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volandovengo

Todo un recital

Todo un recital

Flamenco en La Platería

Sin lugar a dudas, una de las cantaoras jóvenes que crea más expectación y esperanza en la provincia de Granada, no sólo a mí, sino a todos los que la han escuchado, es Ana Mochón. Su buen hacer, sus facultades y su conocimiento la hacen acreedora de ello. Por eso cada vez que actúa, cada vez que su nombre aparece en un cartel, es motivo de atención por su compromiso y calidad artística.

A sus diecisiete años recién cumplidos (celebró su onomástica en el mismo recital que voy a referir), y con varios premios en La Unión, es ya un reclamo seguro para cualquier festival.

Quizá tenga que encontrar su camino cierto, quizá tenga que abandonar algunos vicios de niñez, quizá tenga que olvidarse de alguna cantaora a la que intenta remedar, quizá le falte soltura en sus diálogos y su poquito de baile, quizá abuse de la nariz, quizá se entregue y se vacíe antes de tiempo… pero el poder que tiene en la garganta y en el espíritu son dignos de admiración. Y lo mejor, seguramente, es su trayectoria, la perspectiva indiscutible de una carrera enfocada.

Ana Mochón en La Platería es como decir Ana Mochón en su casa. Su familia es socia de esta peña antes de que Ana viniera al mundo. Ya asistía a los encuentros flamencos desde la barriga de su madre y después en sus brazos, quedándose dormida entre dos sillas acunada por una soleá o un taranto. El cante lo lleva dentro y su estudio es casi por osmosis.

Con volantes nuevos, de dudosa belleza, se presenta la cantaora como una reina en su salón, acompañada por Antonio de la Luz a la guitarra, un tocaor creciente y también muy querido por los aficionados. La soleá de Rafael Moreno, que da paso a la caña abre la noche. Desde este primer cante, como digo, se aprecian las facultades de Ana, su conocimiento y su poder seductor. Continúa con una fabulosa malagueña, quizá lo mejor, de esta primera parte al menos, con letras de Chacón, en versión de Pepe Pinto, y del Mellizo. A los postres se abandola por Granada, muy al estilo de Juan Pinilla.

Pide disculpas a continuación para hacer un tema orillado en el flamenco, alejado de la pureza. Pero con gracia y estilo entona una copla bambinera que será muy bien recibida por el respetable.

Para la soleá, pide la presencia de José Delgado, antiguo presidente de la peña y crítico de flamenco, que en cierta manera apadrina a la artista en esta noche, para que inserte algunos recitados entre sus letrillas cantadas. El poeta elegido es Manuel Benítez Carrasco y las soleares son de tres de los cantaores más destacados en nuestra tierra: Cobitos, Juanillo ‘El Gitano’ y Pepe ‘El de Jun’. Faltó Enrique Morente para redondear la escena.

Terminó este primer pase con unos tangos de Granada más bien sosos, con una cierta tendencia en los motivos y en las maneras de imitar a Marina Heredia.

Con el pregón de Macandé y su venta de caramelos, comienza la segunda parte y la gavilla de fandangos que dan paso a los cantes mineros. Serán taranto, cartagenera y taranta, que la misma cantaora anuncia acordándose de su fructífero paso por el concurso de La Unión. La tensión adquirida se relaja con unas colombianas que interpreta a continuación, demostrando la largura de su repertorio.

La cantaora vuelve a ser grande por seguiriyas, en las que se acuerda de Manuel Molina, Antonio Cagancho y Curro Dulce y su cambio.

Termina el recital por fiesta, que incluye, en primer lugar, bulerías, de pie y con su poquito de braceo, como ocurrió en los tangos, que introduce con una letra del legendario grupo Alameda, del que pasa a Luis el de la Pica y después a Turronero; y para finalizar con unos simpáticos tanguillos propios, escritos por su padre. Los aplausos y jaleos duran varios minutos.

Rubén se reinventa

Rubén se reinventa

Recitales en el Café-Pub Liberia

Puede que me repita más que una morcilla en la noche, pero volveré a insistir sobre el buen casamiento entre el flamenco y el jazz. Dos músicas hermanas, de nacimiento parecido, aunque en distintas latitudes, se encuentran y se reconocen, bebe la una de la otra y caminan al unísono. Grandes intérpretes del jazz se han acercado y siguen acercándose al flamenco, como Chick Corea, que no deja de airear su corazón hispano (últimamente rodeándose de guitarristas, cantaores y hasta de bailaores).

El camino opuesto, del flamenco al jazz, no es necesario dar ejemplos, pues cualquiera de nuestros guitarristas actuales se dimensiona con los acordes de esa música tan libre y creativa, desde Paco de Lucía hasta Rafalín Habichuela, por poner un ejemplo.

A Rubén Campos lo hemos conocido siempre como flamenco de vanguardia. Su guitarra inquieta ha acompañado al cante, al baile y ha demostrado sus virtudes de concierto. Sus minuciosas composiciones siempre han llamado la atención por su armonía novedosa y una flamencura especial identitaria que ha ido ganando en fuerza y soltura.

Ahora se sumerge en pleno jazz, reinventándose con otros músicos, componiendo temas abiertos, pero también, rescatando obras exclusivas de las dos orillas. El “Rubén Campos Cuartet”, como primicia, sienta sus bases en el Liberia y, aunque se vislumbra la falta de ensayo, se evidencian las buenas ideas, la compenetración y sobre todo la calidad de sus músicos.

Puede que no recuerde el orden ni todos los temas, pues no tomé nota y ha pasado casi una semana del evento, pero más o menos así fue su desarrollo.

Comenzó la noche con un solo de guitarra, a manos del titular. Una creación cercana a levante, con concesiones a la fiesta, que sirvió para presentar las nuevas apuestas del músico granadino. El grueso de la banda (José M. ‘El Petaca’ al piano, el catalán Joan Masana al bajo eléctrico y Antonio Gómez ‘El Turri’ en la voz y a la caja) se incorporó en los jaleos extremeños. Para terminar esta primera parte y entrar dentro de lo maravilloso, interpretaron, con solos memorables de guitarra, piano y flauta, tocada por El Turri, la pieza Ziryab, de Paco de Lucía, perteneciente al disco de 1990 del mismo nombre.

La segunda parte, si no recuerdo mal, comenzó con un tema de Bill Evans, el mismo músico al que se acercó maravillosamente el Niño Josele en su álbum Paz (2006). A continuación sonó un bolero de propio cuño, que Rubén dedicó a su familia, allí presente, y para terminar una composición del trompetista de Carolina del Sur, Dizzy Gillespie, por bulerías.

Como fin de fiestas, Campos invitó al escenario a su compañero Sergio Gómez ‘El Colorao’, a quien suele acompañar al cante, y se marcharon por bulerías.

Todos los miércoles, en el Café-Pub Liberia hay flamenco en directo y todos los jueves se puede escuchar blues o jazz u otra música que encarte.

* Rubén Campos en Casa Patas©.

El caballo de Dios

Por Cunqueiro aprendí,
entre todas las cosas,
que a los fantasmas
se les debe hablar en latín,
que en el cruce de los caminos
se reúnen las brujas,
que a Dios se le conoce
porque monta un caballo
que tiene los ojos cerrados.

Flamenco desde la orilla

Flamenco desde la orilla

Flamenco en Almería

Almería no es sólo el extremo sureste de la península ibérica, también es, respecto al flamenco, la fragua más orillada. Esta posición le hace en muchos casos pasar desapercibida o engrosar el difuminado grupo de “levante”, viéndose sin duda relegada a un segundo plano. Este “estado de marginación”, denunciado por los mismos artistas, a veces se debe en parte a los propios paisanos que miran más allá de sus fronteras antes de hurgar en su corazón. No obstante, cuando un hijo de esta tierra, levanta la cabeza y eleva el vuelo, cuando lo que toca resplandece en dorado como si se tratara de un nuevo Midas o cuando vindica la existencia, la raíz y la sal del flamenco, sentimos que Almería dice bastante en este mundo y aún le queda mucho por decir.

