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Causa y efecto

Soy continente y contenido;
causa y efecto;
polvo, alma y raspadura.
Las flores del almendro;
las nieves que acumulan;
el sol que las derrite.

La muerte enamorada

La muerte enamorada

Nunca he comprendido el amor a la muerte si no es por el odio a la vida, y eso tiene fácil solución. Aunque metafóricamente, que es como decir poéticamente, tiene un sentido paliativo. La muerte, el infierno incluso, es dolor breve comparado con la tristeza de la pérdida o del abandono. A veces, figuradamente, la vida atormentada se nos supone más acibarada que la muerte.

Cuando nuestra legión canta Soy el novio de la muerte, en cambio, están diciendo que no les importa morir por su bandera, por su patria, por un deber que no sé hasta que punto entienden y comparten.

El otro día, revisando libros, me topo con unas obras seleccionadas de Khalil Gibran. Repaso sus títulos y brujeleo al azar por las páginas de El loco, de El profeta, de Arena y espuma… y me detengo en Lázaro y su amada (1925). Lázaro encontró su amor en la muerte. El Paraíso es tan (así, sin comparación posible, como propone Cortázar), que no comprende haber sido arrebatado de sus brazos. Es un drama breve donde se ensalza el más allá como un anhelo, como amante enamorado (para el creyente, se supone).

De aquí los famosos versos de santa Teresa de Jesús: Vivo sin vivir en mí, / y tan alta vida espero, / que muero porque no muero. Porque sabemos lo que sabemos, y aún así, pues todo indica que la mística abulense atesoraba un ‘amor’ más mundano que todo eso, como el otro monje que, como loa al Altísimo, escribió aquello de Si tu me dices ven lo dejo todo, que hogaño se prefigura como un entrañable bolero de amor y renuncia (¿sinónimos?).

Para Miguel Hernández, en Elegía a Ramón Sijé (esos maravillosos tercetos encadenados), el enamorado no es el que muere sino la muerte caprichosa (y la apatía de una vida despegada): No perdono a la muerte enamorada, / no perdono a la vida desatenta, / no perdono a la tierra ni a la nada.

El amor, el dolor de amor, abre sus puertas en Tirante el Blanco, de Joanot Martorell, cuando exclama: ¡O muerte cruel! ¿Por qué a quien te quiere no quieres, e huyes a quien te desea?

La vida se paga con la muerte, escribe José Luis Sanpedro en La vieja sirena. O sea, la muerte llega, queramos o no. Nuestro ‘amor’ está asegurado. El suicidio es un atajo deseado. La muerte por accidente o voluntad (de otro, se supone) es también un camino recto. La dureza en gran parte es directamente proporcional a nuestra participación de la vida, regida por nuestra edad.

Los que mueren jóvenes son los amados de los dioses, dice una sentencia clásica. Bien mirado tiene la misma lectura que la muerte enamorada del poeta de Orihuela.

Cunqueiro propone una ideal oportunidad en unos versos de Abriendo las puertas. En este bello poema nos dice el soñador: La tierra que va a cubrirte, se detiene / porque quizá no terminaste de soñar.

Hay quien no teme a la muerte, como los legionarios, o incluso la anhelan, como los fanáticos en continua guerra santa. Epicuro, irremediable idealista, en Carta a Meneceo escribe: La muerte no es nada para nosotros… No importa ni a vivos ni a muertos, porque para aquellos no es, y estos ya no son. Antonio Machado retoma la idea (no sé si fijándose o remedando al maestro de Samos) y, en Juan de Mairena, lo explica diciendo que a la muerte no debemos temer porque mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos

Walt Whitman, el profeta de Long Island (1)

Walt Whitman, el profeta de Long Island (1)

En el frutal año de 1992 y armado con un ramito de hierbabuena, impartí en La Tertulia, para quienes quisieron oírlo, y un grupito de incondicionales, unas palabras sobre el ’hermoso’ neoyorquino Walt Whitman.

Aún no había mediado el mes de octubre y, con más ganas que acierto, fui desgranando parte de sus versos.

’El profeta de Long Island’ rezaba el subtítulo y unas palabras del prólogo de la segunda edición de Hojas de hierba encabezaban a manera de cita dicho escrito: Camarada, esto no es un libro. / Quien lo toca, toca un hombre.

Los tópicos, no por ser tópicos dejan de ser verdad. ¡El mejor homenaje que se le puede hacer a un poeta es leerlo!

El mismo Whitman escribía en Yo y lo mío: Exijo que no haya teoría o escuela fundadas sobre mi persona; / os exijo que dejéis todo libre, como yo he dejado todo libre.

Se negaba a que lo analizaran, a que lo estudiaran, a que lo endiosaran. (Flaco deseo, pues lo analizan, estudian y endiosan continuamente.)

Su poesía es gruesa y difícil, de versos largos y proféticos, poemas muy largos o excesivamente cortos llenos de preguntas sin respuesta (nos recuerda a Cavafis), como en ¡Oh, himen! ¡Oh, himeneo! (traducido por Borges):

¡Oh, himen! ¡Oh, himeneo! ¿Por qué me tantalizas así?
¿Por que me punzas un instante y me dejas?
¿Por qué no puedes proseguir? ¿Por qué cesas ahora?
¿Será porque si duraras un solo instante más me matarías?

Hay quien dice de sus versos que pueden formar un todo independiente, que cada uno de ellos tiene una fuerza y un sentido únicos.

Traducciones al castellano hay varias: León Felipe, Borges, Concha Zardoya, Pablo Mañé, José Valverde...

Influencias en Rubén Darío (bello como un patriarca sereno y santo), L.A. de Villena (poeta de la libertad, del versículo y de la homosexualidad viril), Lorca (viejo hermoso Walt Whitman), Borges (poeta de vastedades cósmicas u hombre plural e infinito)...

Comenzó a escribir en 1855, a los 37 años, seguro de lo que hacía. Y no que decidiera hacer poesía, sino que la Poesía en forma de musa inspiradora se apoderó de él. Fue una necesidad vital, no sólo para él sino para todo el pueblo de Norteamérica. Era un pueblo joven que ya contaba con Emerson como filósofo, con Melville como narrador, con Thoreau como insurgente y con Mark Twain como humorista. Le faltaba el poeta.

Él mismo se nos presenta en el primer poema de Canto de mí mismo:

Yo me celebro y yo me canto,
Y todo cuanto es mío también es tuyo,
Porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca.

Indolente y ocioso convido a mi alma,
Me dejo estar y miro un tallo de hierba de verano.

Mi lengua, cada átomo de mi sangre, hechos con esta tierra, con este aire,
Nacido aquí, de padres cuyos padres nacieron aquí, lo mismo que sus padres,
Yo ahora, a los treinta y siete años de mi edad y con salud perfecta, comienzo,
Y espero no cesar hasta mi muerte.

Me aparto de las escuelas y de las sectas, las dejo atrás; me sirvieron, no las olvido;
Soy puerto para el bien y para el mal, hablo sin cuidarme de riesgos,
Naturaleza sin freno con elemental energía.

Atrapado en el laberinto de Rayuela

Atrapado en el laberinto de Rayuela

Llevo años leyendo la novela más conocida del genio argentino Julio Cortázar. El autor propone en Rayuela dos formas de lectura. A saber, se puede abordar convencionalmente, como un libro cualquiera, en orden el correlativo que disponen sus páginas, o de forma discontinua siguiendo una suerte de damero propuesto al comienzo de la obra, donde se van alternando los distintos capítulos de la obra.

Yo, aventurero de principios, me incliné por la segunda opción. De modo que, desde el sector 73, con que comienza la trama, pasa al corte 1, y después al 2, para saltar nuevamente al 116 y así sucesivamente hasta acabar en una especie de espiral, quizá malintencionada, donde del capítulo 131, nos manda al 58, y de éste otra vez al 131, con la lógica misma vuelta en periódico puro que lo hace interminable.

