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Verano flamenco (1)

No tengo todos los datos ni todas las fechas, pero con lo que os propongo no os vais a aburrir. Tenemos un verano completito. Faltaran algunos festivales locales y algunas fiestas en los barrios, que, normalmente, comienzan en septiembre.
Lanzo el calendario del tirón, sin ninguna nota explicativa, para facilitar su claridad. (Entre paréntesis la hora, si la sé o basado en el calendario de 2008.)
Así, desde mañana mismo, completo el mes de julio. El mes de agosto lo subiré en llegando dichos días.
3, viernes – FESTIVAL. 1º Encuentro Provincial de Peñas Flamencas de Granada en el Auditorio de la Casa de la Cultura de Monachil (22,30)
4, sábado – FESTIVAL de MÚSICA y DANZA. Autorretrato - Compañía María Pagés. Jardines del Generalife (22,30)
5, domingo – FESTIVAL de MÚSICA y DANZA. Marina Heredia. Abadia del Sacromonte (22,30)
8, miércoles: Conferencia: El Sacromonte, corazón flamenco de Granada, por Miguel Ángel González, en Casa Molino Ángel Ganivet (20,30)
11, sábado – FEX. A mi aire - Lucía Guarnido. Teatro Municipal José Tamayo (22,00)
15, miércoles: Museo Cuevas del Sacromonte: Modalidad Cante - Esther Crisol (22,00)
19, domingo - Festival Flamenco de La Malahá
20, lunes - Corral del Carbón. Muestra de baile RAFAEL ESTEVEZ y LA MONETA (20,30)
21, martes - Corral del Carbón. Muestra de baile ANDRES PEÑA y PILAR OGALLA (20,30)
21, martes – Generalife 2009. POEMA DEL CANTE JONDO – Cristina Hoyos (hasta el 29 de agosto) (20,00)
22, miércoles - Corral del Carbón. Muestra de baile AMADOR ROJAS (20,30)
22, miércoles - Museo del Sacromonte: Modalidad Guitarra - José Fernández hijo (22,00)
23, jueves - Corral del Carbón. Muestra de baile OLGA PERICET (20,30)
23, jueves - Velada Flamenca Benalúa de las Villas
25, sábado - Festival Flamenco de Valderubio
28, martes - Corral del Carbón. Grandes voces del flamenco MANOLO OSUNA y Muestra de baile LEONOR LEAL (20,30)
29, miércoles - Corral del Carbón. Guitarras en el Corral MIGUEL ANGEL CORTES y Muestra de baile PATRICIA GUERRERO (20,30)
29, miércoles - Museo Cuevas del Sacromonte: Modalidad Baile - Lucía de Miguel (22,00)
30, jueves - Corral del Carbón. Grandes voces del flamenco NENE DE SANTA FE y Muestra de baile ALBA HEREDIA (20,30)
Espero que coincidamos en alguno de estos eventos.
Mario nuestro que estás en los cielos

58 Festival Internacional de Música y Danza
Homenaje a Mario Maya
No tiene ni que cambiar de apellido. Qué bien le sienta a Juan Andrés mimetizarse en Mario. Su interpretación de la impotencia del gitano en los Cantes de trilla y martinete de Camelamos naquerar (1976), que distinguió a su creador como uno de los más grandes bailaores y coreógrafos que ha dado el flamenco, es sencillamente sensacional. Éxito que redondeó después en su papel del Amargo en solitario o con la dimensión contemporánea de Diego Llori y de Lola Greco, con su hermoso juego de brazos. Distinguimos también, por encima de todo a Rafaela Carrasco, en sus solos de Naranja y oliva y Abandolao, ambos del espectáculo Réquiem para el fin del milenio (1994). Solamente ella habría sido suficiente para colmar nuestros anhelos. Aplaudimos, sin condiciones, la intervención de Manuél Liñán en cada una de sus apariciones, su finura y perfección, concentradas en las Alegrías que tácitamente marcaron el ecuador del espectáculo. Brillante, por otro lado, 3 Sillas de Flamenco libre, con Ángel Atienza, Ramón Martínez y Marco Vargas como protagonistas, y bastantes momentos individuales y grupales fácilmente reconocibles en su cuerpo de baile, compuesto a la sazón, aparte de los citados, por Patricia Guerrero, Pilar Ortega, Manuela Reyes, Miriam Sánchez e Iván Vargas.
Sin embargo, convendrán conmigo los que estuvieron presentes el domingo en el Generalife en el Homenaje a Mario Maya y los aficionados en general, que la mejor ovación se la lleva Mario, allá donde esté, aunque sea sólo en el alma de los que lo conocimos. Esa visión espacial, que lo hacía único, ese movimiento grupal, que lo asemejaba al azul de las olas, ese concepto musical, que atendía al ritmo de su corazón… Es increíble como nos sumerge en la más increíble sincronía para romper de inmediato toda idea simétrica y buscar de nuevo el equilibrio dentro de un concepto escénico donde todo tiene vida, donde el mínimo detalle cobra una especial dimensión, desde el ritmo marcado con un bastón hasta el juego de sombras y luces pasando por el silencio radical, imprescindible en sus propuestas. Sus creaciones y sus pasos colocan sin discusión a Mario Maya en el olimpo de los genios que este país ha dado.
Pero el dorado triunfo del envés, como toda moneda de cambio tiene un revés. Un revés que el propio Mario hubiera dulcificado. Las ausencias de Belén Maya y de Isabel Bayón, por ejemplo, aunque legítimamente justificadas, pasan por ser imperdonables dentro del prestigioso Festival granadino. También se podía haber contado en este espectáculo con algunos nombres necesarios en la agenda del coreógrafo, como pueden ser Anabel Moreno, Silvia Lozano o Raimundo Benítez.
Por qué, podemos preguntarnos, el espectáculo va decayendo en intensidad, exponiendo una segunda parte más lasa que el comienzo, difícilmente remontada con el 1, 2, 3… Fa y los saludos carrasqueños. Por qué se abusa de la música enlatada, del sonido en off, habiendo en el escenario altas figuras (Manuel de Paula, Antonio Campos, Alfredo Tejada y Jesús Corbacho al cante; y Ángel Cortés y Juan Requena a la guitarra) que podrían sin problema haber remedado cualquier disco, dotando a la noche de otro carácter más fresco. Por qué falta, al menos aquí en Granada, alguna pincelada de su espectáculo Ay… jondo. Por qué algún/a bailaor/a por norma iba a destiempo…
Mario, desde su estrella, irá poniendo luz a esta penumbra. Y estará feliz, contento como todos, por volver a Granada, al Festival que atendió su vuelo y al reconocimiento que se le tiene en el mundo del flamenco.
* Juan Andrés Maya, apresado por Alfredo Tejada y Manuel de Paula (© Granada Hoy).
El aplauso más rotundo

Patrimonio flamenco
No es un tópico si decimos que Lucía Guarnido ha cerrado con broche de oro la temporada en La Chumbera. La noche del sábado, el Centro Internacional de Estudios Gitanos puso el fin a un año positivo. Patrimonio Flamenco ha llevado a uno de los escenarios más bonitos del mundo (como dice su presentador) una treintena de espectáculos, apostando sobre todo por gente joven de la tierra, llenando la sala, como media en un noventa por ciento, lo que quiere decir más de 250 espectadores cada velada.
Lucía Guarnido vistió de lujo esta clausura y, con su baile fino y elegante, recogió los aplausos más unánimes y rotundos que haya escuchado en este foro. Con su primera aparición por soleá deja claro ese personal estilo fruto del estudio continuo y el buen entendimiento. Lucía es una bailaora llena de argumentos y de recursos, que deja trascender sin complejos las huellas de veteranos de la talla de Eva Yerbabuena, por ejemplo. Con una depurada técnica, roza la perfección en sus movimientos.
Termina esta primera intervención roneando por tangos y demostrando lo que se debe hacer en cada momento. Su segunda entrega es Verano porteño de Astor Piazzolla, un baile que propuso en el pasado Festival de Tangos, sumergiéndose en los ritmos caribeños que le sientan tan bien. Sin embargo, el sonido pregrabado y una encorsetada coreografía, minimizan la mejor Guarnido y la frescura de su flamenco. De pies moderados y reposando el baile, como debe ser, la bailaora granadina, vestida de otoño, remata la noche con unas bulerías sin objeciones.
Redondea la velada un grupo compacto y coherente que arropa a la artista sin fisuras. Nada menos que Luis Mariano a la guitarra, acompañante habitual de Juan Pinilla y Marina Heredia; Antonio Campos y Juan Ángel Tirado al cante, pareja excepcional en este principio de siglo; y Mati Gómez a las palmas, bailaora y cantaora a la vez, que dio una pataílla por fiesta al final de la función. En los interludios de la danza, sin desperdicio, este cuadro nos brindó un momento profundo con sus tonás, culminadas a dos voces por seguiriyas; y unos abandolaos que comienzan por rondeñas y acaban con Frasquito. Volveremos a ver a esta bailaora, con los mismos músicos, el sábado, 11 de julio, en el Teatro Municipal José Tamayo, enmarcado en la programación del FEX.
* (Foto extraida de su dirección de facebook. Puede que su autor sea Nono Guirado).
Granada se acerca por primera vez al Festival de Cante de las Minas

La peña La Platería sirvió de escenario durante todo el fin de semana para seis de las actuaciones previas del certamen
Por primera vez, en sus 49 años de historia, el Festival Internacional del Cante de las Minas cuenta con Granada para celebrar pruebas selectivas de su afamado concurso murciano.
Durante los días 26 y 27 de junio la peña de La Platería ha servido de escenario para realizar las preliminares del premio más prestigioso del flamenco. Junto a Granada, más de una docena de puntos de nuestra península han albergado a los 127 participantes -20 de ellos procedentes de Granada- inscritos en las tres modalidades.
La Platería, sin embargo, con presencia del alcalde y presidente del concurso de La Unión, Francisco Bernabé Pérez, la Diputada de Cultura, María Asunción Pérez Cotarelo y el presidente de la Peña, Miguel Clavero, es la única sede que ha ocupado dos jornadas en este evento, que ha recogido un total de seis cantaores, uno de ellos el granadino Sergio Gómez ’El Coloraíto’, un guitarrista y tres bailaores.
El concejal de Cultura de La Unión, Julio García Cegarra, ha destacó en la presentación de esta fase del certamen la "importancia histórica" de la participación granadina y aseguró que La Platería será una de las sedes permanentes del concurso.
Los 27 seleccionados se harán públicos a mediados de julio, antes de comenzar las semifinales, ya en territorio unionense, donde optarán a los 100.000 euros en premios que se reparten.
El Festival Internacional del cante de las Minas, que cumple ya 49 ediciones, se celebrará del 5 al 15 de agosto y en él se rendirá homenaje al guitarrista Vicente Amigo, y junto al Concurso de Cante, Guitarra, Baile e Instrumentistas flamencos, actuarán en La Unión Niña Pastori, Rafael Amargo y Arcángel, entre otros.
* Sergio Gómez ’El Colorao’, uno de los participantes en el concurso (© Antonia Ortega).
La cercanía de África

La zambra de Jartum
¿Dónde empieza África y dónde termina? ¿Hasta dónde se extiende su norte? ¿Andalucía forma parte del Magreb? Geográfica y políticamente es una evidencia que no. Pero, ¿espiritual y culturalmente? ¿Y musicalmente? Durante bastante tiempo se experimenta el casamiento de los sonidos flamencos con los sonidos árabes. Desde Lole Montoya al Lebrijano pasando por Ketama, Radio Tarifa o la Orquesta Chekara de Tetuán se ha enriquecido nuestra música con aires africanos. Se han abierto las ventanas a otros vientos y se ha comprendido el paralelismo de ambas músicas. De hecho, algunos temas andalusíes, como seguiriyas, rumbas o farrucas, responden al mismo nombre. De hecho, muy a menudo, la queja se oye igual en una u otra orilla. De hecho, Manuel Torre decía “Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende”.
No digo yo que en el flamenco todo valga. La mayoría, gracias al cielo, no trasciende. El tiempo va filtrando lo exclusivo. Pero, también, va dejando un poso, va impregnando las sensibilidades con esa pátina de regusto esperanzador. Es la primera vez, sin embargo, que el flamenco se asoma tan hondo. Es la primera vez, que yo conozca, que se intenta fusionar el flamenco con la música sudanesa. Juan Pinilla, cantaor todoterreno y Josele de la Rosa, tocaor versátil, se han unido a la agrupación Kambala para ofrecernos una mezcolanza de resultado dispar.
Reía Manolo Sanlúcar exclamando que el flamenco es mestizo por naturaleza. No hay que tenerle miedo a lo desconocido. Algunos momentos del concierto sería para grabarlos como ejemplo de la perfecta comunión. El sonido, en cambio, no estuvo a la altura. Como casi siempre La Chumbera deja mucho que desear en ese aspecto. No hubo estridencias excesivas en un principio, pero sí descompensaciones. Hasta la mitad del concierto no se reajustará. A capela comienzan. La voz melódica de Rasha se solapa con algunas tonás de Juan, que acaban impregnándolos con aires malagueños. Un tema musical llamado “Las mil y una noches”, de influencia egipcia, nos hace ver la calidad de los músicos, el acordeón de Wafir, la guitarra de Josele, la percusión de Otman. Omaima, la danzarina, aparece por primera vez, restando potencialidad al conjunto.
El origen árabe del término flamenco, “Fellah Menga” da nombre a unas bulerías de Cádiz, con dimensiones tribales. Wafir, con el laúd eléctrico, nos convence de su buen casamiento. “Guitar Shog” es un tema afroárabe de tradición medieval, que nos lleva al siguiente tema que se entremezcla con unas peteneras. Pinilla, tomando las riendas, demuestra su valer por levante. Los mejores momentos de la noche empiezan cuando el espíritu morentiano planea en la escena. Pasamos a continuación a Marruecos con un par de temas. Las cracabas, los tambores y el baile de Otman nos trasportan al ceremonial del país vecino. El mejor tema, sin duda, llega otra vez con los tangos de Morente que se imponen en un tema popular argelino. Como fin de fiestas “Habibi”, con tangos del Camino, dedicados a Curro Albayzín, cierran la noche.
Nuestro hombre en la sombra

Presentación del disco “Corral del Carbón” de Antonio Campos
Antonio Campos no es un cantaor que haya ocupado carteles, no es un flamenco de bandera, que se prodiga recitales, ni siquiera ha ganado concursos prestigiosos para tomarlo en cuenta. Sin embargo, Antonio Campos es un cantaor imprescindible para tratar del flamenco en Granada en esta última década. Curtido atrás, este granadino, nacido en Cataluña, ha cantado para algunos de los más prestigiosos bailaores de la actualidad, desde Isabel Bayón a La Moneta, desde Rocío Molina hasta Patricia Guerrero o Javier Barón. Desde hace algún tiempo, ¿dos, tres años?, comienza a sentarse alante para “hartarse de cantar con una sonanta que le haga volar y tener el soniquete por kilos”, según confiesa en su disco. Porque su salto a la boca del escenario ha sido por derecho, se la ha ganado a pulso, como José Valencia o, en otros tiempos, Chano Lobato. A Antonio le acompaña su voz potente y sus facultades, su seriedad y su compás y ese respetuoso estudio del flamenco que define a los buenos aficionados.
En verano de 2007, en los Encuentros Flamencos del Corral del Carbón, Antonio Campos tuvo una gran actuación, que fue grabada para componer un trabajo discográfico. En aquel entonces, en estas mismas páginas de Granada Hoy, definí la noche “de compás y entrega, de complicidad y de admiración”. Rodeado tan sólo de Dani Méndez, “uno de los guitarristas más creativos y sensibles de la nueva hornada del flamenco”, y Carlos Grilo y Luis Cantarote a las palmas, “una pareja de lujo, que lleva el compás jerezano en las venas”, nos brindaron una velada auténtica.
Ahora, para la presentación del cedé, que lleva el título de “Corral del Carbón”, que fue su cuna, se repite la actuación en el teatro Isidoro Márquez de Caja GRANADA, con algunas sorpresas. Refuerza el compás el gran palmero sevillano Bobote; y, para la soleá, descansa la guitarra del de Morón, y se hace acompañar de dos sensibilidades: al piano Pablo Suárez y José Luis López con el violonchelo. Es la única concesión a la vanguardia, al flamenco más esquinado. Aparte de esto, su tratamiento es de lo más ortodoxo.
El orden sigue el mismo esquema del primer recital, y por ende de la grabación. Comienza con un romance por bulerías, que es el que le da nombre al disco. Continúa con las malagueñas “Juanillo el Loco”, donde se acordó de ‘El Mellizo’, y se abandolaron con verdiales lucentinos y fandangos del Albaicín. Por Cádiz también fue tradicional, sin embargo su tratamiento tiene ese toque especial del cante de interior. Las soleares aludidas más arriba, aunque siguen el paralelismo de la grabación, no la calca. Además de ilustrarla con instrumentos sinfónicos, la termina con la soleá apolá, al estilo de Triana. “Santiago y Santa Ana” son las seguiriyas, que popularizó Manuel Torre, que dan paso a “¡Que ya está aquí!”, las bulerías finales, donde él mismo Campos, junto con ‘El Pulga’, firman la autoría de la letra. Como bis, un poquito por tangos, vindican su origen granadino.
Palabras de libertad

VIII Concurso Nacional de Flamenco en las Prisiones
Se cierra el círculo. Enrique Morente decía por tangos “…yo canto para que se me vayan las fatiguitas y las penas”. Los orígenes del flamenco están emparentados al día a día de las capas más necesitadas de los andaluces, sus quejas y vindicaciones. Eran gritos de queja, pidiendo justicia y libertad. Los primeros cantes se asocian al trabajo y al campo, pero también a los castigos y a la prisión, de ahí las carceleras. Ayer se celebró la final de guitarra y de cante del VIII Concurso Nacional de Flamenco en las Prisiones en el Centro Penitenciario de Albolote. Una actividad asociada a las cárceles andaluzas desde hace veinte años. A esta edición del concurso se han presentado, entre todas las modalidades, cerca de cien personas, de las cuales llegaron a la final cinco cantaores y tres guitarristas, todos de nuestra Comunidad Autónoma. Entre los miembros del jurado podemos destacar a los cantaores Segundo Falcón y Juan Pinilla o a Miguel Clavero, Presidente de la Peña de La Platería.
En el escenario colgaban cuatro enormes abanicos de papel pintados gentilmente por el “Niño de las Pinturas”. El teatro de la cárcel estaba lleno, casi todo de reclusos que, para ellos, es además una fiesta. El sonido no era el deseado. Como guitarrista oficial del concurso figuraba Ramón del Paso, limpio y comedido. El ganador en el apartado de cante, proveniente de la Lancha de Cenes, fue Martín Povedano ‘El Curro’ que cautivó por levante y malagueñas, y remató con abandolaos de Frasquito. En guitarra se alzó con el triunfo Serafín Villena, también de Granada, interpretando una rondeña de Paco de Lucía y unos tangos.
El resto de cantaores, con un nivel más que notable, fueron María Josefa Gómez Santiago, natural de Málaga, que hizo tientos-tangos y un par de fandangos; Ramón Durán ‘El Extremeño’, desde Córdoba, que, con una estética y un repertorio “chocolatero”, ofreció un par de tarantos y seguiriyas; Oscar Medina Capitán, de Málaga, destacó por levante y bulerías acamaronadas; por último, Manuel Romero nos dejó seguiriyas y soleá. Los otros dos guitarristas que participaron fueron Juan Carmona López, emparentado con los Habichuela, rondeña y soleares; y Juan Moreno Fernández, de Almería, que hizo taranto y soleá.
La edad de bronce

Flamenco viene del Sur
En nuestro paladar empieza todo reza el manual, cuyo texto insinúa más que aclara. Si acaso, recomienda no tener prejuicios, desnudar el alma y dejarse llevar por las sensaciones, por la estética, por el sonido, por el equilibrio. Porque “El cielo de tu boca” es una obra tan enigmática como sugerente que Andrés Marín presenta en Granada después de su estreno en la pasada Bienal. Una fórmula ascética nos guía, o termina de confundirnos, desde el programa de mano. Es la Contemplación, la Acción, la Ebriedad y la Disolución. Son cuatro partes emparentadas y nada definidas para entrar en la cosmovisión de Andrés y su equipo.
En el escenario gravitan campanas de todo tipo, que Llorenç Barber, el campanero polifónico, va sonando de una manera ancestral, mostrando quizá que su sonido plateado entronca con la raíz del flamenco. El baile de Andrés Marín es sobrio, quebrado y minimalista. Se sumerge en la estética de Israel Galván. Un estilo, al que Belén Maya dio en llamar Flamenco Empírico, que también persiguen Rocío Molina, Amador Rojas, Nani Paños y tantos otros.
Las alegrías son reconocibles y agradecidas. Retazos de la Escuela Sevillana delatan al bailaor. Será el único braceo palomar de la noche. Por lo demás, hierático desde la cintura, mientras con los pies lanza un diálogo lleno de sentido y compás. La propuesta, arriesgada como pocas, se derrumbaría sin embargo si no contara con una buena base flamenca (la abstracción y la vanguardia deben partir del conocimiento) y un armazón musical de peso. Un paréntesis en las cantiñas, sorprende al bailaor cantando una malagueña, de Fosforito el Viejo, por derecho.
Las campanas siguen acompañándonos con su eco broncíneo. Segundo Falcón, Enrique Soto y José Valencia, al cante, tienen asumido el juego, enseñan sus cartas y suben la apuesta con algunas comicidades, tipo Antón pirulero” o Niños de San Ildefonso. Antonio Coronel, con su batería y su caja, da la contrarréplica al badajo. Las bamberas se convierten en otro de los momentos amables, antes de que el vídeo radiografíe al bailaor, que aparecerá con cencerros a la espalda abordando unos cantes camperos.
La farruca se destila y contemplamos su esencia. Salvador Gutiérrez, con su guitarra transportada durante todo el espectáculo, hace alarde musical en esta pieza. Nuevos metales dan paso a un par de tonás, que introducen las seguiriyas. Es un momento simbólico, en el que Andrés baila alrededor de una peonza. Un paso a dos entre humano y objeto que nos puede recordar al movimiento de los astros. La salmodia polifónica también acompaña toda la obra dotándola de una espiritualidad obsesiva. Las luces parpadean al compás del bronce y las campanillas toman tanto protagonismo como la “Campana Gorda”, ¿don Antonio Chacón?, que baja para ilustrar el último pase del bailaor (badajo versus badajo).
Termina la función por bulerías, quizá lo más tópico de la propuesta, quizá lo único sensato para la cuadratura de los aficionados.
* FOTO: Flamenco-world.com © (para no advertirlo).
Cuando se convoca al duende

No se necesitan lugares de renombre ni momentos excepcionales para estar a gusto; no se necesitan grandes escenarios ni un público numeroso para convocar el duende. Sólo hace falta un cantaor con facultades, un guitarrista inspirado y el silencio admirado de alguien que escuche. El viernes, Luis Heredia ‘El Polaco’, visitó ‘Solera y Caña’ de Maracena, una peña tan pequeña como auténtica. Su formalidad y compromiso hacen de ella un enclave necesario en una posible ruta flamenca.
La promesa de que tocaría Paco Cortés fue un reclamo, pero, al oír al malagueño José Antonio Chaparro sustituyéndole, no lo echamos de menos. Su manera de tocar la guitarra, firme, con clase y gitana, no sé por qué, parecía emparejar mejor con la entrega de ‘El Polaco’, que, sin menospreciar a nadie, el maestro granadino. Luis Heredia hizo dos partes bien diferenciadas en las que expuso todo su saber. Con grandes facultades y recursos y con una voz poderosísima fue hilvanando los cantes de manera ascendente. La primera parte la ocupó con un puñado de cantes básicos, que abordó por derecho.
Por una especial interpretación, brindó a la peña una soleá y una caña. La caña, su primera entrega, fue rematada con un polo y unas letras de Juan de Loxa. La potencia del cantaor era evidente y su entrega agradecida. Un par de malagueñas, donde se convocó a ‘El Canario’, y otros tantos abandolaos por Frasquito, continuaron el recital; para pasar a levante y a la soleá esperada. Esta primera tanda la culmina con granaína y media.
La segunda parte, sin descansos para no enfriar, fueron cantes rítmicos, en los que demostró su versatilidad y largura. Para ellos llamó a las tablas a la bailaora Isa Vega y a su alumna Mari Carmen Gómez para hacerle compás y a Rafa Vega con su cajón efectista. Comenzó con un romance por fiesta incluido en su disco “Constancia”. Sigue calentando el ambiente con tangos, que se asoman al Camino. Las alegrías no dejan duda de sus inicios como cantaor de atrás. Un respiro viene en forma de fandangos. El primero sentado ante el micro, el segundo, valiente, a boca de escenario. Termina la fiesta por bulerías, en las que bailan las palmeras. Especialmente, para Isa vega, introduce aires de Utrera francamente agradecidos.
* Carátula del segundo disco de Luis Heredia ’El Polaco’.
Soy un cantaor ‘apayao’

'El Polaco' canta esta noche en la Peña de Maracena
Luis Heredia ‘El Polaco’, uno de los referentes del flamenco clásico granadino, actuará esta noche en la peña ‘Solera y Caña’ de Maracena, acompañado por la guitarra exclusiva de Paco Cortés. Afincado en Sevilla desde hace ocho años, donde asegura que el flamenco es más fácil, aparece puntualmente en su ciudad natal para brindarnos su buen hacer de gitano todo terreno. Con su voz laína y poderosa, con sus cualidades canoras y su compás indiscutible, ‘El Polaco’ se ha convertido en ese corredor de fondo imprescindible para comprender la evolución del flamenco en Granada.
Aprovechando su paso por la ciudad, a la que le guarda las distancias, aprovechamos para hacerle unas preguntas.
- Siendo un artista granadino, desde hace bastante tiempo no te prodigas por nuestra tierra.
- Llevo ocho años fuera de Granada, viviendo en Dos Hermanas, en Sevilla. Aquí el trabajo está mucho mejor, hay más oportunidades. Y la gente, al mismo tiempo. Varía mucho el trato.
- Este último año, sin embargo, es la tercera o cuarta vez que vienes.
- Sí. Estuve en La Parra y en La Platería , las dos peñas más importantes que hay en Granada. Y ahora voy a ‘Solera y Caña’ de Maracena. Me acompañará Paco Cortés a la guitarra.
- Los aficionados no se han olvidado de ti. ¿Cómo han acogido tu regreso?
Granada siempre me ha tenido una admiración especial. Yo no me quejo. Porque Granada es, como yo digo, una tierra flojita para lo que es el arte. Y sobre todo para los nuestros, para los flamencos. Porque hay una especie de rechazo al artista local. Las instituciones y las entidades que organizan algo en Granada, incluso los aficionados, valoran más a cualquier artista que venga de fuera que los de dentro. Yo tengo ya experiencia, porque tengo cierta edad, y conozco cada provincia andaluza y sé que Granada es muy estricta a la hora de reconocer al artista granadino. Ya no sólo en el flamenco, es en todo. A nivel cultural y deportivo, Granada no se vuelca como otras provincias.
- Eso ha cambiado sensiblemente. En estos últimos tiempos hay una hornada de artistas jóvenes a los que se les cuida y triunfan tanto aquí, en su tierra, como fuera. Por ejemplo, Marina Heredia, Juan Pinilla, Fuensanta ‘La Moneta’, Patricia Guerrero…
- Perdóname, pero esos artistas terminan haciéndose fuera, porque afuera es donde se les reconoce realmente.
- Te veo resentido con Granada.
- Sí, estoy dolido. Artistas ha habido siempre en Granada, pero no han sabido reconocerlos en nuestra tierra. En distintos tiempos y en distintas etapas, ha habido siempre artistas muy muy buenos. Te digo esto porque la experiencia que yo tengo es esa. Aquí en Sevilla sale cualquier persona joven haciendo un poquito de ruido y enseguida lo apoyan, le dan toda la ayuda posible. Y, si después, en realidad no sabe o no demuestra cualidades, se queda en el camino. Pero de momento ya lo están ayudando. En Granada, sin embargo, lo que hacen es criticarnos. Lo que no puede ser es que un cantaor que lleva tres días cantando se le exija como quien lleva treinta. Cuando yo empecé a hacer mis primeros pinitos, era raro el día que no venía alguien, cualquier personaje de los que se creen entendidos, dando quejas y diciendo que así no se hace. Quizá de los artistas que nos hemos hecho un nombre desde Granada, sólo estamos Marina Heredia y yo.
- Perteneces a una familia numerosa en la que nadie se ha dedicado al flamenco.
- Bueno sí. Hay gente en mi familia que canta. La que está un poquito más puesta es mi sobrina ‘La Nitra’, que es una gran cantaora, pero que no le hacen caso para nada. Por qué. Porque es de Granada. Cuando sale fuera la admiran. Pero está aislada y se ha hecho a ese ritmo de vida que tenemos en nuestra tierra.
- Eres un cantaor todo terreno. Aunque dominas todos los palos y estilos, se te considera un cantaor festero. ¿En qué cantes te encuentras más a gusto?
- Esta pregunta me la han hecho ya más de mil veces. Yo soy un cantaor de ritmo, puesto que mis inicios fueron para bailar. Soy un cantaor eminentemente festero. No he querido nunca innovar. Siempre he hecho las cosas muy ortodoxas. Dentro del compás sigo siendo ortodoxo. Luego me dedico también a hacer cantes que los gitanos habitualmente no hacen. Me he abierto a cualquier tipo de cante. Soy más ‘apayao’ que ‘agitanao’, según los críticos. Mi cante es muy básico. Tengo una voz laína y con buenos registros, lo que me permite hacer todo tipo de cantes.
- Te hemos visto en innumerables festivales, donde, a menudo, has ido como cabeza de cartel. Hoy viernes a cantar en la peña de Maracena. ¿Prefieres los grandes espacios o el pequeño formato de la peña, el teatro o el cuartito?
- Me encuentro más identificado en la peña, donde sacas para afuera lo que tienes. Los festivales se hacen muy cortitos. Buscas los cantes más efectistas, para la mayoría. Y, en una peña se canta con más sentido común. Estás abierto a cualquier cante. El público es más exigente.
- ¿Qué te oiremos interpretar esta noche?
- No tengo nada programado. Como siempre, haré un abanico de cantes básicos y cantes rítmicos. Haré algún cante que no se me ha escuchado por aquí. Y lo que me pida el público.
Los primeros de la fila

Flamenco viene del Sur
De violeta y oro comienza Patricia a bailar por cantiñas. El escenario del teatro Alhambra impone respeto. El ciclo de “Flamenco Viene del Sur” impone respeto. El público expectante, todos flamencos, todos seguidores, todos con lupa, impone respeto. Su propio programa, un ambicioso “Corazón flamenco del Albaycín”, en el que se desea homenajear a la peña de La Platería, en su sesenta aniversario, y al barrio flamenco y moro en general, impone respeto. La bailaora, sin embargo, consciente de todo ello, lleva el baile a su terreno y borda lo que mil veces ha ensayado, con algunos pasos sobresalientes. Consciente de todo ello, se rodea de un cuadro de excepción, en su mayoría gitanos (dato interesante, aunque contingente).Miguel Lavi y Juan Ángel Tirado al cante; Luis Mariano y David Carmona a la guitarra; y Miguel "El Chetenne" a la percusión. Es una noche especial.
Juan Pinilla conoce también el juego y también muestra sus cartas. Apuesta alto, pero no va de farol. Arriesga hasta el límite. Tiene claro su norte, ofreciendo un recital comprometido, poético y melodioso. Hay quien espera a un Pinilla más flamenco, más puro. Pero, yo les digo, que es el Pinilla más honesto y el más coherente con sus ideas, con sus maestros, con la trayectoria del flamenco actual.
Por tonás entra al escenario. La toná chica y la de Tomás Pabón, en donde adapta un texto de Nietszche y un poema propio, con aires de petenera, dedicado a Charico (cantaor de Granada, tristemente fallecido, destinado a la gloria), que dan pie a las seguiriyas al estilo de Cádiz y Los Puertos, para rematar por cabales.
Patricia Guerrero hace su segunda aparición por soleá y bulerías. Vestida de negro cautiva por su profundidad y reflexión. Es una soleá antológica. Aunque quizá le falte un poquito más de seguridad y distensión.
Luis Mariano, con su indiscutible limpieza y perfección, introduce un garrotín con la guitarra. Juan entremezcla letras suyas con canciones populares y textos de José Bergamín, para acabar con tangos de falseta del Sacromonte. Necesario el compás de las hermanas Heredia. De aquí se va a levante, tarantas y cartageneras; hace un guiño a Morente; y termina con abandolaos (rondeña, “Donde habitan las Manolas” y fandangos del Albayzín). Su final en solitario es el tributo en mayúsculas a Granada y el barrio alto. Del “Adiós granada”, pasa a “Las tres morillas”, que musicó Lorca, y a algunos cantes por fiesta de Morente, para acabar, como si se tratara de un himno, con el “¡Anda jaleo!”.
Termina esta especial noche con los dos protagonistas, los primeros de la fila, haciendo guajiras, acompañados de todos los músicos. Es un baile insignia que Patricia domina. Es alegre y seductor. Juan canta a su lado, en pie, y se acuerda de Miguel Hernández y otras letras populares. A su final, se van cogidos del brazo, satisfechos del horizonte que se abre. Es un fin de fiestas redondo, en el que reconocimos la importancia del sonido impecable de Juan Benavides.
* Patricia Guerrero por soleá (© Nono Guirado).
Grandes éxitos de Carmen Linares

60 aniversario de La Platería
Después de haber saboreado en La Chumbera la soleá de Jaime Heredia ‘El Parrón’, aunque por levante no se entendiera con el tocaor; después de haber oído los entrañables cuplés por bulerías de Manuel Heredia y de ver bailar a Yolanda por alegrías y debutar a ‘La Pitita’ por soleá; nos esperaba en La Platería la mejor cantaora de nuestros días. Es arriesgado hacer estas declaraciones tan exclusivas; y menos habiendo tantas voces, tantas flamencas, tantas cantaoras de primera fila. Sin embargo, coincidiendo con un gran número de aficionados, reconozco en Carmen Linares una artista completa, que se ha hecho a sí misma y que ha abierto camino, ha creado escuela. Lleva una trayectoria intachable, domina todos los palos y es una gran aficionada. Por último, sin querer rellenar el artículo con todas las virtudes que se me ocurren, es la más humilde de las artistas que conozco.
Vamos a ver a Carmen Linares para saborear el buen cante, la medida y el equilibrio. Vemos en Carmen Linares la moderación, el compás y el respeto. Pero, sobre todo, queremos escuchar a la cantaora de siempre, su estilo inconfundible, sus formas y melismas, y hasta sus letras, convirtiendo así el recital de Carmen Linares en una muestra popular, en una exposición de grandes éxitos en la que prima la veracidad del momento. Así, con un impecable Paco Cortés a la guitarra, limpio y seguro, clásico y fino, y después de halagar sinceramente a la ciudad de Granada y a la Peña, en la que dio sus primeros pasos, pasó a entonarse por tangos. La Platería ha quitado las mesas y ha colocado bastantes filas de sillas para multiplicar el aforo. Nadie quiere perderse a la señora del cante. Con un silencio sepulcral, aunque todos cantan por dentro sus coplas escuchadas mil veces, en la Capilla Sixtina del cante flamenco nadie se atreve ni a jalear a la linarense. Con las cantiñas de ‘La Mejorana’ continúa su emocionante recital. A esto le seguirán malagueñas y tientos, antes de desembocar en su tierra y cambiar “agua fina por salobre” en su estremecidos tarantos. Fue grande en la soleá como también lo fue en la seguiriya, que comenzó con unos versos de Juan Ramón Jiménez por tonás, llamados Con tu voz, con las que acaba su último disco Raíces y alas, homenaje al poeta de Moguer.
Con una generosa entrega por bulerías termina su actuación, no sin antes agradecer al público y a sus amigos (artistas de Granada) su asistencia y apoyo. Ana María González, su palmera junto a Javier González, remata con otra bulería, mientras Francisco Manuel Díaz, Curro Andrés, Manolete y la misma Carmen le hacen compás. Y todavía queda tiempo para unas milongas de Curro Andrés, animado por la artista.
* En la foto: Carmen Linares y Paco Cortés en Málaga (© Paco Sánchez).
El descubrimiento de la lentitud

Hay Festival
La ausencia de un programa de mano, específico para la función, y una organización mediocre, no se corresponden con el derroche de medios y de personal en esta gran muestra de arte flamenco en el Palacio de Carlos V, uno de los escenarios más bellos del mundo.
Aunque venía anunciado el Ballet Flamenco de Eva Yerbabuena, sabíamos que vendría sola con sus músicos, a brindarnos, como diría Paco Lucía, cositas buenas, que se han destilado de “Lluvia”, su último espectáculo. Fue un ramillete fresco de Yerbabuena, tomado de aquí y de allá, con un importante margen de espontaneidad (aunque fuera programada). Se va asentando en su estilo, como una constante, otra de sus señas de identidad, la cámara lenta, el bailar despacio, eso que han dado en llamar “el paso Matrix”. Se regodea en su propio cuerpo, exprime el baile, no deja fisuras al engaño. Algo que nació por casualidad, en su local de ensayo, ha llegado a ser una particularidad notoria, que apreciamos en las seguiriyas del comienzo y sobre todo en la soleá por bulerías del final. Esa soleá que distingue a la granadina entre las demás, ese palo que se le debería conocer como soleá de Eva o soleá Yerbabuena.
Un tanto por ciento elevado del éxito del espectáculo lo ostenta Paco Jarana con su guitarra, que, si es buen intérprete, es mejor compositor. Como segunda guitarra, Manuel de la Luz, aportaba el equilibrio perfecto a sus creaciones. Los cantaores se fueron presentando entre el patio de butacas cantando por seguiriyas. Pudimos ver a un José Valencia que, a pesar de su entrega, no estuvo muy fino; y a Enrique ‘El Extremeño’, siempre tan preciso, que se dejó influir por el anterior, forzando innecesariamente la voz y, tanto uno como el otro, gritando en demasía. Objeciones que se repitieron en las bulerías que cantaron a continuación. Sin embargo, cada uno en su estilo, Jeromo Segura y Pepe de Pura fueron ejemplos de moderación y buen gusto. También estuvo en su lugar, ajustado y respetuoso, el percusionista Manuel José Muñoz ‘El Pájaro’.
Con bata de cola y mantón blancos con lágrimas malva, Eva hizo su segunda entrega por cantiñas. El dominio de cola embellece este baile tan desenfadado como original (creará escuela). El juego del mantón, sin embargo, que la acompañará al principio y a los postres, es de lo mejorcito que hemos visto últimamente. Eva apura las alegrías y da protagonismo al mirabrás. Las guitarras se acercan a la orilla del escenario y, apoyados por la caja, son grandes por bulerías. Aunque quizás el sonido jugara levemente en su contra. Sería por el viento que soplaba por la megafonía, sería por pegar en exceso el micrófono al instrumento.
Un momento especial, Eva de rojo con motas negras, fueron los tientos-tangos, en los que se acordaron de Morente. El cante se ligaba para hacer más redonda la actuación de la diva. Ella ronea encima de las tablas como si estuviera sola. Marca estilo en ese baile tan de Granada. Un poco de percusión, seguidamente, anuncia la fiesta final. La soleá que llevará nombre propio, comienza con el cante a capela de cada uno de los intérpretes, mientras la guitarra marca un latido, un lamento que se refuerza con percusión. La esencia de Eva se destila en un solo baile. El “paso Matrix” es evidente, voluntario, necesario. Yerbabuena canta con el cuerpo, logrando que saboreemos cada paso, que descubramos la lentitud.
* Festival Flamenco London 2008 (Outumuro ©, cortesía de World Music Institute).
La pureza se llama Aurora Vargas

Flamenco viene del Sur
En el flamenco hay voces imprescindibles. Aurora Vargas es una gran llama de combustión lenta que se mantiene en forma. Sus más de treinta años en el escenario no le han hecho mella, quizá para mejorar. Los ocho meses que llevaba sin cantar, según nos confesó, no le restaron ni un ápice de verdad, de entrega, de buen hacer. La parquedad de su espectáculo, con tan sólo una guitarra y dos palmeros, no hizo más que acentuar esa autenticidad sin ambages, esa franca pureza.
Incomprensiblemente, el público tardó en reaccionar a pesar del empeño de la artista que, desde el primer momento estuvo al cien por cien. Sus alegrías anunciaron su estilo añejo, sus maneras tradicionales. Son los palos de siempre, las letras de siempre, el sentimiento flamenco universal. La guitarra de Diego Amaya, a su lado, es marcadamente clásica, fuerte y delicada a un tiempo, respetuosa con la cantaora. Tanto es así que a veces se muestra tan sólo referencial. Da el tono y poco más. A medida. En los palmeros se junta la esencia. Triana y Jerez. Rafa Junquera y ‘El Eléctrico’ prolongan la fiesta que Aurora propone. La jondura y el desgarro vienen en forma de soleá, que después serán tientos y tangos canasteros, descubriendo la eminencia festera de la sevillana.
Su cercanía y el dominio de la escena, le llevan a cantar un poquito por seguiriyas, “como me enseñó mi madre”. Su altura sin condiciones ya está demostrada. Los asistentes en un puño, contienen la respiración, con los ojos muy abiertos vitorean el pellizco y el grave sentimiento. Unos cuantos fandangos templan a la cantaora para la apoteosis final, que llega en forma de bulerías.
Aquí sí hay que quitarse el sombrero y reconocer a una de las grandes. Aquí vemos el flamenco de raíz, a una gitana que ha nacido para la fiesta. Ha colocado el micrófono en la boca del escenario y se ha abierto espacio para bailar. No se limita a una pataílla, sino que acompaña su cante con su baile, o su baile con su voz. Porque también descubre su vocación de bailaora. Con arte y compás. Un baile muy sentido y muy gitano, salvaje. Tanto que en su mitad tiene que frenarse y tomar aire y beber agua, para continuar. El teatro está volcado. Las tablas se quedan pequeñas. Las luces no siguen el ritmo animal de una Aurora que vemos en penumbra.
El fin de fiestas está a punto de ser más largo que el propio concierto. Tres o cuatro veces hicieron mutis los músicos para volver a salir con más brío, si cabe, con la emoción desbordada. Y fueron bulerías, como mandan los cánones, que bailaron los palmeros y se volvió a desbocar la cantaora, recorriendo la escena de parte a parte, acercándose a las primeras filas a más no poder. Y fueron martinetes y apuntes por seguiriyas y más bulerías trianeras, que definitivamente impusieron su reinado.
* Aurora Vargas (© PacoSánchez).
La madurez de Patricia Guerrero

