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El ojo de Eva

El ojo de Eva

Flamenco Viene del Sur. Unión 

Sobre el escenario del teatro Alhambra se alzan tres personalidades que muy bien pueden representar la actualidad del flamenco. Dos de ellos, el cantaor Jeromo Segura y el bailaor Eduardo Guerrero, han sido ganadores del concurso de la Unión de este pasado año; el tercero es el guitarrista Salvador Gutiérrez, está relacionado directamente con ellos, porque los tres han formado parte de la compañía de Eva Yerbabuena.

Tanto a Salvador como a Jeromo los hemos visto bastante a menudo a lidiar en las plazas granadinas, con resultados más que notables. La sorpresa de la noche (28 de abril) fue el bailaor gaditano.

La velada fue dinámica, a pesar de los sesudos planteamientos. Proviniendo de la Unión se esperaba un espectáculo más cerrado y ortodoxo. Y, aunque hubo tres incursiones en la mina, no les faltó color.

La guitarra de Salvador no tuvo fisuras. Puedo afirmar incluso que, en algunos momentos, fue lo más granado sobre el escenario. Jeromo sólo estuvo correcto. Correcto sobre todo porque lo hemos visto romperse en otras ocasiones y anudarnos la garganta con su quejío. No obstante, el onubense es un cantaor de atrás que, gracias a este premio y otras oportunidades, se está lanzando a boca de escenario con merecido aplauso. A destacar por soleá y por Huelva, aparte de la bondadosa apuesta del cuplé.

Eduardo Guerrero, por su parte es un bailaor con garra y estilo. Muy femenino en sus formas, aunque más bien quebrado que redondo, y con una vena contemporánea que nos puede recordar a Belén Maya o a Israel. Bailaor completo, técnico y sensible, pero algo bastante exagerado.

* Eduardo Guerrero (foto sacada de su twitter).

Dudas razonables

Dudas razonables

No sólo la duda es razonable, sino, para algunas cuestiones, lo más razonable es dudar. René Descartes, en el siglo XVII, fundamentó todo su aparato filosófico partiendo de la duda.

Descartes era escéptico, o sea, incrédulo. Dudaba. De lo único que no podía dudar es de que dudaba. En la duda halló una verdad imbatible.

Igualmente, Oscar Wilde, en El retrato de Dorian Gray, reflexiona: “El escepticismo es el principio de la fe”. “Porque escéptico no quiere decir el que duda, aclara Miguel de Unamuno, en Mi religión, sino el que investiga o rebusca, por oposición al que afirma y cree haber hallado. Hay quien escudriña un problema y hay quien nos da una fórmula, acertada o no, como solución de él”.

Redundando en el mismo tema, hay un proverbio español que dice “De las cosas más seguras, la más segura es dudar”, como que lo más seguro de la vida es la muerte.

Me produce cierta ‘desconfianza’ la persona que está segura de todo, la que tiene planeada su vida de principio a fin, la mente preclara del iluminado. En cierto sentido, la vida hay que improvisarla. Tenemos que estar preparados a lo qué venga simplemente porque no sabemos lo que vendrá.

Gao Xingjian, en La Montaña del Alma, dicta que “no tener una meta es también tener una meta, y el hecho de buscar es también un objetivo, cualquiera que sea el objeto de la búsqueda. Y la vida misma, no tiene, en principio, ninguna finalidad, basta con seguir adelante, eso es todo”.

Remedando el lema del campo de concentración de Duchau (no su ironía) podríamos decir que la duda nos hará libres, como afirma Cunqueiro (Un hombre que se parecía a Orestes): “Un hombre que duda es un hombre libre, y el dudoso llega a ser poético soñador, por la necesidad espiritual de certezas”.

Para Chesterton el budismo no es una religión, sino una duda (El hombre que fue jueves). Así, ¿puede haber una religión escéptica o incluso agnóstica? ¿Puede una doctrina fehaciente atentar contra sí misma, contra el entendimiento humano toda noción de lo absoluto? Quizá sea la cuestión. Creo porque soy libre de creer o no creer. Pienso que algo existe más allá, porque pienso que más allá puede no haber nada.

“Lo infinito es, por definición (lo dice Gore Vidal en su inmensa novela Creación), no sólo aquello que no es todavía, sino lo que no será nunca todavía”.

También es razonable quien opina lo contrario, como Flaubert: “La duda es la muerte para las almas; es una lepra que afecta a las razas desgastadas, una enfermedad que proviene de la ciencia y conduce a la locura. La locura es la duda de la razón; ¿quizá sea la razón misma?”. Aunque esto lo escribe en Memorias de un loco, y, tratándose de locos, ya se sabe.

* René Descartes en 1649 (¿o no?).

Los profes también bailan

Los profes también bailan

Báilame. 30 Aniversario de la Escuela Carmen de las Cuevas

Ya digo que estoy limitando mi asistencia a espectáculos flamencos. Ya digo que me interesan tres festivales en particular (Flamenco Viene del Sur, Festival Internacional de Música y Danza y Los Veranos del Corral) y algún evento puntual que, con su cantidad y calidad, niega mi primer propósito.

Uno de estos imprescindibles es la muestra de la Escuela Carmen de las Cuevas, ya sea en el festival veraniego, al final del estío, en el Sacromonte, ya sea en cada una de sus incursiones a lo largo del año, como es esta celebración de su 30 Aniversario.

En dicha escuela se dan clases de idiomas y flamenco por igual. Es una buena combinación para el extranjero que pisa nuestras tierras. Su alto nivel es recomendable y su profesorado, al menos el de flamenco, que conozco y puedo evaluar, es excelente.

Los maestros son profesionales y no se limitan a dar clases, sino que noche tras noche, en un tablao o una cueva, expanden su arte y, en cierta manera, ensayan, se reciclan y aprenden, con lo que se crea un feedback encomiable.

El viernes, 25, en el teatro Isabel la Católica, pudimos ver a esta plantilla en conjunto ofreciendo el espectáculo propio Báilame. La obra es rica y variada; dinámica y de gran colorido. Sus coreografías están trabajadas con la perspectiva de los tiempos.

Báilame es un continuo reconocimiento a nuestros mayores, a los flamencos que día a día le sirven de referencia para su quehacer cotidiano. Y, aparte, es un destilado del conocimiento que todos estos profesores-artistas guardan en su cartera.