Almería linda con Murcia, con Jaén y con Granada. Los cantes se diluyen en la esquina. El origen de la taranta se la disputan por un lado Jaén y sus pueblos mineros y por otro Almería, de la que también surgió el taranto, tomando como base los fandangos de la tierra. La taranta era el cante minero que, según la leyenda, entonaban los trabajadores camino de la mina o de regreso a sus hogares, cual enanitos de Blancanieves. La verdad es que, conociendo la dificultad interpretativa de este palo, lo que puede que se cantara fueran algunos fandangos locales.

En cambio, es comúnmente aceptada en la actualidad la distinción de la taranta de Almería y la taranta de Linares, de nacimientos paralelos, en una misma circunstancia de “fiebre” minera. En fin, definitivamente admitimos que estos tres cantes, los fandangos, la taranta y el taranto, son oriundos de Almería, donde han surgido grandes taranteros, que los han asentado adecuadamente y evolucionado hasta la actualidad, como Pedro el Morato, El Ciego de la Playa, el Cabogatero o El Marmolista. Fuera de Almería han hecho grandes estos cantes desde Antonio Chacón, el Cojo de Málaga, la Niña de los Peines o Manuel Torre hasta Fosforito o Camarón.

Ahora bien, de lo que se puede vanagloriar Almería sin ninguna discusión es su aportación al mundo de la guitarra. De Almería surgieron los grandes guitarreros de Andalucía (sin desmerecer a Málaga, Granada y el resto de las provincias que moldean el palosanto). Aunque, según Norberto Torres, “los casos de Antonio de Torres y Gerundino Fernández, de prestigio internacional, aparecen como casos aislados, pero su importancia en la historia de la construcción de guitarra basta para hacer de Almería uno de los primeros lugares en este aspecto”.

Actualmente, figuras como José Fernández Torres “Tomatito” o Niño Josele, recuerdan que también Almería es importante en la guitarra de concierto, siguiendo la tradición del pionero decimonónico Julián Arcas Lacal. Si bien esta ciudad ha carecido de academias o conservatorios para promocionar y enriquecer esta profesión, hasta fechas relativamente cercanas, la tradición autodidacta entre familias gitanas de los populares barrios de Pescadería o de la Chanca, como la de los Torres (o sea, los "Tomates") o la de los "Joseles", emparentadas entre ellas, hacen de esta ciudad, como ya he apuntado, un crisol indiscutible en el arte de las seis cuerdas.

Sin embargo, Almería no ha dado ninguna figura de proyección nacional en el cante ni en el baile, a pesar de gozar de numerosos aficionados y algunos profesionales que difícilmente traspasan sus fronteras. Atiéndase el caso de José Sorroche, de Luis el de la Venta o de los hermanos Gómez.

Actualmente, también tendremos en cuenta a Rocío Segura, Toñi Fernández (y su hermano 'El Titi') y sobre todo a las hermanas Pérez, María José y Montse.

Nuestro corto recorrido

Sobre las ocho de la tarde nos vimos en el centro, en el Jueves Taurino para tomar unas tapas y hablar un poquito sobre el flamenco en Almería. Rocío venía acompañada de su padre. Intercambiamos presentaciones y comenzamos a hablar. Desde un primer momento, nos dijo que ella tenía actuaciones casi todos los fines de semana, así que no tenía oportunidad de disfrutar mucho las ofertas de su tierra.

Sobre las diez nos encaminamos a la peña El Taranto, un antiguo aljibe muy céntrico, donde coincidimos con una actuación de El Polaco. Después de cinco cantes, sin esperar a la segunda parte (era necesario visitar lo más posible), cogimos el coche y nos dirigimos a la peña El Morato, algo más alejada.

Allí, después de un reconstituyente, comenzaron a salir al escenario, animados por el tocaor Antonio Francisco García, el “Niño de las Cuevas”, los propios socios de la peña y algunos profesionales. En un ambiente distendido, la noche se prolongó hasta la madrugada, disfrutando del cante amigo de hasta tres generaciones de peñeros, el mayor casi octogenario; los menores, de tan sólo catorce años, David Caro a la guitarra y Daniel Moreno al cante, nos sorprendieron con su seriedad y su gusto interpretativo.

En El Morato saludamos a Norberto Torres que vino a tomarse una copa, mientras actuaba María José Pérez (1985), otra joven promesa del cante almeriense.

Antonia López, madre de Rocío, también saltó al escenario para convencernos de la belleza de su estilo, que se fundió con el de su hija, que cantaron en solitario y al alimón. Para cerrar la noche, también tuvimos un poquito de baile improvisado de la jovencísima Gloria Martínez.

Con buen sabor de boca nos marchamos, mientras algunos rezagados seguían la fiesta por tangos, pensando que si bien la oferta flamenca en Almería es limitada, su calidad y calidez es propia de encomio.

* Artículo publicado en el número 5 de la revista Acordes de Flamenco (junio de 2007)

** En la foto, la cantaora almeriense Rocío Segura que hizo de guía en nuestra ruta.

Flamenco desde la orilla

Almería a través de los ojos de Rocío Segura

 

Almería no es sólo el extremo sureste de la península ibérica, también es, respecto al flamenco, la fragua más orillada. Esta posición le hace en muchos casos pasar desapercibida o engrosar el difuminado grupo de “levante”, viéndose sin duda relegada a un segundo plano. Este “estado de marginación”, denunciado por los mismos artistas, a veces se debe en parte a los propios paisanos que miran más allá de sus fronteras antes de hurgar su corazón. No obstante, cuando un hijo de esta tierra, levanta la cabeza y eleva el vuelo, cuando lo que toca resplandece en dorado como si se tratara de un nuevo Midas o cuando vindica la existencia, la raíz y la sal del flamenco, sentimos que Almería dice bastante en este mundo y aún le queda mucho por decir.

Almería linda con Murcia, con Jaén y con Granada. Los cantes se diluyen en la esquina. El origen de la taranta se la disputan por un lado Jaén y sus pueblos mineros y por otro Almería, de la que también surgió el taranto, tomando como base los fandangos de la tierra. La taranta era el cante minero que, según la leyenda, entonaban los trabajadores camino de la mina o de regreso a sus hogares, cual enanitos de Blancanieves. La verdad es que, conociendo la dificultad interpretativa de este palo, lo que puede que se cantara fueran algunos fandangos locales.

En cambio, es comúnmente aceptada en la actualidad la distinción de la taranta de Almería y la taranta de Linares, de nacimientos paralelos, en una misma circunstancia de “fiebre” minera. En fin, definitivamente admitimos que estos tres cantes, los fandangos, la taranta y el taranto, son oriundos de Almería, donde han surgido grandes taranteros, que los han asentado adecuadamente y evolucionado hasta la actualidad, como Pedro el Morato, El Ciego de la Playa, el Cabogatero o El Marmolista. Fuera de Almería han hecho grandes estos cantes desde Antonio Chacón, el Cojo de Málaga, la Niña de los Peines o Manuel Torre hasta Fosforito o Camarón.

Ahora bien, de lo que se puede vanagloriar Almería sin ninguna discusión es su aportación al mundo de la guitarra. De Almería surgieron los grandes guitarreros de Andalucía (sin desmerecer a Málaga, Granada y el resto de las provincias que moldean el palosanto). Aunque, según Norberto Torres, “los casos de Antonio de Torres y Gerundino Fernández, de prestigio internacional, aparecen como casos aislados, pero su importancia en la historia de la construcción de guitarra basta para hacer de Almería uno de los primeros lugares en este aspecto”.

