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Con Saura llegó la luz

Con Saura llegó la luz

Festival de Música y Danza de Granada

Flamenco hoy de Carlos Saura

Tratándose de Carlos Saura, asistimos a un largometraje. Más de dos horas de función, con su intermedio en el ecuador y unos asientos que se iban trocando en piedra a medida que pasaban los minutos, merman cualquier atisbo de buena voluntad.

Destacamos el juego de luces (Paco Belda y Joaquín Osuna); el aprovechamiento del espacio (Laura Martínez) que, con cuatro grandes bastidores y cuatro espejos, dinamizan la escena con decenas de ambientes; y el vestuario (Antonio Alvarado), más de las chicas que de los chicos, que agrada el conjunto y da versatilidad a ese diseño lumínico. Destacamos sobre todo el armazón musical creado por Chano Domínguez y Antonio Rey, guitarrista sin fisuras del espectáculo, ganador del Premio Nacional de Guitarra en sus tres categorías; la genérica plasticidad coreográfica de Rafael Estévez y Valeriano Paños, dos de los bailaores actuales que más tienen que decir; y la propuesta escénica y primera obra en vivo dirigida por el cineasta español.

Sin argumento reconocible y un afán por mostrarlo ‘todo’ y homenajear al flamenco a través de sus grandes figuras y momentos, se nos presenta una obra sin duda bella pero sobrecargada de intención. Nada menos que diecisiete momentos (a veces subdivididos en varias escenas) constelan la función.

Citando no más a los bailarines de buen nivel: Ana Morales y Rosana Romero, como solistas (además de los coreógrafos aludidos), y como elenco: Carmen Manzanera, Sara Jiménez, Macarena López, Andoitz Ruibal, Oscar Manhenzane, Daniel Morillo, Jesús Perona; a los músicos de altura Javier Galiana (piano), Ernesto Aurignac (saxofón/flauta), Martín Meléndez (bajo/chelo), José Córdoba (percusión); y a los meridianos cantaores: Sandra Carrasco, Blas Córdoba, Israel Fernández; se nos iría un artículo que pretende no ser demasiado ancho.

Así, no desgranaré todo el programa, sino, permitidme,  que dé sólo unas pinceladas. Después de una breve presentación, Sandra Carrasco interpreta unas nanas, Hágase la luz, con una voz tan hermosa y sentida que puede le traicionara en otras entregas (Piensa en mí).

Al mejor Paños lo veremos en la farruca, como al mejor Estévez lo veremos en la zambra caracolera casi a los postres.

La propuesta por sevillanas y su comparación entre las bíblicas de Alosno, con su lentitud acentuada, y las corraleras de Lebrija, con su comicidad vertiginosa. Quizá, la parsimonia de las primeras, hizo alargar innecesariamente una escena que llegará a apuntarse un poco más tarde.

La Danza de los ojos verdes y el Fandango de Bocherini, donde se da paso a la escuela bolera y al clásico español, quizá fueran las piezas más cansinas, aparte del piano de Galiana y las humoradas de Rafael.

La guajira de Ana Morales fue una gozada de sensibilidad y estilo.

En la segunda parte, más deslavazada, tiene lugar hasta el pasodoble. Las bulerías divididas en cuatro (tierra, aire, fuego y agua) también son dignas de mención. La luz, el estilo y la sal de los actuantes (Estévez, Morales, Paños, Romero) ofrecen parte de los mejores minutos.
Aplaudo, como los dos días pasados, la entrega por seguiriyas y la novedosa y eficaz soleá blues masticada gozosamente por el piano, saxo, bajo eléctrico y escobillas de jazz.

Termina el espectáculo por cantiñas. Unas alegrías que vindican más que nunca su hermandad con el pueblo zaragozano, visiblemente en sus letras, y que terminan, para mayor abundamiento, en una jota aragonesa, o sea, en una jota gaditana.

* Uno de los carteles anunciadores de Flamenco hoy de Carlos Saura.

Dorantes iluminado

Dorantes iluminado

Festival de Música y Danza de Granada

Sin muros! 

David Peña ‘Dorantes’ es sobre todo un músico. Su nacimiento y experiencia lo forman como flamenco, pero su apertura de miras lo acunan más allá.

Ayer, en el Palacio de Carlos V, quiso presentar Sin muros!, según dicen, su trabajo más personal. Sin muros! es el delta coherente donde desemboca el río que nos lleva desde que en 1996 grabara Orobroy. Es la culminación de una etapa o el comienzo de otra que rezuma precisamente libertad, ausencia de corsé y de paredes.

El pianista sevillano se rodea de una serie de grandes músicos restándose él mismo un protagonismo tentador y creando así el gran combo necesario para ofrecer su propuesta orbital.

Su incursión en el jazz no es tan profunda como la que concede al clásico contemporáneo en los primeros temas en donde expone su oferta. En la guajira Atardecer el contrabajo de Javier Moreno desentona (se recuperará, aunque no determinante, en los temas sucesivos). La percusión de Javi Rubial se hace tan necesaria como memorable un poco más adelante.

Otro par de temas, Ante el espejo y Errante, para declarar, corto de palabras, no de sentimiento, que dedica el concierto a Enrique Morente y que nos tiene preparada la sorpresa de contar entre sus filas con Marina Heredia, que hará una fabulosa presentación por granaína y media.