Las secciones son cortas o meridianamente alargadas. Siempre densas y experimentales, lingüísticamente hablando.

No sé cuándo, hará meses que me extravié en su contenido, como la bella dama Egeira, soñada por Perucho, perdida entre las páginas de un códice medieval mientras bordaba en un bastidor de marfil. Señalé una página en un descanso. Intermedié un punto de lectura entre dos hojas, izquierda y derecha, par impar, donde, en ambos lados, daban comienzo sendos capítulos. El episodio de la izquierda comenzaba y concluía en tal página; el título diestro, a saber dónde terminaba.

Al retomar Rayuela, un error, un despiste o la influencia de hados invisibles, inclinaron mi decisión a proseguir la lectura en la parte equivocada y continuar la guía de Cortázar.

Al rato de ir leyendo, reconocí algún pasaje. Dando por seguro que el mundo onírico de esta guisa cojeaba y que los tintes surrealistas que tachonan la obra vuelven como las olas en la orilla, continué saltando a la pata coja y venda en los ojos.

Cuando una frase se me hizo tan nítida y evidente que era imposible su doblez, quise rebobinar el hilo de Ariadna hasta el origen de la confusión que, al no hallarlo fácilmente, los palos de ciego se sucedían a mansalva. De forma que una sección me lleva a otra. Esta la conozco, la otra no. Vuelvo y retomo al azar otro numerito y salto al siguiente. Me voy de nuevo al principio y de nuevo caigo en la duplicidad, en el dilema o en el camino que se bifurca, emparentando así a dos paisanos, coetáneos, contemporáneos.

La palabra fin no existe. Rayuela es una obra sempiterna y yo seguiré perdido en su laberinto.

Dos realidades sacromontanas

Dos realidades sacromontanas

XV Muestra de flamenco. Los Veranos del Corral

La tercera semana del Corral fue topográficamente definida. Los primeros días de agosto (5 y 6), con un calor de justicia, pudimos disfrutar en cambio con el aire fresco de dos bailaoras de raza, telúricas, con brío y con sueños.

Alba Heredia y Ana Calí, por citarlas en orden de actuación, son dos realidades sacromontanas; dos hijas de la tierra y de la cueva, del Camino y del Monte, del trote diario y de la economía de fortuna.

Ana y Alba, por citarlas de mayor a menor, son dos frutas sabrosas, que saben de sus jugos, que liman el carozo, que alimentan con sus pieles.

Si de Ana son los pies, de Alba son las manos. Si Ana tiene una meta, Alba busca el camino. Si Ana se desnuda apenas con la música apuntada, Alba se rodea con una gran orquestación mercenaria. Si Ana fija su compromiso, Alba nos sorprende con nuevos vuelos. Si Ana rema su propia canoa, Alba aún se mece en el globo cautivo de los Maya.

Alba Heredia firmará con fuerza una soleá y unos tientos-tangos y unas seguiriyas. Ana Calí se afianza con tientos-tangos y con zambra y con soleares.

Dos realidades, como digo. La veteranía y la sombra alargada. Dos fuerzas diferentes, capaces de ser trágicas y de sonreír según fije el guión. Dos hijas de su tierra, como digo, que pisan fuerte, que ronean como nadie en los cantes locales, que tienen mucho que decir, que reparten flores con la mirada.

* Ana Calí en una foto de Joss Rodríguez (fragmento)©, perteneciente al muro de la bailaora.

El Marqués de Villena

El Marqués de Villena

Los favores del demonio no se pagan solamente con el alma, con la sombra también es posible, ese otro yo que se evidencia con la luz.

En Salamanca existe una cueva donde dicen que Hércules impartió lecciones a sus discípulos. Esta labor docente, pasado el tiempo, la asumió Asmodeo (identificado con Samael, la serpiente que sedujo a Eva) o algún otro demonio, que, bajo la apariencia de sacristán, en oscuridad de la noche, daba clase de ciencias ocultas, adivinación, astrología y magia a siete alumnos universitarios, durante siete años. Terminada la carrera, se echaba a sorteo y uno de ellos quedaba en manos del Demonio.

Enrique de Aragón, tercer marqués de Villena (1384-1434), según se cuenta, deseoso de introducirse en las artes ocultas, fue uno de los estudiantes aventajados del Maligno. Después de quedarse en la cueva en pago por los servicios prestados, pues a él le tocó en suerte, consiguió escapar con vida aunque dejó en manos de Satanás su sombra, quedando así marcado de por vida como uno de sus adeptos.

Parece que, para librarse de esta servidumbre, el discípulo se metió en una gran tinaja de vino escapando cuando Asmodeo, creyéndolo huido, dejó abierta la puerta de la Cueva para ir a buscarlo. (Otras leyendas dicen que el Marqués de Villena llegó a un pacto por el que el recuperaba la libertad a cambio de ceder su sombra, o incluso su alma, al diablo.)

Cuenta Manuel Mujica Láinez en El laberinto que el Marqués de Villena “tenía sellada amistad con el Demonio. Se encerró en el palacio de Leví, con su marquesa, con su biblioteca, con sus manuscritos nefandos, arábigos y hebreos, y con cuanto brujo, nigromante, alquimista y astrólogo halló en la ciudad mágica [Toledo]. En aquel aislamiento peligroso, pues las paredes hedían a azufre, se consagró a la hechicería. Anhelaba fabricar un elixir que lo redujera a un tamaño mínimo, para que lo introdujesen en una botella, de la cual saldría vivo y completo al cabo de centurias”.

En otra parte leo que el origen de esta leyenda se encuentra en las clases de astrología, geomancia, hidromancia, piromancia, quiromancia y otras técnicas adivinatorias que, en esa época impartía el párroco en la sacristía de la iglesia. Se llamaba Clemente Potosí, y llegó a ser identificado con el diablo. Los alumnos que acudían a las clases no revelaban que era lo que aprendían y este hermetismo fomentó la leyenda.

Según la leyenda el número de alumnos era siempre siete (número con implicaciones místicas). Uno de los alumnos, por sorteo, debía pagar por todos las clases recibidas, aunque si no podía pagar debía permanecer encerrado en la cueva.

La reina Isabel, aterrada del culto que se le profesaba al diablo, ordenó tapiar el acceso a la Cueva, pero el Marqués continuó celebrando estos ritos de iniciación en una torre cercana conocida popularmente como Torre de Villena, a la que se accedía por las ruinas de una carbonería.

* Entrada a la Cueva de Salamanca.

Entrevista para “Hola, vecinos”

Entrevista para “Hola, vecinos”

En los años 80 (tendría yo veinti pocos) me entrevistaron en un programa de radio en Almanjáyar. Una emisora independiente que dedicaba uno de sus espacios a la poesía, llamado Hola, vecinos, dirigido por Pepe Gilabert y Antonio Megías, poetas al mismo tiempo. (Aunque también podría ser una revista o todo lo contrario, mi memoria se diluye. Podría ser otra emisora y otro programa y otro entrevistador…) El caso es que, entre mis archivos, ha aparecido este cuestionario:

PREGUNTA: Háblame sobre el comienzo de tu dedicación a la literatura.

RESPUESTA: Nunca fui un niño precoz y comencé a leer, a leer de verdad a los quince o dieciséis años. Se puede decir que pasé directamente de los comics de Spiderman y del Sargento Furia a la literatura existencial de Camus, Sartre o Kafka. En esa misma época comencé a escribir, garabatear frases en una pequeña agenda, que, si bien comenzaron siendo mutilaciones y desvirtuaciones de refranes y dichos populares (“No por mucho madrugar amanece más temprano, pero desayunas antes”, “Hoy te quiero más que ayer y mañana, ya veremos”...), acabaron en verdaderos relatos y poemas al modo de Gibran, Tagore o Gómez de la Serna. Este escribir fue fomentado por nuevas lecturas y consejos de los consagrados (Platón dijo algo como El hombre que lee, es incompleto si no escribe). Así, a los 18 años ya estaba haciendo verdaderos libritos encuadernados e ilustrados por mí mismo que reservaba a la crítica de un reducido grupo de amigos incondicionales (¿verdad Guillermo?). Actualmente, esos libritos, exceden de los 20 y son conocidos por mucha más gente, por algún recital o la radio. Me he presentado a algunos concursos, sin suerte y por ahora me encanta mi virginidad, el ser un escritor inédito hasta que no encuentre el momento y la forma oportunos.

