato, dije que necesitaba un beso y se lo daría al primero que pasara. Lo dije en broma, claro está. Pero un chico alto, con pelo largo, buenísimo, que me había oído, me tomó la palabra. ¡Qué bien me sentó ese beso! Ángel, se volvió entonces, y le dio una hostia que lo tumbó antes de irse. Se llama Mario.

* Fragmento del beso de Rodín.

El beso robado (2)

El beso robado (2)

Ángel

No sé cómo empezar. Me gusta Lidia. La quiero. Pero a veces me pone las cosas muy difíciles. La otra tarde quería que estuviéramos solos como una pareja normal. Que fuéramos al cine, tomar algo y todo eso. Y hablar. O no hablar. Simplemente estar juntos, mirarnos, cogernos de las manos, darnos un beso (o cien) y, quizá, fuese la noche apropiada para que me invitase a subir a su casa… Pero no. Se tuvo que presentar con Mónica. Siempre Mónica. Parece su sombra. Estoy harto. Con ella no podemos hacer nada. Ir como amigos, como a los diecisiete años. Y no es que me caiga mal. Mónica es divertida. Y, bien mirado, está hasta buena. Que tiene un culo… No me importaría en un momento dado quedar con ella. Pero hay días y días. Y ese día era especial. Se podía haber quedado en su casa o salir con María del Mar y Daniel, que hacen un buen trío. Daniel dice, sin embargo, que tengo suerte. Que por el precio de una tengo dos. Que me aproveche. Que no sea tonto. Cómo si fuera tan fácil… Lo dicho, estábamos en el cine. Un peliculón de los que me gustan. Futurista. Aunque a las niñas no les gustó mucho. Yo creo que no se enteraron ni de la mitad. Están en Babia. ¡Así son ellas! Mientras no haya amores y lágrimas, las películas no son buenas. Lidia tenía las palomitas sobre su falda. Yo me demoraba en coger, así estaba más cerca de sus piernas. Su mano libre agarraba la mía y yo, la suelta, la llevaba del paquete a la boca. En un momento, Mónica me cogió de la mano. No sé por qué. El corazón se me aceleró pensando si fue adrede o sin querer. Lidia se dio cuenta de todo menos de mi sonrojo, por la oscuridad del cine. Menos mal que estaba oscuro. Por instinto retiré la mano rápidamente. Cuando salimos fuimos a una pizzería a comer alguna cosa. Lo propuso Mónica. A mí me pareció bien. Siempre tengo hambre. Además, necesitaba tiempo para reflexionar, para aclarar que yo no tenía nada que ver con esa provocación, con ese manoseo. Después de comernos un par de pizzas entre los tres (no quisieron ensalada ni ninguna otra entrada), Mónica se fue al baño y Lidia aprovechó para echarme en cara lo de las “manitas” que hicimos delante de sus narices. Que se nos vio el plumero, dijo ella. Fue una casualidad, dije yo. Metimos las manos al mismo tiempo y se rozaron sin querer, proseguí. Parece que cada cosa que decía empeoraba la situación. Esto es como lo de los abogados: cualquier cosa que digas puede ser utilizada en contra tuya. Además, le dije ya ofendido, si no te fías de tu amiga no haberla traído, que nos ha jodido la noche encima. Ella dijo que era un cabrón y dejó de hablarme. Cuando se enfada sin razón me pone atacado. Se calla y que yo le adivine el pensamiento. Quien tenía que estar enfadado era yo. Así que también le hice el vacío. Me quedé como un muerto. Cuando llegó Mónica intenté sonreír pero no me salía. Propuso ir a tomarnos una copa. Yo dije que mejor me iba. Lidia apoyó mi decisión. Así que, al final, no me fui. Y Lidia tampoco. No hablamos nada en aquel pub incómodo y caro que le gusta a Mónica. Ella sí habló. Tonterías. Cosas de mujeres. Cuando acabamos, dije de acompañarlas, aunque sin ganas. ¡Maldita suerte! Las guié hasta la puerta de su casa y les dije adiós. Mi paciencia había acabado. Lidia me pidió un beso. Después de la noche que me dio va y me pide un beso. No, que va. Volví la cara y no le hice caso. Yo también quería besarla, pero no podía. Sería el estúpido orgullo que me lo impidió. Era necesario detenernos un poco y recapacitar. Necesitaba tiempo. Entonces me amenazó. ¡Eso sí que no! Así si que no se consigue nada. Dijo que necesitaba un beso, que si no era el mío sería el de cualquiera. Me volví con cara de quien dice “eres patética”. Y, en ese momento, un peluo soltó su mochila y le endiñó un beso en los morros a mi Lidia, que me dio un asco. Que me volví y, con el impulso y la rabia, le di un puñetazo con la mano abierta en toda la cara que se cayó al suelo, con su sonrisa de estúpido todavía puesta. Miré a Lidia con desprecio. Como con ganas de llamarla puta, de no sabes lo que haces. Me di la vuelta y me fui rápido.