Arcángel toma el relevo de la granadina, interpretando Aliento, una seguiriya rica en melodía y con un obstinato a compás digno de elogio.
A partir de aquí, con el sexteto en pleno, se alternarán Marina, con las alegrías Caracola y el onubense con un romance. Un aplauso aparte merecen los músicos, Ricardo Moreno a la guitarra acústica, Faikal Kourrich al violín y sobre todo Marcelo Mercadante al bandoneón, dimensionando toda la obra con sonidos porteños y orientales.

Las bulerías 4 Leguas de amor nos precipitan a un final claramente reconocido con el respetable por derecho aplaudiendo de pie.

Como bis casi obligado, Dorantes interpretó su Orobroy, preñándolo en su mitad con una gavilla de fandangos dichos en alternancia por los dos cantaores. Una delicia.

* Un momento del espectáculo (foto expoliada de la edición digital de Ideal firmada por González Molero).

La Alhambra se tragó a Mercé

La Alhambra se tragó a Mercé

Festival de Música y Danza de Granada

Flamenco del milenio

Hubo varias razones para que José Mercé no diera el cien por cien que se esperaba. A saber: el público no era eminentemente flamenco, sino que respondía a esa heterogeneidad media que acude habitualmente a este Festival; su dinámica, por otra parte, pasa por un respeto rayano en una desconsiderada frialdad; quizá, por último, el Patio de los Arrayanes de la Alhambra terminará por fagocitarlo.

A esto se le debe añadir la elección de un repertorio denominado Flamenco puro ‘Jondo’ que, a los no iniciados, les resultaría distante y a los aficionados se nos podría quedar corto.

No obstante, José, llegó dominando. Con su chaqueta roja y su estampa mediática, prometía arrasar. Reconoció que el sitio le imponía, pero que era un privilegio cantar en él. A la guitarra Diego del Morao, heredero directo del compás jerezano, ofrecía seguridad.

Unas correctas malagueñas, donde Chacón dio el punto de partida, sirvieron para templar al artista. No era mal comienzo. La soleá, que se supone que es uno de sus fuertes, estuvo comedido, sin arriesgar, como cumpliendo un compromiso.

Entiendo que hay cantaores, que hay artistas, que se les debe exigir según su altura y la largueza de su sombra. Un flamenco como Mercé no debe dejar rendijas por donde se cuele el aire; bebe romperse con cada tercio y hacer vibrar a la concurrencia.

La única vez que se nos erizó la piel un tanto así, la única vez que amagó el estremecimiento de un placentero pellizco, fue con la seguiriya. También Morao estuvo extraordinario, alternándose con el maestro, dando dos de cal y ninguna de arena.

Parecía que con esta entrega comenzaba el concierto, que Mercé bordaba de molde las letras que lo preceden. Pero fue el canto del cisne. Un quiero y no puedo, una apatía y un jota, caballo y rey determinaron el resto del recital.

La desgana posiblemente respondiera al efecto pescadilla: no terminaba de conectar con el público, ergo la parroquia no comulgaba con ese oficiante.

Los tientos-tangos fueron de mal en peor. Para el remate le faltó compás. No sé por qué llevó a dos palmeros consigo, Mercedes García ‘Merce’ y Manuel Pantoja ‘Chicharro’, si sólo lo arroparon a los postres. En los naturales se defendió acordándose de los grandes. Y para las alegrías ya se unieron los coros con menos eficacia que de costumbre: sus voces no se escuchaban.

Las bulerías, con las que acabó la función, sirvieron para elevar nuevamente el listón. El soniquete de su tierra se impuso como marchamo indiscutible, en el que Diego, dejando hacer, tuvo un papel protagonista.

Como fin de fiestas, un poquito más por bulerías, fuera de micrófono, pusieron la guinda a un pastel artificiosamente edulcorado.

En general, quizá más por la calidad que por la cantidad, el recital quedó cojo. Así que, después de retirarse y con el público yéndose, regresó para cantar post festum su éxito Aire en el que paradójicamente creí adivinar algunos ahogos.

Tranca, la tranca

Tranca, la tranca

Dice la cancioncilla popular: Tranca, la tranca rompió un jarro; / tranca, la tranca lo rompió; / adivina quién te dio / y quién te pegó. Es un juego infantil del año de Maricastaña que consiste en que uno se la queda y amaga en las rodillas de la madre (director del juego), con los ojos ciegos, y los demás niños se sientan enfrente de ellos(1).

Previamente se ha puesto cada uno un nombre secreto de fruta, de color, de animal o de lo que toque. Al final de la estrofa, que cantan todos juntos, la madre designa uno de estos nombres y sigiloso el aludido se levanta para darle un cachete al arrodillado en las haldas, que, dándose la vuelta debe adivinar quién le dio y quién le pegó, mientras los demás miembros del juego, girando el índice levantado, pueden ir cantando: lío, lío / que yo no he sido. Si acierta, el señalado ocupa su puesto; si no, se vuelve a quedar.

El otro día salió a colación este entretenimiento pueril. Recordé a Juan que de pequeño jugaba yo con él, con la salvedad de que yo hacía de madre y demás jugadores, mientras él siempre amagaba.

En vez de nombres de hortalizas o razas de perro, rememoraba con cierta comicidad, ponía nombres de guerreros de la antigüedad o de estrellas. Decía, por ejemplo: qué venga jenízaro, o mirmidón, o lacedemonio… o, por otra parte: Betelgeuse, o Aldebarán.

Lamentablemente mi hijo no recordaba nada de eso.

(1) Ya, en el siglo XIX, Guy de Maupassant habla de este juego de niños. Lo menciona en el cuento Chali, incluido en Les soeurs Rondoli (1884): “Nos lo pasábamos en grande jugando al escondite, al pilladilla y al adivina quién te dio…”.

