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Flamenco

A veces el flamenco se escribe con mayúscula

A veces el flamenco se escribe con mayúscula

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco

A veces el flamenco se escribe con mayúscula. A veces, sin pensarlo, en una noche se confabulan los duendes y, lo que venía a ser un recital, un encuentro más, se convierte en una jornada antológica. Miguel Lavis (quédense con este nombre porque dará mucho que hablar), con una voz muy gitana, con un eco muy flamenco, despertó la velada con unos desgarradores martinetes, que le encumbraron, desde esta primera pieza, al olimpo junto a Manuel Torre o Camarón. Una rueda muy completa a pie de escenario, sin micrófono, que culminó con la toná tradicional de “si no es verdad…”. Para las malagueñas, recibe al tocaor Pepe del Morao, una sensibilidad personal se une al soniquete de su familia. En estos parcos cantes de Málaga, se acordó de maestro Torre y de Enrique el Mellizo. Para la solea por bulerías, requirió el compás exacto (y los jaleos, imprescindibles cuando el flamenco empieza a tomar tintes de fiesta), de Carlos Grilo y Luis Cantarote, dos palmeros de oficio, que llevan una década acompañando a lo más granado del flamenco en discos y conciertos. Otra vez a solas con la sonanta, Lavis se rompió por seguiriyas, para terminar con unas generosas bulerías que impregnaron el ambiente del más puro sabor jerezano.

Y, como si de una confabulación se tratara, después del estremecimiento de Miguel, qué mejor que el baile desenfadado y redondo de Fran Espinosa. Entre París, donde vive habitualmente, y Córdoba, su ciudad de origen, llega este bailaor al Corral del Carbón, recomendado nada menos que por Javier Latorre, uno de los maestros más referidos en el baile flamenco. Fran es un bailaor poco convencional, es flexible y femenino, con grandes dotes de improvisación y con gracia para regalar. Su primera entrega es una conversación espontánea entre la voz que apunta cantes de faena y martinetes y el zapateado. Llama la atención desde un primer momento su juego de manos, su moderación en el tacón punta, la enorme facilidad que parece su ejecución. Culmina esta primera pieza con un apunte por seguiriyas. La guitarra de Isaac Muñoz se queda sola para brindarnos una farruca. Fran Espinosa vuelve por tangos. No hay vuelta de hoja, su baile es sincero, fino y delicado. Sin complejos. Sus finales son un guiño al respetable, una invitación a esperar el siguiente baile. Churumbaque hijo, con su cantes de levante, demuestra, sin discusión, su merecido premio de tarantas con que ha sido galardonado recientemente, el sábado pasado, en el concurso de La Unión. Su compañera Eva de Dios, lamentablemente, no estuvo a la altura. Sus fandangos naturales, después de las alegrías de Fran, fueron sosos y planos. El bailaor cordobés terminó por bulerías de Utrera, esas bulerías lentas, muy marcadas, que bordaba Fernanda. Su gracia en este cante festero, su dominio y frescura, terminaron de redondear una noche escrita con mayúsculas.

* EN LA FOTO: Fran Espinosa (© Toni Blanco)

Festival hogareño en Huétor Vega

Festival hogareño en Huétor Vega

XX Festival Flamenco de Huétor Vega

El décimo festival flamenco que se realiza en Huétor Vega, organizado por la Peña La Parra de esta localidad, ha estado enfocado y presidido por una totalidad de artistas locales, lo que ha redundado negativamente en su calidad, pero ha aumentado en su calidez. Un total de diecisiete artistas y aficionados de la provincia de Granada se dieron cita en los Jardines de Huerta Cercada para ofrecer lo mejor de su cosecha, escasa en algunos momentos. Así, se renunció a una figura de prestigio, a un cabeza de cartel, para dar paso a un reparto coral en el que nadie tiene un protagonismo definido, pero todos cumplían el papel asignado. Se echó de menos, ya digo, un nombre que mantuviera el nivel de un festival de prestigio. Se echó de menos esa figura que atrajera sin condiciones a gentes de todos los puntos.

Con todo y con eso, fue un festival correcto, redondo en muchos momentos, pero sin sorpresas de altura. A pesar de la cantidad de actuantes fue ordenado y dinámico, tanto por la organización como por el presentador, Miguel Milena. Dos temas de cada participante, que además no se repitieron entre sí, acentuó este orden referido y no terminó demasiado tarde, tal y como nos tienen acostumbrados. También se observó algún problema en la sonorización que se fue paliando a medida que avanzaba el evento.

En primer lugar intervino José Fernández, el cantaor con más oficio de los presentados, que hizo alegrías y tangos. Su hijo, de igual nombre, lo acompañaba a la guitarra. Miguel Barroso demostró el buen camino que ha tomado, ofreciéndonos serranas y malagueñas, arropado por José Miguel López. El torrente de voz laína de El Cuchillas se fue por tientos y milongas. Francisco Manuel Díaz a la guitarra. “Fosforito de Láchar”, con su hijo Rubén a la guitarra, ofreció taranto y petenera. “El Niño de la Parra”, cantaor local, se hizo acompañar por sus dos hijas, prudencia (caja) y Ángeles (palmas) y de Oscar Válor a las seis cuerdas, para exponernos un ramillete de fandangos de Pepe Pinto y un rítmico garrotín muy aplaudido.

Para cerrar este primer bloque de cantes y abrir el segundo, salió Mari Carmen, una bailaora, que con sólo 17 años, era todo temperamento y armonía. Tal era su fuerza y entrega que Francisco Manuel Díaz, quien bautizara a Eva como “La Yerbabuena”, le puso el sobrenombre allí mismo de “La Pimienta”. Bailó seguiriyas y alegrías, más previsibles que las anteriores. Su grupo se le quedaba pequeño. La segunda parte, después de este respiro de volantes, lo abrió la única cantaora presente en el encuentro, Ángeles Casado, que interpretó una vidalita tradicional y una colombiana de composición propia. José Gálvez “El Rubio”, aficionado de la Peña, cantó granaínas y fandangos. Álvaro Rodríguez, seguramente el mejor cantaor de la velada, con Rubén Campos a la guitarra, nos regaló bamberas y farrucas. Para terminar, José Cortés “Motriles”, con pellizco, a pesar de tener la voz algo tomada, cerró la noche por todo lo jondo, con soleá y seguiriyas. A este último lo acompañó la exacta guitarra de Rafa Hoces. Se echó en falta, no obstante, un final de fiestas de todos los artistas.

* Fragmento del cartel del Festival (© David Zaafra).

Claudia Cruz, una caja de sorpresas

Claudia Cruz, una caja de sorpresas

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco

Las alegrías con las que empieza esta joven bailaora gaditana su entrega el jueves pasado en el Corral del Carbón no presagiaban de ninguna manera lo que vendría después, lo que daría de sí esta artista en ciernes. Una Claudia Cruz titubeante, nos muestra los aires de su tierra sin ningún riesgo. Sus cantiñas son tan sólo correctas. Bellas, eso sí, pero sin el pellizco necesario que ya acostumbramos a esperar en este foro. Sin embargo, estos primeros pasos fueron la primigenia toma de contacto, un desentumecerse y tomarle el pulso a un escenario que simplemente consagra. Porque, a partir de entonces, sus apariciones van a ser poco menos que sobresalientes. Con un vestuario selecto y un cuerpo que le acompaña, Claudia Cruz será esa pieza de rica orfebrería que cualquier paladar demanda. Es una caja de sorpresas, desde su aparición en los tarantos de Almería, hasta la última patá por fiesta. Claudia es una hilandera que borda con hilo fino. Su baile está lleno de detalles, de guiños aromáticos.

