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volandovengo

Se esconde en mi mente

Se esconde en mi mente
un sueño de ayer.
Me encuentro en un barco
en aguas dormidas
buscando a mi dama,
rogando a las nubes,
soñando sirenas
que tienten mi errar.

* Pequeños poemas para salir de casa, dentro de la iniciativa "Cuaversos de bitácora".

¿Tiene usted frío?

¿Tiene usted frío?

¿Tiene usted frío? Para qué, no tengo abrigo. Contaba Gila en un chiste que en realidad era una cruel anécdota de la pobreza.

Ahora que hace mucho frío, muchísimo frío, nos acordamos de las rendijas de las puertas, de esa ventana que no cierra bien, de ese edredón que no llegamos a comprar, de la caldera que no hemos revisado con tiempo, de las goteras de nuestros tejados.

El calor no es barato. La calefacción, el gas, el gasoil, el butano, el convector, las bombas de aire, los calentadores, las estufas, acrecientan de modo casi inexplicable los gastos del mes. Y no es cuestión de quedarse helado.

La mesa de camilla es mi aliada. Uso y abuso del brasero o de la chimenea. Para colmo, los problemas de circulación mantienen siempre mis manos ateridas (mi niño teme que le cambie de ropa, que le duche, hasta que no tibie mis dedos).

La climatización, el fresco en verano y, sobre todo, el calor en invierno, son productos de primera necesidad (deberían serlo). Si no se subvencionan, deberían abaratarse (aunque también sube el pan, la leche...).

Se podría crear una comisión que revisara las casas, las instituciones y los aparatos, para que se perdiera el menos calor posible, que se ahorrara energía. Una energía ecológica, alternativa, incluso (eólica, solar, hidráulica).

Cuántos  resfriados, cuántos sabañones me ahorraría si tuviera el secreto de la calidez, si pudiéramos dominar el microclima como presumimos.

Y todo esto para comentar que me cuesta trabajo mantener la casa a una temperatura agradable, que los radiadores no calientan lo bastante, que la caldera no funciona bien, que pagamos demasiado, que hemos cambiado al niño a una habitación interior, más pequeña y más caldeada, que me parece de ciencia ficción haber pasado tanto calor en verano e incomprensibles los aparatos de aire acondicionado.

Abecedario

Abecedario

Tiene mi hijo Juan algo de oriental.

La puerta del frigorífico está cargada de imanes. Su último regalo fue un abecedario, de letras de colores, para pegarlas en esta improvisada pizarra.

El juego ha llegado en un buen momento. Al filo de los cinco años, mi niño escribe su nombre y el de sus amigos de clase, e intenta escribir cualquier otra cosa si la deletreas.

Como es un niño faldero, allá donde esté, Juan viene conmigo. Mientras recojo la cocina, Juan juega con sus imanes. Pone algunos nombres, hasta que se decide a poner el suyo (con apellido y todo).

El apellido se lo voy deletreando. Efe, e, ere, ene, a... Como le faltan letras (sólo es un abecedario), el va alternando las mayúsculas y minúsculas y haciendo letras con otras parecidas, con mucha imaginación. Para otra "a" le da la vuelta a la "v", para la "n" coge la "ñ" y la "e" la hace girando la "m".

Cuando lo miro, a medio escribir ("JUAN FERN"), lo está haciendo de derecha a izquierda. Se lo digo y me responde que pensaba que se podía escribir en los dos sentidos. Recordé esa técnica, llamada bustrofedón, que usaban los persas, que escribían de izquierda a derecha y, cuando se acababa la línea, lo hacían de derecha a izquierda.

Se lo cuento. Le parece bien, pero corrige su trabajo. Cuando lo vuelvo a mirar, ha escrito su nombre entero, pero como no le ha cabido en una línea (pues choca con otros imanes, el coche y el lagarto) se ha pasado a otra línea, quedando "JUAN FERNAN" y después "DEZ", pero en la línea de arriba y no en la siguiente.

Hasta diecinueve

Hasta diecinueve

El diecinueve, o sea, el número que va detrás del dieciocho y precede al veinte, el dígito uno seguido del dígito nueve (19), es un número convencional, hasta que no se demuestre lo contrario. Puede ser un número tan neutral como mítico, o al menos, especial, según el valor que se le dé.

Si hablamos de los años, los diecinueve es la mayoría de edad, pero con cierta experiencia, son los dieciocho con la veteranía de haber votado ya, por ejemplo.

Con diecinueve años, Alejandro Magno, corrió desnudo por las playas de Ilión en honor a su antepasado Aquiles; y Julio César celebró su onomástica en una taberna de Gades tomando pescaíto frito mientras veía bailar a una lúbrica puellae gaditanae.

Eurípides tiene diecinueve tragedias conocidas. O sea, que llegaran completas hasta nuestros días.

El diecinueve es el número más alto que sabe contar mi niño. Siempre le doy cinco minutos de margen para levantarse, para salir del baño, para apagar la tele... y él me pide diecinueve. A veces, cuenta por lo bajini para recordar el número.

Yo siempre le dejo cinco, seis, siete u ocho, y le digo que han pasado diecinueve.

Algunas veces, no obstante, sobrepasa este numeral y, contando, contando, del diecinueve pasa al diecicero (literal).