Consta de siete momentos coreográficos fresquísimos donde los tocaores, Jorge ‘el Pisao’ y Marcos Palometas, se alternan o se complementan en una creación guitarrística francamente sin fisuras y los bailaores, Estefanía Martínez, Judit Cabrera, Pilar Fajardo, Javier Martos y Raimundo Benítez, se imbrican en diferentes parejas o conjuntos o quizá en solitario para vaciar su contenido. Sergio Gómez ‘el Colorao’, al cante, y Antonio Gómez, con el cajón, están presentes prácticamente durante toda la función.

A destacar: su gracia, sus ganas, su versatilidad y, sobre todo, el trabajo que hay detrás. Un buen poso deja por ejemplo, sin menospreciar al resto, el solo de Javier Martos; Pilar por alegrías; la vidalita, Inspiración, que canta Sergio ‘el Colorao’ y baila Estefanía; la farruca que bailan los dos hombres, con las dos guitarras enfrentadas; los Tres cabales, en recuerdo de Enrique Morente y Mario Maya, que baila Raimundo Benítez y, a los postres, apoya toda la compañía…

Pero también censuro: algún momento clásico poco conseguido; el histrionismo innecesario, por ejemplo en el paso a dos; o el sólo correcto vuelo de las batas de cola.

Una buena noche, al fin y al cabo, de calidad, de alegría y de celebración. Brindo por todos ellos. 

* Equipo flamenco del Carmen de las Cuevas, junto a sus directores Carmen y Nacho.

El matrimonio (3)

El matrimonio (3)

Ya he referido el caso de que, la revista Punch Almanac, en 1845, recomendaba a los que habían decidido casarse: “No lo hagáis”. Eso, sin embargo, es contar la feria cómo te ha ido en ella. Hay parejas que no cambiarían el connubio por nada, que tienen espíritu de pareja, que si volvieran a nacer se volverían a casar con el mismo compañero o compañera. Entre sus Máximas, en cambio, François de La Rochefoucault sentencia que “hay buenos casamientos, pero no los hay deliciosos”.

Muchas veces hemos oído decir (o hemos comprobado en gentes cercanas) que un hombre, o una mujer, no resiste la perdida de su pareja y ha muerto a los pocos días. ¿De pena? ¿De amor? Dimitri Karamazov habría sido capaz de quitarse la vida por exceso de felicidad, por extremado amor compartido.

En la duda se asienta todo. Sócrates (cito de memoria) recomendaba a algún discípulo arrojado: “me preguntas si debes o no casarte, yo te digo que cualquier cosa que hagas te arrepentirás”. Miguel Gila lo explicaba de esta otra manera: “el matrimonio es como el metro: los que están fuera quieren entrar y los que están dentro quieren salir”.

Nietzsche, por su parte, en Filosofía general, escribe: “siempre hay algo más necesario que hacer, que casarse: ¡cielos, así me ha sucedido a mí siempre!

El que no está casado se amolda a su vida de soltero. ¿Existe una soltería por vocación aparte del celibato confesional? Puede que sea una creencia. Una filosofía de vida, en todo caso. Solterón o solterona es (o era) despectivo. Sobre todo en la mujer que no había encontrado novio, que se le había pasado el arroz. El hombre podía ser un crápula, un vividor.

Ahora es distinto. Tanto la mujer como el hombre que deciden no ‘compartir’ su vida son simplemente personas independientes, solitarias, autosuficientes. San Agustín alude a que “el pájaro solitario siempre se posa en la rama más alta”.

Tenemos una segunda soltería que llega con la viudez o el divorcio. Muchos llegan a casarse una segunda o una tercera vez (o más veces). El hombre, pensarán algunos, es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.

¿El matrimonio es una liberación? En determinadas circunstancias puede que lo sea o en un tiempo pasado, como pudo ser el servicio militar. Ambrose Bierce define al matrimonio como “condición o estado de una comunidad formada por un amo, un ama y dos esclavos, que suman en total dos personas”.

El niño que le pregunta a su madre (lo he contado más de una vez) si su padre, después de haber muerto, está en la gloria. La madre responde: "No. Papá está en el cielo; en la gloria estoy yo".

Soy tan inútil...

Este 'poema' puede tener veinte o veinticinco años:

Soy tan inútil... Un idealista.
Un ser utópico. 
que vive de las rentas.
Soy espartano.
Contingente en tener.
Poco apego a las cosas materiales.
No tengo memoria, además.
Nací con doce años cumplidos.
Soy autista. Llamadme Olvido.
Muero un día tras otro.
Hay noches que no sueño.
Si tuviera un revolver en la mano...
Mi vida es un caos que arrasa.
Debería pararse el tiempo,
unirse de nuevo los continentes,
comenzar una nueva vida
sin siquiera nosotros,
los dinosaurios.

La Gran Redada (s. XVIII)

La Gran Redada (s. XVIII)

Felipe V, el primero de los Borbones en España, dictó una pragmática en 1717 para conseguir la integración del pueblo gitano “desde arriba”, basada en tres puntos principales. En primer lugar, aunque ya existía precedente en el reinado anterior (1695), era preciso elaborar un censo, que sirviese para controlar mejor la población gitana. En él se debía incluir el nombre, la edad y el oficio, así como su modo de vida y los animales y armas que poseyesen. (La mayor densidad de gitanos se encontraba en Cataluña y en Andalucía.) 

Seguidamente, el único trabajo que les era permitido estaba relacionado con la agricultura. Y, en tercer lugar, se señalaban de forma expresa las ciudades donde los gitanos se avecindasen y se especificaba que no podían salir de ellas sin permiso de la justicia. Este último punto obligaba a las familias, que ya estaban asentadas y enraizadas en determinados lugares, que mudasen su vecindad.

Para mayor abundamiento, a los gitanos se les excluía también del derecho a recurrir contra las decisiones de la Justicia; el derecho a la ocupación de cargos públicos; el derecho a casarse entre ellos; el derecho a llevar a cabo sus propias fiestas y ceremonias; o el derecho a hablar el caló. 

El monarca dio instrucciones a todos los comandantes generales, gobernadores, corregidores y justicias para que “los que se llaman gitanos de cualquier clase o condición, que sean casados o solteros, en quien no concurran los requisitos de haber vivido arreglados a las reales pragmáticas, decretos, providencias del consejo, aunque tengan ejecutorias, declaraciones de castellanos viejos, se apliquen a trabajar a las obras públicas o Reales, en cualquier destino bajo las órdenes y providencias que tuviere por conveniente a estos fines y a su seguridad, y al que huyere, sin mas justificación, se le ahorque irremisiblemente”.

