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Mis cinco minutos

Mis cinco minutos

A las ocho menos diez apagué el ordenador y me dirigí al cuadro de luces.

Por el camino fui apagando luces y parando algunos electrodomésticos, como la lavadora o la secadora, en pleno funcionamiento.

Cogí el móvil que tiene una breve luz, lo suficiente para no rodar escaleras abajo y para ver la hora en el mismo aparato.

Y a las menos cinco (21:55) bajé el interruptor general.

Todo a oscuras, todo en silencio, aunque mis vecinos tenían luces (qué pocas luces).

Pasé los cinco minutos hablando con una amiga con un teléfono analógico que aún me queda en casa.

Sólo queda esperar a mañana y la repercusión que han tenido estas tinieblas anunciadas (como la crónica de Gabo).

Otros cinco minutos a oscuras

Otros cinco minutos a oscuras

¿Nuestro planeta Tierra tiene los días contados? Lo que sí está claro es que la vida del globo es finita, terminará agotándose, y el hombre, con su irresponsabilidad está acelerando este proceso.

Desde hace tiempo, el compromiso de muchos es manifiesto. No logran que haya menos agresiones, por desgracia, pero sí que las heridas sangren menos.

Para esta labor cicatrizante, para paliar nimiamente el dolor, para darle un respiro al planeta, desde Francia, como la vez pasada (febrero de 2007), se propone apagar todas las luces.

Si la respuesta es masiva, el ahorro energético puede ser brutal. Aunque en la edición anterior no fue tan secundada como se esperaba, lo verdaderamente interesante fue la iniciativa y el respaldo solidario de miles de personas en todo el mundo.

El apagón será mañana, día 23 de enero de 19:55 h. a 20:00 h., es decir, cinco minutos. Tan solo 5 minutos de compromiso.

Os recuerdo ese proverbio masai que dice que "la tierra no es un regalo de nuestros padres, sino un préstamo de nuestros hijos". Va por ellos.

Presentación de la revista Letra Clara

Presentación de la revista Letra Clara

En una hora algo problemática, a las 13h., en el Aula García Lorca de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada, mañana martes 22 de enero, se presentará oficialmente el número 20 de la revista de creación literaria "Letra Clara".

Son muchos números para una publicación de corte eminentemente cultural y sesuda, guiada exclusivamente por alumnos en activo, pero ahí seguimos (y por muchos años).

Esta presentación correrá a cargo del Vicedecano de Actividades Culturales, José Francisco Zúñiga junto a miembros del Consejo de Redacción de "Letra Clara" (intentaré estar presente, al menos como espectador).

Seguidamente se ofrecerá un lectura de poemas a cargo de los poetas que participan en esta entrega.

En este número han colaborado, entre otros, Jorge Alemán, Andrés Soria Olmedo, Javier Daulte, José Luis Chacón, Damián E. Bretones, Miguel Alarcos, Marga Blanco, Mª Jesús Campos, Ángel Campos Pámpano, Felipe Juaristi, Jorge Riechmann, Ana Becciu, Álvaro Salvador, José Ginés Olivares, Miguel d´Ors, Josep María Sala-Valldaura o Juan Ruiz Huertas.

Todavía somos monos

Todavía somos monos

Cuando vimos "El Planeta de los Simios" no reparamos en qué clase de monos eran los susodichos simios, ni falta que nos hacía para disfrutar con este clásico de la ciencia ficción (hay quien dice "ciencia afición"). Aunque, si lo pensamos, eran más bien gorilas o, como mucho, un híbrido entre chimpancé y gorila (amenazando algunas leyes de la evolución).

De hecho, se saltan una escala completa. O sea, el chimpancé esta mucho más evolucionado que el gorila. En realidad está más alejado de su primo peludo que del hombre (y no digamos que de la mujer).

Así, entre monos queda el juego. Monos son los babuinos y el tití, el orangután y el gorila, el chimpancé y el hombre.

Los monos sorprenden por su "inteligencia", por su memoria, por su capacidad de aprendizaje, por sus inclinaciones humanas.

Los hombres sorprenden, en cambio, por su bestialidad, por su salvajismo despiadado y gratuito, superando a los mismos animales.

El hombre desciende varios peldaños en la escala evolutiva cuando piensa con las tripas (o con algunos otros órganos lindantes con el vientre).

El mono es hombre cuando emplea instrumentos, cuando piensa lo que hace, cuando aprende y adivina usando la razón, que no es otra cosa que la consecución de la prueba y el error.

El hombre es simio, además de cuando come frutos secos, cuando emplea la violencia, cuando hace lo que piensa, cuando sigue el orate instinto de la sangre.

Es una pérdida de valores, de una ética social, es un relajo total que ha desembocado en el egoísmo más atroz.

Individualmente somos el centro del mundo, somos ombligo, aparte de nuestro bienestar personal, pocas cosas existen.

Todavía somos monos, demasiado monos.

Los noticiarios están llenos de actos violentos contra nuestros vecinos, contra nuestras familias, contra nuestra compañera, contra nuestros hijos.

Pan para hoy y hambre para mañana.

Por favor, digamos sí a la comunidad, a la globalidad, a la tolerancia, al mestizaje, a los demás, a los otros, a la diferencia.

La hija de mi jefe

La hija de mi jefe

Las pequeñas y medianas empresas son pequeños feudos y, si son familiares, se constituyen en verdaderos reinos de taifas donde señorean los empresarios y están a la orden del día la explotación, el chantaje, la ley del embudo, los trabajos forzados y el trato de favor.