El otro día, no sé si preocuparme, en el coche estuvo contando seguido (saltándose algún que otro número) hasta el sesenta y nueve. ¿Querrá decir algo?

Toque de queda en La Platería

Toque de queda en La Platería

El Festival de Otoño tuvo sus efectos colaterales. El primer problema de estos Encuentros Flamencos es que ha perdido el norte. De una conciencia universalista hemos aterrizado en el localismo más casposo. De un germen vanguardista, se tiende al anquilosamiento y el conservadurismo. De una mirada a la cúspide, nos quedamos en el subsuelo. De una apuesta de intercambio, se impone la divisa de "yo me lo guiso y yo me lo como".

Problemas de presupuesto aluden y yo digo problemas de previsión, problemas de iniciativa, desconocimiento, cortedad de miras, planitud, amiguismo, especulación cultural, patrioterismo (que es como el chovinismo, pero más castizo).

Una idea primigenia del Festival era el encuentro. De ahí el subtítulo. Se encontraban flamencos de todos los rincones del país, se encontraban viejos y jóvenes, sabiduría con inocencia, mujeres con hombres, gitanos con payos, artistas y público, o sea, la gran familia flamenca. Para potenciar este espíritu surgieron los trasnoches, generalmente en La Platería (la decana de las peñas flamencas).

¡Mira, qué interesante! Este año hay trasnoches. Parecen, sin embargo, una actividad aparte, pues nadie de los participantes del Festival (ni del escenario ni del patio de butacas) acudió a este ofrecimiento. Se supone que era una extensión distendida y, sin ninguna duda, interesante de dichos Encuentros, donde se cambiaban impresiones y, a veces, surgía el duende.

Un servidor, atraído por la afición, la curiosidad y el esparcimiento, sí quiso "saborear" esos trasnoches prometidos. El viernes, que cantaba Sara Heredia con Antonio El Chonico, no pude subir. El sábado arrastré a los padres de Patricia Guerrero, a los responsables del Carmen de las Cuevas y a otra pareja de amigos. Cantaba Aroa Palomo.

El domingo subí con Paula, gran aficionada y conocedora. En La Platería encontramos a Jaime Heredia y otros plateros (parecía una novela: "Plateros y yo"). Estuvimos hablando, con el Niño de las Almendras de fondo, de que la peña no era una peña. La gente venía a ver el espectáculo y se iba. El bar manda en la peña. Eso ya es un negocio. No hay nadie. Dónde están los flamencos...

El Parrón apuntaba que debería oler a flamenco. Que antes se reunían a cantar y tocar y reír y escuchar y discutir y beber y opinar y criticar (o referir, si es fuerte la palabra). Ahora no se arranca nadie. Ya no huele a flamenco.

Cuando volvimos de escuchar al ínclito almendrado, Jaime estaba cantando. Sus palabras habían calado en sí mismo y, con un tocaor tranquilo y agradable (que no sé su nombre), entonaba una soleá por derecho, a media voz, entre risas ahogadas y miradas cómplices. Hacía tiempo que no apreciaba el paladar de El Parrón. Entre actuaciones profesionales, megafonías y otras obligaciones, este veterano perdía el sabor.

¡Ole! Poco a poco se creó un corrillo. Esto empieza a parecerse a una peña. Pronto se unirían a nosotros el Niño de las Almendras y Carlos Zárate que habían acabado su recital. Y Paula, según me confeso después, se echaría un bailecito y algún fandango.

Pero salió la dueña del bar en el mejor momento. Señores, dijo arrastrando la ese, vayan abonando sus consumiciones que vamos a cerrar. No me lo podía creer. Eran las doce y media o una menos algo. Llevamos tres noches de trasnoches y estamos muy cansados, añadió a modo de justificación. Nadie reaccionó. Si alguien no sabe explicar la expresión de "echar un jarro de agua fría", este es un buen ejemplo.

Qué podíamos hacer, pagar e irnos. Ante el toque de queda, nosotros tocata y fuga, porque en realidad fue tocata de entrepierna.

Jaime juró no volver a pisar la peña. Paula le pidió perdón a unos visitantes que también se iban con el rabo entre las piernas y la cara a cuadros. Que ella era la primera socia de La Platería, que estaba avergonzada, que eso no era lo habitual, que el flamenco... etc., etc.

Mi indignación y vergüenza ajena también es supina. La gente viene a La Platería como si fuera un templo, el máximo exponente del flamenco. Los artistas vienen a la peña con miedo, con mucho respeto.

La Platería no sólo debe tener actividades, actuaciones y cursos. El nombre de La Platería conlleva la obligación de mantener un espíritu y unas maneras. Desde el presidente hasta el último socio tienen que hacer de la peña su casa y abrirla a los de dentro y a los de afuera e intentar que todos se sientan a gusto y que respiren flamenco y que huelan a flamenco nada más comenzar a subir la cuesta de Toqueros.

Ser platero es una responsabilidad.

* Peña de La Platería (© Nono Guirado).

Aquel día tuve los ojos azules

Aquel día tuve los ojos azules y el corazón claro.
Aquel día fui vino añejo y tú me sonreías.
Aquel día todas mis vocales tenían acento.
Aquel día, recuerdo, fui ángel para una diosa.

* Pequeños poemas para salir de casa, dentro de la iniciativa "Cuaversos de bitácora".

