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Escribo para cuatro

Escribo para cuatro

No sé realmente cómo me dio el volunto de hilvanar palabras en un papel y depurarlas a través de los años hasta serme tan vital como el comer o el amar. Quizá empezara a escribir antes de buscar justificación. Quizá alguna lectura me llevara a materializar mis propios pensamientos. Quizá quise incentivar una memoria que nació flaca y sigue creciendo enfermiza.

El caso es que en una libreta, de tamaño de bolsillo, comencé a apuntar frases o ideas (lo que ahora se llaman aforismos) hasta que se terminaron sus hojas. Después compré otra y otra más. Y al mismo tiempo leía a Khalil Gibran y a Tagore y pensaba que si ellos escribían lo que escribían, por qué yo no podría escribir igualmente mis ocurrencias.

Después soñé que Platón dijo que el hombre que lee es incompleto si no escribe. Y leí a Borges y Bioy Casares que, uno de sus personajes de Seis problemas para don Isidro Parodi (1942), en Cuentos de H. Bustos Domecq, comenta esto mismo con más claridad: “el que no escribe todo lo que le fermenta en la testa es un eunuco de la Capilla Sixtina”.

La necesidad fue creciendo y se fue afinando. Relativamente pronto dejé de lado la poesía: el verso, la medida, el ritmo, están fuera de mi alcance. Aunque algo hago en forma de poema breve o ligera cancioncilla.

En la prosa nado sin vértigo. El cuento, el pensamiento e incluso la novela. Algo he publicado. Mínimo y sin entidad tras los muchos años que llevo juntando letras y emborronando papeles. También me dediqué al artículo de opinión en forma de crítica flamenca, que tantas bondades me ha ofrecido (también momentos acres).

En 2006 inauguré este blog, precisamente por el flamenco. Los artículos, escritos para el periódico, no siempre se editaban y a veces se publicaban incompletos. Así, decidí tener una tribuna propia para elevar mi voz sin cortapisas.

No obstante, no quise limitarme al flamenco. De esta forma, en esta bitácora es una miscelánea donde se encuentran todas mis inclinaciones narrativas, desde el cuento hasta la anécdota, desde la denuncia a la reseña, desde el pensamiento hasta la comedia.

Se han alternado momentos de gran movimiento, de casi un post diario, hasta días y días de silencio (los menos). Entre mis visitas también ha habido altibajos. Temporadas de fuerte actividad lectora combinadas con otras huérfanas, que he intentado reflejar con estadísticas y contadores, pero se me han ido perdiendo por el camino y ahora, desde octubre de 2013, llevo poco más de 4.500 visitas. Los amigos vienen y se van (los enemigos se acumulan).

Todo esto me lleva a una conclusión: escribo para cuatro. Soy un autor mínimo, poco leído (¿a la minoría siempre?). No por esto, sin embargo, dejo de escribir y de alimentar este cuaderno, que se convierte en una especie de diario o de cajón de sastre (desastre). Soy empecinado y orgulloso, metódico y responsable más de lo que parece. Soy un corredor de fondo al que atrasan cada vez más la meta.

* Jorge y Adolfo.

Mutaciones

Mutaciones

Desde Darwin sabemos que el mundo evoluciona, los seres que lo habitan, debido a los cambios genéticos o estructurales de los mismos y que se trasmiten por herencia. Dicho con otras palabras (para aumentar la duda, como decía uno de mis profesores) el órgano crea la función. Es decir, cuando se engendró una jirafa con cuello largo, más apta para sobrevivir, pues alcanzaba los brotes elevados, dio pie a procrear otros rumiantes de este tipo.

La dicotomía huevo/gallina, así, esta solucionada. Cualquier tipo de gallinácea primitiva puso un huevo del que surgió la primera gallina tal cual la conocemos para hacer el caldo de ídem. (Las ponedoras fueron un invento posterior.)

El hombre juega con esta genética. Investiga y experimenta en plantas y animales, e incluso en el hombre. Tenemos melones todo el año. Existen burros del tamaño de un perro o pollos de color. Conocemos a niños probeta o madres de alquiler.

El avance evolutivo programado no tiene fin. Se piensa en vacunas y en logros conseguidos por el hombre, pero se piensa también en virus y enfermedades, en pasos que rayan en la aberración. Tenemos tanta confianza como temor a estas metamorfosis artificiales, aunque también tenemos leyes y minutas éticas a tener en cuenta, líneas que no deben traspasarse y terrenos prohibidos.

La ciencia anda a pasos largos. La ciencia ficción no tiene límites, pues no los tiene nuestra cabeza.

Llevo un tiempo con mi niño viendo las películas basadas en Marvel, con sus superhombres y sus planteamientos maniqueos. Basados en esta idea darwinista, las historias referidas nos plantean que el hombre puede evolucionar, puede experimentar unas mutaciones para hacerse más competitivo en esta tierra insegura. Así vemos en la pantalla desde el hombre que atrae al hierro hasta el que puede volar, desde el que regenera sus heridas hasta el que lee la mente.

En realidad sabemos que estamos capacitados para utilizar un tanto por ciento muy pequeño de nuestra mente. Si pudiéramos aumentar el uso de esa capacidad cerebral, estaríamos más cerca del superhéroe, sin profundizar en los niños superdotados e hiperactivos.

Los niños, y los no tan niños, conviven con esas mutaciones, con esos efectos especiales, en el cine y la televisión, con noticias impensables y el avance continuo de las tecnologías.

Por eso, cuando a mi hijo le refiero cualquier mito de extraordinarias dimensiones, ya sea la participación de los dioses griegos en las cuestiones mundanas, ya sea el descenso a los infiernos de algunos héroes legendarios, ya sea la inmortalidad de Sigfrido al bañarse en la sangre de un dragón, ya sea la multiplicación de los panes y los peces, el paseo por encima de las aguas o la resurrección de Jesús de Nazaret, no sólo lo asume completamente, sino que anula la labor proselitista perseguida.

* Jesus sobre las aguas del lago Tiberiades en el mar de Galilea.

Constantes del Holandés

Constantes del Holandés

El Holandés Errante, (the flying dutchman, der fliegende Holländer o de vliegende Hollander, en inglés, alemán u holandés, respectivamente), es el capitán y no el barco que por antonomasia recibe el nombre de “buque fantasma”: un tres palos inmarcesible, pintado de negro, cruzado por luces amarillas o rojizas sobre cubierta.

La versión más antigua de esta leyenda afirma que deriva de la saga escandinava de Stote, un vikingo que robó un anillo a los dioses y cuyo esqueleto, cubierto con un manto de fuego, fue hallado después sentado en el palo mayor de una nave negra y fantasmal. Otros creen que la historia se originó con las aventuras de Bartolomeu Dias, navegante portugués que descubrió el cabo de Buena Esperanza en 1488 y cuyas proezas marítimas llegaron a parecer sobrehumanas, según la biografía que escribió sobre él Luis de Camóes.

Sea como sea, al igual que su barco, el capitán descalzo es inmortal, condenado a cruzar los siete mares hasta encontrar un amor verdadero, alguien capaz de dar sangre por sangre.

Quién se cruce con el Holandés Errante, hombre espigado y moreno, siempre joven, será presa de las mayores catástrofes y desgracias que se pudieran imaginar. Si se topa con su barco, sin ninguna razón, tomará un rumbo equivocado y su naufragio será irremediable. En ocasiones, cuentan, el Holandés Errante envía una carta, dando una cita al capitán de otro barco que, cuando la lee, su embarcación puede darse por perdida.