Si en estas tierras campea por sus fueros la hija del jefe, ésta se erige en favorita del sultán. Un ser desmedido y caprichoso que gira donde sople el viento de su abanico y obtiene dádivas y beneplácitos con tan sólo una sonrisa, como si dijéramos por su bella cara.

(Aunque generalizo, estoy muy lejos de pensar que esta es la tónica entre todas las princesas. A veces éstas son poco agraciadas en el trato y soportan más que nadie el peso y las iras de su progenitor.)

Mi jefe se ha tomado unas pequeñas vacaciones y ha dejado oficiosamente al frente del negocio a su hija que, genéricamente, funciona de administrativa por haber optado como única candidata al puesto que graciosamente le tendía su padre.

Mi madre decía que lo peor eran los nuevos ricos. El rico de toda la vida es natural, diría que básico, pues está acostumbrado a tener dinero.

La hija de mi jefe, esa aspirante a rastacuero que a lo más que llegará es a mirarle los bigotes al ratón de cola, me recrimina a diario por una u otra razón. Me apremia en un trabajo que llevo metódicamente al día, por ejemplo.

Lo último fue que me dijo que me había despedido diez minutos antes de mi hora habitual de salida. No pude demostrar lo contrario ni anteponiendo mi escrupuloso sentido de la puntualidad. No pude comentarle que siempre entro antes de las nueve para que mi hora me encuentre ya sentado en el ordenador. No pude convencerla de que no salgo a desayunar (lo que sí hace ella y gran parte de la plantilla), pues llego ya comido de casa. No pude insinuarle que, cuando el trabajo necesita un poco más de tiempo, no me miro la muñeca y la sirena me traspasa.

A partir de ese día, aguanto diez o quince minutos al fin de mi jornada y, cuando cojo el abrigo para irme, le pregunto la hora a "la hija del jefe" que me la dice a regañadientes.

Rosemarinus officinalis

Rosemarinus officinalis

Resulta que los estores de los ventanales de la cocina de mi casa, haciendo juego con el mantelito de la mesa del desayuno, están estampados con dibujos de plantas aromáticas y medicinales. Resulta que algunas de esas plantas tienen su nombre en latín en su base. Y resulta que siempre me fijo en ellos (cómo no mirarlos entre sorbo y sorbo de café). Pero, como son latines muy rebuscados y forman parte de la tela, no les hago mucho caso, como quien mira la espetera de útiles que apenas se utilizan (acaso para limpiarlos de vez en vez).

Pues llevo un tiempo fijándome con más detalle por si alguna de estas muestras de la floresta campestre soy capaz de identificarla. Y, efectivamente, algunas plantas me son familiares, por ejemplo el romero. Miro su nombre científico: rosemarinus officinalis. Lo vuelvo a mirar. Lo intento memorizar. Empleo algún método pnemotécnico (rosa-marino-oficina...). Hasta que me lo aprendo.

Ahora qué. Otro dato, probablemente inútil, que ocupa mi mente. Hasta que se me olvide.

Ya sé. Escribiré un post con ese título (aquí lo tenéis).

Diré no obstante algo más. Mi curiosidad va más allá. Miro el "Dioscórides renovado", que para eso lo tengo, un extraordinario tratado de botánica, y advierto:

1º Que conservo intacta una hermosa hoja de cannabis sativa (marihuana) precisamente entre las páginas que hablan de ella.

2º Que el nombre correcto del romero es rosmarinus officinalis.

3º Que el nombre se cree formado por ros (rocío) y marinus (marino), porque siendo el romero una planta mediterránea, que no suele alejarse mucho de las costas, su nombre, rosmarinus, venía a expresar esa característica.

4º Pero actualmente, los entendidos se inclinan a favor de otra explicación: ros, viene del griego 'rhops' y significa arbusto, y marinus, de 'myrinus', es decir, aroma.

5º Que es estimulante, antiespasmódico y ligeramente diurético. Los herbolarios levantinos lo recomiendan para "rebajar la sangre". Al exterior se emplea para combatir los dolores articulares, así como para tonificar el cuerpo fatigado por trabajos violentos o por haber andado mucho.

Así que ¡a tomar infusiones de romero!

Flamenco, poesía y sentimiento

Flamenco, poesía y sentimiento

A cuatro voces

No es chovinismo afirmar que Eva Yerbabuena es la mejor bailaora del momento, pues así lo considera la mayor parte de la crítica y de los aficionados de todo el mundo y así lo demuestra cada ver que la vemos bailar, en pequeñas dosis, como el buen perfume o el gran coñac.

Aunque no fuera un estreno, lo que se podría esperar de la jubilosa reapertura del Teatro Alhambra, el 27 de diciembre, después de tres años de paciente espera, el montaje “A cuatro voces” de Eva puede considerarse único e irrepetible, pues me consta, que cada vez que se expone esta obra al público, se presenta con diferencias manifiestas.

Así que, desde su estreno oficial en la Bienal de Flamenco de Sevilla de 2004, han mudado tanto los componentes de sus músicos como momentos determinados dentro de la obra. Por ejemplo, en Sevilla entre los cantaores se encontraban las inapreciables voces de Miguel Poveda y Segundo Falcón. No obstante, la entrega de Enrique Soto, de Rafael de Utrera y, sobre todo, de un Pepe de Pura realmente inspirado, han hecho que no se echara en falta ninguna otra voz de renombre. También cambia la idea de “Retrato”, la soleá final, que en la primera edición Eva se queda impasible mirando al público, y ahora felizmente la baila.

