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La condición de ratero

La condición de ratero

Cree el ladrón que todos son de su condición.

Siempre lo digo: el norte no es un punto, sino una dirección. Llegar a Roma, llegaremos, pues todos los caminos terminan en la Ciudad de los Césares.

Tengo un amigo cantautor que, echando mano de un diccionario inverso, se pensó que de esta guisa rimaban todos los troveros. Conozco igualmente a un pensador que apoya su pensamiento en el pensar de los demás y piensa que todos piensan de igual pensar.

Sé de quien te escucha un diálogo y después te lo cuenta cual si fuera de su cuño; y quien, como Machado, se va autoconvenciendo de su discurso al caminar.

Me sonrío cuando alguien lleva la contraria por defecto y, cuando apoyas su argumento, nuevamente se codea con los antípodas para seguir bien discutiendo.

Hay ladrones de ideas, que, aun sin querer, cualquier luz que atraviese el aire del cual respira, se la apropia como henchido de fulgor; y comparte la broma que en un estadio brillante a ti se te ocurrió.

Alguno se ríe antes de contar el chiste o lo narra por los pies convencido de su eficacia, pues sartenéa por el mango y las moscas se le pegan; esos moscones que lo reciben de espaldas y no dudan en lamerle la gracia a quien ha ascendido hasta del ratón la cabeza.

Muchos tienen libros dedicados de autores que no sólo no conocen sino que no han leído ni piensan leer porque lo suyo es acumular firmas, como quien acumula ’amigos’, como quien acumula libros por metros o posa junto al mediático que, por obligación, simpatía u oficio, acepta el retrato del desconocido.

Desconfío del que tiene la palabra ‘yo’ en su boca de continuo y mira el mundo como desde una atalaya. Desconfío del que no tiene orejas y espera el silencio del contrario para proseguir su discurso.

Existen algunos entendidos de cualquier materia pero, sobre todo, existen los enterados.

Ulah (finales de 235.002 a.C.)

Ulah (finales de 235.002 a.C.)

Cayó la noche tal como puede precipitarse el atardecer del invierno en cualquier ciudad conocida, con la diferencia de que aquí no existían farolas ni tubos de neón que engañasen las tinieblas.

El viento, sin obstáculo apenas, esteparia y libremente recorría el crepúsculo y arrastraba la breve llovizna que caía persistente.

De esta manera sucedía cuando el mundo aún estaba deformado. ¿O se desfiguró después de aquello?

El barro alcanzaba las vencidas ramas de los gruesos árboles, que se cernían lúgubres, alimentando los misterios.

Desvirgando la oscuridad callada, empero, se imponía un punto de luz en la entrada de una cueva, allá entre las rocas. Era la hoguera que calentaba las pesadas y amarillentas manos de las dos hembras de Ulah.

Él terminaría de pulir una punta de flecha con una lasca de sílex para la caza del día siguiente. Seguramente, velando a su vez el sueño de sus robustos congéneres.

Cada vez le costaba menos encender el hogar, el fuego sagrado, casi tanto como la fertilidad de la tierra, de los animales y de las mujeres, que mantienen la especie.

Aprenderían la técnica del pedernal posiblemente por un grupo de nómadas cazadores (quizá con menos pelo), que emigraran tras algún rebaño al más próspero sur.

Los demás cogerían leña, antes de entornar los párpados y dejarse morir un poco por ese día. Los carachata revueltos en su osera, como nido de culebras, entrelazaban feroces sus ronquidos. Sus olores, tácitamente, mantenían la unidad.

La caverna de la roca era sin duda pequeña para tanto homínido, pero revueltos se protegen del crudo temporal que acompañaba esas noches interglaciares.

Ulah se estremece. El hombre sin frente pronto huele a sexo. Se incorpora trabajosamente sin dejar de olfatear el reclamo de su compañera. La más joven, viéndolo avanzar, adopta una postura perruna y sacude el bajo vientre. El macho, sin preámbulos, la cubre (si no es fecunda la arrojará de su lado). Sin palabras, copulan en el lodo, mientras la más vieja, ajena, arranca con uñas curvas y alguna raedera los restos de carne adheridos a un pellejo de venado.

El sol, la luna, marca la jornada.

Al día siguiente se levantará Ulah, que se ha retirado cuando fueron a sustituirlo en la guardia junto al fuego, e irá de caza con el resto de la pequeña horda humana. Quizá les lleve todo el día. Puede que no traigan nada y, con suerte, sólo coman los huevos de algún saurio, raíces y bayas.

Por lo general, cuando el albur les sonríe, dan muerte a las crías perdidas de una manada o al animal viejo o inválido que quedó rezagado o abandonado por su grupo al comprenderlo un estorbo a la hora de cazar o de huir de sus perseguidores. Aunque normalmente acuden a las riberas del río, que se ha encargado, como cómplice callado, de atrapar animales sedientos en el barro de sus flancos.

Si sonríe el albur, como digo, y el animal es grande, su carne puede durar varias lunas, empleándolas más relajadamente en pulir bifaces, hacer punzones y confeccionar vestidos.

Ulah es cazador y es presa a la vez. Uno de los días de su corta existencia será devorado (¿se encomendará a algo?).

Las mujeres también secundaran en la caza de esa mañana y cogerán plantas, gramí­neas y frutas que combinan en su dieta.

