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Tere Bustos

Tere Bustos

Murió hace dos años pero empezó a desaparecer nueve años antes, cuando el alzheimer iba mordiéndole sin compasión los sentidos y el pasado.

La recuerdo a diario. ¡Hay tantas cosas que me acercan a ella! El simple hecho de mirarme en el espejo es determinante. Los genes son los genes. Sobre todo mi boca. Pero lo más que me acerca a ella está en mi interior.

En los primeros tiempos, desde que se le olvidaron las gafas hasta que se le olvidó su nombre, o, hacia el final, cuando íbamos a verla a la residencia, que perdió el habla y los andares, pensaba que todo era un sueño, una suerte de broma macabra que estaba durando ya mucho tiempo y que de un momento a otro se levantaría y mi madre volvería a retomar todo lo que dejó pendiente.

No llegó sin embargo, y la ausencia en vida, como si un eterno sonambulismo se hubiera apoderado de ella, iba arrancándole lo poco que le quedaba.

Así fue muriendo. Empezó olvidándose de dónde vivía y terminó olvidándose de respirar. Fue una muerte tranquila, sin embargo, ausente de dolor, como si fuera un sueño placentero.

Todos los días la echo en falta.

La máquina del tiempo

La máquina del tiempo

Uno de los últimos cuentos que escribí para En un pozo chico (editorial Transbooks, 2013) fue el de un científico que inventó una máquina del tiempo solo para regresar al último día en que fue feliz. Incluso se titulaba así El último día en que fue feliz. Reconozco que la idea era tan maravillosa que el resultado, pienso, quedó desvaído. Pero la idea fundamental, todo el peso romántico que el planteamiento conlleva, está presente.

Al comienzo, el cuento plantea la imposibilidad de dominar el tiempo tal y como se domina la distancia. “La velocidad es un hecho que todo el mundo entiende y experimenta —argumento—. Pero viajar al pasado está fuera de la razón y, si apuramos, la visita al futuro se muestra aún más orate”.

Con todo y con eso, por la infinita facultad que otorga la fantasía, el inventor, como no podía ser de otro modo, logra su objetivo y regresa una y mil veces junto a su amada.

Para abordar el tema, quizá sin necesidad, leí La maquina del tiempo (The Time Machine), del escritor británico Herbert George Wells, publicada por primera vez en Londres en el año 1895.

Ahora, leyendo algunas notas sobre literatura fantástica, en un ensayo de Pedro Fernández Riquelme, me entero con gran entusiasmo que un tal Nilo María Fabrá concibió una máquina del tiempo, en versión novelada, unos años antes que el señor Wells.

Me intereso por la vida y obra de ese escritor y político catalán de finales del XIX, pero, cuál sería mi sorpresa, que las obra de este hombre, padre de poeta (Nilo Fabrá), eran de corte histórico y social, que en su ideario no entraba la ficción, ni siquiera verosímil.

Sigo mis lecturas y, el cuento que inventa la primera máquina del tiempo de la que se tiene referencia literaria, llamado El Anacronópete, es del escritor teatral Enrique Gaspar.

Esta obra vio la luz en Barcelona, allá por el año 1887 (casi dos lustros antes que la inglesa), y en ella se describen las aventuras surgidas tras la invención de una máquina del tiempo.

Anacronópete es una palabra formada por tres raíces griegas. Ana, significa atrás, cronos es el tiempo y petes es aquel que vuela, o sea, aquel que vuela hacia atrás en el tiempo.

Esta obra, no hace falta jurarlo, cayó pronto en el olvido, pero, además del mérito de la invención citada, también resultó ser la primera novela de ciencia ficción española. La máquina del tiempo de H.G. Wells sin embargo es la que se lleva los laureles de ser considerada la precursora del género.

Otra vez que perdemos la carrera, simplemente por no anunciar a voz en grito que hemos ganado.

Más allá de la epidermis

Más allá de la epidermis

Flamenco Viene del Sur. La otra piel

El flamenco es amplio y bien avenido; es mestizo, hospitalario y tránsfuga. Úrsula López lo sabe bien y, a lo largo de sus años, ha sabido ser camaleónica. Su baile está impregnado de aires de distintas latitudes y, precisamente con el aire como partenaire, presenta en el teatro Alhambra de Granada La otra piel.

El flamenco, la danza española y el contemporáneo se dan la mano continuamente en una obra que no deja resquicios. En el cuerpo de baile, su hermana Tamara López, Mariano Bernal y José Manuel Benítez, están tan preparados como ella, hasta el punto de confundir, si no lo tuviéramos claro, el protagonismo.

El armazón musical lo sustentan Javier Patino y Tino van der Sman, a la guitarra, Gretchen Talbot a la viola y Raúl Domínguez a la percusión.

Las composiciones de Albéniz ocupan igualmente un lugar destacado, salpicando parte de los temas. Así, su obra Asturias aparece en la malagueña, que se abandola por Huelva, con la que comienza el espectáculo. El baile cede el testigo a lo contemporáneo y, poco a poco, a la danza española con profusión de palillos.

Jeromo Segura propone unas tonás antes de la generosa entrada percutida que encabeza las serranas, bailadas de dos en dos. Ellas sin calzar y el ritmo se acerca a otras orillas.

Úrsula López evidencia su cambio de piel desnudándose en el escenario con ayuda de sus bailarines. Igualmente la visten con un fondo de guitarra para abordar unas alegrías con maravillosos arreglos. Es un paso a dos arropado igualmente con las voces imbricadas de los cantaores.

Uno de los momentos más aplaudidos es la farruca propuesta con la sola guitarra de Tino van der Sman y el baile masculino (la farruca es macho) de Mariano Bernal.

También hay tiempo para brindar un homenaje a Enrique Morente, unas bamberas, Alma de Granada, que baila la cordobesa afincada en Algeciras con su hermana Tamara. Es una coreografía de Andrés Marín. 

Otra entrega personal de Jeromo por milongas, suaviza el ambiente para contemplar unas bulerías donde la viola cobra protagonismo.

Úrsula, que no participa en la pieza anterior, hace su aparición con vestido de cola y mantón blancos, manchados de cielo, bailando una caña. Quizá es el corte más flamenco; el que cierra la noche, y en el que también se acuerdan de Morente y de su Ciudad sin sueño.

Úrsula López en el Teatro Central de Sevilla.

Si tú me planchas yo te cocino

Si tú me planchas yo te cocino

Tan Bonicas + Flamenco

En vísperas del Día de la Mujer Trabajadora, en la Sala Botón Room de Granada, se organizó un concierto de rock y flamenco para memorar la jornada en cuestión. Siete mujeres sobre el escenario hicieron que vibráramos por dentro y por fuera.

Ana Sola, al cante, Pilar Alonso, a la guitarra y María Ureña, al baile, abrieron la actuación con unas bulerías de Javier Ruibal. Pilar es precisa, algo clásica, como guitarrista de cámara. Ana, aunque con la voz algo tomada, muestra su versatilidad y las ganas de abandonar los esquemas. Como resultado su bella voz es personal y espontánea, llena de ayes y exceso de agudos tal vez.