El espectáculo comienza antes si quiera de que el público ocupe sus asientos. La desnudez de una silla y unos zapatos de hombre, quizá demasiado grandes, son observados en silencio por una mujer lorquiana, vestida de negro, como en Bernarda o en Yerma. Una voz en off nos recuerda que apaguemos los móviles, una voz que forma parte del espectáculo –entendemos- cuando salpica estas advertencias con algunas frases poéticas.

Es la tónica de la obra, su leitmotiv. El flamenco se hace poesía a través de Miguel Hernández, Vicente Aleixandre, Blas de Otero y García Lorca y, con ellos, todo se hace simbolismo, sentimiento.  Suena al piano “Claro de luna” de Debussy, mientras Eva, en camisón blanco, aparece rodando al lado de la silla. Su primer baile es contemporáneo, muy lento. Termina metiéndose en uno de los zapatos y haciendo mutis arrastrando la silla. Es el momento del poeta de Orihuela.

Una serrana sirve para presentar al cuerpo de baile. Todos de riguroso negro. Yerbabuena aparece de rojo, aunque no menos trágica, cuando este cante se convierte en seguiriyas. Qué buen cante, que buena interpretación. Pepe de Pura se rompe, llora de verdad el drama de estas notas, que Eva borda como si no fuera de este mundo, con delicadeza y exactitud, imposibilidades sin esfuerzo, y una elegancia innata, una belleza intocable.

Aleixandre llega en forma de fandangos, sustituidos por fiesta, que abordan sólo los bailaores; y Blas de Otero por alegrías. Es el momento más flamenco de la velada. Eva con traje de volantes muestra todo su saber, su gracia, su autocontrol, su dominio sin igual. ¿Se puede bailar mejor?

Toda esta magia, sin embargo, es posible con el andamiaje sin igual de la música de Paco Jarana, verdadero conductor de los sueños de su musa.

Llega el otoño y con él Federico. Llueven hojas secas y una niña juega en el borde de una cama de flores donde descansa un hombre. Suena “Asesinato” de Lorca, con la música que le hiciera Juan Carlos Romero a Enrique Morente. El cantaor cruza las tablas y los barrenderos entierran sus pies en hojas, mientras un tablero ajedrezado se proyecta sobre el escenario. Es un juego de damas por tientos-tangos donde sólo pueden ganar las blancas.

Una coreografía extremadamente simbólica acaba con Eva, vestida de hombre, derrotada como el rey negro en un jaque sin escapatoria. Tremendos sus pasos en cámara lenta. Los mozos se la llevan a rastras, como a un toro.

Termina la obra con un silencio, el inmenso abismo de unos niños que leen en off un fragmento de Juicio Final de Blas de Otero. “Mientras haya en el mundo una palabra cualquiera, habrá poesía”.

Si la poesía fuera movimiento, sin duda el mejor soneto se llamaría Eva Yerbabuena.

* FOTO: Eva Yerbabuena, la artista de las mil caras

Propaganda otoñal

Propaganda otoñal

Una de las imágenes definitorias de la soledad, el desamparo y el abandono en el antiguo Oeste son esas grandes bolas vegetales rodando, por el polvo que las acompaña, a merced del viento y los postigos de las ventanas descontroladas golpeando sobre sus marcos desencajados.

La calle en la que se ubica mi casa (número 13) se parece a esos paisajes desérticos de las películas cuando el viento sopla.

El otoño ha acabado. Los árboles no tienen hojas ya con qué alfombrar el piso. Pero los folletos de propaganda (sin cosido de ningún tipo) siguen cayendo por fuera de los buzones, en las escaleras o en el puro suelo.

Basta un poquito de brisa, un empujoncito fresco, para que se liberen y corran libremente, asemejándose a esas plantas rodantes (tumbleweed), a esas bolas de paja que tanto tienen que ver con el descuido.

Toda la calle se empapela multicolor. Su limpieza es un poco inútil, porque al día siguiente vuelve a llover propaganda, ofertas imprescindibles (no sé cómo hemos estado media vida prescindiendo de ese aparato que, además de asequible, se puede pagar a plazos, para empezar su desembolso dentro de dos meses).

Ahora, cuando llueve, mi barrio es peor. Recuerda el taller de papel maché después de un largo día de infructuoso trabajo.

No se puede encasillar el flamenco

No se puede encasillar el flamenco

Cada vez suena más pacato el artículo del Estatuto de Autonomía de Andalucía en el que se recogen competencias exclusivas en materia de flamenco en nuestra Comunidad. Dicha reivindicación llega justo cuando el flamenco es más universal, cuando han desaparecido las posibles fronteras de un arte marginal, inculto y minoritario, cuando se reconocen sus valores y se respeta en todo el mundo.

Hace poco me escribía David Sorroche, cantaor de flamenco local, desde Estocolmo, diciéndome que allí el flamenco es de “categoría”, que algunos guitarristas suecos tienen un nivel envidiable.

La velada del sábado, 12 de enero, en la Peña Flamenca La Parra de Huétor Vega fue memorable, precisamente por una bailaora japonesa llamada Junko Hagiwara y por el selecto cuadro que le acompañaba.

No todas las noches en las peñas hay buen flamenco. Se procura que sí. Pero no siempre los artistas son de primera o no casan entre ellos o el día no le es propicio o se quedan cortos y no llegan o el ambiente no acompaña o… Pero cuando se dan las condiciones apropiadas, la peña se erige como el mejor sitio de todos para ver y escuchar flamenco.