Un cuadro a la medida a sus espaldas, en donde destaca Enrique el Extremeño, daba pie a su lucimiento. De violeta abarca los bailes de levante que acaban por tangos. Su rostro y elegancia es tan sólo superado por el movimiento de sus caderas. La sinuosa espiral de su cintura, semejante a una bailarina del vientre, añade un valor hipnótico a la danza.

Termina esta bailaora, con un original vestido blanco y negro, brindándonos unas bulerías. Ya, totalmente desinhibida, con la complicidad incondicional del público y de su grupo, se permite repetir unos pasos a petición de Enrique, pues los aplausos del respetable ahogaron su entrada en una bulería. Los músicos, dos a dos, rellenaron los descansos de la bailaora. El Extremeño y El Ñoño, a la guitarra, hicieron granaínas, malagueñas (mejor que las granaínas) y fandangos de Lucena. Miguel Rosendo, con su voz afillá, y el guitarrista Ramón Valenti, interpretaron seguiriyas.

Al finalizar, tras la insistencia del público, con sus silbidos y aplausos, tuvieron que volver nuevamente los artistas, que ya se encontraban en el camerino, para contentar a la mayoría con otro poquito de fiesta.

La sensibilidad y el coraje en el Corral del Carbón

La sensibilidad y el coraje en el Corral del Carbón

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco

Una continua chicharra afeaba la actuación de Dani Méndez. Y algunos acoples. Y algún duendecillo más. Deficiencias que, confesó el guitarrista, desde el escenario no se apreciaban. Desde el patio, sin embargo, enturbiaba las propuestas del que viene a ser uno de los mejores entre los tocaores jóvenes actuales. Por su técnica, por su versatilidad, por su bagaje, pero sobre todo por su sensibilidad creativa e interpretativa. No obstante, como ya digo, el sonido resultaba algo sucio, y la percusión, moderada de José Carrasco, no hizo más que acentuar este revuelto. Con todo y con eso, el guitarrista de Morón, demostró extensamente sus cualidades, tanto en el toque libre con que comenzó su actuación, como con los tangos y las dos propuestas de bulerías con las que remató el concierto. Entre ambos temas de fiesta, propuso unas preciosas seguiriyas. Todo con resultados excelentes. Si acaso, sus finales pueden parecer reiterativos.

El problema del sonido se solucionó en la siguiente parte. Moisés Navarro, un bailaor de raíz, con fuerza y coraje, presentó una soleá con abandolaos para abrir boca. Su taconeo es de vértigo y su porte reconocido. Para terminar, bailó seguiriyas. Una pieza con garra y sabor que misteriosamente conservaba un paralelismo con su baile anterior. El cuadro que lo acompañaba, más deslavazado que nunca, interpretó tientos-tangos. Entre estos dos bailes, para dar margen al protagonista para cambiar su vestuario. Toni Maya, en su estilo de tablao, fue correcto en los tientos que remató, haciendo un homenaje a su tierra, con tangos de Graná, en los que las guitarras de Curro de María y de Carlos Haro no estuvieron a la altura. En realidad supusieron un mediocre acompañamiento, por su descoordinación, en toda la segunda parte. Más le hubiera valido contar tan sólo uno de estos instrumentos. Las palmas de Rocío y Saray, sonaron también algo flojas. Problema ampliamente paliado por Toni Maya que no sólo canta, sino palmea con una fuerza y una velocidad apreciables, y jalea como pocos. Para terminar, un poquito por bulerías, en las que el mismo Toni se dio unas pataíllas.

Palomar y Marta Arias, salero y presencia

Palomar y Marta Arias, salero y presencia

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco

No es costumbre, comenzar la semana por el postre. La noche del martes en el Corral del Carbón saboreamos almíbar, fruta para el paladar, dulce y fresca. Tanto el cantaor de la primera parte, como la bailaora de la segunda, dieron muestras de su exquisitez y su trabajo. David Palomar, forjado como tantos otros en el cante de atrás, dio un recital ajustado a cualquier paladar. Su cómplice, Rafael Rodríguez a la guitarra, tiene un toque bastante añejo y a la vez preciosista. David, con una cajita de música en la garganta, nos ofreció seguiriyas y soleá. Su plato fuerte, sin embargo, fueron las alegrías, los cantes de su tierra, y las bulerías, que cantó en su mayor parte en la boca del escenario, sin micrófono. Las remató adaptando “Carcelero”, el éxito de Caracol. Para la fiesta se puso de pie, como mandan los cánones, pues la bulería se presta a echarse un bailecito. Y vaya si se lo echó. Con soltura y gracia acompañó prácticamente todo su cante.

Marta Arias dulcifica su extrema elegancia en los tres bailes que nos ofrece. El baile se comprende como un conjunto, un todo estético que abarca desde la bailaora, sus brazos, sus pies, su cintura, su rostro… hasta la música que la envuelve, las luces o el vestuario, que se presenta de crudo para los cantes de ida y vuelta, negro para las seguiriyas y blanco estampado con lunares sepia para los alegres aires gaditanos. Así, en la milonga, con marfileña bata de cola, que mueve con precisión, pasea su palmito, presenta sus credenciales, hipnotiza con su gracia y su presencia. Después de una sentida rueda de martinetes, rematados al alimón por las dos grandes voces que la acompañan, Miguel Rosendo y Javier Rivera, vuelve la bailaora sevillana para ofrecernos su pieza más sentida. Un afortunado incidente, entre el calor y la premura, hizo que en mitad de la pieza se le corriera el rimel, se le derramara cual lágrimas negras por la mejilla, acentuando así el sentimiento trágico de la seguiriya. Una seguiriya con garra, con ímpetu, decidida a desgarrarlo todo y, cuando todo está hecho jirones, rehacerlo con las alegrías finales, con la sonrisa sincera que salta entre raudales de luz. Antes de este baile de fiesta, quedan solos en el escenario, Rosendo y el guitarrista Patino que nos proponen unas malagueñas y abandolaos antológicos, a la manera de los Agujeta.

A pesar de terminar el espectáculo bien pasada la media noche, varios minutos de aplausos obligaron a los artistas a saludar al menos media docena de veces.

Las señas de identidad de Iván Vargas

Las señas de  identidad de Iván Vargas

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco

 

Hacía tiempo que este joven bailaor granadino, del círculo de la Cueva de La Rocío, demandaba una oportunidad como ésta para expresarse en solitario. Hacía tiempo que sus seguidores esperaban verlo solo en un escenario, apreciarlo como protagonista. Y, con un resultado notable, se puede decir que no ha desperdiciado la confianza que se le ha dado. Ahora, a crecer a partir del 2 de agosto de 2007. Aunque previsible, Iván Vargas es un bailaor de fuerza y raíz. Es puro desde arriba hasta abajo. Pero necesita abandonar el nido y volar ante otros horizontes, que le abran nuevos sentimientos, que le hablen con lenguajes diferentes. Lo más importante, que es la cuna y la capacidad, las reúne. Tiene vista, como sus mayores, lo que necesita es visión. El pan para hoy se acaba. Es mejor saber pescar que tener pescado.

