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El frío en Granada

El frío en Granada

Recuerdo los días ateridos de mi infancia. Recuerdo que en casa de mis abuelos, lindando con el río Darro, se recogían las sábanas como cartones helados mientras se secaban en el patio. Recuerdo las paredes de nieve subiendo a la Sierra. Recuerdo los sabañones en los dedos de las manos y de los pies y en los lóbulos de las orejas, incluso. Recuerdo las continuas vaharadas en las conversaciones con tus amigos. Recuerdo los guantes, el pasamontañas, la bufanda y los leotardos para ir al cole. Recuerdo el hielo en los charcos, la nariz goteando y los pies como témpanos. Recuerdo la escarcha en los coches, los tejados blancos y los chupones en los aleros. Recuerdo cuando no había escuela por tiempo extremo. Recuerdo hogueras en las calles y castañas asadas y también las patatas, que aquí llamamos perdices. Recuerdo que se salaban las calles para paliar la helada, llena de resbalones y accidentes. Recuerdo la cama fría y la bolsa de agua caliente y los ramones crepitando en la chimenea, que le prestaba ascuas al brasero. Recuerdo cuando Granada alcanzaba las mínimas.

Estos últimos días, sin ser tan extremos, me han recordado esos tiempos de tiritones y me ha venido al pensamiento un poema que escribió en 1123 el poeta Ben Sara de Santaren cuando llegó a Granada un invierno procedente de la taifa aftasí de Badajoz y quedó tan impresionado por las gélidas temperaturas al pie de Sierra Nevada (Shulayr), que compuso El frío en Granada:

     En esta tierra se puede dejar de hacer la
oración y hasta beber vino, aunque sea cosa
prohibida,
     para poder ganar el fuego del infierno,
que siempre será más dulce y agradable que
el frío de Sierra Nevada.
     Cuando sopla el viento del norte, ¡qué
felicidad para el creyente hacerse acreedor
al infierno!
     Y añadiré, sin poner exageración en mis
palabras, lo que ya ha dicho antes que yo
otro poeta:
     Si mi Señor me arroja al infierno,
en un día como hoy, me parecerá
delicioso.

Corredores

Corredores

Todos los martes y jueves, desde hace tres años, recojo a mi hijo de la escuela y lo acompaño a otro colegio, donde tres palmeras calvas presiden su fachada, para asistir a clases de judo, porque en el suyo no ofertan esta actividad. Ya está a punto de pasar a cinturón naranja.

Mientras se desfoga en el tatami, tengo una hora para pasear, tomar café o leer (o todo junto). Me suelo sentar, cuando el tiempo lo permite, en un banco de los jardines del Salón, junto al río. Despliego mi libro y viajo sin moverme a otro mundo, a otra época, a otras vidas. En medio de la lectura, entre párrafo y párrafo, pasan ante mí otros paseantes, con o sin perro, y bastantes corredores, con o sin perro, jóvenes atléticos (o no tanto) de ambos sexos que castigan su cuerpo para mantenerse en forma, sobre todo estos días, después de la Navidad (pasado el verano ocurre lo mismo).

A la mayoría, según una visual de superficie, no le hace falta correr. Ya son esbeltos y apretados. A otros en cambio, me temo, que por mucho que corran la grasa los alcanza.

Hay quien está habituado a este ejercicio y lo realiza de forma natural. Pero normalmente el corredor se autoimpone la carrera como autogastigo por el “abuso” que se comete en estos días pasados, o el que se piensa cometer. También es muy corriente que, en llegando el verano, se haga todo tipo de ejercicio para disfrazarnos de Tarzán.

Así, sentado, oculto bajo mi libro, veo al corredor que, como un toro, no para de dar vueltas, con su trote acompasado y respiración a juego; veo la chica que anda más que corre, sin estar muy convencida de esta actividad; veo a quien combina el footing con otros ejercicios, flexiones o estiramientos; veo quien corre en pareja o en grupo, como si fuera un divertimento, y hablan y ríen a la par; veo quien lleva cascos con su música diseñada y corre a compás; veo quien va a exhibirse con su nuevo equipamiento; veo quien corre porque a su chico o a su chica les gusta correr; veo quien corre para que su perro, entrado en carnes, haga ejercicio; veo quien se pica con otros corredores y necesita adelantar a todos, ponerse el primero, aunque en un circuito cerrado eso es relativo; veo quien jadea más que corre; veo quien salta más que corre; veo quien corre que te corre…

Todos tienen algo en común: no huyen de nadie. O, más bien sí: huyen de esos kilos de más que acumula todo el que vive bien. Las dos empresas más necesarias y quizá más lucrativas de nuestra sociedad tienen que ver o con la manera de engordar o con la manera de adelgazar.

