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Caminantes

Caminantes

Camina pesadamente. Con paso quedo. Ligeramente vencido hacia la izquierda, como si un brazo le pesara más que el otro. Si hubiese sido más largo arrastraría por el suelo como la flácida probóscide de un elefante cansado.

Aquel, fino y espigado, va dando saltitos cual si caminara en cama elástica o ingrávido en un astro cercano. Muellemente traspasa a los que en su misma dirección avanzan y con regateo etiquetero esquiva a los que se le topan de frente.

Ella repiensa su caminar. Cual tentempié despreocupado, marca el sofoco balanceo de preñada primeriza. Arreboles sonrosados fatigan su cara cuando sonrisas sorpresivas saltan a las chispas de sus ojos. La abundancia de sus nuevos pechos y sus palmas regordetas contribuyen su inestabilidad.

Con punto de apoyo robledo arrastra encorvado su cojera añosa. Inclinado sobre el piso difícilmente visualiza la dirección de la perezosa marcha. Las piernas vienen pesando como plomizas hace ya. Barre el piso sauróctono a cada rumiada huella.

Va y viene. Sus pasos son redondos y cargados de nervios, rebosante de aristas. Esféricos sus ojos en un bosque de piernas. De cuando en vez agarra una mano suave, faro de madre que impone seguridad en la noche de sus pocos años.

Son largas y elásticas sus canillas lampiñas. Deportivo camina remolinando los brazos al compás de su respiro. Impone su juventud la prisa decidida y una mirada fuera de este mundo que antagoniza con los fatigados transeúntes de las esquinas.

Con un pie detrás de otro, guarda una misma línea de equilibrio. Trote cochinero impone su falda estrecha, como si en la calle se sintiera fuera del agua. La precede el rouge estridente de sus labios carnosos y el torso abultado de talla justa o casi y los ojos sombreados de holgadas pestañas que sueñan ante el neón del inmediato escaparate.

Si fuera un animal de hiénido se trataría. Encorvado sobre sí mismo más que alzar los pies los arrastra como la oruga de un carro de hierro. El cuello hundido en unos hombros que preguntan si no camina solo. Si pudiera intentaría menores en las farolas. Su sonrisa lo delata.

Más presta atención a su auricular que a su marcha. Como si fuera un gepeese lo mantiene delante de sus narices y de a ratos se para a contestar con media sonrisa, como quien tiene la mano llena de hormigas, el vértigo de la conversación. Es ajeno a la calle, es ajeno a sí mismo, sólo un cruce, un traspié o el ruido inesperado lo vuelve a esta dimensión.

Copetona camina recién lacada con aires de venado orgulloso. Visones en el cuello tal vez o seda con pedigrí desborda el halo del perfume que precede sus pasos. Es plomiza y apretada aun sin carne apenas. En las mientes le asalta la tarea huera de cada día que le impele su continuo pastilleo.

Sin venir a cuento canta su alegato. Está ofendido con el mundo. No importa si lo escuchan. Camina paralelo a la marea, hacia un lado o hacia otro, le es indiferente, que mira sin cesar. Ya se para y cuenta su leyenda cuando un chaval le huye y otro lo aguijonea. Se agacha para recoger una pava apenas sin fumar.

Con los libros apretados al pecho incipiente recorre soñadora el camino de diario. Los recuerdos de un pasado inmediato la llenan de suspiros. Con sus trenzas amarillas, quizá helénicas, tiene todo el horizonte por delante.

Arrastrado por su can tropieza de esquina a farola, de alcorque a pared con su correa extensible que escolla a los demás trashumantes. Quién pasea a quién, se preguntan estas gentes. Con una prisa que no le asalta, quizá lleva bolsas en las manos o un periódico en la axila.

Torpe, pasea sin rumbo como mosca de otoño. No tiene prisa. Con su cámara al hombro sorprende cada instantánea. Lleva calcetines bajo las sandalias, y pantalón corto aún con la brisa. Sonríe a las aves y a los perros y a los gatos y aun a los cocodrilos.

Con su cara roja y su carne derramada, que se empeña en apretar, jadea a cada instante con el ronroneo abisal de los cetáceos. Las columnas flácidas de sus piernas apenas sostienen su balanceo inestable. Lentamente avanza como si fueran dos y agradece la luz roja frente la calzada que permite un obligado estanco.

Él no camina que espera. Junto a la pared entre las lunas de dos escaparates es todo cuello. Se asoma nervioso hacia los dos flancos como una mangosta en su agujero. Mira el reloj de continuo y arregla sus ropas sobre el arreglo anterior.

Con tacones de vértigo inseguro, más que andar, salta como los pájaros que no están hechos para abandonar el vuelo. La melena corta de moreno inflado marca el compás de sus movimientos. Es elegante en su delgadez, acostumbrada a atesorar miradas. No obstante los demás se apartan de su halo.

Camino caminando el caminar de los caminadores para a vuelapluma esbozar esta minuta de siempre truncada.

* Caminantes de la ciudad©, de Manuel Molano.

Los campanilleros

Los campanilleros

La otra noche, entre los bises del concierto de Miguel Poveda en el auditorio Manuel de Falla de Granada, tuvo el gusto de cantarnos unos campanilleros, que fueron coreados con satisfacción por parte de los presentes. Fue un tema bastante acertado, que pasa por villancico, debido a las fechas que se avecinan.

Pero los campanilleros curiosamente es un palo único dentro del flamenco, del folklore aflamencado, si queremos.

Por campanillero se entiende el individuo de una agrupación, frecuentemente llamada los campanilleros, que en algunos pueblos andaluces y en partes de Extremadura y el sur de Castilla-La Mancha, entona canciones de carácter religioso, en el Rosario de la Aurora, con acompañamiento de guitarras, campanillas y otros instrumentos de percusión.

A este respecto, dice Juanito Valderrama en Mi España querida, compilación de memorias editadas por Antonio Burgos en 2002: “Los campanilleros son un cante popular andaluz, que se cantaba por las Pascuas de la Navidad y en algunos pueblos, como en Mairena del Alcor, por la fiesta de los Difuntos, en los rezos por las ánimas del purgatorio. Se cantaba a coro, con las campanillas haciendo el compás. Los campanilleros estaban también unidos a la devoción del Rosario de la Aurora, que trajeron los dominicos, y en algunos sitios había campanilleros con colas referentes a la Semana Santa, a la Pasión del Señor.

La muestra flamenca más antigua de los campanilleros se debe al cantaor jerezano Manuel Torre, quien hacia principios de siglo realizó una versión, interpretada con dramatismo y hondura, acompañándose de la guitarra de Niño Ricardo, y que dejó grabada en 1929 junto al guitarrista Miguel Borrul con la letra clásica de A la puerta de un rico avariento.

Sobre 1959 La Niña de la Puebla regis­tró de nuevo este cante en una versión más asequible al gran público, con letras compuestas por su padre, Francisco Jiménez Montesinos, obteniendo un enorme éxito que la catapultó definitivamente a la fama.

El tema de las letras suele ser de carácter religioso, aunque admite otros temas, guardando siempre relación con el carácter religioso original.

Se cantan sobre un compás de 3x4 y el acompañamien­to en tonalidad menor. La estrofa es de seis versos asonantados siendo el primero, tercero y quinto decasílabos, y el segundo y cuarto dodecasílabos, aceptando también una cuarteta octosílaba a la que se une otra hexasílaba.

