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Poesía/Cuento/Teatro

Llovido del cielo

Llovido del cielo

El queso del pobre no se descorteza, se raspa (Seguir de pobres, Ignacio Aldecoa)

Faltaba aún bastante para que llegara la primavera y, aunque podía calentar el sol del mediodía en esa ciudad sureña, hacia los extremos del día el frío imponía su hierro. Sin todavía haber bebido nada de alcohol, fuera el que fuera, ni haber quemado petardo alguno, Lucas se desprendió del sobretodo, descubriendo su delgadez, más acentuada por su gran altura, y se remangó por encima de los codos, sabiendo de antemano que las mangas, por su holgura, retornarían pronto a las muñecas. Con gesto despectivo arrojó la pelliza aborregada al suelo en el mismo lugar donde se encontraba y dejó escapar una exclamación de hartura, más salida del alma que de los labios, denunciando un calor subjetivo, incomprensible a aquellas horas mañaneras.

Ya, sin abrigo y con las mangas resbalosas, cruzó la avenida junto con su acompañante. Cualquiera hubiera pensado que su representación fue un acto de bravuconería, dedicado a impresionar al joven neófito que remedaba sus pasos, pero para sí no era más que un impulso momentáneo, una necesidad visceral sin importancia, un tácito sentimiento bohemio: nada tengo, nada quiero. A Lucas, como buen hijo de la calle, nunca le preocupó tener. Nada poseía; tampoco él pertenecía a nadie ni estaba supeditado a nada. Cuanto menos poseía, menos se arriesgaba a perder. Era libre. Se sentía libre.

En el mismo instante que los protagonistas de este pequeño suceso doblaron la esquina entre aspavientos y quejas postreras, el ajado pedigüeño de la esquina, desinflado de pura hambre, se levantó sin prisas, con la colilla del cigarro apagada en la comisura, miró a ambos lados con ojos entornados y parsimonioso caminó hacia el abrigo forrado de vellón, se lo puso y volvió a la esquina abandonada, extendió la mano por instinto y sonrió satisfecho de su regalo divino.

Algunas letras comprometidas

Mis composiciones flamencas tienen más que ver con el amor, y el desamor (como extensión del mismo), que con otras cuestiones. Pero, de cuando en vez, se me derraman de las mientes algunas letrillas de contenido social:

Ando sembrando, sembrando,
con la espalda doloría;
la cosecha para cuándo.

Nunca me alzó la bandera
que levantara una espada
siempre he tenido de enseña
la bandera blanca.

Salta a la calle,
yo soy testigo,
levanta el puño
como te digo.

Siempre sufren los de abajo
o por mucho trabajar
o porque están sin trabajo.

Y, para terminar, un fandanguito dedicado a la patria chica:

Granada, aunque yo le cante
es una tierra de envidia,
cuando levantas el guante
te lo cortan con insidia
para ponerse delante.

El dragón y la princesa

El dragón y la princesa

Era el príncipe más bello del mundo conocido y, si me apuran, también del desconocido. Sus grandes ojos azul cielo hacían que la luna se ruborizarse y los blondos tirabuzones de su cabellera no tenían nada que envidiar los dedos dorados del astro rey. El dragón de este cuento, pues no lo he dicho pero esto es un cuento, exigía con ahínco, por la fuerza si fuese necesario, el pago de la doncella más hermosa que conociera el tiempo de uno a otro confín. Nuestro príncipe arrojado no lo dudó ni un momento y, vistiendo de dama, con alheña y colorete en las mejillas, se presentó voluntario para dar satisfacción a los anhelos estomacales, y quién sabe si también libidinosos, del enorme reptil, puede que alado. Y, ¡vive Dios!, que resultó ser la joven más exquisita y deseable de aquellos lugares y de los demás por añadido. Su mismo padre incluso se prendó de ella sin adivinar que era él, o sea, el fruto de su semilla. Y si su padre no dudaba en rozar pecado incestuoso, no digamos el escamado que deshollinó sus fauces para llegada la ocasión expulsar alegre llamarada con límpida fumarola a su fin, aromada de jazmín o hierbabuena al uso. El príncipe que pasaba por princesa se acercó al acicalado dragón con daga en la liga, con cacofonía y todo. Pero no alcanzó a sacarla pues el bicho la envolvió con su cola escamada no más sentir su presencia y la encerró en alta torre sin puerta ni acceso, tan sólo una balconada en su cresta para observar a la beldad llorando mientras hacía primores o para acercarle alimento que no comía más que un pajarito enjaulado para cantar. Llegaría su oportunidad, pensaba el bello príncipe, de usar la daga contra su captor al tiempo que, con un golpe de efecto inesperado, desembarazarse de su disfraz de sumisa damisela que el dragón custodiaba. Pero no tardó sin embargo que un apuesto y joven príncipe de blanca montura y lanza en ristre, mirada triste y plateada armadura, con rima y todo, se presentase ante el avieso animal que, al verlo tan dispuesto, quiso darle el pasaporte con todo el honor al que un caballero puede aspirar de sentirse un sanjorge. El monstruo sin embargo no las tenía todas consigo, pues la primera bocanada incandescente que lanzó con gran tino, todo hay que decirlo, le fue devuelta al chocar con el escudo espejado del paladín causándole en plenas fauces un desperfecto irreparable, al menos de momento. Abierta la boca de asombro del monstruo, le fue atravesada por la pica larga del caballero hasta la empuñadura con blanco corcel a la carrera, con que fue derribada la bestia justo en el apoyo de la misma torre, sirviendo de escala improvisa del joven que se izó al ventanuco donde la falsa doncella pedía auxilio con la boca chica. Cuando las manos de la prisionera terminaron de aupar al valiente salvador confesándole a los postres que era varón embozado, el guerrero despojándose de la celada y dándole libertad plena a sus luengas trenzas firmó armisticio perdurable juntando sus labios con los de él pues en un juego de suplantaciones andaban envueltos. Y, colorado colorín… las perdices y todo eso.

