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volandovengo

Poesía/Cuento/Teatro

A veces pienso

A veces pienso
que tú piensas en mí
como yo pienso
que en mí tu piensas.

Malagueña

Usa distinto jarabe,
aunque de ti digan mal,
tú no digas mal de nadie,
procura no ser igual
que después todo se sabe.

Con una sonrisa

Con una sonrisa

Cualquier destino, por largo y complicado que sea,
consta en realidad de un solo momento.
El aleph, Borges

El barrizal impedía que avanzara con ligereza y la lluvia rasante le cegaba la vista varios palmos hacia delante. Las cortinas de agua oscurecían la noche borrascosa, más si cabe. Cuando detenía sus pasos, acuciado por la inclemencia, alguien le empujaba con desgana manifiesta. No anduvieron mucho, sin embargo. El tapial, seguramente blanco, se elevaba en su presencia. La luz mortecina de una bombilla pelada evidenciaba la penumbra.

Se detuvieron a un metro escaso de la pared encalada. Un pañuelo húmedo cegó definitivamente al cautivo, mientras el piquete se preparaba para formar una hilera varios pasos a su frente. Sus ropas pesaban, empapadas por el aguacero. Sus oídos escuchaban solamente llover sobre los charcos y algún trueno lejano que retumbaba acercándose. Sus botas eran puro barro, como si ya perteneciera a una tierra que pronto lo habría de contener. Fumar era inútil.

Recordó en esos momentos que las tribus nativas de Norteamérica, cuando iban a enfrentarse en un mal día, como el que estaba aconteciendo, se concedían unos a otros la sentencia de que no era tiempo para morir, y los dos grupos se retiraban a sus poblados para emprender de nuevo la lucha cuando el tiempo fuera más benigno.

Los soldados alineados esperaban la orden del sargento que, con el sable desnudo, musitaba entre dientes maldito día o algo parecido, como si la suerte adversa fuera la suya y no la del condenado.

Alzó la espada sin más preámbulos, había que acabar pronto, regresar al cuartel para secarse y entrar en calor esperando que pasara la tormenta. Los relámpagos empezaban a caer demasiado cerca y los soldados estaban bien nerviosos, con chorreones de agua que resbalaban desde el chacó de fieltro hasta la entrepierna. Los pies chapoteaban enmohecidos dentro del calzado. La oscuridad era pesada y creciente.

―¡Preparados! ―cantó el oficial con el brazo derecho en alto, mirando a los soldados tensos.

El pelotón de fusilamiento empalmó sus armas sobre el hombro y apuntó lo mejor posible a una sombra que se difuminaba en las sombras.

―¡Listos! ―bramó de nuevo el sargento, mirando al reo de forma aséptica.

En ese momento, un rayo quebró la inmensa rama de un árbol cercano que con las mismas abatió a toda la hilera de verdeoscurro y al sargento con ellos.

El cautivo, cansado de esperar la palabra postrera que lo mandara al otro mundo, se alzó levemente el pañuelo de los ojos atendiendo al desastre que para él suponía un vuelco de la fortuna, un segundo nacimiento, la oportunidad inexcusable de comenzar una nueva vida, enmendando en lo posible los entuertos causados en su mundo egocéntrico.

Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia el río pensando en visitar a sus padres y rogarles perdón, que habían insistido en que no se alistara, que la guerra no era suya, que quedara en la hacienda manteniendo una existencia modesta pero digna. Él no les hizo caso y corrió en la primera ocasión para engrosar las milicias libertarias, abandonándolo todo, dejando a sus progenitores ahogados en llanto.

Se agarró a unos maderos, a modo de balsa, y se dejó arrastrar por el río hasta las posiciones de sus camaradas. Mecido por la corriente, antes que le venciera el sueño, aún pensó en su querida María, que abandonó con un niño de pecho llorando en las haldas.

Despertó en las filas amigas que le comunicaron que la contienda había terminado con la rendición de los contrarios. Que la mayoría habían huido, fusilando a sus prisioneros, robando lo que hubiera que robar y destruyendo todo a su paso.

A los dos días, el salvado del paredón, se adivinaba junto a su mujer y su hijo, después de haber llorado su regreso junto a los padres. A la promesa de que no se separaría de ellos el resto de su vida, le secundo una noche lenta y gozosa de amor que le imprimió una sonrisa permanente durante el sueño postrero.

Un relámpago lo despertó al momento de oír la voz del sargento que rotundamente gritaba ¡fuego!, al momento que ocho descargas desgarraron su pecho y su vida. Su cuerpo inerte cayó al barro y sin embargo sonreía con el perdón de los suyos.

Vosotros, superficiales

Vosotros, superficiales,
que no veis lo de delante,
y parecéis colegiales
presumiendo del aguante
en vuestro mundo de eriales.

Sólo a ratón aspiráis,
del león ni se os ocurre
y su cola despreciáis,
puesto que fuera os aburre
del ombligo en que habitáis.

Vuestro saber provinciano
se hace de Dios la Palabra
ante quien no tiene a mano
acaso un abracadabra
de saberos chabacanos.

Alzheimer

Lleva muchos años mi madre
olvidando el olvido;
ya no le queda nada qué olvidar.
Es cruel.
Es la más cruel enfermedad que conozco.
Se habrá muerto dos veces cuando muera.
Morirá desgastada
y nuestro corazón erosionado
por su primera muerte.

Poema ambiguo

Estaba solo
o estaba contigo a mi lado
aquella noche en que brillaba el sol;
tú llorando me sonreías,
la soledad en el tumulto;
yo calladamente gritaba
y te decía sin palabras:
esto no es un poema,
por eso, casi no te quiero.