Es un cante de mínima ejecución, muy pegadizo, que ha grabado, siguiendo la pauta marcada por Manuel Torre, por ejemplo, Juan Varea, El Agujeta, José Mercé y José Menese, entre otros interpretes. O artistas más alejados, como pueden ser Rocío Jurado y Rosa López.

Entre las decenas de letrillas, dejo tres, una tradicional y dos compuestas por Jiménez Montesinos para su hija:

A la puerta de un rico avariento
llegó Jesucristo y limosna pidió,
y en lugar de darle una limosna
los perros que había se los azuzó.
Pero quiso Dios,
que al momento los perros murieran
y el rico avariento pobre se quedó.

En los pueblos de mi Andalucía
los campanilleros por la madrugá,
me despiertan con sus campanillas
y con sus guitarras me hacen llorar.
Yo empiezo a cantar,
y al oírme todos los pajarillos
que están en las ramas se echan a volar.

Pajarillos que vais por el campo,
gozando el amor y la libertad,
recordadle al hombre que quiero
que venga a mi reja por la madrugá’.
Que mi corazón,
se lo entrego al momento que llegue,
cantando las penas que he pasado yo.

En 1924, con el mismo canto popular, el compositor Manuel López Farfán realizó una marcha procesional llamada Pasan los campanilleros.

* La Niña de la Puebla (foto de Paco Sánchez©).

Tres años sin Enrique

Tres años sin Enrique

No quiero dramatizar ni me apetece meterme en detalles escabrosos de su ‘mala muerte’, pero hoy se cumplen tres años desde que desapareció el maestro Enrique Morente.

Maestro puesto a conciencia, pues sin querer, sin darle importancia, nos enseñaba continuamente, a sus hijos, a sus amigos, a los más distantes y hasta a sus detractores. Nos enseñaba y sigue dándonos lecciones desde sus discos y declaraciones, desde sus anécdotas y el recuerdo. Porque Enrique era un hombre grande en todos los sentidos. Porque la mayor característica de la grandeza es la humildad. Y humilde era como pocos. Tan sólo verlo tratar con la gente por igual sin atender a su condición, tan sólo verlo con el chándal guardando cola para comprar el pan en la plaza Mariana Pineda, tan sólo verlo conducir en ese coche más pequeño que él, tan sólo asomarse a los bares de madrugada con doce o trece y decir si podían tomarse una copa, tan sólo ir de gira y contar en su cuadro con los más necesitados, tan sólo verlo escuchando a cualquier flamenco, a cualquier músico, a cualquier artista y tomar nota de ello, tan sólo el cantar de forma altruista por una buena causa, tan sólo el intento de colaborar con todos en la grabación de sus discos, tan sólo en la estela tan grande de dolor y admiración que ha dejado, que son miles de seguidores por todo el mundo, que son miles de aficionados que se han acercado al flamenco por él.

Lo recuerdo constantemente y su trabajo es mi música de cabecera, como de libros tengo a Cunqueiro o a Borges. Pero lo recuerdo con alegría, no porque se haya ido, sino porque lo he conocido, porque nos ha dejado un gran legado, como músico y como persona, porque cuando dos o más hablamos sobre él nos parece que estuviera presente, que en un momento dado iba a aparecer por una esquina, con su sonrisa permanente que achica aún más sus ojos y con su pelo rebelde.

Algunas fotos y detalles guardo de Morente entre mis cosas, pero he querido poner la entrada al Primer Concurso Flamenco de Maracena, con él como artista invitado. Tiene mil años. Mi flaca memoria no alcanza a decir la fecha exacta (si alguien que me lea la sabe, rogaría que me la dijera), aunque no sería difícil averiguarlo. Quiero llamar la atención en dos detalles. El primero es que es la entrada número uno (0001). Llegué a la taquilla con tiempo necesario para ocupar el primer lugar y poder escuchar al maestro. Todavía no me ocupaba del flamenco y ni por asomo pensaba que iba a ser crítico o algo parecido. En segundo lugar, derivado del primero, es que como es la entrada número uno (0001) pedí que no me la rasgaran para conservarla de esta guisa.

Ya sé que no es suficiente, pero este es mi pequeño homenaje.

Fiesta del Erizo

Fiesta del Erizo

Hace exactamente veinte años que me embarqué con unos amigos en una aventura emocionante. Esta era la publicación (trimenstrual, decíamos) de una revista de literatura erótica, llamada El erizo abierto. Duramos seis números, repartidos entre tres años, con múltiples actividades paralelas del mismo corte erótico-literario, con un trasfondo social y político que trataba, más que provocar, agitar a la ciudadanía y tomar el pulso al poder y a su nivel de permisibilidad y compromiso.

A los diez años, en 2003, hicimos una fiesta y sacamos un número memorable, de 48 páginas, siendo la mitad recopilación de todo lo publicado y la mitad material nuevo.

En ese tiempo ya nos habíamos dado cuenta de la involución de la sociedad y el anquilosamiento de nuestros próceres. Impensable sobrellevar una publicación de este tipo.

Diez años más tarde, o sea, mañana a estas horas, sacamos otro numerito, con sólo veinticuatro páginas, y hacemos nueva fiesta en La Expositiva (Plaza Nueva), a las 21,00, advirtiendo que las cosas están aún peor que hace diez años y que veinte y que, si seguimos decreciendo, vamos a alcanzar los años más duros del franquismo.

En dicha celebración se proyectará un vídeo alusivo y habrá canción de autor y poesía. La entrada será de 7 euros con derecho a revista y consumición.

No digo más. ¡Os espero!

* Potada de la nueva revista.

Fandango

No sé lo que has comprendío
de lo que te he comentao
que en cuestiones de flamenco
pocos son los entendíos
y muchos los enteraos.

Poveda por los pelos

Poveda por los pelos

Sin saberlo, los Encuentros Flamencos de Granada terminaron con la actuación de Juan Andrés Maya y Farruquito, el jueves y viernes pasados, pues la presencia de Miguel Poveda no pertenecía a dicho festival, con lo que nos sentimos engañados, y al concierto de Argentina no pudimos entrar (asombrosamente los críticos no estábamos acreditados) lo que redundó en nuestra decepción.

Desde hace años, estos Encuentros, por unos u otros motivos están enrarecidos y, si hay suerte, de ellos sacamos un sabor agridulce que perdura.

Según cartel y promoción, me encaminé al auditorio Manuel de Falla el sábado, 7 de diciembre, confiado como de costumbre. Me extrañó no ver gente en la puerta por mucho frío que hiciera. No sólo había comenzado el recital media hora antes de lo anunciado, sino que mi nombre no estaba en la puerta.

En ese momento me enteré de que el cantaor catalán venía por su cuenta y riesgo, con su personal y su equipo y que no tenía nada que ver con el festival de marras. Con todo y con eso nos dejaron entrar en una esquina que roza el cielo. Desde el palco cinco no sólo se ve sesgado y parcial, sino que el sonido es deficiente.

No pensaba escribir por la afrenta, pero la segunda bofetada sin haber volteado la mejilla terminó por decidirme. No me importa no asistir al concierto de Poveda o el de la onubense, pues ya los he visto y los seguiré viendo, lo que es inadmisible es que se juegue con unos profesionales de esta manera, haciéndonos perder el tiempo y las ganas, partiéndonos el fin de semana y ninguneándonos de esa manera. Más vale que no nos hubieran hecho caso desde un principio, que nos dijeran que no querían cámaras ni críticos y que preferían seguir manteniendo un festival provinciano. Y todo esto con la connivencia feliz de nuestro Ayuntamiento, que no se entera por dónde van los tiros de la cultura.

