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volandovengo

Poesía/Cuento/Teatro

Zorongo

La luna esta calabaza

estoy tan enamorado

que cuando más me rechazas

yo más te quiero a mi lado.

 

No me arrojes de tu vera

que no he venido a buscarte,

me basto sólo con verte

todos los lunes y martes.

 

Nubes calladas

Nubes calladas
en el silencio herido
de noche adormecida.
Es tiempo solapado;
deseos en barbecho.

El adivino

El adivino

(Reality show)

Recorrimos tres veces la feria de punta a cabo. A cada vuelta repetimos algunas atracciones. Eran los coches de choque, las perdigonadas a los palillos con escopetas de cañones retorcidos para llevarse un horrible oso de trapo o una botella de un dudoso licor y la tómbola de papeletas de colores, con un comentarista estridente y monótono, en donde yo alimentaba mi fama de adivinador y visionario. Siempre, sin duda alguna, acertaba lo qué nos tocaría, siempre apostaba por el mejor regalo, siempre nos sonreía la fortuna.

En el último paseo, al bajar de la noria y tras haber vislumbrado con meridiana claridad el accidente en la barcaza sin heridos por suerte, advertimos por vez primera un cajón metálico sobre unos caballetes de madera. En uno de sus lados estaba pintada la cara de un payaso con la boca descomunalmente abierta, en la que había practicado un orificio al interior oscuro de la caja. Sobre el payaso de pelo amarillo ensortijado y ojos saltones, en una banda azul, roja y blanca, un rótulo rezaba: “El hueco del destino”, sin más explicación. Nada más hallarnos frente al extraño artilugio, lo percibí con toda nitidez, y así se lo participé a mis compañeros: “Cuando metas la mano ahí, una especie de guillotina te la corta”.

Mis amigos dispusieron que me había excedido en las predicciones, que aquello que había aventurado no tenía ningún sentido, que no debería ser tan extremo y nefasto, que en un lugar de esparcimiento y diversión para toda la familia, donde la mayoría de los usuarios son niños, era ilógico que hubiera una máquina tan infernal…

Dolido en mi amor propio por haber puesto en duda el inequívoco don de la profecía que me caracterizaba, sobre todo por ser cuestionado por los compañeros a los que había demostrado una y mil veces los rigores de mis predicciones, metí en un arrebato el brazo por la cavidad hueca de la boca de aquel nefasto payaso y un resorte accionó la cuchilla que me cortó la mano derecha a la altura de la muñeca.

Todos sonreímos, mientras me tapaba el muñón sangrante con el peluche de la tómbola y me llovían las palmadas de complicidad, las felicitaciones por haber acertado nuevamente y los perdones por su incredulidad sin sentido.

Otra vez la soledad

"Soledad... Yo no creo como ellos creen, no vivo como ellos viven, no amo como ellos aman... Moriré como ellos mueren".

Marguerite Yourcenar

Fechada el 14 de septiembre de 2001, encuentro una carta que le escribí a Jesús de Almería (ahora estoy en su casa), en la que me pedía un breve texto sobre la soledad.

Fue escrito a vuelapluma, impelido por la premura de tiempo con el que me lo pedía.

Llegó a utilizarlo, pero no recuerdo para qué.

La soledad

Un hombre se sienta en la cafetería un domingo a media mañana, mira el periódico y pide un café solo. Conoce el precio y paga por adelantado. Cuando termina, se asoma al abismo de la taza, donde unos granos de azúcar, que han quedado sin disolver, difícilmente se abren hueco entre los posos amargos de Colombia. Dobla el diario, que nadie más leerá, y se lo coloca bajo el brazo. Sin volver la cabeza, abandona la cafetería.

Entra en la calle, que está soleada, y comienza a andar. El bullicio de gente que pasa frente a él, en esta asolada mañana de domingo, lo desconcierta. Cierra los ojos. Los vuelve a abrir. Mira, pero no ve a nadie. El hombre está solo.