Actualmente, figuras como José Fernández Torres “Tomatito” o Niño Josele, recuerdan que también Almería es importante en la guitarra de concierto, siguiendo la tradición del pionero decimonónico Julián Arcas Lacal. Si bien esta ciudad ha carecido de academias o conservatorios para promocionar y enriquecer esta profesión, hasta fechas relativamente cercanas, la tradición autodidacta entre familias gitanas de los populares barrios de Pescadería o de la Chanca, como la de los Torres (o sea, los "Tomates") o la de los "Joseles", emparentadas entre ellas, hacen de esta ciudad, como ya he apuntado, un crisol indiscutible en el arte de las seis cuerdas.

Sin embargo, Almería no ha dado ninguna figura de proyección nacional en el cante ni en el baile, a pesar de gozar de numerosos aficionados y algunos profesionales que difícilmente traspasan sus fronteras. Atiéndase el caso de José Sorroche, de Luis el de la Venta o de los hermanos Gómez.

 

Rocío Segura

Con estos precedentes, nos disponemos a descubrir la ciudad del Indalo a través de los ojos de una cantaora almeriense que, pese a su juventud, refleja voces añejas en su jondo fraseo. Rocío Segura ha grabado algunos discos en colaboración con otros artistas almerienses y en solitario un disco de saetas y una obra esencial a los grandes maestros”, en el año 2003. Un disco arriesgado, considerando que un flamenco tan árido y ortodoxo sólo se vende entre los profesionales y aficionados (nunca necesariamente excluyentes).

“Homenaje” es sobre todo un disco de gran aficionada, una declaración de principios, en donde Rocío pone sus cimientos interpretando cabalmente a la Niña de los Peines, a la Repompa, a Chacón, a Vallejo o al Gallina. Y, cómo no, expone respetuosamente los tarantos de Almería. Podemos decir, de esta manera, que Rocío Segura tiene un eco muy flamenco que nos puede recordar a algunos de los grandes, destacando, no obstante, su personalísima entrega.

El próximo trabajo discográfico, que tiene en pensamiento, quiere que siga la misma línea de flamenco puro que el mencionado, aunque, reconoce, que no es fácil mantener esa apuesta, “en 2006, reconoce, ninguna compañía se arriesga a sacar un disco de raíz”.

María del Rosario Segura López nació el 19 de septiembre de 1979 en el barrio de Pescadería, que es, salvando las distancias, como en Sevilla nacer en Triana o en Cádiz en el barrio de Santa María o en Jerez en la Mercé. En este barrio han nacido el cincuenta por ciento, o tal vez más de los flamencos de Almería. De Pescadería son los guitarristas Tomatito, Paco López o el Negrillo; los cantaores Juan y José Gómez, Carrete o Potito de Almería; y la bailaora María del Mar La Rebota. “De mi tierra, comenta la cantaora, te puedo decir que está llena de rincones con embrujo y mucho arte como mi barrio de Pescadería que es el barrio mas flamenco, de donde han salido los mejores artistas de mi tierra”.

Rocío es hija de la también cantaora Antonia López, al decir de muchos, uno de los mejores exponentes del cante almeriense. Junto a su madre ha cantado desde muy corta edad fandangos y saetas al pie de los pasos de Semana Santa. Desde los doce años está ganando concursos que no es preciso enumerar. Quedémonos con la Lámpara Minera de las Minas de La Unión en el año 2000.

Su puesta de largo, por llamarla de alguna forma, la hizo de la mano de Juan Carmona Habichuela en 1995, en el Auditorio Municipal Maestro Padilla de Almería, dentro de un homenaje a los cantaores Juan y Ramón Gómez. Un espaldarazo definitivo fue en el “Festival Flamenco por Tarantos”, celebrado en el Colegio Mayor San Juan Evangelista de Madrid, donde estuvo acompañada por su paisano Niño Josele.

A Rocío le gustan todos los cantes e intenta interpretarlos todos, aunque se siente muy a gusto en las bulerías, siendo también especiales para ella las seguiriyas, los cantes de su tierra, la soleá…

Su actual proyecto es una gira, junto con Chano Lobato, José Menese, El Polaco y otros artistas, que se presentó en la Feria Mundial del Flamenco, en el Palacio de Congresos y Exposiciones de Sevilla, el día 17 de noviembre, para recorrer otros centros neurálgicos del flamenco, como son Mairena, Lebrija o Málaga.

 

Flamenco en Almería

La oferta flamenca almeriense es escasa y está focalizada en las dos peñas que existen en la capital y algunos bares de sabor flamenco. No obstante, en un grupo elevado de poblaciones existen una o dos peñas flamencas hasta alcanzar el número de veinticinco, reuniendo entre ellas a poco más de dos mil asociados. Tal es la presencia y afición del flamenco en Almería.

Aparte de la actividad que emana de estos templos esenciales, que funcionan exclusivamente los fines de semana, otra oportunidad de disfrutar de esta pasión, no existe. Así la peña funciona como lugar de encuentro, tablao y centro de aprendizaje.

También, y justo es decirlo, los poderes fácticos de la ciudad, de vez en vez, programan flamenco puntual entre su oferta de ocio. En concreto, la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Almería organiza anualmente, a finales del mes de agosto, en la Plaza Vieja (antes se realizaba en la Alcazaba), el Festival de Flamenco de Almería, que este año 2006 celebró su 37ª edición.

Las peñas almerienses son “El Taranto” y “El Morato”. El Taranto es la peña decana en esta ciudad, con más de cuarenta años de antigüedad, y un referente necesario en toda Andalucía. La regularidad, cantidad y calidad de sus actuaciones, hacen de ella un centro cultural y flamenco de primer orden. La Peña mantiene una revista bianual, llamada “Taranto”, que informa sobre sus actividades realizadas y por hacer y se complementa con entrevistas, opiniones, recortes de prensa y otros contenidos que vivifican el quehacer de este colectivo. En el mes de octubre vio la luz el número 58 de dicha publicación. También, anualmente, la Peña entrega el Trofeo Taranto al cantaor que se haya destacado en su actuación durante el año y el Trofeo Taranto al mejor toro de la feria. Este año también se ha establecido el Trofeo al mejor guitarra de acompañamiento, que ha recaído en el tocaor granadino Paco Cortés.

Sin embargo, Rocío Segura prefiere la peña de El Morato donde hay un ambiente más abierto y familiar, en el que se reúnen los aficionados en torno a una mesa tomando una copa de vino (el ambigú de El Taranto, se encuentra bastante retirado del escenario), aunque, como gran aficionada, se arrima al buen cante allá donde se encuentre.

Gran actividad flamenca, como hemos dicho, la podemos encontrar en la provincia, en su mayoría en pueblos cercanos a la capital. Así, el aficionado, siempre encuentra algo de su agrado, por ejemplo, en la Peña Flamenca El Arriero de Viator, El Yunque en Pechina, El Palangres en Roquetas de Mar, El Tato en El Parador, La Caracola y La Torre en Adra o El Ciego de la Playa en Huércal de Almería.

El flamenco almeriense lo podemos complementar con la visita a algunos locales de añejo sabor jondo. Recordemos que la tapa en Almería, que es gratuita, buena y abundante, acompaña indivisiblemente a la bebida. Destaca en primer lugar el café bar Bahía de Palma, cerca del Ayuntamiento, que es de los más antiguos lugares de encuentro de los aficionados al flamenco. Multitud de fotografías del mundo del flamenco y los toros se reflejan en sus paredes. La comida es asequible y se recomienda el bacalao a la vizcaína, la carne de toro o el atún encebollado.