P.: ¿Qué opinas sobre el momento actual de la poesía?

R.: Nunca ha habido un “momento actual de la poesía”, al igual que nunca hubo un momento actual de la prosa. Han aparecido corrientes, estilos o grupos por vínculos comunes o generaciones, por parentesco temporal, pero estos fueron reconocidos o designados a posteriori por académicos empeñados en encasillar el librepensamiento. Ahora se escribe poesía, como se ha escrito siempre, y se lee lo que siempre se ha leído. Los escribientes de poesía leen a poetas y los lectores poéticos escriben poemas. Es un círculo vicioso. La poesía es siempre marginal, quizá por su deseo de ser minimalista. Para concluir podemos decir como anunciaba en una poética José Luis Jover después de citar a cientos de poetas actuales publicados en los años 70: “... la verdad es que somos demasiados”.

P.: Granada como ciudad de cultura, ¿qué opinión te merece?

R.: Parece que fue en Granada donde se inventó el dicho de que “nadie es profeta en su tierra”. No sólo las letras sino también la pintura, el ballet, la música... ha sido necesario triunfar fuera para ser reconocido en esta ciudad. En vez de potenciar jóvenes noveles, “Granada ciudad de cultura” ofrece al pueblo un Festival Internacional de Música y Danza, un Festival Internacional de Teatro, un Festival Internacional de Jazz... y lo Local ¿dónde lo dejamos? Además estos actos son de elite, de una minoría pudiente económica y culturalmente, espectáculos para el pueblo pero sin el pueblo. La Ilma. Diputación publica un folleto mensual (que lo recibo cuando ya ha pasado medio mes) con una lista interminable de representaciones de todo tipo en diferentes puntos de la provincia y puedo constatar que todo lo anunciado no es cierto. Así que Granada cultural es como las migajas de pan de Garbancito que cuando deseas volver a casa, mirar atrás, cuando necesitas seguridad y apoyo, se las han comido los pájaros.

P.: ¿Crees que en Granada hay más poetas de los que caben?

R.: Si Jesús hubiera estado aquí, la multiplicación no sería solo de panes y peces sino también de poetas. En Granada no hay muchos poetas sino escribidores de versos y lo mismo que Suramérica “es una tierra negra que late”, en la que renace el germen de la revolución de su propio exterminio, como el ave fénix que renace de sus cenizas o el Dalai Lama que nace cuando muere el Dalai Lama; Granada es una tierra blancaverde que canta, Granada es poesía y sus hombres hacen poemas por la pena o la ventaja de ser ciegos.

P.: Háblame de tu poesía, forma, temática, motivaciones...

R.: El menos indicado para hablar de uno mismo es uno mismo, pero te puedo decir algo que te acerque a mi forma de hacer. En primer lugar te diré que para mí escribir es un deber para conmigo, es una necesidad impuesta desde el momento que supe que escribiendo puedo unir mis sentimientos con el mundo que me rodea, puedo soñar en voz alta, puedo volar... No sólo hago poemas sino de todo (caligramas, relatos, máximas, escenas teatrales...), según lo que me apetezca, para eso soy muy visceral, incluso poesía ahora mismo es a lo que menos me dedico, por eso al pedirme dos poemas, no más te entrego uno y alguna otra cosa.

La forma siempre ha sido libre, excesivamente libre, buscando el ritmo más que la rima, la sorpresa más que el estilo. Me motiva lo que veo, lo que leo, lo que escucho, lo que digo y pienso, todo. Me sorprendo a mí mismo. Incluida esta encuesta, que no podía imaginar como está desembocando (léase desbocando).

P.: Granada de noche, La Tertulia, Arcadia, Liberia. Háblame de tu parecer sobre el ambiente nocturno de la intelectualidad granadina.

R.: Aunque no se lleve, me considero diámbulo y la noche la considero apta para dormir o para amar. De todas formas me gusta el ambiente nocturno, aguanto bien el trasnochar y reconozco encantadoras, lúcidas y lucidas noches mágicas que no las cambiaría por el mejor de los días. En cuanto al ambiente nocturno de la intelectualidad, me parece demasiado enrevesado para opinar. Al hombre lobo le favorecía la luna llena y “las estrellas le dan gracias a la noche, porque encima de otro coche no pueden lucir tan bellas”, pero los artistas, intelectuales y demás fauna sensible cada vez son más urbanos y necesitan del neón y de estimulantes de todo tipo para crear, me recuerda al Dirty Realism norteamericano. Tampoco creo que se concentren en lugares como Liberia, Arcadia o La Tertulia, sino que todo tipo de local es apropiado, es apto para parir y conversar, vagabundean por toda Granada y toda la noche. Con luna y estrellas, el hombre de a pie se vuelve artista, filósofo o profeta.

P.: La amistad, los grupos. ¿Qué opinas de esto?

R.: Son imprescindibles para superarte, corregirte y autoexigirte. Aunque nunca he compartido los formalismos ni las agrupaciones de este tipo, estoy feliz de pertenecer a Grama, un grupo poético que en realidad no existe, que está pero no es.

Segunda semana del Corral

Segunda semana del Corral

XV Muestra de flamenco. Los Veranos del Corral

El lunes 29 de julio pudimos ver al bailaor local Iván Vargas, que nace y bebe en el Sacromonte, pero con ansias de volar y de picar en otros platos. Lleva varios años readaptando una misma obra. Yo mismo se hace y se rehace a meced de estos vientos, posiblemente porque yo no soy el que era ayer, o soy el de ayer más el que hoy soy.

Un acierto de este bailaor es el de rodearse de un cuadro exclusivo, posiblemente uno de los mejores músicos de atrás que se pueden reunir. Miguel Lavi, David ‘El Galli’ y Juan Ángel Tirado al cante, son un espectáculo en sí mismo (destaquemos sus bulerías en torno a una mesa haciéndose compás con los nudillos); Luis Mariano, a la guitarra, con su delicadeza y su cólera, está llamado a dejar una huella indeleble en el panteón granadino (su taranta es conmovedora); Miguel ‘El Cheyenne’ no se limita a tañer el cajón, su concepto musical y su visión de conjunto lo llevan a limar las piezas y a dirigir el conjunto; David Moreira, al violín, aporta un contrapunto interesante y aplaudido, aunque a veces esté de más.

Con un pregón, trilla y romance, que esconde seguiriya en su vientre, se destapa Iván con su fuerza, a veces violenta, y su anhelo de transmitir. Una transmisión tan necesaria como arrebatada que se hará verbo por levante rematado por tangos, donde el sacromontano domina paseando su palmito con una seguridad y una gracia asaz agradecidas.

Termina por alegrías. Aunque, como acostumbra, será un falso final, pues vendrán a la postre generosidades musicales (solos de percusión o de violín) cercanos a la rumba. Cantiñas que recuerdan a sus mayores pero con un aire definitivamente personal, como él mismo.

Alberto Sellés, el 30 de junio, fue la sorpresa foránea. El jovencísimo bailaor de San Fernando (1991) es una caja de sorpresas. Quiso venir acompañado de Javier Barón, un peso pesado del baile nacional, quizá para darse una seguridad que, viendo sus hechuras y su técnica, resultó innecesaria.

Con un fuerte y seguro taconeo, Alberto comenzó con seguiriya, precedida por una estela de martinetes. Al cante Manuel Romero, Ana Gómez y David ‘El Galli’; a la guitarra Juan Campallo; y a la percusión José Carrasco.