Sus temas no son convencionales. Visto el foro en el que actúan, atesoran el flamenco de raíz para hacer maleable su entrega. Una farruca así lo confirma. Que sigue con ricas cantiñas, abiertas con alegrías de Córdoba, para dejarse morir en el Cádiz más profundo.

Agradecí especialmente la versión de La flor de Estambul, un tema clásico del pianista francés Erik Satie y letra de Javier Ruibal.

Unas guajiras incidieron en este espíritu de apertura y una soleá por bulerías, con el baile aplaudido de María, a pesar del poco espacio, culminaron su momento.

La parte rockera, la coparon la agrupación ‘Tan Bonicas’. Estrella, a la voz, Marina, a la guitarra, Nuria Fernández, con el bajo y haciendo los coros, y Estela, a la batería, desde hace ocho años se proponen pasarlo bien y hacerlo pasar bien a los demás. Con un directo rotundo y trabado de guiños a través de los años, van desgranando los temas que sus seguidores casi coreamos. Así suenan, en indistinto orden, La ruina, Una chica con suerte, Mueve el culo, Confía o La reina de la fiesta.

Aunque la sorpresa mayor, sin lugar a dudas, vino a los postres, actuando en conjunto las siete intérpretes sobre escena. El rock y el flamenco se dan de nuevo la mano en femenino plural. El flamenco demuestra nuevamente lo bien que le queda el mestizaje, la sangre pirata que encierra en las venas. El rock, como padre adoptivo de la música en occidente, sigue siendo el aliño que nunca defrauda.

Como primer encuentro de estas dos formaciones, abordan Espabilá, uno de los temas de ‘Tan Bonicas’, cercano a las rumbas. Es una canción de 1968, de la folklórica jienense Antoñita Peñuela, atrevido como él solo y definitivamente gracioso, como el resto de éxitos de este grupo de rockeras.

El punto final, como broche de oro, también en conjunto, fue el Te echo de menos, de Kilo Veneno, que hizo moverse hasta al portero.

 

(Quería que este artículo fuera además una arenga reivindicativa del 8 de Marzo, de ahí el título, pero ha quedado en simple crónica del espectáculo. Simplemente diría que ‘mujer trabajadora’ es una redundancia, y que lo suyo es la colaboración entre hombre y mujer si no queremos que el futuro nos fagocite.)

Cositas de Paco

Cositas de Paco

Más de una semana hace que Paco nos dejó. Más de una semana hace que le doy vueltas para abordar unas líneas que se tracen medianamente derechas ante el maremagno de notas más o menos sentidas, de glosas y pésames en directo y diferido.

Qué escribir entonces que no sea un tópico. Qué escribir que no suene repetido, aunque tan variado como la cascada que nos ocupa. ¿El genio de la guitarra? ¿Máximo embajador del flamenco en el mundo? ¿Pura técnica autodidacta? ¿Los dedos de oro de un muchacho de Algeciras? ¿Un antes y un después en el concepto? ¿El mayor guitarrista de todos los tiempos? ¿La humildad y la coherencia? ¿El dúo imprescindible con Camarón?…

No sé, todo es tan grande y sin embargo tan pequeño.

Borges decía que inmortal es el que no es consciente de que va a morir, como los animales. Ahora lo vuelvo a pensar y creo que la inmortalidad, ya que veo mi fin invariable, está en algunos seres que conforman mi ideario.

Yo pensaba que Paco estaría de por vida en el universo mundano de las estrellas, regalándonos de cuando en vez esas cositas buenas que componía e interpretaba.

Lo vi en directo cuatro o cinco veces (la última, este verano pasado, en el Generalife). Nunca lo traté ni hablé con él. He sabido de su labor independiente. De su escuela. Del trocito de Paco de Lucía que tienen todos y cada uno de los guitarristas que conozco.

Una de las primeras veces que fui a verlo, al Palacio de Congresos, dijo que a Granada venía con miedo, dado el nivel guitarrístico que aquí había. Modesta opinión que, en boca del máximo exponente de la guitarra, cobra doble valor.

La ley de vida es pasar, como el caminante de Machado, pero hay quien deja huella profunda, quien va abriendo camino. Y esos, como dictaba Brecht, son los imprescindibles.

Fui a tu país

Fui a tu país
para instalarme 
en tu memoria
y hallé tu cuerpo.
Y, cuando puse
mis manos en tu piel
de ajenas huellas,
todos los pájaros
en ellas anidaron 
como si hubiera 
un solo árbol perdido
en todo el horizonte.

* Un poemita antiguo.

Tocar el cielo

Tocar el cielo

Flamenco Viene del Sur

No podía tener un mejor comienzo “Flamenco Viene del Sur”. La redondez, la delicadeza, la afinación y el milímetro en el flamenco se llaman Mayte Martín. Desde que sale al escenario la cantaora catalana entramos en otro mundo; en el mundo de la sensibilidad y el sosiego, en el mundo alisado de las ideas donde un pétalo doblado de la más pequeña flor no tiene sentido. Es como tocar el cielo con las manos.

Muchos dirán, y están en lo cierto, que el flamenco no es el cielo, sino también el purgatorio y el infierno. Pero de todo tiene que haber para sentir la grandeza del arte. Visitemos el cielo o el infierno, siempre que haya verdad estaremos en la gloria.

Mayte ha querido acordarse de sus mayores. De esos intérpretes que han dejado una huella indeleble, a veces sin saberlo, en su camino y el de todos los aficionados, con sus interpretaciones, con su entrega, con su manera de sentir. Y que, en cierta forma, estamos en deuda con ellos.

Por otra parte, estos forjadores la han acompañado en todos sus recitales, en todas sus grabaciones, pero hasta ahora no ha dedicado un espectáculo específicamente a ellos, con nombres y apellidos.

Quizá, el nombre de la función, Por los muertos del cante, sea poco afortunado, o demasiado visceral para un resultado tan edénico, o demasiado flamenco.

Y, puesto que de esfericidad se trata, los músicos que le acompañan son merecedores de estar a la diestra del padre. José Luis Montón y Juan Ramón Caro, a la guitarra, tan eficaces individualmente como enormes en su conjunto. Perfectamente armonizados. Pareciera que asistíamos a un concierto barroco escuchándolos. A la percusión, el esteponero Chico Fargas, un verdadero deleite, dando el latido justo, poniendo todo el cuerpo en cada nota, dimensionando el vuelo en su conjunto.

No hay que tener prisa, todo se saborea lentamente. Como un prestidigitador seguro, Mayte va encantándonos con su tempo, con su manera de sentir; va mascando los acordes y los momentos, cuidando los detalles y aleccionando con su buen gusto, con la modulación de una voz siempre afinada.

Empieza la noche con Los campanilleros de la Niña de la Puebla y continúa acordándose de Carmen Amaya con el soniquete moruno de la zambra La Tana, que tanto nos suena a esos tangos del camino tan nuestros.

Con la Petenera mejicana comienza a hacer concesiones. Memora un cante, escuchado en México con dejes de petenera clásica, que puede recordarnos a Valderrama.

Los Tientos y tangos de Pastora son conocidos y reconocidos. Letras populares que ya incluyó en su primer disco.

