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volandovengo

Poesía/Cuento/Teatro

Para cantar por alegrías

Tie’ el baile por alegrías
una cosita especial
un puñadito de sal
y el aire de la Bahía.

Que yo no te quiero,
que quiero otra cosa,
no me llames prima
que me llamo Rosa.

Tie’ el baile por alegrías

una cosita especial

un puñadito de sal

y el aire de la Bahía.

 

Que yo no te quiero,

que quiero otra cosa,

no me llames prima

que me llamo Rosa.

Si es que yo pienso

Si es que yo pienso,
yo sólo pienso.
Cuando muchos pensamos,
pienso compuesto,
que es lo que comen los marranos.

Un haiku de ayer

Grises de invierno,
donde estalla violeta
algún almendro.

Esas flores azules

Han salido de nuevo
esas flores azules
que alegran mi camino.
He sentido tus manos
escribiendo esta carta,
la última que recibo.
Me dices que te deje
que el amor terminó,
que el otoño ha pasado,
que olvide como tú.
He pisado de nuevo
esas flores azules
que alegran mi camino.

El soñador del hammam de Granada

El soñador del hammam de Granada

Cuando cierro los ojos con fuerza me sumerjo en el siglo quince. No se lo he contado a nadie y no creo que lo haga. Me tomarían por desequilibrado o bebedor. Pero, desde la primera vez que entré en los baños, sentí esa llamada.

Nunca quise participar de la afición de mi amigo Juan a las aguas salutíferas. Todos los domingos solemos ir a la montaña, para respirar aire puro, hacer ejercicio, descubrir sitios nuevos, disfrutar del paisaje. Es una inyección de vitalidad. Es como recargar unas pilas que se van desgastando durante el resto de la semana. El campo es vida. La naturaleza es el mejor estímulo para continuar avanzando.

Cuando regresamos de la excursión, a eso de media tarde, nos despedimos. Mientras yo me voy a casa a descansar, relajarme y prepararme mentalmente para el fatigoso lunes, Juan se va a los baños árabes para hacer lo mismo. Siempre insiste en que lo acompañe. Yo le digo que no, que no me atrae, que dudo que me relaje tanto como mi casa, mi ducha y mi tele.

No obstante, un día de verano, cuando la luz es duradera y el sol se rezaga para que la luna pueda descansar un poco más, decidí acompañarlo con poca convicción. Me invitaba a entrar y atendería mi súplica cuando deseara marcharme.

Nos desnudamos. Nos dieron un masaje. Juan prefería que fuera un hombre quien amasara su espalda. Gustaba de su fuerza. Recibir una amigable paliza. A mí me tocó una chica que fue un valor añadido. No me preguntéis cómo era porque no me fijé. Sólo puedo decir que tenía unas manos de oro, que entre friegas y olores pude visitar el séptimo cielo.

De cualquier forma prefería haber ido a casa. Bueno, por una vez no iba a protestar. Además, no estaba obligado a repetirlo. Le daría las gracias diciendo que estuvo bien pero eso no era para mí.

Entramos al agua fría con satisfacción, pero seguía pensando en mi ducha y en mi sillón. No duramos mucho. Rápidamente me llevó a otra piscina sensiblemente mayor aunque menos profunda.

El agua estaba caldeada y la sensación de relax se hacia evidente. Tumbado, cerré los ojos hasta quedar ligeramente traspuesto. En mi mente se dibujó la imagen difusa de una dama que pedía socorro.

Desperté acalorado. Tuve que orillarme un rato antes de volver a entrar en el baño. Juan, feliz y ajeno, sonreía. Con los ojos cerrados, volví a contemplar la chica de tez oscura, envuelta en velo blanco. Alzaba las manos hacía mí diciendo que la salvara y repitiendo mi nombre: Jaime, Jaime, Jaime…

Jaime, me zarandeó mi amigo, debemos irnos, dijo. Algo trastornado me vestí, salimos a la calle y nos despedimos. No volví a pensar en ella ni entreverla en mis sueños. Es más, al día siguiente era tan sólo humo.

El próximo domingo, aunque me lo pidió, no quise repetir la aventura. Mi casa es mi casa, por muchos paraísos externos que existan. Hogar dulce hogar. Pero tras la siguiente excursión fue más la insistencia que la resistencia. Así que repetimos masaje, baño y, por mi parte, sueño. Nada más cerrar los ojos descubrí a la cautiva.