Ulah es feo, peludo y chaparro. Tiene las piernas cortas y parece más viejo de lo que es. Ulah sabe que es de noche, pero nunca sabrá que donde encendió su hoguera hoy se alza una fábrica de persianas en Düsserdorf, creo.

* Cuento fechado en junio de 1990.

Solución crucigrama

Solución crucigrama

(Por si alguien se ha entretenido en hacero, que me parece a mí...).

Un bailaor fuera de lo corriente

Un bailaor fuera de lo corriente

Es siempre un placer escudriñar los pasos del que anda por buen camino. Es siempre agradable el reencuentro con la discreta excelencia.

El viernes, enterado de que Luis de Luis bailaba en Jardines de Soraya, en el Albaicín granadino, y después de un tiempo sin verlo, no dudé en reservar una mesa para disfrutar nuevamente de sus propuestas, mucho más si un cuadro de carácter lo arropaba.

Se distinguía en primer lugar a su compañera Esther Marín que, aunque eché en falta un paso a dos, posiblemente por problemas de espacio, tuvo en solitario momentos memorables.

El aspecto musical lo cubría César Cubero a la guitarra y José Cortés ‘el Indio’ (también bailaor) a la percusión. Hay una pléyade en Granada de guitarristas de oficio que, aun tocando a diario y con decidida eficacia, no destacan como debieran. La tierra de la sonanta es tan rica y extensa que un guitarrista de ‘base’, en realidad es un gran artista.

César rellena el espacio con su toque brioso y seguro, en el que el resto de los componentes almohadan su participación. Como puede serlo David Sorroche, un cantaor de ‘élite’, estudioso y preciso; con esa modulación que quien busca en el flamenco algo más lo encuentra.

Por tarantos empezó la noche. Cantes de levante que terminaron por tangos, asomándose a Morente y al Camino. Que bailó un Luis de Luis personalísimo, estratosférico, creativo como él solo y con un punto de programada improvisación digna de figurar en los anales. (Antes de comenzar el espectáculo, me confesó que estaba afectado de la pierna. No se notó de ningún modo, aún cuando mis miradas se dirigían al apéndice dolorido.)

En los abandolaos, el cantaor se acercó definitivamente a Granada. Recordó a Ganivet y al jabegote de ‘vender los ojillos’ que cantara Paco el del Gas.

La tercera propuesta vino por Cádiz y su presencia más popular. Abordó estas alegrías Esther Marín, con una desenvoltura que no conocía, aunque puede que su atención desmedida le restara frescura. Confianza que fue ganando y, en la preñez por bulerías de este cante, demostró la grandeza de su espontaneidad.

Una pincelada por bamberas principió la soleá que remataba la noche. Una soleá que pronto pasó a bulería, donde Luis ofrece con creces la maravilla de su estilo, el control del espacio, el dominio de su cuerpo, el compás a su servicio, la creación continua, el desapego del convencionalismo, la virilidad extrema, la gracia contenida.

Todo esto cobra un valor añadido con la atención y la sabrosura que se respira en Jardines de Soraya. De hecho, cualquiera que me pregunta para ver flamenco de calidad y trato exclusivo (con muestras a diario) le recomiendo este rincón albaicinero.

* Luis de Luis (foto de su facebook).

Redundando en la teoría de los contrarios

Redundando en la teoría de los contrarios

Hace varios años, en este mismo blog, publiqué Una aproximación a la teoría de los contrarios donde quería justificar los extremos comparándolos con su antagónico.

Nada existe, pienso, sino lo opuesto. Nada es verdad si algo no fuera mentira.

Durante milenios los budistas simbolizaban con la dualidad del yin-yang el principio pasivo o femenino frente al activo o masculino, el negro y el blanco, la noche y el día...

Platón, y en los diálogos socráticos, afirmaba que cada ser desea a su contrario, su complemento, y no aquello que es igual él. Así, lo que es seco necesita la humedad, lo que es frío, necesita el calor, lo que es amargo, necesita la dulzura, lo que es agudo, lo embotado, lo que es vacío, la plenitud, lo que está lleno, necesita el vacío y lo mismo ocurre con todo lo demás. Porque el contrario se alimenta del contrario, mientras el parecido no gana nada con el parecido.

Según los Upanishads (libros sagrados hinduistas), el espacio y el tiempo son emanaciones de Brahmán cuyo ser es un más allá del espacio y del tiempo. ¿Por qué? Por la alegría de creación. ¿Por qué hay el mal? Por la alegría de superarlo con el bien. ¿Por qué hay la oscuridad? Para que la luz pueda brillar más intensa. ¿Por qué hay el dolor? Para hacer posible la alegría de superarlo, la alegría del sacrificio por amor. ¿Por qué la creación e infinita evolución del universo? Porque en el fondo todo es amor, y amor puro es pura alegría.

Borges, cuando concibe en Ficciones el universo de Tlön y comenta sus caracteres identitarios, al hablar de los usos literarios, afirma que Los de naturaleza filosófica invariablemente contienen la tesis y la antítesis, el riguroso pro y el contra de una doctrina. Un libro que no encierra su contralibro es considerado incompleto.

En Los orígenes del Pensamiento en el Niño, Henry Wallon escribe que el pensamiento se forma en parejas. La idea de «blando» no se forma primero ni después que la idea de «duro», sino que ambas se forman contemporáneamente, en un encuentro generador: El elemento fundamental del pensamiento es esta estructura binaria y no cada uno de los elementos que la componen. La pareja, el par son elementos anteriores al concepto aislado.

