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volandovengo

Necesito que pasen miles de años

Necesito que pasen miles de años,
que nuestros nombres sean sólo espuma,
quisiera, amor, borrarte de mi mente.
Mi tiempo ha terminado por entero.
Soy polvo antes que nada, muerto en vida;
soy dolor y me apiado de mí mismo.
Mi condena, sufrir por lo que sufro,
llorar por lo que lloro, sentir este
desconsuelo febril que me posee.
Busco no despertar esta mañana,
quisiera no sentir, como una ameba,
o sin pasión, transido de budismo.
Admito el desamor, incluso el odio,
pero no comprendo la indiferencia.

Lo sé, me está vetado ser feliz.

Inevitablemente paso y pasa
el verano, el otoño y el invierno,
cuando mueren de pena las cigarras.

El sueño de la reina de Saba

El sueño de la reina de Saba

En un sueño, según Bertrand Russell en Pesadillas de personas eminentes y otras historias, la reina de Saba fue seducida por Belcebú. Para ello, el demonio tuvo que eliminar de su alma y su cabeza las bondades sin número del rey Salomón.

Belcebú, como ’Príncipe de los demonios’ (Collin de Plancy, Diccionario infernal), tuvo que demostrar a la reina negra que era más poderoso, rico y sabio que el rey de Israel y llevarla a su magnífico reino de ultratumba. Un palacio con toda exquisitez, pero sin retorno posible. Un reino con dos tronos para compartir “hasta que seáis reemplazada por una reina aún más divina: la última reina de Egipto”.

Todo fue una pesadilla, culmina Russell. Pero la gran sabea, de vello en las pantorrillas, según se fijara Salomón cuando frágil se espejaba en el suelo pulido de una de las salas de su palacio, puede que aprendiera a ladear las argucias del diablo, puede que simplemente se dejara aconsejar por los primeros hermosos compases de su corazón.

Ilustración original de Charles W. Stewart para el libro de Bertrand Russell.

La conjura de los tenedores

La conjura de los tenedores

Fue Mme. de Montpensier quien en 1658 afirmó que Luis XIV, que contaba a la sazón con 15 primaveras, sabía comer con los dedos con 'extremada elegancia'.

El tenedor de mesa se empezó a extender por Europa durante los siglos XVII y XVIII, aunque el tenedor de trinchar, con tres púas, ya se utilizaba desde tiempos del Imperio Romano. Más aún, un rústico tenedor, a veces simplemente como un estilete, aparece ya en el Éxodo o entre los antiguos asirios y griegos, pero su uso era exclusivo de los templos como instrumento ritual para los sacrificios.

En Venecia, sin embargo, la dogaresa Teodora en el siglo X exportó varios utensilios desde la refinada Bizancio, entre ellos un pequeño tridente para asir la comida sólida del tajador sin mancharse los dedos.

En España, aunque se conocía un pincho doble durante los siglos XIII y XIV para trinchar la carne en los banquetes, no es hasta el XV que se empieza a extender entre la nobleza. En Francia llega el siglo siguiente de la mano de Catalina de Médicis, haciéndose indispensable en la corte de Enrique III para evitar mancharse las gorgueras que estaban de moda.

Ahora veo una película histórica ambientada en centroeuropa a principios del siglo XV (La ramera errante) donde aparece un tenedor de dos púas. Aunque no es en la mesa donde se emplea, sino como arma ofensiva, en este caso, mi duda de esta anacronía fue creciendo hasta comprobar los datos que más arriba expongo.

(Dejé de ver Águila Roja, entre otras cosas, porque se pusieron a cantar bulerías en pleno siglo XVII.) (Ahora veo Gallina Blanca.)

De todas formas no hay que pasarse de listo y el tenedor en la obra citada puede tener un origen que no haya contemplado o que los asesores históricos de dicha película, en caso de que los huviera, vieran idóneo y totalmente factible su inclusión.

¡Tampoco el pasado, ¡ay!, es una ciencia exacta!

El torrente de José Valencia

El torrente de José Valencia

Dueño del compás y del jaleo, José Valencia alimenta los lunes del Teatro Alhambra con su cante estridente, pero no desbocado, al que incluso se le amplifica en demasía.

Conocimos a este catalán hermanado en Lebrija cantando para el baile, donde es toda una eminencia, reconocido y demandado por las grandes compañías de danza, queriendo apostar por un valor seguro. (Últimamente ha venido acompañando a Eva Yerbabuena.)

Hace algunos años, José comenzó a cantar para alante, avalado por su trayectoria y su saber, con resultados más que positivos.

Ahora graba su primer disco Solo flamenco, una declaración de intenciones, un intento de desnudar el cante de influencias externas, a veces nocivas. El resultado viene a presentarlo en este ciclo de la Junta de Andalucía.

Valencia se templa con malagueñas de la Trini y se abandola por Ronda, rematando enérgicamente por el Albaicín (bien ese final valiente). La frialdad del comienzo le pasa factura y la guitarra de Salvador Gutiérrez, normalmente eficaz, no le sirve de ayuda.

El lebrijano continúa sin pena ni gloria por soleá y taranto y levantica. Quizá abuse del mismo discurso en los cortes o en la ligazón de los tercios.

Para las cantiñas, que comienza a firmar con nombre propio, reclama el compás exacto de Juan Diego Valencia y Manuel Valencia. Y de los tientos-tangos pasa a las seguiriyas, que remata por cabales, quizá su mejor entrega, y donde el guitarrista aportó toques merecedores.

José Valencia también fue rey en las bulerías de su tierra, demostrando su dominio de los cantes rítmicos. Termina la fiesta a boca de escenario. (A este cantaor no le hace falta micrófono.)

De regalo, en vez de las prometidas tonás, hizo entrega de tres fandangos naturales, el último de ellos sin megafonía.

Un concierto correcto aunque raspado, quizá por la parquedad en sí, quizá por el desamor de una plaza exigua.

* Foto de Antonio Conde©.