 

Iván comienza su entrega por tarantos. No hay vuelta de hoja. Es su baile. Tiene el sello Maya. Rebosa energía y ganas. Aunque más moderado que de costumbre, sus finales se alargan, sus desplantes sobran. Su baile más redondo fueron las farrucas, que abordó con traje corto y colorado. A semejanza de Manolete, va hilvanando con su zapateado y con los brazos este gran momento. Las alegrías, preñadas de abandolaos, con que termina son igualmente conocidas. El punto de distinción lo marca su traje de chaqueta blanco, tan sólo mancillado por un pañuelo beis con lunares blancos al cuello. A estas alturas ya ha vencido su tensión. Con un público incondicional, con su público, se siente respaldado, a gusto, cómplice. Sonríe sinceramente, gesto que valoro en un bailaor, y se deja llevar por la danza, por el soniquete de la música. Es la pieza que interpreta con más soltura. Pero, repito, necesitaría soltar lastre y conocer las propuestas actuales de flamencos reconocidos. El cuadro que lo arropa, Rafaela Gómez, Johny Cortés y Eli Heredia al cante y Rafalín Habichuela y Emilio Maya a la guitarra, son correctos sin alardes, destacando en momentos puntuales y el cante a dos voces. Para terminar, como en pocas ocasiones ya se ve, se organizó una improvisada fiesta familiar por bulerías, en la que fueron invitados a darse sus “pataíllas” el mismo Manolete, presente en el patio, Juan Andrés Maya, que no dejó de apoyar a Iván desde el principio con sus palmas y con jaleos, y un puñado de niñas entre las que destacaba el valor en alza de Alba Heredia y una chiquilla de apenas cinco años con gracia y arte para regalar.

La mejor savia local

La mejor savia local

 

 

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco

Hay quien opina que no hay que moverse de Granada para escuchar buen flamenco, que no hay que convocar a los artistas foráneos para saborear el espectáculo. Y es que gozamos, junto a Jerez, de la mejor cantera de flamenco en la actualidad, la mejor cantera de nuestra historia, en las tres modalidades. De todas maneras, no podemos ser tan pacatos de encerrarnos en lo nuestro y cerrar los ojos a lo que viene del resto de Andalucía, del resto de España. Podemos presumir de calidad, buena y abundante, una juventud que pisa fuerte, que empuja como no ha empujado nunca, pero prescindir de los valores ajenos, sería como cerrar uno de nuestros ojos o pasear por el Callejón del Gato valleincliniano.

Anoche, o sea, anteanoche, cuando ustedes lean esta crónica, se dieron cita en el Corral del Carbón dos de nuestras jóvenes promesas evidentes. A la guitarra, nada menos que el nieto de Juan Habichuela, del mismo nombre, y, en la segunda parte, el torbellino y la moderación, la elegancia y el depurado estilo de Patricia Guerrero. Juan Habichuela comenzó con una granaína. El indiscutible sello de la familia, el toque especial que caracteriza a los guitarristas de esta tierra, se manifestaba en cada acorde, en cada trémolo, en cada escala. Impregnado todo ello de una sensibilidad especial, de un pellizco sincero y de una velocidad sin precedentes, que nos recuerda algún trabajo del De Lucía. A partir de la soleá, se hizo acompañar del bajo eléctrico de Juan Manzano y de la percusión de Juan Antonio Carmona (caja) y de El Moreno (caja y batería) que, aunque geniales cada uno en su modalidad, enturbiaban las propuestas de una guitarra llena de verdad y de trabajo. Las Alegrías, dedicadas a su padre, Antonio Carmona, fueron un alarde de creatividad y frescura. Arropado hasta el extremo por su público, se sintió como pez en el agua con las vertiginosas bulerías y las rumbas con las que terminó su concierto. En estas últimas, con intervenciones memorables de sus acompañantes.

Patricia Guerrero, más madura que nunca, fue un soplo de frescura, supuso el remate perfecto a una noche que empezó por todo lo alto. Su primera intervención fueron unas guajiras, que danzó con vestido de cola, con abanico y peina. Es un baile inusual. Es un baile atrevido, en el que Patricia se vio muy suelta y seductora. Su porte, su fuerza, su reposo y su tensión, acompañados de un estímulo total, hacen que pensemos en un futuro prometedor. Su mejor entrega vino por levante. Los tarantos rematados por tangos fueron bastante reconocidos. Pasea su palmito por el escenario como pocas. Se bambolea, zapatea, se rompe y se compone, sin perder a compostura, sin dejar de sonreír, buscando siempre la complicidad del público. En realidad, el aplauso más fuerte que se ha escuchado en este patio se lo ha llevado esta bailaora. Para terminar, Patricia vestida de luz, nos ofreció un poquito por alegrías. Otro de sus aciertos ha sido saber rodearse del mejor cuadro que puede haber en esta ciudad: a la guitarra David Carmona y al cante Antonio Campos y Juan Ángel Tirado, que nos hicieron en los intermedios una soleá y una deliciosa rueda de martinetes.

El futuro está asegurado.

* En la foto Patricia Guerrero y Juan Habichuela Nieto (© Nono Guirado)

Noche de fuerza en el Corral

Noche de fuerza en el Corral

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco

¿Qué tienen en común los dos artistas que actuaron el último día del mes de julio en el Corral del Carbón? Sin duda, su fuerza. José Valencia en el cante y Juan Carlos Cardoso en el baile, se destacaron por la frescura de su tronío, cada uno en su modalidad.

Valencia, un exponente imprescindible en el cante atrás, desde hace un par de años ha dado el salto para manifestar sus cualidades también cantando alante, en donde lleva atesorados varios premios, entre otros el del artista revelación en la Bienal de Sevilla 2004. Por este escenario ha pasado en multitud de ocasiones, siempre acompañando al baile, haciendo notar su torrente de voz y su sentido del ritmo. Es por eso que los cantes a compás, prácticamente la totalidad de su recital, sea lo que borda. Aunque no sé por qué extraño mecanismo, el cantaor lebrijano de Cataluña, venía a pasar un examen, a superar una prueba, que impedía su distensión. Siendo un cantaor festero, sus propuestas jondas cobran un gran sentido. Su entrega fue total, incluso denunció el límite de sus fuerzas. Medio en broma cuando le pidieron seguiriyas dijo: “Vais a acabar conmigo”. Con su voz algo tomada, cantó soleares, malagueñas y fue grande en las seguiriyas, quizá con exceso de grito que, aunque controlado, se mire por donde se mire, es innecesario en la resonancia de este cantaor. Los cantes de Cádiz parecían un acompañamiento bailable y no un cante con entidad propia. Personalmente, me quedo con las bulerías llenas de modismos y control y con el par de martinetes que nos regaló antes de bajarse del escenario. Sin micrófono, sin embargo, hubieran sonado más auténticos. Miguel Iglesias, a su lado, es el guitarrista que todos quieren tener, con su creatividad, soltura y el respeto preciso a quien arropa.

Después del descanso, obligado para cambiar la escena, tuvimos otro terremoto. Juan Carlos Cardoso es un bailaor arrogante, de fuerza y maestría. Es un bailaor de raíz, a quien su cuerpo acompaña. Su fuerte es el zapateado, pero no olvida el resto del cuerpo sobre todo el movimiento de sus brazos que, aunque redondos, no dejan de ser masculinos. Recuerda en gran medida a Mario Maya. Sus compañeros amortiguan de buen grado su baile preciso. Un punto a su favor, es prescindir de percusión, de una caja que camufle o redoble sus posibles carencias. Las propuestas de este bailaor sevillano fueron soleares, tientos-tangos y bulerías. Su cuadro también expuso alegrías y mirabrás en su primer cambio de vestuario. Llama la atención Tino Van Der Sman, un tocaor holandés, que da una prueba fidedigna de la universalización del flamenco. Así como el gusto de las intervenciones del cantaor onubense Jeromo Segura con su voz sensible y melodiosa.

* En la foto José Valencia

María José León, entre la ortodoxia y el riesgo

María José León, entre la ortodoxia y el riesgo

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco

No es habitual que se baile una seguiriya con bata de cola, como no es normal compartir escena con una segunda bailaora concediéndole casi la misma importancia que la misma protagonista. Desde un comienzo sabíamos que el recital del jueves en el Corral del Carbón era sensiblemente distinto a lo que ya habíamos visto: un trocito del flamenco antiguo arraigado en una familia de Écija, una población alejada del tradicional duende flamenco. Desde un comienzo comprobamos la emoción de Pepe León "El Ecijano", padre de la bailaora, celebrando su participación en estos prestigiosos Encuentros.