Otro local con encanto, también muy céntrico, es la Peña Jueves Taurino. Su dueño, como el de Bahía, es muy aficionado y está emparentado con la familia de Rocío Segura, la que afirma: “mi tío es muy aficionado, le encanta Enrique Morente, creo que es su fan numero uno”. Siempre se oye flamenco en su bar y las tapas son de impresión.

 

Nuestro corto recorrido

Sobre las ocho de la tarde nos vimos en el centro, en el Jueves Taurino para tomar unas tapas y hablar un poquito sobre el flamenco en Almería. Rocío venía acompañada de su padre. Intercambiamos presentaciones y comenzamos a hablar. Desde un primer momento, nos dijo que ella tenía actuaciones casi todos los fines de semana, así que no tenía oportunidad de disfrutar mucho las ofertas de su tierra.

Sobre las diez nos encaminamos a la peña El Taranto, un antiguo aljibe muy céntrico, donde coincidimos con una actuación de El Polaco. Después de cinco cantes, sin esperar a la segunda parte (era necesario visitar lo más posible), cogimos el coche y nos dirigimos a la peña El Morato, algo más alejada.

Allí, después de un reconstituyente, comenzaron a salir al escenario, animados por el tocaor Antonio Francisco García, el “Niño de las Cuevas”, los propios socios de la peña y algunos profesionales. En un ambiente distendido, la noche se prolongó hasta la madrugada, disfrutando del cante amigo de hasta tres generaciones de peñeros, el mayor casi octogenario; los menores, de tan sólo catorce años, David Caro a la guitarra y Daniel Moreno al cante, nos sorprendieron con su seriedad y su gusto interpretativo.

En El Morato saludamos a Norberto Torres que vino a tomarse una copa, mientras actuaba María José Pérez (1985), otra joven promesa del cante almeriense.

Antonia López, madre de Rocío, también saltó al escenario para convencernos de la belleza de su estilo, que se fundió con el de su hija, que cantaron en solitario y al alimón. Para cerrar la noche, también tuvimos un poquito de baile improvisado de la jovencísima Gloria Martínez.

Con buen sabor de boca nos marchamos, mientras algunos rezagados seguían la fiesta por tangos, pensando que si bien la oferta flamenca en Almería es limitada, su calidad y calidez es propia de encomio.

 

Puente de barcas sobre el Guadalquivir

Puente de barcas sobre el Guadalquivir

Las maneras lógicas de atravesar un río sin mojarse son cruzando un puente o en una embarcación. Lógicamente, al hombre se le ha ocurrido a lo largo del tiempo un híbrido entre estas dos soluciones: un puente de barcos, o sea, una pasarela flotante, bien anclada al fondo, bien afianzada entre las dos orillas.

Mi amiga Mayte de Sevilla me manda información sobre un puente de barcas que se practicó sobre el Guadalquivir en tiempos almohades, construido por orden del califa Abu Yucub Yusuf en 1171, a su paso por la capital, justo donde se encuentra el actual puente de Isabel II, conocido como Puente de Triana. Esta pasarela flotante unía Sevilla y Triana. Por él cruzaban los presos al castillo de San Jorge, sede de la Inquisición, con destino al quemadero de San Diego.

Estaba realizado, me escribe, con barcazas de madera ancladas al fondo y sujetas por garfios de hierro. Para paliar el efecto de las mareas en los extremos del puente se colocaron muelles flotantes sobre pieles de cabra hinchadas de aire. El puente estaba sujeto con dos grandes malecones. En ocasiones en las que había riadas, se llegaba a soltar aislando a Sevilla de Triana y de su entorno. (En realidad, se documentan varios puentes de esta guisa en aquellos tiempos a través del Betis.)

Con la construcción del puente actual, el de barcas se desplazó río abajo hasta el Muelle de la Sal, y sobrevivió hasta 1852, año en el que fue desmantelado.

Aunque esta idea viene de antiguo.

Ya Jerjes I, en el siglo V antes de Cristo, mandó construir un puente de balsas sobre el estrecho de los Dardanelos, que separa las partes europea y asiática de Turquía, por el que cruzó con su ejército de dos millones de hombres, cuentan. Este puente fue construido junto a la antigua ciudad de Abidos, en un punto en el que el mar se restringía a siete estadios (cerca de 1.200 metros). El puente fue destruido por la violencia del mar precisamente cuando los trabajos estaban casi concluidos. La ira de Jerjes se abatió entonces con dureza sobre los responsables de la construcción que fueron condenados a ser decapitados. Al mar, sin embargo, se le conmutó la pena de muerte por la de la flagelación..

Los ingenieros de Julio César, durante la guerra de los Galias, levantaron un puente sobre el Rin (500 metros de largo) en el tiempo récord de diez días, incluida la obtención de la madera necesaria para su construcción. Cuentan que las tribus germanas de la otra parte del río quedaron tan impresionadas por esta obra que se sometieron a Roma.

En tiempos de Calígula (año 38 o 39), el Imperio sufrió una grave crisis económica, y su consecuente hambruna, debida, según Suetonio, a que Calígula confiscó la mayoría de carruajes públicos, y, según Séneca, a que el Emperador impidió el uso de barcos para el transporte de cereales para utilizarlos como puente flotante.

Este puente flotante, que rivalizaba con el que levantó Jerjes I en el Helesponto, consiste en dos enormes embarcaciones, que figuran entre las más grandes del mundo antiguo (las cuales han sido encontradas en las profundidades del Lago de Nemi), a través de las cuales el Emperador hizo calzadas, plantó árboles y jardines, erigió un templo consagrado a Diana y edificó un palacio flotante con suelos de mármol y su propio sistema de cañerías.

Estos puentes existen hoy en día, como puede ser el Puente de Alfonso XIII, en Larache sobre el río Lukus, que fue abierto al tráfico el 23 de enero 1929; o el puente flotante de pontones sobre el río Kabul, en Pakistán, que se sostiene sobre barcas de quilla plana en lugar de utilizar pilares fijos.

* Puente de Barcas en 1851, en el emplazamiento que tuvo desde el inicio de las obras del puente de Isabel II, hasta su desmontaje en 1852.

La televisión

La televisión

A veces se ha dicho, siempre hemos oído, que tenemos la televisión que nos merecemos. Quizá sea cierto. Pero lo más seguro es que no.

La televisión tiene un doble efecto. Por un lado educa y por otro idiotiza. Nuestro pesar estriba, sin embargo, en que el tanto por ciento de basura es mayor que el porcentaje informativo, formativo, pedagógico.

Es más ‒afirmo‒, el común de los televidentes eligen libre y conscientemente la programación que aplatana a las neuronas y rechazan la calidad y el sentido crítico que puede tener la televisión (si no, vean las audiencias).

El mando a distancia se ha convertido en el símbolo de mayor poder en las tertulias televisivas. Quien tiene el mando, quien lo maneja ‒que muchas veces es democráticamente quien llega primero al ídolo sin igual‒ domina en el seno familiar. Y es envidiado por eso, odiado, temido. Es el rey del mando.

La tele, aparato proselitista sin igual, además de alienante, se ha convertido en el primer factor de influencia en nuestra sociedad. Influye en nuestra forma de expresarnos, en nuestra forma de vestir, e incluso, en nuestra forma de actuar. La pantalla nos informa (nos deforma) de nuestros gustos y necesidades. Sólo es importante quien sale en la televisión. Y es mucho más conocido, más aclamado, más vip, cuanto más aparezca en esa caja. Da igual si hace algo o no hace nada, si aporta algo a la sociedad, al arte, al mundo o se dedica a decir sandeces o a gritar más que nadie o a mostrar su mala educación, su falta de respeto o su libido imparable... Solamente por asomar su palmito por la ventana de los sueños, se ha ganado un puesto en nuestro panteón particular.