Llovido del cielo

Llovido del cielo

El queso del pobre no se descorteza, se raspa                                                                                                     (Seguir de pobres, Ignacio Aldecoa).

Faltaba aún bastante para que llegara la primavera y, aunque podía calentar el sol del mediodía en esa ciudad sureña, hacia los extremos del día el frío imponía su hierro. Sin todavía haber bebido nada de alcohol, fuera el que fuera, ni haber quemado petardo alguno, Lucas se desprendió del sobretodo, descubriendo su delgadez, más acentuada por su altura, y se remangó por encima de los codos, sabiendo de antemano que las mangas, por su holgura, retornarían pronto a las muñecas. Con gesto despectivo arrojó la pelliza aborregada al suelo en el mismo lugar donde se encontraba y dejó escapar una exclamación de hartura, más salida del alma que de los labios, denunciando un calor subjetivo, incomprensible a aquellas horas mañaneras.

Ya, sin abrigo y con las mangas resbalosas, cruzó la avenida junto con su acompañante. Cualquiera hubiera pensado que su representación fue un acto de bravuconería, dedicado a impresionar al joven neófito que remedaba sus pasos, pero para sí no era más que un impulso momentáneo, una necesidad visceral sin importancia, un tácito sentimiento bohemio: nada tengo, nada quiero. A Lucas, como buen hijo de la calle, nunca le preocupó tener. Nada poseía; tampoco él pertenecía a nadie ni estaba supeditado a nada. Cuanto menos poseía, menos se arriesgaba a perder. Era libre. Se sentía libre.

En el mismo instante que los protagonistas de este pequeño suceso doblaron la esquina entre aspavientos y quejas postreras, el ajado pedigüeño de la esquina, desinflado por pura hambre, se levantó sin prisas, con la colilla del cigarro apagada en la comisura, miró a ambos lados con ojos entornados y parsimonioso caminó hacia el abrigo forrado de vellón, se lo puso y volvió a la esquina abandonada, extendió la mano por instinto y sonrió satisfecho de su regalo divino.

* De En un pozo chico.

En la parada del bus

En la parada del bus

Cuando recojo a mi niño, casi siempre dependemos del autobús, por tener el tiempo ajustado. En la parada, para no aburrirnos, jugamos a los chinos (o porras) y contamos algunos acontecimientos del día. Hoy, o cuando fuera (así lo digo porque no sé cuándo voy a publicar este post y mucho menos cuándo lo van a leer ustedes). Hoy, repito, Juan me preguntó el día de mi cumpleaños, que está por llegar. Al decírselo concluimos que que cumplo 51 años. ¡Qué barbaridad!, exclamamos o pensamos o las dos cosas. ¡Pero no se nota!, exclamé o deseé.

Tanto es así, improvisé, que en cierta ocasión me senté en un asiento vacío y me dijeron que era para mayores de cincuenta.

—Yo soy mayor de cincuenta —dije.

—A ver. El carnet de identidad —imperó.

En vez del DNI le mostré el bonobús. [Mi niño reía.]

—Tiene cara de transporte público —observó.

Juan preguntó entonces si en el bonobús había que poner la fecha de nacimiento.

—No. Hay que poner la fecha de defunción. [Más risas y embeleso por mi parte porque no tuve que explicar la palabra ‘defunción’ ni la concesión surrealista.]

—El mío pone: año 3.227…

Vino el autobús y nos engulló antes de proseguir con la aventura.

Al rato, ya viniendo, aparte de pensar en escribir esta pequeña conversación, recordé otro diálogo de marquesina (entre los muchos que hemos tenido):

—Papá para qué son esos coches de bomberos tan pequeños —preguntó viendo pasar delante nuestra un jeep de color rojo y con sirena.

—Esos son para los cumpleaños —dije sin dudar—. Cuando alguien cumple más de cien años y le es imposible apagar las velas, llama a los bomberos, que no van a mandar un camión con todas las mangueras y todo el destacamento… Para esos menesteres, mandan el coche pequeño como ese.

Otro día en que había mucho viento, estuvimos oyendo basiliscos en el Camino de Ronda, averiguando dónde estarían escondidos y lamentando la ausencia de un gallo cantor que los alejara con la simple tonalidad de su grito.

* Basilisco en la ilustración.

Nuestro hombre en la Corte

Nuestro hombre en la Corte

Flamenco Viene del Sur

Viva Madrid que es la Corte. Siempre que pensamos en Manuel Liñán, lo concebimos como algo nuestro, aunque se encuentre lejos, aunque pase el tiempo… Quizá porque él también siente que nunca se ha ido. Su vinculación con Granada, con su Realejo, con su familia, con sus amigos, es algo que lo lleva y lo expresa. En su baile se nota ese arraigo con su patria chica, en sus maneras y en su habla se conoce ese hilo que, lejos de romperse, se afianza un poco más cada día.

Manuel Liñán es de los bailaores actuales más interesantes del panorama nacional. Es efectivo y convincente; personal e incombustible; y con una creatividad desbordante. Es aclamado por el público, reverenciado por la crítica y admirado por sus iguales. Tanto es así que figuras de primer orden le piden coreografías para sus espectáculos.

En el Teatro Alhambra, el lunes, 29 de abril, presentó su trabajo Sinergia, su último espectáculo en solitario, donde no deja de bailar, tan sólo en momentos puntuales, y acaba como empezó. Parece que no le cuesta trabajo, parece que es un trámite, parece que se divierte y que siempre guarda un poquito por lo que pueda venir, lo que es de agradecer.

Sinergia es la combinación entre un bailaor y su cuadro, la complicidad entre la expresión plástica y la musical, para concluir en un producto superior a la suma de los dos anteriores.

Con unos cantes de labor en diferido comienza la escena con los actuantes repartidos en sillas y ‘vistiéndose’ en turnos para la ocasión, dando paso a las seguiriyas con coda final por tonás. Juego de voces, de Juan Debel y Matías López ‘El Mati’, reconocidas y aplaudidas desde un principio, por lo añejas, por lo complementarias, por lo acertadas, si bien la de El Mati algo cascada, aunque bonita y con intención.