El camino recuerda que de su brazo anduvo alguien. El hombre recuerda quien le besaba en los labios. Sus ojos recuerdan que vieron en colores. Sus manos buscan en vano el filo de estos recuerdos.

La soledad camina descalza. Se acuesta, y siempre tiene los pies fríos. La soledad nunca está satisfecha. Empieza por una siseante “ese” y termina por una esbelta “de”. Se agarra a la garganta, anuda el pecho, desgrana el corazón, acorrala lentamente, hace añicos la voluntad.

El corazón es muy grande, pero el de algunos tiene eco.

Hay soledades, sin embargo, que son elegidas, desiertos de luz, bellos silencios. Los pájaros solitarios, como decía san Agustín, siempre se posan en la rama más alta.

Fandango de arte mayor

Pa' que tu padre no lo sepa
voy apedreando farolas.
Ahora que l’an arreglao
esto nuestro va ha traer cola.
¡Vaya arreglo tan apañao!

No sostendré la mirada

No, no sostendré la mirada.
No estoy dispuesto
a echarle un pulso a la violencia.

Sólo me tumbaré desnudo,
el cuerpo pintado de blanco,
de inocente esperanza.

Inerme esperaré que lluevan
golpes de cadenas y cueros,
hasta que no puedan golpear más
y, entre jadeos,
me supliquen que escape.

Autorretrato

Yo era un tonto del bote
se rompió el bote
y quedó el tonto.

* (a la manera de Alberti).

Quien piensa pierde

Quien piensa pierde

Habría o hubiera en cierta ocasión un pueblo alejado de toda influencia, feliz en su auto exilio, orgulloso en su burbuja, en el que sus habitantes, por mandato, sólo comerían patatas fritas y huevos. Los domingos y festivos, las patatas podían ser a lo pobre o los huevos en tortilla, escalfados, duros o pasados por agua. No conocían alternativa. El imperativo, de antiguo, se había hecho tradición, exclusiva costumbre. Y, eran felices en su dieta. Y, eran felices en sus vidas.

Llegó un momento, como es habitual en ciertos ámbitos de exclusiva represión, que un corpúsculo de radicales subversivos comenzaron a traficar con libros de cocina. Tímidamente, los locales que accedían a dichos recetarios, tras un solapado e importante desembolso, que los podría endeudar durante algunos lustros, se animaban, en la más estricta intimidad, a añadirle pimientos a la sartenada de los domingos.

Las fuerzas del orden, alarmadas por un chivatazo y una posterior y delicada operación de infiltrar un topo incorruptible en el mafioso círculo gastronómico, persiguieron con ahínco y tesón estos desmanes y la inclinación popular al libertinaje que, quién podría evitarlo, el día menos pensado se comería carne, pescado o vete tú a saber que otro manjar tantos años y con tanto esfuerzo extirpado.

Las condenas se sucedieron y el castigo último fue evidente. Los rebeldes habían sido apartados de la sociedad, clausurados, eliminados.

De esta forma volvieron a ser felices con su cortedad, en su dieta y en sus vidas, hasta un nuevo conato de creatividad, rebeldía y diferencia, que, de una u otra forma, sería censurado inmediatamente por las eficaces fuerzas del orden, siempre atentas.

* Cuento sin ninguna intención, pero con mil alusiones.

El olor a pan recién horneado

El olor a pan recién horneado
anuncia la mañana
que los gallos de siempre
ya no aletean.

Dicen que nunca llueve
a gusto de cualquiera.
Qué quieres que te cuente
si no tengo paraguas.

Tenía que haberle pedido el vídeo al japonés

Tenía que haberle pedido el vídeo al japonés

Tres alicientes tenía esa playa perdida a la que sólo se podía llegar en barco. Un pequeño bote a motor acercaba a los pasajeros, a través del canal, hasta el último puerto de aguas turquesas. Todos viajábamos con nuestros mapas, guías de mano y mochilas con algo de comida y sobre todo con agua.

Hasta el día siguiente no emprenderíamos la vuelta en el mismo trasporte. Así que la mayoría, si no queríamos que la aventura nos fagocitase de alguna forma, habíamos asegurado la pensión en aquella remota cala.

