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volandovengo

Poesía/Cuento/Teatro

Guarda silencio

Guarda silencio,
duelen más las palabras
que tu vacío.

Y los sueños, sueños son…

Y los sueños, sueños son…

La noche del durmiente, aunque no sea bello, está llena de sueños. Una concatenación de imágenes felices o angustiosas, angélicas o incúbicas, amenizan la noche pensando sin querer pensar. Entre niebla y fantasía sucede el ensueño profundo, donde el tiempo no existe ni el espacio, ni lo real ni lo fantástico. Unos sueños que se prestan al olvido en cuanto suceden pero su estela tinta el primer despertar que, si no se hace un forzado ejercicio de retención, sus hilvanes desaparecen definitiva e irremediablemente para visitarnos con similar aspecto si acaso durante otra adormecida.

Hay quien es consciente de sus sueños y se esfuerza por conservarlos, analizarlos e interpretar sus designios. Se ha escrito mucho sobre su origen y significado. Pero su mundo paralelo, dimensional, al menos para mí, está vedado.

El otro día sin embargo, en el umbral de desadormecer, algunos retazos de sueño se me hicieron evidentes. Incluso borgianamente en el mismo sueño tomaba estas notas que ahora escribo.

O sea que, sin pensármelo dos veces, me siento ante el teclado y, liberando de telarañas el film de mi mente, confío en registrar lo esencial que peca más de orate que de cordura.

En un aula mixto donde esperábamos al docente, una chica con los labios muy definidos de naranja, casi butano, era la única que atendía el vano de la entrada. El profesor llegó con su cartera en la derecha (puede que tuviera gafas) y besó a esa dama que le sonreía.

En ese instante o al momento (el tiempo no existe, recuerdan) dio a luz a un bebé, a todas vistas prematuro si no fuera porque comenzó a hablar diciendo algo así como:

Todas las mañanas me gusta decirle a mi madre cuánto la quiero.

En ese momento, en el mismo sueño pensé escribir el episodio por su grandeza, por su imposibilidad. ¿Cómo un recién nacido, que no ha vivido ninguna mañana, ningún despertar aparte de su alumbramiento, puede referir el amor de su madre cada amanecida?

Soñando, busco dónde apuntar mientras intento retener la anécdota. Despierto, busco dónde apuntar e intento retener la anécdota

Nuestra vida es un libro nunca escrito

Nuestra vida es un libro nunca escrito
que tiene páginas para olvidar.
Pero algunos renglones, sin embargo,
habría que grabarlos con palabras de molde
para recordarlos continuamente,
que incidan en nuestra sana existencia.
Pero en cambio se diluyen, acaso,
como el humo que conforma los sueños.

El fuerte protege al débil

El fuerte protege al débil

El honor del caballero descansaba en su divisa. Su voto no era más que proteger al débil contra la opresión, contra el acoso, contra la violencia desmedida. Un niño, la dama desamparada, el pobre campesino… Su fin y su objeto estaban claros. Pertenecería al bando perdedor, reforzaría la flaqueza con la fuerza de su brazo, con el ánimo de su espíritu.

Cierto día, en batalla desigual, apostó por la facción desfallecida con tal ardor que pronto los vencidos pasaron a ir venciendo.

El caballero, vislumbrando esta ventaja, cambió de bando cual veleta se deja arrastrar por el capricho de vientos adversos. Su lanza sin remedio, pues era poderosa, volvió a voltear la suerte, e inmediatamente regresó a su grupo original haciéndoles cobrar nueva preeminencia.

Después de un buen rato inclinándose por la pobreza desvalida en que cambiaba la gloria a la par que mudaba su color y su enseña, quedó solo como contrincante de ambos ejércitos y como único laureado.

Una lógica extrema le impulso a desabrochar su armadura, a desprenderse de su yelmo y de su cota de malla. Apoyó su empuñadura acerada en el suelo y se abrazó a ella quitándose la vida culminando así la justicia definida.

Fugacidad

Fugacidad

El poeta, preocupado por la fugacidad de su poesía, por el chispazo que se volatiza, por la genialidad que se limita a un momento, a la crueldad de varios segundos brillantes, concibió, camino del descanso, un eneasílabo que hacía alusión a esta desmemoria crónica.

Midiendo sus pasos en la acera llegó a recitar en voz alta: Tengo la memoria de un pez.

De regreso a su casa había olvidado el verso por completo.

Soleá

Como carbón del negro

mi corazón se está poniendo

al salir de tu entierro.

Como carbón del negro

mi corazón se está poniendo

al salir de tu entierro.

Una mañana

Una mañana
quise contar la arena
por no rezar.

* Un haiku. He retomado "Las tentaciones de san Antonio".

La bolsa o la vida

La bolsa o la vida

Hacía círculos concéntricos y excéntricos con el vaso de cerveza sobre el aluminio antiguo del mostrador de aquel café-bar cerca de donde nos habíamos encontrado. Fue casi fortuito. Digo casi, porque en realidad buscaba a alguien con quien ahogar las penas (el dolor cuando es compartido se hace más llevadero), (la soledad desacostumbrada es más grande si cabe). Había salido de una visita al abogado, para ver si por fin se aclaraba el régimen de visitas del pequeño. Pero las cosas de palacio... Mi ex me había puesto varias denuncias y el leguleyo que contraté parece que no hace todo lo que debe (o no debe todo lo que hace, que no es lo mismo pero es igual). A veces pienso que está a su favor. Son tres contra uno, si contamos al querubín armado como ofensiva involuntaria. ¿Le habrá pagado mi mujer más que yo para que desfile bajo su bandera acusadora?