Miguel Poveda por su parte, excelente. Es un cantaor todoterreno. Es el flamenco más en forma de nuestro país. Capaz de llenar estadios y aplaudido por todos, de ahí su versatilidad.

Como digo llegué tarde y no tomé nota. De todas formas, destaco una primera parte y un colofón eminentemente flamencos. Una de las bazas que atildan a este catalán, hijo de emigrantes levantinos, además de su bella voz, siempre afinada, es el respeto a sus mayores y el fiel remedo a los grandes, no sólo del flamenco, también de la copla y del tango.

Así, tras unas espléndidas alegrías, malagueñas, abandoladas por rondeñas y fandangos lucentinos, y sobre todo por una impresionante soleá, acompañado con la guitarra de Carlos Grilo, uno de sus palmeros, y no su habitual ‘Chicuelo’, le dedicó a su padre unos cantes de levante especialmente sentidos.

Seguidamente interpretó un popurrí sobre los poemas por bulerías de Lole y Manuel.

Las notas a piano de La niña del Albaicín por el maestro Joan Albert Amargós, anuncian una segunda parte de copla (hay que agradar a todos los públicos). A su final se pronunció sobre el error garrafal de anunciarlo en un cartel sin haber contado con su participación). Y remató brindándole un reconocido homenaje a Enrique Morente, con un fandango muy musicado y una recopilación por bulerías.

Tuvo tiempo también, en el apoteosis final de adelantarnos el villancoico Los campanilleros, coreado por el público más avanzado.

El fervor de un público, no demasiado flamenco, y el aroma del ambiente concatenaron un prolongado fin de fiestas donde no paró de bailar.

* Foto: Joss Rodríguez©.

Maya versus Farruquito

Maya versus Farruquito

XIV Encuentros Flamencos de Granada

Si fuera una confrontación, Farruquito habría ganado por goleada a Juan Andrés Maya, el visitante se hubiera alzado con el triunfo ante el equipo local. No obstante el listón estaba alto. No obstante, tanto uno como otro, levantaron pasiones.

Improvisao se llamó el concierto y supongo que de improvisado algo tendría, pero lo que es la esencia, el guión principal, lógicamente venía aprendido. Quizá la idea, como en el jazz, sería recrear sobre una base, sobre ese continuo que sirve de estructura.

Tras una presentación por seguiriyas donde cada cual expuso sus credenciales e incluso se hicieron guiños combinados, cada uno se hizo cargo de su espectáculo, con su cuadro independiente, inundando el pensamiento de que compartirían la escena al menos en algunas piezas.

La primera parte, larga a mi parecer, la ocupó Juan Andrés y los suyos. Comenzó por tarantos, que remató por tangos y un poquito por Huelva. Esta primera entrega fue discreta y levemente redonda. Destaco, como no, su juego de pies y el aire de sus manos, el intento de totalidad y la complicidad con el público, su público.

Para hacer tiempo a que el bailaor regrese con nuevos bríos, se le hace un favor desafinado al No me lo creo de Parrita.

Y, ahora sí, con exceso de minutaje, Juan Andrés Maya aborda una soleá donde saca muestra todas sus cartas. Da lugar al torbellino, a la belleza y al asombro; pero también a la teatralidad inquieta y al remedo de sí mismo. Más suelto (¿resuelto?) llegará a las bulerías que le sirve de fin de fiestas, donde invita a darse una ‘pataílla’ a sus jaleadoras con algún altibajo.

Un breve descanso no anunciado recibe a Farruquito por alegrías con traje inmaculado. Su cuadro es otro: compacto, seguro y efectivo. Con cuatro cantaores, dos guitarras y un percusionista, su espalda está segura.

Juan Manuel Fernández Montoya tiene una agilidad precisa, un buen concepto del espacio, un braceo varonil, una verticalidad envidiable y una música reconocible en los pies. Todo lo cual redunda en su elegancia innata.

Juan Requena, uno de sus guitarristas, plantea bulerías de peso, mientras el sevillano se cambia para reaparecer por soleá, en la que trasciende su herencia y la longitud de su sombra, a pesar, él mismo lo confesó, de sentirse afectado por el frío de Granada.

* Farruquito por soleá (Joss Rodríguez©).

Honorio Bustos Domecq

Honorio Bustos Domecq

Una colección de kiosco de los años 80 (Literatura Contemporánea Seix Barral), en la que compraba ejemplares sueltos, según autor, título y posibilidades económicas, me llevó a interesarme por un título harto estimulante para mi vanidad investigadora. Se trataba de Cuentos de H. Bustos Domecq, que hacía el número 48 de esa serie posiblemente centenaria. Lo adquirí, además de por sus autores y por su trama, una aventura detectivesca urdida por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, por la curiosa coincidencia de mi apellido con el del supuesto autor de las historias de raciocinio, pues de densa deducción se trata.

En varias ocasiones, a lo largo de estos años, he intentado abordar su lectura, pero su prosa densa y terriblemente porteña y erudita, plagada de francaísmos y latines, me lo impedían. En una reciente visita a mi biblioteca, escudriñé este volumen, entre otros más de su colección, oculto en una segunda fila por libros más recientes y, sin duda, más vistosos.

Reconozco que me ha costado entrar, pero, a sabiendas de que cuando le cogiera el pulso narrativo iba a colmar mis expectativas, no he cejado en su lectura.

Llevo unas cuantas decenas de páginas y sus propuestas, inventiva, dinámica e imágenes reconozco que me atrapan. Hay detalles que saboreo con placer e incluso me hacen sonreír.

Honorio Bustos Domecq es el autor ficticio de los relatos que componen este libro, que consta a su vez de tres obras: Seis problemas para don Isidro Parodi (1942), Un modelo para la muerte (1946) y Crónicas de Bustos Domecq (1967).

Comienza la primera parte con unas notas biográficas de este escritor argentino, que empezó a escribir a la edad de 10 años y que publicó sus obras en la prensa de Rosario.
El origen del pseudónimo, leo en la wikipedia, consiste en la reunión de los apellidos de la abuela paterna de Bioy (Domecq) y de un bisabuelo materno de Borges (Bustos), lo que fantasiosamente me emparienta (o emparenta) con mi admirado invidente.

En el segundo relato de Isidro Parodi (que resuelve los casos desde la celda 273 de una penitenciaría de Buenos Aires), un actor, Gervasio Montenegro, que singularmente también prologa el libro, gana al poker trescientos quince pesos y cuarenta centavos y el diamante de una princesa rusa. Para celebrarlo, cuenta Montenegro: “llamé al mozo y le pedí ipso facto la carta de vinos. Un rápido examen me aconsejó la conveniencia de un Champagne El Gaitero, media botella”.

Varias razones me levantaron el belfo (con todos mis respetos). Dos mentes privilegiadas piensan en una marca de espumoso tan exótica como exclusiva. El Gaitero no es un champagne sino una sidra (aunque, en honor a la verdad, más adelante en el relato lo llaman de esta manera). Además es una bebida asequible, de andar por casa, y nada sofisticada.