Los pocos mechones que se escapaban bajo el pañuelo de su cabeza eran azules de tan negros, los ojos grandes y almendrados, verdosos, con un mirar ligeramente estrábico que reforzaba su profundidad e interés, la nariz helénica y redondeada, los labios carnosos, y en su mano un anillo con una hermosa piedra de jade. Cuanto más fuerte cerraba los párpados más nítida la veía.

Juan me despertó. Era un misterio surrealista. Por muy claro que lo viera no dejaba de ser un sueño que se asomaba a mi subconsciente en aquellos baños y sólo allí.

Tuve que volver el siguiente fin de semana para concretar esta historia, este reflejo de mi mente producido sin ninguna duda por el ambiente donde estaba. No se lo quise contar a Juan ni a nadie. Era una paranoia mía y como tal yo debería encontrar solución.

Mi compañero simplemente pensaba que me estaba aficionando a los baños árabes, que ya sabía que… Lo que no llegaba a entender, sin embargo, es cómo aguantaba tanto en el agua caliente, que a veces me saltaba hasta el masaje.

Es posible que a esas alturas ya se hubiera convertido en una obsesión, en un capricho de soñador. Y la verdad es que cada vez entreveía un poco más. La vaharada de un principio se estaba esfumando y ya veía desde sus manos suplicantes hasta sus pies pequeños.

No sólo me hice fijo los domingos, sino que empecé también a ir los sábados. Y después tres veces por semana. Hasta que al final asistía a diario. Como era un cliente fijo empecé a gozar de algunos privilegios, como el de prolongar la estancia bastantes minutos más.

Juan no llegaba a comprender esta dependencia. Alguien reacio a todo lo que no fuera su poltrona, era imposible que cambiara de parecer de la noche a la mañana. Llegó a pensar que me gustaba alguna chica de entre las masajistas o la recepcionista. Pero éstas iban cambiando de día en día y yo iba a diario. ¿Sería alguna clienta?

Se fijaba cuando iba pero observaba que yo no le hacía caso a nadie y, sin embargo, andaba acertado. O sea, su amigo Jaime se estaba enamorando. Pero no de una trabajadora o de una usuaria de los baños, sino de un sueño, de una fantasma que pedía auxilio encerrada entre cuatro paredes, a quien yo llamaba Ada.

En una de mis inmersiones, con su voz fina y elegante, dijo llamarse Abda, pero me fue más fácil bautizarla como Ada. Un nombre bello para una mujer bella, aunque triste.

Al saber su nombre consulté a un conocido llegado de Tetuán. Me dijo que Abda significaba esclava en árabe. Que lo escogen los padres para sus hijas con el orgullo de que hagan honor a su nombre y que sea humilde y sumisa, la sierva de sus mayores, de su marido y de sus hijos. Me pareció un cruel destino.

La escena se repetía a diario. Ada, sin moverse del sitio, lanzaba sus brazos hacia delante pidiendo socorro, rogándome que la ayudase. Yo le preguntaba cómo, qué podía hacer… Pero ella no respondía. Miraba hacia todos lados y bajaba la cabeza repitiendo mi nombre. Jaime, Jaime, Jaime… Y Jaime sufría de impotencia por no poder hacer nada.

Pasaron bastantes días y su jaula se mostraba más precisa. Curiosamente se parecía enormemente al lugar donde yo me encontraba en ese momento. Yo diría que eran los mismos baños pero con una decoración diferente. Paredes y suelos estaban llenos de tapices y hachones encendidos en las paredes sustituían los focos que nos alumbraban.

Una de las sesiones de baño, predispuesto a la mayor concentración para dilucidar algo más, para aprender a volver a mi enamorada mortal o hacerme yo etéreo y soñarme en mis mismos sueños, observé a un hombre alto entrar en la estancia y cerrar la puerta tras de sí con una gran llave. Venía ricamente vestido con túnica, joyas y turbante. Gastaba perilla picuda y ojos aviesos. Se sentó en un puf de cuero e hizo que la bella se desnudara intimidándola con una fusta. En ese momento abrí los ojos para no ver. Pero de inmediato volví a cerrarlos para sancionar las intenciones del malvado.

Ada, con su piel canela, de pie en el centro de la pileta se lavaba lentamente con las manos abiertas. Su anillo de jade como única vestimenta. El amo, con los ojos encendidos, animaba a la beldad. El agua que ella vertía sobre su cabeza arrastraba sus lágrimas.

Terminado el baño, secó su cuerpo con lienzo blanco de algodón y volvió a cubrirse con sus vestidos gaseosos. Con un cepillo de púas largas atusó su largo cabello durante mucho tiempo ante la mirada atenta de su guardián y del soñador. Cuando llegó el momento de irme estaba llorando y no supe explicar el porqué.