Bueno, a lo que iba. Estaba yo algo cabizbajo, alicaído, errático, como holandés o judío al uso, sin saber muy bien qué hacer o dónde ir. O sea, sin querer hacer nada en particular, queriendo que algo ocurriese, topar con alguien para desahogarme, como ya he dicho unas líneas más arriba. Y pasó. El cielo a veces escucha mis solapadas súplicas y casi me di de bruces con Félix, que gastaba un aspecto desastroso, como si hubiera sido el único superviviente de la Guerra de los Cien Años. Qué casualidad. Tienes prisa, me dijo, pareciendo que quisiera también contarme algo. Miré el reloj, por costumbre o para disimular mi ansia, y entramos en el bar de la esquina (en las esquinas siempre hay bares).

Mi historia se diluyó en seguida. Mi pataleo duró tan sólo una cerveza. Las tres o cuatro subsiguientes fue él quien monopolizó nuestro encuentro, acaparando mi atención, contándome su altercado en la boda de Fali. Me lo temía. Siempre pasa. Voy buscando un pañuelo y termino en cambio siendo muro-de-las-lamentaciones.

Fali, o sea, Rafael, era un amigo común de los últimos años de instituto. Hace ya… Éramos inseparables. Los tres mosqueteros, nos decían. Todos para uno… Al final yo no pude ir a la boda. El problema de siempre, mi hijo, su madre, la madre de su madre, el abogado de su madre, la madre que los parió.

Bueno, la boda, como todas, aclaró Félix. Al final se casaron. Hubo empate. A veces el cura debería preguntar: ¿contra quién te casas? La verdad que una vez que has visto una boda, has visto el resto. Lo único excepcional es que yo estaba jodido, se lamentaba, bien jodido. Sin Clara, la vida es una mierda. Estoy desesperado, terminó confesando con la desazón tendida en los balcones de sus ojos.

Clara es una chica, mayor que él, divorciada de mala manera, que tuvo problemas de agresión. Malas compañías, drogas, alcohol, qué sé yo. Menos mal que no había hijos. Su ex marido, al escuchar que se quería separar, tan sólo se reía y le increpaba diciéndole “tú eres tonta, dónde vas a ir si no tienes a nadie, si no tienes trabajo, si nadie te quiere…” y cosas por el estilo. Eso fue al principio, después vinieron las machadas y los empujones, las patadas y los puñetazos. Un infierno de ojos amoratados y feos cardenales constelando todo el cuerpo que duró otros tres años. Era mayor el pánico a dejarlo que el miedo de quedarse a su lado (como siempre). Hasta que en un vídeo club conoció a mi amigo.

Asieron los dos la misma película y se enamoraron a simple vista. Así lo contó con la cerveza en la mano. Nos enamoramos como atravesados por la flecha de Cupido, al primer vistazo (empalagoso, muy empalagoso).

La cinta de vídeo se la llevó ella con la condición de que se la devolviera al día siguiente mientras tomaban café. No sé si puedo, se excusó. Estaré en la cafetería de la esquina a las cinco en punto, ultimó él. A las cinco menos diez se vieron en la puerta.

Mientras Félix tomaba un café (solo, con dos azucarillos) y ella una infusión (cortada con leche), relatando episodios inanes de sus vidas, Clara, con valentía y confianza, comenzó a referir sus problemas. Su marido, su verdugo, su martirio. Félix le prestó hombro y casa y la animó a denunciar al 016.

Ahora, el bruto, tiene orden de alejamiento y Clara se instaló definitivamente con Félix. Hasta que este mismo desequilibrio emocional hizo que también lo abandonara al poco y regresara con sus padres.

 

Yo estaba fatal, cuenta Félix. Todavía lo estoy. Pero en la boda, todo lleno de parejas, que se aman más que nunca. Arrastrado por los acontecimientos, la ausencia del ser querido duele hasta morir. Por eso no quise bailar después de la cena. Con lo bailón que yo soy. Pues no di ni un paso. No me moví. Tan sólo para ir a la barra y pedirme una copa tras otra de jotabé. Bebía para olvidar. La he querido como nunca podré amar a nadie.

Al terminar la ceremonia, todos salieron a la puerta para repartir el tradicional arroz, mientras los recién casados firmaban y se hacían las fotos pertinentes frente al altar. Pero, ante la iglesia, advirtieron que nadie había traído arroz. ¡Pepa es la que se encargaba de traerlo!, se alzaron algunas voces. Pero, como siempre, Pepa llegó tarde y sin arroz. Cuando se le censuró, pero al final hubo que pedirle disculpas. Que si la peluquera lloraba porque su compañera de piso se había ido con otra, que si el vestido no le abrochaba, que si el coche no arrancaba, que el cabrón del taxista… Total, que los demás quedaron como desagradecidos por no comprender las razones que puede haber por encima del olvido de un puñado de puñados de arroz.

No pasa nada, dijo alguien, viniendo he visto una tenducha, abierta las veinticuatro horas, donde se podrá comprar arroz o lo que sea. Dicho y hecho. Al rato, regresó el voluntario, pero no con arroz, que no había, sino con tres paquetes de macarrones. Qué vamos a hacerle. ¡Preparaos, que ya salen!, gritó una de rosa. Todos llenaron sus puños de pasta y hasta sus bolsillos, para no dejar de llover sobre la pareja. No fue el habitual arroz cayendo entre risas violentas, pero tuvo su gracia. Fue una anécdota para recordar.

