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Flamenco

Trío de reinas

Trío de reinas

Flamenco viene del Sur

MUJERES

Mario Maya jugó sus cartas. Con toda la astucia de un gran jugador, y posiblemente de los mejores coreógrafos del momento, puso sobre el escenario un trío de reinas. Las más grandes de la baraja, las más carismáticas, las más reconocibles en su lenguaje. Merche Esmeralda, Belén Maya y Rocío Molina (en indistinto orden) son tres maneras distintas de saborear el flamenco, son tres generaciones de bailaoras con sello propio, son tres personalidades con una fuerza indiscutible. Mario las deja volar a su aire, escucha sus propuestas, atiende sus vindicaciones. Él sólo sostiene la baraja, reparte el juego.

Toda una vida se concentra en los pasos y en los insuperables brazos de Merche. El cuerpo y el espíritu, el mundo en un puño, el alma a flor de piel, rebosa por los poros de Belén. La fuerza creativa, la frescura de renovarse cada día, de hacer lo extraño cotidiano, impulsa el cuerpo de Rocío.

Imprescindible Lorca, presenta el espectáculo. Una voz en off recita su poema “Adam”. Y, mientras “su voz deja cristales en la herida”, se presentan estas tres reinas bailando las palabras del poeta. Atrás, un gran armazón de música y cante las arropa. Tres guitarras (José Luis Rodríguez, Paco Cruz y Manuel Cazás), tres cantaores (Antonio Campos, Jesús Corbacho y Tamara Tañé) y la percusión de Sergio Martínez que viene a ser como el latido de la obra con su pandero. La función no dice nada y lo cuenta todo. Es el arte por el arte, el baile por el baile, sin ningún argumento fuera de la belleza.

Belén comienza la propuesta con unos tangos personalísimos. La tradición flamenca se une con siglos de espiritualidad asiática. Belén Maya es una diosa oriental que recorre el escenario, es la niña que lo quiere aprender todo, es la bailaora que siente el compás del cante. La comicidad de sus movimientos minimalistas resultan, si no imposibles, sí impensables.

El homenaje a la tierra viene en forma de granaína que se abandola con javera. Los colores de las bailaoras son planos, se combinan de una a otra, entre la falda larga y la chaqueta corta, dándole una nueva estética a sus pasos. Durante toda la función se huye de la simetría, de la robótica coordinación que encasilla, y se busca el continuo equilibrio.

Unos cantes de labor de Campos y Corbacho dan paso a la soleá de Merche Esmeralda. Sus recursos son amplios y su bagaje decisivo. Desde la distancia parece una jovencita que estrena vestido de cola y lo pasea con gracia. Su baile reposado y algunas contorsiones sobresalientes diagnostican su sabiduría.

A continuación “Romance de Zaide”, una de las piezas más bellas de la velada, el paso a dos de Belén y Rocío, con vestidos malva sobre unas geometrías proyectadas en verde sobre el piso. La danza contemporánea tiene mucho qué decir en una coreografia que despierta amor.

Fuera de lugar, aunque de buena factura, fue la canción por rumbas que interpretó Tamara a solas en el escenario.

Rocío tomó el testigo y bailó unas seguiriyas de lujo, “Apasionada”. De movimientos redondos y con una plasticidad exquisita, rellena la escena sin igual esta joven malagueña.

Y, sin duda, el mejor regalo de la noche fueron los caracoles “Viva Madrid” que montó nuestro paisano Manuel Liñán, uno de los coreógrafos más solicitados. Es un estallido de color, frescura e inteligencia, que abordan felices las tres protagonistas.

La fiesta termina por bulerías al golpe que remata el mismo Mario Maya e invita a Liñán, llegado de Madrid para la ocasión, a saludar con ellos.

* EN LA FOTO: Manuel Liñán 

La Sabika inaugura la temporada en La Chumbera

La Sabika inaugura la temporada en La Chumbera

Ya quisieran muchas de las agrupaciones con nombre bailar con la sincronía y la frescura de estas cuatro chicas (Elena López, Marta Casado, Ana Vílchez y Laura Fernández) que, proviniendo de la Escuela Nacional de Danza, llevan poco más de un año dirigiendo su propia compañía, “La Sabika”, ofreciendo algo distinto y completo, que con un poquito más de tiempo y limadura, rellenarán un hueco casi necesario.

Deudoras, sin lugar a dudas, de la danza española, su primera parte es eminentemente lírica, acercándose a las diferentes escuelas, desde la bolera a la estilizada, acompañadas del piano de Jauma Mikel Pérez, de la travesera de Fina Morales y, de vez en cuando, de la música en off, que interpretan a nuestros clásicos.

Predominan en esta primera entrega las zapatillas de ballet y las castañuelas, la gracia y la soltura de unas bailarinas que no descansan en ningún momento. Un aplauso especial al vestuario, variado y elegante, que se iba sucediendo con una naturalidad y rapidez inusitadas (fregolismo), dándole a todo el espectáculo un dinamismo agradecido. Algunos desequilibrios, estridencias puntuales y problemas de sonido, no afearon su puesta en escena.

Una segunda parte más flamenca, justificó por derecho la inauguración de “Patrimonio Flamenco”, la temporada del Centro Internacional de Estudios Gitanos de La Chumbera.

Dos cantaores, “Centenillo” e Isa “La Jazmín”, dos guitarras, Juan Andrés y Diego Cordovilla, y la caja de Domingo Amador, sirvieron de armazón para el taconeo y el juego de brazos de estas jóvenes.

La primera concesión a nuestro arte vino en forma de colombianas, que “La Jazmín” aborda con esa voz tan grave como especial. Las guajiras están tan llenas de gracia y de color, acompañadas por abanicos y cestas, que posiblemente reluzcan como la mejor entrega del baile flamenco de esta noche.

Las cantiñas de buena factura dan paso a las rumbas que interpreta toda la compañía, palmeras incluidas (Berta Pérez, Olimpia Oyonarte). Con sólo compás, Elena López, nos regala un zapateado muy aplaudido que, enseguida es secundado por sus compañeras, para acabar por bulerías.

De esta forma, con una agrupación de danza, comenzaron unos sábados flamencos que llevarán a La Chumbera jóvenes artistas de la talla de Juan Pinilla y Patricia Guerrero, Luis de Luis, Juan Habichuela (nieto), Sara Heredia o Melchor de Córdoba. 

* Al fondo del escenario, a través de las cristaleras de La Chumbera, se puede ver la Alhambra. 

Flamenco, poesía y sentimiento

Flamenco, poesía y sentimiento

A cuatro voces

No es chovinismo afirmar que Eva Yerbabuena es la mejor bailaora del momento, pues así lo considera la mayor parte de la crítica y de los aficionados de todo el mundo y así lo demuestra cada ver que la vemos bailar, en pequeñas dosis, como el buen perfume o el gran coñac.

Aunque no fuera un estreno, lo que se podría esperar de la jubilosa reapertura del Teatro Alhambra, el 27 de diciembre, después de tres años de paciente espera, el montaje “A cuatro voces” de Eva puede considerarse único e irrepetible, pues me consta, que cada vez que se expone esta obra al público, se presenta con diferencias manifiestas.

Así que, desde su estreno oficial en la Bienal de Flamenco de Sevilla de 2004, han mudado tanto los componentes de sus músicos como momentos determinados dentro de la obra. Por ejemplo, en Sevilla entre los cantaores se encontraban las inapreciables voces de Miguel Poveda y Segundo Falcón. No obstante, la entrega de Enrique Soto, de Rafael de Utrera y, sobre todo, de un Pepe de Pura realmente inspirado, han hecho que no se echara en falta ninguna otra voz de renombre. También cambia la idea de “Retrato”, la soleá final, que en la primera edición Eva se queda impasible mirando al público, y ahora felizmente la baila.