Entre sus Máximas, François de La Rochefoucault, sentencia que Las pasiones engendran a menudo otras que son sus contrarias: la avaricia produce a veces la prodigalidad, y la prodigalidad la avaricia; somos firmes por ser débiles, y audaces por cobardía.

Ahora leo que, en Gramática de la fantasía, Gianni Rodari propone el «Principio de oposición», que fundamenta en la «Teoría de la forma y de la figuración» de Paul Klee cuando escribe que el concepto es imposible sin su oponente. No existen conceptos aislados, sino que por regla son «binomios de conceptos».

René Magritte, Al Gravitar Rodando.

Crucigrama numérico

Crucigrama numérico

Os propongo resolver este crucigrama numérico, donde todas las respuestas son cifras. Por diversas circunstancias, he compuesto de forma muy esporádica algunos pasatiempos, casi siempre por gusto. Es el metaocio, o sea, el ocio para el ocio, como la metafísica es pensar el pensamiento y la metalimpieza es limpiar la escoba.

Tenía que haber hecho un formulario para rellenar estos cuadritos in situ, pero requeriría de un saber y de un tiempo de los que carezco.

Aquí dejo las cartesianas preguntas:

Horizontales.-

a) Colinas de Roma (y también de Estambul). Media docena. Grupo granadino de rock ya desaparecido.

b) El año en que murió Marilyn y yo vine al mundo. Primer año del siglo VIII.

c) Primer primo. Pares descendentes. Talla de cintura de Marilyn.

d) Los Reyes Magos. Ven aquí. Cortázar publica Rayuela (también ese año muere Édith Piaf y Cernuda).

e) Intérpretes de un aria. Dálmatas.

f) Lunas de Júpiter. Nació san Jorge (otros piensan que murió ese año). Ladrones de Alí Babá.

g) Prefijo internacional telefónico de China. Número bíblico. Pareja. Días creando (y al siguiente descansó).

h) Evangelistas. Número erótico. Tenedor de pescado.

i) Noches de Scherezade. Los nombres de Alá.

Verticales.-

a) Llegan los árabes a la Península. Novela de George Orwell.

b) Película de animación. Los cerditos. Con ‘jer’, lo que se ponen los niños cuando las madres tienen frío (Gila). Solo.

c) El número de la Bestia. Produce la triscadecafobia. Minutos de una hora.

d) Aunque sea políticamente incorrecto, y sin que sirva de precedente, mi DNI.

e) El redondo. MMXIII. Rima con ‘oportuno’.

f) Octanos de la gasolina súper. Siete por tres.

g) Año de la batalla de Hanstings. Fases de la luna. Un año más a la mayoría de edad.

h) Número de información telefónica. Los persas ocupan Egipto (con un cero delante).

Soleares

Para un encuentro que tuvo lugar en el Palacio de la Quinta Alegre de Granada entre flamencos y poetas con motivo del FEX (Festival Extensión de Música y Danza), el 27 de junio de 2012, con Josele de la Rosa a la guitarra, cantó Alicia Morales estas letrillas por soleares que le escribí:

Cien caminos llevo andaos
para encontrarme contigo
y ahora que te encontrao
ya no quieres ser mi amigo.

Te digo mi tormento:
siempre estoy riendo,
lloro sólo por dentro.

Parece que estoy llorando
cuando te vas de mi vera,
tan sólo de vez en cuando
no lloro como quisiera.

Para las cuentas que me echas
contigo me encuentro sola;
no sé que quieres de mí
si muero por tu persona.

Ha hecho la Encarna
una cazuela
con doce gambas.

La envidia

La envidia

Siempre he pensado que el verdadero deporte nacional es la envidia, como los sicilianos son cabezones o los alemanes cuadriculados. En realidad, la envidia es condición del ser humano. Desde que el hombre es hombre, el objetivo último de su existencia es la búsqueda de la felicidad. De una felicidad que, en gran medida, se basa en poseer. No sólo la materialidad que proporciona el dinero o el poder. Sino también y sobre todo por la consecución del día a día y los logros que conlleva. Así envidiamos la pareja, la familia, la posición social o el logro del vecino (cuanto más cercano peor).

Las religiones, a sabiendas de esta tentación, la amonestan o la prohíben terminantemente. Los cristianos, por ejemplo, así lo expresan en el décimo mandamiento de su ley: “No codiciarás los bienes ajenos”.

Es muy normal, muy español, muy granadino, que, en vez de alegrarnos por los éxitos ajenos, intentemos ningunearlos e incluso sacar provecho de ellos.

En cierta ocasión escribí que los celos y la envidia son signos de inseguridad. François de La Rochefoucault, hijo de su tiempo, sin embargo, comenta entre sus Máximas: En cierto modo los celos son algo justo y razonable, puesto que tienden a conservar un bien que nos pertenece o que creemos nos pertenece, mientras la envidia es un furor que no puede tolerar el bien de los demás.

Somos atilas, somos hunos. Si alguien levanta la cabeza, presto habrá otro que intentará cortársela.

Ambrose Bierce, en El diccionario del diablo, arremete grandemente en varias definiciones contra estos envidiosos comunes. Reproduzco alguna de estas entradas sin desperdicio:

Desgracia. Enfermedad que se contrae al exponerse a la prosperidad de un amigo.

Depresión. Estado de ánimo provocado por el chiste de un periódico, la actuación de un cómico o la visión del éxito ajeno.