Una noche completa, repito, es lo que pudimos disfrutar, donde la guitarra, el cante y el baile se dieron cita. Dividida en dos partes, a cada cual mejor. En la primera, comenzó Antonio Gámez, el guitarrista sevillano que acompaña actualmente a Ana Reverte, interpretando unos tarantos rematados por tangos. Miguel Rosendo, cantaor gaditano, nos cantó unas seguiriyas. Tanto el uno como el otro en un principio resultaron algo fríos y quebrados, aunque la calida esfericidad no tardaría en aparecer.

La primera entrega de la bailaora llegó en forma de soleá. Sus formas académicas, algo aprehendidas, se fueron dulcificando hasta alcanzar la finura, la elegancia y la gracia de las alegrías con las que remató la segunda parte.

En esta continuación, Gámez, nos regaló unas granaínas de buena factura, que acabaron por bulerías con acento sudamericano. Jeromo Segura, de la nueva hornada de cantaores onubenses, nos brindó unos tientos tangos cantados con mucho gusto y una tesitura a tener en cuenta. Su estilo armónico y reposado se complementa de maravilla con la voz rotunda y flamenquísima de Rosendo.

Con esta perfecta comunión de astros, disfrutamos las perfectas alegrías a las que he aludido anteriormente. Como fin de fiestas, siguiendo la especial tónica conseguida, todos los actuantes nos ofrecieron un poquito por bulerías, donde el tocaor se acordó de sus paisanos Raimundo Amador o Manuel Molina.

* FOTO: Junko Hagiwara 

Silencio

Silencio

Después de este largo silencio obligado, y antes de configurar totalmente mi nuevo equipo, he decidido introducir un pequeño post de bienvenida (de mi bienvenida, porque vosotros habréis estado al pie del cañón en todo este tiempo).

Quiero desearos, con el lógico retraso de quien vuelve al mundo, un inmejorable año nuevo. Al menos mejor que el que dejamos (aunque eso no es difícil).

Mi blog ha cambiado de aspecto un poquito, con la intención de comenzar a renovarme.

Por mi parte sigo con mis historias: mi niño, mi casa, el flamenco, el mundo que me rodea, el único que existe, el que me ha tocado vivir.

Y sigo con mi idea del slow. Saborear lentamente el mundo, los momentos. No intentar vivir cada minuto, sino que cada minuto que vivamos sea auténtico. Hoy comenzamos a contemplar la vida y mañana ya veremos.

Vindico la lentitud a la rapidez, la discreción a la estridencia, la quietud al movimiento, el silencio al ruido.

Shakespeare decía: prefiero ser rey de mis silencios que no esclavo de mis palabras.

Un proverbio árabe reza: si lo que vas a decir es más bello que el silencio, dilo.

IMAGEN: Leonarda (© Nono Guirado)

Paro informático

Hoy, viernes lluvioso, y sin que sirva de precedente, robo unos minutos al trabajo para anunciar que, por problemas informáticos, me veo obligado a echar la persiana a este blog durante unos días.

Son unas vacaciones obligadas, un paro informático, que, en contra del paro biológico, nada se retroalimenta, nada se recupera. Al contrario, dejaré varias ideas que mueran en mi olvido inmediato.

Quedan más cosas en el tintero que palabras vertidas.

Invertiré en esta Navidad en un nuevo equipo (aunque la pereza de ponerlo a punto es grande), esperando que para fin de año pueda aportar algunos deseos y buenas proposiciones para los nuevos días que comienzan.

Para gozar tu luz

Para gozar tu luz

Anoche estuve en La Tertulia, uno de los rincones culturales de Granada. Hacía años que no iba. En los 80 y los 90 era asiduo. Además, alguno de mis mejores amigos trabajó allí.

Siempre encontrabas a alguien. La noche en La Tertulia podía ser mágica.

Allí se han fraguado las obras de muchos de los poetas, de los artistas en general que hay en mi tierra.

Aprecio a su dueño Tato a pesar de todo. Me aprecia él a mí a pesar de todo. Nos respetamos y nos alegra encontrarnos.

Pero no quiero hablar de La Tertulia y su paisanaje (del cual escribí una fábula en su tiempo que puede que la refleje en este blog en algún momento). Tan sólo me voy a referir a su servicio, su aseo, su excusado...

Alguien (no sé yo quién es ni nadie lo sabe) escribió en la puerta del wc de la derecha un impresionante poema que ha superado con buena salud el paso de los años y las reformas del local.

Estas puertas se saneaban y se pintaban completamente menos el recuadrito que contenía el poema.

Ahora, con desilusión, comprobé que estas puertas se ha forrado íntegramente de corcho, ocultando uno de los callados distintivos de este local.

Sobre el corcho se ha reproducido el poema que ya está algo deteriorado. Mi desilusión fue grande. Sólo me consuela saber que debajo de la cubierta de alcornoque deben mantenerse impolutos los versos originales de puño y letra de ese autor anónimo, que en futuras y sabias reformas volverán a ver la luz.

Generaciones de usuarios tertulianos, no sólo habrán leído esa poesía, sino como yo se la sabrán de memoria.

Para gozar tu luz he dado muerte a la luz de mis ojos,

he parido aguijones como toros ansiosos,

he descendido al pozo de la oscura luna,

para gozar tu luz.

No tengo prisa

No tengo prisa

Quien me conoce sabe que soy lento. Soy tardo en todo menos en mi pensar, que no siempre lo alcanzo. Sé que todo llega (o no): Es decir, todo lo que tiene que llegar llegará, todo lo que tiene que ser será.