El 30 de julio de 1749 el ‘pacífico’ rey Fernando VI, el de paz con todos, guerra con ninguno, autorizó la Gran Redada, también conocida como Prisión general de gitanos, organizada en secreto por el marqués de la Ensenada, puesta en marcha simultáneamente en todas las Capitanías del territorio español, que supuso la detención de entre nueve y doce mil gitanos: “arrestar y extinguir, decía la orden, sin excepción de sexo, estado, edad, o reserva con respecto a refugio alguno al que se hayan acogido”.

La Gran Redada fue un miércoles negro en la historia de los gitanos: la prisión general de los gitanos cargados con cadenas y grilletes, llevada acabo por D. Gaspar Vázquez Tablada, obispo de Oviedo y Gobernador del Consejo de Castilla, con la imprescindible colaboración del ejército, llevaron cautivas a las 881 familias gitanas avecindadas y censadas en España.

Separaron en grupos: en el primer grupo estaban las mujeres y los niños menores de 12 años; el segundo grupo lo formaron los niños de 12 hasta 15 años; y, con los hombres y los niños de más de 15 años, se formó el tercer grupo. De esta forma llevaron acabo las separaciones conyugales.

Esta medida no tenía otro motivo que ‘extinguir’ un colectivo humano.

Los que no fueran mujeres ni niños menores, se les obligaba a trabajos forzados en las minas y arsenales. 14.000 gitanos, se calcula, fueron ‘internados’ en las minas de Almadén y en los arsenales de Cartagena, de Cádiz (La Carraca) y de El Ferrol (La Graña). Los más pequeños tampoco se libraron bajo el pretexto de que “aprendieran algún oficio”.

Por esos años (19 de julio 1749), el jesuita Padre Francisco Rávago, confesor de Fernando VI decía: “Me parece bien los medios que propone (el gobernador del Consejo) para extirpar esta mala raza de gentes, odiosa a Dios y perniciosa a los hombres. Grande obsequio hará el Rey a Dios nuestro Señor si lograse extinguir a esa gente”.

María Helena Sánchez Ortega, en Historia de una represión (Historia 16, febrero 1978), dice: “Apenas trasladados los gitanos a los arsenales y minas comenzaron las reclamaciones solicitando su libertad. Justificaban su vida ordenada, estar legítimamente casados, educar cristianamente a sus hijos, vivir de acuerdo con las Pragmáticas, etc”. Y no sólo eran los gitanos los que protestaban. Según Bernard Leblón, en Los gitanos en España. El precio y el valor de la diferencia (1987), escribe: “Son muchas las aldeas andaluzas que reclaman a sus herreros, sus prensadores de aceituna y sus panaderos, cuya ausencia paraliza la vida de la comarca”.

Fernando VI, ante estas protestas, no tuvo más que dictar una nueva pragmática (28 de octubre de 1749), que permitía la puesta en libertad de todos los que probasen su ‘vida arreglada’ a través de informes secretos emitidos por la justicia y los párrocos de las localidades.

No me importa el cuchillo ni la herida

No me importa el cuchillo ni la herida

La otra mañana me levanté con este endecasílabo en la cabeza. No me importa el cuchillo ni la herida. Era más bien el comienzo de un soneto (que me propongo soñar más adelante). Salté de la cama y apunté cada una de las palabras que me desvelaron.

Fue curioso. No es la primera vez que sueño un verso, la idea de un cuento, un aforismo o simplemente una emoción (no necesariamente erótica).

Fue curioso también porque, por otra parte, el día anterior había soñado con alguien que se quería desprender de libros. A rebuscar en sus anaqueles fuimos Silvia y yo (fue curioso igualmente que soñara con Silvia). Estuvimos saboreando títulos que no recuerdo. Ninguno alcanzó nuestras manos, pero sí le declaré que lo que me gustaría es encontrar el libro definitivo. Así se lo dije y así se quedó grabado en mi memoria inmediata, el libro definitivo. Después, creo, se lo expliqué (o lo recompuse en mi cabeza de soñador). Se trata de un libro entre los libros, que su simple lectura anulara la lectura de los demás. Sería el libro necesario y único, que se leyera y se releyera hasta la saciedad sin necesidad de otra lectura.

Es impensable, pienso. La lectura, entre otras cosas, es un placer. La lectura nos hace libres. Gozamos de las palabras, ampliamos nuestra mente, viajamos, nos reconocemos y hasta nos enamoramos.

A Manolo una vez le pregunté si leía. No estaba seguro, me contestó, pues sólo releía el mismo libro. Se sabía pasajes de memoria.Era Juan Lobón de Luis Berenguer (que ha inspirado algunas películas). No es que fuera el libro definitivo pero le sería suficiente.

Atando cabos, mi sueño quizá respondiera a un pensamiento continuo, a la impotencia de leer todo lo imprescindible, si es que se puede cuantificar ese imprescindible. Muchos han hecho listados de cien, de quinientos, de mil, pero siempre queda algo y, si no, algo más se escribirá. En caso, sin embargo, que un prontuario de esta suerte sea el acertado, sería la historia de nunca acabar. Pues las primeras lecturas irían cayendo en el olvido, simplemente por interferencia del abordaje de otros libros o por el mero transcurrir de la vida.

Volviendo a mi discurso, con el libro definitivo me vinieron a la cabeza algunos antecedentes con los que a continuación cierro este devaneo.

En Discusión, a los postres del volumen, en el apartado Notas, Borges dedica unos párrafos a Gilbert Waterhouse y a su pretendida A short History of German Literature, en donde menciona al marqués de Laplace “que declaró la posibilidad de cifrar en una sola fórmula todos los hechos que serán, que son y que han sido”; así como al inversamente paradójico doctor Rojas “cuya historia de la literatura argentina es más extensa que la literatura argentina”.

El mismo Borges soñó La biblioteca de Babel, publicada por primera vez en la colección de relatos El jardín de senderos que se bifurcan (1941). "El relato, según la Wikipedia (apoyo tan cómodo como dubitable del autor con prisa), es la especulación de un universo compuesto de una biblioteca de todos los libros posibles, en la cual sus libros están arbitrariamente ordenados, o sin orden, y preexiste al hombre".