La Guajira marchenera es una delicia, los melismas, la ligazón de los tercios y el deje sudamericano le van como anillo al dedo al paladar de la cantaora. Apuesta que comprobaremos más tarde en la Milonga del solitario, de Atahualpa Yupanqui, claramente alejada del flamenco, pero, como reconoció la artista, el gran cantor argentino es también un ‘muerto del cante’. Como ‘muerto del cante’ también lo fue Antonio Machín, al que canta por cuplé, a los postres de la Bulería al golpe.

Un tema sobresaliente, sin querer destacar nada en especial, fue la Serrana, por su camino creativo. Naciendo como serrana misma, fue pasando a bambera, cabal y remató con fandangos valientes del Albaycín, haciéndole un guiño a Frasquito y con él a toda Granada.

“Amante, amante, amante, que hasta las pestañas me estorban para mirarte”, canta a coro todo el cuadro, a capela y fuera de micrófono, para anunciarnos los Fandangos a Morente, en los que incluye esa rondeña grande que empieza con “La esposa triste se bañaba” y donde se acuerda también de otros nombres del fandango, como el Carbonerillo.

Termina el concierto con Sevillanas a Manuel Pareja Obregón. Creo que un final equivocado en esta plaza. Aunque la pieza, como el resto del recital, es de encaje, en Granada podía haber finalizado con los fandangos o con la zambra.

Como regalo, siempre bienvenido, interpretó el éxito S.O.S., de su primer trabajo discográfico, Muy frágil (1995), que popularizó Falete.

* Foto: Joss Rodríguez©.

Usos en la mesa

Usos en la mesa

Comer es un mundo. “Comer bien es uno de los placeres de la vida”, dice León Tolstoi en Ana Karenina.

Comer es un arte. “La sabiduría culinaria pertenece a las ciencias exactas”, exclama Italo Calvino en Palomar.

Sin embargo la comida puede ser un martirio para quien nos observa. Hemos visto de todo; desde las sutilezas entre el orden de utilizar los cubiertos, el uso del mantel o el lado correcto para servir el vino; pasando por las permisividades de coger ciertos alimentos con las manos, mojar pan en la salsa o inclinar el plato para apurar la sopa; hasta las verdaderas actitudes sancionables de comer con el cuchillo, sorber la sopa o comer con la boca abierta, amen de eructar en la mesa (sálvense los mahometanos), cortar el huevo con el cuchillo, hurgar la comida o picar en el plato del vecino.

Fernando Savater decía —cito de memoria— que mientras los animales corren, follan y comen, los humanos practican el atletismo, el amor y la gastronomía.

También es verdad que la primera norma que debe regir en un comensal es la naturalidad. Como decía Noemi Nicoloso Mongai: “Se viste siempre a gusto de los otros, pero se come a gusto propio”.

Sin embargo, si no queremos terminar comiendo solos (u odiados) y no queremos parecer animales concupiscentes (aunque tenemos más participación de ellos de lo que pensamos), haríamos muy bien en observar algunas normas de uso en la mesa, de protocolo, incluso.

Se cuenta que en Francia los cuchillos de mesa comenzaron a fabricarse con punta redonda porque el Cardenal Richelieu mandó redondearlos al ver que el canciller Pierre Séguier usar el suyo para limpiarse los dientes con la punta.

Aunque el uso del mondadientes o palillo higiénico (por muy sofisticado que se nos presente) no es mucho mejor. Veamos lo que se cuenta en La mesa moderna. Cartas sobre el comedor y la cocina cambiadas entre el doctor Thebussem y un cocinero de S.M:. “[Francia] es la que hizo poner el palillero sobre la mesa, dando lugar a ese escarbadientes continuo en que los comensales incurren sin malicia, pero con repugnancia pública”.

También diré que, en nuestro Siglo de Oro y quizá antes, salir con un palillo en la boca era símbolo de cierta opulencia, pues indicaba sin lugar a dudas que se había comido carne.

Para terminar con estos apuntes diré que Ambrose Bierce, en El diccionario del diablo, describe el tenedor como “instrumento usado principalmente para llevarse animales muertos a la boca. Antes se empleaba para ese fin el cuchillo, y muchas personas dignas siguen prefiriéndolo al tenedor, que no rechazan del todo, sino que usan para ayudar a cargar el cuchillo. Que estas personas no sufran una muerte atroz y fulminante, es una de las pruebas más notables de la misericordia de Dios con aquellos que lo odian”.

* Fotograma de Torrente (Apatruyando la ciudad).

La decapitación de los jefes

La decapitación de los jefes

El Dalai Lama nace cuando muere el Dalai Lama.

En la segunda mitad de los años ochenta, un pueblecito de la Alpujarra granadina se puso de moda. No fue por un asesinato, como suele suceder, sino porque allí nació Osel, reencarnación del lama Yeshe, que entregó su cuerpo mortal en el Tíbet. Ahora, el pequeño budista, tiene casi treinta años y ha decidido renunciar al monacato y crear una familia. Pero eso es otra historia.

Entre los pueblos primitivos, según nos cuenta Robert Graves en La Diosa Blanca, era habitual el asesinato ritual de los reyes remedando en cierta forma a los ciclos de la naturaleza, el sol sustituye a la luna en el firmamento, un año desplaza al anterior, las semillas mueren para que florezcan las plantas cada primavera, etc.

“En todo caso, dice Graves, el mito de Cronos es ambivalente: recuerda el reemplazo y el asesinato ritual, tanto en el culto del roble como en el de la cebada, del rey sagrado al término de su período de reinado…”. Y más adelante, con motivo de la muerte de Hércules, también dirá: “A él le sucede a su vez el Hércules del Año Nuevo, una reencarnación del hombre asesinado, que le decapita y, aparentemente, come su cabeza. Este sacrificio eucarístico alternado hacía continua la majestad real y cada rey era por turno el dios Sol amado por la diosa Luna reinante”, asociando este ‘sacrificio’ a la misa cristiana, a la muerte y resurrección del salvador.

Más tarde, esta muerte ritual se suavizó, llegando a ser tan sólo una parodia, un simulacro de este asesinato y, quizá, de la misma antropofagia.

Entre los visigodos, que reinaron en España por unos siglos, justo antes de la entrada de los árabes, el rey cortaba la mano derecha a sus enemigos inmediatos que quisieran arrebatarle el poder, todo un símbolo que le imposibilitaría reinar. Así Recaredo, a finales del siglo VI, cortó la derecha al rebelde Segga, que se hizo fuerte en Emérita queriendo proponerse monarca alternativo, antes de desterrarlo a África

En estos días, leyendo a Italo Calvino, me encuentro con el cuento La decapitación de los jefes. En nota a pie de página, el mismo autor italiano, nacido en Cuba, explica: “Las páginas que siguen son esbozos de capítulos de un libro que proyecto desde hace tiempo, y que quisiera proponer un nuevo modelo de sociedad, es decir, un sistema político basado en la matanza ritual de toda la clase dirigente a intervalos de tiempo regulares”.

Calvino afirma que la aniquilación regular de los poderosos: “Es la única doctrina que cuando haya conquistado el poder no podrá ser corrompida por el poder (…). Nuestra doctrina sólo puede escribirse con el tajo de una hoja afilada sobre la persona física de nuestros amados dirigentes”.