Después de un poquito de bulerías de Barón y algunas incursiones por parte de los músicos (taranta guitarreada y malagueñas en la voz de ‘el Galli’), un breve paso a dos por cañas trasciende el nivel de la pareja casi de equilibrio. Todavía quedaba tiempo para unas rotundas alegrías por parte del isleño y unas graciosas bulerías, que acabaron por soleares, firmadas por el maestro.

El último día de esta semana (31 de julio) tuvo también sabor local pero de universal trascendencia. David Carmona, detrás de su guitarra, no sólo da un concierto, sino que hace una tesis de su espectáculo y da una ponencia sobre su concepto personal de convivir con las seis cuerdas que tanto le deben al maestro de Sanlúcar y a la escala mexolidia.

En solitario nos hace entrega de una taranta y de una soleá y de esas bulerías que le acompañan llamadas Motivo impertinente donde expone parte de su mundo. Igualmente interpretará un toque libre de clara influencia fandangueril (entre minera, granaína y taranta) donde pone a prueba su escala oriental demostrándonos que hay territorios posibles aún no hollados.

Con la misma escala mexolidia, propone bulerías que apunta Patricia Guerrero, su artista invitada, su artista fetiche, al baile con pantalón. Patricia se ciñe a lo elemental. Como un perfume, concentra su arte en los minutos necesarios para hacernos estremecer. A la vez rotunda y delicada; sus brazos, sus caderas, su rostro, sus pies, su palmito todo, hacen de ella una isla hermosa entre las bailaoras del momento. No temo en afirmar que el mejor día del Corral, de lo que llevamos, el mejor momento es precisamente este en que Patricia baila para David y David toca para Patricia, porque lejos de que el baile acompañe a la guitarra, la guitarra se hace exclusiva, David compone directamente para el baile (posiblemente para el baile de Patricia). Esta jugada la repetirán generosamente en las bulerías finales.

Antes de este final por fiesta, ya con el resto del grupo (Carmen Molina al cante; Agustín Diassera a la percusión), meros instrumentos a su servicio, David apostará por unos ricos fandangos de Huelva y unos curiosos tangos que, entre otras cosas, expresan anormalmente dolor en sus letras, también compuestas por él.

* Foto de Naemi Utea©.

Infidelidad

Infidelidad

Desde que me enteré que la infidelidad es hereditaria miro a mi padre con otra cara.

Después del crudo artículo de ayer dedicado a la bestial práctica del empalamiento, se imponía en este día escribir algo ligero o amoroso o humorístico. Descarto el poema por no encontrar verso que me seduzca en este momento. Desecho el cuento por no atinar a la redondez que me exijo. Descubro mis anotaciones y me doy cuenta que todas las frases de este artículo comienzan por la sílaba ‘des’.

Despierto, destemplado, descerrajado, descendiendo, descalificado, deshollinar, desemplumo, desbravado, descarriar, descarrilar (¡uy!), desear, desfondar, desairado, deshilachar, desgañitado, desidia, desternillar, desleír, desvaído, destino, déspota, despotricar, despilfarrar, despachurrar, despojar, despejar, despedir, descreer, desván, destellar, destartalado…

Desecho este juguete, que comenzó siendo del azar, y me detengo en la ‘i’. Me salto incesto (el último pecado) para futuras entradas y me instalo en infidelidad.

Sé infiel y no mires con quién es una película de Trueba, basada en una obra de teatro del mismo nombre, que no recuerdo haber visto pero su título viene pintado para este post.

Hablar de infidelidad es hablar de celos. Siempre he considerado los celos una tara equiparable a la envidia o el egoísmo. A veces los celos están en la cabeza del celoso. Isak Dinesen, en Cena en Elsinore (Siete cuentos góticos), dice: "Al hablar de Eva y del Paraíso, todos los hombres están todavía celosos de la serpiente". Los celos son los fantasmas en los que uno cree por miedo a peder su acomodadizo statu quo.

La infidelidad es una lacra en la cabeza de las personas temerosas. Cuanto más grande sea la conciencia del pecado, así más grande será la infidelidad soportada (o infligida).

Cela escribe “La castidad enmohece” y Oscar Wilde, que no para de hablar del amor en todas sus facetas (y esta es una de ellas) decía que “Los que son fieles conocen nada más que el lado trivial del amor: el infiel es el que conoce las tragedias del amor”.

Uno no es infiel si no se considera infiel. “Lo bueno de comerte un bocadillo de jamón en Marruecos, escribía yo en un viaje al país alauita, es que nadie te pide”. Aunque hay musulmanes que lo comen. Como mi amigo Duharris, que recita la prohibición de comerse el marrano de pezuñas hacia arriba. Pero aquí en España, concluye, colgamos al cerdo cabeza abajo.

El Corán observa dos excepciones respecto a la comida tabú. Puedes comer cerdo si no sabes que estás comiendo cerdo o tienes apremiante necesidad de llevarte algo a la boca. Con la fidelidad o la infidelidad puede que pase lo mismo.

Oscar Wilde, en otro de sus escritos, reflexiona: “Los jóvenes quisieran ser fieles, y no pueden, los viejos quisieran ser infieles, y tampoco pueden”. Quizá la infidelidad sea ley de pensamiento, de palabra o acto, incluso de omisión como el pecado.

La Maga, en Rayuela de Cortázar, le pregunta a Oliveira: “¿Por qué te acostaste con Pola?”, y Horacio, “sentándose en el riel al borde del agua”, responde: “Una cuestión de perfumes. Me pareció que olía a cantar de los cantares, a cinamomo, a mirra, esas cosas. Era cierto, además”. Y Groucho Marx confiesa: “¿Qué por qué estaba yo con esa mujer? Porque me recuerda a ti. De hecho, me recuerda a ti más que tú”.

Empalamiento

Empalamiento

Quiero advertir antes de empezar, nunca ha pasado, que por la crudeza del texto que a continuación refiero, se abstengan de leerlo personas sensibles, empáticas o propensas a las lágrimas por el sufrir ajeno. Si el hombre se aleja rotundamente de los otros seres animados es por su capacidad de infligir daño gratuito a sus semejantes, desproporcionando la pena al delito, a no ser que el delito se pague con el ‘deleite’ de ser contemplado mientras se entrega el alma.

Leo en los Diálogos de Pietro de Aretino: Y clavándose encima, se agitaban como reos en los palos turdescos. Cita que viene acompañada con su llamada a pie de página, donde el traductor Joaquín López Barbadillo ofrece extensa explicación, en un facsímil de su edición de 1914, en la que expresa que “pocos suplicios pueden concebirse que igualen en horror a éste de la pena del palo. Tiéndese a la víctima en el suelo boca abajo y, para que no pueda valerse y resistir, se la aprisiona adaptándole al tronco la albarda de un burro. Luego, a golpes de mazo, le va el verdugo metiendo lentamente por el ano un palo que tiene la punta embotada, de modo que comprima y separe los órganos sin desgarrarlos; cuando ya ha entrado en el cuerpo cosa de media vara, se alza la roma lanza de madera, y se clava en tierra”.

“Así queda el reo, prosigue Barbadillo, abandonado en el campo, bajo el sol. Su propio peso le va ahondando la fuerte vara en las entrañas, y al fin muere. Casos se han dado de resistir tres días un hombre el atroz sufrimiento, mientras el organismo, terriblemente sacudido por el dolor, se va espetando, espetando en la pértiga, hasta que al cabo le sale ella por la espalda o por el vientre o por lo alto del pecho”.