Ambición. Deseo obsesivo de ser calumniado por los enemigos en vida, y ridiculizado por los amigos después de la muerte.

Antipatía. Sentimiento que nos inspira el amigo de un amigo.

Desgracia. Enfermedad que se contrae al exponerse a la prosperidad de un amigo.

Congratulaciones. Cortesía de la envidia.

Evangelista. Portador de buenas nuevas, particularmente (en sentido religioso) las que garantizan nuestra salvación y la condenación del prójimo.

Éxito. El único pecado imperdonable contra nuestros semejantes.

Felicidad. Sensación agradable que nace de contemplar la miseria ajena.

Stefan Zweig casi lo justifica, en Veinticuatro horas en la vida de una mujer, diciendo “Para quien se siente desasido de todo, la apasionada inquietud de los otros produce una sacudida en los nervios, como el teatro o la música”.

Pero Gore Vidal, más realista, no deja dudas y confiesa: Whenever a friend succeeds, a little something in me dies (’Cuando un amigo triunfa, algo muere en mí’).

‘Alegoría del Amor’ de Agnolo Bronzino, fragmento (1540-1545).

El coco

El coco

Tengo un amigo que responde al nombre de Coco (lo vi el otro día). Tengo una amiga que responde al nombre de Coco (hace tiempo que no nos vemos). Ambigüedad andrógina que suele pasar con algunos sobrenombres o diminutivos. Lo mismo ocurre con Chus o con el catalán Pau.

Coco también es uno de mis muñecos favoritos de Bario Sésamo; el fruto tropical de las palmeras; una bacteria; la cabeza pensante del ser humano; o el personaje imaginario con el que se le mete miedo a los niños, como el hombre del saco o el mantequero.

Curiosamente, leyendo entre otros a Corominas, nos enteramos de que el cocotero, árbol procedente de las tierras ribereñas del Océano Índico, aunque se extendió por el Pacífico, en Europa, antes del Descubrimiento, no se conocía.

Fueron los compañeros portugueses de Vasco de Gama en 1498 los que bautizaron su fruto navegando por la costa Malabar.

Cuenta el filólogo que tal nombre le fue dado por comparación de la cáscara y sus tres agujeros, con una cabeza con ojos y boca, como la del coco o fantasma infantil; personaje documentado ya en 1518 en una comedia del portugués Gil Vicente.

Sin embargo, continúa Corominas, ya en el año 1330, el árabe Abenbatuta insistía en la notable semejanza de la cabeza esférica del coco, groseramente figurada, con el de estos frutos

Nuestra vanguardia

Nuestra vanguardia

Trisquel Flamenco

A finales de julio del pasado año pudimos ver en Los veranos del Corral esta obra minimalista, de difícil nombre, que se nos presentó como el aire fresco, como la punta de lanza de unas propuestas flamencas que quieren desatarse el corpiño.

La elegancia siempre es discreta. La grandeza está en las pequeñas cosas. La parquedad de un escenario con tan sólo un piano en su centro, un piano en su centro y un solapado juego de luces, nos trae la excelencia. Repito lo del piano porque es el único instrumento, el hilo musical de la obra en sí, que adquiere un protagonismo evidente. Una obra cerrada, medida, perfecta. Una obra sin fisuras. Compleja dentro de su sencillez, que va imbricando su propuesta, preparando el ambiente, hasta el estallido final en forma de romance por bulerías.

Trisquel es un diálogo flamenco a tres voces; un espectáculo nada convencional donde el piano, la voz y el cuerpo se entrecruzan para crear belleza, para convocar al duende.

Antonio Campos, al cante, ideólogo de la obra, quiere reivindicar, sin alardes, sin gritos desmedidos, su origen gitano, su presente flamenco, su destino orbital. Recuerda a su paisano José Heredia Maya y habla en caló, poniendo sus cartas boca arriba, tirando de compás y de buen gusto, haciendo trascender el estudio que lleva detrás.

Pablo Suárez es el pianista. Sensible y pausado (utiliza el pie izquierdo, que amortiza la melodía). Dimensiona el cante de Antonio, llevando todas las piezas a ser obras de museo. A solas se acerca a Debussy.

Con su baile, Manuel Liñán, va entretejiendo la función como si de bolillos se tratara. Su verticalidad, sentido del ritmo y manera de rellenar los silencios, lo hace único. Reciente ganador del premio Max de Danza, domina el espacio y el centímetro. Su visión coreográfica muestra cómo sus intervenciones escalonadas forman parte de un todo.

Entre los tres cierran un círculo difícil de superar. Ora en conjunto, ora por parejas, ora individualmente, proponen, exponen y disponen, sin temor a equivocarme, el camino por el que debe avanzar el flamenco.

* Foto de Antonio Conde©.

Flamenco de élite

Flamenco de élite

Este miércoles, 29, en el Teatro Alhambra se presenta Trisquel flamenco, una obra exclusiva de Antonio Campos, al cante; Pablo Suárez, al piano; y Manuel Liñán, al baile (reciente premio Max de Danza), a la que es imprescindible asistir.

Se estrenó durante la última temporada en la XIV Muestra de Flamenco “Los veranos del Corral” el 25 de julio de 2012. Me atrevo a decir que fue el espectáculo estrella de aquel ciclo, del que escribí un artículo en su día, publicado en granadaesflamenco.com (mi blog no funcionaba en ese momento), el cual reproduzco a continuación:

Antonio Campos es un cantaor inconformista que busca y rebusca hasta encontrar la veta escondida, en palabras de Neruda, la rompe, la besa. Es gran estudioso, asaz sensible y preocupada.