Vicente de Santamaría Crisol

Vicente de Santamaría Crisol

Para un escrito banal de ocurrencia veraniega quise introducir la figura mitológica de un grifo, que viene a ser un híbrido hagiográfico de varios animales que, según las fuentes, se compone de forma sensiblemente distinta, aunque básicamente suele tener cabeza de águila y cuerpo de león. Algunos le añaden la cola de serpiente y las alas de buitre, lo que hace al Deuteronomio catalogarlo dentro del género de las aves. Es grande animal que puede recordar por su estructura invertebrada a la quimera y por su aspecto formal al fénix asiático.

Para redondear estos datos, evoqué un cuentecito de Joan Perucho, olvidado hacía tiempo, aunque con título pegadizo por extraordinario. Nicéforas y el grifo recuerdo que se recogía en un libro de cuentos, llamado precisamente Cuentos, publicado en Alianza Editorial, en su colección de bolsillo, número 1.148, aparecido en el año 1986. Cuando consulté el índice de esta obra, sin embargo, el relato antedicho no se encontraba en tal compilación. Me vi obligado entonces a revisar otras colecciones de escritos del autor recordado habidos en mi librería por si mi memoria, flaca sin lugar a dudas (porosa, diría Borges), lo habría desplazado a través de los años.

Nicéforas y el grifo tampoco se encontraba en Rosas, diablos y sonrisas ni en La sonrisa de Eros ni en Galería de espejos sin fondo ni siquiera en Minuta de monstruos. Incomprensiblemente comencé a dudar de mis devocionarios e incluso a cuestionarme la autoría de Nicéforas.

Tiré la toalla días después, por agotamiento y por el revés inesperado, hasta que, por casualidad, abrí al azar el primer libro de Cuentos seleccionado, el de Alianza, y me encontré al viejo Nicéforas con su fantástico grifo en la página 46, entre Carcasona, Simón de Monfort y la bella Josette y la Noticia de Madame Eduarda y de un desconocido escritor, lo cual me alegró sobremanera, aunque, al leerlo, no pude sacar nada válido para el texto agosteño referido, que fue lo de menos.

El problema, como se puede deducir, es que tal relato, por una u otra razón, no se hubo incluido en el índice de esa edición, fue omitido, involuntariamente, supongo. Curiosidad simpática, ausente de importancia por otro lado, aunque digna de recordar.

Estos días, a raíz del veinticinco aniversario de la muerte de Borges, decido leer algunos de sus escritos comenzando por Ficciones, colección de cuentos, publicada en 1944, del cual tomo algunas notas que me seducen para su próximo estudio o empleo. Para facilitarme la labor y fidelidad, recurro al documento en pedeefe, con el cual sólo tengo que copiar y pegar (bondades de la técnica). El texto deseado se encuentra en Las ruinas circulares, que es el cuarto relato de dicha recopilación. Resulta, sin embargo, que en la versión electrónica que poseo ocupa el quinto lugar después de una ficción intitulada Vicente de Santamaría Crisol, que antecede al de Las ruinas… y se encuentra justo detrás de Pierre Menard, autor del Quijote. Alarmado analizo la edición de papel que tengo entre manos y alguna otra versión olvidada en los anaqueles. Ningún rastro de dicho cuento postizo. Otras versiones electrónicas tampoco lo reflejan. Busco biografías y referencias, en Internet y en bibliotecas, pregunto a conocidos y entendidos, que a veces coinciden, sin resultado alguno. El texto es un intruso. Vicente de Santamaría es un impostor, aunque, después de leerlo, puede que contuviera un definido elemento borgiano entre sus líneas.

Vicente de Santamaría Crisol, escribe supuestamente Borges, nació en Metapa, hoy Ciudad Darío, en honor a su hijo universal, el modernista Rubén, en la provincia nicaragüense de Matagalpa, en 1862. En el ocaso de su corta vida (murió en diciembre de 1892, dicen que después de un punto de melancolía que se le enquistó en el estómago) llegó a conocer al poeta universal, el cual le dedicó encendidos elogios en un anexo, descatalogado o apócrifo, de su colección de semblanzas Los raros, que vio la luz en el año 1896.

Vicente, con una sola obra (y algunos cuentos de menor calado), se abrió paso entre los autores de su tiempo, quizá la única voz dramática hispanoamericana, que llegó a desvanecerse por el peso prosístico de fines del diecinueve y subsiguientes.

Dicha obra, llamada curiosamente tal como su autor, contaba tan sólo con el acto tercero, pues las dos primeras partes, no se sabe muy bien por qué, fueron suprimidas o jamás existieron, quizá por una clara innecesidad o tal vez un creciente desinterés.

El señor De Santamaría, en unas notas al margen, en la segunda edición, realza su decisión de empezar (y acabar) por el final, puesto que las dos primeras partes mostrábanse exentas (sic) al drama que deseaba proponer.

Tal era, según advertimos en este tercer acto, que un autor teatral, llamado Vicente de Santamaría Crisol, llega a la conclusión de ahorrase las dos primeras partes de su obra y posterior representación, para exponer tan sólo el resultado, o sea, la síntesis de su pensamiento. Así, prescinde de la presentación y del nudo, exponiendo el desenlace como si fuera un todo. Cómo llega a esa conclusión no lo sabemos, ni lo sabremos nunca, pues nos faltan los preámbulos y los argumentos.

El caso es que nos encontramos en el the end de un drama donde un autor de teatro, llamado igual que su creador, escribe un solo acto, el tercero y último, donde alguien de su mismo nombre propone comenzar la pieza por el tejado, desechando el planteamiento inicial y la exposición del problema. Aunque no conocemos el porqué, no más porque nos faltan los dos actos pretéritos.

En esas se encuentra la situación cuando el último de los Vicentes tiene que ausentarse de forma inexcusable a una cita pendiente, que quizá se expusiera, si hubieran sido escritos, en los dos primeros actos, quizá el segundo.