Por la misma época que el cuentista argentino, el belga Paul Otlet, padre de la biblioteconomía y documentación, concibió, en un intento de facilitar la información para todos, la ciudad libro. Una ciudad donde todas sus calles, casas y demás fueran páginas escritas.

Y cómo no acordarse también de las 'personas libro', en Farenheit 451, de Ray Bradbury, pero esa historia la contaré en otro momento (o no).

El matrimonio (2)

El matrimonio (2)

El matrimonio, en el mejor de los casos, es la material manifestación de un deseo de eternidad. Por tradición, comúnmente aceptada (o irremediablemente aceptada), somos bígamos. Buscamos nuestra pareja ‘para compartir una vida’. Es lo ideal: envejecer junto a alguien, enamorarse de ese alguien durante toda la vida.

Isak Dinesen escribe en Las carreteras de Pisa, texto incluido en Siete cuentos góticos, que “la idea del matrimonio ha sido siempre para mí la presencia en mi vida de una persona con la que yo pueda hablar mañana de las cosas que acontecieron ayer”. Y Nietzsche, en Humano, demasiado humano, advierte: “En el momento de internarnos en el matrimonio nos debemos hacer esta pregunta: ¿crees poder conversar con tu mujer hasta que seas viejo? Todo lo demás del matrimonio es transitorio, pues la mayor parte de la vida en común está dedicada a la conversación”.

Aunque lo normal no es que se busquen los ‘amores’, sino que se encuentren. No es que elijamos, sino que somos elegidos. Así, en la pareja, hay quien busca y quien encuentra, hay quien ama y quien es amado. El que menos quiere es el que manda. Prefiero equivocarme y que esto sea la excepción y no la regla.

Una cohabitación tiene mucho de conveniencia, de abnegación, de conformismo, de rutinario… Oscar Wilde decía en una ocasión que “los hombres se casan porque están cansados; las mujeres, por curiosidad; ambos se llevan una desilusión” y, en otro momento: “cuando una mujer se vuelve a casar es porque aborrecía a su primer marido. Cuando un hombre se vuelve a casar es porque adoraba a su primera mujer. Las mujeres prueban su suerte; los hombres arriesgan la suya”.

“Los únicos matrimonios felices que conozco son los de conveniencia”, comenta Leon Tolstoi en un diálogo de su Ana Karenina. A lo que responde el conde Vronsky: “Sí; pero la felicidad de los matrimonios de conveniencia queda muchas veces desvanecida como el polvo, precisamente porque aparece esta pasión en la cual no creían”. Y seguidamente explica: “Llamamos matrimonios de conveniencia a aquellos que se celebran cuando el marido y la mujer están ya cansados de la vida. Es como la escarlatina, que todos deben pasar por ella”.

Tolstoi nos quiere decir que el verdadero matrimonio es el que no necesita de contrato sacramental y mucho menos civil. El amor une por puro sentimiento, por el viento del ala que corre entre dos pares de ojos que se miran.

Después está la realidad, el día a día, el ‘desamor’ (antagonismo impensable que, cuando se da, infiere en que el amor no era tal). “De todas las borrascas que caen sobre el amor, razona Flaubert en Madame Bovary, una demanda pecuniaria es la más fría y la más devastadora”.

O la aparición estelar de un tercero. A Gila le preguntaban cómo estaba su mujer y él respondía “¿comparándola con quien?”. Groucho Marx ironizaba: “Detrás de cada gran hombre hay una gran mujer. Detrás de ella, está su esposa”.

“Cuando el amor ha sido una comedia, forzosamente el matrimonio tiene que derivar en drama” escribe Alfonso de Lamartine. Siempre ha existido la separación, la anulación, el repudio, el abandono y, formalizándolo todo, el divorcio. Groucho Marx sigue con sus perogrulladas: “El matrimonio es la principal causa de divorcio”. Y el humorista Godoy añade: “Muchos matrimonios terminan bien, pero otros duran toda la vida”.

El matrimonio (1)

El matrimonio (1)

Yo he estado casado. No es un secreto. Ni me arrepiento de ello. Es parte de mi vida. Su conclusión, entre otras, fue un hijo que incide en mis razones para continuar.

En su momento planteé teóricamente que, si el matrimonio es un convencionalismo, lo mismo era firmar un papel que otro. En la práctica difiere, no obstante. Groucho Marx comenta: “el matrimonio es una gran institución. Por supuesto, si te gusta vivir en una institución”.

Jean Markale, en La femme celte, describe que “el matrimonio celta, aun bajo la influencia cristiana de Irlanda, no era más que un contrato provisorio entre dos personas, susceptible de ser rescindido en cualquier momento, por diversos motivos, por cualquiera de las partes”. Una diputada alemana propuso hace relativamente poco tiempo que el matrimonio durase siete años y que después se rescindiría o se renovaba. En La Corte de los Milagros, en Notrre-Dame de París, Victor Hugo dice que el connubio duraba cuatro años.

En el prólogo a Un mundo feliz, Huxley preconiza: “dentro de pocos años, sin duda alguna, las licencias de matrimonio se expenderán como las licencias para perros, con validez sólo para un periodo de doce meses, y sin ninguna ley que impida cambiar de perro o tener más de un animal a la vez”.

“El matrimonio es para los pobres”, escribe Torrente Ballester en su maravilloso Don Juan. En el siglo XVI, en Polonia, se estableció la costumbre de que una mujer podía solicitar matrimonio con un condenado para salvarle la vida. Algunos no aceptaban.

Recuerdo un chiste de un hombre desesperado buscando a su mujer. Un guardia le pide que le enseñe una foto para ayudar a encontrarla. Cuando ve el retrato, le pregunta si en realidad quiere encontrarla.

Shelley Winters confiesa en un escrito que no recuerdo: “hacía tanto frío que casi me caso”.En 1845, la revista Punch Almanac daba un aviso a los que estaban para casarse: “No lo hagáis”.

Henry Miller describe al solterón como el “sujeto que está convencido de que los únicos que hicieron bien en casarse fueron sus padres”. Piensa, al igual que Henry James (“la pareja es una crueldad”), que “cuando dos hombres hacen un pacto eterno, se están marginando del resto de la humanidad, lo cual es un pecado... Esposo y esposa hacen lo mismo cuando se juran amor hasta la muerte, pero yo opino que es al contrario: Cuando dos personas se prometen fidelidad hasta la muerte, a quien están marginando es al resto de la humanidad”.