El espectáculo comienza antes si quiera de que el público ocupe sus asientos. La desnudez de una silla y unos zapatos de hombre, quizá demasiado grandes, son observados en silencio por una mujer lorquiana, vestida de negro, como en Bernarda o en Yerma. Una voz en off nos recuerda que apaguemos los móviles, una voz que forma parte del espectáculo –entendemos- cuando salpica estas advertencias con algunas frases poéticas.

Es la tónica de la obra, su leitmotiv. El flamenco se hace poesía a través de Miguel Hernández, Vicente Aleixandre, Blas de Otero y García Lorca y, con ellos, todo se hace simbolismo, sentimiento.  Suena al piano “Claro de luna” de Debussy, mientras Eva, en camisón blanco, aparece rodando al lado de la silla. Su primer baile es contemporáneo, muy lento. Termina metiéndose en uno de los zapatos y haciendo mutis arrastrando la silla. Es el momento del poeta de Orihuela.

Una serrana sirve para presentar al cuerpo de baile. Todos de riguroso negro. Yerbabuena aparece de rojo, aunque no menos trágica, cuando este cante se convierte en seguiriyas. Qué buen cante, que buena interpretación. Pepe de Pura se rompe, llora de verdad el drama de estas notas, que Eva borda como si no fuera de este mundo, con delicadeza y exactitud, imposibilidades sin esfuerzo, y una elegancia innata, una belleza intocable.

Aleixandre llega en forma de fandangos, sustituidos por fiesta, que abordan sólo los bailaores; y Blas de Otero por alegrías. Es el momento más flamenco de la velada. Eva con traje de volantes muestra todo su saber, su gracia, su autocontrol, su dominio sin igual. ¿Se puede bailar mejor?

Toda esta magia, sin embargo, es posible con el andamiaje sin igual de la música de Paco Jarana, verdadero conductor de los sueños de su musa.

Llega el otoño y con él Federico. Llueven hojas secas y una niña juega en el borde de una cama de flores donde descansa un hombre. Suena “Asesinato” de Lorca, con la música que le hiciera Juan Carlos Romero a Enrique Morente. El cantaor cruza las tablas y los barrenderos entierran sus pies en hojas, mientras un tablero ajedrezado se proyecta sobre el escenario. Es un juego de damas por tientos-tangos donde sólo pueden ganar las blancas.

Una coreografía extremadamente simbólica acaba con Eva, vestida de hombre, derrotada como el rey negro en un jaque sin escapatoria. Tremendos sus pasos en cámara lenta. Los mozos se la llevan a rastras, como a un toro.

Termina la obra con un silencio, el inmenso abismo de unos niños que leen en off un fragmento de Juicio Final de Blas de Otero. “Mientras haya en el mundo una palabra cualquiera, habrá poesía”.

Si la poesía fuera movimiento, sin duda el mejor soneto se llamaría Eva Yerbabuena.

* FOTO: Eva Yerbabuena, la artista de las mil caras

No se puede encasillar el flamenco

No se puede encasillar el flamenco

Cada vez suena más pacato el artículo del Estatuto de Autonomía de Andalucía en el que se recogen competencias exclusivas en materia de flamenco en nuestra Comunidad. Dicha reivindicación llega justo cuando el flamenco es más universal, cuando han desaparecido las posibles fronteras de un arte marginal, inculto y minoritario, cuando se reconocen sus valores y se respeta en todo el mundo.

Hace poco me escribía David Sorroche, cantaor de flamenco local, desde Estocolmo, diciéndome que allí el flamenco es de “categoría”, que algunos guitarristas suecos tienen un nivel envidiable.

La velada del sábado, 12 de enero, en la Peña Flamenca La Parra de Huétor Vega fue memorable, precisamente por una bailaora japonesa llamada Junko Hagiwara y por el selecto cuadro que le acompañaba.

No todas las noches en las peñas hay buen flamenco. Se procura que sí. Pero no siempre los artistas son de primera o no casan entre ellos o el día no le es propicio o se quedan cortos y no llegan o el ambiente no acompaña o… Pero cuando se dan las condiciones apropiadas, la peña se erige como el mejor sitio de todos para ver y escuchar flamenco.

Una noche completa, repito, es lo que pudimos disfrutar, donde la guitarra, el cante y el baile se dieron cita. Dividida en dos partes, a cada cual mejor. En la primera, comenzó Antonio Gámez, el guitarrista sevillano que acompaña actualmente a Ana Reverte, interpretando unos tarantos rematados por tangos. Miguel Rosendo, cantaor gaditano, nos cantó unas seguiriyas. Tanto el uno como el otro en un principio resultaron algo fríos y quebrados, aunque la calida esfericidad no tardaría en aparecer.

La primera entrega de la bailaora llegó en forma de soleá. Sus formas académicas, algo aprehendidas, se fueron dulcificando hasta alcanzar la finura, la elegancia y la gracia de las alegrías con las que remató la segunda parte.

En esta continuación, Gámez, nos regaló unas granaínas de buena factura, que acabaron por bulerías con acento sudamericano. Jeromo Segura, de la nueva hornada de cantaores onubenses, nos brindó unos tientos tangos cantados con mucho gusto y una tesitura a tener en cuenta. Su estilo armónico y reposado se complementa de maravilla con la voz rotunda y flamenquísima de Rosendo.

Con esta perfecta comunión de astros, disfrutamos las perfectas alegrías a las que he aludido anteriormente. Como fin de fiestas, siguiendo la especial tónica conseguida, todos los actuantes nos ofrecieron un poquito por bulerías, donde el tocaor se acordó de sus paisanos Raimundo Amador o Manuel Molina.

* FOTO: Junko Hagiwara 

Un Festival a la deriva

Un Festival a la deriva

VIII Festival de Otoño de Granada

Encuentros Flamencos 

Granada siempre ha sido una madre difícil para sus hijos. Una madre, por un lado protectora, y por el otro esquiva. Sus hijos a veces nadan contra corriente. El tremendo celo de una y otros hacen que cualquier iniciativa, si no hace agua, sea incierta su flotabilidad. Hace falta el aplauso exterior para convencernos. La cultura así, por desgracia, es más exógena que la que espontáneamente nace intramuros.

El Festival de Otoño de Granada nació en 1999 con unos objetivos muy concretos. Se celebraba en el último mes del año, cuando los circuitos nacionales de flamenco están en barbecho, así cubría un hueco en un tiempo de sequía e, indirectamente, se convertiría en un referente a tener en cuenta en el calendario andaluz de flamenco. Todo esto, no obstante, habría que reforzarlo con unos contenidos de calidad. En segundo lugar, venía a constituir una oferta más dentro del panorama turístico granadino, coincidiendo con el puente de la Inmaculada-Constitución y, más o menos, con la inauguración de la temporada de esquí. En tercer lugar, y no por citarlo lo último es menos importante, acaso más, es la promoción de la cantera flamenca de nuestra tierra, que, a finales de los 90 se vislumbraba como una de las más importantes de Andalucía, y hoy por hoy, junto con Jerez, Granada es la provincia que más tiene que decir con respecto al flamenco. Hay que aprovechar la coyuntura.