La sombra de Antonio Canales

La sombra de Antonio Canales

IX Encuentro Flamenco

Festival de Otoño de Granada

Antonio Canales baila poco, aunque lo hemos visto más activo que en otras ocasiones recientes. Su presencia se reduce a algunas apariciones puntuales y a una soleá, la soleá de siempre, donde su teatralidad es más grande que su eficacia. Pero Canales tiene algo. Tiene un punto de flamencura que aflora en algún momento y se diluye entre la mediocridad de un quiero y no puedo. Porque el bailaor sevillano se ha convertido en su propia sombra, y no sé hasta qué punto es honesto vivir de las rentas. Llamar a un espectáculo “Bailaor” es un tanto pretencioso, si no se sabe mantener el tipo. Sin embargo, lo que sí tiene de meritorio es que se sabe rodear. La falta de información in situ o de un programa de mano impide nombrar a todos los que le acompañan. A algunos de ellos, en cambio, se reconocen con holgura. La guitarra de Jesús del Rosario fue certera y los cantaores más que notables, aunque la media granaína fue un desastre. Destacó sobre todo El Pulga y su decir tan particular. Su personal fraseo nos recuerda a El Falo. La cantaora no alcanzó el nivel deseado. Las alegrías que abordó la bailaora no terminaron de madurar. No supo sacarle partido al vestido de cola, en el que se enredó más de una vez. Tampoco el sonido acompañó. Los acoples y pitidos no se pueden permitir en estas funciones de renombre.

Mención especial merece la actuación de Amador Rojas. Ya lo hemos visto un par de veces en nuestra ciudad y no para de sorprendernos agradablemente. Bailó una farruca, preñada de tangos, con el lenguaje de vanguardia que le caracteriza. Amador es sensible y elegante. Su entrega y profundidad merecieron la mayor ovación de la velada.

En la primera parte, precediendo a Canales, el onubense Guillermo Cano expuso un recital con mucho gusto. Destacó por Huelva y en los fandangos finales. Sus demás propuestas fueron tan dignas como arriesgadas. Tomando como norte a Morente quiso explorar nuevos territorios con resultados inciertos. Los juegos de voces, con "Los Makarines", un extraordinario dúo musical, formado por los hermanos José y Maca, no estuvieron conseguidas. Su primera propuesta se balanceaba entre la granaína y la malagueña. En su milonga reconocimos al creador que pretende y al inconformista manifiesto. Su voz es flamenca y agradable, aunque pobre en tonalidades y arrítmica en ocasiones. En las bulerías se acercó a las guajiras, dándole un punto cubano interesante. Con quien nos descubrimos sin condiciones fue con el guitarrista sevillano Rubén Lebaniegos, Premio Nacional "Manolo Sanlúcar” de Córdoba y Bordón Minero en el Festival Internacional Cante de las Minas de La Unión. Su fuerza, calidad y calidez nos hicieron vibrar.

* (© deflamenco.com)

Mariquilla tuvo y Mariquilla retuvo

Mariquilla tuvo y Mariquilla retuvo

IX Encuentro Flamenco. Festival de Otoño de Granada

El domingo se clausuró el IX Festival de Otoño de Granada, a falta del espectáculo de Antonio Canales, con un balance positivo en cuanto a la respuesta del público, que cubrió todas las localidades del teatro durante los cinco días que duró. “Granada en cuerpo y alma” de Juan Andrés Maya, como ya dijimos en su estreno, es una función eminentemente local que necesita ser limada en su conjunto. Reconocemos, no obstante, aciertos y actuaciones notables. Entre sus turbias aguas se arraciman algunos dignos islotes.

Continúa pareciéndonos demasiado larga y sin argumento definido. La zambra, capitaneada por Curro Albayzín, destaca en el comienzo. A partir de aquí, sobresalen algunos nombres personales, como el de Luis Mariano y su guitarra; el baile de Patricia Guerrero y el de Iván Vargas, sobre todo en la farruca; las voces tan “granaínas”, aunque a veces destempladas de Amparo y Rafi Heredia; la soleá de Juan Ángel Tirado; el paso a tres en las alegrías de Patricia, Iván y Alba; el espíritu, al fin y al cabo, de “Ay, jondo”, para homenajear a Mario Maya.
Entre mis reconocimientos se encuentra María Guardia “Mariquilla”, la artista invitada que tras veinte años de ausencia sobre el escenario para bailar, ofrece una pincelada tan flamenca como elegante. A Mariquilla, vestida de cola y azabache, la precede un vídeo de un gran momento de su vida, cuando triunfaba por todo el mundo y llevaba por bandera la ciudad de Granada. Después, tan sólo esboza unos pasos y, con alguna vuelta que deja aromas del pasado, comienza a recitar unos versos de su cosecha, “Soñaba con una reina”, donde habla de su trayectoria, y “Manuel Benítez Carrasco del Albayzín”, un homenaje a este poeta. Estas palabras están publicadas en sus memorias “Ardiendo y echando chispas”, que compiló Carlos Arbelos  hace tres años. Entre los dos poemas y a su final, María sigue apuntando un baile más espiritual que pragmático, apoyándose en los palillos, que resuenan con el eco de de los setenta, cuando le cantaba fosforito.