En caso de que entré en combate singular, raramente acaba con su enemigo, sino que deja su boca rasgada con hoja blanca, como eterna quemadura, señal inconfundible de su batida y, con amargura inextricable, se aleja con la única nota de color del pañuelo rojo anudado en la garganta y el destello apagado de un arete en su oreja izquierda.

A bordo del barco fantasma el vino se agria y la comida, que nunca falta, se transforma en judía y grano, aunque el Holandés está condenado a comer brasas y a beber vinagre. Siempre tiene sed, dirá Cunqueiro.

Sus ojos, profundos, de oscuro brillo, perdidos en lontananza o en el interior de su cuerpo de humo, enamoran incondicionalmente y parece que sufren con el irremediable abandono.

El capitán viaja solo, si acaso con un vigía antropomórfico de origen demoníaco. Hay quien dice en cambio que lo acompaña toda una tripulación fantasmal que lo mismo aparece que desaparece ante los ojos de quien los contempla. Se comenta a este respecto que el Capitán reunió una serie de marineros entre piratas y criminales que terminaron malditos como él.

El Holandés desembarca de cuando en cuando y da pie a algún soñador para componer su historia o alguna soñadora para suspirar continuo de puro enamorada.

* Corto Maltés de Hugo Pratt.

Cuentos engranados

Cuentos engranados

Ayer, 20 de enero, en la Biblioteca de Andalucía, se presentó la antología digital de Cuentos engranados, compilada por Carolina Molina y Jesús Cano, en la editorial granadina Transbooks.

Cuentos engranados consta de 55 relatos, de otros tantos autores de Granada o vinculados, de algún modo, a esta ciudad que, por orden alfabético de nombre (tal como aparece en el libro) son: Alberto Granados, Alfonso Cost, Alfonso Salazar, Ana María Shua, Ana Morilla, Andrés Neuman, Ángel Olgoso, Angélica Morales, Angelina Lamelas, Antonina Rodrigo, Ayes Tortosa, Brígida Gallego-Coín, Carlos Almira Picazo, Carolina Molina, Celia Correa Góngora, Concha Casas, David Aliaga, David Roas, David Vivancos, Elena Casero, Elvira Cámara, Espido Freire, Fernando de Villena, Francisco Gil Craviotto, Francisco Morales Lomas, Francisco Ortiz, Ginés S. Cutillas, Herminia Luque, Herminia Pérez, Javier Morales, Jesús Cano, Jorge Fernández Bustos, José Abad, José Lupiáñez, José María Pérez Zúñiga, José Vicente Pascual, Juan Cobos Wilkins, Juan Herrezuelo, Juan Jacinto Muñoz Rengal, Julia Olivares, Julia Otxoa, Lola Vicente, Manu Espada, Manuel Talens, Mariano Zurdo, Mariluz Escribano Pueo, Medardo Fraile, Miguel Ángel Cáliz, Miguel Ángel Moleón, Miguel Ángel Zapata Carreño, Miguel Arnas, Miguel Sanfeliu, Norberto Luis Romero, Raúl Ariza y Rosana Alonso.

El dinero recaudado se destinará al Banco de Alimentos de Granada, convirtiéndose así en un proyecto solidario. El común deseo de sus promotores es contribuir a paliar la grave situación que viven muchos granadinos en estos tiempos de crisis ante el desamparo de las autoridades.

El generoso prólogo viene de la mano del escritor Antonio Enrique, que participó, junto a los editores y Antonio López-Barajas, presidente del Banco de Alimentos, en la presentación de la obra, en la cual intervenimos también, sazonando en breve nuestro cuento, la docena de autores que estuvimos presentes en el acto.

La obra, de 281 páginas, se edita en los formatos mobi y epub, los más comunes en el mercado, así como en pdf, al precio de 4,5 euros, y se puede adquirir pinchando en esta página de Transbooks.

Traductor simultáneo

Traductor simultáneo

Una pequeña anécdota que ocurrió el otro día.

Entre muchas cosas que comparto con mi niño está la de ver películas fantásticas, de acción o de humor, que después comentamos o memorizamos sus escenas y retazos de su conversación para nuestra complicidad. Últimamente estamos repasando los filmes basados en los héroes creados por Marvel, que me retrotraen a mi infancia, más o menos a los diez años, la edad que tiene Juan ahora mismo, creando así un tácito paralelismo cuanto menos interesante, aunque mi acercamiento a estas sagas fuera en papel y en muchos casos en blanco y negro.

Viendo la serie de los X-Men (que yo conocía como la Patrulla X), en su tercera entrega me parece, donde los saltos espaciales y por ende idiomáticos son numerosos, me atrevía, a falta de subtítulos, a traducir del japonés, del ruso del francés, según el contexto.

Juan atendía con gran interés a mis palabras, incorporándolas de inmediato a su comprensión de la historia. A la pregunta de cómo sabía lo que decían, si conocía todos los idiomas, le confesé que no tenía ni idea, que me lo inventaba según fuera viendo la acción y el desarrollo, que podía ser aproximado o podía no tener nada que ver.

Con un amago de desilusión tuve que callarme por un rato, mientras en la pantalla se seguía salpicando las conversaciones en otras lenguas con el intento de mi hijo de descifrarlas.

No pasaron ni tres minutos que me dijo que por favor siguiera traduciendo.

Ahora, siempre lo hago, e incluso buscamos películas sin subtítulos para escuchar la versión fresca y distinta que le pueda interpretar.

* Lobezno en la foto.