Fábula del mundo alargado

Fábula del mundo alargado

Hace mucho tiempo, demasiado tiempo, antes del ordenador, cuando yo escribía cuadernos personales, que encuaderné una serie de textos, de pensamientos, bajo el nombre genérico de ¡S.O.S.! (1983).

Entre sus páginas se hallaba esta Fábula del mundo alargado (que creo que ya lo publiqué en otra ocasión):

¿Quién no ha visto un perro con el rabo entre las patas; o a un gato encogido, con el pelo erizado y las uñas afiladas y amenazadoras, desenfundadas hasta el límite?

¿Quién no sabe que el avestruz oculta su cabeza bajo tierra cuando tiene miedo; o que el mandril camina detrás de la manada de elefantes para protegerse de los leones?

¿Quién no se ha enterado de que el delfín y la ballena (y quién sabe si también las anchoas del Cantábrico) optan por suicidarse antes que morir lentamente en unas aguas contaminadas o en las redes de pescadores egoístas que, por otra parte, exterminan su hábitat y su alimento; o que el panda devora a sus crías para evitarles pasar hambre y necesidades en una selva cada vez más mermada, en un mundo que amenaza con borrar de la faz de la tierra su corta existencia?

¿Quién no ha sentido el temor de una madre por la ventura de sus hijos adivinando un futuro incierto; o la rabia de un niño que soporta las risotadas de otros niños por diferencias étnicas, físicas o intelectuales; o la impotencia de un hombre encadenado, un hombre privado de sus actos, de su palabra, de su pensamiento, determinado por una sociedad cruel, por “jefes” abusadores o por unas leyes incomprensibles, que ni él ha dictado ni está de acuerdo con ellas?

¿Quién no ha sentido alguna vez la impotencia de que decidan por él, de que le “aconsejen”, de que le "comprendan”?

¿Quién no ha dicho varias veces al día: “esto va de mal en peor”, "esto no tiene ni pies ni cabeza”?

¿Y nos hemos preguntado que tiene pies y cabeza?

Veamos: el mundo. La Tierra no tiene ni pies ni cabeza, ni siquiera es redonda. Es una naranja. Es una chata pelota ajada.

Pero no siempre fue así. Hablando un poco en fábula, en fantasía, se podría concebir el mundo era como un isópodo, vulgarmente llamado marranica, cochinilla o bichito bola, que es un bichito negro alargado, pequeño (0.5 a 500mm), con caparazón, que se enrosca para protegerse y que tiene pies (varios) y cabeza.

El mundo, puede ser, que al principio fuera como este crustáceo. Nuestro planeta gozaba de una esbeltez elegante y fructífera. Estaba hecho a la medida de su contenido, estaba maleado como debía.

La felicidad, empero, duró tan sólo unos cuantos millones de años. En cuando apareció el hombre, la especie “elegida”, y más cuando estos seres comenzaron a unirse en manadas y sociedades, para crecer, para multiplicarse, para dominar la tierra y someterla, hasta el extremo de estrujar la naturaleza hasta la última gota de su sabia; la marranica feliz que era el mundo, tuvo miedo y se cerró, se enroscó en sí misma escondiendo su cabeza y sus pies, por siempre jamás.

Desde ese momento todo fue miedo y sumisión; todo fue una inmensa mentira con fecha de caducidad.