No es abandonarse a un destino predefinido, sino ajustarse al devenir de la vida, dejar que la historia marque los surcos, dejar que el viento, el sol y el agua, embellezcan las arrugas. Saborear los momentos. Sorber cada rayo de sol, cada gota de lluvia, cada mota de noche.

No hay mayor tontería que morirse pronto por haber aprovechado la vida.

Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar... escribía el poeta. No forcemos la máquina. Que cada paso justifique el anterior y apoye al siguiente. Seamos más felices con nuestras huellas que ya se han grabado en la arena que al vislumbrar la meta que nos espera.

Sabemos desde hace tiempo que el norte no es un punto sino una dirección. Avancemos pues sin anteojeras y tumbémonos en la hierba de vez en cuando, al pie de un sicomoro. Vindiquemos la vida contemplativa. Se contaba de un vago que madrugaba para estar más tiempo sin hacer nada.

Hay suficiente metafísica en no pensar en nada, decía Caeiro.

No digo que perdamos el tiempo (que puede rozar el pecado), sino saborear el tiempo que es nuestro; parar la maquinaria; hacer huelga de brazos caídos; y contemplar las formas de las olas y las nubes. No hablar, no ver la tele, por supuesto, ni siquiera leer, sólo mirar por la ventanilla al paisaje que pasa y, cuando lleguemos a la última estación, comprar el billete de vuelta. Es como ponerse un día a fruta.

Un error común son las necesidades ficticias. La pirámide de Maslow se ensancha en nuestro primer mundo y sigue engordando a medida que cumplimos años, a medida que nuestro poder adquisitivo aumenta. Ya no trabajamos para vivir, vivimos para trabajar. Porque una cosa es nivel de vida y otra calidad de vida y otra intensidad de vida y otra autenticidad de vida.

Un Festival a la deriva

Un Festival a la deriva

VIII Festival de Otoño de Granada

Encuentros Flamencos 

Granada siempre ha sido una madre difícil para sus hijos. Una madre, por un lado protectora, y por el otro esquiva. Sus hijos a veces nadan contra corriente. El tremendo celo de una y otros hacen que cualquier iniciativa, si no hace agua, sea incierta su flotabilidad. Hace falta el aplauso exterior para convencernos. La cultura así, por desgracia, es más exógena que la que espontáneamente nace intramuros.

El Festival de Otoño de Granada nació en 1999 con unos objetivos muy concretos. Se celebraba en el último mes del año, cuando los circuitos nacionales de flamenco están en barbecho, así cubría un hueco en un tiempo de sequía e, indirectamente, se convertiría en un referente a tener en cuenta en el calendario andaluz de flamenco. Todo esto, no obstante, habría que reforzarlo con unos contenidos de calidad. En segundo lugar, venía a constituir una oferta más dentro del panorama turístico granadino, coincidiendo con el puente de la Inmaculada-Constitución y, más o menos, con la inauguración de la temporada de esquí. En tercer lugar, y no por citarlo lo último es menos importante, acaso más, es la promoción de la cantera flamenca de nuestra tierra, que, a finales de los 90 se vislumbraba como una de las más importantes de Andalucía, y hoy por hoy, junto con Jerez, Granada es la provincia que más tiene que decir con respecto al flamenco. Hay que aprovechar la coyuntura.

Como subtítulo de este festival rezaba “Encuentros Flamencos”, con lo que se pretendía, durante esa semana, dar cita sobre el escenario una pareja de artistas dispares o no tanto, que presentaran al público dos formas de sentir el flamenco o la misma forma desde distintos puntos de vista. A veces era un flamenco local con otro de fuera, a veces era cante y guitarra, a veces dos bailaores. Por el teatro Isabel la Católica han pasado artistas de la talla de Chano Lobato, Chocolate, Calixto Sánchez, José Menese, Manuela Carrasco, Maite Martín, Miguel Poveda, Marina Heredia, Esperanza Fernández, Eva Yerbabuena, Estrella Morente, Gerardo Núñez… cumpliendo de sobra sus objetivos. Hasta que en el año 2005 cambió la organización de estos Encuentros. En el Ayuntamiento mudó el Concejal de Cultura y el Teatro de la Zambra fue sustituido por la productora Flamenkito.com. El Festival fue decayendo en calidad, pero sobre todo en espíritu.

El fin de semana pasado acabaron los encuentros flamencos de este año, en el que ha habido ofertas puntuales a determinados artistas o montajes (tan sólo cuatro). Se ha reducido el número de artistas y actuaciones. Ha desaparecido toda la coherencia. No ha habido organizador realmente. En cambio, se ha dado paso al “yo me lo guiso y yo me lo como”, o se lo comen los granadinos, que se lo tragan todo, que están faltos de flamenco, que son incondicionales.

Se echa de menos un festival flamenco importante, con clase, a la medida de sus artistas, a la medida de sus vecinos. Se echa en falta un encuentro real entre los flamencos, con un perfil claro, para hacer de ese festival un referente distinto y necesario en el panorama nacional. Hace falta que ese festival vaya creciendo en calidad y estilo y no siga este ritmo involutivo. Hace falta, por último, un festival con que nos sintamos orgullosos los granadinos y que respalde objetivamente a los flamencos de la tierra.

¿No hay nadie que pueda coger este testigo? ¿O seguiremos viendo un festival a la deriva hasta naufragar completamente?