Cuando se cumplen 60 años de la peña más antigua del mundo, La Platería afina su lápiz y ofrece unos conciertos exclusivos. Siempre se ha distinguido este rincón flamenco por su calidad, pero, cuando se trata de celebrar un año tan señalado, ahora sábado tras sábado se programa espectáculos escogidos. Así podremos ver, en este mismo escenario, la sabiduría de Carmen Linares, el temple de Juan Pinilla o el sentido homenaje al maestro Mario Maya por parte de algunos de sus aventajados alumnos granadinos.
Dentro de esta muestra de calidad, pudimos ver con satisfacción a la bailaora Patricia Guerrero. El sábado pasado, después de una temporada de formación en tierras sevillanas, Patricia mostró su buena evolución, el estado actual de una artista que va adquiriendo una óptima madurez. Dominando las tablas y más consciente de su cuerpo que nunca, nos entrega para el final de la primera parte unas bamberas rematadas por bulerías, un cante agradable que la granadina malea a voluntad. No es muy asiduo ver a esta bailaora abordar los derivados de la soleá, pero sus resultados son más que notables.
En la segunda parte, más suelta y segura que al principio, Patricia nos hace gozar por levante, que acaba roneando por tangos, que son del Camino en su final. Un sabor especial aporta esta albaicinera a las mineras y los tarantos. Aire que la distingue. Pero su actuación habría quedado diluida si el cuadro que le acompaña no fuera de excepción. En primer lugar, hay que destacar la figura del joven guitarrista David Carmona, que con su finura, limpieza y buen gusto, vuelve dorado todo lo que toca. El recital, precisamente, lo abre una soleá de este tocaor, que, a sus 22 años, camina ya por el olimpo de los grandes.
Quizá por el buen hacer de este reymidas, los cantaores estuvieron a la altura. Manuel Heredia, con sus particularidades, se lució hilvanando unas bulerías impregnadas de Manuel Molina y Fernanda de Utrera. Juan Ángel Tirado fue grande en los martinetes y verdaderamente estremecedor en las seguiriyas que le siguieron. Esta noche, flamenca y gitana, acabó con un poquito de improvisadas bulerías. Algunos flamencos allí presentes subieron a las tablas para hacer compás. Macarena y Mari Carmen Guerrero, madre de la artista, dieron sendas pataíllas.
* Patricia Guerrero, foto de archivo (© Nono Guirado).
Nueve ganadores

I Concurso de Jóvenes Flamencos. Final
La suerte es caprichosa. En el año Darwin en que estamos aúno mis comentarios a la actual tendencia de los neodarwinistas. Para estos, no siempre sobreviven los más aptos, como dictaba su padre evolutivo. Otro factor indispensable se adjuntaba en el origen de las especies. Este elemento era la suerte. No basta con ser el mejor depredador o el mejor corredor para huir de su verdugo, sino que tenías que tener ese granito de fortuna para hallar comida, por ejemplo, o no partirte una pata o no quedar atrapado en el barro o no quedar inutilizado por puro viejo. No quiero decir con esto que los premios son una lotería. Ni mucho menos. Nada más allá de mi intención. A lo que me refiero es a que las cartas se reparten y son bastantes los elementos que entran en juego.
El primer ítem a tener en cuenta, quizás el más importante, es el momento, la muestra específica del día de la actuación. Cuestiones como el estado de ánimo, la entereza física, la sensibilidad del instante, el sonido, la concentración, el poder de trasmitir… Todo eso influye en un jurado que pretende ser objetivo, que no evalúa una trayectoria, sino exclusivamente ese momento. Los analistas ven las cartas boca arriba y señalan la más alta.
Influye también la preparación, el ambiente, el público, el cuadro que nos rodea, en su caso… hay tantas cosas. Pero los premios así son. El tiempo, sin embargo, es el único juez válido. Pasados unos años, el tiempo da la razón a un artista, a un jurado, a un momento.
Así, dejándonos de más preámbulos, destacaremos en un principio el buen nivel de los participantes en la final del Primer Concurso de Jóvenes Flamencos, organizado por la Diputación en la provincia de Granada, dentro de su “Universo Flamenco”, que se realizó en Cullar Vega. No es un tópico decir que el concurso estuvo muy reñido, sobre todo en la modalidad de cante y guitarra.
En baile, por unanimidad, el premio recayó en Lucía de Miguel. No sólo por su actuación equilibrada y coherente, sino por su proyección artística. Sus competidores fueron Almudena Romero y Andrés Jiménez. En guitarra, como ya hemos dicho, el galardón estuvo más ajustado. José Fernández, con un toque limpio y muy flamenco destacó entre Josele de la Rosa y el jovencísimo José Luis Campos. En el cante, el resultado más difícil y discutido, el reconocimiento fue para la más veterana, Esther Crisol, con vidalita y tangos. Cualquiera de los dos finalistas que quedaron fuera podrían igualmente ser los vencedores. Iván Vílchez ‘El Centenillo’ destacó sobre todo con sus tangos. Ana Mochón, la más joven y sin duda la más aplaudida de la noche, entregó sin fisuras unas granaínas y unas seguiriyas para el recuerdo.
El futuro flamenco en Granada, con jóvenes como estos, y los que han pasado por las semifinales, y los que no se han presentado por los motivos que sea, está asegurado.
* Esther Crisol, foto de archivo (© Nono Guirado).
Un pasito más

5º Festival Flamenco Joven de Huétor Tájar
Con el escaso presupuesto que se desprende de un tiempo de crisis, pero con buena voluntad, la localidad de Huétor Tájar ha afrontado su quinto Festival Flamenco Joven con resultados satisfactorios.
La Orquesta Chekara de Tetuán se va abriendo paso entre nuestro mundo flamenco recordándonos que hablamos el mismo lenguaje, aunque desde la otra orilla. Con más de cincuenta años a las espaldas y un luengo currículo de colaboraciones flamencas, esta agrupación hereditaria comparte su arte con un grupo de jóvenes flamencos con los que recientemente ha grabado un disco. Su propuesta, en cualquier caso, en un pueblo de tradición ortodoxa, tardó en enganchar. Fue necesario el fraseo tan gustoso por tangos extremeños, con guiños morentianos, del cantaor sevillano Vicente Gelo para empezar a convencer de las bondades de esta fusión.
El sonido, sin embargo, no estaba bien. Una continua chicharra afeaba su labor. Para la farruca interviene la bailaora Lidia Valle, verdadero elemento catalizador de este mestizaje. La guajira, con momentos de garrotín, se alarga alternando ambas lenguas. Sin embargo, la soleá por bulerías vuelve a recuperar un ritmo que nuevamente rellena de color Lidia con sus buenas maneras. No obstante, echamos de menos a Mari Ángeles Gabaldón y su dulzura, como acompañante habitual del grupo. Como también notamos el cambio del guitarrista Raúl Cantizano por Javier Gómez, sin desmerecer a éste último.
Su penúltimo tema fueron unos cantes abandolaos que interpreta, como artista invitado, Juan Pinilla, hijo predilecto de esta localidad del Poniente granadino. Y, para finalizar, unas seguiriyas dulcificadas hacen que se luzca nuevamente la bailaora sevillana con vestido rojo de cola.
Su habitual fin de fiestas con “La Tarara”, por problemas de tiempo, brilló por su ausencia.
La segunda parte fue un éxito anunciado. Silvia lozano, también hueteña, nunca había participado en este festival. La bailaora entró por la puerta de la justicia y salió por la puerta grande. Rodeada de un cuadro especialmente inspirado, su baile fue delicado y rotundo. Unas bulerías de guitarra y compás presentaron con letras mayúsculas al tocaor Alfredo Mesa. Si el sonido afectó a la Orquesta Chekara, para estos nuevos músicos constituyó un problema grave, precisamente por abusar de los graves. La guitarra sonaba ronca pero la caja, siempre tan ajustada de 'El Cheyenne', era un bombo molesto.
Apuntando farrucas se desperezó Silvia para demostrar en levante que somos testigos de su mejor momento. Lozano, una corredora de fondo, se ha puesto en un lugar de privilegio marcando una línea madura, lo que en flamenco quiere decir un baile personal. Uno de los momentos cumbres de la noche lo protagonizaron Sergio Gómez y Juan Ángel Tirado cantando por martinetes. Unas tonás redondas y llenas de queja que el público supo agradecer. La generosa entrada de percusión de Miguel ‘El Cheyenne’ por seguiriyas, a la que seguidamente se le añadieron el resto de los músicos, dieron pie a Silvia para reafirmar su poderío.
* Silvia Lozano, en la foto (extraída de su blog)
Qué tienes que hacer el jueves

Desde el 22 de enero hasta 23 de julio, la peña flamenca de La Platería viene programando unos recitales de flamenco abiertos al público en general. Mientras las actividades del sábado están generalmente restringidas a los socios, por razones evidentes de número y espacio, un día a la semana, los jueves, se abren las puertas de este carmen albaicinero para dar cabida a todo el que lo desee.
Los objetivos de estos encuentros, aparte de difundir el flamenco, son de contenido eminentemente joven, aunque sin restricciones. Los actuantes en este ciclo abierto son jóvenes en su mayoría, que empiezan y buscan un escenario y un público dignos.
Los asistentes que acuden a estos conciertos suelen ser también jóvenes estudiantes o turistas en nuestra ciudad que desean acercarse a este arte nuestro, con meridiana calidad.
Esta iniciativa viene teniendo lugar desde hace seis años con una gran aceptación por parte de los artistas y una buena respuesta del público asistente, que ha visto pasar por el escenario de la primera peña de flamenco a lo más granado de nuestro flamenco incipiente.
Este año han pisado las tablas de La Platería, Carlos Zárate, Luis de Córdoba, Eva Manzano, Judith Ramos, Raúl Molina ‘Mikey’ o Sara Heredia.
Para los próximos jueves están programados Javier Martos, Judith Cabrera, Josele de la Rosa, Hermanos La Luz, Pilar Fajardo, Almudena Romero o Kiki Corpas.
La recaudación de la taquilla, que en realidad es un tique de consumición, sirve para pagar a los músicos y a los técnicos.
Por otra parte, el Viernes, 24 de abril, se inaugura la IX Edición del Curso de Flamenco de La Platería bajo el título de “El flamenco ¿un arte libre?”. Un curso de gran prestigio que se impartirá, con conferencias ilustradas, todos los martes y viernes bajo la dirección de Antonio Luis Gallegos y Miguel Clavero, Presidente de la peña, y con José Delgado, Miguel Ángel González o Juan Pinilla como ponentes.
* Programa del curso en http://www.laplateria.org.es/curso_09.pdf
La segunda mejilla de Mario Maya

Como un hijo no querido, Mario Maya siempre vuelve a Granada. La ciudad es mala madre, que se refleja en un mundo clásico, donde todo son intrigas, envidias y protagonismos.
¡Que ninguno de mis hijos me haga sombra! ¡Que ninguno me levante la voz!
"Yo soy de Granada", dicen en cambio sus retoños.
Mario Maya nació en Córdoba casi por accidente. Granada fue su recreo, su ensayo, su amante, su vida. La bandera verde y roja ondeaba en sus creaciones.
Fue huraño, lo sabemos. Fue elitista, lo sabemos. Inconformista, indecoroso a veces. Exclusivo, explosivo. Sincero, agudo, conflictivo...
En Granada y para Granada nacieron sus grandes proyectos, que le consagraron en el mundo entero como el mejor creador flamenco, junto a Antonio Gades.
En La Chumbera tuvo una academia que aspiraba a más. Un proyecto Ícaro, que, de tanto elevarse, se le fundieron las alas, le cortaron las alas.
Fue como un destierro. Anatemizado pero con la cabeza alta y Granada en la boca. Fue la primera mejilla.
Ahora, después de su fallecimiento, los suyos cogen el testigo y su proyecto efervescente. Crean la Fundación Mario Maya. Vuelven a La Chumbera con ilusión. El Ayuntamiento (Juan García Montero) le da esperanzas.
La idea crece. El Centro de Estudios Flamencos toma forma sobre el papel y las instituciones. La superestructura ya está en marcha.
Pero, el Ayuntamiento (Juan García Montero) se echa para atrás y donde digo digo, digo diego. Razones hay, pero no nos importan.
Mario puso su segunda mejilla y se la abofetearon. El Ayuntamiento (Juan García Montero) ha vuelto a asesinar a Lorca.
* Foto Manuel Mateo ©.
Flamenco de Pascua
El flamenco no descansa. Tras las obligadas saetas de estos días pasados, el Club Eshavira, siguiendo su programación, el domingo, Domingo de Ramos, ofreció un poquito de raíz. Desde hacía tiempo estaba anunciado para este fin de semana el baile de Toñi Heredia y su grupo, pero, por problemas personales, fue sustituida por otra familia del Sacromonte que, sin escarbar mucho, resulta que son la misma familia.
A la guitarra Rafalín Habichuela, con precisión y timidez creativa, impone su presencia. Precisamente, un solo de guitarra por tarantos comienza a caldear la sala. Un local ya caliente por la abundancia de público arracimado frente al pequeño escenario. Seguidamente, José Antonio Carmona se sienta en la caja e Irene Gómez frente al micrófono comienza a entonarse por Huelva. Benjamín Santiago ‘El Moreno’ salta a las tablas para bailar alegrías. Tiene mérito enhebrar los pasos en un estrado tan pequeño. El bailaor se ve obligado a reducir sus movimientos a un metro cuadrado. Con todo y con eso, los pellizquitos salen, los desplantes quedan y el aplauso está asegurado. Con estos aires de Cádiz termina la primera parte.
La gente teme moverse para no perder su poquito de espacio. No obstante podemos hablar con los músicos. Nos dicen que es algo casi improvisado (se nota), que el domingo anterior estuvieron en este mismo club por derecho propio y aseguran estuvo mucho mejor (espero). La segunda parte dio paso a la fiesta sin concesiones. Los tangos camaronianos inundan el ambiente. Pero ni Irene es Camarón ni Rafael es Paco de Lucía. Sin embargo son resultones y los asistentes cantan por lo bajini, corean “Como el agua”. Para terminar, una soleá por bulerías remata una noche más de escaparate que de trastienda. El Moreno hace lo que puede, metiéndose al personal, casi todo foráneo, en el bolsillo. Para ayudar con el compás y los jaleos, suben a escena Raúl Gómez y Sergio Coloraíto, allí presentes. Como bis, ante la insistencia del respetable, se alargan un poquito más estas bulerías. El recital por entero, fue dedicado a Pepe Habichuela, que estuvo en primera fila desde un principio.
El tito Chano

Porque nos llamaba a todos “sobrino”, era conocido como el “tito Chano”. Con la muerte de Juan Ramírez Sarabia, Chano Lobato, se cierra todo un capítulo de la historia del flamenco. Con él termina la tradición gaditana de los “embusteros”. Chano, tildaba de embustero a El Beni de Cádiz o a Pericón, sabiéndose hecho con el mismo molde. En sus últimos años hablaba más que cantaba en el escenario. Lo que en realidad enriquecía su cante y su presencia. Contaba mil y una anécdotas impagables propias o de sus coetáneos en la ciudad de la Bahía. Hablaba de Aurelio y de El Chaquetas y de Chocolate y de La Perla, como si los tuviera delante. Y era grande en sus chascarrillos, y era grande en sus cantares, y era más grande aún en su vida como persona.
Cultivado en el cante atrás, Chano era puro compás. Fue el mejor en su estilo. Nadie le hacía sombra en las alegrías, bulerías, tangos o tanguillos. Creó escuela.
Antonio Murciano decía de él, que era capaz de meter al viento de levante por bulerías. De ahí su capacidad y su ritmo. A veces ni se le entendían las letras llevado por el soniquete de la fiesta.
Acompañó durante algún tiempo a Farruco y después a Matilde Coral con los que recorrió medio mundo antes de dar el salto en los años setenta para cantar alante. Con Matilde fue pareja espiritual. Juntos aparecían en programas y entrevistas, recordando esos años de hambre y de cuartito, para cantar para los señores por cuatro perras.
Chano era un payo rubio sin edad. Llevaba cumpliendo 80 años desde hacía ocho. Con 82 años ha ido a cantar al cielo o a relatarles aquello del “candil finisio encendío” que contaba Beni o lo de la calle que le inauguraron en Cádiz, que sólo sirve para que meen los perros, o uno de sus múltiples viajes a Japón. El último, ya octogenario, según cuenta, viajó solo. Cuando se le preguntaba si no temía perderse, pues el avión hacía escala en Frankfurt, sin perder la sonrisa decía que él se fijó a primera hora en un grupo de japoneses y que, desde Madrid, los fue siguiendo.
Ahora parece que se ha fijado en un grupo de ángeles para seguir cantándonos desde la Gloria.
* Foto de Paco Sánchez ©.
Belén Maya en Montejícar

Le pregunté a Belén Maya qué le había llevado a aceptar ese tipo de invitación. Ella me respondió simplemente que le parecía el proyecto “¡tan bonito!”.
El instituto de Montejícar lleva siete años proyectando una iniciativa interesante para chicos y chicas. Aunque empezó modestamente, como una actividad puntual, hoy por hoy, gobernados sabiamente por el profesor Paco Julio, dedican varios meses a estudiar y profundizar sobre la vida de alguna flamenca.
Por qué flamenca. Porque comenzó inserto en un proyecto más amplio sobre coeducación y el papel relevante de la mujer en la sociedad actual.
Así, año tras año, han convivido con las realidades de La Niña de la Puebla, de Carmen Amaya o de Eva Yerbabuena. Estos dos últimos años, han logrado que la protagonista en cuestión acuda al instituto.
El año pasado, estuvo Marina Heredia. Sintiéndolo mucho no pude ir. Este curso, sin embargo, con Belén Maya, sí estuve presente y me impliqué en lo que pude. (Es difícil no sentirse integrado, pues todo el centro, director incluido, asumen el proyecto como algo propio, como algo genérico de toda la institución.)
Los alumnos han estudiado la vida y la trayectoria de Belén, sus montajes y su manera de bailar. Se han acercado a su vez a la figura de su padre, Mario Maya, y su huella indeleble e imprescindible en el mundo del flamenco. Con esto, han buscado información en Internet, han sacado fotografías de la red y han confeccionado murales con los que han ambientado los pasillos. Esta decoración mural, ha sido completada con parte del trabajo de otros años. (Es interesante ver la evolución en este aspecto.)
En el otro pasillo, en el ala derecha, se muestra una exposición del fotógrafo Miguel Ángel Molina (colaborador de La Opinión) sobre la bailaora en varios momentos de su trayectoria. Miguel Ángel también estuvo presente y, gentilmente, ofició como reportero gráfico de la visita.
En primer lugar, después de un cafelito, recorrimos sendas exposiciones aludidas. Seguidamente salimos al patio para que los estudiantes se hicieran fotos con la bailaora y que les firmara unos autógrafos. Después pasamos al aula de música para presentar oficialmente a Belén y hacerle unas preguntas preparadas por los mismos chicos. Por último, en la sala de profesores, se hicieron otras cuantas fotografías con los docentes. Y nos fuimos.
El resultado directo es evidente: los educandos se han introducido en el mundillo del flamenco; han conocido a una figura del baile de primer orden internacional; y han visto, como en un pueblecito perdido en los montes, rozando a Jaén, es posible que ocurran cosas como esta, con voluntad y buenos deseos.
Varios alumnos del instituto, me consta, tienen el gusanillo del flamenco. Ya cantan o bailan o quieren aprender.
En el pueblo, según me dijo Saray, la Concejala de Cultura, hay dos peñas y una noche de sus fiestas la dedican al cante grande. Prometió, cuando nos despedimos, que seguirían apostando por el flamenco.
Muchos centros de enseñanza, incluso en la capital, podían tomar buena nota y ofertar algo parecido a su alumnado para aprender e implicarse en este arte tan nuestro. Aunque otros colegios, para ser justos, realizan actividades parecidas.
* Belén Maya en el turno de preguntas (Miguel Ángel Molina ©).
Argentina, una cantaora valiente

Flamenco viene del Sur
María López Tristancho, conocida como Argentina, tuvo una velada memorable el pasado lunes en el Teatro Alhambra. Bien arropada por un cuadro de prestigio, a saber, José Quevedo ‘El Bola” y Eugenio Iglesias a la guitarra, Bobote y Torombo haciendo palmas y jaleos y José Carrasco a la percusión, dio un recital profundo y de alta gradación flamenca
Cantaba por primera vez en Granada y quiso rendirle tributo. Su intención no era hacer los cantes asociados a la tierra que le servía de escenario, sino cantar con rigor sus propios temas y dedicárselos a nuestra ciudad. Precisamente llamó a su concierto “Huelva canta a Granada”. Con su voz grave, fresca y talentosa, quiso comenzar y terminar la noche por fandangos, palo en el que destaca sin discusión. Los primeros fueron un recorrido por los fandangos locales de Huelva, desde la costa hacia los montes. Los últimos, una muestra de fandangos naturales y de Alonso, en los que terminó haciendo cantar al público, vindicando así de la intención coral de este cante.
Cuando los tientos fueron tangos, un sonsonete moruno acerco a la cantaora al Camino del Monte. Con la soleá, su tercer tema, sentó su poderío. Esta onubense no es sólo una cantaora del momento, una cara, un producto discográfico que ha surgido tras la estela exitosa de su paisano Arcángel. Argentina tiene voz propia e imaginativa, que se aleja sin ningún complejo de los clones de su tierra, y, ahora, a sus 24 años, expone un decir personal y poderoso. Las malagueñas, que fueron de El Canario y de El Mellizo, estuvieron tan ajustadas que los abandolaos surgieron como una liberación, acordándose de Frasquito. Quizá le falte el quejío necesario que, sin duda, los años se lo van a aportar.
En el ecuador del programa, para cambiar su vestuario por otro menos agraciado, si cabe, sus músicos rellenaron el receso por rumbas, con una generosa introducción a la caja, la única realmente justificada. No es la primera vez que me sobra la percusión en una noche. Por mucho talento que tenga un percusionista, cuando se impone al resto del cuadro, incluida la voz, en un concierto está de más.
La joven cantaora abre la segunda parte con tonás, de pie, a boca de escenario y apoyada en una silla, a la manera de Toronjo. Es un gran momento que aprueba con nota. El sonido, sin embargo no está muy conseguido, le resta brillo y apaga su timbre. Muy suelta y rica se le ve en las cantiñas. Otro de sus palos estrella. Será por la cercanía. Los palmeros hacen una encomiable labor de acompañamiento y compás para agudizar la fiesta, para elevar la temperatura. Son puro nervio y sal. Las bulerías las comienza con “El poeta, el músico y el pintor”, un adelanto de su segundo disco. Termina, como anunciamos en un principio, regresando a su tierra y brindándola a la nuestra. Como bis, fuera de micrófono, nos hace entrega de otro fandango natural.
* Argentina en la foto (Nono Guirado ©).
Perdonadme ortodoxos

Jesús Hernández Quinteto
Estoy con Manolo Sanlúcar en afirmar que el flamenco es mestizo. En esencia, la propia concepción del flamenco es su capacidad para absorber y adaptar todo tipo de corrientes. Aunque, al igual que el flamenco bebe del jazz, del rock, de la bossa, del blues, de la samba o del son, estas músicas por su parte también se dejan impregnar y enriquecer por el flamenco. Son muchos los que lo entienden así, son muchos los que prestan su arte y su sensibilidad para un fin común que se llama creación musical, la música con mayúscula. Debe ser motivo de orgullo que a un músico le llamen “mestizo”. Aunque no todo vale. Hay que distinguir, como me decía Juan de Loxa (poeta flamenco donde los haya) la fusión de la confusión y de la infusión.
El domingo, a altas horas, como siempre, en Eshavira Club tuvo lugar un encuentro de cinco músicos de jazz con las estructuras del flamenco. Flamenco y jazz tienen bastantes puntos de encuentro. Casan bien, entre otras cosas, por la improvisación dentro de una misma base o por el individualismo puntual y consecutivo de un determinado instrumento. Jesús Hernández ha compuesto algunos temas jazzísticos que encierran los compases o melodías del cante grande. Reúne a su Quinteto, avezado y flexible, que captan a la perfección el concepto de la obra y el espíritu del pianista. Y, por primera vez, muestran al público unos temas preñados de bulerías, tangos y seguiriyas, en la primera parte. Para las seguiriyas, más reconocibles que los anteriores, Ana Calí aporta su limpio taconeo. Baila en un metro cuadrado, no por voluntad propia, sino por imposibilidad física.
La segunda parte es más flamenca y sabrosa, si cabe. Una creación por granaínas terminan de convencerme, aunque no tuviera duda alguna. Jesús, con su piano, marca la pauta. Los demás músicos rubrican el mejor momento de la noche. Rubem Dantas con la cuika, un instrumento brasileño de percusión, le aporta una dimensión grandiosa y llena de comicidad. Ana Calí, con un vestido cubista, apunta de tiempo en tiempo su derroche de color. Claramente, a continuación, una colombiana empieza a sonar. David Defries, alternando la trompeta y el fliscorno, aporta el alma de este tema considerado de ida y vuelta. La batería de Moisés Atienzón y el bajo de Paco Peña marcan un compás imprescindible, que se derrama en las codas finales. Para terminar, unas bulerías de ley, también (léase tan bien) bailadas por Ana Calí terminan por dimensionar el flamenco.
* Jesús Hernandez y David Defries en una formación anterior (JOHN CAIN ©).
Una difícil decisión

I Concurso de Jóvenes Flamencos
Habiéndose realizado en enero y febrero la semifinal de guitarra y de baile, respectivamente, del I Concurso de Jóvenes Flamencos de la Diputación de Granada, este sábado pudimos ver la etapa correspondiente a la modalidad de cante en la Peña Flamenca “Morenito de Íllora”, en esta misma localidad. Con este premio, que se enmarca en el proyecto “Granada Universo Flamenco”, la entidad provincial tiene como objetivo primordial promocionar a los jóvenes valores del flamenco granadino.
El primer punto a evaluar de la jornada fue el alto nivel de los cinco semifinalistas, su homogeneidad y su total entrega. Lo que puso las cosas bien difíciles al jurado a la hora de decidir su veredicto, pues sólo tres de los participantes pasarían a la final. Una final interesante y competitiva que tendrá lugar el 25 de abril en Cúllar Vega. A la hora de leer los resultados, Juan Pinilla, que hace de presentador del concurso, tuvo que aclarar la diferencia entre ganar por unanimidad y ganar por mayoría, haciéndose así eco de una resolución asaz ajustada.
La única exigencia del jurado, aparte de entrar en el margen de edad necesario, era que se cantaran dos temas a elegir en el amplio repertorio del flamenco y uno obligatorio autóctono de Granada (o asimilado como tal). No deseo evaluar en esta columna la actuación y el cante de cada uno de los concursantes, pues la decisión está tomada y la justicia escrita. Me limitaré a hacer una relación de lo acontecido y su final desembocadura. Iván Vílchez Pérez ‘El Centenillo”, proveniente del Albaicín, con 21 años, fue el primer concursante en subir al escenario. Josele de la Rosa lo acompañaba a la guitarra. Cantó granaína y media. Después hizo soleá y terminó por cantiñas.
La pequeña del grupo, Ana Mochón, con sólo 14 años, afincada en el Zaidín, levantó al público con sus peteneras, soleares de Cobitos y del Niño de Jun y tangos de Graná. El tocaor oficial del concurso, José María Ortiz, la arropó debidamente. Desde los Ogíjares, Nazaret Marcos, de 15 años, interpretó tangos, seguiriyas y granaínas. Su paisano Ángel Alonso, le daba pie con su guitarra. En cuarto lugar, Álvaro Rodríguez, con 27 años y natural de Órgiva, nos dejó tientos-tangos, seguiriyas y quizá la mejor granaína de la noche. Por último, con 30 años, Esther Crisol, nacida en Granada, con su voz grave y su cante adaptado, comenzó por tonás, granaínas, en las que se acordó de Tía Marina Habichuela, y cantiñas. A estos dos últimos cantaores, les acompañó el guitarrista oficial.
Con gran dificultad, como digo, la sentencia del jurado quedó como sigue. Pasan a la final, no necesariamente en este orden, Ana Mochón, Iván ‘El Centenillo’ y Esther Crisol. En Cúllar los volveremos a ver.
* Ana Mochón en la foto (Nono Guirado ©).
Los pies de Manuela Carrasco

Flamenco viene del Sur
Eva Yerbabuena confiesa que quien le convenció realmente para ser bailaora de flamenco fueron los pies de Manuela Carrasco. Unos pies limpios y precisos. No descansan, pero tan sólo son una parte de la señora del baile, de la “Diosa del baile”, como se la conoce. Su elegancia, sus maneras, su movimiento medido, su pureza, todo en ella es un conjunto de matices que hacen de esta trianera una las bailaoras más en forma de su generación. Algunos bailaores consagrados aportan sólo su nombre y hacen poco. Manuela baila de principio a fin.
Manuela presenta en Granada su espectáculo “Suspiro flamenco”, donde no hay concesiones ni argumento. Un plantel tradicional para el lucimiento del baile. Como decorado, un gran caballete que refleja retratos de la artista que, como en un espejo, le devuelve su imagen. Es un recurso simple, tan narcisista como superfluo.
Unos tangos sirven de presentación de todos los artistas. La música de Joaquín Amador, sin florituras, es una buena propuesta, aunque a veces adolezca de exceso de orquestación. Por tientos aparece Manuela Carrasco, dominadora, segura de sí misma. Algunos desequilibrios en cambio, que le acompañarán el resto de la velada, denuncian su veteranía. Viéndola bailar, nos sobra lo demás. Al segundo bailaor, Rafael de Carmen, le sobra fuerza bruta en la soleá por bulerías que aborda en solitario. Pertenece a esa vieja escuela que pretende dar todas las notas, y aún más, con sus tacones. Es un bailaor puro que arranca la ovación con sus desplantes.
Los fandangos de Huelva, palo que incorpora la bailaora por primera vez en su repertorio, son amables y meditados. Uno de los momentos cumbres de la noche se presenta por alegrías, que baila con garbo Rafael Campallo. Este bailaor sevillano, ganador del “Desplante” en el Festival de las Minas de la Unión en 1996, evoluciona de forma considerable. Siendo su baile masculino, está lleno de redondeces, guiños al respetable y sutiles humoradas que lo hacen sumamente delicado.
Como descanso y preparación para la traca final, los músicos, sin baile, nos brindan unas bulerías con una generosa introducción a la caja. Las voces son de primera y, tanto Juan José Amador, hijo, como Rafael de Utrera, ponen su contrapunto, pero, sobre todo José Antonio Núñez ‘El Pulga’, ofrece una dimensión admirable (siempre me ha gustado este cantaor).
El remate final viene en forma de soleá, que Manuela baila de blanco inmaculado. En este baile se concentra todo el poder hipnótico, la grandeza de sangre de una mujer que empezó a bailar con once años y todavía le queda mucho por decir.
* Foto, Nono Guirado ©.
Marina Heredia, la apoteosis del grito

Flamenco viene del Sur. Almería
Pienso en las razones del viajero y se me ocurren varias respuestas. El sábado, sin embargo, marché para Almería sólo con la intención de escuchar a Marina por tangos. La Junta, a través de la Agencia Andaluza de Flamenco, ha ampliado los conciertos de Flamenco Viene del Sur a la ciudad más oriental de Andalucía. En principio, con sólo tres conciertos. Arcángel, que se pudo ver en el mes de febrero; La Orquesta Chekara de Tetuán y los Jóvenes Flamencos, que actuarán en mayo; y Marina Heredia que ocupó el escenario del teatro Apolo, como ya digo, el pasado fin de semana.
Decir que arrasó es quedarme corto. Almería es una ciudad callada, sin estridencias, pero cuenta con un gran número de aficionados, dos peñas flamencas en la capital y una docena repartida entre los pueblos. Almería no es un pavo real, pero tiene la vistosidad interna de haber criado a grandes figuras del flamenco. Así, un público entendido y exigente, quedó encantado con el buen hacer de la granadina. Y es que la joven Heredia está en un buen momento, tiene la voz hecha, con el aguardiente necesario, la frescura precisa y el desgarro controlado, para destacarse entre las mejores voces femeninas del flamenco actual. Le añadiremos a estas notas, el dominio de sí misma, la naturalidad en el escenario, la gracia y el empaque. Y, sobre todo, la modulación del grito. Marina, como alguno más de su generación, elevan el grito a un panteón exquisito, lleno de sabor, de azúcar, pero también de sal, y de pimienta, y de canela.
A Marina, en un principio, le iba a acompañar a la guitarra Pepe Habichuela, otro ingrediente interesante. Pero, al final, se cayó del cartel a favor de José Quevedo “Bolita” y Luis Mariano, quizá menos carismáticos (por ahora), pero más compenetrados y familiarizados con la cantaora, ya que llevan con ella varios años, bastantes conciertos y la grabación de su último disco. Puede que el concierto perdiera en expectación con este cambio, pero ganó en calor y esfericidad. Otra característica de la puesta en escena, son Anabel y Reyes, que no se limitan al compás y a los jaleos, sino que, en los cantes festeros, hacen unos coros entrañables que popularizan el cante y fortifican su redondez. Desde un primer momento, desde las alegrías que abren la noche, queda clara esta complicidad. En todos los temas, en una letrilla que otra, Marina reivindica Granada y su estampa y sus bondades. Es un nexo que no quiere dejar pasar como fiel embajadora de su tierra. Con Luis Mariano, a solas, aborda la soleá. Una pieza de nota. El flamenco que se precie debe cantar bien por soleares. Marina fue generosa y valiente.
Cambia de guitarrista y, con José Quevedo, hace malagueñas, que abandola con los fandangos que popularizara Frasquito, quizá respirando más de lo debido. Por levante también fue auténtica y respetuosa. Si no recuerdo mal, hizo tarantas, mineras y levantica, con un trasfondo espiritual que recuerda a Juan Pinilla. Las bulerías las empieza con la “Rosa tardía” coreado por sus palmeras, ese gran tema de “La voz del agua”, con letra propia. La anécdota llegó con los fandangos. El “Bola” le dio paso hasta tres veces seguidas. Marina no recordaba las letras y así, con desparpajo, lo dijo al respetable. Tras risas y aplausos, se descalzó y encajó sus tres fandangos amables. Los tangos, como esperaba, fueron un regalo. Las guitarra, perfectas, hilvanaban un soniquete único. Marina, grandiosa, enriqueció el cante de su tierra con los tangos de otros lugares y abrazó a Morente. Termina la velada con la bulería “Illo y Romero”, también de su trabajo discográfico, con letra de José Bergamín. Indispensable en su repertorio, que acompaña con una pataílla. Un bis por pregones, por si a estas alturas no estaba claro su poderío, ponen la guinda final.
* Foto oficial del concierto de la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Almería.
El juego de los recortables

Flamenco viene del Sur
Cada uno por su lado puede llenar el teatro. Juan José Arroyo ‘El Junco’, Pedro Sierra, Juana Salazar ‘La Tobala’ y Ale Romero, cuatro individualidades que se encuentran para hacer lucíamente cositas buenas. A modo de presentación, todos juntos exponen una “Sinopsis flamenca”, que viene a ser un surtido de palos para abrir boca. De las alegrías pasa a la soleá y de ahí a los tangos, para volver a la soleá y acabar por bulerías, haciéndole un guiño a la farruca. Es un catálogo, una pincelada, de lo que viene a continuación. Pedro Sierra, originario de Hospitalet de Llobregat, se queda solo para asombrarnos con “De Granada a Cádiz” a la guitarra. Una virtuosa granaína, limpia, flamenca y coherente. El sevillano Ale Romero se sienta al piano y, sus primeros acordes, esperan a La Tobala para hacernos unas malagueñas y abandolaos algo neutras. Ale se queda para brindarnos una creación pianística, que no siempre sonaba flamenco.
Los que se van, no terminan de irse, sino que principian el tema siguiente, solapando al que llega, abrazando la obra en su conjunto, que, en realidad, no tiene un hilo conductor. Avanza por estímulos, por quereres o querencias, dos términos muy flamencos, que identifican perfectamente estos “Encuentros”. “Cadencioso” es una farruca del álbum aludido de Sierra, que baila con elegancia y extrema dulzura el gaditano. Un “Cante de alboreá”, que concebimos, junto a la granaína, el sentido homenaje a nuestra tierra, sirve como introducción a “Nikelao”. Una bulería que grabó Pedro Sierra en 2005, en su segundo disco en solitario, del mismo nombre. Todos participan de ella. Todos brillan. Pedro Sierra ha adaptado su toque a la ocasión, preñándola en su final con algunos acordes de la alboreá del principio. Los arreglos pianísticos son magistrales.
La Tobala despierta definitivamente en “Dice la sentencia”, una caña, polo y soleá apolá trianera, acompañada por la guitarra del catalán. Su voz flamenca y colorida se impone con los altibajos precisos para pellizcar. Aunque esto no es más que el preámbulo a la magistral soleá, “Soleá de los dos” que canta acompasada con el taconeo, el ritmo preciso, de El Junco con zapatos rojos.
Para terminar, una amplia muestra por alegrías, ponen al espectáculo a punto de ebullición. Pedro Sierra redondea estos aires de Cádiz con su guitarra. Después, todos se vuelcan en las “Alegrías de fantasía” que rematan la noche. Elegante y sabroso, Juan José Arroyo, borda el baile de su tierra.
* Portada de "Nikelao" de Pedro Sierra.
Nuestra cantera indiscutible

XIII Festival Flamenco ASPROGRADES
El Festival Flamenco ASPROGRADES se ha convertido en un escaparate imprescindible para contemplar a nuestros nuevos valores. Viene a ser como un trampolín, la parrilla de salida de los jóvenes flamencos granadinos, a veces jovencísimos, que van a emprender la carrera, larga pero apasionante, en el terreno de lo jondo. Hay altibajos, como es natural, pero sorprende genéricamente el nivel, la buena salud de la que goza la cantera flamenca granadina, que, lo he dicho en bastantes ocasiones, viene a ser posiblemente la mejor de la historia. Además esta extensa cantera goza de unas oportunidades, de un conocimiento y de un respeto que nunca se le ha tenido.
Así, una vez al año, en este populoso Festival se ven caras nuevas o gente de atrás que se anima a ponerse delante o flamencos más experimentados que proponen nuevas fórmulas o agrupaciones reunidas para la ocasión o academias flamencas que desean mostrar sus progresos en un escenario tan maleable como bondadoso. Con todo esto, podemos enunciar varios ítems que son constantes y definen la grandeza de este encuentro. En primer lugar, y por encima de todo, es un Festival benéfico en pro de ASPROGRADES que, como se sabe, es una Asociación de ayuda a las personas con discapacidad intelectual. En segundo lugar, ya ampliamente comentado, su objetivo es el de promocionar a los jóvenes artistas granadinos (no están todos los que son, pero sí son todos los que están). Muy significativo, desprendiéndose de este último objetivo, en tercer lugar, es que todos los actuantes se entregan al cien por cien. A los festivales benéficos se va muchas veces a enriquecer el cartel y tan sólo a cumplir. Otra de sus características es la comunión de todos con todos. Se comparten los guitarristas, los percusionistas y, los que cantan, acompañan a sus compañeros haciendo compás. Se echó de menos, en este sentido, un fin de fiestas con los máximos artistas presentes.
Aún así, resultó un poco largo, entre tanto nombre. Posible pesadez paliada por la animosidad de los dos presentadores, Juan Bedmar y Angélica Carmenate, pertenecientes a la Diputación de Granada, que ayudaron a dinamizar el evento. Un aplauso sincero a esta institución granadina que se ha comprometido con este Festival, ofreciéndole no sólo su apoyo económico, sino también logístico y humano, incluyéndolo dentro de su oferta de “Granada, universo flamenco”.
El Festival estuvo dedicado a la figura de Juan Carmona Habichuela, presente en el acto, quien reconoció el alto nivel de los jóvenes que subieron al escenario. Como guinda final de lujo, su nieto, del mismo nombre, quien cogiera su testigo este verano en el Corral del Carbón, le dedicó unas impecables alegrías
No es momento de destacar a nadie ni de hacer memoria de lo acontecido. En tal caso, este espacio se alargaría quizás innecesariamente. Puedo hacer mención, sin embargo, de algunas sorpresas de un servidor, y en gran medida, me consta, de gran parte de los presentes. La valentía de los primeros cantaores, haciendo petenera, granaína y fandangos naturales; la juventud y el virtuosismo de David Heredia, con once años, a la guitarra, y la pequeña Lucía, al baile, con sólo siete u ocho; Makarena, cantante de copla, acercar su voz y sus buenas maneras al flamenco; Miguel Barroso haciendo el “Pequeño vals vienés” que adaptó Morente de Leonard Cohen para “Omega”… y así, una suma de pequeños momentos que reconstruyeron una noche interesante.
* Josele de la Rosa, uno de los guitarristas que más se prodigó. Foto de archivo (Nono Guirado ©)
Jerez se desborda