El miércoles 25 quiso estrenar en el Corral del Carbón sus últimas pinceladas. Esto fue un concierto a piano y voz con un artista invitado al baile. El cante nacía de su garganta, de su cabeza y de su corazón; las teclas eran acariciadas por Pablo Suárez; Manuel Liñán, con su baile, ilustraba los momentos.

Como resultado, una obra delicada, intimista y novedosa, redonda e inteligente, que remueve las entrañas al tiempo que eleva al espectador a la suprema belleza.

Antonio comienza con una copla sentida cercana a la zambra acompañada al piano. A su término, Manuel Liñán, uno de los mejores exponentes del baile granadino, desnudo de todo tipo de acompañamiento, se marca un compás por bulerías con simpáticas concesiones a lo contemporáneo, a la manera de Israel Galván. Este zapateado servirá de hilo conductor durante toda la función, dándole unidad y coherencia. Un espectáculo emotivo, con temas bien seleccionados y no habituales, como la milonga Si llegara a suceder, grabada por Encarnita Anillo en su disco Barcas de plata de 2008.

El piano de cola sirve a continuación de elemento percutido, haciendo compás por seguiriyas, asomadas a la fiesta, los tres protagonistas en su madera e incluso tañendo sus cuerdas. El baile es progresivo. Se hace y rehace, bebiendo de sí mismo como un continuo obstinato. La precisión del bailaor, su verticalidad y sentido del ritmo hacen de la parquedad una virtud.

Una generosa entrega al piano, nada convencional de Pablo Suárez, introduce una intachable granaína. Cuando después, a su término, el cantaor anuncia: “A la memoria de José Heredia Maya” y recita unos versos de este poeta gitano. Primero en caló, después traducido, que Liñán borda, pues está hecho a bailar palabras. El mismo poema termina cantado reuniendo a los tres músicos en plena complicidad.

Otra entrega del zapateado alegre, con grave nota final por el mismo bailaor que termina frente al piano, da paso a un extraordinario solo de Pablo Suárez.

La bambera nos acerca al final. El baile termina remedando los movimientos del cantaor en un paralelismo tan cómico como eficaz.

Acaba la función con un romance por soleares sobre la pérdida de Granada por los moros cantado por Antonio a boca de escenario. El baile se le une antes de ser repetido por bulerías, dando sentido cabal a los varios apuntes con los que ha coloreado la escena a lo largo del espectáculo. El piano también se les une cerrando de esta manera el círculo que con tanta maestría desde un comienzo han trazado.

En conjunto es una obra delicada, coherente y sabia, digna de los mejores escenarios y aplausos de calidad.

* Trisquel en el Corral del Carbón (foto de Antonio Conde©).

Devaneos en otoño

El miércoles envejecí;
lo noté en mi ánimo.
Un amasijo negro de sudores, 
se enrosca en la caja de cambios.
Soy uno de esos 
que mira cuando pasas.
Soy el que muere día a día 
colgado en tu abanico.
El tranvía ha pasado 
sin si quiera mirar atrás.
Un señor lleva 
tu corazón doblado 
junto a la billetera.
El trabajo se sufre
por los trabajadores.
También su ausencia.
El mundo no es redondo por capricho.
Calígula era un dios;
yo no lo niego.
El miércoles envejecí. 
Yo era ella. Y yo era Dios.
No quiero adelantar suspiros.
Derribaré aquellos albatros 
que andan descontrolados 
en los surcos de mi almohada; 
augures negros del silencio
chirriante, en las fronteras del espejo.

* Reviso este poema, que puede tener veinticinco años.

El primer poeta surrealista

El primer poeta surrealista

durmen sus un chivau. 

Guillermo, IX duque de Aquitania y conde de Poitou, "supo trovar y cantar bien". Fue abuelo de Leonor de Aquitania, la gran heroína del siglo XII, esposa de Luis VII de Francia y de Enrique II de Inglaterra y madre de Ricardo Corazón de León.

La mayoría de las composiciones de Guillermo son obscenas y antirreligiosas, aunque también sabía ser galante con las damas y sinceramente místico.

Era un libertino. Jean Markale en La vida, la leyenda, la influencia de Leonor de Aquitania dama de los trovadores y bardos bretones (José de Olañeta, editor, 1992) cuenta la anécdota de que el duque fue excomulgado por la Iglesia por sus continuos desmanes (en Niort, después de haber fundado varios monumentos religiosos, hizo construir un burdel donde las jóvenes habían de ir vestidas de monjas). El obispo de Poitiers fue a comunicarle el anatema. En un acceso de cólera, Guillermo sacó su espada, a lo que el religioso respondió que no temía morir, pues se encontraba en estado de gracia. El conde-duque, enfundando, dijo entonces: “No os estimo tanto para enviaros al paraíso”.

Sus poemas, eróticos en extremo, los recitaba o cantaba al frente de sus soldados para darle ánimos en la batalla. Sin embargo, entre sus versos, se encuentra una balada que no es tal. Me atrevería a decir que es el primer poema surrealista de la historia. Comienza de esta manera:

Haré un poema de la pura nada.
No tratará de mí ni de otra gente.
no celebrará amor ni juventud
ni cosa alguna,
sino que fue compuesto durmiendo
sobre un caballo.