Contar hasta diez

Contar hasta diez

La propuesta que voy a hacer es como poco una aventura. Es un atrevimiento porque, convencido de su buena energía, no sé si yo mismo seré capaz de emprender ese camino. Además, hacerlo extensivo a un limitado número de internautas que me visitan (muchos de ellos por error), se me presenta inane y sin fuerza alguna.

De todos modos, voy a ello. Alejo Carpentier dijo en El siglo de las luces: "la revolución no se piensa, se hace". Así voy a lanzar un reto que puede parecer un paso atrás, la eyaculación interrumpida que siempre nos deja un sabor agridulce. No pretendo convencer, tal vez, quizá unicamente, ordenar algunas ideas, una intuición sauróctona que tengo desde siempre.

Todo se reduce simplemente a frenar la vida. Ser consciente de los días, con sus horas y sus minutos. Ralentizar nuestros pasos, nuestros movimientos y aun nuestros latidos. Quizá los reptiles vivan tanto por su parsimonioso respirar.

Una de las más bellas baladas del rock español es La noche en que la luna salió tarde, de 0'91. Comienza diciendo: "Me tumbé en el suelo sólo para oír crecer la hierba". Es un pensamiento budista. Puro zen. Es donde quiero ir a parar. Lü Yen decía a sus seguidores: "Si piensas en el pasado, tu yo antiguo no morirá. Si piensas en el futuro, el camino parece largo y difícil de recorrer".

Mi primo, Enrique Ortiz, publicó un libro de poesía intitulado Descubrimiento de la lentitud. Siempre me ha gustado, siempre lo he hecho mío.

Ahora, por lo visto, hay un movimiento social, nacido en Estados Unidos, que predican el "slow" (lento). Pararse, pasear, no hacer nada, huir de la prisa, del estrés, de la ansiedad, el infarto.

María, acostumbrada al ritmo de Madrid, me decía que Granada era una ciudad lenta. Puede que sí. Estamos más cerca del trópico. Estamos al lado de África. Allí el concepto del tiempo es distinto, relativo, se dilata hasta límites insoportables. Kapuscinski, imprescindible viajero, comentaba en Ébano que se pasó un día subido en un autobús en Etiopía, creo recordar, sin que éste arrancara, cuando le preguntó al conductor que cuándo partiría, le dijo sin ningún complejo que cuando estuviera lleno.

Es difícil en nuestra época. Es difícil con el ritmo de las ciudades, con el costo de la vida, con las ofertas continuas, con los trenes que pasan... Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente, se dice por estas tierras. Habría que preguntarse si no es mejor dejarse arrastrar, contar hasta diez, darle más protagonismo al azar, tirar los dados, ya que Dios no juega.

Con olor a Navidad

Con olor a Navidad

Uno de los valores indiscutibles de Juan Andrés Maya es su carácter gremial. Cuando algo organiza o tiene cualquier oportunidad, no duda en dar cuartel e incluso protagonismo a los que le rodean. Así, “El Nacimiento” es una obra coral, que reúne a los Maya y a sus allegados, que son bastantes. La historia es tan antigua y familiar que sorprende el tópico y el anacronismo, a veces. Para hablar del nacimiento de Cristo no hay que montar un belén.

Esta obra llega después de “La Pasión”. Es más ligera y digerible. Puede que haya alguna parte más el próximo año. Todo apunta a una trilogía.

Las seguiriyas que dan comienzo al espectáculo, con los Magos bailando, impondrán la tónica de la función. Así, todos los remates son similares. Se abusa del compás por seguiriyas. Destacaremos a lo largo de la velada el baile de Moisés Navarro y de Raimundo Benítez. Otra característica a la que nos tiene acostumbrados Juan Andrés es a las voces femeninas, casi exclusivas en sus coreografías. Quizá sea casualidad.

Toda la compañía se presenta con fandangos de Huelva que pasan a ser tarantos de alabanza grupal. Iván Vargas y Alba Heredia, en los papeles de José y María, entran en escena con una balada flamenca con la letra de “Contigo” de Joaquín Sabina. Una apuesta de futuro. Cuando “María” se queda sola, escucha la voz en off de Dios anunciándole que ha sido concebida por su gracia.

Ahora se presenta Herodes (Juan Andrés), acodado en el triclinio comiendo uvas y haciendo bailar a los esclavos (Agustín Barajas y Anabel Moreno), con profuso baquetear de tambores y sonidos árabes. Finalmente, una toná acentúa su carácter.

Raquel Heredia baila unas alegrías con arte y Alba le responde. Ya no se distingue el baile de esta niña con el sus mayores. La soleá por bulerías del “carpintero” acentúa su angustia. Y un zapateado de todo el grupo da pie a otra intervención divina para decirle al bueno de José que su compañera encinta sigue virgen.

Antes de que se derrita el pastel, se le añade otra dosis de nata. Suena una alboreá y se celebra la boda. La fiesta continúa con lo que para un servidor fue el momento más auténtico de la velada, el baile por jaleos de Anabel y el de Jara Heredia.

Un llanto de niño clama al cielo. Herodes enloquece por soleares y ordena la matanza de los inocentes mientras suena un martinete. Para finalizar un espectáculo demasiado largo, todo el grupo se despide con una canción de culto, de vida y esperanza, muy a la manera de este bailaor y coreógrafo, y se marchan por el fondo del patio de butacas entre el público que aplaude en pie.

Manolete, poemas en el aire

Manolete, poemas en el aire

Es increíble la buena forma, las buenas maneras, que mantiene Manolete. Parece que vuele en el escenario. Con esa delicadeza y aparente sencillez que sólo trasmiten los grandes. Es inútil, no obstante, que busquemos la energía de siempre, la flexibilidad de antaño, el equilibrio perfecto. Pero en cambio ha ganado en presencia y carisma.