Flamenco viene del Sur
Una buena noche, con el flamenco más ortodoxo, es la que tuvimos el lunes pasado. Los artistas de Jerez se han destacado siempre por su compás, por su versatilidad y por su instinto. Tomasa Guerrero ‘La Macanita’ viene a ser un mito viviente, que rellena el escenario con su presencia y con su voz bonita y limpia, llena de matices y de flamencura. Sorprende lo bien que se mantiene. La última vez que la vimos en La Zubia en 2005 no estaba tan en forma, se le notaba más cascada. Aunque, no es lo mismo cantar en un teatro cerrado para trescientas personas que en un recinto ferial para tres mil. El caso es que en el Alhambra bordó sin condiciones. Al baile la acompañaba María del Mar Moreno, otra jerezana para tener en cuenta. María del Mar es una bailaora tradicional que deja un gran margen a la improvisación, destacándose por encima de todo su naturalidad. La fuerza y la elegancia imperan en su baile. El soniquete de las guitarras jerezanas también es único, sobre todo por bulerías, sin olvidar las alegrías o las seguiriyas. Buena muestra de ello nos dejaron Manuel Parrilla y Santiago Moreno. Por último, Luis de la Tota, Gregorio, Chicharro y El Bo, ponen el compás, las palmas y los jaleos, que en esta zona de Cádiz tienen el marchamo, la denominación de obra de arte.
El programa de mano, una vez más, no se ajustaba a la realidad. Un “Romance a Capella”, en forma de martinete, abrió la noche. La Macanita se queja con arte y con jondura. Convierte la tona en bulerías que dan pie a la bailaora a mostrar sus cartas. Se agradece en un programa doble que sendos artistas interactúen y no sean capítulos independientes. Después de una soleá por el cuadro de músicos, vuelve Tomasa con unos tientos tangos tan sabrosos como las malagueñas de Manuel Torre que aborda a continuación. Un ejercicio de feed-back lleva a La Macanita a retomar el romance del comienzo, que sirve de preámbulo a la soleá por bulerías que baila María del Mar con vestido rojo de amplio vuelo, sentando su dominio, su alegría y su pasión. La cantaora ha dejado a sus palmeros afrontar con clase la soleá anterior, mientras ella cambiaba su vestido, complementado con mantón, para llenarse de sal en las alegrías.
“Ahora voy a cantar un poquito por bulerías”. La artista jerezana, sin que nadie dude de su eminencia como cantaora festera, confiesa sus intenciones. La Macanita, ya de por sí grande en el cante, se crece un poco más, si cabe, en este palo eminentemente de su tierra, en el que se levanta, como mandan esas leyes no escritas del flamenco, para acompañarse con un bailecito, en el que Jerez se desborda. Santiago Moreno apunta una seguiriya con su guitarra. María del Mar, con vestido negro y semblante trágico, la contempla. Tomasa Guerrero, con un nuevo atuendo, las hace suyas, llenándolas de tradición y animosidad. Un fin de fiestas por bulerías, como no podía ser de otra manera, acaba de endulzar la noche. Destacó en este baile desinhibido el estilo “robocop” de Luis de la Tota.
Las flamencas se revindican

Patrimonio Flamenco
Con algo de antelación, pero con toda la intensidad, un grupo de flamencas de Granada se ha reunido para celebrar el Día de la Mujer Trabajadora. Cinco mujeres detrás de los micros, más dos bailaoras, apoyadas por algunos músicos, hicieron vibrar la sala de La Chumbera la noche del sábado, poniendo de relieve algo que ya preveíamos, que el flamenco tiene nombre de mujer. Tradicionalmente, las flamencas han estado relegadas a un segundo plano en los escenarios, en las peñas, en los tablaos. A excepción del baile, el flamenco fue cosa de hombres. Incluso, alguna fémina, actuaba como varón para encontrar un espacio o simplemente para abrirse camino. Eso era antes, como ya he dicho. Quizá antes de antes. Ahora la mujer ocupa los escenarios y tiene un papel en el cante de tanta relevancia, o más, que el hombre. Vemos asimismo que surgen guitarristas y percusionistas, todavía pocas, ante las que hay que quitarse el sombrero. Desde un primer momento, desde las primeras voces por martinetes de Rafaela Gómez y de Irene Molina, se pone de manifiesto este espíritu, se revindica a la mujer, ya sea trabajadora, artista o ama de casa.
Después de las tonás que sirvieron para abrir boca, una rumba a tres voces (a Irene y Rafaela se les unió Macarena Fernández), determinó la tónica del concierto. Sería una piña, sería una obra coral donde se superponen hasta cinco voces, cada una con sus matices, con resultados dispares, pero con sonido muy flamenco. A veces lo interesante es la propuesta y la admisión del público antes que la filigrana o la taracea. De esta manera, la rumba vino seguida de temas más o menos flamencos, abordados por todas las cantaoras, al menos en sus estribillos. Desde las alegrías, que bailó Carmen Yolanda Villena, el escenario se llenó con la guitarra todoterreno de Rafael Habichuela.
Emocionantes fueron los fandangos de Huelva, con incursiones de Alonso y otros rincones, donde es habitual compartir este estribillo, incluso por la concurrencia. Igual de efectiva fue la canción “Contigo” de Joaquín Sabina, que sonó aflamencada y guerrillera en estas voces desgarradas. El recital termina con lo que quizá fuera lo mejor de la noche, unas bulerías bailadas por Raquel ‘La Repompa’ con toda la fuerza y la gracia gitana de que es capaz. Unas bulerías en las que destaca el toque versátil y plural de Rafael que, entre medias, se asoma a la guajira y a otras concesiones musicales. Un reconocimiento aparte merecen los percusionistas. Hasta cuatro cajas al unísono (Benjamín Santiago ‘El Moreno’, Miguel ‘El Cheyenne’, Antonio Gómez y Julián Heredia), generosas y bien coordinadas, sonaron en el espectáculo.
* Danza de gitanos bailando el fandango, Rafael Garzón ©.
Las cartas de Niño Josele

Flamenco viene del Sur
Feliz encuentro el de Niño Josele con el mundo del jazz, y más concretamente con la música del pianista Bill Evans, que le llevó en 2006 a grabar un disco antológico llamado “Paz”. Este hecho, no sólo le abrió nuevos caminos de expresión, sino que determinó la manera de tocar y modeló el lenguaje de este guitarrista almeriense, que se precia de haber acompañado a Diego el Cigala, Enrique Morente o Paco de Lucía. Con una tremenda formación clásica, en el flamenco de a pie, y con un sonido limpio y ortodoxo, la apertura de las puertas y ventanas a otras corrientes no puede nunca mancillar, sino enriquecer su obra. Además, por si nos sigue asaltando la duda, Manolo Sanlúcar, en una entrevista reciente, se reía cuando le hablaban de fusión, diciendo que desde que nació el flamenco se entrecruza con todo lo que encuentra a su paso, la misma esencia del flamenco es su mestizaje. Así, los concertistas de guitarra de hoy en día, amplían sus cajas, aumentan el reverb, persiguiendo esos sonidos más universales y abiertos. La guitarra flamenca, a diferencia del baile y, sobre todo, del cante, está en órbita.
Juan José Heredia, Niño Josele, nos sorprende con una propuesta bien tradicional. Pronto, desde el segundo tema, nos damos cuenta que el programa de mano no pasa ni por referencial. Sólo las rondeñas del principio y algunas bulerías, de las que quizá abusa, se ciñen a este testimonio. Pues, buena señal para algunos y no tan buena para otros, cambia el repertorio para zambullirnos en ese mundo jazzístico que le da alas, y el concierto se empieza a parecer al que nos ofreció en la primavera del pasado año en el ciclo “Jazz viene del Sur”.
El cuarto tema del concierto fue "The Peacocks", esa emocionante balada de “Paz”, rematado, como deuda homenaje, con el "Zyriab" de Paco de Lucía, grabado en 1990, que le daba nombre a uno de sus discos y de sus éxitos más contundentes. Sigue el tocaor apuntándonos unos tanguillos que desembocan rápidamente en el jazz que nos invade, en los que le da un protagonismo especial a la caja de Israel Suárez. El recital alcanza un momento álgido cuando nos sorprenden las últimas bulerías, donde los solos del bajo eléctrico de Alain Pérez tienen mucho que decir. Esta fiesta, además de hacerle un guiño a la zambra, se remata con una divertida coda final, a modo de son cubano, donde impera la improvisación, acuñando una fórmula que repetirá más tarde. El bis final, "The Dolphin", también pertenece al trabajo aludido, subtitulado como “Cartas de amor de Niño Josele a Bill Evans”.
El guitarrista almeriense, con su permanente sonrisa, no deja de sorprenderse y de sorprendernos. Pone las cartas sobre la mesa y, como quien juega al póquer descubierto, no esconde nada.
* Carátula de "Paz".
Cierren la puerta al salir

Flamenco viene del Sur
Es inadmisible a estas alturas, en un teatro como el Alhambra, en el ciclo Flamenco viene del Sur, avalado por la Agencia Andaluza para el Desarrollo del Flamenco, que nos encontremos problemas de sonido de tal densidad. En el espectáculo “Puertas adentro” de Antonio El Pipa, que abrió el festival este lunes, si no crujían los micrófonos estaban mudos. Incluso estalló un foco. No vaya a ser, como decía mi colega José Manuel Rojas, que fuera por bailar peteneras al comienzo de la función. Las tablas, por otro lado, del Pipa y los suyos, solventaron con estoicismo estos problemas.
Con una idea original, el poema de Miguel Hernández, “Llego con tres heridas”; con un argumento conseguido, el mundo interior, las puertas adentro, la muerte, la vida, el amor; y con un armazón importante, la música de José Luis Montón y los protagonistas de la Compañía, la obra en su conjunto fue poco más que una raya en el agua.
Antonio El Pipa, como protagonista absoluto, como reysol, se repetía continuamente, a pesar del cambio con otros de sus montajes, donde sobresalía el baile de pies. Se le veía pretencioso y pretendido, cuando menos histriónico, con un baile más humilde, pero verdadero y arriesgado, habría cumplido las expectativas. Antonio domina la técnica y tiene compás, pero busca el aplauso y la empatía donde no tiene razón de ser. Algunos problemas anacrónicos, por otra parte, siembran la escena (a no ser que la obra se sitúe en los cuarenta o cincuenta, que no creo). Aciertos, por otro lado, hay muchos, y justo es reconocerlos y mencionarlos. Mientras la primera parte, “La muerte” se pierde entre tópicos simbolistas, la segunda, “La vida”, tiene momentos para descubrirse. Destaca en un primer momento la seguiriya, cantada por Juana la del Pipa, rematada por cabales, o el zapateado del jerezano alternándose con la guitarra en las primeras bulerías. Y, a continuación, quizá lo mejor de la noche, las nanas por tangos que canta María y las guajiras que baila la dulce Macarena Ramírez y que entona Enrique El Extremeño o una grabación de Tío Borrico, que bailan Antonio y el niño, de diez o doce años, Christian de los Reyes, aunque a veces resulte fuera de lugar.
La tercera herida, “El amor”, es un continuo de bulerías, atravesadas por esa sublime soleá de la matriarca Juana. La historia termina de blanco y rojo, con una fiesta jerezana llena de esperanza, donde todos prometen, pero sólo son la sombra alargada de Antonio El Pipa.
Las “Puertas adentro” son las emociones de este bailaor tras la muerte de su madre, el nacimiento de su segundo hijo y el triunfo definitivo del amor como the end.
Cierren la puerta al salir, Gracias.
Bailando en Salobreña

I Concurso de Jóvenes Flamencos
El Auditorio Municipal de Salobreña acogió este sábado, 21 de febrero, la semifinal de baile del I Concurso de Jóvenes Flamencos de la Diputación de Granada, que se enmarca dentro del proyecto de “Granada Universo Flamenco”. El mes pasado pudimos ver en La Zubia la semifinal de guitarra y el mes próximo tendremos la modalidad de cante en Íllora. De cada semifinal saldrán tres finalistas que se verán las caras en Cullar Vega el mes de abril para decidir los ganadores en cada categoría.
A esta semifinal de baile, llegaron cinco personas, un bailaor y cuatro bailaoras, de los más de veinte inscritos, que quedaron por el camino. Así que, con estar presente en este escenario, ya es una victoria.
Lo primero que hay que apuntar como detalle sorprendente es la meridiana calidad del cuadro de cada uno de los participantes. El bailaor o bailaora de hoy día comprende, como no debe ser de otra manera, que estar arropado por unos músicos de categoría es imprescindible para que desmerezca el trabajo realizado. Comporta un tanto por ciento importante en el éxito de la actuación. Así, con uno o dos cantaores, con uno o dos guitarristas y con uno o dos palmeros, incluso tres, cada concursante estaba respaldado en óptimas condiciones. También sorprende, y es de agradecer, que en ninguno de estos cuadros aparezca percusión alguna, aparte de las palmas. El cajón oculta el taconeo, refuerza el compás, sirve en definitiva, para enturbiar el baile, engañando al oído.
En primer lugar, con bastantes nervios e inseguridad, bailó unas bulerías por soleá Maite Vílchez de veinte años, que no pasará a la final. En su favor diremos que posiblemente estaba acompañada por el mejor cuadro atrás, en el que destacó la voz flamenca y modulada de Mati Gómez, a la que conocemos por su etapa de bailaora. En segundo lugar actuó Lucía de Miguel de veinticinco años. Quizá fuera la más profesional del grupo, lo que le llevó a ser una de las seleccionadas. Bailó unas alegrías con decisión y estilo. Destacó en su cuadro Bettina Flater, una guitarrista de origen noruego. Dos características, mujer y extranjera, difíciles de encontrar en el mundo de la guitarra flamenca, a lo que, como van las cosas, nos tenemos que ir acostumbrando. Como bisagra del programa, el único varón de los concursantes, Andrés Jiménez, de veintiséis años, hizo su aparición con una soleá por bulerías, demostrando una gran técnica y control. Lo veremos pelear en Cullar Vega.
El baile más arriesgado lo protagonizó Elena López ‘La Sensa’, de 23 años que, sin embargo, no fue seleccionada para la final. Sus tarantos, que pronto desembocaron en un baile por tangos, fueron bastante creativos, aunque su indecisión le jugara malas pasadas. Llevó el cuadro más completo de la noche, con dos guitarristas, dos cantaores y tres palmeros. El coraje y la fuerza, a veces descontrolada, lo puso Almudena Romero, de veintinueve años. Bailó unas alegrías, bien arropada por José de Pinos, al cante y Josele de la Rosa a la guitarra, que también le tocó a la primera de las concursantes. Almudena es la tercera de las finalistas.
* Almudena Romero en la foto (© Nono Guirado)
Buen perfume en frasco pequeño

En un rincón del Sacromonte, en una pequeña cueva debajo de ‘Casa Juanillo’, el viernes se inauguró la peña flamenca “Luis Habichuela”, gobernada por Pepe Luis Carmona, el hijo del gran guitarrista que presta su nombre. Es un pequeño espacio, como digo, con un aforo de apenas cincuenta personas dispuestas a escuchar buen flamenco. Porque, en palabras de su presidente, no pretende ser una cueva más para el turista, el folklore y las fotos, sino más bien un lugar donde se reúnan los flamencos y la gente de la tierra para buscar ese pellizquito que se produce cuando el duende está por medio. Ese duende que, como bien saben los poetas, aparece cuando menos se espera, surge de una esquinita de la sonanta o de la garganta de un cantaor que no se plantea nada, sólo que se encuentra a gusto a tu lado.
Sin prisas, pero sin pausas, esta cueva se ha visto modificada, se ha lavado la cara y se ha vestido de largo para su estreno. Las puertas se abren definitivamente, saltando al vacío, sabiendo que cualquier iniciativa en tiempos de crisis es muy arriesgada. Pero con el apoyo de los aficionados, de los flamencos y sobre todo de los socios que apoyan el proyecto, su larga vida está asegurada.
Pero obras son amores, y un barco hasta que no empieza a navegar no demuestra su valía. Así, la noche de apertura, se sentaron los cimientos de una gran edificación. Respaldados por los vecinos de excepción del barrio del Sacromonte y bastantes amigos, el encanto, la magia y la pureza se dieron cita.
Por su coqueto escenario pasaron bastantes flamencos. Desde el mismo Pepe Luis Carmona, acompañado a la guitarra por su sobrino Juan Habichuela, que, a media voz, hicieron soleares, fandangos y bulerías; hasta Manuel Palma ‘El Zahoreño’ que punteó como él sabe los encajes de una granaína; pasando por Johny Cortés, que abrió con una seguiriya y se fue con bulerías. El momento brillante de la noche fue el que protagonizaron Sergio ‘El Colorao’ y Luis Mariano a la guitarra. Es la primera vez que veíamos juntos a esta pareja que, sin ensayo previo, se fueron a levante para después tocar un poquito de cielo con una farruca. Una farruca que Sergio adapta a su voz y a su melisma; una farruca que suena a manantial en manos de Luis Mariano.
Echábamos de menos algunos tangos. Estando donde estábamos, ¿no se iban a escuchar tangos del Camino? Pero la noche es joven y la peña no es un escenario. Así, la guitarra fue pasando entre las mesas y, de mano en mano, el inconfundible soniquete granadino iba sonando y las voces, anónimas algunas, otras no tanto, iban ligando esas letrillas de tangos que al Monte le han dado fama.
Estamos de enhorabuena. El flamenco en nuestra ciudad se acaba de colgar una nueva medalla. Al árbol del flamenco granadino le ha salido un brote, que muy pronto será una buena rama florida, con grandes frutos, pues por sus venas corre buena savia.
* Foto: Luis Mariano en Lo Ferro (© M.Avilés)
Belén Maya, única en su especie

Ciclo Flamenco Cajasol
Manolo Sanlúcar, en una entrevista reciente, dijo que reía con sorna cuando le hablaban de mestizaje “Mire usted, declaraba, eso lo hacemos en el flamenco desde hace muchos años. Somos mestizos”. Como prueba evidente de este mestizaje, de este lenguaje universal, reconocemos el baile de Belén Maya. Sin salirse del marco flamenco, la bailaora recorre otros mundos, se sumerge en el jardín borgiano donde los caminos siempre se bifurcan. Lo más evidente es la huella orientalizante con que impregna sus bailes. Unos movimientos tan sinuosamente quebrados e hieráticos que pueden parecer en dos dimensiones. La tercera, y hasta la cuarta, dimensión se la da el flamenco y esa libertad de mirar al pasado sin ataduras, de acogerse a la tradición con la tranquilidad de quien tiene alas que puede desplegar en cualquier momento.
Así, cuando aborda unos tangos, que recorren todo el panorama andaluz, desde Cádiz hasta Granada, pasando por los del Piyayo, no deja de sorprendernos. Nos recuerda a los que bailó en el espectáculo Mujeres de Mario Maya, pero en pequeño formato. Es tremenda la capacidad de adaptación de esta bailaora: se movía en línea recta, en una hilera que iba de derecha a izquierda y viceversa, agudizando así el concepto bidimensional. Su última entrega fue por seguiriyas. Vestida de negro, como mandan los cánones, sigue arrojando leños al fuego para que la llama no se apague. Fue la misma seguiriya, arriesgada, valiente, dispar, que nos dejó este verano en Los veranos del Corral.
El lado oscuro de esta actuación, y nunca mejor dicho, fue la carencia de luz. La escasa iluminación condena al flamenco a la penumbra de años anteriores. Mejor una luz blanca sobre el escenario que un juego de luces para tiempos de crisis.
Pero el regalo fue doble. José Luis Rodríguez, a la guitarra, dio un pequeño gran concierto como preámbulo e interludio de la danza. A diferencia de otros tocaores, sobre todo de los de concierto, que alardean de técnica y velocidad, este onubense impregnaba sus temas de cadencia y armonía. Dejen las prisas para quien tiene prisa. Dejen el virtuosismo para los virtuosos. La parsimonia, modulación y buen gusto no están al alcance de cualquiera. Con unas mineras y bulerías muy personales, José Luis, impone su sello. Es el estigma que nos dibujará una sonrisa en la cara hasta los postres.
Seguidamente se va por Huelva, de ahí a Málaga, y vuelve a Cádiz. Su segunda entrega fueron unos tangos y una soleá. Jesús Corbacho y Juan José Amador, como dos instrumentos más, rematan las piezas del guitarrista con la misma parsimonia y contundencia que marca el compositor. Corbacho liga su cante florido. Amador se queja con su voz gutural. Ana Calí, a las palmas, se hace imprescindible marcando el compás.
Se echó de menos un fin de fiestas.
* Belén Maya en la foto (© Nono Guirado)
Sin referencia

Homenaje a Pepe el Marino
Siempre que alguien desaparece deja un hueco a veces irremplazable, pero cuando se muere un maestro nos vamos quedando sin referencia. José Ruiz Mingorance, conocido como Pepe el Marino, pasó gran parte de su vida enseñando lo que sabía. No sólo a tocar la guitarra, sino su filosofía vital. Dejó su huella y así se le recuerda y así se le respeta. Gran parte de los tocaores granadinos del momento han pasado por sus manos. Carlos Zárate, Miguel Ochando, Luis Mariano, Antonio Montalbán… tienen una deuda con el primero que les enseñó a acariciar una guitarra.
La noche del miércoles, sin demasiada ceremonia, organizado por la Federación de Peñas de Granada y avalado por el Ayuntamiento, se homenajeó a este tocaor silencioso. Sólo sus amigos se juntaron. Sólo los que habían pasado por sus manos y los que le hablaban de tú subieron al escenario, para acompañar su memoria, para animar a su familia, para demostrarle su cariño. Todos tuvieron palabras de recuerdo y admiración. Ofició de maestro de ceremonias Pepe Delgado, un gran conocedor del flamenco, escritor y amigo personal de El Marino. Granada Rociera, el grupo que formó y al que pertenecía, abrió la noche con rumbas, sevillanas y fandangos, alguno dedicado a Pepe. Guilberto de la Luz comienza con unos martinetes bien modulados y termina con unas bulerías, a la manera de Calixto Sánchez, para ser oídas, en las que le acompaña su hermano Antonio Montalbán. José Fernández, con su hijo a la guitarra, hace, con su voz laína y muy flamenca, los caracoles de Chacón y unos fandangos comprometidos, como acostumbra este cantaor, que los acaba sin micrófono, a pie de escenario. Antonio Gómez el Colorao, con José María Ortiz a la guitarra, se templa con marianas para acabar siendo largo en sus antológicas seguiriyas.
Tras un pequeño receso, comienza la segunda parte un emocionado Carlos Zárate, colaborador estrecho de Pepe el Marino, tocando unos tangos que forman parte de su reciente disco “Placeta 7”. Continúa este guitarrista con unas peteneras para baile, que canta Sensi de Carlos y baila su hermana Rosa Zárate, vestida de negro y con mantón crudo. La sorpresa de la noche la trajo Ana, una jovencísima bailaora, sobrina del maestro, con este mismo cuadro detrás, que interpretó unos tangos con gran soltura. Antonio Trinidad, impulsor de este homenaje, cantó unos tientos y “Mi pena” un popurrí con cantes tradicionales de Morente, que contenía tangos, malagueñas y abandolaos. Curro Andrés puso la guinda en la velada. Con sentimiento y compás abordó la dificultosa “La niña de fuego” con resultado excelente. Con buen sonido, Francisco Manuel Díaz lo acompañaba a la guitarra. Antes de esta zambra caracolera, cantó por milongas el “romancillo del niño que todo lo quería ser” de Benítez Carrasco. Cierra el festival Luis Heredia el Polaco, arropado por Luis Mariano, que hace soleares y por aclamación popular calca “La Estrella” de Enrique Morente. Con un fin de fiestas por bulerías se cierra definitivamente el telón.
* Pepe el Marino, en la foto de joven.
Rubem Dantas se divierte

Patrimonio Flamenco
Como si fuéramos a ver unos fuegos artificiales. Fue más grande la expectación que los resultados. Rubem Dantas, entre los mejores percusionistas del mundo, introductor del cajón peruano en el flamenco, acompañante de Paco de Lucía, Camarón y Chic Corea, como Julio César, vino, vio y, en cierto modo, venció. Es muy difícil luchar contra los elementos y triunfar en La Chumbera, esa sala imposible del Sacromonte granadino, es una obra de encaje. Sin hablar de otras cuestiones, una pareja o un trío de actuantes, tiene problemas para ser sonorizados en este local. Mucho más si son hasta dieciocho músicos en escena tratando de amoldar su instrumento a la big bang, intentando imponer su sonido en un turbio maremagno.
El concierto duró poco. Rubem ofreció una muestra de su último disco, Festejo, y dejó bien claro su labor de mestizaje. Su música, eminentemente percusionista, como es natural, bebe del jazz, del flamenco, de la samba y la bossa, del son…Cuenta con músicos, de innegable valor, de las nacionalidades más dispares (desde Brasil a Uruguay, Cuba o Venezuela, pasando por los Países Escandinavos y Marruecos, hasta España). Se echó de menos algún solo de percusión del protagonista. Aunque sí nos brindó un tema, semi improvisado, cercano a la bulería, con un pequeño instrumento de cuerda, al que se le unió la melódica de Maldonado y el piano de Eduardo Dorda. Entre tanto sonido farragoso, donde se impone la percusión (batería, cajas, congas…), eso sí, con una sincronización perfecta, y el rondón continuo del bajo eléctrico, además de algunos acoples, pudimos distinguir, sin embargo, las bondades de un gran trabajo, las excelencias de algunos solos.
Rubem propone en primer lugar un tema jazzístico llamado Nuevo 2, para continuar con su propuesta más coral. Canelo es una pieza dedicada a los indios mapuches o araucanos de Chile, a la que convoca nada menos que a quince músicos a su alrededor, alcanzando el momento cumbre del mestizaje. Es de destacar el juego de voces, a las que se une el propio Dantas, y su hipnótica melodía. La participación del flamenco en este corte adquiere relevancia con la guitarra de “El Pirata” y con el taconeo preciso del bailaor José Cortés "El Indio" y su incursión por seguiriyas.
El tercer tema, cruzando el ecuador del concierto, es una balada, Pixinguinha, también incluida en la grabación, en la que los vientos toman un sensible protagonismo especial. El momento más flamenco de la noche son unas bulerías que canta La Nitra, con su timbre tan exclusivo y tan flamenco, aunque su voz se perdiera siguiendo la tónica general de la velada.
Termina la noche con Shalaba (Al sur de tu cintura), interpretado por la mayoría de los músicos presentes. Se refiere, según aclaró el músico brasileño, la cintura del mundo es el Ecuador. Antes de irse, a capela, continuó la diversión, cantando todos un poquito del Yo vivo enamorao de Camarón.
A Rubem Dantas le gustó venir a Granada, se extasió con la Alhambra que le comtemplaba, se divirtió en el escenario con sus músicos, con su público, pero acabó pronto, quizá para seguir bebiendo en la noche de la ciudad moruna.
* Rubem Dantas en Málaga en Flamenco 2007. En primer lugar La Nitra (© Daniel Muñoz).
Granada, tierra de guitarristas

I Concurso de Jóvenes Flamencos
Tras pasar una selección previa, el sábado, 31 de enero, en la localidad de La Zubia, se celebró la semifinal de guitarra del I Concurso de Jóvenes Flamencos de la Diputación de Granada, enmarcado en el ambicioso proyecto de “Granada Universo Flamenco”. A final de febrero tendrá lugar la semifinal de baile en Salobreña. Y, al mes siguiente, lo hará la modalidad de cante en Íllora. Los tres finalistas de cada una de las tres categorías, comparecerán en Cullar Vega, durante el mes de abril para sobresacar el mejor entre los mejores. Pues, como dijo la Diputada de Cultura y Juventud, María Asunción Pérez Cotarelo, allí presente, y ratificó Juan Pinilla, que oficiaba de maestro de ceremonias, el hecho de haber llegado a la semifinal ya es un logro, un premio y un acicate en su incipiente carrera.
En el mes de diciembre acabó el plazo de inscripción, en la que se pedía una grabación, en audio o en vídeo, que debía contener tres temas, dos de ellos de libre elección, el tercero contemplaba la obligatoriedad de ser un estilo granadino, a saber, granaína y media, fandangos de Frasquito, soleá de Graná, temporera o tangos. En la modalidad de guitarra, por su parte, uno de los tres palos debía ser acompañado al cante. Un tocaor flamenco debe defenderse tanto en solitario como, sobre todo, al lado de un cantaor, e incluso, acompañando al baile.
Cuatro aspirantes pasaron a esta semifinal. Cuatro aspirantes, pese a la extrema juventud de alguno de ellos, con alto grado de madurez interpretativa. La guitarra de hoy en día está por las nubes, es un compendio de sabiduría y estudio intensivo, de técnica, de gusto, de habilidad, de armonía… Sin perder de vista los grandes tocaores flamencos que tachonan nuestro universo flamenco y los desaparecidos que han dejado su huella indeleble. La guitarra así se constituye en la modalidad más sacrificada del flamenco. Requiere muchas horas de ensayo, mucha voluntad y condiciones, para abrirse paso en este mundo.
Curiosamente de los cuatro finalistas, triunfó la juventud. Rafael Hoces, granadino de 31 años, pese a su experiencia y conocimiento, no pasó esta criba. El jurado, compuesto por artistas y personas de reconocido prestigio en el ámbito del flamenco granadino, no lo tuvieron fácil, pues todos los intérpretes se entregaron al máximo, dedicándonos dos piezas bastante trabajadas y conseguidas. El que menos, ya tiene un cierto bagaje en el difícil arte de las seis cuerdas.
Llegan a la final, no obstante, por unanimidad, José Fernández de 19 años, natural de Cullar Vega, que interpretó una granaína y unas bulerías. José Luis Campos Trigueros, el benjamín del grupo, venido de Pinos Puente, que con sólo 13 años pasó a la final haciendo soleá y granaína. Era la primera vez que se subía a un escenario. Por último, fue seleccionado el granadino Josele de la Rosa, de 20 años, que nos dejó una taranta y una farruca.
Este concurso y otros parecidos, son necesarios, si no imprescindibles, para marcar una línea de salida a los jóvenes artistas de la provincia, que muchas veces quedan en la cuneta por falta de aliento. Debemos seguir apostando por nuestra cantera, que es extensa y preparada, para que en un futuro próximo den el salto a la profesionalización, en su caso, con las menores trabas posibles.
* Foto: José Luis Campos Trigueros (© Nono Guirado).
Juan Andrés y los demás

Cuando se trata de actuar, de arrimar el hombro, por una causa benéfica, los flamencos son los primeros. ASPROGRADES ya cuenta con un gran Festival que, en primavera, todos los años, reúne al mejor flamenco en ciernes de la provincia. Pero los necesitados, estando siempre en crisis, tienen necesidades puntuales que cubrir. Así, algunas profesoras del colegio de Educación Especial “Santa Teresa de Jesús”, perteneciente a esta organización, avaladas por su director, le pidieron a Juan Andrés Maya que bailase para ellos. Dice mucho de un artista que preste su nombre y su hacer sin pedir nada a cambio. Al contrario, sin pensárselo dos veces, reunió a algunos flamencos de su entorno para la ocasión. Y no para cumplir, sino para dar lo mejor que llevan dentro.
De esta forma, el viernes, 30 de enero, con meridiana puntualidad, se abre el telón del Centro Cívico del Zaidín y, con un texto perentorio, con fondo de granaínas, loando la figura del bailaor, da comienzo una muestra auténtica de baile enraizado. Con unas vueltas por martinetes se presentan los actuantes. La voz y la presencia de Rafi Heredia mantienen el espectáculo con todo el sabor sacromontano. Por su parte, la buena guitarra de Manuel Fernández, con su soniquete granadino, ofrece calidad al tiempo que calor.
Mientras los bailaores se preparan, la cantaora nos ofrece unos tangos del Camino como sólo se cantan por aquí. Termina acordándose de Remedios Amaya. Las tablas y la entrega de los artistas hacen que los problemas de sonido queden en un segundo plano. Muy aplaudida, Carmen Martínez baila por bulerías. Y Nuria Morales aborda la misma versión festera del “Granada” de Agustín Lara que bailó en el Festival de Otoño. A Raquel “La Repompa” le hierve la sangre con unas bamberas con aire de fiesta. Una gran muestra del sentimiento y el latir telúrico. Juan Andrés Maya, para terminar, se extiende generosamente por alegrías. Le sienta bien este baile a su juego de brazos y a la redondez del movimiento. Aunque el compás por seguiriyas se apodere del ritmo gaditano, aunque vistiera de negro, las cantiñas le sientan bien a Juan Andrés.
* (© Nono Guirado).
Qué bien se viaja en primera

“Qué bien se viaja en primera”, le oí decir en cierta ocasión a Curro Albayzín viendo bailar a Angustillas ‘La Mona’, como sintiendo que se podía relajar, que podía quitar el antivirus porque todo lo que entraría sería bueno. Así me sentí la noche del viernes en la acogedora peña Solera y Caña de Maracena viendo la buena forma de Juan Pinilla y su admirable seguridad. Alfredo Mesa le acompaña a la guitarra. Limpio, inspirado, sin apenas fisuras. Evoluciona por momentos bajo la luz de Miguel Ochando, lo que es una garantía. Sin embargo, el equipo de sonido no se portó de la mejor manera, y el exceso de graves limitaba su expresión.
El color del baile lo firmó Silvia Lozano, corredora de fondo, aprendiz y maestra al mismo tiempo. Su cuerpo es pura fibra, que pone al servicio de su baile, en el que destaca el juego de brazos y la expresión de su rostro, siempre sonriente, siempre comprometido.
Juan Pinilla, con la azotea despejada y flores en los balcones, se compromete con una peña que lo vio nacer como cantaor y, para la cincuentena escasa de asistentes, su entrega es total. Comienza con unas malagueñas generosas en abandolaos. Su misión viene siendo la de un arqueólogo, rescatando letras y ritmos del pasado, así como del aventurero que no teme abrir nuevas puertas y saltar al vacío de lo inexplorado. De esta manera, después de una sabrosa farruca, introduce la caña con un apunte por soleá, a la manera de Diego Clavel, con letra de Chavela Vargas, “esa gran flamenca, aunque ella no lo sepa”.
La segunda parte, algo más rozado, arranca con cantes de levante, demostrando su largura. Es manifiesto, y así lo reconoce, lo que este cantaor le debe a tres grandes figuras del cante granadino, Cobitos, Manuel Ávila y Morente. Continúa con unas cantiñas muy marcadas, remedando el estilo de Calixto Sánchez. Y, remata su actuación, con unas granaínas, extendiéndose en dedicatorias.
Para culminar cada una de las partes, cantaor y tocaor, extreman todo su saber para arropar a Silvia bailando una soleá por bulerías y unos tangos, respectivamente. Acaba la noche con una pataílla por bulerías con algunos flamencos allí presentes.
FOTO: Nono Guirado, in situ.©
La Chumbera apuesta por el calé

Patrimonio Flamenco
El sábado 17 dio comienzo la temporada invierno-primavera en el Centro Internacional de Estudios Gitanos La Chumbera. Desde enero hasta junio, se irán sucediendo un ramillete de artistas con algunos puntos en común. Casi la totalidad de los flamencos que pisarán las tablas son gitanos y la gran mayoría son de la tierra. Se intercalará gente novel con otra más veterana. Su horario se retrasa media hora, en vez de a las nueve será a las y media, para dar tiempo a iluminar la Alhambra, verdadero protagonista de este escenario, que abre su balconada al insigne monumento nazarí. Su precio seguirá siendo asequible, convirtiéndose en uno de los mejores locales para ver un flamenco serio y popular. El cante, el toque y el baile se sucederán en La Chumbera, apostando por el espectáculo completo y mayoritariamente festero, por el tipo de público que allí acude, en su mayoría extranjeros y jóvenes. Una asignatura pendiente en esta sala es el factor técnico. Es decir, el sonido y la luz, que, por las especiales características del escenario, como pueden ser su gran cristalera al fondo de la escena y su altura diáfana, son difíciles de controlar. Algunos de los nombres que pasarán por el Centro serán: al cante, Jaime Heredia “El Parrón”, José Fernández o Manuel Heredia; a la guitarra, Rafael Habichuela, Emilio Maya, Carlos Zarate o Manuel Fernández; al baile, Angustias “La Mona”, Raquel “La Repompa”, Isa Vega o Lucia Guarnido; y a la percusión el brasileño Rubén Dantas.
El sábado inauguró las sesiones el cante añejo y sesgado de Antonio Carmona, con resultado bastante flojo y deslabazado, amén de poco dinámico y sin perspectiva.
Aunque Antonio abrió por alegrías y tangos, donde se le reconoce y se siente más a gusto es en el cante jondo. De forma que sus mejores entregas vinieron por levante y en forma de soleares o fandangos. A su lado, un Rafael Habichuela especialmente inspirado hizo las delicias del público atento. Destacó este músico sobre todo improvisando en las bulerías y haciéndole guiños a otras músicas. Capítulo aparte merece también Raquel La Repompa, que abordó las bulerías finales con sabia sacromontana y la gracia de quien le hierve la sangre a compás. Después de algún tiempo sin ver a esta bailaora malagueña, sorprende su evolución, su tino y su verdad sobre las tablas.
Carlos Zárate, un corredor de fondo

Presentación del disco “Placeta 7”
Cuando en el barrio del Zaidín se nominaban las plazas por números, Carlos Zárate bajaba a jugar con sus amigos a la Placeta número 7, y sus horizontes más próximos se limitaban a las dos o tres placetas colindantes. Entre pelotas, bicicletas y un bocadillo a las cinco y media de la tarde trascurrió su niñez. Aunque pronto entró en el mundo de la guitarra. A los trece años ya tocaba en los escenarios. Ahora es padre y lleva la friolera de treinta y seis años detrás de un mástil, de una caja y de seis cuerdas. Con “Placeta 7”, Carlos Zárate ha querido rendirle un homenaje a la infancia y a la libertad. A esa infancia perdida, a los niños de hoy en día y al niño que todos llevamos dentro. Es el sentimiento que le ha perseguido durante muchos años de su vida y que por fin ha visto la luz en forma de disco. Un disco social donde todos caben. Un trabajo abierto, eminentemente abierto, donde cada cual encuentra su esquina en unas notas, en un fraseo, en un tacón.
Carlos, a la hora de concebir este trabajo, llamó a muchas puertas, pues deseaba una obra coral, un “Save the children” flamenco, salvando las distancias. Carlos llamó a muchas puertas, repito, y todas se le abrieron. Como resultado, se expandió el trabajo, y, de una grabación simple, resultaron dos cedés, con ocho temas cada uno, cargados de intensidad, de intimidad y bastante heterogéneos, donde tienen cabida desde sonidos caribeños hasta andalusíes, desde la poesía recitada hasta la coral polifónica o el coro rociero o la orquesta clásica. Y flamenco, sobre todo flamenco. Carlos, con la pulsión fuerte y precisa del que está acostumbrado a acompañar, a tocar para el baile, imprime a cada una de sus notas un carácter lleno de de flamencura y de pasión, de queja y de compás.
Esta apertura sin condición ha reunido en su entorno a unas ciento treinta personas, de las que más de cien son músicos, que participan directamente en su grabación. Nombrar a todos es imposible en este limitado espacio. Sin embargo, algún nombre por su dimensión, no podemos dejarlo pasar por alto. Así, nos encontramos con la Tangeri Café Orchestra; la Coral y la Orquesta de la Basílica de San Juan de Dios; las voces de Juan Pinilla, de Alfredo Tejada, de José Fernández, de Aroa Palomo o de Sensi de Carlos; el zapateado de Pastora Galván, de Manuel Liñán o de Rosa Zárate; la soprano Ana Sacramento... También hallamos pianos, guitarras y bajos eléctricos, percusiones, flautas, etc. que redondean un disco plural.
Al final del segundo cedé, a modo de bonus track, se incluyen unas bulerías de Los niños de la Huerta Carrasco de Motril que sintetiza la idea de futuro, de libertad y de frescura de la infancia.
El sábado pasado, 20 de diciembre, Carlos y los “suyos” (unas setenta personas) presentaron el doble disco en el Teatro Municipal de Monachil, con una gran acogida por parte del público asistente que llenaba la sala. En las casi dos horas que duró el concierto, pudimos escuchar los principales temas de esta exclusiva grabación.
* Foto en directo de Nono Guirado ©
Toque de queda en La Platería