(Puede, no obstante, que el champagne al que los autores se refiera, no sea el mismo que yo conozco, lo que estaría justificado por su parte y asaz escurridiza por la mía.)

Imágenes de sus mayores

Imágenes de sus mayores

XIV Encuentros Flamencos de Granada

Los retratos de Carmen Amaya, Mario Maya, Manolete y Juan Andrés Maya presidiendo la escena presagiaban en torno a quién giraba el espectáculo a pesar de llamarse Savia nueva. Savia nueva pero de un innegable tronco que les da sustento.

Una solea por bulerías sirve de presentación. Karime Amaya, Iván Vargas y Alba Heredia descubren sus cartas y prometen su entrega como si fuera su última noche.

La canora guitarra de Luis Mariano queda sola sobre las tablas que, tras una armónica introducción, recibe a Iván Vargas por farrucas. La pieza es reconocida. Son los compases que han acompañado desde siempre a Manolete. Pero ya no es la farruca del maestro del Sacromonte, sino la farruca de Iván Vargas, con su sabor personal, con su poquito de lo aprendido y lo mucho de su sangre; con seguridad en su braceo y unos pies de los que ya no tiene que preocuparse; con su rabia Maya, pero son su delicadeza en flor. Lástima los recursos repetidos. Lástima ese rasgueo final en la guitarra de Luis Mariano que ya hemos visto cien veces este año.

Los brazos son sellos indiscutibles de esta saga familiar. Desde el abuelo Raimundo, pasando por todos y cada uno de los Maya, de los Heredia, el vuelo de las manos es todo un espectáculo. Son palomas que sacuden sus alas después de un baño ligero. Posiblemente, empero, quien hereda y concentra, como en un caro perfume, esta habilidad, es Alba Heredia, la más joven de la casa. Alba nos propone seguiriyas con bata de media cola a la que no le sacó el partido deseado.

En Alba hay que pensar a largo plazo. La siembra de una buena semilla, el buen abonado y el buen regadío, auguran una buena cosecha.

De quien se acordará es de su tío Juan Andrés (incluyendo su histrionismo), con detalles personales. ¿Quién negaría sus caídas tan sacromontanas? ¿Quién negaría su baile completo, de pies a cabeza? ¿Quién negaría su estampa? Las muecas de su boca, sin embargo, afean indeciblemente su figura.

Después de una rueda por tonas por parte de los cantaores Manuel tañe y Simón Román, vuelve Alba Heredia, con chaqueta y pantalón blancos, homenajeando a Carmen Amaya por tarantas, arropada por la guitarra Justo Fernández ‘Tuto’. El público agradece sus dotes y su entrega, y así se lo expresa. Grandes sorpresas nos aguardan

Por último Karime Amaya, descendiente de la gran Carmen, a quien ya vimos en el Corral del Carbón, se destapó por soleares. Su baile es redondo y efectivo. Tiene un cierto regusto añejo y un juego de pies vertiginoso.

Todavía Iván Vargas, antes de terminar, apostó por alegrías en una pieza ya conocida donde se acuerda de Mario Maya y combina con guiños a Manolete.

Se despiden todos juntos por rumbas. Pieza que sirve tanto de saludo como de agradecimiento. Son gitanos. Son savia nueva.
* Foto: Joss Rodríguez©.

El sello de una casta

El sello de una casta

XIV Encuentros Flamencos de Granada 

Existe un paralelismo entre la familia de los Farruco y la familia de los Maya: la fuerza o, si quieren, la furia. El primer día del festival de otoño estuvo ocupada por una representación de los sevillanos (Herencia), al igual que el segundo día estaría cubierto por los granadinos (Gitanos: savia nueva), para terminar el jueves y el viernes con el ‘patriarca’ de los dos clanes, Farruquito y Juan Andrés Maya.

Con más de medio aforo y una expectación proverbial comienzan los sones de las bulerías primeras, donde el Carpeta, el más pequeño de los Farruco, y Barullo, trajeados de plata, no dan respiro al aire que los envuelve y derrochan zapateado y compás, con su baile macho de pura raza. A los postres, cuando la fiesta se asoma a Extremadura, hilvana la Farruca, algo más comedida, estos jaleos finales.

Tras un solo de guitarra de Juan Requena, acompañado de percusión, vuelve Manuel ‘el Carpeta’ por alegrías, levantando verdaderas aclamaciones de pasión. Este joven bailaor se ha criado en el escenario y en él, como pez en el agua, se desenvuelve a la perfección. Domina el espacio y racionaliza su quehacer, a pesar de su energía desbocada y vertiginosa, a veces altanera.

Sin embargo, pocas veces, congela su acción y explora el camino que saborean sus mayores. Es cuando se entiende la madera, cuando lo que vemos, además de relucir, a la larga puede pesar varios quilates.

Su primo, Juan Fernández Montoya ‘Barullo’, lo sustituye en las tablas bailando por seguiriyas. El sello es el mismo, el ADN innegable. Parece que cuando baila alguien de de la saga Farruco es como si bailaran todos los demás, que son una extensión de su abuelo, a quien homenajean de continuo. De hecho, cuando termina la pieza, Barullo mira hacia arriba como brindando o agradeciendo. Su baile es radical, con brío y espectáculo, lleno de poses y efectismo. Tiene momentos de verdadero pellizco.

Manuel de Tañé, Quini de Jerez y Mara Rey, los cantaores, abordan unos tangos occidentales bastante aclamados. Esta vez sin baile.

La soleá anuncia un momento grande. Rosario Montoya ‘la Farruca’, la madre del clan, con arte y poderío, sale a escena vertiendo su caudal. Es un baile más repensado y lleno de expresión que, cuando estalla por bulerías, contempla igualmente el desenfreno. Sin duda, aunque breve, la mejor entrega de la velada.

El fin de fiestas por bulerías pone fin, o puntos suspensivos, a una noche que sin lugar a dudas les pertenece.

* Foto: Joss Rodríguez©.

Perrateterías en Algeciras

Perrateterías en Algeciras

Homenaje a Perrate y Perrata de Utrera

El último viernes me escapé. Invitado para asistir a la entrega de la XXI Palma de Plata en Algeciras, decidí casi sin pensar invertir tres horas de carretera para ir y otras tantas para volver sólo para asistir al reconocimiento de los Perrate, una saga utrerana de arte indiscutible.

El festival en sí, lo digo desde un comienzo, fue mediocre, pero tuvo un punto de emotividad para tener en cuenta y sobre todo un sabor diferente al flamenco habitual que en mi cercada Granada puedo contemplar.

Se trataba de, a través de sus hijos, reconocer el trabajo impagable del Perrate de Utrera y de su hermana María la Perrata. Descendiente directo de José, estuvo presente Tomás de Perrate y su hermano Adán, que recogió el galardón. Por parte de María estuvieron Inés Bacán, Mari Peña y, como apoyo imprescindible, Tere Peña, hermana de Pedro Peña y Juan Peña ‘el Lebrijano’.

Como guitarrista único (como en los festivales de antaño) compareció Antonio Moya, con buen pellizco, soltura y complicidad con todos los artistas.

Mari Peña abrió la noche por tientos, después hizo soleares y alegrías de Pinini, con algunas cositas destacables. De Inés Bacán sorprende su eco tan flamenco. Comenzó con fandangos, para desembocar en lo jondo de una soleá y rematar por seguiriyas.