El Vicente que se ocupa del último Vicente siente un vacío incomprensible por dejar a éste en un inexplicable suspenso. El primer Vicente entonces, el autor amigo de Rubén, siente cerrarse sobre su cuerpo las tapas de de un libro mayor, mientras alguien, que quizá se llame también Vicente de Santamaría Crisol, sin miramiento, deja inacabada una obra teatral. Soplaba una tarde fría de invierno de 1892.

* Grifo miniado aparecido en el Bestiario medieval de Siruela. Edición a cargo de Ignacio Malaxecheverría, Madrid, 2002.

El haber no existe

El haber no existe

Nunca había creído en nada que no fuera el hombre. Ni siquiera en el azar, aunque la mala suerte, aseguraba, era una evidencia. La vida desde el principio se le había mostrado adversa. Con el pie derecho más corto que su contrario, arrastraba una cojera de nacimiento que le hacía ser arisco y cortante, con esa susceptibilidad de los tullidos que siempre están en guardia ante cualquier conato lastimero. Y, aunque en los negocios no le hubo ido del todo mal, con las mujeres no tenía ningún éxito. Hecho que abundaba en su timidez y aislamiento.

El final de su vida era tan triste y desafortunado como el resto de sus días pasados. Al fin, en su lecho de muerte, el viejo Gaspar Palacios me preguntó:

―¿Habrá cielo, amigo? ―siempre me llamaba “amigo” en los momentos trascendentales. Aunque, a decir verdad, era al único que podía llamar así.

―Algo tiene qué haber ―respondí esperanzado de su duda postrera.

―El haber no existe ―sentenció mientras expiraba.

Durante mucho tiempo tuve esa enigmática frase en mi cabeza, intentándome explicar su sentido, desmigando el verbo para comprender el último testimonio de Gaspar. Una sentencia íntima. Un epitafio singular.

El haber no existe, que es como si dijera que no existe nada o que nada ocurre al azar. O quizá, rizando el rizo, se podría pensar que todo es deber, como acto antagónico al haber; es decir, que estamos en deuda permanente; un débito ancestral que pagamos desde el día en que nacemos, quizá por el mismo hecho de haber nacido.

Conforme con mis deducciones, que, por otra parte, encajaban a la perfección con el pensamiento de mi amigo permanentemente resentido, continué mi común existencia de olvidos y recuerdos, no sin antes encargar que grabaran esa frase sobre su lápida, en vez de la cruz, en la que no creía, sin duda.

Tiempo pasó sin volver sobre el tema, hasta que un día de difuntos, aprovechando la visita al camposanto para mostrar mis respetos a algún familiar desaparecido recién, quise pasar por el nicho de Gaspar y abrazar nuevamente su memoria.

Bastante rato estuve sobre la tumba imaginando su cojera y la continua queja que le llevó a exclamar, como testamento inmaterial, que el haber no existe.

Volví a pensar en aquella oscura sentencia mirando el grabado del mármol hasta que las palabras me llenaron por dentro, crecieron y se juntaron. De pronto comprendí que, al igual que creía en la mala suerte y no en la buena, mi viejo amigo Palacios, en contraposición al cielo, no dijo el haber no existe, sino el averno existe.

Ayer se cayó una torre

Ayer se cayó una torre

No somos sino el sueño de una sombra.
Píndaro

El sembradío se coloreaba en cuadros de hierba seca o en áridos terruños de piedra oscura, que parecían trazados con tiralíneas. Un joven, semejante a cualquier otro, caminaba embutido en saya parda, espadón al cinto y rodela embrazada a la izquierda.

A ambos lados del caminante, de cuando en vez, se veían otros reclutas huyendo desesperadamente de ejércitos y caballos supuestamente ofensivos. Era una contienda ordenada, sin embargo.

Animado por sus iguales, el joven también comenzó a correr protegido por su escudo, sin dejar de mirar hacia atrás. Saltó de cuadro a su antagónico apenas sin detenerse y sin pensar en las zancadas (alguien pensaría por él).

En plena ceguera entonces, sin advertirlo siquiera, se dio de bruces con torre albina en puesto avanzado, que incomprensiblemente derribó al punto.

No le dio lugar a recapacitar empero, porque un corcel blanco, que rampante saltaba en ele, se le echó encima y se lo comió.

Desde alturas insospechadas, una voz algo nasal, rasgó los cielos diciendo, entre eufórica y decidida, jaque mate.

La despedida

La despedida

El sol se retiraba perezoso y tempranero en ese atardecer otoñal barruntando si había cumplido mínimamente su misión. La nieve comenzada a modificarse, en esa metamorfosis que sólo ella sabe hacer, fileteando las orillas del camino con el hielo de sus encajes. Un jinete compuesto de sombra y vaho se me acercaba al paso en dirección opuesta. Al pronto inversamente recorrería mis propios pasos al lugar de donde yo había partido, si alguna de las pocas encrucijadas que jalonaban el camino no lo invitaban a desviarse a un destino inseguro, pues el único lugar habitable en muchas leguas a la redonda era el poblacho, al comienzo del sendero, y la casa solitaria adonde me dirigía. No obstante, ya no eran horas…

El consejo extremo del doctor, me había impulsado a enfundarme en la pelliza borreguera y enalbardar la yegua cana, para visitar a un primo cercano, en la cabaña antedicha, que más abundaba de amigo que de pariente. La sangre, en este caso, es una mera casualidad.

El jinete ya se acercaba rellenando su silueta de color e identidad, con su montura extremadamente negra, su jubón alzado y su sombrero de alas hasta las orejas.

Antes de conocer la nariz picuda y el bigote desordenado del moribundo a quien iba a visitar, entre vaharadas, me saludó halando las riendas de su animal.

―Hola, Bernardo ―pronunció con sequedad familiar.