Pero nosotros no tenemos culpa. Los simples consumidores de las trescientas sesenta y cinco líneas somos inocentes. El pecado lo sustentan quienes rellenan nuestro aparato de morralla. ¿Que nos dan lo que demandamos? Sinceramente no lo creo, como apuntaba al principio. Aunque me consta que hay quien se harta de hacer zaping para estacionarse finalmente en el programa más cutre de la emisora más escandalosa. La abundancia de ofertas. La multiplicidad de cadenas a veces sirve solamente para multiplicar a su vez esa telebasura que nos atonta.

A la gente, a nosotros, a los telespectadores, se nos ha educado para ver, para oír, para tragar. Pero no se nos ha acostumbrado a elegir, a renunciar, a descansar, a conocer lo verdaderamente instructivo. Debemos aprender a abrir un libro, a encender la radio, a hablar con los amigos y con la familia; a salir a la calle, a dar un paseo, a visitar a alguien; a ir al cine, a un museo o a ver una puesta de sol; y a exclamar continuamente: ¿La tele?, ¡no gracias!

* Leído el 29 de febrero del 2000 en La plaza humana, revista literaria, radiada en Mujeres en la Onda (FM 88.8, Granada).

La unión y la fuerza

La unión y la fuerza

La primera noticia que tuve de los dholes o perros salvajes asiáticos (Cuon alpinus) fue en El Libro de las tierras vírgenes de Rudyard Kipling. Era impresionante cómo este grupo de animales, de pequeño tamaño lo arrasaban todo, por su número y por su perseverancia. El escritor británico los describe así:

“¡Los dholes, los dholes del Dekkan, los perros de rojiza pelambre, los asesinos! Vinieron al norte desde el sur diciendo que en el Dekkan no había nada y exterminando todo a su paso”.

Todos en la selva, hasta el animal más fiero, el tigre, le tenían verdadero pánico a esta marabunta, a la que venció Mowgli, el niño que convivía con los lobos, con su astucia y con la inapreciable ayuda de los consejos de Kaa, la independiente pitón de nueve metros, y el pueblo diminuto, "las laboriosas, feroces, salvajes y negras abejas de la India".

Dentro del rechazo que puede producir una manada de asesinos de este calibre, mi admiración era mayor cuanto más conocía a esta especie, su organización y disciplina, obediencia a los alfa y método destructivo. Me recordaban a las hordas salvajes de los hunos de Atila que, al pasar, no dejaban en pie ni una brizna de hierba.

Estos animales, los encontré más tarde en Creación, de Gore Vidal. El escritor estadounidense comenta: “El más peligroso de todos los animales de la India es el perro salvaje. Se mueven en manadas. Son mudos. Son irresistibles. Aun los animales más rápidos caen finalmente, porque la manada no cesa de perseguir día tras día al ciervo, al tigre, incluso al león, hasta que se fatiga y vacila. Y entonces, en absoluto silencio, los perros atacan”.

El hombre, o sea, nosotros, en el amanecer de los tiempos, salvando las distancias, deberíamos ser así, “asesinos” y carroñeros, que basábamos nuestra supervivencia en el número y en la constancia.

El dhole, leo en alguna página de Internet, está en peligro de extinción ya que se calcula que quedan menos de 2.500 adultos en estado salvaje y, si se sigue así, seguirán disminuyendo.

Las posibles amenazas a la especie, consulto en otra página, son la pérdida de hábitat, el agotamiento de sus presas más importantes, la competencia interespecífica, la persecución por parte del hombre y las enfermedades que les transfieren los perros domésticos o asalvajados.

Perros salvajes también hay en Australia, es el dingo (Canis lupus dingo), descendiente del lobo asiático, aunque, curiosamente, este cánido es solitario y también en peligro de extinción.

Y, en África, quizá los más conocidos, encontramos el perro salvaje africano (Lycaon pictus), como los otros andan escasos de población, de los que habla Julio Verne en su libro Cinco semanas en globo:

“-… ¡Mirad qué bandadas de animales que marchan en columna cerrada! No bajan de doscientos; son lobos.

-No, Joe, son perros salvajes, pertenecientes a una famosa raza que no teme luchar con el león. Su encuentro es para los viajeros el peligro más terrible. El que tropieza con ellos es inmediatamente hecho pedazos”.

Arbolito

Arbolito

Fechado en el 90 tengo este arbolito que, fotografiado con el móvil a través del cristal que lo protege, no se ve muy nítido.

* Técnica: plumilla, pincel, tinta y agua.

El camino inevitable

El camino inevitable

32 Festival Internacional de Jazz de Granada

Que el flamenco es mestizo es ya una cuestión indiscutible. El flamenco se ha ido haciendo a lo largo de los años, a través de estos dos siglos escasos de vida, de todo el poso cultural de nuestra tierra y el foráneo que, como un viento caprichoso, tuviera la fortuna de soplar por Andalucía. Ya se reía Manolo Sanlúcar cuando le hablaban de fusión, diciendo que la esencia del flamenco es esa mezcolanza.

Es normal que los flamencos se acerquen a los conceptos del jazz. Es normal que en los festivales de jazz tengan cabida los flamencos. Así, la tercera jornada del encuentro jazzístico en Granada (17 de noviembre de 2011), compartieron escenario el contrabajista Dave Holland y el guitarrista Pepe Habichuela. Fue un camino del jazz al flamenco y no al revés, aunque concesiones a la improvisación y al swing y a los solos del jazz estuvieron presentes.

El recital, grosso modo, fue la presentación del disco Hands, editado hace un año, donde podemos ver a un Pepe Habichuela, el más cosmopolita de los flamencos, creativo y abierto, junto con un Dave Holland, posiblemente el mejor bajista de la actualidad, redondo y versátil, atravesando un sendero conocido, entendiéndose a la perfección entre las notas y las miradas. De hecho, Pepe llegó a exclamar que Holland “es ahora un gitano y yo soy casi un inglés”.

La noche sin embargo comenzó turbia. Una suciedad de trasfondo, unido a un sonido desajustado, hizo que la bulería fuera algo farragosa. Problema que quedó paliado en la segunda entrega por Huelva, antes de entrar en un par de temas más genéricos donde el Habichuela hizo mutis y, seguidamente, su hijo, Josemi Carmona, que venía de segundo guitarra, dejando sólo al imaginativo inglés con los dos percusionistas que arropaban todo el trabajo: Bandolero y Juan Carmona. Imprescindibles, aunque abusaran de los solos, aunque se repitieran con la monotonía del cajón.

La taranta, llamada Camarón, fue un ejemplo de buen gusto y complicidad, en la que el contrabajista de Wolverhampton bordó el sentimiento hasta parecer que cantaba con el mismo instrumento, y donde un servidor en realidad entró en el concierto.

Habichuela, solo en las tablas, apuntó una media granaína dedicada a su hermano, Enrique Morente. Preciosista por una parte, pero faltaba finura por la otra. Y es que el guitarrista granadino no halló su mejor noche. Desajuste que se incrementó en la soleá.

Con lo que yo me quedo, sin discusión, la mejor pieza de la velada, fue la seguiriya y cabal, hermosa y rica en contrastes y comuniones. Una seguiriya acelerada, como le gustaba al maestro Morente, más para acompañar al baile que para ser tradicionalmente escuchada. Después de este paso, cualquier otra propuesta estaría bien, pues el pellizco ya me había cogido por dentro.

Después de algún tema más, teniendo a Josemi como protagonista, guitarrista con mucho gusto, que conoce sus límites, pero no se extralimita, piezas posiblemente pertenecientes a su último disco, Las pequeñas cosas, cercanas a la fiesta, termina el recital con una impresionante rumba, grandiosa y armónica, a la que yo le añadiría algunas voces.