21

21

21. La chica morena del autobús llevaba en su camiseta el número veintiuno. Su camiseta era de esas sin mangas ni tirantes que se sujetan dificultosamente sobre el pecho, incluso si se carece de él. Tal era el caso de la chica morena del autobús que me miró al entrar. Su pelo oscuro le caía sobre los hombros, todo lo ordenado que puede caer un pelo suelto. Al subir en el vehiculo público, la chica me miró un momento, quizá segundos o menos. Es la mirada de inercia ante lo que pensamos puede ser una novedad, y que cargamos de indiferencia cuando deducimos que su interés resulta nulo. Fijó sus ojos en mí durante un instante fugaz y los retiró antes de decir amén. Sin embargo, yo sí me fijé en ella, en su pelo moreno perfectamente desordenado sobre los hombros desnudos, en su camiseta negra sin mangas ni tirantes con el número veintiuno impreso en su pecho. La chica a la que miré no era especialmente guapa, aunque sí joven, sin pecho apenas. No me llamó la atención su inocente juventud, ni sus hombros descubiertos, ni su pelo descuidado, sino el número veintiuno que ocupaba gran parte del frontal de su cuerpo. Pensé que por qué ese número y no otro, creo que llegué a pensar por qué ese número y no otro, pues siempre me han llamado la atención esas arbitrariedades. Aunque es posible que no fuera puesto al azar, sino que fuera premeditado, elegido expresamente. Lo digo, porque el veintiuno era el número favorito de un antiguo amor. Desconozco por qué razón había escogido este número o esta cifra (cuando un número es compuesto se podrá llamar cifra, no sé) entre la infinidad de combinaciones numéricas que existen. Quizá sea el número 21 como tal o puede que sea la combinación del dos y el uno, y en ese orden, o la suma de ambos, aunque si es así podría ser simplemente un tres. A ver, el 21 es múltiplo de siete, es decir, tres veces siete, y el siete es un número mágico: los días de la semana, los signos zodiacales... Nunca lo he sabido y nunca se lo pregunté. Así que cuando cumplí veintiuno, me sentí algo privilegiado, especialmente admirado, querido. Pero cuando yo cumplí veintiuno, ella estaba con alguien de dieciocho.

Yo sé que el fondo llama a la caída

Yo sé que el fondo llama a la caída
y que la pierna floja
lleva a un tropiezo tras otro
haciéndome más débil cada paso,
aunque me levante del barro
una vez y otra,
aunque luche con todo el ánimo
para seguir hacia adelante.
Yo sé que el vértigo
es la necesidad de andar seguro,
que la inseguridad
aboca al desconcierto
y que el espejo siempre me devuelve
la mirada más turbia.

A la Luna y a las dos

A la Luna y a las dos

Viajes Valtí falló hace poco el Premio de relatos de viajes Pasapágina. Me presenté con un viaje de ficción, el cual se quedó tiritando entre las estrellas (ni una mención). Lo reproduzco a continuación:

Como siempre llegué tarde a la salida del trasbordador. Como siempre todos me estaban esperando para ese nuevo viaje a la Luna. ¿Cómo no me iban a esperar si yo fui uno de los lunáticos (obsérvese el doble sentido del término) que pagó 74 millones de euros por tal aventura?
La agencia de viajes estaba encantada, pues con tres de estos periplos orbitales tenía salvado económicamente un año entero, sin necesidad de inventarse ofertas gancho para atraer a los clientes, ni siquiera en Navidad.
Era mi quinto viaje interespacial con el mismo destino. ¿Qué tendrá la Luna que nos atrae tanto? Poetas de todos los tiempos le han cantado a la reina de la noche. Luciano de Samosata, Cyrano de Bergerac o Julio Verne ya idearon un viaje fantástico a la Luna en sus escritos, donde describían con detalle a los selenitas, y, posteriormente, ha sido motivo o excusa de multitud de filmes. Por otra parte, influye en la fecundación/reproducción, en las cosechas y en las mareas. Etcétera.
Para mí, constituye mi vida. Desde que fui por primera vez, en la primavera de 2021, he necesitado volver, volver, volver, como en la canción. La Tierra se ve como una bola azul, como un astro que tirita en paz, que se pone y se oculta, como normalmente hace el satélite desde casa. Nunca he visto un eclipse de Tierra.
Antes de cada uno de estos desplazamientos es necesario pasar unos meses de entrenamiento tanto físico como psicológico. Te prueban el traje para que te habitúes a él y almuerzas comida concentrada en forma de pastillas. Es asombroso, tragar una píldora es como haberse comido un pollo en salsa, deshuesado y sin piel, masticar una galleta supone ingerir no sé cuántas calorías de fruta y verdura.
Otras veces entras en una cabina, que es como un tío vivo extraordinario, que alcanza una velocidad de vértigo, como la máquina de fisión nuclear, que las primeras veces echas todas las pastillas y galletas con sus colores y sabores correspondientes y, cuando se te pasa el mareo, tienes gana de comerte una sopita bien caliente o un bocadillo de atún encebollado en su defecto.
Pero lo más alucinante es la descompresión. Entras en la sala con todo el equipo, respirando por un tubo, y empiezan a sacar el aire, como si fuera un castigo de la mafia, y cada vez sientes que pesas menos, sin necesidad de dietas milagro, hasta que flotas en el aire. Es lo más parecido a volar que conozco.
Después está la falta de gravedad, que es mejor si cabe, pues levitas igualmente pero sin necesidad de escafandra ni de respiración artificial.
A la hora de partir, sin embargo, siempre llego tarde, como digo. Posiblemente a caso hecho, pero involuntario a decir verdad, aunque parezca una contradicción. La cuenta atrás debe empezar por un número bastante elevado para darme tiempo a llegar, prepararme y tomar asiento. “Perdón, señores”, les digo, “Señor capitán, señorita Luisa”, que es la azafata, que alegra el viaje sólo con su presencia y el uniforme que se le pega al cuerpo revelando sus pecados.
Todos me miran con caras largas, aunque nadie se atreve a decir nada. El dinero, el poder y la fama valen para eso. Para callar bocas y crear servidumbre.
“Siéntese y abróchese el cinturón, que vamos a despegar”. “Gracias Luisa, eres un encanto”, le digo mientras me acompaña a mi escaño y me ayuda con los arneses sin abandonar la ensayada sonrisa. Ella sabe que, después del viaje, recibirá una sabrosa propina en forma de sobre cerrado con billetes de alto colorido y una invitación a cenar. Aunque después del primer viaje no me hace el caso deseado.
Luisa trabajaba en una de mis empresas, una inmobiliaria de lujo, que tuve que traspasar cuando la tercera crisis global, allá por el 2016. Ya intimábamos en aquel tiempo sin plantearnos nada en serio. Cuando perdió su empleo, como tantos otros, por reubicación del personal, le propuse formar parte de una tripulación para vuelos espaciales, o especiales, si quieren. Las ausencias eran largas, pero los viajes eran pocos. Cobraría bien y se le daría de alta en la SS, o sea, en la seguridad social (extraña coincidencia). Y, quién sabe, pasado el tiempo quizá formalizáramos nuestra relación.
El anuncio no se hizo esperar y en el primer viaje a la Luna, en el que iba como único pasajero, le declaré las intenciones de casarme con ella. Después de un casto beso, tras la mirada del capitán y el copiloto, sacó del bolso un anillo heredado y custodiado con cariño por si llegaba este momento.
Me emocioné. Vive Dios que me emocioné, aunque me quedara un poco holgado. Juré que nunca me lo quitaría hasta el día de nuestra boda, cuando ella me lo volviera a poner en el corazón de la mano izquierda. Pero fue alunizar, mi primer alunizaje, y el consiguiente paseo espacial que se me cayó el anillo, además en la cara oculta.
Al volver a tierra, Luisa me preguntó por él, que no se casaría hasta que no lo encontrara. Ahora soy yo el cazador cazado, que me veo obligado a embarcarme en todas las expediciones a la Luna, con mi detector de metales, marca X-Terra 5400, para ver si encuentro el dichoso aro dorado que haga realidad mis sueños.

* el premió lo ganó una joven granadina, Mónica Sánchez Moreno, con el cuento Parar el tráfico en Madrid. Lo leeremos con atención.

** imagen de una viñeta de Tintín.

Horror vacui

Horror vacui

No es un mito. No es la primera vez que le pasa. El hombre tiene un papel en blanco frente a sí y una pluma enristrada a la derecha. Un vacío que llega a doler. Un horror vacui que se trasmite desde el folio a la mente o viceversa. Nunca son tan lentos los minutos. El tiempo pesa como si tuviera volumen, la masa de los segundos. El oído del hombre se agudiza. El tráfico en la calle, alguna sirena lejana, conversaciones anónimas, una mosca que aletea insistente en el cristal, un aparato eléctrico en la cocina, tal vez el frigorífico, el goteo continuo aunque pausado de algún grifo, hasta el estallido de sus propios pensamientos resuenan como en sala vacía.

De pronto una idea original comienza a deletrear palabras, a hilvanar frases amontonando párrafos. Y el papel que era blanco acaba por crear un escritor.