―Hola, Anselmo ―respondí―. ¿No estabas en cama?

―Sí ―monasilabeó simplemente.

―¿Por qué te has levantado? ―volví a preguntar―. ¿Te encuentras mejor? El doctor Sánchez dijo que era muy grave.

―Y tanto ―me dio la razón.

―¿Y dónde se supone que vas en esta noche de perros? ―dije arrebujándome un poco más en mi sobretodo.

―Quería verte antes de que fuera demasiado tarde ―reconoció ante mi asombro.

―¡Volvamos a casa! ―imperé entonces.

―Aún tengo qué hacer ―respondió mirando en dirección al pueblo e intentando calmar al caballo que caracoleaba nerviosamente―. ¡Ve tú! ¡Allí nos veremos!

Y, dándose la vuelta se alejó como había venido, haciéndose sombra en la noche cortante. Yo, alarmado, continué mi camino.

La luna era apenas una línea curvada en un horizonte donde las estrellas seguían tiritando nerudamente. Cuando llegué a casa del despedido y bajé de mi trotona clara, me recibieron los sollozos y la cara desencajada de ojeras superpuestas de mi tía. Que pasara, me dijo, para un último adiós. Preocupado pregunté por Anselmo.

―Se nos fue a media tarde ―dijo su señora madre entre lágrimas.

―No puede ser ―respondí―. Lo he visto hace apenas media hora camino del pueblo. Que me adelantara a esperarlo, me dijo. Que tenía que seguir visitando con su potro azabache.

―Anselmo no tiene ningún caballo negro ―recordó la mujer.

Después de algunos pésames y recuerdos, llamaron a la puerta. Era mi pariente amigo, con su gorro de alas y su mostacho desordenado. Me abrazó como nunca, es decir, como siempre, diciendo que por qué, gritando calladamente en su agonía y en su pesar.

―¿No nos volveremos a ver? ―pregunté casi con banalidad.

―No ―negó el aparecido con la pesadumbre escondida en sus ojos. Y se hizo invisible en su cuarto.

Al día siguiente, Anselmo lloraba mientras unos operarios disciplinados y circunspectos tapiaban el nicho que me habría de contener por muchos años.

César

César

Desde que conocimos a César, con su porte de emperador, lo empezamos a saludar elevando el brazo con la mano extendida, a la manera germánica, y gritando AVE. Al principio alteró la visión de sus nuevos amigos, o sea, nosotros, llegando a molestarle cada vez que nos encontrábamos y casi evitando la confluencia; pero, a la larga, no sólo no le importó, sino que llegó a identificarse con aquel saludo, exigiéndolo él mismo; y, cuando lo escuchaba, también elevaba la palma devolviéndonos el AVE o diciendo “descansen”.

¡AVE, César!, era su carta de presentación. ¡AVE, César!, fue el regalo iniciático que le prodigamos desde un primer momento. Incluso empezó a leer la vida de los césares y a aficionarse a las películas de romanos. Quiso ser romano con los romanos y romano con los judíos también.

Su nariz era aguileña, su altura considerable y su seriedad extrema. El único asomo de comicidad que llegó a adquirir fue la aceptación y la respuesta del AVE que le caracterizaba en cualquier reunión, ya fuera en lugares públicos, como en privado, ya fuera en plena calle o en su lugar de trabajo como empleado en una oficina del INEM (a los únicos que la crisis les multiplica el trabajo).

Para alimentar este mimetismo, la semejanza romana, se escaló el pelo, como viera que lo llevaban los jóvenes latinos en las películas de época y adquirió un andar estirado y, en cierta manera, ocarino. También se instituyó como una verdadera eminencia en historia antigua, centralizado en la Roma imperial y en sus dignatarios. Era su tema de conversación. Los autores latinos, Suetonio, Virgilio, Horacio…, pasaron a constituir sus lecturas de cabecera. España, sin discusión, pasó a ser Hispania. SPQR.

Un buen día, nuestro amigo César, empezó a salir con una chica, de belleza clásica y mirada helénica, como una Venus de Milo pero con brazos, que respondía al nombre de Eva.

Desde que conocimos a Eva con César, esa pareja imperial, los empezamos a saludar elevando el brazo, como antes, como siempre, y gritándoles con cierta fruición: ¡EVA, César!

Cuando una mujer te pregunta la edad

Cuando una mujer te pregunta la edad

Cuando una mujer te pregunta la edad está claro que se considera más joven de lo que aparenta, que espera que, en tu balance, te quedes por debajo (a veces muy por debajo) de la edad que tiene en realidad.

Cuando una mujer te pregunta la edad es un ejercicio como poco delicado. En ese momento miras hacia todos lados (de forma ficticia, pues cualquier desvarío, puede considerarse una falta de atención) y, como quien te pregunta por una dirección complicada bajo un sol cuarentón, te dices: “con toda la gente que hay alrededor, me ha tenido que preguntar a mí”.

Cuando una mujer te pregunta la edad se encienden las luces rojas de peligro en tu interior y suenan las sirenas de seacabó, pues no puedes titubear ni unos segundos ni entornar los ojos, como buen cubero, ni balancear la mano con evidente signo de aproximación.

Cuando una mujer te pregunta la edad debes responder de inmediato, restando unos cinco años a lo primero que te viene a la cabeza. Y, cuando sueltes la cifra, simulando total convencimiento, y ella te da el número exacto (que a veces no es exacto) del número de años vividos hasta el momento, fingir inusitado asombro y proferir alguna exclamación halagadora, tipo: “¡si pareces una niña!”, “¡pues aparentas…!”, “¡yo juraría que tienes…!”.

Cuando una mujer te pregunta la edad es porque ese día se siente joven y quiere que aplaudan lo que antes ha reconocido el espejo. Cuando una mujer te pregunta la edad, a veces, es porque está baja de moral y necesita una inyección de autoestima que sólo consiguen el chocolate, salir de compras o sentirse joven.