Pepe, como flamenco antiguo, iba presentando unos cantes que, por su evidencia, no necesitaban ser aclarados. De todas formas se agradece el detalle. No todo el mundo está familiarizado con los palos del flamenco y, en esta plaza, predominan los foráneos.

María José León abordó las seguiriyas, como digo, con una bata de cola que le imprimió un sabor especial y novedoso. Su baile recuerda a las bailaoras de antes, pero con una gracia y espontaneidad propias. María José aprovecha el escenario y lo llena con el vuelo de su cola y el molinete del mantón, que recoge al final de la pieza. Arriesgada, como digo, aunque con altibajos reconocibles.

Su mejor entrega, sin embargo, será por soleares, donde se ve a una bailaora segura de sí misma, dominadora y cargada de recursos. Una soleá muy lorquiana, en la que Pepe León, el máximo representante del cante en su tierra, interpreta el "Romance de la pena negra", en la que los guitarristas hacen una buena labor de compenetración e incorporan algunos acordes de granaína, rizando un poco más el rizo. La mejor baza de esta bailaora es el braceo, muestra de buena escuela, y su entrega, que demuestra con la tensión del rostro. Sin olvidar el tacón punta donde tiene mucho que decir.

Entre medias de estas dos piezas, el cuadro de atrás hizo tangos, interpretados por Eva Ruiz, y alegrías, de la mano de Pepe León. Tanto una como el otro, escogieron letras demasiado trilladas. Los cantes de Málaga estuvieron a cargo la segunda bailaora, Lucía “La Piñana”, que parece más rígida y estereotipada que su compañera. Para finalizar, un extenso cierre por bulerías, en el que bailaron al alimón las dos artistas, despidió la velada.

Pellizco en la guitarra y precisión en el baile

Pellizco en la guitarra y precisión en el baile

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco

El soniquete de Jerez se impuso la noche del miércoles en el Corral del Carbón. Diego del Morao, quien ha sido guitarrista de La Macanita, José Mercé o Diego Carrasco, fue un continuo lleno de pellizco y de frescura. Todo suena flamenco, suena gitano, y con esa facilidad como quien lo hace sin querer, sin pensar que está en un escenario en frente de casi trescientas personas. Para entrar en concierto, para tantear el ambiente, Diego, hijo de Moraíto Chico, se arranca por rondeñas. Es su palo más intimista, su pieza, si cabe, más relajada. A partir de aquí todo es fiesta. Un trocito de occidente se establece en el escenario. Sus apuestas, la solea, las bulerías, los tangos, están sobradas de compás que jalean como pocos Manuel Salado y El Quini. Una concesión importante de la noche fueron un par de temas acompañados por el piano salvaje de Yumitu. Dos temas de fresca rumbita catalana, donde parecía que Del Morao acompañaba a la pureza de las teclas y no al revés. El segundo de estos cortes, “Tres gardenias para mí”, con un aire de son cubano delicioso.

Como un huracán de fuerza controlada entra, en la segunda parte Edu Lozano y su grupo. Participante en las compañías de Javier Latorre y Eva Yerbabuena, es difícil ver a este cordobés en solitario por estas plazas. De hecho, presentó su primer espectáculo propio, “El instante del sentido”, en el Festival de Jerez de este año. Su baile es seguro y quebrado, con una técnica muy depurada y movimientos precisos. La soleá, las seguiriyas, los tangos, fueron suficientes para convencer a un público, entregado por otra parte, en que estamos ante uno de los grandes. Su zapateado es puro, concentrado, de una sabrosa gama de matices. E, imprescindible para un virtuoso de la danza, un buen cuadro atrás le da la precisa alternativa en cada momento. Las guitarras en su sitio (Manuel de la Luz y Jesús Majuelos), las voces melodiosas y flamencas (Pepe de Pura, Rafael de Utrera y Jeromo Segura), la percusión de Manuel El Pájaro no es un refuerzo del baile sino un complemento. Edu Lozano lo baila todo. No hace intermedios musicales para recuperarse, sino el preludio suficiente para cambiar de indumentaria. Tal es su energía.

Un bailaor muy completo que, si acaso, le falta expresividad en el rostro, o es muy hierático o demasiado serio. También, como impresión personal, diré que el vestuario no me parece el más adecuado para quien innova en libertad y baila con paso firme.

* Edu Lozano en la foto. 

Cuando hay complicidad

Cuando hay complicidad

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco

Un poco larga resultó la velada del martes en el Corral del Carbón. Y es que Antonio Campos estaba a gusto. Dijo que quería pasárselo bien. Los que sabemos leer entre líneas entendimos que iba a entregarse sin condiciones y que iba a ser lo posible para que el respetable saliera encantado. Y así fue. Tanto, que alargó su actuación unos veinte minutos de más, que fueron muy bienvenidos por los aficionados, si no fuera por la segunda parte, que también ocuparía su tiempo. Y es que los programas dobles, no termino de asimilarlos.

Antonio Campos, como digo, estaba sembrado, a pesar de la poca reacción del público en un comienzo. Se hallaba, como confesó, entre “sota, caballo y rey”. Es decir, a la derecha de Dani Méndez, uno de los guitarristas más creativos y sensibles de la nueva hornada del flamenco; y a la izquierda de Carlos Grilo y Luis Cantarote, una pareja de lujo, que lleva el compás jerezano en las venas. Y eso fue, una noche de compás y entrega, de complicidad y de admiración. Los artistas disfrutaban entre ellos en el escenario y trasmitían esa emoción.

Comenzaron por fiesta, demostrando con creces la habilidad de quien ha nacido “atrás” para este tipo de cantes. Las malagueñas de El Mellizo pronto se abandolaron y terminaron con fandangos del Albaicín. Por Cádiz, Antonio se impuso como un nuevo ortodoxo. Las letras y el tratamiento de las alegrías eran las tradicionales, pero con una adaptación especial. Se rompió en las seguiriyas de Manuel Torre. Para animarse de nuevo cuando los tientos se volvieron tangos que desembocaron en el Monte. Y terminó por bulerías, con las mismas ganas con las que empezó.

Desde Málaga, el baile de Elena Chávez ilustró la segunda parte. Comenzó por tientos-tangos. Su baile es reconcentrado, encorsetado y falto de genio a veces. Pero en su conjunto es redondo y eficaz. Habría que esperar a las seguiriyas y sobre todo a las alegrías finales para justificar su acierto. Entre medias sus músicos rellenaron los espacios de silencio con bulerías, donde destaca “La Repompilla”, como buen reflejo de su antepasada, y su contrapunto en la voz grave de Dalía. Una hermosa zambra, compuesta por Dani Méndez para la bailaora malagueña “La Lupi”, interpretada por Curro de María acentuó sensiblemente esta segunda parte.

Un poquito por bulerías, fuera de programa, donde salieron la susodicha “La Lupi” y dos espontáneas más, remataron una noche, que ya rozaba la madrugada del miércoles.

* Antonio Campos en la foto. 

Blanca Li nos descubre el corazón de Lorca

Blanca Li nos descubre el corazón de Lorca

Poeta en Nueva York

Por fin vemos a Lorca con ojos precisos. Por fin descubrimos su corazón abierto, cosmopolita, orbital. Blanca Li, después de siete años de intento y pandereta, al frente del Centro Andaluz de Danza, nos acerca al Generalife un espectáculo fresco y grandioso. Con una música muy cuidada y una estética vanguardista, Blanca pone en escena más de veinte bailarines y diez músicos para recrear al poeta de Fuentevaqueros. No su poesía, que también. No su vida, que también. Sino sus sentimientos y emociones. El choque frontal con Nueva York, un salto determinante a cielo abierto de alguien al que le han nacido alas y no tiene espacio donde volar. Sólo Blanca Li podía aceptar este reto, sólo la coreógrafa granadina, con un paralelismo puntual con Federico, podía abordar con la suficiente perspectiva esta obra cumbre del surrealismo español, como es “Poeta en Nueva York”.

