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Si Granada tuviera voz

Si Granada tuviera voz

La sensación de haber visto un gran concierto es la que quedó a la salida del Palacio de Congresos el pasado viernes, cuando Marina Heredia presentó su último disco. Se identifica tanto con él que le ha puesto su propio nombre, “Marina”. Es un disco de madurez, como ya dije. Un disco de madurez tanto fisiológica como artística que se desprende de los dedos. Una vez que se ha escuchado el disco, que se ha asistido al recital, se entiende que otro tipo de trabajo no podía haber sido grabado. Son las canciones de Marina, es el repertorio de su vida y de su quehacer creativo. Por eso suena familiar, por eso suena fresco y suena nuevo. Es el sonido de la tierra. Es profético y sincero. Si Granada tuviera voz sería la de Marina Heredia.

Una función bien estructurada, con tres partes meridianamente claras, sabiamente diseñadas, vertebran la obra. La redondez en forma de tonás con la que empieza y acaba el espectáculo ofrece una dimensión como de cuento. Una fórmula que ya hemos visto en otros trabajos, que terminan como empiezan, como en “Lluvia” de Eva Yerbabuena.

Un buen armazón musical y el sonido cuidado de Juan Benavides dan consistencia y profesionalidad a toda la noche. Unos intérpretes de lujo: José Quevedo ‘Bolita’ y Luis Mariano a la guitarra; Anabel Ribera, Toñi Nogaredo y Jara Heredia haciendo compás y coros; y Paquito González a la percusión, visten de largo un escenario de primera.

Las tres partes que dividen la velada están identificadas convencionalmente con el cambio de vestuario de la artista. Un entallado vestido blanco de volantes, con sinuosa abertura en la falda, marca una primera parte eminentemente granadina. Después del pregón preliminar con el que nos saluda formalmente, los tangos De los peroles reivindican su tierra y su esencia. Ya he dicho más de una vez que la mejor representante por tangos que tiene Granada es esta cantaora.

En el Cafetín son Fandangos del Albaicín, que comienzan por esa letrilla (“Lejos, muy lejos de España”) de Ángel Ganivet, que también borda la granadina, quizá, para mi gusto, un poco demasiado por arriba que aboca al desequilibrio.

La esplendorosa segunda parte comienza con Luis Mariano a pie de escenario, con su guitarra limpia, canora, sacromontana, brindando una generosa introducción por levante, mientras Marina aparece en escena con pantalón, chaquetilla corta y sombrero cordobés, y se sienta a su lado para ofrecer su jondura y aguardiente haciendo minera y levantica. Una malagueña de buena factura, El Perchel, también está en su sitio. Sus letras son pensadas y escogidas. Una de ellas, ‘Los peces mueran de pena’, de Bernardo de los Lobitos, también entraría en mi selección, es de una sencillez estremecedora.

Pal’ Parrón es la soleá que le dedica a su padre, al cual le debe entre otras cosas el sentimiento de este cante (el mismo que la apasiona en los cantes mineros).

Las seguiriyas Cruz vieja, con la que termina este tácito ecuador, dejan clara la dimensión de la granadina, su florecimiento y trayectoria. Su juicio y su compromiso. En medio del desgarro de esta pieza tuvo lugar el momento de oro de la velada. Con toda naturalidad, Marina se quitó la chaqueta y se destocó, se soltó el pelo cautivo bajo el sombrero y las horquillas y liberó las faldas de su camisa blanca, prietas bajo el pantalón flamenco. Comenzó a desabrocharse la blusa por abajo, rica en botones, y se la anudó en la cintura, con estudiada premeditación. La repensada espontaneidad de esta sensual metamorfosis arrancó sin cortapisas los reconocidos aplausos del respetable.

La pieza instrumental de ‘Bolita’, cercana a Cádiz, introduce la tercera parte, con sus sorpresas anunciadas. Para la esperada bulería No me lo creo, que abre su trabajo discográfico, se apoya en su primer invitado y autor del tema, Parrita, que se cruza y descontrola por momentos, pero al venerado todo se le perdona. Marina, con vestido entallado, palabra de honor, y pañuelo de gasa sobre su brazo izquierdo, de suave guinda (su atuendo menos acertado), secunda al creador mostrándole admiración.

Tanto en la seguiriya como en la bulería con Parrita, la cantaora se arropa de la guitarra de Diego del Morao, siempre preciso, sin una nota fuera de lugar, y un soniquete envidiable. 

Entre Chinos es la bulería jerezana con la que se homenajea al cantaor malagueño José Ruiz Rosa ‘El Chino’. Las alegrías Sed son una composición de Juan Fernández Montoya ‘Farruquito’, quien sale a los postres para ofrecer una pincelada de su arte sin igual. Domina su cuerpo y vence el compás. Sabio, temperamental, innato.

Bambineando no tiene más ciencia de ser un reconocimiento por rumbas merecidísimo al gran Bambino, que precede al final, como ya se ha dicho, por tonás, imprimiéndole esfericidad al conjunto.

Un poquito por fiesta bisea la noche.

3 comentarios

Alberto Granados -

Una excelente crónica, Jorge. Se ve que sientes una profunda admiaración por el cante de esta mujer. A mí me parece una gran cantaora. Le deseo mucho recorrido de éxitos.

volandovengo -

Bien tu resumen Lara. Marina tiene en ti una buena admiradora. De las que hacen falta. Aunque vaya a Barcelona te esperamos aquí en el sur.

Lara Cano -

Un espectáculo muy cuidado:
encorsetado en su estructura,
respetuoso en sus cantes,
sensual en su exposición,
conmovedor en sus encuentros,
no sólo presentes en cuerpo, sino en alma
-ese Parrón, ese Bambino-,
y bello, muy bello,
por ese aire de Granada,
por ese aire: Marina.


Hoy vuelo de nuevo a Barcelona, pero me embriaga Granada, me embriaga Marina. Mientras en su agenda no se encuentre Barcelona, yo vendré de nuevo para el 19 de julio.
A Marina no hay que perdérsela.