El Festival de Otoño tuvo sus efectos colaterales. El primer problema de estos Encuentros Flamencos es que ha perdido el norte. De una conciencia universalista hemos aterrizado en el localismo más casposo. De un germen vanguardista, se tiende al anquilosamiento y el conservadurismo. De una mirada a la cúspide, nos quedamos en el subsuelo. De una apuesta de intercambio, se impone la divisa de "yo me lo guiso y yo me lo como".
Problemas de presupuesto aluden y yo digo problemas de previsión, problemas de iniciativa, desconocimiento, cortedad de miras, planitud, amiguismo, especulación cultural, patrioterismo (que es como el chovinismo, pero más castizo).
Una idea primigenia del Festival era el encuentro. De ahí el subtítulo. Se encontraban flamencos de todos los rincones del país, se encontraban viejos y jóvenes, sabiduría con inocencia, mujeres con hombres, gitanos con payos, artistas y público, o sea, la gran familia flamenca. Para potenciar este espíritu surgieron los trasnoches, generalmente en La Platería (la decana de las peñas flamencas).
¡Mira, qué interesante! Este año hay trasnoches. Parecen, sin embargo, una actividad aparte, pues nadie de los participantes del Festival (ni del escenario ni del patio de butacas) acudió a este ofrecimiento. Se supone que era una extensión distendida y, sin ninguna duda, interesante de dichos Encuentros, donde se cambiaban impresiones y, a veces, surgía el duende.
Un servidor, atraído por la afición, la curiosidad y el esparcimiento, sí quiso "saborear" esos trasnoches prometidos. El viernes, que cantaba Sara Heredia con Antonio El Chonico, no pude subir. El sábado arrastré a los padres de Patricia Guerrero, a los responsables del Carmen de las Cuevas y a otra pareja de amigos. Cantaba Aroa Palomo.
El domingo subí con Paula, gran aficionada y conocedora. En La Platería encontramos a Jaime Heredia y otros plateros (parecía una novela: "Plateros y yo"). Estuvimos hablando, con el Niño de las Almendras de fondo, de que la peña no era una peña. La gente venía a ver el espectáculo y se iba. El bar manda en la peña. Eso ya es un negocio. No hay nadie. Dónde están los flamencos...
El Parrón apuntaba que debería oler a flamenco. Que antes se reunían a cantar y tocar y reír y escuchar y discutir y beber y opinar y criticar (o referir, si es fuerte la palabra). Ahora no se arranca nadie. Ya no huele a flamenco.
Cuando volvimos de escuchar al ínclito almendrado, Jaime estaba cantando. Sus palabras habían calado en sí mismo y, con un tocaor tranquilo y agradable (que no sé su nombre), entonaba una soleá por derecho, a media voz, entre risas ahogadas y miradas cómplices. Hacía tiempo que no apreciaba el paladar de El Parrón. Entre actuaciones profesionales, megafonías y otras obligaciones, este veterano perdía el sabor.
¡Ole! Poco a poco se creó un corrillo. Esto empieza a parecerse a una peña. Pronto se unirían a nosotros el Niño de las Almendras y Carlos Zárate que habían acabado su recital. Y Paula, según me confeso después, se echaría un bailecito y algún fandango.
Pero salió la dueña del bar en el mejor momento. Señores, dijo arrastrando la ese, vayan abonando sus consumiciones que vamos a cerrar. No me lo podía creer. Eran las doce y media o una menos algo. Llevamos tres noches de trasnoches y estamos muy cansados, añadió a modo de justificación. Nadie reaccionó. Si alguien no sabe explicar la expresión de "echar un jarro de agua fría", este es un buen ejemplo.
Qué podíamos hacer, pagar e irnos. Ante el toque de queda, nosotros tocata y fuga, porque en realidad fue tocata de entrepierna.
Jaime juró no volver a pisar la peña. Paula le pidió perdón a unos visitantes que también se iban con el rabo entre las piernas y la cara a cuadros. Que ella era la primera socia de La Platería, que estaba avergonzada, que eso no era lo habitual, que el flamenco... etc., etc.
Mi indignación y vergüenza ajena también es supina. La gente viene a La Platería como si fuera un templo, el máximo exponente del flamenco. Los artistas vienen a la peña con miedo, con mucho respeto.
La Platería no sólo debe tener actividades, actuaciones y cursos. El nombre de La Platería conlleva la obligación de mantener un espíritu y unas maneras. Desde el presidente hasta el último socio tienen que hacer de la peña su casa y abrirla a los de dentro y a los de afuera e intentar que todos se sientan a gusto y que respiren flamenco y que huelan a flamenco nada más comenzar a subir la cuesta de Toqueros.
Ser platero es una responsabilidad.
* Peña de La Platería (© Nono Guirado).
La sombra de Antonio Canales

IX Encuentro Flamenco
Festival de Otoño de Granada
Antonio Canales baila poco, aunque lo hemos visto más activo que en otras ocasiones recientes. Su presencia se reduce a algunas apariciones puntuales y a una soleá, la soleá de siempre, donde su teatralidad es más grande que su eficacia. Pero Canales tiene algo. Tiene un punto de flamencura que aflora en algún momento y se diluye entre la mediocridad de un quiero y no puedo. Porque el bailaor sevillano se ha convertido en su propia sombra, y no sé hasta qué punto es honesto vivir de las rentas. Llamar a un espectáculo “Bailaor” es un tanto pretencioso, si no se sabe mantener el tipo. Sin embargo, lo que sí tiene de meritorio es que se sabe rodear. La falta de información in situ o de un programa de mano impide nombrar a todos los que le acompañan. A algunos de ellos, en cambio, se reconocen con holgura. La guitarra de Jesús del Rosario fue certera y los cantaores más que notables, aunque la media granaína fue un desastre. Destacó sobre todo El Pulga y su decir tan particular. Su personal fraseo nos recuerda a El Falo. La cantaora no alcanzó el nivel deseado. Las alegrías que abordó la bailaora no terminaron de madurar. No supo sacarle partido al vestido de cola, en el que se enredó más de una vez. Tampoco el sonido acompañó. Los acoples y pitidos no se pueden permitir en estas funciones de renombre.Mención especial merece la actuación de Amador Rojas. Ya lo hemos visto un par de veces en nuestra ciudad y no para de sorprendernos agradablemente. Bailó una farruca, preñada de tangos, con el lenguaje de vanguardia que le caracteriza. Amador es sensible y elegante. Su entrega y profundidad merecieron la mayor ovación de la velada.
En la primera parte, precediendo a Canales, el onubense Guillermo Cano expuso un recital con mucho gusto. Destacó por Huelva y en los fandangos finales. Sus demás propuestas fueron tan dignas como arriesgadas. Tomando como norte a Morente quiso explorar nuevos territorios con resultados inciertos. Los juegos de voces, con "Los Makarines", un extraordinario dúo musical, formado por los hermanos José y Maca, no estuvieron conseguidas. Su primera propuesta se balanceaba entre la granaína y la malagueña. En su milonga reconocimos al creador que pretende y al inconformista manifiesto. Su voz es flamenca y agradable, aunque pobre en tonalidades y arrítmica en ocasiones. En las bulerías se acercó a las guajiras, dándole un punto cubano interesante. Con quien nos descubrimos sin condiciones fue con el guitarrista sevillano Rubén Lebaniegos, Premio Nacional "Manolo Sanlúcar” de Córdoba y Bordón Minero en el Festival Internacional Cante de las Minas de La Unión. Su fuerza, calidad y calidez nos hicieron vibrar.
* (© deflamenco.com)
Mariquilla tuvo y Mariquilla retuvo

IX Encuentro Flamenco. Festival de Otoño de Granada
El domingo se clausuró el IX Festival de Otoño de Granada, a falta del espectáculo de Antonio Canales, con un balance positivo en cuanto a la respuesta del público, que cubrió todas las localidades del teatro durante los cinco días que duró. “Granada en cuerpo y alma” de Juan Andrés Maya, como ya dijimos en su estreno, es una función eminentemente local que necesita ser limada en su conjunto. Reconocemos, no obstante, aciertos y actuaciones notables. Entre sus turbias aguas se arraciman algunos dignos islotes.
Continúa pareciéndonos demasiado larga y sin argumento definido. La zambra, capitaneada por Curro Albayzín, destaca en el comienzo. A partir de aquí, sobresalen algunos nombres personales, como el de Luis Mariano y su guitarra; el baile de Patricia Guerrero y el de Iván Vargas, sobre todo en la farruca; las voces tan “granaínas”, aunque a veces destempladas de Amparo y Rafi Heredia; la soleá de Juan Ángel Tirado; el paso a tres en las alegrías de Patricia, Iván y Alba; el espíritu, al fin y al cabo, de “Ay, jondo”, para homenajear a Mario Maya.
Entre mis reconocimientos se encuentra María Guardia “Mariquilla”, la artista invitada que tras veinte años de ausencia sobre el escenario para bailar, ofrece una pincelada tan flamenca como elegante. A Mariquilla, vestida de cola y azabache, la precede un vídeo de un gran momento de su vida, cuando triunfaba por todo el mundo y llevaba por bandera la ciudad de Granada. Después, tan sólo esboza unos pasos y, con alguna vuelta que deja aromas del pasado, comienza a recitar unos versos de su cosecha, “Soñaba con una reina”, donde habla de su trayectoria, y “Manuel Benítez Carrasco del Albayzín”, un homenaje a este poeta. Estas palabras están publicadas en sus memorias “Ardiendo y echando chispas”, que compiló Carlos Arbelos hace tres años. Entre los dos poemas y a su final, María sigue apuntando un baile más espiritual que pragmático, apoyándose en los palillos, que resuenan con el eco de de los setenta, cuando le cantaba fosforito.
Este día, a pesar de sus limitaciones conceptuales, fue el más redondo y conseguido del ciclo. Como un canto de cisne, todos los actuantes dieron el todo por el todo. Además, hubo menos problemas de sonido. Llama la atención, en este sentido, el uso de un suelo acústico, especial para baile, que nos devuelve un sonido más limpio y natural, sin micrófonos a la vista.
Espero que para la décima edición de estos Encuentros, nuestro Ayuntamiento se asesore con tiempo y apueste por el flamenco de vanguardia. Que programe un Festival competitivo, del que nos sintamos orgullosos.
* Mariquilla, recientemente en Jumilla.
Morente, una apuesta segura

IX Encuentro Flamenco. Festival de Otoño de Granada
Enrique Morente, siempre sobresaliente (incluso cuando no lo está), revaloriza el acto a donde acude. Morente, por encima del bien y del mal, es un paréntesis de cielo y tierra, de agua y fuego. El cantaor granadino se permite subir a escena a dos jóvenes tocaores, a las guitarras incipientes de su hijo Kiki (al que preferimos cantando) y al Monti, el hijo de Montoyita. El maestro es capaz de tapar cualquier fisura con su dominio escénico, con su control de guerrero antiguo. Incluso, en las granaínas con que comenzó su entrega, muy a su estilo, la memoria caprichosa hizo que repitiera el primer tercio de un fandango, pero con un ayeo oportuno esperó otra vuelta de guitarra para entonar nuevos versos. Su actuación fue tan fugaz como intensa. Enrique terminó acordándose de Mario Maya. A modo de réquiem, tal cual hizo en la Bienal de Sevilla de este año, le dedicó al gran bailaor el “Aleluya” que grabó, con Lagartija Nick, en su vanguardista “Omega” (1996), aflamencando el homónimo tema de Leonard Cohen.
. FOTO: E.Morente (© Paco Sánchez)
Granada y su ombligo

IX Encuentro Flamenco. Festival de Otoño de Granada
“Granada en cuerpo y alma” es el nombre de la obra que ocupará todos los días del Festival de Otoño de Granada. Es un homenaje al maestro Mario Maya. Si Mario hubiera visto el estreno (que puede que lo haya visto, esté donde esté) se sonreiría halagado por las muestras de cariño, por haber rescatado retazos de su gran montaje “Ay Jondo” y por haber reproducido su mítico baile por seguiriyas. Pero, con unos golpecitos en la espalda, seguramente diría: os lo agradezco, buen intento, pero por ahí no van los tiros.
Juan Andrés Maya, un buen bailaor bidimensional, depura su estilo y busca silencios, reposa el alma, hace guiños a lo contemporáneo, zapatea como quien busca, como quien pone puntos suspensivos. Juan Andrés tiene grandes iniciativas que no sabe desarrollar. Una falsa idea cosmogónica le hace volcar todo su potencial en la obra que tiene entre manos. Si hay alguien legitimado en Granada para firmar una obra sobre Granada es Juan Andrés Maya, y con él la Cueva de la Rocío, y con ella todo el Sacromonte, y con éstos todos sus hijos. Pero es una historia sesgada, una mirada estática, anteojeras del flamenco. Somos de Granada y tememos alzar la mano. Si Sevilla le canta continuamente a Sevilla y Cádiz a Cádiz y Málaga a Málaga. ¿Por qué no revindicamos nosotros nuestra tierra? Puede que por temor a caer en el provincianismo pacato, puede que al mirarnos el ombligo olvidemos que hay más cuerpos a nuestro alrededor.
Lo primero que tenemos que objetar de la obra es su extensión. Casi tres horas de una historia que en la primera parte ya se ha quedado sin argumento. Los bailes son también extensos. Los aciertos son puntuales y extremadamente agradecidos. Destacamos en primer lugar la intervención de Marina Heredia, como artista invitada, que hace un impagable recorrido por tonás (martinete, pregón, carcelera) y aflamenca el poema lorquiano "Córdoba, lejana y sola", que baila el mismo Maya. También meritoria es la actuación de Iván Vargas, sobre todo remedando a Manolete y su famosa farruca; Patricia Guerrero notable, como siempre, aunque a veces le sobran brazos; Luis Mariano con su guitarra, que se ha convertido en el sonido de Granada; la bandurria de Manuel Vera; Pinilla y “donde habitan las manolas”.
Un aplauso se merece la reproducción de la zambra (alboreá, cachucha, la mosca), si no fuera por lo repetido de su propuesta. Aplaudimos a sus cuatro bailaoras, Salvaora Maya, La Porrona, Encarni Heredia, Angustias La Mona, por su autenticidad y por demostrar que Granada, aunque no tenga costa, tiene sal.
Total, un cúmulo de individualidades que se pierden entre tanta información deslavazada, que seguirá en escena durante cinco días, cambiando de artista invitado; que seguirá convenciendo a los incondicionales; que puede que dé nuevas sorpresas; que, me temo, se devorará a sí misma. Pues el ombligo de Granada no es exportable.
* Detalle del Programa.
Miguel López canta a los poetas con música de Mario Maya

Presentación del disco 'Canto a los Poetas'
Es de común conocimiento, sin discusión, la altura del baile de Mario Maya. Puedo afirmar, sin ningún miedo, que Mario Maya, junto con Antonio Gades, ha sido el mejor coreógrafo flamenco del panorama español. Sin embargo, más desconocida es su faceta como compositor. Mario Maya era el compositor, coreógrafo y parte integrante, si no protagonista, en la interpretación de todos sus espectáculos.
Miguel López se define como cantautor flamenco. Y, al mismo tiempo, se interroga y nos interroga sobre esta definición, dejando la respuesta en el aire y en la sensibilidad de los oyentes. Puede ser cantautor porque canta y compone, puede ser flamenco porque se queja con jondura y entre su música aletean los ritmos de las cantiñas, de las bulerías, de las granaínas y hasta de los tangos. Sin embargo, no es un cantaor al uso. No se le puede pedir pureza, porque ni la ofrece ni la busca. Pero tiene ese regusto, ese pellizco, ese aguardiente, que te obliga a decir un ole sentido a cada paso.
Miguel emigró desde su Jaén natal, de un pueblo llamado Villagordo, nos recuerda con cierto orgullo, hasta Cataluña, donde se forma como artista comprometido y toma conciencia de su identidad como emigrante. Los ecos andaluces los llevaba en la sangre, en el instinto.
En el año 1972 entró a formar parte del grupo La Cuadra de Sevilla que pasó por Barcelona y unió su sentir al de ellos durante cinco años como cantaor, interpretando los espectáculos “Quejío” y “Los palos”, regresando así a Andalucía.
En Alhama de Granada, en 1977, gana el primer premio de la canción andaluza con “Nana al niño emigrante”, tras lo cual graba su primer disco “Cantes de la emigración”.
Mario Maya, en plena efervescencia, a través de El Piki, lo busca para su espectáculo “Ay jondo”, con libreto de Juan de Loxa, y lo incorpora a su compañía. Seguidamente haría “Diálogos del Amargo”. Con el bailaor granadino colaborará durante siete años, tras los cuales vuelve a su pueblo a trabajar como jornalero en la aceituna, a raíz de la muerte del guitarrista Isidoro Carmona, también de la compañía de Mario, con el cual compartía bastantes inquietudes. Entre estos proyectos, se encontraba la elaboración de un disco dedicado a los poetas.
Este ideal quedó truncado con el accidente mortal del tocaor y el autoexilio del cantaor entre olivos y terruños durante unos veinte años. Hasta que, recientemente, un nuevo encuentro con el maestro granadino y el empuje definitivo del músico y productor Pedro Sierra, hicieron posible que viera la luz este trabajo en barbecho.
“Canto a los poetas” se presentó en diciembre pasado en la Agencia Andaluza para el Desarrollo del Flamenco, con presencia de su directora por aquel entonces, Bibiana Aído, sus autores, Miguel López y Mario Maya, y su productor y director musical, Pedro Sierra, quien también presta su guitarra en la grabación.
En vida de Mario, se volvió a presentar la obra en Jaén a principios de año, y estaba programada su presentación en Granada en el mes de septiembre. Pero otra vez la tragedia acudió con sus manos de rayo y se llevó a Mario, y con él a sus ideas, a sus querencias, a sus obras soñadas y apenas esbozadas en unas líneas, en una conversación, en unos pasos.
Este jueves, en la Asociación de la Prensa de Granada, con todos los honores, como si de una ceremonia intimista se tratara, ha visto la luz, para el público de la tierra, este disco que se ha convertido en el desgarrado homenaje de un hombre a sus compañeros de fatigas, en un sentido tributo a la memoria de Mario Maya e Isidoro Carmona.
Fue un paréntesis en la vida, fue una mirada hacia atrás, fue un revivir de los años setenta en un cuartito del edificio Rey Soler. Como presentadores, emotivos maestros de ceremonias y protagonistas de aquellos años, sentados en la mesa, junto a Migue López, estaban Juan de Loxa, Miguel Ángel González y Juan Bedmar. En el ambiente pululaba el espíritu de “Poesía 70”, “Manifiesto canción del sur” y de toda la cultura que rondaba esos años.
El disco lo componen diez temas, de los cuales la autoría de la música de seis ellos está compuesta por Mario Maya y el resto son del propio Miguel, donde versionan poemas de García Lorca, como la “Baladilla de los tres ríos” y “Amor”; de Juan Ramón Jiménez, como “El viaje definitivo” y “Calle de los Marineros”; la desgarradora “Autobiografía” de León Felipe, que se introduce con un recitado con la voz del poeta; “Camino de los campos” y “He andado caminos” de Antonio Machado; y “Andalucía” de Juan de Loxa. Con aires de Cádiz se canta también “Cuéntame alegrías”, con letra de Mario; y “A mis niñas”, de Miguel López.
Miguel López es un hombre íntegro y honesto, de que Mario Maya dejó dicho que “ha sido un ejemplo de nobleza y caballerosidad dentro de una profesión hoy desacreditada. Prefiero la humanidad de Miguel que la arbitraria, resbaladiza, hipócrita, tan a menudo falsa cuestión de la fama. Porque la fama es la gloria en calderilla”. Y le dedica estos versos:
La voz de la guitarra
Se iba perdiendo calle arriba
Callándose al doblar la esquina
Pero Miguel seguía cantando.
* En la foto: Miguel López, una señora que no tengo el gusto, Pedro Sierra y Mario Maya.
El renacer de un artista

Puro. Momento absoluto
Farruquito cambia de registro. A los 25 años, y tras haber pasado una experiencia no muy agradable, extraflamenca por descontado, pasa a llamarse más que nunca Juan Manuel Fernández Montoya y emprende una carrera en solitario, sin su inseparable familia, quiero decir, buscando la extensión del lenguaje que él siempre ha practicado, con la pureza de sangre como blasón y la sombra del abuelo Farruco como enseña. Farruquito improvisa más que nunca, espera que su “luz interior” lo ilumine en cada instante, arropado por la música, por el cante, por un público incondicional que quiere tocar extremos celestes con los pasos de su ídolo.
El espectáculo da comienzo con un poeta, con un pensador, con un mítico Manuel Molina, sentado, asiendo una pluma, con fondo de piano, reflexionando en off sobre la pureza y la verdad. Es un patriarca, es el contrapunto atemporal de esta obra. Todos los temas están cerrados. La función perfectamente hilvanada. Pero la frescura, la espontaneidad, como digo, son los momentos más sabrosos. Farruquito desprende naturalidad y buen gusto. Su baile, tremendamente masculino, se redondea. Sus arrebatos se dosifican, lo cual se agradece, y están más justificados que nunca. Sin embargo, el puro genio, el compás y la elegancia, marcas indiscutibles de su estirpe, rebosan en cada movimiento. El carisma que envuelve a este bailaor hace que sobresalgan sus momentos en solitario, sin apenas acompañamiento que, en momentos, se muestra excesivo. Exceso de orquestación y exceso de grito, redundando en un circo que sólo sirve para desvanecer la presencia del bailaor.
Un vídeo al fondo del escenario, con imágenes del pasado y del instante, nos ayuda a comprender el espíritu, la raíz a la que aludimos. “Gallardía” son los abandolaos sirven para presentar el recital, sobre todo las voces escogidas. De entre los cinco cantaores, con su valía individual, destacamos a Pedro Heredia. Farruquito entra en escena con el zapateado “Lluvia de ilusión”. De aquí pasamos a la fragua, a los martinetes, a uno de los momentos sublimes de la noche, que Manuel Molina introduce con un poema alusivo y los dos cantaores entonan al alimón, mientras el bailaor se incorpora golpeando el yunque a compás. La seguiriya “Sentencia” surge del fuego, del martillo, de las mil arrugas del maestro fragüero. Es la más fidedigna mirada hacia atrás, es el momento más añejo.
En las alegrías “Sed soluble”, que culminan en jaleos, aparece un Farruquito de blanco (el vestuario es de Victorio & Lucchino) esférico y brioso, en el que destaca su juego de brazos. Manuel tiene su momento con un poema por bulerías a su estiló, único, sideral. Los tangos representan una exclusiva muestra del cante femenino. Mientras la soleá “Herencia” pasa por ser un ceremonial, que termina con unas bulerías acompasadas sólo con palmas y tacón. Para la alabanza final, “La fe del amor”, sirve para presentar a los actuantes que, de negro absoluto, retornan con túnicas blancas y descalzos, dando a entender que ésta es la verdad, su verdad.
* Foto de Luis Castilla para Acordes de Flamenco (fragmento) ©
Crónica de un disco esperado

“Lámpara Minera” vol. 3
Juan Pinilla, profeta en su tierra donde los haya, reunió en torno suya a un gran número de representantes del flamenco, de la cultura y de la política granadina, para presentar su primer disco, fruto del prestigioso premio “Lámpara Minera” que obtuvo en el Festival Internacional de Cante de las Minas en la edición del pasado año. Todos quisieron estar presentes, todos quisieron apoyar a este joven cantaor de Huétor Tájar que tan alto lleva el estandarte de su tierra, del flamenco puro y de la amistad.
Tras unas sentidas palabras de protocolo de la mano del Alcalde de Armilla (el acto se realizó en el teatro de esta localidad), de la Diputada de Cultura y del Presidente de la peña de La Platería, que oficiosamente aparecía como padrino del artista, se dio paso a una muestra en vivo del contenido del disco. Juan Pinilla arropado por su inseparable Luis Mariano a la guitarra y Encarni y Antonia Heredia a las palmas, comenzó con la soleá “Al aire de Graná”, que encierra la caña en su interior, autoría de Paco Moyano. La emoción le embarga y la trasmite. La tensión de ver un teatro lleno, hasta la bandera, de amigos, de incondicionales, de admiradores, le hacía supeditar su cante a sus sentimientos. Como resultado, no escuchamos al mejor Pinilla, pero si al más sentido y verdadero. Un recital que abordó con las entrañas, en el que ofreció su corazón troceado en una bandeja de plata para que cada uno se sirviera a voluntad.
Su segunda entrega vino en forma de cantiñas, con ese comienzo semi hablado para lanzarse sin miedo entre las sales de la Bahía. Mucho le debe a Chano Lobato en este cante, mucho le debe a Calixto Sánchez. No sólo canta, sino que interpreta el cante. Parece que se va a salir de la silla. Baila con cada fraseo. Un tremendo Curro Albayzín introduce las granaínas con un recitado, mientras Luis Mariano le entresaca los mejores trinos a su guitarra, la cual debe estar agradecida por ser acariciada por esas manos. No me equivoco si tildo la actuación del tocaor como la mejor de la velada. Juan dice que es de ley cantar por levante, pues de allí le ha venido el premio, pero su dominio, conocimiento y tesitura en general, hacen imprescindibles estos aires en su repertorio. Para los tangos, con los que cierra su repertorio, cuenta con la voz de Curro y el baile de Jara Heredia. Unos pasos que rezuman Sacromonte y complicidad. Los coros de Antonia y Encarni Heredia son tan sorprendentes como agradecidos.
Antes de marcharse, en forma de bises al natural, llegaron un poquito más de tangos y cuplé por bulerías, acompañado de una graciosa pataílla.
Rafaela Gómez, despegue en solitario

Patrimonio Flamenco
A ver. El éxito de La Chumbera, además de estar situada en el barrio emblemático, gitano y flamenco del Sacromonte, es indiscutiblemente su precio popular. Los artistas que pasan por su escenario puede que no sean de primera fila, o puede que todavía no sean de primera fila, pero están llenos de verdad, acuden a darlo el todo por el todo. Ya teníamos ganas de escuchar a Rafaela Gómez en solitario, defendiendo todo un recital sin que se advirtiera en demasía su especial característica, que es la del cante atrás. Rafaela pasa por ser una de nuestras mejores exponentes para cantar y jalear el baile. Algunas incursiones, no todas afortunadas, ha tenido cantando a boca de escenario. Incluso como protagonista. Pero quizá es la primera vez que toma conciencia de una soledad anhelada y sube al carro del cante por derecho. El aprobado es alto. Sin embargo, algún contratiempo se evidencia. En primer lugar, Manuel Fernández, a la guitarra, no le va a la zaga. Rafaela no necesita un guitarrista por bueno que sea, como demostró en la taranta que tocó en solitario y en algunas falsetas en las bulerías y en los tangos. Lo que esta cantaora necesita, corredora de fondo donde las haya, es un tocaor o dos tocaores con empuje, que les hierva la sangre como a ella y que le den pie a mantener sin merma su fiesta particular. El cajón de El Moreno, dentro de su excelencia, se imponía más de lo necesario, quizá por esa carencia de sonanta.
Rafaela entra con un martinete a viva voz, sin micrófono, donde expone sus condiciones. Está más moderada que de costumbre, lo cual se agradece. No fuerza la voz. Espera que el pellizco la desgarre. Es 22 de noviembre, día de los gitanos andaluces, y, aunque ya tuvieron su festival en este mismo escenario hace unos días, la actuación de esta familia gitana sirve de homenaje. La madurez artística se comienza a entrever cuando se entona por levante y en los fandangos de Huelva y en los tangos de Granada, que son auténticos tangos del Camino, y no como en otros cantaores que su fallido intento se acerca más a los tangos de Málaga, e incluso a los de Triana y Cádiz, que a los de la tierra. Lástima que la guitarra fuera tan sólo un bosquejo.
Una grata sorpresa, como remate final, fue contemplar a Benjamín Santiago El Moreno abordando un baile completo. Ya lo habíamos visto en ocasiones anteriores dar sus acertadas pataíllas por bulerías, pero es la primera vez que actúa como bailaor oficial. Su baile es autodidacta e inteligente, aunque a veces deslavazado. Como buen percusionista, está sobrado de compás. Tanto tiempo acompañando a los bailaores, ha cogido un poquito de cada uno y, con sus facultades personales, hace agradable las alegrías y bulerías con las que acaban. No le vendría mal a este joven bailaor buscarse maestros, pues parte con una buena base.
* La sala La Chumbera se llama así por razones evidentes. Estas plantas crecen por todo el Sacromonte. Los tangos de Graná son también conocidos como tangos del Camino, tangos de la penca o tangos de la pita (que son dos sinónimos de chumbera). Una gran representante de nuestros tangos es Marina Heredia, sin discusión.
Camarón por señas

II Festival Flamenco ONCE Andalucía
Lo más sorprendente de la velada del viernes fue ver a Mª Ángeles Narváez interpretando El cante de Camarón a través del lenguaje de signos. Una bailaora con agudos problemas auditivos se pone sin complejos un vestido de volantes (estampado con números de los ciegos) y se hace llamar “La Niña de los Cupones”, aportando un nuevo estilo, popularizando el flamenco, brindándoselo en bandeja a los disminuidos como ella. Un baile lleno de expresividad, un baile cantado con mímica. Haciendo un chiste fácil, éste podría ser otra versión del alfabeto baile. Mª Ángeles nos presenta una obra que se llama “30 decibelios”, que es la única capacidad auditiva que le queda en un oído, donde baila-traduce desde las bulerías del de la Isla, hasta tientos-tangos, bulerías trianeras o alegrías, interpretadas por su grupo en directo y acompañada por Paky del Río como partenaire.
Bastantes autoridades fueron a compartir este festival de la ONCE y a hacer entrega de premios a los jóvenes flamencos que iban a intervenir, fruto de un concurso previo. Seleccionada al cante, impuso su rotundidad y su buen ritmo, de inicios en el baile, Isabel Rico, que trae a su propio tocaor, Luis Dávila, que, lamentablemente, no estuvo a la altura. Hacen malagueñas rematadas con fandangos de Granada, alegrías y bulerías. El otro de los premiados al cante fue el sevillano Juan Ramírez, acompañado por José Luis Scott a la guitarra (mención especial). José Luis tocó unas rondeñas en solitario, antes de arropar a Ramírez con granaínas, seguiriyas y fandangos.
Pegando fuerte desde Almería, el guitarrista David Caro, con sólo 16 años, es un virtuoso de la guitarra. Técnica, conocimiento y buena pulsión, se reúnen en él. Comienza con unas tarantas de composición propia, tal vez demasiado largas. Después se hace acompañar al cante por la sabiduría del joven ojivero Álvaro Rodríguez, que hace soleá y granaínas.
Como artistas invitados, para cerrar la noche, estuvieron Curro Andrés, al cante, y Paco Cortés, a la guitarra. Dos pesos pesados del flamenco granadino. Curro, con su voz moderada y flamenquísima es un corredor de fondo lleno de conocimiento. Paco es el ritmo por antonomasia de la guitarra granadina. Su sentido del compás es único. Nos regalan unas sabrosas cantiñas, mejoradas con la soleá por bulerías posterior. La milonga es una primicia, donde canta el poema de Benítez Carrasco “El niño que todo lo quería ser”. Y de postre, vuelven a pedir compás, para irse por bulerías.
* En la foto: Álvaro Rodríguez y David Caro, aunque no os lo creáis. Es una foto hecha con el móvil, que no controlo en absoluto, I´m sorry.
Javier Conde, memoria de la guitarra

2º Festival de la Guitarra
Acaba el Festival de la Guitarra con un cierre espectacular. Javier Conde, el jovencísimo Javier Conde, con una gran técnica y una capacidad de mimetismo asombroso, remeda a los clásicos más cercanos de la guitarra de flamenco de concierto, en un recital que dio en llamar Maestros y estilos. Una conferencia del el escritor e investigador Norberto Torres, Maestros de la guitarra flamenca, servirá como luenga presentación e introducción de lujo para las eficaces propuestas del guitarrista extremeño. Las características de este tocaor son muchas: virtuosismo, brillantez, agilidad, madurez interpretativa, dominio de la dinámica sonora, que viene a ser el nivel de intensidad que se le aplica al instrumento, es decir, los altibajos necesarios para una buena interpretación. Las fisuras son inexistentes, acaso un punto de frialdad poco sazonada achacable a su juventud.
Javier Conde, al que pudimos ver recientemente en el Museo de la Casa de los Tiros, se define como un intérprete, más que un compositor-creador, aunque, como veremos a los postres, también despunta en esta faceta. Es algo que hay que agradecerle, pues mantiene de forma rigurosamente viva la memoria de la guitarra y se asegura un repertorio de éxito. Así, sin los aspavientos típicos de los niños prodigio, y adecuando la guitarra a la afinación de cada maestro, Conde comienza con las alegrías Llegando al Puerto de Víctor Monge Serranito. A las que les sigue la rondeña Doblan las campanas de Paco de Lucía, las guajiras Brisas antillanas de Andrés Batista y el Garrotín De la Vera de Rafael Riqueni. Su perfección es tal que, apartando la mirada del concertista, parece que estuviéramos escuchando al mismo autor.
La velada continúa con Aires de Puerto Real de Sabicas, quizá la soleá más bella que se ha escrito para guitarra. Continúa con este maestro pamplonés y su danza orientalizante Noches de Damasco, del que pasa al más contemporáneo de su abanico, como es Gerardo Núñez, del que interpretará La Cartuja, unas deliciosas granaínas. Vuelve a Serranito con el zapateado Punta y tacón y a Batista con las bulerías Tartaneros, para pasar a los fandangos de Huelva del Niño Miguel, a los que se incorporó su padre, José Antonio Conde, como segunda guitarra, que también le acompañaría en unas rumbas de composición propia, con clara influencia antillana. Se despidió con la popular polka paraguaya Pájaro campana. Ante los aplausos de todo un teatro puesto en pie, Javier, haciendo un simpático gesto de comicidad, añadió como propina La Pantera Rosa de Henry Mancini, que dedicó a Norberto Torres.
* Caratula del segundo disco de Javier Conde.
Huétor Vega dimensiona la guitarra

2º Festival de la Guitarra de Huétor Vega
No cabe duda de que uno de los protagonismos indiscutibles de la ciudad de Granada es la guitarra. Los guitarristas, los tocaores, de esta ciudad han sido siempre reconocidos por su toque especial, por su limpieza, por su soniquete… Tomando conciencia de tal riqueza y protagonismo, en la provincia se vienen realizando algunas actuaciones que reivindican el arte de las seis cuerdas, como es el Certamen Internacional de Guitarra Flamenca Manuel Cano de los Ogíjares, que ha celebrado ya su sexta edición; La Guitarra en Otoño, que recientemente comenzó su andadura; o este Festival de la Guitarra, que cumple dos años. Por ahora es un festival modesto, pero con grandes esperanzas y apuestas de calidad, que pretende abarcar lo más posible todos los ámbitos de ese instrumento. Por eso, nada más entrar en el teatro, nos recibe una exclusiva exposición de guitarras de grandes guitarreros nacionales e internacionales. También, en un puesto bastante destacado, están las conferencias sobre el mundo y la evolución de la sonanta. Este año, por último, los recitales se enriquecen con la música clásica, que viene a complementar al flamenco iniciático.
De las cuatro propuestas del jueves pasado, tres fueron concertistas clásicos, de los cuales me limitaré a dar tan sólo un apunte, pues no es mi especialidad. El Trío Aljibe, formado por Mari Carmen Carmona, Fátima Quirantes y Antonio Morales, interpretaron obras de Albéniz, Texidor y Barrios, destaca en ellos su juventud, timidez y exactitud en su entrega. Compartiendo igual mocedad, Pablo Jiménez, también de Granada, fue preciso en Albéniz, Leo Brouwer y Roland Dyens, aunque no llegó a dominar una megafonía quizá deficiente. Sin duda el más interesante de los clásicos fuera el pontevedrés Samuel Diz. Con un repertorio contemporáneo (Leo Brouwer, José Peixoto y Hermelindo Ruiz), y prescindiendo sabiamente del micrófono, fue un ejemplo de limpieza ejecutiva y de arriesgada sensibilidad.
David Caro es un tocaor almeriense que, con sólo diecisiete años, demuestra tener una cimentada base interpretativa y unas buenas maneras, que se concretan en una pulsión afinada, una buena técnica y un sonido muy flamenco. Con una taranta de composición propia, comienza su actuación. Continúa con “Ímpetu”, una fantasía por bulerías del Maestro Escudero, muy bien tocada. Virtuosismo que sigue imprimiendo en la imposible guajira “En la otra orilla” de Víctor Monge Serranito. Para terminar, Paco de Lucía hace su aparición con la soleá “Gitanos Trianeros”. No les vendría mal, sin embargo, a estos concertistas jóvenes tener experiencias de acompañamiento al cante y al baile.
El cante sosegado de Pepe Luis Carmona

Patrimonio Flamenco
El flamenco joven, fresco, eminentemente local y popularmente asequible, tiene el nombre de “Patrimonio Flamenco” o, lo que es igual, La Chumbera. El sábado, 1 de noviembre, comenzaron los recitales en esta sala flamenca granadina, con el cante carismático de José Luis Habichuela. Son propuestas rigurosas del flamenco incipiente del Sacromonte, y del más maduro, que se extenderán hasta las postrimerías navideñas, con la “pandereta flamenca” que nos propone la cueva María la Canastera. Todos los sábados, con un precio más que asequible tenemos una cita en este rincón hacia el final del Camino. En la muestra podremos ver a Juan Ramírez, Esther Marín o Rafaela Gómez.
El primer día, como digo, tuvimos la suerte de disfrutar con la entrega incondicional del ex miembro de la Barbería del Sur. El lleno total de la sala sorprendió por el tiempo tan desapacible de aquella noche y la retardada promoción del evento. Pero hay un público fiel y atento, seguidor de un conato artístico de este tipo, para presentarse en él ante viento y marea. Así, mi primer ole es para el aficionado.
La voz de Pepe Luis, dulce y armónica, con ese punto de aguardiente necesario para pellizcar, hizo que el encuentro pareciera corto. Una reciente infección vírica, por otra parte, impidió que estuviera al cien por cien de sus facultades. Su recortada potencia de voz era paliada por un exacto control de la megafonía y un peculiar gusto en su fraseo. Por eso, el martinete que abrió la noche, no llego a romper un hielo que duró más de lo deseado.
Después de la fragua, que recordó tiempos mejores, pasó al cante de ida y vuelta. Con sumo agrado, un poema de Lorca se escuchó por vidalita. Nuestro asombro fue grande con esta nueva entrega, pues no es normal escuchar este tipo de cante en el repertorio de un cantaor de raza. Es más, interpretado con pasión en su riqueza vocal.
El respetable, sin embargo, despertó con el colorido del baile por levante, rematado por tangos, de Raimundo Benítez. Raimundo es un trabajador del baile, estudioso y con la cabeza en su sitio, que aún le queda por madurar. El maestro borda la soleá, antes de darle paso a Rafael Habichuela, que nos participa una composición libre con su guitarra. Le acompaña un respetuoso José Antonio Carmona con el cajón.
Los mejores cantes de José Luis, en cambio, llegaron al final en forma de fandangos y el remate por bulerías, que ilustra Benítez, prueba de que si hubiera seguido en el escenario habríamos redondeado la noche sin excepción.
* Portada del disco en solitario de Pepe Luis Carrmona.
Citas flamencas final de otoño

En otoño se despereza el flamenco para entrar en un semiletargo navideño y despertar con el Flamenco viene del sur entre invierno y primavera.
Con los Festivales trasnochados de algunos pueblos (Monachil, Armilla) se prolonga un verano que se imbrica en septiembre-octubre con el Festival de Otoño de guitarra (del que ya hemos dado buena cuenta).
Las peñas abren sus puertas y sacan sus proyectos al sol. Huétor Tájar inauguró su peña el 3 de octubre. La Parra, Solera y Caña, La Platería, La Yerbabuena, La Zahareña... están en plena actividad.
Existe un Circuito oficial entre las peñas granadinas. Consigno los recitales más inmediatos: Rosa Mercedes Zárate, 8 de noviembre Peña Flamenca Yerbabuena, Ogíjares; Javier Martos, 15 de noviembre Peña La Parra Flamenca, Huétor Vega; Miguel Barroso, 15 de noviembre Asoc. Cultural Flamenca San Marcos, Montejícar; Iván Vargas, 22 de noviembre Peña Flamenca Ilurquense, Illora; Isa Vega, 13 de diciembre, Peña Flamenca La Platería, Granada; y José Fernández, 13 de diciembre, Peña Flamenca La Alcazaba, Loja.
Más vale tarde que nunca. El día 31 de octubre, o sea, mañana, se clausuran las Jornadas Alhambra, Sacromonte: Valparaíso un río de oro, organizadas por el Patronato de la Alhambra y el Generalife junto con el Museo Cuevas del Sacromonte, que se han celebrado entre los días 3 y 31 de este mes. Este viernes o sea, mañana, en el Museo Cuevas del Sacromonte (19`00 horas) se inaugurará la exposición fotográfica Alhambra-Sacromonte, como inspiración artística.
Una cita importante y asequible es el Patrimonio Flamenco de La Chumbera que, a partir de este sábado, 1 de noviembre, nos ofrece flamenco fresco local. Será a partir de las nueve y su precio es de 5 euros. Este sábado podremos ver a un cantaor de lujo: Pepe Luis Habichuela.
El 6, 7 y 8 de noviembre, la Parra Flamenca de Huétor Vega organiza su 2º Festival de la Guitarra con un programa muy suculento de exposiciones, conferencias y conciertos, en el que sobresalen nombres como Norberto Torres, Laura González o Javier Conde.
El sábado 8 de noviembre, en el pueblo de Jun, se realizará el I Festival Flamenco Homenaje al Niño de Jun (creador de una soleá de granada). Será en el Pabellón de las Artes de esta localidad (21,00 horas). El 14 y 15, en el Palacio Congresos, Rafael Amargo nos traerá su espectáculo Tiempo muerto. El 22 es el Día de los Gitanos Andaluces. Siempre se hace un festival en el Manuel de Falla por esta causa, donde los protagonistas, lógicamente, son artistas gitanos. El 28, Farruquito retomará su obra Puro al Palacio de Congresos, que aplazó por motivos poco claros.
También en otoño, en diciembre, se celebrarán los Encuentros Flamencos en el Isabel la Católica. Este año organiza y gestiona (y me temo que mucho más) Juan Andrés Maya. Seguiremos informando.
Oyendo a los clásicos