Los tres objetivos que nos atraían a todos eran la recogida visita a la ermita de la patrona del lugar, a la que se llegaba en media hora o tres cuartos caminando hacia el este; la subida al lugar más elevado de la península, donde se hallaba semiderruida una torre vigía de tiempos medievales y en la que se había levantado un mirador desde donde se oteaba, en días despejados, los rompientes en la otra orilla; por último, en el mismo centro de la población, se elevaba una mansión señorial, de estilo renacentista, preciosamente conservada. En el palacio había que pagar, aunque su entrada normalmente era adquirida a la vez que el pasaje y la estancia.

Lo aconsejable era subir en primer lugar a la montaña y deleitarse con las vistas antes de que el sol impusiera su dictadura. Así, aprovechando el frescor de la mañana, junto con otros peregrinos, que viajaban en grupo o en solitario, como yo, me encaminé al monte de la torreta, que al final resulto ser todo una fortaleza, en la que difícilmente seguían en pie un par de torres muy deterioradas y un pasador almenado entre éstas. Las vistas hacían que hubiera merecido la pena la ascensión.

Mientras intentaba vislumbrar el otro lado del estrecho, una iguana me miraba sin interés.

Al retornar al valle, donde se asentaba la aldea, una chica me mostró un papelito que, por un precio módico, me resolvería de un plumazo la cena y el divertimento de esa noche. El paquete consistía, como he dicho, en un ligero menú, mientras contemplábamos la actuación de una agrupación local y el derecho a una copa. Tenía buena pinta. Lo rechace, no obstante, y me encaminé a la ermita.

Era pequeña y cuadrada, de piedra, rodeada de flores mustias y una imagen descolorida de la virgen, presidiéndolo todo allá en lo alto. En la guía podíamos leer que la santa se le apareció a unos pescadores que habían perdido el rumbo en mitad de una tormenta y que, sanos y salvos, aunque maltrechos y con la barca destrozada, habían naufragado en aquella orilla. El patrón, con ayuda de las familias marineras de toda la zona, erigió el templo.

A la vuelta, con un calor imperativo, busqué un bar donde tomar una cerveza y picar algo antes de sacar el bocadillo de jamón con tomate que me había preparado esa mañana con pan blando del día,

Mientras saboreaba la pinta, a través de la ventana abierta para renovar el aire cargado del local, volví a ver a la chica de las octavillas. Era muy morena de piel, con el pelo castaño recogido en dos trenzas por detrás de las orejas y una raya derechísima en el centro de la cabeza. Se le veía cansada y, al parecer no había vendido muchas o ninguna de las ofertas que proclamaba, pues sujetaba en las manos el mismo fajo de papeles que tenía en un principio.

En la plaza me senté bajo un roble que dispensaba frescor y penumbra. Sin dejar de observar a la vendedora de actividades nocturnas, di buena cuenta de mi almuerzo. Un pequeño descanso, con cabezada incluida, y un café amargo, me pusieron las pilas para emprender la visita al palacio.

Atravesé la plaza hasta la calle principal y la chica de ojos almendrados seguía allí, ofreciendo lo que nadie quería.

¿Para qué se harían las puertas tan grandes? ¿Esperarían a un gigante? Todos los edificios señoriales están cortados por el mismo patrón. No basta con ser poderoso, hay que aparentarlo. La ostentación de unos pocos repercute directamente en la sensación de miseria del resto.

Cuando volví sobre mis pasos, con idea de pegarme un baño en el hostal y leer hasta la cena, busqué instintivamente a la joven morena. Allí estaba, plantada, con su baraja de papeles de color en el regazo, intentando vender su propuesta a una pareja. Me acerqué a ellos. El hombre había seguido caminando, la mujer negaba con la cabeza.