Me encantan los finales de los cuentos de Chéjov

Me encantan los finales de los cuentos de Chéjov

Me encantan los finales de los cuentos de Chéjov. El cuento no acaba con un the end definitivo, sino con un pensamiento suave, como con un punto y aparte que deja abierto todo el texto, como si el relato pudiera extenderse por cualquiera de sus esquinas. De hecho alguno de sus cuentos continúa en otro distinto, que funciona con autonomía plena, pues son narraciones impares, pero es como si fueran dos capítulos consecutivos de la misma novela, que vuelven a acabar de forma intrascendente para no cerrar el libro; dejarlo en cambio abierto entre las manos y atender el inmenso horizonte de ese final.

Ocurrencias olvidadas

Ocurrencias olvidadas

Cuando se juntan dos antiguos amigos se habla más del pasado que del presente. La otra tarde, tomando una cerveza con CS y rememorando momentos de antaño, me habló de M. Por muchos datos que me dio, no lograba recordarlo. Es de las personas conocidas que han pasado por mi vida sin dejar huella de ninguna clase. Que si no llega a ser por un nuevo encuentro o mención (como en este caso), es como si no hubieran existido.

Una de las referencias que me dio CS del amigo común, me revolvió la memoria, sin llegar a reconocerlo apenas como una nebulosa en las entretelas del olvido. Según yo, me comentó, M. era el hombre más puntual del mundo, siempre llegaba exactamente media hora tarde.

Reconocí la ocurrencia como mía, con toda probabilidad, pero si la hubiera leído dudaría de ella como autor. Así, no me extraña que cite algo que yo dijera, pensara o escribiera, diciendo que “alguien dijo…” o que “leí en no sé dónde…”.

A raíz de esto, recuerdo otra anécdota. IV me dijo que nunca olvidaría cuando en la evaluación de un curso que yo dirigía saqué un papelito menudo, la octava parte de una octavilla, escrito por una cara. Todos pensaban que mi reflexión iba a ser breve e incompleta. Después de llevar media hora hablando, el director general me preguntó si todo lo que estaba diciendo lo tenía apuntado en el papelito. Le dije que no, pero que sabía leer entre líneas.

Hasta que mi amiga no me contó este episodio era inexistente. No me acordaba de él para nada. Incluso, después de haberlo escuchado, tardé en asimilarlo como mío.

A veces saben de ti las personas que te rodean cosas que desconoces. Haremos caso al comentario ese de que una cosa es cómo crees que eres y otra cómo los demás creen que eres. Y, para ser más exactos (o enrevesar más la cosa), cómo crees que los demás creen que eres o como los demás piensan que tú te crees o cómo eres en realidad…

Caminando

Caminando

Entre mis últimos, ultimísimos, devaneos con el pincel y la tinta se encuentran estos monigotes que especialmente me gustan.

Como si no hubiera pasado nada

Como si no hubiera pasado nada

Alicia Altozano, sin pretensión alguna, había asistido al concierto de Alexandro Estévez invitada por el mismo pianista que martes y jueves le daba clases de canto. La exquisita actuación donde se imbricaban magistralmente los “Nocturnos” de Mozart, Chopin y Malher no tuvo nada que ver con la presencia de ella en el patio de butacas. Entre flores y varios minutos de respetuosos aplausos con el respetable en pie, Alicia Altozano se sintió orgullosa en su fuero interno de contar con la estima con un concertista de esa categoría que, aunque pequeño y desaliñado en conjunto, en el escenario se crecía con una elegancia y una personalidad inusitadas. A los camerinos no acudió sin embargo. No deseaba incrementar el número de admiradores que se acercaban a participarle sus felicidades y beneplácitos. Más tarde, quizá más tarde, lo vería en la cafetería adyacente al teatro donde, ya relajado y con el frac enfundado sobre el hombro, acudiría a tomarse algunas copas.

Alicia Altozano tuvo que esperar más de una hora a que apareciera el pianista acompañado de dos de sus allegados y su representante. Ella estaba con el amigo que, con manifiesta complicidad, la quiso acompañar al concierto. Iban por la segunda copa y ajenos hablaban de cuestiones mundanas sin trascendencia cuando entraron el pianista y los suyos. Ella, que platicaba frente a la puerta, los vio llegar, pero no dijo nada de momento, prefirió que en su caso Alexandro Estévez se le acercara.

No tardó mucho el pianista en reparar en ella y se le iluminaron los ojos mientras se le aproximaba con un whisky en las manos, con vaso ancho y dos hielos. El acompañante de ella lo saludó en primer término, dándole la enhorabuena, aunque rápidamente se excusó para ir al excusado. (Parece que hubiera estado esperando este momento para satisfacer sus deseos más perentorios.)