 

Me gustó, dijo Félix. Hasta me olvidé por un momento de mi soledad. Tenía macarrones por todos lados. Yo fui de los primeros en felicitar a los novios y me llovieron canutillos de pasta casi tanto como a los recién casados. Pero la alegría duró poco. Subí hasta el restaurante, donde se iba a celebrar el banquete en un coche donde ya había cuatro. Dos parejas y yo. Fíjate el panorama. Ellos tan contentos, tan guapos y amorosos, y yo más solo que la una. Porque la soledad es más grande cuando alguien debiera estar a tu lado, cuando la separación es reciente, cuando te han abandonado. Además, todos sin excepción preguntaban por Clara. Por qué no había venido. ¡Ay, pobre! Encima se compadecían de mí. No lo podía aguantar.

En la cena me pusieron en la mesa con otros solteros y solteras por convicción o sin remedio. Fue lo peor. Yo no soy soltero, por ninguna de las dos circunstancias, soy abandonado. Mi estado ideal es la pareja. Soy media naranja por naturaleza.

De todas formas, no estuvo mal. Mucha comida. Tú sabes que yo soy de comer, así que por otro momento olvidé mi cruz. Pero bebí. Bebí como siempre. Bebí como nunca.

 

Cuando acabó la fiesta. O cuando Félix decidió que se marchaba (el fin del mundo comienza con el fin de uno mismo, continúe la vida o no), no quiso que nadie le acompañase. Que se iría solo, dando un paseo. Que le venía muy bien tomar el aire y despejarse un poco antes de llegar a casa. Así que buscó su chaqueta, se malmetió la camisa y, sin despedirse, apenas con los que chocaba camino a la puerta, emprendió el camino a casa.

Caminando por la calle, se dio cuenta que estaba más borracho de lo que pensaba. Cuando la realidad cae de golpe los excesos vindican su existencia. Al rato, se puso a orinar entre los coches (cosas de borracho) y se mojó los zapatos y el bajo de los pantalones, un poco más adelante vomitó con ganas y se le saltaron las lágrimas. Un sabor acre, de comida revuelta le produjo escalofríos, pero ya estaba mejor. La cabeza seguía en su sitio aunque le dolía como una prensa. Se abotonó la chaqueta, se subió el cuello y aligeró el paso abrazado a su costado.

De pronto, ya cerca de su casa, con las llaves en la mano, salieron dos hombres de lo oscuro. No podría reconocerlos, lo único que advirtió es que eran grandes y malencarados (de noche todos los gatos son pardos). No te sabría decir. Uno de ellos, con una navaja en la mano izquierda, amenazó diciendo, danos la pasta que lleves. Félix buscó en sus bolsillos e instintivamente, sin más, con una sonrisa estúpida, les ofreció los macarrones que le quedaban del casamiento. No pensó en las consecuencias. No era responsable de sus actos. Me reí sin remedio mientras lo contaba entre sorbos de cerveza.

Sin mediar palabra, el matón le asestó un navajazo en el vientre y, ya en el suelo, le registraron rápido. Le quitaron el móvil y el reloj y le dieron varias patadas de propina, quizá por la broma, por la risa, por no tener dinero o simplemente por descubrir su miedo.

 

El reloj atrasaba desde hace tiempo, se excusaba quitándole importancia, y el móvil no tenía batería ni saldo. Ya lo he dado de baja. Fue lo primero que hice desde el hospital. Eso y llamar al cerrajero, porque las llaves las había perdido. Las llevaba en la mano y salieron despedidas con el pinchazo o las patadas o quién sabe.

Cuando regresé a casa, estuve buscándolas por toda la calle pero no las encontré. Lo único que había, como testigo de la agresión, era una mancha de sangre diluida que se extendía intermitentemente unos metros en dirección a mi portal, que por suerte estaba abierto aquella noche. No cierra bien desde hace algún tiempo que intentaron forzarlo. Un cartel recomienda que nos aseguremos de que la puerta no se quede abierta. El olvido del último vecino probablemente me salvó la vida. ¡Benditos inconvenientes!

Subí al tercero y caí sobre mi puerta, ya sin fuerzas. Clara, soltando más lágrimas que yo sangre, me llevó al hospital. Pidió ayuda al vecino de al lado que, al oír su llanto, salió al pasillo. Fue quien me vendó y prestó su coche para llevarme a urgencias. Tuve mucha suerte de que el tajo no afectara a ningún órgano vital. Tuve mucha suerte de que Clara decidiera ese mismo día volver a mi lado.

No quiero el cielo despejado

No quiero el cielo despejado,
ni la mar sosegada.
 
Borrad la luna entera
que hermosea lo eterno,
y las puestas de sol
cómplices del silencio.
 
No quiero pájaros
revoloteando a lo lejos
ni flores irisadas
en los jardines y los templos.
 
No miraré la llama
que danza y adormece
ni escucharé los cantos,
la lluvia que enaltece,
el silencio y mi suerte.
 
No oleré la tierra mojada
ni el llanto de la rosa
ni la piel de un niño encarnada.
 
Quiero romper todas las cartas,
tus llamadas y tu recuerdo.
No compondré poemas
ni siquiera el que estás leyendo.
 
Rechazo la belleza.
Me tenderé en el lodo
y golpearé mi cabeza
hasta la sangre, hasta el olvido.
 
Y renegaré de mí mismo,
por hoy que tampoco has venido.

Podría ser noche aquella mañana

Podría ser noche aquella mañana,
se apagaron voces en la almohada,
el agua silvestre va desbocada,
callan los gritos, suena tu alma.

Voces de tierra, de tierra mojada,
inútiles ecos por la mañana,
la sangre caliente moja tu espalda,
caminan mis manos desesperadas.

La aurora resbala por tus entrañas,
campanas de gloria no dicen nada,
un niño gime en la baranda

muerto de frío, temblando se abraza.
Caminos de luto que se acercaban
puñales de olvido, blancas tus alas.