La Guitarra en Otoño
Atiendan primeramente a esta pequeña relación dictada a vuelapluma: Dani Casares, Madrid, 1980; Antonio Rey, Madrid, 1981; Dani Méndez, Sevilla, 1981; Juan Antonio Silva Campallo, Sevilla, 1984; David Carmona, Granada, 1985; Javier Conde, Cáceres, 1988; Juan Habichuela Nieto, Granada, 1990. Estos, y algunos más que se me olvidan, tienen algo en común. Son todos guitarristas excepcionales. Son todos muy jóvenes, algunos excesivamente jóvenes y bastantes con galardones muy importantes, como el Bordón Minero. Son tocaores virtuosos, veloces, sensibles y con una técnica muy depurada. La mayoría de ellos considerados “niños prodigio”, pues llevan arrancando acordes a las seis cuerdas desde muy pequeños.
Javier Conde, que es el tocaor que nos ocupa, grabó con doce años su primer álbum en solitario, que era un homenaje a los “Grandes de la Guitarra”. En él, como es natural, toma prestado las composiciones de los míticos tocaores de flamenco, vivos o ya desaparecidos, y los imita a la perfección. Desde ese trabajo, el joven extremeño continúa remedando la discografía de los grandes y, como si fuera un espejo, calca sin fisuras su propio lenguaje. Así, sin necesidad de cambiar de vinilo, escuchamos, como si fueran ellos, a los clásicos de la guitarra.
Concierto impecable, si no fuera por la frialdad del tocaor en el escenario, debido seguramente a su juventud; y por algún extraño rondón que nos acompañó en los últimos temas, justo cuando se incorporó su padre, José Antonio Conde, como segunda guitarra. A pesar de la limpieza y exactitud, un servidor echó de menos el calor y el soniquete de las guitarras granadinas. Fue un recital reconocible, fue un programa agradecido, donde escuchamos desde una soleá o una danza de Sabicas, un garrotín de Riqueni o fandangos de Huelva del Niño Miguel hasta una rondeña de Paco Lucía, unas alegrías y un zapateado de Serranito o unas granaínas de Gerardo Núñez. También pudimos escuchar las composiciones menos familiares de Andrés Batista, maestro de su padre, unas guajiras y Los cuatro muleros por bulerías.
Más arriesgadas fueron las rumbas de composición propia, con clara influencia sudamericana. Se despidió, alejándose de las lecturas flamencas, interpretando la popular polka paraguaya Pájaro campana y, como propina, interpretó Recuerdos de la Alhambra de Tárrega, tal como lo interpretaba Narciso Yepes, pero con menos cuerdas.
* FOTO: © DeFlamenco.com
El Cabrero, la integridad de un cantaor

IX Semana de la Oralidad
No existe ninguna duda de que José Domínguez Muñoz, El Cabrero, es un cantaor carismático, comprometido, contestatario. Su integridad ha hecho que estuviera presente en Albolote este sábado en la 9ª Semana de la Oralidad, después de haber sufrido una intoxicación reciente que le provocó úlceras en el estómago y el esófago. Así, íntegro y entero, aunque dolido y manifiestamente afectado, dio un recital de mayor calidad humana que artística. Son muchas las virtudes de este cantaor, su potencia de voz, su personalidad, la exclusividad en sus letras, la mayoría propias. Pero también cuenta con algunas carencias como la falta de afinación, que obliga al guitarrista seguirle a la carrera; o una cierta inclinación al mono tono, que no al monótono. Su presencia, de riguroso negro, con sombrero, pañuelo rojo al cuello y camperas; su sencillez sin igual; y, sin ningún ánimo despectivo, su asilvestramiento, contribuyen a esa autenticidad a la que hemos aludido. El avezado guitarrista sevillano Rafael Rodríguez Hidalgo, con su experiencia y versatilidad, lima como pocos las aristas de este cantaor. De este tocaor, El Cabrero dijo que era un lince, “no como yo, comparó, que soy una máquina oxidada”.
El Cabrero tiene sus seguidores que buscan algo más que la queja, la belleza de la jondura. José Domínguez ofrece además el inconformismo y la denuncia. El Cabrero, lejos de explotar su éxito, ya mítico, sigue siendo cabrero, con sabor a monte y olor de hoguera.
En Albolote nos presentó su último trabajo discográfico, “Por los caminos del viento”, una incursión en el tango porteño, en el que modifica hasta su acento, encajando a la perfección con esta Semana de la Oralidad dedicada a “España y América, un camino de ida y vuelta”. En este cedé rememora de los temas clásicos como “Mi Buenos Aires querido” o “La canción de Buenos Aires”, también canta canciones criollas, milongas que en su voz adquieren algo más que un hermanamiento con los sufrimientos de nuestros hermanos al otro lado del charco, seguiriyas y soleares. Como muestra, en el recital en el recital interpretó los tangos “Guitarra mía” y “Hopa, hopa, hopa”; la rebelde milonga “Como el viento de poniente”; y las seguiriyas aludidas. También, cómo no, sonaron sus personalísimos fandangos y más fandangos, y algunos alosneros, y sus martinetes, donde se evidenciaron jadeos de pura convalecencia. Igualmente dificultosa fue su farruca, con algunos roces en la garganta. Otras canciones muy aplaudidas fueron el clásico “Luz de luna”, con ritmo de bulerías y cadencia de milonga; el “Carcelero” caracolero, poniéndose respetuosamente de pie y subiendo el micro a una silla (“yo no soy mecánico”); “Sone flamenco”, un soneto de Borges, con música de Alberto Cortés; o las bulerías “Semblanza al macho montés”.
* Foto: © deflamenco.com
La peña Solera y caña comienza con buen pie

El pasado viernes, en pleno vendaval meteorológico, Solera y Caña de Maracena, quizá la peña más familiar de la provincia, comenzó sus actividades, para el curso 2008-2009, con un recital del cantaor granadino Antonio Trinidad, acompañado a la guitarra por el joven Antonio de la Luz. A la apertura de los diez años de funcionamiento de esta peña se sumó José Luis Bazoco, Concejal de Cultura de la localidad, que le mostró su sincero apoyo a la música de raíz en general y a esta sociedad de flamencos en particular, a la que le deseó una gran temporada y venturosos encuentros.
Antonio Trinidad, arropado de familiares y amigos, se sintió como en casa. Sus entregas fueron muy bien acogidas. Relajado y reivindicando su tierra por encima de todo, Antonio comenzó con la soleá de Granada que estableciera el Niño de Jun. Continuó por farrucas, donde confesó un principio de resfriado que limitaba su cante; tarantas de Almería; y, para terminar, malagueñas, en las que demostró sus conocimientos. Dichas malagueñas fueron de El Canario y de La Peñaranda, culminándolas con fandangos de Frasquito, rondeñas y abandolaos del Niño de Cabra. Sus intenciones son más nobles que su eficacia. El tiempo pasa factura. Antonio ha gozado de una buena voz, de un buen paladar... Incluso el mismo advierte, al comienzo de cada tema, “vamos a intentar hacer…”. Con todo, la primera parte estuvo lograda, cada vez mejor. Todos los indicios anunciaban mejoría en el segundo pase.
En efecto, tras quince minutos flamencos de descanso, la lorquiana “Baladilla de los tres ríos”, por milongas, uno de sus temas predilectos, convenció de quien tuvo retuvo. La guitarra ajustada y limpia del De la Luz no siempre se entendía con el veterano cantaor. Por este motivo, los fandangos que prometían ser de Macandé tuvieron que ser de Fosforito y terminaron por Morente. Los artistas continúan por tientos y, de ahí, pasan a unas peteneras muy conseguidas. Trinidad despide este recital con unos fandangos de El Gloria, no sin antes invitar a su amigo Curro Andrés a que improvisara unas bulerías, que estuvieron sobradas de compás, contribuyendo así al espíritu peñístico.
* Antonio Trinidad en la foto (© Rafael Ramos).
Un festival con mucho gusto

I Festival Flamenco a beneficio de Borderline
Varias cosas en común tienen los flamencos que intervinieron en el Festival Flamenco a beneficio de Borderline (asociación de ayuda a los que poseen una inteligencia limitada). En primer lugar, une a este grupo de flamencos su sentido de la solidaridad sin condiciones. Seguidamente, todos los cantaores, excesivamente jóvenes, han sido premiados en La Unión. Manuel Cuevas fue reconocido con la Lámpara Minera el año 2002, Juan Pinilla recibió el mismo galardón en 2007, y recientemente, en este año, Rocío Márquez también goza de esta estatuilla. Por su parte, Sergio Gómez "El Colorao", lleva varias ediciones trayéndose primeros premios (este año ha sido el de Farrucas). Por último, los hermana el buen hacer y el extremado gusto en sus aportaciones. Ninguna estridencia.
Para abrir boca, la Escuela Flamenca Silvia Lozano, hacen honor a quien los instruye bailando por fiesta donde predomina la percusión.
Juan Pinilla es el primer cantaor que sale al escenario. A la guitarra Alfredo Mesa. Con la voz un poco tomada, comienza por esa caña que, poéticamente, introduce por Chavela Vargas. Continúa haciendo un recorrido por abandolaos de la baja Andalucía, que viene a ser común en su repertorio. A petición del público, apunta media granaína. Y termina con bulerías, que cada vez gusta más ilustrar con alguna pataílla.
Manuel Cuevas, desde Osuna, Sevilla, nos trae aires caracoleros, cantando unas zambras a pie de escenario. Ramón del paso redondea esta actuación con su guitarra. Después pasará a los tangos, y de estos a las cantiñas. Acabará por fandangos, también sin micrófono, como empezó, derrochando pulmones.
Silvia Lozano nos deja en el ecuador sus sempiternas alegrías que pule y repule hasta la perfección. Se las dedicará a su maestro, Mario Maya, al que tanto le debemos.
La última Lámpara demuestra claramente lo merecido de este premio. Rocío Márquez se templa con una malagueña de Chacón, que remata con verdiales. A su lado, un delicado Guillermo Guillén, de origen francés, acaricia la sonanta. Con su voz dulce y modulada prosigue con ritmo de bulerías. Los tangos de Granada los remata por Málaga, para terminar dejándonos un poquito por Huelva, su tierra.
Este primer gran festival, por lo moderado, por su sabor, lo culmina un preciso Sergio Gómez. Si en la milonga y en la soleá, con las que comenzó, estuvo grande, en la farruca fue insuperable. Alfredo Mesa se compenetró más con este cantaor que con Pinilla.
* Rocío Márquez, en la foto
Todos queremos a Juan Pinilla

Huétor Tájar dedica su peña al cantaor más joven
Me cuentan que Camarón marchó a Barcelona a inaugurar una peña con su nombre cuando tenía treinta años. Ese “record” se superó el viernes, 3 de octubre, cuando algunos aficionados del pueblo de Huétor Tájar, respaldados por el Ayuntamiento, decidieron abrir su peña con el nombre de su hijo más querido, con el cantaor más joven y, a la vez, quien ha llegado más lejos y seguirá subiendo. Porque, apoderándome de unas palabras que pronunció Paco Espínola en su presentación, Juan Pinilla no crece, se agiganta. Juan, con sólo 27 años, gravita en la cresta de las olas desde que fue galardonado con la Lámpara Minera en el Festival Internacional de Cante de las Minas de la Unión. Llevaba años intentándolo y trayéndose algunos primeros premios, pero no fue hasta la edición de 2007 cuando se impuso sin condiciones. Durante esos años, siete o más, ha ido avanzando como cantaor, como artista, como persona. Ha reunido a su alrededor, en su pueblo, un club de seguidores, de los que partió la iniciativa de abrir una peña flamenca en su nombre. Inútilmente, él se queja, refiriendo con humildad el nombre de otros cantaores cercanos, ya desaparecidos. Pero no, no hay más que hablar. La Peña Flamenca Juan Pinilla de Huétor Tájar ya es una realidad.
Es un pequeño local en la calle Teresa de Calcuta, muy cercano a la Casa de la cultura, primorosamente acondicionado, y decorado con fotos, carteles y recortes de periódico alusivos al cantaor y a sus circunstancias. Al lado de la peña, colaborando en su infraestructura, el bar La Trilla, fueron, en cierta manera, anfitriones inmejorables.
Juan, es decir, su peña, su gente, no tuvieron nada más que poner la fecha y la hora, para que acudieran cerca de trescientas personas al evento otoñal. Entre los invitados se contaban personajes de la política (“de los tres partidos”, apuntó Pinilla en su intervención), de la cultura, como el poeta Manuel Ruiz Amescua, y artistas, sobre todo artistas, del flamenco, en cada grupito que te acercaras había un cantaor o un guitarrista o algunos bailaores. También hicieron acto de presencia una representación de las peñas de Granada. La Platería, la decana, apadrinó el bautizo de la recién nacida peña de Huétor. Otras peñas que quisieron respaldar este acontecimiento fueron La Parra de Huétor Vega, Eva la Yerbabuena de los Ogíjares, Manolo Ávila de Montefrío, La Zahareña de Monachil y Frasquito Yerbabuena de Cullar Vega.
El acto fue sencillo y emotivo. Se desarrolló en una carpa a las puertas de la peña, pues la afluencia de público no habría cabido ni por asomo en el local. Los preliminares protocolarios, de tan sentidos, tuvieron una gran acogida. Comenzando por el presidente de la peña, Juan Jaimez, pasando por el alcalde de la localidad, Fernando Delgado, y la diputada de cultura, Asunción Pérez Cotarelo, y terminando por los alcaldes de los pueblos limítrofes y el personal de otras peñas, todos tuvieron palabras de agradecimiento y halago al cantaor hueteño.
Y llegó el momento. Pocas veces un escenario ha estado tan nutrido. Nunca el altruismo artístico ocupó tan pocos metros cuadrados. Temiendo olvidos involuntarios, citaré los flamencos que prestaron su corazón y sus ganas a este generoso fin de fiestas. Al cante estuvieron, aparte del mismo protagonista, Curro Albayzín, Antonio Trinidad, Antonio Colorao, Curro Andrés, Manuel Palma “El Zahoreño”, Aroa Palomo y Judith Urbano; a la guitarra, Luis Mariano, Francisco Manuel Díaz, José Manuel Cano y Carlos Zárate; al baile, Manuel Liñan, Jara Heredia, Anabel Moreno y Silvia Lozano. Además, entre el público se encontraban, sin subirse a las tablas por diversos problemas, Mariquilla, Rebeca, La Sensi, Manuel Carvajal, Tatiana Garrido y muchos, muchos, aficionados. Y es que todos queremos a Juan Pinilla.
* En la foto (a partir de la izquierda): en pie: Juan Pinilla, Francisco Manuel Díaz, Jara Heredia, Curro Albaycín, Curro Andrés, Antonio Gallegos, El Zahoreño, Antonio Trinidad, Anabel Moreno, el niño no sé quies es, Judith Urbano, Antonio colorao y José Manuel Cano; a la guitarra: Carlos Zárate y Luis Mariano; al baile: Manuel Liñán.
El último gran Festival

Velada Flamenca de Armilla
La Velada Flamenca de Armilla, coincidiendo con las fiestas de San Miguel, a finales de septiembre, pasa a ser el último de los festivales de la temporada. Son los últimos coletazos de un verano que nos deja de la noche a la mañana. Es un gran festival con meridiana calidad y mucha cantidad. La asistencia fue escasa, el sonido tuvo deficiencias y el recinto limitó el desarrollo, es decir, puso hora límite de cierre, lo que redujo las actuaciones a dos cantes nada más en la segunda parte y el baile, lo más vistoso y completo, tuvo presencia tan sólo en una ocasión. Todo esto me da a reflexionar someramente sobre este tipo de encuentros y dejar claros algunos puntos que reflejan el parecer de bastantes aficionados. Primero, los festivales multitudinarios, de más de tres o cuatro artistas deben desaparecer. Segundo, cada artista debería hacer un mínimo de tres cantes, y no más de cinco o seis, para que se saboree el decir del cantaor y para que no se alargue demasiado. Tercero, el sonido es imprescindible; se debería mimar al detalle y darle prioridad ante cualquier otra circunstancia; sobre todo en el baile, esa gran asignatura pendiente. Cuarto, la fecha, el coste y la promoción, deben tener también su protagonismo para garantizar la mayor expectación posible… Dicho esto, a vuelapluma, podemos continuar con su desarrollo.
Tanto este festival, como el del día anterior en Monachil, como, me imagino, los próximos eventos de flamenco, están dedicados a la memoria del gran bailaor y coreógrafo Mario Maya, y así se manifiesta al principio del recital. Principio que abordan dos jovencísimos armilleros, Mª Ángeles Pérez y Jonathan Morillas, a la guitarra, su timidez e inexperiencia no desmerecieron su entrega por caracoles, tientos-tangos y fandangos. José Fernández y José Fernández “Niño”, en segundo lugar, dejaron su impronta y su buen gusto con unas cantiñas, una granaína y media de buena factura y algunas verdades en forma de fandangos. Hasta el cante gitano de Sara Heredia, arropada por Antonio “El Chonico” y sus seis cuerdas, el sonido no se despertó. Sara tiene momentos buenos y muchos del montón. El día a día en la cueva desgasta mucho. Hoy fue grande por levante, y bastante acertada en la soleá por bulerías y, sobre todo, en los tangos de Granada, en los que se erige una gran representante. Antonio Mejías, de Lucena, fue toda una sorpresa. Se templó con una soleá y solicitó compás para las alegrías y las bulerías, que bordó, en las que estuvo largo, incorporando cuplé y “La Salvaora” caracolera fuera de micrófono. Fue cuando nos cercioramos de que sin megafonía sonaba mejor. Terminó, a petición del público, con un par de fandangos. Pero donde el sonido hizo estragos fue en el baile de Patricia Guerrero. Los pies no se oían debidamente y los continuos pitidos afeaban las alegrías. De poco le sirvió el buen cuadro que llevaba atrás: Miguel Lavi y Manuel Heredia al cante y Luis Mariano y David Carmona a la guitarra. Ella, de dulce.
La segunda parte tuvo poco sabor por lo escaso. Un par de temas cada cantaor y pendientes de las manecillas. Comienza Miguel Barroso con su cante ortodoxo y bien modulado haciendo una granaína y después una soleá. El toque preciso y respetuoso de Manuel Carvajal le acompaña. La almeriense Montse Pérez, acompañada de Ramón del Paso, propone los caracoles de Chacón y se queda en Cádiz con unas sabrosas alegrías. Judith Urbano, temperamental y eminentemente festera, apuesta igualmente por aires de la bahía y termina por tangos. Carvajal acolcha su grito. El mismo guitarrista vuelve para formar, junto con Manuel Palma “El Zahoreño”, una de las parejas más conseguidas de la noche. Comienzan por soleares y, aceleran este mismo soniquete, para irse por bulerías.
Es el último gran festival. Con más carencias que verdades. Por su futuro, por su continuidad, debemos replantearnos bastantes cosas.
* En la foto María José Pérez en el XVIII Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba, en el que ganó el premio Antonio Chacón (© Toni Blanco).
Una apuesta por la raíz

IX Festival Flamenco de Monachil
Con un mes de retraso respecto a ediciones anteriores, la localidad de Monachil, organizado por la peña “La Zahareña”, celebra su noveno Festival de Flamenco. Este año, dicho encuentro se ha multiplicado en dos jornadas. El viernes tuvo lugar un minifestival en el que actuaron los alumnos de la escuela flamenca de Monachil, encabezados por sus profesores. En la velada del sábado, un grupo de artistas, cuyo punto en común es la ortodoxia y el apego a las raíces, hicieron las delicias del, por desgracia, poco público asistente. Apenas doscientas personas, que fueron llegando escalonadamente, aplaudieron sin discusión a todos los actuantes.
José Fernández fue el encargado de abrir la noche. Lo hizo con unas malagueñas de “El Canario”. Desde ese primer momento conquistó con su buen gusto y la redondez de su fraseo. Le acompaña a la guitarra su hijo, del mismo nombre, que, pese a su juventud, tiene un toque limpio y maduro. Sus fabulosos aires de Cádiz, inclinan al público a pedir caracoles, que el cantaor satisface sin condiciones. Termina José Fernández con unos fandangos de corte reivindicativo.
La almeriense Montse Pérez lo sustituye en el escenario. A la guitarra un preciso Ramón del Paso rellena los silencios con depuradas falsetas. Con una voz brillante y vigorosa, rica en matices, Montse comienza con granaínas en las que se entrega sin reservas. Continua por cantiñas; una milonga, que dedica a todas las madres; y termina con unas seguiriyas muy conseguidas para su corta edad. De propina añade a su repertorio un par de fandangos, que acaba cantando sin micrófono, a pie de escenario.
El Zahoreño, con un rosario de premios a sus espaldas, se presenta con una agradable vidalita. Prosigue con alegrías y, su palo estrella, granaína y media, con las que siempre conquista. Termina con fandangos. Zárate, rotundo y vital, lo arropa con su guitarra.
Los alumnos de la escuela de baile de María Granados cierran la primera parte.Elimeri “La Candela” baila por alegrías; Laura Moya y Miguel Jiménez, un paso a dos, con momentos meritorios, lo hacen por bulerías.
La segunda parte se presenta profunda. Antonio Gómez “El Colorao” se templa, como va siendo habitual en su repertorio, con unas marianas. Retomando el mismo soniquete que Ramón del Paso marca a su lado, el tradicional zorongo gitano sirve de estribillo a unos tangos que son bien acogidos. Antonio es grande por seguiriyas y por soleares, que interpreta, imponiendo su magisterio. Entre medias, unos fandangos festivaleros, descargan la tensión.
Diego Clavel, corredor de fondo, maestro indiscutible, cierra el Festival con una serrana que explica, “empiezo con liviana y acabo con la seguiriya de María Borrico”. De esta guisa, va anunciando todos los cantes que aborda y que borda. A los tientos le sigue la soleá de Alcalá y a ésta unas seguiriyas de impecable sabor, con las que remata la noche.
* Diego Clavel, en la imagen (© Daniel Muñoz).
La voz del tiempo

La Guitarra en Otoño
El jueves, dentro del ciclo "La guitarra en otoño", María José Pérez estremeció con su torrente de voz el patio de la Casa de los Tiros. Con un aforo limitado a unas escasas 200 personas (más de la mitad de pie), la flamencura, el rigor y la ortodoxia de esta joven cantaora almeriense se sintió como un verdadero regalo otoñal. Fue un recital lleno de intimismo y complicidad. Cercano y familiar, como el mismo ambiente renacentista impone.
A la guitarra un preciso Miguel Ochando, fino, limpio, más relajado que tocando a solas la semana anterior, en la inauguración de este programa, arropa muellemente a su partenaire haciéndole el camino más liviano. Ambos se admiran. Existe comunión, compromiso. Los solos de Ochando son merecidamente aplaudidos. Destacamos la introducción a las granaínas, el soniquete por tangos, tan de aquí, las bulerías en su conjunto, y tantos momentos...
María José se templa con una soleá. Desde un principio lo da todo. Es austera, clásica, considerada. Sabe donde mirar, donde reflejarse. Es grande en su comienzo. Se gana al respetable cada vez más entregado. Es la voz del tiempo, que en este entorno se hace pasado, se hace futuro. Su segunda entrega, bendiciendo la tierra que la acoge, viene en forma de granaínas, que son de Vallejo, y las medias, de Chacón, que se adapta mejor a su tesitura. De Granada pasa a su tierra, haciendo un taranto de Almería, sentido, lleno de matices. Con extraordinarias facultades anuncia cantiñas, que se quedan tan sólo en alegrías. Domina sin concesiones tanto lo jondo como la fiesta.
La segunda parte puede que supere incluso a la primera. Los tientos, de clara influencia morentiana, pasan a ser tangos que se quedan en Málaga. Quizás, el respeto, le aconseja no arriesgarse aún con los tangos del Sacromonte. Unas guajiras llenas de sal, anuncian lo que será su mejor entrega. Las seguiriyas, que comienza insegura, rompen en su mitad, consiguiendo el sentimiento trágico y brillante de toda una cantaora. Triunfar con seguiriyas es como aprobar con matrícula.
Termina María José con unas bulerías, bien marcadas por el maestro Ochando, en las que hasta se atreve, con poca fortuna, a improvisar una pataílla.
* Foto de esa noche, movidilla (movidilla la foto y movidilla la noche) (© José Manuel Rojas).
Para siempre, maestro

Parece una paradoja, lo único seguro en la vida es la muerte. Tarde o temprano todos se van. Pero cuando la oscura muerte nos arrebata a un ser tan cercano y tan grande, el dolor se acrecienta por el vacío inconmensurable que deja. Mario Maya desaparece en plenas condiciones creativas. Hace apenas diez días presentó en la Bienal de Sevilla su último montaje, “Mujeres”, que presentó en el Teatro Alhambra esta primavera, un homenaje a la mujer, al flamenco y a su evolución. Porque de él aprendimos que el flamenco no es estático, siempre está creciendo, redescubriéndose a sí mismo; al igual que aprendimos que el baile flamenco no es fuerza bruta; y, lo más importante, para hacer flamenco, para crear en el flamenco, para estar realmente comprometido, se debe tener la cabeza bien amueblada. Mario, lo digo sin tapujos, siempre lo he dicho, quizá junto a Gades, ha sido el mejor coreógrafo de flamenco en España. Individualidades hay muchas, pero con esa visión de conjunto, con ese arte y elegancia, se cuentan con los dedos de una mano. Mario tenía sus manías, era de carácter huraño, pero siempre tenía un buen consejo para el bailaor o bailaora que se lo pidiera, incluso aunque no se lo pidiera. Le dice a una bailaora “no des la espalda al público”, a otra “prolonga esa escobilla”, a otra “debes sonreír cuando bailas por alegrías”…
Hace poco lo vimos en el Corral del Carbón viendo a su hija, Belén Maya, que estuvo radiante. Cuando terminó el espectáculo se acercó a ella y le dijo que le gustaban unos pasos que hacía bailando por tangos, que les debía sacar más provecho repitiéndolos otra vez en la misma pieza. Su visión, en definitiva, era precisa y certera, crítica y apasionada. Todos los que han pasado por él lo tienen en gran estima, le deben gran parte de lo que ellos son. No quiero decir nombres, porque los olvidos a la larga pasan factura. Pero en el verano de “Diálogo del amargo”, llevó a escena un gran número de artistas granadinos y, puedo decir, como aficionado y como crítico, que, en la mayoría de estos chicos y chicas, se aprecia claramente un antes y un después del maestro Maya.
La historia de este bailaor es la historia del flamenco. Ha compartido cartel con los más grandes. Ha recorrido el mundo con sus múltiples montajes, colocando en un lugar de honor tanto el flamenco como la ciudad de Granada, porque, aunque naciera en Córdoba, era granadino.
Ahora se muere como el rayo de Miguel Hernández, cuando todavía tenía que hablarnos de muchas cosas, que tenía proyectos por realizar, que pensaba aterrizar en Granada para cerrar el círculo de su vida…
No ha muerto un bailaor. Ha muerto un intelectual. Ha muerto un creador.
* Le he dado un efecto de Photoshop a la única imagen de Mario riendo que he encontrado (su expresión solía ser de seguiriya), porque su calidad era pésima. Así me gusta recordarlo.
** Puntualmente recibía este blog y esporadicamente me mandaba sus opiniones directamente al correo.
Una orquesta en las manos

La Guitarra en Otoño
Un nuevo formato. Interesante en todo caso. Por lo solemne y lo cercano a un tiempo. Por lo entrañable y universal. El flamenco entra en los monumentos, como hasta ahora han entrado otras músicas. Aunque recuerdo precedentes puntuales, como cuando El Potito cantó en Los Condes de Gabia, es la primera vez que se programa con cierta continuidad y visos de futuro (quitando “Los veranos del Corral” o las representaciones en la Alhambra). Se me antoja pensar en “Música de los monumentos” y no “en los monumentos”. Como si al concebir patios y claustros, conventos y casas señoriales, pensaran en su alma musical.
La mejor forma de disfrutar una tarde. Sentados en un patio principal, acariciados por la guitarra de Miguel Ochando. Un poco tenso al principio, su ciudad le impone respeto, pero su dominio y aceptación hacen que olvide los posibles nervios. Tras un saludo parco y el anuncio pelado del tema que aborda, Miguel se presenta con granaínas. Las falsetas se imponen en el recinto. Es el latir del monumento. Es el sonido del agua de que este espacio carece.
La práctica totalidad de los temas que interpretará pertenecen a su disco “Memoria”, un trabajo, que para ser exclusivamente de guitarra, tiene muy buena aceptación. Para su segundo tema, un alegre y pegadizo zapateado, se hace acompañar de Alfredo Mesa, segundo guitarrista y discípulo. Alterando el programa, Ochando continúa en solitario con unas seguiriyas, en las que parece que la sonanta tiene voz propia. Para terminar esta primera parte, Alfredo, sin la presencia del maestro, nos brinda una farruca del Niño Miguel. ¿La limpieza se aprende? No tiene la soltura y calidad deseadas, pero la madera se deja entrever.
La segunda parte, ya más relajado, Ochando comienza versioneando una rondeña de Ramón Montoya. A su término, un espectador exclama: “Eso no es una guitarra, es una orquesta de ciento veinte músicos”. Con la guajira, rebosante de espuma y sal, retoma de nuevo el orden del programa. Alfredo ya no abandonará el escenario. La única concesión al no-flamenco es el tremendo “Lo que vendrá”, un tango de Astor Piazzolla. Termina el recital con unas originales bulerías en tono de rondeñas y con una propina por tangos, a los que le aporta ese soniquete árabe tan exclusivo de Granada.
* Miguel Ochando, en una foto de su cedé "Memoria".
Reivindicando el pequeño formato

XIX Noche Flamenca Plaza de Toros-Doctores-San Lázaro
Reivindiquemos los festivales flamencos en los barrios, aplaudamos a las asociaciones de vecinos que apuestan por nuestro arte. Aparte de las peñas, muchas veces elitistas, y de algunas localidades, es la manera de hablarle de tú al flamenco, como siempre se le ha hablado; es la manera de hacer el flamenco de los ciudadanos y a los ciudadanos del flamenco.
Con menos medios de los deseados, con menos presupuesto del necesario, las calles y las plazas de la ciudad se visten de banderolas y farolillos para celebrar sus fiestas, en las que nunca falta su muestra de flamenco. Casi siempre con el mismo formato, un escenario modesto, un equipo de sonido mediocre, los focos inexistente, un cartel casi de favor… Pero el Zaidín, La Chana, el Realejo, Los Pajaritos, o, como en este caso, la Plaza de Toros, hacen un esfuerzo, que tiene mucho de pasional, y programan su velada.
La XIX Noche Flamenca de la Asociación de Vecinos de la Plaza de Toros-Doctores-San Lázaro es un festival humilde, como ya digo, pero en el que no falta jondura y buen gusto. Un pequeño formato que, en cambio, reúne diversas corrientes y se muestra completo.
Sara Heredia, con su inseparable Antonio Heredia "Chonico" a la guitarra, nos traen de primera mano el flamenco de raíz sacromontano. Cantaron por levante, una soleá por bulerías y los imprescindibles tangos del Camino.
Sergio Gómez "El Coloraito", toma la alternativa, para hacernos vibrar con una soleá de Triana, las malagueñas del Perro de Paterna y una milonga. Que cada vez Sergio cante mejor, lo avala el rosario de premios que está recogiendo. ¡Muchas sorpresas nos dará este joven cantaor! Vicente Márquez ajusta su guitarra sin quejas.
El color de la noche lo pone Silvia Lozano bailando unas alegrías, redondas, sin fisuras, distendidas e inteligentes. Tanto el cuadro como el sonido, sin embargo, se le quedaron cortos.
Como cabeza de cartel, Mercedes Hidalgo, arropada por un virtuoso José María Ortiz, acordándose en todo momento de Morente, hizo tientos-tangos, granaína y media, cantiñas y remató con naturales.
Para terminar, con una sonrisa emotiva, vino la actuación de Manuel Conde, vecino del barrio, que, con sus ochenta y ocho años, principió con una taranta, para continuar por milongas y terminar con fandangos. Un fin de fiestas por bulerías pone fin a un encuentro que hay que proteger y apoyar.
* En la foto: Mercedes Hidalgo y J.M. Ortiz (© Sergio Cuesta).
Ogíjares, donde le corresponde

XXIX Festival Flamenco de Los Ogíjares
Definitivamente, el Festival Flamenco de Los Ogíjares recupera el lugar que le corresponde y, con un cartel antológico, vuelve a ser posiblemente la cita más importante en la provincia y, sin mucho equivocarnos, en un referente indiscutible en el resto de Andalucía. Zapatero a tus zapatos. No hay como dejar a la gente que entiende, en este caso la Peña Yerbabuena, que organice este tipo de encuentros. Respaldados incondicionalmente, como debe ser, por el Ayuntamiento de la localidad y por ende por la Diputación de Granada. El lugar, el Ferial de San Sebastián, es un recinto bien ordenado, con capacidad suficiente, con el ambigú bastante alejado las localidades, para que su inevitable murmullo no interfiera en el cante, con un escenario amplio (¿demasiado?) y decorado para la ocasión, que todos los años se llena con aficionados de todos los puntos.
Es el primer año, después de muchos, que la totalidad casi de las dos mil personas que nos reunimos allí aguantamos hasta el final (las cuatro y media de la madrugada), a pesar del frío sorpresivo que acosaba. Tal es la categoría del cartel. No sólo los cantaores ocupan las primeras filas del panorama flamenco actual, sino también los tocaores y la bailaora.
Juan Pinilla rompe la noche, arropado por el guitarrista local Jorge Gómez, con una serie de abandolaos, tradicional en su entrega. Continúa con la caña, la granaína y media, en la que se acuerda de Federico, unos fandangos festivaleros y acaba por levante, con un fandango minero y una levantica. El nivel comienza en donde acaba en otros festivales. La noche promete y nadie defrauda. Al cantaor de Huétor Tájar, lo sustituye Juan Antonio Camino, ganador este año del Concurso de Cante de Los Ogíjares. Posee este cantaor una voz potente y llena de facultades. Su primer decir llega en forma de malagueñas, que remata con fandangos de Granada. Después pasa a la soleá, a las alegrías, donde se echa en falta un poquito de compás, borda la granaína y media y termina con fandangos a boca de escenario, sin micro.
Calixto Sánchez, con su inseparable Manolo Franco, el guitarrista más aplaudido, principia su recital académico, poético, entrañable, con un par de malagueñas. “El romance de la pena negra”, de García Lorca, lo canta por soleares y la “Diligencia de Carmona”, del poeta sevillano Fernando Villalón, también del 27, por tientos-tangos. Su clara dicción y su fraseo suave embellecen estos textos. Las alegrías se convierten en el cante señero de la velada. Calixto acaba por las graciosas bulerías “La Manolita” incluidas en su último cedé “Andando el camino”.
Sin intermedios avanza un festival con la colorida bisagra del baile de La Moneta, que propone, en primer lugar, una soleá por bulerías y termina con unas magistrales seguiriyas. Aunque las tablas sonaran a bombo, aunque el espacio desangela, La Moneta rellena el escenario, impone sus pisadas sin complejos; destaca su figura y su fraseo sin igual; reúne fuerza y finura en cada paso, orden y frescura, delicadeza y valentía. Su cuadro le va a la zaga. De excepción son los cantaores Miguel Lavi y el Galli y los tocaores Miguel Iglesias y David Carmona.
Sin igual, perfecta, sin fisuras (acaso algún acople del sonido, pitidos imperdonables), Carmen Linares hace su aparición por alegrías, con la sonanta de Paco Cortés. Carmen suena limpia, tremendamente familiar. Sus letras son tarareadas por lo bajini por todos los asistentes. Los tangos son una delicia y su taranta y cartagenera estremecedoras. Termina por bulerías, pero, ante la insistencia del público, añade unos tangos de Granada como propina.
Vicente Soto “Sordera” trae el sabor jerezano de su familia. Se templa por soleá. Propone unos tangos con aires de Cádiz, para acabar siendo grande con las seguiriyas de Tío José de Paula y, sobre todo, con las generosas bulerías de su tierra con que se despidió. Culmina la prolongada fiesta el cordobés Julián Estrada acompañado de su exacto paisano Silverio a la guitarra. Su potencia y sus formas tan especiales son del agrado del público en las malagueñas, las alegrías, los fandangos, los tangos y especialmente en “La Salvaora” caracolera.
* Juan Pinilla, en la foto.
Al alcance de todos los bolsillos

Festival Flamenco del Zaidín
Con más problemas de sonido de los habituales se presenta el Festival Flamenco del Zaidín. Como es habitual en este barrio, la gratuidad de este evento, lo eleva varios enteros. Es la forma de popularizar la cultura. Es la manera de acercar el flamenco a todos los estratos. Sin embargo, las pretensiones de un festival, eminentemente granadino, son más grandes que los resultados.
De maestra de ceremonias actúa, Mariquilla que tiene mucho que ver con la dinámica del encuentro. Abren el festival los jóvenes Curro Vega, que canta abandolaos y peteneras, y Antonio Fernández, que comienza por seguiriyas, continúa por unos conseguidos fandangos y se va por fiesta.
Seguidamente, suben al escenario Antonio Gómez "El Colorao y Sergio Gómez "El Coloraito", padre e hijo, que dan una pincelada de su interesante montaje flamenco “Dos generaciones al cante”. Ole por el martinete a dos voces con el que introducen su presencia. Sergio hará unas milongas muy aplaudidas y unas sabrosas bulerías con remate camaroniano. Antonio, por su parte, abre con marianas, para demostrar después su largura y eficacia en la soleá y en la seguiriya.
María la Coneja impone su presencia en el escenario con el toque de castañuelas por bulerías que ha triunfado en todo el mundo. Le acompañan, Luis Mariano, Premio Nacional de Guitarra, Cañizares a la percusión, Alfredo Tejada al cante y las hermanas Heredia a las palmas y jaleos. Reivindicando su escuela sacromontana, La Coneja aborda los tangos de la penca. Acaba esta gitana, con gracia y poderío, haciendo unos tanguillos recitados llenos de sal y pimienta.
El baile por alegrías de Agustín Barajas pudo ser lo mejor de la noche si los micros no se hubieran acoplado, si los pies se hubieran escuchado y si Juan Pinilla no hubiera impuesto su magisterio en la clausura.
El cantaor de Huétor Tájar tiene algo de pedagogo, algo de showman y mucho de cantaor. Siempre es agradable su presencia y su animosidad. Una caña, que introduce por Chavela Vargas y culmina por bulerías, comienza su propuesta, que continúa por granaína y media bien moduladas. Hace un recorrido con fandangos abandolaos de Andalucía oriental. Y se despide con un cuplé bulerías mezclando un poema de José Hierro con letras de boleros. Fue el único que puso al público en pie.
*María La Coneja, en la foto.
Acaba el verano en el Sacromonte

La crisis, se mire por donde se mire, también afecta a las esquinas del flamenco.
El miércoles pasado terminó la temporada en el Museo Cuevas del Sacromonte con la actuación memorable de El Niño de Elche. Han sido diecinueve noches intensas de recitales de cante, guitarra y baile, de las más grandes ofertas en duración de toda Granada. Desde primeros de julio hasta principios de septiembre ha pasado por el escenario de este rincón de Valparaíso lo más granado del flamenco joven local. Y no tan joven, recordemos la presencia de Angustillas “La Mona” o de Jaime Heredia. Y no tan local, pues pudimos ver al Niño de Elche, ya mencionado, o una agrupación notable de jóvenes motrileños. También ha habido sorpresas, como cuando bailó Eva Esquivel sustituyendo a “La Repompa” o los encuentros de Juan Pinilla con “El Parrón” o la levantica que le cantó a Jara Heredia.
Casi todo el grueso de los actuantes, sin embargo, han sido sacromontanos, o albaicineros, que en este caso es casi igual. Destaquemos las guitarras supremas de Luis Mariano, Miguel Ochando, Emilio Maya o Rafalín Habichuela; aplaudamos el baile individual y determinante de las hermanas Heredia, de Ana Calí, de Raimundo Benítez, y, sobre todo, de Luis de Luis, a solas o con su pareja Esther Marín; distingamos los cantes de Sergio Gómez, de Álvaro Rodríguez, de Pepe Luis Carmona, de Aroa Palomo y de tantos otros; hagámosle un guiño final a las percusiones de “El Cheyenne” o de “El Moreno”. En definitiva, un nutrido grupo de artistas que nos han hecho sobrellevar con alegría las noches estivales. Los conciertos (al aire libre, por supuesto) han tenido lugar los miércoles, avalados por la Diputación de Granada, y los viernes, organizados por ellos mismos, con no pocos esfuerzos.
Aparte del lugar privilegiado enfrente de la Alhambra, este Centro, que funciona todo el año como museo, cuenta con un ambientado ambigú que complementa nuestra estancia.
Con respecto a pasados años, han aumentado las noches de flamenco (los días alternos se proyecta cine también a la intemperie), ha mejorado el escenario natural y, por encima de todo, se ha cuidado el sonido, aunque no siempre estabo ajustado. Fallan todavía el juego de luces o los monitores, por ejemplo. Son asignaturas pendientes que seguramente se aprobarán en el curso próximo.
* Juan Pinilla le canta una levantica a Jara Heredia (© Nono Guirado).
La Moneta, una bailaora con carisma