En el funcionariado

En el funcionariado

Como no tenía nada que hacer esa mañana, me levanté temprano, me puse la barba postiza de tres días y el sombrero de copa de vino y me dispuse a salir de casa para entrar en la calle sin un rumbo ni concierto. Un sol tímido, apenas desdibujado, se adivinaba entre unas nubes empeñadas en apelmazarse y empezar a llorar con lágrima viva. El aguacero no fue tan tormentoso como prometía, sin embargo, sino un calabobos insistente que amenazaba mi chaqueta de los domingos estrenada ese jueves que no tenía nada que hacer y me dispuse a perder el tiempo. Una tienda de todo a cien me guiñaba desde la otra acera mientras a mis pies se disolvía una tertulia de gorriones a causa de la llovizna. No venía nadie, la calle estaba desierta como aquella playa de la canción. Crucé sin mirar y subí los dos escalones que alzaban el baratillo en el mismo momento que un cuatro por cuatro racheaba rechinando en el charco número ocho y por poco acaba con mis sueños de ese día. El tendero, de alguna nacionalidad lejana, me preguntó con voz cantarina qué quería. Cogiendo un paraguas que hacía juego con mi estado de ánimo pregunté su mecanismo, pues no hallé manera de extenderlo. Poniéndose los impertinentes y examinando el artilugio, el hombre me dijo que no se podía abrir, que era un ejemplar único de paraguas unamunionamente cerrado. Cuando fui a pagarlo, al tiempo que lo envolvía, pues decidí no llevármelo puesto, me preguntó sobre el partido de anoche. Lo siento, le dije, no entiendo de fútbol. Pero él sí controlaba los equipos y las alineaciones, los campos y los partidos, los linieres y los guardametas. Con una parsimonia semanasantera me fue explicando que un equipo de segunda be había ganado a uno de primera que bajaría a no sé dónde, y otro de tercera regional subía a segunda efe, y otro de cuarta estaba a las puertas de subir a primera. Con una idea confusa del mundo de los ascensores egresé al asfalto. Había escampado y alguien había pasado papel secante por las calles donde ya no había ni rastro de agua y los pájaros reanudaban su algarabía. El paraguas se lo ofrecí a unos niños que alcanzaran algún objeto que se le había colado en una alcantarilla y me dirigí al funcionariado. El calor era mayúsculo en su interior, aunque todos andaban con suéter de pico sobre la camisa pastel o a rayas o bicolor y camiseta debajo. Unos andaban —los menos— llevando papeles de un lado a otro que después devolvían de nuevo en un correveidile a su lugar original. La mayoría de los que estaban sentados llevaban gafas y tenían forma —dependiendo de su opacidad— de bombilla o de pera. Pedí número y me senté a esperar. Un hombre de color que había antes de mí tamborileaba sobre la mesa con la yema de los dedos y una señora a su lado, con un cigarro apagado entre los dedos, marcaba el ritmo con sus tacones. Cuando tocó mi turno, el funcionario de la mesa cinco me preguntó de dónde venía. De la sala de espera, le dije. Con buenos modales me mandó al piso de arriba, a la mesa catorce, donde me darían una instancia para llegar como dios manda. Tuve que aguantar una breve cola, donde un niño lloraba en la sostenido en brazos de su madre, antes de llegar al nuevo control. La chica que me atendió, con el pelo largo, muy rubio, olía a frutas y tenía los labios pintados por encima de los labios. Me dio un visado que por suerte me valdría para cualquier mesa, de la uno a la nueve, menos la cuatro que estaba vacía. Bajé de nuevo a la mesa cinco. Esta vez sólo aguardé de doce a quince minutos. El hombre-bombilla, con barbita perfectamente rasurada y pelito de punta, me dijo que ahora sí, que todo estaba correcto y me mandó a la ventanilla tres be. El secretario de dicho apartamento un era joven y sin gafas que me dio un impreso con papel autocopiativo para rellenar con letras de molde y me indicó un rincón habilitado para tal efecto. Un bolígrafo con muelle gravitaba en la única mesa que quedaba libre en el recinto aludido. Al lado un hombre con mono de trabajo escribía con la lengua fuera, como si la boca tuviera un papel importante en el proceso de hilvanar letras. Más allá una chica repetía en voz alta conforme leía las preguntas —nombre, domicilio, estadocivil, correoelectrónico…— y se alegraba de saber las respuestas, como si fuera un examen de reválida. Con el impreso relleno regresé a la mesa cinco donde lo sellaron y me dieron cita para la semana siguiente, alrededor de esa misma hora. Así, con el convencimiento de que había aprovechado la mañana, volví a casa.

Avistamientos del Holandés Errante

Avistamientos del Holandés Errante

Desde mediados del siglo XII el Holandés Errante surca los mares. Cada cierto tiempo (¿nueve meses, siete años?) abandona su barco en cualquier ciudad portuaria por unos días (9, 21) y camina confuso por una tierra que no le pertenece, para encontrar a una mujer cuyo amor pueda redimirlo.

Muchos marineros afirman ser testigos de numerosas apariciones en mar abierto, aunque a veces son sólo espejismos, alucinaciones o visiones debidas a un exceso de alcohol. Entre los avistamientos documentados está por ejemplo el que en 1702 registró Cotton Mather, autor prolífico y célebre pastor puritano, en la Magnalia Christi Americana, historia eclesiástica de Nueva Inglaterra; o el que en el 11 de junio de 1881, a las 4 de la madrugada, anotaron el príncipe Jorge de Inglaterra, duque de York —que después reinó como Jorge V—, y su hermano mayor, el príncipe Alberto Víctor, duque de Clarence —que figura entre los sospechosos de haber sido Jack el Destripador— en el libro de bitácora del Baccante, buque insignia de la armada británica, mientras se encontraban a la altura de las costas australianas (una luz brilla repentinamente en la oscuridad y, a 200 metros más o menos, surge cortándonos el camino un bergantín, rodeado de un halo rojizo siniestro).

Igualmente, Karl Dónitz, comandante en jefe de la flota alemana, y efímero sucesor de Adolf Hitler, en los años 40 del siglo pasado, informa que vio la nave del Holandés Errante mientras se hallaba en una misión al este de Suez. Después confesó que sus hombres preferían enfrentarse con toda la flota aliada antes que vivir nuevamente el horror de ver el barco fantasma.

Se cuenta, por otra parte, que el capitán holandés aparece en tierra firme cuando generalmente alguien —casi siempre una mujer— sueña con él. En muchas ocasiones el Errante cambia de apariencia, por lo cual no es nada fácil de reconocer.

Un erudito flamenco, cuenta Cunqueiro, llamado Michael van der Veen, nacido en Harlem, escribió la cró­nica de sus puntuales apariciones, en diversos luga­res del planeta desde 1614.

Así, en 1718, el Holandés enamora a la hija de un consejero de la Cámara de Cuentas en Saint-Maló; la rapta y meses más tarde la abandona en una playa próxima a Boloña.

En el año 1731, entra con su navío en el puerto de Génova, y un viejo marinero ligur reconoce que bebió con el Capitán en Lisboa en el año 1689. Han pasado cuarenta y dos años pasados (seis veces siete) y lo encuentra igual de joven, con el mismo pelo negro y la misma inquieta me­lancolía”.

En 1736 desde Nueva España navega hasta Lisboa para visitar a una mujer en la Rúa dos Franqueiros, a la que trae noticias del marido, dueño de un mesón en Veracruz.

En 1751, acude a una cita con una dama de la aristocracia napolitana, pero es un ardid y encuentra a su marido y a sus dos hermanos espada en mano. El Holandés hiere a los tres en la boca y huye.

En Londres, en 1779, se sabe que compra dos pistolas que paga con tres monedas de oro que queman la mano del tendero al cogerlas. El tendero se desmaya, Su bella esposa besa al Holandé­s en la boca y le pide que huya antes de que su marido se recobre.

Quizá su última aparición sea en Marsella, el año 1819 (o en 1817, según la fuente) donde sostuvo una conversación con M. Claude Gabin de la Tau­mière, antiguo secretario de Fouché (otros dicen que fue con el propio Fouché) que ya había conocido al Holandés Errante en Lubeca, en los años del bloqueo europeo.

Se trata de rescatar a Napoleón de su exilio en Santa Elena y regresarlo a Burdeos, pero el Holandés ha de ha­cerse a la mar y tardará siete años en poder volver a tocar tierra.

“—¡No podemos esperar tanto! —dijo el marsellés—. ¡Francia hiede!”.

Ahora, estemos preparados, pues el Capitán arribará esta primavera en alguna de nuestras costas, a no ser que alguien lo viera hace un par de años, con lo cual hasta 2019 no enamorará a nadie.

Período de aceptación de los gitanos

Período de aceptación de los gitanos

Podríamos considerar tres períodos fundamentales en la vida de los gitanos. El primero comienza con su aparición en España, en 1425, que durará hasta que sale a la luz la primera ley en contra de ellos, en el año 1499. El segundo está caracterizado por la persecución del pueblo gitano y se extiende de 1499 a 1783, fecha en la que los gitanos son reconocidos como ciudadanos españoles. El tercer período, de 1783 hasta nuestros días, se caracteriza por una teórica igualdad ante la ley, pero también por una desigualdad social y económica.