Durante varios días Ada seguía peinándose entre callado llanto. No quiso hablar, aunque estuviera nuevamente sola. Su raptor había desaparecido.

Entre el sueño y la vigilia comencé a gritar Ada, Ada, Ada… Pero Ada no contestaba. Estaría molesta por mi pasividad, por no liberarla, por no hallar el secreto que la encerraba entre los muros de su celda, entre las telas de mis sueños.

Perdí la cuenta de tantos días teniéndola sin tenerla. Descuidé mi vida real para impregnarme del mundo onírico que me seducía a diario. No podía olvidarla. No podía dejar de pensar en ese cuerpo canela, en esos ojos aceituna que me miraban tiernos y glaucos. En esa boca que volvió a repetir con ansiada esperanza: Jaime, Jaime, Jaime…

No sólo apretar los ojos definía a mi amada, sino la duración del tiempo sumergido evidenciaba su figura y su estancia y su voz y su aroma incluso. Así, aguantando bajo agua, estoy seguro que roce sus prendas, que asió mi mano, que muelle escapó.

Emocionado con la experiencia, volví a repetirla un día detrás de otro. El contacto físico cada vez era más real. Mi permanencia debajo del agua se prolongaba hasta límites peligrosos.

Un día tomé aliento, decidido a no emerger hasta abrazar a mi querida Ada, hasta besarle los ojos tantas veces como lágrimas había soltado esperándome, con mi nombre desprendiéndose de sus labios. Cerré los ojos y hundí mi cuerpo. Cuando empecé a notar cierta ingravidez e inconsciencia, egresé y ya no estaba donde creía. Las paredes del hammam estaban cubiertas de tapices y el suelo de alfombra. Las llamas de las antorchas alumbraban la estancia. Ada entró en el baño donde yo me encontraba y cogió mi mano y haló de mí y me llevó junto a su señor que nos miraba callado levantándose de su escaño.

Llevamos mucho tiempo esperándote, me dijo. Ada no me soltaba del brazo mientras el moro hablaba. Falta poco para que rindamos la ciudad, continuó. Nuestro cuerpo desaparecerá pero no nuestro espíritu. Estaremos en el alma de quien nos sueñe…

Desperté al bode del ahogamiento. Estuvieron un rato haciéndome la respiración artificial.

Al tiempo, ya recuperado, volví a los baños pero no volví a contemplar a mi diosa y su captor. Cada vez más en consecuencia pienso que sólo fue un bonito sueño.

Otras veces me asomo a las aguas calientes del antiguo hammam, cierro los ojos con fuerza, me sumerjo infinito, pero no vuelvo a pensar en fantasmas que, por otra parte, nunca he creído. Aunque siempre conservaré un anillo de jade que apareció en mi puño el día que iba a perecer ahogado.

* Presentado, sin ningún éxito, al Primer Premio de Cuentos del Hammam.

** Fijándose bien, se me puede ver sumergido en el el baño, tomando las aguas calientes.

Alejandrinos para una reina

Cuando Bada amanece sugiere alejandrinos.
Es la reina ejemplar con que sueñan los cuentos.
De destacada altura, en época temprana,
sin llamar la atención por tal característica;
mejor proporcionada, en cambio, su figura;
suaves ojos etruscos; fina ceja elevada,
de melada impresión a fresco mentolado;
largos rizos azules de tanto en tanto negros,
que lucía sin presa, inherente a las damas
de grandeza su cuna y libre condición.

La reina se mostraba tan pura y transparente,
que el Sol palidecía ante el rostro encendido.
Largo velo sedoso, hilvanado con oro,
cae sobre sus hombros, al modo bizantino,
que se impone en la corte, mas no sobre la cara,
como era la costumbre de las damas hispánicas.
En su mano brillaba de oro verde anillo
con dos rubíes pálidos y turbios incrustados.
Su cuello, terso y níveo, expone un medallón
como pavo real y cola desplegada
que rellena su esfera, emblema de princesas.

La señora lucía bajo capa de martas,
corpiño de cendal escotado en redondo
que mece olor sabeo de nardo entre sus pechos.
Los tres o cuatro pasos, que grácil la acercaban
al preso en la palestra, como de terciopelo,
mostraban elegancia sobre sus borceguíes
de colorido hortensia de ojal abotonados
y tacones dorados de trágica estatura
que alientan su esbeltez de por sí generosa.
En la mano portaba un espejito atento
de terciopelo púrpura con torneado puño,
adornado con plumas de reales pavones.