Después del aséptico saludo, la chica alabó la sensibilidad y precisión de la manera de tocar del artista, de su hermosa presencia sobre el escenario y de la divina atmósfera que había sabido trasmitir en toda la sala. ¿De verdad te ha gustado?, preguntó retóricamente el concertista necesitado que le regalaran la oreja, sobre todo una joven tan bella como la que tenía delante, en la que había estado pensando toda la noche. Ha sido una gozada, hasta he llorado en algunos momentos, dijo ella, y se te veía tan a gusto. Sí, admitió él, me olvidé de dónde estaba y toqué para mí y, si me creyeras, toqué también para ti. ¡Anda ya!, exclamó ella. De verdad, le confesó, sabía que estabas en el centro de la sexta fila, no advertiste mi mirada continua. Si tenías los ojos cerrados, repuso ella. No siempre, respondió, además tenía que mirar también la partitura. ¿De verdad te fijabas en mí?, preguntó ella halagada. Te tengo en la cabeza desde el día en que nos conocimos, se lanzó al vacío sin libreto alguno. Eres un sol, comentó ella inclinándose para darle un beso en los labios en el momento que el acompañante de ella tornaba del baño.

El pianista hizo el amago de asirle la mano a ella pero, cuando el grupo de dos se convirtió en multitud de tres, desistió de la idea y se alejó momentáneamente ante el reclamo de sus amigos que le proponían volver a llenar las bebidas.

No pasó mucho tiempo cuando Alexandro Estévez volvió al lado de Alicia Altozano declarándole en un aparte su amor desmedido. Ella, satisfecha por conquista tan prestigiosa, dijo que lo quería como amigo, que lo admiraba como artista y que lo respetaba como maestro. Él, confundido, preguntó por qué entonces le había dado un beso en la boca. Ha sido un beso de pura emoción, respondió Alicia Altozano, un beso de amistad y reconocimiento. Ante la mirada baja del compositor añadió que un beso en la cara le hubiera parecido vulgar, escaso, repetido, que su impulso le llevó a manifestar lo especial del momento.

Pero yo te quiero más que a una simple amiga, siguió confiando mientras intentaba repetir el beso y sellar así lo que podía redondear la noche definitivamente. Alicia Altozano retiró los labios y dejó que la besara en la mejilla. Herido en su amor propio, Alexandro Estévez se dio la vuelta y, cogiendo la funda de su traje, se fue sin despedirse de nadie.

Camino de su casa sólo pensaba en el contraste que sentía entre el éxito tan rotundo en su faceta como artista ante el piano y su fracaso tan escandaloso con la mujer de su vida, a la que el jueves por la tarde volvería a dar clases de solfeo como si no hubiera pasado nada.

Buenos propósitos

Buenos propósitos

Poco después de salir de mi casa esta mañana, mi hijo me dijo que tenía hambre. No puede ser, le dije, pues había desayunado hacía un momento. Un vaso de leche y ocho galletas, me confesó. Me comería un caballo, dijo recordando alguna película o vete a saber qué. Bueno, un caballo no, reflexionó, porque es mi segundo animal favorito. El primero es, me dijo sin yo preguntarle, el guepardo. ¿El guepardo? Porque corre más que ninguno y es carnívoro, añadió como manifestando su preferencia por la carne. ¿Ya no te gusta el basilisco?, pregunté recordando un trabajo de clase donde dibujó a este animal mitológico ante la extrañeza de la maestra y los compañeros. El basilisco no existe, me respondió como decepcionado, quizá por la espeluznante clarividencia de algún “enteradillo”. Tampoco existe la felicidad completa y no dejamos de buscarla, fue mi respuesta encendida en una mañana de víspera de Reyes, mientras entramos en una panadería para comprarle tres rosquillos de anís, donde se nos colaron dos señoras pintarrajeadas con abrigos de piel.

A mi hijo sé que puedo darle esas repuestas y hablarle de lo divino y lo humano, de lo que se ve y de lo que se sueña. Por eso, cuando lo llevé a la tienda de música de un amigo y le preguntaron qué instrumento tocaba, dijo la batería y la guitarra y el órgano y todos los que veía e identificaba, y es que para él todo estaba a su alcance, con ocho años recién cumplidos el mundo es maleable, se ajusta perfectamente a la medida de nuestros deseos y así debe ser.

La Navidad es la Navidad, tiempo de vacaciones y regalos, aunque también de renovación, como la primavera, como el comienzo del curso, como el veraneo…

Los kioscos, las editoriales, lanzan colecciones en estos tiempos de cambio en los que nos proponemos adelgazar o dejar el tabaco o leernos por fin ese libro gordo o retomar nuestras clases de ikebana o pintar la fachada o hacerle más caso a nuestros padres o viajar a Florencia o mil cosas.

El Año Nuevo, con uvas o sin uvas, con ropa interior roja o sin ropa interior, con el pie derecho o el contrario… siempre conlleva un cambio, siempre admite un deseo que no siempre hace falta desear porque es lo que siempre estamos deseando. Un trabajo, un amor, un techo o la salud.