Tomás de Perrate, creo que se templó con soleares (no tomé nota y no recuerdo muy bien). Su sola garganta, la cadencia tan especial que tiene su voz y el soniquete que lo envuelve, ya son cartas a tener en cuenta. Continúa por seguiriyas, con más ganas que eficacia, y termina con las bulerías ‘arremansás’ que impone su sello.

Como fin de fiestas, toda la familia proponen se van por fiesta.

Tras el ‘acto protocolario’, dirigido por Manuel Martín Martín, que ha ido haciendo de presentador, de entrega de la Palma de Plata, y de un breve descanso, la segunda parte la ocupó el bailaor local David Morales, haciendo un resumen de su trayectoria. Lleno de ideas, no termina de convencer el concepto de su baile, en el que destacaría algunas cosas. Sorprende el gusto de prescindir de la percusión (caja, pandero, tinaja y tambores varios) a favor de la palma desnuda. Su dominio del espacio también es loable. Pero aplaudimos sobre todo al tocaor que lo acompaña, Dani Casares, que, siendo un guitarrista de concierto, arropa sin fisuras; que, asomado a la vanguardia, suena flamenco a cada paso.

 

La leyenda de Egipto

La leyenda de Egipto

Mientras el pueblo gitano atraviesa Europa, ducho en imaginación y fortuna, quiso componer su leyenda y equipaje allá por donde pasaba. Así su pasado mítico le corría en paralelo. Así asombraban a gentes y lugares con su nobleza y el correr azul de su sangre.

Mil veces comentada hasta asumirla como veraz se asentaba la procedencia del 'Pequeño Egipto', de donde era originario el supuesto conde Juan. Solían presentarse ante las autoridades locales como príncipes de Egipto; duques o condes del 'Egipto Menor'. (De hecho, uno de los numerosos apelativos que se les ha dado sea el de gipsy —posible contracción del vocablo inglés egyptian—, al igual que han ido recogiendo variados apodos que hacen referencia a los distintos lugares donde se asentaban temporalmente, como zíngaro o bohemio.) Los pueblos en principio quedaban fascinados con esos cuentos que ilustraban con fulgentes ropas irisadas y oropeles por doquier.

Bernard Leblón, en Los gitanos en España. El precio y el valor de la diferencia (1993), lo cuenta así: “La extraña apariencia de esta gente venida de otras tierras no dejaba de embelesar a los mirones de todos los países occidentales. Sorprende su atavío —esas largas mantas abigarradas sujetas al hombro, a la manera de capas—, el largo de sus cabellos, la oscuridad de su piel, las grandes argollas que llevan en las orejas y la insólita toca de las mujeres: turbante oriental sobre un armazón de mimbre”.

Para los gitanos esta hagiografía suponía una herramienta defensiva y un salvoconducto que si no era totalmente creído, se les otorgaba el beneficio de la duda. No obstante, de tanto alimentarla, el verdadero origen del pueblo rom quedó diluido.

Dentro de su exótico principio, se vendían como adivinadores, tarotistas y quirománticos, componedores de hechizos y pócimas) herederos fehacientes de los restos exhumados de la triste Biblioteca de Alejandría arruinada tras un incendio en el año 47 de nuestra era. (Este templo del saber fue erigido en el siglo III a.C. por Ptolomeo I y, según los historiadores, albergaba entonces unos 700.000 libros.)

Aparte de esto, desempeñaban oficios tradicionales, que iban desde agricultores hasta obreros manuales —artesanos del mimbre, de la cestería y la forja, caldereros, esquiladores—, algunos desaparecidos. También se dedicaban a la compra-venta de caballos (la figura del chalán) en las antiguas ferias de ganado, o de otras mercaderías en bazares y mercadillos.

Por otra parte se enrolaban como soldados mercenarios en cualquier ejército. Pero sobre todo eran artistas: bailarines, músicos, cantantes, malabaristas o hacían danzar a un oso, una mona o una cabra, que ha trascendido con el nombre de Mariana, del que hay un estilo flamenco cercano a los tangos.

Entre los libros que los antepasados de los gitanos supuestamente habrían conseguido rescatar de la quema alejandrina, que les daba el conocimiento y el poder de conocer el futuro o realizar hechizos y sortilegios, estaba El Libro de Enoch, expurgado de la Biblia por detallar el castigo de los ángeles rebeldes por haberse unido sexualmente con las hijas de los hombres (durante la helenística, autores como Filón de Alejandría identificaron a los extraños ‘hijos de Dios’, mencionados en el Génesis, con ángeles caídos por culpa del deseo sexual); y el Libro de Thot, que reunía el saber secreto de los sacerdotes egipcios y, cuyo contenido, dio lugar a las cartas del Tarot.

Cuando estuve contigo

Cuando estuve contigo
te quise aprender de memoria.
Te advertí en cada gesto,
en cada mueca,
en cada una de tus palabras.
Fatigué tu sonrisa y tu mirada.
Catalogué tus luces
y también supe de tus sombras.
Recorrí cada poro de tu piel
como si fuera el plano de mi vida.
Me ancoré en tus rincones,
me sumergí en tus oquedades.
Quise repetir este viaje
como siempre las olas vienen
como siempre las olas van.

La copla andaluza

La copla andaluza

Antes de la literatura escrita, antes que el hombre supiera escribir si quiera, y aún siendo conocedor de la letra y de la pluma, existía una memoria colectiva que iba pasando a través de las generaciones de forma hablada.

Casi todos los cuentos de antaño que conocemos se los han contado a nuestros padres y a los padres de estos hasta perderse en las nieblas de la historia. Muchas narraciones, poemas, novelas o antologías no son originales, sino recreaciones de aquella anécdota primigenia que dio pie a explicar, por ejemplo, algún suceso o fenómeno de la naturaleza o la razón para ejecutar cualquier sentencia.

La literatura oral, huelga repetirlo, ha sido el germen de nuestra civilización sensible. El hombre avanza porque recuerda. El hombre es social, entre otras cosas, porque al calor de la lumbre ha escuchado las verdades de los viejos, la disciplina del chamán, la comicidad del bufón.

Pero este recuerdo colectivo sería materialmente impensable sin una doctrina, sin el apoyo de una cantinela. La épica, los epinicios, toda la lírica sigue un sistema nemotécnico que alimenta la remembranza a base de música.

La tabla de multiplicar o las oraciones de misa, y aún la lista de los reyes godos, las aprendíamos en la niñez con esa cantinela, con un ritmillo machacón que ayudaba a concatenar las palabras y las frases con asonancia.

El pueblo andaluz, desde muy joven, ya practicaba el arte de la poesía. Se cuenta que la civilización perdida de Tartessos confeccionaba sus leyes de forma rimada.

Así se han ido creando cantares y repertorios. Así se han ido compilando cancioneros y gavillas de letras para dejar constancia.

Alguien dijo recientemente que se calculaban en ochocientas mil las coplas andaluza, de ellas unas doscientas mil en pleno uso. No puedo garantizar la veracidad de esta cifra, pero si buscamos, el pozo de la letra popular carece de fondo.

Y aquí está la palabra clave: popular. En lo popular se asienta nuestra sabiduría. El poema, la letra, la copla salida del pueblo tiene la simple grandeza de un monumento.

Bécquer escribía en El Contemporáneo: “la poesía popular es la síntesis de la poesía. El pueblo ha sido, y será siempre, el gran poeta de todas las edades”.