El abrelatas

El abrelatas

Por las tardes, para atravesar las horas de más calor, mi hijo y yo buscamos una película online y la vemos cómplices en nuestra pantalla de mediano formato. No tenemos preferencia, aunque nuestros intereses se decantan por la historia y el mito o directamente por el humor en sus múltiples épocas y facetas.

El otro día estuvimos viendo Amor en conserva (1949), de los Hermanos Marx, con una jovencísima Marilyn Monroe, que no parece ni ella, luciendo piernas y talento. Una apuesta segura, aunque los números musicales nos aburren un poco. Somos incondicionales de Groucho y las payasadas de Harpo tienen su punto, para mí asaz trasnochado.

No es mi intención desvelar la trama u opinar de la película y su desarrollo; ni siquiera mostrar nuestra interacción con ella o sus diferentes gags. Tan sólo comentaré que todo el filme gira en torno a una lata de sardinas, marcada con la cruz de malta, que contiene un collar de diamantes.

Son varias las conservas de pescado las que se abren en directo. Pero (y aquí radica lo extraordinario) no se destapan con la actual anilla de abrefácil y tampoco con los abrelatas conocidos, por muy primitivos que sean. Nos remontamos posiblemente al primer abridor de la historia que consiste el una llave de alambre rígido con una ranura en medio de su fuste que se introduce en una pestañita de un lateral de la lata, preparado para el efecto, y, dando vueltas sobre sí, dicha tapa se va enrollando destapando consecuentemente el producto. (Creo que se entiende el mecanismo y, los mayores reconocerán conmigo haberlo usado.)

Durante mucho tiempo, entre mis objetos guardados, atesoraba yo una llavecita de este tipo. No con una actitud melancólica o de coleccionista, sino porque alguien, que conocí cuando niño y no recuerdo, tenía una aplanada en los raíles del tranvía y la empleaba como fiel ganzúa para abrir cualquier tipo de cerradura. Mi intención era, cuando pudiera, encaminarme a la estación del ferrocarril y tender mi llave en una de las paralelas a la espera de que un tren la aplanara para hacerla maestra y acceder a cualquier aposento encadenado. Pero la pereza, la falta de ocasión o la poca necesidad de descubrir lo que otros han ocultado, mantuvieron mi alambre tal cual. Mi llave continuó siendo abridor, aunque ya sin lata preparada para abrirse con tal mecanismo, hasta que se perdió definitivamente, sin dejar hueco su ausencia.

Corriendo por el puente a mi presencia

Corriendo por el puente a mi presencia
bajo el sol de la tarde y tu sonrisa
te veo en el pretil de la inocencia,
tu pelo alborotado con la brisa.

Destaca sobre todo tu figura,
la esbeltez, la elegancia, tu sonrisa,
preguntando en mi afán si no es locura
lo que por ti siento; no tengo prisa.

Adelanto a llegar hasta la altura
de tu cuerpo ceñido cual violeta,
mi pecado de amor no tiene cura

ni la quiero y me alegra la saeta
que Cupido clavara en mi espesura
haciéndome volar como cometa.

Sobre la existencia de Dios

Sobre la existencia de Dios

El mundo está lleno de agnósticos y escépticos, incluso de ateos. No es una moda, como quien piensa que la homosexualidad es eco del momento. Todos los pensadores, en el amplio sentido del término y en todas las épocas, se han pronunciado sobre la existencia divina y sobre si su esencia en realidad es su existencia o viceversa, lo que me hace indicar que cuando el río suena, agua y piedras lleva.

A mediados del pasado siglo, Bertolt Brecht, en las Historias de almanaque, escribía: “Alguien preguntó al señor K. si existía un dios. El señor K. respondió:

—Te aconsejo que medites si tu comportamiento variaría según la respuesta que se diese a esa pregunta. Si permaneciese inalterable, la pregunta sería ociosa. Si, por el contrario, tu conducta variase, en tal caso puedo ayudarte diciendo que tú mismo habrías zanjado la cuestión: Efectivamente, necesitarías ese dios.”

Anteriormente Alfred Jarry, en sus Escritos breves se preguntaba: “—¿Acaso ha visto a Dios? —Si lo hubiera visto desconfiaría”.

“Si Dios no existiese habría que inventarlo”, pensaba Bakunin. Y daba su explicación: “Porque, comprenderéis, es precisa una religión para el pueblo. Es la válvula de seguridad”.

El grupo británico de rock progresivo Jethro Tull, en su álbum Aqualung  (cuarto de su discografía), cantaba: In the beginning Man created Gog; and in the image of Man created he him (Al principio el Hombre creó a Dios a su imagen y semejanza). Ya lo decía Sebastián Rajo: “Si no existe hombre que conciba a Dios, Dios no existe”. Incluso Voltaire, en pleno siglo XVIII, escribía (Le sottissier): Si Dieu nous a fair à son image, nous le lui avons bien rendu (Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, pero el hombre le ha pagado con la misma moneda).

Por su parte, Jordi Virallonga, en Ensayo de conversación con mi hija fregando los platos, afirmaba que “Ha de irte muy bien o muy mal para creer en Dios en esta vida, desde luego”.

* Voltaire en la imagen.

La chicha

La chicha

Un chiste antiguo cuenta que en la sopa de la casa del pobre el pollo estaba pintado en el fondo del plato.

Hace tiempo publiqué en este mismo blog Una anécdota sobre la sopa que, conducido por las enseñanzas de Amin Maalouf en León el africano, inserté en Herencia de la cocina andalusí (Fundación Al Ándalus, publicado en el año 2000).