Cuándo ésta alcanzó a su pareja, la chica dijo mierda y se le saltaron las lágrimas. Comenzó a sollozar en silencio. Agachándome un poco la miré a los ojos y le pedí que me contara nuevamente en qué consistía aquella cena. Sin palabras, me mostró un folleto, que no leí. Le pregunté, cogiéndole el brazo si había vendido muchas. Sorbiendo los mocos, se repuso y me dijo que sólo cinco. ¡Vaya! Que con diez que hubiera vendido, añadió, le hubiera sido rentable el trabajo de ese día. Pues dame cinco, pedí. ¿Con quién irás, si estás solo?, repuso ella, que evidentemente también se había fijado en mí. No creo ni que vaya yo, confesé. En ese momento se alzó y, estampándome un beso en la boca, corrió, sin venderme nada, hacia un joven alto y fuerte, que la cogió de la mano y se la llevó consigo.

Con las yemas en los labios, intentando retener su beso, los vi irse y empequeñecerse calle arriba.

Un japonés, en el que no había reparado, estaba rodando con su digital, quizá desde el principio. Cuando reaccioné ya era tarde. El improvisado cámara y testigo de ese instante fugaz se había perdido entre el gentío.

* Una iguana me miraba sin interés.

Fandangos del 'Albisín'

Lo pongo en la enciclopedia,

no tengo más horizonte

que escuchar Marina Heredia

cantando en el Sacromonte.

Somos

Somos hasta que dejamos de ser
todo está bien o no está bien
mientras nos saludemos.
Porque cada día es una victoria.
Vivir, convivir, es un juego
y morir es tan fácil.

La gente que me mira

La gente que me mira y yo en silencio

por la calle camino desosiego

de mi alma, desalmado, desatento,

pues la taso a buen ojo de cubero.

 

Yo me siento en un valle de amargura

y la piedra que aprieta se desangra,

pasto en llamas, dolor, no tiene cura,

perdidos corazones en la manga.

 

Un camino a lo lejos bien distante

que recorro con venda entre mis sienes,

porque el fuego, mi amor, está vacante,


se me agota la fuerza de mis bienes.

Una vida tranquila me es bastante,

el campo florecido que tú tienes.

Fandango

Por si acaso me das paso,

suelo pasar a tu lado,

y ahora que me haces caso

yo me hago el disimulado;

en eso está mi fracaso.

Nunca tuve prisa

No, nunca tuve prisa.
Quise esperarte
entre los pliegues de mi otoño.
Que si la belleza es efímera,
a mí me gustan
las estrellas fugaces.

Los siete cabritillos

Los siete cabritillos

Mi niño Juan me pide de vez en vez algún cuento que ya conoce para afianzar sus datos, para enriquecer sus imágenes o para tirarme de la lengua y que le comente lo que se escribe entre líneas.

Muchas veces, lo que pretende es que recree los cuentos, que les de otra vuelta de tuerca o que incluya en mi relato circunstancias colaterales, inapreciables a símple vista.

Con el cuento de Los siete cabritillos tiene un seguimiento especial, pues, desde muy pequeño (él, no yo, por supuesto), le estoy contando las aventuras de esta familia de rumiantes desobedientes de dos formas diferentes.

Hace unos días, me pidió que le contara una versión diferente de Los siete cabritillos (yo me lo he buscado).

Así queda:

El lobo feroz se escondía detrás de un árbol, vigilando el camino, por el que pasó inocente un pequeño cabritillo. La fiera le saltó al encuentro, con la boca hecha agua, y gritó, con las zarpas levantadas: "Hoy me comería un cabritillo". El animalito, sin inmutarse, le respondió: "Pues te vas a quedar con las ganas, que yo soy una gallina. Co-co-co-co...". Y así, cacareando siguió su camino. Si acaso, advirtió al lobo, detrás suya sí que venía un cabritillo.

No le quedó más remedio que regresar al acecho, tras el árbol. Por el camino, se acercaba entonces el hermano inmediatamente mayor. El lobo se le puso delante y, relamiéndose, le comunicó: "Hoy me comería un cabritillo". El segundo de los cabritillos se quedó pensando y, como el anterior, exclamó: "Pues te vas a quedar con las ganas, que yo soy una gallina. Co-co-co-co... Detrás mía viene un cabritillo hermoso".