Al principio, los gitanos fueron bien acogidos. A su paso fueron encontrando por parte de los señores benevolencia, ayuda, comida, ropas y regalos. Vivían con libertad y no sólo no eran rechazados, sino que los campesinos y aldeanos, les miraban con simpatía y comerciaban con ellos. Incluso quedan exentos del pago de los derechos de cancillería. Sus habilidades artesanas y su facilidad para entretener y divertir y eran apreciadas (forja, buenaventura, cestería, hechicería, empleo de hierbas curativas, uso de animales amaestrados, cantos y bailes…).

El primer documento que atestigua la presencia de los gitanos en España, como sabemos, data del 12 de enero de 1425, cuando Alfonso V, el Magnánimo, rey de Aragón da un salvoconducto, una cédula de paso, a Juan, conde de Egipto Menor, líder de una comunidad gitana, para viajar por sus tierras durante un trimestre para que sea bien tratado y acogido. Cuatro meses más tarde, este mismo rey autoriza a Thomás de Egipto a transitar y morar por el reino.

Teresa San Román, escribe en Vecinos gitanos (1976): “la ley llamada Paz del Camino se aplicaba a cualquier persona que se dirigía en peregrinación hacia Santiago, especialmente a través de la ruta francesa; por esta ley se garantizaba a los peregrinos su seguridad personal y solamente el Rey se reserva el derecho de intervenir en aquellas ofensas contra la ley que pudieran ocurrir sobre tales rutas”.

En Memoria del flamenco (1979), Félix Grande, incide: “hemos de tener en consideración que en aquella época la cristiandad europea, y en no menor medida la de la península Ibérica, tenía por hábito, incluso por deber espiritual, el ayudar a caminantes, penitentes o peregrinos que dijesen dirigirse a los santos lugares”.

Efectivamente, desde mediados del siglo XV, circulan en grupos de cuarenta a cien personas conducidos por personajes que se dicen ‘condes’ ‘marqueses’, ‘duques’ o ‘voïvodas’, de tez morena, los hombres llevan barba y pelo largo, aretes en las orejas, las mujeres turbante, anillos y aretes y otros adornos. Exhiben cartas o salvoconductos de algún rey europeo o peninsular y bulas del Papa, afirmando que se les ha impuesto una romería penitente de siete años y que van a Santiago de Compostela.

El día 27 de abril de 1435, de acuerdo con el documento firmado en el Palacio Real de Olite por la Reina Blanca de Navarra, que se conserva en el Archivo General de Navarra, se atestigua, que los gitanos habían llegado al Reino para cumplir una penitencia impuesta por el Papa. También hay constancia de su llegada al puerto de Barcelona, el 11 de junio de 1447; el 23 de marzo de 1460 a Zaragoza; el 29 de mayo de 1484 a Ampurias, etc.

El condestable don Miguel Lucas de Iranzo, el 22 de noviembre de 1462, recibe en Jaén a dos condes del Pequeño Egipto con bastantes familias (uno don Tomás e el otro don Martin, con fasta çient personas de ombres e mugeres e niños, sus naturales e vasallos) y, antes de su marcha, los colma de regalos y les entrega una suma considerable para el viaje.

En 1470 el mismo Condestable acoge a otro grupo de cuarenta gitanos en Andujar, y algo similar sucede en Cazalla. Sucesos semejantes tuvieron lugar en otras ciudades andaluzas.

(Los gitanos encuentran en Andalucía el perfecto caldo de cultivo para desarrollar su arte, pues esta región atesora un impresionante poso cultural, artístico y científico, debido a casi ochocientos años de mezcla de culturas árabes, judías y cristianas.)

Pronto se les ve en la comitiva procesional de diversas fiestas del Corpus (en Guadalajara, en 1478 y, poco después, en Segovia, en Toledo…) danzando, tocando tamboriles, panderos y sonajas.

Todavía, en 1480, los Reyes Católicos extienden un salvoconducto a don Jacobo, conde de Egipto Menor, para facilitarle su peregrinación a Compostela.

Así, durante sesenta años, los gitanos mantuvieron buena convivencia con los viejos inquilinos. Pero no tardaron mucho tiempo las autoridades españolas para cambiar de actitud, posiblemente por la entrada masiva de gitanos en el suelo peninsular. A partir de la década de los 80 arribaron a nuestra tierra enormes contingentes de gitanos que habían salido de Constantinopla tras la invasión islámica en 1453. Ante esta masificación las ayudas y las limosnas pasaron a ser menos generosos. Poco después surgió el rechazo.

Rechazo debido, además de a la masificación, al desenmascaramiento de su leyenda y su vida de fortuna y engaño. Las protestas proliferaron obligando a los Reyes Católicos a buscar solución a este problema con las primeras leyes opresoras.

Félix Grande, en la obra citada, lo explica de esta manera: “el embuste defensivo no podía durar eternamente. Las diferencias de identidad cultural, los cambios estamentales que en aquel siglo se produjeron con frenética velocidad, y la frecuente desconfianza popular contra aquellas tribus que, entre sus muchas habilidades, contaban con las del hurto y el engaño, harían desembocar una breve época de placidez en otra, más vasta, de persecución y castigo”. 

José Carlos Arévalo, en 1972, por su parte, cuenta que “la Historia no fue tolerante con su burla, y castigó eternamente su original pecado de falsificación (…). En seguida se descubrió que los gitanos eran los invitados falsos. Su exótico semblante, su connivencia con la magia, sus espejismos heréticos provocaron alerta”. 

Recordemos que a finales del siglo XV se estaban formando en Europa occidental los nuevos estados de monarquías absolutas, basados sobre todo en la homogeneidad de los súbditos de un mismo monarca. Los vientos europeos están cargados de intolerancia y España estaba con ellos. Los Reyes Católicos crearon el tribunal del Santo Oficio en 1480; después, tras la conquista de Granada, vino la expulsión de los judíos, en 1492; y, ya entrado el siglo XVI, la de los moriscos, en 1502.

Esta represión, naturalmente, llegó al pueblo gitano. En este caso el trato represivo no sería por causas religiosas sino por su forma de vida, por su comportamiento al margen de la ley y su modo de vivir, pues las comunidades sedentarias nunca han tolerado el nomadismo.

Quieres venir conmigo

Quieres venir conmigo

Hace unos años, Lorenzo Lunar, autor cubano de novela negra, nos propuso a unos amigos que le expusiéramos un caso verídico, un encuentro personal con las fuerzas del orden o con los fuera de la ley, con objeto de hacer una compilación de sucesos reales o una recreación fantástica con lo que recordáramos.

Sin venir a cuento, o por causas por mí desconocidas, este proyecto se frustró. Además, perdí el contacto con Lorenzo o él conmigo. El asunto es que los dos mutuamente nos dejamos. Sin embargo, esos días escribí algo que ahora retomo.

Aconteció poco después de casarme, a poco de estrenar mi nuevo estado civil. La madre de mi hijo, entre otros enseres de mayor o menor importancia, enriqueció la sociedad, que comenzaba a caminar (con contrato eclesiástico), un Renault 11, un buen coche, aunque añoso y con un gran motor. Lástima que la tapa del delco (cosa que nunca he sabido lo qué es) nos gastara tan malas pasadas.