* Ilustración de Nuria Quevedo para el libro "Casandra" de Christa Wolf, Círculo de Lectores, 1987.

El beso robado (1)

El beso robado (1)

Mónica

Qué fuerte lo que le pasó a Lidia el otro día. Bueno, a Lidia y a su novio. Iba yo con ellos. No es que me guste. Pero siendo una de las mejores amigas de Lidia, me suele llamar para salir con ella. A mí no me gusta salir con parejas. Prefiero cuando salimos las chicas solas. No sólo es más divertido, sino que cada una va a su bola. Hacemos lo que queremos sin ningún novio o marido al lado que te corte el rollo. Como cuando nos metimos en el bar gay. Todos creían que éramos lesbianas. Nos besamos y todo para seguir con el rollo. Fue superdivertido. Pero con parejas es distinto. Además, llega un momento de la noche que se enrollan, aguándote la fiesta. Y yo qué. A mirar para arriba, a limarme las uñas hasta que acaben, a hacer cola en el lavabo… Aunque hay otras parejas peores. Manolo y Susi, que no se sueltan de la mano ni a la de tres, y se llaman ratoncito. Qué cursi. Es superempalagoso. Así no dan ganas ni de tener novio. Aunque si lo tengo, puede que hagamos lo mismo. Otra vez, el novio de María del Mar no hacía nada más que tirarme los tejos. ¡Qué fuerte! Y yo, qué me dejes. Hazle caso a tú novia. Yo, la verdad, aspiro a otra cosa. Se lo tuve que decir, aunque no me importaría tener un rollito con Daniel. Pero eso a una amiga no se le hace. Sería supercutre. Me fui a mi casa y ellos cabreados. Daniel le tira los tejos a cualquiera. Si no está a gusto con María del Mar que la deje y punto. Ahora parece que se van a casar. Se han comprado un piso. Yo creo que no van a durar mucho tiempo. Lo malo es si tienen niños… Esto es un lío. Bueno, lo que estaba diciendo. Como insistió tanto Lidia, le tuve que decir que sí, que me iba al cine con ellos. Después de la película, de esas de marcianos, que no se las cree ni dios, nos fuimos a la pizzería. Algo había que comer. En el cine se portaron. Creo que no se dieron ni un beso. Se limitaron a estar cogidos de la mano y comentarse cosas al oído mientras compartían un paquete de palomitas. Bueno, mientras compartíamos un paquete de palomitas. Lo sostenía Lidia, y yo a la izquierda y Ángel a la derecha, cogíamos indistintamente de la bolsa. Nuestras manos, las de Ángel y las mías, se juntaron en una ocasión. Yo di un brinco y me puse roja, creo. ¡Superfuerte, oye! Seguro que me puse roja. Por eso casi no comí más palomitas. Que estaba un poco harta, le dije a Lidia. Abrí mi lata de cola y me la bebí en silencio. La película tampoco me gustaba mucho. La eligió Ángel. Qué vamos a hacer. En la pizzería también compartimos pizza. Bueno, pero allí con más orden, había luz y no estabas pendiente de la pantalla. Además, a cada uno correspondían dos trozos de pizza. Así que sin problemas. Pedimos dos, pues cuatro trozos para cada uno. Pedimos postre y todo. Yo fui al baño. Deje mi parte y me fui al baño. Dos latas, tengo que soltarlas como sea. Cuando volví, no se qué había pasado. Tenían caras largas. Se habían enfadado por algo. ¡Joder qué rollo! De todas formas, propuse tomarnos una copa al pub de siempre, ése de madera vista. Para ver si se animaban, para ver si Lidia me contaba algo. Estuvimos solas un tiempo, mientras Ángel iba a pedir, pero Lidia no dijo ni mu. Al rato, con los ánimos por los suelos, decidimos retirarnos. ¡Vaya sábado! Ya en casa le sonsacaría algo, porque, además, somos vecinas. Ángel nos acompañó hasta la puerta del portal y Lidia le pidió de subir. Él, que no. Que estaba muy cansado, que trabajaba al día siguiente. Lidia vio que era inútil seguir insistiendo, así que le dio las buenas noches y, cuando inclinó la cara para besarlo, Ángel se apartó como si le hubieran puesto un cubito de hielo en la espalda. “¿No quieres besarme?”, preguntó Lidia ante la evidencia. Él dijo que mejor dejarlo así, que mañana hablarían. Ella dijo que sólo un beso. “Por favor”, parece que añadió. Anda que yo voy a pedir un beso por favor. Es superhumillante. Ángel con la boca apretada y gesto de desafío, como de quien tiene la sartén por el mango, pronunció un rotundo adiós y se dio la vuelta. Lidia casi le gritó que si no era con él, sería con el primero que pasara por la calle. En ese momento pasaba un chico por nuestra acera, moreno y alto, que oyó el comentario y, sin pensarlo dos veces, dejó la mochila en el suelo y le dio un beso a Lidia en toda la boca. No me lo podía creer. Y Lidia se lo devolvió. Vaya que si se lo devolvió. Le cogió la cabeza y todo. Fue un segundo, pero parecieron horas. ¡Qué fuerte! Un segundo fue lo que tardó Ángel en darse la vuelta y soltarle un tortazo al chico de la mochila y tirarlo al suelo. Y, sin decir nada más, se fue a su casa.