Los veranos del Corral. X Muestra Andaluza de Flamenco
Por segundo año consecutivo, La Moneta cierra Los veranos del Corral. Y no es un tópico decir que pone el broche de oro a estos Encuentros flamencos. A esta bailaora granadina la vamos siguiendo desde hará unos seis años, desde que ganó el “Desplante”, el primer premio de baile en el Festival Internacional de las Minas de La Unión. Es asombroso ver como evoluciona. Como canaliza una fuerza que siempre la ha acompañado. Como va trasladando un baile de pasión al raciocinio de quien sabe lo que hace y por qué lo hace, sin olvidarse del ánima y del arrebato improvisado. Sus ojos bailan a la vez que su cuerpo. Sus manos son dos fuegos fatuos que siempre anuncian buenas nuevas. Es una bailaora que se para y que escucha, que sabe sacarle partido al silencio.
A veces nos regala su sonrisa, pero el viernes, de tan concentrada, era pura tensión. Parecía que arrojaba el baile, que le salía a borbotones, que había abierto la caja de Pandora y se habían liberado todos los truenos. Una tormenta que electrificaba a todo el público, que lo hipnotizaba. Su taconeo preciso, siempre argumentado y coherente, es pura música, doblemente agradecida por haber tenido el buen gusto de no incluir un percusionista en su cuadro. Un cuadro de lujo, donde El Galli y Miguel Lavi son grandes por seguiriyas y por malagueñas y por soleares. Las guitarras de Miguel Iglesias y de David Carmona cobran vida propia, aunque a veces no se acaban de entender.
Y, como artista invitado, rellenando el escenario con su sola presencia, Manolo Osuna, cantaor octogenario con una voz privilegiada (potencia, timbre, afinación), que abre la noche con unos fandangos de regusto antiguo y le canta a La Moneta una soleá de antología. Si este cantaor hubiera nacido en otra parte, compartiría la gloria con Caracol o Chacón. De terciopelo negro aborda Fuensanta esta soleá llena de fuerza y fineza, de rabia y dulzura. Le duele cada paso que da, cada uno de los veinte minutos que dura su entrega. Hace guiños al pasado y, me atrevo a decir, también al futuro que hoy comienza con sus vueltas y sus paseos, con sus escobillas y ese “echarse pa’ tras”, esa “caída” tan de la tierra, que volverá a repetir en su baile final.
La guitarra de David se queda sola e interpreta esa taranta que tuvo el beneplácito de Sanlúcar y ya forma parte del patrimonio flamenco granadino. Miguel Iglesias toma el relevo, tocando por farrucas. La Moneta, con camisa y pantalón, se impone. Solo suenan las guitarras y el zapateado, y a menudo el silencio. El silencio absoluto. Ni una mosca. Si no miras para atrás te crees solo en el patio. Respeto, tensión y mucha feminidad. Gloriosa farruca.
Termina por seguiriyas, su palo estrella. Tanto se adapta a la seguiriya, como la seguiriya se adapta a ella. Son palabras mayores. Fuensanta mastica el compás. No busca el duende, sino que el duende la busca a ella. Y, cuando se encuentran, lo exprime, lo retuerce y sigue esperando. Y, cuando termina, abandona el escenario con el mismo ímpetu y carácter con que subió sus peldaños, como diciéndonos que podría seguir bailando un par de horas más sin ningún problema. Al final, es la artista más ovacionada de este ciclo estival.
* La Moneta. Foto de archivo (© Nono Guirado)
El paladar de Edu Lozano

Los veranos del Corral. X Muestra Andaluza de Flamenco
Flamenquísima la actuación de Edu Lozano el penúltimo día de Los veranos del Corral. Edu Lozano, evidencia su paso por las compañías de Javier Latorre y Eva Yerbabuena, y despega en solitario afianzando su carisma de bailaor imprescindible en el joven panorama andaluz. Con una técnica fuera de lo común y un compás preciso, Edu va deshilvanando su baile como quien no quiere la cosa. Quiero decir, que su presencia en el escenario, la primera impresión, no es la de un bailaor al uso (pasa igual con Fran Espinosa), pero su baile sencillamente arrebata.La música es una anécdota al servicio del baile, que el joven cordobés sabe utilizar. Su baile es reposado, lleno de silencios sugerentes y graciosos guiños de complicidad. Zapatea en su primera entrega dando lecciones de dominio, creatividad y alegría, como si fuera una fiesta. No se repite. Nunca se repite. El bailaor se renueva a cada paso, mientras su particular camino machadiano se va componiendo y llenando de color.
La segunda propuesta de la noche son unos tarantos, en extremo ralentizados, que baila su invitada, y presumiblemente su pupila, Estefanía Cuevas. Algunos momentos inmaduros los va paliando con buenas formas y un baile racional que seduce. Antes de convertir el levante a tangos, Estefanía los va anunciando con la danza más pesada y sensual. Para las seguiriyas, Edu Lozano aguanta el tipo. Congelado en la boca del escenario espera a que la sensible guitarra de Manuel de la Luz introduzca su falseta y que el cante de Pepe de Pura haga su entradilla. Después, el silencio se rompe con el latido a compás de la percusión atenta Juanfra González. Edu baila con todo el cuerpo, zapatea, mueve la cintura y los hombros, se palmea en las piernas y en el pecho… ¡Ay, si más de un bailaor de la tierra lo hubiera visto y tomara buena nota!
Para terminar, sin necesidad de quedar exhaustos, un soniquete moruno anuncia tangos cercanos a Granada. Otra vez tangos. El compás de cuatro tiempos impera. A Manuel de la luz lo apoya, como segunda guitarra Jesús Majuelo. Bien por el cante modulado de Jeromo Segura. Estefanía los aborda como en su anterior entrega, a cámara lenta. Es tan difícil como sabroso. Lozano, con traje blanco, salta a la escena y comienza un paso a dos pleno y satisfecho, lo que nos recuerda que este bailaor es también un buen coreógrafo (recordemos sus aportes al espectáculo de la Yerbabuena). Una propina por bulerías rematan una noche con mucho paladar. De las dos o tres mejores vividas este año en el Corral del Carbón.
* Edu Lozano en la foto (© Paco Sánchez)
Apostar sobre seguro

Los veranos del Corral
X Muestra Andaluza de Flamenco
Finura, limpieza y rapidez de ejecución son algunas de las características que distinguen al joven de los Habichuela. En la velada del miércoles vivimos un momento histórico para el flamenco granadino. El patriarca Juan Habichuela le pasó el testigo a su nieto, del mismo nombre, entregándole simbólicamente una guitarra, salida de los talleres de José López Bellido. Hasta aquí, un acto emotivo, nada más. Pero si consideramos que Juan está entre los mejores guitarristas de la actualidad, y en cuanto acompañamiento es sin duda el mejor; si tenemos en cuenta que Juan es el cabeza de una de las sagas flamencas más importantes de Granada y del resto de Andalucía; si comprendemos que Juan ha acompañado a los más grandes cantaores durante varias generaciones sin fisura ninguna; si añadimos que Juan tiene plena confianza en su sucesor, que apuesta sobre seguro, reconociendo a su nieto como el bastión necesario en su familia, digno de llevar su mismo nombre y su confiado espaldarazo; amigos, estamos viviendo, como digo más arriba, un momento histórico. Sería palabrería, no obstante, lo que cuento, si el delfín no demostrara con creces esta tácita distinción. El abuelo Juan le regala la guitarra, como todos hemos visto, pero con ella le traspasa también un corazón que late por tangos y un río de sangre donde flotan a la vez la sensibilidad y el carisma.
El joven demuestra la importancia de un nombre y viste una vez más de largo un apellido que tiene el futuro garantizado. Juan comienza por granaínas. La tierra lo impone. El toque es difícil y generoso, lleno de matices y aromas. Puro almíbar. Continúa por guajiras, igualmente en solitario. Sus propuestas nos pueden remontar bastantes años hacia el pasado, pero con la frescura de unas manos de diecinueve años, puestas entre las cuerdas y las estrellas. Para el zapateado, ya clásico en el repertorio de este tocaor, se hace acompañar del violín de Maya. Todo instrumento emborrona la guitarra del Habichuela, incluso la voz de María Toledo en las alegrías, pero sobre todo la caja galopante de Luky Vega. Termina el mismo cuarteto difuso mostrando unas bulerías de vértigo, cogiendo de base “Lo bueno y lo malo”, un hermoso tema de Duquende, que grabó en 1993, con la guitarra de Tomatito. Aunque esté bien acompañado, hoy por hoy, Juan Habichuela Nieto suena mejor en solitario.
Después de esto, cualquier propuesta puede resultar pobre. Al bailaor granadino Luis de Luis le hemos visto días mejores. ¿Dónde está el reposo intencionado de otros tiempos? ¿Donde están los amagos inacabados, llenos de pellizco, con los que nos conquistó este bailaor? Puede que sea la responsabilidad del escenario o la compañía de un cuadro deslavazado y estridente. El caso es que Luis no estuvo a la altura. Fue un bailaor de arrebato, como tantos otros, llenos de sombras y ahogados en su propia necesidad de contar. Sin embargo, su planta no se la quita nadie. Es elegante y tiene algo no pulido que brilla sobremanera. Los martinetes con los que principia su entrega quizá fueran lo mejor (los cantaores sin la batalla de los micros), que continúan por abandolaos (ritmo del que abusa) y los remata por levante. Con la misma tónica, baila también seguiriyas y bulerías. Sus músicos, cuando Luis se prepara para la próxima danza, nos brindan farrucas y tangos. Nuevamente destaco la percusión justa y respetuosa de El Cheyenne.
* Luis de Luis (© Gabi Pape)
El lenguaje de Belén Maya

Los veranos del Corral
X Muestra Andaluza de Flamenco
Hay bailaores más o menos creativos, Belén Maya va abriendo camino. Si quieren contemplar la evolución del baile sin estridencias, con varios años de antelación, vengan a ver a esta bailaora. Hacía tiempo que no veíamos a Belén Maya en formato reducido, en un recinto pequeño, casi al alcance de la mano, fuera de una obra, bailando por bailar, sin necesidad de ajustarse a un argumento (aunque sus historias pasan por ser las más bellas que este arte posee). Hay quien tacha a Belén de heterodoxa, de un vanguardismo ajeno. Pero lo que baila esta granadina de sangre es flamenco, puro flamenco, y algo más. Ver a Belén siempre es una fiesta distinta de la anterior. Sus actuaciones acaban con un punto y seguido, para seguir avanzando con algo nuevo en el próximo encuentro.
Un gran cuadro la arropa. Unos músicos compactados, a los que conoce bien y les deja hacer. Y, con su vuelo, ella vindica los cielos. Todos son protagonistas, desde José Luis Rodríguez a la guitarra, que compone los temas, hasta Ana Calí, buena bailaora y flamenca humilde, que aprende desde atrás, aportando el lujo de sus palmas, pasando por Jesús Corbacho, de la gran hornada de cantaores onubenses, y La Tremendita, cantaora jerezana rebosante de almíbar. Ella escucha la guitarra y retoza en sus acordes. Ella escucha el cante y se empapa con la voz.
Belén nos dejó tres muestras de su baile tan original como imitado. Fueron tres delicadezas, a cada cual mejor, en las que trasmite paz y seguridad. La paz de quien desnuda un sentimiento, con sus palabras, con sus caricias. La seguridad de quien conoce su cuerpo y lo domina.
Comienza el recital con una lucida rondeña de José Luis. Son sus señas de identidad. Estamos ante una guitarra de las grandes. Belén Maya, a continuación, aborda unos tangos de Granada. Su nerviosismo dura apenas unos minutos. Rápidamente controla e impone su magisterio. Desarma con sus manos, derrota con la cintura, seduce con sus ojos. Mueve la bata de cola como pocas y enseña sus cartas de movimientos orientales, de posturas imposibles. Jesús Corbacho se decanta por guajiras, bellas en su timbre, mientras Belén se prepara para lanzarnos las flores de su baile descalzo con bata roja de volantes azules. Es una canción de sabor asturiano, es un trémolo con el que Rodríguez rinde personal homenaje al Niño Miguel. Belén demuestra que el tacón punta no es imprescindible. Muñequea en el aire, baila con el suelo, se silencia para volver a la vida. Es el nacimiento de la primavera. Y, a su final, todos respiramos.
Rosario Guerrero “La Tremendita” nos obsequia con una soleá llena de matices que merece continuos oles. Puede que estuviera mejor que cuando estuvo en este mismo escenario el pasado 6 de agosto. Para terminar (o para poner suspensivos), el sentimiento de unaa seguiriya invade el espacio. Belén, de riguroso negro, aunque informal (viuda de sí misma), rompe con este baile. Es arriesgado, valiente y dispar. Con su baile, la hija de Mario Maya, cuenta lo de siempre, pero con un evolucionado lenguaje personal.
* Belén Maya bailando por seguiriyas (© Nono Guirado).
Un poco de arena

Los veranos del Corral
X Muestra Andaluza de Flamenco
Ya le comenté a Juan Ángel a la salida del concierto, “si hubiera durado dos horas más lo mismo triunfas”. El caso es que cada vez estaba más templado y seguro. Cada vez conectaba más con el público, curiosamente por olvidarse de ellos.
El cantaor granadino Juan Ángel Tirado, con un eco muy gitano y un carraspeo heredado, comienza la noche por martinetes. Entra inseguro. El respeto impide mirar a los ojos de los asistentes. Con todo y con esto, arranca algún ole que afianza su entrega. Continua por levante. Muy sabrosa la cartagenera clásica. Emilio Maya a la guitarra suena limpio, creativo y granadino.
En la soleá por bulerías, arropado ya por todo el cuadro, El Cheyenne a la percusión y Primo Rana y el Niño de la Luisa a las palmas, se siente más seguro, pero no acaba de cuajar. Las seguiriyas aceleradas son para baile, demostrando que es un buen cantaor de atrás, que no está preparado para saltar al escenario en solitario. ¿Le falta ensayo? ¿Le faltan estudios? ¿Necesita estímulos? Su mejor aportación son las bulerías finales, aunque el mérito, me temo, es de todos los músicos.
El Galli o Moi de Morón, dos de los cantaores que salieron con el bailaor Pepe Torres en la segunda parte, puede que hubieran hecho mejor papel que Juan Ángel. El sentimiento y la jondura de uno y otro son encomiables. El Canastero, el tercer cantaor, fuerza la voz innecesariamente, afeando su cante. Un falso mito impele a los cantaores a la ronquera voluntaria, pensando que una voz rota es más apreciada. Rafael Rodríguez a la guitarra es preciso y certero, de sabor añejo y toque moruno. Parece que a veces tañera un laúd.
En cuanto al bailaor sevillano le sobraba algo o le faltaba algo, que no termina de redondear. En sus propuestas se espera un remate, un estallido que no llega. Pepe Torres es un bailaor de la antigua escuela sevillana, con profusión de brazos y zapateado ajustado. A veces cercano a la ortodoxia de El Güito, pero con menos peso, a veces cercano al baile de Marco Flores, pero con menos gracia. Pepe bailó alegrías y terminó con una soleá. No sorprendió en ningún momento. Lo mejor fueron sus músicos que, entre los dos bailes, interpretaron unas seguiriyas muy apreciadas.
Para mí, el pasado jueves, dentro de un nivel, fue el día más flojo de la Muestra. Después de tanta cal, ya se sabe, un poco de arena.
* En la foto: El Galli, fragmento (© Paco Sánchez).
Un cierto sabor antiguo

Los veranos del Corral
X Muestra Andaluza de Flamenco
Encontramos un nexo en común en las dos artistas programadas el miércoles en los Encuentros de Los veranos del Carbón: su mirada hacia atrás. Aunque, mientras la cantaora trianera, “La Tremendita”, no abandona las aguas poco profundas de sus mayores; la bailaora jerezana afincada en Sevilla, Leonor Leal, abandona la orilla, sin preocuparse de que la ropa esté a buen resguardo, y se abandona en el piélago profundo, descubriendo nuevas aguas.
Rosario Guerrero “La Tremendita”, acompañada a la guitarra por la segura apuesta de Salvador Gutiérrez, al que todos buscan, tiene un cante agradable, pero contenido. Parece que se frena en su falsete e imposta una voz que no termina de estallar. Aunque su potencia es limitada, su modulación y el buen uso del micrófono palian su carencia. Con un homenaje a La Paquera por tientos comienza su actuación. El público está frío y la cantaora no es capaz de despertarlo. Al contrario, es Rosario Guerrero la que termina contagiándose de ese letargo. Su recital continúa por Cádiz. Es agradable escuchar un cante con altibajos extremos sin necesidad de gritar.
La Tremendita es caracolera y chaconera en las granaínas. Un aplauso continuo merece la guitarra sensible, rápida y limpia del sevillano. Los tangos de Granada no alcanzan la altura deseada, sin embargo, puede que sean los más correctos escuchados hasta ahora de artistas foráneos. La primera parte termina por bulerías y, de regalo, un buen fandango de El Gloria a palo seco a pie de escenario.
Leonor Leal, después de un breve intermedio, es generosa en su entrega. Las guitarras sordas de Tino van der Sman y David Vargas anuncian tangos, que la bailaora aborda con un lenguaje personal, delicado y elegante. Su misma imagen, con el pelo corto y un vestido poco flamenco, acentúa esta diferencia. Ronea en los tangos y se hace querer. Tino, el guitarrista holandés, nos deja una gran taranta, mientras la bailaora se prepara para la farruca. Tradicionalmente, éste es un baile de hombres, hasta que lo engrandeció Carmen Amaya, como ella, muchas lo han bailado con pantalón y traje corto. Leonor, vestida de hombre, pero tremendamente femenina, borda una farruca rebosante de arte y de matices, con un zapateado casi imposible, que parece tan sencillo…
A la manera de Arcángel, los dos cantaores, Javier Rivera y Jeromo Segura, entonan unas bulerías muy conseguidas, donde su comienzo y su remate lo interpretan a dos voces, mientras Leonor, con vestido claro, se prepara para las alegrías. Una nueva sorpresa, una nueva alegría (valga la redundancia), que una bailaora de Jerez no tenga el marchamo de su tierra bailando por Cádiz. Su delicadeza y gracia se imponen. Se queda sola en las escobillas y parece que nos roba el aire. La noche es suya y lo sabe. Tiene un buen cuadro que la arropa, el sonido es inmejorable, la iluminación correcta, la plaza es un lujo. Y ella, sin más, triunfa.
* (FOTO © Nono Guirado) (le he quitado rojos a la foto original, que se imponían demasiado, enturbiando las alegrías, espero que Nono lo entienda).
El baile desenfadado de Rafael Campallo

Los veranos del Corral. X Muestra Andaluza de Flamenco
Otra noche agradable nos trae los Encuentros Flamencos del Corral del Carbón. Aunque el programa doble de la mayoría de los días no acaba de encajar, una actuación notable palia a la anterior con deficiencias. No digo que haya espectáculos de segunda, de ninguna manera. El simple hecho de estar programado en este ciclo, ya es garantía de calidad y de grandes expectativas. Pero hay quien no cuaja en algunos detalles, en alguna propuesta, en su resultado final.
Así, la velada del martes contó, en primer lugar, con el guitarrista cordobés Niño Seve. Con buenas dotes interpretativas y una técnica reconocida, comienza por levante, para proseguir por las alegrías, que fueron lo mejor de su recital, y por bulerías, antes de hacerse acompañar por sus músicos. El piano de Juan Antonio Sánchez y la percusión de Miguel Ángel Santiago, del todo prescindibles, más que reforzar al guitarrista, enturbiaban su entrega. El piano tapa la guitarra y la percusión oculta al piano. Con ellos continua su recital con un bello bolero, que quizá sonara trasnochado, unas bulerías y unas rumbas efectistas para terminar. Haría bien este tocaor de acompañarse exclusivamente de dos palmeros y ralentizar un poco sus temas, que la prisa no nos lleva más rápido al buen final.
Rafael Campallo, a continuación, fue un ejemplo de carácter y templanza. Con dos guitarras, sus hermanos, Juan y Mariano Campallo, y tres voces, Jeromo Segura, Juan José Amador, padre e hijo (tal vez demasiados), Rafael nos propone en primer lugar unas seguiriyas que arrancan con tonás (ole por Jeromo). Su baile es parco y seguro, desenfadado; lleno de guiños y amagos de toreador. Su comicidad e implicación con el público es de agradecer. Sus mules y sus paseos inacabados dan realce a un bailaor tan asequible como profundo.
Si en la seguiriya se apunta la esencia de su lenguaje corporal, es en las alegrías finales, después de un aporte por bulerías de su cuadro, donde encuentra su más clara manifestación. Rafael Campallo ha asistido en varias ocasiones a Los veranos del Corral y es satisfactorio contemplar su evolución, soltura y definida personalidad. Para acabar, de propina, un fin de fiestas por bulerías en el que hace bailar a sus hermanos.
* Foto in situ: Rafael Campallo (© Gabi Pape).
El Festival de Órgiva duplica su asistencia

XV Festival Flamenco Ciudad de Órgiva
El décimo quinto Festival Flamenco Ciudad de Órgiva ha dado un salto cualitativo respecto a ediciones anteriores. Ha multiplicado el número de espectadores, sin necesidad de elaborar un cartel de primera clase. Sin embargo, la autenticidad y el sabor flamenco brilló como en cualquier evento de bandera. Este crecimiento se debe simplemente a la apuesta del Ayuntamiento local por esta oferta, por su acertada promoción, por el cambio de escenario y por el cuidado de los detalles, actuantes, decoración y medios.
Como cabeza de cartel, el sevillano, de Osuna, Manuel Cuevas, acompañado por Isidoro Pérez a la guitarra, dio un recital de altura. Se templó por malagueñas y abandonaos, que dieron prueba inmediata de su capacidad torácica y el dominio del cante de sabor añejo. Una bella farruca prosiguió en su entrega. Ante la respuesta de un público incondicionalmente volcado, abandonó el micrófono y, a pie de escenario, interpretó “La Salvaora” caracolera. Últimamente, las zambras y el estilo de Manolo Caracol se han puesto de moda, y no hay festival o encuentro flamenco donde un toque de este insigne cantaor esté presente. Su torrente de voz rellena el ambiente, posiblemente mejor que con amplificación, innecesariamente elevada. Tal es el efecto, que su última propuesta por fandangos festivaleros la continua a pie de escenario de esta misma guisa.
Anteriormente del que ganara la Lámpara Minera en 2002, actuó la malagueña Isabel Rico, con Fernando Rodríguez, de Sevilla, a la guitarra. Con un registro afinado y de buena modulación, la cantaora nos ofrece alegrías, granaína y media, tientos tangos, en los que se alargó demasiado, y destacó en las bulerías, donde el virtuosismo del guitarrista fue evidente.
Abrió la noche el cantaor local Álvaro Rodríguez, que en su tierra estuvo más suelto y relajado que nunca. Pese a su juventud, es un cantaor clásico, lleno de jondura. Álvaro hizo una soleá, una granaína y la milonga dedicada a las madres de Juanito Maravillas. Entre estos dos últimos temas, cómo no, su aporte caracolero, lleno de melismas, un estremecedor “Carcelero”.
La nota de color la pusieron “Los de Juan”, una completa formación surgida de la simiente del Taller de Compás de Almanjayar, que, al principio de cada una de las partes del recital, ofrecieron el baile fresco y desinhibido de unas alegrías y unos tangos morentianos, respectivamente.
Fiesta en el Monte

Museo Cuevas del Sacromonte
Hay citas ineludibles. Hay flamencos en Granada subrayados en rojo en la agenda. No sólo hay que verlos por su estilo, sino también, y casi más importante, por su evolución. Son artistas que estudian, que se preocupan, que no se han puesto techo, que dan un paso más cuando suben a un escenario. Pepe Luis Carmona, de la familia Habichuela, es un cantaor inquieto que siempre tiene algo nuevo que contar. El cante sereno, afinado y melismático de este Carmona no hay que perderlo de vista. Y más si viene acompañado de Jara y de Luis Mariano, y de Manuel y de “El Cheyenne” con la caja. José Luis fue uno de los fundadores de “La Barbería del Sur”, el más flamenco de ellos. Agrupación que quiere relanzar con un acento más granadino.
El primer viernes de agosto, sin aspavientos, una sensible fiesta nos esperaba en el Sacromonte. Pepe Luis se arranca con unos martinetes antes de llegar al escenario. Toma la alternativa Manuel Heredia, que le acompaña como segunda voz. Martinetes que baila emotiva y estilosa Jara Heredia. Aunque desentrenada esta bailaora, por pasar un tiempo prolongado en dique seco, sorprende su visión del flamenco. Es de las pocas bailaoras del terreno que se detiene a escuchar el cante y a la guitarra que la arropan. No es un baile espectacular, de ciego arrebato, donde mandan las vísceras. Es un baile sumamente elegante, sentido y racional. Es de admirar la musicalidad de sus de pies.
Luis Mariano coge todo protagonismo. Su guitarra, bien sonorizada, es almíbar en “La Salvaora” caracolera hecha balada. Los fandanguitos tienen su ole y, para levante, requieren la presencia de Juan Pinilla para cantarnos una levantica. En realidad se la canta a Jara y Jara le baila a él. Buena estampa ahora y en los tarantos, que encierran tangos del Camino. Un breve intermedio da paso a unas voces más templadas. Manuel es muy aplaudido en su cuplé por bulerías, donde se acuerda de Fernanda. Con bulerías sigue Pepe Luis, para terminar con una soleá, una buena soleá, donde el cantaor es grande y la bailaora arrebatadora.
Como fin de fiestas, suben al escenario algunos de los artistas allí presentes, Jaime Heredia, Curro Albayzín, Judea Maya, Juan Pinilla, Marina Heredia, Johny Cortés, para manifestar su apoyo por bulerías.
* En la foto: Jara Heredia (baile); Luis Mariano (guitarra); José Luis Carmona y Manuel Heredia (cante) (© Nono Guirado).
Grandes sorpresas desde Sevilla

Los veranos del Corral. X Muestra Andaluza de Flamenco
En bastantes momentos hemos podido apreciar el toque flamenco y creativo de los hermanos Iglesias por separado, prestando su guitarra al cuadro de una bailaora o acompañando a algún cantaor. Hasta ahora, sin embargo, no hemos tenido la oportunidad de ver a los tres juntos compartiendo escenario, tocando alante, en un puesto que cada vez por derecho más se merecen.
Con un sonido impecable, sin fisuras, comienzan un tema libre para tres guitarras y percusión. Cuando han recibido la incondicional aprobación del público se van alternando en solitario o de dos en dos, para acabar de nuevo todos juntos. En la caja, un preciso José Carrasco añade belleza a cada una de las entregas si cabe. Comienza Paco por seguiriyas, para pasarle el relevo a Miguel con una soleá por bulerías. Eugenio propone aires de Cádiz, y se mantiene en el escenario para, con Paco, brindarnos bulerías que saben a levante en sus proemios. Miguel, quizá el más suelto de los hermanos sevillanos, realiza un delicioso toque por granaínas. Un solo de percusión da entrada a las guajiras de Paco, para terminar, como he dicho, las tres guitarras solapándose por bulerías.
Toda una sorpresa que casi se diluye con el baile tan arrojado y personal de Amador Rojas. A este bailaor sevillano ya lo pudimos ver metiéndose en el pellejo de Frida Kahlo este invierno en “Flamenco viene del sur”, pero era un baile, como su protagonista, encorsetado y oscuro. Nada que ver con este lenguaje nuevo, con esta propuesta tan arriesgada como sabrosa, uniéndose así a la estela que supo dejar Vicente Escudero y que han sabido vislumbrar bailaores como Israel Galván, Joaquín Grilo o Andrés Marín. El baile de Amador Rojas es una continua búsqueda, es un ejercicio de introspección donde el bailaor se mira dentro de sí y mira al universo, destilando palabras nuevas para decirnos que el flamenco es lo de siempre pero los prismas para verlo pueden ser muy diferentes. Amador disecciona los palos y los vuelve a unir. Huye del tópico. Entra en trance y no duda en improvisar si el cuerpo, si el nuevo idioma, se lo va pidiendo. Es elegante y femenino.
Su tremendo zapateado va marcando la seguiriya, preñada de tonás, que se desarrolla a palo seco. Un apunte por levante en las voces de Antonio Ingueta “El Rubio” y “El Pulga”, sirven para que el bailaor vuelva con nuevos bríos para, después de una entradilla por farrucas nada tradicional, hacerse grande por tangos. Unos tangos cargados de sensibilidad, frescura y esfericidad, que quedarán bastante tiempo en el recuerdo de los aficionados. Jesús del Rosario engrandece el espectáculo con su guitarra. Terminan, como es habitual, con una soleá que ralentizan o aceleran a voluntad, profundizando en la llaga que eleva a este bailaor al olimpo de los únicos.
El profundo Albaycín

Los veranos del Corral
X Muestra Andaluza de Flamenco
Jaime Heredia tiene días y días. Cuando lo vimos en el Corral del Carbón el pasado miércoles definitivamente no era de sus mejores días. Hay cantaores, sin embargo, que su sola presencia es suficiente, de los que no se espera el notable, ni siquiera la sorpresa. En “El Parrón” se acumulan años de sabiduría. Su presencia en el escenario recuerda lo grande que ha sido por soleares o por levante. Hoy sólo una sombra, pero bien larga. A su lado, un Emilio Maya muy calmado, que lo entiende, que rellena el vacío con su guitarra, que arranca la queja. El cantaor albaycinero se templa por levante, para pasar a la soleá que le ha dado fama. Al tocaor se le rompe una cuerda, la prima, dándole más gravedad si cabe a este cante. Jaime se queja por seguiriyas. Su mejor momento. Y termina por bulerías.
La revolución. Como una yegua desbocada, como un bello animal salvaje, entra Vero “La India”. Lleva un cuadro excesivo detrás. Demasiada orquestación para la que le basta un simple palmeo para convocar a los duendes. Vero tiene un metrónomo en su interior que le recorre la espina dorsal y sale a borbotones por el martillo de sus pies, por su cuerpo indomable, por su corazón. Va marcando este compás con los gestos, con su boca, con su cara gitana que, más que convencer, desarma al espectador, lo arrincona y lo hace preso de su baile de tierra y fuego. Es la más gitana, arrebatadora. Parece que vino al mundo ya con su fuerza y sus volantes. De hecho es la nieta de Loles la del Cerro, la última gitana de su rancia generación. De hecho aprendió a bailar antes que andar en el duro piso de una cueva.
En su primera entrega, que comienza por levante para pasar a tangos en su ecuador, ya demuestra su sangre y su temple. Pronto su pelo se libera, lanzando como verdaderos proyectiles horquillas y peinetas. Ronea en los tangos y a todos nos atrapa en una tela de araña que tiene más de visto que de aprendido. Es toda intuición. Para cambiarse de vestido, que no para descansar (Vero parece incombustible), los músicos se van por fiesta. Excelentes las guitarras de Juan Habichuela nieto y Emilio Maya, que se compenetran perfectamente, que pugnan por la rapidez y la limpieza. El violín de Maya, agradable pero prescindible. La percusión de El Cheyenne, como siempre, respetuosa. La voz de Juan Ángel Tirado tan necesaria como superflua la de José de la Loles (fuera de lugar en el cuplé por bulerías que remeda a Falete remedando a Mayte Martín). A veces, las familias deberían dejar respirar a sus flamencos, que volaran sin lastre.
Vero remata su entrega con una soleá por bulerías. No hay disparidad de opinión, lo que esta bailaora encierra dentro y nos puede seguir dando se puede tasar en quilates. Como remate, algunos compañeros bailaores, “mi gente”, saltaron a las tablas para coronar estas bulerías que han marcado Los veranos del Corral de este año.
* Foto in situ: Vero "La India" (© Gabi Pape).
Juana Amaya, purasangre

Los veranos del Corral
X Muestra Andaluza de Flamenco
Vuelvo a repetir, que en gran medida, la calidad de un concierto, de unos artistas, se puede deducir por la cantidad de flamencos que acuden a su encuentro como espectadores. El martes, como nunca en lo que llevamos de ciclo, se dieron cita para ver el baile de Juana Amaya más de una veintena de artistas granadinos, que, considerando la época, que quien no está de vacaciones está de gira, es una buena estadística. Siempre me alegra que los flamencos vayan a ver a otros flamencos. Es la manera de estar al día, de conocer lo que hacen los demás, del continuo reciclaje.
El sonido se fue ajustando hasta rozar la brillantez a los postres en un concierto que tuvo mucho de improvisado. Los tres cantaores, Miguel Lavi, El Galli y El Extremeño, abren con una rueda de tonás antes de abordar las seguiriyas con las que comienza su entrega Juana Amaya. La que fuera pareja artística de Mario Maya, Joaquín Cortés o Antonio Canales, viene a ser una de las bailaoras más importantes del momento y sin duda la más pura, la más gitana. Sin salirse de la estricta ortodoxia, tiene un lenguaje propio que cautiva. Es tan reposada como frenética. Destacan sus limpios pies, siempre precisos, el muelle abanico de sus manos y la expresión de su rostro. Un rictus de quien está de vuelta, de quien domina sin aspavientos, de quien conoce las entretelas del flamenco. La bailaora de Morón de la Frontera hace la seguiriya menos dramática que de costumbre, aunque al final acaba con un triste abandono. Excelente.
La mayoría de los espectadores son extranjeros, turistas de la ciudad que incorporan el flamenco en su lote de visitas. Se llevan calidad en un escenario exclusivo, por la belleza y por la cercanía. Puede que se vayan sabiendo algo más de este arte. Aunque yo les diría que esto no es un circo para aplaudir cada pirueta. Las palmas continuas incordian más que favorecen, desconcentran más que animan. Habría que plantearse la figura del regidor con su cartel de “aplaudir”. Al igual que esto, me sobró la flauta de Eloy Heredia, por muy bien que toque, y, si me apuran, la percusión de Tete Montoya.
Los hermanos Campallo sólo estuvieron correctos y dejaron bastante que desear en los tangos, en los que los cantaores tampoco estuvieron a la altura. Sin duda la mejor aportación de todos fueron las bulerías, jaleos y soleá que se imbricaron para cerrar la noche, donde Juana impuso su magisterio incuestionable, demostrando que es una bailaora completa, una bailaora de raíz, una purasangre.
Maracena, un Festival con mayúsculas

IX Festival Flamenco de Maracena
La calidad de un festival no sólo radica en el cartel propuesto. Gran parte del peso específico de un evento de este tipo lo pone el público que acude a presenciarlo, su complicidad y su respetuoso silencio. El viernes en Maracena, impulsado por el Ayuntamiento de la localidad, la peña “Solera y Caña” presentó su noveno festival. Un encuentro del más alto nivel, diseñado para satisfacer a todos los paladares. Para abrir la noche, un elenco de artistas, bajo la batuta (y la guitarra) de Miguel Ochando, se presentan con el nombre genérico de “Oriente Andaluz”. Su propuesta viene a ser la representación de “Memoria”, disco de este notable tocaor granadino. María José Pérez y Juan Ángel Tirado cantan al alimón unos martinetes, para retirarse y dejar al resto del grupo interpretar una guajira, que baila con gran estilo Anabel Moreno. Mueve con gracia la bata de cola y tiene un bonito juego de brazos, porque del taconeo, tan mal sonorizado en un tablero que retumbaba, mejor no comentar nada.
El sonido en general era mediocre. A veces se confunden decibelios con calidad sonora. “Oriente Andaluz”, con una actuación un poco larga, en un escenario que no es el apropiado (en un teatro cerrado habría lucido), también hicieron, soleá por bulerías (Tirado); granaína y media, con la voz espléndida de María José; que también cantó alegrías; tangos del Sacromonte; un excelente zapateado de Ochando, con la segunda guitarra de Alfredo Mesa; y se marchan con algún cante minero rematado por tangos, que también baila con claro acento oriental, a la manera de Belén Maya, Anabel. Curro Andrés, a continuación, pone de manifiesto su sobriedad y academicismo. En cierto sentido recuerda a Calixto Sánchez. Nos deja cantiñas, milongas y fandangos. Le acompaña a la guitarra Antonio de la Luz.
Después del descanso llegan los platos fuertes. (A propósito, en el ambigú no había nada para comer, tan solo bebida). Luis el Zambo desespereza esta segunda parte con bulerías por soleá. El aire de Jerez marca una entrega de gran pureza. Sigue con seguiriyas y fandangos, con el mismo desgarro agitanado que crea adicción. Y vuelve a ser grande por bulerías. A su lado, el joven sevillano Manuel Herrera le da el pie preciso con un soniquete ajustado. Continúa la pureza con José de la Tomasa, que impone el dominio de sus registros en la soleá. No se esfuerza demasiado y expone un repertorio puramente festivalero, en el que hace alegrías, fandangos y bulerías. Se echaron de menos las granaínas, con su estilo ejemplar.
Cierra la noche un cantaor en buena forma y muy requerido. El extremeño Manuel de Tena es el más ovacionado de la velada. Desde la farruca, con su voz laína, conquista al respetable, para hacerlos incondicionales definitivamente con la granaína. Para la zambra caracolera “La Salvaora” abandona definitivamente el micrófono. Arrasa finalmente con su generosidad por fandangos, también a boca de escenario. Acompañó a estos dos últimos artistas la guitarra sabia y limpia del sevillano Antonio Carrión.
Jerez sin tacones

Los veranos del Corral. X Muestra Andaluza de Flamenco
Después del torbellino jerezano cualquier cosa nos parecería poco. Por eso, entre otras cosas, a María José León se le notó desabrida. Melchora Ortega, una de las voces más solicitadas del momento, vino a conquistar la plaza. Muy de tarde en tarde tenemos oportunidad de contemplar una fiesta con el compás y el soniquete de una de las cunas del flamenco.
Melchora se arrancó a palo seco, con unos martinetes repletos de ecos y melismas. Continuó por tangos, en los que se descalzó, para seguir así el resto del concierto. Es muy comprometido exponer tangos en Granada. Estuvo suelta y graciosa, sin embargo. Airosa, se acompañó con su propio baile, muy propio de las artistas de aquella zona de Andalucía, y remató con un guiño morentiano. Pero serían las bulerías finales donde impondrá su magisterio, fue rotunda, sin objeciones. La seguiriya nace de las entrañas mismas, es desgarradora, impregnada con el aguardiente y empaque propio de los artistas de Jerez. Nos recordó en momentos, salvando las distancias, a Aurora Vargas. También hizo fandangos.
Es necesario ahora presentar a los músicos, un guitarrista, Juan de la Isla, inmejorable, con bastante protagonismo; y tres palmeros, David Lagos, Manuel Macano y Carlos Grilo, que dieron dimensión a la fiesta.
María José León y los suyos comienzan por un popurrí de zambra y copla caracolera (“Carcelero”, “Salvaora”, “Malvaloca”…) con aires festivos. En realidad, todo su recital fue bastante buleaero. La joven sevillana baila con mantón y cola. Deja mucho que desear. Tiene buenas formas, estilo y presencia. Ganaría puntos si el cuadro que la arropa fuera más fino y reciclado. Los músicos hacen fandangos, mientras María José se prepara para la que será sin duda su mejor entrega. Conoce la soleá y la domina por los cuatro costados, y así lo demuestra. Terminan por bulerías. Unas bulerías en la voz de El Ecijano, que comienzan, por increíble que parezca, musicando canciones infantiles. Ella cierra la noche incorporándose a este palo.
* En la foto, Melcxhora Ortega (© Paco Sánchez).
El baile varonil de David Pérez

Los veranos del Corral. X Muestra Andaluza de Flamenco
Será por el calor abrasador de aquella noche, será por el letargo del público, poco más de medio aforo, que comenzó a reaccionar a los postres, será porque David Pérez y los suyos comenzaron ajenos sus propuestas. El caso es que la comunión entre artistas y espectadores tardó en llegar más de lo deseado. La farruca, varonil, estilizada y elegante, con pasos reconocibles (¿Antonio?, ¿Manolete?, ¿Canales?), resultó de una inexplicable frialdad. No se puede responder a la pasividad del oyente con visos de apatía.
David tiene un cuerpo estilizado, flexible, que sabe aprovechar. Su zapateado es preciso. Pero hay algo en su expresión, en los movimientos aprendidos de este bailaor sevillano que no termina de encajar.
El cuadro, con más voluntad que eficacia, propone unas malagueñas con abandolaos mientras el bailaor se prepara para la siguiente pieza. La guitarra de Mariano Campallo, bastante correcta, no tiene el sabor del toque de la tierra. No destaca ni por arriba ni por abajo. Nada sobresaliente. El valor seguro del cante de Miguel Ortega queda eclipsado por la entrega sin condiciones de Juan Ángel Carmona.
Para acompañar al baile, mejor que dos cantaores y una guitarra, apostaría por dos guitarras y un cantaor o mejor por dos y dos, ya que es la guitarra la piedra angular del baile la que le imprime el ritmo y le marca el compás.
Los cantes de Levante comienzan por una agradable levantica que aborda Ortega y termina por tangos. Pero no es en la minera o el taranto donde un David Pérez más relajado y seguro empieza a conquistar al respetable.
Ya, con un público entregado, el recital termina por bulerías. David se siente seguro, respaldado, y da lo mejor de sí mismo. Ante la generosa reacción final, con el patio aplaudiendo en pie, los flamencos volvieron a subir al escenario y alargar sus bulerías con otra pataíllla.
* Foto extraida de la web de David Pérez.
Patricia salvó el estreno