Son tiempos difíciles y nuestros deseos se han simplificado. Recuerdo un anuncio, aunque no recuerdo lo que anunciaba, que recomendaba: “¡vaya alegre por la vida!”. Y quizá ahí se encuentre la felicidad completa, el basilisco, en sonreír, en regalar sonrisas y alegría y en trasmitir esos buenos propósitos de trazar en el mundo una nueva franja de color.

Feliz 2012 a todos los lectores de este blog.

La ausencia de paz

La ausencia de paz, dicen,
es tan sólo la guerra.
Una fiera que salta
desde cualquier rincón
a las sensibles venas
de la moral del hombre.
Pienso que nadie puede
otorgarse el derecho
de atentar contra el mundo.
Nadie, repito, nadie
puede finalizar
un futuro prestado,
que no nos pertenece.
¡Que mueran tantos niños
a diario en este mundo
mientras negros gorriones
engordan en las plazas!

* De El que come en medio pasa la sal.

La Mariposa de la Paz

La Mariposa de la Paz

Este cuento puede tener perfectamente 28 o 30 años:

Erase una vez en un mundo que muy bien podría ser el nuestro, en un globo muy rugoso y un poco achatado por sus polos, una paloma vieja y cansina, una avecilla blanca y bella pero triste.
   Era una paloma de la paz, era la enseña del amor, el estandarte de la fraternidad entre todos los humanos, entre los niños y mayores, ricos y pobres, blancos y negros.
   Por encima de esos sentimientos el mundo está cada vez más en conflicto, el enfado de los hombres se acrecenta, las columnas que sujetan el universo amenazan con desmoronarse... Ese globo se va desequilibrando dentro de su sistema solar por tantas guerras, tantos misiles de corto, medio y largo alcance (la destrucción es igual), por tanto odio entre hermanos.
   Los jefes del mundo luchan entre sí y tiembla el planeta. Los enfrentamientos cada vez duran más y lloran las estrellas.
   Junto al fuego del hogar, cuenta el abuelo Simón a los nietos de los nietos de sus nietos que la Paloma de la Paz es ya muy mayor, que ya trabajaba cuando vino Jesús al mundo, que surcaba los viento que se ciernen sobre la tierra de punta a punta tornándolos en aires más suaves y agradables.
   Simón, quizás el anciano más viejo de este mundo, mayor incluso que algunas de las montañas que adornan los mapas, recuerda que la Paloma no es ya como antes, con sus alas semidesplumadas difícilmente puede elevar su enmohecido cuerpo, el reuma le impide volar demasiado, el cansancio le hace retardar su misión de amistar a los enemigos, de alegrar a los tristes, de reconciliar a los desenamorados. Ahora cada cuatro o cinco nubes la vieja paloma debe pararse a tomar aliento. Cuando cambia el tiempo lo nota en sus heridas, en los porrazos de antiguos aterrizajes forzosos para imponer la paz y sólo un poco de sentido común entre familias. El abuelo Simón relata que la Paloma de la Paz nació tras el primer odio. Surgió de la sangre inocente del hermano Abel que recibió muerte de manos de la envidia de Caín. Y desde entonces ha evitado muchas muertes y muchas catástrofes, ha aplacado grandes guerras, ha extinguido plagas y ha dado solución para encontrar vacunas contra las epidemias que han aterrorizado a países enteros.
   La Paloma de la Paz llegó a su mayoría de edad en tiempos de Noe. Hizo su debut calmando la ferocidad del trueno y de la lluvia en el Diluvio Universal. Contuvo el aguacero, quitó el tapón de desagüe del mundo para que se tragara la gran turbulencia, lo escurrió y lo tendió un poquito más cerca del sol para que se secase. Llevó al Arca una ramita de olivo diciendo que la paz había triunfado y perdonó al cuervo por ser tan despistado y quedarse a comer aceitunas y carroña en vez de arrancar un brote de olivo e intentar encontrar la cadena del desagüe.
   El invierno pasado casi desfallece de frío, a no ser por la bufanda de cuadros azules y rojos que le regaló Santa Claus.
   Sin embargo, continúa el abuelo Simón, el mundo luce una capa verdecina, el oscuro miedo que ataca a las gentes se tiñe con el tono de la esperanza, porque la Paloma de la Paz tiene un hijo, que ya es casi paloma tan blanca y hermosa como lo fue su padre. Joven y vigoroso, símbolo del amor que no morirá, de la paz que no caerá en el olvido.
   Papa Paloma lo hubo pensado: “algún día estaré viejo y no podré cumplir mi misión en los rincones más alejados. Necesitare un sustituto”.  
 Nuestra Paloma sólo tuvo un hijo pues su tarea es harto complicada y no deja tiempo ni para poner huevos y mucho menos para incubarlos y criar los polluelos.