* El beso robado es un cuento en cuatro partes.

** Con un fragmento del beso de Klimt.

Fandango

Al no tener yo fortuna

no me quedé ni con doce,

ahora tengo la luna,

todo el mundo me conoce,

y ya no les paso ni una.

* Con mucho respeto, he ensayado escribir algunas letrillas de flamenco.

Seminuevo

Atrás quedó
—como una polución nocturna—
el tiempo en que me puse en venta
y añadía a la singular oferta
el reclamo de seminuevo
para animar al comprador.
Que devolviera su dinero,
acaso,
si no era conforme su adquisición.
Que me quedara como estaba,
al fin,
con una triste mano atrás
y delante un cartel
para cubrir mi vergüenza.

Poética

By this, and this only, we have existed

T.S. Eliot

 

Escribe y calla.
Mancha el ambiente.
Mécete cuerno a cuerno de la luna.
Haz que tu estómago haga gárgaras
con todo el semen de tu hastío.
Enjuga el paso de la vida
con la
luenga esponja del verso.

* A modo de Jesús Munarriz, en el año 86, escribí esta poética, que reviso breve para publicarla en este blog.

El descabezado

Cortaron mi cabeza,

y el corazón quiso gritar

tu nombre con amor

pero le faltaba la voz,

y mi boca quiso cantar

tu nombre con amor

pero faltaba corazón.

*Poema que introduce el cuento El descabezado (de un servidor), publicado en el bestiario colectivo "¡Qué bestias!". (Granada, junio de 1999).