Tras varios minutos de aplausos, que a los postres fueron a compás, se despidieron con un bis por tangos en donde salió a relucir de forma evidente la sangre del Camino y la esencia Habichuela.

* Foto: Europa Press, Teatro Central.

El patrimonio de la zambra

El patrimonio de la zambra

Si Granada puede presumir de algo auténtico e histórico en el flamenco es la creación y el desarrollo de la zambra, si quieren de la zambra gitana, que derivó de la zambra morisca. De una celebración generalizada, de fiesta y algarabía, llegó a centralizarse en el ritual de la boda. Así, sus cantes y sus bailes (alboreá, cachucha, la mosca…) representan la petición de la novia, el ritual del pañuelo o la culminación de la boda.

De las estancias íntimas y representaciones concertadas, este ceremonial pasó a ser espectáculo público a finales del siglo XIX, de la mano de un gitano de Ítrabo, afincado en Granada, llamado Antonio Torcuato Martín, apodado ‘El Cujón’, que abrió su negocio en el centro de la ciudad.

Pronto estas zambras pasaron a las cuevas del Sacromonte, constituyendo toda una industria, que aún funciona, para los autóctonos de la zona. Así fueron y son famosas las zambras de los Amaya, la de la Golondrina, la de la Rocío, la del Pitirili, la de María la Canastera…

Nada mejor que la representación de esta zambra, en La Chumbera, en pleno corazón del Monte Sacro, para conmemorar el primer aniversario de la declaración del flamenco como Patrimonio Oral de la Humanidad, por parte de la UNESCO.

La familia Maya, como representantes de la cueva de la Rocío, avalados por el Ayuntamiento de la capital, fueron los encargados de exponer esta muestra de entidad granadina. Aunque no sólo los Maya estuvieron presentes, un nutrido grupo de los principales clanes de la ciudad estuvieron en representación compartiendo escenario o entre el público, en el que destacaron dos figuras de alcance internacional: Manolete y Juan Habichuela.

El acto, presentado con acierto y pasión por Judea Maya, estuvo dedicado tácita o explícitamente a los verdaderos forjadores del flamenco granadino, en especial a los últimos desaparecidos: Mario Maya y Enrique Morente.

Precisamente, de Enrique sonó una granaína en off, que bailó Juan Andrés Maya, como protagonista de la noche y del festival por venir, a primeros de diciembre.

Tras unas palabras, donde Curro Albayzín historiaba la zambra, una muestra de esta manifestación tuvo lugar en las tablas, comenzando por la alboreá, la cachucha, los añejos tangos del Petaco, los fandangos del Albaicín (de donde surgió la granaína) o los interminables tangos del Camino, que abordaron individualmente todo el cuerpo de baile,  Alba Heredia, Raquel ‘La Repompa’, Rocío Vargas, Estela Rubio y los patriarcas Raimundo Heredia y La Salvaora. El recital terminó con una luenga soleá, donde Juan Andrés expuso con creces las cualidades de su baile.

Durante todo el acto sonaron las voces de Juan Ángel Tirado y de Rafi Heredia y las guitarras de Pepe Maya ‘Marote’ y Manuel de Santa Fe.

* Grabado de una zambra gitana, de Jules James Rougeron, siglo XIX.

De la anarquía a la disciplina

De la anarquía a la disciplina

No sólo la sangre es necesaria para estremecer. No sólo el alarde de fuerza compone a un bailaor, a una bailaora. Mario Maya decía que el baile no es fuerza bruta.

Yolanda Cortés, bailaora sacromontana, bailaora de raíz y brío, actuó el sábado en La Chumbera mostrando sus valores. Curtida en las cuevas del Camino, sus pisadas son grandes, su aguante incombustible. Falta reposo, falta silencio, falta la atención a unos músicos que superaron sin lugar a dudas a la protagonista.

Al cante Jaime Heredia ‘El Parrón’, Manuel Heredia y Macarena, complementan un dúo de aguardiente y gusto gitano; Rafalín ‘Habichuela’, a la guitarra, es una muestra de ralentizado sabor y perfección; Benjamín Santiago ‘El Moreno’, con el cajón, impone un compás de fondo, respetuoso y decidido.

Unas tonás (Macarena) abren la noche, que pasan a ser seguiriyas cuando Yolanda hace su primera entrega con pantalón y chaquetilla. El exceso de fuerza tiende al desequilibrio y la desatención conlleva a la fiesta cuando la propuesta es crítica. Con todo hay que decir que el compás y la apuesta en conjunto pueden ser acertadas.

Manuel Heredia, con su potencia de voz y su tendencia al cuplé, propone unas bulerías, que dedica a Antonio Vallejo, con el que empezó su carrera. Y Jaime se entiende por tarantos. A la guitarra (y a lo suyo), Rafael es un dulce con su toque lento y preciso, muy flamenco, con concesiones al jazz.

Acaba la noche con soleá por bulerías, donde destaca el cante de El Parrón, el que en un momento se acuerda de su compañero Enrique. Yolanda es desmedida. Fatiga paseos y escobillas. Y un remate zapateado de casi diez minutos con sólo compás desdibuja el norte.

Esa misma noche me esperaba La Platería, donde bailaba la gaditana Lucía Álvarez ‘La Piñona’, último primer premio de La Unión, llamado el Desplante. En mitad del camino veo luz y jaleo en el estudio-cueva de Juan Habichuela, nieto. Rodeado de gitanos, está grabando unos villancicos para su primer disco, que se está haciendo esperar. Según dice es el último tema que le falta para rematar el trabajo. El resultado es muy del Monte, muy de fiesta, muy cantable.

En la peña, con el acto ya empezado, encuentro la disciplina y la esbeltez de una flamenca bailando por alegrías. El contraste es evidente y la noche comienza a respirar.

Lucía se hace acompañar por dos cantaores de oficio, como son Moi de Morón y ‘El Trini’ que, con unas tonás, exponen su potencial; y por la guitarra sabia de Miguel Pérez, maestro de bastantes guitarristas occidentales.

Una soleá bien templada culmina la actuación de La Piñona, demostrando con creces lo bien ganado de ese galardón de Las Minas.

* Lucía Álvarez ’La Piñona’. Foto sacada de una entrevista realizada en jerezjondo.com

Malagueña

Usa distinto jarabe,
aunque de ti digan mal,
tú no digas mal de nadie,
procura no ser igual
que después todo se sabe.

Curra Arroyo

Curra Arroyo

Homenaje Flamenco

Todos los conciertos benéficos son dables y encomiables, todos los homenajes son justos y agradecidos, pero cuando esta ofrenda nos toca de cerca en cierto modo tiene doble carácter emotivo.

Curra Arroyo, cantaora granadina, asociada a la peña flamenca de La Platería, perdió su voz y su futuro debido a una bronquitis. Su sensibilidad y valor artístico no le llevaron sólo a cantar, flamenco y copla, sino también a bailar e incluso a componer. Faceta que aún cultiva hilvanando bellos versos susceptibles de ser cantados.

El pasado jueves, en el teatro Isabel la Católica, se reunieron un grupito de artistas veteranos, de su generación, y algún allegado, para rendirle el homenaje que se viene mereciendo desde hace mucho tiempo. Recital cargado de entusiasmo donde destacó sin duda la presencia de Curra Arroyo en el escenario, manifiestamente afectada, agradeciendo a los presentes (organizadores, flamencos y público), la deferencia tenida hacia ella y el recuerdo de lo que fue; de lo que es y será, añadimos. Lástima que fueron pocos los asistentes a dicho evento, a penas la mitad del aforo. Lástima que el esfuerzo haya quedado mermado por falta seguramente de promoción. Lástima que se hayan perdido esta reunión de voces añejas y cantes rebuscados que con tan buen hacer nos brindaron.