Este día, a pesar de sus limitaciones conceptuales,  fue el más redondo y conseguido del ciclo. Como un canto de cisne, todos los actuantes dieron el todo por el todo. Además, hubo menos problemas de sonido. Llama la atención, en este sentido, el uso de un suelo acústico, especial para baile, que nos devuelve un sonido más limpio y natural, sin micrófonos a la vista.

Espero que para la décima edición de estos Encuentros, nuestro Ayuntamiento se asesore con tiempo y apueste por el flamenco de vanguardia. Que programe un Festival competitivo, del que nos sintamos orgullosos.

* Mariquilla, recientemente en Jumilla.

Morente, una apuesta segura

Morente, una apuesta segura

IX Encuentro Flamenco. Festival de Otoño de Granada

Enrique Morente, siempre sobresaliente (incluso cuando no lo está), revaloriza el acto a donde acude. Morente, por encima del bien y del mal, es un paréntesis de cielo y tierra, de agua y fuego. El cantaor granadino se permite subir a escena a dos jóvenes tocaores, a las guitarras incipientes de su hijo Kiki (al que preferimos cantando) y al Monti, el hijo de Montoyita. El maestro es capaz de tapar cualquier fisura con su dominio escénico, con su control de guerrero antiguo. Incluso, en las granaínas con que comenzó su entrega, muy a su estilo, la memoria caprichosa hizo que repitiera el primer tercio de un fandango, pero con un ayeo oportuno esperó otra vuelta de guitarra para entonar nuevos versos. Su actuación fue tan fugaz como intensa. Enrique terminó acordándose de Mario Maya. A modo de réquiem, tal cual hizo en la Bienal de Sevilla de este año, le dedicó al gran bailaor el “Aleluya” que grabó, con Lagartija Nick, en su vanguardista “Omega” (1996), aflamencando el homónimo tema de Leonard Cohen.

. FOTO: E.Morente (© Paco Sánchez)

Granada y su ombligo

Granada y su ombligo

IX Encuentro Flamenco. Festival de Otoño de Granada

“Granada en cuerpo y alma” es el nombre de la obra que ocupará todos los días del Festival de Otoño de Granada. Es un homenaje al maestro Mario Maya. Si Mario hubiera visto el estreno (que puede que lo haya visto, esté donde esté) se sonreiría halagado por las muestras de cariño, por haber rescatado retazos de su gran montaje “Ay Jondo” y por haber reproducido su mítico baile por seguiriyas. Pero, con unos golpecitos en la espalda, seguramente diría: os lo agradezco, buen intento, pero por ahí no van los tiros.

Juan Andrés Maya, un buen bailaor bidimensional, depura su estilo y busca silencios, reposa el alma, hace guiños a lo contemporáneo, zapatea como quien busca, como quien pone puntos suspensivos. Juan Andrés tiene grandes iniciativas que no sabe desarrollar. Una falsa idea cosmogónica le hace volcar todo su potencial en la obra que tiene entre manos. Si hay alguien legitimado en Granada para firmar una obra sobre Granada es Juan Andrés Maya, y con él la Cueva de la Rocío, y con ella todo el Sacromonte, y con éstos todos sus hijos. Pero es una historia sesgada, una mirada estática, anteojeras del flamenco. Somos de Granada y tememos alzar la mano. Si Sevilla le canta continuamente a Sevilla y Cádiz a Cádiz y Málaga a Málaga. ¿Por qué no revindicamos nosotros nuestra tierra? Puede que por temor a caer en el provincianismo pacato, puede que al mirarnos el ombligo olvidemos que hay más cuerpos a nuestro alrededor.

Lo primero que tenemos que objetar de la obra es su extensión. Casi tres horas de una historia que en la primera parte ya se ha quedado sin argumento. Los bailes son también extensos. Los aciertos son puntuales y extremadamente agradecidos. Destacamos en primer lugar la intervención de Marina Heredia, como artista invitada, que hace un impagable recorrido por tonás (martinete, pregón, carcelera) y aflamenca el poema lorquiano "Córdoba, lejana y sola", que baila el mismo Maya. También meritoria es la actuación de Iván Vargas, sobre todo remedando a Manolete y su famosa farruca; Patricia Guerrero notable, como siempre, aunque a veces le sobran brazos; Luis Mariano con su guitarra, que se ha convertido en el sonido de Granada; la bandurria de Manuel Vera; Pinilla y “donde habitan las manolas”.

Un aplauso se merece la reproducción de la zambra (alboreá, cachucha, la mosca), si no fuera por lo repetido de su propuesta. Aplaudimos a sus cuatro bailaoras, Salvaora Maya, La Porrona, Encarni Heredia, Angustias La Mona, por su autenticidad y por demostrar que Granada, aunque no tenga costa, tiene sal.

Total, un cúmulo de individualidades que se pierden entre tanta información deslavazada, que seguirá en escena durante cinco días, cambiando de artista invitado; que seguirá convenciendo a los incondicionales; que puede que dé nuevas sorpresas; que, me temo, se devorará a sí misma. Pues el ombligo de Granada no es exportable.

* Detalle del Programa.