Andrés Marín, un bailaor matemático, en constante búsqueda, se ha metido en el pellejo de Lorca y ha bordado el asombro y la comunión que tuvo que sentir al llegar a la gran urbe. Una sensación de amor-odio, de atracción y rechazo, de asimilación y de denuncia, sobre todo denuncia. El jazz, el flamenco, el hip-hop, la danza contemporánea se aúnan para formar un libro que es un corazón desgarrado, que son miles de operaciones aritméticas, que son chorros de sangre, que es el Hudson ahogado en aceite.

Nueva York es un huevo cosmológico, es un mundo lleno de humos y de oscuridad, de sangre y de duelo. Es un mundo en blanco y negro que poco a poco va adquiriendo mil tonalidades. Se hace la luz. Nueva York es la prisa; Federico la pausa. Con el flamenco en el corazón va descubriendo otras músicas, otros estilos, grandes contrastes. La llegada de Lorca a ese planeta llega en forma de granaínas y abandolaos. Con ojos de asombro va descubriendo los sonidos negros, Harlem y el Bronx, el bullicio funcionarial durante el día, las miserias de la noche, la muerte violenta y un saxo que llena las calles.

Parece que la lluvia lo limpia todo. Surge de nuevo la ciudad. Una cortina de agua difumina el escenario. Los bailarines danzan bajo el torrente mientras una voz en off recita un nocturno “Paisaje de la multitud que orina”. Es espectacular. Son impagables las figuras que se forman. Cuerpos desnudos, fibras sensibles. El escenario se llena de escaleras, de gente que sube y baja, de máquinas de escribir, de números, de informes. “Pero el hombre vestido de blanco ignora el misterio de la espiga.”

Comienza la soleá de Carmen Linares imbricándose con el texto, que bailan con exactitud Blanca y Andrés. Es uno de los cortes más emotivos de la noche. Pero la escena sigue cambiando, el vértigo anula la prisa. Estamos en “Little Paradise”, un cabaret de finales de los años veinte en el centro de la Gran Manzana, donde suena un jazz tradicional (un aplauso sincero a ese cantante llamado Rob-Li), donde se escucha “Oficina y denuncia”, uno de los poemas más estremecedores de “Poeta en Nueva York”. Continúa la admiración de Lorca, pero ya tiene otros ojos. Se integra. Ahora suena una balada que resuelve Blanca de blanco, con los pies descalzos. Es cuando el presente y el pasado se miran a los ojos. Es cuando Blanca besa el reflejo de Lorca, o viceversa, que el tiempo es tan sólo una dimensión. Encarnita Anillo a continuación entona el “Vals en las ramas”, quizá la más bella canción de la noche, compuesta, como el resto de la música, por ese demiurgo granadino llamado Tao Gutiérrez. Y, para terminar, como todos sabemos, el poeta llega a la Habana. El comienzo de una guajira introduce la rumba, el “Son de negros en Cuba”.

Sólo queda tildar este espectáculo, no sólo de apoteósico, sino de necesario para desentumecer a una Granada que se mira demasiado el ombligo. Aún quedan bastantes días para limar algunas asperezas. A final de agosto volveré a verlo, a disfrutarlo y a preguntarme qué se hará el próximo año para superar esta propuesta.

* EN LA FOTO: mano de Blanca Li (© Karl Lagerfeld)

Con un lenguaje nuevo

Con un lenguaje nuevo

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco

Es difícil escuchar una guitarra nueva en solitario. Digamos que el favor del público se reparte entre el cante y, sobre todo, el baile. Así, cuando se programa un recital de sonanta, son pocos los elegidos. Los músicos jóvenes se suelen quedar para el acompañamiento de cantaores y bailaores. Eso sí, cada vez con más espacios de creación, de recreación, de virtuosismo. Conscientes de esta deficiencia, los organizadores de Los Veranos del Corral, han querido dar cuartel a estos nuevos tocaores para que alcen su voz en un escenario como el que nos ocupa, verdadero trampolín de valores en ciernes.

El tocaor malagueño Juan Requena, visto bastantes veces como acompañante, se descubrió en la primera parte de la velada del miércoles en el Corral del Carbón con un lenguaje propio. Todos los tocaores tienden a parecerse a otro, o a imitar directamente, a Paco de Lucía o a Sanlúcar. Requena recorre caminos inexplorados, contempla nuevos horizontes, en una continua búsqueda. Las granaínas que nos dejó para comenzar fueron profundas y delicadas, para tocar con guantes de felpa, como un grabado antiguo. Delicado y verdadero. Para las alegrías precisó el compás de los percusionistas Herrera y García. Un complemento esencial, sin estridencias, dando la medida justa. Continuó por rondeñas, ese palo tan agradecido para la guitarra, que poco tiene que ver con el cante por rondeñas. Otro momento de introspección sirvió para introducir las bulerías, para las que se unió el piano eléctrico de Diego Suárez, concediéndole en buena medida al resto de su actuación participaciones jazzísticas. Juan, con todo su grupo, terminó por rumbas, talvez la pieza más popular del repertorio.

El baile fresco de Luisa Palicio ocupó la segunda parte del espectáculo. Esta malagueña de Estepona, reconocida con el Premio Revelación en la pasada Bienal de Sevilla, comenzó su entrega por levante. Su baile es purista y tradicional. Los recursos de fuerza, velocidad y el interminable juego tacón-punta, que se dejaban anteriormente para los hombres, son también obviados por esta bailaora. Su estilo es un todo reposado, es puro sentimiento, donde priman los brazos y la cintura. Sus vueltas, quizá excesivas, le hacen apuntar algunos desequilibrios. Para las alegrías finales, siguiendo los cánones, Luisa salió luciendo bata de cola y mantón blancos. Bien movida esa cola, bien aireado el mantón, para un resultado que tan sólo fue bello. La chispa, el pellizco, que se anhela en una bailaora, no estuvo presente. Entre medias de estos dos bailes, Vicente Gelo, uno de los cantaores que la arropaban, con voz aguda y grito moderado, se sintió orgulloso de cantar en la tierra que lo acogía, las precisas granaínas de Chacón rematadas por abandolaos.

* EN LA FOTO: Juan Requena (© Ana Palma)

En casa se calienta el primer carbón

En casa se calienta el primer carbón

Los Veranos del Corral. IX Muestra de Andaluza Flamenco

Con un repertorio nada convencional, comienza Eva Durán su entrega en Los Veranos del Corral, una muestra joven que hoy por hoy pasa por ser la cita más prestigiosa del flamenco en nuestra provincia. Durante tres días a la semana, hasta el 15 de agosto, tendremos a lo más granado del flamenco incipiente participando en este foro. Eva Durán, como digo, comenzó la noche e inauguró un festival que, a diferencia de los pasados años, incluye cante y guitarra, aparte del baile. Esta novena edición comenzó con alegrías de Córdoba, esas cantiñas más relajadas y melancólicas que las de Cádiz. Eva, así, nos muestra desde el comienzo su tesitura y su cadencia. Su cante es relajado y sin estridencias, maduro, para ser escuchado y saborearlo sorbo a sorbo, como el café caliente, pues va manando a borbotones, con un eco tan flamenco como nostálgico. La cantaora de Estepona continuó por levante, cantando mineras y tarantas. Siguió con su entrega novedosa adornándose con bamberas. En las malagueñas bordó las de la Trini y se rompió en las seguiriyas, para terminar por bulerías. Diremos también que el sonido, aunque correcto, es menos fino que en los pasados veranos. Quizá fuera por ser el primer día.