Ayer, una chica (no tan chica) me preguntó la edad. Sabiendo todo lo antedicho no dudé en acercarla a la treintena por debajo, apreciando realmente que a los que se acercaba era a los cuarenta. Francamente agasajada, sólo me sonrió, sin decirme exactamente el tiempo que había vivido desde su nacimiento (como si fuera una nueva estrategia que tendré que estudiar más adelante).

Sin embargo, el resultado fue positivo, pues pasó conmigo gran parte de la velada, contándome historias descabezadas de su juventud en Inglaterra, terminando por descabezar a un servidor.

Conforme hablaba, los años se le iban acumulando en las comisuras y alrededor de los ojos. Hasta que llegué a pensar si no hubiera sido mejor la estrategia de la duda metódica, si no fuera mejor haber dicho: “cua… treinta y algo”.

El feliz Descubrimiento

El feliz Descubrimiento

Revisando archivos, como siempre que tengo un hueco, encuentro unos textos dramatizados sin fechar, pero leyendo entre líneas se deduce que son del año 91 o principios del 92. Creo que la obra fue representada, o al menos leída públicamente, coincidiendo con la Expo de Sevilla.

Copio y pego a continuación:

Hace muchos muchos años, unos cinco siglos, que un aventurero, descubridor y navegante, servidor de la corona castellana, se hizo a la mar, para abrir un nuevo camino, una ruta hacia las Indias por el Oeste. Se aventuró por el Atlántico, mar tenebroso y flamígero en sus profundidades. Un océano inmenso y desconocido, que volvía negro a quien se atreviera a internarse en él más de la cuenta.
    Cristóbal Colón fue el arrojado navegante que desmitificó este mar; fue quien dio los primeros pasos para demostrar prácticamente la esfericidad terrestre; fue quien, por error, descubrió al Viejo Continente una nueva tierra, un lugar que crecería a pasos agigantados hasta dominar casi todo el planeta; tropezó, en su camino hacia Oriente, con un gran obstáculo llamado América.
    Estamos seguros, por otra parte, que si Colón, don Cristóbal, hubiera tenido visión de futuro y le hubiese visto la cara de cerca al señor presidente de Estados Unidos, y a su pandilla de fabricantes de miedo, se habría cuidado mucho de aquel tropiezo y, seguramente, habría hecho lo imposible por volver, si no negro, sí algo moreno.
    Aquí les dejamos con una parodia del feliz descubrimiento. ¡Cualquier similitud con la realidad, seguro que será pura coincidencia!
    ***
En las Indias ya se podía leer en todos los periódicos y en las revistas especializadas en descubrimientos y otros antojos que llegaría un hombre, quizás un superhombre de allende los mares, que descubriría esas tierras y que, misteriosamente pondría un huevo de pie.
    Los indios, llenos de dicha, no caben ya en sus taparrabos. La noticia les conmueve. Esperan impacientes al dios blanco antropomórfico en su cascarón flotante.
    Entre las cenas familiares de los indígenas, las asociaciones juveniles de los hijos de los nativos, los clubes de aviación de los pilotos americanos; en las salas de fiesta, en los comercios, en los bingos... en cualquier parte, no se hablaba de otra cosa: "un español o portugués (no se aclaraban aún) llamado Cristóbal, y conocido porque siempre se está colocando delante en la cola del metro, en el cine, en todas las ventanillas, nos descubrirá"

UN INDIO: Un portugués o un español, no sé bien, vendrá por mar y nos descubrirá, después de haber puesto un huevo de pie.
OTRO INDIO: ¡Síí! -exclama sin salir de su asombro, más por la heroicidad del huevo que por el hecho tan cotidiano de descubrir.
INDIO 1: Como lo oyes. Y se llevará nuestros tesoros a cambio de inútiles baratijas, sin que nosotros podamos hacer nada.
INDIO 3: También, dicen, nos engañará con el viejo truco del eclipse.
INDIO 2: ¡No somos nada!

La noticia no se hizo esperar. Tan sólo siete largos años para que la reina Isabel de Castilla se brindara a aceptar el proyecto de Colón. ¿Pero qué eran siete añitos en el siglo XV? (Pues siete años. No te fastidia). Y fueron siete años porque la reina Isabel estaba empeñada en demostrarle a los moros de Granada quién tenía más pantalones.
    Para la reina quizá no fuera mucho, pero para un navegante eran siete largos años de impaciente espera, obligado a mantenerse en barbecho y en secano. Siete años que no eran siete, pues antes había probado fortuna con los reyes de Portugal, de Francia y de Inglaterra. Siete años haciéndose un arsenal de espejitos, objetos de aluminio, torres Eiffel y torres de Pisa en miniatura, cubos de Rubik, linternas con alarma, fichas de coches de choque y de teléfono, jarroncitos de barro y un sinfín de cosas verdaderamente inservibles que servían para alimentar las delicias de cualquier analfabeto.

ISABEL (Cogida al teléfono): ¡Oiga, oiga! ¿Con quien hablo?
CRISTOBALITO (Al otro lado): Con Cristobalito... -dice casi cantando.
ISABEL: ¡Anda nene, dile a tu padre que se ponga!
CRISTOBALITO (Con la mano intentando tapar el auricular): ¡Papaaa! -Berrea- Que te pongas. Una señoraaa.
COLON: ¡Diga!
ISABEL: Soy Isabel.
COLON: ¡Mi madre!
ISABEL: No. Tu madre no, la Reina, Isabel II.
COLON: ¡Caray! (a buena hora, ya había deshecho el equipaje). Dime, dime, Isa... que diga, Su Majestad.
ISABEL: Que estamos a dos de agosto del 92.
COLON: ¿Y son las Olimpiadas de Barcelona?
ISABEL: No, de 1492, imbécil. Y, según las crónicas, tienes que partir mañana hacia nuevas tierras para la posteridad.
COLON: No adelante acontecimientos, mi Reina, pues yo sólo voy a intentar una nueva ruta por el oeste hacia las Indias, el país de las especias.
ISABEL: ¡Siempre tan simple, siempre tan simple!