Todo en ella vencía cualquier sueño ideal.
Todo en ella rozaba la sublime elegancia.
Su imagen abrumaba de tanta perfección,
llegando a fulminar a los simples mortales
si acaso desprendía una amable sonrisa
de su rostro nevado de vivos ojos verdes.
Cada una de sus risas se transformaba en flor
en los blancos rosales de sus luengos jardines,
donde tiemblan tal vez cientos de mariposas.

* Del libro inconcluso "Septimio, el descabezado de Ilíberis".

** Bada es la esposa del rey godo Recaredo que reinó a finales del siglo VI hasta principios del VII.

Querida amiga

Querida amiga,
ya sé lo que es la soledad.
Guardo tu teléfono
en la flor de mis labios
desde hace demasiado tiempo.
Te llamé varias veces,
pero sólo fueron excusas
las que respondieron a mis anhelos,
fueron tus negativas
las que clausuraron mis ganas.
Pero ahora me encuentro solo
con tu recuerdo
ocupando toda mi mente.
Pero ahora estoy solo
con este amor inviable
que se descuelga
de entre las yemas de mis dedos
cada vez que siento tu imagen.
Mi soledad alcanza
todo el dolor que encierran
los nueve dígitos de tu contacto.

Navidades de ahora

Navidades de ahora

En la Navidad del año 1991 (ya ha llovido) nos reunimos cuatro amigos (Alfonso Salazar, Jesús Herrera, Santi Rodríguez y un servidor) para felicitar las fiestas de forma poco convencional.

Decidimos hacer, editar y enviar a nuestras amistades unas "Hojas de Navidad" con escritos comunitarios, bien poemas, sentencias, cuentos o lo que se nos ocurriera. Todo esto meridianamente ilustrado.

Las copias se hacían en papel de color (un folio por ambas caras) y puede que enviásemos de diez a veinte cartas cada uno de nosotros, a diferentes puntos del país.

Editamos cuatro de estas hojas. Recuerdo que la última la enviamos bien pasado el Día de Reyes. Aunque aún tuviéramos reservas para una quinta entrega que no vio la luz.

Generalmente, al ser colaboraciones, no iban firmadas, hasta el punto de no saber a ciencia cierta la autoría de cada una de las letras.

De la quinta de las Hojas, esa que no se llegó a publicar, conservo no obstante el contenido. Ya publiqué hace tiempo "Navidad del 91" y más tarde "Cuento a tres voces". Hoy deseo rememorar ese tiempo con lo que he dado en llamar "Navidad de ahora" que reconozco como mío, pero no podría asegurarlo:

Los niños ya no piden caballos de madera,
tragan pilas alcalinas recargables,
máquinas de matar y muñecas que hacen pis.
Los dulces alimentan la gula de señoras
que hacen regímenes eternos entre sus fajas.
Los reyes, caducos, huelen a gobierno
sobre sus motos, camellos no jorobados.
¡Aleluya! Decían los ángeles sin sexo,
que ahora hermafroditas se ponen en huelga.
Y Jesús en el pesebre bebe algún refresco
enlatado alumbrado por estrellas de neón.

Han derribado la casa

Han derribado la casa

El hombre es un animal de costumbres. No tanto por el hábito como por su percepción. El hombre, por ejemplo, está familiarizado, más que por frecuentar siempre el mismo camino para llegar al lugar de siempre, porque este camino siga donde está y que sea el mismo sendero de siempre, con las mismas piedras, los mismos árboles, las mismas farolas y las mismas curvas. Que el paisaje a su alrededor sea exactamente el que siempre ha estado allí. De igual forma, pretendemos que el lugar al que vamos sea reconocible. Vamos a ver exactamente lo que pretendemos ver, lo que anhelamos encontrar. Estamos habituados a que la lluvia que caiga nos moje (sin atender a Berkeley), tengamos la costumbre de llevar paraguas o no.

Siempre salgo de mi casa y entro en la calle a la misma hora para subir al mismo autobús de todos los días, menos sábados, domingos y festivos, y que me arroje en la misma parada para caminar los mismos pasos que todos los días para que me lleven al mismo trabajo hasta que me despidan o lo pierda por cualquier otro acontecer, que viene a ser lo mismo. De lunes a viernes esa es mi rutina. Claro que hay excepciones, que se me enreden las sábanas, que me rezague en la mañana por otro motivo, que el autobús retrase su llegada por culpa de un tráfico que aumenta por la lluvia (llevemos paraguas o no), que haya retenciones o desvíos por obras y me vea obligado a apearme en la parada anterior (y no la siguiente, pues mi paradero coincide con el final del trayecto), que vaya al banco, por ejemplo, y no tenga más remedio que ladear mi camino. (Aunque siempre que voy al banco, es a la misma sucursal y consulto el mismo cajero y contemplo un poco mi aspecto, mi entrada, en la misma televisión de circuito cerrado que siempre me vigila y me devuelve insoportablemente en mi misma posición, acostumbrado a que el espejo me refleje simétrico.) O sea, que mi rutina será la habitual, pero no siempre la misma. La realidad, en cambio, lo que me rodea, lo que percibo y, en cierta manera, afirma mis costumbres, hábitos, rutinas (a veces manías), es la misma.