Volvió feroz el lobo a su escondite, cuando vio llegar distraído a un cabritillo más grande que el anterior. Le salió al encuentro entonces y, con un rugido tremebundo, le dijo: "Hoy me comería un cabritillo". El cabrito, acariciando sus cuernos, que ya despuntaban, le comunicó al hambriento: "Pues te vas a quedar con las ganas, que yo soy una gallina. Co-co-co-co...". Y, cacareando, cacareando, gritó mientras se iba que un cabritillo de gran tamaño le seguía los pasos.

Al resignado lobo se le iban acumulando tanto las ganas como las contrariedades. Con el cuarto, el quinto y el sexto cabritillo se repitió la misma operación. Sus dientes, su estómago y su pensamiento, estaban decididos a comer cabritillo, pero sus ojos le engañaban. Así que se lavó la cara y limpió sus anteojos para que no se le escapara nada.

El séptimo cabritillo era casi adulto, de cuerno grueso y afilado y barbita descuidada. El lobo, antes de que algo sucediera, le dijo a su posible víctima: "No me digas nada. Tú eres una gallina". El animal le aclaró, empezando a correr tras el hambriento: "No. Yo soy un cabritillo y te voy a aplastar".

Mientras iba huyendo del cabritillo feroz, el lobo se lamentaba: "Si lo sé, se me habría antojado una gallina".

Juan se ríe mucho y yo lo apunto para que no se me olvide, como las otras versiones.

Más vale pájaro en mano

Más vale pájaro en mano

Cuando, en torno a la mesa, alguien aludió a la belleza intemporal de Judith Mascó, todos los presentes estuvimos de acuerdo con el aserto, si bien, las preferencias entre las top models y las estrellas del celuloide fueron variando. Había quien dejaría todo por Eva Herzigova, quien mataría por Claudia Schiffer, quien se inclinaba por el exotismo de Naomi Campbell, quien no tenía ojos más que para Angelina Jolie, quien, ya puestos, se quedaba con la belleza hispana de Penélope Cruz y quien, para eso, corría al país vecino para gozar con Laetitia Casta o con los encantos aristocráticos de Carla Bruni. Yo, en silencio hasta ahora, dije que, ante todas ellas, prefería la hermosura de la Alberta, de cuerpo presente. La Alberta era una chica de carnes prietas, coleta neutra y deliciosamente estrábica, que, desde algún tiempo salía con nuestro grupo. Me miró entonces, apenas sonrojada, y ahogó una exclamación, antes de que el novio, también callado desde un principio, la cogiera de la mano, vindicando su posesión, ahora más cara, desde mi declarado interés. Yo sólo pensaba, pensé, cuando Degas expresó la idea de que “Las reinas están hechas de distancia y cosmética”. Pero, ante las miradas varias de mis amigos, no dije nada. Cogí la cerveza y pegué un largo trago, antes de abandonarme al partido de la Eurocopa que ya empezaba en un televisor elevado.

Las entretelas de Ferrer Lerín

Las entretelas de Ferrer Lerín

Hace tiempo, mucho tiempo, casi recién salido, leí este libro, que su autor me envió gentilmente desde su tierra aragonesa.

Casi inmediatamente lo anoté e hice una pequeña reseña con intención de publicarla en alguna plataforma al uso.

La oportunidad, en contra, me fue adversa y, como tantos escritos, quedaron amontonados en mi archivo virtual.

El libro, llamado Papur, de Ferrer Lerín, queda solapado por una nueva obra poética de este mismo autor, Fámulo.

Antes de que caduque totalmente, quiero participar mis impresiones en esta página.