Dicho y hecho, Cristóbal Colón hace de nuevo su equipaje y zarpa el 3 de agosto de 1492 del puerto de Palos, ya sin moros en la costa y con rumbo desconocido (más o menos). Embarca en La Santa María y le siguen dos carabelas, La Pinta y La Niña, gobernadas por los hermanos Pinzones (hay quien afirma que eran así llamados porque eran hermanos por parte de padre y madre, de eso no hay duda, y, menos creíble, por impulsar las pinzas de la ropa, que se conocían poco).
    Dos meses y pico duró la travesía, no sin antes pasar por las Canarias y consumir algunos plátanos y hacer de vientre. Sin embargo, Cristobalito (conocido más tarde por su verdadero nombre, Hernando Colón), que los acompañaba, deseaba llegar pronto a las américas y comprar algunas Coca-colas.
    En mitad del trayecto, después de ver en el video de a bordo la última de Woody Allen, Colón tubo algunos antojillos. A saber: se le antojaron unas hamburguesas tipo Mc’gregor y, ¡asombroso!, poner un huevo de pie.
    Y lo consiguió. Vaya que si lo consiguió. Después de reventar casi todos los huevos preparados para la cena de esa noche, logró colocar uno en equilibrio dando una serie de botes de alegría (algunos de ellos, hay que reconocer, con verdadera maestría) que casi hace naufragar el barco antes de tiempo.
    Ante tal capricho no es de dudar que los hermanos Pinzones creyeran que estaba embarazado y se pasaron gran parte de la travesía cortando pañales y haciendo patucos de punto.
    A los dos meses y pico -como dije-, exactamente el 12 de octubre de 1492, arriba Colón con 90 hombres y una cruz a las primeras tierras americanas descubiertas.

COLON: En nombre de España, de sus Reyes Católicos y en el mío propio, yo os descubro (ante el asombro de 89 hombres -el 90 se estremecía por nada- se planta de hinojos y besa el suelo).
UNO DE LOS PINZONES: Se parece al Papa (comentario que pasó totalmente desapercibido. Ni siquiera yo lo iba a mencionar).
TODOS LOS INDIOS QUE POR ALLÍ HABÍA: ¡Nos han descubierto! ¡Nos han descubierto!
COLON: Decidme nativos, ¿Cómo se llama esta isla?
INDIO 1: Guanahaní, del archipiélago de las Bahamas.

Una chica que también desembarcó, ligera de ropa y con gafas muy grandes, se precipitó a decir: "Respuesta acertada; a cincuenta pesetas cada una...", pero le taparon la boca rápido.

COLON: Pues desde hoy se llamará El Salvador.
INDIO 1: ¿Por qué?
COLON: Porque soy Colón y os he descubierto.
TODOS LOS INDIOS QUE POR ALLÍ HABÍA (que eran más que antes): ¡Nos han descubierto! (bis).

TELÓN

Poema ubicuo

Me asomé a la ventana
donde estaba yo mismo
mirándome hacia arriba.

Voyelles

Voyelles

A noir, E blanc, I rouge, U vert, O bleu: voyelles,
Je dirai quelque jour vos naissances latentes:
A, noir corset velu des mouches éclatantes
Qui bombinent autour des puanteurs cruelles,

Golfes d’ombre; E, candeur des vapeurs et des tentes,
Lances des glaciers fiers, rois blancs, frissons d’ombelles;
I, pourpres, sang craché, rire des lèvres belles
Dans la colère ou les ivresses pénitentes;

U, cycles, vibrements divins des mers virides,
Paix des pâtis semés d’animaux, paix des rides
Que l’alchimie imprime aux grands fronts studieux;

O, suprême Clairon plein des strideurs étranges,
Silence traversés des Mondes et des Anges:
–O l’Oméga, rayon violet de Ses Yeux!–

Ayer encontré a Alicia. A propósito de su nombre le comenté que Cunqueiro, en su Balada de las damas del tiempo pasado, interpretando un bello poema de Rimbaud sobre las vocales, en francés Voyelles (que precede a este texto), comenta que la i es necesaria; todo nombre de mujer ha de tener una i; es una nota de rojo… y pone de ejemplos a Dulcinea, Julieta, Ofelia, Beatriz y, más adelante, Ana Libia Plurabella (nombre inventado por Joyce).

Con acierto, Alicia me hace notar que su nombre tiene doble i, al igual que Bibiana, Cecilia, Agripina o Iris, con lo cual insiste en su hermosura, es una doble nota, un trino carmesí.

Me he tomado la libertad de interpretar el soneto del eternamente joven poeta, tomando como modelo otras traducciones, quizá desmoronando la estructura del soneto, quizá, ¡ay!, castigando la sublime rima francesa.