Andando por la calle

A veces
andando por la calle
los pies no me obedecen.

El niño de niño sueña

El niño de niño sueña
su acontecer de mañana,
pero la vida prepara
un equipaje distinto.
El niño de grande sueña
cómo es su sueño de niño
y contempla su equipaje
poniendo cinco sentidos.
El hombre siente el momento
que desaparece el niño
pero si sueña despierto
ahora vuelve a sentirlo.

Escala evolutiva

Escala evolutiva

Os expondré mi teoría, dijo el conferenciante una vez que los micrófonos dejaron de hacer ruiditos. Os expondré mi teoría, repitió como si fuera su mismo eco empujado por lo desacostumbrado de su voz amplificada. Carraspeó para aclarar la voz y se acomodó en el asiento encajándose los lentes para lejos. Después de echar un rápido vistazo a sus notas, alzó la voz diciendo, más bien advirtiendo, que no pensaba hablar de la evolución como tal ni defender ninguna de las teorías impuestas y largamente aceptadas o discutidas sobre el origen de las especies, sus transformaciones y su adaptabilidad al medio. Mi intención, continuó después de algunas toses del respetable, es comentar el alejamiento impuesto siglo tras siglo entre el hombre y la mujer. Siendo de una misma especie, estamos alejados más de lo que se podría llegar a pensar. Si el hombre como especie genérica proviene del mono, no cabe duda de que en toda la familia simiesca, si se me permite el término, existe una gradación evidente. Hablaremos tan sólo de las familias más cercanas a los homínidos: orangután, gorila y chimpancé, para finalmente desembocar en el hombre. No cabe duda que todos estamos emparentados. Después de largas transformaciones, de largas mutaciones que parten de los lemures, los primates se dividieron en monos con cola y sin ella, de los que provienen los tres simios referidos y evidentemente el hombre. Mientras el orangután sigue siendo un ser primitivo, hermanado con los macacos inferiores, en proporción, a años luz del gorila que, aunque igualmente primitivo, se acerca al chimpancé y éste al hombre, la distancia existente entre el gorila y el chimpancé es más larga que la del chimpancé al hombre. No quiero detenerme en datos concretos ni en detalles que tan sólo enturbiarían el objeto de esta disertación. Sólo quiero que se queden con ese dato. En este momento el conferenciante instintivamente tomó un sorbo de agua pidiendo perdón y continuó con su argumento. Así el hombre se encuentra evolutivamente más cercano al chimpancé que éste al gorila. Pues allá, sin más circunloquios, expondré directamente lo que vengo a decir. Mientras en otras especies el macho y la hembra están totalmente relacionados como si fueran uno, evolutivamente hablando, en la especie humana existe una diferencia sutil, que puede llegar a ser abismal. Podría decir, sin temor a equivocarme, que el hombre está más cercano al chimpancé que a la mujer. Otro incómodo murmullo se extendió por la sala. Era inaudito que un señor bajo con bigote y pelo tieso, que no se había dignado a quitarse el sombrero, arremetiera de ese modo contra sus congéneres. Dónde vamos a llegar. El mundo está lleno de esquiroles. Si somos los hombres los que atacamos a los hombres mejor que rompamos la baraja. Esto es el fin. Es indignante, decían. El ponente guardaba silencio, sin inmutarse. Esperaba a que el murmullo cesase. No tenía prisa. Observaba impasible como algunos hombres se levantaban de sus asientos y abandonaban la sala elevando las manos indignados. Cuando el silencio volvió a reinar y la sala, algo más vacía, retornaba a prestarle atención, retomó la palabra. La mujer está un punto por encima en la escala evolutiva que el hombre. Por educación, continuó el del sombrero, desde que el ser humano hizo acto de presencia en la tierra, el hombre se ha anquilosado, se ha acomodado en una vida “regalada”. Como ser dominante, como macho alfa, se ha impuesto tradicionalmente desde el principio de los tiempos a la hembra, a la que ha relegado a un estado de semiesclavitud, a una servidumbre incondicional. Y lo que tiene más gracia... ¡por gracia divina! Nuevamente algunas palabras de indignación se elevaron en el habitáculo junto a algunas risas solapadas. El conferenciante seguía esperando el silencio, impasible, sin alterarse, sin apenas moverse de su escaño. La mujer se ha visto obligada a defenderse, a luchar por fuera y por dentro para protegerse. Se ha visto obligada a desarrollar unos mecanismos de defensa a todas luces fuera de la condición humana. Con esto quiero decir que el hombre no ha tenido necesidad de “defenderse” contra el otro sexo, que como todos sabemos siempre ha figurado por debajo, en un segundo plano, discriminado y ampliamente abusado. La mujer como tal, en el día de hoy, en que las cosas teóricamente están más fáciles, en que se supone que la igualdad real es más nítida, aunque todos sabemos la verdad respecto a todo esto, tiene muchas más posibilidades de adaptación al medio, de superación de escollos. Mientras el hombre, acostumbrado a la sopa boba y a las zapatillas bajo la butaca mientras lee el periódico o ve el televisor, se relaja en su status, la mujer se ha hecho a una vida de lucha continúa y de adaptación al varón que por suerte o por desgracia le ha tocado a