Los veranos del Corral
X Muestra Andaluza de Flamenco
No puedo precisar el tanto por ciento que influye un buen cuadro en el éxito de una bailaora. Lo que puedo afirmar sin ninguna duda es que unos músicos que dejen desprotegida a una bailaora, que no la arropen como es debido, seguramente precipiten su entrega al fracaso. El grupo que acompañaba a Patricia Guerrero el martes por la noche en la inauguración del ciclo “Los veranos del Corral” era inmejorable. Cuando hay entendimiento, complicidad en el escenario, los duendes planean en el recinto.
Patricia comienza por alegrías. Desde un primer momento rellena el escenario, impone su mandato. Tal vez, su preocupación por el paso siguiente hace que comience tensa y con movimientos bruscos, que se dulcifican a manera que las cantiñas avanzan. De todas maneras, se echa en falta un poquito más de distensión, en el rostro, sobre todo. Un rictus algo forzado que le abandona sólo en determinados momentos afea su pose. Debería explotar más su sonrisa. Los músicos, como digo, están a gusto y disfrutan oyéndose entre ellos. Antonio Campos tiene uno de los mejores días que lo hemos podido escuchar últimamente. De Miguel Lavi soy incondicional. Su voz es tan flamenca que destila a partes iguales almíbar y aguardiente. David Carmona y Luis Mariano llevan tocando juntos poco tiempo, pero se entienden a la perfección. Acolchan el cante, creando ese soniquete tan especial del que los guitarristas granadinos hacen gala. Tocarán techo en los tangos de la penca.
Mientras Patricia se prepara para la siguiente pieza, los músicos nos regalan una soleá por bulerías. Con tonás comienzan las seguiriyas que vencen y convencen definitivamente. La bailaora granadina, con pantalón y chaquetilla, sorprende al respetable. No es habitual. Pero el resultado lo merece, el pantalón no esconde nada, la verdad está desnuda Patricia termina con unos tangos de Granada exclusivos, que aquí se escuchan y se bailan como en ningún sitio (si es que existen fuera de nuestras fronteras).
Y fueron estos momentos con Patricia Guerrero los que salvaron la noche de estreno. Juan José Amador, el cantaor sevillano que abrió la velada, confundido de foro completamente, no estuvo a la altura. Tanto él como sus acompañantes, excepto la honrosa guitarra de Juan Requena, dejaron mucho que desear. La percusión sobraba desde las malagueñas con las que empezó su recital, a pesar del solo que hizo, bastante correcto, pero injustificado. Los palmeros eran aprendices. La soleá fue demasiado larga y monótona. Por salvar algo, las seguiriyas obtuvieron mejores resultados. En general, un cantaor poco esforzado y con límites evidentes. Para colmo, subió al escenario a una compañera, Triana Heredia, que, insegura, interpretó unos tangos sin pasión. Amador terminó por bulerías, evidenciando que se equivocó de plaza.
* Cartel de Los veranos del Corral (© Nono Guirado)
Huétor Vega, una cita necesaria

XXI Festival Flamenco de Huétor Vega
Innecesariamente se alargan los tiempos de un Festival que en un par de horas tenía que estar resuelto. Fueron cuatro momentos, cada cual más sabroso. Pero también fueron cuatro horas de duración. Huétor Vega, proclamada “Ciudad del Flamenco”, cumplió la noche del sábado veintiún años de su Festival. Veintiuna citas imprescindibles para los aficionados, para los que quieran tomarle el pulso a nuestro arte. Este año la velada se ha abierto nuevamente a los ecos foráneos. Del año pasado, eminentemente localista, se ha pasado a la alternancia de artistas de la tierra con flamencos de fuera. No se ha echado de menos un cabeza de cartel con nombre de peso. Álvaro Rodríguez abre la noche con su torrente de voz bien modulada. Aunque muy joven, este cantaor, natural de Órgiva, tiene tablas, sabe estar encima de un escenario. Su repertorio, nada convencional, comienza con peteneras y termina por milongas. Esa milonga que Calixto Sánchez musicó con un precioso poema de Machado dedicado a la muerte de su amada esposa Leonor. Álvaro se destaca por su jondura, por la elección de cantes de raíz, los cuales domina. Aunque quizá estuviera un poco denso en sus propuestas. “Carcelero”, la zambra de Caracol, y la soleá fueron sin duda sus mejor entregas. Asombrosamente no hizo seguiriyas, cante que lo identifica y con el que lleva ganando primeros premios desde hace dos o tres años. Le acompañaba, con bastante gusto y limpieza, la guitarra de Ramón del Paso. María Toledo lo sustituye en el escenario, arropada por Paco Cortés. La excesiva parsimonia es sustituida igualmente por la fiesta. Entre cantiñas, tangos y bulerías, también propone soleares y cantes de levante. Una actuación tan aplaudida como artificiosa. Sus estallidos y su queja saben a academia. El calor se lo imprime la magistral guitarra de Paco Cortés, que demuestra su sabiduría en cada rasgueo, su humildad y su primer puesto como acompañante. Destacan los tangos, que se almibaran cuando son de Graná. Para los cantes festeros, María se hace acompañar por la caja de Miguel, El Nene de Málaga. Tras un descanso demasiado largo, una rifa, la entrega de reconocimientos y demás protocolo, hacen que la segunda parte comience bastante tarde. Su rotundidez, sin embargo, hizo que mereciera la pena esperar. Raimundo Benítez, bailaor local, con un cuadro sacromontano, aborda una soleá con sus pies de vértigo. Soleá preñada de seguiriyas y rematada con jaleos. Lástima que el tablao no se escuchara bien. La oquedad y las vibraciones del entarimado añadían un extraño eco a una actuación generosa y personal. Flamenquísima, por otro lado. En último lugar, el extremeño Miguel de Tena, llena la noche con su prodigiosa voz y con su timbre colorido. El valor asegurado de la guitarra de Paco Cortés le acompaña. El frasco de esencias se destapa con malagueñas y abandolaos, para pasar a unos caracoles y, a petición del público, una granaína y media. Como si fuera un tácito homenaje, la cuarta entrega de Miguel fue “La Salvaora”, otra zambra de Manolo Caracol. Para terminar, el extremeño nos ofrece un ramillete de fandangos naturales, en los que abandona el micrófono y, a boca de escenario, rellena el silencio. Los fandangos toman aires de bulerías, a la manera de Vallejo y, sin abandonar su puesto, culmina un festival bastante aplaudido por menos público que de costumbre.
* Autor del cartel: David Zaafra
Made in Sacromonte

Museo Cuevas del Sacromonte
Desde principios de julio hasta principios de septiembre, todos los miércoles y viernes hay una muestra de flamenco en el Museo Cuevas del Sacromonte, en lo alto del Barranco de los Negros. Allí, entre vegetaciones y estrellas, además de hallar una brisa que en Granada no se encuentra, podemos saborear el arte más autóctono del que tengamos noticia. El Museo tiene la doble virtud de juntar un flamenco de gran interés con artistas casi exclusivamente de la tierra. Por su escenario pasarán, entre otros, los cantaores Juan Pinilla, Pepe Luís Carmona, Sergio Gomez “Coloraito” o David Sorroche; los guitarristas Paco Cortés, Miguel Ochando, Luis Mariano, Emilio Maya, o Antonia Jiménez; y los bailaores Angustias la Mona, Ana Calí, Jara Heredia o Luís de Luís. Varios veranos lleva programándose flamenco en este rincón sacromontano. Por sus tablas han pasado prácticamente la totalidad de los cantaores, músicos y bailaores de nuestra provincia. Cada año hay mejoras. Pero es en 2008 cuando se profesionaliza el pequeño teatro al aire libre. El escenario crece en amplitud, las luces están más conseguidas, pero sobre todo se preocupan de cuidar el sonido, de manera que haya las menos fisuras posibles y, por ejemplo, los pies del zapateado, que es la asignatura pendiente en estos eventos, se oye con bastante nitidez.
La noche del viernes tuvimos un buen cuadro que, sin embargo tardó en calentarse. Jaime el Parrón y Manuel Heredia al cante, con las guitarras de César Cubero y Rafael Fajardo, dedicaron su buen hacer al baile de Encarni Heredia, Raimundo Benítez y Yolanda Cortés. Una presentación en forma de tangos sirvió para conocer a todos los actuantes. La única incursión de cante fue un cuplé de la mano de Manuel Heredia, en concreto una adaptación por bulerías de la “Baladilla de los tres puñales” de Rafael de León, esa copla que bordaba Marifé de Triana. Para terminar la primera parte Yolanda Cortés baila unas alegrías con toda la fuerza y la raíz que imprime la cueva. La segunda parte, mejor que la primera, la abre un espontáneo. Es decir, sin estar programado, Antonio Gallegos, que hace las veces de presentador e ilustra con su conocimiento la entrada de la función, canta una soleá por bulerías, con la guitarra precisa de César Cubero. Acto seguido, Encarni Heredia baila unos tarantos bien llevados por las sonantas y por el cante, que le hace un guiño a Remedios Amaya. Encarni es la esencia, es el Camino, su baile se ve fresco a la vez que recoge varias décadas de bailaoras del lugar, especialmente de su madre “La Gallina”. Raimundo Benítez, que repetirá el sábado en el Festival de Huétor Vega, aborda unas seguiriyas con fuerza y compás. Lo tiene todo medido y bien medido. Sus pies limpios adquieren una velocidad de vértigo sin perder ni por un momento la compostura y la redondez del cuerpo en sus movimientos. Unas bulerías, pasada la media noche, marcan el final de esta velada que tuvo a la luna llena de testigo.
* FOTO: Venta El Gallo, en el Barranco de los Negrtos, camino del Museo
Lorca regresa de la Gran Manzana

Poeta en Nueva York de Blanca Li
Por razones quizá políticas, quizá económicas o por simple falta de previsión el actual estreno de Lorca en el Generalife no es tal, sino una repetición. Gran reconocimiento y aplauso tuvieron en los inmediatos años pasados las anteriores propuestas de Blanca Li y Cristina Hoyos, que sustituirá a la primera durante el mes de agosto. No hay que restarle ningún mérito a estas dos reconocidas compañías. Pero la ciudad de Granada, sus habitantes y la memoria del poeta se merecen una constante renovación. Es como decir: "nos faltan ideas" o "faltan creadores que puedan ofrecer un espectáculo de altura". Yo me temo que la primera opción sea la que cuajara en el cerebro escurrido de los promotores de este evento, por la cortedad de miras de la Junta de Andalucía, que prefiere el éxito conocido que el riesgo por conocer. El pueblo, sin embargo, se inclina por la sorpresa de una novedad que por la quemazón, por muy bien que estén, repito, de dos obras ya vistas. Porque artistas de gran altura, que apuesten por una obra de igual calidad, no nos faltan en el panorama andaluz. Hay multitud de creadores, coreógrafos, músicos, bailarines… que están esperando una oportunidad como ésta para exponer su arte.
Esto, como es lógico, es ajeno a la obra y sus actuantes, que gozan de una extraordinaria salud. "Poeta en Nueva York" no despierta la sorpresa y admiración de cuando la descubrimos hace exactamente un año, pero ha ganado en consistencia y redondez. A lo largo de este tiempo, se han limado algunas aristas; se ha cuidado la dinamicidad en la sucesión de escenas, que no dan tregua; pero, sobre todo, se le ha dado un impulso definitivo a la música. La sonoridad está ajustada, milimetrada, sin fisuras. El zapateado de Andrés Marín, por ejemplo, que al principio era un apunte que se difuminaba, hoy cobra todo el protagonismo que, se supone, debe tener. El poeta de Fuentevaqueros habla a través de los tacones de Andrés tanto como con el recitado preciso de Javier Viana.
De todas las versiones de Lorca en Nueva York, es la más fidedigna. Quiero decir, que si nuestro ilustre paisano pudiera evaluar estaría encantado con esta representación cosmopolita y multidisciplinar, como él mismo. No se puede encasillar al poeta. Su mente estaba abierta, al igual que sus ojos. Así, Federico se convierte en un observador privilegiado que con su mirada crítica va descubriendo las bondades, pero también la crueldad de un mundo deshumanizado. Las encomiables voces de Carmen Linares y de Rob-Li sacuden el ambiente con sus tersuras acercándonos aquí y al infinito.
Tras un trabajo minucioso, Tao Gutiérrez compone y dirige el corpus musical que nos sumerge en otra dimensión. Sin ser flamenco, todo está lleno de flamencura. Sin ser un poema, todo se cuaja de poesía. Como resultado, más de una veintena de bailarines, de distintas disciplinas, y una docena de músicos, también de variado son, nos hacen disfrutar un espectáculo trepidante. Si quien lee estas notas, no formaba parte de los cincuenta y cinco mil espectadores, según las estadísticas, que vimos esta obra el año pasado, no duden ni un minuto en reservar su asiento. Si, en cambio, lo han visto ya y quieren ver la evolución y la natural frescura del mejor espectáculo que ha visto este escenario en el ciclo lorquiano, no duden ni un minuto en reservar su asiento.
* Fotografías y montaje ©: Nono Guirado.
Viernes flamenco

El sábado me iba a la Sierra, a una especie de curso de astronomía, así que no quise concordar con el periódico ningún tipo de colaboración para ese día, que llegaría a enturbiar mis planes, además no deseaba enfrentarme de nuevo a una insegura publicación (ya llevo este mes un par de artículos que no han salido en prensa, con el engorro que supone subir al concierto, estar lógicamente atento, analizarlo, volver a casa, escribirlo al día siguiente y enviarlo). Así que pensé tan sólo disfrutar de la velada.
Tenía varias alternativas, pasarme por el Museo Cuevas del Sacromonte, para escuchar a Jaime Heredia y ver bailar a Ana Calí, que me apetecía mucho (al final fue lo que hice); podía ir a Huétor Vega donde presentaban la semana flamenca de esta localidad, con recital flamenco incluido; o podía pasarme por Churriana para ver a la agrupación “Atroz”, de mi amigo Manuel Mateo, que se sumergen en la música berebér que, aunque no es flamenco, quiero disfrutar de su música en directo.
El flamenco en lo alto del Barranco de los Negros, con el agradable fresquito sacromontano y una birra en las manos, es un placer asequible. Depués, si el flamenco es bueno, agradable o sorprendente, mucho mejor. César Cubero, con su guitarra, faltó a la cita. Lo sustituyó el toque sabio y limpio de Emilio Maya, que interpretó unas mineras para abrir boca. Son ocho o diez las grandes sonantas de Granada en la actualidad, y Emilio ocupa un puesto destacado. El cantaor Manuel Heredia continúa por levante haciendo unos tarantos. Su voz no está en la mejor forma y se le va de de la queja al gallinero. Su segunda entrega, un cuplé por bulerías, sigue por la misma línea de juzgado de guardia. Pero su voz gitana y sus continuos guiños a Manuel Molina y a Fernanda de Utrera encumbran su apuesta hasta engrandecerla. Para terminar esa primera parte, Ana Calí nos baila por cantiñas. Refuerza la voz Jaime Heredia, que se incorpora al cuadro.
Ana Calí es posiblemente la bailaora de Granada con mejor compás, con unos pies muy limpios y un gran sentimiento en el rostro. Aunque se prodiga poco sabe estar, domina el escenario y busca el lugar donde las tablas le son más propicias. Hecho de menos, como en otras ocasiones, la abundancia de luz, que realce el palmito de esta bailaora y eleve su estampa, flamenca donde las haya.
El protagonista de la segunda parte es Jaime, el Parrón. Con una voz recuperada, hace la soleá que le ha dado fama. Heredia es un cantaor de oficio, afillao y con temple. En sus días buenos es capaz de darle pellizcos a los mejores aficionados. En segundo lugar, hizo unos fandangos con grandísimas verdades del poemario popular. De este cantaor, podemos repetir, que está en buena forma.
De nuevo Ana Calí cerró esta segunda parte con una soleá. Si su primer baile fue bueno, su propuesta por soleares fue exquisita. Ana hace música con sus pies. Es de las bailaoras que no necesitan percusión. Si acaso un poquito de compás con las palmas. A veces nos recuerda a Belén Maya, sobre todo el movimiento de sus brazos, y a veces se remonta a Carmen Amaya, pero su sello personal es evidente y así lo impone.
El público respetuoso sabe aplaudir un concierto que recordaremos, un concierto presentado por Antonio Gallegos, conocedor como pocos que, además canta con mucho gusto y enjundia. Los merecidos aplausos que se prolongan, son agradecidos a su vez con un mandaíco por bulerías.
* El Parrón ©. Acuarela de Nono Guirado para "Acordes de Flamenco".
Andalucía crece

Estamos de enhorabuena los amantes del flamenco de raíz, aún se siguen grabando discos de la más estricta ortodoxia. El cantaor Curro Lucena, parcamente acompañado de una guitarra (Manolo Franco, Ángel mata o Román Carmona) y, en los cantes donde se precisa, el compás de unas palmas desnudas, hace un recorrido por cada una de las provincias andaluzas, cantando, con todo academicismo, el cante (o uno de los cantes) que la identifica.
Así, por orden alfabético, de Almería nos propone tarantos, de Cádiz alegrías, de Córdoba también alegrías, locales en este caso, (palo que se agradece por lo poco que se escucha y lo menos que se graba), de Granada granaína y media, de Huelva varios fandangos personales, de Jaén tarantos, de Málaga malagueñas del Canario y jabera y de Sevilla soleares de Alcalá.
Este recorrido se completa con dos nuevos aportes locales, un ramillete de fandangos personales provenientes de Lucena, la tierra que vio nacer a este añejo cantaor, y la caña de Ronda, que es la ciudad en donde vive actualmente. Con estos aportes, que, junto a los cantes mineros, es lo mejor del disco, Andalucía crece con dos nuevas provincias. Todo esto convierte a Ocho más 2. Andalucía, Lucena & Ronda en un documento de estudio, imprescindible en cualquier discografía.
* Título: Ocho más 2. Andalucía, Lucena & Ronda.Autor: Curro Lucena.Guitarras: Manolo Franco, Ángel Mata, Román Carmona.Edición: 2007
** Publicado en Acordes de Flamenco, nº 14.
Deconstruyendo el flamenco

También cuentan con el zapateado y a veces el mimetismo coreográfico de Antonio el Bailarín, Vicente Escudero o Carmen Amaya. Son muchos los que han querido desmontar el flamenco en escena, muchos los que han querido partir de lo añejo para exponer su revolución, léase Belén Maya, Israel Galván o Rocío Molina, pero nadie hasta ahora ha fusionado la pizarra con la fibra de vidrio en una misma composición, nadie comienza con la danza española para, acto seguido, ponerse en la órbita del transmetal. Algunas propuestas ya venían dadas, como las colaboraciones de Sabicas con Joe Beck en Nueva York o hill o’ the wisp de Miles Davis sobre Manuel de Falla y el Ensayo sobre el fuego. Sólo había que interpretarlas, con una mente abierta, con un minucioso conocimiento, con una técnica desbordada. Resultado, Flamenco XXI, una obra coral, fresca y distendida; muy trabajada y con mucho talento; donde, los veinticuatro artistas en escena son excelentes. Nadie se queda descolgado, no hay peros que valgan. Y, como prolongación del título, Ópera, café y puro, hace referencia a la época dorada del flamenco, a los cafés cantantes, de donde proceden todos los número uno para prestar su voz y sus dotes a este espectáculo.
Una gran labor de rescate. Inmejorable la forma de destilar el baile, de liberarlo de sus corsés clásicos, y, sin abandonar la raíz, como digo, llevarlo a un definido extremo de vanguardia. Se copian los guiños de entonces, se remedan sus actos, sus bailes, sus intenciones. Una gran labor el diseño del vestuario de Dospormedio y la caracterización de los personajes Rescatamos la escuela bolera, el baile español, la escuela sevillana, y la fundimos con el jazz, con la danza contemporánea, de la cual se abusa en varias ocasiones. Creo que es una manera de acceder a todos los paladares. Pienso que es la forma de acercar, el baile sobre todo, a quien lo encasilla en la queja y el volante.
Son dos partes bien definidas. En la primera se muestra la tradición y el deseo de traspasarla, de romper. Los moldes se van deshaciendo por sus costuras. Unas tonás sirven para presentarnos los personajes y ponernos en conocimiento de su buen hacer. Las producciones corales, conseguidas, no pretenden ser simétricas, sino equilibradas. Los movimientos de uno se imbrican en la pose del otro, lográndose un continuo agradable. En Café para piano apreciamos algunas individualidades, reflejo de nuestros mayores, dignas de elogio. Desde este momento, la ironía y la comicidad se añaden al conjunto, siempre bienvenidas en la manifestación de un arte de por sí serio y umbrío. La luz, aunque cierta, sigue siendo tan escasa como el recuerdo. Nos persigue la penumbra del flamenco. Siguen, en la misma tónica, las propuestas de Soleá, ópera y cine, con pasajes muy aplaudidos. Las milongas se presentan con cigarro, y La gran seguiriya es delicada y sabrosa. Después del intermedio, la obra se desboca, ya no hay paso atrás, el pasado está aprendido y demostrado. La electrónica impera.
Se impone un continuo ritmo de seguiriyas machacón, infernal, contagioso. El flamenco es pura esencia. Sus propuestas se estiran, sin llegar a partirse, hasta sus límites. Pasaje 2 es la farruca definitiva. Tres bailaores y una bailaora con bata de cola ponen toda la carne en el asador. De ahí al cielo. El espectáculo va creciendo en intensidad. El flamenco parte del día y de la hora que se estrenó esta obra, en Málaga en Flamenco 2007. La danza del fuego de Davis es espectacular, recuerda cuando Zappa interpretó el Bolero de Ravel. Un toque oriental tiene la zambra. El romance y el final mantienen el este buen nivel.
Flamenco al fresco

Museo Cuevas del Sacromonte
Con una actuación casera, familiar, comienza la temporada de flamenco en el Museo Cuevas del Sacromonte. Hay que dar un pequeño paseo para llegar a este escenario al aire libre, pero merece la pena. Entre las permanentes vistas a la Alhambra y el fresquito que se impone a esas horas, la visita resulta de lo más agradable. También hay un autobús, inexplicablemente tan sólo uno cada hora, el 34, que nos deja al principio de la cuesta del Barranco de los Negros. Pero la subida no nos la quita nadie.
Arriba, con un precio asequible y durante todos los miércoles y viernes hasta septiembre, podemos saborear el mejor flamenco local, un flamenco autóctono que, en general, se suscribe a Valparaíso y sus alrededores. El Museo es como un oasis donde nos podemos entrecorchetear tomando algún refrigerio mientras saboreamos el arte sacromontano.
Abren el ciclo, como digo, una agrupación de flamencos emparentados con la saga de los Habichuela. Es un flamenco fresco, de consumo inmediato, en el que predomina el cante festero. Sus propuestas no son trascendentes. Parece más como un entrenamiento, como una fiesta privada, que no un conjunto de raíz con perspectiva. Su mejor baza es el entendimiento y el filing que destilan en el escenario. Aunque jóvenes, es reconocible su veteranía entre las tablas y el micrófono. Destaquemos el baile de “La Repompa” por alegrías y por fiesta; destaquemos la voz de Irene Molina que, cuando es más pausada, rezuma gusto y pureza; destaquemos al fin las percusiones de José Antonio Carmona Habichuela y “El Moreno”, sobre todo haciendo un mano a mano al final del primer pase, con el acompañamiento del bajo de Juan Masana.
Como puntos más oscuros podíamos citar una segunda guitarra que, tañida por el cantaor Raúl Molina “Mikel” o por José Antonio Carmona, actuaba como una chicharra enturbiando el toque limpio habichuela de Rafael Santiago; o la verbena formada cuando los coros se arrimaban a la voz principal; o los gallos en el cante descontrolado de Raúl. De cualquier modo, superando el aprobado, supone un buen comienzo para el rosario de noches con sabor que nos esperan en este escenario bajo las estrellas, que cuenta con el sonido cuidado de quien conoce las necesidades del flamenco.
Por este foro pasarán, entre otros, los cantaores Jaime el Parrón, Pepe Luís Carmona, Sergio Gomez “Coloraito” o David Sorroche; los guitarristas Paco Cortés, Miguel Ochando, Luis Mariano, Emilio Maya, Rafael Fajardo o Antonia Jiménez; y los bailaores Angustias la Mona, Juan Ramírez, Ana Cali, Encarni Heredia, Luís de Luís o Jara Heredia.
* Una anécdota no publicada fue cuando, en medio del baile, le hice un comentario técnico a mi padre, que me acompañaba, y una chica detrás nuestra, disfrutando como si fuera su primera vez, me llamó la atención preguntándome si me interesaba el flamenco. Estuve a punto de decirle que sí pero que no entendía mucho.
** FOTO: Rafael Santiago en La Platería.
*** Este artículo no fue publicado en prensa.
Jalonando el camino

FEX
Poquito a poco, Patricia Guerrero se va abriendo un hueco en el mundo flamenco. Es muy joven, tiene tiempo, pero no hay que dormirse. Procura estar presente siempre que puede, sabiendo que esto es una carrera de fondo. El caminar se demuestra andando. Ha comprendido que un tanto por ciento muy elevado en el desarrollo para la buena consecución de un espectáculo de baile es sentirse arropada, bien arropada. Así, no ha escatimado esfuerzos y se ha rodeado de un gran cuadro a sus espaldas. Con la guitarra, el toque amable y certero de Luis Mariano y el incondicional David Carmona. Se entienden bien e imponen el tempo preciso para que la bailaora se sienta a gusto. Antonio Campos pasa a ser uno de nuestros mejores representantes del cante atrás que, junto con el jerezano Miguel Lavis y su voz rajada y agradable, ligeramente camarona, forman un tándem de excepción. El Cheyenne sazona este buen caldo con su respetuosa percusión.
Patricia apuesta fuerte desde un principio y elige alegrías para abrir la noche. Moviendo con gracia y estilo su bata de cola rosa, da la impresión que se le queda pequeño el escenario. Está todo ensayado y bien ensayado. Sorprende la naturalidad de unos movimientos imposibles. La escobilla es un regalo. Pero hasta que no termina y escucha la reacción del público no se relaja. Para la siguiente pieza estará más distendida. Sin apenas descanso, comienzan los acordes de ese homenaje que le hicieron Juan Pinilla y Patricia, a principios de este año, en la Chumbera a Víctor Quero “Charico”, posiblemente, si su vida no se hubiera truncado, estaría llamado a ser el mejor cantaor de nuestro tiempo. Juan, como artista invitado, sienta su magisterio en este preámbulo a la seguiriya. La bailaora, de riguroso negro, borda la trágica pieza. Sus vueltas son precisas. Violentas hasta disparar peligrosamente sus horquillas o lentas como un paso o valientes como torero. Son inútiles, en cambio, sus zapateados. El piso es sordo y está insuficientemente sonorizado. Cuando se retira, entre multitud de aplausos, ha pasado media hora bailando sin parar.
Una soleá interpretada por sus músicos, donde se puede apreciar la talla de estos, le dan el respiro suficiente para arrostrar el último baile. Con media cola verde, abanico y una buena pose, nos ofrece para terminar una fresca guajira, que canta Juan Pinilla con traje blanco. Los dos artistas se entienden perfectamente. El tiempo se pasa sin pensar. A la hora escasa, la totalidad del respetable en pie vitorea a la artista. ¿Ya ha acabado? Se nos ha hecho corto y ni una leve pataílla de fin de fiestas.
FOTO: Archivo de Granada Hoy.
Y que cumplas muchos más

57 Festival Internacional de Música y Danza
Eva Yerbabuena Ballet Flamenco
El Ballet Flamenco de Eva Yerbabuena ha cumplido diez de los más saludables años que puede cumplirr una compañía. Son diez años coronados de éxitos y reconocimientos. Pero también de trabajo y colaboración. Son diez años que, merecidamente, han encumbrado a Eva al olimpo de las bailaoras. Hoy por hoy es una de las más grandes, de las más completas, de las más personales. Eva no se parece a nadie, se parece a ella y a lo que ha sido. Eva bebe de sí misma, del recuerdo y sostiene la sombra de sus mayores, llámense Carmen Amaya o Manuela Carrasco. Un tanto por ciento elevado del buen hacer de este Ballet recae en el guitarrista Paco Jarana, compañero de la bailaora y director musical de todas sus obras, cobertor imprescindible para las tiriteras de una creadora.
Paco y Eva, Eva y Paco, han querido celebrar este “Décimo aniversario” por todo lo alto. Dando lo mejor de sí, invitando a sus amigos, tanto dentro como fuera del escenario, como si la onomástica fuera en realidad de todos nosotros. Como entregados miniaturistas, cuidan hasta el mínimo detalle. No queda nada al azar. Como agradecidos a su memoria, recogen piezas de sus espectáculos anteriores y las hilvanan en una nueva obra tan delicada como rotunda.
Eva ha convertido en una seña de identidad la presencia en el escenario de algunos de sus bailarines, que ensayan movimientos ensayados, mientras el público se acomoda, impregnando el ambiente desde un primer momento de esa complicidad necesaria entre “los de dentro” y “los de fuera”. Parece que bailaran el murmullo de la gente. Parece que recrearan las advertencias en off de los minutos que faltan, la prohibición de las cámaras, la advertencia para los móviles.
Miguel Poveda calma la noche, rompe el silencio, con una preciosa nana (“Alba del hijo”) con la que se implica en el baile de Eva. Miguel le canta a Eva, la acuna con esa canción de cuna rescatada de “El huso de la memoria” (2006). Todos nos relajamos con la hermosa voz del catalán. Todos nos embelesamos con los sinuosos movimientos de la granadina. El cuerpo de baile al completo la sustituye en la serrana “Tórtola”, que es como un latido. Suena como el batir de las olas en un mar epicontinental. La “Torre de la Vela” es una granaína de la obra ya aludida. Arcángel la aborda con sedas y amores. Y las termina con abandolaos, que no llegan a ser de Granada. Y las remata con un fandango a capela, ya en el umbral, que es un regalo exclusivo a la bailaora que mueve la bata de cola blanca como si hubiera nacido con ella puesta.
Si en la serrana los bailarines eran caballos, en la farruca son cuatro toros que vindican su bravura. Un largo silencia precede a esta pieza. Los bailaores precisos danzan ese vacío, mecidos por el silencio de la noche, bajo los compases de las ranas y los grillos que requieren su espacio. Patrick De Banna, presta su cuerpo elástico en la seguiriya “Uña y carne”. Es un paso a dos que proviene de “La voz del silencio” (2002). Es una danza seductora, es una concesión a la danza contemporánea, que no le va tanto a la bailaora porque el flamenco le va todo. “Filigrana” es la guajira que canta Jeromo con mucho gusto y bailan las cuatro chicas del cuerpo de baile. La caña cadente y tierna de Segundo Falcón se mira en el espejo de Pilar López (bailaora no reconocida como se merece). “Quiero y no puedo” son los tientos-tangos de “Santo y Seña” (2007), que canta Miguel Poveda y Marina Heredia, donde Eva nos desarma, ronea como nadie, levanta pasiones.
Muy aplaudida, por la técnica y la originalidad, es “A galera” una coreografía montada e interpretada por Eduardo Lozano, basada en la percusión y ambientada por todo el cuerpo de baile. Y, para terminar, la guinda indiscutible, “Cadencia”, una soleá y bulería, procedente también de este último trabajo, que canta la voz sabia de Enrique el Extremeño sin apenas música (quien recogió más oles en la noche). Es un baile ralentizado, en el que Eva alcanza su matrícula de honor y es reverenciada entre todos los flamencos. Culmina con una rueda de bulerías, como fin de fiestas, que cantan todos los artistas invitados y la Yerbabuena, rodeada de arte y compás, da rienda suelta a su improvisada alegría.
Nuestro deseo, después de estos diez años gloriosos, es simplemente que cumpla muchos más.
El pequeño naufragio de un gran proyecto

57 Festival Internacional de Música y Danza
Con-vivencias
Un buen intento. La unión de dos voces privilegiadas, reconocidas en sus modalidades, ha sido todo un acierto. Decente en las individualidades, pero insuficiente en su complicidad. La expectación creada en un principio, el estreno de una obra arriesgada, el bautizo de Marina en el Festival, era toda una promesa, que se fue desinflando, como la voz poderosa de la granadina. Quizás en otro foro hubiera funcionado (o se hubiera perdonado la falta de sincronía), pero en el Patio de los Aljibes de la Alhambra y enmarcado en un evento de tal prestigio, todo el concierto se deshacía por sus costuras.
Con un sonido impecable da comienzo un recital con saetas, una andalusí, otra flamenca. La emoción nos embarga. Cómo dos músicas pueden ser tan iguales. El recinto de llena de sentimiento, de buenos espíritus. Pero comienza la música después de un breve silencio que parece un abismo. Es una suma de individualidades que no se coordinan. Marina está cortada, Amina esta ajena. En los ayes de la caña hay un intento de acercamiento, de comunión. El vaso lo ponen los espectadores, el hielo los protagonistas. Un cante clásico andalusí, en la voz de Amina Alaoui, es una buena propuesta, pero que termina por desconcertar al respetable. Las alegrías de Marina Heredia suenan como un viento fresco (incluso una brisa nazarí comenzaba a soplar en ese momento), sin embargo la voz languidece, se rompe sin necesidad.
Es el poema de Santa Teresa de Ávila “Nada te turbe” cantado en castellano por la parte árabe el que comienza a levantar el espectáculo. José Quevedo “El Bola” aporta en este cante un logrado toque por levante. Después de este somero éxito, el recitado de un poema de Ibn Jafaya (siglo XII) da paso a una seguiriya (o seguirilla) instrumental. Las dos partes, la musulmana y la flamenca, exponen su visión de este cante común y de su común encuentro. Es el tema en que más se podía apreciar el sentimiento mestizo, fue en cambio donde salio a flote la inmadurez de un concierto cogido con pinzas. Un aplauso especial al percusionista Idriss Agnel, hijo de Amina.
La granaína y su terminación con fandangos de Granada tampoco cruzaron el listón. Reconocemos la entradilla de Luis Mariano con su guitarra y las aportaciones del resto de los músicos, aunque continúan su tónica de desconcierto en los tangos, después de otra canción andalusí de Alaoui. La alternancia de tangos reafirman las raíces morunas de nuestro soniquete.
Después de estos desajustes, de estas promesas incumplidas, de este quiero y no puedo, la canción final, “Caminante” tomando los consabidos versos machadianos, fue un buen punto y final, con reminiscencias morentianas, quizá lo más conseguido, quizá lo más trabajado. ¿O fueron las ganas?
Como hermanos

FEX - Orchesta Chekara de Tetuán
El encuentro no es nuevo. La fusión o la colaboración de la música andalusí y el flamenco llevamos viéndolo en estas tierras hace más de 20 años con “Macamajonda”, una obra, ya clásica, del poeta José Heredia Maya, con la colaboración de Addesdsadak Chekara (fundador de esta Orchesta). Después, se han asomado a este mundo desde el Lebrijano hasta Arcángel, pasando por Enrique Morente, Lole Montoya, Segundo Falcón, Ketama o Radio Tarifa. Son dos músicas hermanas, paralelas. Parece una la evolución de la otra. Incluso, los tangos de Granada provienen, a diferencia de otras ciudades andaluzas, de nuestro pasado andalusí y no de los vientos americanos que originan este cante. La Orchesta Chekara de Tetuán, en sus más de cincuenta años de existencia salvaguardando la música andalusí, lleva tiempo incorporando a sus espectáculos a artistas flamencos, y grabando con ellos.
El miércoles, en el Palacio de los Córdova, dentro de las actividades del FEX, estos músicos presentaron su obra “Tetuán-Granada-Sevilla, siglos de entendimiento y música”, que más que un concierto es una declaración de intenciones: “por encima de las nacionalidades y las religiones está el ser humano y nuestra madre tierra”, dijo Aziz Samsoui en la presentación. Por otra parte, este concierto es un doble homenaje de los 50 años de su existencia y los 10 años de la muerte de su fundador.
Curiosamente muchos de los palos del flamenco tienen su paralelismo en la música andalusí, el mismo nombre, la misma estructura, los mismos sonidos (seguiriya, farruca, soleá…). Así, este concierto no es una búsqueda ni una adaptación, sino un encuentro. Con un buen sonido, el aire de bulería impera en la pieza de presentación. La segunda entrega es una farruca que culmina por tangos. Los músicos se alternan, se imbrican. Los ayes musulmanes de Jallal Chekara o de Yuossef El Hossaini encuentran su eco en las voces de Vicente Gelo y Alicia Cuña. Con todo y con eso, una delgada línea separa aún las dos manifestaciones. Es la bailaora Mari Ángeles Gabaldón quién ensambla por completo los temas que aborda y los redondea con admirable sentido. Los aires abandolaos dan paso a otra farruca acelerada, y ésta a una soleá por bulerías, también bailada. El baile es ancestral y de ahora. Recoge el testigo de las bailarinas magrebíes y de las bailaoras flamencas.
La tradicional copla "Ábreme la puerta verde" por rumbas en la voz de Alicia es muy aplaudida. El recital termina con una seguiriya notable en la voz dulce de Vicente, que baila Ángeles con cola negra y palillos, lo que sorprende en un tema trágico. Ante la insistencia de los incondicionales asistentes, fuera de programa, interpretaron La Tarara, en la que participó el público.
* FOTO: Orchesta Chekara, sin flamencos (© Paco Sánchez)
Pinceladas flamencas en el FEX

FEX. 57 Festival Internacional de Música y Danza de Granada
Una pincelada flamenca nos trae el Festival Alternativo este año. Una muestra eminentemente granadina de la mano de dos de grandes representantes de entre los jóvenes. Se trata de Juan Pinilla y de Patricia Guerrero, ganadores de la Lámpara Minera y el Desplante, respectivamente, en el Festival Internacional de Cante de las Minas en su última edición. El día 28 de junio, actuará en el Teatro Municipal José Tamayo Patricia Guerrero.
Nacida en el Albaycín, esta bailaora expone en sus espectáculos su gracia y empuje, gracias a sus múltiples horas de ensayo (lleva bailando desde los tres años) y sobre todo, su capacidad de mimetismo y aprendizaje, que actúa como una esponja o el azogue pulido que refleja el detalle de cada uno de sus maestros. Su baile está lleno de guiños del pasado, pero en él se destila un leguaje actual e íntimo, propio de quien tiene mucho que decir.
El sábado 5 de julio, le tocará el turno a Juan Pinilla. Este cantaor de Huétor Tájar, respetuoso con el cante y de una extremada ortodoxia, se va decantando como el sucesor de los flamencos comprometidos, que toman a nuestros poetas como verdaderos letristas de los anhelos y de la voluntad popular. Y no duda en traer a Ángel González por alegrías o a José Hierro por fandangos. Es un cantaor versátil, atrevido, pedagógico. Siguiendo la estela de su admirado Calixto Sánchez, ilustra su entrega con una pequeña semblanza de lo que va a cantar.
Hasta aquí el flamenco de raíz, por llamarlo de alguna forma. Pero la participación, la fusión, el mestizaje, se asoma en alguna otra ocasión a los escenarios del FEX. Tal es el caso de Alba Molina, artista tocada por la gracia sin igual de ser la hija de Lole Montoya y Manuel Molina, los míticos Lole y Manuel. El viernes 20 de junio, en la Huerta de San Vicente, Alba, acompañada por la voz jazzística de Vicky Luna y el guitarrista lebrijano Ricardo Moreno, realizarán un repertorio acústico de tradicionales boleros versionados entre el flamenco y el jazz.
Al día siguiente, en el mismo escenario, veremos lo que podemos denominar neo-flamenco. Detrás del nombre de Almasäla se esconde la artista Paloma Povedano, que fue cantante del grupo Ojos de Brujo, que, en su nueva aventura, hace una propuesta electrónica/ flamenco donde tienen cabida con toda naturalidad rumbas, bulerías o tangos.
Para terminar, el miércoles 25 de junio en el Palacio de los Córdova, tendremos la actuación de la Orquesta Chekara de Tetuán, que cumple 50 años. Su continua labor de conservación de la música andalusí y su acecamiento al flamenco, le han llevado a grabar con Enrique Morente o Segundo Falcón. Su presencia no sólo es sorprendente sino imprescindible para conocer el pasado y el futuro del flamenco.
* Juan Pinilla, en la foto (© Manuel M. Mateo).
Una Carmen deslavazada

Comenzando por el programa y pasando por el sonido, las luces y el montaje, la función “Carmen” de Bizet, interpretada por el Ballet Flamenco de Madrid, hacía agua conforme avanzaba. El folleto de mano, más que facilitar la aproximación a la obra, en general servía para desorientar al espectador. El argumento no se relacionaba con lo que estábamos viendo, los cantes estaban confundidos y los nombres de los actuantes brillaban por su ausencia. El sonido, aunque preciso en los directos, en la música grabada y en los efectos especiales entraba a destiempo y con una estridencia fuera de lugar.
Y la luz. ¿Por qué condenar a los bailaores a la penumbra permanente y a los músicos a la oscuridad absoluta? ¿Tendrán que ver las reminiscencias oscuras de un arte considerado menor y de cuartito o de pena o de queja? Por otra parte, la coreografía rayaba en la simpleza, salvo momentos puntuales de algunos bailaores, siempre en solitario, como la seguiriya que taconeara el bailaor que hacía de Don José. El argumento inconexo, lleno de tópicos, se salva porque Carmen ha llegado a ser un mito popular, representado cien veces, conocido grosso modo por todo el mundo. Por lo tanto, la lectura entre líneas no sólo era importante, sino imprescindible en esta obra.
Aunque no todo eran grietas. La veintena de bailarines coordinados en el escenario era un acierto. También la música en directo, aunque no se vieran sus intérpretes, hasta el punto de pensar que todo era sonido en off. En este apartado, sin lugar a dudas, destaco la soleá y, sobre todo, el martinete que interpretó el cantaor (anónimo, según parece), con verdadera queja, en el mismo escenario. También la rueda de tangos, acompañados tan sólo de palmas, “en la tabacalera” supuso un respiro de color entre esa apuesta gris.
Como resultado, una enésima versión de Carmen, con más pena que gloria. Agradable de ver, pero con evidentes lagunas. Propio para de un público poca exigente o para exportar donde el concepto del flamenco (o el folklore) es más amplio.
La siembra constante