Dimos trote a ese carro hasta el extremo y se lo vendimos a unos sudamericanos dedicados a la venta ambulante, que seguramente acabaron con su trabajada vida de metálico ronroneo.

Cierto día, después del trabajo, fuimos a comprar algunos comestibles para el abastecimiento semanal de una casa apenas habitada (la mayoría de los días comíamos fuera, por razones ajenas a esta historia).

Como siempre, dimos varias vueltas alrededor del supermercado para encontrar un hueco donde estacionar el coche. Cuando encontramos un aparcamiento que había quedado libre, de un auto más pequeño que el nuestro, sin duda, baje para dirigir la maniobra.

Al momento apareció un personaje, rubio y bien vestido, en una moto que indicó que fuera con él. Me alarmé y le pregunté para qué. Lo repitió con la voz algo elevada. Le dije tímidamente que no era mi intención seguirlo a ninguna parte. ¡Estaría bueno! (A esas alturas, había pensado que era un invertido que pretendía sacar algún provecho de mi deslustrada persona.) Así que comencé a hablar con mi pareja para que viera que no estaba solo.

De pronto se asomó él también por la ventanilla y preguntó con tono imperativo si me conocía de algo. Ella dijo que veníamos juntos, que era su marido y, quizás dijera, que me había bajado del coche para ayudarla a aparcar. Él dijo bien. Simplemente bien. Ni que lo sentía ni que disculpara ni nada de nada. Cogió su moto y se marchó con un compañero que lo esperaba más abajo.

En ese momento comprendí que era un policía de paisano y que me había confundido con un aparcacoches.

Agradecí —bromeamos— que ella no hubiera dicho que no me conocía de nada. Aunque, en ese caso, le hubiera requerido un par de euros por la maniobra.

Rasgos del Holandés

Rasgos del Holandés

Una de las características del héroe mítico es la ausencia de un retrato fidedigno que lo represente. Las conjeturas de su fisonomía en cambio muy a menudo son coincidentes por los detalles personales que se han ido resbalando de la literatura oral que alimenta esa hagiografía y, en no menos medida, de la minuta de los caracteres físicos que apuntan los mismos mitógrafos o su acercamiento al cuento, la música o al cine.

Me limitaré no obstante a describir al capitán holandés, Van Straaten o Vanderdecken, a través de los datos (nunca exhaustivos) que poseo.

Hay constantes que retratan al Holandés como un capitán maniático, obstinado y enloquecido, propenso a la ira y al fiero sacrilegio; condenado a recorrer el océano eternamente, sin descanso ni anclaje ni puerto de ningún tipo (el día del Juicio Final será reclamado por el Diablo), siempre en medio de una tempestad, provocando la muerte de todos aquellos que le vieran. Sin cerveza ni tabaco; su único alimento será hierro al rojo vivo o las brasas, su única bebida la hiel y el vinagre, aunque la provisión de pan y agua a bordo, dicen, es inagotable. 

Aunque sabemos de sus nombres y de su tierra, el capitán es un solitario sin nombre ni patria (¡Llámame extranjero!). Siempre está alerta, nunca duerme, porque al cerrar los ojos, siente como una espada traspasa su cuerpo.

El holandés es un tipo siempre joven, alto, flaco, con los ojos claros y el pelo negro (aunque la señora Van Oestjade, de Ámsterdam, a mediados del pasado siglo, lo soñó con el pelo blanco). Es callado e infinitamente triste. Suele andar descalzo, con un pañuelo rojo anudado en el cuello. Siempre tiene sed.

Lleva espada en el cinto, daga afilada y dos pistolas ricamente ­labradas ’que compró en Londres por tres monedas de oro que quemaron la mano del tendero al cogerlas’, por eso también es conocido como el hombre que quema. Casi todos los que entran en contacto con el Holandés Errante, si no terminan muertos, se vuel­ven locos. Su estocada, su señal, es un tajo en la boca de sus adversarios.

A todas las mujeres enamora a primera vista y luego las abandona, o desaparece, que no es lo mismo pero es igual (¡Acuérdate del Holandés, que nunca volverá!).

Es inmune (las afiladas hojas se quiebran como frágil cristal contra la carne del Errante) e inmortal hasta el día del Juicio o hasta que encuentre un fiel amor que lo ‘rescate’ (el señor van der Veen se atreve a señalar que “una sangre inocente, voluntariamente derramada por él, dando vida por vida”, puede ser el precio del rescate, cuenta Cunqueiro).

Tripula un tres palos de roble germánico pintado de negro, cargado de tesoros y por cuya cubierta corren luces amarillas. Alrededor del velero se levantan grandes olas y silba el viento aunque la mar esté en calma. Está envuelto en un temporal permanente que sin embargo respeta sus mástiles y sus velas en cruz.

Se sabe también que el Holandés es políglota. En Nápoles habló italiano, en Lisboa portugués, en Londres inglés y en Marsella francés. Si no nos entiende es por su aire melancólico y por su pura eternidad.

* En la imagen, Corto Maltes de Hugo Pratt.

El Holandés Errante

El Holandés Errante

Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal (El inmortal, El Aleph, Borges)

Según Cunqueiro, este año 2014, el Holandés Errante debe aparecer en algún rincón del planeta, ya sea para enamorar fatalmente a una dama, ya para sembrar un destino de muerte y venganza, ya sea solamente para hacer aguada.

Porque, parece ser que el capitán, “un tipo alto, flaco, con los ojos claros que siempre tiene sed”, desde 1614, pasa largas temporadas en alta mar y algunos días en tierra firme. Hay quien dice que son nueve meses los que se encuentra navegando y nueve días desembarcado; otros, los más, que en su barco fantasma permanece siete años y son veintiún días los que habita entre los hombres.

Pero yo he echado mis cuentas intentando hallar una constante en sus apariciones portuarias documentadas y, no sólo no coinciden los periodos propuestos, sino que es imposible encontrar una regularidad que nos proporcione una mínima predicción.

En 1830 surgió la leyenda, posiblemente de cuentos marineros anteriores (‘desde hace al menos 500 años’), y, a partir de ahí, ha ido creciendo en especificación y versiones hasta, como suele suceder con los mitos, hacer duda de la misma tiniebla.

Una imagen inolvidable en libros y películas de marinería es la aparición de un buque negro en la penumbra de una tormenta, con sus velas rasgadas y sin timonel, aparentemente a la deriva.

El Holandés Errante, en una de sus versiones, es un capitán holandés, llamado Vanderdecken o Van Demien o Van Sartén o Van Straaten o Van der Dechen o Van der Decken o Barent Focke, cuya nave fue atrapada en una terrible tormenta cuando doblaba el cabo de Buena Esperanza. Los marineros, aterrorizados, rogaron por un puerto seguro o por intentar eludir el temporal arriando las velas y encomendándose a Dios, pero el enloquecido capitán se rió de sus súplicas y, atándose al timón, comenzó a cantar canciones sacrílegas.
La tripulación se alarmó por la conducta de su capitán e intentó hacerse con el control de la nave, pero Vanderdecken arrojó al líder de los amotinados por la borda.

En ese momento las nubes se abrieron y una luz incandescente iluminó el castillo de proa, revelando la figura gloriosa del Espíritu Santo, según algunos el mismo Dios.