su lado, aunque posiblemente no seamos conscientes de tal desajuste. La hembra humana conlleva en sus genes una capacidad de adaptabilidad muy superior al macho de su especie. A veces, no nos engañemos, no ha sido siempre así; el varón ha sido compañero real y la pareja ha caminado al unísono. Casos ha habido, pero son los menos. Lo que almacenamos todos en nuestras cabezas son ejemplos de abusos, de compra-venta de mujeres casaderas o de niñas sin madurar, de discriminación, de desamparo... Poco a poco la sala se iba quedando más vacía, algunas mujeres seguían con expectación el resultado de aquella conferencia, que para muchos hombres era solamente un ataque directo a su condición masculina. Desde luego algunas mujeres también se había marchado por su cuenta (sabemos que el machismo más radical se encuentra en la cabeza de algunas hembras) y otras, sin más remedio, habían abandonado intimidadas por sus maridos o acompañantes. El ponente prosiguió, tenía que acabar su alegato, aunque fuera la última conferencia que dictara en aquel círculo varonil, en aquel club al que invitaron como antropólogo y sociólogo progresista, pero sobre todo por ser un hombre íntegro con ideas claras sobre la posición de cada género. Los organizadores esperaban que hablara de la evolución de las especies, de las nuevas corrientes darwinistas, que tan de moda se estaban poniendo, en las que el doctor invitado era una completa eminencia y en las que intervenía con tanta determinación el factor suerte. Pero trasponer la conferencia a un problema de género estaba de más. Este señor no sólo dejaría de hablar en aquel recinto sino que probablemente se le sancionaría, quizá se le abriera un expediente. Ésa es la razón de tanta violencia, de tanto desencuentro, de tanta inoperancia, prosiguió como si nada. El hombre tradicionalmente depende de una mujer, ya sea su madre, su mujer o su hija. El hombre, que se cree autosuficiente, el centro del universo, en realidad está desprotegido, desnudo ante el devenir de los días. “No es bueno que el hombre esté solo”, comentan. Porque no puede, porque no sabe, porque se pierde. La mujer es distinta. El hombre necesita compañía. Pero una compañía sumisa, una compañera completa y total, que le saque las castañas del fuego, que se las pele, sin preguntar si se quema los dedos, e incluso que se las mastique. Hay sociedades donde esta violencia no es tan evidente, simplemente porque la mujer continúa observando el rol primitivo. La mujer pertenece al varón. Camina unos pasos por detrás u oculta su rostro y su cuerpo hacia otras miradas. Es mía y como tal dispongo de ti, de tu vida y de tu tiempo. Soy el elegido, el favorito de Dios. Tú sólo eres mi costilla, mi camarera, mi enfermera y mi puta. Hasta los organizadores habían abandonado el salón. Hablarían con él. Digo que si hablarían. Le leerían las cuarenta. Eso pasa por traer a un conferenciante desconocido. Eso ocurre por fiarse de las referencias. En diez minutos tendría que acabar no obstante. Pedirían perdón públicamente. Era intolerable. El problema actual no es de la mujer, dijo elevando sensiblemente la voz, sino del hombre que no ha sabido adaptarse a la nueva realidad. La mujer empieza a ser independiente, asume un papel preponderante, siempre reservado al género masculino, lo que el hombre no llega a encajar de ninguna las maneras, no lo entiende, no lo traga. Ya no está en un segundo plano sino que comparte (o arrebata) el primero, con todos los derechos. Ella tiene su vida, su mundo, su trabajo. Piensa por ella misma, sin filtros ni clichés. Tiene sus argumentos, su manera de ver el paso de los años. Se siente responsable, protagonista de su vida, de su historia y del mundo que le rodea. El hombre lo único que mantiene es su fuerza bruta, su alma concupiscente, su instinto atávico y una educación hegemónica. Una mujer a su lado que piense por sí misma, que reivindique sus derechos, que se sienta igual, aún sabiéndose superior, es algo que escapa a sus entendederas (a algunos no les cabe entre cuerno y cuerno). El varón llega a cegarse, a cerrar el puño contra ella, a llegar incluso a la sangre de la que fue su compañera, madre de sus hijos e incondicional enamorada. Alguna chica en la tercera fila estaba a punto de aplaudir cuando el conferenciante se puso en pie, se quitó la chaqueta y el sombrero, dobló sus gafas encima del cartapacio y se desprendió del bigote, desenfundó su cabeza y se soltó el pelo, un pelo rojizo y ondulado que le caía ambos lados de los hombros y se detenía en los pechos alzados. El, ella. Quien hablaba era mujer. No se sabe de dónde salió, si era profesora o no, socióloga, antropóloga o entendida en la materia. Lo que sí era cierto es que dio una lección tan temida como necesaria. Hundió tanto el dedo en la llaga de muchos varones que llegó a escocer. La chica de la tercera fila, con aspecto perfectamente desaliñado, fue la primera que se levantó y comenzó a aplaudir. Pronto le hicieron eco algunas más y también algunos hombres, más de los que cabría esperar. La ponente cogió sus papeles, dio las gracias a los presentes y esperó tranquilamente la segura sanción de los organizadores que, como convencidos varones, andaban más cerca del animal.