Como subtítulo de este festival rezaba “Encuentros Flamencos”, con lo que se pretendía, durante esa semana, dar cita sobre el escenario una pareja de artistas dispares o no tanto, que presentaran al público dos formas de sentir el flamenco o la misma forma desde distintos puntos de vista. A veces era un flamenco local con otro de fuera, a veces era cante y guitarra, a veces dos bailaores. Por el teatro Isabel la Católica han pasado artistas de la talla de Chano Lobato, Chocolate, Calixto Sánchez, José Menese, Manuela Carrasco, Maite Martín, Miguel Poveda, Marina Heredia, Esperanza Fernández, Eva Yerbabuena, Estrella Morente, Gerardo Núñez… cumpliendo de sobra sus objetivos. Hasta que en el año 2005 cambió la organización de estos Encuentros. En el Ayuntamiento mudó el Concejal de Cultura y el Teatro de la Zambra fue sustituido por la productora Flamenkito.com. El Festival fue decayendo en calidad, pero sobre todo en espíritu.

El fin de semana pasado acabaron los encuentros flamencos de este año, en el que ha habido ofertas puntuales a determinados artistas o montajes (tan sólo cuatro). Se ha reducido el número de artistas y actuaciones. Ha desaparecido toda la coherencia. No ha habido organizador realmente. En cambio, se ha dado paso al “yo me lo guiso y yo me lo como”, o se lo comen los granadinos, que se lo tragan todo, que están faltos de flamenco, que son incondicionales.

Se echa de menos un festival flamenco importante, con clase, a la medida de sus artistas, a la medida de sus vecinos. Se echa en falta un encuentro real entre los flamencos, con un perfil claro, para hacer de ese festival un referente distinto y necesario en el panorama nacional. Hace falta que ese festival vaya creciendo en calidad y estilo y no siga este ritmo involutivo. Hace falta, por último, un festival con que nos sintamos orgullosos los granadinos y que respalde objetivamente a los flamencos de la tierra.

¿No hay nadie que pueda coger este testigo? ¿O seguiremos viendo un festival a la deriva hasta naufragar completamente?

Con olor a Navidad

Con olor a Navidad

Uno de los valores indiscutibles de Juan Andrés Maya es su carácter gremial. Cuando algo organiza o tiene cualquier oportunidad, no duda en dar cuartel e incluso protagonismo a los que le rodean. Así, “El Nacimiento” es una obra coral, que reúne a los Maya y a sus allegados, que son bastantes. La historia es tan antigua y familiar que sorprende el tópico y el anacronismo, a veces. Para hablar del nacimiento de Cristo no hay que montar un belén.

Esta obra llega después de “La Pasión”. Es más ligera y digerible. Puede que haya alguna parte más el próximo año. Todo apunta a una trilogía.

Las seguiriyas que dan comienzo al espectáculo, con los Magos bailando, impondrán la tónica de la función. Así, todos los remates son similares. Se abusa del compás por seguiriyas. Destacaremos a lo largo de la velada el baile de Moisés Navarro y de Raimundo Benítez. Otra característica a la que nos tiene acostumbrados Juan Andrés es a las voces femeninas, casi exclusivas en sus coreografías. Quizá sea casualidad.

Toda la compañía se presenta con fandangos de Huelva que pasan a ser tarantos de alabanza grupal. Iván Vargas y Alba Heredia, en los papeles de José y María, entran en escena con una balada flamenca con la letra de “Contigo” de Joaquín Sabina. Una apuesta de futuro. Cuando “María” se queda sola, escucha la voz en off de Dios anunciándole que ha sido concebida por su gracia.

Ahora se presenta Herodes (Juan Andrés), acodado en el triclinio comiendo uvas y haciendo bailar a los esclavos (Agustín Barajas y Anabel Moreno), con profuso baquetear de tambores y sonidos árabes. Finalmente, una toná acentúa su carácter.

Raquel Heredia baila unas alegrías con arte y Alba le responde. Ya no se distingue el baile de esta niña con el sus mayores. La soleá por bulerías del “carpintero” acentúa su angustia. Y un zapateado de todo el grupo da pie a otra intervención divina para decirle al bueno de José que su compañera encinta sigue virgen.

Antes de que se derrita el pastel, se le añade otra dosis de nata. Suena una alboreá y se celebra la boda. La fiesta continúa con lo que para un servidor fue el momento más auténtico de la velada, el baile por jaleos de Anabel y el de Jara Heredia.

Un llanto de niño clama al cielo. Herodes enloquece por soleares y ordena la matanza de los inocentes mientras suena un martinete. Para finalizar un espectáculo demasiado largo, todo el grupo se despide con una canción de culto, de vida y esperanza, muy a la manera de este bailaor y coreógrafo, y se marchan por el fondo del patio de butacas entre el público que aplaude en pie.

Manolete, poemas en el aire

Manolete, poemas en el aire

Es increíble la buena forma, las buenas maneras, que mantiene Manolete. Parece que vuele en el escenario. Con esa delicadeza y aparente sencillez que sólo trasmiten los grandes. Es inútil, no obstante, que busquemos la energía de siempre, la flexibilidad de antaño, el equilibrio perfecto. Pero en cambio ha ganado en presencia y carisma.

Manolete se presenta con un numeroso cuadro de flamencos de renombre. El sonido impecable; los músicos en su sitio, aunque el chelo desafinara en ocasiones; el cuerpo de baile, sin embargo, dejaba mucho que desear, su descoordinación e inseguridad desvanecían la magia del maestro.

Unos fandangos de Huelva, aderezados con otras músicas, sirven de presentación a los actuantes y preludio a las seguiriyas, con martinete, que se marca el bailaor granadino. Un bastón y una silla ayudan a desperezarse, recordando su trayectoria, sus comienzos, sus más aplaudidas creaciones. En el patio, lo reciben con vítores; lo observan con oles, admiración y respeto; lo despiden con emocionada ovación. Estas seguiriyas las remata el cuadro de baile. Cuando no está perfectamente marcado, el baile es preferible que sea individual.

A continuación, otra obra maestra en forma de farruca, instrumental solamente, donde Manolete flota en el escenario. Su braceo, su juego de pies, seguro, reposado, sin emergencia alguna, hacen de él un modelo a seguir, un baile a mantener como se protege un monumento o un parque natural. Da alegría pensar que la “Furia Maya” comienza mucho después. El espectáculo del artista sacromontano es flamenco, sólo flamenco, puro flamenco. No se va por las ramas de una fusión dudosa (¿confusión?) de una vanguardia mal entendida. La novedad estriba en el momento en que se hacen las cosas, en la frescura con que se retoma el pasado, en la honestidad con que se baila, y no necesariamente en quebrar unos moldes que, la mayoría de las veces, mejor es dejarlos como están.

El chelo, impreciso, introduce unas bulerías que bailan a dos e individualmente Pol Vaquero y David Paniagua. Bulerías que culmina el maestro sentado en una silla con las guitarras sordas y el compás a su lado. Coda que da pie a las cantiñas. Las alegrías son otra lección de buen gusto, estilo y control. Claramente se demuestra cómo el baile manda en la escena. El bailaor dirige y todos están a su servicio. No siempre pasa eso. Estos aires de Cádiz son respondidos por el resto de los bailaores.

Como regalo final, un pequeño dulce, unos pasitos de baile de toda la compañía, que, en unos segundos, nos ofrecen una flor.

*FOTO: Manolete (© Paco Sánchez)

No sólo bulerías se oyen en la Frontera

No sólo bulerías se oyen en la Frontera

Son de la Frontera, los únicos invitados foráneos de Granada en este Festival de Otoño, es un grupo innovador en el flamenco sin apartarse de la más estricta tradición. Enriquecen las músicas que se hacen en sus casas, en su Morón natal, la música que llevan en su corazón, con la influencia de otras músicas y otros instrumentos, en concreto el tres cubano, que dialoga con la guitarra flamenca, dándole una nueva dimensión. El tres, para entendernos, es un instrumento cubano, hijo de la guitarra española, con tres de sus cuerdas dobles, que se toca con una púa de carey, y suena más agudo. Así, Raúl Rodríguez, va alternando la guitarra con este tres cubano logrando sonidos de  gran perfección y sumo gusto. El otro guitarrista del grupo es Paco de Amparo, tocaor de oficio y sobrino-nieto de Diego del Gastor, verdadero maestro de la formación y autor de la esencia de sus temas.