Me viene a la memoria, como no, Vlad Draculea o Vlad Tepes, conocido como ‘el Empalador’, príncipe de Valaquia (hoy, sur de Rumanía), en el que se inspiró el irlandés Bram Stoker para escribir Drácula (1897). Se supone que Vlad III condenó de 40.000 a 100.000 personas, a veces tan sólo por el pecado de ser pobre o gitano, a morir por empalamiento o a través de otros métodos de tortura de semejante exquisitez (la amputación de miembros, nariz y orejas, la extracción de ojos con ganchos, el estrangulamiento, la hoguera, la castración, el desollamiento, la exposición a los elementos o a fieras salvajes, la parrilla y la lenta destrucción de pechos y genitales), durante los siete años que duró su reinado. De hecho, nos recuerda Stephen King en El umbral de la noche que, La novela (Drácula) también narra el empalamiento —la penetración ritual, se podría decir— de una joven y bella vampira, y el asesinato de un bebé y su madre. Puesto que la penetración de la estaca puede realizarse por un costado, por el recto, la boca o por la vagina, siendo a veces el empalamiento doble.

Su origen puede remontarse a la antigua Asiria. Aunque no se documenta hasta que el rey persa Darío I lo utilizara como método de ejecución entre los siglos VI y V antes de nuestra era. Así llegó a matar a 3.000 habitantes de Babilonia. Robert Graves, en El conde Belisario, cuenta que este emperador le preguntó a Aigan cuál era la muerte más ignominiosa que podía infligirse a un huno, y Aigan repuso «la muerte por empalamiento».  

Cervantes, se hace eco de esta práctica en la primera parte del Quijote (“cada día ahorcaba al suyo, empalaba a este, desorejaba a aquel”) y en Los Baños de Argel (“a empalar le sentenció”). 

El Diccionario de la Real Academia hace una gracieta comparativa, quizá fuera de tono. Define el verbo ‘empalar’ como "espetar a alguien en un palo como se espeta un ave en el asador".

Así que acudo al Diccionario del diablo de Ambrose Bierce, siempre más fiable en estas cuestiones, y nos dice largamente que "empalar es, propiamente, dar muerte introduciendo en el cuerpo de la víctima, que está sentada, una estaca recta y puntiaguda. Era una forma común de castigo en muchas naciones de la antigüedad, y sigue estando en boga en China y otras partes de Asia. Hasta comienzos del siglo XV fue extensamente empleada para catequizar a herejes y cismáticos. Wolecraft la llama el “banquillo del arrepentimiento”, y entre el vulgo se decía jocosamente que el empalado “cabalgaba el caballo de una sola pata”. Ludwig Salzmann nos informa que en el Tibet el empalamiento se considera el castigo más apropiado de los crímenes contra la religión; y aunque en China se usa a veces para penar delitos seculares, casi siempre se reserva para casos de sacrificio. Pero al que en la práctica sufre el empalamiento le importa poco establecer qué clase de disidencia, civil o religiosa, le vale semejante incomodidad; aunque indudablemente experimentaría cierta satisfacción si pudiera contemplarse transfigurado en gallo de veleta sobre la cúpula de la Verdadera Iglesia".

El psicoanalista argentino Ariel Arango, en Las malas palabras, virtudes de la obscenidad (2000), narra: “El caudillo araucano Caupolicán (s. XVI), que luchó bravamente contra los españoles a los que derrotó en varias batallas, al ser capturado fue condenado a la pena de empalamiento. La misma consistía, en espetar al prisionero en un palo. O dicho de otro modo, le atravesaban el cuerpo con un instrumento puntiagudo que... ¡le introducían por el culo!”.

Por último, recojo la noticia del investigador alemán Karlheinz Deschner, en Historia sexual del cristianismo: “La Constitutio Criminalis Carolina del devoto Carlos V —legislación penal que siguió vigente hasta el siglo XVIII, y en algunos estados alemanes ¡hasta 1871!— [dictaba]: «ítem, si una mujer mata con premeditación, nocturnidad y alevosía a un hijo suyo vivo y ya formado, generalmente será enterrada viva y empalada. No obstante, para evitar complicaciones en estos casos, dichas malhechoras pueden ser ahogadas cuando en el lugar del juicio la disponibilidad de agua lo haga posible. Mas si tales crímenes suceden a menudo, con el objeto de atemorizar a las tales malas mujeres, queremos autorizar el recurso al mencionado enterramiento y empalamiento, o que se desgarre a la malhechora con tenazas ardientes antes de ser ahogada, todo ello según el consejo de los expertos en derecho»”. Todo una delicia.

* He preferido escoger esta pequeña ilustración a contraluz para no zaherir más sensibilidades, pues algunas fotos son tan evidentes de esta cruel tortura que dan ganas de renunciar a la especie humana para los restos (sin siquiera hablar de política).

Mosquitos

Mosquitos

Tengo una condición insolidaria que no me importa confesar y es que no me pican habitualmente los mosquitos hembras que dicen son las que pican sobre todo si hay alguien a mi lado a quien picar puede ser que mi sangre no le agrade puede que me corra más acre por las venas de la que a ellos gusta rellenar sus estómagos para dar pie a algunas fantasías futuristas si es que le gustase la sangre ‘dulce’ o de cualquier otra tipología puede quizá que tenga la piel dura y desistan de horadar un terruño que se les resiste prefiriendo en su caso a mi vecino de epidermis más transparente en cambio sí hurgan en los cueros de las bestias por comparación o deducción harto más recias que la mía aunque en mi defensa si acaso se puede considerar que a los cuadrúpedos se les adhieren a las mataduras sobre todo quiero pensar en fin que me pican como a todo cristiano pero que no suele empozoñárseme el arete de su tino ni hay espacio para la rojez ni para rascar la roncha aunque alguna vez sí he notado la hinchazón la moradura más extensa cuanto más le aplicaba las uñas o quizá la mordedura de una mosca con saña o el aguijón de una avispa que he corrido a untarlo con tierra y vinagre para cuando se secara el barrillo estar como nuevo o sea primero paz y después gloria como en mi comunión que toda la chiquillería corrimos a lapidar avisperos y todos se retiraron raudos cuando alguno acertó en la diana menos yo con mi traje de marinero recuerdo aún el calor de la tirantez de su tejido blancoyazul con su cruz dorada colgando de un cordón como de leontina en vez de un silbato de viejo lobo que llame a la niebla y hable con gaviotas estilizadas y parlanchinas y me picaron antes de decir amen y volví creo que no llorando pero prometiendo que en la próxima vida al menos en mi segunda comunión correría como el que más o en otra ocasión cuando a solas emprendía caminatas dominicales que me compré una sandía pequeña que pesaba como la más grande en el pueblo donde paró el autobús con mi moreno de sierra y mis vaqueros excesivamente cortos más pronto que tarde se me hincó una avispa a la que perdoné de inmediato como el de Asis y corrí a embarrarme el punto del brazo infecto y al rato nada pensando en mi inmunidad y en la flaca defensa del insecto rayado que si fuera una abeja habría dado su vida por nada como los suicidas cegados por la promesa de un paraíso incierto mucho más veneno en mis carnes no recuerdo aunque sí en mi corazón bastantes sin embargo en mi partenaire o en mis circunstantes como por ejemplo caminando el Cabo de Gata con ocho o diez y el anuncio de plaga de mosquitos del que tomamos precauciones con pomadas y repelentes varios que acribillaron a todos unos más que a otros menos a mí que vergonzosamente acabé ileso y comiendo erizos con precaución no más recordando algunas lecturas de Lampedusa o una escapada a las Cícladas donde descubrí en sus mares el color azul que creía conocerlo de siempre y me vino a la memoria todo el Homero y el Durrel de Corfú donde cuando con Henry Miller tomaban el sol desnudos en sus orillas

* Mar Egeo.

El flamenco prendido de Eiko

El flamenco prendido de Eiko

XV Muestra de flamenco. Los Veranos del Corral

Eiko Takahashi es como si ya fuera de aquí. Sus treinta años de continua visita, empapándose del todo lo que huela a flamenco (cuanto más de raíz mejor) y codeándose continuamente con los granadinos lo avala.