La figura se enfrentó con Vanderdecken y le dijo que, ya que disfrutaba con los sufrimientos ajenos, de ahora en adelante sería condenado a recorrer el océano eternamente (‘voltejear ininterrumpidamente por la región del cabo de Buena Esperanza’), hasta el día del Juicio Final, siempre en medio de una tempestad, y provocaría la muerte de todos aquellos que le vieran. Su único alimento sería hierro al rojo vivo, su única bebida la hiel, y su única compañía el grumete, a quien le crecerían cuernos en la cabeza y tendría las fauces de un tigre y la piel de una lija. Vanderdecken y el grumete quedaron abandonados a su destino. También puede ser que viaje sin compañía alguna o con toda la tripulación afantasmada.

Otras versiones aseguran que el capitán había salido de puerto por una apuesta de día de Viernes Santo, mal que pesara a Dios. Su blasfemia fue castigada, al decir de la gente de mar, con su muerte y la de toda su tripulación, así como con la desaparición del buque.

Poco después de la época imprecisa en que se sitúa tal suceso, siempre con motivo de malos tiempos (el barco está permanentemente envuelto en tormenta), apareció de nuevo el buque en el cabo de Buena Esperanza, y, según testimonios, sería avistado periódicamente en el océano y, más de tarde en tarde, en tierra firme. Hasta que, parece ser, que este año que ahora comienza, pasee por alguna de nuestras ciudades.

Matar a un hombre

Matar a un hombre

Hace poco, un caso judicial tremendo, aparecido en los medios de comunicación, nos conmovió a todos por la brutalidad y la sangre fría del asesino. No quiero dar más detalles ni recordar la espeluznante historia, pero, a lo largo del proceso, trascendió un detalle que se hilvana con mi historia. Alguien cercano al acusado declaró que en algún momento éste le había confesado que no se moriría sin haber matado a un hombre.

Es una prueba de hombría en diferentes culturas en tiempos de guerra o venganza (hombre por hombre, sangre por sangre, diente por diente). Es motivo en juegos de rol o como iniciación en una secta o en cualquier ‘tribu urbana’. Es una pasión o una fantasía donde el honor entra en escena.

Borges en su libro Discusión, de 1932, hablando de La poesía gauchesca, se acerca a este lance: «La verdadera ética del criollo está en el relato: la que presume que la sangre vertida no es demasiado memorable, y que a los hombres les ocurre matar. (El inglés conoce la locución kill his man, cuya directa versión es matar a su hombre, descífrese matar al hombre que tiene que matar todo hombre.) “Quién no debía una muerte, en mi tiempo”, le oí quejarse con dulzura una tarde a un señor de edad. No me olvidaré tampoco de un orillero, que me dijo con gravedad: “Señor Borges, yo habré estado en la cárcel muchas veces, pero siempre por homicidio”.»

Rodión Romanovich Raskólnikov, el protagonista de Crimen y castigo (1866) de Dostoyevski, mata a hachazos a una mujer sin razón aparente, porque la tenía que matar, para demostrarse a sí mismo la idea del superhombre que está por encima de la ley.

Memoro ahora una discusión a altas horas en una cueva del Sacromonte, cuando uno de los encarados dijo al otro: “Yo soy más gitano que tú”; lo que venía a decir que tuviera cuidado, que él era más lanzado, más hombre, capaz de cualquier cosa.

* Portada en ruso de una edición de Crimen y castigo.

El villancico

El villancico

En estos días, que gloriosamente han pasado, cuando el dulce y el aguardiente corrieron sin medida y se cantaba (y se tocaba) sin vergüenza, me pregunté sobre el origen del villancico como manifestación propia de nuestro folklore. Acudo a Corominas en primer lugar y nos dice que ‘villancico’ o ‘villancete’ o ‘villancejo’ hace referencia al mismo ‘villano’, que era el labriego o el habitante de una casa de campo o villa (en el sentido hispanorromano del término).

Aproximándome a la historia, sin interés exhaustivo y con tiento de profano, diré que el villancico es una de las manifestaciones más antiguas de la lírica popular castellana, genérica entre los siglos XV y XVIII. Tradicional también de Latinoamérica y Portugal.

Originariamente fueron canciones profanas con estribillo, de origen popular, cantadas en las fiestas y armonizadas a varias voces, nacidas a semejanza de las formas estróficas responsoriales (pregunta/respuesta) como el virelai, el zéjel, la ballata o las cantigas paralelísticas.

Las primeras fuentes documentales en las que aparece la palabra “villancico” son el Cancionero de Stúñiga (ca. 1458) y el Chanssonier d’Herberay (ca. 1463), posteriores son el Cancionero de la Colombina y el Cancionero musical de Palacio.

Autores representativos de este tipo de coplas en esta primera época fueron Juan del Enzina, Pedro de Escobar, Francisco Guerrero, Gaspar Fernandes o Juan Gutiérrez de Padilla.

En el siglo XVI, cuando las autoridades eclesiásticas quisieron introducir composiciones en castellano en la liturgia como una forma de acercar al pueblo a los misterios de la Fe católica, el villancico poco a poco fue cambiando su temática pagana por temas de tipo religioso. De esta manera en los albores del siglo XVII se empiezan a utilizar en los responsorios de maitines de las principales fiestas litúrgicas como la Navidad, Hábeas Christi, Asunción, santos locales, Epifanía, Trinidad, etc.

En este siglo XVII los villancicos comenzaron a prohibirse por las instituciones conservadoras, pues, con forma de diálogo hacían mofa sobre pasajes religiosos, como la sorpresa de los pastores ante el misterio del nacimiento de Jesús, y, aprovechando, también se burlaban de las autoridades y los personajes públicos.

El siglo XVIII el villancico seguirá teniendo las características populares del siglo anterior con las influencias musicales que ejerció Italia (estilo recitativo, arias da capo, estilo compositivo de la ópera). Compositores importantes de este periodo han sido el padre Antonio Soler, Antonio de Literes y José de Torres. Estas influencias italianizantes provocaron que el villancico fuera definitivamente proscrito de la liturgia a finales de este siglo XVIII y quedara exclusivamente como manifestación popular navideña.

El alma de las mujeres

El alma de las mujeres

Hasta hace relativamente poco tiempo (¿siglo XVIII?) las mujeres no tenían alma. Creo que fue Aristóteles quien planteó por vez primera la aberración de que “la mujer no tiene moral, no tiene alma, por tanto no es humana”. En su Ética a Eudemo, nos dejó esta joyita: “ La mujer, sin duda, es inferior al hombre, pero su relación con éste es más íntima que la del hijo y la del esclavo, y está más próxima a ser de igual condición que su marido”. Esta sentencia, y otras muchas, hizo las delicias de más de un misógeno, entre ellos del proselitismo religioso (que determinó el paso de un panteón matriarcal al determinante dominio del Dios padre), y relegó a la mitad de la población a un segundo plano. (Aunque es peligroso aventurarse por estos caminos y frivolizar de cualquier forma, ya que no fue una chispa lo que diferenció los sexos, sino una serie de circunstancias socio-biológicas a través de milenios de historia, que quizá se remonten al homo erectus.)

Tertuliano, en el siglo III, llegó a sentenciar que “la mujer es la puerta del infierno, es una permanente tentación. La mujer es el pecado”.