No tan extremo (ya dijimos que con los tiempos todo se va dulcificando) me recuerda a la democracia ateniense, cuando, una vez al año, si una asamblea ordinaria así lo decidía, se votaba el ostracismo (que viene de ostraca, que viene de ostra), es decir, se condenaba a una persona al destierro preventivo durante un periodo de diez años. El elegido solía ser algún personaje popular susceptible de conjurar o convertirse en tirano, pues el desterrado no había cometido delito alguno. Así, fue desterrado, por ejemplo, Jantipo, el padre de Pericles.

A este respecto Plutarco cuenta la anécdota del "insigne magistrado" Arístides, llamado el justo, pues cuando se dirigía a la Asamblea se encontró a un campesino analfabeto que seguía su mismo destino. El rústico le pidió un favor a este antiguo general de los enfrentamientos púnicos. Extrajo de su jubón un tejuelo en blanco y dijo que escribiera en él a quien pensaba votar para el exilio. Con mucho gusto, Arístides se dispuso a apuntar. El joven agricultor dictó su mismo nombre. Arístides, sin identificarse, preguntó qué tenía en contra de ese hombre. "Nada en absoluto, contestó, ni siquiera lo conozco, pero estoy harto de escuchar que todo el mundo lo llama el justo". Arístides sin más escribió en la piedra su propio nombre y se lo devolvió al campesino.

Cuando acabó la Asamblea, efectivamente, Aristides tuvo diez días para despedirse de sus seres queridos, para pasar después diez años fuera de su patria. Antes de irse, cuenta Plutarco, alzó sus manos y rogó a los dioses que los atenienses no sufrieran ningún peligro que les hiciera recordar el nombre de Arístides.

* Arístides el justo, camino del ágora.

Flamenco Viene del Suroeste

Flamenco Viene del Suroeste

Mi presencia en el flamenco, por varias razones en las que tiene mucho que ver el ruido y las nueces, se va limitando. Flamenco soy, sin lugar a dudas, no un aficionado acérrimo, pero sí un vivificador con el cante, con el baile, con la fiesta. Ser flamenco es una forma, más que de vivir, de sentir la vida. Se me viene a la memoria, aunque no tenga mucho que ver, ese chiste tan flamenco de Gila (aunque él no lo supiera) donde uno le preguntaba a otro: “¿no tiene usted frío?”, y ese otro le respondía: “para qué, ¡no tengo abrigo!”.

Estoy discriminando, como digo, las representaciones flamencas a tres festivales imprescindibles en Granada, por su calidad y por su calidez, pero sobre todo por su universalidad. En el flamenco se ejemplifica nuestro himno cuando dice: “sea por Andalucía libre, España y la humanidad”.

Por tercera vez intento hablar de los momentos en los que participaré, intentando no irme nuevamente por las ramas. Estos ciclos son Los veranos del Corral, la presencia flamenca en el Festival de Música y Danza de Granada y Flamenco Viene del Sur. Aparte de esto, acudiré a alguna representación puntual, realizaré la visita a alguna peña y me sumergiré en cualquier sarao que me salga al encuentro. Esperaré que el flamenco venga a mí, no que yo vaya al flamenco, lo cual no es difícil.

El lunes próximo, 24 de febrero, comienza el ciclo Flamenco Viene del Sur, un festival de prestigio que lleva diecisiete años de existencia, donde podremos ver lo más granado del flamenco actual en Andalucía y sus territorios afines (entiéndase Extremadura, Levante, Madrid o Barcelona).

La presencia granadina, por no decir del resto de las provincias orientales, en este festival siempre ha sido escasa, pero en 2014 es prácticamente nula, a excepción de un honroso Álvaro Pérez ‘el Martinete’ que ganó el cuarto Certamen Andaluz de Jóvenes Flamencos, en la modalidad de guitarra. Cuestión que en cierta manera me alarma, pues esta ciudad ofrece flamenco de altura, en todas sus manifestaciones; altamente cualificado y competitivo.

Cuál es el problema entonces. Hay un concurso público para elaborar este programa y, aunque los distintos raseros funcionen en Sevilla, la proporción es mínima. Sólo han partido diez proyectos desde Granada de los más de doscientos que competían para formar parte de este evento. La Junta de Andalucía, el Instituto de Flamenco, se ha cuidado de formalizar unas cuotas. Por ejemplo, se le ha concedido la misma importancia a la novedad y a la veteranía, a la juventud y a los años; a la presencia por igual de voz, guitarra y baile; así como el equilibrio entre hombres y mujeres de las cabezas de cartel. Pero no se ha cuidado en que todas las provincias estén presentes como deberían.

Sus criterios los desconozco. Puede haber distintos motivos, pero el principal quizá sea la escasa presencia. Hay una realidad, y es que en Granada no hay ‘industria’. Los flamencos viven el día a día y no guardan para mañana. Aquí hay mucha vista, pero falta visión.

(En otro momento hablare de este patológico lastre, que el artículo nuevamente se me va del teclado.)

Este lunes disfrutaremos en el teatro Alhambra, como el resto del ciclo, de la voz preciosista y siempre afinada de Mayte Martín, con el espectáculo Por los muertos del cante, nombre desafortunado por muy nobles que sean sus intenciones.

El lunes siguiente, 3 de marzo, daremos paso al cantaor jerezano Jesús Méndez, que nos trae un trocito de su patria chica presentándonos su segundo rabajo discográfico, De la plazuela.

El 10 de marzo, La otra piel es la obra que expone la Compañía Úrsula López.

El 17 vuelve la guitarra. Esta vez añeja y referente. Paco Cerero nos trae Tradición.

Nacida en Nueva York, de raigambre andaluza y muy relacionada con esta tierra, la bailaora Belén Maya dará un Recital flamenco con su Compañía el 24 de marzo.

Un concierto que dará que hablar (ya está dando) es el que el último día de marzo nos ofrecerán Carmelilla Montoya y Remedios Amaya, con el simple nombre de Triana canta y baila.

Entramos en abril, el día 7, con la gala de ganadores del IV Certamen de Jóvenes Flamencos donde, como dije, tenemos la presencia del único representante granadino a la guitarra, Álvaro Pérez. También tendremos a Rafael Ramírez, en la modalidad de baile y Antonio García al cante.

Después del paréntesis de la Semana Santa, el 28 de abril, continuará el flamenco con dos jóvenes veteranos, Jeromo Segura y Eduardo Guerrero, que traen Unión, con sabor a mina.

Para terminar el ciclo, el 5 de mayo, la Compañía Guadalupe Torres, producirá un espectáculo con el nombre tan sugerente de Acuérdate cuando entonces.

De cada una de las funciones iré dando debida cuenta en estas páginas. Ya tenemos con qué entretenernos.

Coto privado

Coto privado

Nunca me dediqué al chiste gráfico. Nunca tuve oficio para ello. Pero de vez en cuando aparece entre mis papeles alguna viñeta que me aproximó al intento.