Liñán desde el principio canastero, rompedor, espontáneo y con un toque novedoso que no le hacer caer en el bailaor enigmático que juega con la vanguardia. Su estilismo es encomiable, su ritmo endiablado, su dominio preciso. Y siempre en la cara una sonrisa.

En la soleá por bulerías, en la soleá, en las bulerías, en el solo compás, Manuel juega con el silencio, uno de sus puntos fuertes, uno de los ases en la manga que siempre ha querido mostrar. Acaba bailando de rodillas en un alarde tanto de fuerza como versátil, tanto de hombría como de comicidad.

Un solo de guitarra del buen Víctor Márquez ‘Tomate’ (esta vez sin baile) precede a la rondeña de Ramón Montoya interpretada por este mismo guitarrista de manera ejemplar (¡qué bueno sale el guiso cuando los ingredientes son de primera!).

El bailaor granadino, con un deje bastante clásico, interactúa con una silla hasta presentársela a la sonanta y apuntar el último rasgueo mientras Tomate descansa su mano derecha.

Algo parecido ya vimos en el Corral del Carbón de este verano, con Antonio Campos (espectáculo que volverán a traer próximamente). Aunque el paralelismo más exacto son la serie de los tres solos que van mostrando a capela los pasos estremecedores de los tangos finales. El juego de luces tiene gran importancia.

El preámbulo de las cantiñas son unos segundos de tonás que desembocan en una de las piezas más ricas de toda la obra, donde tiene una participación destacada la palmera y compañera inseparable Ana Romero. (Los encargados de hacer compás en un recital flamenco suelen ser grandes músicos.) Hay silencios, capela, compás, humor, recuerdos…

Liñán interactúa con sus músicos y remeda los movimientos del cantaor, o viceversa, y se queda muchas veces en un segundo plano para demostrar que todo es necesario. Terminan por acordarse de Morente y ese aporte a las alegrías de Rafael Alberti en su Marinero en tierra.

Los fandangos también son cambiantes. Se imbrican las voces, la guitarra y las palmas, los naturales y los de Huelva. Y, continúa la complicidad, cuando a los postres el cantaor hace compás con los nudillos en la suela del danzante.

El segundo gran momento sin baile es una vidalita, donde las voces se alternan con gran belleza, y donde se acuerdan de Valderrama.

El final es en off, como empezó. Los actuantes se ‘desnudan’ de algunas de sus prendas que el bailaor se va calzando. Así, con la camisa de uno de los cantaores, la chaqueta del otro y el lazo del tocaor, Manolo pone la guinda por tangos. Esos tangos que ha venido apuntando con toda intención, y sin música que lo respalde, desde el principio del espectáculo. Que diga quién que no domina por tangos; que diga quién que no ronea como el primero; que diga quién que no le corre la sangre del Camino, de la pita y de la penca por las venas.

Elegancias e inconvenientes

Elegancias e inconvenientes

Empezaré por las bondades. Una flaca memoria atiborrada, por otra parte, hace que se me olviden detalles puntuales de nombres y fechas (si es que alguna vez los supe).

La primera anécdota la relató Rosa Montero alguna que otra vez en sus dominicales de El País. Se trata de un noble francés condenado a la guillotina, lo cual sitúa el suceso probablemente en el siglo XIII.

Los guardianes, cuando lo van a acompañar, de madrugada, de su celda al patíbulo, lo encuentran leyendo.

El caballero se levanta y, a la hora de abandonar el libro, delicadamente dobla la esquina de la página por donde deja la lectura.

La segunda de estas historias la leí hace bastante tiempo en un curioso libro llamado El perfume (oHistoria del perfume) de Eugène Rimel, pionero en las industrias de belleza y el cuidado de la salud. También trata de un noble de su tiempo (s. XIX) y de su discreta elegancia.

Rimmel cuenta que este señor acudió a una fiesta galante y, nada más llegar, una dama de alcurnia, después de experimentar un vaporoso besamanos, comentó lo elegante que venía el marqués (creo que era el título que ostentaba).

—¿Se nota mucho? —preguntó el noble ligeramente azorado.

Ante el halago afirmativo de la doncella, tal señor se marchó a casa y regresó al banquete con ropajes igualmente estilosos pero menos llamativos.

En cuanto al lado inoportuno, puedo relatar también algunos ejemplos que, poniéndonos en situación, son perfectamente explicables (o sea, inexplicables).

La primera historieta la releo en el libro epistolar La mesa moderna, del doctor Thebussem y un cocinero de Su Majestad. El síndico, en misiva redactada en Medina Sidonia, el 15 de mayo de 1877, cuenta el hecho de que, en una visita a una de las principales bodegas de Jerez de la Frontera, Carlos IV, después de haber probado algunos de los excelentes vinos que aquellas paredes custodiaban, le comentó al dueño de las barricas:

—Son muy buenos…

—Superiores los tengo —replicó el cosechero.

—Pues, señor mío —respondió el monarca— guárdelos para mejor ocasión.

Lady Ascott, cambiando de tema, acérrima detractora de Churchill le dijo en cierta ocasión:

—Sir Winston, si yo fuera lady Churchill, pondría unas gotas de cianuro en el café con leche de su desyuno.

—Querida señora —respondió el político inglés—, si usted fuera lady Churchill, yo me bebería con gusto ese café.

El último acontecimiento, lo he relatado en variada ocasión. Lo conozco de segunda mano, aunque parece que lo estoy viviendo en este momento. Tiene que ver con la noche, las copas y el flamenco.

A altas horas, entró Enrique Morente en un céntrico local granadino con un grupo de amigos a tomarse la ‘penúltima’. El camarero, ya sin música, recogiendo las mesas, después de haber cerrado la caja, concedió servirles unos vasos si los apuraban con premura. Los clientes estuvieron de acuerdo. Pero, al mediar las consumiciones, Enrique comenzó a hacerse compás con los nudillos sobre la barra y a entonar a media voz una sentida soleá.