Sócrates también decía: “Cásate: si por casualidad das con una buena mujer, serás feliz; si no, te volverás filósofo, lo que siempre es útil para el hombre”.

Nietzsche, en cierta manera lo contradice, cuando en Más allá del bien y del mal escribe: “Entre los grandes filósofos, ¿quién se casó? Heráclito, Platón, Descartes, Espinosa, Leibniz, Kant, Schopenhauer no lo hicieron; es más, no podríamos ‘imaginarlos’ casados. Un filósofo casado es un personaje de comedia, tal es mi tesis; y Sócrates, la única excepción, el malicioso Sócrates, parece haberse casado por ironía, precisamente para demostrar la verdad de ‘esta’ tesis”.

Don Manuel

Don Manuel

Lo confesaré, una de las cuestiones que más me atraen de la poderosa prosa que se deriva de las novelas de Mujica Laínez, aparte de la utilización primorosa de un lenguaje eminentemente erudito y con un sabor a construcción clásica, es esa pactada pérdida de destino que aleja el final de cada idea en una enrevesada armazón de explicaciones entre comas y y más comas, entre paréntesis y añadidos (ex profeso), para despertar atenciones orilladas y para regresar tan luego a retomar el hilo de Ariadna y hacer coherente su desmenuzamiento, alcanzando así, con glorioso éxito, el apoteósico post festum de una frase kilométrica.

El futuro de hoy

El futuro de hoy

Flamenco Viene del Sur. Gala de ganadores IV Certamen de Jóvenes Flamencos

El lunes, 7 de abril, se presentó en el teatro Alhambra la Gala de ganadores IV Certamen de Jóvenes Flamencos de la Junta de Andalucía, donde tres jóvenes, muy jóvenes, nos mostraron  el acierto de esa concesión. No conozco a los demás competidores, donde supongo habría altibajos razonables, pero sí sé de la juventud flamenca, al menos la de Granada, y creo que el listón se mantiene elevado.

En primer lugar quiero hacer mención de una cuestión sintomática que ya manifiesta mi colega, José Manuel Rojas, en su artículo, y es que los tres laureados son de Andalucía oriental: Rafael Ramírez, de Estepona, Málaga; Antonio García, de Almería; y Álvaro Pérez, de Granada; pero, como él, no quiero profundizar en el dato.

Me entusiasmaron los jóvenes, no sólo por la muestra de arte que nos dejaron, sino sobre todo por su trayectoria, por un futuro que deben ir puliendo y que no defraudará.

Rafael Ramírez, al baile, abrió la noche con farrucas, que encerraban tangos a su final, y cerró con cantiñas, quizá demasiado largas. Me alegró la influencia que rezuma de los maestros granadinos Manolete o Mario Maya; y de su dominio del espacio. Sin embargo, es de los presentados el menos sobresaliente. Su baile, aunque de buena factura, sobre todo en los pies, no guarda sorpresa.

Antonio García, del barrio de la Chanca, de Almería, tiene una voz abierta, potente y muy gitana de la que no abusa. Comenzó por tarantos y, tras un inexplicable intermedio, se volvió a templar por tientos-tangos.

Representando a Granada, Álvaro Pérez ‘el Martinete, nos volvió a convencer de que es posiblemente el mejor guitarrista de su generación. Se ve suelto y seguro, aun estando solo en el escenario. Borda sus temas con fiel reconocimiento a sus forjadores. Puede, en todo caso, que su afán de perfección le abocara a algún desliz, poco apreciable en su conjunto, en la guajira de Paco de Lucía y en la Fantasía de Riqueni. También interpretó Morente, una granaína de Vicente Amigo y la fabulosa rondeña de Ramón Montoya, con un resultado igualmente extraordinario.

* Álvaro Pérez, en una foto de Joss Rodríguez©.

El son naciente

El son naciente

Semana de Japón en Granada. El duende flamenco en Japón 

Como a muchos niños ‘ajenos a ese mundo’, a mi hijo no le gusta el flamenco, pero de cuando en vez me lo tengo que llevar a algún espectáculo a falta de dable alternativa. El viernes pasado fuimos, dentro de la Semana de Japón en Granada, a una muestra de baile.

No obstante, por ejemplo, Tokio es la ciudad del mundo donde más bailaoras hay por metro cuadrado. Sólo en esa capital hay quinientas academias de baile. Por no hablar de la guitarra. La afición en ese país es inmensa y respetuosa.

Tres bailaoras japonesas, Ayasa Kaziyama, Saori Kouchi y Tsuneko Irimajiri, mostraron su arte y maestría en el teatro Isidoro Márquez de CajaGranada.

Juan, tengo que reconocerlo, estuvo gran parte del espectáculo jugando con la Nintendo, aunque sin sonido y solapado, hasta que dije que atendiera a la representación. Con menos interés del deseado, estuvo mirando al escenario y escuchando mis oles esporádicos. De pronto, una de las japonesas apareció con vestido tradicional, interpretando una danza con un par de catanas mientras los cantaores ‘el Galli’ de Morón y Rudi de la Vega entonaban tonás. Y es que Saori encuentra un nexo de unión entre el flamenco y la filosofía bushido. No es la primera vez que la vemos con esas propuestas. ¿Un flamenco y un samurai? Es posible.

A mi hijo le gusto. Le gustó más que una exhibición de artes marciales que habíamos visto días antes en el mismo ciclo. Le impresionaron las dos espadas filosas y, aunque fueran de atrezzo, parecían reales.

Yo me quedé con la gracia de Tsuneko bailando por alegrías y su dominio de la bata de cola; con las intenciones de Ayasa en la soleá y el vuelo de sus manos; con la profundidad de Saori; con la canción que entonaron las tres precediendo la guajira que sirvió de presentación; su roneo por tangos a los postres; y, lamentablemente, pese a su buena voluntad, con la discordancia entre las guitarras, que obligaban que los demás, cante y baile, se adaptaran a ellas y no al revés como mandan los cánones, con su natural desconcierto.

Japón manifiesta un amor al flamenco y un interés extremo. Su nómina de artistas es grande y, sin miedo a la distancia, habría que tomarlos en cuenta (por la cuenta que nos trae).