Como es habitual en mí, el dibujo no está fechado, pero puedo suponer, por la libreta en que ha aparecido y el tema tratado, que pertenece a la época de los grandes incendios intencionados en España de finales de los años 80 principios de los 90.

El camino de la poesía

El camino de la poesía

Jugar con Fuego

Tal vez el desaparecido Gerena. Tal vez Menese, el Lebrijano o Calixto Sánchez. Pero para musicar un poema libre o la pura prosa no había nadie como Enrique Morente (sálvense los amos del compás, Chano Lobato, Diego Carrasco, Tomasito… que, en palabras de Murciano, son capaces de meter por bulerías al viento de levante).

Morente lo hacía, y lo ha demostrado en cada uno de sus trabajos y recitales desde que leyó por primera vez Doña Rosita o los telúricos versos de Hernández.

Quién cogerá el testigo, ¿sus hijos?, ¿sus cientos de seguidores?, ¿Quién remeda su cante? Un paisano y agradecido discípulo, no desde ahora, sino desde hace tiempo, apuesta por los poetas y por los pensadores, dándole una nueva voz a sus letras.

Juan Pinilla ha musicado para el flamenco a Nietszche y a Groucho Marx, aparte de Ángel González, José Hierro o Chavela Vargas. Es un cantaor comprometido, de escénica conciencia proselitista, por eso sus coplas, sus declaraciones entre tema y tema no son baladíes, sino que están llenas de mensaje y de intención.

Su voz es poderosa, equilibrada y precisa. Como el ’Ronco del Albaicín’ ha demostrado primeramente que canta por derecho, que conoce y respeta el cante, que sabe de los clásicos en una enciclopedia casi como la de Valderrama.

La unión de la poesía y el flamenco no es nueva. Sin ir más lejos, para el FEX (Festival Extensión del de Música y Danza de Granada), en los años 2011 y 2012, humildemente un servidor y la Asociación del Diente de Oro, organizamos sendos recitales donde se aunaban la voz de los poetas granadinos con el toque, el baile y el cante de nuestros flamencos (en los que participó igualmente el cantaor al que nos referimos).

Ahora, fruto del trabajo y la amistad con el vate granadino Fernando Valverde coedita el disco Jugar con Fuego, que fue presentado el pasado jueves en el teatro Isabel la Católica.

Hay dos formas de acercar la poesía al cante. La primera es dejarse llevar por la rima, cuando el poema lleva la música dentro, como si se escribiera para ser cantada. La segunda es la más difícil, es la creación libre, cuando el poema no es rimado, de ritmo difícil y sentimiento abstruso.

La poesía de Valverde se enmarca en la Nueva sentimentalidad, en la Poesía de la experiencia, es continua y directa y habla de cosas cotidianas, demasiado visceral a veces. Juan lleva ese puñado de obras al flamenco y les ofrece una versatilidad impensable, como si fueran escritas directamente para ser malagueñas, farrucas o granaínas, con las que comienza el recital. Un recital que sorprende y rompe la temida alternancia de recitado-cante. Es flamenco lo que observamos, es poesía del momento lo que aletea, es frescura lo que tenemos, es un producto novedoso lo que nos proponen.

Juan lleva tiempo en la brecha. Posiblemente diré, sin temor a equivocarme, que este es su camino. Un camino tan personal como de abrumada eficacia. Un camino, por otro lado pedregoso, de difícil comprensión para las dos manifestaciones artísticas, flamenco y poesía que, por otro lado, van juntas de la mano desde el principio de los tiempos.

A la guitarra, imprescindible, les acompaña el joven almeriense David Caro, con una sobresaliente asistencia; a la percusión Josué Heredia; y a los coros y palmas Enrique Melgarez y Jony Valle con una memorable alboreá a tres voces y unos fabulosos coros por Huelva al final de la noche, para mí de los mayores logros.

También escuchamos un poquito de campanilleros rematados con farruca; una muy aplaudida vidalita, con guiños a la milonga, donde se acordó de la diosa costarricense; la sentida policaña, que crece con el polo y termina en soleá; los tangos de Málaga, llamados Revolución, que fueron un encargo expreso del cantaor; las alegrías, que no terminan de romper y quedan deliciosamente en el umbral de la fiesta; las agradecidas bulerías; y los fandangos aludidos, los cantes de madrugá, que como guinda recorren Alosno y se acuerdan del 'Niño Gloria' y otros imprescindibles.

La Orden de la Jarretera

La Orden de la Jarretera

Un fausto día de 1348, según Polidoro Virgilio, el rey Eduardo III de Inglaterra bailaba embelesado con la condesa Alicia de Salisbury, con la que se rumoreaba que mantenía un idilio. A la joven dama, entre los apasionados compases del saltarello, le resbaló panto­rrilla abajo una liga de color índigo del muy noble muslo izquierdo, a lo que el rey graciosamente inclinándose la recogió al punto y se la colocó en su propia pierna ante el estupor de la corte; nunca monarca alguno se había inclinado por cuestión tan mundana, y menos estando su honor el tela la juicio.

Otros dicen que con quien bailaba el rey en dicha fiesta, ofrecida posiblemente en el Palacio Eltham, era Juana de Kent, igualmente sorteada entre sus amantes, quien luego se convertiría en la primera Princesa de Gales. Incluso hay quien afirma que la dama en cuestión tampoco era Juana de Kent, sino su suegra hasta ese momento, Catherine Montacute, condesa de Salisbury (¿sería quizá la misma Alicia?). La leyenda no está clara. Parece que un incendio intervino en la tiniebla.

El caso es que para desmentir las murmuraciones de avie­sos cortesanos y manifestar la pureza de sus intenciones, Eduardo III se apresuro a darle dignidad al suceso fundando in situ la Orden de Garter o Jarretière (palabra francesa que en español quiere decir precisamente ‘liga’, ‘garrotera’ o ‘jarretera’), dándole por divisa la aludida prenda femenina (que los ordenados han de llevar bien visible en su pernil izquierdo) y por motto la frase Honni soit qui mal y pense, es decir, “Vergüenza de aquél que de esto piense mal”. Lema que figu­ra igualmente como en el escudo de Inglaterra.

(Aunque siempre hay alternativas y se comenta que tal frase fue pronunciada por el rey en la batalla de Crecy (1346), cuando hizo atar la jarretera a una lanza a guisa de insignia.)

La historia, por otro lado, parece haber tenido su origen en Francia con el propósito de desacreditar a su país vecino, aludiendo que la orden de caballería más prestigiosa y antigua del Reino Unido hubiera tenido un comienzo tan frívolo.

También cuentan que el rey Eduardo III, con la formación de la Orden, había intentado retomar el espíritu de la Mesa Redonda conformándola por caballeros que habían servido a Inglaterra durante la Guerra de los Cien Años contra Francia. De hecho el monarca ya disfrutaba junto a su corte de festivales que evocaban los tiempos del Rey Arturo, con torneos de justa incluidos.

La Nobilísima Orden de la Jarretera impresionó a Joanot Martorell de tal modo que inspiró algunos pasajes de su Tirant lo Blanch, al que hace caballero de esta Orden.