Manolete se presenta con un numeroso cuadro de flamencos de renombre. El sonido impecable; los músicos en su sitio, aunque el chelo desafinara en ocasiones; el cuerpo de baile, sin embargo, dejaba mucho que desear, su descoordinación e inseguridad desvanecían la magia del maestro.

Unos fandangos de Huelva, aderezados con otras músicas, sirven de presentación a los actuantes y preludio a las seguiriyas, con martinete, que se marca el bailaor granadino. Un bastón y una silla ayudan a desperezarse, recordando su trayectoria, sus comienzos, sus más aplaudidas creaciones. En el patio, lo reciben con vítores; lo observan con oles, admiración y respeto; lo despiden con emocionada ovación. Estas seguiriyas las remata el cuadro de baile. Cuando no está perfectamente marcado, el baile es preferible que sea individual.

A continuación, otra obra maestra en forma de farruca, instrumental solamente, donde Manolete flota en el escenario. Su braceo, su juego de pies, seguro, reposado, sin emergencia alguna, hacen de él un modelo a seguir, un baile a mantener como se protege un monumento o un parque natural. Da alegría pensar que la “Furia Maya” comienza mucho después. El espectáculo del artista sacromontano es flamenco, sólo flamenco, puro flamenco. No se va por las ramas de una fusión dudosa (¿confusión?) de una vanguardia mal entendida. La novedad estriba en el momento en que se hacen las cosas, en la frescura con que se retoma el pasado, en la honestidad con que se baila, y no necesariamente en quebrar unos moldes que, la mayoría de las veces, mejor es dejarlos como están.

El chelo, impreciso, introduce unas bulerías que bailan a dos e individualmente Pol Vaquero y David Paniagua. Bulerías que culmina el maestro sentado en una silla con las guitarras sordas y el compás a su lado. Coda que da pie a las cantiñas. Las alegrías son otra lección de buen gusto, estilo y control. Claramente se demuestra cómo el baile manda en la escena. El bailaor dirige y todos están a su servicio. No siempre pasa eso. Estos aires de Cádiz son respondidos por el resto de los bailaores.

Como regalo final, un pequeño dulce, unos pasitos de baile de toda la compañía, que, en unos segundos, nos ofrecen una flor.

*FOTO: Manolete (© Paco Sánchez)

No sólo bulerías se oyen en la Frontera

No sólo bulerías se oyen en la Frontera

Son de la Frontera, los únicos invitados foráneos de Granada en este Festival de Otoño, es un grupo innovador en el flamenco sin apartarse de la más estricta tradición. Enriquecen las músicas que se hacen en sus casas, en su Morón natal, la música que llevan en su corazón, con la influencia de otras músicas y otros instrumentos, en concreto el tres cubano, que dialoga con la guitarra flamenca, dándole una nueva dimensión. El tres, para entendernos, es un instrumento cubano, hijo de la guitarra española, con tres de sus cuerdas dobles, que se toca con una púa de carey, y suena más agudo. Así, Raúl Rodríguez, va alternando la guitarra con este tres cubano logrando sonidos de  gran perfección y sumo gusto. El otro guitarrista del grupo es Paco de Amparo, tocaor de oficio y sobrino-nieto de Diego del Gastor, verdadero maestro de la formación y autor de la esencia de sus temas.

Es un grupo eminentemente musical, donde el cante y el baile están al servicio del sonido. Y su espectáculo “Cal”, homónimo de su segundo disco, por el que en 2006 ganaron el premio “Flamenco Hoy” por la crítica especializada al mejor álbum instrumental, representa, en palabras de Raúl, “la cal de Morón que ilumina toda Andalucía”. El cante de Moi de Morón y el baile de Pepe Torres y de Manuel Flores y el compás de todos ellos, demuestra el híbrido poderío de los flamencos de occidente.

Los de la Frontera son una agrupación festera que tienen como seña de identidad la bulería que se escucha por su tierra. Pero no sólo ofrecen bulerías. La noche del jueves, en el teatro Isabel la Católica, después de la presentación por fiesta esperada, se asomaron a Cádiz, haciendo tanguillos y alegrías, sonaron aires de levante con influencias caribeñas, vinieron a Granada, interpretando “Arabesco”, una zambra con sus lógicos sonidos moros, una de sus piezas más aplaudidas, y se fueron a La Habana, versionando ese son cubano que dice “kikiribu mandinga” (“La negra Tomasa”) de quien también hizo uso Chano Lobato.

Entre medias, una extensa soleá, bailada con arte y compás, pero sin pellizcar profundo, por Pepe Torres, tuvo una acogida tan grande como inexplicable. Para finalizar se acordaron de “los viejos maestros”, de Fernanda de Utrera, además de Diego, e hicieron bulerías. Y, por último, “La bulería de la cal” la que da nombre a toda la estructura.

Son de la Frontera han estado nominados este año a los Premios Grammy latinos.

La Moneta, una bailaora rotunda

La Moneta, una bailaora rotunda

De entre la luna y los hombres 

Nos quedamos con la rotundidad y exactitud del baile de Fuensanta La Moneta; con su frescura y entrega apasionada; completa, sin fisuras. En cuanto a la obra, de tan íntima y simbólica se pierde a veces en las entretelas de lo enigmático. De principio a fin, la bailaora ocupa el escenario, salvo un momento de vídeo casi al final de la función, sin dejar de bailar, sin dejar de trasmitir.