Santa Wilgeforte

Santa Wilgeforte

Hace un tiempo, el 21 de febrero de 2013, traté sobre El bozo femenino. En dicho artículo ponía de prototipo de mujer bella con ligera sombra capilar sobre el labio superior a Frida Kahlo, esa visceral artista mexicana que arrostró una vida tan tumultuosa. También mencionaba los gustos decimonónicos con que Flaubert tildaba a las heroínas de sus obras. Terminaba con algunos deslices andalusíes, reflejados en poemas y memorias.

No aludí, en ese post (aunque sí en otros), a la tendencia al vello en el cuerpo de la mismísima reina de Saba, que Salomón dulcemente advirtió en sus reales piernas mientras atravesaba un salón de suelo espejado.

Es nuestra cultura la que nos impone al hombre peludo (ya no tanto) y a la mujer lampiña. Es nuestro canon de belleza quien nos hace rechazar el bozo femenino o el vello axilar.

La tradición medieval, adora en Beauvais, la efigie de santa Librada o santa Wilgeforte a quien, en palabras de Mujica Láinez, el Cielo le concedió el prodigio de que le creciera una barba patriarcal para rehuir las acechanzas de un fogoso pretendiente.

Algunos especialistas dicen que lo que padecía Wilgeforte era anorexia nerviosa. Wilgeforte se privó del alimento en un intento de renunciar a su feminidad haciendo fracasar los planes matrimoniales de su padre que quiso casarla contra su voluntad. A raíz de su renuncia, no sólo le salió barba y bigote, sino vello por todo el cuerpo, haciendo que su pretendiente rompiera el compromiso pactado. En represalia, su progenitor la hizo crucificar.

Santa Librada o santa Wilgeforte es patrona de las mujeres mal casadas.

* Mural de Santa Wilgefortis en Weissenburg, Baviera, fines del siglo XIV.

Alguien muy parecido a mí

Alguien muy parecido a mí
habita en mi interior.
Unas veces sonríe y canta,
otras calla y se esconde
entre las sombra más profundas.

Cuando se manifiesta exclama
que soy yo revestido de colores;
pero en la oscuridad 
sigo siendo yo con un punto 
de melancolía que duele 
en las entretelas de un sueño
    tardío.

Una bailaora todoterreno

Una bailaora todoterreno

Semana de Japón en Granada

Ya no nos sorprende nada en Fuensanta ‘la Moneta’. La hemos visto crecer desde que en los años 90 derrochara sus primeras energías en las cuevas del Sacromonte, desde que en 2003, con 19 años, ganara El Desplante en el Festival de Las Minas de La Unión, desde que en 2006 debutara en el cine andaluz (Por qué se frotan las patitas), desde que en 2009 jugara con lo contemporáneo con Rafael Estévez, desde que en 2011 acompañara a Mauricio Sotelo en Ámsterdam con una orquesta detrás, desde que este mismo año bailara sin fin en el mercado y en las calles de Granada…

Ahora, ayer lunes, la vemos colorear a un grupo de tambores tradicionales japoneses en la inauguración de la semana de Japón en Granada, para celebrar los 400 años de relaciones hispano-japonesas.

Después de las obligadas palabras formales por parte de los organizadores y promotores principales; después de un recital de piano (Ángel Conde) sobre obras de un compositor japonés; y después de un intérprete de shamisen (Miyomasa Kineya); llegó el turno del Grupo Seiwa Taiko de tambores japoneses.

Cuatro intérpretes, con sendos tambores, ofrecen un repertorio de temas tradicionales y originales del grupo, por lo que supimos. En un momento dado, el batir monocromo de los tantanes se colorea con sonido del zapateado y el baile flamenco.

Fuensanta no sólo es versátil y catalizadora, sino que su capacidad de adaptación es tan natural que parece que siempre hubiera abordado el baile que estamos viendo en ese momento. Como una suerte de rey Midas, revaloriza todo cuanto toca, de una manera tan natural como la mimesis de un camaleón. Se entrega a cada paso como si no hubiera vida después. Rinde al espectador con su mirada, con su taconeo, con sus contorsiones… y, con un ‘más difícil todavía’, sella el espectáculo y el día o la noche, haciéndonos sentir que otra vez acabamos de ver algo único.

* Foto: Joss Rodríguez©.

El hombre más viejo

El hombre más viejo

Vuelvo a publicar este cuentecito sobre la relatividad de la vida:

―El hombre más viejo, más viejo, de la tierra, tan sólo llegó hasta los ciento veintidós años. Se apagó definitivamente en la canícula de un verano de vil sequía. Se llegó a agostar con los primeros calores, hasta secarse del todo antes que asomaran las primeras lluvias ―le contaba la joven tortuga a su hermana pequeña en su trescientos quince cumpleaños.

*Editado en el libro digital En un pozo chico (ed. Transbooks, 2013).

La saga continúa

La saga continúa

Morente más Morente. La nueva generación flamenca de Granada

¿Por qué en Granada no se le ha hecho un homenaje a Enrique Morente como corresponde? ¿Por qué no existe ya un festival con su nombre? ¿Por qué no toman sus apellidos las calles y las plazas, los teatros y los encuentros?

Se me ocurren varias repuestas, aunque la razón definitiva va más allá de nuestras especulaciones.

En Granada tenemos miedo de nosotros mismos. Nuestra autocrítica es destructiva. El afán de exhaustividad hace morir hasta el intento. En Granada somos individuales. No nos unimos para crecer. Preferimos ser cabezas de ratón. Somos igualmente envidiosos y siempre vemos la paja en el ojo ajeno. Somos desconfiados. Ninguno queremos dar el primer paso.

Pero también, aterrizando en lo mundano. ¿No existe alguna suerte de desencuentro entre las instituciones granadinas y la familia Morente? ¿No hay rencillas entre los mismos flamencos que donde tú estés yo no? ¿No es verdad que hay quien se alegra con el olvido y el borrón para comenzar de nuevo las cuentas?

Ahora, sin embargo, el hijo de Enrique Morente trae un espectáculo al teatro Alhambra para su gente, para dejar testimonio, para estar entre amigos. Pertenece al ciclo Morente más Morente, que lleva algún tiempo dignificando la figura del maestro desde Madrid hacia el mundo, desde Madrid al cielo.

Es como un premio de consolación. Es la muestra de que con el corazón por delante sobra todo lo demás.