Perucho nos cuenta, según la tesis mantenida por Watson en Murder and Fashion by Dr. Watson (Sir Arthur Conan Doyle), que la liga de la condesa Alicia de Salisbury, depositada en el British Museum, fue robada y demostrado con su hallazgo por Sherlock Holmes la autenticidad el origen de la Orden de la Ja­rretera.

El poeta catalán refiere: “Holmes buscó y rebuscó la pista de la liga robada, via­jando constantemente por Europa y Asia, frecuentando los más dispares lugares, desde hoteles de gran lujo a cafetines infectos y desagradables. Vistió una escafandra autónoma de su invención y descendió a las profundida­des del Támesis, donde, por cierto, descubrió una de las múltiples guaridas del tristemente célebre Fu-Manchú; pero no interesándole, en aquel momento, el bandido oriental, ya que su meta era la liga, salió nuevamente a la superficie, oleosa y nauseabunda, del río, continuando sus investigaciones en París. Por fin, en un piso de la rue de Saint-Honoré, recargado de cortinajes de terciopelo carmesí, halló Holmes la codiciada liga, que estaba siendo contemplada lujuriosamente su enemigo mortal, el infame Mortimer. A punto estuvo de perder la vida nuestro detective, pues Mortimer, al verse sorprendido con las manos en la masa, intentó estrangularlo con la liga, pro­duciéndose un horrible forcejeo. No obstante, con la inter­vención de Watson (que salió de detrás de un armario apuntando con un revólver al malvado) todo acabó felizmente y la íntima prenda de Alicia de Salisbury fue devuelta con todos los honores al British Museum. Holmes publicó después un celebrado folleto que incrementó su gloriosa reputación de detective, ganándose además la de erudito en el ramo, difícil y prolijo, de la modistería in­terior”.

Un paraguas frente al espejo

Un paraguas frente al espejo

Corrían los años noventa, más a principio que a final, cuando nos juntamos Jesús Herrera, Alfoso Salazar y yo mismo, todos los lunes en casa de un servidor con una tarea impuesta, como si fuera una terapia creativa. A saber, escribir cuatro versos sobre un tema impresionista.

Después, todos los versos, en general de forma alterna, entraban en la coctelera de mi entendimiento, para coordinar tiempos, géneros, ritmos y biorritmos. Y allí teníamos un poema colectivo con más altibajos que el Otoño de Vivaldi.

Los títulos sugeridos fueron varios, fruto de mezclar dos palabras sin relación aparente. Así surgió Un picaporte sin remedio, Una planta carnívora ciega, Una puta en un ascensor, Un oficinista en el baño, El timbre del hormiguero o este último, Un paraguas frente al espejo, que comparto a continuación:


Ahora llueve en el paraguas
elegante y quietamente en el espejo revela su imagen
encorvado sobre su silencio de escudo entretejido,
soportando la impotencia en aguacero.
Su puño de madera no recuerda guante alguno,
se refleja tenebroso en una negra lámina.
Un hierro atraviesa la tela, la del fondo,
aumenta su sombra, más larga si cabe;
una conversación cóncava, una esperanza enraizada
de ese cielo que le llora.
Sin embargo no intercambia ni aquel sonido,
y en la esquina las lágrimas son de barro.

Aunque sospecho cuáles son mis versos en estas cuatro trilogías, sería dificil precisarlo. Al cabo de tantos años, puedo asegurar con satisfacción que este poema no me pertenece,

El origen cambiante de las sirenas

El origen cambiante de las sirenas

Las sirenas, los seres más sensuales del corpus hagiográfico, no siempre sin embargo han gozado del romanticismo de su hermética cola cual falda estrechísima de noche sin fin. Como sabemos, en un principio, para el rapsoda del duodécimo libro de la Odisea, lucían cuerpo de ave. Así corrobora metamóficamente Ovidio, “pájaros de plumaje rojizo y cara de virgen”. Para Apolonio de Rodas, en su Argonáutica, siguen siendo de medio cuerpo para arriba mujeres, y en lo restante, pájaros.

Hay que esperar hasta algunas leyendas nórdicas o a nuestros románticos, a la heráldica o al ‘maestro’ Tirso de Molina para concebirlas "la mitad mujeres, peces la mitad". (La mitad mujer, añado yo, siempre es de mujer desnuda, con breve pecho apuntado, seguramente por la frigidez del agua, cubierto voluptuosamente por su cabello, quizá turquesa.) En el Fausto de Goethe, no obstante, las sirenas, a las que llama estymfálides, siguen conservando el antiguo aspecto de ave.

La explicación puede ser (leí en no sé dónde y luego lo olvidé) que alguien pudo confundir la traducción de la palabra latina pennae, que significa alas, por pinnae, que puede representar las aletas de un hermoso pez.

Una de las primeras cuestiones por resolver es sin duda su naturaleza dentro del panorama de los seres vivos o imaginados. Borges se queja de que en un ‘brutal’ diccionario catalogan a la sirena como un “supuesto animal marino”. La verdad, hasta el siglo XVI, la sirena formaba parte como un ser real de los diccionarios zoológicos. El diccionario clásico de Lempriere entiende que son ‘ninfas’, el de Quicherat que son ‘monstruos’ y el de Grimal que son ‘demonios’ (‘malditas’ las llaman algunos y William Morris ‘brujas del mar’).

El Diccionario de la Real Academia describe a la sirena como “ninfa marina con busto de mujer y cuerpo de ave, que extraviaba a los navegantes atrayéndolos con la dulzura de su canto” y, seguidamente, con la ampulosidad categórica que se otorga, nos confunde diciendo que “algunos artistas la representan impropiamente con torso de mujer y parte inferior de pez”.

Tradicionalmente, a partir de Homero, habitan en una isla del poniente mediterráneo, cerca de la isla de Circe (Eea). El cadáver de una de ellas, llamada Parténope, fue encontrado en Campania, y dio su nombre a la ciudad que ahora lleva el de Nápoles.

Nápoles, cuenta la Enciclopedia libre de Internet, se construyó a unos kilómetros de una ciudad existente, “Parténope” o “Palépolis” (ciudad vieja). En la mitología griega Parténope era la menor de las tres sirenas que desde las rocas de Capri intentaron con sus cantos seducir a Odiseo, quien se ató al palo mayor consiguiendo así ser de los pocos mortales en disfrutar de los bellos cantos sin morir ahogado después. La sirena, desesperada, se ahogó de pena y su cuerpo llegó a la costa de la ciudad vieja. Los colonos griegos sin embargo, prefirieron un área cercana que bautizaron como Νέα Πόλις o Νεάπολη (pronunciado Néa Pólis), la ciudad nueva. Más tarde el término en napolitano pasó a pronunciarse Napule y en italiano, Napoli.

Las sirenas, como vemos, si no consiguen su objetivo de embaucar a los marineros y cobrar su vida en pago a la osadía de haberlas visto, de haber escuchado su canto, acaban con su propia existencia. De esta forma, Parténope no resiste a Ulises encadenado ni las sirenas todas sobrevivieron el dulce canto de Orfeo desde la nave de los argonautas, nos cuenta Apolodoro en su Biblioteca, y añade “que se precipitaron al mar y quedaron convertidas en rocas, porque su ley era morir cuando alguien no sintiera su hechizo”. Borges apunta en Discusión que las ninfas de los mares aducen una “felicidad que es vaga como el agua”, mientras Orfeo “canta oponiendo las venturas firmes de la tierra”.