Luis Alberto de Cuenca, en el prólogo a la Poesía completa de Guillermo de Aquitania (Siruela, 1983), cuenta: “Probablemente sea esa canción una de las más hermosas y actuales de toda la lírica trovadoresca. Y ello por la maravillosa atmósfera de irrealidad y de misterio que envuelve todo el vers, haciendo de la pura negación un tema literario. Si en sus ocho estrofas comienza la poesía occidental, en ellas está también el fin de la misma. Guillermo —como Samuel Beckett— inauguraba y clausuraba al mismo tiempo”.

¡No hemos inventado nada!

Las Pléyades

Las Pléyades

Un grupo de siete estrellas pertenecientes a la constelación del Toro, cuya estrella más brillante es Aldebarán, a la que no debemos mirar muy seguido porque hace violento, eran hijas del titán Atlas, quien, con sus hombros como pilares, mantenía la Tierra separada del cielo, y, con Diana, compartían la afición a la caza.

Los griegos pensaban que las Pléyades eran palomas (de ahí su nombre), los latinos que una gallina con su pollada, para los árabes fueron un pezón de Turayya y, en mi historia inédita de Septimio de Ilíberis, no eran más que "un racimo de uvas bien lustroso para alegrar los cielos y mantener la copa de Júpiter, el amontonador de nubes".

Aunque las llaman 'virginales', las Pléyades fueron amantes de los dioses. Zeus amó a Maya, con la que concibió a Hermes; a Taigete; y a Electra. Poseidón estuvo con Alcione, abuela de Orión; y con Celano. Ares sedujo a Estérope. Y la séptima, Mérope se enamoró de Sísifo, el único mortal, hijo de Eolo, quien terminó arrastrando perpetuamente una piedra en el Tártaro cuesta arriba y, cuando llegaba a la cima, volvía a caer, como castigo de haber promulgado los amores de Zeus con una ninfa.

Tras la persecución libidinosa de Orión, que no respetaba ni a su abuela, Zeus las convirtió en las estrellas que son, en brillantes 'palomitas' en el firmamento. Sólo una brilla menos, Mérope, avergonzada, según cuentan, de su amor humano. Por eso, a simple vista parece que son seis en vez de siete.

Las Pléyades se ocultan durante cuarenta días y cuarenta noches, indicando a los labriegos de antaño el tiempo de labranza.

“Tanto el arado, como la siembra y la cosecha hay que realizarlas desnudo, como dictó Deméter, de hermosas trenzas, para agradar a la tierra y obtener buenos frutos”, aconseja el padre de Septimio en la novela indicada.

Las Pléyades, por el pintor simbolista Elihu Vedder (1885).

Caballa almorávide al horno

Caballa almorávide al horno

Con la llegada de los integristas almorávides, a finales del año mil, llegó también una cocina de campaña, apropiada para un tajín, o tortera de barro cerrada, de medianas dimensiones, y una inclinación a hornearlo todo, para crear una corteza bien dorada y hacer el alimento transportable y duradero, eficaz para una vida nómada.

Los mercaderes, sobre todo, pero las gentes en general, iban y venían del norte de Marruecos a la Península, basteciéndose por el camino de toda clase de pescados.

Especial aprecio tenían por la caballa y su abundosa carne blanca, que gustaban encerrarla, una vez limpia y cortada, escaldada (como todo pescado grande), especiada y bañada con agua de rosas, en el horno acompañada de verduras de varia condición bien fajadas.

Sobre la inexistencia del infierno

Sobre la inexistencia del infierno

Creo que fue Bierce quien contó que, cuando la versión jacobina del Nuevo Testamento estaba en proceso de evolución, la mayoría de los piadosos sabios ocupados en la obra, insistieron en traducir la palabra griega Aidns como “Infierno”; pero un concienzudo miembro de la minoría se apoderó secretamente de las actas y tachó la objetable palabra donde quiera la encontró. En la próxima reunión, el obispo de Salisbury, revisando la obra, se paró de un salto y exclamó, muy excitado: “¡Señores, alguien ha abolido el infierno!”

Y es que los crédulos son multitud, pero los incrédulos suelen ser más pesados.

Manuel Vicent, en un artículo antiguo para El País decía que “lo peor del infierno es que está pasado de moda. El infierno ya no se lleva”, terminaba asegurando como si las tinieblas fueran una ventolera.

A santa Brígida de Suecia, ya lo he contado más de una vez, el mismo Dios le confesó que “el infierno estaba vacío”.

Quizá el infierno sea un invento para mantener a raya a los creyentes, como el cuarto de las ratas para un niño o la idea de apretarnos un poco más el cinturón para salir de una crisis que sólo está en la cabeza de los temerosos y en el bolsillo de quien maneja mi barca.

Jaque mate

Jaque mate

En los duelos de siglos pasados, en los que un guante hacía de Rubicón, los contrincantes, que se batirían a pistola o espada, además de acudir al Campo del Honor con sus dos padrinos, portaban una carta en el bolsillo de su chaleco o en la faltriquera por, si resultaban muertos en el arrostramiento, les sirviera como despedida postrera a un mundo adverso que sin él, ¡ay!, seguiría girando impasible.

La noche anterior, como el que vela armas, se habría pasado el duelista componiendo esta triste despedida, en la que, en primer lugar, perdonaba al ejecutante que le había dado muerte y humildemente le concedía el beneplácito de la razón (el destino había hablado); en segundo lugar, daba las gracias a los oficiantes y firmaba, en su caso, nota rubricada para la Justicia diciendo que habían sido forzados a desempeñar tal padrinaje, y los eximía de toda responsabilidad; en último extremo se despedía de sus seres queridos, de su buen amada que, en bastantes de los casos, era el motivo de aquel encuentro.