Manuel Ríos Ruiz, en Introducción al Cante Flamenco (1972), va más allá diciendo que “la copla que no hace el pueblo, difícilmente la canta el pueblo”.

Antonio Machado pone en boca de Juan de Mairena: “si vais para poetas cuidad vuestro folklore. Por­que la verdadera poesía la hace el pueblo. Entendámonos: la hace alguien que no sabemos quien es o que, en último término, podemos ignorar quién sea sin el menor detrimento de la poesía.

Pienso, lo he dicho bastantes veces, que lo mejor que le puede pasar a un poema es que deje de pertenecerte. La misma idea encuentro en un prólogo que con el tiempo (agosto de 1969) hizo Borges a Luna de enfrente, una obra de juventud de 1925. En él escrbía: "Poco he modificado este libro. Ahora, ya no es mío".

Estaba con Juan de Loxa, hará cinco o seis años, viendo un recital de cante. Cuando el cantaor abordó las alegrías, Juan me dijo: “Qué gracioso. Esa letrilla es mía”. Cantaba eso de: ¡Pan y trabajo! / Siempre se escapa el tiro / pa los de abajo. // ¡Que mala pata / no les saliera el tiro / por la culata!

Las seis cuerdas de un piano

Las seis cuerdas de un piano

Falla por Cañizares 

Desde que en 1991 Juan Manuel Cañizares colaboró como segunda guitarra en el Concierto de Aranjuez de Paco de Lucía (al que acompañó durante diez años) la música clásica entró de lleno en el ideario musical del guitarrista catalán. 

En 2008 edita la Suite Iberia de Albéniz y en 2012 Goyescas de Granados. Para este año, centenario del estreno de La vida breve, Cañizares se propone transcribir una trilogía sobre Manuel de Falla. Los dos primeros trabajos, El sombreo de tres picos y La vida breve, ya ha visto la luz. El tercero, El amor brujo, saldrá en abril.

Dentro de los ‘XIX Encuentros Manuel de Falla’ que organiza la Fundación de su mismo nombre y el Ayuntamiento de Granada, se programa, como estreno mundial, la presentación del trabajo discográfico mencionado.

Cañizares divide el concierto en dos partes. La primera clásica, donde interpreta a Falla. La segunda flamenca donde desgrana su disco de 2010, Cuerdas del alma, y algún tema más de su discografía anterior.

Tres momentos igualmente definen la primera parte. El primero de ellos son Siete canciones populares españolas, donde expone temas en general de exquisita brevedad. El paño moruno se saborea de forma familiar y, su final buleaero es agradecido. Se echa de menos la voz. Como segunda guitarra, remarca su sombra Juan Carlos Gómez, llevando el peso de la base, la gravedad en la contienda y haciendo de vez en vez sus escapadas en solitario. Esta primera canción, junto a la Seguidilla murciana y a la Jota (de más amplio minutaje), está acompañada por las castañuelas de Charo Espino y de Ángel Muñoz, que también harán de palmeros y bailaores cuando se precise.

Una Nana y una Canción dejan paso a un segundo momento muy aplaudido. Se trata de la Danza de los vecinos, con claro protagonismo de la segunda guitarra, y de la Danza del molinero, donde Ángel mete los pies. Las dos pertenecientes a El sombreo de tres picos.

De La vida breve se abordará solamente la Primera danza española, ilustrada con el baile de Charo. Los bailes de estas piezas clásicas son parcos y precisos, resaltando el juego de tacón punta y algún elemento percusivo más.

Cañizares no ha tratado de trasladar literalmente el piano a otro instrumento. La guitarra suena guitarra y, a fuerza de arpegios y notas intermedias, ha hecho suya las composiciones, logrando un sonido tan espectacularmente delicado que firmaría sin condición el maestro gaditano.

Después de un descanso más largo de lo deseado, el cuadro se transforma en flamenco, que arranca con Añorando el presente, una pieza un tanto libre, con sonidos fandangueriles, cercana a la granaína, que Cañizares dio simplemente por llamar ‘fantasía’.

Le siguen unas bulerías (El abismo), del mismo disco Cuerdas del alma, y unas rumbas (Lluvia de cometas), de Noches de imán y luna (1997) de clara influencia del maestro de Algeciras. En realidad, las maneras y el concepto musical de Paco de Lucía, descansan conceptualmente en este guitarrista.

Volvemos al trabajo de 2010 con las guajiras Mar caribe que baila con corrección Charo Espino; con las rumbas que le dan nombre al disco; con la bella balada Lejana; con las alegrías Collar de perlas, donde hay momentos cercanos al folk, con un somero paso a dos; y con Palomas, el sabroso vals con que termina el espectáculo.

De la zambra al duende

De la zambra al duende

Latidos del agua

Hay veces que siento que este blog no llegue más lejos, que mis artículos no tengan un eco definido. Y no por la columna en sí, sino por su protagonista, por la persona o personas que lo sostienen.

Patricia Guerrero, una de las tres o cuatro bailaoras imprescindibles en el flamenco actual granadino, después de muchas colaboraciones y actuaciones en general, estrena en Granada su primer espectáculo de envergadura. Una obra completa, coherente y sensible donde la bailaora, como tantas otras, se hace empresaria, haciéndose cargo también, además del baile, de la coreografía y de la dirección. Sorprende que, una primera incursión de este tipo, en una chica tan joven, aparte de algún problema de ritmo, sea tan acertada y redonda.

El referente es el compositor Ángel Barrios. La excusa Granada y sus aromas a través del agua. Dicen que un invidente que visite el Albaicín o la Alhambra se podría orientar sólo por el sonido de sus aljibes, manantiales y regueros.

Patricia, a boca de escenario (bello y exclusivo, a pesar de la simetría), con aire moruno comienza a ser fuego con una danza cercana a oriente mientras unos compases de piano (Alejandro Cruz Benavides) le dan paso al Trío Albéniz (José Luis Recuerda, bandurria; Ismael Ramos, laúd; José Armillas, guitarra) para que arranquen los primigenios sonidos de Granada cuando se asoma a la zambra. Se va sucediendo la danza árabe y la trova, el recuerdo y la perspectiva, el pandero y la guitarra, la Albaycinera y el Zacatín.

Y, entre medias, la bailaora nos sorprende cantando y recitando. Es delicada y segura. Es una apuesta vencedora que te advierte que el arte casi nunca es huérfano. “El cante es agua de manantial”.

Al Trío Albéniz lo sustituye un inspirado Luis Mariano a la guitarra y un correctísimo Miguel ‘Cheyenne’ a la percusión, una efectiva pareja (marchamo de calidad donde estuvieren).

El piano aborda una guajira que canta David ‘el Galli’, con la voz algo tomada y con el volumen en su contra. No obstante, estos cantes aflamencados no son las aguas en que mejor nada el cantaor moronense.

Otra sorpresa vino de la mano del artista invitado, Arcángel, que por momentos, con el brillo de su voz siempre afinada, ofuscó el fulgor de la artista.

Nueva incursión de piano por Barrios, toná y seguiriya, cantada por Galli, donde Patricia hace quizá su mejor entrega, donde se aprecia el conjunto de manos y pies, hombros y cintura, rostro y expresión, para decirnos que sobre todo es bailaora.