El encargado se le puso en frente y, con sus ojos de vidrio, le espetó:

—¡Si vamos a empezar con los cantecitos nos vamos!

marse la ‘penúltima’. El camarero, ya sin música, recogiendo las mesas, después de haber hecho la caja, concedió servirles unos vasos si los apuraban con premura. Los clientes estuvieron de acuerdo. Pero, al mediar las consumiciones, Enrique comenzó a hacerse compás con los nudillos sobre la barra y a entonar a media voz una sentida soleá.

El encargado se la puso en frente y, con sus ojos de vidrio, le espetó:

—¡Si vamos a empezar con los cantecitos nos vamos!

Un oscuro presentimiento

Un oscuro presentimiento

En el momento de llegar, los pájaros grises y amarillos sobre los hilos callaron su algarabía. Al unísono, la lentitud general se iba imponiendo. Las gentes gesticulaban más despacio. Parecía que los coches y las motos habían reducido drásticamente su velocidad a las treinta y tres revoluciones de los tocadiscos de antes.

Nunca quise creer en el más allá, en los poderes paranormales o en las visiones de futuro. Pero mi vida traspasaba un momento incierto, innecesario por otra parte de ser contado.

Guillermo me habló de un tarotista de cierta fama y gran acierto (o viceversa). Comulgaba a pies juntillas con cada una de sus palabras desde que adivinó la dolencia y la cura de una hermana suya que se mantenía soltera a pesar de su agraciada sonrisa.

Encima del dintel de la casa a la que acudimos gravitaba el número trece; un gato negro escapaba lentamente de un peligro invisible ante nuestros ojos. ¡Mal empezamos! No obstante la puerta se abrió sin necesidad de haberla golpeado. Parecía que estuviera esperándonos.

El adivino nos saludó. Miró al fondo de mis ojos viendo algo que le hizo apartar la vista de repente. Mi alarma iba creciendo.

Nos sentamos y respondí algunas preguntas genéricas sobre mi vida, mis actividades, mi círculo de amigos…, mientras él iba mezclando una colorida baraja de grandes proporciones, ajada por el uso.

Me hizo cortar con la mano izquierda antes de dibujar una especie de estrella con los naipes boca arriba sobre el tablero.

Guillermo, emocionado, me daba pequeños empellones para que no perdiera detalle. Yo observaba con curiosidad todos los movimientos del mago y el preciosismo que las cartas reproducían en sus dibujos sin necesidad que mi amigo me aguijara.

La supuesta estrella se iba completando lentamente bajo el foco de luz que nítida nos envolvía. La claridad llamaba mi atención, pues creía habitualmente esos lugares bañados en la penumbra y el misterio.

Con el dibujo en la mesa, el augur me hizo sacar una carta del montoncito que le quedaba entre las manos para soltarlo en su centro. La mala fortuna y mi suerte adversa, que quizá sean lo mismo, hicieron que en el tarot figurara un esqueleto con una guadaña que desde una lápida me sonreía.

El vidente miró compungido, me cogió las manos y, con voz lastimera, dijo:

—Veo una muerte cercana; una muerte próxima.

Miré a mi amigo con cara de qué broma es esta. Guillermo casi se cae de la silla. Levantándose preguntó atropelladamente:

—¿Quién es? ¿Cuándo? ¿Se trata de…? —preguntó abrazándome.

—No, no es usted, descuide —me tranquilizó el brujo—. Pero siento que alguien muy cercano morirá. Tenía que decírselo. De aquí a diez días —añadió gratuitamente.

Nos fuimos compungidos, condenando la maldita sabiduría que nos hacía conjeturar. Maldiciendo el momento en que decidimos visitar a un hechicero.

Durante varios días, repasamos la lista de toda la familia, de los amigos cercanos, de los vecinos más allegados. Podía ser cualquiera.

A la semana justa nos enteramos que el adivino había muerto.

Albóndiga, almóndiga y alhóndiga

Albóndiga, almóndiga y alhóndiga

Ayer, hablando de los continentes de las palabras para concluir en un mismo significado, salvando el sinónimo que es evidente, como atril y facistol, y barajando legaña o lagaña y otras palabras de similar fonética, incluso acera y el desusado hacera, llegué a proponer albóndiga y almóndiga, a lo que Ana sugirió alhóndiga. Curiosa palabra, curiosa coincidencia, para no tener nada que ver.

Albóndiga viene del árabe bunduqah, que significa ‘bola’. El Diccionario de la Real Academia describe con todo detalle: “Cada una de las bolas que se hacen de carne o pescado picado menudamente y trabado con ralladuras de pan, huevos batidos y especias, y que se comen guisadas o fritas”. Si buscamos almóndiga, nos remite a la palabra anterior, más común y más usada.

Generalmente, no obstante, el vulgo piensa que almóndiga es precisamente un vulgarismo inexcusable como caramales o mondarinas.

Corominas apunta que almóndiga o almóndega es la variante castellana de albóndiga. No así, alhóndiga, que no tiene nada que ver, sino que es “casa pública destinada para la compra y venta del trigo", de donde proviene fonda (‘lugar donde se recibe a todo el mundo’).

Sin embargo almona (‘fábrica o almacén público’), que posiblemente proviene de almoneda (venta pública de bienes muebles con licitación y puja; venta de géneros que se anuncian a bajo precio; local donde se realiza esta venta) y no de almunia (huerto o granja), sí tiene que ver con las raíces de almóndiga o albóndiga.

Total, cuestiones etimológicas. (¡Si san Isidoro levantara la testuz!).

* San Isidoro en la imagen.

Josele entre amigos

Josele entre amigos

Hay conciertos divertidos, muy divertidos, porque disfrutas lo que estás viendo. Hay otros, igualmente divertidos, por el lugar, los actuantes o el ambiente. A veces se combina un poco de todo esto y la muestra se convierte en una función familiar.