Hoy he llorado

Hoy he llorado,
y cómo quisiera decir
que me he hartado de llorar,
pero yo nunca lloro.

Envidio a quienes pueden
liberar una pena
mostrando ríos de amargura
y no inundarse
con enjambres de abejas
en la garganta,
que mueren causando dolor.

No me conozco.
Pero salto al vacío,
cruzo el umbral
que puede ser el último.

Puedes pensar
que tiro la toalla.
Quieres sentir que volveré.

El tiempo juzgará,
mientras yo lucho
con este corazón
que muere y se devora.

Pienso estar en silencio.
No creo que sonría por ahora,
pero mis ojos
sentirán tu mirada
y yo caminaré
los senderos que nos conocen.

Los desnarigados

Los desnarigados

Estábamos de enhorabuena. Esa noche llegarían para cenar a casa los miembros de una de las familias más influyentes en nuestro módulo, incluso en toda el área occidental. Eran de los pocos autorizados a llevar lanzaderas y recorrer los kilómetros a voluntad, atravesando cientos de túneles e incluso las autopistas exteriores. La mayoría de los habitantes de este planeta, nos veíamos obligados a teletransportarnos sin más, de un punto a otro, sin posibilidad alguna de entrever el recorrido, a no ser a través de nuestros monitores espacio-temporales. Hace tiempo, según me cuentan, las autoridades se vieron obligadas a reducir el tráfico rodado, pero sobre todo el volandero, por las continuas disputas, atascos y colisiones que se producían. Tan sólo algunos gremios, como el de los moteros que os comento, consiguieron la licencia para viajar de la forma primitiva.

Los moteros, como digo, fueron unos de estos afortunados comekilómetros. Por suerte (y envidia de algunos vecinos) una de estas familias venía a vernos y a cenar con nosotros la noche a que me refiero. El motivo era que uno de sus hijos iba a unirse con mi hermana y a proyectar descendencia seguramente, que nunca se sabe la conclusión del ayuntamiento. No era normal que un viajante se mezclara con otro grupo, en este caso el nuestro, que nos dedicábamos a la imagen y no teníamos nariz.

Salvador Dalí, un artista de tiempos de Maricastaña, escribió en cierta ocasión que la mujer elegante no tenía nariz. Pero su intención no era literal. Él se refería a las narices menudas, respingonas, casi inexistentes, de las chicas de los años 20 y 30 del siglo XX, y no a la completa ausencia de apéndice nasal, que es lo que orgullosamente caracteriza a nuestra familia. Esas chicas de charlestón carecían de nariz, pero también de pechos y de caderas. Esas chicas además gozaban de una delgadez y una androginia severas, que las vi en el museo holográfico.

Que por qué no tenemos nariz. Esa pregunta se la hice yo también a mi padre hace tiempo y él a mi abuelo y éste a su padre y así durante muchas y muchas generaciones de desnarigados. La respuesta se halla en el primer desnarigado, nacido en el siglo XX, como Dalí, el pintor al que me referí antes.

Este primer antepasado tenía una nariz normal, como cualquier persona de otro gremio. Quizá un poco casi más larga y puntiaguda. Era fotógrafo. Su profesión era la fotografía y usaba gafas, lo que supo trasmitir a todos sus descendientes. O sea, nos legó su inclinación a la imagen, no lo de las gafas. Somos el gremio de los imagineros, aunque también, por razones evidentes, nos llaman los desnarigados.

Entre la montura de las gafas y la distancia que imponían las lentes entre el ojo y la mirilla de la cámara de fotos, en otra persona naturalmente llevadero, para un fotógrafo significaba un engorro, un escollo a vencer. Necesitaba acercar la cámara a su ojo hasta hacer masa, hasta que máquina y mirador fueran uno, hasta que la pupila y la lente fueran uno. La cámara era un apéndice más del fotógrafo, que se empalmaba en su rostro cuan largo y grueso fuera el objetivo que usara.

Un día tomó la resolución de usar lentillas. Era una fase a la que tenía que llegar impepinablemente. Al principio cuesta, pero cuando te haces a ellas, se adaptan con tanta naturalidad como una crema facial o un bigotito, quien lo llevara. Poco tiempo después el problema estaba resuelto, el escollo superado.

Pasó el tiempo sin contratiempo.

Pero, en cierta ocasión caminando por la calle para cumplir su cometido de eficaz imaginero, encontró una amiga de antaño y se saludaron como si fuera ayer. No has cambiado, se mintieron uno al otro, estás igual.

Él comentó sin embargo que algo nuevo se imponía en su rostro, pensando calladamente a la ausencia de quevedos. Ella, mira que te mira, no acertaba a adivinar qué podía ser aquel cambio del que se sentía tan orgulloso.

¡Ya lo sé! Tienes la nariz más larga que antes, disparó a bocajarro, y más torcida hacia la derecha, terminó de clavar la puntilla. Él cargaba hacia la izquierda, pero era otra cosa, y eso en ese momento no tenía nada que ver. Con gran pesadumbre, con ganas de enmendar el entuerto, le dijo que se había quitado las gafas, que ahora usaba lentillas, que era mejor para disparar con la réflex.

Se despidieron emplazándose ambiguamente para un próximo encuentro, besándose ambas mejillas con cuidado de no chocar las narices, sin conseguirlo, como cuando no quieres morderte donde antes te has mordido.

El primer desnarigado, que aún no lo era, llegó a su casa con la moral a rastras, como si formara parte de su sombra. Entró en la sala oscura y comenzó a revelar el carrete de esa jornada. Ninguna instantánea merecía la pena. Todas estaban movidas, borrosas o perceptiblemente ladeadas.

No se trataba de un mal día. Durante varias mañanas de trabajo la merma era evidente. Las fotos ya no eran buenas como antes.

Se miró al espejo. Miró sus mismos ojos que le miraban a través de las lentillas. Miró su nariz. Vio su gran nariz de pisa, inclinada a la derecha, aunque él cargara a la izquierda (instintivamente, sus ojos se desplazaron a la bragueta, mientras se abría levemente de piernas).

Estaba claro, su nariz, su napia, su hocico, su enorme trompa, le impedía hacer buenas fotografías. Le estorbaba como antes le sobraban sus gafas. Lo primero era lo primero. Había que amputar o dejar el mundo de la imagen.

La fotografía, sin embargo, no era sólo su profesión, su medio de vida, sino su pasión, una manera de vivir y de enfrentarse al mundo. La cámara, el objetivo, era una extensión de su propio ser, era un vínculo con algo más que la realidad. Las dos dimensiones de una fotografía se convertían en cuatro, en seis, en cien. Una foto era un mundo. La fotografía era una vida, una filosofía, una ventana al infinito.