El teatro se llena de amigos y familiares, de allegados y aficionados. Ya no con dolor, sino con esa admiración de saber que se homenajea posiblemente al mayor genio que haya dado Granada en medio siglo.

Lo mejor de la noche, sin lugar a dudas, es Enrique Morente. Sus composiciones, su manera de entender el flamenco, su apertura de miras, su independencia creativa y su espíritu planean de principio a fin.

El subtítulo, sin embargo, La nueva generación flamenca de Granada, puede que fuera pretencioso, pero se comprende. En esta tierra, por suerte, hay multitud de jóvenes flamencos, de todas las disciplinas, dignos de alzar esa bandera.

José Enrique comienza solo, acompañándose de su guitarra, y la percusión de ’el Popo’, interpretando Autorretrato de Pablo de Málaga (2008). Continúa por Málaga, a las que se une la guitarra de Rubén Campos, con Montes de Málaga del mismo disco.

Asesinato es un poema de García Lorca en Poeta en Nueva York musicado y cantado por los hermanos de Lucía para el disco del mismo nombre (1986). Arropa en este tema la guitarra de Pepe Montoya ‘Montoyita’, quien sigue en el escenario para acompañar a su hermano Antonio Carbonell interpretando estremecedoramente El pequeño reloj, de León Felipe, en el disco homónimo, de 2003. Pareja que termina su presencia por seguiriyas.

La segunda parte fue más sorprendente y conseguida. Quizá este sea el camino que deba escoger este joven cantaor. Una orquesta ocupó el escenario, que no por ser de amigos desmerecía en calidad. Hasta tres guitarras, más una eléctrica (fabulosa), más un bajo; una batería y la percusión que ya estaba; y dos palmeros que, a los postres, llegaron a ser cuatro, formaron una grande. Quizá faltó un piano que armonizara de alguna manera las efusiones.

Esta agrupación comienza con los Tangos de la plaza, de Negra, si tú supieras (1992), para seguir con un apoteósico Aleluya de Omega (1996), donde Morente versionó el Hallelujah nº2 de Leonard Cohen. Sólo por este tema hubiera merecido la pena el concierto.

Unas ‘festeras’ seguiriyas preceden unas bulerías con un sabroso rap incorporado, de la mano de ’el Popo’, quien también se da una pataílla, mostrando así su versatilidad.

Termina la noche por tangos que comienzan con Aunque es de noche, un poema de san Juan de la Cruz, que abre el disco Cruz y Luna (1983) y terminan con el son, soniquete, son que Morente comienza a proponer en El pequeño reloj.

Después de los aplausos aún hay tiempo para una rueda de tonás, con la polifonía típica que le gustaba a Enrique.

* Foto de Antonio Conde©.

Las claves de Belén Maya

Las claves de Belén Maya

Flamenco Viene del Sur. Recital flamenco

El objetivo indiscutible de todo artista es tener un lenguaje único, que su obra se distinga a la legua por lo evidente, es decir, por ser clara y distinta. En el flamenco, en gran medida, este fin está logrado. Cantaores, guitarristas y bailaores de todas las latitudes tienen un sello propio, aunque la mayoría entran en una noria común y traslucen de dónde beben y a quien dan de beber.

Metáforas aparte, Belén Maya, a lo largo de los años ha ido depurando unas claves en su baile que son únicas, como decimos, e intransferibles. Por decirlo de otra manera, el baile de Belén nace y muere en ella misma. Conjuga al mismo tiempo una forma muy humana de concebir el flamenco y una manera espiritual de imbricarlo en el cosmos.

Su baile entronca lo terrenal con lo místico, la belleza plástica con el drama interior, la teatralidad con la confesión solapada.

En los simples tangos, con que comienza su actuación, precedidos de unas innecesarias cantiñas que bailan sus palmeras, todas las cartas se voltean y las claves de Belén Maya se solapan. En ella vemos marcar y taconear como una flamenca legítima, ronear como una gitana del Monte, conceder espacio a la danza oriental y al guiño contemporáneo.

Gusta también esta bailaora de bailarle al silencio. Así se entrecorchea en los mismos tangos, antes de volcarse por levante, y comienza un soliloquio con su cuerpo y su mundo, sin músico que la arrope. Y entendemos, quienes seguimos sus huellas, poses y movimientos conocidos. Me aventuro en nombrar el molinillo con los brazos, herencia de su padre, las manecillas del reloj, la cuerda que tira o el muñeco de hilos. (Son denominaciones que convencionalmente le he dado, repito, en ningún momento reciben ese nombre ni Belén las ha firmado como tales.)

José Anillo le acompaña al cante. Voz flamenca de facultades reconocidas que sin embargo, dentro de mi aplauso, alguna vez quiso estar por encima de sus posibilidades. A la guitarra, un tremendo Rafael Rodríguez, desde hace años compone un tándem impresionante con la bailaora. En su sólo de guitarra sin definir, aunque cercano a la zambra por momentos, pareciera que tocaran dos al mismo tiempo. Su rasgueo es rotundo y su pulgar prodigioso.

José Anillo, aguardando la nueva aparición de la protagonista, propone unas malagueñas de Chacón, que se abandonan y se rematan con fandangos del Albaicín.

En las bulerías se aprecia la libertad creadora y el recuerdo de sus mayores. Interactúa con el cantaor y refuerza su lenguaje.

La soleá, apoá a los postres, fue una fiesta que aborda con falda de cola blanquinegra con volantes rojos en su interior, que maneja como pocas. Lleva mantón negro con largo fleco, sobre la blusa roja, que se enreda en su cara y sus zarcillos. Siente el cante y baila para adentro, trasmitiendo al tiempo la fuerza que mana de su interior.

Ante los prolongados aplausos de un teatro lleno, el generoso fin de fiestas por bulerías es obligado.

* Foto de Joss Rodríguez©.

Persecución de los gitanos: siglo XII

Persecución de los gitanos: siglo XII

El siglo XVII comienza oscuro para el pueblo gitano. La otredad intimida y es vista con ojos de miedo y denuncia. Los Reyes Católicos, con su pragmática y sus leyes, han querido acabar con esta distinción. En vista del fracaso en echarlos, se intentó asimilarlos, pero con unas condiciones. Quienes no sean buenos cristianos, que cumplan los deberes para con Dios y la Corona serán expulsados o condenados a cien latigazos, a que le corten las orejas o a servir como galeotes. El nomadismo, la vida errante, la ley propia o vivir sin ley alguna están mal vistos, están perseguidos, están penados.