La historieta dice que “el sultán de Granada, el depravado Abu-l-Hasan, reunió una mañana a su séquito en el patio de los Arrayanes para que asistieran al baño de Soraya, Isabel de Solis, a quien eligió a cambio de su esposa Fátima. Una vez acabado el baño, el príncipe invitó a cada uno a beber un tazón pequeño del agua de la que acababa de salir su amada y todos comenzaron a extasiarse y a encumbrar, en prosa y en verso, el maravilloso gusto que había adquirido el líquido que albergaba a la hembra divina. Todos excepto el visir Abu-l-Kasem Venegas que, lejos de inclinarse sobre la piscina permaneció dignamente en su sitio. Actitud que no escapó al sultán que le preguntó la razón. Majestad, contestó Abu-l-Kasem, temo que al probar la salsa me apetezca de pronto la perdiz”.

Hace poco leí, para mi asombro, que redunda en el sentido apócrifo de estos relatos, en La mesa moderna del Doctor Thebussen, un artículo de un cocinero de S.M. Alfonso XII, que refiere: “Cuéntase de Ana Bolena, cuya hermosura á pasado a la historia revuelta con sus desdichas, que un día tuvo el capricho de bañarse en presencia de los caballeros de su córte. Eran cosas del tiempo. Uno de los que la rodeaban, admirado de su sin par belleza, cogió una copa, y llenándola del agua del baño, comenzó á beberla, ofreciéndole un toast a sus amigos por la salud de la linda soberana. Hubo entre los circunstantes quien se negó a beber, é interpelado por los otros sobre su extraña conducta, dijo: Yo quisiera reservarme el tostón”.

El paralelismo de estos modelos, me hace pensar que la anécdota en cuestión es comicidad antigua y que cada cual la arrima a su cuento según propia voluntad para destacar el ingenio de un personaje particular y por ende en la belleza exclusiva de la dama del momento.

* Saliendo del baño, de la Fundación Juan de Avalos.

Víctimas y verdugos

Víctimas y verdugos

No sé si se lo dije o lo pensé únicamente. A raíz de una noticia televisiva sobre algún incidente de acoso escolar, eso que ahora se ha dado en llamar bullying, quise que mi hijo en tal extremo fuera más bien el acosado que el hostigador.

Se me pone la piel de gallina sólo de pensarlo. Ojalá exista una manera de detectar y detener esos abusos antes de que se produzcan. Pero el conato, me temo, está dentro de cada cual. Ya lo popularizó Hobbes en el Leviatán: Homo homini lupus ("el hombre es un lobo para el hombre"). Y no creo que los niños sean especialmente crueles, quizá tengan menos conciencia del alcance de sus acciones, quizá se encuentren protegidos por la nebulosa nietzscheana del más allá del bien y del mal, superlativizado en todo caso con el devenir de la vida y la violencia gratuita de sus mayores servida en bandeja argentina a diario por los más elementales mass media.

Creo que fue el iluminado Coelho quien recogió algunos de los cuentos de los Padres del Desierto del monasterio de Sceta, cuando las gentes, después de renunciar a los bienes materiales y de una ascética temporada en el desierto, expandía en el templo alguna de sus enseñanzas, tanto de su experiencia inmediata como de su vida anterior.

Conocida como El hecho, he aquí uno de esos cuentecitos morales:
“Mattheu Henry es un conocido especialista en estudios bíblicos. Una vez, al volver de la universidad donde daba clases, fue asaltado. Esa noche, escribió la siguiente oración: Quiero agradecer, en primer lugar, porque nunca había sido asaltado antes. En segundo lugar porque se llevaron mi billetera, pero me dejaron la vida. En tercer lugar, porque aunque se hayan llevado todo, no era mucho. Finalmente quiero agradecer porque yo fui el asaltado y no el que asaltó".

* Monasterio de Sceta, se supone.

El frío en Granada

El frío en Granada

Desde las bondadosas tierras de Badajoz, el poeta Ben Sara, originario de la ciudad portuguesa de Santarén, perteneciente a la taifa aftasí, arribó un día de febrero a la ciudad de Granada.

Tal día era soleado y, a orillas del Dauro, sentado en una peña lisa, no se estaba mal contemplando la impresionante alcazaba que se elevaba orgullosa en su frente. Sobraba incluso el fez sobre su corona.

Era un remanso de paz dable de ser cantado con los inspirados yambos que el ambiente le dictara. Así, el joven portugués, empalmó péndola y extendió papiro presto a dejarse impregnar por los cantos cambiantes de un río, que hasta hacía poco arrastrara oro, por los gorriones que libaban en sus aguas y por los pececitos acarminados y argentinos que los abundosos gatos de la ribera no tardarían en atrapar.

Pero cuando llegó la anochecida y la chilaba de merino no le cubría lo suficiente para combatir el frío crecido de la Sierra Nevada, Ben Sara trocó sus bucólicos versos en otros en los que pedía que se permitiera el consumo de vino en esta ciudad para entrar en calor; y terminó el poema con un deseo: Si mi Señor me arroja al infierno, en un día como hoy, me parecerá delicioso.

Corría el año 516 de la Hégira, 1123 del calendario gregoriano, en la ciudad de la Alhambra.

Cuento también presentado, sin pena ni gloria (quizá más de lo primero si acaso), al Primer Concurso de Microrrelatos de la enoteca Di Vino, sobre el vino y Granada (abril de 2013).