En el Diccionario Infernal, de Collin de Plancy, citado en el Bestiario de Ferrer Lerín, en el apartado Monstruos (junto con los hermafroditas, el licántropo , los pigmeos o las sirenas) se cuenta que “el prelado Macon sostenía que las mujeres no podían ni debían ser calificadas de criaturas humanas. También, el sabio Acidalio Valens, mantenía la misma opinión poco galante en su tesis intitulada: Mulieres non esse homines, tra­ducida por Guerlon al francés bajo el título de Problemas sobre las mujeres. Después de los descu­brimientos de Cristóbal Colón algunos casuistas probaron que las mujeres del Perú y de otras re­giones de la América, eran una especie de ani­males, seductoras en verdad, pero sin alma y sin razón; de cuya opinión se valió un papa para pre­servar a los cristianos del crimen de brutalidad, dando a las mujeres americanas el título de muje­res dudosas de una alma racional y destituidas de todas las cualidades que constituyen la naturaleza humana. Arstoto y otros autores dicen que la pre­sencia de una mujer en ciertos días corrompe la leche, agría la nata, empaña los cristales, seca los campos por donde pisa, engendra culebras y produce la rabia en los perros”.

La larga marcha de la razón dibuja la natural equidad y desempaña una injusticia de inexplicables abismos. La conciencia y la educación son las únicas armas. La luz al final del túnel se vislumbra, pero vamos dando pasitos hacia adelante y pasitos hacia atrás.

René Magritte, The Great Family, 1963.

El lagarto ocelado

El lagarto ocelado

Hace algunos años, en un descanso para comer camino de Cueva Secreta, por la vereda de La Estrella, en Sierra Nevada, donde el río Guarnón besaba ampliamente el camino que lo respetaba con un breve puente de piedra, entre bocado y bocado descubrí, tras una roca asolada, el estridente bermellón de un lagarto mesozoico.

Tan asustado como maravillado estaba por su presencia de alcance métrico, la mayoría cola, que inmovilicé mi imagen como él mantenía congelada la suya, a excepción de sus ojos, que viraban 360 grados en redondo buscando su huida.

Tras eternos segundos, el colorido saurio desapareció entre los cantos secos de la rivera, dejándome la bella estampa que ahora recuerdo.

Nunca vi un animal de tales características ni un lagarto tan extenso y acarminado en mis fatigados caminos. Siempre pardo o verde, de diez a cincuenta centímetros quizá. El lagarto sureño; el lagarto hispano; el lagarto ocelado tal vez, que en buenos latines se nomina timon lepidus.

Es este un lagarto propio de Europa suroccidental y noroeste de África, que puede llegar a los 70 cm. de longitud, es de color verde o moreno, con dos franjas de ocelos azules en el dorso, y que vive una media de 5 años. Cuando se ven amenazados se desprenden de la cola para despistar a su enemigo, como las lagartijas (lo que le decía yo a la novia de uno de los componentes de Lagartija Nick).

En las zonas de Jumilla y Yecla, donde se le llama Ardacho, se ponían sus patas cerca de los niños por creer que tenían propiedades curativas y fortalecían los dientes.

Es interesante la anotación que, bajo el epígrafe de Anfibios y reptiles, desarrolla Ferrer Lerín refiriéndose a este reptil en su impagable Bestiario:

Fue en mayo de 1960, en el barcelonés mercado de libros viejos de San Antonio, donde, en el interior de un fatigado ejemplar de Madame Bovary editado en París en 1930 por Arthéme Fayard, fue hallado, haciendo las veces de punto de lectura, un excepcio­nal e ilustrativo documento. Una cartulina, una ficha, con el membrete de la Universidad de Granada, que parece formar parte de un estudio de campo que se realiza en las provincias de Málaga y Almería en 1951 o 1957 (cuarta cifra borrosa) para conocer la distribución de algunos vertebrados y que incorpora un apartado, «Observaciones», en el que se lee lo si­guiente: «Matías Prolongo Prolongo, vecino de Ca­rratraca, de 75 años, hombre leído, de profesión huronero, sabe muy bien qué es el lagarto, que es abundante en estos parajes, y afirma que es verdad que dicho animal sea goloso del vulvar, que se tira a él cuando la mujer está acuclillada, despreveni­da por el acto de mayores o menores, aunque no esté en despoblado, y que es preferente de las jóvenes morenas velludas almizcleñas y aún más si están reglando».

* El lagarto ocelado con un amigo.

Sobre el sentimiento efímero de la Navidad

Sobre el sentimiento efímero de la Navidad

Las consecuencias sociales de un sentimiento prolongado conllevarían el miedo a la eternidad, la injustificación de la muerte, íntimamente relacionado con el horror vacui, la ausencia de un final. El hombre, de conciencia moral, asume lo efímero de la navidad, y en acto propio de carpe diem se lanza a la fiesta de manera melancólica, o evocadora, con el sentido de la reunión —recuérdese el anuncio de “vuelve a casa, vuelve por navidad”— e incluso con un trasfondo religioso. La Navidad prolongada, en resumen, o de un sentimiento prolongado de manera más exacta, carecería de sentido en lo socioeconómico y traería consigo el peligro de editar almanaques con trescientos sesenta y cinco días en rojo.

Por otra parte, necesitamos de estos convencionalismos. No todo el mundo celebra la Navidad —dejando de lado a los que no pueden o no quieren celebrarla por diversos motivos—. El solo hecho de cambiar de año, ajustándolo a través de los tiempos, después de una oncena de meses alternos de treinta y treinta y un días más uno —febrero— cambiante cada cuatro años, en veintiocho y veintinueve, para ajustar el calendario al ritmo solar, es una falacia si nuestros antípodas mudan de fecha doce horas antes que nuestro reloj anuncie las uvas.

Vuelve la envidia

Vuelve la envidia

Llegué a darme cuenta de que los Diez Mandamientos de la Iglesia en realidad es un decálogo contra la envidia, como ayer evidencié que el averno no es una estancia lúgubre, sino un lugar infernalmente luminoso. El simple “no desearás a la mujer de tu prójimo” o “no consentirás actos ni deseos impuros” es ya una advertencia.

En el judaísmo, el décimo mandamiento lo expone más claramente: “No codiciarás los bienes ajenos. No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo”.

Hace tiempo escribí sobre la envidia. Un artículo en que llegaba a decir que nos enaltecía el éxito propio casi tanto como la desgracia ajena. No podemos tolerar que alguien, que consideramos a nuestro nivel (en el amplio sentido de la palabra), sea más que nosotros, tanto en obra como en consecuencia.

Es muy común en mi tierra el pensamiento, cuando alguien triunfa, de “dónde va ese si estudió conmigo” o “es de mi barrio” o “que de chico era más bien tonto”.

No somos capaces de ver la viga en nuestro ojo y sin embargo atendemos con definición la paja en los ojos que nos miran. No entendemos que la vida da muchas vueltas y que Darwin tenía razón al dictar que sobreviven los más aptos (aunque el factor suerte, como opinan los neodarwinistas, sea determinante).

El artículo antedicho estaba sembrado de definiciones de Ambrose Bierce (El diccionario del diablo). Quiero dejar otra más para redundar en mi aserto. El satírico escritor estadounidense interpreta calamidad como el “recordatorio evidente e inconfundible de que las cosas de esta vida no obedecen a nuestra voluntad. Hay dos clases de calamidades: las desgracias propias y la buena suerte ajena”

Juan de Zabaleta en su curioso librito El día de fiesta por la tarde, publicado a mediados de 1664, podemos leer: “¡Oh dulcísimo sabor el del escarnio ajeno...!”.