Es un grupo eminentemente musical, donde el cante y el baile están al servicio del sonido. Y su espectáculo “Cal”, homónimo de su segundo disco, por el que en 2006 ganaron el premio “Flamenco Hoy” por la crítica especializada al mejor álbum instrumental, representa, en palabras de Raúl, “la cal de Morón que ilumina toda Andalucía”. El cante de Moi de Morón y el baile de Pepe Torres y de Manuel Flores y el compás de todos ellos, demuestra el híbrido poderío de los flamencos de occidente.

Los de la Frontera son una agrupación festera que tienen como seña de identidad la bulería que se escucha por su tierra. Pero no sólo ofrecen bulerías. La noche del jueves, en el teatro Isabel la Católica, después de la presentación por fiesta esperada, se asomaron a Cádiz, haciendo tanguillos y alegrías, sonaron aires de levante con influencias caribeñas, vinieron a Granada, interpretando “Arabesco”, una zambra con sus lógicos sonidos moros, una de sus piezas más aplaudidas, y se fueron a La Habana, versionando ese son cubano que dice “kikiribu mandinga” (“La negra Tomasa”) de quien también hizo uso Chano Lobato.

Entre medias, una extensa soleá, bailada con arte y compás, pero sin pellizcar profundo, por Pepe Torres, tuvo una acogida tan grande como inexplicable. Para finalizar se acordaron de “los viejos maestros”, de Fernanda de Utrera, además de Diego, e hicieron bulerías. Y, por último, “La bulería de la cal” la que da nombre a toda la estructura.

Son de la Frontera han estado nominados este año a los Premios Grammy latinos.

La Moneta, una bailaora rotunda

La Moneta, una bailaora rotunda

De entre la luna y los hombres 

Nos quedamos con la rotundidad y exactitud del baile de Fuensanta La Moneta; con su frescura y entrega apasionada; completa, sin fisuras. En cuanto a la obra, de tan íntima y simbólica se pierde a veces en las entretelas de lo enigmático. De principio a fin, la bailaora ocupa el escenario, salvo un momento de vídeo casi al final de la función, sin dejar de bailar, sin dejar de trasmitir.

“De entre la luna y los hombres” es el título de un poema, que se canta por tarantas, adaptado de Teresa Gómez, que pretende resumir el sentido de todo el espectáculo. Una mujer con ella misma, y con sus sueños. Una mujer normal, una ama de casa con su camisón y su bata recogiendo una colada de sábanas blancas y pensando cómo sería su vida en otras circunstancias, con otras oportunidades. Y ella es la reina, es un hombre, una mujer de la vida… Todo ello conducido a través de la música cuidada de Miguel Iglesias y con las letras de Teresa y Ángeles Mora, adaptadas para la ocasión por Eva Durán, cantaora en escena, con su voz dura y delicada. La dirección recae en Hansel Cereza, uno de los creadores de “La Fura dels Baus”, una apuesta segura. Raúl Comba, como productor y guionista, parece que quería decir más de lo que dice en realidad.

Comienza el espectáculo con Fuensanta entre sus trapos, quieta, cuando su imaginación comienza a desbordarse, mientras se escucha en off a Jaime el Parrón cantando a capela la vindicativa bulería de Luis de la Pica. Esas bulerías que grabara su hija, Marina Heredia, en su primer disco y uno de los temas que ha superado más íntegramente el paso del tiempo. La Moneta aborda sus primeros pasos descalza y con el camisón blanco, que sólo le abandonará en dos ocasiones. Con un soneto de Ángeles, tocado por malagueñas, comienzan las fantasías de esa mujer, que se calza con las generosas rondeñas y jaberas. Esa es una característica de toda la obra: los momentos se alargan en demasía, los actos no sorprenden de tan repetidos. Aunque la parquedad del escenario, la etérea penumbra y el blanco permanente, que incide en la propuesta onírica, que hasta los músicos parecen flotar en la nebulosa de los sueños, le imprimen a la función un marchamo de desnuda autenticidad.

El sueño se alegra con una guajira bailada con abanico y con gracia. Guajira que volverá más adelante, recordándonos el carácter cíclico de nuestras ensoñaciones. Como también regresará la taranta que le da nombre al espectáculo, cantada por Eva o solas en la boca del escenario. Es el tiempo necesario para que Fuensanta aparezca vestida de hombre, con traje de pantalón y chaqueta muy corta, que, cómo no, interpreta una farruca. Quisiera ser hombre sin dejar de ser mujer, quisiera ser libre sin dejar de ser mujer, “Escucha mi deseo”.

Un solo de percusión da paso en ese momento a una coreografía virtual, donde aparecen dos imágenes proyectadas de La Moneta a ambos lados del escenario, donde se concentra todo el sentido de la obra. Las dos sentadas. En un extremo aparece una mujer inmóvil, achantada, hundida en su condición. En el otro, la misma mujer que quiere volar. Se levanta y zapatea. Quiere llamar la atención a su otra yo, pasiva y sumisa. Finalmente aparece la mujer real que sufre con la lucha de su conciencia.

Pero el sueño sigue. La fantasía llega en forma de soleá y bulerías con una falda improvisada que se anuda a la cintura. Una de sus mejores entregas, igualada tan sólo por la seguiriya final. Un paño rojo que cae a la izquierda del escenario durante todo es espectáculo, ahora cobra protagonismo. Posiblemente viene a simbolizar el estigma que acompaña a toda mujer desde su nacimiento. De él surge Fuensanta, con una bata de cola del mismo rojo de su tormento, reencontrándose consigo misma, bailando las seguiriyas que nos desarman como “Flor que se abre como una loba”.

El fin es la mujer de rojo y, a sus espaldas, tres imágenes de ella misma proyectada viéndose en el abismo de su ropa recién recogida. El espectáculo ha terminado, pero el sueño se multiplica.

*FOTO (© Nono Guirado)

Gerardo Núñez entre orquestas

Gerardo Núñez entre orquestas

El miércoles antepasado, 21 de este mes, acudí al auditorio Manuel de Falla para escuchar la guitarra precisa del creador Gerardo Núñez, pero poco más encontré tan sólo su esencia.

En realidad era un concierto de música clásica, en el que colaboraban los conservatorios de Granada ("Victoria Eugenia") y el de Moscú ("Conservatorio Estatal Tchaikovsky").

No los conté pero eran bastantes músicos. Violines había más de veinte. También sonaban violas, violonchelos, violones, trompetas, saxos, clarinetes, trombones, xilófonos, tambores... y un gong, que no sonaba gong sino chang.

En un momento, salió un piano de cola. Posiblemente con la cola más grande que haya visto (en un piano).

Duró nada menos que tres horas, dejando a Gerardo un ratito en medio para que interpretara tres bulerías grandiosas. La primera muy rápida, la segunda eminentemente creativa, la tercera jerezana.

Al constatar que la participación flamenca era tan nimia, honestamente decidí no escribir nada para el periódico. Otra cosa sería si hubieran actuado juntos, orquesta y guitarra, y no el tocaor en un aparte, o que hubieran tenido más protagonismo Núñez o el flamenco.