¿Prefería perder la nariz o el mundo? No había vuelta de hoja. Perder la fotografía significaba hundirse, vaciarse, inutilizarse. Más tarado quedaría si perdía la cámara que si perdía la torre entre los ojos. Al fin y al cabo el apéndice nasal tan sólo cumplía una función estética. Hay quien pierde el pelo o un brazo, la vista o el oído... Él perdería la nariz pero no el olfato.

Al principio se vería raro. Le costaría mirarse al espejo y reconocerse. Pero lo mismo le pasó al quitarse las gafas definitivamente, cuando se puso las lentillas. Después se acostumbró, como se acostumbraron todos los demás.

Decidido de esta forma, acudió a los doctores y a un gabinete de ética. Estuvo un tiempo en espera. Un tiempo mortal. Un tiempo que se contaba con cientos de retratos fallidos, con miles de instantáneas retorcidas, con fracaso tras fracaso, que se traducía en pérdida de encargos, en ausencia de trabajo, en Titanic sin solución.

El comité de expertos, asesorado por grandes psicólogos, finalmente le dio el visto bueno, accedieron a una petición que tenía tanto que ver con la vida y la muerte, o sea, con la muerte en vida, que es más muerte que la muerte misma si cabe.

El cirujano hizo un trabajo impecable, que vio la luz en una publicación especializada de alcance internacional. No fue tan terrible. Su rostro desfigurado a la larga resultaba amable. Era como mirar a esas personas chatas, con la nariz hacia arriba y las fosas nasales a la vista, pero exagerado. Era como contemplar a esos graciosos marcianos que nos legó la industria del celuloide.

El desnarigado comenzó a retomar su confianza al fin. Su fotografía se fue enderezando. Como una amazona que se amputa el seno derecho para disparar el arco, para poder tensar bien la cuerda sin que ningún obstáculo le estorbe, él prescinde de una nariz que le impide mantener derecha su arma e igualmente abatir su presa.

Y, con la confianza, el enfoque y la exactitud, volvieron los contratos y los aplausos, los premios y los reconocimientos, el amor hacia sí mismo y hacia los demás. El éxito…

Incluso tuvo un hijo que, cuando llegó a la edad de merecer, también se amputó el miembro, aunque no cargara ni a derecha ni a izquierda.

Dos, tres, cuatro generaciones tuvieron que acudir a la cirugía, pero la quinta o la sexta o alguna camada posterior vino al mundo ya sin nariz haciendo un guiño darwinista al destino.

Los desnarigados crecieron y se expandieron, y hasta fueron bellos con sus caras chatas y sus cámaras en ristre. Quien no se dedicaba directamente a la fotografía, por osmosis genética, también nacía sin nariz, aunque con muy buen olfato.

Rápidamente monopolizaron el mundo de la fotografía. No había nadie que pudiera competir con ellos. Era todo un gremio cerrado y endogámico. El gremio de los imagineros. Nuestro gremio. Nuestra familia.

Y ahora, por primera vez en mucho tiempo, nos íbamos a mezclar. Íbamos a compartir nuestros genes desnarigados con quienes caminaban detrás de sus narices, con normales trompeteros. Pues, como ya he dicho, venía a cenar una de las familias del prestigioso gremio de los moteros.

Al descender de sus monoplazas, se les veía no muy altos, pero sí estilizados y elegantes, enfundados en unos trajes de goma antiadherente, para evitar el rozamiento. Unos cascos aerodinámicos cubrían sus cabezas. Aplastados hasta lo indecible. Unos cascos que parecían de puro viento, afilados por detrás en forma de dientes de sierra descendente.

Los moteros se acercaron y nos saludaron dándonos la mano. Ya en la casa, se quitaron los cascos. Debajo de los cuales no tenían orejas.

Tangos de Graná

Cantando en la cueva solo
unos tangos de graná
con este dejillo moro.

Yo no salgo de mi casa
que estamos en primavera
y la sangre no descansa.

No te asomes la ventana
sin sombrero ni paraguas
vaya a darte la solana.

La botella está vacía
encimita de la mesa,
ya no queda ni una gota,
puedo cumplir mi promesa.

Vengo de ver a la Jara;
vengo de ver a Marina;
que vengo del albaycín;
no quiero pasar fatigas.

Persigo huellas de antaño

Persigo huellas de antaño
desesperadamente,
hasta encontrar
los momentos felices,
desmenuzarlos parte a parte,
preguntar cómo fueron,
si en realidad son recuerdos
si de verdad me pertenecen.

El poeta que escribió un sólo verso

El poeta que escribió un sólo verso

“Yo aprendí a amar con un cielo de borreguitos”, escribió sin más y se tumbó a la sombra de un cerezo en primavera. Reflexionó sobre lo anotado y entrevió el alcance de este verso, el acierto de su significado, la redondez del sentimiento; una declaración de principios, una manifestación de sentimientos tan íntimos que se ruborizan en alguna esquina del corazón. Representaba toda una época. Exponía un ideal. Era su primer amor, amor de juventud, amor inocente, donde un beso es el mejor regalo, donde una brizna de hierba, un ocaso, un río... dejan de ser simplemente pasto verde, final de un día o agua corriente, y cobran su valor romántico, que no es otra cosa que una identidad propia, una razón de ser, de existir en un momento único, irrepetible, feliz.