No es primicia ni descubrimiento alguno que el flamenco cautivó Japón. Es posible que en Tokio existan más academias de baile que aquí; amen de tablaos, salas de fiesta, publicaciones especializadas… Con ese poder de mimetismo, los japoneses abrazan nuestro arte y lo reproducen con pasmosa exactitud.

¿Objeciones? Sí, puede haber muchas, como también hay sorpresivos aplausos. Basta con mirar el plantel de bailaores o tocaores nipones que están afincados en España.

El flamenco para Eiko comenzó aprendido; después, como alma inquieta y pasional, fue aprehendido; para terminar, el miércoles pasado pudimos verlo en el Corral del Carbón, el flamenco ha prendido en el saber y el trasmitir de esta gitana oriental.

Sus miradas recorren todo el panorama del baile flamenco durante medio siglo. Su propuesta es clásica y respetuosa. A veces demasiado marcial y encorsetada; otras, tan libre como los pájaros. La técnica y el remedo la invaden en un comienzo, pero nos descubre a los postres una capacidad de improvisación inesperada. Su necesidad de contar es vital; su trabajo, evidente; su entrega, verdadera.

Con sus sesenta años ya cumplidos, Eiko ha sabido dar y recibir, respetar y agradecer, escuchar y gobernar. Se rodea de un cuadro contundente. La seguridad de la guitarra de Marcos ‘Palometas’, que a veces rellena el espacio como si fuera dos; la voz rotunda y segura de Manuel Heredia; y la prodigiosa de Sergio Gómez ‘El Colorao’ (encomiable por levante); y las palmas y jaleos de Mati Gómez (lástima que no cantara, aunque para el fin de fiestas se dio una graciosa pataílla por bulerías).

Dos bailes conforman un trabajo de encaje. Dos bailes que se desglosan como el jardín de Borges para mostrarnos su globalidad. Así, comienza por malagueñas, que encierran tangos de Triana y del Piyayo, y sabores de farruca, para desembocar por rumbas y por fiesta. Tanto el baile, como el vestuario y la expresión del rostro son muy cuidados. A veces, en algunos movimientos o vuelos de manos, trasciende el alma oriental y la delicadeza de quien contempla una flor sin arrancarla de su tallo.

Después de los tarantos de Sergio y de unas bulerías de Utrera de Manuel, en las que se acuerda de Perrate y de Fernanda, vuelve la bailaora a repartir emoción con una soleá de Triana, unas cantiñas y unas bulerías de Cádiz en una misma pieza, posiblemente un poco largas, quizá un cante de cisne agradecido.

* Foto de Naemi Utea©.

La redonda hombría de Rafael Campallo

La redonda hombría de Rafael Campallo

XV Muestra de flamenco. Los Veranos del Corral

Siempre es una apuesta segura atender el baile de algunos artistas. Rafael sorprende a cada paso con un baile personal, lleno de guiños y de una comicidad digna de agradecer, que hace de los espectadores verdaderos cómplices de su propuesta. 

Familiarmente arropado por un preciso Jeromo Segura al cante (con una soleá antológica), por su hermano Juan Campallo a la guitarra (exclusiva rondeña) y por la percusión de José Carrasco.

Si a esto le sumamos el marco perfecto, en cuanto a belleza, temperatura y dimensiones; un perfecto sonido; y un juego de luces muy cuidado (aunque no terminan de convencerme los fundidos totales al final de las piezas); tenemos los ingredientes perfectos para disfrutar de la velada.

En realidad, salvo contadas excepciones, las quince muestras de flamenco del Corral del Carbón que ahora celebramos han contado con estas características haciendo de este ciclo uno de los mejores festivales de flamenco joven de la nación.

Rafael, al que pudimos ver este lunes pasado inaugurando la Muestra, goza de un baile eminentemente masculino, pero lleno de redondeces y de un braceo que lo aleja gratamente del puro macho y del baile de arrebato de gusto exhibicionista.

El bailaor sevillano comenzó bailando por malagueñas para, después de la rondeña aludida, abordar unos tarantos con un tempo muy relajado hasta mascar de vez en vez el puro silencio. Esta incursión por levante culminó, como suele suceder, por tangos, donde el protagonista roneó a placer con la gracia que lo tilda.

Acaba la entrega del cuadro hispalense por alegrías precedidas por una generosa entrega a la caja. Si acaso faltara soltura y dominio, Campallo por Cádiz, termino por desatarse arrancando los minutos de aplausos que sin duda merecía.

Alegraos por mí

Alegraos por mí:
he perdido mi gran amor;
ya no tengo cadenas.

* A la manera de Aretino.

Una de fantasmas

Una de fantasmas

Sandra Martínez de la Torre, la de zapaterías Martínez, dijo que iba a subir al desván a buscar un cordel para anudar este fardo.

—¿Un fardo de qué?

—No sé. Un paquete. Algunos productos de la granja que le mandaría a su novio.

—¿No me digas que tiene novio?

—Pues sí, de antiguo. Andresito, Andrés, el de la taberna, que se ha ido de guardiacivil a Bilbao.

—Pobrecito.

—No se crea. Cobra un plus por servir en el norte.

—Incluso así.

 

Sandra era una chica espigada, que todas las faldas le venían cortas. Tuvo problemas con don Anselmo Avellaneda, que venía de Extremadura, y quería que a las mujeres no enseñasen las rodillas en la parroquia. Ahora para la boda…

—¿Es que se casa?

—Con Andresito. ¿No te digo? Ya tienen fecha y todo. Será para san Juan.

—La noche más corta.

—Andresito siempre fue precoz.

—Hasta en eso.

 

Yo le dije que la acompañaba. No sólo para verle las piernas, populares aún, antes de que se apareara definitivo, sino porque la noche anterior habíamos intercambiado algunas noticias de miedo, no vaya a ser que se tropezara en lo oscuro con algún aparecido.

—Buena estrategia.

—No sé si es buena, pero así me evadía un rato de la cocina.

—Ya. El fastidio de los cacharros y de la comida.

—No; más bien para dejar solos a Luis, que ponía inyecciones, y a Luisa, que en lo íntimo empiezan a hablarse.

—¡Dios los cría…!

 

Los padres de Luis tienen una carnicería con fama en productos manufacturados, donde amasan las hamburguesas con tres tipos de carne. Ella entró a cubrir una baja por embarazo. La chica de antes, la que sufría de reuma, estuvo mucho intentándolo y por fin… Luisa, de tanto visitar al practicante, terminó el practicante visitándola a ella.

—Lo que suele pasar.

—Pues eso.

 

Luis se fijó en Luisa nada más verla. Luisa, me consta, tardó algún tiempo más en fijarse en Luis. El caso es que se entienden y entre hamburguesa y hamburguesa…

—¡Un perrito!

—Pero qué bestia es usted.

—Usted perdone, me lo ha dado hecho.

—Bueno, continúo.

 

La noche anterior, la de las brujas, los novios habían discutido. Y hoy eran todo caras mohínas e indirectas de esas que pican.

—Las conozco. Pero hacen más daño al que las lanza que al que las recibe.

—¡Cómo lo sabe!

 

Había que dejarlos solos que se sincerasen y lo que fuere fuera siendo. Así que subí detrás de las piernas de Sandra y de camino buscaría yo también algo.

—¿Algo como qué?

—Qué se yo. Un trapo, un libro, alguna antigüedad…

—Sí, algo indefinido.

—Eso le digo.

 

Ella encontró la cuerda rápidamente y dijo de bajar enseguida. Le dije que esperase, que yo también quería coger algo y que así le dábamos tiempo a los luises a que hicieran las paces. Quise hacerla cómplice.

—Es lo mejor en estos casos.

—Así lo pensé.

 

En el fondo encontré algo que podía serme de utilidad o servir para distraerme durante algún tiempo. Interesante de cualquier forma. Un atadijo de vetustas postales se esquinaba al lado de la gran luna enmarcada. Fui a agacharme para asirlas y en el espejo vi reflejada la imagen de un ser grotesco que me sonreía.