La presencia del guitarrista en la velada se debió simplemente a que el conservatorio moscovita organiza un concurso de "Composición sobre temas de Gerardo Núñez" (allí se presentaron los ganadores).

Me gustó, aunque se me hizo un poco largo. Acostumbrado al flamenco, casi monográfico, fue un paréntesis agradable, en el que no tuve que identificar qué se tocaba en cada momento ni evaluar su calidad ni compararlo con otros momentos, otros lugares, otras voces ni que tomar nota de nada...

Una agrupación todavía verde

Una agrupación todavía verde

Con motivo de la primera edición de la entrega de los premios anuales "Mejor Velada Flamenca" de la temporada 2006-2007, nos reunimos en La Parra Flamenca de Huétor Vega, para ver a una joven bailaora, Chelo Ruiz, y a su grupo, “Plaza Vieja”, venidos de Almería.

Dichos galardones fueron entregados por José María Segovia, Presidente de la Confederación Andaluza de Peñas Flamencas, que aprovechó la ocasión para presentar el Circuito Andaluz de Peñas Flamencas. Los premios de este año han recaído en dos granadinos con una larga trayectoria en la que han demostrado, según Isidoro Pérez, Presidente de La Parra, “sabiduría, sensibilidad y corazón”: al cante Antonio Gómez "El Colorao" y a la guitarra Paco Cortés.

Al acto asistió Carolina Higueras, Concejala de Cultura del Ayuntamiento de Huétor Vega.

En cuanto a la actuación fue algo floja, salvada por algunos momentos de acierto y por la pasión de sus componentes. Tan sólo con mencionar que la rumba de la segunda parte fue de lo mejorcito de este grupo almeriense, ya está todo dicho. Unos tarantos de Almería, como no podía ser menos, sirvieron de presentación. El Niño de las Cuevas, sin ser cantaor de oficio, tuvo buena entonación y una dicción que en el flamenco escasea. El tocaor fue lo más destacado en una velada mediocre.

A continuación, ya con el resto del grupo, travesera, bajo y cajón, interpretaron unos tangos de corte morentiano. Los fandangos de Huelva fueron un atrevimiento de innecesaria orquestación. Chelo Ruiz cerró esta primera parte bailando una soleá descafeinada. A destacar, el vuelo de su vestido de terciopelo negro y su juego de brazos. Sin embargo le faltaron pies y rotundidad.

Después de unos prolongados diez minutos escuchamos, en el segundo pase, las rumbas preñadas de colombianas aludidas en un principio, en las que se acordaron entre otros de Chano Lobato y de Radio Tarifa. Terminó este cuadro flamenco con unas alegrías, de igual influencia morentiana. La actuación de la bailaora fue más redonda que en la soleá. En general, una agrupación con buenas maneras pero que aún esta verde.

* EN LA FOTO: Antonio El Colorao en el Liberia, uno de los premiados (© Antonia Ortega)

El Palacio en llamas

El Palacio en llamas

Posiblemente provocado porque prendió con cuatro focos distintos, el Palacio de Congresos de Granada ardió sin tregua la noche del viernes. Los asistentes, lejos de intentar extinguir las llamas, echaron más leña al fuego.

Desdoblada y en escenario distinto, la Noche Flamenca del Albaycín, se cubrió de gloria, acertó de lleno, programando, en el segundo y último día de su festival, sólo baile. No un baile genérico de amplias propuestas, sino una forma muy concreta de concebir la plasticidad del flamenco. Un baile de equilibrio y fuerza, de raíz y sentimiento. Tan varonil y quebrado que se podría calificar como ‘baile macho’, que distingue en particular a la saga de los Farruco. No en vano, el baile fue pura exhibición, derroche de energías, fuerza bruta, ejercicios circenses. Más difícil todavía.

Para empezar, una rueda de martinetes sirvió como originalísima presentación de los cuatro bailaores. En escena, con sus cuadros íntegros, unos treinta flamencos, se fueron pasando el testigo de izquierda a derecha. Primero Juan Andrés Maya, seguido de Juan de Juan, después Luis de Luis y, para acabar, Farruco. Desde este primer momento advertimos que no hay tanta diferencia entre estos bailaores. Navegan en la misma onda. El juego de pies es su credencial.

Tras este apoteósico preámbulo, que pareció fin de fiestas, por su pura fuerza, los primeros músicos interpretaron unos tangos, mientras Luis de Luis se preparaba para las seguiriyas. Como si fuera una continuación de la primera parte, comenzó con el martinete. A pesar de ser el bailaor más humilde de la velada, fue el más redondo y convincente. Sus desplantes y patadas inacabadas pueden ser sobresalientes.

Los brazos de Juan de Juan son los más evidentes del grupo, que se arrancó por bulerías. Su zapateado es digno de elogio, aunque sus silencios y la búsqueda del aplauso continuo, difuminaran su entrega. Juan fue quien llevó el cuadro más completo. Dos guitarras, un violín y nada menos que cinco cantaores detrás.

Juan Andrés Maya sigue creciendo en su tierra. Una vez más baila para sus seguidores, baila para su gente, que posiblemente era todo el teatro. Es el más histriónico. Su baile, en cambio, tiene un aplomo especial. Se siente seguro y admirado. No sorprende. Es lo que se espera del patriarca de los Maya y así lo entiende y así se ofrece. Las seguiriyas son agradecidas para este bailaor, que propone empezar por milongas y rematar con jaleos y fiesta.

Farruco, indiscutible cabeza de cartel, asombrosamente baila alegrías, un baile en principio femenino que es acogido últimamente por los hombres por su versatilidad y posibilidades. Farruco tiene el sello familiar, es elegante, serio, preciso. Su baile está lleno de remates. Carece de esfericidad, pero cautiva con su arrebato.

Al final, un poquito por bulerías, con los artistas que quedan, sirve para despedir esta noche memorable de propuestas quizá demasiado largas y problemas puntuales de sonido. Un público, lleno de flamencos, lleno de amigos, lleno de vecinos, se volcó con los bailaores. Y, por último, pienso que los artistas locales convencieron más que los foráneos.

* Farruco en la foto

La Platería comienza la temporada

La Platería comienza la temporada

La Platería, decana de todas las peñas, comenzó el sábado las actividades flamencas de este curso 2007-2008 con una muestra, tan parca como eficaz, del cante de raíz de Diego Clavel y la sensibilidad de la sonanta del granadino Ramón del Paso. Con nuevos propósitos y con Miguel Clavero, que se estrenó como presidente, dio comienzo una velada, que no sólo sirvió para inaugurar su ciclo de recitales, sino que, el cante ortodoxo de Clavel, sirvió como seña de identidad, como emblema de seriedad y resguardo del flamenco tradicional.

Diego Clavel, lo he expresado en otras ocasiones, es un cantaor de pequeño foro. Se crece en los teatros y, sobre todo, en las peñas. Es un cantaor de cuartito, al que le gusta explicar sus cantes y repasar de camino la historia de sus mayores. Ramón del Paso a la guitarra fue un derroche de buen gusto que el mismo cantaor reconoció, aunque en ocasiones tuvo que frenarlo un poco.

El artista de Puebla de Cazalla fue generoso en su entrega con dos partes de cinco cantes cada una. Comenzó templándose con el polo, que, como la caña, él lo canta entre soleá apolá. Siguió con cantiñas, el único palo festero de la velada. Después vinieron tientos y soleá de Utretra. Remató esta primera parte haciendo alarde de sus facultades en unas granaínas, que llamó grande y chica, en vez de media.

En la segunda parte, más desdibujada que la primera, Diego comenzó con serranas, para pasar a las malagueñas, rematadas por fandangos de Juan Breva, las marianas, la soleá de Alcalá y las seguiriyas.