El pasado miércoles estuvimos en La Botelleca al filo de la media noche disfrutando de la guitarra de Josele de la Rosa y sus amigos.

Josele avanza. Josele estudia. Josele tiene grandes maestros. Josele goza de una mano derecha notable, sacromontana, apta para el rasgueo y el compás. Josele es de esos guitarristas granadinos, que forman legión y son imprescindibles para formar la base de la pirámide exclusiva de la sonanta.

Con apenas veinte personas de expectación, el guitarrista granadino se encuentra a gusto, dispuesto a disfrutar y hacer disfrutar.

Se desentumece en solitario con una granaína. Una pieza que pule hasta sacar sus brillos más ocultos, hasta llegar a estremecer por momentos. Continúa con una farruca agradecida que le ha acompañado desde que Luis Mariano se la mostró.

A la Isla, son unas alegrías que realmente suenan a Cádiz, que están en deuda con Juani de la Isla. Para ellas requiere el compás de Javier Mota a la percusión, al que se le unirá uno de sus amigos invitados. José Manuel Rojas, escribidor de flamenco y cantante del grupo pop Delapica, presta su voz en Hijo de la Luna, de Mecano, donde Josele nos recuerda sus escarceos con el grupo Yenza.

Este mismo cantante, con otro de los componentes de su grupo a la guitarra, Nino López, le prestan Juanillo, un tema de Delapica con trasfondo de soleá.

Sergio Cuesta, otro incondicional, aportó su conocimento y su saber en unos tangos morentianos, que comenzaron con La Estrella, para seguir con otros imprescindibles del maestro. Y puso su grano y su compás en el final por bulerías.

Lolo Casas, guitarrista versátil y muy flamenco, aunque el flamenco no sea lo suyo, aúna sus seis cuerdas de vez en vez. Digno es destacarlo a los postres, cuando suena las bulerías de De Juani de la Isla y sobre todo con Sultans of swing de Dire Straits, con aires de fiesta, con lo que se cierra el concierto.

Apuntes sobre mi nombre

Apuntes sobre mi nombre

San Jorge no existió, aunque sabemos que, de haberlo hecho, nacería en Capadocia en el año 303. Por otra parte, es un santo bastante aclamado, por el caballo, por la lanza y el escudo, por el dragón o por la princesa. Cada cual escoja su fetiche. El dragón simboliza el mal y la joven, la virtud cautiva; tanto que las armas son voluntades y el caballero en sí, el convencido converso que se revela al paganismo.

La Iglesia, en un expurgo que hizo en su momento, quiso despedir a este personaje del santoral por pagano y hagiográfico, pero se topó con la enseña de mil naciones y entidades que anidaban bajo su ala. Así, san Jorge, es patrón de Inglaterra y de Dinamarca; de Aragón y de Cataluña; de la marinería y del cuerpo de a caballo; del movimiento Scout y del libro, por hacer coincidir este día, como sabemos, con la muerte de Cervantes, de Shakespeare y del inca Gracilaso de la Vega. ¡Nunca una muerte hizo correr tanta tonta tinta! (perdón, me he dejado llevar por la cacofonía).

Los niños de mi generación leíamos una serie de libros conocidos como Los Cinco, de la escritora inglesa Enid Blyton, en donde una de sus protagonistas se llamaba Jorge. Era una chica, en realidad Jorgina, pero prefería su nombre en masculino. Y hacía bien porque jorguina (con ‘u’ intercalada) es el femenino de jorguín que, según el Diccionario de la Real Academia, es la persona que hace hechicerías. Jorguín proviene de sorgin, que en vasco significa bruja.

En Tratado de las supersticiones y hechicerías, fray Martín de Castañega troca la ‘n’ por una ‘ñ’ (quizá por inclinaciones galaico-portuguesas populares en la época), haciendo equiparar claramente este término con otras féminas* de su condición. El misógino eclesiástico escribe: “Las mujeres, como no tienen excusa por alguna arte o ciencia, nunca las llaman nigrománticas (…) salvo magas, brujas, hechiceras, jorguiñas o adevinas”.

Corominas, en su Diccionario etimológico, no recoge la palabra como tal, pero habla de jorfe como un ‘muro de piedra seca’, del que hace derivar jorguín y jorguinería, remitiéndonos a su vez a la palabra hollín.

* Francisco J. Flores Arroyuelo comenta en El diablo en España una curiosa derivación de fémina que, según A. Institoris y S. Sprenger (Malleus maleficarum), la hacen proceder de fe y minus, “dado que ella es siempre más débil para sostener y conservar la fe”.

** En la imagen: La bruja, grabado de Hans Thoma (1870).

El mimo del baile

El mimo del baile

Flamenco Viene del Sur

Málaga tiene un tesoro que se llama Carrete. Carrete es único y es personal; cuenta una historia en cada uno de sus bailes y tiene un sentido del ritmo sobresaliente. A sus 72 años reconocidos (¡quién sabe!) goza de un espíritu joven y de una energía encomiable. Zapatea, se agacha y desafía como un bailaor en sus mejores tiempos. Y, sobre todo, salpica sus bailes de un finísimo humor que lo define y sobrepasa la idea convencional del artista flamenco. Si a esto unimos un cuadro escaso, pero bellamente escogido, tenemos todo un espectáculo: Carrete en vivo, la función que nos brindó este malagueño el lunes, 22 de abril, en el teatro Alhambra.

Rafael Rodríguez abre la noche con un solo de guitarra. Es Momento de calma, una zambra rotunda, muy arabizante y agradecida.

Como artista invitada, Mª Ángeles Gabaldón, aborda unos tangos de málaga, cantados con aire por La Repompa y principiados con guiño a las guajiras. La bailaora sevillana se muestra correcta y académica. Quizá presionada con la frialdad del momento.

Carrete aparece con traje, sombrero y bastón, con el que marca el compás por alegrías y con el que interactúa hasta que lo suelta, lo mismo que se desprende del sombrero y aun de la chaqueta, mientras cuenta la historia que nos trae. Carrete es expresivo como un mimo. Su gracia y su dominio hacen que su baile sea un paseo, un recorrido que alegra y admira, como un artesano al que no puedes dejar de atender.