—¿Un fantasma?

—Eso pienso. Pero no me interrumpa más que no acabamos.

—Usted perdone.

 

Era grandote y medio calvo. La chaqueta de cuadros, abrochada nada más que de una botonadura, le quedaba estrechísima y los pantalones, de un amarillo pálido, dejaban ver sus calcetines verdosos alzados como con agujetas y sus zapatones de payaso. Di un salto y corrí hacia Sandra Martínez que me esperaba en la boca de la escalera arrollando su cordón ya desanudado.

—Qué susto, oye.

—Ni que lo digas.

 

Yo, el valiente, que no creía en apariciones ni en cuestiones extracorporales, de pronto veo a un clon que se ríe reflejado en una lámina. Al otro lado nada.

—Espeluznante.

—Calla, que sigo.

 

Y, cuando me vuelvo con el corazón encogido para alcanzar a la bella y el calvero de luz que me volviera el aliento, en vez de Sandra veo al caricato del azogue con flores ajadas en la mano en vez de la cuerda recogida.

—¿Y qué hiciste?

—Me quedé helado.

—Normal.

 

Miré otra vez atrás y después otra vez a Sandra, que esta vez sí era la Sandra Martínez de la Torre que todos conocemos, que me preguntó que qué me pasaba, aunque yo no podía articular palabra. Después me quiso dar la mano para bajar al menos el primer tramo de peldaños, hasta el descansillo, y se la rechacé con las ganas que tenía yo de un contacto físico con la casadera desde que llegamos a la granja.

—¿Y su novio?

—Está muy lejos. Además, aún no están casados.

—Hasta san Juan.

—Hasta san Juan.

Sobre la responsabilidad de los sueños

Sobre la responsabilidad de los sueños

Nunca me han interesado sobremanera los sueños, ese producto del subconsciente alimentado con nuestros más recientes fantasmas, aconteceres y circunstantes. Llama la atención, no obstante, y, supongo, que en el momento que tuve que elegir intereses, éste no fue señalado.

Reconozco, sin embargo que estoy en débito con los sueños. A veces me han dado argumentos para escribir o para fantasear. A veces he distinguido entre sus entretelas el amor perdido, la solución a mis problemas, la luz en la penumbra que me envuelve.

También podíamos hablar de uno de mis deportes favoritos que se concreta en soñar despierto, pero eso es otra historia.

Silvio Rodríguez cantaba en una famosa composición que soñaba con serpientes. Alguien dijo, o leí en no sé dónde, que soñar con reptiles es símbolo de homosexualidad. No supe qué pensar.

Hay quien le da gran importancia a este mundo onírico e incluso lo concibe como premonitorio. Hay muchos psicoanalistas, filósofos y pensadores en general que han escrito sobre la interpretación de los sueños. Pero, repito, su entendimiento escapa a mis inquietudes.

Sé, sabía desde hace tiempo, que los vuduistas se consideraban responsables de sus sueños, viviendo así ‘conscientemente’ las veinticuatro horas del día. Y en algún momento supe sobre la comunión de los sueños. Gemelos que sueñan lo mismo, destinos que se encuentran soñando, etcétera.

Pero lo más fuerte quizá sea la creencia en tiempos de Torquemada y compañía de la acusación por ‘delinquir’ en los sueños ajenos.

En el siglo XV y siguientes, como material inquisitorial, se usaba el Malleus Maleficarum (El Martillo de las Brujas), de Heinrich Institor y Jakob Sprenger, publicado en Alemania en 1486. este libro, además de dar un informe detallado de cómo se podían identificar, acusar, procesar, torturar, declarar culpables y sentenciar a las brujas, nos advertía de que “¡sois responsables de lo que hacéis en los sueños de otros!”.

Cuenta Marvin Harris, en Vacas, cerdos, guerras y brujas, que por esta ‘responsabilidad’ tuvieron que morir 500.000 personas: “por crímenes cometidos en los sueños de otras personas”. Lo que le da pie para arremeter contra los alienados defensores de la contracultura:

“Sostengo, concluye Harris, que es totalmente imposible subvertir el conocimiento objetivo sin subvertir la base de los juicios morales. Si no podemos saber con certeza razonable quién hizo qué cosa, cuándo y dónde, no podemos esperar proporcionar una descripción moral de nosotros mismos. Si no somos capaces de distinguir entre el criminal y la víctima, el rico y el pobre, el explotador y el explotado debemos defender la suspensión total de los juicios morales, o adoptar la posición inquisitorial y considerar responsable a la gente de lo que hace en los sueños de los demás”.

El sueño de la razón produce monstruos, grabado de la serie Los Caprichos de Goya.

Superlativísmo

Superlativísmo

Leo en El sueño del celta, de Vargas Llosa, novela carente de la magia de sus historias tropicales (Lituma en los Andes, La casa verde o Pantaleón y las visitadoras), la expresión “muchísimo más después”, lo que en un Nóbel de Literatura (2010) me choca un tanto.

Ignoro si esas fórmulas de extender el superlativo son válidas, o sea si están o no admitidas (él sabrá que es académico de número). Quizá en su habla local sea común o se haya dejado llevar por las nuevas corrientes de que todo es super o es mega, si no las dos cosas (supermegadivertido).

En julio de 2007, en este mismo blog, en un artículo llamado Mi más sincero agradecimiento ya denuncié el abuso de esta redundancia innecesaria, pero es hasta ahora que no me lo encuentro en la pluma de una autoridad mediática. No sé, no obstante, si en realidad este desliz es intencionado, como el claro loísmo o la repetición machacona de alguna palabra. La cuestión es que estas manchas pasan a ser faltas en un texto, tanto más graves cuanto más ancho sea el nombre del que las comete.

Es igual que cuando leemos en un cartel de la calle: “Se ofrece persona muy responsable…”. La responsabilidad es una y completa. El ‘muy’ sobra. Aunque quien ha fijado ese aviso en la marquesina de un autobús, por razones evidentes está excusado.

En general no deben tener superlativo las palabras que ya expresen los extremos. El universo no puede ser muy infinito, ni Dios bastante eterno…

Diabolus est Deus

Diabolus est Deus

Dios es amor, pero en la espalda guarda un látigo. Dios es permisivo y benevolente, pero también es justiciero y cruel. Es nuestro padre bondadoso. Es nuestro padre severo.

Todo cabe en su persona. Es el bien y es el mal (quizá más allá de los conceptos). Brilla en el paraíso y desborda las tinieblas con su sombra, que, como la del ciprés, es alargada.

Dios es inteligente en su unicidad, que astutamente se torna en multitud.

Dios es géminis. Tiene dos caras como la luna. Nos mira con su luz, pero se precipita con el ángel caído con su faz de negrura.

Dios necesita nuestra bondad, pero necesita también nuestro pecado, pues necesita a su vez perdonar, al igual que sonreírnos con promesas y albricias. Bataille decía que es blasfemando como el hombre se convierte en Dios. ¿Dios somos todos? ¿Dios está en nuestro interior como está el diablo? ¿O el demonio es Dios?

En Los monederos falsos, André Gide escribía: “El diablo y Dios son uno solo; se entienden. Nos empeñamos en creer que todo lo malo que hay en la Tierra viene del diablo; pero es porque, de otra forma, jamás encontraríamos en nosotros mismos la fuerza necesaria para perdonar a Dios. Se divierte con nosotros como un gato con el ratón que atormenta... Y, encima, nos exige que le estemos agradecidos”.

Y Saramago, en Caín, explica que “Lo más seguro es que Satán no sea nada más que un instrumento del señor, el encargado de llevar a cabo los trabajos sucios que dios no puede firmar con su nombre”.

Ya hablé en otro momento del infierno. Creo que apuntaba la frase de Georges Bataille entresacada del prefacio a Madame Edwarda a este respecto: “El infierno es la idea amortiguada que Dios nos da involuntariamente de sí mismo”.