Ricardo Reis y Dios

Ricardo Reis y Dios

Fernando Pessoa hace nacer al doctor Ricardo Reis en Oporto, el 19 de noviembre de 1887 (aunque ignora la fecha de su muerte). Hablan de él Álvaro Campos y Alberto Caeiro, del que se dice buen amigo. No conoció personalmente a Pessoa.

José Antonio Llardent, en la revista Poesía de Ediciones Siruela (1995) nos describe a Ricardo Reis como “un poeta muy significativo del neopaganismo moderno”. Aunque Pessoa matiza esta definición alejándolo “de la basura cristiana con pretensiones paganas de los Matthew Arnold, Oscar Wilde y Walter Pater”.

“Reis era en realidad, continúa Llardent, un pagano inocente de la decadencia, que quiso ser a la vez, según dijo de sí mismo, epicúreo y estoico”.

Según su ortónimo, Ricardo es el poeta de la disciplina mental revestida con musicalidad propia, pero recurre a un purismo lingüístico exagerado. Y así como Caeiro quiso ayudarnos a morir sin espanto, escribe María Teresa Rita Lopes, Reis nos propone el medio de morir musicalmente, como cisnes.

Algunos textos en prosa salpican las cuantiosas odas que constituyen la obra poética del heterónimo existencialista. Textos que, como en parte de sus versos, arañan el neopaganismo portugués.

En el primer verso de una de sus odas, Reis propone “Quiero de los dioses sólo que no me recuerden”. Y en otra “Los dioses son dioses / porque no se piensan”.

Leyendo esto, más que pagano, incluso en la tradición nietzscheana, común en la época, que Pessoa se encargó de criticar (calificaba al filósofo como Baco alemán), pienso que era escéptico, como si pensase, como me dijo Alfonso Salazar hace tiempo, mucho tiempo, “Dios aprieta pero no existe”, o, como esa otra frase que leí hace poco en un muro de facebook, cuyo nombre no recuerdo: “Dios existe pero poco”.

Apunta igualmente, y no necesita explicación:

Sólo esta libertad nos conceden
     los dioses: someternos
a su dominio por voluntad nuestra.

O esta otra:

Si a cada cosa que hay un dios compete,
¿no ha de haber en mí un dios?
¿Por qué no he de ser yo?
Pues que siento, en mí un dios anima.
Y el mundo externo claramente veo:
las cosas y los hombres, sin alma.

La duda divina

La duda divina

Hay un proverbio español que dice: “De las cosas más seguras, la más segura es dudar” y sobre todo tratándose de cuestiones intangibles. Cuando una percepción se nos escapa de los sentidos, la fe, la intuición si queremos, es la que manda, la que nos ofrece su ‘corazonada’ con un marchamo inexistente de credibilidad.

Porque creer supone un sobreesfuerzo. Creer en el mundo de las ideas, que diría Platón, se supone. Porque es fácil firmar sobre una casa, por ejemplo, si esa casa la estamos viendo y tocando y viviendo. Es más fácil abrazar lo humano que lo divino.

Chesterton, en El hombre que fue jueves, decía que "el budismo no es una religión, sino una duda". Y quizá sea lo más acertado, la búsqueda continua, la duda cartesiana.

"El escepticismo es el principio de la fe", dice Oscar Wilde en El retrato de Dorian Gray, y Unamuno, en Mi religión, explica: "Porque escéptico no quiere decir el que duda, sino el que investiga o rebusca, por oposición al que afirma y cree haber hallado".

Además, según Cunqueiro (Un hombre que se parecía a Orestes): "Un hombre que duda es un hombre libre, y el dudoso llega a ser poético soñador, por la necesidad espiritual de certezas".

Como contrapartida, sin embargo, en las Memorias de un loco de Flaubert, se nos dictará que "la duda es la muerte para las almas; es una lepra que afecta a las razas desgastadas, una enfermedad que proviene de la ciencia y conduce a la locura. La locura es la duda de la razón; ¿quizá sea la razón misma?".

El punto diez

El punto diez

Baudelaire escribió el 15 de abril de 1846, en Consejo a los Jóvenes Literatos (en una traducción de Alfonso Salazar en Celeste Ediciones, del año 2000): “todo hombre sano puede pasarse dos días sin comer, pero nunca sin poesía”. Cita que me da pie para hablar, ya no de la poesía ni de la escritura en sí ni de los jóvenes, sino de los ‘consejos’ a estos.

Han sido muchos consagrados los que se han decidido a escribir sobre su oficio, dando recomendaciones o advirtiendo de los escollos que nos podemos encontrar, que vayamos preparados, como Odiseo y sus compañeros, para cruzar incólumes el arrecife de las sirenas.

Algunas observaciones las encontramos sueltas en alguna obra de difusión general o incluso de ficción.

Por ejemplo, en Gramática de la fantasía (una obra que pretende convertir al lector en un hacedor de cuentos), Gianni Rodari argumenta que “los cuentos sirven a la matemática, como la matemática sirve a los cuentos. Sirven a la poesía, a la música, a la utopía, al compromiso político..., en una palabra: al hombre. Sirven porque, justamente, en apariencia no sirven para nada: como la poesía y la música, como el teatro y el deporte (excepto cuando se convierten en un negocio).

“Joven, si quiere ser artista, escribía Hermann Hesse creo que en El último verano de Klingsor (cito de memoria) son imprescindibles tres cosas: comer bien, evacuar adecuadamente y estar siempre cerca de una chica bonita”.

Ruiz Zafón nos dirá (la cita no me consta dónde la recogí): “Un relato es una carta que el autor se escribe a sí mismo para contarse cosas que de otro modo no podría averiguar”.