En 1619, el legislador Sancho de Moncada, decía: “los que andan por España no son gitanos, sino enjambres de zánganos y hombres ateos y sin ley, ni religión alguna: españoles que han introducido esta vida o secta del gitanismo, y que admiten a ella cada día gente ociosa y rematada”.

Las Cortes de Castilla, en ese mismo año, argumentaron que “una de las cosas más dignas de remedio que al presente se ofrece en estos reinos, es ponerle en los robos, hurtos y muertes que hacen los gitanos que andan vagando por el reino, robando el ganado de los pobres, y haciendo mil insultos, viviendo con poco temor de Dios, y sin ser cristianos más que en el nombre”. Y advierten: “Se pone por condición que su majestad mande salgan fuera de estos reinos dentro de seis meses desde el otorgamiento del servicio de esta escritura, y que no vuelvan a él so pena de muerte”. 

En Pamplona, en 1628, se publica una ley según la cual los gitanos no pueden estar en este reino so pena de doscientos azotes y cinco años de galeras; y las gitanas, pena de cien azotes y destierro perpetuo.

El 8 de mayo de 1633, Felipe IV, dicta la siguiente pragmática: “estos que se dicen gitanos ni lo son por origen, ni por naturaleza, sino porque han tomado esta forma de vivir para tan perjudiciales efectos como se experimentan, y sin ningún beneficio de la república: que de aquí adelante ellos, ni otros algunos, así hombres como mujeres, de cualquier edad que sean, no vistan ni anden con traje de gitanos, ni usen la lengua, ni se ocupen en los oficios que les están prohibidos y suelen usar, ni anden en ferias, sino que hablen y vistan como los demás vecinos de estos reinos, y se ocupen en los mismos oficios y ministerios, de modo que no haya diferencia de unos a otros: pena de doscientos azotes y seis años de galeras a los que contravinieren en los casos referidos”. También dictó el mismo rey: “para extirpar de todo punto el nombre de gitanos, mandamos que no se lo llamen, ni se atreva ninguno a llamárselo, y que se tenga por injuria grave, y como tal sea castigada con demostración; y que ni en danzas, ni en otro acto alguno, se permita acción ni representación, traje, ni nombre de gitanos”.

Estas leyes y la condena a galeras se fueron endureciendo, sin mediar juicio alguno, a resultas de las guerras marítimas de aquella época. En un primer momento se encadenaba a los gitanos indiscriminadamente, aunque más tarde fueron exceptuados los que no mantenían su vida nómada, que estuviesen avecinados.

Antonio Luis Cortés Peña Caso cuenta el caso extremo, ocurrido en 1682, con los hermanos Sebastián y Manuel Avendaño, de Aranda de Duero, quienes “fueron condenados por el corregidor de Palencia, con aprobación de la chancillería de Valladolid, a seis años de galeras por sólo decir que eran gitanos y hablaban lengua jerigonza”.

A finales de siglo, Carlos II sería particularmente diligente en las tareas de acumular castigos y le señalaría una lista de sólo 41 ciudades donde habría de asentarse todos. Prohibiría a los gitanos el uso de armas y el ejercicio de toda profesión que no fuera la de la agricultura.

A raíz de estas persecuciones, muchos gitanos fueron a trabajar a las minas y a vivir en casas construidas en cuevas de montañas, compartiendo suerte y condición con cientos de judíos, musulmanes y otros paganos se habían refugiado huyendo de las reconversiones forzosas llevadas a cabo por los gobernantes y la iglesia.

Muchas familias flamencas en la actualidad se encuentran todavía en barrios y ciudades que sirvieron de refugio para los gitanos: Alcalá, Utrera, Jerez, el barrio de Triana o el Sacromonte.

* Galeotes.

Cincuenta años de aval

Cincuenta años de aval

Flamenco Viene del Sur. Tradición

A Paco Cepero lo avalan cincuenta años en los escenarios, acompañando a multitud de artistas, entre los que destaca quizá ‘el Lebrijano’, y componiendo para otros tantos (Camarón, Terremoto, Juan Villar, Chocolate, Rocío Jurado). Y es esta etapa de compositor en la que tiene un peso innegable, sin ocultar su participación interpretativa tan clásica como sentimental, y su “pulgar de oro”.

Tradición parece que fluye sin ningún plan. Parece que Cerero abre la caja del recuerdo por la que fluyen cientos de melodías de toda una vida. De hecho, el programa de mano, a partir del tercer tema, pasó a ser meramente referencial, pues el orden se invirtió a voluntad, además de ser ampliado a una media hora más de lo anunciado.

El recital comienza con Noche Andalusí, un tema antiguo con ramalazos de fandango, para proseguir con las bulerías Plazuela, que destilan aire jerezano.

En sus particulares tanguillos, Domingo de Carnaval, el sonido le jugó una mala pasada y tuvo que hacer un alto en su mitad. Le siguió la balada Capricho, un tema dedicado a su mujer en sus bodas de oro, y después unos tangos, antes de quedarse sólo para brindarnos unas seguiriyas de gran inspiración jerezana, que se aguajiran a los postres.

Miguel Salado y Paco León, como segundas guitarras, Sophia Quarenghi, al violín, y Pedro Navarro Grimaldi, a la percusión (‘rey del ritmo’, según confesó Cepero), vuelven a escena para acompañar al maestro en una soleá bastante festera y dedicarle a Paco de Lucía la unión de sus dos rumbas Estrella de mar y Varadero.

Los músicos hicieron de nuevo mutis, cuando Paco nos presentó a un cantaor al que él apadrina, que sólo tiene dieciocho años. El joven Samuel Serrano nos recordó en ocasiones a José Mercé y en otras a Juan Talega con un estilo eminentemente jerezano y una voz grave y racial, aunque sus formas están aún por hacer.

Cerero lo acompañó en una alegría y en unos fandangos, donde el mismo guitarrista le hacía los coros. Finalizó con una seguiriya, compuesta exclusivamente para él. Quizá su mejor entrega.

El tocaor jerezano se sentía a gusto, así lo reconoció, y aún quiso interpretar unas bulerías y su ‘buque insignia’ Aguamarina, rumbas con sabor a mar.

Así, pudimos comprobar la vigencia de su legado y una energía llena de frescura para el futuro que nos espera.