Catorce en un seíllas

Catorce en un seíllas

Toda precaución es poca. Cada vez se aprietan más las tuercas de los conductores. Que no beban, que se pongan el cinturón (alante y atrás), que no hablen por el móvil, que no regañen a los niños, que no metan mano a su pareja... hasta que no fumen y que no cambién el dial de la radio.
Antes de antes no era así, recordamos. Nos montábamos catorce en un seíllas, sin cinturón, pues no sabíamos que existían, con nuestro padre con dos copas de más y sin luces, por ejemplo.
Mi padre aparcaba en cualquier sitio, se dejaba la puerta abierta, conocía a los demás conductores.
¿Qué pasa ahora? ¿Somos más torpes?
Creo que hay más coches, más conductores, mejores carreteras, más potencia, menos estacionamientos...
No hay mal que por bien no venga.

Como no me conoces

Como no me conoces,
como no te conozco,
quisiera pedirte un momento,
que compartamos un café
y que nos miremos de cerca.
Pasear entre flores y árboles,
acaso.
Sentir el sol de la mañana
o la brisa fresca en la cara,
la lluvia en un paraguas compartido.
Caminar en silencio
y no querer saber
cuál es tu nombre.
Y contarte este sueño
donde encuentro a una desconocida.

* Pequeños poemas para salir de casa, dentro de la iniciativa "Cuaversos de bitácora".

Miguel López canta a los poetas con música de Mario Maya

Miguel López canta a los poetas con música de Mario Maya

Presentación del disco 'Canto a los Poetas'

Es de común conocimiento, sin discusión, la altura del baile de Mario Maya. Puedo afirmar, sin ningún miedo, que Mario Maya, junto con Antonio Gades, ha sido el mejor coreógrafo flamenco del panorama español. Sin embargo, más desconocida es su faceta como compositor. Mario Maya era el compositor, coreógrafo y parte integrante, si no protagonista, en la interpretación de todos sus espectáculos.

Miguel López se define como cantautor flamenco. Y, al mismo tiempo, se interroga y nos interroga sobre esta definición, dejando la respuesta en el aire y en la sensibilidad de los oyentes. Puede ser cantautor porque canta y compone, puede ser flamenco porque se queja con jondura y entre su música aletean los ritmos de las cantiñas, de las bulerías, de las granaínas y hasta de los tangos. Sin embargo, no es un cantaor al uso. No se le puede pedir pureza, porque ni la ofrece ni la busca. Pero tiene ese regusto, ese pellizco, ese aguardiente, que te obliga a decir un ole sentido a cada paso.

Miguel emigró desde su Jaén natal, de un pueblo llamado Villagordo, nos recuerda con cierto orgullo, hasta Cataluña, donde se forma como artista comprometido y toma conciencia de su identidad como emigrante. Los ecos andaluces los llevaba en la sangre, en el instinto.

En el año 1972 entró a formar parte del grupo La Cuadra de Sevilla que pasó por Barcelona y unió su sentir al de ellos durante cinco años como cantaor, interpretando los espectáculos “Quejío” y “Los palos”, regresando así a Andalucía.

En Alhama de Granada, en 1977, gana el primer premio de la canción andaluza con “Nana al niño emigrante”, tras lo cual graba su primer disco “Cantes de la emigración”.

Mario Maya, en plena efervescencia, a través de El Piki, lo busca para su espectáculo “Ay jondo”, con libreto de Juan de Loxa, y lo incorpora a su compañía. Seguidamente haría “Diálogos del Amargo”. Con el bailaor granadino colaborará durante siete años, tras los cuales vuelve a su pueblo a trabajar como jornalero en la aceituna, a raíz de la muerte del guitarrista Isidoro Carmona, también de la compañía de Mario, con el cual compartía bastantes inquietudes. Entre estos proyectos, se encontraba la elaboración de un disco dedicado a los poetas.

Este ideal quedó truncado con el accidente mortal del tocaor y el autoexilio del cantaor entre olivos y terruños durante unos veinte años. Hasta que, recientemente, un nuevo encuentro con el maestro granadino y el empuje definitivo del músico y productor Pedro Sierra, hicieron posible que viera la luz este trabajo en barbecho.

“Canto a los poetas” se presentó en diciembre pasado en la Agencia Andaluza para el Desarrollo del Flamenco, con presencia de su directora por aquel entonces, Bibiana Aído, sus autores, Miguel López y Mario Maya, y su productor y director musical, Pedro Sierra, quien también presta su guitarra en la grabación.

En vida de Mario, se volvió a presentar la obra en Jaén a principios de año, y estaba programada su presentación en Granada en el mes de septiembre. Pero otra vez la tragedia acudió con sus manos de rayo y se llevó a Mario, y con él a sus ideas, a sus querencias, a sus obras soñadas y apenas esbozadas en unas líneas, en una conversación, en unos pasos.

Este jueves, en la Asociación de la Prensa de Granada, con todos los honores, como si de una ceremonia intimista se tratara, ha visto la luz, para el público de la tierra, este disco que se ha convertido en el desgarrado homenaje de un hombre a sus compañeros de fatigas, en un sentido tributo a la memoria de Mario Maya e Isidoro Carmona.

Fue un paréntesis en la vida, fue una mirada hacia atrás, fue un revivir de los años setenta en un cuartito del edificio Rey Soler. Como presentadores, emotivos maestros de ceremonias y protagonistas de aquellos años, sentados en la mesa, junto a Migue López, estaban Juan de Loxa, Miguel Ángel González y Juan Bedmar. En el ambiente pululaba el espíritu de “Poesía 70”, “Manifiesto canción del sur” y de toda la cultura que rondaba esos años.