Pero son los autores sudamericanos los que son dados a mostrarnos un decálogo, a veces algo extenso, reuniendo estas advertencias para quien esté tentado de empuñar la pluma.

No voy a reproducir todos los listados que he ido recogiendo de los diferentes autores, pero sí su conclusión vertida, en la mayoría de los casos, en su punto diez.

El uruguayo Horacio Quiroga puede que comenzara la tradición con su Decálogo del perfecto cuentista. En su punto diez, nos dice: “No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento”.

Desde Lima, Julio Ramón Ribeyro, concluye: “El cuento debe conducir necesaria, inexorablemente a un solo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado”.

Juan Carlos Onetti, de Montevideo, escribe un Decálogo para cuentistas, en el que nos invita a la fábula, diciendo: “Mentir siempre”.

Esto me recuerda a una opinión sobre Antonio de Guevara vertida por Nestror Luján en el prologo a Fábulas y leyendas de la mar de Álvaro Cunqueiro tildándolo de “alegre y soberano mentiroso, del mentir por el placer de mentir bello”. ¡Ay!

Roberto Bolaño, a sus 44 años, nos dicta  esta vez una docena de Consejos sobre el arte de escribir cuentos. Su décimo aviso reza: “Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas”. Lo que nos obliga a copiar el ítem anterior: “La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra”, que a su vez deriva de la sugerencia octava que dice: “Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges”.

(A Poe también lo mencionó Quiroga en su primer consejo: “Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo”.)

Por último, el peruano Vargas Llosa, Mario, que, al ser más ancho en su prosa en vez de diez esculpe quince recomendaciones en sus Cartas a un joven novelista, escribe en décimo lugar: “La sinceridad o insinceridad no es, en literatura, un asunto ético sino estético”.

Leyendo a todos (incluso a más) diría que los únicos consejos son, como los Diez Mandamientos que se encierran den dos, el estudio, o sea, la lectura de todos los cuentistas que se nos acerquen y nos preceden, y la constancia. "La constancia es una virtud", escribe Raymond Carver en Escribir un cuento. (Como decía Picasso, “siempre procuro que la inspiración me coja trabajando”).

* Horacio Quiroga en 1900.

El potlatch

El potlatch

Antes de que se le fuera la cabeza, el padre de un amigo que nos encontramos, quiso tomarse con nosotros unas copas. A la hora de pagar, sacó la billetera y, quien iba conmigo, le dio un manotazo diciendo que guardara el dinero para su hijo, que siempre andaba escaso.

El invitado se ofendió al punto y, sacando un fajo de billetes, quiso prenderles fuego. Se lo impedimos, pero la discusión y los argumentos de gallo alcanzaron la madrugada.

Aun teniendo, el despilfarro es obsceno. La presunción, ya no del desapego a las cosas materiales, sino de la relativa riqueza comparativa, debería estar especificada como delito. Es una búsqueda de reconocimiento, de status, que en cierta forma esconde inseguridad y pavoneo.

La vanidad, el narcisismo, la concepción egocéntrica es moneda habitual en nuestros círculos sociales. Nunca hubo tanto ombligo ni tanta firma ni tanta foto con la sonrisa forzada del ‘famoso’ a nuestro lado.

Mario Maya decía que la fama es el prestigio en calderilla. Y Einstein alabó a Chaplín por su altura y porque lo conocía todo el mundo. A lo que el cómico respondió: dichoso tú que todo el mundo te alaba y nadie te conoce.

A esta fiebre de figurantismo ya podemos ponerle nombre. Leo en Vacas, cerdos, guerras y brujas, de Marvin Harris: “El caso más extraño de búsqueda de status se descubrió entre los amerindios que en tiempos pasados habitaban las regiones costeras del sur de Alaska, la Columbia Británica y el estado de Washington. Aquí los buscadores de status practicaban lo que parece ser una forma maniaca de consumo y despilfarro conspicuos conocida como potlatch. El objeto del potlatch era donar o destruir más riqueza que el rival. Si el donante del potlatch era un jefe poderoso, podía intentar avergonzar a sus rivales y alcanzar admiración eterna entre sus seguidores destruyendo alimentos, ropas y dinero. A veces llegaba incluso a buscar prestigio quemando su propia casa”.

Líneas más abajo, el antropólogo concluye: “el potlatch ha sido un monumento a la creencia de que las culturas son las creaciones de fuerzas inescrutables y personalidades perturbadas”.

* Indios kwakiutl, entre los que se practica el potlatch.

La duda

Permitidme que dude.
Nada existe si no más se evidencia.
El futuro es otra falacia.
El camino aparece al caminar.
Estoy tan solo.
El mundo me es también extraño. 
Sus gentes son figuras,
marionetas de escaparate.
Ocupo mi lugar
entre el hueco de una sonrisa,
cuando me acogen unos brazos,
cuando comparto un beso.
Ahora poco creo.
Sigo buscando, y busco, y busco, y busco...