  El pequeño Palomo, como hemos dicho, creció blanco y hermoso en el tranquilo país de las ramitas de olivo, donde vivió feliz aprendiendo a volar, a planear oteando la vida desde una perspectiva más libre, y, sobre todo, admirando a su padre, al que presentía ya caduco.
   En primavera, creo, domingo, día de descanso hasta para la Paloma de la paz, se encontraban en un pequeño nido los dos pacíficos pájaros. El pequeño escrutaba amapolas, margaritas y otras flores silvestres, después de haber probado unos vuelos rasantes, unos rizos, tirabuzones y no sé cuantas cabriolas más imitando a los feriantes aviones de peripecias. Cuando Papá Paloma se quitó las gafas de mirar de cerca, dejo a un lado el último ejemplar de Colombofolia y vida y mirando a su vástago le dijo: “mira, hijo mío, yo ya soy viejo y estoy cansado. El odio del mundo aumenta día a día y yo no me encuentro con fuerzas para apaciguarlo”.
   “Mis días como trasmisor de la paz están apagándose. Pero esta importante misión es imprescindible que no se pierda. Y he pensado que ya es hora de dejarlo y que me sustituya una paloma joven y fuerte. He pensado que mi predecesor seas tú que eres mi hijo y tienes mis ideales, que eres un ave buena y noble, vuelas como el mejor y distingues el bien y el mal  por encima de todo, como yo te he enseñado. Para eso te has criado”.
   “Pero papá, contesto el Pequeño Paloma, yo no quiero ser paloma, yo quiero ser mariposa”.
   En ese momento una lágrima perdida recorrió la mejilla de la paloma mayor y cayó a las pajitas que entretejen el nido desde su tembloroso pico.
   “Pero si es tu deseo, continuó la joven paloma, y ese es mi destino, seré Paloma de la Paz y lo asumiré con responsabilidad y amor, aunque siempre he admirado los bellos colores de las mariposas simétricamente dispuestos sobre sus delicadas alas y su misión de transmitir delicadamente La Primavera en forma de móviles florecillas que aletean alegría de un lugar a otro”. “Me da pena que tú no seas mi sustituto, alegó la Paloma de la Paz, pero reconozco y admiro tu noble elección, que, como hijo de la paz y la libertad, has pronunciado. No seré yo quien me oponga a tus deseos. Así que piénsalo bien y tus anhelos serán cumplidos”.
   “Ya lo he pensado, padre, pronunció rápidamente el pequeño, y mi decisión desde, que contemplé por primera vez ese alegre revoloteo de color, fue la de ser mariposa”.
   En ese momento en torno al hijo de la Paloma de la Paz apareció una tenue nubecilla que, como niebla instantánea o humito de mago ambulante, lo envolvió por entero y ese pájaro sintióse más ligero y feliz, con un fresco manantial de color y movimiento. Y, al desaparecer esa neblina azul, resplandeció con todos los colores del iris una linda crisálida.
   Feliz con su iridiscente pulular, voló entre varias y selectas flores que, como esperando esa vivaracha metamorfosis, se inclinaban para recibir el beso suave del nuevo ser.
   Al rato regresó junto a su adorado padre, que seguía derramando lágrimas, pero ya no de dolor y resignación, sino gotas de dulce rocío de satisfacción al haber hecho lo debido, y le habló así: “gracias padre por haber accedido a mi deseo. Por lo que he ido observando y tú me has enseñado desde que rompí el cascarón, realmente la Paloma de la Paz y el verdadero sentir de amor fluye dentro de los corazones de todos los hombres y no es necesario un símbolo externo para recordarlo, pues si algo no se pierde a través del tiempo y la distancia es un alma deseosa de paz”.
   “Dices bien hijo, finalizó la Paloma de la Paz, no buscaré a nadie que ocupe mi puesto. no moriré jamás, pues volaré más rápido que el viento y como invisible lengua de fuego apareceré en cada riña entre hermanos y quemaré cualquier estallido de odio, daré un suave empellón al alma de cada persona con ansia de pelea y me instalaré en su estómago y con suave voz le trasmitiré una de las palabras más pequeñas y más grandes del mundo, en silencio le diré: paz”.

En gerundio

De Alfonso Salazar, que parece, sólo parece, que se lo ha escrito al propietario de este blog:

Siendo, estando, meriendo,
como, duermo, pretendo,
miro, muero, pariendo,
amo, estanco, me siento.

Calzo, fumando, espero,
beso, me duele, extiendo,
tentando, bebo, niego,
curando, canto, riego.

Midiendo, republico,
atajo, me entretengo,
andando, reivindico.

Amanezco, blasfemo,
vuelo y volando vengo,
anochezco y me encuentro. 

* Tomado del blog de Alfonso.

Noche de villancicos

Noche de villancicos

Ejerciendo de padre durante estos días, no me ha dado lugar a asistir a las múltiples noches flamencas programadas en Granada donde el ambiente navideño es el protagonista.