Hace poco comenté, en un post llamado Elegancias e inconvenientes (1 de mayo), la anécdota de aquel noble francés que andaba leyendo, cuando los guardias irrumpieron en su celda para acompañarlo a la guillotina, y antes de incorporarse para emprender el último de sus paseos, graciosamente dobló la esquina de la hoja en que había abandonado la lectura.

Se cuenta del humorista Muñoz Seca que, acusado de albergar ideas ‘monárquicas y católicas’ iniciada la Guerra Civil Española, fue condenado a muerte. Al pelotón de fusilamiento le dirigió estas palabras: “Podéis quitarme la hacienda, mis tierras, mi riqueza, incluso podéis quitarme, como vais a hacer, la vida, pero hay una cosa que no me podéis quitar… y es el miedo que tengo”. Dicen que los soldados que lo habían de fusilar le pidieron perdón, él los consoló diciendo que estaban perdonados, que no se molestaran, “aunque me temo que ustedes no tienen intención de incluirme en su círculo de amistades”, añadió.

También es popular el cuño de la frase de origen incierto: Dentro de cien años, todos calvos. La historia más estandarizada se remonta al 11 de abril de 1888, en el ajusticiamiento en Madrid de los autores del crimen conocido como del Barrio de la Guindalera. Uno de los reos, dirigiéndose al público, pronunció dicha sentencia convidando indirectamente a todos los presentes a acompañarlos, tarde o temprano.

Otros investigadores y curiosos le adjudican variados manantiales. Covarrubias, en Tesoro de la lengua castellana o española, atribuye la frase a Jerjes, rey de los persas (siglo IV a.C.), que la pronunció al contemplar su imponente ejército dispuesto a invadir Grecia, sin sospechar lo más mínimo el resultado opuesto a dichos pronósticos. Con este dicho, continúa el erudito, el rey quiso aludir a que, después de su presencia, ya no quedaría nada.

Otro condenado al paredón, que lamentablemente no puedo especificar, a un caro amigo que fue a acompañarlo durante sus últimos pasos en este mundo, quizás por los impedimentos para caminar después de la tortura, vino a decirle que lo abrigara porque hacía fresco esa mañana, vaya a ser que advirtiesen su temblor y creyesen que era miedo.

La parquedad de Rafaela Carrasco

La parquedad de Rafaela Carrasco

Flamenco Viene del Sur

Un anticipo de este espectáculo, De un momento a otro, de Rafaela Carrasco, lo tuvimos este verano en el Corral del Carbón. Ya supimos de su estilismo y su compás; de su preferencia por el juego de pies y el discurso percusivo; de su baile minimalista y desenfadado, quizá demasiado.

Rafaela sabe disfrutar de su baile y sabe rodearse de los músicos versátiles que le almohaden el encuentro. El granadino Antonio Campos, al cante, compañero casi inseparable, es de los granadinos imprescindibles en la escena de atrás. Jesús Torres y Juan Antonio Suárez ‘Canito’, a las guitarras, le dan una vuelta de tuerca al flamenco. Suenan con una acústica especial, se desbordan por los costados y se complementan como si fuera un hombre de cuatro brazos. Y, a la percusión, a ese protagonismo evidente de la percusión, el finlandés Karo Zámpela borda de encajes todo el conjunto.

Es precisamente este percusionista el que abre y cierra la función con un pandero que le da pie a carrasco para exponer su conceptualismo lleno de sensaciones. El pandero introduce fandangos, que llevan sólo compás. Antonio, un cantaor que se sale, atrae el cante a sus melismas, respetando la tradición. Rafaela vuela, vuela Rafaela, y nos trasmite ese aire de libertad.

Serán con este cinco momentos en los que expone su danza de vuelta, el saber acumulado de muchos años, las propuestas que ha ido fraguando para abordar los cantes tradicionales. Son cinco momentos de parquedad generalizada, entre los que se suceden propuestas musicales para alentar los suspiros.

Las bulerías no tienen anverso. Las bulerías no dicen mentiras. En el baile por bulerías, en la simple pataílla, se aprecia todo un conjunto de gracia, compás, espontaneidad y eficacia.

El pasodoble es un clásico en el repertorio de esta bailaora, que interactúa con los músicos como si de improvisados partenaires se tratara. Un pasodoble que se asoma al tango argentino y Antonio lo preña con sabor a fandangos.

Tanto las cantiñas como el tema final, Panderos, viene coreografiado por Manuel Liñan. En el artículo dedicado a este bailaor, hice mención a que componía para bastantes artistas y era un referente en el baile nacional. He aquí la prueba.

Con bata de cola blanca (la única vez que no baila con pantalones), borda la pieza más enraizada de todo el espectáculo. La pausada escobilla es digna de aplauso.

Para terminar, el breve escenario, con cinco panderetas alternas, cobra vida y los cuatro músicos se tornan tamborileros marcando con precisión el romance preferente que Antonio nos dice. Es la guinda de la obra. Es donde Rafaela muestra sus cartas y confiesa su paradero y su trayectoria y el movimiento que la convence.

Todo esto, como en inesperado regalo, se envuelve en el sonido preciso de Juan Benavides, de Juan Benson.