Una grabación de la época, con Curra, en plena facultades, cantando en off una copla de Marifé de Triana. Seguidamente, Juan Pinilla, responsable directo de tal reunión, que hacía las veces también de presentador, acompañado de Francisco Manuel Díaz, memoria y corazón del flamenco de esta tierra, hicieron granaína y media y se despidieron por mineras.

Después de una semblanza de Pinilla a la homenajeada, con pequeño reportaje fotográfico de fondo, Curra, agradecida, recitó alguna de sus letras antes de dar paso a Ángel Rodríguez ‘Chanquete’, con el mismo Díaz a la guitarra, que mostrando su potencia de voz, hizo unas soleares y unos fandangos, de los que es albacea y trasmisor.

Curro Andrés, conocedor y maestro, con un enorme Antonio de la Luz a la guitarra, demostró su envidiable compás por milongas (El niño que todo lo quería ser, de Benítez Carrasco) y alegrías. Curro Vega, verdadero tesoro del cante antiguo, se arrancó por tonás y, arropado por la misma guitarra que su tocayo, hizo unas seguiriyas de cambios ancestrales.

Paco Moyano, después de Curro Albayzín, ofreció un ramito de su cante particular, personal y comprometido. Con Antonio de la Luz a su lado, interpretó una bella bambera concentrada y una gran malagueña, en la que se acordó de Miguel Hernández y remató por jaberas.

Un nuevo guitarrista sube al escenario, el preciso y solapado José María Ortiz, que acompaña a una de las voces imprescindibles en la época. Antonio Trinidad comienza por milongas (La baladilla de los tres ríos, de García Lorca) y acaba con su famosa farruca. Todos los intervinientes tuvieron cariñosas palabras de elogio a la protagonista.

Cerró la noche la bailaora Violeta Ruiz, hija del desaparecido Pepe el de la Argentina, con el que Curra tuvo tanta relación, que propuso unas garbosas alegrías.

* En la foto Curra Arroyo y Paula Marín, de las pocas peñistas de la época, abrazadas por Juan Pinilla, de cuyo blog obtengo esta foto.

Pequeños placeres de la carne

Pequeños placeres de la carne

Un antiguo chiste decía que los caníbales en realidad son vegetarianos, pues lo que más aprecian son las palmas, las plantas, el coco y el nabo.

Para mi hijo, la otra noche, quise hacerle chuletillas de cordero para cenar. Cuando se lo dije para ver qué quería de acompañamiento, tomate picado, arroz cocido o patatas fritas, me dijo que lo sentía, que no podía comer cordero.

Interpretando un consejo médico o alergológico, no quise insistir. Llamé a su madre por si acaso, pero como no respondió, le preparé un sandwiche de jamón y queso.

Al rato, me llamó su madre para ver qué quería, y se lo cuento. Ella se extraña y le paso el teléfono al niño que dice que, como el cordero es hijo del cerdo y no puede comer cerdo, con toda la lógica del mundo, no puede comer cordero.

La explicación de que son dos animales diferentes y de que la cría del cerdo es el cochinillo ya llegó tarde. Así que las chuletas se las comió a la siguiente cena.

Sin tener nada que ver, hace unas semanas durmiendo, Juan se despertó temprano. Ante mi extrañeza me dijo que es que había tenido un sueño y se había mordido en el brazo.

Resulta que, en un merendero, le habían puesto un pollo sabrosísimo. Su tío, que siempre le está chichando, se lo quitó del plato. Cuando se lo devolvió, una vez que hubo pataleado, antes de que cayera en el tajador, pegó un bocado con ganas, asiendo, en vez del pollo ficticio, su muñeca real.

Córdoba, el flamenco callado

Córdoba, el flamenco callado

Hace unos años estuve colaborando en la revista Acordes de Flamenco con el desarrollo narrativo de varias secciones. Una de ellas respondía al nombre de Rutas Flamencas. Durante los meses que duró mi relación recorrí, con ayuda del reportero gráfico Nono Guirado, los rincones de Granada, Jerez, Almería, Jaén, Cádiz o Córdoba. De esta última ciudad, aparecida en el número cuatro (2006) de dicha publicación, reproduzco los preliminares y la ruta en cuestión, saltándome todo el meollo intermedio, para no alargarme en demasía:

Córdoba es una ciudad de ojos grandes, como lo son las mujeres que de su tierra inmortalizara Julio Romero de Torres en sus lienzos, pero de boca pequeña. Es discreta y huidiza, con tintes de universalidad pero mirando siempre para adentro. Córdoba es una madre para sus hijos, buena anfitriona para sus huéspedes, pero esquiva con los desconocidos. Córdoba es prudente y no da un paso sin haber asegurado el anterior.

También en el flamenco se manifiesta de esta guisa y el viajero aficionado debe buscar, profundizar en un mapa no escrito, para encontrar la huella del quejío y del pellizco. Con todo y con eso estamos en una ciudad o, más bien, en una provincia privilegiada, creadora de cantes autóctonos, como los fandangos de Lucena o la soleá y las alegrías de Córdoba; cuna de grandes cantaores: José Moreno “Onofre”, Cayetano Muriel “el Niño de Cabra”, Antonio Fernández “Fosforito” o Juan Moreno Maya “El Pele”; impulsora de festivales de prestigio; donde una serena y sabia afición se reconoce en cada esquina.

En Córdoba se respira el flamenco sin necesidad de atenderlo, sin sentir la guitarra o los tacones, sin escuchar su queja. Sus calles y su río, sus barrios y sus monumentos y sus tabernas, nos hablan de pasión; su gente se mueve a compás, posee un sentimiento milenario que, a  diferencia de otras ciudades, nunca se olvida. Lo nuevo no borra lo anterior sino que lo acumula, lo imbrica como partícipe de un todo. Así, la ciudad de Córdoba es romana, visigoda y árabe, judía y castellana, gitana y flamenca. Sólo basta dejarse llevar como las aguas lentas, acompasadas, pero constantes del Guadalquivir.

Su visita es obligada. Alrededor de la Mezquita, que también es Catedral, encontramos multitud de hostales y pensiones a precios más que asequibles. Aprovechando la unión, el derribo de tabiques de casas contiguas del casco antiguo, se crean verdaderos dédalos, propios del rey Minos, que impregnan nuestro viaje de belleza y misterio.

En esta ciudad califal todo es admirable, todo merece la pena ser visto, estudiado, fotografiado, desde el templo ya aludido, hasta los dieciséis arcos del puente romano, desde el barrio blanco de la Judería hasta el Alcázar de los Reyes Cristianos y sus torres, desde la biblioteca cinegética del Palacio de Viana hasta el sensual Museo de Julio Romero de Torres… y, cómo no, su arraigado flamenco.

Precisamente, el Ayuntamiento de la ciudad ha declarado 2006 como el “Año flamenco en Córdoba”, en conmemoración del cincuentenario del Concurso Nacional de Arte Flamenco, con una amplia y extensa programación que, desde el mes de enero, se ha ido concretando en múltiples actividades, entre las que sobresalen los homenajes y las galas; los congresos y las jornadas de estudio; las conferencias y las mesas redondas; los ciclos de cine; las exposiciones; las publicaciones; y los espectáculos permanentes de cante, baile y guitarra en el Gran Teatro de Córdoba, en el Alcázar de los Reyes Cristianos y en diferentes tabernas y plazas al aire libre. Queriendo con esto, según Rosa Aguilar Rivero, alcaldesa de la ciudad, demostrar que Córdoba "es capital del Encuentro y la Tolerancia, es Ciudad Flamenca, tanto que hasta el pulso de sus horas suenan con falsetas en la Plaza de las Tendillas. Ciudad de Raza y razas, de mezcla y raíz".