En nuestra ciudad, en comparación con la Zambomba flamenca que se organiza en Cádiz o en Sevilla, algunos han dado en llamar a esta fiesta Pandereta Flamenca, algo tan válido como cualquier otro nombre convencional, aunque tradicionalmente siempre ha sido Noche de villancicos o Noche de Navidad.

De la primera Pandereta Flamenca de la que tuve noticia, que no podré asistir, fue la del viernes, día 9, en el Centro Cívico del Zaidín, en la que participaba Iván Vílchez, Fita Heredia, Jesús de María, Josele de la Rosa, Josué Heredia y otros.

El jueves 15 se celebró en la Facultad de Medicina, auspiciada por la universidad, con casi los mismos actuantes, destacando las nuevas participaciones de César Cubero y de Beatriz Remacho.

Repite prácticamente el mismo cuadro en la Primera Navidad Flamenca del Pub Liberia, el día 16, a los que se suma Alicia Morales.

Al día siguiente tuvimos la tradicional Pandereta Flamenca en La Chumbera, posibles creadores directos de esta denominación. Y, seguidamente, ese mismo sábado, a la que sí pude acudir, por fin, fue al Día del Villancico en la Peña de La Platería, coordinado con todo el sentimiento por el maestro Curro Andrés.

Este día disfrutamos de las guitarras exclusivas, de toque ochandiano, de Alfredo Mesa y Álvaro Pérez, y de un plantel de cantaores jóvenes, de la cantera exclusiva de nuestra tierra, que nada tiene que envidiarle a las demás. De derecha a izquierda, estos flamencos precoces eran Iván Vílchez, Jesús de María, Tomás García, Aroa Palomo, Jesús Zafra y Esther Crisol. Una noche entrañable, artísticamente sentida y bien estructurada, donde cada cantaor abordaba un villancico popular por turnos, mientras los demás le hacían compás y coros. Eché en falta la ambientación propia navideña de pandereta, botella de aguardiente, zambomba y almirez, y no sólo las guitarras y las palmas que redundaron en una parquedad agradecida, pero que, para el día que nos ocupa, rayaba en lo insípido.

Todavía nos quedan varias cosillas. El jueves 22 habrá un concierto navideño en el Gustav Klimt, encabezado por Juan Habichuela Nieto, con más de diez cantaores, que promete; el viernes 23 se celebrará una Navidad Flamenca en la peña Frasquito Yerbabuena de Cúllar Vega; y alguna cosa más que no la tengo agendada.

Y si alguien se queda con ganas, para Fin de Año tenemos un Especial Noche Vieja en Le Chien Andalou el mismo día 31.

* En la foto, adaptada de su facebook, Jesús de María, el más jóven de los cantaores granadinos.

Te conozco

Te conozco

—Yo te conozco. Tú eres de los típicos que se oponen a todo por costumbre.

No, yo no soy de esos.

Ves lo que te digo.

Buscando un camino

Buscando un camino

XII Encuentros Flamencos

Correcta la actuación del Ballet flamenco de Cecilia Gómez, que fue ganando en eficacia y en calor a lo largo de la noche

Han pasado casi dos semanas desde que asistimos al espectáculo ‘Bailaora’ de esta joven linense y mi recuerdo se ha enfriado, no así las sensaciones de una flamenca estilosa y repleta, con ganas de comunicar. Acompañada de dos cantaores, dos guitarras, un violín y una caja, Cecilia pretende hacer un recorrido por los distintos palos del flamenco y la riqueza de la mujer frente a ellos. Es un argumento manido, pero desde el punto de vista personal no deja de ser interesante.

Destaca desde un comienzo la puesta en escena que, si es penumbrosa, como aqueja a la mayoría de los espectáculos flamencos, goza de un juego de luces talentoso que dimensiona el exclusivo vestuario y la propuesta en general.

Durante la primera parte, la bailaora se resiste y su aparición es escasa, para manifestar a los postres una presencia más agradecida. Sus músicos, entre humareda injustificable, abren por bulerías, para entroncar con una soleá por bulerías, donde la bailaora se presenta con un paso a dos, bello pero poco festero para la pieza que nos ocupa.

Una sucesiva correlación de baile grupal (3 bailaores), abordan fandangos, tangos y alegrías, que introduce un generoso violín, y se llenan de apreciadas individualidades, en las que se acopla la misma Cecilia por fiesta, con un vestido corto de vuelo, mantón grana y oro y peineta a juego. En medio de esta pieza, el escenario sufre un apagón que será el comienzo de una serie de desajustes, de iluminación y sonido, para los siguientes días de Festival, que lamentablemente no pude asistir.

Tras un solo de percusión, que venía a ser el principio de nada, suenan en off distintas músicas por bulerías que abordan tres bailaores, ataviados de toreros que, a pesar de lo casposo, fue de lo más resultón de la obra.