El disco lo componen diez temas, de los cuales la autoría de la música de seis ellos está compuesta por Mario Maya y el resto son del propio Miguel, donde versionan poemas de García Lorca, como la “Baladilla de los tres ríos” y “Amor”; de Juan Ramón Jiménez, como “El viaje definitivo” y “Calle de los Marineros”; la desgarradora “Autobiografía” de León Felipe, que se introduce con un recitado con la voz del poeta; “Camino de los campos” y “He andado caminos” de Antonio Machado; y “Andalucía” de Juan de Loxa. Con aires de Cádiz se canta también “Cuéntame alegrías”, con letra de Mario; y “A mis niñas”, de Miguel López.

Miguel López es un hombre íntegro y honesto, de que Mario Maya dejó dicho que “ha sido un ejemplo de nobleza y caballerosidad dentro de una profesión hoy desacreditada. Prefiero la humanidad de Miguel que la arbitraria, resbaladiza, hipócrita, tan a menudo falsa cuestión de la fama. Porque la fama es la gloria en calderilla”. Y le dedica estos versos:

La voz de la guitarra

Se iba perdiendo calle arriba

Callándose al doblar la esquina

Pero Miguel seguía cantando.

* En la foto: Miguel López, una señora que no tengo el gusto, Pedro Sierra y Mario Maya.

El renacer de un artista

El renacer de un artista

Puro. Momento absoluto

Farruquito cambia de registro. A los 25 años, y tras haber pasado una experiencia no muy agradable, extraflamenca por descontado, pasa a llamarse más que nunca Juan Manuel Fernández Montoya y emprende una carrera en solitario, sin su inseparable familia, quiero decir, buscando la extensión del lenguaje que él siempre ha practicado, con la pureza de sangre como blasón y la sombra del abuelo Farruco como enseña. Farruquito improvisa más que nunca, espera que su “luz interior” lo ilumine en cada instante, arropado por la música, por el cante, por un público incondicional que quiere tocar extremos celestes con los pasos de su ídolo.

El espectáculo da comienzo con un poeta, con un pensador, con un mítico Manuel Molina, sentado, asiendo una pluma, con fondo de piano, reflexionando en off sobre la pureza y la verdad. Es un patriarca, es el contrapunto atemporal de esta obra. Todos los temas están cerrados. La función perfectamente hilvanada. Pero la frescura, la espontaneidad, como digo, son los momentos más sabrosos. Farruquito desprende naturalidad y buen gusto. Su baile, tremendamente masculino, se redondea. Sus arrebatos se dosifican, lo cual se agradece, y están más justificados que nunca. Sin embargo, el puro genio, el compás y la elegancia, marcas indiscutibles de su estirpe, rebosan en cada movimiento. El carisma que envuelve a este bailaor hace que sobresalgan sus momentos en solitario, sin apenas acompañamiento que, en momentos, se muestra excesivo. Exceso de orquestación y exceso de grito, redundando en un circo que sólo sirve para desvanecer la presencia del bailaor.

Un vídeo al fondo del escenario, con imágenes del pasado y del instante, nos ayuda a comprender el espíritu, la raíz a la que aludimos. “Gallardía” son los abandolaos sirven para presentar el recital, sobre todo las voces escogidas. De entre los cinco cantaores, con su valía individual, destacamos a Pedro Heredia. Farruquito entra en escena con el zapateado “Lluvia de ilusión”. De aquí pasamos a la fragua, a los martinetes, a uno de los momentos sublimes de la noche, que Manuel Molina introduce con un poema alusivo y los dos cantaores entonan al alimón, mientras el bailaor se incorpora golpeando el yunque a compás. La seguiriya “Sentencia” surge del fuego, del martillo, de las mil arrugas del maestro fragüero. Es la más fidedigna mirada hacia atrás, es el momento más añejo.

En las alegrías “Sed soluble”, que culminan en jaleos, aparece un Farruquito de blanco (el vestuario es de Victorio & Lucchino) esférico y brioso, en el que destaca su juego de brazos. Manuel tiene su momento con un poema por bulerías a su estiló, único, sideral. Los tangos representan una exclusiva muestra del cante femenino. Mientras la soleá “Herencia” pasa por ser un ceremonial, que termina con unas bulerías acompasadas sólo con palmas y tacón. Para la alabanza final, “La fe del amor”, sirve para presentar a los actuantes que, de negro absoluto, retornan con túnicas blancas y descalzos, dando a entender que ésta es la verdad, su verdad.

* Foto de Luis Castilla para Acordes de Flamenco (fragmento) ©

 

Crónica de un disco esperado

Crónica de un disco esperado

“Lámpara Minera” vol. 3

Juan Pinilla, profeta en su tierra donde los haya, reunió en torno suya a un gran número de representantes del flamenco, de la cultura y de la política granadina, para presentar su primer disco, fruto del prestigioso premio “Lámpara Minera” que obtuvo en el Festival Internacional de Cante de las Minas en la edición del pasado año. Todos quisieron estar presentes, todos quisieron apoyar a este joven cantaor de Huétor Tájar que tan alto lleva el estandarte de su tierra, del flamenco puro y de la amistad.