A negro, E blanco, I rojo, U verde, O azul: vocales,
descubriré algún día su origen misterioso:
A, chaqueta de terciopelo negro, de brillantes moscas
que vuelan entorno a crueles olores,

A golfos de sombra; E, blancura de los vapores y tiendas de campaña,
lanzas de glaciares orgullosos, reyes blancos, umbelas ateridas;
I, púrpura, escupitajo sangrante, risa de bellos labios
penitentes de ira o de borrachera;

U, ciclos, vibraciones divinas de los mares,
paz de hierba salpicada de animales, paz de aspereza
que la alquimia imprime en la frente del estudioso;

O, trompeta sublime de extrañas estridencias,
silencio atravesado por Mundos y por Ángeles:
–¡O la Omega, ese rayo violeta de Sus Ojos!–

Romero Capilla

Romero Capilla

Romero Capilla se llamaba en realidad Liberto Capilla, pues sus padres eran hijos del 68 y decidieron paliar la contundencia de su apellido con algún nombre antagónico fiel a los tiempos y a sus convicciones, pasajeras, por otra parte, si he de decir. Pero Liberto, nunca muy de acuerdo con nombre tan idílico, fue conocido desde temprana edad como Romero pues era el único mozo del pueblo que fuera en peregrinación a Santiago.

Romero Capilla era natural de Almendralejo, provincia de Badajoz, pero muy de niño, tal vez antes de la visita a los Santos Lugares, siguiendo a sus padres, que se dedicaban a la cría y engorde de los gusanos de seda, marchó a Coria del Río, en Sevilla, a orillas del Guadalquivir, donde las moreras abundaban frondosas. A pesar de tener un brazo más corto que el otro, comenzó a trabajar como modelo en una firma de ropa de sport masculina pues, al correr de los años, pasó por ser joven hermoso y recio cual héroe antiguo.

Felipe, el contratista de la marca coriana, que era ligeramente estrábico del ojo derecho, lo descubrió trabajando en el Corte Inglés de Mairena del Aljarafe en la sección de electrodomésticos, trataba de explicarle a una señora de pelo azul y más bajita que la media el funcionamiento de un revolucionario robot de cocina. Fue nada más verlo, con su mirada cruzada, cuando Felipe, que supuestamente entendía de hombres, sin necesidad de ramalazo alguno, le propuso que trabajara paseando ropa sobre pasarela de feria y escaparate al uso.

Romero Capilla, harto de electrodomésticos y de señoras y de explicaciones, como antes lo estuvo de gusanos y capullos, aceptó al punto la primera oferta del modisto dejando a la buena mujer, bajita, pechuda y entrada en carnes además, con el libro de instrucciones en inglés, alemán y japonés, para que se las compusiera ella sola o que interceptara a otro uniformado con más o menos paciencia.

Algunos años destacó Romero como buena percha de andares seductores y la misma mirada soñadora que acostumbraba en los santos lugares. Cualquier puesta embellecía con su delineado palmito, a excepción, lo guardaba como secreto, de la prenda de seda, que se negaba a portar pues le recordaban agusanados tiempos pretéritos, que se debatían entre la nostalgia y el deseo de olvidar.

Más pronto que tarde, como no cabía esperar de otra manera, Romero quiso entrar en el mundo de los top, deseoso de enfrentarse en sana competición a otras beldades masculinas, salir victorioso sin duda (tal era la confianza en sí mismo), medrar en los concursos de belleza, pasar por televisión y… quién sabe (si no fuera por el tradicional cuento de la lechera nadie habría dado un paso en su propio porvenir o en el de los suyos).

Pasó a Sevilla sin dificultad y de nuevo trocó su nombre de Romero a Romeo, soñando con el joven Montesco, paradigma del amor y sobre todo más consecuente con su nuevo destino en las ondas y los altos vuelos.

Así, Romeo Capilla fue avanzando entre pasarela y pasarela, entre concurso y concurso, hasta ser medianamente conocido; primero en la capital andaluza y después en toda la región.

Llegado el momento de representar a su tierra como Mister Andalucía en el concurso nacional, a celebrar en Zaragoza, y convencido de su persona y de su condición de latin lover, vino a visitarlo la conocida señora X, que casualmente formaba parte del jurado en la competición y era un personaje distinguido e influyente donde los hubiera.

La señora X, que ocultamos su nombre para no poner en tela de juicio su honorabilidad, sin irse por las ramas, le propuso mantener relaciones nefandas, mientras jugaban a los “perritos”, dijo literalmente, si quería comerse una rosca en dicha pasarela, si quería continuar en el mercado, si deseaba labrarse definitivamente un nombre…

La señora X, aunque entrada en años (bien entrada en años) aún estaba de buen ver, si no fuera por los estiramientos del rostro, que le hacían parecer como si estuviera continuamente ahogando un bostezo.

Romeo accedió. La carne, por llamarlo de alguna manera, es débil. Era muy tentador ver la puerta abierta delante de las narices y no traspasarla. La fama corría detrás.

Para la señora X, con un rosario de favores a sus espaldas no le era difícil entreabrir esa puerta y dejar los hachones encendidos y alisar la alfombra para su conquista del momento, para su capricho ocasional.

Romeo, cuando se vio en dobles cueros, es decir desnudo y medio cubierto con ropajes sadomaso, a horcajadas sobre la “perrita” babosa, con el pelo recogido en doble fuente, y con una fusta en la mano, restregándole palabras obscenas, se le vino al pronto el apellido eclesial y en un santiamén pasó de Romeo a Romero, y de Romero a Liberto. Y recordó a sus padres, a su pueblo y a los gusanos de seda.

El nuevo, o antiguo, según se mire, Liberto Capilla, de un salto, se puso los pantalones y de un portazo marchó a casa de sus mayores ante los gritos de la madame, pensando que más vale cuidar gusanos que ser uno de ellos por el resto de su vida.

Pienso en mujeres

Pienso en mujeres
que no deben usar nunca gafas de sol.
Sueño mujeres
que no deben perder para nada la risa.
Siento mujeres
que eligen siempre al hombre equivocado.
Cuento mujeres
que derraman su sangre
en la almohada
de su verdugo.

Algunos me hacen daño

(Rescato un poema de hace más de treinta años.)

Algunos me hacen daño
y él también me lastima;
vosotros me dañáis
y hasta tú me incomodas;
quizá nosotros mismos
hagamos daño a Jorge;
pero yo sobre todo
me mortifico de continuo.