Un solo de cante por rondeñas, da paso a las seguiriyas, que la protagonista aborda con traje negro sin mangas, muy femenino, y chaquetilla corta. Sin duda, es de lo mejorcito de la velada, la sorpresa final llena de silencios y ricos taconeos, donde la joven es sensual toreadora, mostrando su espíritu real de ‘bailaora’ cuando las esta pieza dramática pasa a ser toná o cuando la caja que se acelera en función del preciso taconeo.

Para el fin de fiestas, premeditado por bulerías, es invitado a bailar Juan Andrés Maya como ‘maestro’ organizador de este festival, antes de que la compañía se despidiera, agradeciendo los múltiples aplausos del medio aforo convocado.

* Foto: Antonio Conde©.

Soleá (a Morente)

Donde se encuentre mi norte
no tengo quien me lo indique
pues vivo siempre en la noche
desde que se murió Enrique.

Gorriones

Gorriones

En el 89 está fechado este cuadro de gorriones, aunque lo empecé algunos años antes. Sin embargo, nunca llegué a considerarlo terminado.

Hace un año

Hace un año

Hace ya un año que la noticia de la muerte de Enrique Morente nos desgarró por dentro, sobre todo por lo inesperada, sobre todo por las formas. A estás alturas, seas creyente o no, debes tener asumido este vacío, el último acto de un hombre que no dejaba de sorprender, ni siquiera para decir adiós, ni siquiera para hacerse un sitio inviolable entre nuestros seres más queridos y admirados.

Enrique fue un mito viviente. Enrique fue un mito cercano. Tan familiar que su dimensión nos parecía increíble. Una altura que va aumentando. Y, si admirábamos a la persona o al cantaor, ahora nos damos cuenta que debemos aplaudir al músico en general, al creador, al intelectual sensible y generoso, al filósofo urbano, al ocurrente, al comprometido, al amigo.

Su música me acompaña a diario. No hay día en que no lo recuerde con sus cantes, con su estela que, como la sombra del ciprés, es alargada.

Nos queda, como digo, su siembra y sus miles de seguidores y sus creaciones. Todos los flamencos jóvenes de Granada lo recuerdan, aunque sea en sus tangos (si no en su seguiriya acelerada, en su fandango tan personal, en su bulería meditada).

Así es, David, Alicia, Juan, Estrella, Ana, Carlos, Marina, Alberto, Álvaro, Sara, Antonio, Curro, Enrique, Fita, José, Miguel, Iván, Yudith, Tomás… interpretan como nos enseñó el maestro El lenguaje de las flores en su repertorio, que fue el punto de partida de Enrique y los poetas, de Morente entre las estrellas.

Miedos estacionales

Miedos estacionales

Tras la última copa en el último bar, donde intimaron hasta lo indecible, la chica cogió al chico de la mano y lo metió en el lavabo con ella.

Se subió la falda y bajó su braga humedecida.

Él quería tanto como ella, pero antes de desabrocharse los jeans, se vio obligado a decir que estaba limpio. La época requiere esas confesiones.

―Muy bien ―respondió ella con premura.

―Quiero decir que no soy portador ni tengo hongos ni gonorrea ni nada de eso ―continuó aclarando.

―Me da igual ―respondió ella con indiferencia.

―¿No te da miedo el sida? ―disparó él a bocajarro.

―No ―zanjó la chica―, me da miedo el miedo.

Los caminos de Arcángel

Los caminos de Arcángel

XII Encuentros Flamencos

Con “Olor a tierra” comienza Arcángel su recital, que pretende recoger esos cantes de siempre que, como el aroma de la lluvia, le han ido acompañando desde su niñez, y, al mismo tiempo, impregnarlos con esos sonidos nuevos, con ese flamenco experimental, que sólo pretende darle una nueva vuelta a la tradición. Por otra parte me temo que su propuesta abundó más en este segundo concepto que en el primero, máxime si se reúne de dos de los tocaores, Miguel Ángel Cortés y Dani Méndez, más vanguardistas del panorama actual.

Arcángel, con su sentido del compás, su perfecta afinación, su apología del grito y su constante referencia a Morente, principia su recital por cañas, rematadas por soleá por bulerías. Es un buen comienzo, donde se ponen de manifiesto sus cualidades, el deseo de innovar y esa dimensión contemporánea de los guitarristas de la que hago mención.

El cantaor onubense continúa por malagueñas, donde se alternan las guitarras como en un duelo de sensibilidades. A estos cantes de Málaga se le van uniendo los coros y el compás de Los Mellis y la percusión de Antonio, cuando se rematan por rondeñas “casi recitadas” y más tarde por fandangos del Albaicín, que Arcángel borda con sus extremos agudos.