De nuevo Gabaldón vuelve por seguiriyas con vestido de media cola negra y acompañada por palillos. Es esbelta y rotunda; redonda y entregada, aunque le falta el dramatismo que requiere la pieza, que recuperará hacia el final con el cambio de Curro Durce. Juan José Amador, al cante, no está tan fino como acostumbra.

Para los tarantos, Carrete, con traje blanco, utiliza una silla como estático partenaire, al que después le da alas. Primero convencional, con ese juego de manos (grandes manos) nada ortodoxas, para acelerarse a su mitad y llegar a sentarse, haciendo un alarde de su compás exagerado, y pasear la silla y santiguarse, como al final de cada uno de sus bailes, y brindarnos la faena y rematar dos o tres veces y hacer mutis casi con trabajo.

A la hora exacta llegan los saludos y el generoso y repetido fin de fiestas por bulerías, donde todos, contagiados con la comicidad del protagonista, hacen sus pinitos y donde Mª Ángeles, en su brevedad, se suelta el pelo y podemos atender a su valor y su chispa.

Aquí quedó Carrete, un bailaor elegante, saleroso y personalísimo, como digo, al que, visto lo visto, le quedan aún muchos años para darnos satisfacciones.

* Foto de Antonio Conde©.

Metafóricamente hablando

Metafóricamente hablando

Metáfora / Ballet Flamenco de Andalucía

Con algo de retraso me animo a comentar esta obra dispar del Ballet Flamenco de Andalucía. Su división en dos partes bien alejadas entre sí hacen exceder el tiempo apropiado. Con todo y con eso, el dinamismo y los destellos de luz avaselinan ese minutaje.

La Suite Flamenca, la primera de las dos funciones, que ya pudimos ver en el Generalife el verano pasado, carece de argumento, en tanto que Metáfora (segunda parte) encierra tanto simbolismo que se pierde en el concepto.

Hasta el intermedio, la propuesta es bastante más flamenca, en la que destaca un Rubén Olmo más flamenco que nunca (lo demostrará en su pataílla final por bulerías); una Patricia Guerrero encomiable, nuestra artista local, completa como pocas y con un juego de cintura y de muñecas envidiable, amen de su dominio del espacio y la diagonal y de un palmito más que agradecido (sobresaliente en A mi aire); un cuerpo de baile correcto y bien coordinado, sin destacados ni rezagados mencionables; y, sobre todo, una estructura musical de primera, en la que destacan las composiciones de Diassera y de David Carmona, cuya guitarra se dejó sentir pregrabada en la taranta En sueño, interpretada con un bello paso a dos.

Después del interludio, Metáfora viene como un distinto collar para el mismo perro. El abuso de la música en off se evidencia claramente (remezcla de clásica contemporánea), salvo en los martinetes, con sólo una estridente percusión, y alguna que otra pieza.

El flamenco pasa a un segundo plano y protagonizan la escena el clásico español, la escuela bolera y guiños a los bailes regionales.

Interesante juego de luces y propuestas de vestuario, completamente acertado para las chicas, cuando para los hombres era un parche futurista.

En general, un espectáculo agradable de ver, con buena madera y momentos notables. Lástima que esa madera no arda en fogata de altura.

* Rubén Olmo en la foto, director del Ballet Flamenco de Andalucía.

Mi primera vez

Mi primera vez

El sábado jugué al fútbol. Ha sido mi primera vez. Un encuentro entre poetas y narradores de Granada y allegados. Algunos juegan bien, también escriben. Muchos hacen poesía y prosa a la vez, pero cada cual cogimos equipo.

El encuentro se prefiguraba algo surrealista y así fue. El árbitro con paraguas y tarjetas de visita, en vez de las vulgares amarilla y roja. Los equipos mixtos, con camisetas recicladas rosas y negras, con los mismos números: los poetas el 69, los narradores el 5 (por eso de la rima). Todos con varios libros en su haber (incluso para presentar en esta Feria del Libro, que nos sirve de excusa para convocar esta rencilla, la quinta en cuestión).

Yo es el primer año que juego (posiblemente el último). El fútbol no va conmigo ni con mis principios. Incluso, estoy en contra del deporte, como lo estaba Antonio Machado, Álvaro Mutis o Herminia Luque, sin olvidar a nuestro maravilloso padre Feijoo.

El único contacto que tuve con el deporte rey es cuando me dieron un balonazo en mi infancia o cuando nos obligaban a jugar en las clases de educación física. Después me ha parecido ocupar un lugar que le correspondía al saber. He palmeado la espalda, no obstante, del que se sabe las alineaciones de tal equipo o los resultados de tal arrostramiento en una determinada fecha.

Estoy contento de todos modos. No me he lesionado, que es lo que temía (sólo me he doblado ligeramente el tobillo en una de las varias caídas que he tenido). No me he fundido, lo que esperaba. No me han dado náuseas, lo más evidente.

He tocado la pelota al menos cuatro veces. Una de ellas porque salió fuera del campo y fui a recogerla; otras dos se las combiné al contrario, casi pareciendo que era un infiltrado; alguna otra vez sería por casualidad.

Mi hijo estuvo conmigo. Lejos de avergonzarse, me animaba y aplaudía mi entrega cuando, a los cinco minutos del partido, preguntaba cuánto quedaba para el descanso.

Después, con algún otro jugador o jugadora, me emparentaba y me decía que más de uno nos iba exclusivamente la pluma y no el esférico.

El tapeo y las cervezas postreras (y la ducha) remataron con guinda, al decir de muchos, la mejor competición del año.

Los ojos verdes de madame Edwarda

Los ojos verdes de madame Edwarda

La encontré en un cuento de Perucho que me remitió a su original de Georges Bataille en un breve relato escrito en 1937, publicado clandestinamente en 1941 con el seudónimo Pierre Angélique.