La soledad

La soledad

José Expósito despierta de su cogorza habitual y continúa bebiendo para aligerar la resaca. Después del ataque de filoxera en 1890, el cortijo del Portuguillo, el de la cuba de las mil arrobas, en la Alpujarra granadina, había quedado desierto. Tan sólo él y su soledad habitaban lo que en su tiempo fue una algarabía de actividad sin conocer apenas el freno. La noche es desapacible. El mosto sin embargo engaña la inestabilidad y las tinieblas. Del relámpago al trueno apenas pasan unos segundos, lo que indica que la tormenta está encima. Un ruido en el exterior hace levantarse al bodeguero. Nada grave. Posiblemente se había soltado la puerta de la empalizada. Habría que volver ajustarla no fuera a ser que se escapara la acémila o entraran cimarrones. José coge un farol y, dando trompicones, se aventura en la noche lluviosa. La oscuridad y la capelina para evitar el aguacero desvían su camino. Cerca de la barranquera pierde el pie y se precipita sobre una gran losa que estalla el fanal y abre su cabeza. Cuando vuelve en sí, más sereno que nunca, con labios de sangre en la nuca, el silencio parece inmenso, casi tan grande como su soledad. Se incorpora lentamente, camina con pies de barro hasta la sala de las mil arrobas y, sobre una viga, advierte su propio cuerpo sin vida balanceándose. Hay soledades que sereno no pueden soportarse.

Cuento ganador del Primer Concurso de Microrrelatos de la enoteca Di Vino, sobre el vino y Granada (abril de 2013).

Una tierra sin pájaros

Una tierra sin pájaros

Hoy, por razones que no vienen al caso, he pasado a las dos y media de la madrugada por la Plaza de la Trinidad y me ha emocionado el sonido, aún tímido, del gorjeo de los pájaros.

La algarabía de estorninos o gorriones en los árboles de este recinto era considerable, incluso estridente. Miles de alados mantenían una tertulia feroz y desordenada que hasta al más duro de oído le llamaba la atención.

Desde hace unos meses, sin embargo, la plaza quedó en silencio y los árboles desiertos. Las aves habían emigrado en masa. (Los periódicos dieron alguna explicación que, aún interesándome, pasó desapercibida.)

Llevábamos tiempo sufriendo el silencio de este y otros rincones. Hay quien le echó cuentas y a quien le pasó desapercibido.

Lo mismo es un fenómeno natural que, un neófito como yo, no comprende. Lo mismo estoy denunciando que el sol se oculta por el oeste.

El caso es que me alegré de oír los pájaros esta noche.

Los antiguos llamaban averno a una tierra sin pájaros. O sea, una de las tácitas condenas añadidas en el infierno es la ausencia de plumíferos cantores.

Los antiguos reyes godos, estaban seguros de volver a encontrar también a sus perros en el paraíso, de no ser así no hubiera sido el paraíso.

…porque creo, humildemente, que en el Paraíso hay espacio para cuantos hacen más llevaderas las melancolías del mundo, exclama Ginés de Silva, supuesto narrador de El Laberinto de Mujica Láinez, con motivo de la muerte de un mico llorado por la virreina del Perú. 

La soledad como refugio

La soledad como refugio

Ayer, en una obra de teatro que nos propusieron en el salón particular de una casa, de la compañía Bajo tierra, una de las actrices apuntaba la necesidad de subirse a un monte para ordenar el mundo. Gritaba, desde la ventana, en el patio, insultando al prójimo, para que la dejaran en paz.

Txemi, después, tomando una cerveza, comentó que haría ocho o diez años estuvo mirando islas y atolones que se vendieran perdidos y solitarios. Pedía un precio sensato y unas condiciones razonables de habitabilidad. Cuando se interesó por un cayo a medida, resultó que hacía unos años entraba dentro de una ruta frecuentada por piratas. (No era cuestión de rodear la isla de radares y de misiles de corto alcance.)

Porque, visto lo visto, es preferible estar solo que acompañado (mal o bien, pero por si acaso). Es como quien dispara y después pregunta. O como decía Cunqueiro de los gallegos, que no han inventado nada en materia de cocinar, porque, antes de peguntarse si algo, animal o cosa, era bueno para comer, ya se lo habían comido.

No hay que irse a un monte, a una isla o a una cueva, como los eremitas (san Simeón pasó los últimos treinta años de su vida encaramado en la cima de una columna), basta con seguir el método, que podemos llamar ‘del avestruz’, y aislarse en sí mismo.

En El turista accidental de Anne Tyler se propone que, para que no molesten con conversaciones o preguntas intrascendentes, los compañeros de asiento en un viaje, lo mejor es sacar un libro de grandes dimensiones y hacer que leemos (o leer en realidad) desde el principio.

También tengo recogida otra experiencia en este sentido, que, aunque no está localizada ni firmada, estoy casi seguro que pertenece a La casa de Lúculo de Julio Camba, titulada Un método original para comer tranquilamente en un banquete:

“Generalmente te colocan entre dos damas y te encuentras enfrente con otra. El método del gran gastrónomo Kaben -lo cita Curnonsky, y me parece que es un alias suyo- es el siguiente.

Se dirige a la señora de su derecha.

—¿Está usted casada, señora?

—Sí.

—¿Tiene hijos?

—Sí.

—¿De quién?

La señora, enfadada, no le dirige más la palabra.

Se inclina Kaben hacia su izquierda.

—¿Está usted casada, señora?

—Sí.

—¿Tiene hijos?

—No.

—¿Cómo lo hace?

Ofendida, la señora, no le habla más.

Kaben habla con la señora de enfrente.

—¿Está usted casada, señora?

—No.

—¿Tiene hijos?

Otra mujer ofendida que no le habla durante toda la comida.

Y así Kaben-Curnonsky puede saborear el menú sin ser molestado.”

* Portada de El turista accidental de Anne Tyler.