Claramente sacromontano, carbón casero, comienza la segunda parte de Los Veranos con Juan Andrés Maya y su cuadro flamenco. Para abrir boca, Rafaela Gómez nos canta “La mariposa blanca”, ese poema por bulerías que compuso Manuel para una Lole siempre afinada. Con sentimiento, aunque quizá demasiado histriónica, se entrega la cantaora, nunca, en definitiva, a la altura de la Montoya. Las guitarras bien templadas, la percusión precisa y las voces escogidas para acolchar el baile por alegrías, rotundas, de Juan Andrés. Un baile de raíz, un gran baile, de los mejores que patean nuestras tablas, pero posiblemente haya tocado techo. Son contados los momentos de nueva creación que podemos saborear en este baile impetuoso. La “furia Maya”, los finales interminables, la búsqueda del aplauso continuo, los desplantes, las sobreactuaciones… quizá empieza a rozar el tópico.

De nuevo se queda el cuadro solo para brindarnos un poquito por bulerías con sabor a cueva, para dar paso al segundo pase de Maya. Los compases del Concierto de Aranjuez, del maestro Rodrigo, interpretadas por Emilio Maya a la manera de Paco de Lucía, introducen unas seguiriyas preñadas de fiesta y de algunos cantes de la tierra (como los fandangos de Granada auténticos en la voz de Toni Maya). Juan Andrés comienza bailando poco y sobreactuando en demasía. Son esas luminarias en las que el bailaor se siente tan a gusto como el público perdido y extrañado. El nivel alcanzado en las alegrías, en las seguiriyas es puntual intercalado con desconciertos. Con todo con eso Juan Andrés Maya es el mejor bailaor en su estilo. Atalaya y ejemplo para sus seguidores.

Por último, diré que su afición al micrófono al final de su actuación y el rosario almodovariano de saludas y agradecimientos está de más.

* EN LA FOTO: Eva Durán. 

Para abrir boca

Para abrir boca

III Muestra de Flamenco Joven de Huétor Vega

Huétor Vega tiene un festival oficial, que este año cumplirá su edición número veinte, y que podremos ver el 11 de agosto. Desde hace ya tres años, se va apostando en la misma población por un flamenco joven, por unos intérpretes que difícilmente conformarían el cartel del macro evento. ¿O sí? Viendo los años pasados esta muestra, sin lugar a dudas cualquiera de sus actuantes podría dar el salto sin ninguna merma para la fiesta grande. Pero, para este año, se ha apostado por un cabeza de cartel de primera, que ha sido Joselete de Linares, aprovechando su participación como profesor de cante en el “IV Curso de Flamenco de Huétor Vega” que organiza la Peña Flamenca La Parra de esa localidad.

Joselete, con la voz algo tomada, estuvo muy ajustado en su entrega. Hizo soleá, malagueña y se alivió en los fandangos. El de Linares, claramente caracolero, terminó por bulerías y con “La Salvaora”, la famosa zambra del maestro sevillano. Echamos de menos, como buen linarense, escuchar tarantas y algunos cantes de levante.

Antes del jienense, para comenzar la noche, Esther Crisol, una joven con perspectivas dio muestras de su buen hacer. Su voz grave, a semejanza de la de Carmen Linares, no abandonó su estela en ningún momento. No sólo los temas seleccionados y letras escogidas eran de Carmen, sino también su cadencia, melismas y un intento del quejío aguardentoso de la que, hoy por hoy, es la mejor cantaora que existe. Esther comenzó por la caña y continuó por cantiñas, granaína y media, tientos-tangos, quizá demasiado largos, y bulerías, sin duda su mejor entrega. Tanto ella como el tocaor, José María Ortiz, estuvieron algo espesos y faltos de emoción. Tampoco el sonido acompañaba.

Un sonido que fue insuficiente en las dos entregas del baile preciso de Raimundo Benítez. Este joven bailaor, que podemos ver noche tras noche en la Venta del Gallo en el Sacromonte, nos sorprendió por su madurez artística y por su agilidad, centralizada en un juego de piernas envidiable. Respaldado por un cuadro de lujo a sus espaldas, con mucho fue lo que más agradó de la velada, a pesar de que el tablao no era el idóneo y le faltaba sonoridad, un micrófono al suelo, vamos.

* FOTO: Joselete de Linares.

Algunas citas flamencas

Algunas citas flamencas

Hace tiempo que no repaso el calendario flamenco para los posibles seguidores (los seguidores de este blog) (los seguidores del flamenco en Granada) (y la verdad, con escaso eco y fortuna) (seguiré informando no obstante) (incluso).

Hemos pasado el Festival de Música y Danza de Granada (del cual he ido dando buena cuenta) y las aportaciones del FEX (Festival Extensión). Para lo que queda de julio, tenemos algunas actividades flamencas que no debemos pasar por alto.

Los jueves, en la peña de La Platería (a las 21’30 horas) (es un decir, pues antes de las 23'00 no empieza), se siguen haciendo las muestras de flamenco joven, actuaciones populares abiertas a todo el público. Hoy, día 12, podremos ver a la bailaora Estela Rubio y su cuadro flamenco.

Mañana, viernes 13 (ideal para supersticiosos anglosajones), tenemos la "III Muestra de Flamenco Joven de Huétor Vega" (22'00 h) en los Jardines de Huerta Cercada . Actuarán: al cante Joselete de Linares y Esther Crisol, a la guitarra Jose María Ortiz y al baile Raimundo Benítez, acompañado por: Manuel Heredia y Pepe Luis Carmona (cante), Luis Mariano (Guitarra) y Antonia Heredia y Encarni Heredia (palmas).

El próximo martes 17, comienza la IX Muestra Andaluza de Baile Flamenco en el Corral del Carbón (Los Veranos del Corral). Este año, además del tradicional baile de vanguardia que nos vienen ofreciendo cada temporada, se enriquecerá con cante y guitarra, alternativamente. Este martes se inicia el programa con el cante de Eva Duran y el baile de Juan A. Maya.

El miércoles 18, el programa de Los Veranos del Corral, vendrá con la guitarra de Juan Requena y el baile de Luisa Palicio.

También los miércoles de estos meses de verano tenemos flamenco al fresquito del monte. El Museo Cuevas-Centro de Interpretación del Sacromonte , nos presenta este miércoles (22’00 h) a la “Familia Zárate”: guitarra: Carlos Zárate, cante: Sensi de Carlos y baile: Carmen Rosa Zárate. Con la colaboración de Escuela Superior de Arte Flamenco.

El jueves 19, Los Veranos del Corral, tiene la programación exclusiva de baile con el artista Antonio Arrebola.

También, este jueves 19, hasta el 31 de agosto (todas las noches) (domingos descanso), se presenta en los Jardines del Generalife (22’00 h), "Poeta en Nueva York", una obra de Blanca Li (Centro Andaluz de Danza), con Andrés Marín y Carmen Linares (sustituta Encarnita Anillo).

Este jueves, por si faltan ofertas, La Platería presenta a los Hermanos La Luz y su cuadro flamenco.

El sábado 21, podremos acercarnos al "Festival de las Gabias".

Continuamos con Los Veranos del Corral el martes 24 con el cante de Antonio Campos y el baile de Elena Chávez.

El Miércoles 25 doblete. En el Museo Cuevas del Sacromonte (22’00 h) veremos al grupo “Daquí”, con la guitarra de Luis Millán, el cante de José Fernández, el baile de Carmen Yolanda y la percusión de Manuel Vilchez.

Y en Los Veranos del Corral, el guitarrista Diego del Morao y el baile de Edu Lozano.