“De entre la luna y los hombres” es el título de un poema, que se canta por tarantas, adaptado de Teresa Gómez, que pretende resumir el sentido de todo el espectáculo. Una mujer con ella misma, y con sus sueños. Una mujer normal, una ama de casa con su camisón y su bata recogiendo una colada de sábanas blancas y pensando cómo sería su vida en otras circunstancias, con otras oportunidades. Y ella es la reina, es un hombre, una mujer de la vida… Todo ello conducido a través de la música cuidada de Miguel Iglesias y con las letras de Teresa y Ángeles Mora, adaptadas para la ocasión por Eva Durán, cantaora en escena, con su voz dura y delicada. La dirección recae en Hansel Cereza, uno de los creadores de “La Fura dels Baus”, una apuesta segura. Raúl Comba, como productor y guionista, parece que quería decir más de lo que dice en realidad.

Comienza el espectáculo con Fuensanta entre sus trapos, quieta, cuando su imaginación comienza a desbordarse, mientras se escucha en off a Jaime el Parrón cantando a capela la vindicativa bulería de Luis de la Pica. Esas bulerías que grabara su hija, Marina Heredia, en su primer disco y uno de los temas que ha superado más íntegramente el paso del tiempo. La Moneta aborda sus primeros pasos descalza y con el camisón blanco, que sólo le abandonará en dos ocasiones. Con un soneto de Ángeles, tocado por malagueñas, comienzan las fantasías de esa mujer, que se calza con las generosas rondeñas y jaberas. Esa es una característica de toda la obra: los momentos se alargan en demasía, los actos no sorprenden de tan repetidos. Aunque la parquedad del escenario, la etérea penumbra y el blanco permanente, que incide en la propuesta onírica, que hasta los músicos parecen flotar en la nebulosa de los sueños, le imprimen a la función un marchamo de desnuda autenticidad.

El sueño se alegra con una guajira bailada con abanico y con gracia. Guajira que volverá más adelante, recordándonos el carácter cíclico de nuestras ensoñaciones. Como también regresará la taranta que le da nombre al espectáculo, cantada por Eva o solas en la boca del escenario. Es el tiempo necesario para que Fuensanta aparezca vestida de hombre, con traje de pantalón y chaqueta muy corta, que, cómo no, interpreta una farruca. Quisiera ser hombre sin dejar de ser mujer, quisiera ser libre sin dejar de ser mujer, “Escucha mi deseo”.

Un solo de percusión da paso en ese momento a una coreografía virtual, donde aparecen dos imágenes proyectadas de La Moneta a ambos lados del escenario, donde se concentra todo el sentido de la obra. Las dos sentadas. En un extremo aparece una mujer inmóvil, achantada, hundida en su condición. En el otro, la misma mujer que quiere volar. Se levanta y zapatea. Quiere llamar la atención a su otra yo, pasiva y sumisa. Finalmente aparece la mujer real que sufre con la lucha de su conciencia.

Pero el sueño sigue. La fantasía llega en forma de soleá y bulerías con una falda improvisada que se anuda a la cintura. Una de sus mejores entregas, igualada tan sólo por la seguiriya final. Un paño rojo que cae a la izquierda del escenario durante todo es espectáculo, ahora cobra protagonismo. Posiblemente viene a simbolizar el estigma que acompaña a toda mujer desde su nacimiento. De él surge Fuensanta, con una bata de cola del mismo rojo de su tormento, reencontrándose consigo misma, bailando las seguiriyas que nos desarman como “Flor que se abre como una loba”.

El fin es la mujer de rojo y, a sus espaldas, tres imágenes de ella misma proyectada viéndose en el abismo de su ropa recién recogida. El espectáculo ha terminado, pero el sueño se multiplica.

*FOTO (© Nono Guirado)

Durmiendo con su enemigo

Durmiendo con su enemigo

Fernando Pessoa escribía a principios de siglo (¿1912?): Senhor, protegeme e amparame. Dáme que eu me sinta teu. Senhor, livrame de mim.

Tengo una amiga que duerme con una máscara de cuero porque se agrede mientras duerme. Amanecía con arañazos y marcas de uñas de su propia mano. Tuvo que hacerse con una máscara de cuero, tipo Hannibal Lecter, por recomendación psiquiátrica, me imagino.

Sin llegar a esos extremos, muchas veces somos nosotros mismos los que menos nos queremos. No nos cuidamos como deberíamos. Nos infravaloramos sin razón.

Una de las particularidades del éxito es estar en paz consigo mismo, ser consciente de nuestras posibilidades, estar orgullosos de nuestra persona.

Walt Whitman escribía en su eterno Hojas de hierba: "Estoy enamorado de mí, hay tantas cosas en mí que son tan deliciosas". Y Baudelaire sentenciaba: "Hay que ser sublime sin interrupción".

Es difícil, no obstante, querernos después de un revés, tras un fracaso, en la caída. Sobre todo si contemplamos la felicidad a nuestro alrededor, el éxito ajeno, la sonrisa permanente, participaciones de la perfección.

Pero, pensemos, quién nos va a querer si nosotros no nos queremos, quién será nuestro amigo si nosotros mismos somos nuestro enemigo.

Hay razones para la tristeza. Hay razones para la felicidad. Pero, nos guste o no, lo único cierto es que vamos a seguir conviviendo con nosotros el resto de nuestra vida.

(También está la cirugía estética).

(¿Y si probamos la cirugía espiritual y nos ahorramos el quirófano y una pasta importante para darnos un homenaje estas fiestas?).