Las tentaciones de san Antonio

Hoy, 17 de enero, día de san Antón, recuerdo que no hace mucho acabé un poemario, que necesita algunas revisiones, pues ha viajado a la bandeja de algún poeta amigo y no ha obtenido respuesta. Va sobre la vida de san Antonio Abad, patrón de los animales, centrándome en sus tentaciones desérticas. De esta parte extraigo uno de los poemas que, como todos, es simple, fácil y directo.

Os hablaré del miedo.

La soledad callada,
el silencio escogido,
el desierto sin fondo,
la fiebre ingrata,
son participaciones
de un sólo amor.

El miedo está en el hombre,
el verdadero miedo
es la voluntad que se acaba,
el espíritu que traiciona;
es la vanidad que decrece,
los sueños de grandeza;

es la flaqueza de la mente,
el corazón rendido
y el alma que se muere.

Nuestro miedo es de bronce.

Os hablaré del miedo.

 

La soledad callada,

el silencio escogido,

el desierto sin fondo,

la fiebre ingrata,

son participaciones

de un sólo amor.

 

El miedo está en el hombre,

el verdadero miedo

es la voluntad que se acaba,

el espíritu que traiciona;

es la vanidad que decrece

los sueños de grandeza;

 

es la flaqueza de la mente,

el corazón rendido

y el alma que se muere.

 

Nuestro miedo es de bronce.

Como si no hubiera pasado nada

Como si no hubiera pasado nada

Alicia Altozano, sin pretensión alguna, había asistido al concierto de Alexandro Estévez invitada por el mismo pianista que martes y jueves le daba clases de canto. La exquisita actuación donde se imbricaban magistralmente los “Nocturnos” de Mozart, Chopin y Malher no tuvo nada que ver con la presencia de ella en el patio de butacas. Entre flores y varios minutos de respetuosos aplausos con el respetable en pie, Alicia Altozano se sintió orgullosa en su fuero interno de contar con la estima con un concertista de esa categoría que, aunque pequeño y desaliñado en conjunto, en el escenario se crecía con una elegancia y una personalidad inusitadas. A los camerinos no acudió sin embargo. No deseaba incrementar el número de admiradores que se acercaban a participarle sus felicidades y beneplácitos. Más tarde, quizá más tarde, lo vería en la cafetería adyacente al teatro donde, ya relajado y con el frac enfundado sobre el hombro, acudiría a tomarse algunas copas.

Alicia Altozano tuvo que esperar más de una hora a que apareciera el pianista acompañado de dos de sus allegados y su representante. Ella estaba con el amigo que, con manifiesta complicidad, la quiso acompañar al concierto. Iban por la segunda copa y ajenos hablaban de cuestiones mundanas sin trascendencia cuando entraron el pianista y los suyos. Ella, que platicaba frente a la puerta, los vio llegar, pero no dijo nada de momento, prefirió que en su caso Alexandro Estévez se le acercara.

No tardó mucho el pianista en reparar en ella y se le iluminaron los ojos mientras se le aproximaba con un whisky en las manos, con vaso ancho y dos hielos. El acompañante de ella lo saludó en primer término, dándole la enhorabuena, aunque rápidamente se excusó para ir al excusado. (Parece que hubiera estado esperando este momento para satisfacer sus deseos más perentorios.)

Después del aséptico saludo, la chica alabó la sensibilidad y precisión de la manera de tocar del artista, de su hermosa presencia sobre el escenario y de la divina atmósfera que había sabido trasmitir en toda la sala. ¿De verdad te ha gustado?, preguntó retóricamente el concertista necesitado que le regalaran la oreja, sobre todo una joven tan bella como la que tenía delante, en la que había estado pensando toda la noche. Ha sido una gozada, hasta he llorado en algunos momentos, dijo ella, y se te veía tan a gusto. Sí, admitió él, me olvidé de dónde estaba y toqué para mí y, si me creyeras, toqué también para ti. ¡Anda ya!, exclamó ella. De verdad, le confesó, sabía que estabas en el centro de la sexta fila, no advertiste mi mirada continua. Si tenías los ojos cerrados, repuso ella. No siempre, respondió, además tenía que mirar también la partitura. ¿De verdad te fijabas en mí?, preguntó ella halagada. Te tengo en la cabeza desde el día en que nos conocimos, se lanzó al vacío sin libreto alguno. Eres un sol, comentó ella inclinándose para darle un beso en los labios en el momento que el acompañante de ella tornaba del baño.

El pianista hizo el amago de asirle la mano a ella pero, cuando el grupo de dos se convirtió en multitud de tres, desistió de la idea y se alejó momentáneamente ante el reclamo de sus amigos que le proponían volver a llenar las bebidas.