Festival de Baile a beneficio de UNICEF
La totalidad de los bailaores que pueblan nuestros escenarios actualmente han dado sus primeros pasos en una gran academia de baile con alguna bailaora de más o menos prestigio. A cualquiera que se le pregunte, ha subido a un escenario por primera vez con tres, cuatro, cinco o seis años, de la mano de alguna de estas maestras locales, antes de dar el salto, antes de buscar al próximo guía que le seguirá impulsando hacia delante, que irá limando sus formas para capacitarlo o capacitarla para actuar delante del público en un tablao, en una cueva, en una compañía. Así, cuando encontramos a una joven bailaora de 20 años, es más que probable que ya acumule un bagaje de al menos quince años pateando las tablas.
Eva Esquivel es una de estas maestras, que consigue despertar la afición y desentumecer el cuerpo a casi un centenar de jóvenes y niños de Granada y provincia, reunidos en dos agrupaciones: Grupo Zaidín y Grupo Ogíjares. A los cuales, anualmente, los empuja a un escenario para participar en un Festival de baile a beneficio de UNICEF. Éste es el octavo año que, con una asombrosa calidad, se presentan estos chicos ante un público expectante. Con un cuadro albaycinero (Sara Heredia y Antonio al cante, Antonio Heredia “El Chonico” a la guitarra, Julián Heredia a la percusión y Julio Muñoz al violín), Eva presenta el espectáculo bailando unos compases de Vicente Amigo, y, cerrará la noche con unos tientos dedicados a su madre. Eva es una bailaora completa, precisa y reposada, en la que todos sus alumnos se reflejan. Entre medias, todos los niños, por edades, y en grupos desde tres hasta veinte bailaores, dan lo mejor de sí.
Como es natural, hay altibajos. Se sabe quien tiene madera y quien abandonará muy pronto, aunque siempre hay sorpresas. Prueba de ello es que, conforme avanzamos en edad, el número de participantes es menor. Entre los mayores, en los que se encuentran los únicos dos varones de todo el Festival, puedo asegurar que una media docena o tal vez más encuentren un hueco en este mundo. A las más pequeñas, de tres a cinco años, que bailan rumbas; le siguen las de cinco a diez, que hacen alegrías o tangos; las medianas, de diez a trece, que interpretan bamberas, garrotín o bulerías; y las mayores, como ya he dicho, con alguna que apunta maneras, que bailan seguiriyas, martinetes y jaleos.
Esquivel y su cuadro de músicos, realizan de esta manera una doble función social. Por un lado, dan la oportunidad a todos estos chicos para que expongan sin tapujos su aprendizaje ante el público, en un verdadero teatro; y, por otro, colaboran con UNICEF, la agencia de Naciones Unidas que garantiza los derechos de la infancia.
* Eva Esquivel, en la foto.
Un encuentro antológico

El ’5 a las 5’ en Fuente Vaqueros
Lo mejor que nos llevamos de la noche del 5 de junio en Fuente Vaqueros fue la colaboración del maestro Manolo Sanlúcar y la granadina Marina Heredia. No sólo por la simbiosis, que pudo ser perfecta si no planeara una nube de frialdad en el escenario, sino por el feliz encuentro de dos sensibilidades reconocidas. Por un lado, un guitarrista que, a sus 64 años, después de algunos pasos francamente duros, se encuentra en un momento de reposada belleza en su forma de concebir el arte y trasmitirlo. Por otro, una cantaora que está llamada a formar parte de las grandes, una cantaora que ha ido creciendo desde la base, sin prisa, con los pies en la tierra, sabiendo que si la subida es lenta la cima es estable.
Tratándose de Fuente Vaqueros, del pueblo de su admirado García Lorca, con quien, asegura, hablar de tú a tú en su estudio, que visitó en el proceso creativo de Locura de brisa y trino, el trabajo que grabó en el año 2000 con Carmen Linares, tomando prestados los versos del poeta, Manolo escoge este trabajo como regalo de los 110 años que hubiera cumplido Federico.
Para abrir boca, antes de que saliera Marina al escenario, el guitarrista comenzó a caldear el ambiente con Maestranza, una de las piezas de su disco Tauromagia (1988), y las bulerías Tercio de varas, del mismo trabajo. El granadino David Carmona, que le acompañaba como segundo guitarrista, hizo en solitario una taranta de dulce. Es un tocaor de futuro, un referente, que llegará muy alto, según el maestro.
Para la segunda parte, si se puede llamar así en un concierto que no tuvo intermedios, salió una Marina respetuosa y agradecida para acompañar al genio de las seis cuerdas en sus creaciones lorquianas. En primer lugar, las guitarras abordaron esa inmensa carta de amor, con tempo de garrotín, llamada Carta a Doña Rosita, una verdadera obra de arte. A continuación interpretaron El poeta pide a su amor que le escriba. La joven Heredia reinventa la copla. Entre las tres, cuatro, cantaoras que he escuchado acompañar a Sanlúcar en este trabajo, me quedo con la albaycinera. Su tesitura, su aporte personal, el grito controlado, los altibajos imposibles, el sentimiento desbordante, vienen como anillo al dedo poético de nuestro compatriota. A esto le sigue Gacela del amor desesperado, un hermoso toque por levante, para terminar con alegre rumba Son de negros en Cuba.
Un concierto memorable con algunos interrogantes. ¿Por qué el maestro achacó su desconcentración y su falta de finura acostumbradas a los periodistas y, en concreto, a los fotógrafos que realizaban su trabajo al pie del escenario? ¿Por qué se mascaba la tensión en las tablas, limitando la alegría de una onomástica, no concediendo siquiera la gracia de un bis, como demandaba el público?
* Marina Heredia, en la foto, como una flor primaveral.
Una tesis de flamenco contemporáneo

Flamenco viene del Sur
Entretenida. Sólo entretenida. Ni flamenco ni espectáculo fue lo que vimos el lunes para terminar el ciclo “Flamenco viene del Sur”. Así el broche de un festival quedó desajustado. Aleccionador, sin embargo, lo que se pudo leer entre líneas, que el flamenco se va haciendo, como el camino de Machado o la revolución de Carpentier, y la teoría es inútil sin este armazón que constituye el día a día de los flamencos. También es interesante asomarnos a las interioridades de la creación, tanto pragmática como intelectual, a sus tesoros y miserias, sobre todo miserias, que no es sino una forma de airear los trapos sucios.
Un escenario dividido en dos nos muestra esta dicotomía. Es una casa de vecinos en la que viven, en un lado un escritor (Luis Lara) que realiza una tesis sobre el flamenco contemporáneo, en el otro el bailaor Javier Barón que trata de montar un espectáculo. A partir de ahí, todo queda a medias, ni el teórico aporta argumentos interesantes al flamenco, aparte de desmontar lo añejo, ni el bailaor baila. Javier se da unas “pataíllas”, eso sí, muy bien puestas, pero que no dejan de ser una pincelada para abrir boca sin dejar satisfecho en ningún momento.
Que el duende no existe, nos lo dejó claro el escritor jerezano. Sin embargo, el pellizco, ajeno a esta obra, sí lo hemos sentido en más de una ocasión. Este espectáculo es para no iniciados, para pasar un buen rato con la excusa del flamenco, para reírse de unos chistes, al estilo de Florentino Fernández imitando a Chiquito, más o menos acertados, pero su abundancia llega a saturar.
De ocho partes diferenciadas consta la obra, donde se hace un recorrido incompleto del cante flamenco. Comienza por bulerías y acaba por bulerías. Es en este palo, y en la soleá, su hermana mayor, donde el cantaor José Valencia domina. Sin embargo, en las seguiriyas y, sobre todo, en las malagueñas, deja claro su desvarío.
Sin duda, lo mejor de la velada, aparte de los apuntes ya aludidos de Javier, ha sido la guitarra de Dani Méndez, el de Morón, que, con sus granaínas en solitario o con sus aportaciones por seguiriyas, se quejaba más que la voz.
Por último, un reconocimiento a una idea original. Simulando una videoconsola, se proyecta un videojuego en la pared, “Combate flamenco”, que es una lucha entre dos bailaores, en distintos escenarios, el barrio de Santiago en Jerez o las 3.000 viviendas en Sevilla, a ver quién no pierde el compás.
Foto: Málaga en Flamenco (© Carlos Díaz Martín)
Rocío Molina, fiel a sí misma

Flamenco viene del Sur
Almario: dícese del contenedor, de variado tamaño, que se utiliza para dar cobijo al alma y a otros adminículos del propio espíritu.
Rocío Molina, pese a su juventud, encuentra el tiempo de recopilar, de echar la vista atrás y contemplar toda la herencia que le han donado sus mayores. Pero es consciente del momento en que vive y, lo más importante, hacia dónde camina. Así, el espectáculo Almario se convierte en una rendija donde podemos mirar los anhelos de esta bailaora malagueña. Rocío nos abre las puertas de su alma, nos lleva de la mano hasta su vestidor y allí, en el mismo escenario, se va cambiando de atuendo, según la pieza que va a bailar, según su estado de ánimo. Un recurso visto en otras ocasiones (Belén Maya, Isabel Bayón, La Moneta), pero introducido de tal forma en la obra que es como una prolongación del baile mismo o como el introito necesario para cuajar la escena. Rocío baila hasta cuando no está bailando. No abandona el escenario en ningún momento. No descansa. Su verdad la evidencian los espejos que reflejan su secreto y la ropa ligera que amenazaría sus titubeos.
La bailaora llega a las tablas vestida de cuero con fondo de tanguillos. Viene de la calle de un día cualquiera. Y comienza a reflexionar por tarantos, que dedica a Fernando Romero. Es un baile reflexivo y cargado de influencias. Pero, al mismo tiempo sorprendente y abrasivo. La sorpresa llega en forma de platillos en los dedos de ambas manos, dando un toque de oriental frescura a su propuesta. Poco a poco desaparecen los cueros, la chica de la calle que reflexiona y se enfunda en un vestido de cola, de tonos parduscos, para abordar la trágica y desenfrenada seguiriya ahora es una bailaora de antes que mira hacia delante. Quizá la poca luz, quizá el exceso de percusión, quizá el lejano acople de las guitarras, enturbiaran los delicados movimientos de la protagonista, su preciso zapateo. En uno de los espejos, escrito con carmín, reza la máxima “Se fiel a ti misma”.
Nuevamente se vuelve a desvestir y se encaja unos pantalones, se anuda un pañuelo y baila, de manera casi cómica, lo que da en llamar garrotín feo, que suena en off, con el inconfundible celofán de los discos. Detalles tiene este baile que estremecen. Participaciones del pasado, guiños a un baile ya extinguido. La dinámica continúa. Con un vestido rojo de vuelo y con mantón triunfa por bamberas. La belleza es indiscutible cuando el mantón está en sus manos, pero es sublime cuando lo deja caer. A esto le siguen unas bulerías de sabor jerezano, llamadas Mentiras, que todo cabe en Almario. Para terminar, fiel a sí misma, nos brinda una improvisación, que comienza con un poema al estilo de Manuel Liñán. Se va desvistiendo de nuevo, poco a poco. Se va descalzando y baila con sólo un tacón, después descalza. Sus pies juegan con el mantón extendido en el piso… Vuelve por fin a sus ropas de cuero y, con un gesto de cierre, hace mutis, como diciendo “ya está bien por hoy”.
* FOTO: Revista Acordes de Flamenco (© Eva París).
Flamencas en La Zubia
Flamenco tiene nombre de mujer
Por tercer año consecutivo, La Zubia se viste de volantes y celebra su festival “Flamenco tiene nombre de mujer”, haciéndolo coincidir con los “II Cursos Intensivos de Flamenco”, en sus modalidades de cante, baile, guitarra y percusión, con un profesorado de gran prestigio. El sábado, 10 de mayo, tuvo lugar, como digo, este encuentro flamenco que tiene a la mujer de protagonista. Como artistas invitadas, mostraron su buen hacer la jienense, de Jódar, Gema Jiménez, al cante, y la bailaora granadina, de Huétor Tájar, Silvia Lozano. El formato es acertado, el baile abre y cierra la velada y, entre medias, el recital de cante.
Unos martinetes de buena factura en la voz de Sergio Gómez “Coloraíto”, dan paso a las seguiriyas con que Silvia Lozano comienza sus propuestas. El tiempo y la dedicación han hecho de Silvia una bailaora reposada y elegante, con un notorio trabajo a sus espaldas y una recta exigencia. Se nota en su baile la huella de Mario Maya y su impulso definitivo. Destacan su soltura y los detalles. Le acompañan atrás, aparte del cantaor ya citado, Juan Ángel Tirado, también al cante, Alfredo Mesa, un tocaor de evidente progreso, y Miguel “Cheyenne” con la caja, uno de los mejores percusionistas de Granada. Para las alegrías, quizá su baile insignia, se encontraba más relajada. Un baile logrado que acompaña sin aspavientos; con la participación de todo el cuerpo y la sonrisa permanente en los labios, lo cual se agradece.
Gema Jiménez sustituye a Silvia en las tablas. Su bonita y potente voz y sus indiscutibles facultades se imponen de inmediato en el escenario. Su timbre agudo hace que la cejilla de la guitarra de Eduardo Rebollar baile entre el quinto y sexto traste. Su primera entrega va por la ciudad que la acoge. Una agradable granaína llena de melismas sienta las bases de un buen concierto. Sin embargo, su repertorio es conocido, no arriesga demasiado y comienza fría, quizás debido, aunque no es excusa, a la frialdad del público. La hemos escuchado mejor en otras plazas. Los caracoles de Chacón se han convertido en una marca que esta joven cantaora borda. Unas milongas dedicadas al maestro Valderrama continúan su entrega. A la que le siguen unos tangos en los que se acuerda, entre otros, de Fosforito.
Tuvieron que llegar los festivaleros fandangos para que gema se encontrara realmente a gusto. Dos letrillas cantadas con micrófono para cantar otra a boca de escenario. El resultado, la acústica y la reacción del público, le fueron tan favorables que este último fandango se convirtió en tres. La misma fórmula aplicó en sus bulerías finales que, como mandan los cánones, cantó de pie y acompañó con un generoso baile lleno de gracia.
Loles del Cerro reúne lo mejor de Granada
Homenaje a Loles del Cerro
El primer día de marzo de este año, despedimos con gran dolor el cuerpo de Dolores Rodríguez Cortés, más conocida como Loles del Cerro, la última de las bailaoras míticas de la época de esplendor del Sacromonte. A sus 77 años confesados todavía actuaba a diario en la cueva de La Rocío. Bailaba como ninguna los tangos del Cerro. Bailaba y cantaba, y, al decir de quienes la conocían, se inventaba las letras. Tenía todo un arsenal de letrillas de tangos que, en gran parte, se han perdido con ella. Nos queda su recuerdo, su familia, “La Porrona”, que también canta y baila a un tiempo, una de las mayores conocedoras de los tangos del Monte. Y nos queda su nieta, la bailaora Vero “La India”, puro arrebato de raza “sacromontana”, fiel reflejo de su abuela. Desde el día de su desaparición, comenzó a flotar en el ambiente la necesidad de brindarle un sentido homenaje que reuniera a todos sus amigos, admiradores y aficionados. Pues son muchos, por no decir todos, los que se sienten endeudados con esta gitana llena de gracia y de sal.
El día señalado fue el viernes, 9 de mayo, en el Palacio de Congresos. Los sentimientos se mascaban en el ambiente. La sala no se llenó por problemas de promoción, seguramente, pues el cartel, además de ser un lujo, dudo que se vuelva a repetir. Que se diera cita en el mismo escenario lo más granado de la ciudad, que es, le duela a quien le duela, de lo mejor de España, es un regalo exclusivo. Mucha verdad y mucho arte corrieron por las tablas. Todos pusieron lo mejor de sí en un gran homenaje que se extendió casi hasta las dos de la madrugada.
Abren la noche algunos representantes de la Zambra de “La Rocío”. Rafi Heredia canta tangos y alegrías que bailan con sabor a cueva Estela Rubio y Alba Heredia respectivamente. Desde Barcelona llega expresamente Montse Cortés para dejarnos tientos, bulerías, tangos de Camarón y soleares que baila con estilo y precisión el bailaor madrileño Alfonso Losa, que no aparecía en el cartel. La emoción llegó con “La India” bailando soleá por bulerías y acompañada por parte de la familia de Dolores: José Fernández, al cante, reforzado por Juan Ángel Tirado, Emilio Maya y Juan Habichuela nieto a la guitarra, y Juan Fernández a la percusión. La frescura desbocada de esta chica es uno de los valores más auténticos.
Manolete no llegó a bailar, pero dejó su sentir con unas palabras y presentando a Tomatito y a Morenito de Íllora. El guitarrista almeriense comenzó por tarantas, para continuar por bulerías y acabar por los tangos y bulerías que cantó el de Íllora. Tomatito es uno de los grandes guitarristas del momento. Su toque es limpio, gitano y de pellizco. Un momento esperado y reconocido en la velada lo protagonizaron Iván Vargas y Juan Andrés Maya, también de “La Rocío”. Su baile es una mezcla de estilos concatenados. Iván comienza por tangos, que se extienden por seguiriyas y abandolaos. Juan Andrés baila unas alegrías, quizá demasiado largas, donde da rienda suelta a todo su poderío.
Después de un pequeño descanso, Estrella Morente, acompañada a la guitarra por Miguel Ángel Cortés, demostró una vez más la plenitud de sus facultades. Estrella, que llevó a Loles del Cerro en su espectáculo “Pastora 1922”, hizo tangos y bulerías, que también bailó y se acordó de su padre, el cual le sustituyó en el escenario, sin duda el plato fuerte de la noche. Morente, con Paquete a la guitarra y Bandolero a la caja, nos hace bulerías y seguiriyas de fiesta, en las que introdujo alguna letra dedicada a la del Cerro. Juan Habichuela nieto sube al escenario después del maestro y, sin ninguna dificultad, mantiene alto el pabellón., interpretando un zapateado y unas cantiñas. La japonesa Maya le da un excelente contrapunto con su violín.
Para cerrar la noche, la guinda, como dijo Curro Albayzín, presentador del concierto, junto con Juan Pinilla, Marina Heredia mostró su buena forma y sus deliciosas maneras. Con dos guitarristas de bandera, Luis Mariano y Miguel Ángel Cortés, Marina nos sorprende con la bulería “Nuevo día” de Lole y Manuel y continúa con tangos de la penca, que terminan por Morente. Y, con un poema de Ataulfo que ensalza la figura de la artista, se despide un homenaje de leyenda.
En busca del tiempo perdido

Flamenco viene del Sur
Bonito, equilibrado, redondo. Sin aspavientos ni excesos técnicos. Una obra, Tejidos al tiempo, de la Compañía Flamenca “La Choni” con contenido y con continente. Algunos de los recursos utilizados, sin embargo, ya los hemos visto anteriormente, aunque no aparecen de ninguna manera trasnochados. Al contrario, disfrutamos de una puesta en escena fresca, valiente y dinámica, gracias al director Jorge Barroso “Bifu”.
La parquedad de un escenario bicolor, asimétrico, y una bailaora colgada como si fuera un muñeco de hilos, juguete del destino, nos saluda bailando por seguiriyas. Son interesantes los movimientos quebrados, automatizados, de la marioneta que cuelga del techo. Es sobresaliente la música amable, creada por Raúl Cantizano, que sostiene el armazón del espectáculo y actúa como verdadero diapasón de los momentos, compás del paso de un tiempo sin tregua.
En el ángulo izquierdo, a boca de escenario, un reloj de arena nos recuerda que estamos irremisiblemente unidos a la rueda del tiempo. El hombre de negro (con vestido de cola y paraguas abierto), que puede ser el mismo tiempo o su desenlace final, remata la pieza cortando los hilos que apresan a la bailaora brindándole un poco más de libertad, algunas horas regaladas a la inevitable muerte. Ya liberada, la bailaora sevillana, se despereza por Huelva.
Las bulerías, que aborda Alejandro Granados, el artista invitado, siendo lo más reconocible en su conjunto, constituyeron uno de los bailes con más pellizco. Alejandro es de elegante profesionalidad. Maestro de maestros. Reposa el baile, patea el horizonte, baila su propio eco reflejado en el éter. ¡Ole!, sin objeciones. Un ole también a la voz rotunda de Alicia Acuña. En la soleá “Una esperanza encontrada”, “La Choni”, muestra su lado más flamenco. Entre sus silencios, quizá excesivos, destacan su juego de brazos, su refinada estampa, el elegante vaivén de su vestido de cola.
Sin duda, el mejor momento de la función llega en forma de milongas. Vicente Gelo hace un cante entrañable, con muchísimo gusto y frescura. El baile es de una plasticidad exacta. La comunión entre el baile contemporáneo y el flamenco es la más conseguida que he visto en mucho tiempo. En otras ocasiones, ambas manifestaciones de la danza se muestran ajenas o mal calzadas. Es encomiable la aparente sencillez preñada de belleza de Asunción cuando se queda sola y se desdobla para bailar consigo misma, mitad hombre y mitad mujer, mitad negro y mitad rojo, el yin y el yan en una escena para el recuerdo.
Termina la función con una nana musical, interpretada con zanfoña y escobillas de de jazz, en donde los tres protagonistas recorren el escenario, hasta que “La Choni”, frente al reloj, comienza a devolverle arena, intentando recuperar así el tiempo que se pierde.
Quién baila hoy

Posiblemente Granada sea la única ciudad andaluza donde se puede ver flamenco a diario. Y no un flamenco de relleno para contentar a extranjeros conformistas, sino un flamenco, en la mayoría de los casos, de una calidad considerable. Aunque durante todo el año esta muestra es abundante, en llegando el buen tiempo, los meses de primavera y verano, la oferta se multiplica. Así, cuevas, tablaos, bares y otros locales alternativos, sabiendo el poder de reclamo que tiene este arte, no dudan en llevar a sus escenarios –a veces asaz reducidos- a lo más granado del flamenco local e incluso de fuera de Granada. Hay flamencos de todo tipo, de segunda y de tercera fila, pero también primeras figuras que, si no están actuando fuera o tienen alguna grabación, se desperdigan por estos rincones para ofrecer su cante, toque o baile sin ambages de ningún tipo. Es fácil ver una noche a alguien de renombre o el flamante ganador de algún premio de prestigio. De esta forma, se cumple un doble objetivo. En primer lugar, estos pequeños escenarios se abastecen de los actuantes necesarios para cubrir una creciente demanda de propios y foráneos. Y, por otra parte, sirven de local de ensayo permanente para los flamencos que allí actúan, manteniéndolos en forma y en continuo crecimiento.
Desde las sagas sacromontanas, que se ocupan de su zambra o su cueva (como los Maya, los Heredia o los Canasteros), hasta los demás artistas de todos los puntos de nuestra geografía, mantienen viva esa llama del flamenco cotidiano.
Los aficionados al flamenco muchas veces somos reacios a deglutir de cualquier forma el flamenco a granel, popular y populoso, que nos venden sin ningún respaldo institucional o autorizado (festival, ciclo o concierto). Estamos equivocados, el iluminado momento del baile, ese pellizco exclusivo de un cantaor, el guitarrista que ha logrado redondear su falseta, a veces sólo se aprecia en una peña o en el lugar oficioso e informal a que nos referimos.
Cuando tienen la oportunidad, como digo, estos locales hacen un esfuerzo extra e invitan a una figura de fuera de nuestras fronteras. Tal es el caso del tablao Albayzín que durante todo el mes de abril ha tenido bailando a Juan Ramírez. Todo un lujo. Juan Ramírez (Mérida, 1959) es un artista polifacético que se ha decantado por el baile. En 2005 salió su primera grabación, Más flamenco que el tacón, un CD y DVD en el que no sólo baila, sino que compone música y letra e incluso canta en la mayor parte de los temas. También la Venta del Gallo anuncia de vez en cuando la presencia de algún flamenco de fuera. Juan Moneo “El Torta”, es uno de los cantaores jerezanos que ha repetido su presencia en esta cueva.
No deseo acabar estas líneas sin hacer mención a las peñas y su labor de salvaguarda del flamenco en su pureza. En Granada y provincia habrá una docena de peñas, abiertas al público en general, salvo determinados casos, que todos los fines de semana ofrecen algo de flamenco. La Chumbera es otro punto de referencia que, con un precio más que asequible, presenta todos los sábados una muestra completa y variada de flamenco local.
Frida Kahlo por bulerías

Flamenco viene del Sur
Antonio Canales ya se vistió de Bernarda Alba y Manuel Liñán bailó con falda de cola, y entre las mujeres, desde Carmen Amaya, es habitual “vestirse de hombre” para bailar determinadas piezas, sobre todo la farruca, pero un riguroso transformismo como el que nos ofrece Amador Rojas interpretando a Frida Kahlo está fuera de todo precedente.
“Kahlo Caló” es una gran obra en un ciclo equivocado. Como idea es sugerente, arriesgada, vanguardista… pero como apuesta flamenca se pierde un poco en su propio cosmos. Queda claro que tanto Amador como Pepa Caballero, de quien parte la idea original y el guión, son flamencos y como tales conciben la función. Ésta, sin embargo, queda limitada a algunos cantes y a unos bailes bastante conseguidos (alguno de ellos nos recuerda a Israel Galván). Si se nos presenta como teatro aflamencado o musical, no tendría objeciones.
Por lo demás, un trabajo ingente, una visión acertada e inquietante de la vida de una mujer con una gran personalidad, en donde se juntan el dolor físico con el dolor espiritual. Rojas se mete en la piel de Kahlo a los cien años de su muerte, cojea como ella y sufre como ella. Baila, en definitiva, con ese arrebato y esa pasión con que ella debía pintar. Se convierte en una y mil “fridas” que ella, con su drama, su arte y su compromiso, se desdobla.
El drama está servido. Los personajes, en cambio, sobreactúan. La ambientación está conseguida, quizá a falta de luz y color en determinados momentos. La música es el verdadero hilo conductor del drama. Unos sones que nos trasladan de México a Nueva York y de allí a París, para regresar de nuevo a su patria, sin necesidad de ver nada más. Destacamos las miradas flamencas, tan sólo un apunte, como decimos. Así las alegrías, los fandangos, las bulerías, las seguiriyas o la farruca se convierten en balones de oxígeno para el público que acude al sur para ver venir el flamenco.
Entre estas pinceladas, rumbas, baladas aflamencadas, I’ll never be the same y otros acercamientos al jazz, rancheras y canción mexicana como La Sandunga o, para terminar, La Llorona, que es todo un himno, porque me muero de frío. Un aplauso a la versátil Lalah Domínguez que interpreta todos estos temas.
Frida es una paloma, como decía Alejandro Peña haciendo de Diego Ribera. Mas una paloma atormentada. El tormento se masca en el escenario, pero para apreciar el ave encontramos demasiados escollos. Al protagonista, siendo exquisito en momentos, como cuando baila con la bata de cola negra, en general le falta la feminidad y delicadeza deseadas.
* A la izquierda, Amador Rojas. A la derecha, Frida kahlo
Juan Habichuela, la cosecha no se pierde

Patrimonio Flamenco. La Chumbera
Érase un niño a una guitarra pegado. Por las venas de Juan Habichuela, nieto, fluye la sangre de los Carmona. Las seis cuerdas se han convertido en prolongaciones de sus dedos. Juan es un buen representante de su familia, fiel continuador de los pasos de su abuelo. Las aptitudes de este joven guitarrista, como las de sus mayores, se pueden resumir en sentimiento, limpieza de ejecución y en ese soniquete arábigo granadino que se ha convertido en el sello de la casa. A esto hay que añadir la rapidez y la destreza como valores propios.
Habichuela se presenta solo en el escenario de La Chumbera (donde el flamenco es realmente popular) interpretando una soleá. La pieza es en principio alarmante, con su espíritu creador y sus continuos cambios, parece deslavazada, pero se redondeará con su final por bulerías. Seguidamente suena un zapateado, en el que se hace acompañar del discreto violín de Maya y el correcto bajo de Juan Masana. La guitarra parece que canta. Los ritmos trepidantes, el limpio fraseo, el continuo remedarse a sí mismo, el agradable soniquete, serán la tónica de todo el concierto.
Las guajiras, las alegrías y los tanguillos siguen el mismo esquema. El teatro se derrumba. Cómo puede caber tanto arte en las manos de este joven. Pero en conjunto, esta entrega hace agua. No terminan de encajar bien todos los instrumentos en un concierto donde la sonorización, el equipo técnico, tiene mucho que ver. José Antonio Carmona, siendo un buen percusionista, sobraba en más ocasiones de las deseadas. Y la aguda voz de Irene Molina, mal proyectada, hacía equilibrio entre el tópico de unas letras trasnochadas y los desajustes.
La seguiriya, en el ecuador del concierto, siempre mide el pulso de un flamenco. Prueba superada. Y con las bulerías, Juan Habichuela, pone la guinda, sacando a bailar a Vero La India. Vero es visceral, sacromontana por los cuatro costados. Su fuerza y empuje nos recuerda a las gitanas de antes, las de las cuevas, donde todo era compás y sentimiento; brío desbocado. Las bulerías son una guerra consigo misma, donde no hay tregua ni reposo. Un gran baile, un reconocido aplauso, un protagonismo ganado a pulso y escrito con mayúsculas. Jadeante después de su actuación, Vero se sienta entre los músicos para hacerle compás al guitarrista que se despide con una rumba, demostrando definitivamente que la cosecha de Habichuelas está asegurada.
La verdad de Pepa Montes

Flamenco viene del Sur
Pepa Montes no tiene edad. Cuando sale al escenario se para el tiempo, su baile es etéreo, sus manos hipnotizan. “Bailaora” es el espectáculo más completo que hemos visto en este ciclo de. La obra expone pura y simplemente la verdad de su autora, que pasa por ser, junto con Manuela Carrasco, Milagros Mengíbar y Merche Esmeralda, la bailaora más en forma de su generación. La carismática bailaora de las Cabezas de San Juan nos presenta un programa flamenco e íntimo, surgido de las entrañas. Tanto ella como su cuadro son excelentes. La creación musical, un continuo ritmo sin tregua, donde tiene mucho que ver el compás y la percusión, es uno de los valores más importantes de la obra. Destaquemos al guitarrista Ricardo Miño, marido de la bailaora, al pianista Pedro Ricardo Miño, hijo de ambos, y a los cantaores Vicente Gelo y Sebastián Cruz.
La obra no tiene un claro argumento, es original en sí misma. Sin embargo, comienza con el gran tópico de la academia de baile, donde Pepa entra sin zapatos y se calza en mitad del escenario, para enseñar algunos pasos a dos de sus alumnos, que resultan ser dos grandes exponentes de la “escuela sevillana”. Unos fandangos que contienen pases de bulería y soleá sirven de comienzo del espectáculo, mientras el pintor Manuel Machuca realiza un retrato de la artista en directo. Después, el mismo pintor interpretará unos naturales no muy conseguidos. Casi sin parar comienzan las cantiñas “Recordando a Cádiz”. Pepa, con su bata blanca, se impone como una diosa, como esa obra de arte efímera que tratamos de mantener en la retina. Pero a una vuelta le sigue otra, y el juego de brazos y el baile de la cola y el vuelo del mantón. Como las grandes se mueve sin aparente dificultad. Se sabe grande, se conoce bella, y así lo muestra. Los dos bailaores de apoyo, a la postre, siguen sus pasos. Un silencio total, incluso con luces apagadas, antes de las escobillas, conceden otro original atrevimiento.
Pedro Ricardo Miño sale a escena, da las buenas noches y se sienta frente al piano. Hace una bellísima granaína, más cercana a la estética clásica que a los cánones flamencos. Y es que el teclado todavía anda en la frontera de los instrumentos aceptados. Son muchos, sin embargo los que visten el piano de toda legitimidad (desde Chano Domínguez o Diego Amador hasta Dorantes). Estas granaínas, como no podía ser menos, se abandolan en fandangos del Albaicín, que entona, con alguna objeción, el cantaor sevillano Vicente Gelo. Continúa el piano por bulerías, que lo secundan los demás músicos. Para pasar a uno de los momentos álgidos del programa, la caña, que culmina con la soleá “Bailaora”, que le da nombre a la obra. Montes, con vestido de cola roja se entrega con pasión.
La rondeña, un mano a mano entre el piano y la guitarra, entre padre e hijo, es otra pequeña obra de arte, que termina por fiesta, y da pie a exponernos su última pieza “Zorongo”. Se trata de pasar el mismo zorongo gitano y otras piezas de García Lorca por el tamiz de las bulerías. La bailaora está arrebatadora, el movimiento de sus manos es difícil que se me olvide en mucho tiempo.
* (© Deflamenco.com)
Una apuesta local

4º Festival Flamenco Joven de Huétor Tájar
Eminentemente granadino fue el Festival de Huétor Tajar, pero no por falta de miras ni por patrioterismo casposo, sino porque tres de los mayores representantes del flamenco joven actual son de Granada. Prueba de ello es que son ellos los que recibieron los últimos grandes galardones en el Festival de las Minas de la Unión. Juan Pinilla, que además es autóctono de Huétor, se alzó con la “Lámpara Minera”; la bailaora Patricia Guerrero, obtuvo el “Desplante”; y Sergio Gómez “El Colorao”, los premios a la vidalita y a la soleá.
Y fueron precisamente estos palos los que abrieron el concierto. Sergio, con la voz levemente tomada, dio un recital memorable, lleno de melismas y agradables tesituras. El más joven de los Coloraos, con una voz dulce y redonda, hace bonitos los cantes que presenta. A saber, aparte de los ya aludidos, cantó farrucas, bulerías y fue realmente grande en los martinetes, donde se apreció claramente la cajita de música que tiene en la garganta. Lástima que la guitarra de Rubén Campos a su lado sonara tímida y a veces descafeinada.
Aunque la aportación de Juan Pinilla estuvo bien, no fue la mejor de sus noches. En plenas facultades y con un guitarrista de excepción a su lado que le facilitaba el fraseo, el cantaor sólo llegó al notable y no alcanzó el sobresaliente, que es a lo que nos tiene acostumbrados, sobre todo en su pueblo. Puede que parte de culpa la tuviera un público que, asombrosamente, se mostró frío desde un principio, sin la chispa de complicidad y calidez que se espera en el flamenco.
Juan comenzó con marianas y continuó con malagueñas y abandolaos (de Almería, Almuñécar, Málaga, Córdoba y Granada). También hizo granaínas, en las que se acordó de su maestro, Manolo Ávila, remedando a Cayetano, y remató como lo hacía el maestro Cobitos, tomado de Silverio. De aquí pasó a las cantiñas, donde Antonio Carrión lo mecía agradablemente, allanándole el camino, con su añeja guitarra. Pinilla terminó con una pequeña muestra de fandangos naturales.
Patricia Guerrero no sólo sufrió la sequedad del respetable, sino también la templanza de sus músicos. El resultado fue un baile preciso pero fuera de contexto. Patricia tiene unas formas muy estudiadas y trabajadas, hasta el movimiento de las cejas está milimetrado. Pero una bailaora, aunque sea la más austera de Andalucía, necesita que la arropen en condiciones. El sonido estaba flojo y el cuadro ajeno.
El esfuerzo de Marcos “Palometas” fue loable, pero hubiera necesitado una segunda guitarra que lo reforzara. Los cantaores, Juan Ángel Tirado y Manuel Heredia, de lo mejor de la tierra para cantar atrás, no se entendieron con las seis cuerdas ni en las alegrías ni en los cantes de levante, que Patricia remata con una hermosa coda por tangos. Entre medias, los cantaores hicieron unas tonás en la boca del escenario, demostrando sus facultades.
Un Calixto Sánchez muy ligero

Flamenco viene del Sur
Atrevimiento es la primera palabra que me viene a la cabeza para definir el concierto de Calixto Sánchez la noche del lunes en el Teatro Alhambra y por ende el disco que presentó, Andando el camino. Atrevimiento y ligereza, aunque no provocación y frivolidad. Nada más lejos de mi intención.
Quien acudiera a ciegas a esta presentación pudo salir algo desconcertado. Un cantaor ortodoxo, académico como ninguno y con una jondura emblemática, haciéndose acompañar de un teclado, de un bajo eléctrico y de una travesera, es algo que no termina de encajar. Conociendo, sin embargo, las inquietudes de búsqueda de este flamenco de Mairena del Alcor, no es de extrañar que apriete un poco más las tuercas, se salga del camino, pero sin abandonarlo, y se haga arropar de otros instrumentos y de ese aire más festivo. Pues, cuándo se ha visto que un disco de Calixto contenga nada menos que tres bulerías. Tres bulerías y unos tangos y unas cantiñas y unas marianas, que son todo alegría.
Pero se trata de Calixto, Calixto Sánchez, un cantaor emblemático, que lleva treinta y cinco años de profesión. Es realmente como el flamenco avanza. Desde el más profundo conocimiento y el respeto más sincero, se pueden permitir estos devaneos.
El cantaor en plenas facultades y sabiendo lo que hace, expuso su verdad. No se puede pedir más. En primer lugar, acompañado tan sólo del piano de Gustavo Olmedo, cantó la zambra Quisiera volver, que sonó como el preliminar regalo a la tierra que siempre lo acoge con los brazos abiertos. Para las malagueñas y para las dramáticas seguiriyas, sus aportaciones más cabales, lo arropó la fiel guitarra de Manolo Franco.
Los cantes de levante, No grites más, fueron una revolución. La repetición raveliana de algunos acordes y la intervención del bajo (Miguel Vargas) y del piano, junto con las palmas y el ritmo machacón de las dos guitarras (Manolo Franco y Eduardo Rebollar), hacían parecer que sonaba un blues por tarantos. De las marianas, Buscando la vida, resultó otro experimento. Calixto Sánchez prescinde de los momentos más templados y de los tientos y propone únicamente el soniquete por tangos.
Acabando el concierto, el cantaor sevillano, abundando en la fiesta, se pone en pie y nos regala las rumbas A un olmo seco, uno de sus grandes éxitos (si se puede hablar de esta forma en el flamenco), pertenecientes a Retrato flamenco (2001), donde canta a Antonio Machado. Después vinieron las cantiñas A la sombra de la parra, que acogen las estrofas más populares. Y, para terminar, un generoso remate por bulerías, en el que destacó la cómica historia de Manolita y, como nos tiene acostumbrados, las Habaneras de Cádiz de Carlos Cano, cerrando así el tácito homenaje a Granada.
Los nuevos pasos de Niño Josele

Jazz viene del Sur
Niño Josele es un guitarrista flamenco abierto a las nuevas tendencias. Desde que Paco de Lucía dio el salto, muchos amantes de las seis cuerdas han perdido el miedo a introducirse e impregnarse de otras músicas, sobre todo del jazz hermano, aunque también del blues, de la bossa nova o de la música andalusí. Enrique Morente al respecto opina que no existe sino sólo una música, con mayúsculas. Niño Josele grabó en 2006 un disco antológico. Filtrando a través de los matices flamencos algunos de los éxitos del pianista Bill Evans, publicó su trabajo “Paz”. Y en ese punto estamos cuando llega a Granada con el ciclo “Jazz viene del Sur”.
Aterriza con el espíritu flamenco de siempre, pero con el sentimiento jazzístico de hoy. Mucho jazz, demasiado jazz. Su trabajo, lleno de sentimiento y ternura, se dejó entrever en puntuales momentos. Destacamos el tema “The Dolphin”, con el que, en solitario, inició el concierto, con algún guiño a la soleá y su remate por granaínas, o “The Peacocks” que sonó después del concierto, ya con toda su banda, como primer bis. Se echaron en falta algunas voces que entonaran “Minha”, que canta en el disco Estrella Morente, o “I do it for your love” cantado por Freddy Cole, afamado jazzmen, hermano de Nat King Cole. El estado de gracia de niño Josele, en cambio, estuvo presente todo el concierto.
El segundo de los temas que interpretó fueron unas bulerías puras, en las que se hizo acompañar de la caja de “Piraña”. La misma fórmula que aplicó al final del concierto, ya con toda su banda, que fueron permanentes desde la tercera pieza. Para el ecuador de la función aparecería Jerry González detrás de su trompeta, como artista invitado. Fue un soplo de viento (nunca mejor dicho) entre tanta cuerda y percusión, que rozaban la monotonía por momentos. La participación de Jerry fue escasa pero sobresaliente. Se hará más evidente en los bises. Muy aplaudidos fueron también las intervenciones de “Piraña” al cajón, del bajista Alain Pérez y del baterista impecable e impasible, Horacio “El Negro” Hernández.
Las concesiones al jazz, como digo, fueron más que sobradas. Demasiadas improvisaciones, algunos solos casi forzados y largas codas finales. Devaneos que evitaron tal vez consolidar el recital esperado.
Aplaudiremos por fin un diálogo entre los percusionistas, batería y caja, para acabar la entrega y los generosos bises que sirvieron para redondear el concierto.
* Niño Josele (© Juanjo Castillo)