El jueves 26, en el Corral, continuará programa de baile con Mª José León.

Y en La Platería, ese mismo jueves, Antonio Heredia y su cuadro flamenco.

Para terminar el mes, el martes 31, toca Veranos del Corral, con José Valencia al cante y Juan Carlos Cardoso como bailaor.

Hasta aquí, parte de lo que se programa (no tengo todos los datos ni creo que deba saturar este post). Iré a lo que pueda y comentaré en lo posible todo lo que mis ojos (cada vez más abiertos) contemplen.

 

Un clavo saca otro clavo

Un clavo saca otro clavo

Festival Internacional de Música y Danza de Granada

La francesa

Un clavo saca otro clavo. Es como decir que no hay mejor que el tópico para acabar con los tópicos. La francesa es una obra milimetrada, que pone sus ojos más allá del flamenco, el ortodoxo y el experimental. Con un inteligente andamiaje construye Israel Galván cinco coreografías para su hermana Pastora. Los cinco actos, con sus correspondientes interludios, están basados en el mito de la “mujer fatal” española, tal y como lo concibieron los soñadores franceses. Así, la leyenda destaca a la Carmen de Mérimée a La mujer y el pelele de Pierre Louys o a La maja y el torero de Gautier. Estereotipos tan enraizados que las mismas españolas se lo creyeron y tendían a semejar sus vidas a esas heroínas, como quien lee el horóscopo para saber cómo debe comportarse.

Pero no queda ahí la cosa. En tratándose de Francia y su relación con el país vecino, que somos nosotros, todo son patrones. El viajero galo que recorre la Península exalta el folklore, a los gitanos, a la Semana Santa y a los toros; los músicos de la época ponen sus ojos en España para crear su obra, léase Bizet, Rabel o Debussy. Pinceladas históricas como la resistencia navarra o gaditana frente a las tropas de Napoleón, germen primigenio de las alegrías de Cádiz. Y tantos tópicos…

Todo eso se une a la actualidad, a la sonrisa de medio lado, a la migración, a los franceses españoles y a los españoles franceses, a la vecindad, a la Comunidad Europea, al mercado del fútbol y al trasiego de galácticos, y a José el Francés cantando Fuera de mí ya no quiero tu querer….

Pastora Galván se pone en el papel de La francesa y se empapa de varios siglos de interacción. Nacida flamenca, con una trayectoria flamenca y unos precedentes de los más añejos, Pastora colabora con su hermano, y con ese exquisito compositor catalán de Sevilla llamado Pedro Sierra, para romper moldes y estructuras, para contar algo por medio del baile (y de la música), para divertirse y para divertir al público. ¿Quién dijo que el flamenco debe ser serio?, ¿quién pensaba que en flamenco está todo inventado? Esta comicidad está muy presente en nuestros tiempos. Acordémonos de María Pajes o de Rocío Molina o de Manuel Liñán. Pero, sobre todo de Israel, que se ha empeñado en desmontarlo todo y exponer que si tienes algo que decir, que si tienes arte para contarlo, que si tienes una buena base flamenca y un respeto por tus mayores, es igual como lo digas.

Su hermana coge el testigo y eleva el nivel, si se puede. La francesa es un corpus de sensaciones contradictorias lleno, como digo, de tópicos que romper. Los colores de la bandera francesa predominan entre los músicos. El mismo blasón ilustra el fondo del escenario, hacia la derecha. Pastora baila con pasión y gracia todas las propuestas musicales. Parece fácil, pero son verdaderos ejercicios gimnásticos con trasfondo flamenco. Sólo una mujer con duende y compás, una bailaora de oficio y con una técnica depurada, puede abordar ese reto. Pedro Sierra no para de tañer su guitarra, conduce todos los momentos, los actos, los silencios. Es el alma mater de una obra redonda. Suenan milongas, soleares y bulerías, fandangos, granaínas y zorongo, tangos, rumbas, alegrías, habanera, pasodoble… mezclado con apuntes de la chanson francesa, de sus composiciones clásicas, del cancan…

Es admirable la propuesta, es un lujo la obra, que lleva casi un año rodando desde la pasada Bienal de Sevilla, es grandiosa la música, como grandiosa es la Galván francesa… y el humor. Pastora es la bailaora convencional, la rompecorazones, Salomé, Carmen, Conchita y como Lola se va a los puertos, pero también es la pelona que baila en la verbena, la chica del can que vuela su falda o Zidane (el número 10) que entrena con el balón y da un cabezazo al cantaor.

Pastora termina revolcada con la enseña marsellesa. Por fin acabó con el mito. Ahora empieza otro reto: el de superarse a sí misma, el de cambiar de registro, continuando por este camino, comunicando con este lenguaje nuevo que es el más fresco e interesante que conozco en este momento.

No todo entra en el saco del flamenco

No todo entra en el saco del flamenco

Festival Internacional de Música y Danza de Granada

Gala de Flamenco

Una hermosa luna azul aparecía lentamente por encima del escenario, mientras dos, tres, generaciones de bailaores mostraban lo mejor de su cosecha. Un espectáculo para la ocasión. Un puzzle incompleto del panorama flamenco que, sin embargo, por sí sólo tiene sentido. No hay argumento, no hay trama. Tan sólo verdad, tan sólo flamenco, las entrañas del artista. Quizá parezca pastiche, quizá improvisado, cogido con alfileres, pero todos los años que quedan atrás, los miles, millones de zapateados, están presentes. Merche Rodríguez Gomero, “Merche Esmeralda”, con su única presencia puede acariciar el duende y brindárselo a cualquiera que huela sus volantes. Es la que más se prodiga. En la soleá, con un generoso remate por bulerías, con bata de cola blanca y verde, muestra sus nuevos intereses; la fragua de siempre y las concesiones a la danza contemporánea. Escarceos que lleva al límite en el paso a dos, con Nani Paños, en donde el flamenco se diluye y la belleza del baile no oculta los desvaríos. Sabemos que el norte no es un punto sino una dirección, pero este paso a dos se convierte en un paso atrás y la Gala de Flamenco pasa a ser aflamencada simplemente. Máxime con la voz de Diana Navarro, acompañada del piano de Chico Valdivia, que por buenos orígenes flamencos que consten en su haber, su entrega fue coplera y difusa. Al igual que su interludio musical a capela fuera de lugar.

Más en su estilo, pudimos disfrutar de los tientos tangos, bailados al alimón con el maestro Marín. La frescura y la gracia en sus movimientos, en el juego de muñecas y de manos, no han abandonado a esta gran bailaora sevillana, aunque no se mueva como antes.

Manolo Marín es un maestro, como digo, es un veterano del baile de raíz, de sentimiento. Él no deja resquicios. Su baile es sevillano, quizás el más ortodoxo de los que pudimos contemplar la última noche de junio en los Jardines del Generalife. Al contrario que su paisana, es el que bailó menos, posiblemente porque la dirección artística recayó sobre él. No en vano es un gran coreógrafo, con bastantes y variados montajes a sus espaldas. Sus pinceladas tangueras tenían todo el sabor de un arte recuperado.

Joaquín Grilo es quizá el bailaor bisagra entre las generaciones presentadas. No abandona la ortodoxia pero sus ojos siempre buscan nuevos caminos. Es un creador, un innovador con su propio lenguaje. Lleva tantos años experimentando que de él siempre se espera un guiño, la chispa de un nuevo pellizco jerezano. Fue, junto a La Moneta y a los tientos tangos de los maestros ya mencionados, el protagonista de la segunda parte, para mí la verdadera gala flamenca, el sincero espectáculo que esperaba encontrar.