Yo con mi orgullo
y mi egoísmo,
yo con mi envidia
y mi ambición,
con mi torpeza.

Con mis descuidos
y mi exigencia.
Con mis caprichos
y mis enfados.

Solo. Conmigo.

Alonso de Collanes

Alonso de Collanes

Alonso de Collanes era un joven imberbe que gastaba sus horas y porvenir como ayudante en una apoteca. Era hombre asaz delicado, enjuto de huesos, de dedos largos y finos, que en realidad sentía la hembra que latía en su interior. O, mejor mirado, era mujer pizpireta, con bozo involuntario, encerrada en cuerpo de hombre.

La hija rubita del farmacéutico, entrada en carnes, bajita y muy graciosa, que se llamaba Alicia, andaba tras el mozo requiriéndole manifiestamente de amores. Pero a Collanes quien realmente le levantaba la libido hasta hervirle el seso era el boticario, recién viudo de mujer enfermiza desde primeros tiempos que, sin embargo, superó la cincuentena con desmesurada palidez y que al final un punto frío que se le puso en el hígado se la llevó sin perder la sonrisa.

El licenciado, como no es de extrañar, no le hacía ni caso al joven discípulo, si bien tan sólo para ordenarle sus deberes de subalterno en el despacho de medicinas. Alonso sufría por tal indiferencia y por las descaradas insinuaciones de la hija de su enamorado.

Entre hierbas y píldoras, jarabes y emplastos, el hombre se iba dando cuenta de las intenciones de su retoño hacia su fiel asistente y sin más decidió prestarle más atención y deferencia. Hasta que un día, tras algunas invitaciones y encerronas, se le declaró. O sea, pidió su mano en nombre de Alicia, la única hija que le pudo dar una mujer más muerta que viva.

Al joven Alonso, que no era tonto, pero que no lo pudo ver venir, por eso de que el amor es corto de vista, se le cayó el alma a los pies, esperando una satisfacción a sus deseos, que, por el contrario, fue un jarro frío de puro inesperado y contratiempo.

No obstante, como son las cosas, o como eran en algún entonces, el adjunto Collanes casó, después de algunos meses, con el fruto alegre del dueño de su corazón.

A pesar del revés inesperado y de la voluntad doblegada, Alonso aprendió a ser un buen marido, atento y cumplidor que, antes del año, ya le había dado un sonrosado nieto a su jefe, el cual le estaba doblemente agradecido por la felicidad de su hija y por los rasgos inconfundibles del bebé, en el que se reflejaba claramente.

Efectivamente, el pequeño, llamado Ángel, tenía, aparte de los pies enormes, un parecido asombroso con la familia de su mujer por parte de padre.

Pasaron los años inexcusablemente, uno detrás de otro, y el aprendiz terminó propietario. Y el farmacólogo titular se retiró, ya algo mayor, a disfrutar de su nieto, que le había comprado una bicicleta, un tren eléctrico, una pelota de reglamento y un balancín con cascabeles que había colocado en el patio y se llenaba de mariposas cuando el niño se columpiaba.

Alonso comenzó a dejarse el pelo largo, amanerar sus movimientos y frecuentar en la noche lugares prohibidos de compraventa de amor entre iguales. Se hizo con un ayudante que terminó sacándole un sobresueldo por pecado nefando. Y, antes de que naciera su segundo hijo, con las maletas repletas de ropas de ella, abandonó a su familia, su trabajo y su condición de hombre.

Hay quien dice que se fue a México, con el nombre de Aldonza Collanes; otros que se afincó en un pueblo de Galicia como mujer completa, dedicada al bovino. Nunca abandonó su apellido ni una foto con su hijo, su mujer, Alicia, y con el padre de ésta que desde otro mundo le sonreía.

* farmacia-antigua-barrio-del-once-buenos-aires.

Bustos

Bustos

A mi madre le debo ese nervio sensible que recorre la espina y estremece mi cuerpo ante la obra exclusiva; esa vena que impulsa crear sin pretensiones; y el placer de lo bello (aunque más de clausura sea la savia que populosa).

Le debo, sin poder evitarlo, esa bondad rayana en la tontuna de “vale más quedarse en el camino que pasarte de listillo”, de que en el mundo impera la buena voluntad y los agravios son sin intención. Hacer bien sin mirar a quién. Confiar, aunque la faca le brille entre los dientes y hurgue nuestros bolsillos.

Le debo un estilo evidente, la elegancia siempre discreta, el callado paseo, la contemplación del ala del aire.

También heredo, me debo confesar, la física torpeza del que tiene altas miras; el escollo siempre encontrado, alma en el juicio del misterio; el roto a borbotones; la risa de uno mismo.

Agradezco el ingenio fácil, que más que en hacedores nos devuelve instrumento. Esa intuición sin juicio que cortar, hermanada con la verdad o muy próxima a ella.

La voluntad firme y un fiel empeño. La palabra por encima de todo aún sin testimonio. El cumplido preciso y el reconocimiento permanente. El sentimiento abierto y elevado de la amistad en contra de la sangre noble.

La trascendencia de lo breve en un mundo que todo es cosmos. El infinito en un botón. La eternidad en un momento. Vivir en el ahora. El pasado pasó y el futuro no existe.

La grandeza de saberse invisible. El lathe biòsas (vive oculto), que aconseja Epicuro, aunque no conociera al maestro de Samos. La búsqueda sublime sin dilación, llegando a Baudelaire. Y la belleza de los clásicos.

Habitar, incluso a sabiendas que no se sabe. Ser admitido por necesidad y recorrer todos los álbumes. Sembrar sin conocer si la cosecha llegará.

Mi madre me enseñó un vivir machadianamente bueno.

* “La habitación” [vacía] de Van Gogh.