Tras unas sentidas palabras de protocolo de la mano del Alcalde de Armilla (el acto se realizó en el teatro de esta localidad), de la Diputada de Cultura y del Presidente de la peña de La Platería, que oficiosamente aparecía como padrino del artista, se dio paso a una muestra en vivo del contenido del disco. Juan Pinilla arropado por su inseparable Luis Mariano a la guitarra y Encarni y Antonia Heredia a las palmas, comenzó con la soleá “Al aire de Graná”, que encierra la caña en su interior, autoría de Paco Moyano. La emoción le embarga y la trasmite. La tensión de ver un teatro lleno, hasta la bandera, de amigos, de incondicionales, de admiradores, le hacía supeditar su cante a sus sentimientos. Como resultado, no escuchamos al mejor Pinilla, pero si al más sentido y verdadero. Un recital que abordó con las entrañas, en el que ofreció su corazón troceado en una bandeja de plata para que cada uno se sirviera a voluntad.

Su segunda entrega vino en forma de cantiñas, con ese comienzo semi hablado para lanzarse sin miedo entre las sales de la Bahía. Mucho le debe a Chano Lobato en este cante, mucho le debe a Calixto Sánchez. No sólo canta, sino que interpreta el cante. Parece que se va a salir de la silla. Baila con cada fraseo. Un tremendo Curro Albayzín introduce las granaínas con un recitado, mientras Luis Mariano le entresaca los mejores trinos a su guitarra, la cual debe estar agradecida por ser acariciada por esas manos. No me equivoco si tildo la actuación del tocaor como la mejor de la velada. Juan dice que es de ley cantar por levante, pues de allí le ha venido el premio, pero su dominio, conocimiento y tesitura en general, hacen imprescindibles estos aires en su repertorio. Para los tangos, con los que cierra su repertorio, cuenta con la voz de Curro y el baile de Jara Heredia. Unos pasos que rezuman Sacromonte y complicidad. Los coros de Antonia y Encarni Heredia son tan sorprendentes como agradecidos.

Antes de marcharse, en forma de bises al natural, llegaron un poquito más de tangos y cuplé por bulerías, acompañado de una graciosa pataílla.

Abadejo con gambas y pimientos rojos

Abadejo con gambas y pimientos rojos

Los gustos populares andalusíes pasaban por preferir los pescados grandes, grasos, de textura similar a la carne, sin espinas y aderezados de tal forma que solapasen su olor y su sabor a mar. Incluso, en las casas de comidas de Granada y sus alrededores, tratarían al pescado como si otro tipo de carne se tratara, conocida como carne blanca. Denominación que se extendería hasta bien comenzado el siglo XVIII.

De entre las especies escogidas por los habitantes de al Andalus se encontraba el abadejo, o bacalao, que se preparaba fileteado y cocido en su propio jugo. Como guarnición, estos filetes del mar, nadaban entre gambitas ya limpias de las costas granadinas, almejas de Torrox o puntas de calamar.

Para enriquecer el contraste y la textura de este plato, era dable acompañarlo con una ensalada de pimientos rojos, que además ayudaba a estimular las secreciones gástricas.

* TEXTO perteneciente a: "Anecdotario apócrifo de recetas andalusíes".

El mañana se aleja si descalzo madrugas

El mañana se aleja si descalzo madrugas.
Lo que nos viene fresco más tarde habrá pasado.
Me gustaría viajar ligero de equipaje,
caminaré tan sólo mirando hacia adelante
nunca amaré demasiado el lastre de las cosas,
que mi sombra me siga con los sueños de ayer.

* Pequeños poemas para salir de casa, dentro de la iniciativa "Cuaversos de bitácora".

Evidencias

Evidencias

Ya hablé en este mismo foro de un buzón, que no tiene otra finalidad que la de ser buzón, donde se echan y se recogen las cartas, que, sin embargo, pone bajo su evidente abertura la palabra "Buzón", así, con todas las letras, para que no haya error o para ocultar un vacío tan diáfano.

En una cancela, yendo por el campo, un cartel reza: "Cuidado con el perro", aunque no hace falta la advertencia, pues un enorme can de presa te saluda con cara de hambre detrás de sus colmillos y te ladra si te acercas demasiado y, si te fijas, tiene los ojos rojos y el rabo cortado.

María la Coneja, presentando en un festival a Luis Mariano, que iba con ella de guitarrista, dijo que la había acompañado por todos sitios, "en el extranjero y fuera del extranjero".

Ayer, en el trabajo, un cliente comentó que su negocio estaba abierto las veinticuatro horas y, añadió, para aclarar o darle mayor importancia: "de día y de noche".

En mi tierra se emplea sin ningún pudor la redundancia de bajar para abajo o subir para arriba. Al igual que se exclama: "veremos a ver".