Nuestra ruta

Con todo lo dicho, y trazando un atractivo recorrido a pie (pues en Córdoba aún no es necesario coger el coche), quedamos citados con José Antonio Castellano “El Séneca”, gran solearero, con añeja raigambre cordobesa, y con el bailaor Fran Espinosa para identificar una posible noche flamenca. Citados en el Rincón del Cante para una primera toma de contacto, tomamos un vino y un pincho de tortilla. En Córdoba se toma la tortilla de patatas más hermosa de toda la Península. Desde allí, cruzando por el Cristo de los Faroles, rodeados de instantáneas taurinas, cae un segundo vino en bar de las Beatillas, que acoge en su primer piso la Peña Flamenca Fosforito. En ella disfrutamos brevemente de la actuación y bajamos al Mesón La Bulería, aprovechando unos pases “con derecho a una copa” facilitados por los responsables del local. Desde allí, con un doloroso soniquete de charanga y pandereta, bajamos por la Calleja de las Flores hasta el Campo Madre de Dios, donde se asienta la Peña Flamenca de Córdoba, con sus mesas y viandas comunales.

Con el buen sabor de boca que nos deja el recital, su presidente y los aficionados de esta Peña, nos acercamos a la vera del río y, precisamente, por el Paseo de la Ribera hacia el oeste, nuestros pasos, y los borborigmos de nuestro desmayo, nos encaminan al restaurante Bodegas Campos, situado en la Axerquia, antiguo barrio árabe, donde el servicio y la comida típica andaluza son excelentes. Entre arcos y buenos caldos, degustamos sus especialidades: ajo blanco con espárragos trigueros y langostinos, rabo de toro al amontillado y tarta de membrillo, a un precio no muy popular.

Con el estómago lleno y agradecidos de no tener que coger vehículo alguno, seguimos nuestro camino paralelos al río, pasando del barrio árabe al judío. A la espalda de la Mezquita, decidimos acabar nuestro itinerario en el Tablao Flamenco el Cardenal, en donde aplaudimos el baile de Antonio Alcázar, Premio Nacional de Danza de 1992, completando así una vuelta completa al casco antiguo de una ciudad de ensueño.

* En la foto el maravilloso bailaor Fran Espinosa.

Pastel de higos con piñones

Pastel de higos con piñones

Tres productos básicos de la cocina andalusí confeccionan este postre: los higos secos, procedentes de las tierras malagueñas, los piñones norteños y las almendras, que se daban en todo el reino.

Dicen que la bella Azahara combinaba estos frutos secos, junto a la crema de leche y la miel de caña, y le aportaba color y aroma con un ramito de hierbabuena de la sierra, de nieves eternas, para impresionar a los visitantes de su nueva medina, mientras contemplaban los opulentos jardines que se extendían ante su palacio granadino.

El portero kafkiano

El portero kafkiano

Para la Feria del Libro pasado en mi ciudad de Granada, con motivo de un partido de futbito que organizamos la Asociación del Diente de Oro entre poetas y narradores, editamos un librito plural en forma de cartón y papel reciclado, como venimos acostumbrando, con el título Letras a Panenka para la ocasión.

En dicho cuaderno aparecían los textos y poemas de algunos miembros de la Asociación, algunos jugadores en dichos equipos. Casi todo el contenido son poemas relativos al mundo del fútbol y algunos cuentos breves. Yo, aporté el mío, que repensé con ayuda de mi hijo ("porque tú no tienes mucha idea de fútbol, papá"), que ahora les cuento:

Entre los cuatro metros que separan los postes de la portería de aquel estadio, atento se halla el guardameta del equipo visitante. En pleno centro y concentrado, se enmarca el individuo con la red de fondo. Sus rodillas flexionadas y los guantes de mayor. Con su pantalón corto y su camiseta remangada controla con siete ojos el posible avance de los delanteros del conjunto adverso o la llegada del cuero pentagonal.

Han pasado muchos minutos sin presencia de balón o de alharaca alguna. Pero, cómo moverse de su puesto cuando el descuido es la ocasión más peregrina para soportar un golazo. Cómo decir en la noche que se apaguen las luces que lo ofuscan si la penumbra deseada también ocultará al esférico que rueda presto al cuadrilátero.

De esta forma el cancerbero vigila la puerta de un infierno que puede estar vacante por ausencia de jugadores ajenos.

Mi unicornio azul ayer se me perdió

Mi unicornio azul ayer se me perdió

La pesadilla comenzó el miércoles por la tarde. Ayer, jueves, era un sinvivir. Esta noche ha sido imsomne y larga, y el despertar arriesgado. A media mañana, sin embargo, recibí una llamada de esperanza.

El ordenador (mi archivo, mi memoria, mi confidente) llevaba un tiempo relentizándose, dando problemas de conexión, etc. Por eso fatigaba programas antivirus, limpiadores y desfragmentadores para intentar, si no solucionar el problema, evitar que fuese a mayores.

En la última limpieza, sin embargo, la pantalla, como un gran monóculo, cerró su ojo y el disco duro decidió echarse a dormir. Ante mi insistencia por recuperar su latido, me respondía la indiferencia. Sus constantes vitales estaban bajo mínimos.

Llamé entonces a una empresa de rescatadores, a ver si el boca a boca profesional era más eficaz que el aliento amistoso. Se llevaron el cuerpo al taller con los pies por delante temiendo lo peor.

La primera llamada fue para hacerme el cuerpo a su pérdida definitiva. El disco duro no respondía ni con oxígeno. No obstante lo mantendrían entubado en la sala de cuidados intensivos.

Mi pobre memoria, el contenido de toda una vida a la basura. Letras, canciones, poemas, artículos, pensamiento, una novela casi acabada, cientos de fotos, correos, cartas, trabajo... y sin copia de seguridad desde hace muchos meses.

Ahora me llaman y parece que respira, que hay una ligera esperanza. Me alegro como si fuera un ser humano. Me alegro por recuperar mi mundo, mis recuerdos, mi intimidad.

Si lo recupero haré varias copias de seguridad. Si lo recupero me volverá la sonrisa. Si lo recupero puede que no me afeite la cabeza ni me vaya de ermitaño a un monte perdido, más cerca del cielo que de la tierra, donde no haya electricidad ni cobertura y la única conversación posible la tenga que mantener con una cabra encima de una peña.

A veces pienso

A veces pienso
que tú piensas en mí
como yo pienso
que en mí tu piensas.

El hombre de las dos rajas

El hombre de las dos rajas

Hay en Granada desde hace un tiempo una campaña de la UPA (Unión de Pequeños Agricultores) en los autobuses urbanos que, desde el principio, me chocó. No por el mensaje o la desnudez del anunciante, secretario de tal asociación, ni por la simplicidad del montaje ni por emplear el escudo antiguo de la Diputación (aunque como ya volvemos a ser de derechas…) y ni siquiera por el escorzo en una foto que termina por parecer deforme.

Es el texto en sí que, además de ser provinciano hasta la saciedad, atenta contra cualquier construcción lógica de la lengua.

El mensaje dice así: “Consumir frutas y verduras de España es… Natural y las de Granada excepcionales”.

Admitimos como buena la primera frase, con el patrioterismo intrínseco o los innecesarios puntos suspensivos. Pero el segundo enunciado no hay por dónde cogerlo. Se supone que tiene que concordar con el primero, entre otras cosas en número. Si en un principio se habla en singular, por qué finaliza en plural. Y cuál es el verbo, elíptico, por lo que se entiende. ¿Consumir también? ¿Acaso ser? No me encaja.

Por último, excepcionales, o excepcional, que crea un paralelismo ripioso con natural, no tiene nada que ver con el primer adjetivo, pues la intención, deduzco, es la de formular un superlativo.

Se me ocurren varias formas de enunciar tal campaña, pero me voy a limitar sólo a denunciar.