* La última sirena descubierta, con permiso de Olga Pericet.

Protector eterno de los eunucos

Protector eterno de los eunucos

El tercer emperador de la dinastía Ming, Yung-Lo, que lo fue durante los años 1402 y 1424, pasaba por tan buen amante como por celoso acérrimo. Poseía un harén con setenta y tres concubinas al que nadie podía tener acceso con fines lúbricos, so pena capital. En cierta ocasión tuvo que ausentarse por largo tiempo de la ‘Ciudad Prohibida’ de Beijing, para lo cual dejó a cargo y protección del gran harén a un hombre de confianza, el general Kang Ping.

Dicho oficial, temiendo que sus rivales en el palacio pudieran acusarlo de irregularidades sexuales con una concubina imperial y conociendo el carácter paranoico e irascible del emperador, tuvo la idea de castrarse e introducir su pene y sus testículos embolsados en las alforjas del emperador antes de su partida.

Como predijo el general, a la vuelta del emperador fue acusado de no haber respetado sus votos de mantenerse alejado de sus mujeres. Kang Ping, tranquilamente, pidió que trajeran la silla de montar del emperador, extrayendo la bolsa con sus genitales ennegrecidos, demostrando que su acusación era infundada. 

El emperador, conmovido por el gesto de su consejero, le nombró inmediatamente jefe de sus eunucos, una poderosa posición política dentro del palacio, y le obsequió con múltiples regalos.

Tras la muerte de Kang Ping, entorno a 1410, Yung-Lo levantó en su honor un templo, en unos terrenos en las afueras de Beijing, que fueron destinados a cementerio de eunucos, nombrándole ‘protector eterno de los eunucos’.

Consecuentemente, el General Kang ping, es más conocido por su acto de auto-castración, como muestra de lealtad a su emperador, que por su trayectoria en la corte imperial.

En 1530 el templo fue ampliado y rebautizado como ‘Sala Ancestral de los Valientes, Exaltados y Leales’ (Hugo Baozhong Si). En el siglo XX el templo y los terrenos estaban todavía en uso por los eunucos. En 1950, el ‘Templo de los Eunucos’ pasó a llamarse ‘Cementerio Municipal de Beijing para los revolucionarios’ y en 1970 pasó a llamarse de nuevo Babaoshan ‘Cementerio Nacional para los revolucionarios’, nombre que lleva hoy en día.

* General dinastia Ming.

Persecución de los gitanos: primera pragmática

Persecución de los gitanos: primera pragmática

Al principio, cuando llegó el pueblo gitano a la Península, fue bien tratado, hubo buen entendimiento entre razas y culturas durante más de medio siglo. Pero el cambio de la actitud de las autoridades españolas hacia ellos, no tardaría mucho tiempo en llegar. Un hecho definitivo en este cambio de actitud se produjo por el fuerte crecimiento del número de gitanos, debido a la entrada masiva de contingentes gitanos desde Constantinopla tras la invasión islámica en 1453. Ante esta masificación, las ayudas y las limosnas, que eran habituales, pasaron a ser menos generosas.

Poco después surgió el rechazo y el recelo. Desconfianza agravada por el desenmascaramiento de su falsa nobleza y por la vida nómada y disoluta que adoptaron, inclinada al hurto y al engaño.

Las protestas de un pueblo acostumbrado a otros usos proliferaron por todas partes, lo que condujo a los Reyes Católicos a dar una respuesta a este problema. Además, por otra parte, los monarcas, como en el resto de Europa, pretendían el absolutismo y la unidad política y religiosa.

Así, en nombre de la fe, los Reyes Católicos y la Iglesia a través de su “policía política”, la Inquisición (creada en 1480), ponen en pie los pilares ideológicos de la homogeneidad cultural: un único y absoluto poder político, una única religión, una única lengua, una única cultura y por consiguiente una única manera de ser y sentir.

Pero la represión no llegó exactamente por causas religiosas sino por su forma de vida, por su comportamiento cotidiano, pues los gitanos iniciaron actividades poco convencionales, en ocasiones al margen de la ley, pues no querían abandonar su modus vivendi.

Otro motivo, según Jules Klein, fue debido a las repetidas quejas del “Honrado Concejo de la Mesta”, pues los grupos de gitanos chocaban económicamente con los intereses de los ganaderos trashumantes de Castilla.

En principio, los Reyes Católicos les dieron un plazo de dos meses para que tomaran un domicilio fijo, adoptaran un oficio y abandonasen su forma de vestir y sus costumbres, so pena de expulsión o esclavitud, para encontrar la unificación de los súbditos en toda la Península.

En concreto el 4 de marzo de 1499, los Reyes Católicos dictaron una Pragmática en Medina del Campo, que describía con detalle los castigos a los que serían sometidos los gitanos que trasgredieran las Leyes del Reino: el destierro para aquellos gitanos que no se convirtieran en sedentarios, y que no volvieran al reino de manera alguna, y si fueren hallados en el reino, o tomados sin oficio, o juntos, pasados sesenta días que les den a cada uno cien azotes y les destierren perpetuamente, y si por segunda vez son hallados, que les corten las orejas, y si por tercera vez, sean cautivos.

La Pragmática dictada por Isabel y Fernando, recogida en la Novísima Recopilación (Libro XII, título XVI), dice así: Mandamos a los egipcianos que andan vagando por nuestros reinos y señoríos con sus mujeres e hijos, que del día que esta ley fuera notificada y pregonada en nuestra corte, y en las villas, lugares y ciudades que son cabeza de partido hasta sesenta días siguientes, cada uno de ellos viva por oficios conocidos, que mejor supieran aprovecharse, estando atada en lugares donde acordasen asentar o tomar vivienda de señores a quien sirvan, y los den lo hubiese menester y no anden más juntos vagando por nuestros reinos como lo facen, o dentro de otros sesenta días primeros siguientes, salgan de nuestros reinos y no vuelvan a ellos en manera alguna, so pena de que si en ellos fueren hallados o tomados sin oficios o sin señores juntos, pasados los dichos días, que den a cada uno cien azotes por la primera vez, y los destierren perpetuamente destos reinos; y por la segunda vez, que les corten las orejas, y estén sesenta días en las cadenas, y los tornen a desterrar, como dicho es, y por la tercera vez, que sean cautivos de los que los tomasen por toda la vida.

A esta pragmática se sumaron más de veinte pragmáticas Reales y decretos del Consejo de Castilla; un sinfín de edictos en Aragón, Cataluña, Navarra, Valencia y Granada; y una veintena de leyes de Portugal hasta los tiempos de Carlos III. Cada monarca en nuestro país intentó deshacerse del pueblo gitano, aunque afortunadamente ninguna de estas medidas tuvo el éxito pretendido.

Dice el historiador George Borrow que “quizás no haya un país en el que se hayan hecho más leyes con miras de suprimir y extinguir el nombre, la raza y el modo de vivir de los gitanos como en España”.