Rafaela Gómez, despegue en solitario

Rafaela Gómez, despegue en solitario

Patrimonio Flamenco

A ver. El éxito de La Chumbera, además de estar situada en el barrio emblemático, gitano y flamenco del Sacromonte, es indiscutiblemente su precio popular. Los artistas que pasan por su escenario puede que no sean de primera fila, o puede que todavía no sean de primera fila, pero están llenos de verdad, acuden a darlo el todo por el todo. Ya teníamos ganas de escuchar a Rafaela Gómez en solitario, defendiendo todo un recital sin que se advirtiera en demasía su especial característica, que es la del cante atrás. Rafaela pasa por ser una de nuestras mejores exponentes para cantar y jalear el baile. Algunas incursiones, no todas afortunadas, ha tenido cantando a boca de escenario. Incluso como protagonista. Pero quizá es la primera vez que toma conciencia de una soledad anhelada y sube al carro del cante por derecho. El aprobado es alto. Sin embargo, algún contratiempo se evidencia. En primer lugar, Manuel Fernández, a la guitarra, no le va a la zaga. Rafaela no necesita un guitarrista por bueno que sea, como demostró en la taranta que tocó en solitario y en algunas falsetas en las bulerías y en los tangos. Lo que esta cantaora necesita, corredora de fondo donde las haya, es un tocaor o dos tocaores con empuje, que les hierva la sangre como a ella y que le den pie a mantener sin merma su fiesta particular. El cajón de El Moreno, dentro de su excelencia, se imponía más de lo necesario, quizá por esa carencia de sonanta.

Rafaela entra con un martinete a viva voz, sin micrófono, donde expone sus condiciones. Está más moderada que de costumbre, lo cual se agradece. No fuerza la voz. Espera que el pellizco la desgarre. Es 22 de noviembre, día de los gitanos andaluces, y, aunque ya tuvieron su festival en este mismo escenario hace unos días, la actuación de esta familia gitana sirve de homenaje. La madurez artística se comienza a entrever cuando se entona por levante y en los fandangos de Huelva y en los tangos de Granada, que son auténticos tangos del Camino, y no como en otros cantaores que su fallido intento se acerca más a los tangos de Málaga, e incluso a los de Triana y Cádiz, que a los de la tierra. Lástima que la guitarra fuera tan sólo un bosquejo.

Una grata sorpresa, como remate final, fue contemplar a Benjamín Santiago El Moreno abordando un baile completo. Ya lo habíamos visto en ocasiones anteriores dar sus acertadas pataíllas por bulerías, pero es la primera vez que actúa como bailaor oficial. Su baile es autodidacta e inteligente, aunque a veces deslavazado. Como buen percusionista, está sobrado de compás. Tanto tiempo acompañando a los bailaores, ha cogido un poquito de cada uno y, con sus facultades personales, hace agradable las alegrías y bulerías con las que acaban. No le vendría mal a este joven bailaor buscarse maestros, pues parte con una buena base.

* La sala La Chumbera se llama así por razones evidentes. Estas plantas crecen por todo el Sacromonte. Los tangos de Graná son también conocidos como tangos del Camino, tangos de la penca o tangos de la pita (que son dos sinónimos de chumbera). Una gran representante de nuestros tangos es Marina Heredia, sin discusión.

La calle herida

La calle herida

Como quien busca la vena propicia para extraer sangre, como si siempre dieran con el mismo vaso venéreo, junto a mi casa, por el camino que me lleva y me trae del trabajo, una misma calle siempre se abre en canal para meter no sé qué tubos, no sé qué cables, que ya van cuatro incisiones en el mismo carril en poco menos de tres meses.

Es una calle reciente, como todas las que me rodean, que no ha mucho era un descampado. Una calle más ancha que las demás. Se diría una vía principal dentro de la limitada periferia.

Aristóteles es su nombre, e ignoro si la han inaugurado oficialmente. Lo que sí sé es que las casas unifamiliares, adosadas (¿adobadas?), que la orillan ya están habitadas y ella, la calle, perfectamente asfaltada, arcenada y acerada, con sus peraltes, sus líneas continuas y discontinuas y sus pasos de peatones, donde rodaban felices y despreocupados vehículos de todas las clases ajenos a las prospecciones venideras.

El caso es que, una vez sellada y en pleno funcionamiento, se abrió de nuevo. Desviaron el tráfico y los peatones con flechas, señales y vallas. A los días se volvió a cerrar, dejando en evidencia sus cicatrices, parches en el asfalto, badenes involuntarios. Para volverla a abrir y después otra vez cerrar. Y otra más. Y ahora que ha sido levantada esta semana, para el metro, creo.

No esta mal que se mejoren las infraestructuras. Pero dentro de un orden. ¿Es que no se puede meter la luz, el agua, el teléfono, la fibra óptica, el alcantarillado, las minas antipersona y las toperas en una misma acometida? Es como quien se acuesta y se levanta para miccionar y se acuesta de nuevo y se levanta para lavarse las manos y se acuesta y se levanta para comer algo y se acuesta y se levanta para lavarse los dientes...

No sé quién ni dónde proponía hacer unos pasadizos debajo de las calles, una especie de cloaca máxima que, en forma reticular, recorriera la ciudad entera. Unos pasillos, no muy grandes, a manera de catacumbas, con puertas estratégicas que permitieran su entrada, para evitar los trastornos de las obras.

Bien señalizados, con planos, iluminación y ventilación, estos corredores facilitarían toda clase de incursiones en el subsuelo sin tener que intervenir, sin necesidad de horadar, sin las molestias de circulación, medioambientales y estéticas que suponen estas actuaciones. Sin contar el derroche de dinero que presiento que pagaremos todos los contribuyentes (aunque si es por dar cuartelillo a los obreros en estos tiempos de crisis, tendríamos que repensarlo).