La envidia está en nuestro ADN, aunque nuestra voluntad (la paz de los hombres buenos) se revele. Mario Moreno ‘Cantinflas’ decía: “yo no estoy en contra de que haya ricos, estoy en contra de que haya pobres”.

Encuentro ahora una Historia del tango, publicada en Evaristo Carriego por Borges en 1930, en la que cuenta, después de hablar de sus orígenes: “el tango posterior es un resentido que deplora con lujo sentimental las desdichas propias y festeja con desvergüenza las desdichas ajenas”.

Evidencias

Evidencias

En una Antología sobre la Joven poesía española de Concepción G. Moral y Rosa María Pereda, editada en 1982, en el venerado número 107 de Cátedra, cada autor, antes de que principien sus poemas, nos ofrece una poética personal. José María Álvarez, para explicar su forma de componer versos, comienza así:

“Estimado señor: Me pide usted una Poética. Me acuerdo de aquella noche en que tocaba Johnny Hodges. Y un curioso le preguntó que cómo tocaba. Entonces Johnny se quedó mirando, cogió el saxo, y empezando JUST A MEMORY [las mayúsculas son suyas], dijo: Esto se toca así”.

Monterroso, en uno de sus apólogos, recuerda que un día una periodista (cuento de memoria, pues no encuentro la referencia), le hizo la pregunta cansinamente obligada de qué estaba leyendo en ese momento. El autor guatemalteco, sin atender mucho a su mesita de luz (como llaman ellos a la mesita de noche donde gravita la lámpara para leer al acostarse, el vaso de agua, el despertador t aun algún pastillero), respondió simplemente que todavía iba por El Quijote.

Jorge Luis Borges, en La poesía gauchesca, perteneciente a su libro Discusión (1932), comienza: “Es fama que le preguntaron a Whistler cuánto tiempo había requerido para pintar uno de sus nocturnos y que respondió: ‘Toda mi vida’. Con igual rigor pudo haber dicho que había requerido todos los siglos que precedieron al momento en que lo pintó”.

Bástenme estos ejemplos para demostrar la ley universal de la relatividad, sin recurrir a don Einstein, y, por ende, a la idea de infinitud.

* Nocturno de James Abbott McNeill Whistler (Nocturno en gris y oro, Nieve en Chelsea).

 

Problemas de cálculo

Problemas de cálculo

La casa estaba fría en la crudeza de aquel invierno por lo que decidieron abrirse un hueco para dormir junto a los animales en el establo justo la noche en que ella rompió aguas y el infante rosado se desprendió sobre la paja donde su madre lo aseó con mimo y lo amamantó en el pesebre mientras un lucero errante se posaba en el ventanal y cien pastores de buena voluntad se juntaron en la puerta para ver lo que pasaba a los que se les unieron tres reyes venidos de oriente con profusión de ropajes y martas que descendieron de sus camellos para ofrecer al nacido onerosos presentes pero al día siguiente la estrella se mudó unas cuadras más abajo pues había errado su descenso obligando a todos a darse la vuelta y a recobrar los reyes sus presentes entregándoselos a ese otro niño el día seis de enero del año uno rompiendo los sueños de grandeza de los primeros padres que no quisieron llamar al niño Jesús por puro coraje.

Los gitanos entran en España

Los gitanos entran en España

Existen dos teorías sobre el arribo de los gitanos a la Península. Una, que podíamos llamar convencionalmente pirenaica, y la otra, africana.

La primera de ellas no tiene fisuras. Es la entrada por Cataluña a través de los Pirineos en el siglo XV, después de su periplo oriental a través los pueblos europeos. Desde la India penetran en el continente por Persia y por Rusia.

No cabe duda de esta incursión por las huellas habidas, por el poso documental que los contempla.

El primer documento que atestigua su presencia en España data del 12 de enero de 1425 (a comienzos de 2014 se cumplirán 589 años), cuando Alfonso V, el Magnánimo (1416-1458), rey de Aragón ofrece un salvoconducto, una cédula de paso, a un tal Juan, conde de Egipto Menor, líder de una comunidad gitana, para viajar por sus tierras durante un trimestre.

La segunda teoría es una hipótesis creíble, aunque no suficientemente documentada, por no decir ausente de restos. Cuenta que el pueblo romaní, pasando por el norte de África, desde Egipto, a través de Libia, Túnez, Argelia y Marruecos, daría origen, en el siglo XIV, a los gitanos de España (por la atracción de la España musulmana), e incluso a los del sur de Francia. Es difícil suponer que si hubieran saltado el charco no hayan dejado huella, habría documentación sobre dos entradas distintas. Aunque es dable, sobre todo por la herencia que portaba este pueblo, que la teoría africana sea aceptada.

De esta forma, ¿sería posible que cuando los gitanos, provenientes del norte, entraran en Andalucía, se encontraran con los gitanos que ya estaban aquí?

Las primeras manifestaciones documentadas en Andalucía, sin embargo, parten de tierra adentro, de la provincia de Jaén. Data del 22 de noviembre de 1462. Año en que el condestable don Miguel Lucas de Iranzo, recibe en Jaén con gran acogida a dos condes del Pequeño Egipto con bastantes familias (uno don Tomás e el otro don Martin, con fasta çient personas de ombres e mugeres e niños, sus naturales e vasallos) y, antes de su marcha, los colmó de regalos y les entregó una suma considerable para el viaje.

Jean-Paul Clébert, en su obra Los gitanos (1965), escribe con cautela: “es muy probable que estos nómadas conseguirían proseguir su camino por la costa norte de África hasta Gibraltar (…), pero ¿dónde hallar pruebas evidentes de la presencia de los gitanos en África? Fuera de Egipto, se les señala en Etiopía, Sudán, Mauritania y el Norte de África. Pero al parecer nadie los ha estudiado”.

En 1870, Francisco de Sales Mayo, con el nombre de El Gitanismo, reedita el Diccionario gitano, escrito por Francisco Quindalé en 1867, donde dice: “Los musulmanes pudieron venir seguidos de estas mismas hordas auxiliares, primeros gitanos que, confundidos con la chusma sarracena, no hubieron de fijar una atención especial de parte de los españoles hasta después de la conquista de Granada, cuando empezó a predominar la política del arzobispo Jiménez de Cisneros contra las razas de Oriente”.

Por la misma época (1898), Rafael Salillas comenta en Hampa: “En su concep­to, y sin pruebas que lo justifiquen, los gitanos entran en España por las costas de Andalucía... Todo esto, ade­más de los itinerarios conocidos y de la documentación histórica que lo comprueba, habla en contra de la entrada por Gibraltar y las costas de Andalucía, sobre todo supo­niéndola en tal número que de ella deriven los gitanos existentes”.

Arcadio Larrea (El flamenco en su raíz, 1974) argumenta además que “las condiciones precarias en que vivía el reino de Granada no se ofrecen atractivas para gente nómada y libre”.

Más antiguo en el tiempo son estas declaraciones de Pedro Salazar Mendoza, en el memorial Del hecho de los Gitanos, de 1618: “Decir que vinieron con los moros, como alguno ha dicho, no tiene, al parecer, fundamento, pues nunca se ha hecho mención de ellos en nuestras historias”.

Así pues, la teoría africana seguirá siendo una incógnita hasta que no aparezcan datos que la respalden, aunque su autenticidad es verosímil y harto atractiva.

* Pintura de una familia Gitana Española, Sorokin (1853).