No pasó mucho tiempo cuando Alexandro Estévez volvió al lado de Alicia Altozano declarándole en un aparte su amor desmedido. Ella, satisfecha por conquista tan prestigiosa, dijo que lo quería como amigo, que lo admiraba como artista y que lo respetaba como maestro. Él, confundido, preguntó por qué entonces le había dado un beso en la boca. Ha sido un beso de pura emoción, respondió Alicia Altozano, un beso de amistad y reconocimiento. Ante la mirada baja del compositor añadió que un beso en la cara le hubiera parecido vulgar, escaso, repetido, que su impulso le llevó a manifestar lo especial del momento.

Pero yo te quiero más que a una simple amiga, siguió confiando mientras intentaba repetir el beso y sellar así lo que podía redondear la noche definitivamente. Alicia Altozano retiró los labios y dejó que la besara en la mejilla. Herido en su amor propio, Alexandro Estévez se dio la vuelta y, cogiendo la funda de su traje, se fue sin despedirse de nadie.

Camino de su casa sólo pensaba en el contraste que sentía entre el éxito tan rotundo en su faceta como artista ante el piano y su fracaso tan escandaloso con la mujer de su vida, a la que el jueves por la tarde volvería a dar clases de solfeo como si no hubiera pasado nada.

La ausencia de paz

La ausencia de paz, dicen,
es tan sólo la guerra.
Una fiera que salta
desde cualquier rincón
a las sensibles venas
de la moral del hombre.
Pienso que nadie puede
otorgarse el derecho
de atentar contra el mundo.
Nadie, repito, nadie
puede finalizar
un futuro prestado,
que no nos pertenece.
¡Que mueran tantos niños
a diario en este mundo
mientras negros gorriones
engordan en las plazas!

* De El que come en medio pasa la sal.

La Mariposa de la Paz

La Mariposa de la Paz

Este cuento puede tener perfectamente 28 o 30 años:

Erase una vez en un mundo que muy bien podría ser el nuestro, en un globo muy rugoso y un poco achatado por sus polos, una paloma vieja y cansina, una avecilla blanca y bella pero triste.
   Era una paloma de la paz, era la enseña del amor, el estandarte de la fraternidad entre todos los humanos, entre los niños y mayores, ricos y pobres, blancos y negros.
   Por encima de esos sentimientos el mundo está cada vez más en conflicto, el enfado de los hombres se acrecenta, las columnas que sujetan el universo amenazan con desmoronarse... Ese globo se va desequilibrando dentro de su sistema solar por tantas guerras, tantos misiles de corto, medio y largo alcance (la destrucción es igual), por tanto odio entre hermanos.
   Los jefes del mundo luchan entre sí y tiembla el planeta. Los enfrentamientos cada vez duran más y lloran las estrellas.
   Junto al fuego del hogar, cuenta el abuelo Simón a los nietos de los nietos de sus nietos que la Paloma de la Paz es ya muy mayor, que ya trabajaba cuando vino Jesús al mundo, que surcaba los viento que se ciernen sobre la tierra de punta a punta tornándolos en aires más suaves y agradables.
   Simón, quizás el anciano más viejo de este mundo, mayor incluso que algunas de las montañas que adornan los mapas, recuerda que la Paloma no es ya como antes, con sus alas semidesplumadas difícilmente puede elevar su enmohecido cuerpo, el reuma le impide volar demasiado, el cansancio le hace retardar su misión de amistar a los enemigos, de alegrar a los tristes, de reconciliar a los desenamorados. Ahora cada cuatro o cinco nubes la vieja paloma debe pararse a tomar aliento. Cuando cambia el tiempo lo nota en sus heridas, en los porrazos de antiguos aterrizajes forzosos para imponer la paz y sólo un poco de sentido común entre familias. El abuelo Simón relata que la Paloma de la Paz nació tras el primer odio. Surgió de la sangre inocente del hermano Abel que recibió muerte de manos de la envidia de Caín. Y desde entonces ha evitado muchas muertes y muchas catástrofes, ha aplacado grandes guerras, ha extinguido plagas y ha dado solución para encontrar vacunas contra las epidemias que han aterrorizado a países enteros.
   La Paloma de la Paz llegó a su mayoría de edad en tiempos de Noe. Hizo su debut calmando la ferocidad del trueno y de la lluvia en el Diluvio Universal. Contuvo el aguacero, quitó el tapón de desagüe del mundo para que se tragara la gran turbulencia, lo escurrió y lo tendió un poquito más cerca del sol para que se secase. Llevó al Arca una ramita de olivo diciendo que la paz había triunfado y perdonó al cuervo por ser tan despistado y quedarse a comer aceitunas y carroña en vez de arrancar un brote de olivo e intentar encontrar la cadena del desagüe.
   El invierno pasado casi desfallece de frío, a no ser por la bufanda de cuadros azules y rojos que le regaló Santa Claus.
   Sin embargo, continúa el abuelo Simón, el mundo luce una capa verdecina, el oscuro miedo que ataca a las gentes se tiñe con el tono de la esperanza, porque la Paloma de la Paz tiene un hijo, que ya es casi paloma tan blanca y hermosa como lo fue su padre. Joven y vigoroso, símbolo del amor que no morirá, de la paz que no caerá en el olvido.
   Papa Paloma lo hubo pensado: “algún día estaré viejo y no podré cumplir mi misión en los rincones más alejados. Necesitare un sustituto”.  
 Nuestra Paloma sólo tuvo un hijo pues su tarea es harto complicada y no deja tiempo ni para poner huevos y mucho menos para incubarlos y criar los polluelos.
  El pequeño Palomo, como hemos dicho, creció blanco y hermoso en el tranquilo país de las ramitas de olivo, donde vivió feliz aprendiendo a volar, a planear oteando la vida desde una perspectiva más libre, y, sobre todo, admirando a su padre, al que presentía ya caduco.
   En primavera, creo, domingo, día de descanso hasta para la Paloma de la paz, se encontraban en un pequeño nido los dos pacíficos pájaros. El pequeño escrutaba amapolas, margaritas y otras flores silvestres, después de haber probado unos vuelos rasantes, unos rizos, tirabuzones y no sé cuantas cabriolas más imitando a los feriantes aviones de peripecias. Cuando Papá Paloma se quitó las gafas de mirar de cerca, dejo a un lado el último ejemplar de Colombofolia y vida y mirando a su vástago le dijo: “mira, hijo mío, yo ya soy viejo y estoy cansado. El odio del mundo aumenta día a día y yo no me encuentro con fuerzas para apaciguarlo”.
   “Mis días como trasmisor de la paz están apagándose. Pero esta importante misión es imprescindible que no se pierda. Y he pensado que ya es hora de dejarlo y que me sustituya una paloma joven y fuerte. He pensado que mi predecesor seas tú que eres mi hijo y tienes mis ideales, que eres un ave buena y noble, vuelas como el mejor y distingues el bien y el mal  por encima de todo, como yo te he enseñado. Para eso te has criado”.
   “Pero papá, contesto el Pequeño Paloma, yo no quiero ser paloma, yo quiero ser mariposa”.
   En ese momento una lágrima perdida recorrió la mejilla de la paloma mayor y cayó a las pajitas que entretejen el nido desde su tembloroso pico.
   “Pero si es tu deseo, continuó la joven paloma, y ese es mi destino, seré Paloma de la Paz y lo asumiré con responsabilidad y amor, aunque siempre he admirado los bellos colores de las mariposas simétricamente dispuestos sobre sus delicadas alas y su misión de transmitir delicadamente La Primavera en forma de móviles florecillas que aletean alegría de un lugar a otro”. “Me da pena que tú no seas mi sustituto, alegó la Paloma de la Paz, pero reconozco y admiro tu noble elección, que, como hijo de la paz y la libertad, has pronunciado. No seré yo quien me oponga a tus deseos. Así que piénsalo bien y tus anhelos serán cumplidos”.
   “Ya lo he pensado, padre, pronunció rápidamente el pequeño, y mi decisión desde, que contemplé por primera vez ese alegre revoloteo de color, fue la de ser mariposa”.
   En ese momento en torno al hijo de la Paloma de la Paz apareció una tenue nubecilla que, como niebla instantánea o humito de mago ambulante, lo envolvió por entero y ese pájaro sintióse más ligero y feliz, con un fresco manantial de color y movimiento. Y, al desaparecer esa neblina azul, resplandeció con todos los colores del iris una linda crisálida.
   Feliz con su iridiscente pulular, voló entre varias y selectas flores que, como esperando esa vivaracha metamorfosis, se inclinaban para recibir el beso suave del nuevo ser.
   Al rato regresó junto a su adorado padre, que seguía derramando lágrimas, pero ya no de dolor y resignación, sino gotas de dulce rocío de satisfacción al haber hecho lo debido, y le habló así: “gracias padre por haber accedido a mi deseo. Por lo que he ido observando y tú me has enseñado desde que rompí el cascarón, realmente la Paloma de la Paz y el verdadero sentir de amor fluye dentro de los corazones de todos los hombres y no es necesario un símbolo externo para recordarlo, pues si algo no se pierde a través del tiempo y la distancia es un alma deseosa de paz”.
   “Dices bien hijo, finalizó la Paloma de la Paz, no buscaré a nadie que ocupe mi puesto. no moriré jamás, pues volaré más rápido que el viento y como invisible lengua de fuego apareceré en cada riña entre hermanos y quemaré cualquier estallido de odio, daré un suave empellón al alma de cada persona con ansia de pelea y me instalaré en su estómago y con suave voz le trasmitiré una de las palabras más pequeñas y más grandes del mundo, en silencio le diré: paz”.