En 1956, después de reconocer su autoría, Bataille agregó en el prefacio que hablaba de sí mismo.

Madame Edwarda —fuente de aguas vivas— es más que una prostituta. Goza y hace gozar hasta límites extremos. Inevitablemente aúna el placer hasta el éxtasis supremo y el dolor hasta la muerte.

Cuenta Bataille en su prefacio: “el placer (que en el juego de los sexos alcanza su mayor intensidad) y el dolor (que ciertamente la muerte apacigua, pero que primero lleva al punto álgido)”;  y añade: “porque el ser ya no está en nosotros más que como exceso, cuando coinciden la plenitud del horror y la del gozo”; y aún más: “el placer es la misma cosa que el dolor, lo mismo que la muerte”.

Alguien escribió que madame Edwarda es la imagen misma de la mujer transgresora, de esa mujer que, proveniendo de lo que concebimos como el Mal, pasa a ser Dios por su omnipotente poder de disponer de su vida, de su sexo y de su muerte. El hombre que la sigue, cautivado, presa de un miedo atávico, encuentra en ella la total realización del Deseo.

Esa es la idea. La idea de Dios. “Este es el sentido, la enormidad de este librito insensato: este relato pone en juego, en la plenitud de sus atributos, al mismo Dios: y este Dios, no obstante, es una mujer pública, en todos los aspectos igual a cualquier otra”.

El filósofo, ensayista, crítico, novelista y poeta francés, la describe cuando la seguía en el burdel para gozar con ella (este rito burdo de “la que va para arriba”): los talones de Madame Edwarda sobre el piso enlosado, el contoneo de este largo cuerpo obsceno, el acre olor de mujer que goza, husmeado por mí, de este cuerpo blanco... Madame Edwarda iba delante de mí, como envuelta en nubes. La indiferencia tumultuosa de la sala a su dicha, a la mesurada gravedad de su andar, era una consagración regia y una fiesta florida: la muerte misma participaba en la fiesta, ya que la desnudez en el burdel invoca siempre la idea del cuchillo del carnicero”.

Perucho especifica que Edwarda es madame que regentaba casa con reflejos de oro, en la rue des Saints Pères, en el París de la Restauración, “siendo su fachada blanca y su puerta amplia y silenciosa, guardada por un pajecillo negro que alumbraba la calle con un farol”.

Un refugiado español llamado Fabián Tuño, relata el juez catalán, fue amante de esta señora durante cuatro años consecutivos, lo que le desveló las más altas “simas, profundas y misteriosas, de las voluptuosidades y lascivias infernales”.

A raíz de estas abominaciones, Tuño escribió un libro (aún inédito) al que tituló Floresta varia de gracias y desgracias, atribuyéndoselo a un tal Braulio de Sigüenza.

Más adelante, continua Perucho, redacta la obra De Sodomía Tractatus. In que expositor doctrina nova de Sodomia feminarium a Tribadismo distincta, que “escribió en latín imitando a Ovidio”.

El fabulador barcelonés termina con las cuitas del “escritor desconocido”, dejando constancia de la influencia que ejerció sobre él madame Edwarda y sus adorados ojos verdes.

El granadino impasible

El granadino impasible

El invierno es incómodo por la cantidad de ropa que llevamos encima, que nos tenemos que quitar y poner cada vez que entramos y salimos de algún sitio. No obstante, lo prefiero al verano. En pudiéndose combatir, me inclino por el invierno que por la infernal canícula. Por otra parte, el verano también es incómodo, aunque sea simplemente por la ausencia de bolsillos.

Después está el calor, que es la forma que tienen los dioses de ser amarillos. Pero aquí, en Granada, por la noche refresca y se agradece.

Hay quien siente más el calor y el frío que otros. No es mi caso. Mi participación reptiliana me mantiene una tensión por debajo de la media. Los primeros bochornos me aplatanan y las bajas temperaturas me blanquean las manos y los pies, regalándome sabañones varios, a veces hasta en las orejas (hace años que no).

Hay gente isoterma, como digo, que no acusa ni la quemazón del estío ni la frialdad de los meses extremos. Así, podemos ver jerséis inexplicables en agosto o mangas cortas inhabituales en febrero o llevar más o menos inexplicablemente el mismo vestuario todo el año.

Más en estas fechas, cuando la temperatura es sahariana y el calor del mediodía contrasta antípodamente con el frío de la nocturnidad o amanecida.

Esta gente impasible al cambio de estación es de una madera especial; semejante a un marine. Para mí de dudosa sensibilidad. No puedo eludir la sospecha de alguien que entra en un local caldeado y no se quita el abrigo o que sale a la calle, en un día gélido, y no se pone aunque sea un echarpe.

La trascendencia del haiku

La trascendencia del haiku

Una de las características del haiku es su intrascendencia. El haiku es una estrella fugaz, el paso de una mariposa, una campana lejana. El haiku es objetivo, es una imagen, una instantánea, ausente de pasión. No pretende ir más allá de lo que dictan las palabras que le pertenecen. Carece de pensamiento abstracto.

Ahora bien, puesto que convenimos que el haiku está concatenado directamente con el budismo zen y con sus enseñanzas, con la mente del poeta y con su necesidad de contar agradando, no hay más remedio que hallar un punto de relevancia en el poema.

La poesía oriental no es tan evidente para nosotros. Es simbólica, aunque no por ello vamos a restarle profundidad. El simple hecho de concentrar un chispazo visual en diecisiete sílabas; el simple hecho de tratar la naturaleza en un plano intenso nos lo demuestra. Para Blyth, estudioso de la poesía japonesa en el Reino Unido, cuando se toma una cosa todas las cosas se toman con ella. “Una flor es la primavera; una flor que cae contiene la totalidad del otoño…”.

Así, esta característica de profunda trascendencia, la podemos encontrar en versos clásicos de los primeros haikuístas, en traducción de Antonio Cabezas:

Que ya es verano 
no le digas, tormenta, 
a los cerezos.

(Sogi, 1420-1502)

Aunque haga frío 
no te arrimes al fuego.
Buda de nieve.