* Algún gitano habría entre la cadena de galeotes que liberó funestamente don Quijote.

Grande

Grande

La pasada semana murió Félix Grande. El flamenco otra vez está de luto. Con su ida perdemos una de las voces más sensibles que hemos tenido en el arte de la queja y del dolor. No fue cantaor, sólo hilvanaba palabras de sabiduría. Lo conocía antes de conocernos. Tenía bastante ajada de tanto oírla su grabación estremecedora, junto al Lebrijano, sobre el acoso de los gitanos en España. Una obra imprescindible para el conocimiento del flamenco y del pueblo caló. Una obra, llamada precisamente Persecución (1976), donde Juan Peña con una voz envidiable, madura y torrentera, y con un eco flamenquísimo, va desgranando con pasmoso sentimiento los cortes que jalonan el disco. Y, Félix, de forma desgarradora, pausada pero contundente, nos va guiando, como narrador entregado y autor del libreto, por los vaivenes de este pueblo, su condena por ser gitanos, su castigo por amar la libertad.

Hace tiempo, quizá ocho años, quizá diez, me lo presentó el artista gráfico David Zafra no sé en qué circunstancias. Puede que fuera en una de las pasadas ferias del libro aquí en Granada, que viniera a presentar algún volumen, o quizá fuera con motivo de alguna conferencia. Nos vimos tan sólo en esa ocasión o tal vez un par de veces. No recuerdo. Mi memoria es flaca como filamento. Se interesó por mi ‘trabajo’ y aseguraba haberme leído en algún momento. Quedamos en colaborar en un futuro. Compromiso que se llevó el viento como nuestras conversaciones telefónicas a raíz de una colaboración en Letra Clara, revista de la Facultad de Filosofía y Letras, la cual gestionaba en su aspecto técnico. Colaboración que nunca llegó porque fue el tiempo fatídico de la enfermedad y muerte de su compañera.

Félix me impresionó. Era un hombre tranquilo y carismático, exacto en su criterio y centrado en sus ideas globalizantes de entrega y respeto. Era alto y de rubios rizos, o blancos a esas alturas. Era un ángel que trasmitía paz.

Hablamos sobre todo de flamenco, de libros y de poesía, sin importarnos la rotación del mundo.

Ahora estoy convencido de que esos momentos son enormes en su sencillez y que, a la larga, nos aprehenden como si fueran definitivos en nuestras vidas.

El refuerzo de lo absoluto

El refuerzo de lo absoluto

Si Dios es todo también es nada, porque todo abarca la nada, aunque la nada sea la ausecia de todo. Si Dios es inmensamente bueno, también tendrá ese punto de maldad que refuerce su benevolencia. Los dioses primitivos eran crueles, despotas, autoritarios y castigadores. Nuestro Dios, hasta no mucho, era igualmente estricto. El diablo antes fue ángel. Mefistófeles, en la obra de Goethe, prometía hacer el mal y solamente ejercía el bien en el atormentado Fausto. En Dostoyevski, el demonio que se le aparece a Iván Karamazov, presume de lo ‘bien’ que hace el mal y estuvo a punto de cantar ¡Hossanna! cuando el Verbo crucificado subió al cielo.

El gran secreto andalusí para preparar el ajoblanco es mezclar una almendra amarga entre todas las demás. El bien (la belleza, la dulzura…) se evidencian por su contraste.

El budismo chino era una religión rústica, grosera, armada (como el jesuíta católico). Se dulcifico con la escuela chan (‘zen’ en japonés). El budismo zen no se entiende sin esa vena creadora que le proporciona el teatro Nô, la ceremonia del té, la composición de haiku o el ikebana.

Todo debe ser lo suyo y lo opuesto en un mismo ser. El camino es largo o es un soplo. El descanso es merecido cuando el desaliento nos ciega. Lo más desesperado que conozco es la esperanza perdida, aunque nunca se pierda, como el imperdible que pincha y cose.

San Jerónimo, siguiendo los pensamientos de Orígenes, confiaba en la salvación final del diablo. Esperanza que firmaría más tarde San Gregorio de Nysa y Papini. Maquiavelo, por su parte afirmaba que “quien ve realmente al Diablo, no lo ve con tantos cuernos ni tan negro”.

Hay momentos de debilidad, luces que indican la absoluta penumbra, trasparencias que definen la opacidad. ‘La excepción confirma la regla’, aunque Ambrose Bierce nos recuerde que la expresión original latina es Exceptio probat regulam que significa que la excepción ‘pone a prueba’ la regla y no que la confirma.

Iguales en la diferencia, diferentes en la igualdad. Hermafroditas al fin y al cabo.

 

Sobre nuestros demonios

Sobre nuestros demonios

A diferencia de Sartre, que opinaba que “el infierno son los demás” (A puerta cerrada), Dostoyevski afirmaba en Los hermanos Karamazov que “todos los hombres llevan un demo­nio en su interior”. Lo mismo decía san Hilario “los principales demonios habitan en la cabeza de las personas, y las tentaciones son los demonios que tientan a los mortales”.

Torrente Ballester va más allá e insinúa en el prólogo de su Don Juan que el infierno somos nosotros mismos. Quizá por eso Clemenceau exclamara “quien tiene genio, tiene mal genio”.

Cavafis, por su parte, poetizaba en Itaca: “A Lestrigones y a Cíclopes, / y al fiero Poseidón no los encontrarás, / si no los llevas dentro de tu alma”.

Todos tenemos la dualidad en nuestras entrañas. Todos somos potencialmente buenos, como soñaba Rouseau, pero también ‘lobos’ para nosotros mismos, como Hobbes dejó escrito. (Una de las frases más conocidas de la artista holiwoodiense Mae West, maestra del doble sentido, dice “cuando soy buena, soy buena; pero cuando soy mala, soy mucho mejor”.)

Todos somos el doctor Jekyll, pero también mr. Hyde. No sólo hacemos daño sin querer o por venganza o por defensa o por despecho, sino también por gusto, por el placer del sufrimiento ajeno, por el poder que nos otorga el sadismo. Nuestra cabeza está bien enrevesada y en nuestro corazón hay rincones bien oscuros: alma de malvado, de castigador, de ladrón, de pirómano, de asesino. Sólo falta dar el paso. Dicen que quien mata una vez ya le es más fácil seguir matando.

Cada cual sabe de sus bondades y de sus fobias, de su simpatía y de su crueldad. “Si los espejos reflejan las cosas en su apariencia, detrás de los espejos debe haber fabulosamente el ángel o el diablo, la verdad o la mentira”, escribía Joan Perucho en La sonrisa de Eros. Nadie se salva. Somos yin y yang, noche y día, hombre y mujer (aunque nuestra participación del otro sexo sea mínima, aunque admitamos esta dualidad).

Así, la imagen animada del diablito que nos tienta, en lucha continua con al angelito que nos marca el buen camino, no es tan fantástica como creemos. Tenemos alas celestiales que nos elevan, pero también un largo rabo infernal que nos arrastra y ennegrece. Mujica Láinez en El Laberinto sentencia que “de la tentación sólo escapan (a veces) el santo y el filósofo”. ¿Pero acaso queremos escapar?