En gerundio

De Alfonso Salazar, que parece, sólo parece, que se lo ha escrito al propietario de este blog:

Siendo, estando, meriendo,
como, duermo, pretendo,
miro, muero, pariendo,
amo, estanco, me siento.

Calzo, fumando, espero,
beso, me duele, extiendo,
tentando, bebo, niego,
curando, canto, riego.

Midiendo, republico,
atajo, me entretengo,
andando, reivindico.

Amanezco, blasfemo,
vuelo y volando vengo,
anochezco y me encuentro. 

* Tomado del blog de Alfonso.

Te conozco

Te conozco

—Yo te conozco. Tú eres de los típicos que se oponen a todo por costumbre.

No, yo no soy de esos.

Ves lo que te digo.

Soleá (a Morente)

Donde se encuentre mi norte
no tengo quien me lo indique
pues vivo siempre en la noche
desde que se murió Enrique.

Miedos estacionales

Miedos estacionales

Tras la última copa en el último bar, donde intimaron hasta lo indecible, la chica cogió al chico de la mano y lo metió en el lavabo con ella.

Se subió la falda y bajó su braga humedecida.

Él quería tanto como ella, pero antes de desabrocharse los jeans, se vio obligado a decir que estaba limpio. La época requiere esas confesiones.

―Muy bien ―respondió ella con premura.

―Quiero decir que no soy portador ni tengo hongos ni gonorrea ni nada de eso ―continuó aclarando.

―Me da igual ―respondió ella con indiferencia.

―¿No te da miedo el sida? ―disparó él a bocajarro.

―No ―zanjó la chica―, me da miedo el miedo.

Estabas solo

Pongamos que estás harto
de continuar viviendo;
pongamos que la vida
no te ha tratado
todo lo bien que deseabas.
Pongamos que pretendes
acabar de una vez.
Te asomas al abismo
o te acercas al tren
o preparas la soga
o disuelves cicuta.
Pongamos que decides
no morir solo,
compartir esta suerte.
Pongamos entonces que estallas
en un supermercado;
pongamos que matas a veinte
con ideales, con familia.
Pongamos que revuelves
la tumba que te encierra
y que el descanso no es eterno
y que te piden cuentas
y que alegas que estabas solo.

* Del trabajo inédito (e inacabado): El que come en medio pasa la sal.

El caballo de Dios

Por Cunqueiro aprendí,
entre todas las cosas,
que a los fantasmas
se les debe hablar en latín,
que en el cruce de los caminos
se reúnen las brujas,
que a Dios se le conoce
porque monta un caballo
que tiene los ojos cerrados.

Malagueña

Usa distinto jarabe,
aunque de ti digan mal,
tú no digas mal de nadie,
procura no ser igual
que después todo se sabe.

El portero kafkiano

El portero kafkiano

Para la Feria del Libro pasado en mi ciudad de Granada, con motivo de un partido de futbito que organizamos la Asociación del Diente de Oro entre poetas y narradores, editamos un librito plural en forma de cartón y papel reciclado, como venimos acostumbrando, con el título Letras a Panenka para la ocasión.

En dicho cuaderno aparecían los textos y poemas de algunos miembros de la Asociación, algunos jugadores en dichos equipos. Casi todo el contenido son poemas relativos al mundo del fútbol y algunos cuentos breves. Yo, aporté el mío, que repensé con ayuda de mi hijo ("porque tú no tienes mucha idea de fútbol, papá"), que ahora les cuento:

Entre los cuatro metros que separan los postes de la portería de aquel estadio, atento se halla el guardameta del equipo visitante. En pleno centro y concentrado, se enmarca el individuo con la red de fondo. Sus rodillas flexionadas y los guantes de mayor. Con su pantalón corto y su camiseta remangada controla con siete ojos el posible avance de los delanteros del conjunto adverso o la llegada del cuero pentagonal.

Han pasado muchos minutos sin presencia de balón o de alharaca alguna. Pero, cómo moverse de su puesto cuando el descuido es la ocasión más peregrina para soportar un golazo. Cómo decir en la noche que se apaguen las luces que lo ofuscan si la penumbra deseada también ocultará al esférico que rueda presto al cuadrilátero.

De esta forma el cancerbero vigila la puerta de un infierno que puede estar vacante por ausencia de jugadores ajenos.