Después de andar unos doscientos metros de casa (vivo en las afueras), llego a la marquesina cubierta, con anuncios cambiantes, que indica que justo allí se detiene el autobús que me llevará a mi destino, a la parada de siempre, y generalmente con los mismos usuarios.

Salgo del número trece de la calle Maimónides, que es la mía (no la calle, sino la casa que se identifica con el número trece) (dicen que el trece es el número de la mala suerte, pero yo no creo en el azar, sólo en el destino, aunque sea un mal destino), y llego a la calle París, donde hay casas bajitas con un poco de terreno que siempre están de reformas y en una de ellas, cuentan, hay fantasmas (está en venta, no sé si a pesar de los espíritus o gracias a ellos). Se fueron (o huyeron) sus inquilinos de la noche a la mañana llevándose a su perro chiquito y mal encarado que me la tenía sentenciada, siempre me ladraba, me hacía cara, acompañaba mis pasos con su bocaza llena de dientes. A veces saltaba agazapado detrás de un coche y llegaba a asustarme, aunque lo esperaba por la costumbre, con un guijarro en el bolsillo o un grito en la garganta, por si acaso.

Tomo la carretera de Armilla a la izquierda, en dirección al pueblo, y, pasado el hotel Los Galanes, a unos veinte metros, me encuentro en la parada mencionada, la marquesina  de siempre, con anuncios rotativos. Allí aprovecho, si no viene el coche de inmediato, un autobús amarillo pálido que llaman tranvía y va a los pueblos, a repasar mentalmente qué ropa llevo, cómo voy vestido (casi siempre inadecuado para la estación, sobre todo si llueve, lleve o no paraguas, o para el día que se avecina), lo que llevo en la cartera, que siempre se me olvida algo, lo que tengo que hacer, que nunca me dará tiempo... Hasta que el autobús llega y me engulle con sus borborigmos y eructos.

Subo los tres escalones que me separan del conductor, saludo y pago con el dinero que ya tengo fraccionado de antemano en la mano (curiosa relación), casi siempre exacto, no soporto las vueltas, la excesiva calderilla que estos trabajadores se empeñan en colocarte. Quizá lo hagan adrede para que la próxima vez pagues el importe exacto. Por eso lo hago, por eso siempre me empeño en conseguir el importe exacto, para que el conductor del autobús no me castigue con lastre en exceso.

Por mi parada pasan hasta tres autobuses válidos, o sea, tres autobuses que paran allí y me llevan a mi destino. Son los de los pueblos cercanos: Armilla, Churriana y Las Gabias, que tienen que atravesar esa carretera de atascos míticos, de retenciones alarmantes.

Pero mi intención, la finalidad de este relato, no es continuar viaje, sino quedarme en la marquesina de propaganda móvil comentando la novedad, como quien espera al número equivocado, como quien ha perdido el tren, como quien llora en el mar.

A escasos metros de la zona de nadie, habilitada como parada del autobús, con un banco utilitario, una cubierta traslúcida y un mapa en la espalda, se encuentra una casa, mejor dicho, había una casa. Una casa cuadrada y grande que, sin llegar a ser caserón, se asomaba a la carretera y tapaba toda la visibilidad, tanto del conductor que llega como del usuario que espera al otro lado. Dicen que era fea. Por eso la han derribado. No porque fuera fea, sino porque quitaba toda perspectiva. Quizá porque estaba muy salida al asfalto.

Su muro era un extraño arcén elevado. Era la única edificación que sobresalía en una calzada con su poquito de acera.

Quizá, lo más seguro, su derribo fuera para ensanchar el pavimento. Quién sabe. El tiempo lo dirá. Si todo fuera tan simple como eso.