Joaquín puso por alegrías de manifiesto su elegancia, su sentido del compás y su moderada comicidad. Su cuerpo se desencaja, se distorsiona, para volverse a componer, mientras sus pies elaboran un zapateado preciso, que reluce sobremanera en sus escobillas sin acompañamiento musical, si acaso tan sólo con el croar de las ranas nocturnas a lo lejos.

Fuensanta La Moneta fue la encargada de abrir esta lujosa segunda parte, que vino tras un descanso desmesurado, con unas seguiriyas que no dejan indiferente, quizá demasiado largas. Es su sello de presentación, es su plato fuerte, es el origen y el presente de una bailaora que no dudo en llamar nuestra esperanza blanca. Fuensanta está llena de fuerza y de sabor. Es completa y virtuosa, de pies limpios e imagen evocadora. Siendo la más joven del grupo, demostró con creces cómo se puede ser diferente, cómo arder con otro fuego sin renunciar a las mismas ascuas. La Moneta es una de las elegidas para participar el próximo mes de septiembre en la Bienal de Málaga.

Nani Paños se limitó a acompañar a Merche en el paso a dos del principio. Su baile está íntimamente ligado a la danza clásica. Los giros y tirabuzones, infrecuentes en el flamenco, con naturalidad los incorpora a su entrega, no sin algunos desequilibrios en sus peripecias y rodilla al suelo. Su baile es marcial, algo frío y encorsetado. Tiempo tuvo de lucir sus cabriolas, aunque gozara de un impecable zapateado, en el martinete, que sirvió para que cada actuante expusiera sus credenciales y en un programado fin de fiestas por bulerías.

* EN LA FOTO: Merche Esmeralda

Lejana sombra de Antonio Gades

Lejana sombra de Antonio Gades

Festival Internacional de Música y Danza

Carmen

Un espectáculo se valora en su conjunto, en su resultado final, y no en sus aciertos e individualismos. El ballet “Carmen”, inspirado en la obra de Prosper Mérimée, representado la noche del miércoles en el teatro del Generalife por la Compañía de Antonio Gades le faltó dinamismo y profundidad. Los abundantes silencios, las lecturas entre líneas y los momentos sobreentendidos, junto con un esquema de baile asombrosamente repetitivo y algunas escenas demasiado forzadas, imprimieron a la obra una laxitud inesperada. Incluso, los momentos cómicos resultaron deslavazados y algo burdos.

“Carmen” es una obra de sobra conocida. El público asistente, aparte del programa que añade algunas pinceladas, acudía de sobra aleccionado. Alguien, sin embargo, ajeno al texto, o a las innumerables producciones, de este drama francés, dudo que haya entendido el argumento. El concepto de amour fatal de una trabajadora en la Sevilla de principios del siglo XIX, su espíritu liberal y rebelde, su independencia y poder de decisión, quedan diluidos en la muestra. Porque, según Antonio en el estreno de esta obra en París en 1983, “Carmen no es una mujer frívola ni una devoradora de hombres sino una mujer honesta que cuando ama dice que ama y cuando no ama dice que no ama”.

La firma de Antonio Saura, que colaboró con Gades en el argumento y coreografía, no bastó para infundir valor al espectáculo. El prestigio de un espectáculo se lo da la puesta en escena y el reconocimiento del público. Los veinticinco actuantes sobre las tablas sólo ofrecieron un poder numérico. La sombra de Antonio se entreveía muy lejana.

Sin embargo, no cabe duda, que los bailarines o bailaores son espléndidos en su técnica y sincronía, tal vez demasiado parecidos entre sí, remedos del baile de Gades; que la música está conseguida, quizás a falta de riqueza cromática; y que los cantaores y guitarristas son de gran nivel; pero el resultado final, repito, fue monótono y aburrido. Lleno de aciertos, hay que reconocer, pero pobre para la ocasión.

Personalmente, me quedo con algunas coreografías puntuales, como la obertura con toda la compañía; me quedo con la perfecta sincronía del baile en grupo; me quedo con el vuelo de las faldas y el baile individualizado; me quedo con la soleá y las bulerías, con los tangos de Morente y las sevillanas, con el martinete inacabado y el Verde que te quiero verde por rumbas, aquel que popularizaron Manzanita y los Ketama en la película “Flamenco” de Saura.

Hay que reconocer también la parquedad y versatilidad del escenario, la calidad del sonido y el juego de luces; lo bien resueltas que están las coreografías de las dos, tres, peleas, ya sean a cuchillo o con bastón, que siempre han sido una asignatura pendiente en el baile; y, sobre todo, la participación de la protagonista, Stella Arauzo, ya fuera sola o en el baile a dos, en la que recaía el peso de la trama.

Un aplauso también, de ahora y de siempre, para la composición musical de Bizet, que sonaba en off durante algunos pasajes de la obra. Es lo que sirve de andamiaje a cualquier versión de “Carmen” siendo, como dijeron los creadores de esta representación bailable, “inseparables ya las dos versiones”.

Y una alabanza final a la entrega de toda la compañía que incluso, a la hora de marcharse, quisieron regalar unos bises cuasi improvisados al respetable.

 

 

 

La cueva en el centro

La cueva en el centro

FEX

 

Zambra tradicional del Sacromonte

 

Hay granadinos que sólo conocen la Alhambra por fuera. Hay granadinos que sólo han visto la Sierra de lejos. Hay granadinos que sólo saben del Sacromonte, de sus cuevas y de sus bailes de oídas. Un sabio dijo: “si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña”. Remedándolo podemos decir: “si Granada no sube al Monte, el Monte baja a Granada”. Y así fue. Por segundo año consecutivo, enmarcado en las actividades del FEX, un grupo de gitanos, gobernados por Curro Albayzín, pusieron el sabor y el color de las cuevas al alcance de mil doscientos granadinos y visitantes, tal vez más. Llama la atención la expectación que el flamenco despierta, la acogida respetuosa de los artistas y el orden perfecto de los espectadores guardando su turno y ocupando sus localidades (por fin parecemos europeos).

Un servidor, aunque tiene pase de prensa y otros hilos que mover, guardó religiosamente una cola de casi hora y media para entrar al recinto y poderse sentar. Más de la mitad de los espectadores aguantaron de pie hasta el final que los gitanos repartieron “volaeras, volaeras, volaeras”.

El ambiente estaba conseguido. Un derroche de color en los vestidos, las gitanas de Granada con flores como toca, un humillo que sale de poco a poco representando el hogar, una voz anuncia al comienzo, “que hay danza”, “que han venio’ los señores”…, al igual que gritaban las “avisaoras” en un pasado no muy lejano, cuando los “orejas” subían público a las cuevas.

En la zambra se representan los bailes y cantes típicos que los gitanos granadinos efectúan tradicionalmente en el rito de la boda. Es una manifestación alegre, una fiesta, donde suena la alboreá y la cachucha o el perdón de la novia (Angustias "La Mona", Encarna Heredia "La Gallina" Isa Vega y Anabel Moreno); los tangos del Sacromonte, bailados por La Gallina, los tangos de la flor o de falseta, interpretados por Loles del cerro, una gitana de 80 años cargada de gracia y maestría y los tangos de la Penca; los fandangos del albayzín, verdadero estandarte del cante granadino, el petaco, en peligro de extinción, bailado por Curro, que lo aprendió de María La Vizca y de Pataperro y las bulerías (Anabel Moreno); unos poemas de Lorca bordados por Curro, la soleá de Arcas, que bailó estremecida Angustias Ruiz “La Mona” y una muestra por seguiriyas y alegrías presentadas por tres generaciones, el abuelo Raimundo, la madre Rafaela y la nieta Alba que, con doce años, tiene una trayectoria desbordante; y, para terminar, la mosca, un baile tan picante y atrevido como simpático y garboso.

* FOTO: Curro Albayzín, el año pasado en este mismo espectáculo (© Jesús Montoya)