Los cerdos no sudan

Los cerdos no sudan

La Real Academia Española, más por presiones externas (Uruguay) que por iniciativa propia, ha desterrado de su diccionario expresiones racistas o xenófobas, trasnochadas en todo caso y con un sentido sinsentido.

Voces como judiada, hacer el indio, trabajar como un negro, dejarse engañar como a un chino o cabeza de turco (por no hablar de los términos gitano o moro), desaparecerá del libro del saber de esta institución, empeñada en darle brillo y esplendor a la lengua castellana desde 1713.

Sin embargo, en nuestro lenguaje habitual tenemos algunas expresiones referentes a los animales que son tradicionalmente admitidas, a veces por lo certeras y otras por usanza.

Nadie ha protestado por ellas ni sé si protestará. Yo lanzo la mano y escondo la piedra con este breve post.

Tener más vista que un lince, ser astuto como un zorro o cantar como un ruiseñor, no están mal verdaderamente por su aspecto positivo. Pero ser más puta que las gallinas, parir como conejos, dormir como un lirón, llevar una vida perra o ser un burro, atentan contra la dignidad de las bestias (obsérvese el nominal empleado y sus ambiguos significantes).

El tiempo, la historia, la observación y la filosofía certifican la veracidad de estos dichos. Un minucioso (o no tan detallado) estudio del comportamiento animal, como poco, nos inclinaría a la duda.

Verbi gratia, sudar como un cerdo. Marvin Harris, en su ensayo antropológico Vacas, cerdos, guerras y brujas, lo expone claramente: “El ser humano, que es el mamífero que más suda, se refriega a sí mismo evaporando 1.000 gramos de líquido corporal por hora y metro cuadrado de superficie corporal. En el mejor de los casos, la cantidad que el cerdo puede liberar son 30 gramos por metro cuadrado”.

Así, el porquero de Ulises lo sabía, no es extraño que en la pocilga se escuche la expresión: estoy sudando como un hombre.

Caminando por Bojaira

Caminando por Bojaira

Seguimos caminando por Bojaira. Jesús Hernández es un pianista de jazz que, desde hace al menos media docena de años, se está acercándo al flamenco, impregnándose de él. No le interesa adoptar las claves del cante y trasladarlas a su música, sino al contrario, emprende el humilde camino de hacer flamenco con las claves del jazz. Así su música es completamente reconocible en nuestros esquemas. Así su toque suena a flamenco.

A principios de año, este pianista granadino lanzó un disco (Bojaira) con todas sus inquietudes. Algunos temas que lleva en cartera unos cuantos años (colombiana) y otros de reciente factura para la grabación. Como resultado, un disco redondo, lleno de verdad y de respeto, que no puede defraudar ni a los amantes del jazz ni a los amantes del flamenco.

Como buen jazzero, concede un amplio margen a la improvisación y a los hados del momento. Como buen jazzero, cada apuesta es distinta dependiendo de la formación de ese momento (los músicos de jazz y los flamencos, en el buen sentido de la palabra, son mercenarios) y del capricho de los vientos, acercándose al dictado machadiano de que los pasos determinan el camino.

La apuesta era segura, no me cabía duda. Mis expectativas, sin embargo, quedaron cortas por la excelencia complice entre una buena interpretación y un sonido impecable.

Comienza la noche con las mismas seguiriyas con las que empieza el disco. Desde un principio se vino a apreciar la perfecta comunión de un baterista completo (Álvaro Maldonado) y de un bajista necesario (Manolo Sáez) con el piano de Jesús, que forman el trío base de la agrupación. La parte melódica, aparte de la voz versátil de Sergio Gómez ‘Colorao’, correspondió al saxo tenor de Paul Stocker, con solos memorables. Los pies (el taconeo) que le aportan a este tema una dimensión más que interesante, arraigada en la madera de la tradición, los prestó José Cortés ‘El Indio’, que, en el resto de la función, va metiendo su preciso juego de tacón punta, a veces olvidándose del resto del cuerpo.

Para los tientos-tangos (Sueño alfa) tiene un particular protagonismo la voz de Sergio, aunque genéricamente la voz se convierte en otro instrumento al servicio del conjunto. El compás es contagioso y la admiración creciente. Admiración que goza de especial aplauso en las variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach por soleares, que no vienen a ser más que unos virtuosos ejercicios para teclado en número de treinta y tantos, a la que Hernández quiso contribuir.

Acaba esta primera parte con la bulería llamada Laura, cargada de remates espontáneos, que se prolongan en la bulería con la que empieza la segunda parte y que le da nombre al disco. El bajo eléctrico ha cambiado por el contrabajo de Nico Langenhuijsen.

La fiesta continúa por alegrías donde se evidencia sin distinción el peso del flamenco y coge las riendas de la percusión Babacar. Hacía tiempo que no veía un baterista con la personalidad de este senegalés. Es un espectáculo verlo tocar, desde la manera de asir las baquetas hasta la contundencia en su toque.

Las colombianas, La risa de Mario, como digo, ya es un clásico; y la granaína, Camino a Mauá, que a su mitad se abandola con guajiras, le debe algo a Debussy.

Por bulerías, fuera de los ocho temas que componen el disco, termina la velada. Expusieron el tema Iris de Whayne Shorter, ya con toda la formación en escena.

Como bis imprescindible, suenan los tangos del saxofonista Paul Stocker, con indiscutibles aires del De Lucía.