Un poquito por tangos de Granada no podían faltar. Con su roneo preciso, anuncian la recta final, que viene en forma de petenera, conducida nuevamente por el onubense que interactúa de a ratos con la bailaora con bata de cola en una especie de estático paso a dos. Patricia es esencia serena. Parece que cada uno de sus pasos esté destinado a acariciar las sensibles entrañas de quien la observa.

Termina de nuevo acordándose del compositor granadino, de sus últimos días, de su querido Ravel (Daphnis et Cloé) y de su deseo de “cuando llegue a Granada, nada de penas. ¡Que bailen los gitanos!” por bulerías.

* Foto Antonio Konde©.

Egipto

Egipto

Egipto, por ponerle un nombre. Dentro de lo surrealista que pudiera llegar a ser, se aprecia en este dibujo, fechado en noviembre de 1980, cierto orden.

Aventuras

Aventuras

Inma me decía que estaba sobrestimulado. Desde poco después de que mi hijo naciera, cuando comenzó a tener razón de uso, como saben muchos seguidores de este blog, le he ido relatando, según el momento, cuentos e historias, leyendas y anécdotas, dudas y verdades.

Así, Juan Fernández, tan grande como la ínsula chilena que lleva su nombre en el Pacífico y que albergó las aventuras de Robinson, está familiarizado con Aquiles y Sigfrido, con el basilisco y el monstruo de Bodegones, con la constelación del Toro y su brillante estrella Aldebarán, a la que no debes mirar muy seguido porque hace violento, y con la genealogía de los reyes persas.

También es motivo de su atención mi devenir hasta el punto querer conocerme al detalle y aún más. Quisiera saber mis aventuras, reales o no tan reales (con la edad tendemos a romantizar nuestro pasado), y los detalles de cada día, para comprender quizá el presente y el mobiliario de mi cabeza o simplemente para ir decorando la suya.

Le hablo de mitos universales y de pasajes de la historia, de personas célebres y cuentos inmortales. Le cuento de mi infancia y de mi juventud. De mis intereses y mis razones.

De cuando en vez, le relato sobre mi pasado montañero (una actividad que necesito recuperar, a la que di de baja cuando mis noches comenzaron a alargarse) y mis experiencias de soledad ante el abismo.

Hace poco, por no sé qué conversación sobre la temperatura del agua, me vinieron a la cabeza los baños en las lagunas de la Sierra, el frío extremo, los cero grados que cortan la circulación, la alegría de salir del agua y el abrigo, la limpieza de poros, la relajación extrema.

En una ocasión, en verano, subí a un pedazo de hielo que sobresalía del margen de la laguna de la Caldera, a los pies del Mulhacén. Aposté dos grandes piedras en su centro para alzarme sobre ellas y, golpeando con otro trozo de pizarra, fui separando el bloque de la orilla. Con el viento creciente, rápidamente comencé a navegar hasta el centro del centro de aquel ojo de agua, del que tuve que volver a nado.

El corazón se me encogió y se me paralizaron los miembros. Pero la distancia era pequeña. Sin gran esfuerzo pude regresar junto a los compañeros que hicieron la foto que precede este artículo y arrojaron también alguna piedra (se pueden ver las ondas concéntricas) quizá para ayudar al empuje de la brisa.

Antesdeayer encontré por casualidad el testimonio de la aventura, la foto que hace verídica esta historia y con ella algunas anécdotas más de las que no quedó constancia.

El pueblo gitano camina hacia Europa

El pueblo gitano camina hacia Europa

Las invasiones de los hunos, de los árabes o de los mongoles de la India, combinados con las hambrunas, los desórdenes y la esperanza de encontrar unas mejores condiciones de vida en otras tierras motivaron el desplazamiento de los gitanos hacia occidente, atravesando el Bósforo y llegando a Europa.

Grecia y Armenia fueron importantes cabezas de puente en este paso desde su sede oriental hacia el continente europeo.

A mediados del siglo XIV se detectan ya asentamientos gitanos en casi todas las islas del Mediterráneo y en la Grecia continental. Según algunos autores, el primer territorio europeo que pisaron los romà fue la isla griega de Corfú a principios de este siglo. Poco a poco se fueron extendiendo por toda Europa.

Bernard Leblón, en Los gitanos en España. El precio y el valor de la diferencia, lo cuenta así: “No fue un incesante caminar, sino que avanzaron con cierta parsimonia, en sucesivas etapas, hasta alcanzar en el siglo XIV las regiones de Asia Menor, Grecia y los Balcanes. Algunas de estas regiones eran denominadas como Pequeño Egipto Menor”.

En 1424 habían llegado a Alemania y antes de que terminara el siglo se habían dispersado por todo el continente y las islas británicas.
Aunque en principio no fueron recibidos mal en todas partes, en el Imperio alemán pronto se les consideró espías enemigos por su peculiar forma de presentarse como príncipes extranjeros peregrinos.

No obstante se las arreglaron para conseguir salvoconductos del emperador alemán o del mismo Papa Martín V que les permitían recorrer en paz la cristiandad. En cualquier caso, su forma de vida hizo que en el siglo XVI estuviesen perseguidos prácticamente en todo el continente.

Jean-Paul Clébert escribe, en Los gitanos (1965), “A partir de 1761, María Teresa, entonces reina de Hungría y de Bohemia, trató de sedentarizarlos. Empezó a bautizarlos con el nombre de neo-húngaros o neo-colonos, considerando el calificativo de gitano insultante. Les prohíbe dormir bajo sus tiendas, elegir sus propios jefes, utilizar su idioma y casarse si no podían mantener una familia. Los hombres fueron obligados a cumplir el servicio militar y los niños a frecuentar las escuelas (…). Los medios que se emplearon no fueron demasiado suaves. Una inteligente viajera que recorrió la Europa central del siglo XIX nos ha dejado en su Viaje a Hungría imágenes lastimosas  respecto a la aplicación de esta política: ‘fue un día espantoso para esta raza, y que ellos aún recuerdan con horror. Carretas escoltadas por piquetes de soldados aparecieron por todos los puntos de Hungría en que había gitanos; les arrebataron a los hijos, desde los que acababan de ser destetados hasta las jóvenes parejas de recién casados, ataviados todavía con sus trajes de boda. La desesperación de esta desgraciada población apenas si puede ser descrita: los padres se arrastraban por el suelo delante de los soldados y se agarraban a los coches que se llevaban a sus hijos. Rechazados a bastonazos y a culatazos, no pudiendo seguir a los carros donde habían amontonado desordenadamente lo que más querían en el mundo, sus hijos, algunos se suicidaron inmediatamente”.

Su aparición en Francia y Bélgica tuvo lugar hácia el año 1417. No han pasado á América, aunque, según Clavel, los hay en Oceanía, donde se les conoce con el nombro de Biadyaks-Zengaris. Los países de Europa que albergan mayor número de gitanos ...Su aparición en Francia y Bélgica tuvo lugar hacia el año 1417 (con el nombre de bohemios porque accedieron desde esta región, en la República Checa con un salvoconducto del rey de Bohemia).