Se arrellanó algo más bajo el frutal y, en silencio, mirando hacia arriba, repitió: “Yo aprendí a amar con un cielo de borreguitos”. Verso que dejaba constancia también de la primavera de su amor. Es Amor quien asalta en esa época, quien lanza su saeta emponzoñada de cariño. Es inútil la resistencia. Como mucho, se aprieta el corazón para que no salte, para que sus latidos no delaten la jalea.

¡Hacer el amor por primera vez bajo un cielo aborregado! Ya está todo, para qué más explicaciones. Pensó, la verdad, en continuar, pero cómo alcanzar la sublimidad de ese primer verso en los postreros. No quería que su obra fuera como la de otros muchos que se dicen poetas (sobre todo aquí, en provincias); no deseaba tener un gran verso que justificara un poema, que a su vez le diera sentido a un libro, que elevara una obra por encima de la mediocridad y, por ende, que consagrara a un poeta. No, su verso quedaría huérfano, sería único en un poema; él sólo conformaría un pequeño libro de poesías, es decir, un poeta con un solo libro, un libro con un solo verso. Así, todo en singular, lo breve si bueno... La parquedad, lo necesario, y no lo superfluo, el relleno y lo marginal, lo contingente.

Hasta, posiblemente, tendría el mismo título. El mismo verso ilustraría la portada y la portadilla como anticipo íntegro del contenido de la obra, como adelanto fidedigno de lo que el lector de poesía (generalmente, el mismo escribidor de poesía) se va a encontrar dentro, sin ningún misterio ni información falaz o ausente del contenido del libelo.

Pasó un gorrión y con él, por unos segundos, volaron sus ensoñaciones, digamos que simplemente se evadieron un instante. Tuvo, lo que se suele llamar, un lapsus. Pero una pequeña piedra sobre la hierba, una guijarro debajo suya, al pie del cerezo, le hizo regresar a su obra cumbre. Se podría retirar como Juan Rulfo, que fue y será grande con una novelita y un librito de cuentos en su haber. Aunque éste fuera narrador, en esencia eran semejantes, él escribió, él dijo a través de su pluma lo que quería decir, ni más ni menos. Sí, murió joven, pero tuvo tiempo de regalar al mundo algo más de su magia, y, sin embargo, no lo hizo. No quiso hacerlo porque no hacía falta. No paría literatura como las conejas crían conejitos. No jugaba, como otros provincianos, al oportunismo, a vivir de las rentas, a dar gato por liebre.

Escribir es una necesidad vital, es un quemar las naves, que, una vez calcinadas, ya no queda nada que incinerar. Tienes una espina y la sacas y les dices a todos: ésta era mi espina, y punto. Y nada más. Si con el tiempo se te clava otra púa, es dable que, al igual que la anterior, la extraigas de tu cuerpo y digas era así de grande o así de pequeña, pero basta de regodearte en la herida. Dicen algunos: tenía clavado un pincho, ahora tengo una herida, más tarde tendré una cicatriz o el recuerdo de ese dolor punzante. Es decir: espina, herida, cicatriz. Ya son tres excusas para decir lo mismo. Es el perro que cambia de collar, supone llover sobre mojado, o rizando el rizo, llover sobre la lluvia.

Él no. Él daría solamente lo imprescindible, lo evidente. Más o menos reconocible, le daba igual. Eso era superfluo. Él ofrecía todo lo que tenía en ese momento, que era un verso, que era una declaración. Él simplemente diría, afirmaría, gritaría: “Yo aprendí a amar con un cielo de borreguitos”. Es, salvando distancias, como decir “La noche está estrellada y tiritan azules los astros a lo lejos”. Aunque Pablo no se quedó sólo en esos dos versos, continuó el poema, que hacía el número veinte de una gran obra. Aunque se podía haber quedado ahí, con eso era suficiente, pero el poeta chileno tendría más necesidad de contar, de escribir, de confesar, su espina sería grande.

Lo firmaría. Eso sí, pondría su nombre bajo el verso. Se confesaría autor de haber escrito una sola obra de un sólo verso. Le diría a los lectores, a los estudiosos: yo fui quien aprendió a amar con un cielo de algodón. ¿Y? Y nada más. Es todo lo que quería decir y así lo dije.

La noche iba tendiendo sus redes sobre el cerezo, sobre el poeta de un sólo verso, sobre la hierba que lo soportaba. La noche caía al igual que sus párpados. La noche oscurecía su visión lo mismo que su vista ocultaba el cielo. La noche y el poeta soñaban. La noche soñó estrellas, el poeta soñó un verso, soñó un universo, una gran biblioteca monotemática, la biblioteca de Babel que anunciara Borges con un sólo volumen, con un sólo autor, con un sólo verso. Todo un mundo que dijera simplemente: “Yo aprendí a amar con un cielo de borreguitos”.

* Este cuento está fechado en junio de 1994.

Atrás quedó

Atrás quedó
—como una polución nocturna—
el tiempo en que me puse en venta.
Añadía a la singular oferta
el reclamo de seminuevo
para animar al comprador.
Que devolviera su dinero
si no estaba conforme
con esta adquisición.
Me quedaría como estaba,
en cambio,
con una triste mano atrás
y delante el cartel
de poco usado
para cubrir mis vergüenzas.

Canción del desencuentro

Qué nos está pasando,
que me miras de otra manera
Lo nuestro se te está olvidando.
Yo sigo en primavera.

Te quise como a nadie.
Pero eres mi enemigo.
No pegues esas voces,
que está mirando el niño.

Yo te quiero. Te quiero
como aquel primer día
Ahora lloro y temo
que me arranques la vida.

Los besos que me dabas,
ahora tan sólo amenazas.
Me encuentro desplazada,
escoria de mi propia casa.

* Llevamos 22 asesinadas por violencia de género en lo que va de año.