Antes, recuerdo, había árboles en esa carretera. Árboles enormes, de copa redonda. Nunca he sabido el nombre de los árboles pero son fáciles de distinguir, al menos su forma. De lo que sí estoy seguro es que eran grandes y de que había bastantes, por toda la carretera, a unos veinte o treinta metros, posiblemente cincuenta, unos de otros, las mediciones nunca han sido mi fuerte. En otoño se doraban y en invierno se desnudaban. Sus troncos, gruesos, serios, contundentes, presentaban una franja blanca a media altura que servía para señalizar el camino, para reflejar el faro de los coches por la noche. Ya no queda casi ninguno, los fueron arrancando todos, desaparecieron como la casa cuadrada que han derribado, como la casa blanca y grande que sería de la misma época y pisaba la calzada.

La curiosidad de esa casa, por lo que me llamaba la atención, por lo que canto su ausencia, es porque tenía un palomar casi derruido en su azotea, un palomar vacío que no contenía aves ni contendría pues estaba abierto. Pobre prisión sin muros ni cadenas.

Las palomas habrían volado hace tiempo. Ahora era el refugio o la vivienda o el aliviadero de un perro negro de raza confusa, pero joven y más grande que pequeño, que todas las mañanas se asomaba para aullar. Sustituía al quiquiriquí del gallo, pero una hora más tarde y sin cresta.

Todas las mañanas, entre mi rutina, buscaba con la mirada al perro negro que aullaba a los coches o a la luna que se fue. Era parte de mi mañana. Sobre las ocho, sin falta, un perro cantaba en la azotea de la casa grande.

Han derribado la casa y ya no hay perro. Han derribado la casa y mis mañanas están más solas. El camino ha cambiado. Las sensaciones son diferentes. Puede que hoy llueva y no me moje.

Soleá del alzheimer

Qué lastimica mi madre
que no conoce a mi padre,
se le perdió en las estrellas.

Qué lastimica mi padre,
el sufrimiento indomable,
que sí la conoce a ella.

Que dejen de ser gitanos

Que dejen de ser gitanos

Este cuento fue presentado al concurso "Sacudiendo letras", que el incansable bloguero Jesús Lens promueve mensualmente en su variada página.

La resolución de dicho premio ha sido abierta, se ha votado por aclamación popular. Por desgracia mi propuesta no ha cubiertos las espectativas.

Os dejo con él para que no se pierda demasiado:

Es como guerra civil, dijo Miguel de Cervantes (Félix Grande)

Desorejados los galeotes halaban en las naves de la armada pensando que algún día fueron libres como las gaviotas.

Los Reyes Católicos, llevados por un celo unificador, negaron a los moriscos ser moriscos, a los judíos ser judíos y a los gitanos ser gitanos.

Expulsados los musulmanes y los hebreos (y los jesuitas, pero esa es otra historia), a los gitanos sólo se les vetaba el ejercicio de la vida errante, de sus costumbres y de su modo de vestir. Sólo se les toleraba, apartados de la sociedad, si tenían un oficio digno y serio y prolongado. Y si juraban obediencia y adaptaban su manera de pensar y de vivir.

Nacido Bennasar, para evitar el exilio, quiso conocerse Montoya y, con un grupo de morenos islámicos, se trasladó a Jerez donde se confundió con el calé, igual de retinto.

Pero la ley se agudiza y las tuercas se constriñen. La norma, en principio permisiva, pasa por la esclavitud y, pasado el tiempo, por el genocidio. Así, las Cortes de Castilla de 1594 emitieron un mandato tendente a separar a los “gitanos de las gitanas, a fin de obtener la extinción de la raza”.

Pero esto Bennasar/Montoya no llegó a saberlo. Al abrazar al gitano, le cortaron las orejas y lo condenaron al remo perpetuo, donde dejó la vida y los sueños en la batalla de Lepanto, al mando del capitán Diego de Urbina, del tercio de Miguel de Moncada, después de haberle contado a un tal Miguel la historia de una dama noble que pasó por gitanilla.

Vale.

Un extraño temblor por encima de la rodilla parecido a las aguas rizadas de un embalse por breve viento silbante

Un extraño temblor por encima de la rodilla parecido a las aguas rizadas de un embalse por breve viento silbante

No sé si vino antes el móvil o este temblor involuntario y pasajero. Es inevitable. Mi pierna derecha experimenta una sacudida inexplicable periódicamente. Esta periodicidad es irregular y difícil de predecir. En el momento menos esperado la pierna se pone a vibrar. El teléfono también vibra en mi bolsillo cuando me llaman. La cuestión es que cuando tiembla la pierna cojo el móvil y cuando el teléfono suena, instintivamente me rasco el muslo.

Fandango

No quieras que esté sereno,
que la vida son dos días,
la muerte viene el tercero,
pero a mí me bastaría
estar contigo el primero.