(Sokan, 1465-1553)

No tiene nada 
mi choza en primavera.
Lo tiene todo.

(Sodo, 1641-1716)

El occidental, en cambio, necesita dotar el haiku, como toda la poesía de nuestra latitud, de un carácter trascendente y filosófico, de un guiño o un doble sentido, proponiendo más de lo que se dice, diciendo más de lo que se propone, entroncado sutil o manifiestamente con la filosofía, ideología o sentimientos del poeta:

Los que caminan
sobre ríos de vino
a veces flotan

(Rincón de haikús, Mario Benedetti)

Dos tazas vacías
en la mesa de fondo
guardarán el secreto.

(Nicole Lafourcade)

Patera y balsa.
De Marruecos a Cuba,
la vela es parca.

(Villarino de los Aires, 1944, José-Miguel Ullán)

Siguiendo estas tradiciones, me atrevo a insertar:

Indiferente;
se desprenden las hojas
sin hacer ruido.

* Benedetti en la foto.

Caléndulas

Caléndulas

Varios amigos están colgando en facebook la receta de una ensalada de caléndula y capuchina (otra planta) con mostaza, miel y limón. La primera vez que vi comer caléndulas con cierto placer fue en una película India titulada La boda del monzón, aunque, para mí, era una de las humoradas de la historia.

El recinto donde se iba a celebrar la boda se llenaba de cientos de guirnaldas de esta flor amarilla, ligeramente anaranjada, que es muestra de veneración en toda la India. El encargado de tal muestra decorativa las iba devorando, transido de amor, hasta el the end.

Algunos de sus efectos medicinales sí que los conocía. Por ejemplo J. J. Benítez, en Caballo de Troya 4, nos habla de que, además de ser un buen antiinflamatorio, la caléndula es muy apropiada para golpes y contusiones. Ian McDonald en Camino de desolación habla de un “Ungüento de Caléndulas para Almorranas”. Noah Gordon en Chamán dice que en infusión ayuda a mantener la laringe abierta y así aliviar la tos. Y Mary Stewart, en su Trilogía de Merlín, las emplea para combatir el dolor de muelas.

En Portugal, según Cunqueiro, era llamada a herba da música, la hierba de la música, y que su venta fue prohibida por el Santo Oficio en 1662, pues “esta hierba, puesta en secreto en la cama de una dama, cuando esta se iba adormilando, comen­zaba a sonar como guitarra que diese serenata, y se le enten­día como el nombre de un galán entre las suaves notas, y la dama se enamoraba de éste”.

“Un criado del conde de Povoa do Varzim, continúa don Álvaro, fue ajusticiado por haber usado de esa hierba para ena­morar a una sobrina de su señor, e irse con ella a escondidas a un desván, en una quinta cercana a Porto”.

“Todavía hoy, concluye el genio gallego, los curanderos lusitanos dan a sus clientes que pretenden amores difíciles, o recobrar los perdidos, y que no deja vivir la saudade que se tiene de ellos, unos polvos negros a los que llaman caléndula moura das noites de amor, caléndula oscura de las noches de amor”.

* Ensalada de capuchina y caléndula.

Morente y Lorca

Morente y Lorca

Con motivo del patrón de la Facultad de Filosofía y Letras, san Isidoro de Sevilla, se han programado una serie de actos conmemorativos. Ayer tuvo lugar una conferencia sobre “Morente, el hermano de Lorca” por el flamencólogo y biógrafo morentiano Balbino Gutiérrez y un recital de algunas piezas del maestro interpretadas por su hija Soleá, acompañada por Juan Habichuela ‘nieto’ a la guitarra.

Fue casi una sorpresa. Me enteré por la mañana poco antes de que diera comienzo (estaba anunciado para las 12,15).

Aparte de Aurora Carbonell, algún que otro familiar, allegados a la familia de Morente, unos cuantos aficionados y algunos alumnos, la sala estaba incomprensiblemente vacía hasta su mitad.

Balbino manifestó con toda razón la hermandad de Enrique y Federico, no sólo en la inquietud musical sino en la visión globalizada de las artes. Morente pasó directamente de las novelas del oeste al universo lorquiano (Doña Rosita la soltera). Desde sus primeros discos lo ha acompañado hasta llegar a fundirse. ¿Cómo dos creadores de Granada, posiblemente los dos más grandes creadores que ha dado esta tierra, no van a estar unidos en espíritu y manifestación artística?

El mismo cantaor expresó en cierta ocasión sentir la cercanía del poeta de Fuentevaqueros que le llegaba a parecer un miembro más de su familia.

El conferenciante desmenuzó las grabaciones de Morente y rescató hasta 38 cortes en los que aparecían los versos de Lorca. Un trabajo concienzudo que, me temo, calaba más en los iniciados que en el público en general.

La segunda parte estuvo protagonizada por el cante de la hija del maestro, con la compañía del último guitarrista que le acompañó en sus giras.

Juan Habichuela rompió el hielo con una recreación de Aunque era de noche. Sus dedos vertiginosos, el soniquete propio de la familia y la limpieza en su ejecución destacan indiscutiblemente.

Soleá se incorpora haciendo la Nana de Oriente, una bella creación paterna que también grabó su hermana Estrella.

Soleá atesora, además de una buena voz, afinada y melodiosa, los registros familiares del tono cambiante. Entre la lírica y el flamenco destaca esta cantaora que llega a estremecer con sus ayeos.

Continúan por bulerías (Señor, que florezca la rosa), para terminar con el Pequeño Vals Vienés, con una magistral introducción a la guitarra.

Fuera de programa y sin ensayo alguno interpretaron los memorables tangos La Estrella, pero que tanto el uno como el otro lo tienen más que asumidos y los han abordado de una u otra manera cientos de veces.

Fue lo que fue, un momento único como tantos otros que, viendo el resultado, me aventuraría a augurar una interesante comunión entre estos dos artistas. El nombre ya es mítico: Morente-Habichuela.