El próximo sábado, 27 de octubre, se le impondrá la Insignia de Oro de la Peña de La Platería a Juan Pinilla y a Patricia Guerrero, ganadores de la Lámpara Minera y El Desplante respectivamente, en el concurso de Las Minas de La Unión. La misma distinción se le otorgará a Fuensanta La Moneta, que también ganó El Desplante en 2003 y a Sergio Gómez, merecedor de dos distinciones en Murcia este mismo año. Las actividades de esta Peña, por la cantidad de socios que acoge, generalmente son a puerta cerrada.

* EN LA FOTO: Diego Clavel 

El Albaycín sin el Albaycín

El Albaycín sin el Albaycín

Con veinte ediciones a las espaldas, la Noche Flamenca del Albaycín cambia su ubicación. Del monte baja al llano, de la plaza albaycinera de siempre, se traslada al Palacio de Congresos. Del trasiego informal y obligado de la noche flamenca, pasa al formalismo de la butaca organizada.

También, su fecha de realización se aplaza un mes, lo que hubiera impedido la actuación bajo las estrellas. ¿Cambios acomodaticios de los nuevos tiempos; intento de formalizar un festival de tal prestigio; o necesidad de controlar el aforo y las ventas? Posiblemente esto último es lo que ha decidido a los organizadores a buscar el refugio controlado del Palacio a pesar de haber perdido autenticidad y sabor. Ya que el pasado año se falsificaron entradas y buena parte de los asistentes accedieron al recinto por cauces incontrolados.

Por otra parte, el festival se ha desglosado en dos partes, la de anteayer y la del próximo viernes 26, evidenciando sabiamente que un festival continuado se alarga hasta altas horas de la noche. En dos sesiones, este espectáculo es más llevadero. Otras dos características determinan este festival. La apuesta por el flamenco local, lo que siempre ha llevado por enseña, y la preeminencia del baile en esta ocasión. Seis bailaores en total. Dos en esta velada y cuatro en el próximo encuentro.

Antonio Canales, como cabeza de cartel, hizo lo que pudo, ya bien poco. Demostró sin embargo, con su apunte por seguiriyas y por soleares, cómo se puede vivir del cuento, de la memoria histórica, que ahora está tan de moda. Sus silencios son excesivos, sus poses innecesarias y sus zapateados, zapatazos. Con todo y con eso, quien tuvo retuvo, y momentos lúcidos y el poder popular no se los quita nadie.

Lo mejor de la noche fue sin duda Patricia Guerrero y el desparpajo de su baile por tangos con una amplia introducción por levante. Una gozada. Patricia es fina y elegante, una bailaora muy completa y estudiosa. Se sitúa en la órbita independiente que la alzará, no sólo a un lugar entre las grandes, sino a una artista única. Es criticable sin embargo un vestido negro para un baile de fiesta y el remate de los tangos granadinos con el “yeli, yeli” de la Repompa.

Aparte de esto, me quedo con momentos puntuales. Firmo por la soleá de Frijones que interpretó Manuel Torres, el Niño de Osuna. Pongo la mano en el fuego con Pinilla por levante y por todo Mariano, el tocaor que lo arropa. Y me rindo con los martinetes de Sergio Colorao, quien no llegó nunca a entenderse con la guitarra de Rafalín Habichuela.

* EN LA FOTO: Patricia Guerrero, ganadora de El Desplante, Primer Premio de Baile en el Festival de las Minas de La Unión

Un clavel para Armilla

Un clavel para Armilla

Fiestas Populares de Armilla

Coincidiendo con las Fiestas Populares de Armilla en honor a San Miguel, el Ayuntamiento de esta localidad programa una velada flamenca que, sin demasiadas estridencias, compone un cartel, eminentemente local, de máxima atracción. Digo “eminentemente local”, pues es el primer año en que se introducen cantaores de otras provincias que no sea Granada. Es un acierto. Aunque, hoy por hoy, tan sólo con artistas de la tierra se podrían rellenar varios carteles de lujo.

Como artista invitado, culminó la noche un Diego Clavel de extraordinarias facultades. Clavel es un cantaor íntimo y profundo, que funciona a la perfección en recintos pequeños. Su fraseo, la forma de decir el cante y la manera de conectar con su público, nos dice que estamos ante uno de los grandes. El artista de la Puebla de Cazalla se templa, como hemos podido ver en otras ocasiones, con la caña, comenzada y culminada con un apunte de soleá. Continúa con una granaína deliciosa. La mejor de la noche. Y termina con una generosa soleá apolá de Triana. Broche de oro de un Festival de altura.

El recital lo abre José Balao. A pesar de tener la voz un poco tomada, domina los tres cantecitos que nos hizo, por levante, malagueñas y una bella milonga con “La baladilla de los tres ríos” de Lorca. A Judith Urbano se le siguen dando mejor los cantes festeros, las alegrías y sobre todo los tangos, que no la soleá que cantó en primer lugar. No le vendría mal, por otro lado, preocuparse un poco más por controlar su respiración. Juan Pinilla, reciente ganador de la Lámpara Minera en La unión, no tuvo su mejor día. Su cante, preciosista y sereno, se vio aquejado por una voz cansada y el acercamiento desmedido al micrófono. En esta primera parte predominaron las guitarras por encima del cante. Los tres tocaores, Miguel Ochando, Luis Mariano y Ramón del Paso, de exclusiva raigambre granadina, que se fueron alternando con todos los cantaores de la velada, pasan por ser de los mejores del panorama flamenco, uniendo técnica, creatividad y, por encima de todo, una sensibilidad exquisita.

La segunda parte la abrió Kika Quesada y su grupo (Alfredo Tejada al cante, César Cubero a la guitarra y Julián Heredia con la caja). Kika es una bailaora de oficio, prudente y certera, que nos ofreció unas seguiriyas. Al Zahoreño le sobraron vatios y le faltó calor. Con su voz aguda recreó las malagueñas de Chacón e hizo alegrías, seguiriyas, granaínas y, quizá su mejor entrega, un ramillete de fandangos. Para finalizar, antes del maestro sevillano, rellena la escena el cante fresco y potente de María José Pérez. Una joven artista todo terreno, natural de Almería que no para de sorprendernos. Unas granaínas son su primer regalo. Para los tientos tangos requiere el compás de Julián Heredia y Petete. Culmina con unas cantiñas a boca de escenario que certifican su altura.

Un último aplauso para un gran teatro y para un público atento y respetuoso. Sólo una pregunta, ¿quién roncaba en el ecuador de la velada era el mismo que el del año pasado?

*EN LA FOTO: María José Pérez (©  Paco Sánchez)

Ogíjares recupera el pulso

Ogíjares recupera el pulso

XXVIII Festival Flamenco de Los Ogíjares

Tras un par de años de relleno y cumplimiento, el Festival Flamenco de Los Ogíjares vuelve a mostrar su buen estado de salud y cumple una vez más con sus expectativas de convertirse, no solamente en un festival de prestigio, sino en la cita ineludible de los grandes aficionados al flamenco de toda Andalucía. Después de un desvío inexcusable por ninguneos políticos, este evento vuelve a estar organizado por la Peña Yerbabuena, por gente que entiende que los pasitos andados no se pueden desandar (¡ojalá al Festival de Otoño de Granada le pase lo mismo). Cada uno de los cinco cantaores, con sendos guitarristas, podría ser sin lugar a dudas cabeza de cartel en una noche que, a pesar de su extensión (hasta las cuatro y media de la madrugada), no defraudó. El sonido, con algún silencio inoportuno, fue más que correcto. Incluso el escenario, decorado para la ocasión, contribuyó a la redondez de la velada.