Mujica Lainez, en El Escarabajo, recrea este éxodo: “Aconteció que sobre la zona de Nysa [Polonia], en la posesión romana de Lidia, avanzó una larga caravana que atravesaba el Asia Menor. Integrábala una fila ondulante de carromatos, caballos y mulos, en lo alto de los cuales viajaba un racimo de hombres, mujeres y niños, negruzcos y gárrulos, vestidos con ropas vistosas. Hablaban una jerigonza incomprensible, apenas aclarada por la elocuencia de los ademanes. Algunas personas contaron que procedían de muy lejos, de la India; según el obispo de Éfeso, antes de que naciera Abraham ya se habían establecido los suyos en Caldea; y sostenían otros que los ambulantes nombraban por antecesor a una pareja que se salvó de las aguas, cuando el Mar Rojo sepultó al ejército faraónico (…). Lo cierto es que los «chinganiés» o cíngaros, que de esa manera decían a los de la caravana, si no los llamaban «egipcianos», surgieron en Nysa ofreciendo forjar metales y la compraventa de gemas versicolores y de caballos. Hacían toda suerte de acrobacias; caminaban peligrosamente sobre estiradas cuerdas que tendían de un árbol a otro; sembraban las volteretas, las cabriolas y los juegos de manos; se ponían de pie sobre los lomos de sus caballos negros a escape; exhibían unos monos piojosos y unos enanitos que ensayaban contorsiones obscenas dentro de una jaula, y también una mujer con dos cabezas (…). Los cíngaros que no paraban de reír, mostraron unos dientes blanquísimos en la oscuridad de los rostros; sacudían los aros de plata que les colgaban de las orejas, o de súbito permanecían trágicamente desdeñosos y serios; armaron su campamento cerca de nuestra casa; en seguida las mujeres asomaron a nuestras ventanas, con harto ruido de collares y de ajorcas, y los hombres lo hicieron a su lado, hurgando el contorno con el mirar. Presto cundió la noticia de que su habilidad manual se concretaba asimismo en la destreza con que la aplicaban al robo. Robaban dinero, alhajas, ropa, gallinas, pollos, cabritos”.

Un campamento gitano cerca de Arlés, Van Gogh (1888).

Ermitaños

Ermitaños

Cuando este blog llevaba casi un año de fiel rodaje, apunté unas notas sobre san Simeón el Estilita del que había publicado años atrás un pequeño ensayo, Noticias del viejo San Simeón el Estilita, en la colección Apéndice de Ediciones del Vértigo, en septiembre del año 2000, comentando que me atraía de forma estremecedora la radical decisión de estos anacoretas.

Entre mis notas recojo algunas definiciones y apuntes para poner en orden sus calificaciones.

El asceta o ascético es la persona que se dedica particularmente a la práctica y ejercicio de la perfección espiritual; y el anacoreta, que normalmente es asceta, es la persona que vive en lugar solitario, entregada enteramente a la contemplación y a la penitencia.

Eremita y ermitaño vienen a ser lo mismo. Es la persona que vive en una ermita y cuida de ella, que vive en soledad, como el monje, y que profesa vida solitaria. Por lo tanto podría también ser anacoreta y ser ascético a la vez.

El escéptico es diferente. Es la persona que no cree o afecta no creer en determinadas cosas. No es el ateo, que niega la existencia de Dios. Es más bien agnóstico, que es quien declara inaccesible al entendimiento humano toda noción de lo absoluto, y reduce la ciencia al conocimiento de lo fenoménico y relativo; aunque el ateo también sea agnóstico.

“Porque escéptico, escribe Unamuno en Mi religión, no quiere decir el que duda, sino el que investiga o rebusca, por oposición al que afirma y cree haber hallado. Hay quien escudriña un problema y hay quien nos da una fórmula, acertada o no, como solución de él”

“El escepticismo es el principio de la fe”, dice Oscar Wilde en El retrato de Dorian Gray. Es como el budismo para Chesterton, que no es una religión sino una duda. No olvidemos que Descartes construyó sobre la duda todo su aparato filosófico y la piedra angular de su fe.

Pero todo este devaneo terminológico sólo es un preámbulo a tres acercamientos sobre ermitaños con que me he topado últimamente.

El primero es un cuento brevísimo de Léon Bloy, llamado Los cautivos de Longjumeau. Dice así: “Uno de los hombres más grandes de la Edad Media, el maestro Juan Tauler cuenta la historia de un ermitaño a quien un visitante inoportuno pidió un objeto que estaba en su celda. El ermitaño tuvo que entrar a buscar el objeto. Pero al entrar olvidó cuál era, pues la imagen de las cosas exteriores no podía grabarse en su mente. Salió pues y rogó al visitante le repitiera lo que deseaba. Éste renovó el pedido. El solitario volvió a entrar, pero antes de tomar el objeto, ya había olvidado cuál era. Después de muchas tentativas, se vio obligado a decir al importuno: Entre y busque usted mismo lo que desea, pues yo no puedo conservar su imagen lo bastante para hacer lo que me pide”.

El segundo y el tercero son más crudos. El atractivo de los ermitaños llega hasta tal punto que, en otra época, en Inglaterra (y quizá en más lugares), las residencias nobles contrataban para ambientar sus tierras o jardines a uno de estos solitarios y animaban a los vecinos a visitarlo como se contemplan las rosaledas o se emprende una partida de caza.

Manuel Mujica Lainez, en El Escarabajo, inserta esta costumbre que llega a relajarse de tal forma que la señora de la casa lanza este parlamento: “También hay que concluir con el problema del ermitaño. Ha vuelto a quejarse de la comida, y eso no puede ser. El contrato que establecí con él es idéntico al de mi Tío Hamilton con el suyo: debe permanecer siete años en la ermita, donde es provisto de una Biblia, gafas, un escabel, un reloj de arena, agua y comida de esta casa. Debe vestir un sayal, no cortarse jamás los cabellos, la barba o las uñas, ni hablar con el servidor, ni abandonar los límites de la propiedad. Al cabo de siete años, le pagaré setecientas libras, como mi Tío Hamilton. Han transcurrido tres, y se queja de lo que come. ¡Al Diablo con el exigente! Por lo demás engorda, y no parece un ermitaño sino un burgués barbudo. Hoy hablaré con él en la ruina gótica. Sé que lo han visto jugando a los dados con uno de los palafreneros, cuando un grupo de amigos nuestros andaba por el parque. De continuar así, tendré que cambiarlo. Le daré doscientas libras y tendré un ermitaño flaco, como corresponde”.

Seguidamente Mujica, en boca de su protagonista pone una breve explicación: “Me enteré más tarde de que la sofisticada moda de entonces quería que los señores ingleses más «literarios», añadiesen al numeroso servicio de sus casas solariegas, un individuo a sueldo que representaba el papel de decorativo ermitaño, y que solía residir en su parque, en una «ruina» arreglada o inventada. Los ingleses son muy singulares”.

Hace unos días, la sonrisa de mi asombro volvió a florecer, cuando, nada menos que en El ruido y la furia de William Faulkner, aunque no se trate de un eremita al uso, hallo este pasaje extrañamente paralelo: “Aquí en Jefferson hay un tipo que hizo un montón de dinero vendiendo a los negros cosas medio podridas, vivía en una habitación encima de una tienda del tamaño de una pocilga, y él mismo se hacía las comidas. Hace cuatro o cinco años se puso enfermo. Se llevó un susto de mil demonios así que cuando volvió a estar en pie se fue a la iglesia y se compró un misionero en China, cinco mil dólares al año. Yo suelo imaginarme lo furioso que se pondría acordándose de los cinco mil anuales si se muriese y se encontrase con que no hay cielo. Es lo que yo digo que se muera ahora y se ahorre el dinero”.