Durante los tangos, el cantaor se asoma al Camino y termina acordándose de Enrique, a quien dedica manifiestamente todo el concierto, incluso gasta un chaleco con la figura y el nombre del maestro granadino.

En las seguiriyas, en las que le acompaña sólo Miguel Ángel cortés, vuelve a hacer de las suyas (lo que le hemos visto hacer más de una ocasión) y hace libre lo que está medido y cambia el acento tradicional. Momento interesante será cuando vengan marcadas por pandero. Termina remedando a Chacón.

Por soleá, arropado por Dani Méndez, se siente grande, antes de un pequeño descanso, en el que las guitarras se quedan solas haciendo exquisiteces por levante.

Vuelve a las tablas Arcángel por bulerías, a pie de escenario, sin micrófono, en las que todos los músicos le acompañan haciendo sólo compás con las palmas.

En las alegrías se siente como pez en el agua, sólo superadas por los fandangos donde es largo y respetuoso con su tierra y sus mayores, a los que reconoce de manera especial a Toronjo o a Morente.

 

La noche sin embargo no terminó allí. Después de Arcángel en los Encuentros del teatro Isabel la Católica nos dirigimos a la peña La Platería, donde Pepe Habichuela actuaba con la joven castellonense Tamara Escudero. Como es lógico, el recital ya había empezado y asistimos sólo a la segunda parte, breve pero intensa. El más aperturista de la saga Habichuela comenzó por soleá, marcando como pocos, arpegiando como él solo. A Tamara se le observan las maneras y melismas de Estrella Morente. Se le parece en la apuesta y en el timbre de la voz. Ligando los tercios, es rica en ayeos y en vocales prolongadas melódicamente recorriendo la escala, aunque pasea con más comodidad por los bajos. Su afinado es perfecto.

En la vidalita, con La vieja sonanta, Pepe recuerda a Morente y su colaboración, y la cantaora sin confusión remeda a Estrella.

Terminan por fiesta con unas alegrías gran moduladas y, requiriendo compás de José Antonio Carmona, se marchan por bulerías.

* Foto: Antonio Conde©.

Estabas solo

Pongamos que estás harto
de continuar viviendo;
pongamos que la vida
no te ha tratado
todo lo bien que deseabas.
Pongamos que pretendes
acabar de una vez.
Te asomas al abismo
o te acercas al tren
o preparas la soga
o disuelves cicuta.
Pongamos que decides
no morir solo,
compartir esta suerte.
Pongamos entonces que estallas
en un supermercado;
pongamos que matas a veinte
con ideales, con familia.
Pongamos que revuelves
la tumba que te encierra
y que el descanso no es eterno
y que te piden cuentas
y que alegas que estabas solo.

* Del trabajo inédito (e inacabado): El que come en medio pasa la sal.

Una nueva labor de la ONCE

Una nueva labor de la ONCE

Los lunes flamencos de la ONCE

Desde hace algunos años, en la Organización de Ciegos de Granada, se realizan unos conciertos flamencos gratuitos para revalorizar las peñas de la provincia y potenciar los nuevos valores. El último lunes de cada mes, en su sede de la plaza del Carmen, acogen a una peña flamenca granadina para escuchar a los jóvenes cantaores que se reúnen entorno a ella.

Muchas veces, estos jóvenes acuden con los veteranos que los apadrinan. Éste fue el caso del lunes pasado, cuando se presentó Asociación Cultural Amantes del Flamenco de Peligros respaldada por Miguel Barroso, quien al final se hizo una bien modulada granaína, aunque andaba un poco enfermo de la garganta.

El primero en actuar fue Francisco, apodado ‘El Pirata’, con Armando Linares a la guitarra. Un cantaor que promete, con facultades y buenas intenciones. Interpretó soleá por bulerías y se despidió por fandangos. Cintia, sin embargo, se le ve bastante verde y titubeante. Con su voz grave, hizo unas bulerías de Luis de la Pica. El mismo Armando, curtido ya en el acompañamiento, a pesar de su edad, estuvo a su lado.

Zaira Fernández a continuación coloreó la noche bailando unos tangos, que sonaron en off, cargados de sentimiento, aunque tremendamente básicos. Su juventud extrema, en cambio, está a su favor.

José Romero ‘Pasita’, el veterano del grupo, con el canadiense David Sinclair, a la guitarra, con la voz manifiestamente tomada, recitó un poema e hizo una farruca de propio cuño, lo que enriquece su propuesta. Algunos versos, no obstante, algo forzados y la prolongación del ayeo en algunos tercios, confieren doble mérito al guitarrista.

Isa ‘La Jazmín’, con varios años de compromiso a sus espaldas, pasea su afición tanto en el baile como en el cante. Con su voz potente y convencida, entonó unas colombianas, arropada por la guitarra de Rafa Hoces. Guitarrista que también acompañó a Barroso a culminar la velada.