Tres mil personas, o tal vez más, ordenadamente sentadas, respetuosamente atentas, recibieron con placer la gloriosa entrega de sus actuantes. Antonio Gómez “El Colorao”, como podía haber sido cualquier otro, fue el encargado de romper el hielo con sus propuestas ortodoxas, yo diría que académicas. Antonio se templó con unas marianas, un cante cercano a los tientos-tangos, que rescató del olvido hace algunos años. Una soleá de Alcalá sirve para tendernos el abanico de su largura, que demostró también en sus seguiriyas, en las que destaco las de Curro Dulce. Entre estas dos propuestas jondas, El Colorao, sin abandonar su estilo ceremonioso, que acentúa Jorge Gómez con la sonanta a su lado, se acordó de Cádiz. Termina este cantaor granadino con unos cuantos fandangos naturales.

En escena lo releva una impresionante Aurora Vargas, arropada por Diego Amador a la guitarra y Rafael Junquera y “El Eléctrico” a las palmas. Ella sola rellena un escenario quizá demasiado grande. Las alegrías son su primera propuesta. Vemos a una cantaora en plenas facultades. El público responde y ella se engrandece. Es pura, es raza, es gitana. Su soleá llena de pellizco preludia su reinado por fiesta. Los tientos-tangos se prestan a un bailecito. Ya le estorba la silla, ya le sobra el áncora del micrófono, ya recorre las tablas para llegar a todo el mundo, para trasmitir su calor, su fuerza que le está sobrando. Está a gusto y lo demuestra en las bulerías, que interpreta también fuera de micrófono y acompañándose de su baile temperamental Levanta a los espectadores. Y en los postres se acuerda de Luis de la Pica. Y, después de estas bulerías, más bulerías. Y después, más bulerías, musicando “Derroche” de Ana Belén. Si el Festival hubiera acabado en ese momento, un servidor habría quedado ya satisfecho. Pero había más. El rizo se sigue rizando. La tuerca continúa dando vueltas.

El cante rotundo de José Menese llena el espacio. Para las granaínas, las cantiñas y las bamberas, se hace acompañar de la joven guitarra de su paisano José Talavera “El Francés”. El cantaor de La Puebla de Cazalla termina con soleá y con seguiriyas, con del preciso Antonio Carrión a la guitarra, que también arropará a Miguel de Tena. Menese es un maestro de maestros. Sus letras no son convencionales. Esconden el compromiso de quien grita y no sólo de quien se queja. Sin embargo, el sevillano, no es tan poderoso, no hila tan fino como en la visita anterior en el José Tamayo.

El baile de Andrés Peña y su grupo ponen fin a la primera parte de una noche memorable. Por mucho que su nombre se baraje entre las jóvenes realidades de la danza flamenca, por mucho triunfo que lo avalen, la soleá de este jerezano resultó floja y descafeinada. Cabe salvar de entre su grupo el cante arraigado de Miguel Rosendo y poco más.

Tácita figura del Festival es José Domínguez “El Cabrero”, que fue generoso en su entrega. A su lado, Rafael Rodríguez, hacía hablar a las seis cuerdas. Comienza con una soleá, de la que pasa directamente a “La lluvia”, un soneto de Borges que mete por bulerías con apuntes de milonga. A esto le siguen unas seguiriyas. Pero el público será suyo incondicionalmente cuando canta sus reivindicativos fandangos, con letras propias, que nos retrotraen a los años setenta. El Cabrero canta de pie, alza su flamenco, escupe sus verdades. Antes de otro poquito por fandangos, esta vez de Alosno, el cantaor sevillano interpreta otro poema, “Luz de luna”, una bella nana por bulerías. Termina con unos martinetes muy rítmicos, también de su estilo, acompasados con el golpeteo de la guitarra.

El Festival termina como muy bien podía haber empezado, con el cantaor Miguel de Tena, que se alzó con la Lámpara Minera en 2006. El extremeño presenta sus credenciales en forma de malagueñas y abandolaos. Su voz laína no convence a todos los presentes, aunque su entrega es exclusiva. Su mejor entrega quizá fueran las tarantas y los tangos extremeños. Sin embargo, de puro cumplimiento fueron las bulerías, cercanas al cuplé, con el tema “María de la O”, y las anquilosadas milongas dedicadas a las madres. Acabó con unos festivaleros fandangos.

*Impresionante Aurora Vargas (© Paco Peña)

 

 

La mayoría de edad de un festival

La mayoría de edad de un festival

XVIII Noche Flamenca. Asociación de Vecinos Plaza de Toros, Doctores y San Lázaro

Desde hace dieciocho años se viene celebrando en las inmediaciones de la Plaza de Toros una Noche Flamenca organizada por la Asociación de Vecinos de los barrios adyacentes, el de losDoctores y el de San Lázaro. Desde hace dieciocho años el flamenco toma literalmente la calle y reúne a varios cientos de parroquianos y allegados, que no dejan pasar esta cita. Pero también acoge a bastantes de los viandantes que pasan fortuitamente por el lugar y desean disfrutar de un poco de cante del bueno.

No es una muestra con grandes aspiraciones ni grandes nombres, de hecho nos sorprenden año tras año con alguna cara nueva. Pero, en cambio, es un festival con la total entrega y la verdad de sus participantes.

La bailaora Ana Guadalupe, y su grupo, es la encargada de abrir y cerrar la noche. Comienza con una guajira, un palo para el baile poco visto (aunque pudimos disfrutar con esta misma propuesta con Patricia Guerrero recientemente en el Corral del Carbón); y termina con una soleá. Ana es una bailaora reposada y flexible, de bella estética y futuro halagador. Tras el primer baile, Miguel Barroso, con solemnidad, cantó por granaínas, serranas, milongas y unos bellos fandangos de Vallejo muy rítmicos. Es de agradecer cuando un flamenco interpreta los cantes con conocimiento. A la guitarra José María Ortiz, un músico que evoluciona al margen de las modas.

El descubrimiento de la noche fue Ángela Cuenca, una joven almeriense (Almería cuenta hoy día con un racimo de cantaoras muy interesante). Ana comenzó con unos tientos-tangos de influencia de Carmen Linares y de Morente, para continuar con unas malagueñas que abandoló con fandangos de Almería y fandangos de Granada; y culminó con unas alegrías muy agradecidas. Acompañándola con la guitarra, el estudioso y profesor Vicente Márquez que sonó mejor que en otros escenarios.

El plato fuerte de la velada fue el albaicinero Antonio Fernández, que empezó por seguiriyas, continuó con alegrías, fandangos y tangos de Morente. Antonio es sensible, muy flamenco y con un gusto exquisito, que redondea y endulza los cantes.

* Plaza de Toros de Granada (© granadafoto.com)

De feria en feria

De feria en feria

Festival Flamenco de Beas de Granada

Hay artistas de la escena, ya sean flamencos, rockeros, teatreros o circenses, que se pasan como los titiriteros la temporada veraniega (y tal vez más) mostrando sus habilidades de plaza en plaza, recorriendo los pueblos de toda la geografía nacional. "Vivo en la carretera", que cantaba Miguel Ríos.

Resulta que el Festival de Beas, que fue el lunes pasado (madrugada del martes más bien), salvo algún cambio considerable, fue bastante similar al Festival de Monachil.

Esta noche actuaron: los flamantes ganadores de La Unión (Juan Pinilla) y de Córdoba (María José Pérez), la joven Judiht Urbano que, con bastante acierto, escogió temas festeros para ilustrar su entrega. Otro de los cantaores fue Manuel Palma "El Zahoreño" que, con su voz laína y bien modulada, sustituyó al tremendo Luis el Zambo del que disfrutamos en Monachil.