O quizá no sea más que lo que pensaba Salvador Dalí: “No sabes que no existe el diablo, es dios cuando está borracho”.

Paco, el número uno

Paco, el número uno

Festival de Música y Danza de Granada

Paco de Lucía

Lo más fácil y lo más difícil es hablar de Paco. Posiblemente el mejor tocaor de todos los tiempos cerró el Festival de Música y Danza. Con todas las entradas vendidas aproximadamente a la hora de abrir la taquilla y alcanzar en la reventa precios espectaculares, Paco vuelve a Granada con un octeto para dar una visual sobre parte de su trabajo.

La interpretación del algecireño es magistral, como no podía ser menos. Sus manos son de oro; su limpieza admirable; y el soniquete que descansa en su mano derecha admirable. Pero dejadme destacar su labor compositiva. Paco ha marcado un antes y un después en la guitarra flamenca. Sus incursiones, en cualquiera que sea la pieza, son obras de filigrana y entran por la puerta grande a formar parte indiscutible de la memoria clásica del flamenco.

El viernes, 12 de julio, se agolpaba casi el mismo número de espectadores en el Teatro del Generalife como por sus alrededores. El derroche de decibelios hacía que el concierto se oyera nítidamente a varios kilómetros a la redonda.

El maestro suele cambiar de agrupación, manteniendo algunos de sus circunstantes durante varias temporadas. Es como si quisiera dar oportunidad a claras promesas de caminar a su lado o de disfrutar en directo del arte y el pellizco de los demás (esto mismo le ocurría a Morente).

Algunas constantes sin embargo adjetivan esta elección, como la inclinación camaroniana en las voces, la incorporación de instrumentos en principio distanciados de los esquemas flamencos o el baile de arrebato en su parte plástica.

Así, el baile del Farru, otras veces de desbocado lucimiento, hogaño, a las órdenes del de Lucía y finalizando algunos de sus temas es eficaz y agradecido. El resto de los músicos están en su sitio y alcanzan el nivel requerido con tan buen rey. Destaco la percusión de El Piraña y el bajo de Alain Pérez, con solos memorables. Pero sobre todo aplaudo la espectacular armónica de Antonio Serrano Dalmas, que rellena el espacio y casa de una manera especial con el flamenco y el ambiente exigido.

Antonio Sánchez Palomo, como segunda guitarra, es reconocible y preciso en los diálogos que entabla con la sonanta del jefe. Los cantaores, por último (David de Jacoba y Antonio Flores Cortés), con sus voces rajadas y algún que otro altibajo en su entrega, dulcifican y popularizan tangos y bulerías, que es lo que primó en el recital.

Con todo y con eso, dejadme que prefiera la guitarra desnuda de Paco de Lucía. Oportunidad que sólo tuvimos con la rondeña del principio y con la introducción de la Canción de amor, sólo constelada con la percusión y con algunas notas en el aire de un sintetizador arrancadas por Serrano Dalmas. Esta ‘balada flamenca’, que introduce la bulería Volar y apuntes de Luna que habita en los mares, forma parte del disco Zyryab de 1990 que, junto con Cositas Buenas (2004), jalonan genéricamente este concierto.

Con estas remezclas y guiños (hay piezas que agrupan tres o cuatro formas distintas, bulerías, seguiriyas y tangos, por ejemplo), se desarrolló un recital eminentemente festero.

Fuera de programa y después de una generosa introducción a la caja, la banda nos regala Entre dos aguas la rumba con la que comenzó todo.

Dentro de la excelencia y el respeto, quizá eché de menos, repito, escuchar algo más la guitarra solitaria del maestro y algún que otro toque más ‘profundo’ como una soleá, una taranta o unos tientos.

El baile denuncia de Israel Galván

El baile denuncia de Israel Galván

Festival de Música y Danza de Granada

Lo Real/Le Réel/The Real

A ver cómo lo cuento. Israel Galván no es el único bailaor que abandera la vanguardia del baile flamenco. Ni siquiera es el primero. Lo han precedido Vicente Escudero o Mario Maya, por citar sólo a dos de sus referentes. Pero sí encontramos en Israel una coherencia en sus extremos, otra vuelta de tuerca cuando parece que los pernos están apretados, un trasfondo canastero en tanta avanzadilla, un compás de excelencia en todo el conjunto.

Israel, desde el principio, ha hecho gala de su rebeldía. Obras como El final de este estado de cosas, y su depuración, apellidada redux, basadas en los textos del Apocalipsis, encumbran, no sólo su trasgresión, sino también su compromiso.

En octubre de 2012, se inauguró en Berlín un monumento en memoria de los gitanos víctimas del Holocausto. Según fuentes oficiales, unos 500.000 gitanos de Europa fueron asesinados durante el Tercer Reich por ser racialmente inferiores, como los judíos, los homosexuales, los testigos de Jehová y los comunistas.

El bailaor sevillano recoge el testigo de esta memoria histórica y nos ofrece una obra de poco más de cien minutos donde se mete en la piel de uno de estos gitanos en un campo de exterminio para darnos su especial visión de este suceso.

Como si se tratara de un documental, la función está dividida en partes, que se anuncian conceptualmente en paneles que se alzan al efecto. Así, después de un preámbulo (Se corta el aire), donde vemos todo el escenario lleno de ‘herramientas’ y su esqueleto, es decir, sin bambalinas que oculten el foro, comienza la primera parte: Un hombre, de los muertos crecen flores.

Con el flamenco, en forma de granaínas, malagueñas y verdiales (David Lagos), comienzan el relato. Pero es un flamenco desgarrado, lleno de silencios y estridencias. Como tónica general, la música será interrumpida por miles de ruidos y la impertinencia de instrumentos ajenos. A la guitarra Juan Gómez ‘Chicuelo’ armoniza el conjunto.

Galván es un hombre solo que no entiende nada, que se interroga a sí mismo y a los objetos con que interactúa. A pecho descubierto y con tirantes (a veces descalzo) lanza su discurso epiléptico, lleno de poses y de movimientos imposibles, pero con un compás y un trasfondo de flamencura reconocibles. Un piano desvencijado, al que arrastra y golpea, puede ser la imagen de la burguesía, del fascismo, de su impotencia.

Tomás de Perrate canta en caló, parece, una tona, antes de dar paso a Belén Maya, una mujer: el cielo tiembla y se cae. Con ritmo de tangos la bailaora remeda al bailaor. No se luce, sin embargo. La interpretación exagerada merma su eficacia. (En unas cajas de tablas de madera se proyecta al tiempo el vídeo Canta Gitano (1982), de Tony Gatlif, donde actúa Mario Maya.)

Con soleá y bulerías llega el intermedio, protagonizado por Isabel Bayón: Carmen, la chinche y la pulga. Sus maneras irónicas arrancan sonrisas. Su baile es más lucido y provocador. Hasta canta un poco.

Una gitana entrada en carnes sale a escena y, con las manos, mantiene el mismo lenguaje que sus predecesores. También entona el anuncio de Neoclor por tanguillos. El cuadro de músicos continuará esta cantinela y después el anuncio de Cucal: hay que dejar todo limpio y acabar con las cucarachas.

Unas bulerías nos precipitan al final. La muerte es un maestro bienvenido. El escenario va mudándose con diversos objetos (maderas, columnas y rejillas metálicas…), que sirven para dimensionar los pies de Israel.

Gran protagonismo tienen el resto de actuantes: Juan Jiménez Alba al saxofón, Alejandro Rojas Marcos al piano, Antonio Moreno a la percusión, Eloísa Cantón al violín, Bobote a los jaleos y palmas, Pablo Pujol y Pepe Barea, actores, pero sería interminable una crónica que podía haber contado de mil formas diferentes.

Como fin inesperado, los tablones que han servido para anunciar las partes del drama, se levantan, ocultando el escenario, pero dando la impresión que los cautivos somos los espectadores.