Soy un perro

Soy un perro

El otro día me desperté con cara de pájaro. Hace mucho tiempo escuché a alguien decir que las personas tenemos cara de pájaro o de perro. Cada persona que veía (y que sigo viendo) así me lo confirmaba. De manera que esta verdad se ha instalado en mi subconsciente como la de que todos los ombligos son redondos o, para seguir con los animales, que todos los dueños se terminan pareciendo a sus canes o que a los cuarenta tenemos la cara que nos merecemos…

Yo siempre había considerado mis rasgos de perro, si acaso. Por eso me sorprendió tanto la primera mirada al espejo mañanero para desaparecer con agua fría las pesadas señales del sueño.

Soy mamífero. Las volátiles siempre se han escapado de mi entendimiento. Quizá controle las aves alimenticias, como si fuera gallego. El agradecido pollo, el festejado pavo, el exótico pato, el sofisticado faisán…

Ave que vuela va a la cazuela. Recuerdan. Pero que no me saquen de media docena de conocidos pajarillos. Los gorriones que engordan en nuestras plazas, las gaviotas de todos los mares, las sucias palomas (a no ser que sean de Picasso), y poco más.

De esta manera, cuando levanté la cara frente al lavabo con el cuenco de agua fría en las manos cóncavas, sentí poco menos que alarma al verme convertido en ave. Los ojillos más juntos y redondos, la nariz de pico, la boca discreta…

Me asemejaba, no a un alado común, sino a un ave nocturna y rapaz, a una lechuza, un mochuelo, un búho, un autillo.

No tengo mucho que pensar para ofrecerme una explicación por tal metamorfosis. Llevo tiempo viviendo la noche, días, semanas, años, apurando las sombras y los locales de alcohol y humos ajenos. Llevo tiempo revoloteando a escondidas, camuflado en la pardeza de los gatos y las luces que más que dilucidar confunden.

El pelo-pluma enmarcaba una cara de presa cuando volví a sumergirme en lo oscuro, aleteando de un sitio a otro con una copa en la mano y el depósito lleno. El ambiente bronco de música saturada incide en el anonimato o reafirma la soledad. El pasado no existe, el futuro no importa y el presente se pincha en vena.

Tan visceral es la llegada como la vuelta. Un leve recuerdo del transcurso de la vida termina por vaciar tus bolsillos y atusar tu pelo-pluma instintivamente, llegándote a ser consciente de tu nueva imagen pajaril.

Vuelves a casa dando saltitos como un abanto, como el pájaro que no está acostumbrado a posarse en el suelo. La realidad empieza a caerte encima como una losa fría, dura, inerte. El cansancio se acumula en tus ojos y una sensación agridulce acelera tus pasos.

La noche es un arma de doble filo, llena de mentiras o de medias verdades o de certezas tan crudas y rotundas que llegan a doler y a desnudarte públicamente y, subido en un estrado, subastarte. Una venta que, en la mayoría de los casos, no admite comprador. Nadie puja por un ser defectuoso, por un pájaro desplumado, por la pindárica sombra de un sueño.

Y al llegar a casa, con las llaves preparadas en la mano y pensando en meterte en el sobre cuanto antes o en asaltar el frigorífico y pensar en mañana, abrir la puerta y medio desnudarte por el pasillo intentando hacer el menos ruido posible porque todos duermen. Y respirar por fin. Hogar dulce hogar. Ya saben.

Pero, cuando entro en mi cuarto sigiloso y avieso, como un ave nocturna, me encuentro en mi cama a mí mismo, dormido apaciblemente con cara de perro pachón.

Soleá

A mí me duelen tus besos
pues sin ningún fundamento
yo te acercaba la cara,
tú los tirabas al viento.

Acaso tiemblo

Acaso tiemblo
varias veces a la semana
temiendo lo peor.
Creo que todos somos víctimas.
Puede que un cabeza rapada
o un vil encapuchado
trunque mi vida
en una calle
que ni siquiera
sabré su nombre.

* De El que come en medio pasa la sal.

Queda poco cielo que mirar

Queda poco cielo que mirar.
Las nubes han cubierto la luz.
Me desapareció el mediodía.

Fandango

Mi cabeza no descansa
hasta que estoy moraíto,
es que te echo tanto en falta
que por ti me precipito
en un pozo de ignorancia.