Entre los guitarristas, estuvo presente de nuevo el preciso Ramón del Paso, que no siempre se entiende con los cantaores, y el siempre inspirado Miguel Ochando, que acaba de sacar su primer disco, después de algunos ruegos y escaños, que se llama "Memoria".

En el baile también repitió, fuerte y convincente, Isa Vega y su grupo (César Cubero a la guitarra, Rudi al cante y Rafa Vega al cajón).

Previsible como el anterior (Monachil), pero distinto. Cada actuación es única. El ambiente cambia. El recinto era más grande, había mucho más público, quizá por ser gratuita la entrada, aunque era menos familiar, las palabras, los sones, los cantes... se perdían en el horizonte (¿agorafóbia?).

Como maestro de ceremonias, como ya anuncié, ofició el que suscribe. Hasta que no acaba el Festival no se aprecia el resultado. O sea, la tensión se mantenía de principio a fin. Incluso había momentos de titubeo, indecisión, agobio. Alguna voz anónima que enturbia tu presencia (la fiesta, el alcohol, ayuda mucho).

Pero al final recibo parabienes y felicitaciones, del público, de los actuantes, del alcalde (que si voy a volver el año que viene). El concierto entonces se apodera de mí. Yo pensaba que recibiría huevos y tomates. El promotor, sin embargo, quien me contrató, sólo valoró lo negativo, ni una palmada en la espalda. Aunque presiento que me seguirá llamando. Ésa es una de las manifestaciones del poder: mirar por encima del hombro. ¿Será un complejo de inferioridad?

Pequeño gran festival

Pequeño gran festival

VIII Festival Flamenco de Monachil

El flamenco en la periferia granadina es un valor a tener en cuenta. Pueblos como los de Ogíjares, Santa Fe o Armilla celebran todos los años por estas fechas su festival veraniego. El desplazamiento es mínimo, son como barriadas de la misma capital, y tienen el sabor y el frescor de salir de ella. El sábado 18, le tocó el turno a Monachil, que cumplía la octava edición de su fiesta flamenca. Sin ninguna pretensión y con un cartel no muy extenso, se dieron cita un puñado de artistas de peso reconocido. A saber: desde Jerez, y como cabeza de lista, vino Luis Fernández Soto, Luis el Zambo, que cerró el encuentro; Juan Pinilla, reciente ganador de la Lámpara Minera en el Festival de las Minas de la Unión; María José Pérez que, también este año, se hizo con el premio Don Antonio Chacón en el Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba; y la joven Judith Urbano. A la guitarra estuvieron dos sensibilidades de las seis cuerdas del panorama granadino. En la primera parte Luis Mariano y en la segunda Ramón del Paso. El toque de color lo dio el baile de Isa Vega y su cuadro flamenco.

El mayor de los Zambos sabe llegar al público. Es un cantaor rotundo, bien afinado y con un compás envidiable. Hizo tientos-tangos, soleá, malagueñas, fandangos y terminó por bulerías. Todos cantes de añeja tradición gitana, que terminaron de elevar la temperatura varios grados. Para abrir la noche, Juan Pinilla, cantaor tan enciclopédico como ortodoxo, dio muestras de su bien merecido galardón en Murcia. El cantaor de Huétor Tájar, con la voz algo rozada, nos dejó con la zambra que grabara recientemente Estrella Morente en su disco “Mujeres”, mineras, su palo estrella, alegrías y un recorrido por los cantes de Huelva. La almeriense María José Pérez, fuerte y delicada, rica en matices, muy chaconiana, brilló con la caña, granaínas, cantiñas y fandangos, que remató sin micrófono. No le hacía falta. De hecho, el sonido, sin grandes deficiencias, además de impertinente, fue un lastre que tuvimos que soportar toda la velada. A Judith Urbano se le dieron mejor los cantes de fiesta que los palos jondos. Con todo y con eso, la cantaora de la Zubia, con una voz aguda y aún por trabajar, interpretó granaínas, alegrías, tangos y fandangos. Para terminar, todos los artistas y algún añadido, cerraron con un fin de fiestas por bulerías.

P.S.- Como presentador de este Festival ofició el que suscribe. Es la segunda vez que actúo de maestro de ceremonias en un encuentro flamenco (el primero fue la noche flamenca del Parapanda Folk 2006). Fue una noche agradable, de risas y complicidad. Cuando se está a gusto las cosas salen redondas.

Mañana martes, 21 de agosto, presentaré el Festival Flamenco de Beas de Granada. Será otro reto: cada escenario, cada público es distinto. El jueves, en estas mismas páginas, daré una somera impresión de los resultados. Si sale bien, ya pueden contar conmigo para seguir gobernando desde el micrófono las citas flamencas que se presenten, pues a la tercera va la vencida.

En la foto: Luis el Zambo (© Daniel Muñoz).

La Moneta, el mejor broche para un encuentro

La Moneta, el mejor broche para un encuentro

 

 

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco

 

Sin guitarras. Tan sólo con el compás de las palmas y los jaleos en su sitio, comienza la primera entrega de La Moneta por bulerías. Fuensanta evoluciona con pasos agigantados. Qué lejos queda ya la chiquilla que hace apenas tres años se alzó con el Desplante, el primer premio de baile en el Festival de las Minas de La Unión. Qué lejos queda esa bailaora desbocada, con todo el sabor de la raza, con la desbordante intuición de quien quiere comerse el mundo, con la sal de cuatro mares y con todo un futuro por delante. La Moneta hoy día conserva su fuerza y su carisma, sigue siendo un purasangre que se va domesticando, que sigue buscando, que encuentra un sentido a la danza que va más allá del puro arrebato, de la fuerza bruta, del río sin márgenes. La Moneta entra con desafío. Mide sus pasos y sus miradas. Es dulce y es amarga. Es delta y manantial.

 

Un cuadro de lujo la acompaña. Tres cantaores y dos guitarristas. Cada uno es un peso pesado. Cualquiera de ellos puede llenar un teatro. Enrique el Extremeño, el más veterano, es un maestro del compás y del quejío. El Galli y Miguel Lavis son el contraste. Tres voces distintas y complementarias. Con apuntes levantinos, los dos tocaores, Miguel Iglesias y David Carmona, introducen una farruca, que la bailaora granadina aborda con traje corto de pantalón y torera negros. Una farruca ya conocida por sus incondicionales, pero que Fuensanta pule hasta la perfección. Es su mejor propuesta. Es un baile maduro, reposado, lleno de silencios y complicidades. Paralelo a los tiempos. Compañero de las mejores vanguardias. Las voces ausentes no las necesita, pues va cantando con los pies. Las guitarras también callan a veces y la bailaora recurre a los palillos. La tensión, a veces hierática, se rompe con una sonrisa.

 

Para hacer tiempo mientras se prepara el último baile, los músicos se asoman a Málaga y nos dejan con varias ruedas de abandolaos. Hasta que aparece La Moneta de rojo y negro, con brillantes en el pelo y zarcillos dorados. Parece una dama luciendo el tesoro de Príamo. Escoge su imagen para bailar por seguiriyas. Ha sido su carta de presentación. Es el palo que la precede y la representa. Es el palo que siempre la acompaña y muestra con toda la pulcritud, la fuerza y el arte de que es capaz. Termina la seguiriya con algunos martinetes que cantan los cantaores alrededor de su reina. Enrique el Extremeño hace una letra que alude al Corral del Carbón. Fuensanta, siento a la postre, que no dejará de aprender, pero que ya es maestra, modelo a seguir.