Estrellita secreta

Estrellita secreta

Le dije si podía escribir sobre ella. Casi emocionada me dijo que sí. Entonces, por deferencia, le propuse que adoptase un sobrenombre, aunque podría poner directamente el suyo. Le gustó lo del alias. Así, como minutos antes me había insinuado que se parecía en lo físico a Estrella Morente (¿?), propuso, con una risita contagiosa, llamarse ‘Estrellita secreta’.

Conozco su excentricidad solitaria desde hace tiempo y siempre me sorprende. Un día me comentó que tenía el aura blanca. Le pregunté si eso era bueno o malo. Respondió que cuanto más clara mejor. Después entendí que el aura mejor es posiblemente la dorada, pero con la albina me conformo.

(Quien caminaba a mi lado, al punto se interesó por el color de su halo. Ella lo tenía violeta, en parte anaranjado, en parte rosáceo. Tampoco estaba mal.)

En cierta ocasión, nos contó, que fue al súper a realizar unas compras y, en llegando, se la acercó un chico que dijo de acompañarla. Estrellita no vio motivos para negarse y, cuando salieron de comprar, le dijo a su acompañante que tenía el aura amarilla. Él se alejó argumentando que pensaba robarle pero como era bruja no se atrevía, que buscaría otra víctima.

Una carcajada en íes culminó la anécdota. Una risa que se cortó en seco, con la mirada perdida de sus ojos saltones como los de Buñuel. Parece que alguien hubiera pasado invisible unos metros detrás de mí.

Un tiempo antes ya me había relatado una historia que me dejó al menos asombrado. Resulta que salía con un chico que una tarde, como acostumbraba, la vino a recoger. Ella, antes del beso, le acusó de haberle puesto los cuernos. Ante la negativa o la confesión del compañero, que le preguntó cómo lo sabía, ella tranquilamente aludió a que tenía el aura negra. No lo volvió a ver.

Nuevamente la risa estalló seca y ratonil entre nosotros.

Estrellita secreta fuma; pinta con alegres colores, como un cuadro naif o el arte hindú; y le gusta a rabiar Paco de Lucía.

Sobre el significado de la zambra

Sobre el significado de la zambra

Los andaluces, sobre todo los de aquí; los granadinos, sobre todo los que tienen cierta relación con el flamenco, pueden dar una explicación aproximada de la palabra zambra.

La zambra, genéricamente, es la fiesta de los gitanos andaluces, que aún se cultiva en las cuevas del Sacromonte granadino, basada en la tradicional fiesta morisca con música y algazara, que ya, desde el siglo XV, se manifestaban en festejos castellanos y en procesiones de Corpus, como lo atestigua Francisco Núñez Muley, morisco de 1567 (el arzobispo santo [fray Hernando de Talavera] holgaba que acompañasen al Santísimo Sacramento en las procesiones del día del Corpus Chisti, y de otras solemnidades, donde concurrían todos los pueblos á porfía unos de otros, cual mejor zambra sacaba…).

La actual zambra sim­boliza la boda gitana, que se especifica en tres momentos principales o tres bailes de ca­rácter mínimo: la cachucha o el ‘perdón de la novia’, la alboreá (prueba de la pureza) y la mosca (baile final lleno de picardía).

Estos elementos clave se refuerzan con otros cantes/bailes típicos de Granada (tangos y fandangos) y otros adoptados (bulerías y alegrías). (Por extensión, o deformación, también puede denominarse zambra al espectáculo genérico en la cueva, al baile o a la cueva en sí.)

Zambra también es un toque y cante específico, cercano al tango y de gran influencia morisca, el cual dable es ser acompañado con bandurria, pandero y cascabel.

Rafael López Rodríguez, en un glosario elaborado para Planeta-Agostini apunta que exis­te una versión con acompañamiento de orquesta, creada por músicos profesionales, sobre estos cantes y bailes, popula­rizada en los años cuarenta y cincuenta por Manolo Caracol y Lola Flores, que se presta mucho a la estampa teatral.

Famosas son las zambras que cantaba Manolo Caracol (Carcelero, carcelero, La niña de fuego, La Salvaora...) que, en gran medida, empiezan y acaban en él y remedadas hasta la saciedad.

El Diccionario de la Real Academia Española, define zambra, en su primera acepción, como la fiesta que usaban los moriscos, con bulla, regocijo y baile; y, en segundo lugar, concreta que es la fiesta semejante de los gitanos del Sacromonte, en Granada.

Corominas, por su parte, la hace derivar de la palabra árabe zamr ‘instrumentos musicales’ y la fija como ‘orquesta morisca’, ‘baile de moros’, ‘fiesta morisca con música y algazara’.

Poco más adelante, el filólogo añade que las zambras tenían fama de ruidosas, por lo que le asocia los sinónimos de ‘algazara (del cual el DRAE también se hace eco), bulla y ruido de muchos’.

De zambra deriva a su vez zarambeque, que es el tañido y la danza alegre y bulliciosa de personas de raza negra (¿?).

El primero en utilizar la palabra zambra en documento literario fue Góngora, en un poema escrito en 1586: …quadras espaciosas / do las ramas y galanes / ocupaban a sus Reies / con sus zambras y sus bailes.

Ahora leo en un facsímile de finales del XIX, un artículo periodístico de un cocinero de S.M. Alfonso XII en el que se queja de los extranjerismos en el lenguaje culinario, diciendo: nuestra lengua, tan rica en zambras, bacanales, jaranazos, francachelas y regodeos, tuvo que ir siempre a extraños idiomas para buscar la expresión de sus solaces distinguidos; lo que me ha dado pie para acomodar estos ecos. 

* Danza Morisca en Granada (1529) de Christoph Weiditz.