Final de los cincuenta

A veces te imagino,
siempre te sueño.
Te veo en los atardeceres
despetalando margaritas,
con tu vestido blanco,
por debajo de las rodillas,
y la sonrisa puesta,
esperando a tu amado
en cualquier plaza,
y él regresaba
con el trabajo colgado en las yemas,
y los números y los bancos
encima de los ojos.
En cambio, la tinta y la pluma
se diluyen sin condiciones,
al primer beso de tacón alzado.
Y entrelazáis los flancos
para acudir al cine acaso,
donde estar más juntos si cabe,
para aspirar su aliento
en el silencio oscuro de la sala
y sonreír en blanco y negro
con manos volanderas.
De regreso, el frío os sigue apretando
hasta la puerta, que,
con un beso en la comisura,
bajo el paraguas,
si llueve, se despide
para la bendita rutina
del mañana postrero
en el que llegaré a existir.

Diálogo entre el descabezado y un cojo

Diálogo entre el descabezado y un cojo

—¿Dónde vas tan ufano y sin cabeza? —increpó el que cojeaba.

—Acabo de perder la que tú tomas a broma, creo que por un desengaño —contestó indignado el descabezado—. Camino hacia Spali o más lejos aún para comprender esta falta y hallar su compostura.

—No te enfades ­—dijo el de la muleta.

—Bastante mal tengo con mis hombros descubiertos para que ahora me venga un paticojo mofándose en mis narices.

—Nada más lejos de mi intención —se disculpó el lisiado poniéndose a su altura y obligando a disminuir su andar—. Además —prosiguió—, bien mirado, es mejor perder la cabeza que tener una pierna que mengua con el frío.

Ante la mirada incrédula del descabezado, el espontáneo compañero de ruta comenzó a relatar.

—Me llaman Ramiro, nombre visigodo donde los haya. Soy de Ocellum Duri, tierra de queso y garbanzo, donde los inviernos son recios y la noche implacable. Por una tiritera al parir vine al mundo con pierna telescópica, que se encoge y dilata según frescura. Desde pequeño aprendí a apoyarme en esta pértiga de nogal que iguala la longitud del apéndice atrofiado que en mañanas álgidas alcanza la rodilla de la pierna completa. Ergo me veo imposibilitado de llevar alzas o zancos pues tendría que ir trocándolos según capricho natura.

»Me instalé en la ciudad de Cástulo —prosiguió el tarado— cerca de donde se venera a la Gran Madre en una cueva húmeda, cuando llegó el tiempo de abandonar la tierra de mis padres. Allí está la Sierra de la Plata, rica en minas de mineral argentino. Allí nace el ancho Betis que veremos crecido en la ciudad capital.

»Sin cabeza puedes avanzar a voluntad, saltar ríos y correr llegado el momento —argumentó renqueando—. Yo, sin pierna, no soy libre. Nunca he podido perseguir, nunca he podido escapar, ni trepar a un árbol ni bajar a un pozo. Daría este perro que me acompaña, capaz de dar la vida por su patrono, por tener la cabeza en las manos en vez de este bastón que me castiga por entero.

»La cabeza en su sitio es un convencionalismo —continuó el norteño con su discurso—. Además, ¿quién dijo que ese fuera su sitio? Los antípodas llevan la cabeza en los pies y los blemmyes tienen la cara en el pecho: los ojos cerca de los hombros y la boca en el ombligo. Incluso el que tiene la bola en su puesto puede ser acéfalo funcional por el poco seso que gasta. A ti sin embargo te veo suelto y despabilado con tus entendederas bajo la manga. ¿Qué más da si piensas unos centímetros más abajo o más arriba si con prudencia razonas? A veces las taras y los impedimentos se alojan tan sólo en nuestros escrúpulos. Hay que mirar más allá del aspecto exterior. A un individuo no lo conforman sus ropas o su sombrero o su voz o su mirada; no lo determina su altura ni el peso que evidencia. El hábito no hace al monje como el trigo quemado no determina la cosecha. La cabeza en el brazo sin duda es más ventajosa que la dificultad para andar. Ahora recién puede que no lo veas así, pero pronto será rutina y hallarás incluso ventaja.

»Imagina sin embargo que tu pierna ha desaparecido o su tamaño alterado. Es como empezar de cero. Hay que aprender a andar como niño que aún gatea, pasar nuevamente de bípedo a cuadrúpedo o a trípedo sin llegar a senil. Peor es haber perdido un brazo, el habla o la razón. Que una cabeza cambie de postura o sea de quita y pon no tiene mayor impedimento que el que cambia de saya a diario.

»El mal que aquejas —concluyó— no es mal por tres razones. Primo, porque aún respiras con la cabeza en la mano. Segundo, porque dentro de las taras es castigo menor. Y tercero, porque solución no la hay.

* Blemmyes. Illustrations from the Nuremberg Chronicle, by Hartmann Schedel (1440-1514).