Sumergirse en las páginas de Papur es como abrir un cajoncito en la memoria de su autor. Es como levantar la tapa de esa caja que tienen los coleccionistas indefinidos particionada en pequeños habitáculos que con mimo conservan algunos de sus hallazgos y recuerdos más queridos. De esta manera, Ferrer Lerín nos muestra destacados de sus lecturas, apuntes sobre sus vivencias u otros aconteceres apócrifos en primera persona, en los que él bien podría ser el protagonista, cuestiones filológicas, pequeños cuentos documentales y retazos de ese apasionante mundo de ornitología, que bien conoce. Son breves entradas donde se dan cita el conocimiento, la erudición, la poesía, la investigación… Viene dividido en cuatro apartados, donde se imbrican estos pensamientos compartidos: Bibliofilias, Facsímiles, Series y Varios. Adjunto la primera entrada que tiene mucho de imaginativo biográfico, llamado Bibliofilia 1:
«Ambos fallecieron el día de San Ignacio y a la misma hora de la madrugada. Mi abuela paterna en la casa familiar de Ix en 1959 y mi padre Francisco, veintisiete años después, en su vivienda-consultorio de la ciudad de Barcelona. Como primogénito me cupo el honor de entrar primero, una semana después de su muerte, en la secreta biblioteca contigua a su despacho. Los libros del armario central, todos encuadernados por Brugalla, se disponían por tamaños.
»Extraje uno, el que quedaba exactamente a la altura de mi brazo, un ejemplar en octavo -el tomo V de las Obras Escogidas de Metastasio, impreso en Aviñón en 1808- y, al abrirlo, cayó planeando hasta el suelo una hojita de papel casi transparente escrita a mano con una elegante letra en tinta ahora rosada y que decía así: "Se que en el mes de agosto del año de 1986 alguien leerá por fin esta breve nota y que en esos días una dolorosa pérdida anegará su alma.»

Si dividimos el libro en tres, la tercera parte, hacia el final del libro, pertenece a otra pequeña obra llamada Die rabe y dos breves guiones. La tintada de las páginas varía, incidiendo un poco más en la elegancia formal de un libro bellamente editado. De un papel ligeramente ahuesado, éste se argentina, para internarse en el mundo cinematográfico con tres tipos de guión. El primero de estos filmes, Die rabe, nos sumerge completamente en un mundo onírico donde se dan cita tres constantes obsesivas que se han venido desarrollando a manera de apunte en Papur, o sea, en la obra principal. Estas son: la imagen del padre (que a veces se confunde con la del hijo y su obra) que actúa como alter ego del mismo Ferrer Lerín. El segundo lugar lo ocupa, con toda legitimidad, las aportaciones ornitológicas y faunísticas en general, con abundante presencia de animales y sobre todo de aves, que se acompañan con su nombre científico (golondrinas –hirundo rustica-, sapos corredores –bufo calamita-, jilguero –carduelis carduelis-, alondra –alauda arvensis-…). No en vano, el autor, como ya he apuntado, es un afamado ornitólogo. Por último, una idea macabra, como un sueño obsesivo, se verifica en varios momentos de este texto, hasta que al final se impone como la razón de ser de la historia. El posible recurso, accidental o provocado, de alimentar a los córvidos y otros carroñeros con carne humana, aunque sea la propia.

El segundo de estos textos es el esbozo de un guión para una película de serie b, incompleto e interrumpido por el propio autor advirtiendo el tópico de su planteamiento y posible desarrollo. Ferrer Lerín, de todas formas, habrá visto algo en él, que nosotros descubriremos, para incluirlo en este compendio y no mandarlo directamente a la papelera.

Por último, en Se describe una extraña historia, rescata un relato publicado en La hora oval (1971) y en Ciudad prohibida. Poesía autorizada (2006) y lo hace guión, donde, remedando a Thomas de Quincey, considera el asesinato como una de las bellas artes.

* Ferrer Lerín, Francisco: Papur. Zaragoza: Eclipsados, 2008.

Nunca dejamos que se nos notase

Nunca dejamos que se nos notase.
Nuestros caminos iban paralelos,
las sombras se alejaban, sin embargo.
Paso firme sin siquiera mirarnos,
unidos en el fondo y en la forma,
con las manos metidas en el saco.
Renegamos tres veces uno de otro;
olvidamos a fuerza de no ser.

Nuevo haiku

Me dan la vida,
cuando tropiezo y caigo,
tus cinco otoños.